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Original subtitles

¿Cuántos tequillos tiene ya, padre?

Unos seis.

Bueno, me los llevo. A ver si te lo cambian por una docena de huevos.

Intentaré.

Y ten cuidado con los obús. No se preocupe.

¡Un canario!

Me ha dicho que canta muy bien.

¿Y quién es Antonio?

El miliciano ese que tanto te gusta.

Y deja de decir tonterías que a mí no me gusta ningún miliciano.

¡Madre, mire!

¡Qué bonito es!

¿Qué pasa?

Un canario, mira. Se lo han regalado a Pedro.

A ver si tenemos suerte y canta más que el otro.

Madre, ¿dónde he puesto las cartillas de racionamiento? Junto a la radio.

Hasta luego Hasta luego Hasta luego

El presidente de la Junta del Tesoro Artístico espera en tu despacho,

Y mira, estas son las octavillas que están lanzando sobre Madrid aviones

fascistas.

Mírala.

Padrileños, hasta ahora los bombardeos han sido dirigidos principalmente contra

los aeródromos militares, las fábricas de material de guerra y las fuerzas

combatientes. Si se persiste en esa suicida terquedad, inclinamos toda

responsabilidad por los daños grandes que nos veremos obligados a hacer.

Sabed, madrileños, que cuanto mayor sea el obstáculo, más duro será el castigo.

Francisco Franco, generalísimo de los ejércitos de España.

Salud, Timoteo. Buenos días, Telago.

¿Cómo estás?

¿Has leído esto? La última gracia que publica Luis de Tapia. No, no tengo

para leer chistes. Lo que este personaje pone aquí es un rumrum que corre ya por

todo Madrid.

Escucha, escucha.

¿Por qué no hace el pueblo ibero un poco el camarilero?

¿Por qué no cambia tizianos por bombas para aeroplanos?

¿Por qué no cambia murillos por material de gris brillo?

¿Por qué no cede algún greco por rifles de tiro seco?

¿Qué te parece, eh?

Una riva bastante peligrosa, la de Greco, y riznes de tiro seco. Hombre,

las circunstancias, la idea no deja de ser bastante razonable, ¿no crees?

¿Sabes cuántos tanques nos harían los rusos a cambio de las meninas?

Francia ya nos ha hecho una oferta por la maja desnuda.

La pagarían en ametralladoras.

¿Pero qué pasa, Renato?

¿También tú te has vuelto loco?

No.

Era una broma, Timoteo. Siéntate, por favor.

Verás, te he hecho venir para comunicarte un asunto muy importante y

confidencial.

Ayer, aviones fascistas, como tú muy bien sabes, soltaron bombas incendiarias

100 metros del museo.

Y el tema del Prado ha vuelto a plantearse en el Consejo de Ministros.

¿Y bien?

¿Qué ha decidido el señor presidente?

Azaña tiene muy clara su posición.

Allí donde reside el gobierno legítimo, allí estarán las obras maestras del

Prado.

Pero eso quiere decir que... Efectivamente.

El gobierno se traslada a Valencia y las pinturas del Prado seguirán el mismo

camino.

Hay orden de evacuar el museo urgentemente.

La cantidad de veces que he visto este cuadro y siempre me impresiona,

A todo el mundo, Manuel.

Pues esto que estáis viendo sucedió aquí en Madrid el 3 de mayo de 1808.

Dicen que Goya, acompañado de un criado, se fue a medianoche a donde estaban los

pobres fusilados.

Y allí mismo, a la luz de la luna, con lápiz y cartón, tomó apuntes de los

cadáveres, de las posturas de los muertos.

Ese boca abajo, aquel boca arriba.

Por eso no es de extrañar que Goya...

testigo de tantos horrores, estuviera tan serio y escéptico en este retrato.

¿No veis en su rostro una cierta amargura?

Algo así como una profunda desesperanza.

Es un autorretrato. O sea, él se pone delante de un espejo, se mira y se

¿A que sí, profesor?

Cierto, Manuel, cierto.

Nos vamos.

Que os cuente, que os cuente Manuel la vida de Goya que se la sabe de memoria.

Un momento, por favor, un momento.

Francisco José Goya Luciente nació el 30 de marzo de 1746 en Fuente Todos, un

pueblo de Zaragoza.

Su padre era labrador y su madre una hidalga venida menos.

A los 20 años entró como ayudante en el estudio El Pintor Valleu, en Madrid, con

cuya hermana Josefa habría de casarse y de la cual llegó a tener 20 hijos.

Al maestro le gustaba tirar de pincel, ¿eh, camarada?

Oye, tú, que si me cortáis el hilo se me va el cuento y tengo que volver al

principio.

Por favor.

Francisco José Goya y Lucientes nació el 30 de marzo de 1746 en Fuente Todos.

¡Un pueblo de Zaragoza!

Ya podéis meterlo.

¿No te da pena ver todo esto, Miralles? Pena y dolor, digo yo.

Cada vez que veo descolgar un cuadro me duele casi físicamente.

Es como si me arrancasen una unidad. A mí me asusta la aventura que van a

todas estas obras.

Parece como si a Velázquez y a Goya y a todos los maestros del Prado les

hubiésemos alisado nosotros para mandarles sorpresa.

¿Hay alguien fuera?

La madre que los parió.

¡Ven conmigo!

Quieres pipas?

Donde vive.

Aquí estoy, sí.

Siéntate por aquí que enseguida hablo con mi tía.

¿Qué quiere, Gerardo?

Hablar con Flora.

Es importante.

¡Porquería! ¡Ay, que te estés quieto, Pepito!

¡No hace daño!

¡Pues te aguantas!

¡Y si la neta juega los ojos!

Pues ciérralos, para lo que hay que ver.

Y si te pones tonto, te corto el pedo al cero. A ver qué prefieres.

¿Qué tripa se te ha roto, Gerardo?

¡Gerardo, tope ojos!

¡Calla!

Yo solo cumplo con mi obligación, Flora.

