All language subtitles for El señor de los llanos

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Original subtitles

(NARRA) No sé si aquel invierno hubo nevadas,

pero me gusta imaginarlo así.

(TOCA LA CAMPANILLA)

(NARRA) Al verle todo vestido de blanca,

lo confundí con un predicador.

Luego, terminé por entenderle.

Buscaba lo mismo que todos.

No paraba de nevar. Hacía frío.

Y me dijo que era muy hermosa.

Nadie diría que eres de por aquí.

La verdad es que no recuerdo.

Ha pasado mucho tiempo. ¿Cuánto?

Casi 20 años.

Pues vamos a celebrar esos 20 años.

(NARRA) Más tarde supe que Charo y Fabián

se habían conocido cuando él era muy joven y ella casi una niña.

¿Qué te apetece beber? Aguardiente.

El aguardiente se terminó. Una copa de anís.

Llama a las chicas. Acercaos.

El caballero invita.

Me llamo Fabián.

Vamos a brindar por los viejos tiempos.

El señor se fue hace muchos años,

cuando todavía vosotras no habíais nacido.

Pues se iría de pantalón corto.

-De lo hermoso, hermoso es el otoño.

Por los viejos tiempos. Y por los nuevos.

Verá cómo, esta vez, no le dan ganas de marcharse.

¿Quién es ella? Tiene buen ojo, ¿no?

Pero cuidado, está sin domesticar.

Apenas hace un mes que la he mudado del monte.

¿Sabes una cosa? Vale más que todas estas.

Es mi mejor inversión para el futuro.

Mi seguro de vejez.

Puedes llamarle Ana.

¿Quieres?

Sí.

(RÍE)

¿Por casualidad, otra?

Sí.

(Suena un piano)

(RÍE)

Deja algo para luego, no te vaya a hacer falta

cuando más lo necesites.

Al menos, donde haya estado, te enseñaron a bailar.

¿Y Ana? Arriba. Ve y búscala.

No tienes nada que buscar. Aquí está todo lo que necesitas.

Esto es lo que se llama trabajar

por cuenta ajena. Como en el capitalismo.

No empieces con tus proclamas incendiarias.

Ha debido ser muy guapo de joven.

Sí. Sí que lo era.

Antes dijiste que no le conocías.

¿Me encuentras viejo?

Tienes la edad que tienes.

Toma lo que quieras.

Tomaré lo justo.

La tarifa.

¿Quieres que me desnude?

¿O prefieres hacerlo tú?

(NARRA) Tomó la costumbre de venir a la misma hora,

puntualmente, poco antes de la caída del sol.

Pasaba conmigo la noche y al día siguiente, se marchaba.

Lo poco que sé de él, me lo contó entonces.

Se había enriquecido en América.

Y su regreso tenía que ver con la enfermedad de su madre.

Yo tampoco le pregunté más y ahora lo lamento,

porque cuando trato de imaginármelo joven,

caminando por las calles de esta ciudad,

me resulta imposible.

(Suena un piano)

Aquel día, cuando me di cuenta del brazalete negro,

comprendí el motivo de su anormal retraso.

Pero eso fue más tarde.

Está arriba. Pero no está sola.

¡Fabián!

Amigo, busque acomodo en otra parte.

¿Pero qué es esto?

¡Vamos, he dicho que fuera! ¿No me oye?

¡Fuera de aquí! ¡Vamos!

¡Esto no se queda así! ¡No, señor!

¡Iré a la policía! ¡Presentaré una denuncia!

Cálmese, por favor. ¡Ya van a ver!

Le estaba esperando, don Fabián.

No vuelvas a llamarme de usted.

¿Pero qué haces? ¡Vamos!

En marcha. ¡Mi zapatilla!

¡Pare! ¡He dicho que arranque!

Si es un rapto, podías haber avisado antes

y hubiese encontrado un vestido más apropiado.

Me marcho en unos días y quiero que vengas conmigo.

¡Maldita sea! ¡Tengo frío!

Te he dicho... ¡Quiero bajarme!

Está bien. Pare.

Habla. Di lo que tengas que decir.

Pero en cuanto termines, me vas a llevar a casa.

Porque si no... Si no... Coño.

Bueno, yo... Sí. Que quieres dejar de pagarme.

Y que me vaya de esta casa donde tengo lo que necesito,

para irme a vivir al campo,

a un país que no sé ni cómo se llama.

¿Quieres seguir siendo una puta?

Es la mejor vida que conozco.

Me gusta pisar sobre alfombras y dormir en buena cama.

Me gusta la gente que está conmigo.

Y me gusta que me paguen.

Siempre soñé con vivir en una casa así.

