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Zulu
Cuidado,
que creo que nos está mirando.
No sonrías, haz el favor.
No sonrío, es una mueca de esfuerzo.
Además, a esta distancia…
Estos montañeses ven a una mosca a cien pasos.
No digas nada, sobre todo deja que hable yo.
Ya va bastante bien.
Hola.
¿Quieren probar mi leche?
Con este calor…
- ¿Vives aquí solo? - Por ahora.
Cuando acabe la casa nueva, me casaré.
- Un hombre como yo necesita una mujer. - Claro.
Pero una mujer aquí sola, aunque esté contigo,
no tiene muchas distracciones, ¿no?
¿Qué quieren?
Queremos comprarte ese castillo.
¿El castillo? Ya les dije que está en ruinas.
Te compramos el castillo y lo que le rodea hasta el lago Azul.
- Usaremos la madera del bosque para… - Yo soy médico.
Especialista en pulmones y nervios.
Elmer y yo queremos construir un lugar
donde los clientes respiren el aire fresco de las montañas…
Estamos en guerra.
Diez días de aire puro y adiós a los problemas.
Incluso los problemas…
Las guerras favorecen muchos tipos de problemas de salud,
de nervios, mentales, hasta de vista.
No puedes quedarte todo ese aire, agua y cielo tan puros para ti solito.
En guerra, eso es ser egoísta.
Mira.
Tenemos el dinero.
Míralo.
Una parte del dinero
y el contrato.
Así que firma. Así ganamos todos.
Y además es por una buena causa.
- Disculpe. - Bienvenida al Palacio de la Salud.
Good morning, Milady, ¿qué tal el viaje?
Abominable. Estoy agotada de lo terrible que ha sido
ir en ese tren.
Pero descansará en este entorno wonderful.
Señorita Sophie, las de la habitación cuatro, por favor.
Tome, our best…
Por favor, deje el inglés, mis oídos se lo agradecerán.
Qué alivio. Aquí estará muy cómoda y de maravilla.
Nuestra clientela…
No quiero ni acercarme a sus selectos clientes.
Limítese a informar a la señora Ruben de que he llegado
y de que venga.
- Señor Elmer. - Enseguida, Milady.
Señor Elmer.
Simon Bedezki, nuestro pianista.
Detesto a los pianistas.
Vaya,
tenemos a una clienta excepcional y va y la molesta.
No era mi intención, señor Elmer.
Señor Elmer.
- Estoy ocupado. - Quiero hablar.
- No moleste. - Todo ha cambiado.
- Sophie. - Señor.
- El periódico, el correo… - Reconoció que tengo talento.
- No me está escuchando. - Vamos tarde.
- Yo… - Debemos ser impecables.
Disculpe, pero no se paga a un aspirante igual que a un artista consolidado.
Impecables.
No sé por qué tengo que tocar para pacientes
que no valoran la música.
Mi querido Simon,
el "artista consolidado" del que habla
puede acabar fácilmente en la primera línea,
como otros de su edad.
- Señor Elmer. - Señor Elmer.
Así que…
usted verá, amigo:
o sentado al piano o de pie en las trincheras.
La vida no tiene precio, Simon.
Piénselo.
Señor Elmer.
Mis respetos, señora cónsul. ¿Ha pasado buena noche?
Terrible, como de costumbre,
por las criadas pasándoselo bomba en el ático, encima de mí.
Las criadas duermen en el anexo.
¿Lo desmiente? ¿Se atreve a desmentirlo? Son como gatas en celo.
- Es imposible pegar ojo. - Hola, señorita.
- ¿Viene a dar un paseo esta mañana? - Con mucho gusto.
Lo siento, yo no puedo. He dormido fatal por esas malditas criadas
que han estado dando guerra toda la noche. Estoy agotada.
Señora Ruben.
Los empleados duermen en el anexo,
no hay nadie encima de usted.
Nuestro establecimiento es impecable.
- De hecho, la reto a… - Me han molestado toda la noche.
- ¿Me escucha? - No, señora Ruben.
Toda la noche me han estado molestando esas puttane.
¿Cómo la van a haber molestado las criadas anoche
si se trasladaron ayer?
Sr. Magnus, por favor.
Más le vale irse a atiborrarse a su habitación
en vez de montar este deprimente espectáculo cada mañana.
Esto es inaudito, es inaceptable.
El señor Magnus no sabe lo que dice. Es un tanto especial.
Es un imbécil.
Sí, todos lo sabemos.
Se me olvidaba. La princesa Milady acaba de llegar.
Quiere verla.
¡Milady! Al final alguien civilizado.
Señor Magnus,
le pido por favor que cuide su lenguaje.
A veces hace gracia, pero esta vez…
Hace dos días cayeron 600 y eso sin contar los que no mencionan.
¡Qué horror!
Esta guerra es horrible.
No, lo horrible es verle. Y desde primera hora de la mañana.
Lo mismo digo, señor Magnus. ¿Qué pasa con lo de que se acabó todo?
Ayer, otra vez: "Esta vez está decidido.
Adiós, mundo".
Pero aquí le tenemos cada mañana tomando café.
No toque mi mantequilla.
Ya lo sé, no es fácil ahorcarse.
Solo se necesita un clavo y una corbata que aguante bien.
Usted a sus armas despreciables y a mí déjeme en paz.
Su daño es profundo.
- Estoy en perfecto estado. - ¿Sí?
¿Y qué hace aquí entonces?
Seguro que algo va mal en su cabeza.
¿Sigue sin leer sus cartas?
¡No! No toque esa carta.
¿Quién le escribirá día tras día?
Señor conde.
Lo siento, pero es mi deber decirle
que desde las diez de la noche, un enfermo de tuberculosis
debería estar en la cama
y en ningún otro lugar.
Estoy aprovechando el tiempo que me queda.
¿El tiempo que le queda? Déjese de tonterías. Tiene…
Ya está bien, doctor. Sé cómo estoy.
Mire mis uñas.
Están azules.
¿Que están azules? ¿Y qué pasa?
Debería ir a pescar al lago, allí arriba.
Y mi pecho. Anoche me lo miré
y la parte izquierda está hundida.
Anda ya, nadie lo tiene simétrico.
