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Hace tiempo aprendí
que las historias no son completamente verdad o mentira
porque se nutren de medias verdades,
de mentiras bien contadas o de recuerdos borrosos.
Recuerdos que se pierden entre el humo de los fogones,
se impregnan del olor de las especias y, como en una receta,
se mezclan como un ingrediente más con la comida.
Esta es la historia de mi tía tatarabuela Tita.
No estoy segura de si sucedió así.
Una parte me la contaron, la otra la leí en su diario
y en el viejo libro de recetas azul.
Pero, con el tiempo, se transformó en una especie de recuerdo,
en una memoria de algo que no viví,
pero que, de alguna manera, hoy, forma parte de mi vida.
Dicen que Tita tenía una relación tan estrecha con la comida
que, estando en el vientre de su madre, Elena,
lloraba y lloraba cuando picaban cebollas.
Debería ponerse media cebolla en la cabeza.
Otra vez está llorando la niña.
No digas tonterías, Nacha.
Un día, su llanto fue tan fuerte
que provocó que el parto se adelantara.
Respira, respira, no tengas miedo. Venga.
Arriba, arriba.
Arriba, ven aquí. Arriba.
Respira, respira.
Respira profundamente, no tengas miedo.
Dicen también que Elena parió
con mucho más dolor de lo normal.
Como si algo muy dentro de ella no quisiera dejar nacer a su hija.
Un poco más. Empuja un poco más.
¡Mírame! Eso, respira.
Y así, a Tita la empujaron literalmente a este mundo
un impresionante torrente de lágrimas.
Dicen que las lágrimas fueron tantas que, cuando se evaporaron,
Nacha llenó un saco de cinco kilos de sal
que usaron para cocinar durante años y años.
Tita nació llorando,
quizá era porque notaba que su madre no la quería,
quizá por ser mujer en un mundo dominado por hombres
o quizás porque intuía que su destino ya estaba decidido
y que, para alcanzar la felicidad,
su vida se iba a convertir en una ardua y larga batalla.
Uno... Dos...
Tres...
Cuatro...
Cinco...
Seis...
Siete...
Ocho...
Nueve...
No, ahí no, es el cuarto de madre.
-¿Y qué? -Pues que no podemos entrar.
Mejor, ahí no nos encontrará Gertrudis.
¡Diez! ¡Que voy!
¿Dónde estáis?
-¡Te encontré! -No es justo.
-¿Quién ha entrado en mi cuarto? -Tita, madre.
No seas chivata, Rosaura.
¡Cómo te atreves, Tita de la Garza! ¡Que sea la última vez!
Madre...
¡Tita!
Tita, no estés triste.
No estoy triste. Estoy enfadada con Rosaura.
Ya sabes que Rosaura solo quiere quedar bien con madre.
Vamos a jugar al maizal con los niños.
Por favor, Tita.
¿Quién es?
Es Pedro, el hijo de nuestros vecinos, los Muzquiz.
Acaba de volver del internado.
¡Eh! Os reto a llegar al otro lado del maizal
y quien gane le da diez bofetadas al resto.
-Yo no pego a las niñas. -Pues yo sí.
Igual que el chocolate que se funde con el chile seco para hacer el mole,
el alma de Tita se fundió con la de Pedro
en la eternidad de ese instante.
Sin necesidad de decir ni una palabra,
Tita y Pedro se prometieron amor eterno.
Sin el cuidado de su madre,
Tita creció en la cocina al lado de Nacha,
quien le transmitió todos sus conocimientos culinarios.
Una herencia que venía de muchas generaciones anteriores.
Ponle dos cucharadas de nata.
Dice el libro de recetas
que, para preparar las torrijas de nata,
se deben separar las yemas de las claras
y batirlas con la nata hasta que sea consistente.
Despacio, bátelo despacio, que se mezcle bien.
Después, se pone a cuajar unos minutos
en un recipiente con mantequilla.
Venga, acuérdate que solo dos.
Las claras que sobran se mezclan con azúcar, piel de naranja,
anís y clavo para hacer el almíbar.
Eso es.
¿Está bueno?
Nacha le enseñó a Tita todos los secretos de la cocina.
Lo que ninguna de las dos sabía era que Tita tenía la increíble habilidad
de transmitir sus sentimientos a los platos que preparaba.
¿Para quién cocinas estas torrijas?
Ya fueran alegrías o penas, todo quedaba impregnado de ella.
