All language subtitles for Nota.de.divorcio-1940.SPA

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Original subtitles

NOTA DE DIVORCIO

Una Nochebuena en Inglaterra... no hace mucho tiempo.

La cena está lista, señora.

Sería un error esperar a que los demás estuvieran listos.

Lo que imaginaba.

- Casi llegas tarde, Margaret. - Lo siento. De veras.

Creo que eres la única persona puntual de esta casa.

- ¿Dónde está Sydney? - Bajará en seguida.

Envolverá los regalos de Navidad.

Dejándolo todo para el último momento, como siempre. ¿No vas a llamarlo?

Oh, sí. ¡Sydney, Sydney!

Ya voy.

- No tardes, te esperamos. - Bajaré en seguida.

No vayas corriendo siempre como una malcriada.

- Te lo he dicho mil veces. - Lo has dicho 10.000 veces, querida tía.

Margaret, ¿qué vamos a hacer con esa chica?

Hola a todos. He traído los regalos de Navidad.

- Bassett. - Gracias, Srta. Sydney.

Y para ti, Susan. Y para tu marido.

- Gracias, Srta. Sydney. - Pero no debéis abrirlo hasta mañana.

A veces los abrimos en Nochebuena.

Me lo llevaré, a menos que prometáis no hacerlo.

Prometido.

Es tan solo parte de un regalo. Lo completaré las próximas navidades.

Quizá no esté aquí las próximas navidades.

- Tú eres como de la familia. Susan. - Lo sé, pero...

Acérquese.

Billy y yo vamos a formar una familia propia.

¿Una familia?

- ¿No querrás decir que esperas...? - Un hijo.

¡Un hijo!

¡Susan, es maravilloso!

- ¿Qué queréis, niño o niña? - Creo que el primero debería ser niño.

No importa.

Antes de que te vayas habrá mucho que hacer.

Necesitarás tantas cosas.

- Me dejarás ayudarte, ¿verdad? - Pues claro que sí.

Srta. Sydney.

La Srta. Hester se niega a seguir cenando hasta que vaya usted.

- En seguida iré. - Bien.

Gracias, Señor, por los alimentos que vamos a recibir. Amén.

¿Le ha dado mi recado a la señorita?

Sí. señora. Estará aquí en seguida.

Por favor, no esperemos.

Bien, si hubiera algo que hiciera que aprobara este matrimonio tuyo.

Por favor, no empieces de nuevo.

Menos mal que la niña tendrá una mano fuerte para dominarla.

Un padrastro es mejor que nada.

Si es que se le puede llamar "padrastro".

Sobre todo, cuando su padre aún está vivo.

- No. - ¿A qué viene eso de decir que no?

- Está vivo y no puede remediarlo. - Por favor...

Te aseguro que, si ha de ser así, me alegro de que sea Gray Meredith.

Puedes hacerme caso.

Ella sabe dónde puede llegar con Gray.

No veo la gracia para que sonrías.

Me divierte tu preocupación cuando él está aquí.

Yo le veo como la persona más amable del mundo.

- Le pediría cualquier cosa. - Pues hazlo, querida.

No entiendo por qué me atacas en Nochebuena.

Porque solo me queda una semana para hacerlo.

Si decir la verdad es meterme contigo...

Ojalá no te disgustara.

Querida, cuando te interesas con una persona, y es la mujer de tu sobrino,

y ves que va a cometer un pecado mortal...

- ¿Vas a empezar otra vez? - Cumplo con mi deber.

Si tú lo hicieras con Sydney no llegaría tarde a cenar

y yo no hubiera hablado.

- Feliz Navidad a todos. - Aun no es Navidad.

Es más fácil que decir "Feliz Nochebuena".

¿No es maravilloso lo de Susan?

Siento llegar tarde, pero hemos preparado una canastilla.

No sabe absolutamente nada sobe niños. Es asombroso.

- Supongo que tú lo sabes todo. - He hecho cursillos en la escuela.

Hoy en día todo está planificado.

No lo tomamos, como se decía, un regalo del cielo.

¡Asombroso!

Al contrario, yo creo que es muy bonito.

Querida tía, hay unos dos mil millones de personas en el mundo

y todos han nacido. Yo pretendo tener seis hijos.

- No molestes a Hester, Sydney. - Creo que ya se siente molesta.

- ¿Cómo va tu guerra particular? - "Guerra".

qué forma de hablar en Nochebuena.

Eso me recuerda, tía,

que si vuelves a darme un libro de oraciones por la mañana,

te dará a cambio una cajetilla de cigarrillos.

- ¿Qué? - Podemos hacer un cambio.

- Sydney, eso es de mal gusto. - De muy mal gusto.

Madre, no me gustan las indirectas.

- ¿Qué indirectas? - Eres tan buena que jamás ves nada.

Me regala libros de oraciones por Navidad desde que tenía 9 años.

Es inútil. Preferiría leer cualquier cosa y dormirme.

- Bueno, ya es suficiente. - Tía, tía...

No puedo seguir cenando y oyendo blasfemias al mismo tiempo.

Es cierto, querida tía, resultaría una salsa muy picante.

¡Sydney, Sydney...!

No lo ha oído.

Qué lástima.

Has conseguido enfadarla.

Si hubiese tenido hambre, habría tragado hasta el último bocado.

Yo soy más sincera que ella, madre.

No quiero cenar, porque no tengo hambre.

Yo tampoco. Puedes llevártelo.

Madre, ¿no te habré hecho perder el apetito?

- No pretendía hacerlo. - No.

Son los nervios, supongo.

Gray me traerá un regalo. Quiere que me lo ponga esta noche.

Me pregunto qué podrá ser.

Tú también deberías estar nerviosa.

¿Por John? Pues lo estoy.

Pero ya soy mayorcita y sé controlar mis emociones.

- ¿A dónde vas ahora? - A mí habitación.

Es Nochebuena. Hazlo por mí, sé buena.

Está bien.

Nosotras también hemos decidido no cenar.

¿Por qué no?

Si viniera tu novia a conocer a tu madre y a su encantadora tía,

¿qué opinas, te apetecería cenar?

Prometida a tu edad, es ridículo.

- Mamá estaba casada a mi edad. - Entonces una no sabía muchas cosas.

Y seguimos ignorándolas, si te refieres a eso.

Yo no sabía nada en absoluto.

Espero que a tu novio no le importe que no esté para recibirle.

Debería estar, pero me hace ilusión ir a la iglesia.

El coro es maravilloso en Nochebuena.

A John no le importará. Es un bendito australiano al que no le importa nada

de lo que sucede.

Creo que deberíamos saber algo sobre su familia.

- Margaret, ¿no te parece que...? - "Hablar de su familia".

Solo estará aquí dos días y no tenemos tiempo para malgastarlo en las familias.

¿Y qué, si puedo preguntar, os va a tener tan ocupados?

- Besarnos, probablemente. - ¡Sydney!

Esa es la verdad.

Bien, tía Hester, ¿qué te gustaría saber acerca de su familia?

¿Quiénes son, de dónde proceden y qué hacen?

