All language subtitles for Te voy a ensenar a querer 002.mp4-es-CC1

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Original subtitles

- ♪ No te escondas más de mí ♪

♪ No te pierdas en un duelo ♪

♪ Te voy a enseñar a querer ♪

♪ Como el viento y sol al amanecer ♪

♪ Te voy a embriagar con el aire ♪

♪ Que roza el jazmín de mi piel ♪

♪ Te voy a entregar una hora ♪

♪ Las delicias que guardo en mi boca ♪

♪ Y verás que conmigo no hay tregua ♪

♪ Sin el dulce sabor de una rosa ♪

[♪♪]

[♪♪]

♪ Nunca dejes de vivir ♪

♪ Que vivir por ti yo muero ♪

♪ Nunca dejes de sentir ♪

♪ Que sentir por ti yo siento ♪

♪ Te voy a enseñar a querer ♪

- Cierre, Damián.

Tranquilo.

Gracias, Tobías.

Quieto.

- ¿Estás bien? - Estoy muy bien.

- ¿Sí? - Muy bien.

Pero ahora lo importante es ver cómo está la señorita.

Debe ser la nueva veterinaria, ¿verdad?

- Sí, sí, ella vino conmigo. - La voy a saludar.

¿Diana Rivera? - Sí, sí.

Sí, soy yo. - Alejandro Méndez.

Es un gusto que... Que haya decidido venir.

Me alegra mucho que esté con nosotros.

- Nunca había tenido que vivir una situación tan...

Tan peligrosa. Gracias, gracias por...

Por reaccionar a tiempo, de verdad.

Usted no sabe, usted me salvó la vida.

Permiso.

[♪♪]

- Entonces, ¿mi vida está corriendo peligro?

- No quiero hablar en esos términos, Isabel.

Es cierto que estás delicada,

pero hay posibilidades de salir adelante,

siempre y cuando podamos atacar ese mal que tienes.

- Ay, Dios mío. - Ven, siéntate.

Hablemos con calma

para establecer un tratamiento eficaz, ¿eh?

[♪♪]

[♪♪]

[♪♪]

- ¿Ya le pasó el miedo?

- Sí, ya... Ya me siento...

Bueno, en realidad,

creo que me tiemblan un poco las piernas, pero...

- No es usual que un animal de ese tamaño se escape.

A decir verdad,

es la primera vez que pasa algo así.

- Sí. Sí, me imagino, claro.

- ¿Didi? Ay, qué horror.

¿Cómo te sientes? - No, bien, ya.

Eh, don Alejandro, ella es Flor del Valle.

Es mi compañera de trabajo.

- Mucho gusto, Flor. - Encantada.

Tiene una gran hacienda, es un honor trabajar acá,

muchísimas gracias.

- ¿Diana trabajando en la hacienda Méndez?

¡Me gusta!

Es un excelente trabajo.

- Vaya... [Ríe]

Hasta que por fin aceptas algo de lo que hace tu hija.

- Pues, fíjate que voy a llamar a Isabelita porque,

a estas alturas, ella ya tiene que estar enterada

de que nuestra Dianita entró a trabajar

como médica veterinaria en su hacienda.

- Eso no tiene sentido, Rufina.

No me parece correcto que llames a doña Isabel,

ella es una mujer muy ocupada

como para que le quites su tiempo.

- Por favor, Rodrigo, explícame exactamente

cuál es la enfermedad que tengo.

- Es hereditaria, Isabel, y suele manifestarse

y desarrollarse precisamente en la edad que tú te encuentras.

- ¿Es la misma enfermedad por la cual murió mi madre?

- Después del funeral de la mamá de Isabelita,

yo la llamé varias veces, y a ti te gustó muchísimo.

No entiendo por qué ahora te parece tan mala idea.

- Pues, yo lo único que te digo es que no me parece correcto.

- Pedro, ahora que Diana está trabajando allá,

es el momento preciso para...

Para establecer una gran amistad con esa familia.

- [Resopla]

- Ay, Pablito y Helenita deben estar enormes.

Yo hace tantos años que no los veo.

- Ah, están grandísimos, sí.

- Ay, Pablito debe estar tan guapo, tan buen mozo,

porque era un niño precioso.

- [Ríe] - ¿Estará soltero?

- Me imagino que ya conocen a Pablo, mi hijo mayor.

- Si hasta nos hizo creer que era usted.

- Además de todo, te hiciste pasar por mí.

