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Queremos expresar nuestra gratitud al gobierno cubano y a sus instituciones
por la ayuda prestada en el rodaje de esta película en La Habana.
NOCHE EN LA HABANA
¿Qué se hace con tantas cartas?
- Barajarlas. - Creo que también las hipnotiza.
¿Carta?
As de picas. La muerte súbita.
Puede jugar sobre seguro. Apueste solo la mitad.
Jamás juego sobre seguro en las cartas. Tampoco en la vida.
¿Señor? ¿Carta?
¿Usted, señora?
Perdón, señorita.
Veintiuno.
¿Cuál es el límite en esta mesa?
Quinientos pesos.
No he mirado mis cartas.
Haré una pequeña apuesta con usted,
que quede entre usted y yo.
Apuesto a que esta vez gano.
Soy crupier, señorita, no jugador.
Sí, eso pensaba.
Me planto con 19.
Veinte, más cerca de veintiuno.
Señorita,
¿me presta su pañuelo?
- ¿La tinta aún está húmeda? - ¿La tinta?
De estos...
de estos billetes recién acuñados.
500 pesos cubanos, unos 500 dólares americanos.
Una cantidad que para mí es bastante respetable.
Eso no es más que un montón de tonterías.
Lo que digo es más verdad que sus billetes. ¿Sabe una cosa?
Si a un crupier le pasan dinero falso,
y el que se lo pasa se va de la mesa,
el crupier no tiene más remedio que quedárselo, ponerlo de su bolsillo.
- No sé de qué está hablando. - Mire,
estoy dispuesto a creer que no sabía que era dinero falso.
¿Por qué no me da 500... usados?
Yo le devuelvo estos y puede quedárselos.
Si ese es mi dinero, ¿por qué no me detuvo dentro?
Quizá sea usted demasiado rápida para mí.
- O quizá no quise avergonzarla. - Y quizá trata de hacer negocio.
Creo que por 500 pesos avergonzaría hasta a su padrino.
No tengo padrino. Lo que sí tengo 500 pesos falsos.
Los tendría antes de que yo viniese al casino
y seguirá teniéndolos después de que me vaya.
Ha tenido suerte. Debería dar las gracias a su suerte.
Unos centímetros más arriba y la bala hubiera alcanzado el corazón.
- ¿Podría identificarlos? - Solo por los pies.
¡Qué extraño!
Parece un ataque corriente, pero, haberle pegado así...
Tal vez necesitaran hacer ejercicio.
Está bien. Haga que le cambien las vendas dentro de cuatro días.
¿Cómo hago para que me cambien la cara, doctor?
Un consejo: la próxima vez que alguien le apunte con un arma, trátelo bien.
No recuerdo cómo se dice "bienvenido" en español.
Llévenlo a ver al coronel.
Siéntese.
¿Se encuentra mejor?
Creo que durante un tiempo caminaré torcido.
Un hombre no es un hombre hasta que al menos recibe un balazo.
Si lo recibe en el lugar adecuado, deja de ser un hombre y listo.
Cuéntenos.
- ¿El qué? - Cómo ocurrió.
Iba caminando hacia mi casa y se lanzaron contra mí. Eso es todo.
¿Estaban esperándole?
¿No hablaron? ¿No le dieron el alto o algo parecido?
¿Solo se lanzaron contra usted? Le esperaron y le atracaron.
¿Por qué iban a estar esperándole?
Es usted crupier, no jugador. No tiene aspecto de tener dinero.
Quizá un crupier de poca monta con algo de dinero falso en los bolsillos.
¿Por qué iban a perder el tiempo arriesgándose a esperarle,
para luego atacarle por un poco de dinero falso?
¿Me recuerda? Soy el ciudadano al que atacaron.
¿Por qué no atrapa a los matones y les pregunta el por qué?
Si es usted amable, quizá le den una respuesta.
Creo que usted me las dará.
Creo que me dará las respuestas que ambos necesitamos.
Por ejemplo, ¿por qué lleva una suma de dinero tan poco habitual,
para un tipo como usted?
Llevaba un poco de dinero.
¿Como éste?
¿Dinero poco habitual como éste?
Admitirá que este dinero es poco habitual.
- Puedo explicarlo. - Sí, respondiendo a mis preguntas.
Central de Policía de La Habana. Ponga la fecha.
Interrogatorio a Ned Sherwood, hecho por el coronel Guillermo Mastegui,
jefe de la sección secreta de la Policía Nacional cubana.
Ése soy yo, el coronel Mastegui. Soy el coronel Mastegui.
Presente, el agente del Tesoro de Estados Unidos, A. Griswald.
- ¿Cuál es su nombre completo? - Ned Sherwood.
- ¿Ciudadano americano? - Sí.
- ¿Dónde nació? - En Boston.
- ¿Cuál es su dirección en La Habana? - Apartamentos Mar Vista.
¿Dónde trabaja?
- Ya sabe dónde trabajo. - Es para el expediente.
Para el expediente, en el casino. Soy crupier.
- ¿Desde cuándo? - Dos años.
- ¿Había trabajado antes de crupier? - Sí, en Reno, Las Vegas.
- Un par de años en Montecarlo. - ¿Y en Chicago?
- ¿Chicago? - ¿Para un tal Blackie Norton?
No.
¿Cuándo fue la última vez que estuvo en EE.UU.?
- Hace dos años. - ¿En Chicago?
- Sí, fui a un funeral. - ¿De quién?
- De un difunto. - ¿Cómo se llamaba?
- Mike Barlow. - ¿En qué trabajaba?
- Era mi socio. - ¿De qué murió?
Una bala. Le dispararon. Está en el informe.
- ¿Lo mató usted? - No. Mi mujer.
- ¿Conoce a Blackie Norton? - No.
- ¿Sam Naylor, Adam Burger? - No.
¿Ha sido detenido antes?
¿A qué se refiere con "antes"? ¿Acaso estoy detenido?
¡Responda!
- Nunca. - Lo comprobaré con el FBI.
Les enviaré sus huellas y su foto.
Un momento, dígame, ¿estoy detenido o no?
Depende de su respuesta.
¿Dónde consiguió este dinero falso?
- En el casino. - ¿Cómo?
