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Crispín.
Disculpe, señora. ¿Podría hacerme un préstamo?
Mi niña tiene pulmonía.
Necesita medicamentos e ir al médico.
Fírmame aquí el justificante.
-Que se mejore. -Que Dios la bendiga, señora.
-Señorita Rosaura, permítame. -Gracias.
-¿Por qué habéis tardado tanto? -Fui a por la correspondencia, madre.
-¿Llegó algo para mí? -No.
Querida Tita:
Esta mañana desperté pensando en el día de nuestra despedida.
Cuando me dejaste quitarte el lazo y el pelo cayó libre por tu espalda.
Aún puedo sentir la humedad de tus labios, el perfume de tu pelo.
Recuerdo cómo mi mirada se perdió en tus ojos
mientras nuestras bocas se fundían en un beso.
En ese momento juró que sentí que dejábamos de ser dos personas
y nos convertimos en una sola. ¿Tú también lo sentiste?
Necesito sentir tu cuerpo entre mis brazos,
tus labios sobre los míos.
Cuento los días para volver a Piedras Negras,
para volvernos a encontrar.
Tuyo por siempre, Pedro Muzquiz.
Tras la muerte de Nacha,
Tita se autoproclamó cocinera de la finca.
Y, con pasión y entrega, se dedicó a crear los sabores,
los olores y las texturas que provocaban tantas emociones
en quienes probaban su comida.
Buenos días.
¿Qué haces aquí?
Estás preciosa a esta hora.
Me gustaría decir lo mismo.
Desde pequeño, llega el periódico en casa.
¿Café, señora?
Sigue llegando.
Bueno, mi padre lee algunos que no me interesan.
En eso somos irreconciliables.
Aquí también. Tita, ¿recuerdas que leíamos las historias de viajes?
Sí. Ahora lo que más me gusta son las caricaturas
porque se burlan de todo. Son graciosas.
-¿Cuáles? -Las que se burlan del Gobierno.
Me sorprendió leer que don Porfirio huyera.
¿Desde cuándo te interesan
las caricaturas que se burlan del Gobierno?
Los periódicos están llenos de mentiras y de malas noticias.
Nunca he necesitado leer uno.
Los periódicos animan a la peonada a quitarle a la gente decente
lo que se ha ganado con sacrificio durante generaciones.
Después tenemos que ponerle flores a San Antonio
para el milagrito del amor.
Te acompaño, pero yo no quiero milagritos.
¿Y eso?
A ver, enséñamelo. Ese.
-Dame la cesta. -No.
No querías ningún milagrito. Que no, Gertrudis. ¡Gertrudis!
Ay, perdóneme. Hola.
Tranquila.
¿Qué? ¿No me reconoce?
¡Vaya! Pues, la verdad, no. ¿Nos conocemos?
Con lo guapo que era de niño y lo feo que es ahora.
Ya veo. Pues dejo de ser feo si se me alegra la mirada.
Entonces, feo y desmemoriado.
¿Sigue viviendo con los Muzquiz?
No, dejé de ser peón. No hay que trabajar para el enemigo.
Buenas tardes.
¡Ay, qué idiota! Ya he caído.
-¿Eres tú? -No lo creo.
-Yo creo que sí. -¿Que sí qué?
Claro, ¡cómo me iba a olvidar de la niña del campo!
Pero, la verdad, estás muy cambiada, Gertrudis.
Pues tú estás igual. Sigues igual de tonto.
Jolines. Feo, desmemoriado y tonto.
-Soy un hombre sin futuro. -Sí.
Ven.
Ven.
Sí, entra ahí. Cierra.
-¡Fuera! -¡Fuera!
-¡Fuera! -¡Fuera!
Madre, ¿cómo les daremos de comer?
No hay suficiente para los peones y sus familias.
-Traerán frijoles y garbanzos. -Llevamos una semana esperando.
Todas las fincas de la zona están igual
por culpa de los agitadores.
-¿Y si matamos unas vacas? -No digas tonterías, Tita.
Esa no es la forma de obtener dividendos.
-Entonces no sé qué haremos. -Tú no te preocupes.
Eso no es asunto tuyo.
-Te lo dije, Crispín. -Sí lo hicimos.
