All language subtitles for Cria.Cuervos.1976.Bluray.BFI

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Original subtitles

Susurros.

No seas impaciente...

Susurros y quejidos.

¿Qué te pasa?

Susurros.

Quejidos.

Respiración dificultosa.

Quejidos. (ASFIXIÁNDOSE) -¡Ah!

Ah...

Anselmo...

Ruidos.

¡Dios mío! ¡Dios mío!

Papá...

Papá...

(CARRASPEA)

¿Se puede saber lo que haces tú aquí?

No tengo sueño.

¡Ah!

No tienes sueño.

¿Tú sabes la hora que es?

Es tardísimo.

Hala, a la cama. ¿Eh?

Muy bien...

Mira lo que te he traigo.

Eres un tragón.

- Oye, Rosa, ¿cuándo voy a hacer la primera comunión?

Pues no lo sé, aún es pronto.

Te faltan un par de añitos.

Ahora tú, Ana. Venga.

(MAITE LEE CON LENTITUD) Señora merluza,

se ha...

Una báscula...

Una...

báscula, a, a.

Bueno, a ver si...

funciona

la de... aquel...

Déjame, Rosa.

(MAITE LEE DESPACIO)

¿Y qué pasa si te muerdo en el cuello?

Así.

¿Y qué pasa si te doy un beso en el cuello?

Así.

¿Y qué pasa si te muerdo otra vez por aquí?

¿Y qué pasa si te doy un beso en la oreja?

Así... Que suena muy fuerte.

Ahí.

Ana...

Ana.

Ana...

¿Se puede saber qué estás pensando?

Oye, Rosa, ¿es verdad que esta cruz la llevaba siempre mamá?

Sí, claro que es verdad.

Se la regaló la abuela cuando era chica.

Esta cruz te protege de los demonios.

-Y de los vampiros.

Bueno, ya estás.

Ya está, señorita.

Vamos a ver...

Están, por lo menos, presentables. Gracias, Rosa.

A ver cómo os portáis.

Irene, ven aquí.

Cuando entréis en la habitación: lo primero besáis a vuestro padre

y después rezáis una oración para que su alma esté en el cielo.

¿Comprendido?

¿Comprendido, Ana?

Hala, vámonos.

- ¿Cuándo voy a hacer la primera comunión?

Cállate, Maite.

Vi que papá espera a mamá...

Cuando entré en la habitación vi que papá estaba muerto.

Entonces apareció mamá. - Pero si mamá está muerta, Ana.

Muchas gracias.

Gracias.

Irene, tú, que eres la mayor, la primera.

Susurros.

Susurros.

Ahora tú, Ana.

Vamos, Ana.

Vamos.

Susurros.

Ana.

No quiero. Ya hablaremos tú y yo después.

Susurros.

Acompáñala.

-No llego.

Susurros.

Claxon.

Ruido del tráfico.

Claxon de coches.

Claxon de coches.

Claxon de coches.

Ruido del tráfico.

(NARRA) Un día que estaba mi madre haciendo limpieza general,

sacó del armario una caja metálica, me la dio y dijo:

"Ana, tira esto a la basura,

no conviene que esté aquí,

además, ya no sirve para nada".

Yo, intrigada, le pregunté:

"¿Qué hay dentro?".

"¿Qué más te da?", me contestó.

"¿Es veneno?", pregunté yo.

Mi madre sonrió y dijo:

"Sí, es un veneno terrible.

Con una cucharadita de estos polvos puedes matar a un elefante".

Y luego dijo: "¡Hala! Tíralo a la basura".

Yo me quedé muy impresionada.

Y...

No sé muy bien por qué, me guardé la caja con el veneno

sin hacer caso a mi madre.

¿Por qué quería matar a mi padre?

Es esa una pregunta que me he hecho cientos de veces.

Y las respuestas que se me ocurren ahora...

Ahora, con la perspectiva que dan

los 20 años que han pasado desde entonces,

son demasiado fáciles y no me satisfacen.

Lo único que sí recuerdo perfectamente... es que entonces

me parecía el culpable de toda la tristeza que había embargado

a mi madre los últimos años de su vida.

Yo estaba convencida de que él, y solo él,

había provocado su enfermedad y su muerte.

Mi madre...

Por lo que me han contado

las personas que la conocían bien...

Mi madre podía haber sido una buena pianista.

Desde muy pequeña mostró dotes excepcionales

para la música y todo el mundo...

le auguraba un porvenir prometedor.

Durante varios años se dedicó intensamente y casi exclusivamente

al piano, hasta llegó a dar algún concierto público

y fue en uno de ellos en donde conoció a mi padre.

Se enamoraron, se casaron enseguida

y mi madre abandonó definitivamente el piano para dedicarse

en cuerpo y alma a sus hijas.

A nosotras.

Yo creo que siempre le quedó la añoranza de aquella época

y el resquemor de haber abandonado una profesión

que podía haber sido liberadora para ella.

Ahora, sin embargo, también pienso que en el fondo

mi madre tuvo siempre miedo de no ser

tan maravillosa intérprete como le auguraban sus amistades,

y prefirió la comodidad

de una vida organizada y sin complicaciones

al riesgo de una responsabilidad que no podía compartir.

Irene...

¿Es que nadie te ha enseñado a comer como una persona?

Es mejor que cojas el tenedor así.

¿Te das cuenta?

Eso es. ¿Ves cómo es más fácil?

Ana, por favor, el cuchillo.

¿Será posible que no sepáis comportaros en la mesa?

Maite, se come con la boca cerrada.

A mí nadie me ha enseñado. No digas tonterías,

¿me vas a decir que tus padres no te enseñaron a comer?

A mí nadie me ha enseñado, siempre como así.

¿Qué es lo que dices? Nada.

Lo que tengas que decir lo dices en voz alta

y si no te callas. No me gustan las medias palabras.

Irene, el tenedor.

- Papá nunca nos decía cómo teníamos que comer.