- Un jugador me lo pasó. - ¿Conoce al jugador?
No, era una mujer.
- ¿Se lo dijo? - No, fue demasiado tarde.
Se marchó de la mesa, luego lo negó. No pude hacer nada.
- ¿Informó a su jefe? - No.
Si lo hubiera hecho me habría sorprendido.
Si te pasan dinero falso tienes que quedártelo.
Se lo quedó porque lo hizo usted.
- ¿Dónde consiguió las planchas? - Se las dio Sam Naylor, ¿verdad?
Pero la banda de Chicago quería deshacerse de usted,
y enviaron a Roscoe para liquidarlo.
- Me pierdo con tanto nombre. - Pero nosotros no.
Cogimos a Blackie Norton en Chicago y cantó.
Dígame una cosa,
¿cómo y dónde iba a pasar un botín tan grande?
¿No iría a pasar de 500 en 500? ¿En diez casinos?
Las planchas, Sherwood, ¿dónde están?
Está entre dos navajas, Sherwood, los chicos de Chicago y yo.
Elija cuál de ellas se clavará más profundamente.
- Ha acabado conmigo. - Aún no.
Cuando lo haga, será para siempre.
Lo detendré por falsificación y tenencia de dinero falso. ¡Sánchez!
Soy Griswald. Póngame con Washington, con el FBI.
Una cosa más.
Soy un hombre tranquilo.
Llevo una vida tranquila y tengo un empleo tranquilo,
y también puede anotar esto en el informe, amigo:
ni mangoneo a nadie ni me gusta que me mangoneen,
y hace tiempo que dejé de guardar rencor a la gente.
Pero en su caso, haré una excepción.
Conozco a los de su calaña. Esos ojos de pez,
un montón de músculos detrás de una placa.
De ahora en adelante, amigo, no le diría ni en qué ciudad estamos.
Quizá reparta cartas, pero no le gusta que se las repartan a usted.
No cuando no sé de qué va el juego.
Sherwood, Ned Sherwood.
Para ser alguien tranquilo que lleva una vida tranquila
y tiene un empleo tranquilo, tiene usted muy buenos contactos.
Ni siquiera llamó por teléfono.
Soy Miguel Salcito, abogado.
He venido para que le dejen salir, bajo fianza.
Sherwood, podría hacer que lo pasara muy mal, pero no lo haré.
Dejaré que se vaya. ¿Sabe por qué?
Porque las cosas le resultarán más difíciles fuera.
Pero volverá, para cantar, o para que le hagamos la autopsia.
- No puede salir de La Habana. - Sherwood, firme aquí.
No intentará salir de la ciudad.
Disculpe, tengo prisa. Adiós, señor.
Espere, calma, amigo. ¿Quién ha hecho esto?
- ¿Hacer qué? - Pagar mi fianza.
Disculpe, tengo prisa...
Ya, y yo quiero respuestas. ¿Quién le envió?
Su benefactor desea permanecer en el anonimato.
No me sirve. ¿Quién fue?
Si no desea aceptar su acto de filantropía,
puede pedir que lo vuelvan a meter en su celda inmediatamente.
Entre, señor, después de todo, es su apartamento.
Siéntase como en su casa.
Pero deje en paz mi dios del hogar.
"Idiota" , estás a punto de destrozar un objeto hermoso.
Una antigüedad de un valor incalculable.
He visto que es usted una persona de gran cultura.
Verá que compartimos muchos gustos.
¿Cuál le ha traído aquí?
Hay piojos y pulgas en las celdas de la cárcel,
quizá le gustaría tomar una ducha antes de que hablemos, ¿eh?
Tendría que ducharme de nuevo después de hablar con usted.
Vayamos directo al grano.
Al grano. ¿Dónde consiguió el dinero?
A diario, de dos a cuatro, mendigo con una taza de hojalata.
Sea educado. Yo lo soy, así que, por favor, sea educado,
o antes de que acabe con usted, necesitará esa taza.
¿Conoce a un ciudadano llamado Mastegui?
Es un tipo duro, muy duro.
A su lado, usted es como un helado al sol.
Dígale al "boy scout" que guarde eso antes de que se corte.
- Vale, ¿qué busca? - Cooperación, eso es lo que busco.
Le ofrezco la mía y le pido la suya.
Siga, le escucho.
Anoche le dieron una paliza.
La policía le encontró 500 pesos falsos encima.
Como estos.
Los números de serie empiezan por XL700 y siguen correlativos.
¿Dónde consiguió ese dinero?
Me lo quedaré. Como referencia. ¿De acuerdo?
¿Quién es usted?
Poseo los derechos de reproducción de esa serie.
Así que le gustaría saber lo que le dije a Mastegui.
Lo que le dijo a Mastegui cabría en una guindilla.
La próxima vez que venga, traiga una guindilla.
Nadie le pasó ese dinero, ¿sabe por qué?
Es una edición limitada. Solo pudo conseguirlo de una forma.
Lo imprimió con las planchas originales.
La ley diría que no ha respetado mis derechos de propiedad.
Quizá alguien tenga una parte de esos derechos.
- Naylor, por ejemplo. - Así que Naylor y Adam Burger.
Se quedaron una plancha.
Lo lamentarán. No saben cuánto.
Dígale esto a Naylor y Burger,
estoy dispuesto a olvidar su descuido,
si las planchas están en mi poder dentro de 24 horas.
De lo contrario, no saldrán vivos de La Habana.
¿Cómo podré encontrarlo?
Usted encuéntrelos. Yo le encontraré a usted.
¿Diga?
- ¿El Sr. Sherwood? - Sí, ¿Quién es?
- ¿Podemos encontrarnos hoy a las seis? - ¿Por qué?
Negocios.
- ¿De qué clase? - Dinero. Uno muy especial.
Ya sabe dónde puede encontrarme. En la misma mesa de "blackjack" .
El límite sigue siendo de 500 pesos.
Le espero en "El Sitio".
Unos tiempos duros, ¿eh, Ned?
- He estado mejor. - Siéntate.
- Salud. - Salud.
He leído sobre lo tuyo...
¿Te hicieron mucho daño?
No, creo que eran un par de turistas con ganas de juerga.
Sí.
Bueno...
- ¿Pagaste tú la fianza? - No.
