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Conforme pasaban los meses,
Pedro se hacía más a la idea
de que él y Rosaura serían padres muy pronto.
Él siempre soñó con una familia...
¿De verdad te tienes que ir?
...pero nunca se imaginó que sería con estas condiciones.
Sí, me tengo que ir.
¿Y si nace el bebé y tú no estás?
Rosaura, el doctor Brown dijo que falta casi un mes para el parto.
Yo vuelvo mañana. Estaré en el parto, te lo juro.
Pero es que no lo entiendo.
¿Qué hay más importante que estar aquí conmigo?
Mi amigo, Santiago Mezquide, ha convencido a su padre
para que nos venda un semental de El Encino.
Es una oportunidad única.
Irás con cuidado, ¿verdad?
Claro.
- Buenos días. - Buenos días.
Tita, tengo que salir de viaje.
Si no pasa nada, volveré mañana.
¿Si no pasa nada?
Los caminos son traicioneros.
Más en estos días, con tanto rebelde y...
y tanto descontento.
Si me llegara a pasar algo,
en la única persona en la que confío para cuidar al bebé es en ti.
Tu hijo ya tiene madre y abuela.
- Tiene quien lo cuide. - Tita, por favor.
- No, Pedro, no puedo prometerte nada. - ¿Por qué?
Porque yo nunca voy a querer a ese niño.
Adiós.
Por suerte, todo salió como lo planeamos.
Ahora solo tenemos que hacer que las armas pasen desapercibidas.
Hay que ser muy precavidos.
¡No puede ser!
¡Hijo de puta!
- Pedro. - Tú eres el coronel rebelde.
Y tú el traficante de armas maderista.
Qué bien te veo.
Santiago.
Juan Alejandrez, el mejor amigo de los caballos y de las mujeres.
Ahora solo de los caballos.
- Encantado. - Igualmente.
- Me alegra verte. - Y a mí.
- Qué calladito te lo tenías. - Y tú.
Te debo una disculpa, Pedro.
Aquella vez que te dije
que ya no éramos amigos, me equivoqué.
- Cabrón. - Qué hijo de puta.
¡Señores!
Los rebeldes se ríen de nosotros en nuestra cara.
Quemado, el Moral, la Ranchería, el cerro de El Centinela...
¡La frontera es un coladero!
Los rebeldes llevan meses pasando armas al ejército villista.
Se pasean por nuestro estado como Pedro por su casa.
Sabemos por un informante
que hoy mismo van a pasar un cargamento de armas
y les vamos a dar un escarmiento a esos contrabandistas.
Caiga quien caiga, los colgaré a todos. ¿Me han oído?
¡Sí, coronel!
Nos vemos aquí a medianoche.
Llevaré un quinqué. Lo moveré tres veces.
Si no veis la señal, ni os asoméis.
Muy bien. Nos vemos allí a medianoche.
¿Queréis un trago para el camino? Para la sed.
Yo sí te cojo un poco.
Ya lo tenemos encarrilado. Hasta ahora.
Oye, ¿ya ha nacido mi sobrino?
Aún no, pero el doctor Brown dice que no pasa de este mes.
No sabemos si será niño o niña.
¿Y qué dice Tita de todo esto del embarazo?
Pues no me habla.
No me extraña, Pedrito.
- ¿Guardaste el dulce de membrillo? - Sí, señora.
También la mantequilla, el queso fresco,
la mermelada de melocotón y la de tejocote.
¿Adónde van?
A visitar a las monjas.
Y luego a la ciudad para comprar la tela de la cuna.
¿Puedo ir con usted?
¿Para qué? Tú tienes que quedarte a cuidar a tu hermana.
Fina se queda y yo la acompaño.
Rosaura es tu obligación, Tita. Está muy hinchada.
Le dije que le prepararías un baño con hojas de guayaba.
- ¿En su bañera? - Claro, en mi bañera.
Y no escatimes con el agua caliente. Llénala hasta arriba.
Vamos, Fina.
¿Ya sabes cómo le pondremos el bebé?
No.
Si es un niño, lo llamaremos Roberto.
En nuestra familia no hay ningún Roberto.
Ni en la de Pedro,
pero a mí me gusta cómo suena. Roberto.