¿Y vuestra madre?

¿Me vais a decir que mi hermana no os enseñó nunca a comer?

- Mi mamá cuando murió yo no había nacido.

¿Quién te ha dicho semejante disparate?

Quiero que escuchéis atentamente lo que os voy a decir.

Ya sabéis que me he hecho cargo de vuestra educación

siguiendo las instrucciones del testamento de vuestro padre.

O sea, que a partir de ahora

estáis bajo mi tutela y protección.

Vuestra abuela y yo vamos a vivir en esta casa

y entre las dos trataremos

de que nos os falte nada de lo necesario.

Al principio puede que resulte un poco difícil,

pero estoy segura de que si todas nos esforzamos

acabaremos por llevarnos bien.

¿Verdad, Maite?

El reloj da la hora. Bueno, y por último

quiero deciros otra cosa.

He encontrado la casa hecha un desastre.

Así que a partir de ahora se acabó el desorden.

Para que las cosas funcionen cómo es debido es necesario

el esfuerzo de las tres.

Quiero dejar la casa terminada antes de que acaben las vacaciones.

¿Cuento con vuestra colaboración?

¿Me puedo levantar? Sí.

-¿Me puedo levantar?

Claro que sí.

Ya veo que acabaremos llevándonos bien.

Todos los hombres son iguales.

Todos... Ya te darás cuenta cuando seas una mujer.

Todos quieren lo mismo.

Hay de ti si te dejas embaucar.

Tu padre, sin ir más lejos, era un tipo de cuidado.

Le gustaban las faldas un horror.

Más de una vez he tenido yo que salir corriendo.

Ya lo creo, tenía las manos muy largas.

Menudo era tu padre.

Si yo te contara.

Del barrio de Santa Cruz

eres un rojo clavel.

Mi vida solo eres tú, y por jurarte yo eso

me diste en la boca un beso,

que aún me quema, Maricruz.

¡Ay, Maricruz!, ¡ay, Maricruz!

¡Ay, Maricruz, Maricruz!,

maravilla de mujer;

del barrio de Santa Cruz,

eres un rojo clavel.

Mi vida solo eres tú, y por jurarte yo eso

me diste en la boca un beso...

que aún me quema, Maricruz.

¡Ay, Maricruz!

(RADIO) Bajo los árboles... Así...

(RADIO) Cerca de él, inconscientes

de su presencia dormían los ciervos.

La vecina que vivía en mi casa...

Todavía me muero de risa cuando me acuerdo...

Un día, así, de repente,

se dio cuenta de que estaba de tres meses.

No te digo nada la que organizó. Me preguntaron una y otra vez

y nada, ella juraba y perjuraba que no había estado con nadie.

¿Sabes lo que decía?

¿Pero tú entiendes lo que digo? No entiendo nada.

Bueno...

Toma. Sujeta ahí.

Radio de fondo.

Esto es...

Decía que un día, paseando debajo de unas obras,

cayó una casa, se le metió aquí...

(RÍE) Algo le andaba por dentro. ¿Sabes lo que era?

Un ratón.

Decía que el ratón era el padre de la criatura.

¿Tienes algo para Roni?

No sé cómo puedes tener un bicho así. Qué asco me da.

Dame un poco de lechuga. En la nevera tienes.

Pero no abuses, que el otro día me echó la bronca tu tía.

(RADIO) -¿Qué significa aquella frase?

Desgrano una a una cada perla...

Sí. Ella las desgranará algún día.

Sus perlas y las mías...

Nuestras horas felices.

Radio de fondo.

Claxon.

- ¿Qué piso es? - Es en el tercero.

- Pero no hay nadie porque se han ido de vacaciones.

¿Le has mandado la carta? - Sí, pero no me ha contestado.

- Porque no te quiere. - Tú qué sabrás.

- ¿Eres tonta? - Más tonta eres tú.

Mira qué gordito está Roni.

Roni, guapo.

- Maite... Maite, bonita. - ¿Qué quieres?

-Búscame.

-Ana, ¿te vale esta?

¿Sabes quién está abajo? Ese amigo tan guapo de papá.

- ¿Y estas? - Sí, señala, señala.

(RONI HACE RUIDOS)

(PONE MÚSICA)

-Hoy en mi ventana brilla el sol

y el corazón se pone triste

contemplando la ciudad

porque te vas.

Como cada noche desperté

pensando en ti,

y en mi reloj todas las horas vi pasar

porque te vas.

Todas las promesas de mi amor se irán contigo,

me olvidarás. ¿Podéis poner la música más baja?

Me olvidarás...

Junto a la estación...

Me voy...

A ver cómo os portáis. - ¿Dónde vas?

Tengo un montón de cosas que hacer.

De todas maneras volveré antes que Rosa.

Cuidad de vuestra abuela. Sobre todo tú, Irene.

- ¿Podemos ir contigo? No, ahora no, tengo mucha prisa.

Irene, tú que eres la mayor y la más sensata

cuida de que todo vaya bien.

Si llaman por teléfono decid que volveré

en un par de horas, ¿de acuerdo?

Portaros bien.

(PONE LA MISMA CANCIÓN)

-¿Bailas?

Hoy en mi ventana brilla el sol

y el corazón

se pone triste contemplando la ciudad

porque te vas.

Como cada noche desperté

pensando en ti,

y en mi reloj todas las horas vi pasar

porque te vas.

Todas las promesas de mi amor se irán contigo,

me olvidarás,

me olvidarás.

Junto a la estación hoy lloraré igual que un niño

porque te vas,

porque te vas,

porque te vas,

porque te vaaaas.

Todas las promesas de mi amor se irán contigo

me olvidarás,

me olvidarás.

Junto a la estación hoy lloraré igual que un niño,

porque te vas,

porque te vas,

¿por qué te vas?,

porque te vaaaas.

Todas las promesas de mi amor se irán contigo,

me olvidarás, me olvidarás.

