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Original subtitles

INMENSA E INMORTAL ERA LA FUERZA DE HÉRCULES...

COMO EL MUNDO Y LOS DIOSES A LOS QUE PERTENECÍA.

PERO DE HOMBRES INFERIORES APRENDlÓ UNA VERDAD ETERNA:

QUE HASTA LA FUERZA MAS GRANDE...

CONLLEVA UN GRADO DE DEBILIDAD MORTAL...

Listo.

Gracias.

Y agradezco a los dioses por poner en mi camino a un hombre tan fuerte.

Confieso que me preocupó ver a esos caballos desbocados.

¿Estás bien?

Mejor.

Todavía me tiemblan las piernas.

¿Qué miras? ¿Es tan raro que no pudiera dominar a esos caballos?

En absoluto. Nadie hubiera podido hacerlo.

- ¿Y qué mirabas? - A ti.

Es muy difícil encontrar una mujer tan bella.

Oh, bueno.

Lo dices con tanta simpleza, como si hablaras de una planta o de un animal.

Casi creo que eres sincero.

Soy sincero. Siempre digo la verdad.

Ahora te reconozco. Eres Hércules de Tebas.

Te aguardan en Iolco. Esperan grandes cosas de ti.

¡Por Dios, olvidé la carne!

Se habrá quemado.

No, aún se puede comer.

- ¿Quieres un poco? - No.

Vamos.

- Un poco más. - No. Suficiente.

- Empezaré donde tus labios terminaron. - No sé si eres sincero o atrevido.

No, sólo hambriento.

No es trabajo para una princesa.

Sí, eres Iole, hija de Pelias, rey de Iolco.

La enseña en el carro me dijo tu nombre.

Deja, yo lo haré. Lo haré más rápido que tú.

Tómate tu tiempo. No tengo prisa por regresar a esa ciudad que odio.

Extraña bienvenida a Iolco para un extranjero.

En tu lugar, no iría.

- Me ha invitado tu padre. - ¡No es cierto!

Tú te ofreciste a enseñar el arte de la guerra a mi hermano.

- ¿Y no es lo mismo? - No.

No debiste decidir ir a Iolco.

Habrás oído la historia de mi familia.

Sé la historia de Iolco. Pero ¿cómo puedes tú recordar lo que pasó?

Era apenas una niña.

Y los recuerdos del pasado son como nubes que van y vienen con el viento.

Pero recuerdo que había sido feliz aquel día.

Volvíamos de cazar.

El anfitrión había sido mi tío Esón, que entonces era rey de Iolco.

Quiso que su hijo Jasón subiera a su carro...

con mi hermano Ifito, mi padre y yo.

También iba el jefe de la escolta, Quirón...

que el día anterior había discutido con el rey...

por motivos que ignorábamos.

De pronto, vimos venir un pelotón de soldados...

y con ellos, un hombre encadenado.

Mi tío detuvo el carro.

Intenté, en vano, ver el rostro del prisionero, que estaba arrodillado.

El rey murmuró algo al oído de mi padre...

que bajó del carro y se acercó a hablar con el jefe del pelotón.

- ¿Qué ha hecho? - Mató a una mujer...

y le robó el poco dinero que tenía.

Es un asesino.

Asesino. Fue la única palabra que pude distinguir de la breve conversación.

Pero supe que estaba condenado a muerte.

Mi padre regresó al carro y le murmuró algo a mi tío.

El rey rechazó sus palabras y partimos otra vez.

Esón era un buen rey, pero justo e inflexible en su justicia.

La idea de aquella muerte se apoderó de mí como un mal presagio.

Un fuerte viento empezaba a agitar los árboles del bosque.

Cuando llegamos a Iolco...

el cielo se había oscurecido y el viento soplaba con furia.

La gente que recibía al rey se había encerrado en sus casas...

y la gran plaza estaba desierta.

Al acercarse la noche, la sensación de angustia era cada vez mayor.

Pero la invitación de mi primo Jasón para ver el vellocino de oro...

disipó mis termores.

Cuando el rey y su guardia se habían alejado...

Jasín, Ifito y yo entramos al salón del trono...

muy emocionados de ver y tocar lo que el pueblo consideraba el símbolo real...

más importante que el cetro y la corona.

Parecía destilar un fluido misterioso.

Parecía vibrar. Y tocarlo nos hizo temblar.

Fue la última vez que vi a Jasón.

Y recuerdo su indignación al ver a Ifito sentado en el trono.

Esa noche, tuve pesadillas.

No podía olvidar lo que ocurrió en el bosque.

Una y otra vez soñé lo que imaginaba como el fin del triste episodio.

Vi al condenado llegar al lugar del suplicio...

al verdugo avanzar hacia él, empuñando el hacha, levantarla...

Pero mi grito hizo eco con otros gritos desde el otro extremo del palacio.

Y mi terror aumentó al ver que el lecho de mi nodriza estaba vacío.

Desesperada, corrí hacia el salón del trono.

¡Asesinaron a nuestro rey!

Apenas pude ver su cuerpo entre los gritos y la confusión.

Mi padre estaba allí, petrificado, contemplando la sangre de su hermano.

Luego, con los ojos desencajados, miró hacia las lanzas...

que ya no sostenían el vellocino de oro.

De poco sirvió su dolor.

Jasón y Quirón habían desaparecido. Y con ellos el vellocino de oro.