Ten cuidado.
- ¿Y si es niña? - Si es niña, Elena, como madre.
Sea lo que sea, tendrá un nombre bonito.
En momentos como este,
Tita podía ver claramente
cómo Rosaura se convertía poco a poco en su madre.
Ay, señora, este lugar me da miedo.
No seas tonta, no es más que un manicomio, Fina.
Pues por eso.
¿A qué esperas, Fina?
Lamento no haber traído más comida, madre.
Las cosas están muy difíciles.
Es usted muy caritativa, doña Elena.
Ojalá todas las damas de su clase se acordaran de su deber con Dios.
Qué delicia. Le juro que estará en las oraciones de las hermanas.
- ¿Esa no es Isabelita, madre? - Sí.
- ¿La hija menor de los Aguirre? - La misma.
Está esperando,
pero no quiere decir quién es el padre.
Los Aguirre la tendrán aquí hasta que dé a luz.
Después, nos encargaremos de la criatura.
Como debe ser, madre.
Así no deshonrará a la familia.
- Rosaura, estás muy hinchada. - Pues como todo el embarazo.
Pero no es normal.
¿Por qué no caminas por el suelo frío para que te baje la hinchazón?
Mejor tráeme mis zapatillas.
¿No las encuentras?
¡Tita! ¡Se me están helando los pies!
Querida Tita:
Han pasado ya cinco meses sin respuesta tuya.
¿Será que mis cartas no te llegan?
¿O que quizás te mudaste sin avisarme?
¿O acaso estarás enferma?
El invierno fue duro.
Si es así,
ruego que tu madre y tus hermanas estén cuidándote.
Daría cualquier cosa por estar ahí, sujetando tu mano.
Tita, sea cual sea la razón, no te culpo.
Solo quiero saber si estás bien.
Una palabra, un "sigo aquí", me daría paz y esperanza.
¡Rosaura! ¡Rosaura! ¡Tú las tenías!
- Madre las hubiera roto. - ¿Qué derecho tenías de robármelas?
- Pedro no es solo tuyo, Tita. - ¿Cómo?
Que yo tenía tanto derecho como tú a quererlo.
Eso no es cierto. Pedro me quiere a mí.
Siempre he sentido esas cartas como si me las hubiera escrito a mí.
- Estás loca. - No. Al contrario.
¿No te das cuenta?
Al final, todo lo que te escribió ahí se hizo realidad conmigo.
Y todos los besos que te prometió me los ha dado a mí.
Nadie obligó a Pedro a casarse conmigo.
Lo hizo para estar cerca de mí. ¡Me lo dijo!
¿También lo obligué a preñarme?
¿En quién crees que piensa cuando te toca?
Cállate.
¿Cuándo te ha dicho una cosa bonita?
¿Cuándo te ha susurrado al oído?
Dime, ¿cuándo os reísteis juntos?
- ¡Cállate! - Pedro no te quiere.
Te tiene lástima. Y yo, sinceramente, también.
De ver cómo vives de las migajas del amor de otros.
Pero, sobre todo, porque nunca podrás quitarte a madre de encima.
¡No hables así!
- Ella sí me quiere y a ti no. - ¡Es incapaz de querer!
A la única que quería era a Gertrudis y ya ni eso.
Y sí, tienes razón, a mí no me quiere,
pero no te engañes, aunque vayas de hija perfecta,
nunca conseguirás su cariño porque madre no te quiere.
- ¿Por qué no te vas? - ¿Irme?
- ¿Adónde? - Adonde sea, pero lejos.
Si Pedro quisiera, me iría con él hoy mismo.
¿Y crees que él se iría contigo? Tita, ¿no lo ves?
Si le doy un niño, Pedro será mío para siempre por darle un heredero.
Eso lo decidirá él.
Pero te juro que un día tendré la felicidad que merezco,
la que me quieres quitar.
Y tú te quedarás aquí con madre, convirtiéndote poco a poco en ella.
¡Una mujer amargada, sola y triste!
¡No!
¡Tita! ¡Tita!
Que no te detenga nada.
- ¿Y si no está el doctor? - ¡Pues lo buscas!