Haremos un canal de agua hasta el establo.
Haremos muchos cambios en la finca. Ya verás.
-¿Alguien quiere un dulce? -Señorita.
-Usted es siempre muy buena. Sí. -Gracias, Crispín.
¿Tú quieres, Pedro?
-Delicioso. -Gracias.
-Amancio. Coge uno. -Sí, señorita.
Perdone. ¿Me daría un dulce?
-Claro. -¡Tita!
-¿No dejaste nada al fuego? -No.
Olía a que algo se estaba quemando.
-¿Quieres? -No.
-Muchas gracias, señorita. -De nada.
-Están deliciosos. -Gracias.
Gracias, Tita.
¡A trabajar!
¡Preparados!
¡Apunten!
-Alto. Este déjamelo a mí. -No, no me mate, por favor.
No me mate.
Ve a contarle a tu general lo que ha pasado
y le dices que, en este bando, nadie se rinde.
Y dile que vaya con ojo, no vaya a ser que le llegue su hora.
¡Vámonos!
-Siempre se te olvida el cilantro. -Y tú siempre me lo recuerdas.
¿Y esas flores?
Tengo que tirarlas, si las ve madre...
Pero son tuyas.
Según sé, te las regaló alguien que te quiere mucho.
Ellos ya son un matrimonio, Nacha.
No lo son, él no la quiere.
Desde donde estoy, lo veo todo.
El vínculo de amor que hay entre Pedro y tú,
nada ni "naide" lo puede romper.
Pero es muy complicado. Mi vida ahora es difícil.
Nunca ha sido fácil.
-Pero, la verdad, no sé qué hacer. -Todo puede parecer complicado.
Pero quizá no sea tan difícil.
¿Por qué no le preparas algo rico con esas flores?
Así nadie te las puede quitar
y no tendrás que tirarlas.
Dice el libro de recetas
que para hacer codornices en pétalos de rosa,
hay que retirar con mucho cuidado los pétalos.
Así conservan su sabor y perfume.
Después de deshojar los pétalos,
se muelen en el mortero con el anís.
Las castañas se doran al fuego,
se pelan y luego se cuecen en agua.
Después de desplumarlas y vaciarlas,
a las codornices se les atan las patas
para que tengan una apariencia refinada.
Una vez hecha la salsa, por último,
se añaden cuatro gotas de esencia de rosas.
Ni una más,
pues podría quedar muy perfumada y pasada de sabor.
Qué bien huele, Tita.
Gracias.
Que aproveche.
Tita, esto es un manjar.
Tiene demasiada sal.
Está muy salado, sí.
-¿Y por qué se lo come, madre? -Tengo hambre.
Parecía que en un extraño fenómeno de alquimia,
el deseo de Tita se había disuelto
en la salsa de las rosas y el cuerpo de las codornices.
Pedro no opuso resistencia.
Era como si la propia Tita penetrara en su cuerpo con cada bocado.
No me siento bien.
Las gotas de sudor que le brotaban a Gertrudis
despedían un intenso y embriagante aroma a rosas.
Salgo a tomar el aire.
El perfume que desprendía Gertrudis viajaba con el viento,
despertando una pasión inesperada entre quienes lo respiraban.
El deseo era tan intenso
que dejaba a un lado credo o clase social.
Era imposible resistirse al deseo carnal.
Dicen que ni si quiera Elena
escapó de la pasión contenida en el plato de Tita.
¡Fuego!
¡Fuego!
¡Fuego!
¡Fuego! ¡Se está quemando! ¡Fuego!
Llévame contigo.
Ingrata.
Y con esto, ya está todo. Ya no queda nada.
Ven.
¿Has consumado el matrimonio?
No.
Creo que me equivoqué contigo, Rosaura.
No te veo capaz de darme nietos.
Tu hermana no tiene nada que no tengas tú.
Sí, madre.
Pedro.
Tita no se sorprendió.
Pero, por alguna extraña razón, tampoco sintió celos.
Quizá porque siempre supo
que su hermana tendría el cuerpo de Pedro,
pero ella tendría su corazón.
Los meses siguientes a la huida de Gertrudis fueron difíciles.