Y siempre estoy tosiendo.
Anoche, después del paseo, no podía parar.
No dé paseos por la noche.
De día, los que quiera, pero de noche nada.
Explíqueselo a la señorita d'Espard o se lo diré yo mismo.
No.
Soy yo quien insiste en verla.
Es tan alegre, tan…
valiente…
Debe irse a la cama antes de las diez para curarse.
De una vez por todas.
Gladys, ¿estás ahí?
¡Gladys!
Llevaba dos días esperándote. ¿Qué ha pasado?
Esta vez la espera ha merecido la pena.
Hola.
No le vi la última vez.
¿Es malo?
Es un toro.
Qué preciosidad.
Estoy exhausto.
Hola, Daniel.
He preparado dos boles de leche.
- Están ahí atrás. - Gracias, yo hoy no quiero.
Puedes beberte el mío.
Cada vez vienen más.
Ese hombre parece estar hoy más cansado aún.
Tiene mal los pulmones.
Bueno, tiene mal el izquierdo. También está mal de los nervios.
Es un noble de verdad, ¿lo sabías? Es un conde,
su familia es famosa por toda Europa.
Habla inglés, alemán y a lo mejor también ruso.
¿Has visto el anillo que lleva?
Con un anillo así, no tendrías que trabajar más.
¿Y qué haría?
En fin… son vidas distintas.
¿Sabe una cosa?
Todo lo que nos rodea es mío y eso son muchos kilómetros.
Y no por eso dejo de dar de comer a mis animales.
¿Todo esto? ¿Que es tuyo?
Entonces eres rico.
Tengo los pulmones en su sitio.
¿Es su prometido?
No, nos conocimos en el hotel y nos hicimos amigos, nada más.
Le gusta caminar conmigo, pero de eso a…
Dele tiempo.
¿Vives aquí solo?
Tenía prometida.
Pero se casó con otro.
En su momento me dolió, por supuesto.
Imagino.
No hay que forzar a la vida.
Mire,
construí una nueva casa
con una bonita habitación.
Un hombre como yo necesita una mujer.
Gracias por la crema, Daniel.
Es una verdadera delicia.
Le he dejado dinero en la mesa.
Señor,
esa no es la razón por la que yo le ofrezco un bol de leche.
En ese caso, ¿puedo volver mañana?
Cuando quiera.
Ya me encuentro mejor, señorita.
Puedo sentirlo.
Me haces muy bien.
Es el aire de las montañas, no yo.
Tengo que curarme.
Lo haré gracias a ti.
Te curarás incluso si no estoy yo.
No me voy a quedar mucho más, ¿sabes?
- Me vuelvo a casa en dos días. - Ay, no, quédate un poco más.
¿Te espera alguien?
No.
Nadie me espera.
- No me queda dinero para pagar el hotel. - ¿Es por eso?
Por eso no te apures.
Yo me encargo.
No vuelvas a decir que te vas.
Te necesito.
Yo también me siento bien contigo.
Eres tan delicado.
Vaya, no me lo esperaba. ¿Un quinto hijo?
Lady Fanny Octavia, de soltera, Spencer. Churchill se casa con Majoribanks.
Me faltaban dos de los Marlboroughs, ahora uno.
Doctor, al niño retrasado hay que dejar de ponerle supositorios.
Cambiamos las sábanas todos los días.
No te olvides de que a su edad no eras muy distinta. Pobre niño.
¿Qué le doy entonces?
¿Leduroy? Encontré un Leduroy que se metió en la brujería en el siglo 16…
¿Que qué le doy entonces?
A mí no me grites, Mathilde. Respeta mi trabajo.
La genealogía es una ciencia, como la medicina.
Es fundamental, nos dice mucho de la naturaleza humana.
Por ejemplo, ¿sabías que Luis 16
no entendía a los franceses
porque solo ocho de sus 64 tatarabuelos eran franceses,
34 eran germanos y…
16 eran polacos?
Dale gotas rosas, 15 antes de dormir.
Doctor.
He encontrado el pendiente de la señorita Sophie.
- ¿Un pendiente? ¿Dónde? - En tu cama, ahí.
¿En la mía? Es imposible.
Sí, es posible. ¡Justo ahí!
Ay, Dios. A ver…
Toma, Mathilde.
Pero le dices que lo has encontrado tú.
Tienes muchas cosas en la cabeza,
pero al final eres humano, como todo el mundo.
Qué error más tonto, por favor. Pero que muy tonto.
Oiga,
parece que hay menos luz, ¿verdad?
No.
¿Por qué?
Gracias, buenas noches.
Gracias, señorita, es muy amable.
Y muy guapa también.
Le deseo mucha felicidad.
Buenas noches.
Gracias por sus palabras.
Buenas noches, señor.
"Intento intoxicarme con tinta
al igual que otros hacen con el alcohol.
¿Puede un hombre que ve con sus dos ojos
vivir como un hombre ciego?
No sé si alguna vez te habrás ido a la cama, como yo esta noche,
con un extraño deseo de llorar
porque te han separado de alguien muy querido.
¿Tendré la fortaleza para vivir aislado, en la soledad?".
Debe tener un marido o algo parecido.
Es la amante
de un secretario de Estado británico.
Un desgraciado que se ha estado riendo de ella durante seis años.
Siempre está llorando, la pobre.
Venga, estarías haciendo
una buena acción y un buen trato al mismo tiempo.
Y, naturalmente, una vez más sin facturas de por medio.
¿Sabes qué? Tiene otro zafiro.
Es una preciosidad.
Y un colgante con una enorme perla.
Tú fíjate en cómo brilla la piedra.
¿No ves cómo brillan estos diamantes?
¿Y las facturas esas qué más dan?
No las tiene aquí, las tiene en Londres,
porque es una actriz y viaja.
¿Porque las actrices viajan mucho?
Claro, las actrices viajan.
En fin, lo que es una actriz.
¿Me haces venir aquí urgentemente
para sobornar a una puta por unas joyas robadas?
Es una puta, ¿es que no te enteras?
Te ha engatusado.
¡Para ya!
No te enfades tanto.
Sabes de sobra que al final siempre
te acaba gustando.
¡Ya está bien!
¡Ya está bien!