Y cuando por fin lo consigo, vienes tú a decirme que no,

que mi felicidad está en vivir rodeada de vacas.

Llévala a casa.

(Suena un piano)

¿Qué? ¿Hoy no vino?

No.

Será que enflaqueció su cartera más de la cuenta.

Claro. Todos los días...

Mira.

¿Quién será ese? Tiene aires de criminal.

Es un loco. Seguro que se ha escapado.

¿Pero quién le dejó entrar?

(GIME)

(GRITA)

Seguro que es el loco ese. -¡Fuera de aquí!

¡Socorro! Entró sin avisar.

Quería que siguiéramos haciéndolo delante de él.

-¡Es un cerdo! -Cumplía con mi trabajo.

-Bonito trabajo. ¡Un mirón es lo que eres!

-¡Soy arquitecto! Pregúntenle a don Fabián.

No es fácil trasladar un ambiente.

Por eso, necesito ver, necesito sentir.

¿Qué tiene que ver don Fabián? La idea es de él.

Él es el artista. Yo soy Apolonio Feratrón,

el arquitecto de su fantasía. -¿Qué fantasía?

-Lo adiviné. Lo vi en sus ojos nada más entrar en la oficina.

"Ese hombre está loco de remate", pensé.

-¡Que se va! -¡Y no me equivoqué!

Ese loco, ese artista, pretende apoderarse

del alma de esta casa. -¿Qué tonterías dice este imbécil?

-Ustedes son putas y no pueden comprender.

¡Puta su madre! No se ofenda, señorita.

Mire. María Magdalena era puta.

Valeria Mesalina, la reina María Antonieta

y hasta Santa Juana de Arco. Todas putas.

-¡Físico de mierda! -Y por eso, necesito fisgar,

investigar, examinar para poder trasladar esta atmósfera.

Yo soy Apolonio Feratrón, arquitecto de atmósferas.

¿Charo le dio permiso? Naturalmente.

Esa noble señora supo distinguir desde el principio

la dignidad de mi trabajo.

Tienen que acostumbrarse a verme.

Como si fuera su médico.

Como si fuera su confesor.

-Si se ha pensado que le meteré

en mi cama para que me confiese, va listo.

Vamos a hacer un contrato en toda regla.

La oferta de Fabián es tan generosa,

que en dos años podré estar de regreso.

A lo mejor, me instalo en París.

Todo lo habéis decidido entre los dos, como si yo no contara.

¿Qué dices, pequeña? Pero si todo es por ti.

Lo tienes loco.

¿Y a dónde vamos?

Aquí. ¿Todo eso azul es el mar?

Sí. El océano.

Está demasiado lejos. Yo no voy.

Claro que irás, nena.

Tú harás lo que yo diga.

Lo que te dice Fabián. ¿Y qué quieres?

Te dará todo lo que te apetezca.

¿Tú crees?

¿Tú crees que él está enamorado de mí?

Enamorado.

Esos son palabras mayores.

Está bien.

Le voy a hacer morirse de las ganas.

(NARRA) Fabián se marchó sin avisar.

Durante varios meses, no supimos nada de él.

Hasta que un buen día, vinieron a llevarse los muebles,

vaciaron la casa y tuvimos que disponernos a viajar.

Vamos, chicas.

(RÍE) ¿Has visto cómo nos miran?

Esto sí que es vida.

-¿La señora Charo Urrutia?

Ah. Usted debe ser Ana. La señorita Ana, quiero decir.

¿Y tú quién eres? Felipe. Me manda don Fabián.

¿Dónde está él? Se quedó en la hacienda.

¡Será desgraciado! No. No le diga eso. Desgraciado.

-Bienvenido. Pase adelante.

Soltera. Labores del hogar.

-Sí. ¿Pasa algo?

Todas vienen conmigo.

¿Y usted quién es? ¿Su madre?

Déjeme sus papeles, por favor.

-Son las que le dije. -¿Las que me dijiste?

Entiendo.

Labores del hogar.

No tendrá queja, doña. Me agrada el oficio.

Mire. Lo que a ellos les gusta, a mí me vuelve loca.

Bueno.

Puedes venir.

¿Y tú cuántos años tienes?

Algunos más de los que quisiera.

Pero gallina vieja, hace buen caldo.

¿O a usted no se lo dicen?

Muchas veces.

¿Cómo te llamas? Esther, para servirla.

Esther.

¿Tú quién eres? Por Dios, señora.

Yo quiero ir con ustedes.

¿Tienes experiencia? Tengo ojos.

Y sé que valgo tanto más que cualquiera de estas.

Afición no te falta.

Y el oficio se aprende pronto. Sube.

Estos son mis hijos. Los dejé con los abuelos.

