All language subtitles for The.Death.of.Robin.Hood.2026.1080p.AMZN.WEB-DL.DDP5.1.Atmos.H.264-SCOPE_Legendas03.SPA

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Original subtitles

¿Tiene comida?

Tengo mucha hambre.

Suéltate el cabello.

No pareces un niño.

Suéltate el cabello.

No tengo miedo.

Los que cruzan estas colinas hablan del héroe Robin Hood.

Protege a los humildes.

Nadie los protege.

Y él no era un héroe.

Oraba tres veces al día, daba monedas a los pobres,

y lady Marian lo quería.

¿No era acaso un héroe?

Lo de lady Marian es un cuento

inventado por alguien aún más ebrio que yo.

Ella fue el gran amor de Robin Hood.

Los hombres como él no tienen un gran amor.

Sé de quienes lo conocieron.

¿Te cuento un secreto?

Por favor.

Jamás en su vida rezó.

Esas fábulas que recorren el reino no son sino mentiras.

Él era un forajido sanguinario

que quizá degolló a un sheriff, entre muchas otras personas.

Le otorgaron sentido a algo que no lo tenía.

Él no era un héroe.

Robaba y mataba por placer, solo por eso.

¿Quienes lo conocieron

le contaron si se arrepintió de sus crímenes?

Yo diría que se cansó.

Si llegaras a toparte con el villano Robin Hood,

huye de prisa y conserva la vida que aún te quede.

...perdona nuestros pecados.

Por nuestro Señor Jesucristo.

Amén.

¿Quién era familiar tuyo?

William Wainwright... de Pickering.

¿Pickering?

¿Tu padre?

¿Tu abuelo?

Deberías haberte lavado,

haber esperado que cambie el viento,

o haberte apoyado en el pie de atrás.

Es todo.

Estuviste bien.

Entonan mentiras.

Los necios plebeyos

entonan mentiras sobre su heroísmo y su bondad.

Pero las deudas de sangre pesan

y la progenie de sus víctimas lo acecha.

Pues en verdad,

no hubo hombres más viles ni viciosos

que el sanguinario bandido Robin Hood

y su Pequeño Juan.

Pídele a Thomas.

Lo colgaron en el sur.

¿Will?

Lo destriparon.

No tengo a quién acudir.

¿Qué sucedió?

Mi nombre es Edward.

¿Quién era Edward?

Alguien que conocí hace diez veranos.

Iba rumbo a las tierras de su hermano muerto

a cultivar centeno y guisantes.

Allí nadie conocía su rostro.

Entonces, lo maté.

Ahora soy Edward.

Margaret es buena esposa.

Las tierras son buenas.

¿Y qué sucedió?

Una familia me descubrió.

Me quitó mis tierras y a mi esposa.

Quiso quitarme la vida.

No puedo recuperar lo mío sin ayuda.

No es tuyo.

Es mi familia.

Estoy cansado, Juan.

Edward.

Estoy cansado, Edward.

Podría ser una batalla feroz.

Legendaria.

-¿Son fuertes? -Sí.

Son de una familia antigua,

de sangre vikinga.

Dicen que su gran ancestro enfrentó a un oso.

Podría ser una batalla feroz, Robin.

¿Cuántos son?

Cuatro. Cinco.

Juntos podemos con ellos.

Tal vez moriremos.

Mientras caminaba solo,

escuché a dos cuervos llorar y gemir.

Uno le dijo al otro:

"¿Adónde iremos a cenar hoy?".

"¿Adónde iremos a cenar hoy?".

Detrás de ese antiguo muro,

sé que yace un caballero asesinado,

y nadie sabe que está ahí acostado,

salvo su halcón, su sabueso y su bella dama.

Su halcón, su sabueso y su bella dama.

Más de uno por él llorará,

pero a dónde ha ido ninguno sabrá.

Sobre sus blancos huesos, cuando carne ya no quede,

el viento soplará por siempre.