Y ya sabes que tengo el encargo de poner en lista a todo el que entra en la

casa. Y no sea inquilino fijo, transeúnte o eso.

Para correspondiente denuncia al comité del barrio, ¿sabes?

Gerardo, está con el ruso.

¿Te quieres callar?

A grano, Gerardo.

Alguien ha visto a Manuel meter en tu casa a una fulana.

¿Pero qué dices, hombre?

Si Manuel todavía no ha llegado. Sí que ha llegado, Flora.

Alguien que yo me sé los ha visto subir.

Y me ha informado cómo era su obligación.

¿Que mi sobrino está aquí con una fulana?

No es ninguna fulana.

Ahora te explico, tía.

O sea que es verdad.

Pues no hay nada que explicar, Manuel.

Échala ahora mismo, pero ya vamos.

¿Pero tú qué te has creído que es mi casa?

Pero déjame que te explique, tía, que no es lo que te figuras.

He dicho que fuera de aquí, que se vaya.

Esa chica anda sola por ahí como un perro callejero. Los fascistas han

destrozado su casa.

Ah, y por eso tú la metes aquí, porque mi casa es el socorro rojo, ¿no?

Tiene las manos despellejadas de apartar escombros para sacar de debajo a sus

padres y a su hermano. Todos muertos.

Lleva varios días sin comer, sin dormir.

A mí lo que me han dicho es que es una fulana. Una puta, vamos.

No quiero ni verla, Manuel.

Fuera de esta casa, he dicho.

¿Quieres más galletas?

No.

¿Me duele?

Un poco.

Hola.

Hola. ¿Quién te ha dado permiso para entrar aquí?

Me llama Pepito.

Te sienta muy bien ese gorro.

Es de la FAI. Me lo regaló el abuelo Melquiades.

Y tiene consigo una bola de humus. Mira.

Muy bonito.

¿Y las botas?

Eran de mi padre, que fue capitán de artillería.

Y lo fusilaron en Badajoz, a que soy madre.

Sí, hijo.

Venga para afuera todos y a dormir.

Y tú el primero, Pepito. ¿No ves que te vas a enfriar así?

Hasta mañana, Carmen.

Si le miras fijamente a los ojos, parece que te habla.

¿Quién es?

El maestro Goya.

Francisco José Goya y Lucientes nació el 30 de marzo de 1746 en Fuente Todos, un

pueblo de Zaragoza. Su padre era labrador y su madre una hidalga.

¿Pero es que tú no sabes quién es Goya?

Claro que sí.

El que hizo las pinturas de la ermita de San Antonio.

Mi madre era modista, íbamos todos los años.

Ah, a echarle al santo alfileres para que te buscase novio.

Este ha sido el primer año que me ha dejado a mí echar los alfileres en la

de agua bendita.

Eso de que echando alfileres el santo regalaba novios solo era un cuento que

inventaron los curas.

Eso decía mi padre.

Pero luego bien que se comían las rosquillas que traíamos de la romería.

Carmen, por favor, no me hables de rosquillas.

Oye, tú no tendrás cartilla de racionamiento, claro.

Pues tenía, pero la perdí en lo del bombardeo.

Es que en esta casa andamos muy achuchados para llevarnos algo a la boca

los días.

Es un autorretrato.

O sea, él se pone delante del espejo, se mira y se pinta.

¿Comprendes?

¿Has estado alguna vez en el Museo del Prado?

No.

Claro, si es lo que pasaba antes de la revolución.

Mucho ir a las ermitas a besar santos, pero nada de visitar los museos.

Cuando hay hambre no hay ganas de ir a museos, Manuel.

Ya.

Bueno, pues yo trabajo en el Prado de Cerador.

Vamos, trabajaba, porque ahora lo han cerrado.

El cuadro estaba allí.

¿Y cómo es que ahora lo tienes tú?

Lo saqué de allí para salvarlo de las bombas.

¿Tienes que devolverlo?

Hombre, claro.

Aunque no sé muy bien a quién.

Oye, Carmen.

Esto no se lo digas a nadie.

Ni siquiera a mi tía. ¿Me lo prometes?

Te lo prometo, Manuel.

Esto tiene que ser un secreto entre tú y yo.

Bueno, entre tú, yo y el compañero.

¿De acuerdo?

De acuerdo.

¿Te he hecho daño?

Sí, no hay duda.

Tenía razón.

Es un sorolla auténtico, una obrita menor, pero salida de su mano.

Corresponde al depósito de la viuda de Guevara, doña Concepción Campomanes.

Lo trajeron con aquel icono y ese cristo de marfil.

Anota bien sus medidas e incluyeron el próximo envío.

Demasiado temprano para que sean los del almacén.

Teresa, antes de abrir... Observa por la mirilla, sí, ya, ya sé, ya sé.

¿Qué quieres?

Vengo a hablar con el profesor Miralles. Es muy importante.

¿Importante para quién?

Para él.

Para el Museo del Prado.

Bueno, para todos.

¿Quién puede ser a estas horas?

Tu hermana no abre a cualquiera. No te preocupes.

Es un joven que dice que quiere hablar contigo de algo muy importante.

¿Trae pistola?

Yo qué sé, Ramón. No le he cacheado.

Dice que tú le conoces, que trabaja en el museo y que se llama Manuel.

Haber empezado por ahí, mujer.

Es Manuel, un joven anarquista. Que pase.

Enciérrate en tu cuarto.

Deja eso ahora. Luego tendrás tiempo de ordenarlas.

Pasa, pasa.

¡Salud! ¡Salud, hombre! ¡Salud!

¡Salud, compañero!

¿Aquí hay más santos que en una iglesia?

Pues sí, Manuel.

Pero verás, déjame que te explique.

Todo esto que hay aquí no es mío. Son cosas que me traen para dictamen antes

enviarlas a los almacenes de la Junta.

En medio del desorden este de la guerra, todos tenemos la obligación de salvar

las obras de arte que lleguen a nuestras manos.

Eso mismo pienso yo, eso mismo.