-Pronto te olvidarán. -¿Cómo puedes decir eso?

-No conozco a ninguna puta que no se sienta culpable

frente a sus hijos. Créeme. Te amargarán la vida.

Es preferible que olviden y que piensen

que su madre era una santa.

-Yo hubiese llegado lejos, si no fuese por culpa de estas.

Una buena bailarina no debe tener las tetas grandes.

-¿Por qué?

-Pesan mucho. No se mantiene bien el equilibrio.

(RÍEN)

En cuanto le diga lo que pienso de él,

agarro mis cosas y me regreso.

Ana, que sin ti, no hay negocio. No venir a recogerme...

Por lo rabiosa, creo que te estás enamorando de él.

¿De ese bruto? ¿Cómo me voy a enamorar yo

de un hombre tan viejo?

A mí todos en el puerto me conocen.

Saben que cuando un tipo me gusta, y me gustan casi todos,

no tiene que pedírmelo dos veces. Pero usted...

-De usted nada, negra. Me hablas de tú.

Hace dos años que se murió mi marido.

Y desde entonces, no se me ha vuelto a acercar

ningún hombre. ¿Cómo crees tú que voy a perder esta oportunidad?

¡Miren! ¡Miren!

Es un milagro.

Parece una buena casa.

¡Adelante! Adelante mis hermosas mesolinas.

Esta no es una vulgar casa del nocinio como la que ustedes

abandonaron. Es un milagro. Todo es igual y todo

es distinto.

Cuando traspasen el umbral de la casa, sed y vida,

alma y cuerpo, se unen tras larga separación.

Ustedes, mis queridas hetairas, son el alma de esta casa

Aunque veo semblantes desconocidos para mí.

Tendré que acomodar sus estancias. Para ello

necesito conocer a fondo sus gustos e inclinaciones.

Vaya, quiere seguir fisgoneando, ¿no?

Tened cuidado con él, le gusta mirar.

¡Qué vulgaridad! -A mí me puedes mirar

todo lo que quieras.

¿Putas y buen gusto? Imposible.

¡Físico! ¡Poeta!

¡La luz! ¿Qué pasa con la luz? Aquí estoy, Jacinta.

Ya le he había visto, doctor. -Mañana cuando se inaugure

esta casa será una llamarada en la noche.

No se preocupen, yo me encargaré de iluminar

este santuario del pecado.

Mientras tanto... -¿Quieren subir?

Sus habitaciones están listas.

Vamos, vamos. Nos os quedéis ahí paradas. Vamos.

¿Vamos a tu cuarto?

Aquí nunca se trabaja de día. Un poquito de paciencia

que inauguramos mañana.

La inauguración es para los clientes.

Yo soy el dueño.

No se confunda, don Fabián. Cuando yo quiera,

si es que quiero.

¡Vamos! ¿Qué hacen ahí paradas? ¡A trabajar!

Señora Charo, señora Charo, ¿me puedo quedar con esta?

Sí, quédatela. Pero esta habitación es mía.

¿Cómo que tuya? ¿Pero por qué?

Charo, ¿verdad que esta habitación es mía?

¿Qué te ha dicho? Discutimos una cláusula

de nuestro contrato sobre derechos y obligaciones.

Parece que entendió mi punto de vista.

Aquí ya no puede mandar.

El peligro del artista es enamorarse de su obra.

Olvídese de ella. No se convierta en su esclavo.

Le admiro, don Fabián, pero no existe

la obra de arte perfecta.

Todas encierran alguna imperfección.

¿Y sabe cuál es el defecto de la suya? Ana es el defecto.

Ella es la imperfección.

Se lo repito: un artista no puede enamorarse de su obra.

Cállate, Apolonio. Cállate.

¡La luz ha llegado! ¡Ha llegado la luz!

Putas, aplaudan a su benefactor.

Ay, esta condenada no termina de venirse.

Ah, ¿no? Déjame probar a mí.

Soy Apolonio y conmigo la luz ha llegado.

¡Restitución!

No se hace así, señorita.

¿No? Pues ven y enséñanos.

(MUGE)

¿Quieres que te ayude?

¿Tú quién eres? Cristóbal. Cristóbal Araujo,

amigo de Fabián y tuyo si no tienes inconveniente.

Viene a dar una vuelta para ver antes de que llegue

la noche.

Venga, sube arriba.

¡Uh! (RÍEN)

¿Qué haces? Sigue. Venga.

¿Qué hacen ustedes ahí sentados?

¿Qué es lo que están viendo ustedes?

¡Vámonos a trabajar! Bájense de ahí.

Se nos alborota la peonada.

para los peones, Eladio. Pero todavía, patrón.

Esta noche me la tienes que reservar.