Y por eso Quirón fue acusado de asesinar al rey y de llevarse con él...

a Jasón y el vellocino. - Sí.

- ¿Con qué objeto? - Por venganza.

Tú no crees eso.

¿Qué importa? Eso es lo que dicen.

También dicen que no fue Quirón quien asesinó al rey de Iolco.

¡Eso no es cierto!

Y si no lo es, ¿por qué gritas?

Sí, en Iolco se habla de mi padre.

Se murmura que asesinó a su hermano para ocupar el trono.

Pero, ¿no es absurdo ese rumor?

Reinar sin el vellocino de oro es casi imposible.

¡Por eso inventan mentiras! Pero mi padre está por encima de toda sospecha-

Es natural que tú lo creas.

He sido una tonta.

Olvidé que eres el mejor amigo de Quirón.

Tú también viniste a perjudicarnos. A hacerme sufrir.

Vamos, te acompañaré.

Espera.

Lamento no servir como carpintero, pero te llevaré hasta Iolco en mi caballo.

Te lo ruego. Se está haciendo de noche.

Hay odio en tus ojos.

Creciste en un hogar infeliz entre malos recuerdos, sin un amigo.

Pero yo te cuidaré. Te protegeré. Te lo juro.

Como el gusano se come el fruto maduro, como la luz disuelve las tinieblas...

como el agua extingue el fuego, alguien se acerca y se dispone a destruirte.

Y lleva una sola sandalia.

Los sueños son siempre los mismos: Un hombre con una sola sandalia.

- Líbrate de él. - ¿Pero por qué me odia tanto?

Aún no es consciente de ese odio.

Padre, nunca he creído en los oráculos. Y, además, esta pitonisa no sabe...

¡El destino conoce tu nombre! La muerte duerme en tu lecho.

¿Qué quieres decir, bruja?

No puedo hablar más. Esto es cuanto los dioses me confían.

¡No! Hay que respetar la profecía, a los dioses y a quien habla por ellos.

Ordenaré que a quien venga a Iolco con una sola sandalia se lo mate enseguida.

¡Tú! ¿Quién eres?

Hércules a quien has llamado a Iolco.

Acércate, pitonisa.

Necesito ver tus pies.

- Bienvenido a Iolco. - Dicen que eres un semidiós.

- ¿Sabes también hacerte invisible? - Silencio, Ifito. Me salvó la vida.

Muy bien. Tuvo un buen comienzo.

Escuchen lo que le diré a Hércules, porque les concierne a todos.

Con su ayuda reforzaré el trono de Iolco. Con su guía...

haré de ti un hombre capaz de reinar. Luego... luego lo dejaré todo:

- Poder, honor y gloria. - ¡Padre!

Espero ese día con gran ansiedad.

El trono de mi reino me parece, a veces, un escarnio humilde e inútil.

- Padre, has bebido demasiado. - Y con razón, pero no callaré más.

Hércules tiene la mente abierta y el brazo pronto.

Y necesitamos su ayuda porque estoy cansado.

Demuestra tu sinceridad y haré de ti mi consejero.

Adiós. Hasta mañana, amigo mío.

Un momento. ¿Quién me asegura que en verdad eres Hércules de Tebas?

Yo, padre. Ha domado mis caballos.

Estaban desbocados, él me salvó la vida.

Cierto. Por cierto que te creo. Pero no me fío de los ojos de una mujer.

¿Qué quieres decir?

Nada. Eres demasiado joven para entender.

- Bien... - Espera, padre.

Adelante, muéstranos cuán fuerte eres.

Está bien, Hércules. Retírate. Iole te mostrará tu dormitorio.

Hasta mañana, Pelias.

Fuiste demasiado generoso. Te dejaste hechizar, igual que tu hija.

¡Y tú lo odias porque eres débil e impulsivo!

Hércules es tu garantía.

Sus fuertes brazos harán temer a Argos, Laertes, Tifi, los gemelos...

y a cuantos quieren el trono de Iolco.

Un trono que es tuyo, hijo... sólo tuyo.

Dormirás aquí. El sol sale por el otro lado. Podrás descansar por la mañana.

Gracias, Iole. Hasta mañana.

Es extraña mi familia, ¿no crees?

- No puedo juzgarla todavía. - ¿No sabes sonreír?

- Soy prudente. - Tienes razón.

Si quieres, te libro de tu promesa.

Nunca.

Si ignoré la insolencia de tu hermano...

si me quedo en Iolco, es sólo por ti.

¿Ya te olvidaste de Quirón? Mira.

Esa era su habitación. En aquella mataron al rey.

Y allí dormía Jasón.

Sólo Quirón pudo matar a mi tío. Él y nadie más.

Estoy seguro de que lo dices de buena fe, aunque te equivoques.

¿Qué quieres, Euristeo?

Nada. Pero has cometido un grave error.

No. Hércules hará de mi hijo el hombre que yo no fui.

Hércules era el discípulo favorito de Quirón. Eran muy amigos.

Han pasado muchos años.

Hércules es justo.

Y el justo busca siempre la verdad. Aunque luego de muchos años.

No descansará hasta limpiar el nombre de Quirón.

Podría encontrar otra cosa en su lugar.

El amor, tal vez.

¿Iole?

Si sucede, no haré nada por impedirlo.

Tu hija se arrepentirá.

Como tú.

Claro. Claro.

- ¡Vete! - Sí, me voy.

Vuelvo a la sombra. Es mi recompensa por mi lealtad de todos estos años.