- [Ríe] Fue un juego, pa.

- Pablo, necesito hablar contigo.

- Papá, yo justamente en este momento...

- En este momento es que necesito hablar contigo.

Les pido un permiso. Flor: Sígale, nomás.

- Seguramente, Pablito va a querer posar de dueño,

y mi papá lo va a bajar de la nariz.

Pero no nos adelantemos, esas viejas han de estar aquí

porque se equivocaron de hacienda, eso es todo.

De todos modos, ahorita las buscamos

para que sepan adónde llegaron y con quiénes se van a meter.

- Ay, mejor, démonos prisa,

me muero de las ganas por averiguar el chisme.

Bueno, dime, ¿qué tal? ¿Cómo me veo? ¿Estoy bien?

- Está bonita la blusa.

Pero ¿por qué no abres la ventana para verte mejor?

Está bien, pero ponte uno de mis sombreros.

- Se ve muy bonito el paisaje, ¿no?

- [Resopla] Te lo regalo.

Te prometo que, apenas pueda zafarme

de venir a esta hacienda, lo voy a hacer.

Detesto este lugar, odio que me piquen los moscos.

Además, todo huele a establo y no pasa nada.

Cuando te digo nada, es nada.

- Helena, es una mega hacienda, no...

- Pues a mí me importa muy poco. A mí no me gusta el campo.

Además, aquí los burros se mueren de tristeza.

Ya vámonos.

- Los animales se están muriendo,

y no es precisamente de soledad, de aburrimiento,

se están muriendo porque les falta atención,

porque no tenemos un buen veterinario, porque tú,

en lugar de cumplir con tus obligaciones, juegas a ser yo.

La pregunta es, ¿dónde está tu responsabilidad?

- Papá, ya estoy aquí, así que ya, ya relájate, ¿no?

- ¿Que me relaje?

¿No te das cuenta de la gravedad del asunto?

- Papá, estás equivocado.

Yo reconozco que he descuidado un poco la hacienda,

pero ya estoy aquí, así que deja de tratarme como a un niño.

- Entonces, deja de jugar

y toma las riendas de tu vida como un hombre.

[♪♪]

- Esteban Alejandro como que sí es bien serio.

Ven, Didi, mira la "regañadata"

que le está pegando al "galancete".

[Ríe] ¡Pobre!

- No, no, eso no me gusta nada. - ¿Por qué?

- Porque no, porque no está bien.

Y, sobre todo, teniendo en cuenta que fue por tu culpa.

- ¿Por mi culpa? ¿Por qué? Didi, pero ¿yo qué hice?

- No, Flor, debiste quedarte callada.

No debiste decir nada, no era el momento.

- Ay, Didi. Pues, a mí no me parece.

A mí sí me parece que don Alejandro

está en todo su derecho de saber

lo que su hijo hace a sus espaldas.

Te voy a ser muy sincera, me encanta haberle tumbado

el teatrito al pedante del Pablito Méndez Gallardo.

- Pablo, yo a ti no te estoy pidiendo que me traigas

el diploma de administrador de empresas,

tampoco te estoy pidiendo que dejes de ir a fiestas.

Por favor, entiende, tú eres mi hijo,

necesito que salgas adelante...

- A ver, papá, papá, ya, ya deja tanto cuento y ve al grano, ¿sí?

- Quiero que cumplas con las pocas responsabilidades

que te he asignado. - Mira, ese es el problema,

no quiero que me asignes responsabilidades,

quiero escogerlas yo mismo.

- Por favor, esto era lo último que me faltaba escuchar.

No seas cínico, no seas irresponsable, no seas...

- ¡Esta hacienda forma parte de un gran negocio familiar!

Yo tengo derecho a escoger... - Tú no tienes derecho a nada

hasta que no demuestres que eres un buen administrador.

- ¡A mí no me importan ni las exportaciones,

ni importaciones, ni nada de eso!

Lo único que quiero hacer es manejar el área veterinaria.

- Preciso en lo que más hemos fallado.

- Sí, porque a ti nunca te gusta delegar, papá.

Todo siempre lo quieres hacer tú.

¿Cuándo me vas a dar la posibilidad

de demostrarte de lo que yo soy capaz?

- A ver, Pablo, dejemos el discurso.

Dedicarse al área veterinaria en esta hacienda

significa dedicarse a lo más importante.

- Sí. - Los animales de pastoreo,

los caballos de rejoneo, los toros de lidia.