Vamos a ver, son blancos, brotaron de la tierra entre Kali Uani y Buga Buaga

- en el estado de Nueva Gales del Sur... - Kali Uani...

Matan canguros con bumerangs y posiblemente se los comen.

Pero, querida tía, tienen muchas tierras.

- ¿Cómo las consiguieron? - Robándolas, igual que nosotros.

Pero nosotros negociábamos en las Indias.

Querida niña, los Fairfield se establecieron en este país...

¿Si te interesan las familias, por qué no te casas y formas la tuya?

¡Margaret!

- ¿Cómo le permites a tu hija que...? - Por favor, no.

¿Lo ves? Tampoco le gustan las indirectas.

No sé lo que quieres decir, cariño.

Quiero decir que no voy a permitir que tía Hester interfiera en mis asuntos

como lo hace en los tuyos.

Esos modales te los enseñan en la escuela, supongo.

También he aprendido durante las vacaciones.

No ignoro la vida que ha llevado mi madre por lo de ese asunto del divorcio.

- ¡Sydney! - ¿No es así?

¿Qué te ha impedido casarte con Gray?

Papá hace tiempo que está loco, el pobre.

Durante años habéis sido unos desgraciados, tanto tú como Gray,

por el hecho de que tienes un marido que está loco

y dices que tienes escrúpulos.

¡Esa es mi opinión, tía! Así que ya lo sabes.

Margaret, me temo que tendrás que ir a la iglesia sin mí.

Estoy muy enfadada.

Traes a tu hija para que me insulte y sé la razón.

¡Soy de la rama mala de la familia,

soy la única de esta casa que recuerda al pobre Hillary!

Iré a leer a mi habitación.

No sé qué hacer.

Debo estar equivocada.

Siempre estoy equivocada.

Sydney...

por favor, no toques eso.

Sé que no te gusta, pero...

creo que a mí sí.

De alguna forma siento un extraño confort.

Me hace sentir... como si conociera a mi padre, aunque jamás le haya visto.

Es exactamente como él.

- Siento haber enfadada a tía Hester. - Lo sé.

Te pones tan nerviosa. Me recuerdas a...

- No me gusta verte así. - Pero...

Tengo que hablarle así para que reaccione.

No debes incomodarte con ella.

Tu padre está vivo.

Y ella no se acostumbra a la idea del divorcio.

Espero estar haciendo lo correcto.

Y espero que tú también lo hagas... con tu John.

Mi John.

Madre, estoy enamorada de él.

Yo pensaba lo mismo a tu edad.

- Pero yo sé lo que hago. - Yo también lo creía.

Fue la guerra, no fue culpa de nadie.

Fue la guerra.

Tu padre se iba a las trincheras.

Estaba tan cariñoso... que me asustaba.

¿Puedes entenderlo?

Creo que sí.

¿Cómo iba a saber que había algo más aparte de cuidar la casa

y ocuparme de Hillary y de ti?

- ¿Hay mucho más que eso? - Hay mucho más, Sydney.

Yo no creo que lo haya... para algunas personas.

Es todo lo que quiero.

Cuidar de John,

tener una casita en alguna parte en el otro extremo del mundo,

libertad...

y...

media docena de niños.

Debe ser Gray.

Subiré por la escalera interior.

En seguida bajaré.

- Buenas noches. - Hola. Mamá bajará en seguida.

No me quitaré el abrigo, solo estaré un momento.

Bueno, aquí está.

No he dejado de preguntarme qué podría ser.

A propósito, debes echar un vistazo en el coche.

- ¿Un regalo? - Espero que te guste.

¡Gracias!

¡Oh, es precioso!

Ven aquí.

- ¿Te gusta? - Gracias, Gray. Es precioso.

- Lo llamaré como tú. - Eso no es un cumplido.

Es un cumplido para él. Siéntate mientras le doy algo de comer.

Que no coma mucho.

De alguna forma tengo que hacerme su amiga.

¿Qué te parece el nuevo miembro de la familia?

- Prefiero no verlo. - A ti te gustan los perros, ¿no?

Me gustan las cosas en su sitio.

Una casa para los humanos y un establo para las bestias.

Bien, como el establo se ha convertido en garaje, lo pondremos en la cocina.

- ¿Un telegrama para mí? - Un telegrama para John Stone,

- a cargo de la Srta. Fairfield. - Estoy ocupada.

El Sr. Stone llegará pronto. Ponlo en la sala, yo se lo daré.

Hola, Gray.

- Puntual como siempre. - Y por una buena razón.

- ¿Te gusta mi vestido? - Me gustó nada más verlo.

Pero si no me lo había puesto.

Sydney lo recogió la semana pasada cuando fuimos a elegir esto.

¡Martas!

- ¿Para mí? - Si quieres se las doy a tía Hester.

Me las pondré ahora mismo.

- Para eso son. - Me encanta que me mimen, Gray.

No te han mimado mucho últimamente. ¿verdad, Meg?

Por favor, no me llames Meg.

- ¿Por qué no? - Jamás lo habías hecho.

Quiero un nombre para ti que no use nadie más.

Sí, que no haya usado nadie, pero... no Meg.

Muy pronto vas a tener un apellido nuevo.

Srta. Sydney, acaba de llegar un coche.

¡Debe ser él!

Deja, yo abriré.

- Me alegro de verte, John. - Hola. Yo también, Sydney.

Dame tu abrigo.

¿Estoy presentable para la familia?

Mamá ha salido y tía Hester está arriba enfadada y leyendo su libro de oraciones.

¿Bien?

Bien...

Ven por aquí.

Es Nochebuena y...

creo que eso es muérdago.

- ¿Satisfactorio? - No estoy muy segura.

Tendré que volver a hacerlo.

¿Qué tal, mejor?

- Estás maravillosa. - Lo maravilloso es oírtelo decir.

Háblame de tu viaje. ¿Por qué no has venido antes?

En realidad, hay poco que contar.

Papá ha salido hacia París. Quería que fuera con él,

pero le dije que tenla un compromiso más importante.

¿A París en Navidad? ¿Por qué no le trajiste aquí?

Mi padre quiere divertirse, y París es su sitio favorito.

Oh, eso me recuerda a algo sobre tu familia.

Tía Hester está muy preocupada.

Los Fairfield se establecieron en este condado antes de la conquista,

- aunque resulte difícil creérselo. - Qué barbaridad.

Y mi tía es muy quisquillosa.

Dime, ¿eres de buena familia o no lo eres?

Depende de la idea que tengas de una buena familia.

Tía Hester es muy aficionada a la riqueza.

A veces tenemos mucho dinero y a veces muy poco,

depende del precio de la lana. Y está cara en este momento.

Qué tonterías estamos diciendo.

Todo lo que deseo oírte decir es "te quiero".

Y es cuanto quiero decirte.

No, aquí no... Tía Hester.

Cuéntame más cosas sobre Australia. Nuestra casa, ¿cómo es?

Es algo que ha crecido con el país.

Grande.

Te gustará.

- ¿Muchos árboles? - Sí.

¿Y caballos?

Podrías cabalgar durante todo el día y no llegarlas a verlos todos.