Era como si la propia Tita fuera un ingrediente más.
TORRIJAS DE NATA
Mira lo que te he traído.
¿Cómo sabías que era mi plato favorito?
Me lo dijiste un día y me he acordado.
Cuando te vayas a la ciudad, ¿me escribirás?
¡Claro! ¿Por qué no iba a hacerlo?
-¿Todos los días? -Todos los días, Tita.
Todos.
Estas torrijas me están volviendo loco.
Las torrijas se impregnaron
de todo lo que Tita no podía expresar con palabras.
Su ansiedad por separarse de Pedro.
El miedo a perder el vínculo que habían creado.
Pero, también,
la esperanza de que la distancia aumentara su amor.
Cuando vuelva, nada nos separará.
Ayer, el dictador Porfirio Díaz
se atrevió a detener a don Francisco Madero en Monterrey.
Díaz piensa que al detenerlo demuestra fuerza, pero se equivoca.
Demuestra miedo a nuestro movimiento, tendrá que detenernos a todos
para acallar el grito de sufragio efectivo, no reelección.
¡Sufragio efectivo, no reelección!
Amigos, está en nuestras manos que el sucesor de Díaz sea la ley.
La ley de las elecciones libres. La ley del voto para gobernar.
La ley del voto para todo el pueblo. ¡Sufragio efectivo, no reelección!
¡Sufragio efectivo, no reelección!
Queda detenido por sublevar al pueblo.
¿Qué hacen aquí? Nadie los ha llamado.
¡Largo, fuera!
¡César!
¡César! ¡César! Por favor, ¡ayudadnos!
¡César! ¡César, responde! ¡César!
Vámonos, ¡vámonos, Pedro!
Disculpen.
Ahora usted, Gertrudis.
Gertrudis...
Parece que ya has practicado bastante por hoy.
-Sí, madre. -De hecho, Pierre,
mi hija puede seguir ensayando sola.
-Le aviso si lo necesitamos. -Pero, madre...
No...
Un placer enseñarle, Gertrudis.
Madame. Mademoiselle.
-Lo acompaño. -No hace falta.
Insisto. Por aquí.
-¿Quiere que los acompañe, madre? -Tita, acompáñalos.
Y no los pierdas de vista.
Eh.
Cinco minutos.
El problema es que le exige mucho, señor.
Moro es un caballo muy noble.
Reventaría por usted si se lo pide.
Pero, si no le da descanso y lo monta a menudo...
¿De qué me sirve si no puedo montarlo, Juan?
Mire. Este hueso ya está empezando a crecer.
¿No estará mal herrado o que le limpiaste mal los cascos?
-No discutiría de caballos con Juan. -Hijo.
-Pedro. -Buenos días.
¿Cómo está, tío? Un placer verlo.
Contento de verte de vuelta.
¿Has visto cómo madrugan los abogados?
Hoy te lo perdono por el viaje, pero, mañana,
o te despiertas al amanecer o te cae un cubo de agua.
De acuerdo.
Entonces, ¿te quedas?
¿Adónde quieres que vaya? Mi hijo ya ha estudiado bastante.
Es hora de que esté con su padre dirigiendo la finca, ¿no?
Eso es.
¡Juan! ¿Una carrera a caballo hasta el cerro?
-Mañana. -Hecho.
Dile a tu padre que nos guarde unos alacranes.
Se pondrá muy contento cuando se lo diga, Pedro.
Un placer, tío. Salude a su mujer de mi parte.
Eso haré, Pedrito. De tu parte.
Muy bien, Juan. Que descanse hoy Moro.
Ensíllame a Caramelo y para mi hermano la yegua.
Juan, mi hijo ya no es un crío ni tú tampoco.
A partir de hoy, dirígete a él de "don", como a mí.
O al menos, "señor", ¿entendido?
Entendido, señor.
La veremos a usted y a sus hijas
en el Baile del Centenario de la Independencia.
Odio esos dichosos bailes.
-Pero sí. Habrá que ir. -¡Cómo no!
Está lleno de jóvenes distinguidos casaderos.
Claro, para eso son esos bailes.
Ahí viene.
Tita, ¿podemos hablar?
¿Cómo está, Pedro?
Doña Elena. ¿Cómo está?
-Bien. ¿Su padre qué tal? -Bien, gracias.
-Salúdelo de mi parte. -Eso haré.
¿Compraste lo que te pedí?