¿Te sientes capaz? - A ver, ¿por qué no?

- ¿Qué pasa?

- Nada, Félix, que ya llegó la hija de Pedro Rivera,

y está atendiendo a los animales enfermos.

- De eso ya estoy enterado, Alejandro.

Los vi discutiendo.

- Aquí estábamos puntualizando unas cosas con don Pablo.

Félix, necesito que me hagas un favor,

quiero que hospedes a las señoritas,

que queden bien, que no les falte nada.

- Yo me puedo encargar de eso. - Tu abuelo se va a encargar.

- ¡Pablo! Pablo, ¡ven acá!

¿Qué le dijiste al muchacho?

[♪ Tema musical ♪]

- Esas viejas se metieron en la boca del lobo.

[Ríe]

Ya sé, voy a desinflarles esta llanta,

a ver cómo le hacen para salir. - Brillante idea, Camila.

Lo único que vas a lograr con eso

es que Pablo venga corriendo a cambiárselas.

¿O qué, ya se te olvidó lo feliz que estaba hoy de mecánico

cuando se les varó este trasto viejo en la carretera?

- Tienes toda la razón. Lo que tenemos que hacer

es sacar a esas fulanas lo más pronto posible de aquí.

No voy a permitir que me hagan sombra.

Helena, tú tienes que ayudarme.

Tú sabes que quiero mucho a tu hermano Pablo,

y no voy a permitir que esas viejas se metan en mi camino.

- ¿Adónde vas?

¿Ya averiguaste a qué vinieron...?

- ¡Ya, déjame tranquilo!

- ¿Qué te pasa? - ¡Nada!

- Seguro que fueron esas viejas. - ¿Ves? ¿Ves?

- Vamos a buscarlas. - Vamos.

- Me duele, me duele pelearme con Pablo, hablarle así,

pero es que necesito que entienda.

- Hazlo con cuidado, que no se te vaya la mano.

- Él ya es un hombre. - Ya lo sé, ya lo sé.

- Bueno, Félix,

tenemos pendiente lo de Milcíades Contreras.

- En el matrimonio se va a presentar una buena oportunidad.

Un ambiente de fiesta, relajado, creo que es lo mejor.

- Estoy de acuerdo,

pero tenemos que hacerle llegar la invitación como sea.

- Yo me encargo.

- ¿Qué te parece si cenamos esta noche?

- ¿Y quiénes? - Tú, Déborah, Isabel, yo.

- [Suspira] [Ríe]

¿Y sí crees que Isabel acepte?

- Fue una propuesta de ella.

- No. Esto lo tiene que saber ya mi Estrellita.

Ya vuelvo, no me demoro. - Félix, espera.

- Esta noticia la va a poner feliz.

Yo sabía, yo sabía, mi hija es una mujer muy noble.

- Las investigaciones sobre tu enfermedad

han progresado enormemente, Isabel.

Tú lo puedes ver, aquí tenemos una posible solución.

- Pues, la necesito, Rodrigo.

Me queda tanto por vivir.

Mis hijos son apenas unos jóvenes, y yo...

Yo amo tanto a mi esposo.

- Necesito hospitalizarte cuanto antes.

De ser posible, hoy mismo.

- ¿Hoy?

[Murmullos]

- Huele bien. ¿Me invitan?

- Claro, don Alejandro. Siéntese.

[Murmullos]

- Gracias, Tobías, gracias. - Buenas tardes, don patrón.

- ¿Y qué? ¿Cómo se sienten?

Todos: Bien, bien. - Bien, bien,

aunque la verdad es que lo de Caifás nos tomó por sorpresa.

Pero usted manejó muy bien el asunto.

- No, eso fue por ustedes.

Muchas gracias. Gracias.

Pero necesito decirles algo,

y es que esto que pasó hoy con Caifás

no puede volver a pasar.

- No, claro que no, cuente con nosotros...

Todos: [Hablan a la vez]

- Ahora viene el matrimonio de mi suegro,

va a venir gente muy importante.

Necesito que estemos pendientes, no puede fallar nada.

- ¿Salir a comer esta noche?

- Imagínate, vamos a cenar en familia,

Alejandro, mi hija, tú y yo, mi palomito.

[Ríe]

¿No te parece una gran noticia?

- Sí, sí, claro, mi conejito, como tú quieras.

[Ríe]

Félix: ¿Pasa algo, mi vida?

- No, no, mi conejito.

Es que estoy un poquito agitada porque...