Es el único lugar que conozco donde la tierra es tan grande como el cielo,

donde ambos alcanzan el infinito.

- Te encantará, Sydney. - Cada vez es más bonito.

John...

vamos a prometernos ser felices. No seamos como mucha gente.

Digamos que seremos felices, hemos de conseguirlo.

Es una promesa.

Y John...

quiero hijos.

- ¿Te he hablado alguna vez de los hijos? - Que yo recuerde, algo me has dicho.

Si hay tanta tierra, tendremos mucho sitio para...

- ¿Quizás seis? - Quizá ocho.

Quizá más.

- ¿Alguna particularidad? - La mitad chicos y la mitad chicas.

Con ojos azules y ojos castaños.

- ¿Cómo les llamaremos? - ¿Cómo les llamaremos?

Mateo, Marcos, Lucas y Juan a los chicos.

Ruth, Sarah, Rebeca y María a las chicas.

Así se le pasará el enfado a tía Hester.

Me imagino su cara cuando le mandemos el octavo telegrama.

- Oh, cariño... - ¿Qué sucede?

Hay uno para ti.

Gracias.

- Oh, vaya... - ¿Qué pasa?

Papá tiene problemas otra vez. Lo sabía. Escucha.

"Querido hijo, los gendarmes me han metido en la cárcel por insultarles.

Estas paredes son diferentes a las de casa. Ven a ayudar a tu querido padre.

Ven enseguida".

¿Significa eso que tienes que irte?

Lo siento, cariño, no puedo hacer otra cosa.

¿No te parece?

Pero he estado deseando esto durante meses y meses.

- Estamos en Nochebuena y... - No estás enfadada, ¿verdad?

- No. - Por favor, compréndelo.

Por favor...

Está bien.

- ¿Cómo irás hasta allí? - Iré en coche hasta Londres ahora mismo.

- ¿Ahora mismo? - Cuanto antes vaya, antes volveré.

No veo por qué la policía de París no puede entender que tu padre no conoce sus leyes.

No sabes la facilidad que tiene para insultar,

especialmente cuando está de juerga.

Deseaba tanto pasar las navidades contigo.

Lo sé, cariño, pero pasaremos muchas.

Además, estas navidades aún no han acabado.

Te acompañaré hasta el coche.

Conduce con cuidado.

Y no dejes que nadie te insulte.

¿Y bien, tía?

- Le has besado. - Eres muy observadora.

- Delante de casa, es vergonzoso. - Pero estuvo bien.

En mis tiempos, una jovencita... Y ese beso...

- Leo en tu mente como en un libro. - ¿Y por qué no te ruborizas?

Vaya...

- ¿Por qué no se ha quedado? - Ha ido a sacar a su padre de la cárcel.

¿A sacar...? Algo he oído de esos australianos.

Yo lo cogeré.

¿Diga? Sí.

La Sra. Fairfield no está. ¿Puede darme el recado?

Yo soy la Srta. Fairfield.

Muy bien, esperaré.

- Es de Dave Point, acerca de papá. - ¿Qué?

Soy la Srta. Fairfield.

¿Qué? Tenían que haber avisado a la Sra. Fairfield!

¿Esta mañana? Comprendo.

- No, no hemos sabido nada. - ¿Qué pasa?

Claro, cuando sepamos algo. ¿Y ustedes nos avisarán?

Gracias. Adiós.

- Papá se ha escapado. - ¿Qué? ¿Con quién hablabas?

Con el director, Rogers.

Tendremos que hacer algo. Es peligroso.

Por lo visto está mucho mejor.

- ¿Quieres decir que se recupera? - Eso parece.

- ¿Cuándo lo echaron en falta? - Esta mañana.

Están asombrados, no comprenden cómo lo hizo.

Es un descuido vergonzoso.

Dicen que de repente recobró el juicio.

- ¿Es eso posible? - Muy posible.

Sucede.

Igual le ocurrió a mi hermana Grace. Después de diez años le pasó eso.

Pero el doctor dijo incurable.

El Todo poderoso es mayor que ningún doctor.

Y los nervios... son imprevisibles.

Yo cuidé de tu tía.

Siempre le dije a tu madre que esperara.

¿Qué has dicho de tía Grace?

- ¿Ella también estaba loca? - No tuvieron que internarla.

- Nunca me lo habían dicho. - Eso ocurre en muchas familias.

¿Pero lo de papá no fue neurosis de guerra?

Esa fue la causa.

¿Quieres decir que en la familia hay cierta propensión?

Esa no es forma de hablar. Tenemos nervios, todos tenemos nervios.

Tu padre no estaría peor que nosotros de no haber sido por la guerra.

- ¿Así que tenemos nervios? - Me refiero a tu forma de reaccionar.

- ¿Cómo quieres que reaccione? - Mira cómo te pones.

- Intento controlarme. - Así es. Como debe ser.

¿Es que no debería intentar controlarme?

Eres demasiado joven para saber esas cosas.

¿Te refieres a si no tuviera miedo? ¿Mamá lo sabía cuándo se casó?

- No lo sé. - ¿Y papá?

Uno siempre lo sabe, de una forma o de otra.

Tía Hester... ¿tengo lo que tú llamas nervios?

La gente joven no tiene nervios.

Puede ser hereditario. Y le dije a John que era neurosis de guerra.

No veo qué diferencia puede suponer para él.

¿No ves la diferencia? ¿No la ves?

¿Y tú preguntas sobre su familia?

¿Y si mi padre se recuperara? ¿Qué crees que haría?

- Se trata de lo que hará tu madre. - Ella no tiene nada que ver en esto.

- Ah, ¿no? - Se divorció. Yo no le conozco.

Para mí está muerto.

- No puedo discutirlo contigo. - Los viejos sois como paredes de piedra.

El miedo es la sombra de los problemas, un fantasma en la casa.

Y cuando te pregunto, te refugias en tu maldita dignidad.

No puedes discutirlo conmigo.

Sydney...

no puedo discutirlo contigo.

¡Bassett!

¡Bassett!

¿Ha llamado, señorita?

- Sí, me pareció oír algo. - ¿Oír algo, señorita?

Sí.

Estoy segura de que aquí no hay nadie.

No obstante, miraré.

¡Bassett! ¡Bassett!

- ¿Sí, señorita? - La puerta estaba abierta.

Probablemente no la cerraron como es debido.

No pasa nada, señorita.

¿Le gustaría que me quedase con usted?

- ¿Para qué? - No hay razón, señorita.

Buenas noches.

Precioso. Lo tocas muy bien.

¿Por qué no lo acabas? Porque no puedes. Nunca se acabó.

Lo sé, porque lo escribí yo.

Lo escribí en esta habitación y en este piano.

Pero... ¿quién eres?

Creo... que soy tu hija.

¿Hija? Por Dios, eso está bien, pero es imposible.

- ¿Estás olvidando que...? - ¡Pues claro que sí!

Años y años, toda una vida.

La vida de mi hija.

- ¿Cómo te llamas, hija? - Sydney.

Sydney, igual que mi madre. Me gusta Sydney.

Supongo que... hemos tenido una sorpresa, ¿no es así?