El viento soplará por siempre.

¡Robin!

¡Robin!

¿Pan?

Es una buena aventura.

Una buena aventura.

¿Recuerdas lo del alfarero?

¿Le robamos la ropa? ¿O lo matamos?

Quise contar la historia,

y dijeron que le robamos la ropa.

Yo no lo recordaba.

Tú siempre lo contaste bien.

¿Para qué robarle la ropa?

No lo sé.

Para bromear.

No hubo ningún alfarero.

¿Cómo que no?

Eso no sucedió.

Es una historia que oíste por ahí.

Pero si sucedió,

lo matamos.

Si fuera un cuento, me acordaría.

Ten.

Cuéntame sobre tu esposa.

Margaret.

Es buena.

Muy buena. Devota.

Me instruye en la devoción.

Retrátala.

¿Que la retrate?

¿Que la retrate?

Tiene el cabello rojo.

¿Como qué?

Como la sangre fresca.

No, sangre no. No.

Piensa algo rojo que sea bueno, como ella.

Rojo como... No sé.

Como el atardecer.

Sí, como el atardecer en verano.

Margaret es una buena mujer.

Con el cabello rojo como el atardecer en verano.

Ella me cuida.

Yo la cuido a ella.

Robin, tras las montañas, hay tierras despobladas.

Sitios para volver a empezar.

No pretendo volver a empezar.

Pretendo morir con dignidad.

¡Edward!

-¡Corre, Hendrie! -¡Edward!

¡Corre, Hendrie! ¡Rápido!

-¡Edward! -¡Atrás!

Hendrie, ¡llama a los otros!

¡Edward!

Edward, amor mío.

Cuida a la pequeña Margaret.

Pequeña, no temas.

No temas. Ven conmigo.

Estás a salvo, hija.

Oremos.

Oh, Dios, nuestro Señor,

concédenos la gracia de desearte con todo nuestro corazón.

Vamos. Oremos.

Para que, al hallarte, podamos amarte,

y al amarte, aborrezcamos los pecados

de los que nos has redimido.

Por nuestro Señor Jesucristo, amén.

Sí. Bien.

Bien.

Lo lamento.

Lo lamento.

Lo lamento.

Así me hallé al despertar.

Así me hallé al despertar.

Primo.

Así me hallé al despertar.

Lo lamento.

El viento sopla desde el noreste

llevando el frío a su paso.

O, al menos, el frío llegó hasta mí

por mi atuendo viejo y gastado.

La hierba, empapada de rocío,

sus diminutas lanzas inclinaba.

La margarita con humildad

bajo mis lágrimas se desplomaba.

Oh, joven desafortunado, nacido en la pena,

hijo repudiado de la pobreza.

La burla es el cruel rigor

que con la infamia te ha humillado.

Aunque sin igual parece mi amargura,

y mis penas son grandes de verdad,

si el caudal de mi dolor escuchas,

un semejante encontrarás.

Las tierras y Eddings ya no existen,

las pasturas tampoco.

Los pastizales, los prados y los páramos

fueron divididos y olvidados.

Señor, a ti elevamos nuestro clamor.

¿Tendrás piedad de nosotros?

Y danos el perdón.

Rey de los cielos, Señor de la eternidad,

recibe las plegarias que vamos a elevar.

Y danos el perdón.

Socorre a los enfermos, libera a los cautivos,

y asiste a viudas y huérfanos.

Y danos el perdón.

Hemos pecado y de ti nos hemos alejado.

¿Tú, que a todos redimes, nos darás la salvación?

Y danos el perdón.

Ten piedad de los penitentes

y quita las manchas del pecado.

Y danos el perdón.

Amén.

¡Mátenlo!

¡Godwyn!

¡No!

¡No! ¡Por favor!

¡Por favor!

-¿Margaret? ¡Margaret! -No.

¡No!

¡Juan! ¡No!

¡Pequeño Juan!