Estaba haciendo ejercicio. [Ríe]

¿A qué horas vienes a recogerme?

- ♪ Entre mis brazos, caras ♪

♪ Sombreando una herida mortal ♪

- No estoy de acuerdo con la boda de mi padre y Déborah,

pero, si le digo que tengo que operarme,

seguramente, va a pensar que quiero sabotear su matrimonio.

- Ay, por favor, Isabel.

- Rodrigo, pero si he llegado hasta hoy,

¿no puedo esperar unos días más? No es mucho.

- La situación es muy delicada.

- Por favor, quiero que seas sincero conmigo.

¿Cuánto tiempo me queda de vida?

[♪♪]

[♪ Tema musical ♪]

- No voy a responderte eso, Isabel.

No sería ético de mi parte

establecer un plazo que desconozco y el cual depende

fundamentalmente del tratamiento que sigamos.

- [Suspira]

Con tu respuesta confirmaste mis sospechas, Rodrigo.

Estoy condenada a muerte. - No he dicho eso, Isabel.

- Mira, mira, sea lo que sea,

lo único que te pido es un plazo corto, muy corto,

pero no puedo operarme ahora.

Yo asumo la responsabilidad.

- Bueno, está bien,

pero solo dispondrás de un tiempo muy corto.

Y, eso sí, no quiero ni una sola emoción fuerte,

nada que te haga perder el control ni enojarte.

Además, te pido que hables de todo eso con Alejandro,

y que estén ambos conscientes que,

una vez se acabe todo lo del matrimonio de Félix,

nos vamos inmediatamente para Houston.

Lo vas a hacer, ¿no?

Isabel, por favor.

- Sí, está bien, lo haré.

- Y lo último, y por lo que más quieras, Isabel,

olvídate de las especulaciones sobre Déborah, ¿sí?

- Ay, Rodrigo, no sé por qué,

pero tengo la sensación de que Déborah y su hermana

se van a convertir en una gran tragedia para mi familia.

- ¿Alguna vez te han hecho sentir esto?

Dime.

- Nunca, nunca, nunca.

Eres lo mejor, lo mejor.

¿Qué quería Félix, eh?

- Tú eres lo máximo.

Quería invitarme a cenar con su hija y con su yerno.

- ¿Y vas a ir, eh?

- Sí, claro, me toca.

Pero no hablemos de eso.

- Quiero que te separes de ese viejo, ¿sí?

Te quiero para mí solo.

- No te preocupes por el futuro, el futuro es nuestro.

No pienses en eso, no pienses en eso.

Ambos: [Ríen]

- ¿Necesitas algo más?

- ♪ Cálmate con mi fuego ♪

♪ No te muevas, cariño, mi vida ♪

♪ De placer yo me muero ♪

- Necesitamos información.

En este momento tenemos que saber absolutamente todo

sobre la vida de estos animales.

- En el despacho está la historia de cada uno.

Voy a organizar un archivo ya mismo.

- Gracias, Félix. Diana, una pregunta.

- Claro, don Alejandro. ¿Cuál?

- Además de hacerse pasar por mí,

¿Pablo le faltó el respeto a usted

o a su amiga Flor de alguna otra manera?

Lo pregunto porque, cuando llegué,

noté un ambiente tenso entre ustedes.

Diana, necesito que ustedes y Pablo trabajen bien,

que trabajen juntos.

Mi sueño es que Pablo algún día se haga cargo de esta hacienda,

que se proyecte como persona aquí.

- Y Pablo no cree que es una oportunidad

muy importante en su vida.

- No. Desafortunadamente, no.

Mi hijo no valora el esfuerzo que es mantener

una hacienda como esta. Es una lástima...

- Si me permite...

Perdón, pero yo creo que...

Su hijo siempre lo ha tenido todo y, a lo mejor,

por eso no siente la necesidad de luchar por lo suyo,

de salir adelante, de...

Ay, no, perdone, no...

A lo mejor, estoy equivocada, no sé, no sé.

- No, tranquila.

Isabel y yo tuvimos a nuestros hijos muy jóvenes, seguramente,

por eso los hemos protegido más de la cuenta.

- No, no, pero no, no...

No se juzgue por haber actuado de una manera o de otra.

Yo estoy segura que hoy, mañana o pasado, seguramente,

Pablo va a entender, y va a cambiar.

- Usted es una señorita muy madura para su edad.

Va a ser un muy buen ejemplo para Pablo.

