Afrikaans
Akan
Albanian
Amharic
Arabic
Armenian
Azerbaijani
Basque
Belarusian
Bemba
Bengali
Bihari
Bosnian
Breton
Bulgarian
Cambodian
Catalan
Cebuano
Cherokee
Chichewa
Chinese (Simplified)
Chinese (Traditional)
Corsican
Croatian
Czech
Danish
Dutch
Esperanto
Estonian
Ewe
Faroese
Filipino
Finnish
Frisian
Ga
Galician
Georgian
German
Greek
Guarani
Gujarati
Haitian Creole
Hausa
Hawaiian
Hebrew
Hindi
Hmong
Hungarian
Icelandic
Igbo
Indonesian
Interlingua
Irish
Italian
Japanese
Javanese
Kannada
Kazakh
Kinyarwanda
Kirundi
Kongo
Korean
Krio (Sierra Leone)
Kurdish
Kurdish (Soranî)
Kyrgyz
Laothian
Latin
Latvian
Lingala
Lithuanian
Lozi
Luganda
Luo
Luxembourgish
Macedonian
Malagasy
Malay
Malayalam
Maltese
Maori
Marathi
Mauritian Creole
Moldavian
Mongolian
Myanmar (Burmese)
Montenegrin
Nepali
Nigerian Pidgin
Northern Sotho
Norwegian
Norwegian (Nynorsk)
Occitan
Oriya
Oromo
Pashto
Persian
Polish
Portuguese (Brazil)
Portuguese (Portugal)
Punjabi
Quechua
Romansh
Runyakitara
Russian
Samoan
Scots Gaelic
Serbian
Serbo-Croatian
Sesotho
Setswana
Seychellois Creole
Shona
Sindhi
Sinhalese
Slovak
Slovenian
Somali
Sundanese
Swahili
Tajik
Tamil
Tatar
Telugu
Thai
Tigrinya
Tonga
Tshiluba
Tumbuka
Turkish
Turkmen
Twi
Uighur
Ukrainian
Urdu
Uzbek
Vietnamese
Welsh
Wolof
Xhosa
Yiddish
Yoruba
Zulu
¡Le has salvado la vida!
¡Traed una manta!
¡Te dije que no lo hicieras!
¡A la bodega! Te quedarás allí hasta que lleguemos a Marsella.
¿Qué pasa?
¿Te parezco cruel?
Claro que lo soy. Y a mucha honra.
¡Largo!
¡Cada uno a sus puestos!
Metedla dentro antes de que se muera de frío.
Espera.
Venga.
NAPOLEÓN
¿Habéis descansado?
Tenéis algo que me pertenece.
Nunca había visto la letra del emperador.
Devolvedme la carta.
Me temo que no.
¿Qué queréis?
Un buen motivo para no denunciaros.
Probad con dinero.
Suele funcionar.
No tengo dinero.
Pero tengo amigos.
Si le habláis de esa carta a alguien,
os encontrarán y os matarán,
capitán Danglars.
Señor.
Os he causado muchos problemas.
No sé cómo agradecéroslo.
Lo acabáis de hacer.
Id con cuidado.
¿Señorita...?
Ángela.
Edmundo.
Nunca olvidaré vuestro valor.
Pero olvidad mi nombre.
Adiós, Edmundo.
Adiós, Ángela.
Morrel quiere verte.
Hicimos el cambio de turno, cerca del cabo Corso.
Las aguas estaban bravas, estábamos a menos de 200 brazas del naufragio.
Dame el diario de a bordo.
Colisionamos con los restos y Dantés quiso sacar el bote.
Yo se lo prohibí. Era una locura.
¿Es cierto?
SÍ. Es lo que habríamos hecho por cualquiera de nuestros hombres.
-¡Eso es decisión mía! -Asumí la responsabilidad y actué.
Di la orden de virar y se tiró al mar.
¿Os lanzasteis al mar?
El capitán Danglars no había prohibido tirarme.
¡Ya basta!
¿Habéis visto qué insolente?
Sr. Morrel, ya se lo dije,
este muchacho es incontrolable.
No volveré a navegar con él.
Y no lo haréis.
¿Lo veis? Os avisé.
Porque ya no navegaréis más para mí.
¿Cómo?
¿Cómo se os ocurre dejar a una mujer ahogarse?
Salvé vuestro cargamento.
¡Y Dantés ha salvado mi honor, Danglars!
-¡Capitán Danglars! -Ya no sois capitán.
Recoged vuestras cosas.
Dejaré preparado el salario.
No sabéis quién es esa mujer.
Sé lo que habéis hecho y eso me basta.
Ven aquí, chiquillo.
Vamos.
Que te sirva de lección.
Un hombre no debe esconderse tras su rango,
ni bajo la mesa.
Edmundo, te presento a mi nieto.
Maximiliano.
Encantado, Maximiliano.
Maximiliano, te presento al capitán Dantés.
Hola, capitán.
¿Cuántos años...?
¿Capitán?
Sí. Demostradme que lo merecéis, Edmundo.
Por supuesto, señor.
Por supuesto.
Ya está.
¡Edmundo!
¡Por fin!
No puedo creer que estés aquí.
Tengo... Tengo que decirte algo.
¡Que me quieres!
Sí, eso también. Pero...
¡Nada de peros!
Espera.
-Pero yo... -Déjalo ya.
Estás besando a un futuro capitán.
-¿Tú? -Sí.
Entonces, podremos...
Sí, podremos hacerlo.
Te he echado de menos.
No te imaginas cuánto.
Nos vemos luego.
¡Edmundo!
Julieta.
-¿Estás bien? -¿Y tú?
Sí.
¿Cómo estás?
Es Edmundo, el hijo de Luis.
-Buenos días, señor. -Buenos días.
¿Dónde está mi padre? Tengo que verle.
Está en casa.
Os veo luego.
Puedes sonreír, son buenas noticias.
¡Y esa cara!
De alegría.
Estoy muy orgulloso de ti.
¡Capitán!
¡Capitán!
¿Se lo has contado a los Morcefs?
Aún no. Quería contártelo a ti antes.
Ahora todo va a cambiar.
Debes decírselo.
Todo ha sido gracias a ellos.
Y a ti también.
Yo no te pagué la Academia Naval.
Vamos, hijo.
Ve a presentar tus respetos.
¡Un brindis!
¡En recuerdo de tu madre, Edmundo!
Porque la echamos de menos.
¡Y porque dio vida al más joven capitán de Marsella!
¡Sí, sí, aplaudid! Que se ruborice.
¡Eso es!
Pero sobre todo, porque Matilde Dantés
fue la niñera de un futuro par de Francia,
de destino heroico, uno de los oficiales más guapos de Europa,
Fernando de Morcerf, ¡para serviros!
Luis, siéntate con nosotros, es una ocasión especial.
Gracias, señor.
Quizá más tarde.
Espero que regañes a Mercedes. A mí no me escucha.
¡Llegará tarde a su propia boda!
¡Por fin!
Siento llegar tarde, tía.
Hola, tío.
Horacio de Belios se ha portado fatal.
Casi le doy un azote.
Mercedes, haz el favor.
¿Quién es ese señor?
Es un caballo, mamá. Tranquila, es de buena familia.
Hola, prima.
Hola, primo.
Edmundo.
Mercedes.
Puedes unirte a la celebración, nuestro Edmundo tiene buenas noticias.
Sí.
Sí, pronto seré...
capitán.
Capitán de El Faraón. Ya es oficial.
¿De verdad?
¡Bravo!
¡Por el capitán!
¡La tengo!
A tu salud.
Me alegro mucho por ti, amigo mío.
¡Yo también! Yo me alegro mucho por mí, amigo mío.
¡Salud!
¿Tendrás otro uniforme?
¡Y otro salario!
Podrá disfrutar de la vida,
y pasarlo bien. Ya le contaremos cómo.
Pero sobre todo, podré casarme.
Pero ¿qué estás diciendo?
¿Serás mi testigo?
-De eso nada. -Claro que sí.
¿Testigo de un devaneo? Mercedes, dile algo.
Lo he intentado, pero creo que está loco por ella.
¡Totalmente, loco por ella!
¿Y ella?
¿Lo sabe? ¿Te ha dicho que sí?
Sí, creo que está de acuerdo.
Ya sé.
Es Julieta.
-¿Quién? -No.
La lavandera voluptuosa.
No, no es Julieta.
No, es una...
Una mujer de verdad.
