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Un mundo aislado y remoto,
todavía no explorado en su totalidad.
Un territorio de grandes abismos, de altas montañas
y profundos valles comprimidos entre enormes acantilados.
Donde el bosque nuboso,
oculta las huellas de un pueblo enigmático
que habitó esta geografía imposible.
Sus impactantes momias,
nos hablan de un pasado todavía encriptado.
Ciudadelas devoradas por la selva.
Y misteriosos sarcófagos que desafían al vacío,
situados en paredes verticales.
Son los antiguos Chachapoyas,
también llamados "Los guerreros de la niebla".
Pero, ¿quiénes eran?
¿De dónde venían?
¿Por qué habitaron en los abismos?
Nos encontramos en la pequeña ciudad colonial de Leimebamba,
al sur del departamento peruano de Amazonas,
en la provincia de Chachapoyas.
Desde aquí partimos hacia la región de La Joya,
para llegar a los acantilados donde los Chachapoyas,
construyeron sus mausoleos o chullpas funerarias.
Transportamos una gran impedimenta a lomos de caballos y mulas.
Los equipos de filmación, los materiales de escalada,
los generadores eléctricos y la comida para 15 personas.
Donde vamos, nos hay absolutamente nada.
Nos acompañan los arqueólogos Quirino Olivera y Manuel Malaver.
Pretendemos filmar los contextos funerarios de los mausoleos
y verificar su estado de conservación.
Es un paraje muy escarpado, a unos 3.600 metros de altitud.
La primera pared, denominada La petaca,
presentaba claras muestras del saqueo realizado por los huaqueros.
Sus chullpas funerarias, estaban casi destruidas.
Lo mismo ocurría con los mausoleos de Diablo Huasi.
Los huaqueros, llegan a todos los lugares arqueológicos,
aunque para ello se tengan que jugar la vida.
Después de una larga caminata,
finalmente hemos llegado al sitio arqueológico Diablo Huasi,
donde existía un conjunto de urnas funerarias
depositadas en esto.
Y nos hemos encontrado con la ingrata sorpresa
de que ha sido completamente arrasado.
Han sacado y han destruido los edificios,
los que estaban colocados en la montaña,
y prácticamente los han arrasado.
Hemos llegado y no hay ningún vestigio arqueológico
que se encuentre intacto.
Los Chachapoyas, que habitaron esta región
entre el 800 y 1500,
construían sus panteones en laderas inaccesibles
para preservar a sus muertos.
En Revash, podemos observar los diferentes tipos de mausoleos
que edificaban.
En cada uno, alojaban varios fardos funerarios
que contenían las momias de sus difuntos.
Pero, ¿cómo podían realizar estas construcciones en paredes verticales
o incluso, contraplomadas?
Algunos estudiosos sostienen
que construían andamiajes de madera y bambú,
otros, que se descolgaban con cuerdas
desde la cima de las laderas,
y otros, que una vez construido el mausoleo,
rompían las repisas naturales por las que habían subido,
para hacer inaccesible el lugar.
En esta réplica de una chullpa del museo de Leimebamba,
vemos cómo ubicaban los fardos funerarios
que contenían los cadáveres momificados de sus difuntos,
de esta manera, iniciaban el eterno viaje hasta el inframundo.
Terminado el proceso de momificación el cuerpo era enfardelado;
es decir, se le embalsamaba con lienzos de algodón
que constituían la mortaja.
Luego se le ceñía la capa exterior de una tela más fuerte,
que normalmente iba bordada con grecas en zig-zag.
A la altura de la cabeza,
el bordado componía el dibujo esquemático de un rostro humano,
que se supone representaba al difunto.
El fardo, se protegía finalmente con un armazón de tablas de madera
sujetas por dos aros de caña y cuero,
que hacían las veces de ataúd.
Estos fardos funerarios, de más de 500 años de antigüedad,
recuperados por la antropóloga Sonia Guillén,
en la laguna de los Cóndores, en 1997,
presentan un estado de conservación impecable.
Nuestro cuerpo expedicionario, comandado por José Manuel Novoa,
seguía explorando la zona.