[♪♪]

[♪♪]

[♪♪]

- [Gruñe]

Esa mujer me encantó.

Pero ¡ya tenía que llegar mi papá para arruinarlo todo

y dejarme en ridículo!

[Gruñe]

[♪♪]

[♪♪]

- Para trabajar, necesitamos tiempo, paz,

obviamente, concentración,

y no sé si Pablo pueda ayudarnos sin distraernos.

No sé, esta es su hacienda,

es su hijo, usted lo conoce bien.

Igual, Flor y yo solamente queremos apoyarlos, no sé.

- Pablo es un muchacho de buenos sentimientos, Diana.

Le falta experiencia, un poco de orientación.

- Don Alejandro, le pido que por favor

no deje esa decisión en mis manos, porque...

- Le agradezco su sinceridad. [Ríe]

- ¡Hola, papi! - Mi amor.

Camila, ¿cómo estás? - Muy bien, don Alejandro.

Feliz, feliz de estar en esta hacienda.

Es tan linda que hasta provoca quedarse a vivir aquí.

- ¿Nos vas a llevar a pasear por la hacienda?

¿Por qué no ensillas unos caballos para Camila y para mí?

- Mi linda, mi amor, no lo puedo creer.

Es la primera vez que en tu vida me pides ensillar un caballo

para dar una vuelta por la hacienda.

- Ay, bueno, es que uno cambia. ¿A poco no tengo derecho?

- Todo el del mundo.

Pero antes quiero presentarles a Diana.

Ella es la nueva veterinaria de nuestra hacienda.

Ella es Helena, mi hija,

y Camila, que es la hermana de Déborah,

que va a ser la futura esposa de Félix, mi suegro.

- Ah, mucho gusto, Diana Rivera.

- Ay, qué pena que no te dé la mano, pero es que tienes

todo untado a sudor de caballo, y me da mucho asco.

- Helena, no seas grosera. Además, no entiendo,

hace un rato querías dar una vuelta en un caballo,

y ahora resulta que no te gusta el sudor de las bestias.

- Ay, papi, no seas exagerado.

No te pongas así por una tontería.

- Ay, don Alejandro, por mí, no se preocupe.

- Qué pena, será en otra oportunidad, ¿sí?

Entonces, ¿sí vas a mandar a ensillar esos caballos?

- No se va a poder.

Necesitamos a todos los animales para sacarles muestras.

- ¿Muestras? - Sí.

Por si no lo sabe, señorita,

estamos en medio de una emergencia veterinaria

en la que Diana nos está ayudando.

Ahora, por favor, ¿nos puedes dejar trabajar?

¿En qué íbamos? - En los materiales...

- Helena, puedes hacer lo que quieras,

pero no se te ocurra mandar a ensillar un caballo.

Perdón por lo de mi hija.

- No, no se preocupe. Igual, también es mi culpa.

Al parecer, a su hija le molesta un poco mi presencia.

- No sé por qué reaccionan así. En algo me habré equivocado.

- No, no importa.

Además, son sus hijos, se ve que lo quieren muchísimo.

- Y yo los amo. Son mi vida, mi tesoro.

- Bueno, entonces, ya, déjelos.

Ya se les pasará, ¿o no?

Lo importante es que lo disfrute, don Alejandro.

Uno nunca sabe qué pueda pasar mañana.

Mire lo que vimos hace un rato.

- El toro la dejó impresionada. - Pues, sí.

La verdad es que estoy acostumbrada a medicarlos,

a vacunarlos, a tratarlos, pero, pues,

nunca había tenido que vivir una situación como esa.

- Sí, la vi muy asustada.

- No, asustada, no, aterrada.

Pensé que era lo último que iba a ver en mi vida.

La verdad, no sé, vi mi vida como por segundos.

En un momento, recordé todos los momentos felices que perdí

por estar de mal genio,

o simplemente por no prestar interés.

Uno piensa que la vida es eterna, ¿no?

Pero, fíjese, ayer estaba feliz, bailando,

y hoy, sobreviviendo.

Gracias a Dios, usted apareció, don Alejandro,

y me salvó la vida.

- La vi, estaba en peligro, y actué, eso fue todo.

- Esa vieja no sabe con quién se metió.

- No, y es que lo que me molesta

es la pose de virgen pura que asume.

- Vamos a sacarla de aquí como sea.

- Va.

- ♪ Te voy a enseñar a querer ♪

- [Balbucea]

- ¿Me mandó llamar, don Félix? - Sí, Aycardo.