Junto a la estación hoy lloraré igual que un niño,

porque te vas,

porque te vas...

Timbre. Todas las promesas de mi amor

se irán contigo... - Me parece que llama la abuela.

Timbre. Me olvidarás.

-Joder, qué fastidio.

Ya voy yo. Junto a la estación hoy lloraré

igual que un niño

porque te vas

porque te vas...

Música en la lejanía.

Pobrecita.

Nadie te hace caso, te dejan aquí sola

y te cansas de ver al jardín, claro.

Hala, vamos.

¿Quieres ver las fotos?

O prefieres ver el libro de oraciones.

(HABLA CON DIFICULTAD) -No. ¿Quieres ver las fotos?

¿Quieres alguna cosa más?

Te voy a poner la canción.

Copla.

Castañuelas.

Es Maricruz la mocita, la más bonita

del barrio de Santa Cruz.

El viejo barrio judío,

rosal florido, le ha dado rosas de luz...

Y desde la Macarena la vienen a contemplar,

pues su carita es morena hace a los hombres soñar.

Y una noche de luna el silencio rompió

la guitarra moruna y una voz que cantó:

¡Ay, Maricruz, Maricruz!,

maravilla de mujer;

del barrio de Santa Cruz... - ¿Te vas a venir?

¿Dónde? - A investigar, vamos,

no seas aburrida. Yo no soy aburrida, la aburrida

lo serás tú. - ¿Puedo ir contigo?

-Sí.

Copla. De acuerdo.

¡Ay, Maricruz!, ¡ay, Maricruz!

-¿Me queda bien?

Fue como pluma en el viento tu juramento,

y a su querer traicionó. De aquellos brazos amantes

huyó inconstante, y a muchos después se entregó.

Señoritos con dinero

lo lograron sin tardar,

y aquel su cuerpo hechicero

hizo a los hombres pecar. - Ana, ayúdame.

Pero solo hubo un hombre que con pena lloró

recordando su nombre, y esta copla cantó...

Te va grande. - No importa.

Yo esto no lo llevaré nunca. - Lo tendrás que llevar

porque si no, no podrás correr.

¿Y por qué no podré correr? - Pues porque no.

- Mi vida solo eres tú, y por jurarte yo eso

me diste en la boca un beso

que aún me quema, Maricruz.

¡Ay, Maricruz!, ¡ay, Maricruz!

Mi vida solo eres tú, y por jurarte yo eso

me diste en la boca un beso

que aún me quema, Maricruz.

¡Ay, ¡Maricruz!, ¡ay, Maricruz!

Dame la escoba.

-¡Ring, ring!

-¿Cómo estás, querida?

Llegas muy tarde. ¿Se puede saber qué has estado

haciendo hasta las...? Hasta las once de la noche.

- Por favor, no empecemos. Vengo muerto de cansancio.

Hoy he tenido un día tremendo. Ya...

A mí me vas a venir con esas. ¿Te crees que soy tonta?

- No empecemos. Uno viene a casa buscando

un poco de tranquilidad y se encuentra con esto.

Me estás amargando la existencia.

¿Qué habré hecho yo para merecer esta suerte?

A mí tú no me engañas con esa cara de inocente que tienes.

Ya, ya... ¿Te crees que soy estúpida o qué?

Sé muy bien con quien has estado.

Has estado con esa...

Con dos has estado. - ¿Con Rosa?

Sí, con Rosa, y cállate. - No digas tonterías,

siempre con esos celos ridículos.

Yo solo te quiero a ti, Amelia, aunque a veces mi paciencia

tiene un límite. Pero eso se va a terminar.

Ya lo creo que se va a terminar... Vas a ver tú quién soy yo.

- Cállate, por favor, Amelia, las niñas...

Las niñas duermen y además, ¿sabes lo que te digo?

Que se despierten, que se enteren de una vez

de quién es su padre; un sinvergüenza,

eso es lo que eres, un sinvergüenza.

- Cállate, ellas no tienen la culpa, cállate.

No me da la gana, gritaré todo lo que quiera...

Risas. ¿Quién te has creído tú que eres?

Se abre la puerta.

¿Qué estáis haciendo?

Nada. - Nada, estábamos jugando.

-Yo hago de criada.

Ana, ven aquí.

¿Qué tienes ahí detrás?

Dámelo.

Mi peluca.

Y os habéis pintado con mi carmín.

Pero, Irene, ¡tú también!

Va. Id al cuarto de baño y lavaos la carita, ¿eh?

Corre y que no vuelva a repetirse.

Así que tú haciendo de criada, ¿eh, ratita?

Arriba... Esto es.

El próximo fin de semana he decidido que lo pasemos

en el campo, ¿os parece bien?

- A mí me parece muy bien pero ¿dónde vamos a ir?

- A la finca de Nicolás Garontes. ¿Sabes quién es, verdad?

- Sí, hija, ese que estaba en el jardín.

El marido de Amelia.

Quítate los pantalones.

¿Habéis estado alguna vez en la finca?

Fuimos una vez con papá y mamá.

Había caballos, un pinar,

y creo que también había un río.

Es una finca magnífica, lo vamos a pasar muy bien,

ya veréis. A ver, esto cuesta trabajo.

La otra piernecita. ¡Al agua patos!

- ¡Ay, está helada! ¡Aaay!

Venga, la ponemos un poco caliente.

(TODAS RÍEN) No, no está, venga, Maite, métete.

No seas mala. - ¡Ay, está...!

Agáchate.

Agáchate, Maite.

La cabecita.

Maite, bonita... (LLORIQUEA)

Nicolás era el mejor amigo de vuestro padre,

muy buena persona, eran de la misma promoción

y estuvieron juntos destinados en Burgos.

- También estaba con papá cuando papá murió.

¿Qué has dicho?

- Que Amelia estaba en la cama con papá cuando se murió.

A ver... Cuéntame esa historia.

Dices que Amelia estaba con tu padre....