Los campesinos de la aldea de La Joya,
hablaban de los lugares en los que había restos arqueológicos.
-¿Y hay muchos? -Hay bastantes.
-¿Cómo cuántas chullpas habrá? - Como seis, siete...
-¿Y tú las has visto cerradas? ¿Las has visto?
-No, me parecen que están destruidas algunas.
-Algunas están cerradas. -¿Algunas cerradas?
-Bueno, vamos a ver.
-¿Y a cuánto está esto, más o menos? -Una hora.
-Yo los voy a llevar. -¿Sí? Estupendo.
-¿Cómo se llama usted? -Nixon Díaz.
-¡Nixon! Como el ex presidente.
-¿Puede repetir su nombre, por favor? -Nixon Díaz Parje.
-De La Joya mismo. -De la Joya, nacido y criado.
-Bueno, entonces está por aquel valle para allá.
-Sí, por allí vamos a ir y vamos río arriba;
caminando, en caballo no.
El camino, por el que nos guiaba Nixon,
transcurría por el cauce de un torrente estacional,
a unos 3.500 metros de altitud.
Era un verdadero rompepiernas.
Había tramos, en el que el bosque nuboso
se hacía casi impenetrable.
-Esta parece que la han tirado toda para acá abajo.
Todo el frontis... - Pero esta debía tener tres pisos,
porque es enorme. -Por lo menos ha tenido tres pisos.
-Quizá haya restos todavía. -Sí hay ahí.
Están los huesos en la parte de la base,
se ve aquí una punta...
Y lo que han aprovechado siempre es el techo natural
que tiene la parte superior.
Por eso lo han hecho de dos, tres pisos, ¿no?
La pared de Timbambo, parecía tener enterramientos intactos.
Posiblemente los temblores sísmicos habituales de la zona,
habían destruido las fachadas de las chullpas,
pero a simple vista, no se apreciaban huellas de huaqueo.
-Sabes que también me da la impresión que también está intacta
la de la grieta abajo. ¿Has visto?
-¿Abajo de la que está...? -Si sigues la grieta a mano izquierda
donde hay una especie de polvo encima -Sí, esta es la que decía yo.
La que está justo aquí delante. -Claro.
-Esa está intacta, parece ser.
-A ver un momento, ¿pero bajando la grieta?
-Sí. -A la izquierda.
-Pero esa está... yo la veo más deteriorada, ¿no?
-No, no, no, es natural, todo está intacto.
-Justo la que está aquí delante.
-La que se ha caído arriba es un desprendimiento.
¿Y sabes dónde está el desprendimiento?
De la grieta a la izquierda, vez un hueco...
y esa piedra, se ha caído encima del techo.
¡Ah, es verdad!
-Pero mira, date cuenta que se ha desprendido la piedra de arriba.
-Sí, sí...
Ahí está la impronta de la piedra y se ha caído en el techo.
Y está la ventanita. ¿Ves? -Perfectamente.
Oye, pues hay más de lo que parece a simple vista.
Al día siguiente, la expedición inició de nuevo
el tortuoso recorrido hasta la pared de Timbambo,
pero está vez cargados con los equipos de escalada y filmación.
El microclima de esta región,
permite el crecimiento del bosque nuboso
hasta altitudes que sobrepasan los 3.500 metros.
La naturaleza en estas quebradas, apartadas y aisladas,
se mantiene intacta;
sobre todo en estas selvas de galería
que ascienden casi hasta el nacimiento
de estos cauces torrenciales,
a unos 4.000 metros de altitud.
La ascensión hasta la cima del cerro fue muy complicada
por lo empinado del terreno,
y por la maraña forestal que lo cubría.
Abrir el camino a golpe de machete, fue un trabajo muy pesado.
Había muchas plantas espinosas,
y el suelo, cuando no estaba embarrado,
se encontraba colonizado por musgo resbaladizo.
Cerca de la cumbre,
aparecieron los primeros restos óseos de antiguos Chachapoyas.
Seguramente procedentes de mausoleos que se habían derrumbado.
-¿Pero es un cráneo de niño? -No, parece un adolescente,
del sexo femenino;
lo digo porque los arcos oculares no son tan pronunciados
y la frente es más salida,
que es clásico en el cráneo de una mujer.
