All language subtitles for Nacida en viernes (1941)-resync (1)

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Original subtitles

NACIDA EN VIERNES

DR PIETRO VIGNALI, ESPECIALISTA EN ENFERMEDADES INFANTILES

Sólo es un momento, un pequeño tirón.

No te va a hacer daño, cariño. No te muevas.

- ¡Uno, dos y tres! - ¡Ay! Me has arrancado veinte.

No, mira, ha quedado perfecto. Tenías una ceja más baja.

- ¿La derecha? - No, la izquierda.

Ahora está más baja la derecha. La has levantado demasiado.

- Levanto también la otra. - ¡No, por favor, basta!

- Eres un chapucero. - Soy médico, no peluquero.

- ¿Ah, eres médico? - ¿Ni siquiera soy eso ya?

- ¿Qué pasa? - El libro de cuentas.

- ¿Estás decidida a irte? - Sí, doctor, soy demasiado sensible.

¿Cómo?

Cuando veo a sus acreedores, se me parte el corazón.

A nosotros no nos importan los acreedores.

Se me parte el corazón por ellos, no por ustedes. ¡Pobre señor Sidoli!

- No te hagas la sensible. Ve a abrir. - Si son ellos, ¿qué les digo?

Diles que no estoy. Si te preguntan por mí, tú di siempre que no estoy.

De acuerdo. Menos mal que es la última vez.

Pase.

- ¿El doctor está en casa? - El doctor no está.

- ¿No es la hora de la consulta? - ¡Entonces está!

Pero si quiere dinero, ya puede marcharse.

Aunque puede intentarlo, sígame. Por suerte, me voy.

¡Papá!

Hola.

- ¿Molesto? - No, ¿por qué habrías de molestar?

- Es la hora de la consulta. - Sí, de 9 a 10.

- Pero no hay nadie. - Casualidad, de costumbre a estas horas...

- Ya. ¿Por qué estás en batín? - Está esterilizado.

Pietro, pero... Oh, perdón.

- Una paciente. Me permites que... - Sí, permito.

Señora, puede continuar el tratamiento que le he recetado.

Una cucharada después de las comidas, agitar antes de usar. Mis respetos.

Aquí estoy, papá.

¿Has cambiado de especialidad, ya no curas a los niños?

- Sí, papa, siempre a los niños. - ¿De veras?

Se trata de un nuevo método: examinando a las mamás

se pueden detectar las enfermedades de los niños.

Ah, bueno...

- ¿Conoces a un tal Francesco Sidoli? - No, no lo he oído nombrar nunca.

¡Qué raro! Por lo visto, está a la cabeza de un grupo de acreedores.

Me ha escrito una carta. ¿Quieres leerla?

No, ya me la imagino.

Tus acreedores creen que la unión hace la fuerza.

- Ya, eso creen. - Pero tú eres el más fuerte

porque no les pagas. - Pero...

Pero ahora basta.

Le he contestado que no es cosa mía.

- No te daré ni un céntimo más. - Pero papá, perdona...

Quiero que veas que realmente hago algo.

Este es mi despacho. Instrumentos quirúrgicos, libros...

Mira el registro de consultas, aquí tienes la prueba.

Espera...

Aquí está. 10 de enero, el niño Tonino Biagini. Urticaria.

Sufría mucho, se rascaba. Debe haber otro...

Aquí está. 15 de julio, Tonino Biagini. Urticaria.

- ¿No estaba curado? - Era un caso rebelde.

Entiendo.

Papá, te lo aseguro, soy de buena voluntad.

Pero si no hay clientes, no es culpa mía.

Pietro, no perdamos más tiempo, ya he tomado mi decisión.

Esta es una carta de presentación para el orfanato de Santa Chiara.

- ¿Me quieres llevar al orfanato? - ¡No!

Te he conseguido el puesto de inspector sanitario.

El sueldo es de 1200 liras al mes. Tienes casa, vivirás estupendamente.

- ¿Estupendamente? - Si no quieres ese trabajo,

el profesor Moretti, en Teramo, te cogerá como asistente.

Tú eliges.

ORFANATO RELIGIOSO SANTA CHIARA

Permiso.

Por favor.

Perdón.

- ¿Por quién pregunta? - Traigo una carta para la directora.

- Es una carta de presentación. - ¿Y bien?

- Tengo que presentarme. - Pase.

Adelante.

- Siéntese. - Gracias.