Muy bella.
Pero no solo bella.
Misteriosa, cautivadora.
¡Sí!
¿Quién es?
¡Es tu prima!
Mercedes Herrera de Morcerf.
¿Tú?
-¡Sí! -Nos vamos a casar.
Estáis los dos locos.
Tu madre nunca lo aprobará.
¿Crees que mi madre puede negarme algo?
Tú me ayudarás a convencerla. Eres su sobrino favorito.
Te rogamos, Señor, que recibas esta ofrenda
por este sagrado matrimonio.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu hijo,
que vive y reina contigo
por los siglos de los siglos.
Amén.
Que el señor esté con vosotros.
Traigo aquí,
firmada por el señor de Villefort, procurador del rey,
una orden de arresto contra Edmundo Dantés.
Venid conmigo.
¿Qué sucede?
Dejadio.
-Tiene que haber una explicación. -Vamos.
Soltadme.
-Esperad. -¡Fernando, haz algo!
¿Qué es todo esto? Mi hijo no ha hecho nada.
Seguro que es un malentendido.
¿Adónde lo lleváis? Os acompaño.
-Debe ir solo, señor. -¡ Teniente!
Teniente Fernando de Morcerf.
Deben dejarnos pasar.
Es una orden del rey.
Yo me encargo.
Acompáñenos, señor.
¡Edmundo!
No te preocupes, volveré, amor mío.
Edmundo Dantés, señor procurador.
Dejadnos solos.
Siempre he admirado a los marineros como vos, Sr. Dantés.
Temo pocas cosas, excepto el mar.
Ese abismo sin fin...
¡Y esas aguas negras!
Como si un monstruo fuera a surgir en cualquier momento para devorarte.
¿De qué se me acusa?
¿Por qué me han arrestado el día de mi boda?
¿Tenéis algún enemigo, señor Dantés?
¿Algún enemigo?
¿Alguien que os tenga envidia?
Nombrado capitán.
Matrimonio con la mejor familia de la región.
La gente es envidiosa, ya sabéis.
No lo sé.
Tuve una disputa con un miembro de la tripulación.
No sé de qué puede acusarme.
No lo sé.
¿De ser un agente de Napoleón?
¿Cómo?
Eso es absurdo.
Hemos encontrado esta biblia
en vuestro camarote.
Es vuestra, ¿no es así?
Tiene escrito vuestro nombre.
Sí, eso no es ningún delito.
Cierto.
Pero dentro hemos encontrado
una orden de misión
firmada por el mismo Napoleón.
Y eso sí es un delito.
Un momento.
No, os lo juro, nunca había visto esa carta.
Si no tenéis enemigos, ¿quién pudo meterla ahí?
En la costa del cabo Corso salvé a una mujer del mar.
¿Y os lo agradeció en su camarote?
No.
Pero el capitán Danglars la encerró hasta que llegamos a Marsella.
Podéis comprobarlo.
Preguntad a Caderousee.
El contramaestre, Gaspar Caderousse.
¿Caderousse?
¡Sí!
-¿Y qué sabéis de esa mujer? -Nada.
Señor Dantés.
He interrogado a cientos de conspiradores y vos no lo parecéis.
Ayudaré con gusto a un amigo de los Morcefs.
Pero debéis ayudarme.
Os juro que no sé nada de ella.
Solo que su nombre era Ángela.
Es todo.
¿Mencionasteis a alguien más el nombre de esa mujer?
No.
¿Ni a Caderousse?
No.
Á nadie. Por mi honor.
Veréis.
Os creo.
Pero tendré que reteneros algo más.
Para interrogar a la tripulación.
Si confirman lo que decís, volveréis con vuestra prometida,
que habrá tenido tiempo para odiarme por el contratiempo.
Seguro que sí.
Fernando lo traerá de vuelta.
Ya no puedo más, me voy.
No podrás hacer más que él.
Seguro que te alegras si no lo liberan.
¿Cómo puedes decir algo tan horrible?
Gerardo,
sea lo que sea, responderé por Dantés.
Dejadnos un momento.
Fernando, lamento lo de tu amigo.
Sé que le estimas.
Pero hay cosas que no sabes.
Hemos encontrado una orden de misión del emperador.
Dos de sus compañeros afirman que es un partisano.
Te das cuenta de la gravedad de las acusaciones.
Por suerte, lo hemos arrestado
antes de casarse con Mercedes, evitando lo irreparable.
Pero si estás dispuesto a defenderle,
si crees que esos dos hombres mienten
y estás dispuesto a correr el riesgo,
lo dejaré marchar.
Solo tienes que decírmelo.
No.
No.
No es justo que...
¿El qué no es justo?
Que el nombre de nuestra familia quede mancillado.
Si Dantés nos ha traicionado,
que pague como traidor.
Puedo evitar
un juicio, para proteger la reputación de los Morcerf.
Pero tendrás que testificar.
¿Entiendes lo que ocurre?
Pues mantén la boca cerrada.
¿Señor Dantés?
¿Ha hablado con el procurador?
Sí.
Desde luego, este día nunca lo olvidaré.
Supongo que no pueden llevarme a casa.
Pues no.
Vamos.
Un momento, ¿qué es esto?
¿Qué ocurre? ¡Soltadme!
Llamad al procurador. ¡He hablado con él!
¡Llamadle!
Soy inocente, no he hecho nada.
¡Soltadme!
Al culpable lo ahorcan.
Debéis saber algo que no quieren que se sepa, así que ¡cerrad la boca!
Vamos.
¡Esperad!
¡Esperad!
¡Soltadme!
¡Soltadme!
¿Dónde está?
No he podido hacer nada.
¡Mercedes!
Suéltame.
No puedes hacer nada.
-¡Mercedes! -¡Basta!
Te lo ruego...
¿Qué ocurre, Victoria?
¿No te alegras de verme?
Tu hermana está aquí.
Señorita de Villefort.
Te sienta muy bien la clandestinidad.
Siento no poder decir lo mismo.
¿Un cognac? Lo siento, pero no nos queda agua de mar.
Sí, es mi deber saberlo todo.
Entonces, sabrás que Dantés es inocente.
Inocente.
¿Quién es inocente del todo hoy en día?
No ha hecho nada.
¿Por qué le has arrestado?
¡Para salvarte la vida! Vaya pregunta.
¿Mi vida o tu reputación?
Los dos estamos en política.
En política, no se elimina a nadie,
se quitan obstáculos.
Sabía que ejercías el poder monárquico con crueldad,
pero esperaba que al menos fueras honrado.
Si eres tan honrada, ¿por qué no confiesas y lo salvas?
Lo haré, Gerardo.
Si tú no lo salvas, lo haré yo.
Supongo que no querrás que todos sepan de mí,
o de Victoria,
tu amante.
O de tu futuro hijo.
Justo como pensaba.
¿Estás vivo?
¡Vivo!
¿Estás vivo?
¡Vivo!
¿Estás vivo?
¡Vivo!
Aléjate... aléjate de la costa. ¿Quién conoce el camino?
¿Quién puede saberlo?
¿Hay alguien ahí?
¡Hay alguien ahí!
¿Hay alguien ahí?
¡Hay alguien ahí!
¿Hay alguien ahí?
Hay alguien ahí.
Hay alguien ahí.
¿Quién eres?
Dantés. Edmundo Dantés.
¿Cuántos años tienes?
Por la voz, pareces joven.
YO...
Ya no lo sé.
Tenía 22 años
cuando me encerraron.
El 16 de mayo de 1815.
Fue hace cuatro años.
Tendrás 26 años.
Cuatro años.
¿Y vos?
¿Quién sois?
Un prisionero.
Como tú.
¿Desde hace cuánto?
¡Calla!
-¿Qué? -Ya vienen.
¡Esperad! No me dejéis así.
¿Quién sois? ¿Cómo os llamáis?
¡Vuestro nombre!
¡34! ¿Estás vivo?
¡Vivo!
Te estaba esperando.
¿De verdad creéis que podemos salir de aquí?
He cavado 30 metros en seis años.
Para rodear tu celda y acceder al exterior,
tendremos que cavar el doble.
¿12 años?
Quizá un poco menos.
Ahora somos dos.
¿Por qué?
¿Tienes algo mejor que hacer?
No.
Soy...
el abate Faria.
Edmundo Dantés.
¿Y jamás habías visto esa carta?
No, nunca.
¿Y vos?
¿Sabéis por qué os encerraron?