¿No sabes quién fue?
- ¡Qué gracioso! - Para partirse de risa.
- Salud. - Salud.
Te vendrán bien unas vacaciones. Márchate una temporada.
- No puedo permitírmelo. - Es la mejor medicina.
La mejor medicina es trabajar.
Tal y como estás no puedes. Tu cara y...
Barajo y reparto con las manos.
- Hablemos claro. Tienes órdenes. - Ned, compréndelo...
- Del jefe, ¿verdad? - Por favor, Ned.
Sabes que pondría la mano en el fuego por ti, pero...
Es un casino de juego, ¿qué puedo hacer?
Un crupier detenido por posesión de dinero falso.
Es malo, Ned, malo. Para todo el mundo.
Sí, claro. Me iré a casa a llorar, por todos.
Dale tiempo. Deja que la cosa se enfríe.
No puedo trabajar y no puedo salir de La Habana.
¿Qué como mientras la cosa se enfría?
- Deja que te preste dinero. - No, gracias.
Mastegui cree... que puedo imprimir mi propio dinero.
Sí, soy el director adjunto del casino.
¿Sí, señor?
Anoche una señorita se dejó el bolso allí.
Tenía dentro mucho dinero, pero ninguna identificación,
salvo esto.
En la mercería de aquí al lado dijeron que lo hizo usted.
Lógicamente, quisiéramos devolverle el bolso.
Tal vez podría decirnos quién lo encargó.
¡Oh, sí!
Este pañuelo es un encargo especial.
- Él los encarga por docenas. - ¿Él?
Para regalarlos a las señoras.
Es el Sr. Ruby, ésta es su dirección.
Quizá pueda decirle a qué señora le regaló este pañuelo.
Muchas gracias.
Adiós.
- ¿Está el Sr. Ruby? - No está en casa.
Gracias, esperaré.
Debería despedir a ese hombre. Miente sobre usted.
¿El casino no puede esperar?
Le dije a Delgado que le pagaría el mes próximo.
No he venido por sus deudas de juego.
Anoche una señora se dejó el bolso en el casino, sin identificación.
Pero este pañuelo nos ha llevado hasta usted.
Regalo docenas de pañuelos iguales a docenas de mujeres.
¿Puede darnos unos cuantos nombres?
Puede que no les guste a sus maridos.
Tal vez a ella le gustaría recuperar el bolso.
- Puede dármelo. - Contiene mucho dinero.
No me vendría mal algo de dinero.
Este no, es falso.
Entonces le sugiero que vaya a lo policía.
¿Cuántas veces va a sacarme de la cárcel en un día?
Quisiera ver al Sr. Salcito, por favor.
- Su nombre, por favor. - Vengo de parte del Sr. Ruby.
- Conoce el nombre, ¿verdad? - Jamás recuerdo los nombres.
Debe ser de gran ayuda para su jefe.
Por eso soy una gran ayuda para mi jefe.
Me lo imagino. Dígale que estoy aquí, ¿de acuerdo?
- Se lo diré cuando vuelva. - ¿Cuándo será eso?
Sobre las cinco. Dentro de un mes a partir de hoy.
Hay otra oficina, pero tampoco lo encontrará allí.
¿Cuándo estará?
Fue a Puerto Rico, a visitar a su madre.
Ella acaba de tener otro hijo, el número catorce.
- ¿No es verdad que es maravilloso? - Sí, magnífico.
Dígale al hijo mayor, que si no lo veo mañana, tendrá trece.
- El coronel Mastegui, por favor. - No está.
Dígale que es importante. Soy Ned Sherwood.
- Salió bajo fianza esta mañana. - Así es.
- Quiero verlo, es importante. - El coronel volverá a las seis.
¿A las seis? Tal vez no esté vivo a las seis.
Siga a esos oficiales, por favor.
El frontón es muy bueno para el hígado.
Mi padre jugó todos los días de su vida.
Murió ahí, en esa esquina. Tenía 67 años. Debería probarlo.
Sí, para que yo llegue a los 67 necesitaré algo más que el frontón.
Anoche casi me matan de una paliza.
Hace una hora, alguien intentó hacer lo mismo con un coche.
¿Y?
Pues que soy un blanco móvil. Usted es policía. Investigue un poco.
Presente una reclamación. Seguirá los conductos ordinarios.
Mire, no me va a usar como cebo. No soy ningún héroe.
O me protege o me meto de nuevo en la trena.
¿Me recuerda, amigo? ¿El músculo detrás de una placa?
La placa dice que debo hacer respetar la ley.
La ley dice que está libre.
Vale, pues me atengo a la ley. Sherwood sigue libre bajo fianza.
La ley también dice que Sherwood tiene derecho a protección.
Eso no es asunto de la policía.
Y yo decido sobre todos los asuntos policiales.
Además, aún no me ha convencido de que su vida corra peligro.
¿Cómo puedo convencerlo? ¿Le guiño un ojo desde la morgue?
Sí, tal vez eso me convencería.
Un poco de cooperación también me convencería.
Anoche cooperé con usted.
Entonces no tiene de qué preocuparse.
¡Oh, no! Claro que no. Solo necesito que me maten.
Cuando eso ocurra, encontraré al causante y cooperará.
¿El Sr. Sherwood?
Estoy sola.
Levántese.
Siéntese aquí.
¿Por qué ha hecho eso?
Tengo mejor vista desde aquí.
No es lo que esperaba.
- ¿Qué esperaba? - No a usted.
Su llamada de esta mañana no tenía mucho sentido.
Entonces, ¿por qué ha venido?
Señora, represento a Dinero Anónimo,
de guardia las 24 horas del día.
Siempre acudimos cuando nos piden ayuda.
- Quería hablar de dinero, ¿verdad? - Sí.
¿Qué clase de dinero?
Trabajamos con francos franceses, liras, rublos, cualquier cosa.
¿Qué me dice de los pesos?
¿Estos?
Excelentes planchas.
Hechos en casa, con manos amorosas.
¿En casa de quién y con qué manos?
No creo que Dinero Anónimo pueda ayudarla.
Ha ido demasiado lejos.
Tan lejos como para querer comprar el dinero.
Todo el que pueda proporcionar. O si no, las planchas.