Todo el pueblo está alborotado con el dichoso Baile del Centenario.
Es muy aburrido, madre. Pero, si insiste, tendremos que ir.
Si vamos es por tu hermana Rosaura,
así que no te emociones.
¿Por qué quería hablar contigo el joven Muzquiz?
No lo sé, madre, y, sinceramente, no me importa.
-Con este vestido parezco la abuela. -Es que eran de la abuela Lola.
Madre los ha mandado remendar 20 veces.
¿Por qué no podemos tenerlos nuevos?
Por lo mismo que madre no puede arreglar los graneros,
si no, no podría pagar a los peones.
Aunque viejo, yo iría a ese baile solo para ponerme este vestido.
Quizá encuentre a alguien que por viejo me lo quiera quitar.
-¡Fina! -¿Y por qué no ahora?
-No... -Ayúdame.
No, espera, espera.
-¿Cuál va aquí? -Está al revés.
Seguro que Pedro irá al baile.
-¿Y mí qué? -¿Qué te pasa con Pedro?
Me prometió que iba a escribirme y no cumplió.
La ciudad debe estar llena de señoritas guapas, Tita.
¿Y qué? Yo también soy guapa.
Aunque fuera horrible, no he recibido ni una carta en dos años.
-Pedro te quiere, Tita. -¿Y tú cómo lo sabes?
Pues porque me he dado cuenta de cómo te come a besos con los ojos.
¿Aún no estáis listas?
Fina, ¿y ese vestido?
-Quítatelo ya. -Sí, señora.
Esta es la gran noche de vuestra hermana.
Así que ya sabéis, si os piden bailar,
le respondéis que no, que se lo pidan a ella.
Estás muy guapa, hija. ¿Entendido?
-Sí, madre. -Sí, madre.
¡Doctor Brown! Buenas noches.
Gertrudis.
Rosaura.
Tita, adivina a quién acabo de ver.
-¿A quién? -¿Recuerdas al doctor Brown?
Sí.
-Pues está muy cambiado. -¿Sí?
-Nosotros sí estamos preocupados. -¿Por qué?
Por una noticia que nos ha llegado. La gente se está sublevando.
Háganme caso.
Lo bueno es que Madero ya está detenido.
Sí, pero los maderistas
siguen envenenando al pueblo.
Pero ¿no eran muy demócratas?
¿Querían elecciones? Pues que ahora acepten su derrota.
¿Y qué opina el joven Muzquiz?
Que Díaz se pegó un tiro en el pie.
Es escandaloso que ganara con 18 000 votos
-y que Madero no sacara ni 200. -Tiene razón.
Fue una... escandalosa demostración de poder.
-Buenas noches. -Buenas.
Felipe.
-Un placer verlo, cuñado. -Lo mismo digo, cuñada.
Pedro, dicen que has dejado los estudios.
-¿Estás seguro? -Es solo de momento.
Ahora hago más falta aquí.
Qué bien. Felipe, ya habrá empezado el baile.
Está a punto de empezar. Caballeros.
-Disculpen. -Tranquila.
Entonces, es verdad que se queda en la finca.
Algún día tenía que pasar.
Algún día verás que se queda con todo lo que te pertenece.
-Bailemos. -¿Pedro?
-Amigo. -Cuánto tiempo.
Tenemos que hablar.
Después.
Encantado, Santiago.
Esos forajidos hace nada eran peones.
¿Qué te parece el del bigotito de allí?
Mejor que se dejara barba, le taparía más la cara.
Hermanitas, vosotras a todos les veis defectos.
Ahí viene el doctor Brown.
Rosaura.
-Gertrudis. -Doctor.
Tita.
¡Quién lo diría!
Hace poco era usted una niña y ahora...
Bueno, ahora es usted una mujer muy hermosa.
Muy amable, doctor Brown.
¿Me concede este baile?
-Sí, doctor Brown. -¿Disculpe?
Que sí quiero bailar con usted. Vamos.
-Gertrudis... -Se la sabe.
-¿Así me obedeces? -No hice nada malo.
¿No?
Sabías que no podías bailar,
que debías cederle las propuestas a tu hermana.
-Pedro me lo pidió a mí, no a ella. -Y tú aceptaste.
Te prohíbo volver al baile, Tita.
-Gertrudis también bailaba. -No la metas en esto.
Te quedarás aquí y ¡ay de ti, Tita de la Garza!,
si vuelves y me humillas otra vez.