Todos los santos que ves en mi casa, los ves aquí porque son obras de arte, no

porque sean santos. ¿Me explico?

En el arte no hay izquierdas, ni derechas, ni rojos, ni azules.

El arte es del pueblo.

El mismo Goya pintaba a Cristos y Santos.

Y dicen que no era un hombre muy aficionado a los rezos.

Qué casualidad, compañero. Es que te has puesto a hablar de Goya y ahí

precisamente quería yo llegar, a Goya. ¿Qué te pasa con Goya? ¿Quieres aprender

alguna cosa más sobre su vida?

A ver por dónde empiezo, porque llevo varias noches sin dormir.

Siéntate, siéntate.

¿Me has dicho mi mujer?

Que se trata de algo muy importante.

Compañero Miralles, ¿recuerdas bien aquel cuadro que había en el Museo del

Prado? Que era un retrato de este tamaño. Un retrato que se hizo el

a los 69 años mirándose un espejo. ¿Lo recuerdas? ¿Cómo no lo voy a recordar?

un autorretrato maravilloso. Que yo mismo incluí en la relación de obras que

han trasladado a Valencia.

¿A Valencia?

¿Que se han trasladado a Valencia?

Pues no, mira tú por dónde. No está en Valencia.

¿Y dónde crees tú que están?

Pues donde yo lo tengo bien guardado, en el armario de mi cuarto.

Que sí, que no os cuento que allí lo tengo a resguardo, en el armario de mi

cuarto.

¿Me estás diciendo que el autorretrato de Goya te lo has llevado a tu casa y lo

guardas en un armario? Sí, ese que Goya está así.

Muy serio.

Un momento, un momento.

Escucha, profesor.

Lo primero que tiene que quedar claro, pero que muy claro, es que yo no soy

ningún ladrón. ¿Estamos?

Eso es lo primero.

Y lo segundo es que por el retrato del maestro Goya no pases ningún cuidado,

porque lo tengo detrás de las perchas y de mis ropas, junto a las alpargatas, y

nadie lo puede tocar.

¿Junto a las alpargatas?

¿Este es el cuadro que tú te has llevado a casa y lo guardas en un armario junto

a tu ropa y tus alpargatas?

El mismo, pero en colores.

Bueno, pues tráemelo.

Y nos vemos.

¿De cuánto estás?

De seis meses.

Uy, pues estás muy gorda, pareces de ocho. Vamos, tengo yo una sobrina, la

Julita, que está de seis.

Y ni la mitad que tú.

Es que viene muy hermoso.

Se te moverá mucho, ¿no?

Unas patadas.

Diciembre, enero, febrero. O sea, que para febrero.

Eso es, febrero.

Pues que tengas una hora cortita, mujer.

Gracias.

Sígueme.

Venga, tu cartilla.

Es que la he perdido, pero me han dicho que a las que andamos preñadas... ¿Traes

receta?

¿Dónde vives tú?

La Pensión Flora, aquí al lado.

Dos botes de leche condensada y 100 gramos de panceta.

Un momento.

Levántate el vestido.

¿Qué te haces el vestido?

Vamos.

Levántatelo.

¡Sujetadla!

al compañero Durruti en Aragón con sus hombres camino de Madrid. En cuanto

venga, vas para volar a Mar del Ur.

Oye, he preparado una infusión a base de romero, anís estrellado y elba

verbena. ¿Quieres? No, no, ya sabes que no me van a esos yerbazos.

Oye, ¿no tienes algo de comer?

Es que tengo un hambre.

¿Te hacen una algarroba? Bueno.

Has oído que el gobierno se ha alargado a Valencia, ¿no? Sí.

playas de debate.

¿Qué vas a esperar de esa pandilla de cobardes? Y lo peor es que van tres

ministros de los nuestros.

¿Tienes cojones? Pues se fugan y dejan Madrid en manos de otro general.

Aquí Miaja y allí Franco.

Vaya pelea de gallos. Bueno, ¿quieres un poquito?

Esta fórmula es muy buena, hombre.

Evita los cálculos de riñón.

Previene las flatulencias y el reumatismo.

¿Te falta un poquito?

Es que no, que no, Melquiades, que no. ¿Te han pasado las algarrobas?

No, no.

Bueno, ¿y qué haces tú por mi cuchitri a estas horas?

¿Que no hay tajo en el museo? No, lo han cerrado.

Tengo que contarte una cosa, abuelo.

Tienes que echarme una mano.

¿Qué hacen esto?

Con el matrimonio vivía un cura y alguien dio el chivapas. Es hermano de

el párroco de San Miguel.

¿Estáis preparados, camaradas? ¡Sí!

¡Atento el pelotón!

¡Preparados!

¡Carguen!

¡Apunten!

¡Fuego!

¡Joder, Pepito, muérete mejor!

¡No se muere mejor!

¡Sí que sabes!

Ah, yo lo hiciste muy bien. Te caíste en esa suela y de todo, como Nico.

Pero ¿qué pasa con mi ceña en la rodilla?

Además, ¿por qué siempre me tengo que morir yo?

¡Muérdete tú!

Pues ven aquí tú y dispara. Lo que pasa es que fusila en mi mal.

¿Ah, sí? ¿Y tú sabes fusilar bien, gilipollas?

Mejor que tú sí. Mi padre fusila en mi bien.

Pues ven aquí y fusila tú, a ver cómo lo haces.

No me da la gana.

Si es que os morís muy mal, Pepito.

Tenéis que morir gritando arriba faña, como dicen los faciosos.

me acabo semejante patochada.

Eso es lo menos que te podía haber pasado, Carmen.

Anda, que está el asunto ese de los economatos como para andarse con bromas.

Es que Manuel me dijo que andabais muy achuchados con la comida.

Yo solo quería ayudar.

Pero no así, hija mía. No así.

Engañando a la gente.

Disfrazada de preña, como si estuviésemos en un carnaval.

Lo que hay que hacer es buscar apaños como sea.

Tu madre fue modista, ¿no?

Y te habrá enseñado el oficio.