No, para mí no lo eres. Pero para mamá...

Tu madre... Mi Margaret. ¿Dónde está?

Volverá en seguida. Ven a sentarte a esperarla.

Sí... Estoy cansado.

¿No es curioso?

- Tengo ganas de llorar. - ¿Por qué? Ya pasó todo.

Ríe, ríe, eso es lo que tenemos que hacer...

Me gusta esta habitación.

Mi casa... Pero no me gustan las cortinas.

Papá...

No son los únicos cambios. Todo suele cambiar.

Tu tía Hester no habrá cambiado.

No, ella no.

Y seguro que tu madre tampoco. ¿Está tan encantadora como siempre?

- Padre... - Padre, padre...

Es una palabra nueva para mí. ¿Qué quieres, hija?

Tenemos que hablar.

Aclaremos las cosas antes de que ella vuelva.

- Llega tarde, ¿verdad? - Sí.

- Iré a buscarla. - Quédate aquí.

Muy bien.

- ¡Escucha, haré lo que me plazca! - No permitiré que la asustes.

- ¿Yo? - Puedes provocarle un shock.

No conozco a nadie que haya muerto de alegría.

- Padre, no lo comprendes. Mamá y... - ¡Eso a ti no te interesa!

¡No me dejaré intimidar! ¡No lo aguantaré!

¡Ya he tenido suficiente! ¿Me oyes? ¡Me pones nervioso!

¡Tú también!

Creo que sí. Te has enfadado de repente.

Yo también reacciono así. Es un pronto sin importancia.

Algunas personas no comprenden... que no tiene importancia,

pero te saca de quicio que te intimiden cuando estás sano.

Se acabó. ¿No es así?

Yo estoy sano.

- ¡Hija! - Padre...

Eso es, no dejes que me ponga así. Te aseguro que estoy tan bien como tú.

Ha sido ahora, me sucedió hoy.

Fue de repente.

- Yo estaba en el jardín... - No imagino cómo escapaste.

Fácil, fue la mar de sencillo.

Salí tranquilamente. Fue un golpe de suerte.

Las visitas iban a salir y me mezclé entre ellos, como si nada, hablando.

Nadie se fijó en mí. No creí que fuera posible.

Todos los que estamos allí lo hemos intentado una u otra vez.

- ¿Quién es? - Creo que es mamá.

Déjame decírselo primero, por favor.

Meg... Meg, estoy en casa.

- Sydney... - No pasa nada, mamá.

¿Qué sucede? ¿Qué os pasa a las dos?

Estoy bien, podéis creerme.

Fue como el foco de una linterna. Como un rostro que se volvió hacia mí.

Estaba en el jardín perdido, era un alma en pena,

rechazado, sin esperanzas. No conseguía que nadie me comprendiera.

Nunca fui como los demás, siempre he estado sano.

Pero el rostro se había apartado.

- ¿Qué rostro? - El de Dios.

No me dices nada. Parece que no te alegras de verme. ¿No te alegras?

Claro que sí. Pobre Hilary.

Es maravilloso estar en casa. Maravilloso.

Era un hombre muerto en aquel lugar.

¿Sabes lo que hacen los muertos en el cielo?

Se sientan en sus sillas de oro añorando sus casas.

¿Por qué no me visitaste, Meg?

Al principio lo hice.

Me pidieron que no volviese. Eso te perjudicaba.

- Porque te quería demasiado. - Pero no me reconocías.

Eso es cierto. Mi razón y mis acciones no.

Pero te conocía. Meg, tras la cortina,

tras los sueños, el ruido y el abandono de todo, yo te quería.

Escucha, no debemos de hablar de estas cosas.

No lo hagamos. Los temores se convierten en criaturas.

Y los temores de mi mente hacen que pueda verlas.

Extrañas, nebulosas, ¡criaturas horribles...!

Cálmate, papá.

Tienes razón. Sí, díselo a tu madre.

Estoy bien, lo comprendes, ¿verdad?

Los temores y las criaturas fueron reales, pero ahora sé

que solo están en mi mente. ¡Seguro, Meg, estoy bien!

No dejo de pensar en nuestra casa, en vosotras,

y el crepitar del fuego en la chimenea, y en tu presencia...

en tu querida y tierna presencia.

Sydney... ¡Páralas, no quiero campanas en esta casa!

Eso es.

No debe haber campanas. Allí las tenían.

Campanas para dormir, para desayunar, para todo...

- No las quiero, por favor. - No las habrá, papá. Te lo prometo.

- Debes tranquilizarte. - Siento haberme excitado.

- Estoy cansado. - Necesitas descansar.

¿Llamamos al Dr. Alliot o llamamos al sanatorio?

No podemos echarle en Nochebuena. Desea tanto estar con nosotras.

- No podemos tenerle aquí. - Puedo manejarle.

Estará en la habitación de invitados. Se portará bien.

¡Hija!

Sí, papá.

- Voy a enseñarte tu habitación. - ¿Qué has dicho?

Que voy a enseñarte tu habitación.

¿Mi habitación?

¡Tengo mi propia habitación! ¡En mi casa! ¡En mi propia casa!

¡Es maravilloso, hija! ¡Maravilloso!

Eres fuerte, hija. Fuerte. Eres como yo. He puesto mis ojos en ti.

Calma, Sydney, calma.

Sí, papá.

- ¿A dónde vamos? - A tu habitación.

Pasarás la noche con nosotras.

¡La noche con vosotras! Eso está bien.

Soy feliz, ¿sabes? Es una bendición ser feliz.

Pasar la noche... Sí, noche tras noche, gracias al cielo, durante largos años.

¡Calla, calla!

- Feliz navidad. Bassett. - Gracias, señor.

No he hecho otra cosa que correr por toda la casa tras el perro que le trajo usted

a la Srta. Sydney.

¿No funciona el timbre? He llamado un buen rato y no contestaban.

El timbre se desconectó esta mañana.

Es extraño. Para la señorita. Estaba debajo de la puerta.

- Gracias. - ¿Dónde están?

Desayunando. ¿Puedo traerle un poco de café?

Prefiero tomarlo con ellas.

La Sra. Fairfield me dijo que esperara usted en la sala, señor.

Ella vendrá en seguida.

- ¿En la sala? - Sí, señor.

Le diré a la Srta. Sydney que ha llegado.

Avise a la Sra. Fairfield.

- ¿Ha oído lo que le he dicho? - Sí, señor.

Pero las dos me dijeron que esperara usted en la sala.

- ¿Está aquí? - Sí, señora.

- Gray... - Margaret, ¿a qué viene el misterio?

- Gray, él ha vuelto. - ¿Quién?

- Hilary. - ¿Qué Hilary?

- ¡Hilary! - Se escapó y vino aquí.

Me conoce, Gray, está bien.

- Es difícil creerlo. - Hemos llamado al Dr. Alliot.

Esto acabará pronto.

No debes preocuparte, querida. Seremos amables con él.

Es horrible. Tiene el pelo gris y habla como cuando tenía 20 años.

¿Sabe algo sobre el divorcio? ¿O sobre mí?

Es un niño perdido que vuelve a casa.

