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Tu hermana es ya más cariñosa que tú.
Necesito dinero, esta también es hija tuya
y come y gasta como la otra.
¡Papá!
Ya está la comida preparada.
Atilana, deja a tu padre y vete a lavar las manos.
Gracias.
Puedes estar tranquilo, amigo, el médico dijo que no sufrió.
Parece que hubiera querido marcharse para no dejar solo
- a Baldo. - Gracias.
Nunca hemos sabido de dónde procedía, un misterio.
Ladis, ¿tú sabes de dónde procedía? Nunca me lo dijo.
Recuerdo...
Recuerdo una vez que veníamos los dos de Cañizo
de hacer un trueque y nos habían endilgado
un jamelgo de esos viejos y resabiados.
Íbamos los dos a lomos del jamelgo
y poco antes de la acequia de aquí, del Avelino, se paró en seco y dijo
que ni por hostias se movía de allí.
Entonces empezamos a darle golpes en un costado, pero nada,
ni por esas. Y al cabo de un buen rato le digo a Vacas:
"Mira, Fernando, ¿sabes qué?
Aquí lo dejamos y que le den por culo, que se muera".
Entonces yo empiezo a desmontar y en ese momento Vacas,
sin mediar palabra, le agarra la oreja al animal
y le dio un mordisco de cojones.
Yo me caí de morros contra el suelo y veo cómo va
montado en ese animal dando brincos campo a través.
Entonces el bicho puso las pezuñas en el suelo y empezó a patinar
entre una nube de polvo hasta que llegó justo al borde
de la acequia de Avelino; ahí consiguió pararse,
agachó la cabeza y Vacas salió...
salió volando hasta que aterrizó a los pies del Avelino,
que estaba en ese momento limpiando la acequia.
Teníais que ver la cara que tenía, miraba para el cielo.
Menuda estampa.
- ¿Y conocéis esa historia del tirachinas y el Bocaburro?
Esa es buena. Pues Vacas fue a la peña de Fran
y compró un tirachinas.
Cuando llegó a Villaveza, se lo regaló a Manolillo.
¿Os acordáis del pobre desgraciado que siempre iba detrás de él?
Bueno, pues a los días se le presenta al Vacas
el Bocaburro con su hijo, con Pepito, el Conejo,
con toda la boca llena de sangre.
El Bocaburro le dice a Vacas
que el Manolillo ha cogido el tirachinas
y le ha pegado una pedrada a su hijo y que, como él le había regalado
el tirachinas, tenía que pagarle...
(Risas)
¿Dónde están los contratos?
Son míos y me pertenecen por derecho.
Tránsito.
¡Tránsito!
¿Qué quiere, madre? Tráeme el cartapacio.
¿Qué dice, madre?
La carpeta de los documentos, idiota.
Braulio ha estado aquí, quería llevarse su herencia.
¿Cuándo, madre? Ahora mismo.
Estaría usted soñando.
Todo esto es mío,
ni se te ocurra tocarlo porque te corto el pescuezo.
Vuelve a ponerlo todo en su sitio.
¡Eh, atención!
Hágase saber que han llegado los titiriteros, que mañana actuarán
en la Panera de la Baltasara, como ya es costumbre.
No se olviden de llevar la silla.
A ver, a ver, a ver.
Siéntate, siéntate.
- Amparo, siéntate aquí para verlo mejor.
Yo estaré por allí.
¡Qué emoción!
Tienes que firmar esto.
Madre. Madre, despierte.
¡Madre! Madre, se estaba usted quejando mucho.
¿Está usted bien? ¿Le duele el vientre?
Braulio. No, madre, no ha venido.
¿Quiere usted ir al corral?
Vamos, madre, se sentirá mejor. Va.
¡Ay!
¡Ay!
¡Ay!
Hola, Garibalda.
He venido a despedirme.
No quería que te fueras sin que nos viéramos una última vez.