¡Ya está bien!
Me horrorizas.
Eres despreciable.
Ya está bien de tanta locura con las joyas.
¡Estás loca!
¿Ves en lo que te has convertido?
No queda nada de ti.
Nada…
de la mujer maravillosa
que conocí una vez.
Te has convertido en una mole de grasa.
Todo el mundo se ríe de mí.
Yo quería haberte seguido amando,
pero no en estas condiciones.
Te prostituyes.
Harías cualquier cosa
por un puñado de joyas,
que probablemente sean falsas.
Me has reemplazado a mí
y a nuestros hijos
por un poco de bisutería.
He pedido al coronel médico que el convoy de heridos llegue por la noche.
Es mejor así.
Hacerlo por el día sería malísimo para la moral de nuestros pacientes.
Le he invitado a cenar mañana.
- Me acompañarás. - Sí.
Con tantos heridos,
no quiero que acaben paseándose por aquí todas horas.
¿Cómo podemos tratarlos en tales condiciones?
Oye, Gustave,
¿no te parece que la señorita Sophie está un poco saturada?
- ¿Saturada? - ¿No podíamos darle unos días libres?
Quienes deberíamos estar saturados
somos nosotros.
Lo decía desde el punto de vista médico.
¿Y adónde va a ir esa pobre? No tiene a nadie en la vida.
Olvídalo entonces.
¿No habremos hecho una locura
rodeándonos de tantos excéntricos desquiciados?
Ojalá poder decidir sobre la muerte de los clientes.
No hay muerte más natural que un paro cardiaco.
- ¿No estaba enfermo? - No, inspector.
A los pacientes enfermos los vigilamos y tratamos.
Nada engaña más que una buena salud.
Vuelva pronto, señora Ruben. Aquí siempre será bienvenida.
Gracias.
Vendré a adelgazar aquí.
- No sé exactamente cuándo… - Disculpe, señora Ruben.
Una cosa. ¿Ha visto esta noche a Milady?
¿A quién? ¿A Milady?
La primera muerte del Palacio de la Salud.
Señorita Sophie, estoy en la oficina con el inspector.
¿Quién será el siguiente?
¿Ha muerto alguien esta noche? ¿En el hotel?
No hay razón para preocuparse.
Tiene su gracia.
Lo desesperado por irse de aquí que tendría que estar el cónsul
y su manera de salir
fue muriéndose.
- Robert, el registro. - Sí, señor Elmer.
Me pregunto cómo le sentará la viudez a la señora Ruben.
¿Por qué dice tal cosa?
Es terrible.
Morirse tan de repente.
¿A qué se refiere con eso?
Una de dos, o la pena hace adelgazar a la viuda
o, al revés, para expresar su dolor,
la viuda dobla su peso.
Pero… no dirá en serio todas esas cosas horribles, ¿no?
¿No tiene respeto por nada, señor Magnus?
Sin duda, la vida no está exenta de humor.
¿Está casado, señor?
Parece que así de repente soy un hombre casado.
No, no lo estoy.
Pero… lo estuvo una vez, ¿no es así?
Perdió a su mujer, ¿verdad, señor Magnus?
Cuántas tonterías en tan poco tiempo.
¿Le importa acaso?
No pretendía ofenderle.
¿Se quiere suicidar por una mujer?
¿Ahora escucha a escondidas?
¿O las empleadas
le cuentan lo que digo en sueños?
¿De qué me serviría suicidarme para vengarme de una mujer?
Dígamelo.
A lo mejor, en el momento le afectaría,
pero luego seguiría comiendo, bebiendo, peinándose
y más adelante, igual se siente hasta orgullosa
porque es digna de un disparo.
Con todas las cartas de amor que recibe, y encima todos los días,
no me diga que…
Pobre imbécil.
- No entiende los misterios de la vida. - Berrea…
Berrea, pero valora tanto la vida
que nada le importa más.
Nunca tendrá el valor de ponerle fin.
Paren.
Paren, se lo ruego.
Este tipo me provoca constantemente,
va a tientas,
como cualquier ciego que se precie.
No estoy ciego.
Pronto lo será, mírese. Ya no puede ni afeitarse,
mire todas esas heridas.
No puedo afeitarme y lo sabe. Se me corta e infecta la piel.
Intento afeitarme la perilla con tijeras de bordado.
¿Qué más puedo hacer?
¡Jesús!
Cualquiera lo entendería.
Están los dos locos.
Se hacen daño.
¿No sufren ya bastante?
¿Por qué somos tan desdichados?
Hola.
Me lo lees mientras nos tomamos algo.
Pero igual lo leo mal, ¿sabes?
- Estoy deseando oírte. - Tengo miedo.
Solo quiero pasar.
Buen día.
Venga, vamos.
Adelante.
Nunca he leído a nadie ni una de mis líneas.
Es como mi jardín secreto.
- Como tu jardín secreto. - Si es malo, dejarás de creer en mí.
Tengo claro que tienes talento. Sabes que creo en ti.
- Venga, léelo. - Gracias.
Necesito unos cientos de francos…
Eres tan atractiva.
…para editar el primer volumen.
Te amo desde el primer día.
A ti y a tus jardines secretos.
¿Puedo pasar? ¿Cómo te encuentras?
He tosido bastante otra vez.
Te he traído crema del granjero.
Pero cuando te veo,
siento que la enfermedad se desvanece.
Hay mucho alboroto hoy en la entrada.
- Por la muerte de ese cónsul. - No ha sido él, ha sido Milady.
- Tan de repente. - Se ha ido de aquí sin pagar ni un duro.
En realidad, no era una princesa.
- Era actriz o bailarina. - ¿Y qué?
Alguna razón tendría.
Quizás ya no podía bailar
o sus padres no tenían dinero. Juzgamos rápido.
No te lo tomes tan a pecho.
Un inspector interrogará a los clientes.
¿Un inspector?
¿Aquí?
¿Para qué?
¿Te encuentras bien?
Si supieras…
las ganas que tengo de vivir.
Quizás deberíamos llamar al médico.
Me haría esclavo o asesino por seguir vivo.
Pero si me encierran…
moriré.
Creerás que deliro, pero es verdad.
¿Cómo que encerrarte? Es ridículo…
¡No soy inocente!