No puedo hacerle daño.

- Vendrás conmigo en seguida. - No puedo.

- Le he hecho tanto daño. - ¿Tú se lo has hecho a él?

Dentro de mi corazón desearía que no fuera cierto.

Espero lo mismo de mi marido.

No tienes marido. Te casarás conmigo.

Lo sé.

- Jamás volverás a temer nada. - Pero tengo que decírselo con dulzura.

¡Meg!

Nos iremos a Londres. Nos casaremos con una licencia especial.

- Eso lo arreglará todo. - Pero debo hacer lo correcto.

¡Meg!

Ven conmigo, el coche está fuera. Dices que el Dr. Alliot llegará pronto.

Déjale una nota. Es amigo, además de médico.

- Que él se ocupe. - ¿No ves que he de decírselo a Hilary?

¿No comprendes que le dolerá menos viniendo de mí?

Le dolerá mil veces más.

Y piensa lo que significará para mí saber que estás aquí con él.

Meg, ¿dónde estás?

Iré a mi casa a buscar dinero y luego...

veré a mi abogado. Me ocupará toda la tarde. Volveré esta noche.

Cogeremos el tren de las 9:45.

Oh, estás aquí. Sydney me dijo que estabas en tu habitación.

El doctor, ¿eh? Le estaba esperando.

Es inútil. Estoy tan bien como usted. Hágame las pruebas.

El Sr. Meredith ha venido de visita. Ya se iba.

Oh. lo siento.

- No me gusta dejarte. - Es mejor, márchate.

Te veré luego.

Por favor...

- ¿Quién es ese hombre? - Se llama Gray Meredith.

- ¿Qué estaba haciendo aquí? - Es un viejo amigo mío.

Yo no le conocía, ¿verdad?

Lo es desde hace cinco años.

¿Sabes lo que creo? Que está enamorado de ti.

- Oh, Meg, no deberías permitírselo. - Lo sé. Lo sé muy bien.

No puedo culparte por ello. Mira, Meg...

Echo algo de menos, algo que tú solías tener.

- Te has alejado de mí, ¿no es cierto? - No he hecho nada malo.

Pero debo decirte, y, por favor, intenta comprenderlo,

- que llevamos separados mucho tiempo. - Mucho tiempo.

Mucho tiempo para que una mujer permanezca fiel, ¿eso quieres decir?

Eso es, de eso se trata.

- Ser la diferente si te hubiese querido. - ¡Pero una vez me quisiste!

- ¿Tú crees? - ¿Qué esperas que haga, que te perdone?

No hay nada que perdonar.

Oh, Hilary, hay mucho que perdonar, pero no esto.

¡Supongo que quieres el divorcio! ¡Pues no te lo concederé!

Por favor, escucha e intenta comprender.

- Me divorcié de... - ¿Te divorciaste?

Oh, Meg...

Meg...

Los cielos temblarían, la tierra se secaría, pero tú no harías eso.

¡Tú no!

Hilary, hace un año me concedieron el divorcio.

¿Mamá?

Sí, cariño.

- ¿Qué sucede? - Dice que se divorció de mí.

No es posible, ¿verdad, Sydney?

No tenía motivos.

¡No tenías motivos! ¡No puedes echarme así!

A menos que intentes rehusarme.

Quizá lo hagas para que me vuelva loco otra vez.

Hilary, compréndelo, por favor.

Creo que ya entiendo tus propósitos. ¡No puedes hacerlo!

- Papá... - ¡Hester!

¡No puedes hacerlo!

¡Hester!

¡Hester!

¡Hester!

- ¿En qué puedo ayudarle? - No puede hacerlo!

Aquí estoy, dime. Volved al trabajo.

- Hester, ¿sabes lo que me ha dicho? - Sí, querido. Lo sé. Volved al trabajo.

Tienes que mantener la calma.

Ahora entra ahí y hablemos de ello tranquila y razonablemente.

No debes preocuparte, Hilary. Todo irá bien.

Cierra esa puerta.

¿Qué es lo que quieres, Hilary?

Tengo una adivinanza para ti. ¿Cuándo una esposa no es una esposa?

Contéstame a eso.

Había un hombre en aquel lugar que ponía adivinanzas.

Se las decía a la luna como una cara blanca susurrando desde el cielo.

¡Mentiras! No encontraba respuestas, pero las sé. ¿Quieres saberlas?

Hilary... Margaret, ¿qué le has hecho?

- Le he dicho la verdad. - Entonces, que Dios te perdone.

Si te digo lo que me ha dicho pensarás que estoy loco.

¡Eso es lo que ella quiere que pienses! Quiere deshacerse de mí.

Tiene un amigo que la visita y yo estoy en medio.

Así que viene a mí y me dice, ¿qué te parece? Que ya no es mi esposa.

- ¿Qué te parece? - Podrías llamarme.

- No haría caso. - Siéntate, mamá.

Es culpa mía. Pero, Hilary... no es lo que tú crees.

¿Qué hace ese hombre en mi casa? - Dentro de una semana me casaré con él.

¿Has oído eso? ¡Y me dice eso a mí!

Soy una mujer libre. Tengo el divorcio.

Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre. ¿Lo recuerdas?

¿Qué puedes decir a eso?

- Me casaré con Gray Meredith. - Qué vergüenza.

Pensar que tu hija te oye decir eso.

Gray Meredith...

¿Quién es?

- El Dr. Alliot está aquí. - Hágale pasar en seguida.

No puede llevar a cabo ninguna de sus tretas.

Estoy sano. Ya no pueden volverme loco otra vez por mucho que lo intenten.

Buenos días a todos.

Ah, bienvenido. Me alegro de verle.

Tiene usted muy buen aspecto. - Supongo que mandaron a buscarle.

Se marchó usted de manera muy extraña.

Mandaron a buscarle para que me devuelva allí.

Devolver durante un tiempo. Formalidades, puro trámite. Ya sabe.

No me importa. Estoy bien. No me da miedo lo que diga.

- No me dais miedo ninguno. - Bien, bien... Esperanzador.

Si no le importa...

quiero hablarle de algo confidencial.

Es sobre Margaret, no sobre mí.

Está enferma. No está en sus cabales. Me he percatado en cuanto la he visto.

- El motivo quizá sea la decepción. - Sinceramente, eso es algo muy corriente.

Nosotros sabemos de esas cosas. Servimos en el mismo bando

y a corta distancia.

¿Sabe lo que me ha dicho? Supongo que sufrió un shock al verme.

Me dijo que ya no era mi esposa.

Oh, ese es el problema. Créame, es una situación difícil.

¡No es una situación! Me casé con ella.

Me puse enfermo y ya estoy bien. Quiero a mi esposa.

Sí, sí...

Sí, sí, sí, significa seguir la corriente a un loco.

Espero que estará convencido de que sus problemas han acabado.

Por otra parte... - No van a volver a encerrarme

- porque ame a mi esposa... - Le pondré un ejemplo.

¡Me puede poner sesenta, me da igual!

- Padre, debes escuchar. - ¿No estarás contra mí?

Nadie está contra ti. Solo queremos que escuches, que comprendas.