Es usted una emisaria muy bonita. ¿De quién?
Se lo diré a los que están detrás de usted.
Muy bien. Me lo dirá a mí o a Mastegui.
Anita Ferrer.
No lo he llevado muy bien, ¿verdad?
Una aficionada. Vamos, hable. ¿Quién es?
Prefiero confiar en usted que en Mastegui. Acompáñeme.
- ¿A dónde? - A conocer a mi familia.
¿Tiene miedo?
Ahora no.
- Sr. Sherwood, éste es mi padre. - Bienvenido a mi casa, señor.
Sr. Sherwood, por la noche suelo tomar un brandy
y fumar un puro. Supongo que me acompañará,
es brandy español. Claro que los acostumbrados al brandy francés,
tal vez lo encuentren un poco fuerte,
pero si uno se acostumbra a su sabor...
A su salud, señor.
Papá, tenías razón. Me amenazó con llevarme ante Mastegui.
Pensé que lo haría.
¿Cómo iba a saber que no la había enviado Mastegui?
- Era posible. - ¿Qué esperaba?
Que al primero que se presenta le diga: "Claro que sí, señora,
tengo un montón de dinero falso" . Está de oferta.
Permita que se lo explique, señor.
Mastegui me preguntó si conocía a un crupier llamado Sherwood.
No lo conocía.
Mi impetuosa hija Anita oyó la conversación y obró por su cuenta.
Ahora me alegra de que lo hiciera.
Comprendo el interés de Mastegui. ¿Cuál es el suyo?
No se trata de una frivolidad, señor.
Sr. Sherwood, mi padre preside el Banco de Cuba.
Si me dijera que era Napoleón, no le pediría una prueba.
Me resultaría difícil probar que soy Napoleón.
Sin embargo, si quiere, puede cotejar mi letra y mi firma en un billete.
Por favor, hágalo.
Tal vez esto le ayude.
Señor, el presidente de Cuba lo trata como amigo.
Mastegui me trata de criminal, ladrón y falsificador.
Con sus amigos y mi reputación, deberíamos hacer negocios.
Tal vez sacaríamos provecho si colaborásemos el uno con el otro.
Por favor, siéntese, señor. Intentaré explicárselo.
Desde luego, para entender esto, antes debe comprender a Mastegui.
Su vida está dedicada a un único propósito,
la persecución y destrucción de criminales.
No me cae especialmente bien, pero...
En eso coincidimos, ambos despreciamos a Mastegui.
Está equivocado, señor. No lo desprecio. Lo respeto.
Es el único hombre incorruptible que he conocido en mi vida.
No confía en nadie. Y sospecha de todo el mundo.
Sospecha de mí.
Es un policía muy suspicaz.
Y no sin razón. Él sabe que mi fortuna personal
sufrió un revés no hace mucho.
No estoy arruinado, pero soy más pobre,
porque acepté la presidencia del Banco Nacional.
Que acuña la moneda nacional.
Sr. Sherwood, el coche está donde lo dejamos.
Permítele que sea escéptico, Anita.
Mi debilidad siempre ha sido mi falta de moderación.
Cuando serví a mi país en otros cargos, ahora me doy cuenta,
lo hice aun a costa de sacrificar a mi familia.
Ya sabe por qué Mastegui cree que pueda estar implicado.
¿Por unos cientos de pesos?
- Por tres millones de pesos. - Una tajada enorme.
Hace unas semanas, agentes del Tesoro de los EE.UU.
descubrieron en Chicago que alguien había falsificado dinero,
pero no se trataba de dólares, sino de pesos cubanos.
Tres millones de pesos cubanos.
Las planchas y el dinero falso aún no se han descubierto.
Mastegui cree que solo hay una forma de poner en circulación
esa cantidad de dinero. A través del Banco de Cuba.
- Y tengo que darle la razón. - Y por eso jamás le perdonaré...
Anita, por favor.
Tras una vida de difícil honradez,
no deseo ser quien dejó circular tres millones de pesos falsos.
Señor, sus razones son conmovedoras.
Pero me conmueven más las mías.
Disculpe que me preocupe más algo que afectará a seis millones de personas.
Un escándalo semejante destruiría la confianza en el Gobierno.
Esta vez, el pueblo cubano tiene un buen gobierno.
La gente tiene el gobierno que se merece.
Ahora únicamente me interesa un partido de un solo militante, yo.
Le dije a Mastegui la verdad.
¿Guardando, tal vez, información para
proteger a alguien?
El coronel Mastegui.
Disculpe, Sr. Director,
no sabía que tenía una reunión presupuestaria.
¿Qué quiere esta vez, coronel?
Un habano, una palabra amable, una sonrisa. Soy fácil de contentar.
Puedo ofrecerle un habano.
Y el Sr. Sherwood me ofrecerá la sonrisa y la palabra amable.
No, por favor.
No tiene por qué explicarme qué está haciendo él aquí.
Después de todo, hasta el presidente del Banco de Cuba
puede elegir a sus invitados.
A veces parece que no tengo elección.
Estoy a su servicio, director.
Cuando me vaya, me llevaré a Sherwood, si lo desea.
- Inténtelo. - Sherwood es mi invitado.
¿Un crupier de un casino,
acusado de posesión de dinero falso,
es invitado suyo?
Creo que se equivoca totalmente respecto al Sr. Sherwood.
¿Estoy equivocado respecto a usted, Sherwood? Creo que no.
De hecho, si lo registrara,
seguro que le encontraría más dinero falso encima.
Pero no lo registraré ahora, porque tendría que detenerlo de nuevo.
Y quiero que siga libre, libre como una paloma.
Se ha equivocado de ave, ¿verdad? Se refiere a un pato de feria.
La vida del Sr. Sherwood corre grave peligro.
Tal vez esté llevando a un inocente a la muerte.
Si ocurre, Sr. Ferrer, encenderé siete velas en su memoria.
Si tiene más preguntas, hágalas e intentaré contestarlas.
Solo una. ¿Quién le dio este...?
¿Quiere saber lo que le dije a Mastegui?
- Le dije que una mujer en el casino. - ¿Nunca la había visto antes?
Ni después.
Empiezo a creer que este dinero se lo pasaron por error,
intentaron recuperarlo
y matarlo antes de que pudiese identificar a la mujer que lo pasó.