Y bueno, es joven todavía. Tendrá unos 17 años más o menos.
Se nota por las aberturas de las uniones del cráneo;
no están todavía soldadas.
En la cima del cerro,
la vegetación ocultaba la cresta de la ladera.
Había que andar con cuidado para escoger el lugar del descenso.
-Entiendo entonces, que tenemos que irnos un poco más a la izquierda.
-Está bien, como a unos 20 metros por debajo de ti,
hay una especie de vaguada... -Hay un farallón a la izquierda
y justamente, donde tú estás ahora mismo, si fuera una vertical,
pasas por las tumbas estas;
primero las abiertas y después las cerradas.
Impresiona pensar que hace más de 500 años,
los Chachapoyas utilizaron esta pared como cementerio abismal,
para alojar y proteger a sus muertos.
Quizás descendieran por este mismo lugar,
para construir sus cámaras sepulcrales,
pero sin la tecnología y material de escalada
del que se dispone actualmente.
Posiblemente algunos morirían despeñados mientras trabajaban.
Todavía no se sabe con certeza,
por qué alojaban a sus difuntos en estos acantilados.
Según el arqueólogo peruano Federico Kauffman Doig,
buscaban lugares en la piedra,
donde no pudiese crecer la vegetación,
principal causa de la acumulación de humedad
y que al mismo tiempo estuviesen aireados.
Las momias, se conservaban mejor en ambientes secos.
Xavi Sardá, experto en rescates en alta montaña,
es el primero en descender.
Mientras Nacho Herranz,
también escalador experimentado en sistemas de seguridad,
observa la resistencia de los anclajes.
La pared es muy inestable,
la roca se encuentra muy descompuesta
y no tiene mucha solidez.
No se utilizan anclajes expansivos,
emplean anclajes de acero inoxidable de rosca,
que son recuperables.
Estas paredes están consideradas zonas arqueológicas
y deben de quedar intactas, al término de la expedición.
Xavi, acaba de entrar en un mausoleo.
El ambiente se tensa.
Por primera vez,
vamos a ver lo que contiene este pueblo de los finados,
como llaman los lugareños a estos enclaves mortuorios.
Nacho desciende con las cámaras,
para empezar el trabajo que les ha traído hasta aquí.
En las repisas,
entre las piedras de las chullpas destruidas,
se aprecian restos humanos.
Los más reconocibles son los cráneos y los huesos largos,
como los fémures.
Son partes de enterramientos destruidos.
Reina el respeto.
El ánimo de los expedicionarios se estremece.
Nuestras cámaras, van a registrar,
lo que esconde el acantilado donde viven los muertos.
Un espacio sagrado y reservado.
En el interior, los osarios de los antiguos Chachapoyas,
atestiguan un pasado religioso,
en el que la vida, más allá de la muerte,
era su principal objetivo.
Se trataba de un gran recinto,
excavado en un abrigo natural y luego tapiado.
Según el arqueólogo Manuel Malaver,
los enterramientos eran de gente común,
a los que se les daba sepultura casi sin ajuar mortuorio.
No había signos claros de saqueo,
aunque podría haber existido.
Parecía que tras derrumbarse las paredes que sellaban los panteones,
las aves rapaces, hubiesen disturbado el lugar.
De cualquier manera, allí permanecían las osamentas
de estos antiguos Chachapoyas,
como testimonio de un pueblo excepcional
que habitó estos bosques nubosos y nos dejó su místico legado,
para que tratáramos de entenderles.
A los personajes de la élite,
se les sometía a un laborioso proceso de momificación.
Era muy importante prepararles bien,
para que sus almas pudieran viajar al inframundo
y vivir más allá de la muerte.
Si se destruía la momia, el difunto dejaba de existir para siempre,
por eso, trataban de guarecerlas, en lugares inaccesibles o vigilados.
En aquella época no había saqueadores de tumbas,
pero en ocasiones, se profanaban las momias
por venganza entre tribus rivales,
o por alguna afrenta personal.
Este era el crimen más abominable entre los Chachapoyas.