¿Lo dices en serio?

¿Quién te ha contado eso?

- Ana... Ana los vio juntos en la cama.

Ahora lo comprendo todo.

Tú has visto... ¿Qué has visto tú?

Yo no he visto nada. Claro que no.

No sabes que no se pueden decir mentiras.

Ana, hay mentiras que pueden hacer mucho daño.

Vosotras sois unas crías

y no os dais cuenta de la gravedad de ciertas cosas.

¿Cómo se te ha ocurrido semejante idea?

Un día papá le dijo a mamá

que Amelia era muy guapa.

Mamá le dijo: "No es para tanto".

Yo creo que Amelia es muy guapa, ¿verdad?

Muy guapa. Sí. Eso sí.

(NARRA) No entiendo como hay personas que dicen

que hay personas que la infancia es la época más feliz de su vida.

En todo caso para mí no lo fue.

Y quizás por eso no creo en el paraíso infantil,

ni en la inocencia

ni en la bondad natural de los niños.

Yo recuerdo mi infancia como un período largo,

interminable, triste,

donde el miedo lo llenaba todo...

Miedo a lo desconocido...

Hay cosas que no puedo olvidar.

Parece mentira que haya recuerdos

que tengan tanta, tanta, fuerza.

Tanta fuerza...

Mamá estaba enferma en su dormitorio.

Yo entonces no sabía que mi madre tenía una enfermedad incurable

y la habían traído del hospital

para que se muriera en casa.

Mis dos hermanas estaban con tía Paulina y con la abuela,

que en esa época todavía no vivían con nosotras.

Mi padre estaba fuera, en no sé dónde.

Rosa hacía de enfermera.

Por favor, dígale al doctor que se ponga.

(TARAREA)

Dígale de parte Rosa.

Doctor,

sí, doctor, soy Rosa.

Sí, muy mal. Sí, muy mal.

Venga lo más rápido que pueda, por Dios.

Sufre mucho. Yo no sé qué hacer.

Sí, se la pusieron a las nueve.

Quejidos.

(LLORA Y SE QUEJA)

¡Aaay!

(SE QUEJA)

(LLORA)

(JADEA)

(JADEA)

Todo es mentira.

No hay nada.

No hay nada.

Me han engañado.

Tengo miedo.

No quiero morir.

No quiero morir.

Tengo miedo.

(SE QUEJA Y GRITA) ¡Aaah!

¡No quiero morir!

¡Me duele!

(GRITA) ¡Me duele!

¡Me duele!

¡Duele!

Vamos, tranquilízate. ¡Me duele!

Tranquilízate, ahora mismo

te pondrán una inyección. ¡Rosa!

Verás cómo se te pasará. Vamos, por favor.

Por favor.

Escúchame. (LLORA) Me duele....

¿Y tú qué haces aquí? Hala, fuera de aquí.

Vete a jugar.

¡Ah!

(GRITA) ¡Aaaaah!

Gritos de la madre.

Ruidos de Roni.

Ana... ¿Se puede saber lo que haces aquí?

Es que no tengo sueño, mamá.

No tienes sueño.

¿Has contado ovejas? No.

Vaya...

¿Me puedo quedar un rato contigo?

Ana, ¿tú sabes qué hora es? No.

Es muy tarde.

No tengo sueño.

¿Por qué no me tocas esa canción que tanto me gusta?

Hija, no son horas de tocar el piano.

Anda, mamá.

Bueno, pero ¿luego irás a dormir? Sí.

¿De verdad? Sí.

¿Me lo prometes?

Te lo prometo.

La canción que te gusta.

¿Es esta, verdad?

¿Cómo no?

Anda, no sé, sopla.

Aquí.

¿Es esa?

(TOCA UNA MELODÍA LENTA)

¿Y esa promesa?

A la cama.

Un beso.

Otro beso de...

Un beso de cine.

Un beso como... Como los esquimales.

Y ahora un beso de... Oso.

¿De oso?

Así, de oso. Oye, osa, a la cama.

Venga. Está bien de osos.

-Aún está despierta.

Ya te dije que era muy tarde.

Anda, ve a la cama.

No tengo sueño.

Anselmo, te estaba esperando.

Quería hablarte.

- Bueno, si no te molesta hablaremos mañana.

Me voy a la cama. Anda, vamos a dormir,

mañana tendemos todo el día para charlas.

Es que no quiero charlar todo el día de mañana.

Quiero hablarte ahora.

-¿De qué quieres hablarme?

(RÍE) No sé...

Dime lo que has hecho.

¿Lo has pasado bien?

-Sí, lo he pasado bien.

Sí, ¡lo has pasado bien!

No puedo más.

No puedo más, Anselmo.

He llegado al límite.

No puedo más.

- Deja ya de decir tonterías, María.

Lo que debes hacer es buscar algo que te distraiga.

¡No quiero distraerme! - No estar encerrada todo el día

dándole vueltas a la misma cosa. ¡Quiero morir!

¡Me quiero morir!

(LLORAR) ¡Me quiero morir!

¡Me quiero morir! - María,

tranquilízate, no te pongas así.

Estoy enferma.

(LLORA) Estoy enferma. - Tranquilízate, María,

si no tienes nada. ¿Qué es lo que tienes?

Nada, absolutamente nada.

Ayúdame.

(LLORA) Ayúdame, estoy enferma.

- Pero ¿cómo quieres que te ayude si no sé qué tienes?

¿Qué quieres que haga? (LLORA)

Cuéntame... Cuéntame tus cosas.

No me dejes aquí sola todo el día.

¡Quiéreme!

Quiéreme, estoy... Estoy tan enferma.

- Ya estamos otra vez con tu maldita enfermedad.

No estás enferma, María. ¡Estoy enferma!

- Ya te dije que no estoy dispuesto a aceptar ningún chantaje.

Tú, simplemente te has empeñado en amargarme la vida.