Lo haría de nuevo.
¿Qué cosas dices? Estás cansado.
Un día, empecé a toser y a toser,
a escupir sangre, a cansarme con el más mínimo esfuerzo.
Fue tan… inesperado y doloroso
que me di cuenta
de que igual me estaba muriendo.
No soy un aristócrata. El conde Florent es una invención.
Imposible.
Soy un patético empleado de un patético banco.
El Dr. Boyer citó a tus ancestros.
Florent Borel,
con un salario patético y un futuro patético, esa es la realidad.
Deliras. Llamaré al doctor.
Nunca he pisado París, ni Londres,
ni un hotel de lujo, como te hice creer.
Solo di el paso y robé.
Robé del banco
y no poco dinero precisamente.
Mira en el armario.
A la izquierda, bajo las camisas, hay un sobre.
Ábrelo.
No me lo puedo creer.
¿Cuánto habrá?
¿Cuánto hay?
¿Cuánto puede haber?
¿Sabes cuánto hay?
Te quiero.
- Te he querido desde el primer día. - Y yo.
- ¿No te avergüenzas de mí? - Te quiero.
Pero si me interrogan…
Si no encuentran el dinero, no pueden hacer nada.
- ¿Y si lo quemo? - ¿No hablarás en serio?
¿Puedes guardármelo?
Por mí.
¡No! Todos nos han visto juntos.
Encontraré la forma de esconderlo.
- ¿No será alemán? - No, es suizo.
Ha cantado por todo el mundo.
Ya, pero sorprende oír alemán aquí cuando hay una guerra.
En la música, además del alemán y el italiano…
No durará mucho, ¿no?
No, ya casi ha acabado.
¿Ahora se pone de punta en blanco para cenar?
¿O esta noche es especial?
Lo crea o no, creo que tengo mejor aspecto con traje.
¿No tiene miedo ni a volverse más feo?
Para el postre, les cantaré algo de Donizetti o Verdi.
¡Verdi! En italiano.
¿Es una canción alemana?
¿Una canción?
- No exactamente. - Ha sido magnífica.
- ¿Le ha gustado? - Sí.
- Nos ha gustado. - Muy animada.
¿"Muy animada"?
- ¿En serio? - Pero siéntese.
Señorita Julie, ¿el conde nos acompañará?
Me temo que no. Sigue descansando en su habitación.
Una pena.
¿Nos quiere mandar al cementerio?
Soy un artista, un músico de verdad. Toco lo que quiero.
Señor Bedezki, cuide sus palabras.
¿O quiere que le diga al coronel médico lo apto que es para el servicio armado?
Ya le dije que queremos algo más alegre, por el amor de Dios.
Buenas noches. Bon appétit.
Disfruten.
Levanta.
Qué alegría me da bailar contigo.
Tú relájate.
Me encanta el ambiente.
Me sorprende que la gente no baile mucho más.
¿No baila porque no tiene pareja o…?
El único recuerdo que tengo de bailar
es del día de mi comunión.
Con mi madre.
Desde entonces, yo solo miro.
Como hace usted.
¿Le ha pasado alguna vez, por ejemplo, en un tren,
que siente un gran deseo de dormir,
de cerrar los ojos solo cinco minutos,
y cuando los abre, ve que los cinco minutos fueron suficientes
para dejar de tener ganas de dormir?
¿No lo entiende?
Efectivamente, no lo entiendo.
Ver a todos estos imbéciles pegados durante un vals,
aferrándose como si se estuvieran ahogando,
tiene el mismo efecto en mí.
Llueven los deseos.
Los matrimonios caen como granizo.
Las ilusiones caen como granizo.
Es penoso.
Pero que muy penoso.
Qué diluvio de hipocresía.
Siga tocando.
Continúe, siga.
No, no ha acabado.
Señorita Julie, sería un enorme placer bailar con usted.
¿Por qué no?
Tiene mejor aspecto. Estar aquí le sienta bien.
Sí, últimamente me siento mejor.
Me viene bien el aire fresco.
Relájate. ¡Más rápido!
Va demasiado rápido.
Suave, muy suave.
Esto es insoportable, es ridículo.
El lunes, ternera y guisantes de lata.
El martes, ternera y judías verdes de lata.
El miércoles, buey en gelatina,
que sabe igual aunque los trozos sean más grandes.
Uno tenía la esperanza de que el jueves…
Y nuestros soldados en el frente.
- ¿Y qué cree que comen? - Mono, doctor.
Pero al menos a ellos no les piden
tres francos al día para que estén donde están.
Resulta
que nos acabamos de gastar una buena suma
en instalar una sala frigorífica, eso lo primero.
En segundo lugar, hoy he pactado
la compra y sacrificio de un joven toro.
Le serviremos carne roja, señor Magnus.
Carne roja igual a glóbulos rojos, glóbulos rojos igual a salud.
Habría sido más sencillo matarlo aquí y luego llevárselo.
No te apures, sé cómo hacerlo.
No es la primera vez que me enfrento a un toro.
Aún es joven, no habrá problema.
Tengan cuidado igualmente.
Debería pedirle a esa mujer que deje de retorcerse los dedos.
- Es insoportable. - ¿Por qué no lo hace usted?
Si usted se sonroja, nadie se dará cuenta, pero yo…
¿Es que no puede parar de ser detestable?
Se equivoca. Soy como los demás, a veces me tomo un descanso.
Dicen que su marido
murió en circunstancias misteriosas.
Parece que le asesinaron o que se suicidó.
Y desde entonces, la pobre tiene ese tic nervioso en las manos.
Lady Macbeth también se retorcía los dedos.
Arréale.
Sigue, dale más fuerte.
Miren, un joven toro nos da un espectáculo.
¡Quieto! ¡El animal se ha vuelto loco!
Giorgio, ven a verlo. Hay un toro joven. Ven a hacerle una foto.
Controle a ese toro, por el amor de Dios.
¡Es el toro de Daniel! ¡Daniel!
Cese esta corrida ya mismo.
¡Se lo ruego!
- Pues llamen a Daniel. - Ven aquí.
- ¡Daniel! - Sí, es un toro.
¿Qué le harán a esa pobre criatura?