- ¿Y el oro? - ¿El oro? El oro brilla al sol.

Pero en la sombra es opaco, rojo, como la sangre derramada.

¡Vete!

Sí, pero volveré. Y serás tú quien me llame.

Abandonarás los juegos. Tu corazón no resiste el esfuerzo.

Lo sé. Sólo correré esta maratón.

- Llévenselo. - Me entrené durante meses.

Basta.

El fanatismo crece entre la juventud de Iolco y con ella el mito de la fuerza.

Descuidan los estudios por la gloria del atleta, ¿no es así, Orfeo?

Sí, Laertes. Por desgracia, la poesía languidece.

Pronto mi lira sólo cantará sobre acciones heroicas y batallas.

- Mira, Tifi. Llega Argos. - Parece furioso.

¿Van a los juegos? ¿También cegados por la nueva estrella?

En Iolco sólo se habla de Hércules.

Conquistó el corazón de los hijos. A una señal suya se enfrentarían...

- hasta con nosotros. - No temas. Su mirada...

es pura como el sol. Su fuerza es un desafío a las tinieblas.

Mírenlo, entre Castor y Polux.

La perfidia no puede hallar albergue en su pecho.

¡Miren!

Buen salto. Muy bien hecho.

Pero, cuidado, hay que ir despacio para llegar a ser campeón.

Quería que te fijaras en mí. Quiero ser como tú, Hércules.

Seguro que lo lograrás si tienes fuerza de voluntad.

Mi padre dice que sólo eres fuerte...

pero sé que pones la fuerza al servicio de la inteligencia.

Y así es. Bien.

Si te quedas a mi lado, te enseñaré a pelear, y no sólo con los brazos.

Y algún día, amigos y enemigos te llamarán el Astuto.

¡Llegué yo!

- No podía ser más que él. - Perdónanos, nos tenemos que ir.

- Adiós, Hércules. - Hasta mañana.

- Trae un arco. - El sol está alto.

Duermes demasiado.

La diversión con mis esclavas es un placer al que no puedo renunciar...

sólo porque me espera el gran Hércules.

Toma.

¡No! Tira desde ahí.

Nunca fui honrado con un público tan distinguido.

¡Es una distancia absurda! ¡Fue adrede para humillarme ante ellos!

¿Tú crees? Es la distancia mínima para utilizar el arco.

Si el enemigo está cerca, usas la espada o la lanza.

Y no es cuestión de fuerza.

Con un poco de cerebro hasta un niño como éste puede hacer blanco...

desde el fondo del campo.

Bien. Demuéstralo. Demuestra que no tienes músculos en la cabeza.

Síganme.

- ¿Qué intenta hacer? - Silencio.

Apunta con calma. Y, sobre todo, concéntrate.

Tienes que calcular la intensidad del viento.

Mira la copa de aquellos árboles.

Ellos te sugerirán el ángulo adecuado para inclinar el arco.

La flecha debe ir paralela al brazo izquierdo. Bien recta. Así.

Bien.

Eso es.

Ténsalo 5 cm más.

- No puedo. - Tienes que hacerlo. Vamos.

Ténsalo más.

¡Tira!

- Sorprendente. - ¡Perfecto!

Muy bien. ¿Cómo te llamas?

Ulises, hijo de Laertes.

Recuerda lo que te digo: Tu destino lo decidirá una flecha.

Nadie en toda la Tesalia me venció lanzando el disco. ¿Aceptas mi desafío?

Acepto.

Ifito eligió bien.

La corpulencia de Hércules le jugará en contra en esta prueba.

Veremos.

Tiro de 41,7 cm.

Es una distancia extraordinaria.

A Hércules le costará superar ese récord.

Esperemos.

Adelante, Hércules. Muéstranos tu estilo.

¿Cómo se lanza en Tebas? ¿Con las dos manos?

Es verdaderamente el hijo de Júpiter.

¡Salgan del camino!

¡Vámonos, padre!

No encontrarás amigos en Iolco. Regresa a Tebas.

- Prometí quedarme y ayudarte. - Es muy peligroso para ti.

Ifito se vengará porque lo pusiste en ridículo.

Sabes que no podría dejarte.

Y yo no podría vivir sin ti.

Temía tanto que me dejaras.

Me veía en ese triste palacio, sola otra vez, sin un amigo.

¡Ha vuelto! Puntual como el verano.

Cruel como las golondrinas con el trigo tierno.

Prefiere a los jóvenes, niños y mujeres.

Permanezcan en sus casas o serán los próximos.

¡Hay que matar al león! ¿Quién irá tras él?

- ¿Qué sucedió? - Regresó el león.

- ¿Dónde estaban ellos? - En el valle de Dedoro, cerca.

¡No vayas, Hércules!

¡Hércules!

¡Hércules, no!

¡Por favor, no vayas! ¡Te matará también!

- Regresa a Iolco. - No me perdería esto por nada.

- ¡Vete! - Quiero verte matando a un león...

- no con un disco. - ¡Hablas y no haces!

- Ya veremos. - Vete. Soy responsable por tu vida.

Y por desprestigiarme ante el pueblo.

Y te juro que si te salvas del león, no te salvarás de mi espada.

Gran Júpiter, ¿era éste mi destino?

Tu carro vacío llegó a Iolco como un lúgubre anuncio.

Sí, pero la víctima no soy yo.

Aún estás a tiempo de serlo.