Y te diré una cosa, no soporto ni tus lamentaciones

ni tus reproches. Yo soy como soy, déjame en paz.

(LLORA)

Ana...

¿Qué haces, Ana?

¿Se puede saber de dónde vienes?

¿Eh?

A ver, dime, ¿de dónde vienes?

Vengo de beber agua.

¿Y no se te ocurrió otra cosa que ir a la cocina?

Tenía sed.

Hala, vete a dormir. Buenas noches, Ana.

Buenas noches, tía, que duermas bien.

Dejaré encendida la luz del pasillo.

Si quieres algo me llamas, que duermas bien, Ana.

Bruja...

Siempre destapada.

-Buenas noches, mamá.

(CARRASPEA)

Aún estás despierta. Es que no tengo sueño.

No tienes sueño. No.

¿Has contado ovejas?

Voy.

¿Me puedo quedar un ratito contigo?

Sí.

¿Quieres que te cuente un cuento? Sí.

El de Almendrita.

¿El de Almendrita?

A ver si me acuerdo.

Había una vez... en un país lejano,

una niña que era muy pequeña, muy pequeña, muy pequeña.

Era ten pequeña que parecía una almendra.

Y por eso la llamaban Almendrita.

Un día Almendrita se despertó,

que estaba durmiendo en su cama, que era también una cama

muy pequeña, muy pequeña.

Mamá.

Mamá.

Mamá.

(LLORA) Mamá...

¡Mamá!

- ¿Qué te pasa? ¡Mamá!

¡Mamá! - Ana...

¿Qué te pasa, Ana? ¡Mamá!

Irene, vete a tu cama.

Ana, ¿qué te pasa? ¡Mamá!

Ana, tranquila.

No ha sido nada.

Tranquila, ¿qué más estabas soñando?

¿Qué te pasa? Me quiero morir.

Me quiero morir.

Me quiero morir. Ana...

Ana, por Dios, no digas tonterías.

Estabas soñando, tenías pesadillas, ¿verdad?

Ya sé, te voy a contar un cuento.

¿Quieres?

Vamos a ver.

¿Qué cuento te puedo contar yo?

Ya sé, el de Almendrita.

Había una vez, en un país muy lejano,

una niña tan pequeña, tan pequeña...

Quiero que te mueras. Quiero que te mueras.

Ana, ¿cómo puedes decir eso? Quiero que te mueras.

¡Ana! Quiero que te mueras.

Quiero que te mueras.

Claxon y ruido del tráfico.

Alarma.

Tú eres mala porque no haces lo que tienes que hacer.

Haces sufrir a tía Paulina, a Rosa y a mis hermanas;

Irene y Maite.

Eres mala porque no haces lo que tienes que hacer.

Eres desobediente y una ladrona.

Un día le quitaste a tu amiga Sofía un bolígrafo

y nunca se lo devolviste.

(NARRA) Bueno, todos mis recuerdos de aquella época no son tristes.

Y de las cosas que recuerdo con más agrado

pocas pueden compararse con aquel fin de semana.

Y el caso es que no encuentro las razones que expliquen

el por qué. Aquel viaje, precisamente

aquel viaje se me quedó grabado con tanta fuerza.

No sé, me encontraba libre,

nueva, distinta

Me acuerdo que llevaba yo un pantalón vaquero

con bolsillos de flores añadidos. Y una blusa de flores también,

con botones rojos, y una rebeca azul marino.

Tía Paulina conducía el coche, Irene, por ser la mayor,

tenía el privilegio del asiento delantero.

Entonces Maite y yo íbamos detrás.

Canto de los pájaros.

Claxon.

-Hola.

Hola. ¿Qué tal? - ¿Qué tal el viaje?

Hola, bonita, ¡no te asustes del perrito!

Hola. - No te asustes del perrito.

¿Qué tal? Hola, guapa.

- Hola. - ¿Qué hay?

-¿Tienes miedo del perrito, Maite?

-Hala, Fígaro. ¡Fígaro!

(NARRA) La finca propiedad de Nicolás y Amelia era magnífica.

- Orgullosísimo de él. (NARRA) Un remanso de paz

que parecía pertenecer a otro mundo.

Ya por entonces era muy difícil mantener una finca así.

Pocos años más tarde la vendieron para venirse a Madrid.

Felicitarte por la cocinera. - Sí.

Ha sido un almuerzo excelente. Fenomenal, ¿la ayudas siempre?

¿Tú no cocinas nada? - Soy fatal para eso.

- Es nuestro orgullo también la cocinera...

(NARRA) Ahora comprendo por qué aquella mujer fascinó

a mi padre. Amelia era una mujer cálida,

afectuosa, sensual...

Cuando sonreía se le iluminaba el rostro.

Tenía la piel muy morena

y daban ganas de tocarla.

- Está en trámite. Qué pena.

- Sí, una pena. Irene,

¿por qué no os vais a jugar fuera?

- No tengo ganas, tía, ahora estoy leyendo.

Irene...

-¿Qué, Irene, te gusta el libro?

- Sí. - Pues para ti, te lo regalo.

Pero con una condición. ¿Con qué condición?

-Que os vayáis a jugar por ahí.

Aprovechad y tomad un poco el aire, que lo que es en Madrid.

Venga, vamos.

¿Qué se dice?

-Gracias.

Hala, vamos, Ana, Maite.

Canto de los pájaros.

-No seas tramposa y no mires.

Un, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez,

11, 12, 13, 14, 15, 16, 17, 18, 19, 20.

Ronda, ronda, el que no se haya escondido

que se esconda y si no que responda.

¡Te he visto, tramposa! Sal, te he visto.

-¿En qué árbol?

En ese.

Te tienes que morir.

Muérete.

¡Irene, te he visto!

Estás detrás de las matas.

¡Sal!

¡Muérete!

-¡Ay, pobre de mí!

Ángel de la guarda, dulce compañía,

no me desampares ni de noche ni de día,

no me dejes sola que me perdería.