¡Hay una señora allí!
¡Que hay una señora! ¡Allí!
¡La señora!
- Vuelva al bosque. - Métase al bosque.
¡Gustave!
Que vienen a la luz del día.
¡Hay que hacer algo! ¡Qué tragedia!
Ya los veo. ¡Cállate!
No los mires. Vamos dentro.
¿Pero qué narices está pasando?
- Ahora viene el Ejército, qué penoso. - ¡Al suelo!
Fuera de aquí, por Dios.
- ¡Quítense! - ¡Quédense donde están!
Si no se mueven, pasan por árboles.
¿Quieres dejar de decir tonterías?
¡Ya está bien!
Trae una escopeta.
¡No se quede ahí! ¡Tírese al suelo!
Lo haré yo.
¡Está loco!
Panda de idiotas, la han corneado.
Está más muerta que muerta.
No puede ser. Está herida.
Muérete, maldita bestia.
¡Ahí lo tienen!
Ya está, no pasa nada.
Tranquilo.
Doctor.
¡Deprisa!
Podía haberla dejado en su habitación.
¿Está de broma? Han pasado tres días.
¿Seguro que es ella?
- Sí. - Bien, podemos cerrarlo ya.
¿No ha aparecido nadie de su familia?
Aparte de su hijo enfermo, parece que no tenía a nadie más.
Estoy seguro porque, de hecho,
con la fortuna que tenía,
habrían venido como moscas.
¡Doctor!
Doctor.
Ya es la segunda.
Bis repetita.
Dos muertes seguidas en el paraíso de los nervios y los pulmones frágiles.
- Señor Magnus. - ¿Quién será el tercero?
Se lo ruego.
Tenga la decencia de dejar las bromas de lado por una vez.
Pero no estoy de broma.
No lo estoy, doctor.
Habrá más, ya lo verá.
Una tercera, una cuarta,
una quinta, quizá. O todos, quién sabe.
¿Usted en qué puesto irá?
¿Ahora va de gracioso? Eso es nuevo.
Dígame en qué puesto voy yo, que tengo prisa.
Creo que convendría
darle algo de dinero al hijo de esa mujer infeliz.
- ¿Lo harías? - Sí, si así lo quieres.
Ya me dirás cuánto.
Menuda tragedia.
No tienes nada que temer. Si me arrestasen y condenasen, negaría
nuestra relación.
Por ahora no estás en peligro.
El inspector no habría vuelto si fuese un accidente.
Está interrogando a los clientes y me pillará, está claro.
Tengo que irme y rápido.
Te escribiré…
bajo un nombre falso.
Podríamos reencontrarnos en algún sitio.
Quizás.
Mira esa cabaña pequeña de allí.
Ven.
¿Dónde has escondido el dinero?
Lo llevo encima.
¿Aquí quién lo va a encontrar?
Me voy.
Ya lo he decidido.
Necesitaré un poco de dinero.
Por supuesto.
Me voy ahora mismo.
No pasaré por el hotel.
¿Y tus cosas? No puedes dejar…
Tú asegúrate
de que nadie note mi ausencia en un día o dos.
¿De verdad te has decidido ya?
Sí.
¿Me esperarás
con el dinero unas semanas?
- Quiero vivir, de verdad. - Y vivirás.
Iré contigo en cuanto estés a salvo.
Cogeré el tren esta noche.
Necesito un poco de dinero.
No mucho.
¿Me esperarás?
¡Señorita Julie!
¿Ha pasado por la granja?
He ido a coger leña.
Es un lugar muy bonito.
He descansado sobre la hierba.
¿Quiere un poco de leche para el conde?
¿Cómo está? ¿Sigue enfermo?
No, está mejor, mucho mejor.
Ha ido al pueblo a por sus cosas.
¿No le has visto?
No, no le he visto.
Estaba ocupado cortando madera.
Tengo un poco de frío.
No se vaya.
Espere un momento.
Aún tiene alguna brizna.
¿Qué quieres?
No quiero hacerle daño.
Lo siento.
Iba a guardar leña en la cabaña y estaba ahí con el conde.
¿Nos has visto?
He esperado y…
Lo siento.
¿Estabas ahí?
Entonces…
¿el conde ahora es su prometido?
Mira, te doy algo de dinero y a cambio…
No quiero dinero.
Antes, cuando se ha ido,
no pensaba con claridad.
Se ha apoderado de mí un impulso
y quería hablar con usted y estar cerca de usted.
No puedo evitarlo.
Cada vez va a más.
Señorita,
vengo a darle un tironcillo de orejas.
Lleva tres días sin echarse las gotas. Debería…
Pero es que ahora me siento tan bien
y duermo estupendamente.
¿Cómo va su novela?
Sigo avanzando.
El señor Berthold se leyó un fragmento y le ha encantado.
Es maravillosa. Fascinante y maravillosa.
- Fantástico. - Disculpe.
Estoy pensando en dejar el telégrafo.
- No soy un criado. - Si publican mi libro…
Yo no soy un criado, soy un artista. ¡Un artista!
¡Soy un artista!
Yo no soy un criado, soy un artista.
- No, no soy un criado. - Señor Bedezki.
- ¡Un artista! - No pasa nada, ya me encargo yo.
- ¡Un artista! - Me ocuparé de él de una vez por todas.
- ¡Soy un artista! - Piense en su público.
Llévame un oporto a mi habitación en 15 minutos.
¿Rojo o blanco?
¿Cuál prefieres tú?
- No. - Se lo ruego, escúcheme.
Un médico.
Tranquilo, yo te pido la comida ahora mismo.
Dos menús para la habitación del conde.
Sí, señorita.
¿Así que prefieres el blanco?
- Pruébalo por mí. - Solo hay un vaso.
Venga, déjate de formalidades conmigo.
- ¿Cuánto llevas aquí? - Desde el primer día.
Y seguro que trabajas por una miseria.
Si eres amable…
La amabilidad tiene un precio. Un billete.
¿Un billete? Pero cómo te atreves.
Al menos sabes bien lo que quieres.
- Y yo sé lo que quieres tú. - Bien, un billete.
Pero más vale que mi dinero valga la pena, zorra.
Simon.
Pequeño Simon, ¿te pasa algo?