Al sureste de Leimebamba, el la laguna de los Cóndores,
la selva crece pujante y desenfrenada.
Es un mundo húmedo y hostil.
Su majestuosa belleza,
a veces se torna tenebrosa e insondable.
En 1996, en un abrigo natural a unos 100 metros de altura sobre la laguna
oculto por la exuberante vegetación,
unos huaqueros, descubrieron accidentalmente
seis mausoleos Chachapoyas intactos,
con más de 200 fardos funerarios,
en un impresionante estado de conservación.
Revolvieron todo, y cortaron con machetes varias momias,
pero al no encontrar oro ni joyas de valor,
abandonaron el sitio arqueológico.
Unos meses más tarde, el arqueólogo Federico Kauffman Doig
organizó la primera expedición al lugar,
y registró minuciosamente el descubrimiento.
Presididos por pinturas rupestres
de difícil interpretación hasta el momento,
los mausoleos tiene dos pisos y ventanas que miran a la laguna.
Los fardos se colocaron en la planta superior.
Gracias a la decisiva intervención
de la antropóloga Sonia Guillén, en 1999,
las 219 momias de la laguna, fueron rescatadas.
Esta audaz iniciativa,
ha evitado su inexorable destrucción,
como ha sucedido en muchos otros lugares arqueológicos del Perú.
Actualmente se exhiben en el Museo Arqueológico de Leimebamba,
en una cámara especialmente acondicionada para su conservación.
El primer paso en el proceso de momificación,
era la dilatación del esfínter del ano,
para extraer el paquete intestinal, a través del recto.
Luego lo cegaban con un tapón de tela.
Para preservar los rasgos faciales,
rellenaban con algodón y fibras vegetales,
las fosas nasales, debajo de las mejillas y la boca.
Las partes delicadas, como los dedos de manos y pies,
los sujetaban con una soguilla.
La piel, la raspaban para eliminar el vello
y la curtían con hierbas como el poleo y la muña.
Antes del embalsamamiento,
rompían las articulaciones de las extremidades y los tobillos
para forzar la posición fetal.
Probablemente la momificación duraba varias semanas,
por la cantidad de picaduras de moscas azules
que tuvieron tiempo de poner sus huevos
en las partes menos tratadas de los cuerpos,
aunque no se han encontrado evidencias de escarabajos
que pusiesen de manifiesto una descomposición avanzada.
En algunos casos pudieron utilizar la técnica del ahumado,
para acelerar el proceso de desecación de la piel.
Cerca de la momia, colocaban bolsas de hierbas olorosas,
como parte del proceso.
Una vez preparado el cuerpo,
colocaban alrededor del cuello una tela, a modo de bufanda,
para sujetar la cabeza erguida.
Luego lo vestían con una serie de túnicas y mantos de algodón,
algunos de ellos bordados con diseños típicos Chachapoyas
que sin duda evocaban a sus deidades,
como los dibujos que observamos en las fachadas de sus construcciones.
Estas momias son de la última época Chachapoyas-Inca.
El uso de estos mausoleos,
pudo continuar durante bastante tiempo
en la época colonial,
al ser la laguna de Los Cóndores, un lugar remoto y escondido,
para ser afectado por la llegada de evangelizadores.
También se encontraron fardos que contenían bebés momificados.
Nuestro viaje en la historia continúa hacia el norte.
La ciudad de Chachapoyas,
es un buen lugar para establecer la nueva base de operaciones.
Fundada por el capitán español Alonso de Alvarado,
el 5 de septiembre de 1538,
bajo el nombre de San Juan de la Frontera
de las Chachapoyas,
es una de las ciudades más antiguas del Perú.
Con sus 35.000 habitantes,
mantiene todavía su aire colonial.
Fue pensaba para ostentar la capitalidad del oriente peruano.
A un centenar de kilómetros al norte de la ciudad,
llegamos al río Marañón,
el límite septentrional del territorio Chachapoyas.
En un abrigo natural,
encontramos las pinturas rupestres de Yamón,
una verdadera sinopsis cronológica
de la presencia humana en estas tierras.