Estuve trabajando en un taller en cuatro caminos hasta que mataron al patrón.

Bueno, pues yo puedo buscarte encargos de costura en el barrio.

Para que al menos puedas pagar el hospedaje.

Mira, Flora.

Estas son las que tienen bicho.

Dios sabrá que no. Cada vez las dan peores.

Pues con las lentejas que tiene el bicho. La madre de Nico hace puré. Lista

es la mujer, sí, señor.

Porque el puré de legumbres con carne es muy sano. Anda, que está el patio para

frituras.

Mirad todos los garbanzos que me han dado.

¿Eh?

Pon un par de botas de militar nuevecitas.

¿Las botas de artillero?

Las botas de tu padre.

Pero es que los garbanzos se comen.

Y las botas no, Pepito.

Bueno, en el cine sí.

Recuerdo ahora que en una película que vimos tu padre y yo, Carlos se comía las

botas. Se comía los cordones como si fueran...

te ama el esclavo.

Voy a ir a jugar más allá. Venga.

¿Qué es eso?

Cosas de mayores, vieja.

Andaré a jugar con tus amigas.

¿Mercedes me dejó jugar?

Sí, pero no me dice ni Mercedes que ahora me llama Libertad.

¿Has oído la radio, Melciade?

Les estamos dando pal pelo a los facciejos en Guadalajara. Y más que les

dar. No pasarán. Gerardo, no pasarán.

Tienes la vida en España.

Además la tienes completa.

Qué bonito.

Ahora mi colección secreta.

¿Metralladora?

¿Balas?

¿Pastillo?

¿Esto no sé cómo se llama?

Fíjate lo que te vas a tocar.

¿Qué es? Un cacho, Gus.

Me lo trajo Manuel de la Gran Vía.

Un día cayó y murió mucha gente.

¿Te lo hiciste?

No.

¿Y tú?

¿Dónde tienes las cosquillas hoy?

Aquí, escondidas.

Ahí está.

Es que no me acostumbro, Manuel, te lo juro. Que mi mismo Francisco de Goya

aquí de huésped en casa de mi nuera, me anda a cojones.

Aquel compañero tiene cara de anarquista.

Lo que tiene es una cara de mala leche que pa' qué.

Es un autorretrato, o sea, él... Sí, sí, ya sé, ya sé.

Este... Y el profesor este que le dieron el paseo, ¿cómo se llamaba?

Miralles. Es Ramón Miralles. Es ese, Miralles.

¿Te dijo el valor de este cuadro?

Puf, una fortuna.

¿Y eso cuánto es?

El profesor Miralles me contó que ya en tiempos de maricastaña lo compró el

museo por 400 escudos. Y que eso entonces era mucho dinero.

Millones. Eso tiene que valer millones.

¿Os habéis puesto a pensar lo que podíamos hacer nosotros con todos esos

millones?

¿Pero qué cosas dices, tía?

¿Qué cosas digo, no?

Bien salomano, ¿eh?

Y se me pasa por la cabeza.

Pues verás.

Por ejemplo, podíamos comer caliente todos los días.

Por ejemplo, podíamos huir de Madrid y alejarnos de las bombas.

Por ejemplo, podíamos salir de España y vivir tranquilamente.

Todos juntos.

En algún lugar bonito del extranjero.

¿Eh? ¿Qué os parece el plan?

¿Pero lo dices en serio, Flora?

¿Y por qué no?

Mira, Manuel.

Yo estoy agotada.

Estoy cansada de no pegar ojo.

De pasar hambre.

De que se me muera la gente querida.

Me da horror pensar que a Pepito le pueda pasar algo.

Bueno, igual que a vosotros.

Hijo, yo ya no puedo más con la tristeza. Con la mugre y...

Y con el horror que nos rodea.

¿Comprendes, Manuel?

Sí, pero hija, aunque quisiéramos, no sabríamos qué hacer con el cuadro.

No conocemos a nadie que pueda moverlo.

Yo sé perfectamente quién podía mover el cuadro y sacar partido de él.

¿Quién?

Pues una persona que tiene un salvoconducto de primera. Que vale tanto

de la UGT como para los de la FAI.

Y que por eso no le falta de nada.

Y que vive en esta casa.

Y que seguro, ¿eh?

Seguro que conoce a algún pez gordo.

Lucas Madeira.

¿Lucas Madeira?

Ni hablar.

Menudo pájaro.

El conde Drácula, como dice Filo. Que duerme de día y vuela de noche.

Lucas, así es.

Él conoce a un anticuario y se ha hecho perista. Y que compra hasta los dientes

de oro que las familias quitan a sus muertos.

Ven, ven, ven, Manolo. Ven, ven, ven.

Ven, hijo. Siéntate conmigo. Mira, mira.

¿Te imaginas?

Con la venta de este cuadro.

La cantidad de escuelas que podíamos hacer para los hijos de los anarquistas.

La cantidad de bibliotecas y libros. ¿Te imaginas?

Yo os comprendo a los dos.

Pero yo tengo que devolver el cuadro.

Y no pienso parar hasta ver de nuevo a Goya en su casa.

Y si ahora es difícil, lo guardaré.

Y cuando ganemos la guerra, lo entregaré.

¿Y si la perdemos?

Pues lo entregaré también.

Ya lo dijo el profesor Miralles bien claro.

El arte es del pueblo. Y ya está.

No me hagáis caso.

Olvidaos de lo que os he dicho.

Solo ha sido un mal pensamiento.

Bueno, bueno, Manuel.

A la barricada, a la barricada.

Bueno, ya está bien, abuelo. Ya está bien.

Hola.

Hola, Lucas.

Pasa, pasa.

Venía a pedirte un favor.

¿Qué quieres?

Quería vender algo de esto.

No sé, o todo. Ya veríamos.

Pero digo vender, no malvender.

Tengo varias bocas que alimentar, Lucas.

¿Y tú piensas que yo puedo? Vamos a dejarnos de rodeos. Gerardo me ha dicho

tú conoces a alguien que compra oro y alhajas.