No quiero separarme de ti.

(RÍE) ¡Cristóbal!

Hasta la noche.

¿No ibas a la hacienda de don Jorge?

Sí, pero he cambiado de opinión.

Quiero advertirte para que no te confundas.

¿Qué quieres decir?

Ja, ja. Lo mío es tuyo. Así ha sido siempre.

No vamos a pelear por una mujer.

Todas las reglas tienen su excepción.

Es linda, pero no te preocupes. La olvidaré antes de llegar

a la hacienda.

(GRITA)

Bravo, Fabián. ¡Bravo! -Muy bien, Fabián. Muy bien.

(TODOS GRITAN)

Adelante.

Se ven bestiales. -Aquí los aplacamos.

Me siento como si fuera la primera vez.

No se queden ahí parados. ¿Será que no les gustamos?

(RÍEN)

A ver cuándo han tenido algo así, eh.

Bienvenido.

Jorge Ahumada, para servirle.

(TODOS HABLAN Y RÍEN)

No, Felipe, no.

¿Y ese? ¿No es uno de tus peones?

Sí, pero ya se soltó el moño. (RÍEN)

Anda, prueba un poco.

(TODOS HABLAN Y RÍEN)

(TODOS HABLAN Y RÍEN)

¡Te mereces un monumento, Fabián!

Contigo ha llegado la cultura a estas tierras.

Y que todas usan pantaletas rosadas...

Qué buena vaina.

Son fuegos artificiales. -Fuegos artificiales.

(TODOS) Oh...

Esto parece lluvia del cielo, negrita.

¿Y usted por qué anda tan solita?

Gracias, ando fuera de circulación.

Mira, mira, mira.

¡Oh!

¡Ana, ábreme!

Se lo dije, don Fabián. Cuando yo quiera.

¡Te he dicho que me abras!

Ya verán cómo puedo con los dos.

Ahora sí que van a saber lo que son fuegos artificiales.

(RÍEN)

¡Eh, Fabián! Tú sí que sabes hacer las cosas en grande.

(RÍEN)

Ana.

Por hoy ya es bastante, don Fabián.

¡Ana!

Ana, voy a tumbar la puerta.

haga lo que quiera, don Fabián. Entonces yo me iré mañana.

(GRITAN Y SILBAN)

¡Vamos, Eladio!

No soy un fantasma.

desde luego no me asusto.

¿Es un cumplido?

Como quieras.

Vine a hablar de negocios.

Lo sé. Están todos en el aparte.

Todos menos yo.

Quieres decir que vienes a hablar de negocios conmigo.

Exacto. Con nadie más.

Y ahora pregúntame de qué se trata.

¿De qué se trata? Quiero que te vengas

a vivir conmigo. Te pagaré el doble que Fabián.

Tendrás que hablar con él. ¿Y eso?

Él me compró. Ja, ja, ja.

Pagó por mí. A la gente no se le compra.

Se le contrata.

Soy igual que Fabián pero más joven.

Y también voy a pagar. El doble.

¿Y tú que me vas a comprar o a contratar?

¡Puta de mierda!

(RÍE)

Mejor será que Fabián no se entere de esta visita.

Estás jugando con fuego, Ana.

Llegas tarde, eh.

Jorge, la fiesta es suya. Yo me voy.

¿Cómo que te vas? Este aparte lo conduces tú.

Yo lo abrí pero usted lo cierra.

Tengo mucho que hacer.

A todo hombre le llega su hora. -Pues la mía debió sonar

hace ya mucho tiempo. -No quise decir eso, don Jorge.

¿No? Pues no lo digas.

Fabián es amigo tuyo. -Sí, pero no es de aquí.

Esto ya no le interesa. Tiene otras preocupaciones.

Buenas noches, patrón.

¿Era don Fabián?

No preguntes lo que no te importa, mujer.

Te estaba esperando.

Aquellos fueron días felices. O por lo menos

con la apariencia de la felicidad

Fabián era el primero en llegar todas las noches

y el último en marcharse.

(Música)

¿La letra? (TODOS) I.

¿Letra? (TODOS) O.

¿Letra? (TODOS) U.

(NARRA) La vida en la hacienda era monótona,

pero encontramos la forma de hacerla menos aburrida.

Bien...

(NARRA) Lo que al llegar, parecía extraordinario,

llegamos a verlo con los ojos de la costumbre.

(SILBA)

(NARRA) Llegamos a pensar

que la vida allí, era como en otra parte.

Pero solo era la calma que precede a la tormenta.

(Música)

No empieces con lo de que te cuente mi vida y todo eso.

Es que quiero saber algo de ti.

¿Y para qué tienes los ojos, eh?