Veinte inviernos atrás, mataste a mi primo,

Walter de Hathersage.

Mataste a mis hijos y a mis nietos.

Como pago de sangre,

acepto tu vida

y la vida de tu hija.

No.

No.

¡No!

¡No!

¡No!

¿Robin?

He oído hablar de un priorato oculto.

Lo rige una mujer

cuya edad supera la memoria de los hombres.

Tiene poderes de sanación.

Te llevaré con ella.

Así te recuperarás.

He oído historias increíbles.

Robin, debemos dejarte.

Nos van a perseguir.

Mira la nieve.

Es extraño que caiga tan tarde.

Pero pronto se fundirá,

y llegarán los días largos.

Un hombre te trajo aquí.

Selló las heridas a fuego, y no fue mala su labor.

Llevas aquí seis días.

Tienes heridas en el abdomen,

fracturas en las costillas y la pierna.

¿Entiendes lo que le digo?

¿Dónde estamos?

En el priorato de San Clemente.

Un lugar donde sanar.

¿En qué pueblo?

No hay un pueblo.

¿Conoces la historia de Saulo?

¿Qué?

Había un hombre llamado Saulo

que profería amenazas contra los discípulos del Señor.

Se presentó ante el sumo sacerdote

y le pidió cartas para las sinagogas

de Damasco,

a fin de que si hallaba seguidores del Camino,

los pudiera llevar atados a...

Es lo único que necesitamos.

Solo unas gotas.

¿Dolió demasiado?

No.

Soy la hermana Brígida.

¿Cuál es tu nombre?

Randolph.

Pues te debo una disculpa, Randolph.

¿Por qué?

Rogabas que te dejara morir.

Y no te hice caso.

-Decías que estaba bien. -Fue la fiebre.

Pues la fiebre ya pasó.

Ahora descansa.

Tu cuerpo está lleno de cicatrices.

¿Pretendes hacer el mal aquí?

No.

¿Y acaso el mal te seguirá hasta aquí?

No.

No les harás el mal.

Ahora, hasta la cama.

Ahora, a la puerta.

Ahora, ábrela.

Avanza hasta donde puedas.

William, cuidado, por favor.

¿Ya puedes remar?

En la costa oeste hay un bote.

No hay problema.

Puedes quedarte si ayudas en el huerto.

No soy agricultor.

Entonces, no sabes cazar.

Sí que sé cazar.

En la isla hay presas de caza.

Pero no puedes cazar, no puedes siquiera tensar un arco.

-Sí que puedo tensarlo. -Hay conejos.

-¿Sabes cazar con trampa? -Sé usar trampa.

Bien, pero seis trampas como máximo,

así se mantiene la población.

¿Puedes con seis?

Puedo con seis.

Bien.

El resto del tiempo, ayudarás en el huerto.

¿Intentas huir?

Eres silencioso.

Soy silencioso y lento.

Tú eres silencioso, pero tienes que ser lento.

Eres un lisiado.

Y tú eres un leproso.

Está bien ser lento. Aquí estamos a salvo.

Eso es mucho decir. ¿Te consta?

Me consta que estamos a salvo por ella.

¿La priora?

Ella era como nosotros.

Padeció grandes pesares y dolores.

Enviudó joven.

Al atravesar ese dolor,

halló la fuerza para sanarnos.

Pues tú no pareces haber sanado.

La priora me contó la historia de un gran filósofo,

el más grande de todos en su momento.

Un día, el rey se volvió en su contra.

Lo arrojó a una mazmorra para torturarlo y ejecutarlo.

En medio de esa penuria,

cuando nada le quedaba,

una enviada celestial apareció ante él y le habló.

De ese ángel,

aprendió que no importaba

si el mundo era solo penuria

y no le quedaba más que la muerte

porque tenía algo que nadie podría tocar ni quitarle.

Tenía su mente.

Y en su mente...

estaba Dios.

Nunca es tarde para hallar la paz.