Entrégale esta invitación a Milcíades Contreras,

personalmente. - Como usted ordene, patrón.

- ¿Qué hubo, Aycardo? - Pablo.

- Abuelo, ¿puedo hablar contigo? - Pero claro, muchacho.

A ver, dime, ¿qué está pasando?

- Que últimamente no sé qué le pasa a mi papá, abuelo.

Me hace sentir como si yo fuera un idiota.

- ¡No eres más que un imbécil, Cachimbo!

¡Todo te sale mal!

¡Cortaste esta cerca por el peor lugar!

¡Me lleva la que me trajo!

Si la vieja Empera se sale con lo suyo,

tú eres el único responsable, ¡el único responsable!

- No tengo idea de cómo la señora Empera

se enteró de lo de la cerca.

Pero yo le aseguro, patrón,

le prometo que mañana mismo le soluciono ese problemita.

Don Milcíades, no quiero meterme en lo que no me importa,

pero ¿no le parece que se le está yendo la mano un poco

con la señora Empera? - ¡Calla esa boca!

Esa cerca se corre porque se corre,

porque esas tierras son mías.

Y, si no eres capaz de hacerlo, avisa de una vez y por todas

para buscar a otro hombre que no le tenga miedo a esa vieja.

- No, señor, no hace falta.

Dígame una cosa, don Milcíades, ¿cuándo le he fallado? ¿Cuándo?

Usted sabe que, cuando me necesita,

yo siempre estoy aquí.

- Así me gusta, Cachimbo.

- Milcíades Contreras es un hueso duro de roer,

pero estoy preparada para dar la batalla.

Y no me va a quitar ni un centímetro de mi tierra,

aunque tenga una orden judicial. Estas tierras son mías.

- ¿Y es que...? ¿Y es que lo piensa matar, doña Empera?

- No, solo me voy a defender.

Mi papá trabajó muy duro por estas tierras,

y nos las dejó en herencia a mis hermanas y a mí.

Si ellas decidieron vender,

es porque les dio la regalada gana,

pero en mi caso no ha aparecido el desgraciado

que me las pueda quitar.

- Todas estas tierras van a ser mías.

¿Entendiste, Cachimbo? - Sí, señor.

- Si te portas bien...

Te voy a pagar con unas cuantas fanegadas de tierra.

¿Qué te parece? [Ríe]

- Muchas gracias, don Milcíades.

Eso suena mejor.

- Otra cosa.

No me abandones el trabajo en la hacienda Méndez.

En este momento, debe estar dando sus frutos.

Los voy a cercar...

Los voy a acorralar...

Los voy a asfixiar

hasta que me vendan todas sus tierras.

[♪♪]

- Tenemos problemas muy graves con Milcíades Contreras,

uno de los vecinos.

- Sí, pero tampoco tiene derecho a tratarme mal, abuelo.

- Pablo, dime sinceramente,

¿cuántas veces has hablado con Tobías en los últimos 15 días?

¿Y tú sabías en realidad lo de los animales enfermos?

- ¿Qué lo trae por este rumbo, Aycardo?

- Nada. Si por mí fuera, nunca vendría,

pero me mandó don Félix Gallardo.

- Ah, ¿sí? - [Asiente]

- ¿Y como para qué, o qué?

- Para entregarle esto a tu patrón.

[Niega] La cosa es personalmente.

- Lo que es con mi patrón, es conmigo, ¿me entiende?

¿Me entiende?

- Vamos a analizar con detenimiento

las muestras recolectadas.

Yo creo que ya en un par de horas

tendremos un diagnóstico aproximado.

- Muy bien. Mañana, yo vuelvo y les ayudo en lo que pueda.

- Ahora no podemos hacer nada, Camila.

- [Gruñe]

Esa vieja con aires de mosquita muerta

se metió en tu hacienda, Helena.

- Por lo que veo, mi papá está encantado.

Camila: Tenemos que hacer algo,

porque yo estoy segura que a Pablo le gustó.

- Ya no me hables de Pablo.

Ese imbécil anda de malas, ya lo viste.

Nada más nos trajo y se largó en su moto.

Nos dejó aquí tiradas. - ¿Sabes qué creo?

Que Pablo tuvo un problema muy serio con tu papá,

y por culpa de esas viejas. - Pues, si eso es así,

apenas se vayan mi papá y mi abuelo

vamos a averiguarlo todo.