Suelta, suelta.
Suelta.
¡Suelta!
¡Suelta! ¡Suelta! ¡Suelta!
(GRITA)
¡Suelta!
Aguanta un poquito, todavía no.
Pareces sorprendida.
¿Qué te esperabas, amor y ternura en tu lecho de muerte?
¿Cómo era eso que decía nuestro padre?
Oh... ¿Cómo?
Donde las dan las toman, pues eso.
He pensado mucho en este momento, en cómo sería, qué nos diríamos.
Y ya ves, aquí estamos rodeadas de mierda.
Y, además, resulta que tú no puedes ni hablar,
qué lástima.
¿Quieres que llame a Tránsito? ¿Sí? ¿Quieres...?
A ver si así ella habla por ti, como siempre. ¡Tránsito!
¡Tránsito!
Parece que se ha marchado.
Quita.
Suelta, garrapata.
No, tranquila, mujer, yo no tengo prisa.
Voy a quedarme aquí acompañándote hasta el final.
¿De qué podemos charlar, de nuestro padre?
No merece la pena.
De tu madre, de la mía,
de cómo les dio igual lo que nos hacía padre.
No, tampoco.
¿Y de tus celos, tus celos enfermizos
porque él me prefería a mí? Pobre niña,
hizo todo lo que pudo para ver si su padre le quería.
¿Tú crees que eso que nos hacía padre se hereda?
A veces me ha dado por pensarlo.
No, son tonterías de vieja.
Mejor vamos a hablar de cómo has querido matarme de hambre
o de cómo te follaste a mi marido
y cómo hiciste para que el pelele del Indalecio
pensara que esa barriga era suya.
¿No quieres decir nada?
Claro, que te estás ahogando.
Pues aguanta, aguanta, aguanta un poquito más,
que hay algo muy importante que tengo que decirte.
Todos los títulos de propiedad de las tierras ahora son míos.
Tránsito lo ha dejado todo en mis manos
y ahora soy yo tu única heredera, hermana.
¿Por qué te estás riendo?
¿Te hace gracia?
Me alegro de que lo estemos pasando tan bien.
Venía a buscarte.
¿Qué ha pasado?
¿Madre?
Sube.
Agárrate.
Vamos.
Por si las moscas.
La Garibalda tenía panteón en el cementerio.
¿Creéis que estaba enterrado ahí su marido?
Así es.
- Alguien debió de pagar bien a esos hombres
- para que la enterraran enfrente. - Eso se decía en la bodega,
que parecía que estuvieran bien pagados.
¿Y de Tránsito se sabe algo?
- Pues andan diciendo que se marchó aquella noche con el hijo mayor
- de los titiriteros. - Yo no lo creo.
Tránsito no es de hacer esas cosas. Pero qué horrible,
vaya manera de morir, no me lo quito de la cabeza.
- Justicia divina. - No digas eso.
Juliano. ¿Qué tal?
- ¿Vamos? - Sí.
¿Se puede? Claro.
Entra, Rodo, y la compañía.
Señora, hemos oído que la propiedad de nuestras tierras
ha pasado ahora a tus manos. Así es.
Bueno, entiendo entonces que los de Monte Coto
también están ahora en tu poder. Pues no los tengo, Juliano,
los quemé. Allí hace años que no hay nada.
Si la Garibalda no os pagó lo que su marido os adeudaba,
no es asunto mío.
Claro, que si yo hubiera estado en vuestro lugar,
hubiera hecho que me pagara cada real que me debía.
Los contratos que, como bien sabrás, teníamos firmados con el marido
de la Garibalda, que en paz descanse.
Bueno, si es que puede.
Aquellos contratos eran justos, pero la Garibalda lo cambió todo.
Se quedaba con toda nuestra cosecha
y luego la vendía diez veces más cara en la peña
y, aun así, teníamos que seguir pagándole el alquiler de la tierra.