¿Qué haces?

Todos los días cruzo remando.

Tu amigo tuvo fuerzas para traerte,

pero otros no, entonces, los cruzo.

-¿Me cruzarías a mí? -No.

Remarás tú mismo cuando estés fuerte.

Ahora ocúpate de tu labor. Las trampas, por lo que oí.

-La caza. -No puedes cazar.

Leproso,

¿cómo acabó ese gran filósofo?

Fue torturado y ejecutado, por supuesto.

Por supuesto.

El verano ha llegado, ¡canta fuerte, cuclillo!

Crece la semilla y florece el prado

y brota el bosque reverdecido.

¡Canta, cuclillo!

La oveja bala por su cordero, la vaca muge por su ternero.

¡Oye!

¡El leproso trae a alguien!

¡Del otro lado!

Papá murió.

¿Cómo está la niña?

Te mostraré mis árboles.

Este es el saúco.

Las bayas se cosechan en verano.

¿Ellas saben quién eras antes?

Acércate a este oído para que te escuche.

Las peras las cosecho justo después.

¿Y quién era yo antes?

Un mercenario, como mucho.

Sí, como mucho, de veras.

Hay algo que nos distingue.

¿Recuerdas los árboles?

-Perales y saúcos. -Maravilloso.

Algunas lo saben.

Pero a la priora, no le importa quiénes fuimos.

Las manzanas se cosechan en otoño.

¿La niña dijo qué le había ocurrido?

La priora la está atendiendo.

Si te preocupa, habla con ella.

¿Los árboles?

Perales, manzanos y saúcos.

Maravilloso.

Esta será la última sangría,

aunque a tu cuerpo le resta mucho por sanar.

Estás cansada.

Sí.

Pero ya lo estuve antes.

La niña no duerme.

¿Qué le ocurrió?

Cosas terribles.

-¿Te contó su historia? -No, no habla.

No come y no duerme.

¿Cómo se llama?

Margaret.

¿Y quién es?

Conocí a su padre. Era agricultor.

Pues está muerto.

Eso parece.

¿Y la madre?

-Creo que murió. -¿Cómo?

No lo sé. Falleció.

¿La mataron?

Quizá.

Mientes muy bien.

¿La niña lo vio?

Puede ser.

Es mucho para una niña.

Lamento lo de tu amigo.

Gracias.

¿Quieres que ore por él?

Como prefieras.

¿Cómo se llamaba?

Edward.

Edward.

No se turbe tu corazón.

Crees en Dios, cree también en mí.

En la casa de mi padre, muchas moradas hay.

Voy, pues, a preparar lugar para ti.

Vendré otra vez y te tomaré conmigo,

pues donde yo esté, también estará él.

Y a donde yo voy, él ya sabe el camino.

-Tiene un cuchillo. -¿Margaret?

¡Me lo clavó!

¡Margaret!

Tranquila.

Margaret, tranquila.

Margaret, tranquila.

Ella no conoce la isla.

Hay jabalíes salvajes.

-¡Margaret! -¡Margaret!

¡Margaret!

-¡Margaret! -¡Margaret!

¡Margaret!

Oye.

¡Oye!

Dame eso.

Dámelo.

¿Los hombres que te lastimaron...

saben que estás aquí?

¿Cuál es mi nombre?

Mi nombre.

Randolph.

Así es.

¿Quién es el Pequeño Juan?

Ese nombre no existe. No vuelvas a pronunciarlo.

Si lo pronuncias, vendrá un gato por la noche

y te robará la lengua.

Está bien.

Duérmete.

Yo te cuido de la tormenta.

Bien. Acuéstate.

Cierra los ojos.

Puedes dormir.

Duerme.

Gracias por traerla de regreso.

No fue nada.

¿Conoces la historia de este priorato?

No.

En tiempos remotos,

este era un sitio sagrado de los antiguos druidas.

Adoraban a dioses desconocidos.