Nuestro asesor científico, el arqueólogo Quirino Olivera,
que lleva años estudiando los más de 10.000 dibujos
que hasta ahora se han encontrado en las cuencas de los ríos,
Marañón y Utcubamba,
data las pinturas más antiguas de escenas de caza,
en unos 8.000 años de antigüedad.
Las más recientes, son de la época Chachapoyas.
Aquí vivieron los indios Chachapoyas más antiguos
hace unos 1.200 años.
Un enclave lejano y salvaje de naturaleza virgen,
en el que se contabilizan más de 20 saltos de agua permanentes
que en época de lluvia son mucho más aparatosos.
Un mundo perdido cubierto por el manto verde de la jungla
y oculto casi de continuo por la niebla.
Un territorio poco explorado.
Buena prueba de ello,
es el descubrimiento que realizó, tan solo hace cuatro años,
el alemán Stefan Ziemendorff,
al medir la altura de la catarata de Gocta,
a la que los lugareños llamaban "chorrera"
y comprobar que era la tercera más alta del mundo,
con 771 metros de altura,
por detrás del salto Ángel, en Venezuela
y de Tugela Falls en Sudáfrica.
Hasta ese momento, no estaba reseñada en ningún mapa.
En estos últimos años se han realizado sondeos espeleológicos
en las numerosas cuevas que existen en esta región
y los descubrimientos han sido sorprendentes.
Posiblemente, los primeros Chachapoyas,
eran trogloditas.
Los principales registros,
los ha realizado el grupo,
dirigido por el sacerdote y espeleólogo español,
Agustín Rodríguez, párroco de la Cañada Real,
uno de los barrios más marginales de Madrid,
bajo el asesoramiento de la brillante antropóloga
Sonia Guillén, del centro Malqui.
En las más de 20 cuevas investigadas
se han encontrado restos de construcciones habitacionales
y una gran cantidad de enterramientos Chachapoyas.
Hasta ahora se creía que esta singular cultura,
se desarrolló desde el 800 al 1500,
pero es posible, que sus orígenes sean anteriores.
Aunque parezca mentira hasta aquí también han llegado los huaqueros,
por eso, estos osarios apilados, y fuera de su contexto funerario.
Los huesos largos de las piernas, los dos fémures,
están muy en paralelo y muy juntos, lo cual podría indicar
que realmente se trata de un enterramiento Chachapoyas,
en los cuales han atado los restos óseos
y lo han depositado aquí.
Los huesos largos de los brazos, bueno, esto sería una tibia,
estaría prácticamente ligada con los huesos del fémur;
pero luego tenemos aquí los huesos de los brazos también.
Y después, todo esto son costillas y vértebras bastante deterioradas.
Aquí hay un trozo de mandíbula; aquí hay otro...
y aquí hay un trozo, posiblemente de parietal.
Hasta ahora, no se sabe con certeza, cuándo y por qué,
los Chachapoyas salieron de las cuevas
y colonizaron las montañas.
Probablemente, siguieron utilizando estas cavernas
durante bastante tiempo,
como necrópolis sagradas.
Los restos de sus pueblos de casas circulares
en las laderas de las montañas,
son escasos,
si tenemos en cuenta su población en el año 1500,
se estima en unos 300.000 habitantes.
Por eso se piensa que en su mayor parte
estas construcciones eran almacenes de grano,
edificados en la altura para preservarlas de la humedad.
Sus viviendas estarían situadas junto a los cultivos,
y serían más rudimentarias.
De materiales más livianos,
con paredes de barro y techos de paja.
Aquí, en las ruinas de San Antonio,
se ha encontrado una de sus pinturas murales más importantes,
por su realismo,
aunque está muy deteriorada.
Se trata de una escena de danza,
en la que se aprecian sus vestidos, tocados y adornos.
El cronista e historiador del Nuevo Mundo, Pedro Cieza de León
les llama: los indios blancos.
Por ser los más blancos y agraciados del Perú.
Cuenta que sus mujeres eran tan bellas
que se convirtieron en las preferidas del inca.
Vestían ropas de lana,
y llevaban unos tocados que señalaban su origen.
A los hombres los describe como feroces guerreros,
altos y fuertes.