Sí.
A tí querían silenciarte, a mí, hacerme hablar.
Yo elijo a las personas en las que confío.
¿No entiendes el italiano?
No.
¿Y el inglés?
¿El árabe, latín, griego?
Yo solo entiendo el mar.
Si quieres te puedo enseñar.
Con paciencia y voluntad...
en seis o siete años, sabrás todo lo que yo sé.
Historia,
filosofía,
matemáticas.
Todo eso son armas,
que nos liberan, tanto como esta otra.
¿Qué es lo primero que harás
si logramos salir de aquí?
Iré a buscar a Mercedes.
¿Y qué harás si no te ha esperado?
Entonces no me quedará nada.
Te contaré una historia, Edmundo.
Hace 700 años,
en Jerusalén, durante la primera Cruzada,
los caballeros que protegían la tumba de Cristo
fundaron la orden de los Templarios.
Al principio no eran muchos, pero su fe
era inmensa.
Gracias a sus victorias,
la orden amasó una fortuna...
considerable.
¡Considerable!
Te hablo del tesoro más grande que ha existido nunca.
Con el paso del tiempo,
su poder y riquezas crearon muchas envidias.
Y el viernes 13 de octubre de 1307, el rey de Francia, Felipe el Hermoso,
ordenó su arresto
y que confiscaran sus bienes.
Pero nunca encontraron el tesoro.
¿Sabes...
qué hicieron esos hombres de fe con esa inmensa fortuna?
No.
¡Nada!
¡Nada, Edmundo!
Centrados en su venganza,
castigando a los que les traicionaron,
fueron muriendo, uno tras otro.
Bueno, casi todos.
El último de ellos
fue el cardenal Spada.
Al final de su vida,
refugiado en la isla de Montecristo,
pudo formar a un último caballero.
Ese joven se llamaba...
Giuseppe Faria.
Soy el último superviviente.
Y sé dónde está el tesoro,
cuya mitad te pertenece a partir de hoy.
Pero ¿qué harás con esa fortuna?
¿La usarás para el bien,
o dejarás que tu corazón se pudra de odio?
Voy a vaciar el saco.
Edmundo.
Sabe salada.
¡El agua! Sabe salada.
Ya casi estamos.
Será cuestión de días.
¡Lo logramos!
Ahora vuelvo.
Salid, abate. ¡Salid de ahí!
¡Abate!
¡Abate! ¡Abate!
Ya está.
Edmundo...
No, no habléis.
Pediré ayuda.
No. Ya es tarde.
No estés triste.
Has sido el único consuelo de mi vida.
El Señor te trajo hasta mí.
Un poco tarde, pero te trajo.
No estoy loco.
Lo sé.
Ese tesoro existe.
Sabes dónde está.
Iremos a buscarlo juntos.
No. No lo olvides.
Montecristo.
Montecristo.
¡Abate!
¡Abate!
¡Abate!
No te vayas.
No me dejes.
¿Estás vivo?
¡Vivo!
¿Estás vivo?
¡Número 17!
¿17?
¿Abate?
¡Eh, abate!
Está muerto, bajad un saco.
¿Quién es?
El abate.
¿Estás vivo?
¡Vivo!
¿Estás vivo?
¿Estás vivo?
Levanta.
¡Levántate!
¡Que te levantes!
¡Alerta!
Uno...
¡Alerta!
¡Dos!
¡Alerta!
¡Y tres!
¡No tienes nada que hacer aquí! ¡Largo!
Vengo a ver a Luis.
Luis Dantés.
¿Conocías a Luis?
Sí.
Enterramos al pobre Luis.
Hace mucho tiempo.
No puede ser.
Se dejó morir de hambre tras la muerte de su hijo.
Quiso reunirse con él.
Pero su hijo no ha muerto.
Lo siento mucho.
¿Tú también eras marino?
Sí.
Te daré algo de comer.
Pero después, te marchas.
¿Y Mercedes?
¿Y Fernando de Morcerf?
Hace siete u ocho años que no vienen por aquí.
Se fueron a vivir a París cuando nació su hijo.
Llegas muy tarde.
Evita el mar de Liguria.
Hay patrullas constantes.
Dirígete al cabo sur de Cerdeña.
Puedes hacer escala en Santa Teresa di Gallura.
La isla de Montecristo se encuentra al oeste
del archipiélago Toscano.
Llegarás por el extremo sur.
Seguro que quedarás
impresionado por su belleza austera.
Siento envidia al pensar que la descubrirás por primera vez.
Ahí está.
La verás.
La cripta de la ilustre familia Spada.
El resto, Edmundo,
ya es tu historia.
La de un hombre que tendrá el mundo
en la palma de su mano.
-No, ya basta. -Te pagaré mañana.
¡No, oye! Aparta, Gaspar.
El señor Caderousse es amigo mío.
En su lecho de muerte, Edmundo Dantés me pidió que lo repartiera
entre las personas que estimaba.
Sospechaba que un tal Danglars le había denunciado.
Pero estaba convencido de que dos hombres le fueron leales.
Me dijo que uno de ellos se llamaba Gaspar Caderousse.
Y el otro era Fernando de Morcerf.
Guardad esos diamantes. ¡Ninguno de ellos los merecen!
Esperad, hijo mío.
Si os cuento lo que sé, sabrán que he sido yo.
Son ricos y poderosos.
No tenéis nada que temer.
Me debo al secreto de confesión.
Sentaos.
Dantés tenía razón sobre Danglars.
Fue él quien le denunció.
Pero Fernando de Morcerf
era su amigo.
¿Podéis ser amigo del esposo de la mujer que amáis?
Por su amor por Mercedes,
sacrificó a Edmundo.
Vivirá.
Pero para el resto del mundo estará muerto.
El único que fue fiel a Dantés fue Morrel.
¿El armador?
Fue el único que peleó para que lo liberaran.
Pero la Providencia no estaba de su parte.
Tras la detención de Dantés,
tuvo que contratar a Danglars como capitán.
Pero Danglars también lo traicionó.
Hizo desaparecer la mitad de su flota,
dijo que los habían robado los piratas.
Arruinado, tuvo que vender la compañía.
Adivinad quién la compró por una miseria.
Danglars.
Dos meses después, milagrosamente, los barcos aparecieron.
El procurador Villefort no movió un dedo.
Claro que los dos compartían un secreto.
Victoria, la amante de Villefort,
se convirtió en la señora Danglars.
Ahora es baronesa.
Y Morrel murió en la miseria.
¿Y qué hay de vos, Caderousse?
¿Qué hay de vos?
¿Qué podía hacer yo?
¿Contra un capitán, un conde y un procurador?
Si hubiera sido más valiente,
habría acabado como ella.
¿Ella?
Ángela.
Fue a visitar a su hermano para salvar a Dantés.
Yo me he deshecho de Dantés.
Ahora vos deshaceos de ella.
¿Lo ves? Yo también tengo amigos.
¿Qué le ocurrió?
¿La mataron?
Hubiera sufrido menos.
Danglars tenía otros planes.
La vendió a los hermanos Maillar, dueños de un burdel en Toulon.
Era muy hermosa.
La vendieron a buen precio.
Lo sabías todo y no hiciste nada.
Me averguenzo, padre.
Un día volveré
y te daré la oportunidad de redimirte.
No estoy aquí para rezarte o suplicarte,
solo para advertirte.
Haré lo que tú no hiciste.
A partir de ahora, yo daré la recompensa
o el castigo.
Venid conmigo, señor.
¿Quién sois?
Hace muchos años,
me dijisteis:
"Nunca olvidaré vuestro valor, pero olvidad mi nombre".
Pero yo no he olvidado vuestro nombre
ni vuestro valor.
¡Dantés!
He venido a buscarte, Ángela.
Es demasiado tarde para mí.
Pero podéis salvar al niño.
¿El niño?
Cuando llegué aquí,
solo tenía una idea en la cabeza.
Vengarme de mi hermano.
Durante semanas, busqué un modo de escapar.
Un día, surgió la oportunidad y lo hice.
Con un cliente.
Un sastre de París.
Sabía que Gerardo estaba destinado allí.
Encontré la dirección de Victoria.
Su amante.
Quería retomar la historia donde se detuvo.
Hacía un frío glacial.
Esa noche,
Gerardo iba a morir.
Nada me iba a detener.
Aún siento el metal del cuchillo en mi mano.
Pero nada fue según lo previsto.
Escuché un grito.