Sí, madre.
Pedro.
Ven.
-Qué alegría verte. -¿Cómo van nuestros asuntos?
Bien. He hablado con otros grupos.
Son campesinos, peones,
que se han ido de las fincas de los señores.
Están llenos de rabia, no tienen nada que perder.
Nuestra causa no vale nada sin esos peones.
No podrán hacer nada sin armas.
Estos días iré a Texas.
Reuniré dinero y armas.
En algún momento, necesitaré tu ayuda, Pedro.
Claro, por eso volvimos aquí. Míralos.
Piensan que pueden seguir gobernando así otros 30 años.
Madero tiene razón.
Hay que guiar al pueblo y darle armas.
-Por César. -Por César.
Cuídate.
Eres extraordinaria.
-Gracias, pero no perdamos el tiempo. -Sí.
No te olvidaré nunca.
Te llevaré en el recuerdo toda la vida.
-¿Algo más? -Te quiero.
Y yo a ti, Pierre.
¿Puedes hacerme el amor
antes que venga mi madre y nos encuentre?
Por supuesto.
Tita, el otro día en la iglesia, me trataste como si fuera un extraño.
Pero, hace un momento,
cuando bailábamos, éramos los dos,
los de siempre.
Yo no he cambiado, Pedro.
Ni yo tampoco.
¿Estás seguro?
Porque el Pedro que conocía cumplía sus promesas.
-Dijo que me iba a escribir. -Y te escribí.
-Ni una sola carta. -Tita, te escribí decenas.
¿Decenas?
Te escribí todos los días.
Semanas enteras, hasta que me cansé de que no me contestaras ninguna.
Entonces,
no conociste a nadie en la ciudad.
Un día, paseando por el Mercado del Zócalo,
noté un olor familiar.
En un puesto vendían torrijas de nata.
Probé una.
Y tuve que decirles que no tenían ni idea de cómo se hacen.
Tita, sin ti nada sabe igual.
Nada tiene sentido.
Te quiero.
Esa niña siempre con prisa.
¡Nacha! Pedro me quiere.
-Pedro Muzquiz me quiere. -¿Qué ha pasado, niña?
Me escribió un montón de cartas, pero no me llegaron.
¿Y entonces?
Quiere casarse conmigo.
¡Vamos a ser tan felices! Y tú te vendrás con nosotros.
Lo que Dios quiera.
Entre las muchas obligaciones que Elena le impuso a Tita,
estaba el dudoso privilegio de ayudarla a bañarse.
Tita era la única que podía verla desnuda.
Era una época en la que el pudor era una virtud, por extraño que parezca.
-Madre. -Dime.
-Muzquiz y su padre quieren verla. -¿Para?
No sé. Me enviaron una nota solicitando verla.
Pues diles que pueden ahorrarse el viaje.
-¿Por? -Ningún Muzquiz pisará esta casa.
Los Muzquiz son malas personas.
Se aprovecharon de mí. Son unos ladrones. Nos robaron.
-¿Qué nos robaron? -Se ha enfriado el agua.
Rosario, ¿cómo estás?
Buenos días, Amancio.
-Señorita, buenos días. -Buenos días.
-Remedios. -Señorita Tita.
-¿Te gustó mi sopa? -Sí, hasta mi niña se durmió.
-Qué bien. -Con permiso.
Delfino, ¿cómo estás?
Muy bien, señorita Tita. ¿Qué se le ofrece?
Nada, solo quería hablar un poco contigo.
Claro que sí.
Dígame.
¿Sabes qué pasó entre mi madre y los Muzquiz?
¿Se acuerda de las cabezas de ganado?
Esos animales eran el orgullo de la finca.
Su madre no tenía dinero.
Don Pedro se enteró y vino a hacerle una oferta por las reses.
Una oferta ofensiva, de las que se hacen al principio.
-¿Y entonces? -Su madre lo necesitaba y aceptó.
Los malvendió,
pero, en realidad, fue ella quien aceptó el trato.
Don Pedro pudo haber sido más compasivo con una viuda.
Pero ya lo conoce. Es avaro y muy orgulloso.
Gracias, Delfino. Buenos días.
Para servirle, señora.
Cada vez que Tita necesitaba aclararse,
recurría a la cocina.
Eran los aromas y los sabores que los guisos despedían al fuego
lo que impulsaba a Tita a tomar sus decisiones.