Haz que Irene y Maite resuciten y vuelvan a vivir.

-Vamos, Maite.

Murmullo.

Es que vivir en la ciudad se ha convertido

en un cosa horrorosa. Aquí se está muy bien.

¿No podrías vivir aquí? - No, imposible.

Tengo que ir todos los días a trabajar a Madrid,

sería un palizón. Claro.

¿Por qué no vas a jugar con tus hermanas?

Quiero estar contigo.

¿Te has peleado? No.

¿No? - Ayer hice el recorrido

en un tiempo record... Vete a jugar con tus hermanas.

No.

(RÍE)

¿Has visto lo alta que está Ana? - Sí.

Parece mentira cómo pasa el tiempo. - Sí, ocho años ya

desde que nos conocimos en Burgos, ¿te acuerdas?

Sí. ¿Cuánto tiempo estuviste destinado en Burgos?

- Pues el tiempo de hacer el curso, la academia...

Ana...

Vete a buscar a papá y dile...

que tenemos que estar en Madrid a las nueve.

Risas.

Griterío de Maite e Irene.

¡Uy, uy, uy!

Qué mojada estás.

Meona, que eres una meona.

Y ahora a dormir.

¡No me pongas esa cara, que no me gusta nada!

No es tu hora.

Sí, ya sé yo lo que quieres,

pero tienes que esperarte un poco, ¿no?

Impaciente, que eres una impaciente.

(RADIO) La he encontrado,

he encontrado a la mujer ideal...

Compañera perfecta para...

¡Uy!

¡Me has mordido!

¡Habrase visto qué niño!

(RADIO) Conocerla hace años y no haberla comprendido hasta hoy.

Pero ella levantó el velo

y yo entré en el...

Oye, Rosa, ¿los niños cuando nacen tiene ya pelo?

Depende, lo notas por los ardores.

Yo con Jacinto tuve unos ardores de estómago terribles.

Cuando una madre tiene ardores durante el embarazo

es seguro que el crío trae mucho pelo.

¿Cuántos hijos has tenido? Cuatro. El último se me murió.

Yo conozco al que está en Alemania. Ese, María, que vive en Barcelona,

y Jacinto. ¿Te acuerdas de él,

cuando fuimos al pueblo el año pasado con tu madre,

que en paz descanse? Pues no, no me acuerdo.

Mire, déjame.

Tienes que ponértelo así, ¿ves?

¿Te fijas, eh?

Me acuerdo cuando tú naciste.

Qué disgusto le diste a tu padre.

Dios le castigó: Tres hijas, menudo parto el tuyo.

Con fórceps te tuvieron que sacar.

¿Qué es eso? Pues que no querías salir

y te tuvieron que obligar.

El doctor, el anestesista, la comadrona...

No podían sacarte del vientre de tu madre

ni tirando con todas sus fuerzas. ¿Qué te parece?

Radio de fondo. Si te miras en el espejo

y te fijas, verás que todavía tienes unas marcas aquí.

¿Aquí?

Tu madre, pobrecita, quería darte de mamar,

pero como era tan pálida de piel, tan delicaducha,

pues no pudo ser. Así es que quien de verdad

te ha criado he sido yo.

¿Tú me has dado de mamar? No, mujer. El biberón.

Tú tienes el pecho muy grande.

¿Me lo enseñas? Oye, niña, ¿qué te has creído?

¿Te has creído que esto es un circo?

Radio de fondo. Anda, enséñamelo.

Cuento hasta cinco con los ojos cerrados y luego los abro.

Uno, dos, tres,

cuatro y cinco.

¡Uy, qué grandes!

Timbre.

Anda, vete a ver qué quiere esa bruja.

Timbre.

Música de copla.

¿Esta?

Es Maricruz la mocita, las más bonita

del barrio de Santa Cruz... Entonces tendrá que ser esta, ¿sí?

El viejo barrio judío...

¿Quieres verla desde más cerca?

Y desde la Macarena la vienen a contemplar,

pues su carita morena hace a los hombres soñar.

¿Quién es, mamá?

Pues si no es mamá, ¿quién podrá ser?

-¡Ay, Maricruz, Maricruz!

Maravilla de mujer...

¿Mi hermana?

¿Tu madre?

¿Una amiga?

- Y por jurarte yo eso me diste en la boca un beso

que aún me quema, Maricruz. ¡Ay, Maricruz!, ¡ay, Maricruz!

Fue como pluma en el viento el juramento,

y a su querer traicionó.

La postal del lago.

-De aquellos brazos amantes...

Has estado en Suiza con el abuelo.

Cuando eras joven.

- No. Este hotel te recuerda

al viaje de novios que hiciste.

El lago al amanecer era precioso, lleno de cisnes.

Se veían las montañas llenas de nieve.

Y esta ventana era la de tu cuarto.

-Del barrio de Santa Cruz

eres un rojo clavel.

Mi vida solo eres tú,

y por jurarte yo eso me diste en la boca un beso

y aún me quema, Maricruz.

¡Ay, Maricruz!, ¡ay, Maricruz!

Tú... ¿Tú te quieres morir?

Es Maricruz la mocita, la más bonita

del barrio de Santa Cruz... ¿Quieres que yo te ayude a morir?

El viejo barrio judío, rosal florido,

le ha dado rosas de luz.

Y desde la Macarena... Espera, que yo vuelvo enseguida.

Pues su carita morena hace a los hombre soñar.

Y una noche de luna

el silencio rompió,

la guitarra moruna y una voz que cantó:

¡Ay, Maricruz, Maricruz!,

maravilla de mujer; Mira, aquí lo guardo.

Es un veneno terrible.

Una cucharadita de estos polvos puedes matar a un elefante.

- Mi vida solo eres tú, y por jurarte yo eso

me diste en la boca un beso que aún me quema...

Sí, un veneno terrible, mortal.

"¡Ay, Maricruz!". ¿No quieres?