Sin la complicidad de su hermana y la risa que tanto aliviaba su pena,
Tita se sentía perdida.
-Señorita Tita, esto es para usted. -¿Para mí?
Es de su hermana Gertrudis.
Hemos estado esperando a la señora una hora como mulas.
-Estamos esperando. -Mi madre no me dijo nada.
¿La ha mandado a dar la cara?
-Decidme qué necesitáis. -Los frijoles que nos prometió.
No han llegado. Mirad, el almacén está vacío.
Pues denos garbanzos y maíz.
Comemos tortillas con frijoles y ya no hay ni frijoles.
La finca se las ha visto y deseado. Pero os pido que confiéis.
Todo mejorará, os lo prometo.
Pero, si las cosas están cambiando, ¿por qué se rebelan en las fincas?
Lo que pasa en otros sitios no tiene por qué pasar aquí.
Don Pedro trabaja con vosotros. Os ruego que creáis en mí.
De crédulos están llenos los panteones. Vámonos.
-Nicolás. -Vámonos.
Iré donde me den dinero real.
Tenemos que irnos.
Eduardo. Crispín.
¡No os vayáis! Esta es vuestra casa.
-¿Qué está pasando aquí? -Que los peones nos dejan.
¡Lo que encontraréis fuera es peor!
¡Os encontraréis con la muerte, desagradecidos!
-Madre, se van porque tienen hambre. -¡Cállate, Tita!
-¡Tú qué sabrás de esas cosas! -Doña Elena.
Tita tiene razón.
No vale la pena discutir con vosotros.
Amigo, ¡cuánto tiempo!
-¿Cómo estás, Santiago? -Bien.
-Confío en nuestro plan. -Bien.
¿Qué necesitas?
Mañana cruzo la frontera con el dinero para el pago.
Solo faltaría distribuir el armamento.
Debo armar los grupos del sur del estado.
Pues nos vamos al sur. Vivo en un lugar estratégico.
Sí, Las Palomas es un punto estratégico.
-Pero es peligroso para ti, Pedro. -Nadie sospecha de mí.
Entonces no volveremos a vernos en mucho tiempo.
Bien. Lo importante es que puedo guardar esas armas
y sé muy bien a quién dárselas.
-Nos vemos, Santiago. -Nos vemos, Pedro. Vámonos.
-Buenas. -¿Qué se le ofrece?
Soy Tita de la Garza, la hermana de Gertrudis.
-Adelante. -¿Me la guarda?
¿Tita?
Por fin te llegó la carta.
-Hola. -Hola.
-Estás muy guapa. -¿Te gusta?
Me encanta.
Ten. Es lo que pude recuperar. Madre quemó todas tus cosas.
Pero te he traído algo que te encantará.
¡Torrijas de nata!
¡Y aún están calientes! Ven, acompáñame.
Parece una celebración, aunque hay heridos.
Se emborrachan para no sentir el dolor de las heridas.
No me creo que estés tan cerca de Las Palomas.
-¿Cómo has estado? -Tita, la lucha armada es mi vida.
Y Juan... Nos queremos, ¿puedes creértelo?
Estoy de acuerdo con tu vida nueva y con las ideas de la Revolución,
pero yo jamás podría matar.
No tienes que matar para ser revolucionaria.
Si quieres cambiar el mundo, hazlo.
Cambiar el mundo.
Pues sí.
Aquí todo es tan libre.
Míralos.
Ya quisiera ser tan desvergonzada como ellos.
¿Y quién te lo impide?
Me tengo que ir. Me tengo que ir ya.
Te quiero mucho.
Contagiada del sentimiento de rebeldía,
Tita empezó a vivir su propia revolución.
Ahora sabía que ella también podía cambiar el mundo:
su mundo.
Permítame, señorita, yo me encargo.
-Adivina de dónde vengo... -Tenemos que hablar.
Déjame hablar. Pedro, vámonos tú y yo, juntos.
Tita, no puedo irme a ningún sitio.
¿Ya le diste la noticia?
¿Qué noticia?
Pues que Pedro y yo vamos a tener un hijo.
BASADA EN LA NOVELA DE LAURA ESQUIVEL
Subtítulos: Victoria Tormo Peris
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