Siga, Alliot.

Conozco a tu padre, a tu madre y a la madre de Margaret.

Así que puedo hablarles no solo como médico sino como amigo.

En mis 50 años como médico he llegado a convencerme de que,

a pesar de la ciencia y de la lógica,

el peor de los problemas humanos es la infelicidad.

Lo sé todo sobre infelicidad. ¿No es verdad, Margaret?

Ninguna mujer debería atarse de por vida a un borracho

- o a un criminal o... - ¿O a qué?

O a un hombre que, según sabemos los médicos...

- Pero no están seguros. - He dicho por lo que sabemos...

es un loco incurable.

La ley permite el divorcio en esas circunstancias,

- si Margaret se divorció de usted. - Pero ¿qué pasa si el marido se recupera?

Demasiado tarde, Fairfield. Demasiado tarde.

¿Qué ley es esa? ¡No es justa! ¡No se le puede llamar justicia!

Un hombre no puede vivir una vida normal si es un alcohólico incurable.

- si le meten en la cárcel de por vida. - Pero yo no soy un borracho

ni un criminal. No he hecho nada malo.

Fue la guerra. ¿Y luego qué? 20 años de miseria.

Y mi esposa y vosotros... decís "Ya que has pasado sin ella 20 años,

puedes seguir lo que te queda de vida".

¿Qué te he hecho yo, Margaret?

¿Te he maltratado? ¿No te he querido ni tú a mí?

¿Podía yo evitarlo?

- ¿Qué he hecho yo? - Fairfield, usted dejó de vivir.

Es cierto...

dejé de vivir.

Lloramos por los muertos.

A menudo me he preguntado cómo sería su regreso.

- Ahora ya lo sabes. - No quiere razonar.

Muy bien, eso se llama compasión y mientras, mi esposa se larga con otro.

¡Hilary!

Uno de vosotros va a sufrir. ¿Pero cuál debe ser?

¿Quién tiene la razón?

¿La mujer que tiene una vida por delante

o el hombre cuyos hijos no debían haber nacido?

¡Dr. Alliot!

¿Es eso cierto, Dr. Alliot?

¿Es cierto?

Dígamelo.

Sí, Sydney, es cierto.

Feliz Navidad, querida Sydney.

Srta. Sydney, he dicho "Feliz Navidad".

- Extraño comportamiento. - Debo anunciarle.

El reverendo Pumphrey. Quiere verla a usted y a la señorita.

- No podemos ver a nadie. - Eso es absurdo, Margaret.

- Hágale, pasar. - Sí, señora.

Fairfield, ¿por qué no vamos al estudio a aclarar las cosas?

Lo que usted quiera, doctor.

Queridas señoras. Sra. Fairfield.

Buenos días, Margaret. No son horas de visita, disculpe.

En absoluto. ¿No quiere sentarse, Dr. Pumphrey?

- ¿Qué tal la fiesta de navidad? - Fue una gran fiesta.

Tengo poco tiempo. Iré directamente al grano.

He oído ciertos rumores inquietantes.

No quiero hacer las cosas más dolorosas, Sra. Fairfield.

Para ser franco, ¿su marido está vivo o muerto?

Mi ex marido está vivo. - Me deja asombrado.

Usted sabe que estaba loco. Se lo dije cuando llegó usted a la parroquia.

Pero no sabía que estuviese vivo.

No seas tonta, Margaret, no es la locura, es el divorcio.

Yo no puedo casarles a usted y al Sr. Meredith.

No se imagina lo perplejo que estoy de pensar que dentro de una semana

iba a casar a una mujer divorciada.

- Pero nuestra iglesia permite el divorcio. - Lo tolera, Margaret.

- Tolerar no es la palabra. - ¿Cuál usaría?

No me preocupan las palabras.

Nuestra iglesia, hablando claramente, deja ese asunto

a la discreción de sus clérigos. Es un asunto de conciencia.

Puede volver a casarse, pero no lo haré yo.

Pero incluso hemos enviado las invitaciones.

¿Por qué no le dices que la situación ha cambiado?

- Nada ha cambiado. - ¿Cambiado?

Mi sobrino se ha recuperado, está bien y ahora se encuentra en casa.

Lamento haberla molestado, Sra. Fairfield.

Dentro de un año, usted y su marido recordarán este episodio como un sueño.

- Sencillamente como un mal sueño. - No tengo marido.

Volver a casarse es pura formalidad. Una feliz formalidad.

Tía Hester, conociendo su historia y la mía,

¿de verdad esperas que vuelva con él?

- Él ha vuelto a ti. - Es deber de esposa.

Creo que eres mala. Creo que los dos son malos.

- Sra. Fairfield, contrólese. - Margaret...

- Dr. Pumphrey, ¿quiere a su esposa? - ¿Qué significa?

- ¿La quiere? - Ella y yo estamos muy unidos.

Suponga que no lo estuviesen. Piénselo.

Querer sentir desesperadamente y no sentir nada.

¿Sabe lo que representa degradar a alguien que te quiere?

¿Endurecerse ante su mirada? ¿Sentir piedad y estremecerse?

Margaret...

- Hola, Pumphrey. - Alliot.

Bien, debo irme. Tengo que hacer unas visitas.

Antes de irme. ¿no volverá a pensarlo?

No lo haré.

- Sra. Fairfield. - Le acompañaré hasta la puerta.

- Se quedará conmigo durante unos días. - Gracias. doctor.

- ¿Dónde está Meredith? - Me llevará a Londres esta noche.

Bien. Cuanto antes, mejor.

Le prometí a Hilary que podría hablar un momento contigo antes de irse.

- ¿Te parece bien? - Pues claro.

Pasaré a buscarle después. Sé amable con él.

Pero no demasiado.

¿Se han ido?

- Sí. - Yo también me voy.

Alliot es un buen tipo, ¿verdad? Me ha hecho ver que es demasiado tarde.

Claro que lo es, no serla justo pedírtelo.

Ninguna mujer podría esperar.

Tú no podrías esperar. Es como él dice.

Tienes una nueva vida y en ella no hay sitio para mí.

Así que debo decir adiós e irme, porque... no tengo ninguna oportunidad.

Oh, Meg, ¿no hay ninguna oportunidad?

Hilary, he venido a decirte adiós.

Has venido a decirme adiós pero me mandas de nuevo a la soledad.

¿Te das cuenta de lo que significa? Me da miedo estar solo.

Deja que me quede, no te molestaré. No me meteré en tu vida.

Pero no me dejes solo. - Es inútil, Hilary.

Meg, dame las cosas que pensaba, las que me atormentaban en aquel lugar.

Pequeñeces para ti, pero que son la vida para mí.

El crujido de tu ropa, el contacto de tu mano, el sonido de tu voz...

¡Cosas que le darías a tu perro! - Es inútil. Yo no te quiero.

Cuando nos casamos, prometiste estar junto a mí en lo bueno y en lo malo,

en la salud y en la enfermedad, ¡no puedes romper tu promesa.!

- Eso no es justo. - No puedes sentenciarme a esa miseria.

- No sabes lo que significa. - Voy a aprender.