(NIEGA)

Pero si antes me dijiste que sí.

¿No?

¿Por qué no?

Como quieras.

"¡Ay, Maricruz!".

Roni...

Roni.

¿Estás malito?

¿Qué te pasa?

Pobrecito.

Pobrecito Roni.

Pero yo te voy a cuidar.

Verás que pronto te vas a poner bien.

Roni...

Roni.

Roni...

Roni.

Está muerto.

-Toma la estampa.

En el nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo, amén.

Padre Nuestro que estás en los cielos, santificado sea

tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad

así en la Tierra como en el cielo...

-¿Qué pasa cuando alguien se muere?

- Déjame en paz. - No seas así,

yo otra vez a ti te he hecho un favor.

-No le pasa nada, que se muere.

-¿Que se muere?

Es que yo no comprendo una cosa, que cómo se muere.

-Yo que sé.

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

-¿Hola, Ana, qué haces?

Nada.

-¿Sabes si tu tía está en casa?

No lo sé. Creo que sí.

-Está bien, y lávate la cara

si no quieres que a Paulina le dé un berrinche.

Gracias.

Cuando me casé con ella me equivoqué, Paulina.

Entonces no sé, yo pensaba que el amor era

más poderoso que nada.

Y que bastaba que nos quisiéramos para que todo marchara bien.

Pero pronto me di cuenta de mi error.

Mi matrimonio ha resultado un completo fracaso.

Cada uno lleva su carga como mejor puede.

- Pero yo no estoy dispuesto a resignarme,

a bajar la cabeza como si nada pasara y adelante.

Eso no.

Bueno, no sé si te estoy aburriendo con mis problemas, perdóname.

Que va, todo lo contrario.

- En fin tampoco tiene ya demasiada importancia.

Bueno, cuéntame lo que haces tú.

¿Qué es de tu vida?

¿Yo? ¿Qué voy a hacer?

Nada.

Estoy todo el día encerrada en casa,

hasta que las crías no vayan al colegio...

-Yo creo que debes salir más.

No puedes quedarte encerrada entre estas paredes toda la vida.

Una mujer como tú, todavía tan joven...

Gracias, Rosa. ¿Qué hacen las crías?

Estamos guardando cosas del despacho del señor.

No sabes el desastre que era esta casa.

En mi vida he visto un desbarajuste mayor.

En fin...

Si no fuera por Rosa.

¿Quieren algo más?

No, gracias. Ah, sí, no toques las vitrinas,

quiero hacerlo yo personalmente.

- ¿Un poco más de té? Gracias.

Quítate de en medio, por favor.

- Oye, Rosa, ¿la guerra de España cuándo terminó?

Creo que en 1939.

- ¿Y qué hacía papá en la guerra? No estoy muy segura.

Sí. Tu madre me contó que se fue de voluntario.

Luego estuvo en el frente de Rusia, con la División Azul,

allí fue donde le dieron en la pierna.

¿Qué haces tú con eso? Pon esa pistola donde estaba.

Es mía. Déjate de tonterías

y pon eso donde estaba.

Papá me la regaló un día.

Pregúntaselo a Irene.

¿A que es mía? - Sí, es verdad.

A mí me regaló este rifle y a Ana esa pistola.

- Y a mí la bandera de la legión. Dejaros de tonterías

y poner eso donde estaba. Las armas las carga el diablo.

No me hagáis hablar más.

Santa Rita, Rita, lo que se da no se quita.

Déjate de gaitas. Pregúntale a tu tía

qué piensa de que te quedes con esa pistola.

Anda, pregúntaselo a tu tía. A ver qué te dice.

¿Cómo no lo voy a recordar? Fue en el verano de 1965.

Tú estabas destinado en Capitanía. - Ves como todavía me quieres.

Sí, siempre me has querido, Paulina,

y yo a ti también te quiero. Te quiero...

(JADEA) No... - Te quiero,

siempre nos hemos querido...

Amor... (RESPIRA EXCITADA)

- Amor. ¡Ana!

¿Por qué no llamas a la puerta antes de entrar?

Estaba la puerta abierta.

¿Qué quieres?

Rosa dice que la pistola no es mía.

¿Qué haces con esa pistola?

¡Déjala inmediatamente!

-Cálmate, yo me encargo de eso.

Vamos a ver, Ana, ¿para qué quieres una pistola?

Es un juguete de muchachos, ¿no?

Me la dio papá, y es mía.

Pregúntaselo a Irene.

- Sí, ya lo creo que te la dio. A ver, déjame verla.

Es muy bonita. Muy bonita.

Es una Luger Parabellum, calibre 38, sin duda.

Anda, ¿me la dejas ver?

Sí, déjamela ver, un ratito solo.

Dame. ¿Sí?

Muy bien.

No tienes por qué preocuparte, estará descargada. Mira.

Se tira hacia atrás el cerrojo y...

(GRITA ASUSTADA) ¡No puedo más! ¡No puedo más! ¡No puedo más!

(LLORA) ¡Que se vayan internas!

- No te preocupes, siempre me tendrás.

-Hoy en mi ventana brilla el sol

y el corazón

se pone triste contemplado la ciudad

porque te vas.

Como cada noche desperté

pensando en ti

y en mi reloj todas las horas vi pasar

porque te vas.

Todas las promesas de mi amor se irán contigo,

me olvidarás,

me olvidarás.

Junto a la estación hoy lloraré igual que un niño

por qué te vas,

por qué te vas.

Porque te vas...

¿No puedes poner la música más baja?

Porque te vaaas...

Bajo la penumbra de un farol

se dormirán

todas las cosas que quedaron por decir.

Que se muera. Se dormirán...

Junto a las manillas de un reloj.. Que se muera.

Quiero que se muera.

Todas las horas que quedaron por vivir

esperarán.

Todas las promesas de mi amor se irán contigo.

Me olvidarás...

Me olvidarás...

Gracias, Ana. Eres un sol. De nada, tía.