Te lo advertí, Pelias. Con Hércules entraba la ruina en estos muros.

Mi hijo ha muerto. ¡Ifitos!

Es inútil llorar. Tienes que vengarte.

¿Vengarme de Hércules? ¿Cómo puedo hacerlo sufrir como yo sufro?

Pídele que se redima. Pídele...

Y verás a Hércules desprovisto de su fuerza.

Rey Pelias, ha llegado Hércules.

Nadie te pidió que enfrentases al león.

Si no lo hubieras hecho...

mi hijo viviría.

Ahora el león ha muerto y los padres, y maridos que lloran a sus muertos...

sienten cómo se aplaca su rencor y dolor.

Pero, ¿quién aplacará el mío?

Tú, por cubrirte de gloria, has traído la desventura a mi casa.

Irás al encuentro del toro de Creta. Te enfrentarás.

Fiera contra fiera. Esa es la redención que te exijo.

¡Que nunca haya paz para ti!

Que las maldiciones de los dioses te persigan...

y el odio de los hombres, hasta que hayas pagado por la sangre de Ifito.

No he querido desmentir a tu padre porque sé que sufre.

Pero esta orden es injusta como injustas son sus acusaciones.

¡Claro! Hércules sólo debe obedecer a los dioses.

¡No entiende del sufrimiento de los hombres!

- Escucha, Iole... - ¡Vete!

¿Por qué ha muerto Ifito? ¡Contesta, pitonisa! No entiendo.

Un hombre a quien podría despedazar me da órdenes.

- Y una mujer me humilla. - No fue culpa tuya, Hércules.

Ifito ha muerto porque se debe cumplir el destino de Iolco.

Busca al toro de Creta. Lucha con él.

En esta lucha contra el toro, se decidirá tu suerte.

Estoy cansado de tener que hacer todas las tareas de los dioses.

No soy un títere, ni para el gran Júpiter.

¿Y qué quieres hacer? ¿Rebelarte contra los dioses?

Escúchame. Los acontecimientos de los últimos días...

Iole, el catigo de Pelias ha creado en mí sentimientos conflictivos.

Pero quedó algo en mí que me impide sentir amor u odio.

Es tu inmortalidad, Hércules.

¡Si eso me obliga a ser desgraciado, no la quiero!

Cuidado, Hércules. Ahora es fácil renunciar a ella.

Pero piensa en la vejez y la muerte.

Serías como los demás. Indefenso, presa del miedo y del dolor.

Pero quiero amar como todos los hombres.

Luchar como ellos.

Quiero tener una familia.

Y ver crecer a mis hijos.

Basta, Hércules. Que sea como quieres.

Desde hoy tendrás que enfrentar las pruebas reservadas por tu destino...

sólo con tu fuerza mortal.

Podrás vencer tus batallas o caer vencido.

Matar o morir.

¡Acepto! Será un desafío luchar como los hombres.

¡Sigue tu suerte entonces! Pero no pidas misericordia.

Los dioses no aman la tozudez de los hombres.

¡Gracias, Júpiter, por haberme escuchado!

Ahora tengo batallas que ganar.

¡Conquistar por mí mismo a la mujer que amo!

¡Y cumplir mi destino!

¡Y cumplir mi destino!

Matar o morir.

- Quirón. - ¿Quién eres?

- ¿Cómo lo conoces? - Hércules.

El toro me atacó. Me estoy muriendo.

Pero los dioses han sido generosos. Estás aquí.

Tranquilo. No hables.

No. Déjame. Siento que la muerte se aproxima.

Escúchame, Jasón. Él es el hijo de Esón, el heredero de Iolco.

Quirón me salvó la vida cuando asesinaron al rey. Me trajo aquí...

cuando era un niño. Me enseñó el arte de la guerra como un padre.

Debe recuperar lo que es suyo por derecho. Ocupar el trono de Iolco.

El momento ha llegado.

Y ahora serás tú quien le enseñe en mi lugar el camino de la justicia.

Regresarás a Iolco con Jasón y el vellocino de oro.

Hércules, discípulo mío de tiempos más felices...

el vellocino de oro no está aquí.

La embarcación con la cual el pequeño Jasón y yo logramos huir...

de Iolco esa noche...

fue empujada por un viento impetuoso contra la costa de la Cólquida.

Los habitantes quisieron matarnos.

Para impedir que capturaran el vellocino de oro...

Quirón lo escondió entre las ramas de una inmensa encina.

Luego, no sé cómo, logramos huir y continuar viaje.

¡Sabes quién mató a Esón, estuviste allí!

No puedo decírtelo. Jasón debe recobrar su reino sin violencia.

Eso le enseñé. Y eso me prometió.

¿Quién lo mató? ¡Dímelo!

Hallarán la respuesta con el vellocino de oro.

Mira allá. Iolco está detrás de esas colinas.

Faltará medio día de viaje.

Vamos.

No, Jasón.

No te atormentes. Nunca sabremos quién mató a tu padre ahora que Quirón murió.

Las veces que intenté que me dijera la verdad.

Pero no hablaba de eso. Leía mis pensamientos.

Sentía mi deseo de venganza.

Y yo puedo leer en tus ojos.

Tu deseo de matar es mayor que los consejos de Quirón.

Es cierto. El deseo de vengarme domina mi mente.

Pero el asesino no tiene un rostro ni un nombre.

Un momento.

Esperen. Regresen.