El bocaza es ese del Gerardo.

Tú sabes que si fueses un poco más amable conmigo, Flora, no tendrías que

en estos apuros.

Esa cantinela ya me la conozco, Lucas, y no me gusta oírla.

Ya te lo avisé el primer día cuando te alquilé el cuarto.

Dos anillos de oro.

En tiempos de guerra debería estar prohibido este derroche.

¿Qué quieres decir?

Que las viudas fieles son un desperdicio. ¿No crees?

Ya veo que no lo quieres entender, Lucas.

Para mí siempre serás un huésped y nada más.

Y eso porque necesito tu dinero para comer.

Que si no, ahora mismo te necesito salir de esta mitad.

Con los buenos ratos que podríamos pasar tú y yo, Iván, y te cabreas.

No digas más tonterías y déjame salir loca.

Espero un momento.

Y que a siempre igual eres el que mejor vive en esta sucia guerra.

No, si yo tampoco me quejo.

Oye, Leodoro.

Esta tarde va a ir a llevarte unas cosas una amiga mía.

Trátala bien, es una buena amiga.

No, a eso no hemos llegado todavía.

De acuerdo, Leodoro.

Es una moneda en la calle Jorge Juan once.

Para que te abran toca tres veces el timbre.

Gracias.

Añamar.

Apaga eso, Leodoro. Como se den cuenta que estamos escuchando radio familiar,

nos van a dar tal pelo.

Escuchar a Keipo me levanta la moral, mamá.

Es el único consuelo que tenemos los madrileños decentes. ¿Qué decencias ni

puñetas? Juegas a hacerte el héroe escuchando las fanfarronadas de ese

Que eso es mucho bla bla de aquí. Pero no son capaces de tomar Madrid aunque lo

defiendan. Militianos catones.

Estas pastas son muy ricas.

¿De dónde las sacas?

Me las suministra un diplomático sueco, mamá. Ya.

¡Ya va!

¡Ya va!

Vengo de parte del camarada Madeira.

Lucas Madeira.

Vamos a ver qué cositas me traes, hijita. Ven.

¿Por aquí?

que a mí no me gusta aprovecharme de las necesidades de la gente, ¿eh?

Y menos ahora, que padecemos una guerra y todos son dificultades.

Pero aquí no hay más que baratijas, hija.

Esos pendientes pertenecieron a mi abuela y son de plata pura.

Y este anillo me lo regaló mi suegra cuando me casé.

¿Lo trajo su padre de Cuba?

El oro es bajo.

Y las perlas son falsas, hijita.

No te hagas ilusiones.

Pues muy poco te puedo dar por todo esto, la verdad.

Lo único que tienes de valor lo llevas en esa mano. Ya, pero... Esto es otra

cosa.

Oro del bueno.

Esto mejora el lote.

Así te puedo dar algo más.

Ya, pero me sabía... No.

Pues peor para ti.

Bueno.

Veamos qué te puedo dar por esta morralla.

Junta del tesoro artístico. Aquí es, abuelo. Ah, sí, sí.

Aquí, aquí.

Ah, oye.

He leído una entrevista que le han hecho a Picasso.

En París, como director del Museo del Prado.

¿Sabes lo que decía?

¿Qué decía?

Que los verdaderos defensores... y conservadores del museo. Son los tíos

están en las trincheras dando su sangre contra los faciosos. ¿Qué te parece?

¿Qué es lo que yo voy a hacer, abuelo? En cuanto devolvamos el cuadro, me voy

frente. Así me gusta, Manuel.

Así me gusta.

Ah, bueno, tú estate por aquí, ¿eh? Estate por aquí. Yo voy a ver si los

encuentro en buena disposición para hacerse cargo del compañero sin más

averiguaciones.

Ah, si ves que tardo más de diez minutos en salir, Te difumina.

¿Estamos? Sí, sí, sí. Te difumina.

Salud, compañero.

Salud.

Vengo a ver al director general.

Ya. Compañero Renau.

Sígueme.

Quiero hablar con el compañero Renau.

Pues como no sea por teléfono... Es que hemos estado en la dirección de la

junta. Allí nos han dicho que el compañero Renau... Venía hacia este

Pues sí, aquí ha venido a recoger un cargamento para Valencia. Y para allá se

ido también él. Si es a correr a vuelo, todavía ya lo puede pillar por arganta.

¿Se puede saber qué es lo que tienes que tratar con Renault?

Es un asunto muy personal.

Se trata de un amigo mío que tiene un cuadro que puede que sea de Goya.

¿Ah, sí?

¿De Goya? De acuerdo.

Qué interesante.

Y como compañero Renault entiende mucho de pintura, quiere que lo vea él.

Y si es auténtico, que se lo queden aquí, en la Junta. Ya.

Y tiene que ser precisamente Renau el que vea el cuadro de Goya. No puede ser

otro. Aquí hay más gente que entiende de pintura. Yo mismo, por ejemplo.

Y el Aurelio sigue más lejos.

No, no.

Mi amigo quiere que sea el director general.

Bueno, pues mira.

Dile a tu amigo que venga por aquí dentro de un par de semanas.

Que el compañero Renau ya habrá vuelto.

Y que con un poco de suerte a lo mejor puede atenderle.

¿Y si el compañero Renault dice que el cuadro es de Goya?

Que lo requisamos.

¡Corre, corre!

Dime, dime.

Mi compañero está bien, abuelo. No le ha pasado nada.

Lo he salvado, lo he salvado, abuelo. Hijo, hijo.

Francisco de Goya y Lucientes goza de buena salud.

Ni un solo rasguño.

Está más destrozado que un esteomo.

Pues sigo desangrando por ahí.

No, parece que ya no. Mira, Manuel.

Malta con una cucharadita de leche condensada bien calientita.

Verás qué buena está.

Ya están en el primero haciendo registro. ¿Pero por qué? ¿Qué buscan?

No lo sé. A lo mejor un chivatazo sobre la quinta columna.