El grito de Victoria.
Después Gerardo salió al jardín,
llevaba con él un cofre.
Yo lo seguí.
Cuando me acerqué,
oí el llanto ahogado de un bebé.
No podía dejarle allí.
Aún tenía sangre de su madre en el cuerpo.
Entre la venganza y la vida,
elegí la vida.
Me escapé con él.
No conocía a nadie en París.
Así que volví con el sastre.
Pero los hermanos Maillard le habían seguido la pista
y me estaban esperando.
Ángela...
¿Qué fue de aquel niño?
Hola, Andrés.
Ángela me ha mandado a buscarte.
¿Por qué?
Pronto va a morir.
Te llevaré hasta ella para que puedas despedirte.
Después nos marcharemos.
Nos tomaremos
el tiempo que haga falta hasta estar listos.
¿Para qué?
Para vengarnos, Andrés.
De los tres hombres que le robaron su vida,
la tuya
y la mía.
Quiero matarlos.
Eso sería muy fácil.
Y piadoso.
No.
Les arrancaremos el corazón.
¿Quién sois?
Soy el conde de Montecristo.
El general de Morcerf ha decidido retirarse del Ejército
para consagrarse a la política en la Cámara de los Pares.
El Ejército francés pierde a un gran soldado,
pero Francia gana un gran hombre.
Fernando de Morcerf luchó en Moskova, Leipzig,
Turquía...
Arriesgando su vida,
defendiendo siempre los valores del reino de Francia.
Fernando ha pagado en sus propias carnes
el precio del compromiso y respeto por la palabra de honor.
Hace diez años,
cuando el aliado de Francia Alí, el Pachá de Janina,
estaba bajo asedio de las tropas turcas.
El coronel de Morcerf fue a por todas.
Liderando un escuadrón de valerosos soldados,
se abrió paso por la retaguardia de los otomanos
para acudir a ayudar a su aliado.
Ese acto de inmensa valentía
por desgracia, no fue suficiente. Pero como saben todos los franceses,
"Ya sé que en este combate no debo esperar el triunfo.
¡No! ¡Es más bello cuando se lucha inútilmente!"
¿Te sientes mejor?
No has prestado mucha atención a la joven Eugenia Danglars.
¡Padre!
Su dote será de dos millones cuando se case.
Fernando.
¿Entonces es a su fortuna a la que debo prestar atención?
Hijo, es mejor tener una medalla menos y un cero más.
Nuestro hijo es un hombre moderno.
Un romántico, que cree en...
¡Dame la medalla!
¡Tomad!
Suficiente.
"De haber sabido que vendríais a verme, me habría preparado".
"Señores,
de haber sabido que vendríais a verme, me habría preparado".
¡Quietos! ¡Fuera!
Señores,
de haber sabido que vendríais a verme, me habría preparado.
Siento daros esta descortés bienvenida a mi morada.
Apenas llevo unas semanas en Francia.
Conde, disculpad que entremos así,
no sé cómo podré agradeceros por haber salvado a Alberto.
Viendo cómo peleó, no dudo de que él habría hecho lo mismo.
Conde, os debo la vida.
Me alegra de veros de nuevo en pie.
La mandé reparar. La culata se rajó.
Ahora es vuestra.
Os lo agradezco enormemente, pero no puedo aceptarla.
Ya tengo una deuda con vos y aún no sé cómo pagarla.
¿Os gustan las armas?
Acompañadme.
Una de mis piezas más preciadas.
Una pistola de estilo otomano.
Sí, pero el guardamonte de hierro y el follaje dorado
me hace pensar que el cañón es de fabricación europea.
De Venecia. Exacto.
Sois un entendido.
Mi padre luchó contra el sultán Kourdhid,
junto al Pachá Alí.
Morcerf...
¿Sois el famoso general de Morcerf?
Estoy impresionado.
¿Por qué no la probáis?
Por desgracia, me esperan en la Cámara.
-La próxima vez... -Solo os llevará un instante.
Hacéis honor a vuestra reputación,
general.
Cambiaré el objetivo para Alberto.
Recordadme que jamás os rete a un duelo.
Gracias por dejar que vuestro hijo venga por unas horas.
Me complace conocer más al joven que el destino ha puesto en mi camino.
Este domingo participaré en la cacería del barón Danglars.
Iría encantado, pero debo recibir al hijo del príncipe Cavalcanti.
Traedlo con vos. Habrá ciervos para todos.
Nos vemos, pues.
Que sea el domingo, espero.
¿ Todo bien?
Guardo un pequeño recuerdo de metal de mi periplo otomano.
¿Preferís la música a las armas?
Seguidme.
Le ruego que me disculpe.
No quería importunar a su esposa.
Haydée no es mi esposa.
Es mi ahijada.
Por favor.
Haydée...
Qué bonito nombre.
Es muy común en Grecia.
Se podría traducir por "modestia" o "inocencia".
¿Puedo pediros que me presentéis a Haydée?
Parecéis un joven de confianza.
Puedo presentárosla, pero antes debéis prometerme algo.
¡Lo prometo sin dudarlo!
Escuchadme bien.
No debéis intentar seducirla nunca.
¿Creéis que soy peligroso?
No.
Pero ella sí.
Si no cumplís vuestra promesa, os romperá el corazón.
Y también el suyo.
Pero...
Aún no está lista para amar.
El secreto de su voz procede de su pasado.
Tras el asesinato de su padre,
la vendieron a una tribu valaca, en los Balcanes.
Fue allí donde la encontré y la acogí.
Hay ciertas penas y heridas
que tardan años en cerrarse.
Dejan una especie de velo sobre el alma.
No intentéis nunca alzar ese velo, Alberto.
Os lo prometo.
Muy bien.
Camina despacio, sin mirarnos.
No te gires hasta que yo te llame.
¡Haydée!
Alberto de Morcerf, os presento a Haydée.
Encantada, señor.
Encantada, señor.
El placer es mío.
¿Y si no intenta volver a verme?
Lo hará.
Ponte recto.
A partir de ahora, la postura es la supervivencia.
Dar la impresión de que no has crecido en la miseria es sobrevivir.
¿Lo entiendes?
¿Por qué, Andrés?
Porque soy el príncipe Andrea Cavalcanti.
Tu "Cavalcanti" suena a cabra en español.
¿Qué dices?
Que no te sorprenda ninguna pregunta. No digas "¿Qué dices?".
Otra vez.
Soy el príncipe Andrea Cavalcanti.
No tenéis acento, príncipe. ¿A qué se debe?
Tuve un profesor muy severo que me hizo perder el acento a golpes.
Es arrogante. Los codos.
Querido conde,
es un placer conoceros.
Permitidme una confesión. Desconozco las costumbres francesas,
así que disculpadme si mis formas parecen eslavas, napolitanas o árabes.
Amigos, el conde de Montecristo y el príncipe Andrea Cavalcanti.
Señores.
Conde.
Príncipe.
Cuando conozcas a tu padre,
no dejes que las emociones te desvíen de tu objetivo.
El barón Danglars.
Con los buques robados, acabó haciendo una fortuna comerciando con esclavos.
He oído hablar mucho de usted.
Desconfía de su sonrisa.
Es un hombre cruel y, no solo lo sabe, además, presume de ello.
Permitidme una confesión.
Desconozco las costumbres francesas,
así que disculpadme
si mis formas parecen demasiado eslavas,
napolitanas o árabes.
Cuando uno es rico, los modales son lo de menos.
Su punto débil es su hija...
Príncipe.
Barón.
...Eugenia.
-Una buena finca, ¿verdad? -Es perfecta.
Adelante, entonces. Señores, a los caballos.
Haced los honores, conde.
Gracias, barón, pero...
Hace tiempo me prometí matar solo en defensa propia.
Permitidme tomar vuestro lugar, conde.
Perfecto.
¿Príncipe?
Adelante.
Vamos a comer.
¿Eugenia?
Gracias.
Susana, te presento al príncipe Andrea Cavalcanti,
es el protegido italiano del conde de Montecristo.
Él vela por mí.
Mi padre teme que las damas parisinas me lleven por mal camino.
Vuestro francés es perfecto.
Tuve un profesor muy severo que me hizo perder el acento a golpes.
¡Eso es horrible!
¡Y falso, además! Mi madre es francesa.
¡Qué bobo!
Me alegro de que hayáis podido venir.
La mano de vuestro protegido no tembló.
El animal no sufrió.