- ¿Qué quieres? - Cruzar el río...

sin que las niñas se mojen.

Está bien.

Arriba.

Y ahora tú.

¡Arriba!

Lo siento. Fue culpa mía.

No importa. En Iolco compraré un par mejor.

Y no tengo tiempo de perseguirla.

Adiós.

- Adiós, señor. Y gracias. - Adiós.

Vamos.

Ordenaré que a quien llegue a Iolco con una sola sandalia se le mate enseguida.

¡Iole! ¡Iole! ¡Ha vuelto!

- ¿Hércules? - Sí, pero no solo.

Trajo a un joven que dice ser tu primo Jasón.

Dense prisa.

Quirón me salvó y me escondió en una cueva...

a esperar que los dioses y el tiempo me ayudaran a regresar aquí...

sin temer la cólera de los asesinos de mi padre.

Estoy dispuesto a creerte, joven. Mas espero que entiendas mi postura.

Necesito pruebas. Es posible que digas la verdad...

pero no puedo ceder mi reino y el gobierno de esta ciudad...

al primero que llega asegurando ser mi sobrino.

Dices que Quirón ha muerto...

y que el vellocino de oro se encuentra en la Cólquida...

una tierra muy lejana, un viaje largo e imposible.

Podrías haber venido sólo para engañarme.

Yo he oído todo cuanto dijo Quirón.

Nada de cuanto digas hará cambiar mi pensamiento.

¡Ya trajiste bastante pesar a mi casa! ¿Quieres también arrebatarme el trono?

¡Yo no, pero otro podría!

¿Qué dicen?

Rey Pelias, creo que discutir es perder el tiempo.

Si este joven dice la verdad, lo confirmarán los dioses.

La Cólquida está lejos, pero vale la pena intentar el viaje...

para resolver el misterio de la muerte de Esón.

La Cólquida es una tierra fabulosa y llena de misterio.

Y los mares que la circundan son muy peligrosos. Quién sabe...

quizá sea ésta la empresa a la cual la nave de Argos estaba destinada.

Esto les dará tema para escribir a los poetas en los próximos años.

Hallar el vellocino de oro o desaparecer en el silencio de la muerte.

Así el pueblo sabrá si es justo y legítimo el trono de Iolco.

Deberíamos ir para volver con la verdad.

Tiene razón. Estoy listo para partir.

- Y yo. - También yo.

- Y yo. - Y nosotros.

Como gusten. Hágase la voluntad de los dioses.

Pero no esperaré toda la vida.

No permaneceré en la duda los pocos años que me quedan.

Tienen tres meses de tiempo. Ni un día más.

Adiós.

- Tendrás nuestro apoyo. - Así es.

- No fracasaremos. - Tu mirada es sincera.

Seguro. Mereces que se intente.

- ¿Conoces a Ulises? - No.

Soy yo. Te seré de gran ayuda, amigo.

Iole.

¿Qué quieres decirme?

No quiero ser hostil con tu familia.

¿De veras? ¿Qué otra cosa debo creer?

Sólo busco la verdad.

Desde el principio sabias qué verdad querías descubrir.

Créeme, Iole. Te digo esto porque te amo.

¿Qué esperas? ¿No oíste las palabras de Orfeo?

Ahora tienes una nueva empresa, más gloria para ti.

Ve con quien se hace llamar Jasón. Gana victorias para ti y más penas para mí.

¿Recuerdas lo que me dijiste el primer día?

Que no eras feliz porque un misterio sombrío rodeaba el trono de tu padre.

- Nuestro destino es desvelarlo. - No, Hércules. Tu destino no es el mío.

Triunfarán, estoy seguro. Y regresarán con el vellocino de oro.

Me acusarán. Me matarán.

Y matarán a Iole, que no tiene más culpa que ser mi hija.

Cuando vi a ese hombre sin una sandalia...

Basta, Pelias. La desesperación no te ayudará.

¿Qué me aconsejas? ¡Habla!

Si hay una salida, quiero escucharla.

Tu hijo está muerto y si Jasón no regresa...

tu hija lola no podrá reinar sola.

¡No! ¡Nunca te daré a Iole! ¡Nunca!

Los Argonautas zarparán mañana. Nadie me conoce.

Piénsalo esta noche. Adiós.

- ¿Por qué no cantas? - No estoy de humor.

¿Piensas en Iole?

Las mujeres son un tormento.

Primero sufrimos por hacerlas nuestras esposas. Más tarde por celos.

Y cuando se acaban los celos, sufrimos porque terminan dándonos órdenes.

Se levantó el viento. ¡Icen las velas!

¡Arriba!

¡Arriba!

¡Arriba!

¡Arriba!

Primer día de navegación. Éste será el calendario.

Un corte por cada día.

¿Qué te ocurre? Ya no sonríes, Iole.

- Eso nos entristece. - No te aflijas, él regresará.

¡Déjenme en paz!

¿Esperas con ansiedad que se decida mi suerte?

Sí, padre. Seas rey o no, mientras tú seas feliz.

Aunque ese joven sea Jasón.

Una vez me dijiste que el trono es una carga.

- Sólo necesitamos paz y felicidad. - Demasiado tarde para la felicidad.

- Al menos para mí. - Con la ayuda de los dioses...

- y Hércules... - ¡No lo nombres!

No... No, Iole...

Quisiera borrarlo de tu mente.

- Desde ahora beberemos agua. - El vino está cerca.