Ascendemos a Kuelap, la ciudadela de las nubes.
A más de 3.000 metros de altitud,
camuflada por el incesante tránsito de las nubes,
se encuentra la fortaleza sagrada de los guerreros de la niebla,
como también son llamados los indios Chachapoyas.
Kuelap, fue construida en el apogeo de la cultura Chachapoyas,
del 1000, al 1300,
en la margen izquierda del río Utcubamba,
en la cima de una cresta rocosa de material calcáreo,
llamado La Barreta.
Sus ruinas, adquieren un aspecto fantasmagórico,
sumergidas en la habitual neblina que las cubre
en cualquier época del año.
La voraz vegetación que coloniza los antiguos recintos,
confiere a este ciclope o monumento,
una apariencia misteriosa de civilización perdida en el tiempo.
Fue descubierta accidentalmente en 1843,
por el juez, Juan Crisóstomo Nieto,
cuando resolvía un litigio de límites.
En su informa al Gobierno colonial, la califica como:
"La obra más maravillosa que se pueda imaginar".
Tras describir cómo eran los edificios,
sus adornos de ojos de serpiente,
accesos, dimensiones, y las momias encontradas,
termina diciendo:
"Este ingenioso, sólido y gigantesco reducto lítico,
hace creer que una nación ilustrada, ocupó este territorio".
Las altas murallas, de unos 20 metros de altura,
y ligeramente inclinadas hacia el interior,
para darles más consistencia,
tienen una longitud de 600 metros.
Se construyeron con bloques de piedra caliza,
de hasta tres toneladas de peso,
y con piedras labradas de dimensiones más pequeñas.
Sus tres accesos, tienen forma de embudo,
de tal manera, que al final de un largo corredor amurallado,
para entrar en la ciudad, había que pasar de uno en uno,
a través de sus puertas de escasos 70 centímetros de anchura.
Las casas, de siete a ocho metros de diámetro,
se construían con muros de piedra,
que a veces tienen una cornisa exterior
para protegerlas de la lluvia.
El techo, de forma cónica muy puntiaguda,
se confeccionaba con un armazón de palos
que se recubría con paja.
No todos los recintos eran viviendas,
había muchos que eran utilizados como graneros.
Se han identificado dos sectores, separados por un muro:
el barrio bajo y el alto.
Kuelap, tiene unos 600 metros de largo,
por un máximo de 150 de ancho.
El volumen de las piedras utilizadas en su construcción,
equivale a tres pirámides como la de Keops en Egipto.
No se sabe con certeza,
si la ciudad fue erigida como una fortaleza,
o como un lugar de refugio y de almacenamiento de alimentos
para los tiempos difíciles.
Hay estudiosos, que defienden el carácter sagrado de Kuelap,
donde vivía la élite de la sociedad Chachapoyas,
y los sacerdotes que interpretaban el designio de los dioses,
elaboraban calendarios agrícolas,
y predecían los cambios climatológicos,
como las venidas del fenómeno del Niño,
que siempre ocasionaba grandes catástrofes.
En las viviendas todavía son reconocibles
las covachas de piedra,
que usaban para criar los cuy, o conejillos de indias,
uno de los principales aportes proteínicos en su dieta.
En unas oquedades redondas,
practicadas en el suelo de algunas casas,
se han encontrado osamentas humanas,
lo que hace suponer
que acostumbraban a enterrar a sus familiares
en las propias viviendas.
El arqueólogo Alfredo Narváez, director del proyecto Kuelap,
ha documentado 415 estructuras circulares
y cuatro de planta rectangular y cuadrangular;
éstas últimas, pertenecientes a la época incaica.
Se calcula que la ciudad, fue habitada por unas 3.000 personas
A este edificio de forma cónica invertida
se le llama el tintero.
En su interior posee una cámara en forma de botella.
No se sabe con certeza qué utilidad tenía:
¿un granero, un depósito de agua?
¿O una prisión donde se sacrificaba a los enemigos?
Este rostro labrado en su fachada, quizás,
nos dé la respuesta algún día.
Un muro de unos ocho metros de altura,
separa el barrio alto,
donde se supone que vivían los altos jerarcas.