Usted es especialista en enfermedades infantiles.

- Sí, pediatra. - Muy bien.

Espero que no tenga que demostrarnos sus habilidades como médico.

Nuestras internas gozan de excelente salud.

Mejor.

Dígame, ¿sus obligaciones profesionales

le dejan tiempo libre para dedicar a nuestra institución?

No mucho,

pero haré lo posible. ¿Tengo que venir todos los días?

No, no hace falta,

su antecesor venía una vez cada 15 días

cuando la salud se lo permitía. Pobrecito.

- ¿Murió? - No, se casó.

- ¿Era joven? - 74 años.

- Después de casarse, se retiró. - Entiendo.

- ¿Están listas las niñas? - Sí, señora directora.

Están listas las niñas.

Puede empezar la primera inspección.

¿Ahora?

Ya que está aquí... Así conocerá nuestra institución.

- Con mucho gusto. - Por favor.

- ¿Cuántas chicas son? - 80.

Esta es la señorita Moracchi.

- Por favor. - Por favor.

El doctor Vignali, el nuevo inspector. La señorita Ricci y la señorita Banfi.

- Mucho gusto. - Igualmente.

Por favor.

La señorita Lentini. Nuestro nuevo inspector sanitario.

- Encantada. - Encantado.

- Gracias. - Por favor.

- Por favor. - Por favor.

¡Buenos días, señor director sanitario!

Buenos días.

- Puede empezar. - ¿Qué cosa?

- La inspección. - ¡Ah, ya!

- ¿Qué tal la salud? - Muy bien, señor inspector sanitario.

Me alegro.

¿Qué tal el apetito?

Muy bien, la comida es excelente y abundante.

- Se nota. - Demos gracias a Dios.

Démosle gracias.

- ¿Qué tal? - Muy bien, señor inspector sanitario.

- Esta niña está pálida. - Ha estado indispuesta.

- ¿Qué te ha pasado? - La fiebre del heno.

- ¿Qué le recetó mi antecesor? - Aceite de ricino.

- Muy bien. ¿Te ha hecho bien? - Sí, señor inspector sanitario.

- ¿Estornudos? - Muchos.

- ¿Prurito? - Siempre.

Habrá que insistir con el tratamiento.

- Entonces, yo... - Doctor...

Dime, pequeña, ¿qué habéis comido hoy?

- Sopa de verduras. - ¿Te ha gustado?

- Mucho. - Bien.

- ¿Y después de la sopa? - Bacalao con patatas cocidas.

- ¿Te gusta el bacalao? - Mucho.

- Pero hoy no te lo has comido. - Quiero comérmelo, pero no me entra.

- ¿Qué es lo que más te gusta? - La langosta.

- ¿Les dan langosta a menudo? - ¿Doctor, langosta?

¡Ah, es verdad! Es indigesta, pesada.

¿Por qué me miras con esa cara de susto?

No es una cara de susto, es mi mirada normal.

Tiene una hipertrofia de la glándula tiroides.

- ¿Qué le recetó mi antecesor? - Aceite de ricino.

Perfecto.

¿Hemos terminado?

- ¿Dónde está Teresa Venerdì? - No lo sé.

Está en la enfermería, dándole la medicina a Graziella.

Asistía a su antecesor como aprendiz de enfermera.

- ¿Quiere ver la enfermería? - No importa, otra vez.

Ya que está aquí.

- Sí, ya que estoy aquí. - Moracchi, acompáñelo a la enfermería.

- Adiós. - Adiós.

- Adiós, señor inspector. - Adiós.

Qué hombre más elegante.

Chicas, al jardín.

Esta es la farmacia, y esta la enfermería.

Pia, enséñele la enfermería al señor inspector sanitario.

- ¿Aún me necesita? - No, gracias.

- ¿Es usted la aprendiz de enfermera? - No, soy enfermera desde hace 35 años.

Por favor.

Dos...

...tres...

...¡y cuatro!

Teresa, ¿qué haces? ¿Qué pensará de ti el señor inspector sanitario?

Era para hacerle tomar la medicina a Graziella.

Qué manera más extraña de administrar medicamentos.

- ¿Se la ha tomado? - No, me la ha escupido.

Graziella, demuestra que eres una buena chica.

Yo soy buena, pero no quiero tomarme la medicina.

Doctor, inténtelo usted, tal vez lo consiga con su tono serio.

¿Qué cuentos son estos? ¡Qué vergüenza! ¡Tómate enseguida la medicina!