Intenté devolvérselo. No quiso aceptarlo.
Creo que tenía miedo de que la delatara si lo aceptaba.
Probablemente. No envidio sus expectativas de vida, señor.
Con todo, aunque no lo esperaba, al conocerle me ha dado esperanza.
No esperaría demasiado si fuera usted.
Mastegui le dijo que era crupier de casino.
Lo que me interesa es lo que fue antes de ser crupier.
¿Qué fui?
No lo sé con seguridad, pero diría que libró mejores batallas que ésta.
Y me pregunto por qué y cuándo eligió retirarse tras
una mesa de juego.
La única posición que se me ocurre que lo excluye del juego.
Pero Mastegui tenía razón en una cosa, papá.
De haberlo registrado, habría encontrado dinero falso.
Tarjetas de visita.
De dos visitantes poco amistosos.
- ¿Visitantes cubanos? - Sí, ambos.
Le dijo a Mastegui que creía conocerme.
¿Le han hecho cambiar de idea?
Venga a verme cuando tenga algo que decirme, señor.
Y, por favor, cuente conmigo, si puedo ayudarle.
Creo que lo haré.
¡Ah! Así que decidiste pasar una noche en casa.
Me alegro mucho.
Permita que le presente a mi hija Josefina, Sr. Sherwood.
Dime, cariño,
¿dónde has estado? No te veo desde...
Le acompaño a la puerta, señor.
Llévese mi coche. Lo recogeré mañana.
Ha sido agradable conocer a su familia.
- Una familia muy interesante. - Gracias.
Es la última cabaña, ¿has oído? Soy un buen intermediario, ¿eh?
El mejor. Te lo agradezco.
Aceptó muy rápido. ¿Para qué me necesitabas?
Últimamente mi voz pone de mal humor a la gente.
En serio, Ned,
si tu mala racha ha vuelto a despertar tu instinto de caza,
no está nada mal.
Un crupier debe ser discreto.
Pero un crupier que jamás juega, ni siquiera con mujeres...
Buena suerte.
Sigue siendo mala.
Dice que alguien lo atacó.
Siempre lo están atacando.
Lleva una vida tranquila y los demás son atletas, ¿verdad?
¿Aún no está convencido de que tratan de matarme?
Solo me convence lo que veo.
A usted lo veo aquí y vivo.
Y el que dice que lo atacó está en el hospital moribundo.
Lo identificó como asesino profesional.
La verdad es que no lo dejó quedar como un aficionado.
¿Y los billetes falsos que le encontraron encima?
Creía haberle contado ya la historia.
¿Sabe una cosa? Se le traigo unas cuantas veces,
quizá recupere los tres millones de pesos, peso a peso, ¿eh?
Muy gracioso.
Ha hecho que no pueda trabajar en La Habana ni pueda irme.
O me mete en la cárcel,
para que no me preocupe de quién pueda resultar herido...
- ¿O? - O me deja en paz.
Necesita un señuelo. Aquí me tiene.
¿Por qué no me quita de encima a sus hombres?
Deje que lo intente a mi manera, digamos que durante 24 horas.
¿Qué puede perder?
Muy interesante.
Esta mañana en el frontón me pidió protección.
Es cierto.
Esta noche quiere enfrentarse a ello solo.
¿Es que ama más la vida o menos?
Lo suficiente para averiguar quién intenta matarme.
No hago pactos con presuntos criminales.
Protéjase.
Gracias... creo.
Sr. Sherwood.
- Gracias. - ¿Por qué?
Le agradezco que anoche no dijera nada.
Agradézcaselo a su padre.
No podía darle ese disgusto. No así, de forma tan directa.
¿Una copa?
¿Quién lo hirió así?
Dígamelo usted.
Y procure convencerme.
Me pasó dinero falso.
Me dispararon, me apuñalaron.
Me detuvieron, me asaltaron, me ficharon.
Me soltaron, me acorralaron y me golpearon.
Estoy harto de dar tumbos.
Va a contármelo todo. Y nada de lágrimas de cocodrilo.
No he dormido desde aquella noche en el casino.
Pues ya somos dos.
- Así que sabía que era falso. - Entonces no.
- Al descubrirlo, quise ir a verlo. - No lo hizo.
- Tenía miedo. - Claro.
Esa noche me mandó unos matones.
Luego pagó mi fianza para que me sacudieran.
- No es verdad. - Y anoche llamó por teléfono,
y lo arregló para que me apuñalaran.
Créame. Por favor, créame. No tengo nada que ver con eso.
En el casino no sabía que era dinero falso.
Pero al leer en la prensa lo que le ocurrió ayer, yo...
- ¿Dónde lo consiguió? - No lo sé.
- ¿Dónde consiguió el dinero? - ¡Aún no lo sé!
- No nos hacemos ningún bien. - ¿A dónde va?
A mi segunda casa,
la oficina del coronel Mastegui. ¿A dónde si no?
Por favor, deme un poco de tiempo.
¿Para qué necesita tiempo si sería suficiente con la verdad?
Pero aún no la sé. Necesito tiempo.
Tiempo es lo que menos tengo.
Vivo en los Mar Vista. Pero creo que ya lo sabe.
Vaya a las diez...
o iré a la oficina de Mastegui a las diez y cuarto.
Allí estaré.
Tal vez por esto no hablé anoche.
El teléfono, por favor.
Sr. Sherwood.
¿Sabe algo?
Hasta conocer a su padre, había olvidado que existían hombres así.
No solo lo ennoblece que se preocupara por los tres millones.
- Parecía una persona noble. - ¿Qué intenta decirme?
Encontré a la mujer.
- La que le dio los... ¿Quién? - Fina.
¿Fina?
Anoche me imaginé que sería terrible para su padre, por eso me callé.
No puede ser.
¿Fina? No puede ser.
Creo que ambos tenían razón. Su padre y Mastegui.
La moneda entrará en circulación a través del Banco de Cuba.
Pero, ¿qué...?
¿Y mi padre? ¿Cómo se le puede preparar para esto?
Le aseguro que lo matará.
¿Qué podemos hacer? ¿Se puede hacer algo?