Hay edificios de grandes dimensiones que podrían ser templos,
en los que a parte de sacrificar animales,
se podrían haber realizado sacrificios humanos,
en ocasiones especiales,
como ante la llegada del fenómeno del Niño.
Al barrio alto se accedía por una entrada en rampa,
también en forma de embudo,
lo que indica que no todo el mundo
podría entrar en esta parte de la ciudad.
Seguramente tendrían que pasar algún control.
Los muros, no se construían con ningún tipo de argamasa;
las piedras calizas, se asentaban, unas con otras,
gracias a la técnica con las que se labraban.
Muchos son los secretos que todavía atesora
este coloso de las nubes,
que finalmente se rindió al inca Tupac Yupanqui,
tras ser sitiado.
Los trabajos de excavación continúan
y pronto se realizarán nuevos descubrimientos
que nos ayudarán a entender
cómo era la vida de los guerreros de la niebla.
Son, los sarcófagos de Karajía,
anclados en una pared vertical
y engalanados con cabezas trofeo.
Cada uno contiene la momia de un personaje,
sin duda alguna, de la élite Chachapoyas.
Llevan ahí siglos mirando a la lejanía,
con su mirada perdida,
que nos recuerda a los Moai de la isla de Pascua.
Otros grupos de sarcófagos de menor rango,
se encuentran diseminados en las repisas
y abrigos naturales de la pared.
Muchos han sido saqueados,
y sus momias despedazadas y devoradas
por las alimañas y aves de rapiña.
Afortunadamente solo uno de los Purunmachus,
como llaman los locales a los más elaborados,
ha sido profanado.
Depositaban la momia en la repisa
y los construían in situ con cañas y barro,
mezclado con paja,
modelando trazos humanos carentes de extremidades.
La parte externa, la enlucían,
y la decoraban con símbolos religiosos.
Casi siempre se encuentran alineados
en número de cuatro, seis u ocho.
En los acantilados de Lamu y Luya,
donde se han encontrado sarcófagos de diferentes tipos,
todavía quedan zonas sin explorar.
El arqueólogo alemán Klaus Koschmieder,
hace tiempo que investiga estos cañones de Utcubamba.
Con sus dos asistentes, lleva más de tres años,
registrando minuciosamente los recovecos de los grandes farallones.
Ha realizado muchos e importantes descubrimientos.
Su trabajo de campo, es audaz y arriesgado.
Junto a él, descendemos por las verticales laderas
con nuestras cámaras.
Llevamos más o menos tres años,
en los cuales hicimos una prospección sistemática,
aproximadamente de dos años,
y excavaciones arqueológicas en diferentes sitios:
sitios habitacionales y sitios funerarios.
Los caminos por los que transitamos con Klaus,
no son aptos para los que sufren de vértigo.
Un mal paso, y caes, irremediablemente al vacío.
Con la ayuda de nuestros especialistas en escalada,
Klaus, accede a algunas cuevas que quería inspeccionar
y por la falta del material adecuado no podía hacerlo.
En estas paredes verticales,
encontramos recintos habitacionales y enterramientos,
como este sarcófago intacto.
Se trata de una pared que tapia una oquedad natural,
con una cabeza teñida con arcilla ocre,
parecida a los Purunmachus de Karajía.
En los acantilados de la margen izquierda
de Utcubamba,
ascendemos a la excavación
que estaba realizando Klaus en esos días.
Una construcción alojada al lado de una pequeña caverna,
decorada con signos Chachapoyas.
Las escenas representadas nos hablan
de la utilización de canoas,
seguramente para atravesar el río y pescar.
También hay figuras esquemáticas de hombres y animales.
La importancia de la excavación que realizaba Klaus,
residía en los enterramientos que había encontrado
en el piso de una vivienda de ladera,
situada a media altura del cerro dominando el valle.
El cráneo de uno de los cadáveres, había sido trepanado.
Los Chachapoyas aprovechaban
las pequeñas grutas y los abrigos naturales
para ubicar sus viviendas.
El techo de roca, les protegía de las lluvias.