Podemos nadar, la tierra está cerca.

No tocaremos tierra hasta llegar al sitio de destino.

¡Hércules!

¡Déjame el timón!

¡Recojan los remos! ¡El mar los despedazará!

¡Arríen las velas!

¡Agarren los barriles!

¡Arrojen la carga al mar!

¡Se hundirá la nave! Castor, toma mi puesto.

¡Vamos a la bodega!

¡Hay que apuntalar!

¡No tolero imposiciones! ¡Manejo el barco a mi modo!

¡No renunciaré al vellocino! Si alguno perdió la fe en la causa...

o en mi nave, puede desembarcar en la próxima isla.

Debes regresarnos a Iolco, no dejarnos en una isla.

¡No sé quién siembra la discordia...

pero no puedo creer que una tempestad los haya desmoralizado así!

Los víveres terminaron en el mar, el agua escasea.

- Los dioses están contra este viaje. - ¡Tiene razón!

- Habla. ¿Qué decides? - ¡El no decide sino nosotros!

¿Uds. qué? Pero si el miedo ni les permite razonar.

¡Quien se rebele ahora es un traidor!

Basta, Argos. No nos gustan tus palabras.

- ¿Qué ocurre? - ¡Suéltame!

- ¡Cuando yo quiera! - ¡No me toques!

¿Quieres terminar como los víveres en el fondo del mar?

¡No, Hércules, no!

¡Oíganme bien todos los que planearon este motín!

Hubo una tempestad. ¡Bien! ¿Desde cuándo se navega sólo con buen tiempo?

¿Qué pasa, perdieron el coraje? ¡Vamos, respondan!

¿Quién inició esto?

Vuelvan a los remos. Desembarcaremos pronto.

¡Levántense!

- Espera, ¿de dónde eres? - De la campiña de Iolco.

- ¿Primera vez que navegas? - Y última, espero.

- ¿Por qué? - No soy un musculoso.

- Veo que te gustan las bromas. - Es mi medio para decir la verdad.

Muy bien, si tanto quieres presumir, te daré una oportunidad mucho mejor.

En breve anclaremos para reponer víveres

- Tú quedarás a cargo de la tripulación. - ¿Yo?

¡Sí, tú! Fuiste quien inició la revuelta en el barco.

Pagarás con tu vida si falta alguno cuando regresemos.

- ¿No sería más útil en tierra? - ¡No!

Te quedarás aquí y al primer inconveniente, te colgaré del mástil.

De acuerdo.

"De acuerdo, señor", ¿eh?

¡Vamos! ¡A trabajar!

- ¡Hasta pronto! - Buena suerte.

- ¡Nos vemos! - ¡Buena cacería!

Será mejor... probar por este lado.

¿Quiénes son? ¿Por qué vinieron?

Creímos que la isla estaba desierta. Necesitamos agua y víveres.

Pero venimos en son de paz.

Arrojen las armas y síganme. Nuestra reina decidirá.

¿Por qué no? Podría ser interesante.

Síganme.

¿Cómo te llamas?

¿Quién es su reina?

¿Quién diría que a los 60 años me embarcaría en una aventura así?

Gracias, dioses.

Creía que era sólo una leyenda, una fantasía de los poetas.

- Si es un sueño, no me despierten. - ¿Qué? ¿Quiénes son?

Las amazonas, amigo mío. Un pueblo de mujeres, sólo hembras...

como en un enjambre. - Ojalá no termines como los zánganos.

- ¿Zánganos? - Las abejas macho.

Las hembras los matan luego de copular.

¡Miren!

¡Sólo hombres!

"Flepas el Fenicio, desembarcó, amó, y murió aquí."

¿Está claro?

No cambia en nada. La vida de los hombres pende de un hilo.

No nos preocupemos. Disfrutemos la vida. Mañana será otro día.

Te saludo, reina. Perdón por bajar en esta isla...

pero con tu ayuda partiremos en unos días.

No queremos turbar ni su paz ni su soledad.

No te burles de nuestra soledad. Sí, somos una tribu de mujeres.

Hace mucho tiempo que no hay un hombre en esta isla.

Escuchen.

La erupción de ese volcán destruyó a todos los hombres hace unos años.

Y ahora estamos solas.

Piensa en lo que eso significa para nosotras, extranjero con tus ironías.

Perdona mi indiscreción.

Mi nombre es Jasón.

Éstos son Argos, Pólux, Laertes, Cástor y Esculapio.

Íbamos hacia la Cólquida. Una tormenta nos obligó a arrojar los víveres y...

Pareces sincero. Te creo.

Trátenlos como huéspedes.

Pongan a su disposición nuestros víveres y vino.

¿Ven? Las cosas están mejorando. ¿Qué les dije?

Aún no sé tu nombre.

Me llamo Antea. ¿Algo más?

Quisiera saber si fuiste totalmente sincera con nosotros.

La historia del volcán que mató a todos los hombres...

me la contó Leartes camino aquí.

Pero, según él, ocurrió hace más de cien años.

Y no te explicas cómo una raza sólo de mujeres pudo sobrevivir sola.

Sígueme.

Te enseñaré a nadar.

¿O ya sabes?

Cuando finalmente arrié las velas, era demasiado tarde.

Lo que cuenta es cómo te sientes, no los años que tienes.

Bebe, te hará bien.

Unos años luego de la erupción, arribaron unos navegantes.