¿Y por qué aceptasteis, Rodo? Ese cambio, digo.
No teníamos más remedio.
Ya. Tenemos hijos que alimentar, señora.
¿Entonces qué queréis?
Lo que quisiéramos saber, señora,
es si usted va a seguir con esas condiciones
o si nos va a devolver nuestras tierras.
Pero si yo os devuelvo las tierras, ¿entonces qué me quedará a mí?
Yo también tengo hijos que alimentar.
La berza no da para mucho, bien lo sabes tú,
y está habiendo mucha humedad.
Veremos a ver qué pasa con las mariposas.
Te ayudamos cuando la Garibalda... En ningún momento te lo he pedido.
Por lo que estáis diciendo,
lo hacíais para vuestro propio beneficio.
Entenderéis entonces que ahora yo me ocupe del mío.
Todavía quedan por delante varios años para que termine el arriendo.
De momento y como están firmados por un juez, seguiremos con ellos.
Cuando lleguemos a esa fecha, los volvemos a mirar.
Mientras tanto, me seguiréis pagando religiosamente.
En cuanto a la cosecha, es justo que sea para quien la trabaja.
Me daréis la mitad y el resto quedará para vosotros.
La mitad es mucho. Es más de lo que teníais.
De tu situación en la casa ya hablaremos luego.
Rodo, yo no tengo hijos que puedan quemar tus tierras,
no me hacen falta.
Hay que traer a las mujeres contigo.
Deberíamos avisar para que nos trajeran un cura.
El pueblo lleva mucho tiempo sin ninguno
y, aunque pequeño, necesita de su párroco.
Vamos, digo yo.
Ya ves, con lo de la Garibal...
- Pues no sería mala cosa si ya estuviera para Epifanía,
Atilana.
Si escribimos a Zamora, tal vez nos envíen a alguien.
- Pobre Agustín; estaba loco, pero era buena persona.
De lo que no se supo más es del arma con la que lo mataron, ¿verdad?
Nada. La enterraría.
- El Aquilino relata que el Emeterio se la llevó él mismo.
- Pero entonces la habrían encontrado.
- Atilana, eres un ejemplo de sacrificio y renuncia.
El Señor nos da, pero también nos quita
y nosotras sabemos mejor que nadie que cuando se pierde un hijo,
te arrancan las entrañas. Tú lo aceptas con resignación.
- Amparito, qué mayor estás ya, hija mía.
Estás hecha toda una mujer.
Cómo pasa el tiempo.
En breve se te casa, Atilana. Amparo se quedará conmigo.
Di que sí, hija, tú con tu madre, con nadie vas a estar mejor.
Amparito, tu madre es una santa.
Gracias.
Agarrando el poder con fuerza.
- Sin embargo, no parece ella, es raro no oírla.
Camina sin entender dónde pone el pie.
Es como si una parte de ella hubiera muerto con la otra.
Es que...
- ¿Y qué te dijo? - Me dijo que me quiere.
No sé. ¿Pero dónde está?
¡Es que la madre que la parió!
- ¿Qué estás haciendo, Amparo? - Amparo, ¿qué haces?
Que no le mires.
- ¡Que no le mires! - ¡Eh! Ya vale, ya vale.
Vale, ya. Ya, ya, ya. Quietas, quietas. Tira.
¡Atilana!
- Tranquilas, tranquilas, por favor. - ¡Rápido! Es Amparo.
- En el establo. - ¡Quietas! ¡Estaos quietas!
¡Eh! ¡Quietas!
Tina, tranquila, tranquila. ¡Eh! Ya. Quietas.
Estaos quietas, coño. ¿Qué pasa aquí?
Separa. ¡Quieta! Quieta. Deja a tu hermana.
¿Qué pasa aquí?
- Tina me ha pegado y no sé por qué. - Miente, ha sido ella.
- Mientes, como siempre. Eres mala. - No, no, no. Está mintiendo,
yo estaba aquí y lo he visto. Tina dice la verdad.