Lo hacían en estos bosques.

Luego, llegaron los romanos,

sintieron la magia de este lugar y construyeron sus templos.

Y un pueblo tras otro sintió lo mismo y acudió aquí para rendir culto.

Innumerables dioses, tribus tras tribus

que ni siquiera sabían cómo hablar entre sí.

Sin embargo, todos fuimos atraídos a este lugar.

¿Crees que hay magia en esta isla?

Creo que hay poder en ella.

He visto el poder de las historias.

Pueden usarse para hacer que los hombres hagan cosas terribles.

Y luego esas cosas terribles se convierten en historias.

Y las historias...

No.

No se puede confiar en ninguna.

No se nos pueden confiar a nosotros.

Los cuchillos cortan el pan tan bien como la carne.

Es una cuestión de equilibrio.

¿El equilibrio tiene voz?

Creo que si no la tuviera,

no estaríamos aquí.

Este mundo no... estaría aquí y...

no estaríamos conversando.

¿Alguna vez pensaste en eso?

La increíble precisión del equilibrio a lo largo de tanto tiempo.

El equilibrio que requiere crear una palabra, cualquiera sea.

Que pueda ser pronunciada por unos labios y...

comprendida por dos mentes.

Randolph.

Gracias.

¿No tienes hambre?

¿No?

Pronto moriré.

¿Cómo sabes?

Lo siento por dentro.

¿Cómo se siente?

Se siente bien.

Hay alguien allí.

Las aguas han estado muy transitadas.

Comienza por la pata.

Cortes pequeños.

Bien. Pasa a la otra.

De acuerdo.

Bueno.

Bien.

Pasemos a la parte ventral.

Justo por la panza. Bien.

Bien. Dame.

Bien. Mira esto.

Hazlo... de este modo.

Así. Encárgate de la otra.

Eso es.

Tira.

Eres un joven valiente.

Gracias, hermana.

¿Tienes hambre, Arthur?

Sí, hermana.

Sarah te preparará una buena cena esta noche.

Estofado de arenque.

-¿Te gusta? -Sí.

¿De dónde vienes, Arthur?

De la granja familiar, camino a Keswick.

-¿Camino a Keswick? -Sí, señor.

-Randolph. -Randolph. Camino a Keswick.

El leproso dijo que buscas a tu sobrina.

-Sí. -¿Te atacaron?

-Sí. -¿En el camino?

Sí.

-Estás a salvo aquí. -¿Qué camino?

El camino a Keswick, señor.

-Gracias a Dios que sobreviviste. -Gracias a Dios.

¿Qué tal unas peras en almíbar por tu valentía luego de cenar?

-Gracias, hermana. -Bien.

Pequeña Margaret.

Ese hombre, Arthur.

¿Lo viste alguna vez antes de venir al priorato?

Margaret.

Los hombres... Los que lastimaron a tu papá.

¿Viste sus rostros?

Papá dijo que corriera.

Papá dejó de rezar.

Estaba enfadado.

Rezaba en su mente.

¿Cómo se llamaba papá?

Tu papá era tu papá.

Alcánzamelo.

Hiciste un buen trabajo.

¿Ves que se curva más de este lado?

Tienes que compensarlo para que se curve de forma pareja.

Tienes que rebajar esta parte. ¿De acuerdo?

¿Puedes hacerme uno?

¿Quieres que te haga un arco?

De acuerdo.

Hoy recordé la historia de un poeta de nombre Lucrecio.

Escribió sobre lo que llaman átomos.

Si desmenuzáramos los árboles, las personas, las rocas,

descubriríamos las piezas invisibles más pequeñas

que conforman todo lo que existe.

Y estos átomos navegan a través del vacío y...

a veces, sin razón alguna, cambian su curso.

Lo mínimo, ni siquiera un cabello.

Y si no fuera por ese pequeño...

e impredecible cambio que obliga a los átomos a cruzarse

y entrelazarse con los otros...

nada existiría bajo los cielos.