Adiós, pequeño Simon.
Por Dios, pero ¿qué ha pasado? ¿Qué le sucede?
¡Es terrible!
- Vamos, tranquilícese. - Es abominable, no me lo puedo creer.
Por Dios, nunca jamás lo habría imaginado.
- Cálmese. - Dijo que estaba enamoradísimo de mí.
Iba a casarme con él y a dejar mi trabajo.
Solo es un mal trago, se pasará.
- ¡Qué mal! - Hágame caso.
- Con una criada. - Sí.
- Con una criada, qué mal. - Sí.
¡Qué mal!
Siéntese, todo se solucionará.
- Seguro que es un malentendido. - No.
Los hombres impulsivos son así, dan sorpresas.
Tome.
Está conmocionado por todo lo sucedido.
- Lo del toro, esa pobre mujer… - Dijo que me quería.
- Me lo dijo. - Y la muerte del cónsul.
Cálmese.
Tiene que peinarse.
Voy.
El conde está durmiendo. Yo se lo llevo.
- Yo lo hago. - Démelo.
Que lo dejo yo.
- Buenas noches, señor conde. - Gracias. Buenas noches.
Vamos, abre.
Abre la puerta y te lo explico.
- Escúchame. - Déjame sola.
- Hablemos. - ¿Cómo has podido?
¡Abre la puerta!
A la mierda.
Después de todo lo que me has prometido… No puedes haberlo olvidado.
Estoy acabando.
Ya está.
- Buenas noches, señor. - Buenas noches, querida.
Me lo he pensado y haré como que no ha pasado.
Pero tienes que casarte conmigo.
¿Me oyes, Georges? Debes casarte conmigo ya mismo.
¿Cómo te atreves?
Te lo has cargado.
- Estás loca. - ¿Loca? ¿Yo?
¿Y esto qué es?
¿Este es el conde? ¿Y todo esto?
¡Lo voy a contar, lo contaré todo!
- Quiero la mitad. - No es mío.
Pues ahora es mío, es todo mío.
¡Qué gran día!
¡Es Navidad!
¡Gracias, Dios mío!
¡Es Navidad! ¡Qué gran día!
Georges.
Georges.
Georges, ¿dónde estás?
¿Georges?
Solo hay seis heridos.
Con una habitación bastará.
Pero necesitaremos otras tres.
Sí. Métalos dentro, rápido, antes de que despierten los clientes.
E intenten no hacer ruido.
Yo le muestro el camino.
Estamos locos, somos dos locos.
Imagínate que alguien nos pilla.
Pues cásate conmigo.
- Así no tendríamos que escondernos. - No empieces otra vez con eso.
Date prisa, por favor.
Date prisa, venga.
¿Te avergüenzas de mí?
¿Cómo puedes decir eso?
Marcellin, he rechazado dos matrimonios por ti.
Deja de quejarte.
Llevo viviendo en las sombras 17 años.
Siempre estamos mintiendo, escondiéndonos
y fingiendo.
Siempre te quejas de lo mismo. Y desde primera hora.
Tienes que quitarte ese maldito hábito, ya te lo he dicho.
Debimos morir el primer día.
Me voy a dar mi paseo.
Luego nos vemos.
Ay, Dios mío.
Dios mío.
Probablemente bebió demasiado,
se cayó y se dio en la cabeza,
es así de sencillo.
No sé qué decir.
Se cayó y se dio en la cabeza.
Es evidente.
Pero di algo, hombre. Qué desesperación.
Claramente. La señorita Surville la pilló en la habitación de Berthold ayer.
Igual bebió mucho…
¡Qué tragedia!
Y el señor Berthold se fue anoche de repente, no estaba previsto.
Qué extraña coincidencia, ¿no?
No se atreva a sacar tales conclusiones, eso está fuera de sus competencias.
No le pago para eso, no lo olvide.
¡Estoy empezando a estar muy harto!
Tranquilo, cariño… digo señorita. ¡Ya no sé ni lo que digo!
Es un trágico accidente, lo es, pero sigue siendo un accidente.
Ya llevamos tres muertes en una semana.
Después de esto, no podemos permitirnos…
que pasen más cosas malas.
La Policía investigará e interrogará a todos nuestros clientes, ¿no crees?
Mathilde llevó dos menús al conde Florent anoche.
Después de eso, nadie más la vio.
Hay que dejar al conde Florent fuera de todo esto.
La verdad es que su estado… Quizás deberíamos mandarle arriba,
al hospital militar.
Si él también acaba muriendo…
¿Señor conde?
¿Señor conde?
Hola, doctor.
No tiene buena cara esta mañana.
Por favor, señor Magnus, no es el momento y menos hoy.
Mathilde murió anoche.
Tercera muerte en el Palacio de la Salud.
Y el siguiente ya está elegido.
Señor Magnus.
La vida solo es una mercancía sin valor, doctor.
Sin valor.
De momento solo somos supervivientes.
Y nada más.
¿Ha visto al señor Berthold esta mañana?
Resulta que no veo muy bien hoy.
Es escalofriante.
- Esto se está volviendo escalofriante. - ¿Y si vamos a dar un paseo?
Veo que los nuevos clientes del hotel madrugan.
Me alegra oír su voz. Estoy un poco deprimido esta mañana.
¿Esta mañana solo?
En su estado, debería estarlo a todas horas.
¿Ya se ha enterado de la muerte de Mathilde?
Anoche.
- Es la tercera. - Otro accidente.
- La pobrecita. - ¿Un accidente?
A saber.
Este sitio está maldito.
¿Quién será el cuarto?
- Igual usted, si… - Me alegra que su muerte no sea noticia.
Me voy a dar un paseo, será mejor que oír estupideces.
¡Cuidado con el mobiliario! Está tan ciego que no ve ni la mesa.
Disculpe.
Imposible, me lo habría dicho.
Ya está bien, señorita. ¡Cálmese!
Probablemente vuelva a finales de semana.
Señor Magnus, su carta.
No, déjela ahí. Luego la recojo.
Perdone.
Siento molestarla, pero ¿sabe dónde está el conde Florent?
Aquí no está, puede comprobarlo.
No me malinterprete, pero…
Pasó algo grave anoche.