No lo sé,
pero sé que si Mastegui averigua que Fina tocó esos pesos,
se lo echará en cara a su padre.
¿Qué tal se llevan usted y Fina?
Tal vez no tan bien como deberían llevarse dos hermanas.
Somos, siempre hemos sido... diferentes.
Fina siempre fue un poco alocada.
La verdad es que las dos vivimos a lo loco tras morir nuestra madre.
Solíamos jugar en el castillo de El Morro.
En el faro, las mazmorras, las murallas, por todas partes.
Arriesgábamos nuestras vidas y lo llamábamos jugar.
Fina era muy atrevida.
Yo era la que me preocupaba por ella.
Papá estaba demasiado ocupado por entonces.
Después, en el colegio siempre había problemas.
Y siempre trataba de cubrirla. Para evitarle dolor a papá.
Pero esta vez no puede cubrirla.
¿Quiere que deje que la policía la atrape?
¿No lo dirá en serio?
No, a menos que consigamos que dé los nombres de sus amigos,
antes de que Mastegui lo haga
o la use como cebo.
Me temo que no comprendo.
Soy un señuelo vivo, pero esta noche no me vigilarán.
Hoy llevaré a su hermana a bailar.
Una broma extraña en un momento muy extraño.
Fina y yo iremos a todas las cantinas de la ciudad.
Tal vez alguien, en algún lugar de nuestro recorrido,
me vea con la señora que pasa el dinero falso.
Entiendo.
Es un riesgo. Un terrible riesgo.
Más para usted. Para Fina también.
Pero Fina debe cuidarse sola esta vez.
Si coopera esta noche, seguirá teniendo problemas,
pero podría haber una solución.
Si no, sugiero que empecemos a preocuparnos por su padre.
Y por usted.
¿Por mí?
Rece por mí mi oración favorita,
"Buena suerte o mala, acabemos de una vez" .
- ¿Quién es? - Soy Fina.
Demasiado bonito para ser verdad.
No tengo nada que decirle. Nada agradable.
Me pidió tiempo y se lo di. Le di todo el día, para nada.
Es a lo que me refería, no a usted.
Deme el nombre, yo haré el resto.
- Entonces, ¿por qué ha venido? - No estoy segura, no fue fácil.
Pero era más difícil no venir y preguntarse qué haríamos.
Le dije lo que iba a hacer. ¿Lo recuerda?
Creo que le daré una lección.
No nos desanimemos.
¿Quiere tiempo? Vale. Se lo daré. Más tiempo.
Toda una noche. Salvo que la va a pasar conmigo.
Vamos a dar una vuelta por los clubes y las cantinas.
Solo Ned y Fina, en su primera gran cita.
Incluso trataré de mostrarme un poco nervioso.
Seremos como un par de críos. Ya sabe,
reiremos, bailaremos, beberemos.
Incluso tal vez nos besemos un poco...
así.
Antes de que acabe la noche, tal vez podamos ser adultos.
¿Podremos acabar esta?
Salimos de los otros cuatro sitios tan de repente.
Cuando me voy, me voy.
Es la historia de mi vida.
Creo que me daría miedo oír la historia de su vida.
Tiene razón.
¿Bailamos?
Dígame, ¿qué busca?
La salida.
Últimamente me son muy necesarias.
Se pregunta cuándo le atacarán la próxima vez, ¿verdad?
Si piensa eso, ¿por qué ha salido conmigo?
Quizá porque tengo más curiosidad que usted
sobre cuándo y, sobre todo, quién lo hará.
Saber las respuestas de antemano debería hacerla sentir bien.
O es la bruja más lista del mundo o la menos afortunada.
Si tengo suerte y sobrevivo a esta pesadilla,
¿conseguiré olvidarla?
Usted nunca ha olvidado, ¿verdad?
Dígame, ¿qué ocurrió?
¿Pregunta por historias que no quiere oír?
Ahora quiero oírla. Por favor, cuéntemela.
De acuerdo.
Tenía un amigo. Trabajábamos juntos.
Transformamos un pequeño negocio en uno muy grande.
Especulación con trigo. Ya sabe, es
como jugar legalmente con el dinero de otros.
Dejé el dinero en sus manos, porque
era mi amigo, me lo pidió y confié en él.
También tenía una esposa.
Ella se fugó con mi amigo y se llevaron el dinero.
Cuando finalmente él la dejó,
ella lo mató
y se suicidó.
Yo pagué todo el dinero y cerré el negocio.
Lo siento. Lo siento muchísimo.
¿Por qué? No tiene que sentirlo.
¿Me recuerda? Soy el zombi de detrás de la mesa de "blackjack".
Lo malo es que no puedes controlarlo todo.
De repente me encuentro tratando de salvar la vida.
Un sano ejercicio, ¿verdad?
Pero creo que empiezo a sentirme vivo de nuevo.
Disculpe, vuelvo en seguida.
Estaría en la oficina de Mastegui si me hubiera negado.
Déjate de confidencias conmovedoras, Fina.
¿Me estás amenazando? Sabes que tendré cuidado.
¡Ah! El joven de los pañuelos.
¿Por qué no me dio lo que quería?
Me habría ahorrado tiempo, de todas formas la encontré.
¿Por qué debería haberle ayudado, señor?
¿Desde cuándo los latinos somos generosos con nuestras mujeres?
Claro.
¿Cuándo vio a Ruby? ¿Por qué?
Es curiosa.
En el casino le pedí esto, ¿recuerda? Seguí su pista hasta él.
¿Por qué no me dice por qué lo protege?
No lo protejo.
No puedo culparla por cubrir a su novio.
No es mi novio.
¿Para qué iba a comprar pañuelos por docenas?
Compra los regalos para Anita.
Es con ella con quien está prometido en matrimonio.
Ella estuvo con nosotros aquella noche.
Me pidió el lápiz de labios, y yo su pañuelo.
Anita no me pasó pesos falsos.
¿Intenta echarle la culpa a ella?
No. Digo que Ruby es su novio.
Siempre ha sido una niña mimada. Siempre metiéndose en líos.
Contando con ella para salvarse.
El pañuelo es de ella. Ruby no es mi novio.
Sí...
Anita estaba con usted cuando llegué a casa anoche.
Así que lo saben.