Sí. Bien.

Con más fuerza.

Eso es. ¡Bien!

Muy bien. Con más fuerza.

Déjame ayudarte.

Toma esa.

Bien. ¡Eso es!

Bien.

¿Cuál te parece mejor para tu arco?

Echémosles un vistazo.

Bien.

Eso es. Ambas son buenas.

¡Margaret!

¡Margaret! ¡Ven a jugar!

Arthur.

¿Sabes poner trampas?

-Sí. -Bien.

Necesito a alguien fuerte. Ven.

¿Tu familia tiene tierras?

Sí.

¿Cuántos son?

No lo sé.

¿Está bien?

Sí.

Pero ya no soy tan joven como antes.

Con una mano para pararme, me basta.

Gracias.

Sí, te dieron un buen golpe.

-Sí. -¿Quién fue?

Un hombre.

Varios hombres.

-Bandidos. -¿Un hombre, bandidos?

-Sí. -¿Puedo revisar?

Es un buen golpe.

Tienes suerte de haber sobrevivido.

-Eres un muchacho con suerte. -Sí.

Deberías agradecer estar vivo.

-Sí. -¿Usó una pica?

Qué suerte que no te arrancó la cabeza.

¡Randolph!

¡Randolph!

¿Moshe?

La priora dijo que venga.

¿Sientes mucho dolor?

¿Recuerdas los árboles?

Perales, manzanos y saúcos.

Maravilloso.

Eres la persona más importante

en la vida de la pequeña Margaret.

No soy importante.

Piensa en todas las personas que conociste en tu vida.

Fuimos importantes para todas ellas de algún modo.

¿Conoces la historia de Guy de Gisbourne

y Robin Hood?

Sí.

Dicen que lo mataste.

¿En verdad lo decapitaste?

-Estás confundido, leproso. -No le contaré a nadie.

Pero no le mientas a un hombre moribundo.

Entonces, ¿en verdad lo decapitaste?

No existió ningún Guy de Gisbourne.

Es solo una de las tantas historias que se contaron.

Pero sí decapité a otros hombres.

¿En verdad no recuerdas?

No.

Piensa en ese nombre.

Guy de Gisbourne sí existió.

Pero no lo decapitaste.

Le cortaste la oreja.

Dijiste que, en otra vida, beberías un trago con él.

¿Lo recuerdas?

Al parecer, encontramos otra vida.

Bien, hay una cierta crueldad

que te pediré que no menciones.

Cuidarás del huerto hasta que tú también mueras.

Servirás a la priora...

y a la gente de este priorato, los de antes y los que vendrán.

Pero en ningún momento...

de esos buenos y pacíficos años...

le dirás a la priora quién eres realmente.

¿Por qué?

Porque...

una de esas muertes sin nombre ni rostro

en las sombras de tu mente...

fue, en otra vida...

su amado.

Prométemelo.

Robin...

Prométemelo.

El verano ha llegado, ¡canta fuerte, cuclillo!

Crece la semilla y florece el prado

y brota el bosque reverdecido.

¡Canta, cuclillo!

La oveja bala por su cordero, la vaca muge por su ternero.

El buey salta, el ciervo brinca.

¡Canta alegre, cuclillo!

¡Cuclillo, cuclillo! ¡Bien cantas, cuclillo!

¡Nunca dejes de cantar!

Adiós, Brigid.

Arthur.

Ven.

Hay una criatura en la otra orilla.

Quizás sea tu sobrina.

El leproso dijo que la buscabas.

Sí.

-¿Será ella? -Ya lo veremos.

No veo rastros de nadie.

Esperemos.

Quizás regrese.

¿Cómo te llamas?

Arthur.

No pierdas el tiempo mintiéndome.

¿Cómo te llamas realmente?

Godwyn.

Estás decidiendo, Godwyn,

si te encargarás tú mismo

o si buscarás a tu familia.