- Puede estar tranquilo, don Alejandro, de verdad,

nosotras nos encargamos de todo. - Yo sé.

Y voy a llamar a su papá para decirle

que tiene una hija muy seria, muy responsable.

Me voy tranquilo,

porque los animales quedan en muy buenas manos.

Les pido permiso.

Ambas: [Ríen]

- En las mejores manos.

Necesito convencer a Isabel de Méndez

de que su padre está en las mejores manos.

- Estás en problemas, entonces.

Tienes que ganarte la confianza de la única hija

de tu futuro marido como sea.

- De una cosa puedes estar seguro, Luis Carlos,

y es que el rechazo de esa maldita vieja

no va a echar a perder mis planes.

- Bueno, doña Isabel de Méndez es una mujer poderosa.

No me gustaría tenerla de enemiga,

es fina, suave...

Pero firme.

Cuando se le mete algo en la cabeza,

y te lo digo porque la conozco, mis respetos por esa dama.

- Entonces...

Vas a tener que ayudarme.

- ¿Yo? - [Asiente]

- ¿Cómo? - Fácil.

[♪♪]

[♪ Tema musical ♪]

- Necesito controlar esa situación.

- Voy a ayudarte.

Pero no te olvides de una cosa.

Todo, todo lo que estás haciendo

es producto de una decisión tuya,

y nada más que tuya, ¿sí?

No trates de involucrarme más de la cuenta, palomita.

- Pues fíjate que uno de los beneficiados

de todo este negocio matrimonial que estoy haciendo

eres precisamente tú. - [Asiente]

- Así es que creo que vas a tener que arriesgar

un poquitico el pellejo. - ¿Sí?

- No me toques.

Y te advierto una cosa, Luis Carlos.

Si me vuelves a decir que no te involucre,

te juro que todo esto que hay entre nosotros dos se acaba.

- [Ríe]

Me excita cuando te enojas, ¿sabes?

- [Gime] Suéltame, suéltame.

- No, no te voy a soltar.

- Lo que te tengo que decir es muy importante.

Suéltame, ¡ya, ya! [Gime]

- Mientras me sigas hablando así,

no te voy a soltar. [Ríe]

Cuando te enojas,

se me sale el animal que llevo dentro, ¿sabes?

Y caigo rendido a tus pies. [Ríe]

Estoy loco por ti, loco.

- ¿Muy loco? - Loco.

- ♪ Cálmate con mi amor ♪

♪ Cálmate con mi fuego ♪

- Ya vamos para allá.

A Félix le encantó la idea de cenar esta noche

con su prometida, con Déborah.

¿Cómo te parece?

Isabel, mi amor, ¿estás ahí?

- Sí, mi amor, aquí estoy.

Alejandro: ¿Y ese hilo de voz? ¿Te sientes bien?

- Estoy perfectamente, Alejandro.

Alejandro: ¿Segura?

- Sí. Y, cuando regreses, voy a estar lista

para salir a cenar con mi padre y con Déborah.

[♪♪]

- Pablo, por favor, siéntate y escúchame, sin pelear.

Necesito que me escuches, porque en esta hacienda

van a haber cambios, muchos cambios.

- Pero ¿qué le pasó a mi cuerpo?

¿Qué le pasó?

- Isabel, te traje agua aromática.

Eso te va a sentar muy bien.

¿A ver? Agüita...

A ver, toma.

Discúlpame, Isabel, pero vas a tener que contarme

por qué llegaste hecha un mar de lágrimas.

- Ay, Tulia, si supieras.

- Oh, por Dios, no me alarmes. ¿Qué pasa?

- Es que es para alarmarse.

- Entonces, dime. ¿Qué sucede?

- Tengo un problema en el corazón...

Y la cosa ya es muy grave.

- Ay, Virgen Santa.

- Entonces, ¿nos vamos a quedar?

- ¡Pues sí!

Ambas: [Ríen]

- Ay, sí.

Además, don Alejandro me pareció

una persona muy seria, muy sensible.

No sé, me pareció muy sencillo,

honesto, familiar.

Ay, ¿sabes qué? Hace mucho tiempo

no veía a alguien que sufriera tanto por los animales.

- Y yo hace mucho tiempo no te veía mirar a alguien así.

Te dejó flechada, te dejó flechada,

y no me digas que no, porque yo te vi con estos ojos.

- No, no, no, un momento, un momento, no te me equivoques.

Ay, no. Mejor dicho, a trabajar.