No me dejarías así si lo supieras.

Jamás harías daño a una criatura, ni a nadie.

¿Cómo puedes herirme así? No habrás cambiado desde ayer.

- Ha sido media vida. - Ha sido ayer.

¿Ha sido ayer... la forma como me tratabas y lo que estás haciendo ahora?

¿Qué hago ahora? ¿No dejarás que me vaya?

¿No dejarás que vuelva a aquel lugar, verdad?

Supongo...

que no puedo.

Pase.

Es tarde, Srta. Sydney.

Los demás han cenado y pensé que le vendría bien comer algo.

- Les dije que no tenía hambre. Llévatelo. - Sí, señorita.

Dejaron un mensaje por teléfono para usted.

- ¿Quién era? - Era el Sr. Stone,

dice que se le estropeó el coche y que llegaría en el tren de las 9.15 esta noche.

Gracias.

- No pasa nada malo, ¿verdad? - ¿Y qué si pasa?

- Perdone, señorita. - Lo siento. Susan.

No sé lo que digo. Has sido muy amable al traerme la bandeja.

Ahora no tengo hambre, pero quizá luego coma algo.

Sabía que lo haría. ¿Lo ponemos aquí?

Eso es. ¿No hay nada más, señorita?

¿Está segura?

Sí, lo hay.

Quiero hablar contigo. Ven a sentarte.

- ¿No estarás trabajando demasiado? - No, señorita.

No es ni la mitad de duro de lo que la gente dice.

- Eres muy feliz, ¿verdad? - Oh, sí...

Es como vagar con este mundo con los ojos siempre puestos en uno nuevo.

No está muy claro, ¿verdad?

Muy claro, Susan.

- ¿Cuánto hace que conoces a Billy? - Años y años.

Solíamos jugar juntos cuando éramos críos.

- ¿Conoces a su familia? - Como a la mía.

Están todos bien, ¿verdad?

Tan sanos como la gente más sana que haya en este país.

Pero, ¿por qué me lo pregunta?

Por nada. Me interesaba...

Susan, tú y yo nos conocemos desde hace tiempo.

Y ahora qué estás casada y vas a tener un hijo...

Ya sé lo que está pensando.

- Ah, ¿sí? - Sí, si me permite decirlo.

También es muy guapo.

Sí.

¿Verdad?

Ya que hablamos de eso, de felicidad y todo eso,

espero y rezo para que todos sus hijos sean tan guapos como ustedes dos.

Déjame sola. Por favor, Susan...

Margaret...

¿has hecho las maletas?

Margaret, ¿qué ha pasado?

No voy a ir contigo.

Tengo que quedarme aquí. Tengo que quedarme con él.

Voy a tener que aclararlo con él. ¿Dónde está?

Durmiendo. El Dr. Alliot le dio algo.

Margaret, nuestro tren va a salir, así que prepara tus cosas.

No puedo enfrentarme a Hilary.

Soy la culpable. Jamás debí enamorarme de ti.

- Sé razonable. - Tengo que quedarme con él.

- No puedes decir eso. - Tengo que quedarme con él.

¿Así que te quedarás con él?

- Esto resulta muy extraño. - No hables así, Gray.

- Quiero ser paciente, pero no es fácil. - ¿Fácil?

¿Te importaría tratar de explicármelo?

No puedo hablar.

- Intento hacer lo correcto. - ¿Te lo digo yo?

Me estás diciendo que has cometido un error,

que los últimos cinco años no significan nada,

- que jamás te he importado. - No me digas esas cosas.

- ¿No son ciertas? - Sabes que no lo son.

¿A qué te refieres, si no vienes conmigo?

Me refiero a Hilary. Tengo que pensar en él.

Él es débil. tú eres fuerte.

No lo bastante para estar sin ti.

He esperado mucho tiempo.

Ahora debes venir.

- Si dejo a Hilary ahora... - Margaret...

vámonos.

No puedo.

Si te preguntas por qué, solo intento hacer lo correcto.

No volveré a pedírtelo.

- O me quieres o no me quieres. - Te quiero.

No debes engañarte.

Como la hierba marchitándose al sol, así será mi vida sin ti.

En el amor no hay peros.

- No puedo soportar el dolor de Hilary. - ¿Crees que yo no sufro?

Él está indefenso. Es como...

descuartizar a un pobre animal para tú ser feliz.

Preferiría morir de mi propio dolor.

Hablas de tu dolor como si fueras una tercera persona que ya hubiera muerto.

Piensa en los días, semanas y meses de dolor que le causarás.

Porque tenerte aquí no le dará la felicidad.

Tengo que quedarme con él.

¿Entonces es un adiós?

Gray...

¿A dónde vas?

He dicho adiós a tu madre.

Me voy a Londres solo.

- No puedes hacer eso. - No puedo hacer otra cosa.

¿Cómo puedes sentir algo por ella en tu corazón y dejarla aquí?

- Ella quiere quedarse. - Eso no es cierto. Lo sabes.

- ¿Qué puedo hacer? - ¿Por qué?

Ella ha elegido quedarse.

Pero no debes dejarla.

Quizás tengas razón, Sydney, aunque no lo sé.

Yo sí lo sé.

Quédate aquí.

Madre...

¿Sí?

No puedes decirle adiós a Gray.

- No hay otra salida, cariño. - Sí, la hay.

- ¿Cuál? - Papá...

es cuestión mía, no tuya.

Tú debes hacer feliz a Gray.

- Tengo que quedarme aquí. - Pero...

¿No ves que quedarte aquí no es bueno para papá?

Se enfada cuando tú estás a su lado.

- ¿Y qué hay de John? - Nos llevaremos a papá.

Iremos todos a Australia, donde hay mucho espacio y hay sol,

y las cosas están empezando a crecer en vez de a perecer como aquí.

Le sentará bien. Es lo que necesita, todos lo necesitamos, salir de este lugar.

Papá será feliz con nosotros. Lo será.

Gray está esperándote.

Me voy contigo, Gray.

- ¿Puedes, Margaret? - Puedo irme contigo.

- ¿Estás segura? - ¿Qué quieres decir?

Hace un momento nos dijimos adiós y ahora me acompañas.

Cambias muy deprisa. Demasiado, Margaret.

Creo que no te entiendo.

Me gustaría asegurarme de qué te has decidido.

Quisiera... una prueba.

Pensé que obraba bien.

Si quieres una prueba...

creo que puedo darte una.

Estaba asustada. Yo soy así.

Toda mi vida he estado asustada de algo, de alguien.

Hilary, la vida...

Pero contigo no tengo miedo.

De repente no tengo miedo. Te necesito, Gray.

Esa es mi prueba.

Es suficiente.

Espérame en el coche. Cogeré mi maleta.

Date prisa.

- Sra. Bassett. - ¿Sí, señorita?

Voy a salir un momento. Si alguien pregunta por mí, dígale que vuelvo en seguida.

¿Se refiere al caballero de arriba?

- Ese caballero es mi padre. - Lo imaginaba. Es igual que usted,

nervioso. ¿Me comprende?

- Voy a ver a una persona. - Muy bien, Srta. Fairfield.