¡Se lo dice un especialista en ejecuciones!
¿Ha hecho cortar muchas cabezas?
¡Muchas menos que antes! Estos tiempos son indulgentes.
Amigos, siento robaros al conde, pero deseo presentarle a alguien.
-Conde... -Señores...
Querida.
Te presento por fin al conde de Montecristo.
Señora de Morcerf.
Es un placer.
¿Estás bien, madre?
Sí, es que...
Es la emoción, por conocer al hombre que tantas lágrimas me ha ahorrado.
Señor, os debo la vida de mi hijo.
Os bendigo por ello.
Me temo que sois muy generosa por un acto tan simple.
Pero me alegro de haberos evitado una gran pena.
Le he pedido al conde que sea nuestro invitado,
pero de momento, se ha negado.
Quizá tú tengas más suerte que yo.
¿Me concederá el honor de ser nuestro invitado algún día?
Desde luego, señora.
Discúlpenme, me retiro, ya no les robaré más tiempo.
Pero ¿te pasa algo?
¿Quieres que avise a alguien?
Alberto...
¿Qué sabes de ese hombre?
Madre.
Sé que siempre desconfías de mis conocidos.
Pero el conde me ha salvado la vida.
Y es tan rico como un rey.
¿Qué podría temer de él?
Tienes razón.
No hay nada que temer.
Estimado procurador:
Por mi honor, como teniente del Ejército del rey,
por la presente atestiguo que Edmundo Dantés,
en mi presencia y en reiteradas ocasiones,
ha expresado sus simpatías por el usurpador,
y desea tomar las armas algún día para derrocar al rey.
Para mí supone un profundo dolor, pues Dantés era mi amigo,
pero no puedo permitir que el delito quede sin castigo.
Han muerto muchos por culpa de los traidores de la nación.
Así no vas a lograr dormir.
No lo estaba intentando.
¿Es por las pesadillas?
No quiero dejar de tenerlas.
Me ayudan a mantener las heridas abiertas.
¿La has vuelto a ver?
Sí.
¿Sigue tan bella como la recordabas?
Pensé que estaría muy cambiada por la pena.
Pero debió durarle muy poco.
Sus ojos no parecían haber llorado mucho.
Volverá a derramar lágrimas cuando le arrebatemos a su marido.
Paso.
Doscientos.
Y quinientos más.
Me retiro.
Tranquilo, no te habría invitado a la mesa si supieras jugar.
¡Veamos!
Solo quedamos tres.
Lo dejo entre vosotros dos.
Pares.
¡Bravo!
Escalera de color.
¡Sois demasiado para mí, barón!
Me marcho antes de arruinar a mi padre.
Vamos, Alberto.
¡Eso, id a ver a las damas!
Desgraciado en el juego, afortunado en amores.
Me gusta mucho vuestro príncipe.
¡Encantador!
Apenas le conozco.
Su padre y yo hacemos negocios.
¿De buena familia, supongo?
Si por "buena" se refiere arica, es la segunda fortuna de ltalia.
¿La segunda?
¿Conocéis a la primera?
No quisiera ser arrogante.
¡Por fin alguien más rico que yo!
Su familia quisiera casarle con una dama de París.
Pero si el hijo es tan volátil como el padre, desconfiad.
No os preocupéis.
Desconfío de la gente en general,
y de los extranjeros en particular.
Yo soy extranjero.
Vos sois conde. No os condeno.
¡Parece un trabalenguas!
Eres un poeta.
Por cierto, un inglés ha comprado el periódico El Imparcial.
Sí, un tal Halifax.
Tengo entendido que es un Lord.
Lord Halifax compra los periódicos para propagar noticias falsas
y especular en la Bolsa.
Es de la peor calaña.
Parece que no os gusta mucho ese Lord.
Digamos que tengo en estima a mucha gente,
pero guardo mi odio para unas pocas personas.
Odiar a un inglés no es pecado.
Es sentido común.
¿Os vais ya?
A medianoche, nuestra carroza se convertirá en calabaza.
Alberto.
Señorita, olvidasteis el abanico.
Gracias.
Cuento con vos.
¿Para qué?
Para que vengáis
a nuestra cena en París.
Por fin he encontrado una pequeña villa.
Desde luego.
Muy bien.
Hasta pronto.
¿Conde?
Señora de Morcerf.
¿Os marcháis cuando yo llego?
No os lo toméis a mal.
Quería pediros disculpas.
¿Pedirme disculpas?
Por mi actitud el otro día.
Me recordasteis a alguien que falleció hace tiempo
y en circunstancias trágicas.
Durante un momento yo...
Ya veis, me ha vuelto a pasar. Me cuesta incluso hablar.
Lamento haberos traído esos malos recuerdos.
No importa, lo he superado.
Mejor así.
Que paséis buena noche, señora.
Conde.
Alberto.
"Haydée,
se supone que no debo escribiros,
así que no os escribo.
No debo encontrarme con vos..."
Por eso, no os pediré que vengáis al Jardin des Plantes,
mañana a las 17:00.
En ese lugar, en el que no estaré mañana,
se encuentra la flor más misteriosa de París.
Procedéis de un lugar al que llaman el país de las nubes y el jazmín.
Confío en el cielo de París para las nubes,
y el jazmín lo llevaré en el ojal.
Así que no os veré mañana.
Y tampoco os diré que, desde que vi vuestro rostro
y escuché vuestra voz, no he podido dejar de pensar en vos.
Alberto.
¿No nos delatará?
Es muy fiel al conde,
pero tiene una debilidad por mí.
Es una strelitzia.
De donde vengo, había muchas en un camino que llevaba al mar.
Las llaman también "aves del paraíso".
"Pasarea-paradísului".
¿Pasarea-paradísului?
Muy bien.
¿Por qué no tenéis una prometida?
O quizá sí la tenéis.
Mi padre quiere que me case con la hija de un barón.
Pero yo...
quiero algo que esa dama nunca tendrá.
Cierto encanto indescriptible que en una mujer se encuentra
en el aroma de una flor
o en el sabor de una fruta.
Habrá parisinas a quienes les guste
ser arrancadas o degustadas, pero a mí no.
Perdonad, no quería...
Os tomaba el pelo.
¿Vendréis a la cena que ofrece el conde el sábado?
No, soy la coartada de mi madre.
Huye de los actos sociales como de la peste.
¿Y vos?
No conozco a vuestra madre.
Ignoro sus gustos, pero comparto su aversión.
Ni él ni su madre asistirán a la cena.
Pero Fernando de Morcerf sí vendrá.
¿Qué ocurre?
¿No vas a decir nada de Alberto?
No tengo nada que decir.
Es normal tener dudas.
Y miedos.
Lo entiendo.
Pero cuando llegue el momento, debes recordar...
No hace falta que me recuerdes lo que su padre hizo al mío.
No pudo resistirse a besarlos.
-Gracias, cariño. -Victoria.
Buenas noches, amigos.
Buenas noches, Victoria.
Yo también me esperaba algo más lujoso,
pero no pongas esa cara.
Seguro que nos esperan sorpresas en el interior.
No tiene mucho apetito, señor de Villefort.
SÍ lo tenía, antes del cerdo y la caza.
Esta casa es...
espléndida.
Os noto bastante sorprendido.
No se os escapa nada.
Pensé que alguien como vos elegiría algo más céntrico,
como los Campos Elíseos o Saint-Germain.
Compré esta casa justo porque me recomendaron no hacerlo.
¿Por qué?
Al parecer, está encantada.
Dicen que aquí se produjo un crimen.
Terrible, hace años.
Cuidado, aquí se encuentra el procurador del rey.
¡Cierto!
Sacrificaron a un niño.
¡Qué horror!
¿Y aún así, comprasteis la casa?
Hicisteis bien.
Esas historias de fantasmas son patrañas
inventadas por sirvientes malintencionados
o vecinos envidiosos.
Os equivocáis, procurador.
He vivido en Asia y las Indias.
Tras volver de esos viajes, uno descubre que existe en verdad
un mundo...
invisible, poblado de espíritus.
Cuando visité esta casa por primera vez,
lo supe al momento.
Tuve la extraña convicción de que aquí había tenido lugar un crimen.
Así que pedí que me dejaran solo por la noche.
¿No tuvisteis miedo?
Con la conciencia tranquila, uno no teme a los fantasmas.
Solo le hablan.
¿Y qué os dijeron?
¡Sí! ¿Qué os dijeron?