Las paredes laterales y la frontal, las construían con piedras y barro.
Todavía se mantienen firmes,
las perchas de horquillas de palo que utilizaban.
Nos encontramos en Corralpampa,
que se ubica en la margen izquierda del río Utcubamba.
Estamos a media altura del acantilado.
Y aquí tenemos una casa semicircular,
que funcionó en un primer momento
como una vivienda para los Chachapoyas,
pero en el último momento de la ocupación,
los Chachapoyas lo utilizaban como un sitio de entierro.
En el primer nivel encontramos debajo del suelo, tres entierros.
Uno de ellos bastante interesante.
Este cráneo muestra una fractura.
Y al lado de la fractura tenemos una trepanación
que tiene un diámetro aproximado de dos centímetros
y la trepanación funcionó a causa de la fractura,
posiblemente recibió un golpe con una porra de piedra
y trataban de curarlo.
En aquella época el arma más contundente que tenían
eran las porras de piedra,
como estas incaicas.
Para aliviar los dolores de las fracturas,
practicaban las trepanaciones.
Despegaban el cuero cabelludo y realizaban la operación,
con punzones de oxidiana.
En la última época usaron punzones de metal
que conseguían de los pueblos del norte.
La trepanación funcionaba para curar a la persona herida,
porque tenía bastante dolor por el golpe,
y trataban de aliviar el dolor, poniendo hierbas en la fractura
y tenían que abrir el cráneo para el tratamiento.
El museo Nacional de Arqueología de Lima,
tiene una colección de más de 40.000 cráneos trepanados
de las diferentes culturas antiguas peruanas.
Era una práctica muy extendida entre estos pueblos.
Sorprendentemente, más del 60 por ciento
de los pacientes sometidos a la trepanación,
superaban la rudimentaria intervención quirúrgica.
En los que seguían viviendo,
es fácil apreciar cómo el hueso había vuelto a crecer,
y el orificio de la trepanación, comenzaba a cerrarse.
En algunos casos, los orificios, se cerraron totalmente.
Los Chachapoyas eran un pueblo eminentemente guerrero.
Desde sus casas en la altura,
podían vigilar mejor la llegada del enemigo.
Posiblemente en este antiguo batán,
los habitantes de esta casa dieron forma a sus porras,
o a los proyectiles líticos para sus ondas.
Lo sabemos de los cronistas españoles
que siempre hablaban de los Chachapoyas,
como una etnia bastante violenta
que practicaba la caza de cabeza trofeo.
Y posiblemente hubo bastantes conflictos
entre los subgrupos,
pero también después cuando llegaron los incas.
Y hubo bastantes enfrentamientos con ellos
para defender su libertad.
En las montañas y los cañones de la región de Lamu,
sobre repisas naturales,
guarecidos de las inclemencias del tiempo,
se encuentran numerosos grupos de sarcófagos de diversas formas,
acabados y dimensiones.
Todos tienen cierta apariencia humana,
aunque según algunos investigadores también podrían ser
una representación fálica.
La cabeza, sería el glande liberado del prepucio.
Kauffman Doig, diferencia varios tipos básicos de sarcófagos:
el regio, de grandes dimensiones,
como los de Karajía.
El de cabeza en el vientre, de menor elaboración.
El de cabeza en el pecho,
y el de escudo, una simple pared lisa
que cierra una oquedad con una cabeza.
Existen dos teorías sobre el origen de los Chachapoyas.
Hay estudiosos que afirman que procedían de los Andes.
Otros, sostienen que llegaron de zonas bajas
de la selva amazónica.
Lo cierto es que fue una cultura sorprendente,
sobre todo, por sus manifestaciones religiosas de culto a los muertos.
Sus arraigadas creencias en la trascendencia después de la muerte,
hicieron que se convirtieran en los arquitectos del abismo.
La mirada perdida de los Purunmachus,
anclados desde hace siglos
en las paredes verticales de los precipicios,
parecen observarnos desde lejos y transmitirnos un mensaje codificado
que todavía no hemos sido capaces de entender.
Su presencia en las montañas,
es como un testimonio histórico de su existencia.
Subtitulación realizada por Teresa García Román
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