- [Ríe] - ¡No, no, no, no!

- Sí, papá, las chicas me gustan,

están muy, pero muy bonitas, y es normal.

Yo estoy soltero. ¿Hay algún problema?

- ¿A ti te parece que la mejor forma de conquistar a una mujer

es haciéndose pasar por otro?

- Ay, papá, fue solo un juego de palabras.

Yo estaba bromeando.

Pero, si tú no te hubieras puesto

en ese plan tan trascendental que te pusiste,

no hubiera pasado lo que pasó. Pero con lo que hiciste...

- ¿Qué hice? - Me humillaste frente a ellas.

- Ahora el que está exagerando eres tú.

Lo que hice fue justo,

te portaste como un mocoso irresponsable.

- Papá, parece que nosotros

nunca nos vamos a poner de acuerdo.

- Ay, por favor, no digas tonterías.

Ni siquiera se te ocurra sugerir

que don Alejandro me dejó flechada.

- Pero si pasó todo lo que dijiste, Didi.

- ¿Sí? ¿Qué? - Te pusiste colorada,

se te esponjó el pelo, se te cayó el estetoscopio.

Más claro no canta un gallo, ¿qué puedo...?

- [Chista] Baja la voz, por favor.

- Está bien.

- Don Alejandro, además de ser nuestro jefe,

es un hombre casado.

Y, seguramente, felizmente casado, ¿OK?

- Alejandro tiene que enterarse de esto.

- No, no, por favor. No quiero verlo sufrir.

No quiero que nadie se entere, Tulia,

hasta la víspera de la cirugía.

Solamente tú, tú, que has sido mi amiga desde que éramos niñas.

- Pero él tiene que saber... - ¿Saber qué?

¿Que, si la cirugía no da resultado,

lo voy a dejar solo a él y a mis hijos?

No, ya suficiente dolor tenemos.

Deja que pase el absurdo matrimonio de mi padre

y, entonces, les contamos.

Dios mío... [Solloza]

Pablo es un joven, y Helena, mi muñeca...

Es casi una niña.

- Esa tal Dianita y su amiga se van porque se van.

- No, yo no creo que Pablo esté preparado

para manejar una hacienda como esta.

Pero, si don Alejandro insiste,

podemos ayudarlo para que lo logre, ¿no?

- Sí. Sí, yo estaba pensando también en que...

- Ay, ya decía yo, pero si son unas arrastradas,

ni un cuarto de servicio pudieron conseguir.

- ¿Algún problema? - Ninguno.

Al fin y al cabo, la Cenicienta solo existe en los cuentos.

[Ríe]

Las de su clase no pasan de las caballerizas.

- ¿Se puede saber para qué sirven tantas cositas?

- Ay, pero ¿qué es esto? [Grita]

Flor: Pero ¿qué les pasa?

- Ya, tranquila, momento. ¡Por favor, no toquen nada!

En esos tubos se encuentran

todas las muestras que tenemos que analizar.

- ¡Escuchen, par de brujas, no se metan con nuestro trabajo,

porque no nos gusta o, si no...!

- ¡Ya, ya, ya! Un momento, un momento.

Miren, la vida de muchos animales

en este momento depende de nosotras,

así que, por favor, retírense, déjennos trabajar, ¿sí?

- ¡A mí nadie me corre de mi propia hacienda, nadie!

- [Gruñe]

- Está bien, está bien, papá, ya, ya, tú ganas, ¿sí?

No pienso mover un dedo para molestar

ni a la veterinaria ni a Flor. - Más te vale,

porque la oportunidad que te estoy dando

de manejar una hacienda como esta, de disfrutarla,

no se da todos los días.

- No, y mucho menos con mujeres bonitas.

A mí, Diana y Flor me parecen dos mujeres bien interesantes,

y tengo ganas de trabajar con ellas.

- Pablo, por favor, con cuidado. Son dos profesionales

que vienen a ayudarnos en un momento de crisis,

no quiero que se sientan incómodas,

no quiero parrandas, no quiero desmadres.

- Mira, papá...

Ey, ey, ey, yo quiero demostrarte, papá,

que soy capaz de controlarme, ¿sí?

Ya, confía en mí. Deja todo en mis manos.

- Está bien.

Pero voy a estar supervisando.

- Papá, ¿vas a estar viniendo a la hacienda?

- Por supuesto.

- ¿No será que a ti Diana te interesa más de la cuenta?

[♪♪]

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