Esa noche...
me instalé...
aquí, frente a la chimenea.
Fumé un poco de opio para estar más receptivo.
Nada mejor para abrir el espectro de la conciencia.
Y en el espesor del humo...
me sentía como en suspensión.
Escuché un golpe en la pared.
Luego otro.
Puse mi mano.
Y escuché unos gritos que venían de arriba.
Subí las escaleras.
Los gritos se convirtieron
en gemidos.
Llegaban de la habitación
al final del pasillo.
Abrí la puerta y entré en la habitación.
Había una cama en medio.
La toqué
y vi una mujer retorcida de dolor.
Estaba dando a luz a un bebé.
Estaba sola, abandonada.
Y gritaba.
En ese momento sentí una presencia a mi espalda.
De repente...
¡Estáis asustando a las damas!
¡Pero estamos disfrutando!
¡Continuad, os lo ruego!
¡Compórtate, querida! No nos agúéis la fiesta.
Me giré,
temblando.
Y entonces escuché un susurro
en mi oído.
Era la voz de un niño.
La voz de un niño que me suplicaba que le liberase.
Por fin encontré una puerta.
Una puerta que no había visto con la oscuridad.
La abrí.
Había unas escaleras que llevaban al jardín.
Y entonces la volví a escuchar, la voz del niño,
decía que llevaba mucho tiempo solo.
Lloraba.
Llamaba a su madre.
Esa noche,
lo busqué pero...
el jardín era demasiado grande.
¿Qué hicisteis?
¿Perdón?
El jardín era muy grande.
¿Qué hicisteis?
Sí.
Al día siguiente, empezamos a cavar.
Por todas partes.
Arrancamos los manzanos, levantamos el camino.
Nada.
Mandé traer un cerdo trufero de Périgord.
¿Y qué?
Como no encontró nada...
nos lo comimos para cenar.
¡Maravilloso!
¡Lo sabía, no era más que una patraña!
Una patraña, exacto.
Eso pensaba,
hasta ayer.
Cuando colocábamos las antorchas
para la recepción de esta noche,
una de ellas se partió.
Cavamos en esa zona y...
encontramos un cofre.
¿Y?
¿Qué tenía el cofre?
No lo sé.
¿Cómo?
Os estaba esperando para abrirlo.
¿Y si hay un cuerpo dentro?
Le daremos sepultura.
Procurador,
¿queréis abrirlo vos?
-Por favor, no... -¡Victoria, ya basta!
¡Abracadabra!
No sé qué hay de cierto en todo esto,
pero sois un mago, conde.
¡No puede ser! ¡Hablaba como si hubiera estado allí!
¡Demasiados detalles!
-¡Casi me vuelvo loca! -¡Cálmate!
-¿Dónde está el cuerpo? -No lo sé.
-¿Seguro que lo pusiste allí? -¡SÍ!
Me dijiste que estaba muerto.
-¡Me dijiste que estaba muerto! -Y lo estaba.
¿Entonces, dónde está?
No lo sé.
¿Dónde está nuestro hijo? ¿Dónde?
¡Cállate, estás histérica!
No lo sé.
Cálmate.
Lo que sí sé es que,
dentro de una semana,
sabré quién es ese tal Montecristo,
de dónde viene,
adónde va
y por qué nos habla de niños enterrados en el jardín.
La obsesión de Danglars es el dinero,
no desconfiará de quien no se lo pide.
Morcerf confía ciegamente en mí porque salvé a su hijo.
Solo queda Villefort.
Es un procurador.
Desconfiado por naturaleza.
Después de la cena, Victoria le exigirá explicaciones.
Para tranquilizarla y asegurarse él,
comenzará a investigar.
Y como le conviene la información de gente con malas intenciones,
buscará entre los enemigos del conde.
Lord Halifax.
¿Qué deseáis saber?
Si puedo hacerle daño, será un placer.
¿El conde ha estado ya antes en París? Dice que no.
Si hubiera venido, yo lo sabría.
Pero ¿sabe dónde estaba hace 15 años?
Sí, en India.
Pero...
debo decir que...
en esa época lo encontraba divertido.
Pero después...
¿Después de qué?
Una tarde,
castigué a un criado.
Se lo había buscado.
Pero...
Montecristo siente pasión por esos salvajes,
con sus dioses paganos
y magia absurda.
Esas creencias ridículas, ya sabe.
Me retó a un duelo.
¿Por un indígena?
Exacto, por un indígena.
¿Puede creerlo?
¡Qué calor!
¡Qué calor, por favor!
Que alguien me traiga mi abanico.
Me muero de calor.
Este no.
Gracias.
¿Y a vos, señor de Villefort?
¿Qué os ha hecho?
Nada.
Pero aún no sé si es amigo o enemigo.
Si fuera vuestro enemigo, ya lo sabríais.
Tiene sus defectos, pero jamás esconde sus intenciones.
Pero andaos con cuidado.
Procurador:
si se convierte en vuestro amigo,
os convertiréis en mi enemigo.
Por supuesto.
¡Sí!
Gracias, señor de Villefort.
Un placer hablar con vos, pero tengo mucho que hacer.
Gracias, Lord Halifax.
Procurador.
Víctor.
¿Conde?
Prepara los caballos, volvemos al castillo.
Ahora que Villefort ha bajado la guardia,
podemos prepararnos para el ataque.
Parto para el sur.
Regresaré para la fiesta que Danglars organiza por los 20 años de su hija.
Mientras tanto, cuento con que tú, Andrés, te acerques a ella,
y tú, Haydée, enamores a Alberto.
Adelante.
¡Muy bien!
Puede llevar hasta 600 negros, 700 si los aprietas bien.
Pero soy piadoso.
Lo he bautizado El Hércules.
Mi madre me decía
que esta es la línea de las personas que harán grandes cosas.
Y esta es la línea del amor.
Y aquí, lo que veo...
Andrea, debo decirte algo.
¿SÍ?
Ojalá pudiera amarte,
pero no soy capaz.
Lo sé.
Nunca sentirás por mí lo que sientes por Susana.
"Será nuestro secreto".
Será nuestro secreto. Conmigo puedes estar tranquila.
"Sé lo que es llevar una doble vida".
Sé lo que es llevar una doble vida.
Y no poder ser quién eres.
Yo seré tu coartada.
Ha llegado la hora de redimirte.
En sueños, rememoro
cada segundo que paso con vos.
El recuerdo de vuestros ojos me acompaña por las noches.
Evito hablar con nadie, para no borrar el eco de vuestra voz,
que aún tiembla en mi corazón.
Guardo cerca de mí vuestra partitura.
La adoro, no solo por la imagen que da de vos,
sino también por los recuerdos que llevaré conmigo para siempre:
ese instante de vida
que vale por una vida entera.
-Nos vemos. -Adiós.
Príncipe.
Eugenia, esta fiesta está hecha para ti. Alegre y bulliciosa.
Gracias, Andrea.
¿El conde de Montecristo nos acompañará esta noche?
¡17!
¿17?
Sois la persona número 17 que pregunta lo mismo.
¿Y qué le respondéis a los demás?
Que no habrá número 18.
Ahí está.
Disculpadme.
Señorita, conde.
-¿Fue bien el viaje? -Espléndido.
Gracias, Alberto.
Eugenia está deseando veros, señorita.
Conde, ¿puedo...?
Encantado.
¿El conde sabe que nos hemos visto?
No le he dicho nada.
¿Es capaz de sospechar algo?
Quién sabe de lo que es capaz.
Qué bonito, ¿verdad?
Parecen tener prisa por vivir.
Siempre se tiene prisa por ser feliz.
¿No?
Conde, ¿me prestáis vuestro brazo?
Deseo caminar un poco.
Os tiembla la mano.
¿Tenéis frío?
En nuestra familia, tenemos las manos frías y el corazón caliente.
Tomad, esto nos calentará.
Puede que no sean las ricas uvas de Sicilia,
pero sed indulgente con el sol del norte.
Lo siento.
Debéis disculparme, pero...
no bebo nunca.
¿Queréis al menos comer algo?
Siento rechazarlo de nuevo.
Señor conde,
según la costumbre árabe,
la amistad eterna se gana compartiendo el pan y la sal.
Lo sé, señora.
Pero no estamos en Tánger, sino en París.
Y en Francia ni hay amistades eternas ni se comparte el pan y la sal.
Pero somos amigos, ¿no es así?
Desde luego.
¿Por qué no?