Pero si tenéis algo de valor ahí dentro, dámelo que yo lo guardo. Conmigo estará

seguro. ¿Pero qué vamos a tener, hombre? ¿Nada?

¿Nada?

Allá vosotros.

Pero luego no me digas que no te lo avisé.

El que avisa no es traidor.

y hacer un registro.

¡Toma prisa!

Yo les detendré la puerta.

¿Qué haces? ¿Qué hacemos?

¿Podemos guardarlo debajo del colchón?

Eso no serviría de nada.

¿Y entonces qué hacemos?

Flora Martínez, la dueña de la pensión.

Vive con Ilomena Ruiz, una criada.

¡Salud, camarada!

Salud.

Y ahí dentro está mi sobrino, que ha vuelto con heridas por el destrozo de un

obús. Y claro, le estamos haciendo curas. Bueno, bueno, bueno.

¡Seguidme, camaradas!

Este es Mario, el citado.

Mi carnet y el de mi nieto.

Fuera.

¿Y este quién es?

Mi tío Paco de Zaragoza.

Ah, ya, ya.

Vamos, camarada.

Y ahora a dormir.

Descansa lo que puedas.

Y si mañana tus heridas van peor, te llevamos al hospital.

Eso, a que me ampute la cabeza.

A ver si se me pasa el dolor para siempre.

Échale esa manta por encima, que se arrope bien. A ver si entra en calor,

que está hecho un témpano.

No te vayas.

¿Qué quieres?

Que te quedes un poco conmigo.

Necesito hablar con alguien.

Y hablarás mañana.

Lo que necesitas ahora es descansar.

Carmen, por favor.

No te vayas.

Jo, qué miedo he pasado.

Allí debajo de aquellos escombros estaba todo oscuro.

No podía moverme.

Pero sabía que tenía debajo de mi pecho al compañero y no quería aplastarle ni

hacerle daño, ¿comprendes?

Pero ya pasó todo.

Ahora estáis los dos aquí y tú tienes que descansar.

¿Sabes una cosa?

Oía la voz de Melquiades que me llamaba desde muy lejos.

Pero no tenía fuerzas para contestarle.

Qué miedo, Carmen.

Creía que me iba a morir ahí.

Que me iba a morir con el compañero a mi lado.

Pero entonces pensé en ti y sentí que tenía que vivir.

Esta noche no quiero estar solo, Carmen.

Quiero mucho a Manuel.

Y yo a ti, Carmen.

Pues vamos a dar comienzo al casamiento de Manuel y Carmen.

Manuel.

¿Quieres por compañera a Carmen?

Sí.

Carmen, ¿quieres por compañero a Manuel?

Sí. Pues en nombre de la libertad y a su marido y mujer por el rito anarquista.

¿Ves qué fácil?

Y lo decente es lo decente, chaval. Que por algo tienes carnet de la CNT.

Bueno, ahora para dejar constancia, tenemos que firmar todos este pliego,

el acta matrimonial. Os leo. En la Secretaría Provincial de la CNT, Ramo de

Imprenta y Artes Gráficas, y en presencia de los compañeros Melquiades

Jacinto Fraile, anda que tú...

Menudo apellido. Te pueden fusilar por llevarlo. Déjate de bromas y sigue con

tuyo. Y Jacinto Fraile, testigos. Y Flora Martínez, testigo también.

Contrajeron matrimonio el compañero Manuel Martínez y la compañera Carmen

Lo que hacemos costar para satisfacción de los interesados en Madrid a 12 de

junio de 1937.

Manuel, ven a firmar. Y tú también, Carmen.

Ven conmigo, ven conmigo que te voy a dar un repaso.

Tú sabes que para divorciarse no hace falta más que venir a este sindicato y

romper el papel.

Pero como le hagas eso a Carmen, te pego una patada en los huevos que te dejo

inútil para el servicio de armas.

¿Estamos? Pero si yo la quiero más que a mi vida.

Sí, ya lo sé, ya lo sé. Pero es que yo siempre le caso a una pareja, al tío le

digo lo de la patada.

Para que tome en serio esto del matrimonio.

Melquiades. Deja de abochornar al novio y ven a firmar.

Le han dicho lo de la patada.

Melquiades García.

Pareja, ya podéis besaros.

Bien.

¡Eva!

¡Guapo!

Muy bien, vaya pareja, qué buena pareja.

Muy bien, Manuel, muy bien.

Me echas mejor que el tío ese del cine, el cagable.

Vaya, vaya compañera que te llevas, ¿eh? Bien guapa, ¿eh?

y calentito.

Ahora que has dicho lo del conejo, compañera, y no te ofendas, en Madrid,

antes era la capital de los gatos, ya no se ve un puto gato por los tejaos.

La madre de Nico hace gato guisado y Nico dice que está muy bueno.

Yo como soy vegetariano, cambio mi gato por lechuga y aceituna.

Basta ya, ¿eh? O dejamos el pitorreo o nos llevamos el conejo a la cocina.

Iros a la mierda todos.

Ahora nos llevamos el conejo a la cocina.

No hagas caso, Fulgencia, no hagas caso.

Este conejo, aunque sea gato, sabe mucho a conejo. ¡Viva la cocinera y viva la

madre que la parió! ¡Viva!

Venga. ¡Qué bueno!

Eso es.

Menuda cuadrilla que estáis hechos.

Aunque mi gato fuese de escayola, os lo comíais también.

Música, maestro, que tú has probado el conejo y sabes lo bueno que está.

¡Aviones! ¡Todos a la bodega! ¡Vamos!

¡Todos a la bodega! ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Vamos!

¡Vamos!

¡Vamos!

¡Viva los novios!

Mira, Carmen, aquí tenía yo colgados los cuadros grandes del maestro Goya.

En esta pared estaban los mamelucos, que eran los que luchaban con los

franceses. Están aquí en los caballos con sus cimizarras luchando contra los

españoles. Y aquí hay un caballo blanco y un francés de rojo que se cae del

caballo porque un madrileño valiente le clava un cuchillo.