Los recibimos con los brazos abiertos, pero...

nos pagaron con violencia y saqueos. Aprendimos una lección.

Las sobrevivientes aprendieron a usar las armas. Desde ese día...

cada vez que llegaban hombres, nos asegurábamos de que no nos dañaran...

Amándolos y luego asesinándolos.

Nos dio una sensación de superioridad.

A medida que las ancianas morían, las jóvenes crecían. Se las entrenaba...

para ocupar su lugar, orgullosas de ser las únicas habitantes.

¿Y nunca se enamoraron?

Aquí amor es una palabra desconocida.

- Pero... - Hace siglos que no la usamos.

¿Por qué te ríes?

Eres una mujer inteligente. Bella y joven. No puedes creer lo que dices.

Los hombres son todos iguales. No aman a las mujeres, las desean.

Los dioses que urden su destino nos pusieron aquí para castigarlos.

No todos los hombres son iguales. Algunos tienen sentimientos genuinos.

Desean a una mujer que aman. Yo no podría poseer a una mujer que no amo.

¿Te arriesgarías a morir por poseer a una mujer de aquí?

Con él aquí, no corro peligro.

¡Allí están!

¡Espérennos! ¡No huyan!

¡Están en el agua!

- ¡Eres tan goloso! - ¡Una más!

¿Por qué nos encontramos? ¿Qué extraño viento nos trajo aquí?

- Pensé tener otro destino. - ¿Uno más humilde? No.

Tú eres valiente, ambicioso. Por eso me gustas.

¿No podemos huir de aquí? Irnos los dos juntos.

Para vivir como los demás, amar y sufrir.

Así tu amor por mí duraría muy poco. No.

- No te decepciones. Somos diferentes. - Entonces no me iré. Nunca te dejaré.

Ahora mi corazón está ligado a esta isla...

al aroma de tu cabello, a tu sonrisa, a tu voz. No podría vivir sin ti.

Daría diez años de vida por resolver este misterio.

No es un misterio. Ellos disfrutando y nosotros aquí pudriéndonos.

Hércules, Ulises y Orfeo están siempre en la nave. Los demás no.

Hace más de diez días que no aparecen. Y víveres tenemos de sobra.

... también debes considerar mis sentimientos.

Eso no interesa ahora. El plazo se ha cumplido hace tiempo.

Te lo advertí, Antea.

La ley es la ley, tanto para ti como para las otras.

Esos hombres deben morir. Jasón será el primero.

No verán salir el sol. Dense prisa, antes del amanecer.

- ¡Esculapio, despierta! - ¿Qué quieres?

¿Qué le das a alguien para dormirlo?

No es pregunta para alguien que duerme.

- Despierta, es importante. - Nada es más importante que dormir.

Nada. ¿Qué se toma para dormir a alguien?

El jugo de la amapola con el vino.

Quien lo bebe se vuelve feliz y lento en el sueño.

- ¿Amapolas como éstas? - Sí.

Gracias.

Aquí llega Ulises.

Listo. Espero que beban lo suficiente.

Vamos.

¿Adónde van? Algo raro sucede.

Ellos puedes ir a ver a las amazonas.

Y nosotros aquí, como esclavos.

- ¡Ya me harté de esto y... - ¡Cállense! Trato de dormir.

Este néctar me embriaga. Pareces dos mujeres en vez de una.

Cuéntame sobre tu gemela. ¿Por qué ella está triste mientras tú sonríes?

Vamos, dime. Te ves triste hoy, como la mayoría de ellas.

Esto es una fiesta, no un velorio.

Muchas veces me pregunto dónde estaré dentro de dos años.

No me puedo mantener despierto.

No te vayas. Sigue bailando.

¿Por qué sigues rehuyéndome? ¿Qué ha sucedido?

Nada. Es sólo que mi corazón no puede creer su destino.

Antes de que llegaras, mi vida era simple.

Hasta ese día, ninguno de los hombres que trajeron a la isla...

fue digno de amar a una reina.

Luego...

llegaste tú y contigo...

descubrí que no era una reina sino una mujer.

- ¿Cómo pusiste las semillas en el vino? - Imité el aullido del lobo enamorado.

Ellas salieron con sus armas. Entré y adulteré el vino.

- ¿El aullido? - Sí, así.

Yo conozco a alguien que sabe imitar el aullido del lobo enamorado.

¡Ah, sí, Ulises! Tal vez sea Ulises imitando al lobo.

¿O será un lobo que imita a Ulises?

Tú llevarás a Esculapio, es más liviano. Y mantén los ojos abiertos.

El perfume de los naranjos llega a marearte.

- Yo prefiero que sea el vino. - Yo también. Hace tanto que no bebo.

- Y no hablarás sólo de vino. - No, aún somos jóvenes.

¿Adónde van?

¿Quién los autorizó a desembarcar? ¡Hablen!

- ¡Huyamos! - Ni lo intenten.

Después de todo, mejor que hayan venido.

Tengo trabajo para Uds. Vengan conmigo.

¡Obedezcan si aprecian sus vidas!

¡Arriba! ¿Listos para trabajar? ¡Entonces vayan!

¡Arriba! ¡Vamos, todos a cubierta!

¡Pronto!

A cubierta.

Vamos.

El aire del mar los despertará.

Antea.

¡Vámonos!

- Que sepa que queremos regresar. - Sí, así es.

Vamos a decírselo.

Hércules, da la vuelta. Queremos volver a la isla.