Ahí tienes todo lo que necesitas saber de mí.

A ti, la que te gusta es esa, pero está con Don Fabián.

No me vuelvas a decir eso

porque te estropearé esa linda boquita.

(HABLAN ENTRE ELLOS)

Bueno...

Vamos a ver... Algo que suene bien.

Ya está, Charo es mi madre,

pero su trabajo le impidió criarme.

Entonces, me mandó al campo a casa de unos parientes

y cuando lo consideró adecuado y yo estaba presentable,

me llamó a su lado. (RÍE) Ja, ja, ja.

Estás inventando.

Eso no puedes saberlo, te lo acabo de decir,

fíate de lo que ves y no de lo que te dicen.

Y menos si quien lo hace, es una mujer.

(RÍE) Ja, ja, ja.

¿Qué pasa ahí?

(RÍE) Ja, ja, ja.

Miren lo que tenemos aquí.

¿Qué quieres? Una mujer.

Vaya para el carajo, ¿no tiene a la tuya, pues?

Te lo dije... Aquí están los reales.

No es asunto de reales, es que esto es un sitio reservado.

Reservado... Para la gente, mi hijo.

Para la gente... No más explicaciones.

Basta, quieto, quieto. Yo no sabía...

Pues, ahora, ya lo sabes.

Vete tranquilo que aquí no ha pasado nada.

¡Déjale pasar!

José...

Mande usted, Don Fabián.

¿Con cuál quieres irte?

Déjate de bromas, Fabián.

Yo mejor me voy, patrón.

Aquí se hace lo que yo diga.

¿Cuál es la que te gusta?

La que dicen que lleva pantaleta roja.

Coño, tenía que ser yo.

¿Tienes plata?

Pues, adelante, que te lo pases bien.

Tú no vas a ninguna parte, indio del carajo, ¡no vas!

Con su permiso, Don Cristóbal.

Fabián,... Esto es la guerra.

No sea tan pendejo, Don Jorge.

Váyanse.

¡Fuera!

Tú, también, Cristóbal.

Vete.

Hasta la vista.

Muy bien, patrón, recibieron una lección.

¿Qué va a pasar ahora? Anda, ven conmigo, vamos.

Ningún indio me pondrá las manos encima.

¿Está claro?

Le traerá problemas a Don Fabián.

¿Qué clase de problemas?

Encabritarse con los suyos solo le acarreará perjuicios.

Fabián hizo lo que tenía que hacer.

Esta tierra es grande, señorita,

y muy sola,

nos tenemos los unos a los otros

y más nada.

(Mugidos)

El ganado se enferma,

los hombres se enferman,

aquí el invierno es un problema,

el resto del año, otro problema.

Es malo pelear con el vecino

porque, tarde o temprano, lo vamos a necesitar.

¿Usted con quién está?

Tienen que irse.

Eso dígaselo a su patrón, no a mí.

Esto va mal.

Los que querían venir, ya han venido.

¿De dónde sacarán dinero ahora si antes se comieron los ahorros?

Y los otros, no volverán.

Ninguno de ellos pagará por una mujer

que se acuesta con sus propios peones.

No, qué va.

Por esa cama no pasan.

¡Suéltale, es mi mujer!

Quieto, Andrés, sólo estábamos charlando.

Dígame para que lo atienda, Don Fabián.

Tiene aires de loco, está como...

Poseído.

Los dos están poseídos.

Esto va a terminar muy mal.

Y no vuelvas a poner los pies por aquí, fuera.

¡Fuera!

Búscale acomodo.

Don Fabián,...

Habrá más despidos.

No se atreve conmigo y se desquita con su propia gente.

¡Métete adentro!

Yo lo que digo es: Son sus tierras, es su dinero,

tiene derecho a hacer lo que le dé la gana.

Y permitir que se salga con la suya.

No estoy de acuerdo, lo conozco bien.

Me crie a su lado

y con Fabián, la pelea es peleando, además, algo trama.

Hay que darle una lección.

Nos sacó por defender a un indio.

Pero estaba en su casa,

la solución es no volver.

Se está perdiendo la disciplina entre los peones

porque saben que si los despiden, alguien los contrata enseguida.

Cuidado, Don Jorge, ese monsieur quiere hacérsela

muy señor de estas tierras.

Esas mujeres terminarán enterrando a Fabián

dale un poco de tiempo al tiempo y verás...

No soy partidario de la violencia

y, mucho menos, de traer gente de afuera...

Ja... Matones... Pistoleros...

No pensamos igual, está usando el burdel

para enfrentarnos con los peones,

y si no lo paramos,...

Gracias, Juan. A la orden.

¡Ahh!

Hum, carne de primera, sí, señor.