- ¿Me oyes? No vuelvas sin él. - Sí, señora.
Por favor, por lo que más quieras.
Tranquila, no le fallaré, señora.
Alto ahí.
- Cabo, revise ahí atrás. - Sí, mi sargento.
¿Adónde se dirigen?
Llevamos forraje para mi finca.
- ¿Qué finca? - La de los Muzquiz.
No ha llovido. El ganado está hambriento, sargento.
Me faltan peones por los alborotadores
- y debo hacerlo yo. - ¡Sargento!
¡Hijos de puta!
Dígales que bajen las armas o lo mato.
Dé la orden, sargento.
¡Cuidado!
Pedro, ¿estás bien?
¡Pedro!
- Pedro, ¿estás bien? - ¡Pedro! ¿Estás bien?
- ¡Pedro! - ¡Responde, Pedro!
¿Estás bien, Pedro?
- ¿No quieres ir a tu cuarto? - No, ¿y el doctor?
- Estará al llegar. - Magdaleno se fue hace horas.
Por eso, estará al caer.
¿Y madre? ¿Y Pedro? ¿Dónde están todos?
Lo mismo digo.
¡Tita!
- ¿Qué pasa? - No te veo.
¡Rosaura! ¡Rosaura!
Nacha. Nacha, por favor, ayúdame.
- ¿Estás bien? - Sí.
Debemos irnos.
Sí, y será mejor que nos separemos.
Te miraré la herida, pero sangra demasiado.
Gracias por salvarme la vida.
Ese cabrón te habría hecho lo mismo. No le des más vueltas.
¿Tan mal estoy que no dice nada, doctor?
No. Nada de qué alarmarse.
Ese dolor que siente en el pecho es por los nervios.
La presión está dentro de los parámetros normales.
Disculpe, señor. Oí ruidos en el granero.
¡Qué diantres!
¿"Nervios", ha dicho?
¿Qué otra cosa puedo tener en estos tiempos?
Ande, prepárese una copa, no tardo.
Bueno, si ese rifle funciona, yo podría ayudarlo. Si quiere...
Adelante. Vámonos.
¡Basta! No quiero más.
Lo necesitas. Estás hinchada y amoratada.
¿Otra contracción?
- Rosaura, ¿qué hago? - ¡No lo sé!
¿Quién anda ahí?
He dicho que quién anda ahí. Ven aquí.
- Un poco más. - No puedo.
¡Sí puedes, Rosaura! Ya casi está.
¡Un poco más!
¡Alto!
- No, no. Por favor, no. - No pasa nada, Fina.
¿Qué pasa, cabo?
Yo me ocupo.
¿Qué hace por aquí, doña Elena?
¿Qué está pasando?
Están los caminos cerrados. Por seguridad nacional.
A mí eso me da igual. Tengo que ir a Las Palomas.
Mi hija podría dar a luz en este mismo momento.
Imposible, señora.
¿Tan poco quiere a su sobrino Pedro?
Cuando visto este uniforme,
la ley y el orden están por encima de la familia.
Claro, porque lo quiere poco. Tranquilo, yo guardaré su secreto.
El sentimiento es mutuo.
Si no les dice a estos idiotas que se aparten,
entonces dígales que me disparen.
No pienso detenerme.
¡Cabo!
Deje pasar a la señora.
¡Empuja, ya casi lo tengo!
¿Es niño?
Sí.
- ¿Y está todo bien? - ¡Y yo qué sé!
Sí, está perfecto.
Vamos a conocer a tu mamá.
Vamos a conocer a tu mamá.
Mira, mira.
Gracias, Tita.
¿Y esos piececitos?
Son las balas del Ejército de mi hermano.
¡Robertito, estás precioso!
Esas manitas... Sí, esas manitas.
Vamos a abrocharte. Ese botón.
Y este. Y luego este.
Has hecho bien en no ponerle mucho talco
porque se le puede resecar la pielecita.
Cuando lo saques, lo envuelves bien.
Se parece al Pedro.
Se parece a él mismo.
Dile a la Rosaura que le ponga un hilo en la frente
para que lo proteja del mal de ojo.
Nosotras enterraremos su ombligo en el patio,
así sabrá dónde están sus raíces y tendrá donde volver.