Ruido de la máquina de coser.

¡Ay, me he pinchado!

Eres igual de torpe que tu madre.

Pero, mujer, coge bien la aguja.

Ven aquí. Déjame eso.

Mira, la aguja se coge así.

¿Ves?

¿Te das cuenta?

Ruido de la máquina de coser. Toma. Ahora tú.

Cada día te pareces más a tu madre,

que en paz descanse. ¿En qué me parezco?

Hay veces que haces los mimos gestos que ella.

Exactamente igual, hasta cuando hablas

me parece que la estoy escuchando. ¡Dios mío, pobrecilla!

Hay que ver lo mucho que sufrió la pobrecilla.

¿Por su enfermedad? No, no solo por eso.

Algún día, cuando seas mayor, te contaré yo cosas.

Tu madre se merecía mucho más, ya lo creo.

Tu madre era una santa, Ana, una santa.

Ruido de la máquina de coser.

A mí me contaba todas sus cosas, hasta las más personales.

Y te digo yo que había cosas que clamaban al cielo.

Un día, me acuerdo que tu padre tenía que marcharse urgentemente,

no sé por qué, a Segovia, creo. Tu madre le estuvo esperando

toda la noche... ¿Qué dices de mi hermana, Rosa?

No, nada, señorita, nada. No me gusta

que estés murmurando sobre mi hermana.

Mi hermana está muerta y es mejor dejarla en paz.

No hay que insistir sobre este tema delante de las niñas.

Ya deberías saberlo.

Ana, ven aquí.

Ana, me gustaría que me dijeras una cosa.

Tú te acuerdas mucho de tu madre, ¿verdad?

Sí. Algunas veces sí.

Ana, no quiero que penséis

que estoy usurpando el sitio... ¿Qué es usurpar?

Lo que quiero decirte es que yo solo procuro

que estéis bien en esta casa, que no os falte nada.

Pero yo no puedo daros afecto si vosotras

no estáis dispuestas a recibirlo. No es fácil para mí, Ana.

Nada fácil.

Rosa, vete a buscar a Maite.

Dile que venga, que quiero probarle el traje.

Si quiere que me vaya, me lo dice y santas pascuas.

Sí, quiero estar a solas con Ana.

¡Lo que tengo que decirle nos concierne solo a las dos!

(ENFADADA) ¡Es el colmo! ¿Pero qué se habrá creído

la muy imbécil? ¿Me puedo marchar, tía?

¡No! Tú no te marchas hasta que yo no te lo diga.

Está bien, haz lo que quieras.

Vamos, niñas, a levantarse que son las siete.

Al colegio. Vamos.

Tú, Irene, no te hagas la dormida.

¡Venga, vamos!

- Déjame en paz. Tengo sueño. ¡Pero bueno!

-Yo no quiero ir al colegio.

Y yo tampoco. ¿Qué es eso?

¿Cómo que no queréis ir al colegio?

¿Qué os creéis, que las vacaciones duran toda la vida?

Risas de las niñas. Venga, vamos.

-Déjame, no me hagas cosquillas.

Risas. Ay, no me hagas cosquillas.

Cuánto enredáis.

Risas de las niñas.

¿Se puede saber qué están haciendo estas crías?

- Buenos días, tía. Buenos días, Irene.

¿Has dormido bien? - Yo muy bien, ¿y tú?

Estupendamente.

Buenos días, Rosa. Buenos días, señorita.

Venga, Maite. Ven aquí tú.

Así, ¡ay, mi niña!

¿Y tú, Ani, has dormido bien?

Regular.

Toma la camisita.

¿Regular?

¿Por qué?

¿Has tenido una pesadilla?

¿No?

(IRENE NARRA) Recorrimos muchas, muchas, calles.

De repente aparecimos en un campo. A ver...

Aquí. - A lo lejos había una casa,

sucia, como abandonada,

el coche se acercó a ella,

salieron dos señores,

uno de ellos dijo:

"¿Qué tal te ha ido en la caza?".

El hombre contestó:

"Muy bien, mirad lo que os traigo".

Me sacaron del coche y me metieron en la casa.

Al entrar había una cocina...

sucia, con una sartén vieja

y algunos otros cacharros.

Luego me metieron en una habitación

y me encerraron con llave.

Al rato me llevaron comida.

Yo no la quise

pues pensé que estaba hecha en aquella sartén.

Me pidieron el teléfono de casa.

Y yo se lo di, temiendo que me mataran.

Llamaron por teléfono pero papá y mamá no estaban.

Papá y mamá están muertos.

-Pero en mi sueño no.

Se habían ido a buscarme.

Dijeron que llamarían dentro de media hora.

Pero que si no estaban me matarían.

Yo estaba aterrada.

Pasó la media hora y llamaron por teléfono.

Tampoco estaban, todavía no habían llegado.

Y dijeron:

"Ha llegado la hora de matarte".

Me ataron a una columna de madera

con unas cuerdas,

me pusieron una pistola en la sien

y cuando me iban a matar

me desperté.

Hoy en mi ventana brilla el sol

y el corazón

se pone triste contemplando la ciudad

porque te vas.

Como cada noche desperté

pensando en ti

y en mi reloj todas las horas vi pasar

porque te vas.

Todas las promesas de mi amor se irán contigo,

me olvidarás,

me olvidarás.

Junto a la estación hoy lloraré igual que un niño

porque te vas,

porque te vas,

porque te vas,

porque te vaaaas.

Bajo la penumbra de un farol

se dormirán

todas las cosas que quedaron por decir

se dormirán.

Junto a las manillas de un reloj

esperarán

todas las horas que quedaron por vivir

esperarán.

Todas las promesas de mi amor se irán contigo,

me olvidarás,

me olvidarás.

Junto a la estación hoy lloraré igual que un niño

porque te vas,

porque te vas,

porque te vas,

porque te vaaaas.

Todas las promesas de mi amor se irán contigo,

me olvidarás,

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