- Deja a Juliano en paz. Que te calles.
Juliano, sal de mi casa y será mejor que no vuelvas por aquí.
Pero que no es su culpa, madre, que es ella.
En la Fuencisla el otro día estaba con uno.
¡Que te calles!
Fuera.
Madre, Juliano me quiere,
estamos de novios y vamos a casarnos.
Sal de aquí ahora mismo. Si él se va, me voy yo con él.
- ¡Eh! ¡Basta ya! - Señora.
- Saturio. Para, para. - Ya, ya.
¡Déjame! Sácalo.
- Ven aquí. Vete.
Vamos, vamos.
¿En qué estás pensando?
Guarra.
¿Te gusta tanto que te vean?
Recoge tus cosas de tu alcoba y las llevas a la mía.
A partir de ahora dormirás conmigo.
No vas a salir de esta casa nunca más.
- No. - Esto era la voluntad de Vacas.
- Hacedme saber dónde os instaláis. - Claro.
Ya solo quedan las dos.
- Tuerto, Benigno se marcha un tiempo del pueblo,
se conoce que un pariente suyo de Villalpando se ha puesto enfermo
y me ha pedido que me haga cargo de la bodega
en el tiempo que él está fuera. Me lo paga bien
y le he dicho que cuente con ello, necesito el dinero.
Bueno, necesitamos el dinero.
Casilda se viene conmigo.
Esto está más apañado, Tuerto, con los jornaleros.
¿Tú por qué no te vas?
(Campanadas)
Podéis sentaros.
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
(TODOS) -Amén.
- La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre
y la comunión del Espíritu Santo esté con todos vosotros.
(TODOS) -Y con tu espíritu.
- Para celebrar dignamente estos sagrados misterios
reconozcamos nuestros pecados.
Ten misericordia de tu pueblo, Señor,
perdónale todos sus pecados y aleja de nosotros
los castigos que nos han merecido nuestras culpas.
Te ofrecemos, Señor, este sacrificio de expiación y alabanza para que...
La misericordia de...
Dios Todopoderoso tenga misericordia de nosotros,
perdone nuestros pecados.
No se puede vivir de odiar solo un recuerdo.
Te diste cuenta,
el odio hay que alimentarlo entre dos cada día.
No hay alivio de luto para el odio.
Por eso te reías.
Por eso te reías.
(Puerta)
Así que yo tengo que ser tu cuidadora.
¿Cómo era?
Atilana, eres un ejemplo de sacrificio para todos.
La muerte te ha embellecido, madre.
Querías ser importante y que todos te respetaran,
deberías haber muerto antes que tus hijos,
pero bueno, aquí estás. Ese era el trato, ¿verdad?
Tú le dabas a los tuyos y ella te dejaba en paz a ti.
¿Tres muertos? ¿No eran cuatro, Atilana?
Padre, tus dos hijos...
y Garibalda, tu hermana.
Y ya está, ya tienes el poder que querías.
Pues ahora lo quiero yo y me lo vas a dar.
No te preocupes, madre; ya sé que no me amas,
pero sí me necesitas para que recoja las sobras de vida que vayas dejando
y que nada ensucie la imagen que tienes de ti misma.
Así que estate tranquila,
que yo cuidaré de ti día a día hasta que te mueras.
Serás mi sacrificio y yo me levantaré sobre ti,
como tú has hecho con ellos.
El bueno de Agustín.
Lo pasamos muy bien esa tarde juntos.
Bueno,
yo un poco mejor.
¿Sabes que se decía que lo habías matado tú?
Claro que lo sabes,
pero, por suerte, nunca se encontró el arma
y ojalá que no aparezca.
A no ser que me obligues, claro.
Yo te maldigo, madre.
Maldigo todo el amor que me has negado.
Maldigo a los tuyos,
que tampoco me quisieron como hermana.
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