Aunque me parece que el precio

por lo que se dice, es demasiado alto.

¡Suéltala! ¡Tú, calladito!

¡Calladito!

¡Sucio!

¡Sujétenla!

¡Ahh!

¡Ahhh!

(LLORA)

¡¡Ayy!!

¡Ahhh!

¡¡¡Ahhh!!!

(LLORA)

¡¡¡Ahhh!!!

¡¡Ahhh!!

¡¡¡Ahhh!!!

Ah...

¿Dónde vas tú?

Sigue, tú.

¿No querías asustarnos? Pues ya lo conseguiste,

ahora deja que nos marchemos. Mira, cuatro ojos,

estaba pensando que tú y tu compañera llevasen

un encarguito para sus otras amigas.

Haré lo que digáis, pero dejad de pegarla.

Precisamente, si se van así, de buenas...

No les va a pasar nada malo.

(Latigazo) ¿Quieres que nos vayamos?

Prepare sus puntales,

tranquila, para que no se alborote el corral.

Seguro que ya las están echando de menos

allá de donde ustedes vienen.

(Latigazo) Dile que pare.

Ahora, tienes que ser más complaciente que tu amiga.

Primero, él.

No creo que volvamos a vernos,

así que espero me dejes un buen recuerdo.

Seguimos contratando peones y mire...

No saben trabajar.

Sí que saben,

pero es que ahora se pasan el día pensando

en cómo buscar real para irse ahí.

Si me hiciera caso...

Es la verdad, Don Fabián.

Nunca necesité consejos para gobernar esta hacienda.

Está bien, patrón.

Cuando se me mete una idea en la cabeza...

A lo mejor tiene razón...

Y deberíamos irnos.

Que se vayan los otros, si quieren.

Tú tienes lo que querías y yo, también.

(Caballos)

¿Qué es lo que pasa?

Ya ves, volvemos a encontrarnos.

Vamos... Me vas a decir quién te contrató.

Sólo estábamos divirtiéndonos.

No me hagas perder más el tiempo.

Déjame a mí.

¡Don Cristóbal, él fue quién nos pagó!

¡¡¡Ahhhh!!!

Esta me gusta...

Así te quedaría muy bien.

¡Ahhh!

Si alguna vea la he ofendido, ruego acepte mis disculpas.

¡Aja! Quieto ahí que te conozco y sé qué andas buscando.

Se equivoca, señorita Virginia, se equivoca,

mis ojos no volverán a mirar la concupiscencia.

¿Y eso, qué es?

Quiero decir que...

A partir de ahora, yo me encargo de protegerla.

(Risas)

¡No tenemos luz ni agua, perdimos la clientela!

¡Esos pobres peones ya no tienen con qué pagar!

Pronto nos habrán perdido hasta el respeto.

¡Y, tú¡ ¡¿Dónde está lo prometido, dónde?!

Apolonio está con la luz. ¡Sí, anda!

¡Mira a ver qué está arreglando!

Y el tanque del agua se agota porque gastáis mucha.

Ah, ahora resulta que somos las culpables, ¿no?

Aquí nada funciona, ¡nada!

Vivimos como cerdos.

¿Y, tú? Tú, también, me has traicionado.

Charo, por Dios... ¡¡Sí!!

No haces más que estar con él,

se te olvidó todo lo demás.

Oh, Dios,...

De aquí nunca saldremos, nunca, nunca...

(NARRA) Pero algunas supieron encontrar la salida en medio

de aquel caos que arrastró a Charo a enfermar y enloquecer.

Ella no pudo soportar la tormenta.

Clarita, sin embargo, nos abandonó una noche sin decir nada.

Restitución, encontró en el amor

un poco de consuelo entre tanta violencia.

Concede su gracia a quien le place y nadie está llamado a decidir

ni juzgar por él.

María Magdalena, pecadora pública,

terminó ocupando un lugar privilegiado

en el corazón de nuestro Señor

que no lograron los notables de Jerusalén.

Todos conocéis el pasaje evangélico

en que la Magdalena lloró, amargamente,...

Vino Cristóbal. En los pies del Salvador

y, desde este momento, fue salvada para la vida eterna.

Os recuerdo, también, el pasaje evangélico en el que Jesús

arrojó a los mercaderes...

Don Cristóbal... Por estar profanando

con su orgullo y avaricia la casa del Señor.

Habréis visto cómo siempre el Señor ensalza a los humildes

y humilla a los poderosos.

(Aplausos)

Silencio, hermanos.

Esto es una ceremonia religiosa,

estamos en la casa del Señor.

Y, ahora, hijos míos,

Andrés y Restitución, acercaos.