¿Encargarme de qué?

¿Cuántos hombres has matado, Godwyn?

¿Cuántos niños has matado?

Yo he matado a tantos que no podría darte una cifra.

Lo hago desde antes de que nacieras,

matar a los parientes de quienes maté hace una eternidad.

No recuerdo al primero,

que no significó nada para mí, pero...

sus hermanos y sus hijos

y sus nietos sí me recuerdan a mí.

Así que ahora debo matarlos a ellos.

Una y otra vez.

Bajo distintas formas, como sombras. Una vez más.

Y una más, y nunca termina.

Es una maldición, Godwyn.

Y es una que se impone uno mismo, aunque sea por cumplir con el deber.

No le importa el deber.

A este mundo solo le importa la sangre.

Y solo da sangre a cambio.

Pero ¿quieres matar a una niña, Godwyn?

¿Quieres ser responsable por la muerte de una pequeña?

No.

¿Tu padre murió?

¿Y tus tíos?

Soy el mayor de los varones.

¿Quiénes siguen con vida, Godwyn?

Mi madre.

Mis tías.

Mis hermanas.

¿Tienes un hogar, Godwyn?

-Sí. -Ve a casa.

Dile a tu familia que las deudas de sangre fueron saldadas.

Lo serán algún día.

Duerme en tu cama.

Valora la vida que aún puedes compartir con tu familia.

Y si regresas a este lugar,

habrás desperdiciado la oportunidad de vivir que te estoy dando.

Y te degollaré y jamás volveré a pensar en ti.

Vete.

Y no mires atrás.

Creí que te habías marchado.

Soy Robin, el forajido.

Tienes que saber que soy un monstruo.

No me llamo Randolph.

Soy el forajido Robin Hood.

Lo siento...

Dime que debo marcharme,

y lo haré ahora.

Métete en la cama.

-Brigid... -Acuéstate.

Quemaste vivo a mi esposo.

Sueño con que él ya había muerto,

pero ¿por qué otra razón trabarías la puerta?

Me pareció una eternidad buscar entre las cenizas de nuestra casa.

Y se veía tan pequeño.

Estaba acurrucado en una esquina y faltaba tanto de él...

Pero no importa cuánto sueñe, sé que estaba vivo.

Porque, hasta el final,

rodeó a nuestros hijos con su cuerpo.

Randolph...

soy yo.

La gente habla de Robin Hood.

Cuenta sus historias.

Son todas mentiras.

Mentiras que conté hace mucho tiempo.

Para que esos tontos

me siguieran a la oscuridad.

Robin.

¿Qué te han hecho?

No tengas miedo.

Te rescataré de este lugar.

Rescataré a la pequeña Margaret.

Y comenzaremos juntos una nueva vida.

Edward...

cuéntame sobre tu esposa.

Mi esposa.

Margaret.

Margaret.

Mi esposa, Margaret.

Retrátala.

¿Que la retrate?

Tiene el cabello...

rojo como...

el atardecer.

Como el atardecer en verano.

Rojo como...

el atardecer...

en verano.

Robin...

¿Has encontrado tu muerte digna?

Estoy listo para terminar con todo.

A ti te debo esta vida.

Es algo monstruoso.

Pero a ti te debo esta vida.

No me debes nada.

Nunca antes quité una vida.

Puede ser como cortar una flor.

Bueno, no debería serlo.

Sí, es cierto.

Pero puede serlo.

Ayudo a quienes vienen a esta isla.

Los sano.

Por favor.

Sáname.

Pequeña Margaret...

tu padre se llamaba Juan.

Fuimos amigos durante años.

Mucho antes de que fuera tu papá.

Lo conocí

cruzando un puente un día

sobre un río torrentoso.

Era terco.

No cedía.

Ante ningún hombre.

Ni siquiera ante mí.

Así que, luchamos.

Sobre ese puente.

Embestidas de ambas partes.