¿Podríamos hablarlo en otro sitio?
Hola, Daniel.
Es complicado llegar hasta tu casa.
Me alegro de verla, señorita.
¿Cómo está?
No muy bien.
¿Sabes? Ha habido otro accidente en el hotel.
Anoche murió una empleada.
Vaya, los muertos…
abundan últimamente.
Siento lo de ayer.
El conde está enfermo y suele estar deprimido.
Hago lo que puedo para ayudarle.
La vida no es fácil.
¿Entonces ahora se quedará en el hotel esperando a que vuelva el conde?
- ¿Cuándo volverá? - En tres o cuatro días.
Igual en una semana.
De hecho…
venía a pedirte que…
No es fácil decir esto.
Si alguien te pregunta por el conde,
¿puedes no decir nada de…?
Tranquila.
Si quiere que cierre el pico,
lo haré.
- Por su bien. - Tienes buen corazón, Daniel.
Pero quería darte las gracias con un poco de dinero.
Es normal, todo tiene un precio.
Venga,
quiero enseñarle algo.
Me pidió que lo escondiera hasta su vuelta.
A cambio,
me dará una parte.
Por eso no hace falta que me ofrezca nada, señorita,
porque no es dinero lo que quiero.
Pero…
¿cuándo te lo ha dado?
No pregunte.
Ya no importa.
No sé por qué vengo a estos paseos.
Por la misma razón que yo, supongo,
por salud.
Ya no veo muy bien.
No estoy de broma. Ayúdeme, deme la mano.
No me gusta tocarle, debería entenderlo.
- ¿Así mejor? - Sí.
Mucho mejor.
Qué cosa más rara.
Hace un momento, no veía nada.
¡Qué alegría verlos!
Y ver que disfrutan del aire fresco.
- Le veo mucho mejor. - ¿Usted cree?
Me estoy tomando un descansito, voy al lago con mi Gotha.
Estudio a los Orsinis porque la semana que viene vendrá un príncipe Orsini.
Es sifilítico.
¿Un príncipe sifilítico? Fascinante.
Suena a melodrama.
Bueno, les dejo que sigan.
Que pasen un buen día. ¡Disfruten!
No se fatiguen demasiado.
Menudo cretino.
Debería matarle antes de desaparecer.
Vamos, que le ayudo a volver.
No.
Prefiero esperar aquí
y descansar un poco.
Tiene que ser preciosa
toda esa nieve.
Sí, es magnífica.
Es un sudario.
No me compadezca, Magnus,
pero se lo diré directamente:
ya no veo nada.
- Veo borroso todo lo que me rodea. - ¿Borroso?
En ese caso, está ciego.
Pues eso, deje que lo diga yo mismo.
¿De qué se queja?
Ya no verá los muñones sangrientos de los soldados,
las tripas de la mujer con guantes, los asesinatos…
Calle.
Cállese. Tendría que estar en un manicomio.
Es un lunático.
- Un loco. - No estoy loco.
Para nada.
Tengo depresión.
Es dolor emocional.
Repita eso. Como si no existiera el dolor físico.
¿Quiere ahorcarse?
- Debería estar encerrado. - Me canso de arrastrarle.
Le llevo de vuelta.
Se empeña en decir que es incapaz de vivir.
Y da la perorata, se las da de superior y poderoso,
finge que medita sobre la vida
y solo pone caras y se burla.
Por Dios,
no ofrece nada bueno,
ni una simple palabra o gesto reconfortante.
Yo qué sé.
Algo simple, como alimentar a un pájaro o contar un cuento.
Lo que nos faltaba, el toque sentimental.
Al menos observe la belleza del mundo, usted que puede.
La vida se puede soportar de muchas maneras.
Déjese de galimatías.
Es mediocre y penoso, esa es la verdad.
No entiende.
No entiende lo cruel que es la vida.
¿La vida? ¿Y qué es?
¿Un diente que se te cae?
¿Un hombre que rompe filas?
¿Un gorrión que cae al suelo?
La vida no es fácil, ¿no?
Pero nunca la había amado tanto como hoy.
Orsini, Philippe,
hijo de Orsini, Dominique,
casado con Julie de Hoyos-Sprinzenstein.
Sprinzenstein,
padre de Maria-Dominique…
No, padre de…
Marie-Isabelle. Marie-Isabelle.
y Dominique-Napoleon
y…
Clarisse-Marie. Ya está, lo tengo.
¡Ay, no!
No.
Mi ropa. Ay, Dios mío, qué mal.
Qué error más tonto, por favor. Pero que muy tonto.
Vuelve, Georges.
Vuelve, te lo ruego.
Dios, por favor, que me siga amando.
Te lo imploro.
Oye.
Escúchame.
Esa puerta, la de allí.
Está cerrada.
Ve a abrirla desde dentro
sin decir a nadie nada.
No se lo digas a nadie. ¿Entiendes?
A nadie.
Ve a abrir la puerta.
No pueden verme en este estado.
Ayúdame, por favor.
Ve a abrirme la puerta, por favor.
Ayúdame.
¿No me entiendes?
Por favor.
No, no hagas eso.
No hagas eso. ¡Para!
Para.
Que no hagas eso. Quieto.
¡Para!
Para.
Para.
Para.
- Un accidente. - ¿Me toma el pelo?
Es un trágico accidente, lo es, pero sigue siendo un accidente.
No entiendo qué ha pasado.
¿Lo ve? Ha muerto de frío.
¿De frío? ¿A cinco metros de su hotel?
¿Y sus brazos y su pierna?
Una quinta muerte y cierro este lugar.
Me arruinará.
Tenemos un suicida, podría hacerlo en cualquier momento.
Ya basta de bromas.
Quiero toda la información de los clientes de su hotel.
El señor Elmer nos había prometido que desde hoy…
Está muy ocupado.
- Pregunta por el doctor. No hay razón… - El doctor.
- Ya no vendrá más. - Disculpen. Señorita Sophie.
Por favor, la cuenta.
Me voy esta tarde.
- ¿Puedo sentarme? - Por supuesto, señorita Julie. Adelante.
- ¿Sabía que el doctor murió anoche? - Parece mentira… ¿Y cómo?