(Aplausos)

Por amor de Dios... ¡Silencio!

¡¡Silencio!!

(Murmullos)

Pedro...

Felicitaciones, negra.

¿Recibiste mi recado?

Vamos a ver si todo lo que ronca es tigre.

Estás muy linda, Ana.

Cada quien tiene que conformarse con lo que puede.

(RÍE) Ja, ja, ja,.

Eso... Conformarse.

Todavía, alguno de mis peones pregunta por ella.

(RÍE) Ja, ja, ja.

Don Fabián,...

Con permiso, Don Fabián.

Quisiera hablar con usted.

Hombre, Salazar,... Suelte lo que traiga.

Se trata de esos cuatro hombres asesinados.

Sí, algo he oído.

¿Y qué de particular tienen esos muertos?

Bueno, me dijeron que tuvieron un problema con usted.

¿Pero, quién le ha dicho eso?

Creo que ni eran de por aquí.

¿Usted los conocía? No.

Pero tengo entendido que andaban buscando trabajo.

O, a lo mejor, ya lo habían conseguido.

Pregunte, comisario, no sea pendejo.

Encuentre quién los contrató

y, a lo mejor, descubre el misterio.

Cuente conmigo para lo que quiera.

Como siempre.

Sí...

(Disparos)

(Disparos)

¡Han disparado contra vuestros hermanos!

¡Hijos de Pae, heroicos jinetes de la libertad!

¡Luminosos heraldos del porvenir!

¡Alzad vuestras lanzas dormidas!

Que brille el sol de la esperanza en vuestros aceros.

El fuego de la libertad os inflama los corazones.

¡Incendiad esta tierra!

¡Que arda hasta el horizonte!

Más de 100 años han pasado

desde que echasteis para siempre al Ejército opresor.

Y los padres de vuestros padres derrotaron al perverso español,

y su memoria vive en vosotros como vivirá la vuestra

en los hijos de vuestros hijos.

Fabián, ten cuidado... ¡Ya sé que el enemigo es distinto!

Pero vosotros sois los mismos.

Volveré antes de que te des cuenta.

¡Hey! ¡Vámonos!

-¡Adelante por los caminos de la gloria!

(Vocerío)

¿Qué te ha parecido?

-Ah, divertido.

Un español hablando del "perverso español".

-La causa de la libertad está por encima de los nacionalismos.

-Ah... ¿Y por qué no les acompañas?

-Porque no sé montar a caballo.

(RÍE)

-Verás qué bien.

Todo el secreto está en saber mover los pulgares.

(RÍE) Me lo enseñó una masajista amiga mía.

¿Qué te pasa, mi amor?

Estás pensando en ella, ¿verdad?

Pues no la vas a tener, ¿entiendes? ¡No la vas a tener!

Si eres tan hombre, ve y quítasela.

¡Quítasela a Fabián!

No lo vas a hacer, ¡porque le tienes miedo!

(Llaman a la puerta)

-¿Sí?

Pasa de una vez.

¿Qué pasa?

¿Nunca has visto a una mujer?

Dime lo que tengas que decir.

-Don Fabián ha entrado en la hacienda de don Jorge

y lo está destruyendo todo, él y sus peones.

Don Jorge quiere que lo ayudemos.

-¿Ayuda?

Ah, sí, claro...

Organiza a todos los peones, pero que no se alejan de aquí.

Y, luego, sin prisa, se los envías a don Jorge.

-¿Sin prisa?

-Eso dije, sin prisa.

Los envías cuando todo haya terminado.

No te quedes parado ahí, ¿no entendiste?

¡Quiero a todo el mundo aquí cuidando la casa y los corrales!

-Sí, don Cristóbal.

(RÍE)

-Fabián se puso la soga al cuello.

-Hola, tío Fabián.

Ah, ¿qué hora es?

Son las seis.

Pronto amanecerá.

Menos mal.

La gente siempre se muere antes de amanecer.

(RESPIRA CON DIFICULTAD)

¡Charo! ¡Charo!

Charo...

¡Ah...!

(LLORA)

¡Charo!

(LLORA)

¡Déjame! ¡Tú tienes la culpa!

Si, tú la volviste loca, nos volviste locos a todos.

Y ahora ya no se puede hacer nada porque está muerta.

No te importa lo que nos pase.

Lo dijo, solo quieres demostrar que sigues siendo poderoso.

¡Disfrutas con lo que está pasando! ¡Has matado, desgraciado!

Me trajiste aquí. ¡Os morís en esta tierra de mierda!

Estás viejo y acabado.

¡Me das lástima!

¡Ah!

Entérate, solo ha sido por lástima.

¡Ay!

(LLORA)

No dejaré que te pase nada malo.