¿Te gusta?

Mucho. Y a la derecha, los fusilamientos del 13 de mayo.

Mira, Carmen.

Aquí hay cinco soldados tranchutes apuntando con sus fusiles con las

puestas.

Aquí a la izquierda, un madrileño que se tapa la cara con las manos para no ver

la muerte de los suyos.

Y tal que aquí, un fraile rezando con la cabeza agacha.

Y se ven por el suelo muertos, caídos, despacarrados.

Y aquí, fíjate quién cae, ven aquí.

Un madrileño, descabizado, de rodillas, es así, con los brazos levantados,

valiente como la madre que lo parió, gritando a los soldados que le van a

¡Viva la libertad!

¿Qué te parece el viaje de novios que te he preparado?

Muy bonito.

¿Qué cuadro te gusta más?

¿Los mamelucos o los fusilamientos?

Los fusilamientos.

A mí también.

¿Y el nuestro dónde estaba?

¿El nuestro?

Estaba aquí.

¿Qué te pasa, hijo?

¿Qué haces?

¿Dónde está padre?

Anda, duérmete. ¿Qué has estado soñando?

Padre me ha llevado a ver el frente.

Yo no tenía miedo porque me cogía de su mano.

Caían bombas.

Pero él me abrazaba y yo me sentía muy a gusto con él.

Ha sido un sueño muy bonito, hijo.

¡Flora!

¿Puedes salir un momento?

Sí, sí, ya voy.

¿Qué pasa?

¿A dónde se ha ido el hijo puta de Lucas? ¿Tú lo sabes?

Pues no lo sé.

Ayer pagó lo que debía del mes.

Desde luego hoy cogió un tren, pero hijo, no nos dijo dónde se iba.

Pues nos ha robado Flora. Se ha llevado el cuadro.

Ha sido él seguro.

Hijo de puta.

¿Lucas? Sí, ese cacho cabrón. ¿Quién más asesinó? Si por eso no vino a la boda,

que nosotros lo invitamos y dijo que no. Lo que quería era fisgar en el armario

de Manuel.

¿Y por eso no se avisó de lo del registro? ¿El cuadro lo quería para él?

¿Y ahora qué hacemos, maldita sea?

Vengo de parte del camarada Madeira.

Lucas Madeira.

Ven conmigo.

O sea que de parte de Lucas Madeira. A ver, enséñame qué traes.

¿Dónde está el cuadro de Goya, cabrón?

No sé de qué me hablas.

¿Quién eres tú?

Yo soy uno que viene a llevarse el retrato o meterte esto por el culo. Tú

decides, hijoputa. No, no, yo ya apagué el cuadro, ¿eh?

Si Lucas Madeira no te ha dado tu parte, no es culpa mía. Tú lo que quieres es

que te sangre como un cerdo. ¡No, no!

Queda ahí arriba.

No, tranquilo, joven, tranquilo.

Arriba solo está mi madre y es una pobre imagen.

Tranquilo, escucha así.

Si no me haces daño, te daré todo lo que quieras, ¿eh?

¿El retrato?

Sí, sí, pero si no me sueltas...

Sí, sí.

¡Eleodoro, hijo!

¡Qué pago!

¡Eleodoro! Mamá.

Mamá.

Un oficial ruso que nosotros le llamamos el tovarich me ha enseñado a montar y a

disparar una ametralladora que es de tambor y la tenemos emplazada en nuestra

trinchera. Jo, Carmen, aquí hay mucha humedad y se pasa mucho frío y comemos

malamente y cuando vamos a las letrinas estamos con la cabeza agacha para que no

te la vuele.

Dile a Pepito que le voy guardando cosas para su colección y que le mando un

beso y otro muy grande para ti, Carmen, que te quiero mucho.

Bueno, mucho.

Muchísimo. Abrazos para toda la familia.

Y un saludo especial para nuestro compañero.

Ah, y cuida mucho... Sígueme.

Tú y yo nos conocemos, ¿verdad?

Sí.

¿Qué tal ves por ese ojo?

Bien.

Tienes receta.

Vieta láctea.

Levántate el vestido.

No tengo por qué.

Ahí tienes la receta.

Levántate el vestido.

Levántamelo tú.

Es aquí tan pronto.

¿Has regañado con los amigos?

No. Moncho está malo y Nico se ha ido amando a la casa de un primo.

¿A ti te ha dado algo la filo?

No.

¿Qué tomas para ti?

La leche no me la puedo tomar.

La tiene prohibido mi madre.

¿Prohibido por qué?

Porque dice que la leche que tú tomas es para que Manuelito tenga calcio y no

tengas cacanijo.

Ah, bueno.

Pero Manuelito ya ha tomado su parte y quiere que tú te tomes esto. ¿Me lo ha

dicho?

Vaya trola esa.

¿Cuál? Que los niños hablan dentro de la tripa.

Pues es verdad, ¿eh?

Hablan pero a su manera, quitando patadas.

Si no te la tomas, se va a falar mucho contigo.

¿Puedes dejar de responder, Manuel?

Sí.

Oye, Carmen, cuando me has leído alguna, Manuel siempre la recuerda con

compañero.

¿Y quién es ese compañero? ¿No sabes quién es el compañero?

No.

¿Quieres conocerle? Sí.

Ven.

¿Juras guardar un secreto y no decírselo a nadie?

Juro, Carmen.

Pues quédate aquí sentada y cierra los ojos.

Y no te muevas hasta que yo te avise.

No mires.

Ya puedes mirar.

¿Es esa compañera?

Sí.

¡Qué feo!

¿Y quién es?

Un pintor amigo nuestro.

¿Y le queréis?

Sí, mucho.

¿Y a vosotros?

Yo creo que también.

¿Cómo se llama?

Paco.

¡Hola, Paco!

No contesta.

Es que es sordón.

¿Dónde está la vela? Aquí.

Lo que yo no quiero son cerillas.

Yo he traído cerillas también.

Ahí está, Pepito.

¡Madre!