- Ruby, papá, Anita. - ¿Su padre? ¿Cómo iba a saberlo?
Todo comenzó al coger 500 pesos del bolsillo de Ruby en el casino.
Cuando le dije que los había perdido,
se volvió medio loco.
Entonces supe que usted tenía razón.
Me dijo que mi padre estaba implicado,
que yo tenía que protegerlo.
Ahora tengo varias opciones.
Puedo creerla a usted, a su padre o a su hermana.
Una vez, cuando los tres éramos niños,
Anita quería estar a solas con Ruby en El Morro.
Ella me hizo esto.
Y me dejó en nuestro escondite.
Volvió más tarde, a rescatarme,
y me encontró casi muerta.
Esa fue la única ocasión que me salvó de algo.
No soy yo la que se mete en líos.
La que rescata soy yo, salvo aquella vez.
Se me ocurrió pensarlo. Estas sillas se están calentando.
Vamos a buscar a Anita.
No, por ahí no. Vamos a lo seguro.
Lo que ocurra en estas calles será culpa mía.
Seas como seas, lo siento.
¡Al coche, rápido!
Siento, señorita, que no me diga cómo se metió en este lío.
Puedo decírselo yo, señor como se llame.
Hemos cometido el mismo error, salir con la hermana equivocada.
Vigílalos mientras despejo el camino.
Me encanta su amigo. ¿Cómo se llama?
Miguel Collada. Trabaja para mi padre desde hace muchos años.
Solo he visto una vez a su padre, pero creo en él.
Ha trabajado demasiado, está cansado... y enfermo.
¡Rápido!
¿Cuánto sabe? ¿Es lista como su hermana?
También soy hija de mi padre. No use ese tono conmigo.
¡Que la chica no hable, lleváosla hasta que la necesite!
Sherwood.
Sherwood, ¿me oye?
Le oigo.
La otra vez intenté advertirle. Fui paciente y educado.
- Un hombre paciente y educado. - Pero me mintió, ¿eh?
Los hombres de Chicago, Leroy y Burger,
ni siquiera están en La Habana.
Han estado esperando la temporada turística.
Ahora me dirá todo lo que quiero. Pero antes, la verdad.
¿Qué tiene que ver Fina con usted?
¿Fina?
Viejos amigos hablando de los viejos tiempos.
Y ahora me dirá la verdad sobre dónde consiguió el dinero.
Pierde el tiempo y la fuerza, Collada. No sé nada.
Pero sí conoce a los Ferrer. Y sabe quién le dio el dinero.
Una información útil. Así que sé que puede ayudarme.
Puede...
debe...
y lo hará.
¿Carlos?
- Esperaba noticias tuyas. - Pues te las daré.
- Collada está con el crupier y Fina. - ¡Collada!
- ¿Cómo es posible? - ¿Quién sabe? Simplemente pasó.
¿Puedes conseguir dinero para irnos de aquí?
Carlos, basta ya. Te espero en Tulipán.
- En el mismo lugar. ¿Entendido? - Sí.
Es usted crupier.
Seguro que no es amigo de la ley.
Y seguro que no podrá rechazar una mano amiga.
La cual le ofrezco por última vez.
- Una pesada mano amiga. - ¿Llena de dinero?
Eso suena más amistoso, pero si me perdona,
no me interesan los pesos nuevos.
Dinero viejo.
Bonitos pesos sucios y viejos. Como este.
Creía que tenía los derechos de propiedad del dinero nuevo.
No comprendo.
Y cuando no comprendo algo, no coopero.
Una vez al año, a las cuatro en punto,
el sexto día del octavo mes, supervisado por mí mismo,
el Banco de Cuba quema los pesos viejos retirados.
Mañana...
Hoy,
es el sexto día del octavo mes.
Aquí, señor, están los pesos nuevos. Tres millones.
Químicamente envejecidos,
empaquetados y sellados oficialmente.
Los paquetes que están en el banco son iguales a estos,
pero contienen pesos viejos.
Todo se ha planeado con precisión.
A las cuatro en punto, se cambiarán los paquetes,
y estos se convertirán en humo.
Y los pesos viejos, tres millones, todos auténticos,
vivirán mucho tiempo en nuestros bolsillos.
Me quito el sombrero.
El único atraco sin fisuras.
Un golpe hermoso, toda prueba será destruida.
Las planchas con ácido y el dinero falso en el fuego.
Ahora comprendo el contratiempo.
Los 500 pesos demostraban que las planchas aún existían.
Había olvidado la regla de oro,
"si quieres que algo salga bien,
hazlo tú mismo" .
Señor,
estoy dispuesto a pagarle por lo que sabe.
Lo principal es que me diga dónde están las planchas.
- Pero si ya tiene los pesos. - ¡Aún no tengo los pesos!
No los tendré hasta que no ardan los falsos.
No puedo arriesgarme a quemarlos mientras exista alguna prueba.
Debe ayudarme a encontrar esas planchas, señor,
antes de que acabe en la cárcel.
¡Cielos!
Papel moneda, planchas, personas.
Por eso hay tanta violencia de por medio.
No es una amenaza. El nuestro es un acuerdo de negocios.
Bien,
¿bastarían cien mil pesos para que colaborara?
No perdamos el tiempo regateando. Quinientos mil pesos.
Buena oferta. Debería aceptarla.
El único problema es que no sé dónde están las planchas.
Y otra cosa...
no recuerdo dónde conseguí el dinero.
Entonces le refrescaremos la memoria.
Las cogí y se acabó.
¿Por qué no me lo dijiste antes?
Estos dos días me he vuelto loca.
Porque sabía que actuarías de esta manera.
¿Y qué iba a hacer?
Al menos habría tenido tiempo de hablar con Collada.
Sabes que es un burócrata miedoso.
Se está cubriendo las espaldas.
Y todo por culpa de tu boca fantasiosa...
¿Por qué conservaste las planchas?
Y además, mira que llevar el dinero encima.
¿Cómo pudiste hacerlo, Carlos?
¿Sabes lo que es vivir como lo hacemos?
¿Ir a los sitios que vamos y no tener nunca dinero?
¿Por qué? ¿Por qué?
¿Por qué no nos casamos,
trabajamos y nos queremos como hacen otras personas?