Dicen que se enfrentó a un animal.
Parece que llevaba la ropa raída.
Una muerte horrible para alguien tan cuidadoso.
Este lugar se ha vuelto siniestro. Me voy esta tarde.
- No se vaya, señorita Julie. - Oh, Muerte,
vieja capitana,
ya es la hora.
Levemos el ancla.
Esta tierra nos aburre.
Oh, Muerte, aparejemos.
Si el cielo y el mar están negros como la tinta,
nuestros corazones, a los que tú conoces, están radiantes.
El señor Magnus animando, como siempre.
En cualquier caso, es un detalle que nos comunique su partida.
Ya basta de discutir.
Mejor vamos a dar un paseo.
Se lo agradezco, pero estoy muy cansado.
No está cansado, está ciego.
Una pena, la longevidad de los ciegos supera con creces la de la gente cansada.
Vamos, señor Moss.
Lo siento, pero no quiero subir allí más.
Haga un pequeño esfuerzo. Usaremos el trineo, será más fácil.
Venga, nos vendrá muy bien. Aquí dentro todo es muy lúgubre.
¿El trineo?
¿Por qué no?
Gracias, señorita Julie.
- ¿Viene con nosotros? - No.
Su carta, señor Magnus.
Vamos, señor Moss.
Qué horror.
Trineos en invierno y hula-hulas en verano.
¡Venga, otra vez!
- ¡Qué divertido! - ¡Qué pena que se vaya hoy!
- La echaré de menos. - Vamos.
- Espéreme. - Haga un pequeño esfuerzo.
Con la nieve me duelen los ojos, pero se pasará.
Hacía mucho tiempo, pero que mucho…
- ¡Qué mareo! - Agárrese fuerte.
¡Que les den a nuestros problemas!
¡Que les den a nuestros problemas!
¿Señorita?
¿Señorita?
No veo nada.
Señorita, ¿dónde está?
¡Señorita!
Responda.
¡Que no veo nada!
Ayuda.
Ayúdeme.
¡Señorita! ¡Contésteme!
Señorita Sophie, ¿no sabe nada?
No, ya se lo he dicho. Debe abandonar hoy el hotel.
Se han requisado todas las habitaciones.
¿No ha visto al señor Berthold?
Estoy arruinado.
Afuera hace bueno. Vamos a dar un paseo.
Gracias.
¿Nos tomamos algo? Claro que sí.
Me encanta bailar. ¿Quieres bailar?
¿Por qué no? Me encanta bailar.
Me encanta bailar.
Debe dejar esta noche la habitación.
El hotel lo usará el Ejército.
Tome.
Es de Daniel, el granjero de la colina.
Ha dicho que si quiere dar un paseo,
hoy pasará el día pescando en el lago.
Incluso estando ciego acaba encontrándome.
¿Está aquí?
¿Dónde está?
Por aquí. Póngase derecho, que hay gente mirando.
Igual le sorprendo, señor Magnus,
pero en medio de la oscuridad total en la que estoy,
su sarcasmo me reconforta el corazón.
Por favor, siga hablándome.
Señor Moss, ya está todo listo.
Una ambulancia le llevará directo al hospital.
Señor Magnus.
- Su carta. - Muchas gracias.
Le parecerá ridículo, pero las cartas de amor me conmueven,
incluso si no son para mí.
¿Quién le iba a escribir con esa cara de mono?
Y con todos esos rasguños.
Tiene razón. Nunca he recibido una carta de amor.
Quizás de mi madre,
hace mucho tiempo.
Ya puede contarme la verdad.
Es su mujer la que le escribe casi todos los días, ¿no?
¿Eso es de su incumbencia?
No es nada raro, ¿no?
- Es una carta de su mujer, ¿a que sí? - Déjeme leerla en paz.
Siempre supe que tenía familia, señor Magnus.
Me he preguntado muchas veces que por qué está aquí.
No está enfermo,
tiene una salud de hierro, no le falta nada…
A veces parece tan desdichado.
¿Son noticias buenas al menos?
No he acabado de leerla.
Me habría gustado recibir alguna. Una pequeña señal del exterior,
una pequeña señal de vida.
¿Me la lee, señor Magnus? Por favor.
Solo una parte, como si estuviera dirigida a mí.
¿Sigue ahí?
¿Sigue ahí?
Sé que sí, así que hable.
Te decepcionaría.
No hay ni rastro del amor en esta carta.
"No hay ni rastro del amor".
¿Sabe, señor Magnus?
A veces, siento tanto pesar que…
Pero no tengo valor.
No lo tengo.
Ni yo.
Nunca lo tuve.
Soy más penoso de lo que cree.
Todas estas cartas que recibo cada mañana
y que tanto envidia me las escribo a mí mismo.
Me escribo una carta falsa cada día
porque nadie más volverá a hacerlo.
Si tan solo pudiera…
Si tan solo pudiera perder la memoria, como usted ha perdido la vista…
e irme… a cualquier parte…
a morir en algún rincón del mundo.
Señorita Julie, ha venido.
Me alegro de verla.
Gracias por el sombrero, Daniel.
Te habrá costado una fortuna. No debiste molestarte.
¡Qué bonito es esto!
Ya está mejor, ¿no?
¡Menudo susto!
Podría haberse partido la espalda o haberse matado
con ese maldito trineo.
Estaría mejor muerta.
¿Me has visto la cara?
Eso no es nada, no se desanime.
Seguro que para el conde sigue siendo guapa.
¿Ha vuelto?
¿Me espera en tu casa?
No.
Aún no ha vuelto.
Pero volverá, seguro.
Con todo el dinero que ha dejado…
Siempre soñé con casarme con un hombre rico.
Refinado…
de familia de renombre…
que hablase varios idiomas.
Soñaba con llevar bonitos vestidos…
con que me admirasen…
y deseasen.
Pero solo es un sueño.
No puedo dejar de soñar.
Sueño tanto que me está matando.
Si quiere, señorita Julie, como ha cerrado el hotel
puede venir a vivir
a la casa grande y esperar a que vuelva el conde.
Volverá.
Lo sé.
En unos días o en unas semanas,
es lo más seguro.
No le faltará de nada.
Subtítulos: Ángela Arribas Ramírez
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