¿Por qué no me ayudaste antes? Casi me muero de los nervios.
Porque sabía que tú podrías hacerlo solita.
Pensé que nunca lo ibas a querer.
¿Cómo no lo voy a querer? Bebé precioso.
¡Es hermoso! Ya tienes hambre. Ya, ya.
¿Desde cuándo andas con los rebeldes?
¿De verdad quiere que hablemos de esto ahora?
Desde que me fui a estudiar a la ciudad.
Y no somos rebeldes.
- ¿No? - No.
- Entonces, ¿qué sois? - Demócratas. Reformistas.
¡Reformistas armados que asaltan fincas, violan y saquean!
Todo lo que se dice es mentira.
De todas formas, lo mismo hacen los soldados del Ejército.
¿Tu tío anda violando por ahí?
- Seguro que no lo ha impedido. - ¿Perdona?
¿Además de deshonrar a tu familia tienes que insultarla?
- Ya basta de estupideces. - No lo son, padre.
Hoy he matado a un hombre. Un soldado.
Voy a hablar con tu tío.
- Podremos arreglarlo. - No le dirá nada.
Todo es culpa de tu amigo Santiago Mezquide.
Padre, nadie tiene la culpa de nada.
- Sé lo que hago. - ¿Sí?
- Sí. - ¿Por qué?
¿Qué te he hecho yo?
Tu familia, tu gente, ¿qué te hizo para que la traiciones así?
¡Despierta, Pedro!
La mitad de los peones que tanto defiendes
te cortaría el cuello para robarte.
Y la otra mitad son zánganos que solo aprenden a base de palos.
Quien debe despertar es usted.
Mírese.
Sus peones se fueron. Como los de doña Elena.
Los dos son iguales: egoístas, avaros...
con un corazón de piedra incapaz de amar a nadie.
Al final, cosecharán lo que sembraron: amargura y soledad.
Pues mejor solo que rodeado de un montón de desagradecidos.
Usted de verdad no lo entiende.
- Disculpen. - Magdaleno, ¿qué ha pasado?
Llevo todo el día buscándolo, señor. El niño ya va a nacer.
No sé qué pasa, Tita.
El parto se adelantó, por eso no tendrás suficiente leche.
No es que no tenga suficiente, ¡no tengo nada!
¿Qué vamos a hacer?
- No, no. No llores. - La leche tiene que salir. Seguro.
Gracias.
- Doctor... ¿Sobre esto? - Tranquilo. No diré ni una palabra.
¡Pedro! Ya ha nacido, tienes un niño precioso.
¿Es niño?
Disculpe la tardanza. No encontraba al doctor.
Tranquilo, Magdaleno. Lo importante es que lo has traído, gracias.
- Tita, ¿quién atendió a la madre? - Yo sola, doctor.
¿Usted?
Es una mujer extraordinaria.
Gracias. Pase.
- Así... - Hola.
¿Todavía estás de acuerdo en que se llame Roberto?
Hola, Roberto. Hola. ¿Qué pasa?
Con permiso. ¿Cómo se siente, Rosaura?
Ya mejor, doctor.
¡Qué bebé tan precioso! Muchas felicidades a los dos.
Voy a prepararlo todo para revisarlos.
En ese momento, Tita se conmovió
al presenciar el nacimiento de esa familia.
Una familia que pudo haber sido la suya.
Disculpe. Prepararé atole para que mi hermana haga leche.
Tita preparó un delicioso atole según la tradición que siempre usaron
las madres de Las Palomas para tener leche en abundancia.
El secreto era simplemente añadirle un poco de cerveza tibia.
Yo supongo que, si eso no les aumentaba la leche,
al menos les levantaba el ánimo.
- ¡Tita! ¡Tita! - ¿Qué pasa?
Ya ha nacido el bebé. ¡Ya ha nacido el bebé!
Lo sé, Fina. Lo saqué yo con mis propias manos.
¿Y eso? ¿Que no quería el doctor ganarse el sueldo?
Llegó hace un rato. ¿Y a vosotras qué os ha pasado?
Ay, si yo te contara...
Que me encuentro una loca que hablaba y se reía sola.