Porque gastamos más que otras personas.
Porque mi padre dejó de pagar mis facturas.
¡Tus facturas!
De acuerdo.
- Enfrentémonos a lo que venga. - No me enfrentaré a Collada.
¿Un burócrata miedoso?
Le he visto perder el control. Es sanguinario.
Y tiene a Fina. Ya debe de saber lo de las planchas.
¡Me matará!
No si le dices que se las darás.
Aún podemos acabar con esto y lo haremos.
Dígame, ¿qué tiene que ver mi padre con esto?
¿Qué tiene que ver su padre con esto?
- Dígamelo. - Nada.
O todo.
Quizá ahora me gustaría vivir como su padre.
Toda mi vida, los mejores años, trabajando como un animal.
Confiaba en mí, podía contar siempre conmigo.
"¿Puede dedicarme el fin de semana, Collada?"
"Puedo dedicarle el fin de semana, el cerebro, la vida" .
"Es un placer, señor".
Pues el Sr. Collada ha decidido hacer negocios por su cuenta.
Y el Sr. Sherwood me ha protegido de sus preguntas, ¿verdad?
- ¿Protegiéndola, Srta. Josefina? - Sí, el dinero falso se lo di yo.
- ¿Y a usted quién...? - Ruby.
Ruby. ¡Ah, sí, claro!
El muchacho rico que creció en la pobreza,
y cuyas mentiras eran cada vez más increíbles.
Debería haberlo supuesto.
Bien, ¿dónde están las planchas?
- ¿Las planchas? - Exacto.
- En el apartamento de Ruby. - No, allí no están.
Conozco todos los elegantes recovecos de ese apartamento.
Piense mejor, señorita.
Ya que el poder protector de su amigo está agotado.
Estaba mintiendo. Pero sé dónde las escondió Ruby.
Le llevaré allí
si promete dejar libre al Sr. Sherwood.
- ¿Llevarme a dónde? - A El Morro.
No podrá encontrarlas sin mí.
Y no iré sin su promesa.
- Fina. - Si vamos hasta El Morro
y no encontramos más que rocas e historia...
- Las planchas están allí. - Iremos.
No puedo dejarle libre, pero dejaremos que descanse.
Descansará aquí,
para ayudarnos a refrescarle a usted la memoria,
si tenemos que volver con las manos vacías.
No vayas con él.
Carmen.
- ¿Quién es? - Ruby.
Carlos Ruby. Tengo que ver a Collada.
- No está aquí. - Sé que está.
No está.
¡Vete antes de que llame a la policía!
¡Déjame pasar!
Miguel.
¡Miguel Collada!
Tengo algo que decirte.
¡Miguel!
¡Miguel Collada!
¡Hay algo que tengo que decirte!
Con el coronel Mastegui. Sherwood.
Sherwood. Soy Ned Sherwood.
Culpe a Collada de eso.
A menos que quiera culpar a otra persona.
Me siento enferma.
Enferma o moribunda, me ayudará a encontrar a Fina.
Deme tiempo, haré lo que quiera después.
Nada de después, ahora mismo. Ella está en El Morro,
con ese criminal amigo suyo.
El Morro.
La obligó a adivinar dónde escondió Ruby las planchas.
Lo hizo para salvarme.
El Morro.
Sí, ¿por qué no? Nuestro antiguo escondite.
Encuéntrelo, por favor.
Dígale al coronel que vaya a El Morro, rápido.
Una excursión al castillo de El Morro, señor.
La fortaleza defensiva de La Habana desde 1589...
hasta que llegaron los piratas ingleses.
Señor, ¿quiere visitar el castillo de El Morro?
Verá las almenas, la zona de los tiburones.
Vámonos.
Pero, señor, es demasiado pronto. En mi bote caben 20 personas.
Aquí encadenaban a los presos a las mismas argolla de hierro,
y cumplían su condena.
Detrás de ustedes hay unas aberturas,
utilizadas por los españoles
para arrojar a los patriotas cubanos al mar.
Los tiburones se encargaban de los cuerpos,
y nadie volvía a saber de sus seres queridos.
¿Aún hay tiburones ahí abajo?
Dicen que son los mismos y que siguen esperando
ahí abajo.
Por favor, síganme.
- ¿Veremos las salas de ejecución? - Lo veremos todo, señora.
Ojalá me hubiera puesto los zapatos planos.
Aquí hay dos planchas. Faltan seis.
Vamos, piense, señorita.
Venga.
¿Será que tras encontrar las otras ya no quiere encontrar más?
Aún queda otro sitio.
Un método para ejecutar prisioneros en la época colonial
era el garrote vil.
El hombre que está detrás, también prisionero,
redimía tres años de su condena con cada ejecución.
Seguro que lo trajo aquí.
Parece que así fue. ¿Algún lugar más?
Solo tenía que hacer girar la manivela.
Un giro suave y se rompía la columna del ejecutado.
Por favor, síganme.
En Cuba, la última ejecución con garrote fue en 1932,
la pena capital está abolida desde 1940.
Anita.
¿Cómo los alcanzaremos?
Si vuelve a guiarme mal, no me quedará piedad, lo sabe, ¿verdad?
¿Que lo he guiado mal? ¿Por qué? Carlos está muerto
y se puede decir que yo también.
No, déjeme intentarlo. ¡Miguel! ¡Miguel!
Carlos ha perdido la vida por nuestra culpa.
¿Por qué debería ocurrirnos lo mismo?
Se ha acabado todo.
Dame tu pistola.
¡Anita!
No, no...
Es mejor así.
Mejor que esta vez
no puedas sacarme del lío.
- Collada. - ¿Collada?
Está en el mar, tiene las planchas.
Recuperaremos las planchas de la zona de tiburones.
En los problemas que sufrió Cuba,
Armando Ferrer entregó a su hijo a su país.
Un muchacho maravilloso.
Y ahora ha entregado a su hija.
Está claro, así ha ocurrido.
Ella averiguó que el culpable era Collada y vino aquí,
como buena hija de Ferrer, para intentar detenerlo.
Sí, será un gran golpe para Armando Ferrer.
Tu padre es quien necesita ayuda ahora.
- ¿Vendrás conmigo? - A cualquier parte.
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