-Hola. -Te he traído quesadillas.
Ven.
Tita, están buenísimas.
He hablado con mi madre
y no nos lo pondrá fácil.
Parece que tiene cuentas pendientes con tu padre.
Lo sé.
Pero ¿qué te parece si cuando pidáis mi mano, como regalo de compromiso,
le dais el ganado que mi madre le vendió a tu padre?
¿El ganado? No, Tita, eso es muchísimo.
Lo sé. Por eso mi madre no podrá decir que no.
Pero mi padre sí.
Pero si nos casamos, será de la familia.
¿No te parece la solución perfecta?
-¿Sabes qué? -¿Qué?
Creo que podría funcionar.
-¿De verdad? -Sí.
Y tenía que ser una De la Garza.
¡No soporto a esa maldita mujer, que no!
¿Y ahora la quieres meter en la familia? ¡Ni hablar!
La hija de don Genaro, el gobernador, es preciosa.
O la sobrina de don Mauro.
-Hay muchas mozas de buena familia. -Ya he decidido.
Claro, con los bienes ajenos es fácil hacerlo.
Le ofrecí una cantidad a doña Elena por el ganado,
-ella aceptó. -Ese no es el problema.
Sí lo es.
Debería venir con su hija y una buena dote.
Debería contentarse con ser una Muzquiz.
Pero no, ¿qué tengo que hacer yo?
¿Darle mi ganado? ¡Mi ganado!
¿Cómo diantres quieres que lo entienda?
-Padre. -¿Qué?
Me casaré con Tita, quiera o no.
¿No quiere deshacerse de las vacas?
Perfecto, me las apañaré.
-Está muy bueno. -Las hizo Tita.
Padre, Tita es la única mujer a la que quiero.
Es ella o ninguna.
Podríamos proponerle a esa dichosa mujer
que el ganado sea de vosotros dos y de vuestros hijos.
Supongo. Sí.
Así, de esa manera, pase lo que pase, todo queda en familia.
¿De verdad piensas, Pedro, que unas dichosas vacas
me importan más que tu felicidad?
Todos estos malditos años he trabajado para ti.
Todo lo mío es tuyo.
¿Tú estás seguro?
Pues que así sea.
-¡Salud! -¡Salud!
Según se contaba en mi familia,
nunca quedó claro si fueron las palabras de Pedro
que terminaron por convencer a su padre
o si fue el profundo deseo de Tita el que se fundió en las quesadillas.
Tita soñaba no solo que Pedro pidiera su mano,
sino que, con el regreso del ganado,
por primera vez su madre estuviera orgullosa de ella.
Señora, don Pedro Muzquiz y su hijo están aquí.
-Dicen que quieren verla. -¿Qué te dije, Tita?
No sé qué quieren, madre.
Muy bien, Fina, que pasen a la sala de visitas.
Torrijas de nata.
Dígame, don Pedro, ¿a qué debo el honor de tan inesperada visita?
Mire, doña Elena,
me conoce, voy al grano.
Mi hijo Pedro está enamorado de su hija Tita
y venimos a pedir su mano.
Siento mucho que su viaje haya sido en balde.
No pienso conceder la mano de mi hija.
Siendo mi hija la menor, tengo mis planes para ella.
Doña Elena, quiero a Tita y quiero casarme con ella.
Sepa que a mi lado nunca le faltará nada.
Insisto, esa boda es imposible.
Disculpen, tengo asuntos que atender.
Doña Elena, lo entiendo,
pero, por su interés y el de la finca, escuche a mi padre.
Sí, bueno, mi hijo...
Es decir, nosotros...
le ofrecemos, como regalo de compromiso, nuestra ganadería.
Es decir, la parte que en su día le compré yo a usted.
Es una oferta muy generosa.
Pero, por el momento,
solo pienso casar a mi hija, la primogénita: Rosaura.
Es lo correcto.
Doña Elena, yo creo...
Insisto: Tita no saldrá de esta casa.
Pero podemos encontrar una solución.
¿Por qué tardarán tanto?
Los Muzquiz se van.
Vinieron a pedir la mano de Tita.
Y sí, habrá boda.
Pero ya les he explicado
que decidí que Tita se quedará aquí a cuidarme hasta que muera.
Pero ¿qué dice, madre?
Que Pedro Muzquiz se casará con Rosaura.
Subtítulos: Victoria Tormo Peris
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