Yo veía cómo se le iban los ojos.
Qué miedo. No, yo quería irme.
Luego, fuera del hospital, no había nadie.
No pienso quedarme allí, ni con las monjitas, no.
Porque no quiero sustos.
¡Fina!
Eso es cerveza.
Pues ya me he dado cuenta.
Voy a llevarle el atole a Rosaura.
Muy bien.
Malditos rebeldes.
Perderme el nacimiento de mi primer nieto,
no se lo perdonaré.
Sí, así me siento yo.
Hola, madre. ¿Ya ha visto el angelito que nos ha caído del cielo?
¿Qué traes ahí?
- Que qué traes ahí, te pregunto. - Atole para Rosaura.
- ¿Lo preparaste bien? - Sí, madre, seguí la receta de Nacha.
¡Todo lo haces mal, Tita de la Garza!
Eso no es cierto.
- Ay, Pedro, por favor. - "Por favor", ¿qué, Rosaura?
Tita se encargó sola del parto.
Lo hizo con mucha habilidad y... Bueno, con mucho instinto.
Todas las mujeres nacemos con eso, doctor.
En realidad, por la descripción que me dio Rosaura de sus síntomas,
sufrió eclampsia.
Si no fuera por Tita, ni su hija ni el pequeño estarían con vida.
Gracias por la información, doctor. Dejemos a Rosaura sola,
para que pueda amamantar al bebé.
Gracias.
Tita, hizo un gran trabajo.
Doctor, lo acompaño, por favor. Venga.
- Hasta luego. - Hasta luego.
¿Pedro? ¿Estás bien? Pedro.
Ese soldado...
No me puedo quitar su cara de la cabeza.
¿Desde cuándo estás con los rebeldes?
Desde que volví de la capital.
¿Tan poco confías en mí para no decírmelo?
No, Tita, no es eso.
Pensé que era mejor para vosotras que no supierais... nada.
He matado a un hombre.
Entiendo que me culpes.
No. Suficiente tienes con la culpa que sientes.
¿No hay otra forma que no sea con la violencia?
De todas formas...
gracias por salvar a mi hermana.
Me gustaría ser tan valiente como tú.
Yo no hubiera sido capaz de hacer lo que has hecho hoy.
Gracias.
¿Qué pasa?
Descubrí que Rosaura me robó todas tus cartas.
Las tenía guardadas en su ropero.
Todas esas cosas bonitas que me dijiste...
me las robó.
No, Tita.
No.
No te las puede robar.
Siguen aquí.
En mis pensamientos...
y en mi corazón.
Siempre serán tuyas.
Por favor.
Por favor.
Por favor, pare. Por favor. Basta.
¿Tú eres Santiago?
- Por favor. - ¿Hijo de Gabriel Mezquide?
De la finca de El Encino, ¿no?
Recuerdo que fuiste a la boda de mi sobrino.
Conocí muy bien a tu padre
y me alegro de que no esté aquí para pasar esta vergüenza.
Entiendo que los desgraciados
a quienes les das las armas se rebelen.
No tienen nada que perder, pero ¿tú?
¿Qué necesidad, Santiago? ¿Qué necesidad?
Si no me das ningún nombre, no me sirves de nada.
¡No, no! ¡No!
- Colabora... - No, por favor.
...y a lo mejor me dan ganas de salvarte la vida.
Por favor, por favor.
- Pedro... - No te oigo.
Pedro... Pedro. Pedro.
- ¿Pedro? ¿Mi sobrino? - Sí.
¿Lo sabe alguien más?
No. No.
Se quiso escapar.
Tita, prepárale un té a Robertito.
Como el que te hacía Nacha.
Sí, madre.
Pedro.
Rosaura preguntaba por ti.
Ven conmigo, Robertito.
Vamos a prepararte un tecito.
No se sabe bien si lo que pasó esa noche fue efecto del atole
o que Tita no podía soportar que una persona hambrienta
le pidiera comida y ella no tuviera nada que ofrecerle.
Fuera como fuera, esa noche, en Las Palomas,
se produjo un milagro.
BASADA EN LA NOVELA DE LAURA ESQUIVEL
Subtítulos: Victoria Tormo Peris
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