Le di un golpe en el costado de la cabeza.

Él me dio uno en el estómago.

Y me tambaleé en ese puente.

¡Splash!

Me hizo caer de traste.

Cuando pude salir,

empapado hasta los huesos,

nos dimos un abrazo.

A tu papá le decíamos...

Pequeño Juan.

Y vivimos por muchos años...

como forajidos en el bosque.

Tuvimos festines.

Nosotros...

repartimos plata

entre los humildes.

No...

Pero robamos esa plata.

Se la robamos...

a personas malas.

¿Comprendes?

Personas malas.

Tu papá...

querría que te contara...

porque te amaba muchísimo.

Jamás debes contárselo a nadie.

Ni siquiera a los niños con quienes juegas.

Nunca debes decirles el nombre de tu papá.

Hay personas malas en el mundo.

Y están enfadadas con tu papá.

Y por eso, también contigo.

¿Podemos guardar ese secreto?

Yo puedo guardarlo, pequeña Margaret.

¿Y tú?

Bien.

Ahora, ven a mi lado.

Toma.

¿Por qué "Pequeño"?

¿Qué?

¿Por qué le decían "Pequeño" a mi papá?

Porque era pequeño cuando lo encontré.

Como tú.

Ponle la cuerda.

Ténsalo con tu pierna como me viste hacerlo.

Bien.

Ahora, ve a la ventana.

Ahora,

coloca la flecha.

Encuentra un punto

donde el agua se encuentre con el cielo.

Tensa la cuerda hasta tu boca.

Y sostenla.

Te diré cuándo dejar de hacerlo.

Y cuando lo haga,

no estarás soltando,

simplemente, ya no sostendrás más.

Ahora,

observa tu objetivo.

Tu cuerpo siempre estará en movimiento.

Debes sentir cuándo esa flecha será certera.

Encuentra el ritmo.

Sostenla hasta que te diga.

Eres fuerte.

Siente...

ese balanceo,

ese ritmo.

Ahora, suelta.

El viento sopla desde el noreste

llevando el frío a su paso.

O, al menos, el frío llegó hasta mí

por mi atuendo viejo y gastado.

La hierba, empapada de rocío,

sus diminutas lanzas inclinaba.

La margarita con humildad

bajo mis lágrimas se desplomaba.

Oh, joven desafortunado, nacido en la pena,

hijo repudiado de la pobreza.

La burla es el cruel rigor

que con la infamia te ha humillado.

Aunque sin igual parece mi amargura,

y mis penas son grandes de verdad,

si el caudal de mi dolor escuchas,

un semejante encontrarás.

Las tierras y Eddings ya no existen,

las pasturas tampoco.

Los pastizales, los prados y los páramos

fueron divididos y olvidados.

Apenas queda un rincón de césped

y apenas queda un árbol.

Desnudas están las llanuras nativas,

y aun así te son queridas.

Oh, ¿y qué árboles coronaron mis orillas,

qué sauces florecieron aquí?

Tan duros como el hacha que los derribó

fueron esos miserables insensibles.

Aunque sus manos doloridas empuñaron

el hacha que el golpe dio,

no eran ellos dueños de este campo

ni planearon su destrucción.

Sus enemigos y los míos son enemigos sin ley,

aunque las leyes ellos dictan,

a las que la justicia con alas recortadas no se puede oponer,

sino que se ve forzada ante el oro ceder.

Esos son los enemigos tuyos y míos,

los que planearon toda esta ruina.

Aunque nunca un árbol derribaron,

ni una herramienta entre sus manos tomaron.

Adiós a nuestro campo comunal,

ya nada se puede salvar.

Para devastar los pastizales y pasturas,

los arrojaron a sus tumbas.

La reflexión hiere con agudeza mortal

mientras observamos con mirada moral.

Malditos sean los cambios del campo,

y maldita sea la vida del hombre.

Traducido por: Marisel Gruber, María Victoria Rodil

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