En lugar del pan y la sal,
¿quizá queráis compartir conmigo algún recuerdo?
¿Qué deseáis saber?
¿Es cierto que habéis visto mucho,
viajado mucho
y sufrido mucho?
¿Qué os hace decir eso?
Vuestros ojos.
Dicen que los viajeros siempre están buscando o huyendo de algo.
¿Y lo habéis encontrado?
Mi viaje aún no ha terminado.
¿Vivís solo?
No tengo hermanas ni hijos ni padre.
Solo tengo a Haydée,
que pronto se marchará.
¿Cómo podéis vivir así?
¿Sin nada que os ate a la vida?
Una vez amé a una mujer,
Íbamos a casarnos.
Hace años.
Pero la guerra me hizo alejarme de ella.
Pensé que me amaba tanto que me esperaría.
Que me sería fiel hasta la tumba.
Pero cuando volví,
se había casado.
Quizá mi corazón
era especialmente débil
y sufrí más de lo que hubieran sufrido otros.
Eso es todo.
¿Y aún guardáis ese amor en el corazón?
Solo se ama una vez.
¿No es así?
¿Volvisteis a ver a esa mujer?
Jamás.
¿Jamás?
Jamás.
¿Le habéis perdonado todo lo que os hizo sufrir?
Solo se puede perdonar a quien pide perdón.
¿Y si ella os pidiera perdón ahora?
¡El Imparcial!
La flota de Danglars desaparacida en Marsella.
¡Señoras y señores, El Imparcial!
¡El Imparcial!
PIRATERÍA EN EL MEDITERRÁNEO
¿Toda una flota robada a plena luz de día?
¿Los tenías asegurados?
¿Tú qué crees?
Las acciones de Danglars han caído en picado.
Pero gracias al telégrafo del Ejército,
Danglars será el primero en saber
que no ha pasado nada en Marsella.
-¿Pero no ibas a robar su flota? -Hay que saber esperar.
Estás salvado.
-¡Los barcos están bien! -¿Qué?
El Imparcial ha mentido.
"La flota Danglars sigue a flote,
amarrada en el puerto de Marsella".
Gracias. Gracias, amigos.
Danglars recordará lo que dije y pensará...
Que ha sido una treta del dueño de El Imparcial.
¡El querido Lord Halifax!
Exacto.
Montecristo tenía razón.
Ese cerdo inglés utiliza su periódico para especular.
Hay que desmentirlo cuanto antes.
No.
¿Por qué no? Tienes que...
¿Oís eso?
¡Escuchad!
Ese sonido tan bello.
Tan bonito.
El sonido del dinero al caer.
No lo entiendo.
Pensadlo. Él sabe algo que todavía nadie sabe.
Imaginad que jugáis al póquer
y conocéis la jugada del adversario.
-¿Qué haríais? -Subir la apuesta.
Las acciones se han desplomado.
Si las vuelvo a comprar,
en dos días lograré unos beneficios extraordinarios.
¡Mejor jugada imposible!
¿Vas a comprar tus acciones?
¿Cuánto te van a costar?
500 millones.
-500 millones. -¡Exacto!
Pero tengo que hacerlo hoy.
Antes del cierre de la Bolsa y antes de que lo haga Halifax.
¿Y de dónde vas a sacar esos 500 millones?
Del peor enemigo de Halifax.
Disculpadme, barón, pero...
el mar siempre me trajo mala suerte.
No voy a comprar esas acciones.
Conde...
Pero nunca me niego a ayudar a un amigo y castigar al enemigo.
Os prestaré el dinero, podéis hacer lo que os plazca.
Puedo garantizaros un 20 % de intereses.
Os lo dejaré sin intereses.
En Sicilia se dice:
"No conviene hacerse rico a expensas de un amigo".
Insisto.
He hipotecado todos mis bienes.
No llega a los 500 millones,
pero le puedo prometer 200 millones.
Barón, me basta con vuestra palabra.
En Francia decimos: "Cuentas claras, amistades largas".
Está bien. Por nuestra amistad, lo aceptaré como garantía.
En una semana, se lo reembolsaré.
Tendremos a Halifax cogido del cuello.
La demanda está lista.
Yo me ocuparé personalmente del juicio.
Estoy deseando asistir al tribunal para esta ejecución.
Lord Halifax, propietario del periódico El Imparcial,
llamado al estrado hoy
para responder a las acusaciones de difamación,
ha abandonado repentinamente el país.
Pero ha dejado todo en manos de su representante,
que acudirá a este tribunal a las 14:00.
Señoría, esta farsa ha terminado.
Esto no es un teatro.
¿El representante del Sr. Halifax puede pronunciarse si está presente?
¿Qué hacéis? No hemos acabado.
Soy el representante de Lord Halifax.
Estoy ante ustedes
porque se acusa a El Imparcial de haber publicado noticias falsas.
Pero les confirmo desde aquí
que, en efecto, la flota de Danglars ha desaparecido.
¡Tonterías! ¡Mis barcos están en Marsella!
¡Esto es una farsa!
¿Qué pruebas tenéis?
Contacten con la capitanía del puerto de Marsella.
¿Se mantiene en sus afirmaciones?
Me mantengo, y firmaré por ellas, señoría.
Pero debo firmar con mi verdadero nombre.
¿Es que tenéis uno falso?
Todos me conocen como Andrea Cavalcanti.
Tras años en las calles, me acogió una de las familias
más ricas de la aristocracia italiana.
Crecí siendo un ladrón
y ahora soy príncipe.
Puede que esta no sea una profesión muy honesta,
pero sin duda es más agradable.
Y fue aquí,
en París, donde encontré a mi verdadero padre.
Nací el 3 de noviembre de 1815.
En Auteuil.
Su señoría, ¿puede...
el acusado
presentar pruebas de lo que afirma?
En breve, procurador.
Vuestra paciencia se verá recompensada.
Soy el hijo bastardo de un aristócrata francés y su amante.
Mi madre ignora que estoy vivo, ya que mi padre
le aseguró que había muerto al nacer.
Me envolvió en un trapo y me enterró vivo.
Señor, estáis hablando de un intento de infanticidio.
Y así habría sido,
Si mi tía no hubiera escuchado los llantos y me hubiera salvado.
¿Quién es el hombre al que acusa?
¡Un hombre respetable!
Y conocido por todos.
Su escudo está en este trapo.
Mi padre,
el hombre que intentó matarme, se encuentra hoy ante mí.
¡El procurador de Villefort!
¡Silencio! ¡O desalojaré la sala!
¡Calumnias!
¡Te demandaré!
Sr. Cavalcanti,
¿es consciente de la gravedad de sus acusaciones?
Un trapo no es prueba suficiente, ni manchado de sangre.
El propio procurador le aportará las pruebas.
-Estáis loco. -¡Padre!
No hagáis testificar a mi madre.
Ya la habéis hecho sufrir bastante.
El proceso queda aplazado
hasta que se investigue. ¡Abandonad la sala!
Uno menos.
Ven aquí, Victoria.
¡Perdón! ¡Dejad paso!
¿Por qué no me dijiste la verdad?
Tu padre quería que fuera su yerno,
pero no puede ser, porque tu madre también es la mía.
No olvides tus líneas de la vida.
Y sé feliz, hermana.
¡Conde!
¡Conde!
Todo esto no tiene sentido. ¡Es una locura!
Mis barcos estaban ayer en Marsella.
Solo necesitaré algo de tiempo para devolveros el dinero.
Ya no os queda nada, barón.
Todo lo que teníais es mío.
Lo único que os queda son las ropas que lleváis.
Marchaos de París,
así dejaré que vuestra mujer y vuestra hija no mueran de hambre.
¡Pero conde...!
¿Os parezco cruel?
Claro que lo soy.
Y a mucha honra.
Será mejor que acompañéis a vuestra mujer.
Está muy pálida.
Ya van dos.
¡Padre!
¡De parte de Ángela!
¡Apartaos!
¡No!
¿Por qué, Andrés?
¿Por qué?
No llores.
ANDRÉS DE VILLEFORT
Sabíamos que acabaría así.
Lo sabíamos.
¡Haydée!
No me quiso escuchar.
¿No te quiso escuchar?
¿El qué no quiso escuchar?
Tú solo le enseñaste a odiar.
Tú le pusiste ese cuchillo en la mano.
Es tu dolor el que habla.
Le quería como a un hijo.
¿A mí también me quieres?