Orfeo, Ulises, tomen el timón.

- Yo decidí seguir. - ¿Cómo?

Y tú, ¿qué esperas?

Yo... tengo que visitar a un enfermo. Sí, voy a visitarlo.

¡Vamos, remen!

¡Orfeo, canta!

¡Todos Uds., hagan el coro!

¡Icen las velas!

Al fin la Cólquida.

El vellocino está cerca.

¿Por qué bajan de noche? Mejor era esperar el alba.

¿Quién podría contener a Jasón? Los otros lo siguieron.

Parece una pesadilla.

¡Jasón! ¿Dónde está Jasón?

¡Jasón!

Mi hermano me mató.

La mano de Pelias me asesinó mientras dormía.

Que los dioses lo perdonen por lo que hizo...

pero que sea perseguido y maldecido si le hace daño a mi hijo.

Les confío a Jasón, oh, dioses.

Libérenlo del deseo de venganza.

No quiero más derramamiento de sangre por mi muerte.

Has tenido un gesto de rey. Te reconocemos como soberano de Iolco.

¿Qué hay escrito en el vellocino? ¿Sobre quién caerá la venganza?

Sobre nadie. Fue el último pedido del rey.

Es su voluntad. Siente pena por los que se vengan.

Regresarán esto a Iolco y lo colocarán detrás del trono.

Rey, perdona si quieres, pero guárdate del criminal que has absuelto.

Haré lo que mi padre ordena y que mi conciencia acepta.

Debo hacerlo. Asumo la responsabilidad.

- Lo logramos en tres meses. - ¿Dónde está Hércules?

- Bajemos. - Sí.

- Allí está. - ¡Hércules!

Regresen a sus puestos.

- ¿Dónde está el vellocino? - Robado ante nuestros ojos.

- Nos dejamos burlar como niños. - ¡Nadie bajó a tierra!

Un momento. ¿Dónde está Euristeo?

No está. ¡Tiene que ser él!

El pueblo de Iolco creerá que mentimos.

- Es nuestro fin. - ¡No, aún no!

Iré a tierra.

Encontraré el vellocino de oro. Iolco tendrá su rey legítimo.

¡Lo juro por los dioses!

Esperen la señal que haré con una antorcha.

Así que robaste el vellocino, Euristeo. No mancharé mis manos con tu sangre.

En cuanto a ti, viejo, sólo inspiras pena y desprecio.

¡Miren, la señal!

- ¡Vamos a palacio! - ¡Vamos!

Ahora cuídense de Jasón. ¡Él es el rey, él te juzgará!

- ¡Vamos a luchar! - ¡Jamás lo vencerás!

No creas. El vellocino es nuestro.

¡Basta! ¡Todos sabrán que son ladrones!

- ¿Y esto? - No puede salir. Orden del rey.

¿Orden?

- Dime, ¿dónde está Hércules? - No sabemos nada.

¡Pero es ridículo enfrentarnos así!

No te aflijas. Jasón regresó y decidirán quién será el rey de Iolco.

¡Iole, Hércules!

- ¡Allá! ¡Encerrado! - Vigila al centinela.

Eso lo mantendrá quieto un rato.

¡Hércules! Hércules...

La puerta no se abre desde dentro. Estamos prisioneras con él.

- Los dioses nos abandonaron. - No. ¡Está vivo!

Dices que el viaje fue exitoso. Que hallaste la Cólquida...

y allí, el vellocino de oro. ¿Puedo verlo?

- ¿Dónde está Hércules? - ¿Qué tiene que ver con eso?

Si debo cederte el trono, necesito una prueba. No a Hércules.

- ¡Ordeno saber dónde está! - ¿Empleas ya el tono de un rey?

¡Basta de insolencias y de preguntas!

Tráeme el vellocino y el trono será tuyo. ¡Pero si mentiste...

serás condenado a muerte con todos ellos!

¡Te dije que robaron el vellocino! Pregúntaselo a ellos.

Sí, justo a tus compañeros. Quiero el vellocino de oro. ¡Muéstramelo!

Pero sé que no puedes. Eres un impostor y traidor. ¡Arréstenlos!

¡Prisioneros jamás!

- ¡Cuidado! - ¡Déjame pelear!

¡Eso es!

¡Hércules!

¡Muy bien! ¡Sigue así!

- Padre. - Iole...

perdóname. Los hombres cometen errores. Y yo he cometido el peor de todos.

He hecho tanto daño.

Jasón debe reinar en Iolco. Que tenga piedad de mi memoria.

Cuéntame todo. No sigas mintiendo.

Es inútil. El veneno hace efecto.

¿Veneno? ¡Padre!

No debes arrepentirte de nada, hija.

Huye con Hércules. Es un buen hombre.

Yo debo unirme a Ifito.

Ahora, dioses, llévenme a la tierra de las sombras y que sea perdonado.

¡Atrás!

Se hizo justicia. Y las nubes de Iolco desaparecieron.

De un gran dolor y de la sangre, suelen nacer las fuerzas del bien.

Hércules e Iole se van para hallar una nueva felicidad.

Buscarán un nuevo sitio...

donde la justicia y la paz vuelvan a acompañarlos.

Adiós, Hércules.

Adiós, Iole.

La vida los espera con toda su gloria y toda su sombra.

Pero aún en medio de las pruebas más duras que los dioses puedan prepararles

se tendrán el uno al otro...

hasta el fin de los tiempos.

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