¿Qué dices que haces con las aguas, madre?

Vaya ocurrencia, puñetas, lo que nos faltaba. Ponerse a parir precisamente

ahora. Filo, aviva el fogón para agarrar el taladro.

Niño, quítate de ahí y baja corriendo al sotano antes de que reciba por aquí el

chaparrón. Hoy no voy al refugio.

Quiero ver como la Carmen para Manolito.

Sí, hombre, ¿qué te crees tú eso?

Vas a ver para él a quién yo te digo. Al sotano ahora mismo.

¡Ya voy, Flora!

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¿Quién es ese loco, teniente? No lo sé, mi capitán. ¡Tengo un hijo!

¡Tengo un hijo!

¡Soy madre!

¡Soy madre!

¡Pero si es Manuel Martínez!

¡Soy madre!

¡Soy madre!

¿Qué pasa, Manuel? ¿Quieres que tu bebé sea ya hijo de viuda? Ha sido niño, hija

mía. Ha sido niño.

Tres trescientos.

Manuel en casa.

¡Suscríbete al canal!

Espera un momento.

No te quedas aquí, Manolito.

Pepito.

Déjamelo ver.

Es que no nos lo podemos comer, Pepito. Está envenenado. Lo están diciendo en la

radio.

Pues a la calle todo el mundo lo come.

Y dicen que está muy rico.

Fíjate que no huele, Carmen.

Y huele así que huele bien.

Me parece que está recién horneado.

¿Por qué no lo probamos, Carmen?

Solo un poquito.

Bueno, pero un poquito.

Está buena, ¿qué sé? ¡Lora!

¡Pilo!

Entiendo que no lo vean a bueno.

¡Salud, chicos!

Hola, Rodrigo. Bajo.

¿Dónde están Florán y Filó? En la cola del aceite.

Toda la mañana.

Este es un cataclismo anarquista.

Guárdalo y saludad a tu hijo cuando sepa leer y tenga uso de razón.

¿Estás comiendo?

No, no.

Este es el pan de cada día en la España de Franco.

El que guardamos en nuestro organero para compartirlo el día de la liberación

con los hermanos cautivos.

¿Qué estáis comiendo este pan? Si es venenoso el pan de franco.

Propaganda.

Sucia y asquerosa.

Propaganda. Está buena, abuelo. Prueba.

Yo no puedo cometer esa infamia.

Prueba un poquito, me quedo.

Faciosos de mierda.

Hacerle esto a una población hambrienta.

Que son unos canallas, unos canallas.

Hijos de puta, eso es lo que son.

Son unos cabrones.

Mira, Pepito, el pecado se ha encontrado. Ayer esta mañana, una caja

monedas antiguas.

Dinos de plata, mi padre me ha dicho que se llamaban amadeos.

Mi abuelo me ha dicho que...

Vamos a perder la guerra.

Pues yo le he ido a decir a mi padre que si perdemos la guerra y gana Franco,

los moros entran en Madrid y violan a todas las mujeres.

¡Guau! Aquí ya no hay más.

Sí, y las cogen por los hielos esos que eran las boletas y las quitan desde el

avión con la mano.

últimos objetivos militares.

¿Dígame?

¿Diga?

¿Dígame?

Yo tengo que esconderme por una temporada, Carmen.

Melquiades me ha dicho que ella me tiene un sitio preparado en casa de un

cliente facha.

Buena persona el que le ha ayudado.

Vamos a dejarlo, que ya ha sido un mal día.

El peor de todos.

Hemos perdido la guerra.

¡Manuel!

¡Manuel!

¡Manuel!

¿Pero qué haces tú aquí a estas horas, abuelo? Andan por todo Madrid,

a la gente.

Venía a decírtelo.

Acabo de ver a un grupo de falangistas hablando con Gerardo. Me temo que van a

subir a hacer un registro.

¿Dónde va a salir Manuel?

No sé, Cárdenas.

Gerardo es un chivato y los echará contra mí seguro.

Yo voy a sacar de aquí al compañero.

Tú quédate ahí con el niño. A ti no te pasará nada.

Le doy un vestido y te lo mandaré de acá.

Cuida de todos, abuelo. A ti te respetarán.

Está lloviendo.

Flora, estos camaradas quieren hacer un registro.

¿Por qué? ¿Qué pasa? No te preocupes.

No os veo con muy buen aspecto.

Sobre todo a ti, Flora.

Debes cuidarte.

¿Dónde está Manuel?

Andará por ahí. Hoy ha salido muy temprano y todavía no ha vuelto.

¿Quién miente?

¿Ella o tú?

Ella.

Está acusado de robo al patrimonio nacional y de homicidio.

¿Quién quejodió a mi amigo Eleodoro?

¿Y el cuadro?

¿Dónde lo tenéis?

¡Alto! ¡Alto o disparo!

¿Qué ha pasado?

Ha salido corriendo del portal.

Llevamos algo escondido.

Déjanos el coche. Tú ve tras él.

¡Lucas!

¡Monta! ¡Y hazme donde vayas!

lo aceleres, mantén la distancia

Ya estás en tu casa, compañero.

Y en este impresionante cuadro, Goya nos narra plásticamente la destrucción de

unos seres humanos por unos crueles invasores.

El enemigo no tiene rostro y contrasta con la fuerza expresiva de los valientes

españoles. La luz y el color se funden magistralmente, constituyendo una de las

mejores obras de Francisco de Goya, autor español y universal.

Y aquí tienen al mismísimo don Francisco de Goya, en el autorretrato que el

genial pintor se hizo a una edad llamadura.

Como anécdota les diré que a principios de nuestra cruzada, este cuadro fue

sustraído del museo por unos rojos, con el ánimo de fugarse al extranjero y

venderlo. Por suerte para todos, el mismo día de la victoria, un falangista

entró en Madrid con sus hombres lo rescató para el museo, consiguiendo por

la Gran Cruz de Isabel la Católica y el eterno agradecimiento de todos los

amantes del arte.

Síganme, por favor.

Salud, compañero.

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