¿A mí también me sacrificarás por tu venganza?
Esto no es venganza.
Es justicia.
¡No olvides tus lágrimas, Haydée!
Los gritos de tu madre y la sangre de tu padre.
¡No olvides quién los traicionó!
¡No te olvides de su nombre!
Si me amáis como yo os amo,
no intentéis volver a verme.
Sois demasiado noble para no entenderlo.
Guardo las fuerzas para luchar contra mí misma
y tragarme las lágrimas.
Sed feliz lejos de mí.
Os lo merecéis.
¿Alberto?
Alberto.
Estás loco.
No puedes estar aquí.
Haydée, te conozco desde haces unos meses...
¡Vete!
Huye de mí como de la peste.
-Seré tu perdición. -Huyamos juntos.
Te lo juro, Haydée,
olvida la desesperación, te prometo la felicidad.
No me conoces.
Ni tampoco al conde.
Haydée...
Si me amas como yo te amo,
dime adiós.
Te lo suplico.
¡Dilo!
Entonces lo diré.
Ante Dios, que conoce bien mi corazón,
que deseo que seas tan feliz que jamás vuelvas a recordarme.
Adiós, amor mío.
Esos ojos...
Sin ti estoy perdido,
completamente vacío.
¿Qué vas a hacer?
Tranquila, mantendré mi promesa.
Pero vas a vivir, ¿no es así?
¿Qué te importa,
si para ti ya estoy muerto?
Huyamos.
Haydée.
Si vas a unirte a la familia de Morcerf,
Alberto se merece conocer tu historia.
Si no dices nada, deberé retenerte o contárselo por ti.
¿De verdad quieres
que hable en tu nombre?
Conde, por favor.
Haydée es la hija...
¡Basta!
Se lo diré.
Mi padre era un hombre ilustre,
su nombre era Alí-Tebelín.
El Pachá de Janina.
Yo tenía 10 años
cuando lo mataron delante de mí y de mi madre.
Lo asesinó un soldado francés,
supuestamente aliado.
Lo atravesó con una docena de balas.
Aun así, mi padre encontró fuerzas
para mantenerse en pie
y disparar al hombre que lo había vendido,
destrozándole un ojo.
Nunca volví a ver a mi madre.
El oficial me vendió como esclava
a la tribu valaca de los Balcanes.
-Su nombre... -Ya basta.
Alberto.
-Me habéis manipulado. -Os lo dije.
¡Me habéis utilizado!
No digáis nada de lo que podáis arrepentiros.
No os tengo miedo.
Por última vez, no me provoquéis.
Alberto, por favor.
¡Conde!
Me habéis robado todo.
Solo quedaba mi nombre, y lo habéis mancillado.
¡No!
¡Conde, te lo ruego!
Me habéis tirado vuestro guante.
Os lo devolveré mañana al amanecer envuelto en una bala.
¡No tienes piedad!
¿Y quién tuvo piedad de Edmundo Dantés?
Mírame.
No soy más que el brazo armado
de una fatalidad sorda y ciega.
Fernando de Morcerf sufrirá como lo hizo mi padre.
Si matas a Alberto,
ya no podrás decir:
"Dios está por mí,
Dios está conmigo".
Serás un asesino.
La biblia dice que los hijos deben pagar por los pecados de sus padres.
Jacobo, síguela.
Déjanos solos, Jacobo.
Señora.
¿Qué hacéis aquí?
Edmundo, no matarás a mi hijo.
¿Qué nombre acabas de decir?
¡El tuyo!
No te habla la señora de Morcerf, sino Mercedes.
No conozco a nadie con ese nombre.
Te reconocí en el instante en que te vi.
Me habría bastado con tu voz.
Mi razón lo negaba, pero mi corazón lo sabía.
Desde entonces, no he dejado de observarte,
intentando comprender qué pretendes de Morcerf.
Fernando, querrás decir.
Ya que ahora recordamos nuestros nombres de pila.
Yo soy la culpable.
La que fue débil ante tu ausencia y mi soledad.
La que perdió la fe cuando supo de tu muerte.
¡Yo!
¿Y por qué te quedaste sola?
¿Por qué no estaba yo allí?
¿Por qué me detuvieron?
¿Por qué me dieron por muerto? ¿Por qué?
No lo sé.
Supongo que ya no te escribe cartas de amor,
pero aún así reconocerás su letra.
Aquí tienes.
Mira bien, Mercedes.
Esto es lo que escribió tu marido
a Villefort, hace 20 años.
Debo vengarme, Mercedes.
Debo hacerlo.
Pues véngate, Edmundo.
Pero de los culpables.
Véngate de Fernando, que te traicionó.
De mí, pero no de Alberto.
Si supieras cuánto recé.
Cuántas lágrimas derramé.
¿TÚ perdiste a tu padre en soledad?
¿Viste a quien amas en los brazos de tu rival?
¿Viste tú todo eso?
No.
Ya.
Pero ahora veo al hombre que nunca dejé de amar
dispuesto a convertirse en el asesino de mi hijo.
¿Qué es lo que quieres?
¿Quieres que tu hijo viva?
Vivirá.
Gracias.
Gracias, Edmundo.
Te he encontrado.
Tal y como siempre soñé.
Tal y como siempre te amé.
Y ahora debemos decirnos adiós.
¿Adiós?
Si renuncio a hacer justicia,
renunciaría a lo único que me mantiene vivo.
El duelo será mañana.
Adiós, Mercedes.
Alberto de Morcerf,
habéis retado públicamente al conde de Montecristo.
El duelo será a 20 pasos, a mi orden.
El agraviado dispara antes.
En posición.
Adelante.
¡Fuego!
¡Fuego!
Veo la decepción en tus ojos.
Nunca te perdonaré que hayas acabado con su vida
y que me hayas destrozado el corazón.
¿Lo amabas de verdad?
¿Que si lo amaba?
Todo me hacía odiarlo, pero ¿quién manda sobre el corazón?
De poco sirve la razón,
ya es demasiado tarde.
Y se pierde el equilibrio.
Una voz interior te susurra que no es casualidad.
Y en lugar de escuchar esa voz, solo escuché la tuya.
He causado su desgracia y la mía.
¿Qué hago ahora con todo el amor que ya no puedo darle?
¿Con todas esas palabras que no pude decirle?
Ya se las has dicho.
Las ha escuchado bien.
¡Alberto!
¡Conde!
Huid juntos.
Marchaos y no dejéis que nadie os robe la felicidad.
¡Edmundo!
¡Edmundo!
¡Sal ahora mismo!
Te estaba esperando.
Al fin muestras tu verdadero rostro.
Yo quise conocer el tuyo, Fernando.
Para saber quién eras de verdad.
Así que te seguí la pista.
Te seguí allí donde habías estado.
Y conocí a todos y cada uno.
A tus amigos, compañeros de armas, tus enemigos, todos.
¿A quién no traicionaste, Fernando?
¿A quién fuiste leal?
En todos lados vi tu verdadero rostro.
Perdí la fe en el hombre
el día que me traicionaste.
Debiste haberme matado.
Nunca es tarde.
Levántate.
Mírame.
¡Que me mires!
Mátame.
Siempre se enaltece a los muertos.
Y acabamos perdonándolos.
No quiero que te perdonen.
Mercedes,
he venido a despedirme de ti
en el lugar donde nos separaron al uno del otro hace hoy 21 años.
Desde entonces, tantas cosas se han roto dentro y fuera de mí,
que el hombre que conociste ya no existe.
Prometí amarte hasta la muerte, e incluso más allá.
Y siempre te amaré.
Pero ya no puedo hacerte feliz.
Solo puedo ofrecerte consuelo.
Tu hijo será feliz.
Alberto y Haydée vivirán la historia que nosotros no pudimos.
Que nuestros hijos sean felices,
nos sobrevivan y conozcan las mieles del amor.
Con esta carta, comparto mis últimos momentos contigo.
El resto serán solo recuerdos.
Me los llevaré conmigo al mar,
el único lugar donde todo es horizonte
y los hombres no han podido dejar su rastro.
Vive y sé feliz.
No olvides nunca, hasta el día que Dios nos vuelva a reunir,
que toda la sabiduría humana se resume en dos palabras:
Confiar y esperar.
Edmundo Dantés,
conde de Montecristo.
Traducción: Milagros Juan
Subtítulos: LASERFILM
Can't find what you're looking for?
Get subtitles in any language from opensubtitles.com, and translate them here.