- Feliz Navidad. - Feliz Navidad.

Vuelve a besarme, John...

Por favor.

- ¿Cómo está Bill? - Ya está bien.

- Creo que me gustaría Bill. - Te encantará. Es un bruto,

pero es bueno.

- ¿Has traído tu coche? - Espera, John.

Tengo que decirte una cosa.

Entremos ahí.

¿Qué pasa, Sydney?

Todo... Todo, cariño.

- ¿Me prometes una cosa? - Claro, lo que quieras.

Hay algo que debes saber.

Quiero que me prometas no tocarme cuando yo te lo diga...

ni con la punta del dedo.

- De acuerdo. Escucha... - No. John.

Déjame hablar.

John...

no voy a casarme contigo.

- ¿Que no vas a qué? - Por favor. John...

Pensé cómo podía decírtelo. Podría haber regañado contigo.

Podía mentirte y decirte que no te quiero.

Podía haber dicho y hecho las cosas más absurdas.

Pero tú no eres de esos, John, ni yo tampoco.

Nosotros solo... entendemos una cosa.

La verdad.

¿A dónde quieres llegar, Sydney?

Salgamos de aquí.

John...

¿Recuerdas lo que te dije sobre mi padre?

Sí.

Te refieres a lo de la neurosis de guerra.

No se trata de eso.

Es locura. Ha estado loco,

loco durante todos estos años. Acabo de descubrirlo.

¿Pero qué tiene que ver eso con nosotros? Él no puede...

No es una locura normal.

Es hereditaria. Está en la familia.

Corre por nuestra sangre. La llevamos en las células.

La tía de mi padre estaba loca.

Y ya son dos generaciones. Nadie sabe nada del resto.

Podría repetirse una y otra vez.

He hablado con el médico.

Tú querrás hijos...

que sean fuertes y sanos.

Tu cerebro está sano.

Esa cosa corre por mi interior, como si fuera un veneno.

La heredarán nuestros hijos.

¡No puedo hacerle eso a ellos ni a ti!

- Pero nunca se sabe... - John, lo sé, te lo aseguro.

Los hijos no son importantes de todas formas.

Los anhelas.

Y yo también.

Hay montones de chicos sin hogar. Podríamos adoptar una docena.

¿Y qué pasará conmigo?

¿Podemos adoptar un cerebro para mí?

¿Una mente limpia y saludable?

He descubierto lo de mi tía.

A ella no la internaron. La tenían en una habitación,

encerrada, lejos de la gente.

Solo se enteraban de que estaba allí

cuando gritaba. Jamás debes verme así, John.

Te necesito tanto.

Y si yo puedo soportarlo, ¿por qué no puedes tú?

Eres un hombre... ¡Me estoy muriendo por dentro! ¡Ya estoy muerta!

Ten compasión de mí.

El tren saldrá dentro de un minuto y debes estar en él.

- ¿No podemos seguir? - Sube, John.

Sydney, ¿puedo darte un beso de despedida?

Lo hiciste... cuando te lo pedí, al encontrarnos.

Eso era un adiós.

- ¡Sydney! - ¿Qué estás haciendo aquí?

- He venido a recibir a John. - Dile que pienso verle muchas veces.

Lo haré, mamá.

Sydney, los dos queremos darte las gracias por habernos unido.

- Todo va bien, ¿verdad? - Vamos.

- Adiós. - Adiós, Sydney.

¿Dónde está tu madre?

- ¿Dónde está tu madre? - Se ha ido.

- ¿Se ha ido? - Para siempre.

Lejos de nuestras vidas.

¿Qué estás diciendo, que se ha escapado?

Se ha ido. eso es lo único que importa.

Debió haber sido idea tuya.

¡Se ha ido! Ahora todo se ha ido.

Papá...

yo no.

Pero te irás pronto. Te vas a casar.

¿No es eso?

- Eso ya está arreglado. - ¿Le has dejado?

Sí, así es.

De tal madre tal hija.

- Exactamente. - Rezo para que llegue tu castigo.

Tus oraciones tendrán respuesta, tía.

Dejar a un hombre es algo muy cruel.

- Lo superará. - ¿Le querías?

- ¿A quién le importa excepto a mí? - Sydney.

- ¿Estás llorando? - No, no lloro.

Le quieres.

- Supongo que sí. - ¿Entonces por qué?

Estamos en el mismo barco, papá.

Esa es su forma de hablar ahora. Las jóvenes saben demasiado.

Les molesta todo.

Creía que me odiarías.

No, papá.

Te necesito. tanto como tú me necesitas a mí.

Te daremos un buen trabajo.

- ¿Qué trabajo? - De la vida.

Tengo planes.

Haremos cosas. Lo pasaremos muy bien juntos, tú y yo.

- ¡Las campanas! - Se trata del reloj.

Son las campanas, Hilary. Páralas.

- ¡Padre, es el reloj! - ¡Te dije que no quería campanas!

- ¡No quiero oírlas! - ¡Es el reloj!

¡No quiero oír esas malditas campanas! ¡No lo soporto!

Lo siento.

Te ha pegado. ¡A su propio padre!

Apenas has llegado y ya te ha pegado.

Es igual que el resto de las jóvenes de hoy en día. Son como piedras.

Qué barbaridad.

Papá...

- no quería hacerlo. - Ya lo sé, Sydney.

Sé que no querías...

Me alegra que estés conmigo.

Ahora estamos solos, padre.

Parece que ha pasado una vida desde que nos conocimos.

Y solo fue ayer...

cuando estabas sentada al piano...

- tocando mi sonata. - ¿Quieres que vuelva a tocarla?

No. Yo lo tocaré.

Pero déjame explicarte. Este soy yo, hija.

Aquí expreso todo lo que quería ser.

Para entendernos mutuamente debemos comprender eso.

Creo que entiendo nuestros sentimientos.

La gente solía encontrar extraña mi música.

No les gustaba. Les ponía incómodos.

- Tú no la encuentras extraña. - La he tocado demasiadas veces.

Lo sé. Lo supe todo el tiempo.

Llegaba a mí, en aquel lugar.

Había veces que parecía que la luz de la luna me envolvía.

Todo era apacible. Yo descansaba.

Esos momentos de paz transcurrían mientras tú tocabas.

Toca ahora, Sydney.

Toca.

Es maravilloso...

Es maravilloso que, sin haberte visto, encontrara la paz en medio del tormento

cuando tocabas. Mi propia hija...

tocando notas de mi mente en este piano.

Y yo lo notaba. La sentía vibrando por la casa.

Susurrando por los rincones. Llamándome al hogar.

Sigue tocando, por favor.

Vamos, Sydney, toca un poco más.

Pero...

eso es cuanto sé. No está acabada.

La acabaremos juntos.

La acabaremos mi hija y yo.

¡Toca, Sydney!

¡Toca, Sydney!

¡Lo que deseo es seguir tocando!

No solo las notas, acordes y ritmos...

¡El sentimiento de la música en sí mismo!

¡Fuerte como la roca!

- ¡Como el fuego de las estrellas! - Como el fuego de las estrellas...

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