(LLORA) Te lo prometo.

No puedo darle mi apoyo, don Jorge, entiéndame.

-No te estamos pidiendo nada, te estamos avisando.

Inventas algo, te vas para San Fernando

y te quedas tranquilo. Tranquilo hasta que termine.

-¡Se pasó de la raya! ¿Va a defender a un criminal?

-Esta es una conversación entre amigos, Salazar.

Olvídate de ella.

Seguro que tienes asuntos que resolver en San Fernando.

Ya sabes, si necesitas alguna ayudita, ¿eh?

-Sí, don Jorge, entiendo.

Gracias.

(Disparo)

(Disparo)

(Disparo)

(NARRA) Era una guerra desigual.

Muy pronto empezaron las deserciones

y Fabián se fue quedando solo.

Ya sabes a quién tienes que buscar en San Fernando.

Sí.

y que le preparen el viaje. Muy bien.

Diles que responden ante mí, ¿eh?

¡Vamos!

Qué bueno es usted, don Fabián.

(RÍE) Conquistador.

(RÍE)

¿Por qué se ha ido Apolonio?

Tiene que resolver un asunto en San Fernando.

Están asustados.

La mayoría ha escapado durante la noche.

Cristóbal sabe lo que hace.

Atacará con todos sus hombres cuando ya no tenga enemigo.

Ellas tienen que irse, Eladio. Sí, patrón.

¡Yo me quedo! ¡Tú harás lo que yo te diga!

¿Qué se puede hacer?

Nada, señorita.

-¿Adónde vas tú?

Sígueme.

-Vamos.

Me quedaré contigo,

pero tienes que prometer que no le pasará nada a Fabián

y que respetarás su hacienda.

¿Sigues mordiendo?

No hay trato.

Que lo iba a pensar.

"La yegua tiene buena planta.

Vamos a probarla", me dije.

"Porque las apariencias engañan y luego vienen las decepciones.

Pero no, esta vez la yegua tiene calidad.

Responde".

Y, entonces, me pongo a pensar y me digo:

"Está bien, la yegua me conviene,

¿pero por qué renunciar al potrero?".

No, no, no.

El negocio no es bueno para mí, vuelve con Fabián.

Además, ¿por qué aceptar como regalo lo que mañana será mío

de todas maneras?

¿Qué? ¿Ya te dieron lo que andabas buscando?

¡Ah!

(RÍE)

-¿Has...? ¿Has visto?

(RÍE) Sí.

(Llaman a la puerta)

¿Sí? Ya es la hora, patrón.

Ya, ya, enseguida.

Vamos.

Eh... Vamos, vístete.

Te marchas, tú y las otras.

Eladio y Apolonio las acompañarán.

¿Y tú?

Yo vivo aquí.

Conmigo. Yo me quedo.

Me gusta mucho oírtelo decir.

Lo estaba esperando mucho tiempo.

Mueve la caja ahí un poco, bien ahí.

¡Fabián! Está bien.

Tranquilícese, señorita.

Déjame ir.

Ya está.

Nada, hice lo que me ordenó don Fabián.

¿Qué es lo que te ordenó?

Que fuera a ver a don Cristóbal

y le dijera que no iba a pelear, que se iba de sus tierras.

¡Eso no es verdad! ¡Vámonos!

Felipe, se lo cuenta luego.

-Ay, señorita, si hubiera visto al ejército que traía esa gente.

Eran muchos y todos estaban armados.

¿Qué podía hacer don Fabián?

-¡Vamos!

-¿Lo ve, don Jorge? Sin disparar un solo tiro.

¡Fabián! ¡Fabián!

Aquí estoy.

Esto se terminó, Fabián.

Ganó el más fuerte.

No me quejo.

Estaba despidiéndome. ¿Y las mujeres?

El arreglo las incluye.

Están arriba, don Jorge.

Pero no se debe negociar en presencia de mujeres.

¿Cuánto quieres por tus tierras, Fabián?

¿Quién puede ponerle precio a la vida?

¿Cuánto?

Tranquilo.

¿Sabes una cosa, Cristóbal?

He tenido una estupenda idea.

Estas tierras se pueden pasar estupendamente

sin ninguno de nosotros.

(RÍE)

(RÍE)

(Explosión)

(GRITA) ¡No!

(NARRA) Nunca sabré si lo hizo

por amor a esa tierra que no quiso abandonar

o por amor a mí.

De las que se quedaron:

Esther, Hilda, Restitución,

Clarita, jamás he tenido noticias.

Inés y Virginia me dejaron sola hace ya mucho tiempo.

Y yo... Yo no he querido volver

a hacer de nuevo el viaje.

Allí no queda nada.

(Música de piano)

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