- ¡Tómatela tú! - El tono serio no funciona.

¿Es cierto que es bueno el aceite de hígado de bacalao?

Exquisito. Delicioso.

- ¡Mentiroso! - ¡Graziella, así no se contesta!

Nos lo tomaremos nosotros también.

- Como lo hacía el doctor Paoloni. - De acuerdo.

Ahora verás como el doctor se toma la medicina.

- Pero... - ¡Rápido!

¿Has visto? Ahora te toca a ti.

- ¿El Dr Paoloni hacía siempre esto? - Sí.

Hay que cambiar de método, esto no se puede hacer con el aceite de ricino.

¿Puede ver a Elisabetta?

- ¿Qué le pasa? - Urticaria.

Es mi especialidad.

Hay que evitar la fruta cruda.

Nada de peras, manzanas, higos...

No le damos nunca, pero aún así no se cura.

- ¿Tú también estás enferma? - No, he venido de visita.

¡Eres una visitadora! Veamos las piernecitas.

- Mañana. - ¡Cómo que mañana! Déjame ver.

- ¿Dónde has cogido esto? - No lo sé, antes no estaba.

Haría falta un tratamiento de "azotes". ¡Esto no es bueno para ti!

- ¿Qué debemos darle para la urticaria? - Podemos darle...

Podemos darle...

¿Esta también necesita ejemplo para tomarse la medicina?

Todas las niñas son iguales.

Démosle tamarindo con agua de Seltz y cáscara de limón.

Si la enfermera viene a mi casa...

- Toma. - No, gracias.

- Come, tú no tienes urticaria. - Gracias.

Le daré a la enfermera una botella con una especialidad.

Aquí tienes la dirección y el número de teléfono.

- ¿De acuerdo? - Sí.

- ¿Cuántos años tienes? - 18.

- ¿Hasta qué edad estáis aquí? - Yo salgo dentro de un año.

- ¿Qué quieres hacer cuando salgas? - Enfermera.

- ¿Te gusta hacer de enfermera? - Tengo la vocación.

¡Ah, si tienes la vocación!

- ¿El doctor Paoloni venía a menudo? - Para la inspección cada 15 días

y cuando enfermaba alguna niña.

- ¿Cómo te llamas? - Teresa Venerdì.

¿Teresa cómo?

Venerdì.

Adiós, pequeña.

Esta vez, o paga o le embargamos todo.

- El doctor no está en casa. - No importa.

- Les he dicho que el doctor no está. - Hemos entendido.

Dile que si no nos paga mañana, le embargamos la casa.

Bueno.

- ¿Has oído? - Sí. ¡Chantajistas!

Si decidiera vender, ¿cuánto me quedaría?

La villa vale 500000, la hipoteca 430000, quedarían 70 000.

- ¿70 000? Entonces... - Pero qué haces con estos...

- No los pago. - Si saben que vendes, te embargarán.

- ¿Cuánto deben cobrar? - 38... 30...

38.

- Te quedan 32 000. - ¿Quién podría comprarla?

Podría hablar con algún cliente mío.

- El señor Passalacqua, por ejemplo. - ¿Quién es?

Un rico industrial. Tiene una hija.

Puede que se case algún día y el padre quiera comprarle un nidito.

- ¿Conoces a la hija? - Sí, es una cría.

¿Eres su médico?

No, el de su padre y soy amigo de la familia.

Hoy me han invitado a almorzar.

70000, menos lo de esos, 32.

Hoy he conocido al nuevo inspector sanitario.

Es más joven y más guapo que el doctor Paoloni.

Me ha dicho "Adiós, pequeña", ¡pero yo ya no soy pequeña!

Tal vez sea porque me he comportado como una idiota.

- Eres tú. - Sí.

Me has asustado.

- ¿Qué haces aquí? - Estoy guardando mis cosas.

- ¿Qué significa "C. S."? - Cirillo Svampa. Caballero.

- Los carteles decían "Caballero". - ¿Era tu padre?

- Sí. - ¿Entonces por qué te llamas Venerdì?

¡No lo sé!

Era un gran actor.

Mamá decía que le desenganchaban los caballos de la carroza.

¿Por qué?

Nunca lo entendí. Así es como se hacía.

Actuó ante el rey, por eso lo hicieron caballero.

¿Cuando era caballero, también le desenganchaban los caballos?

- ¡No entiendes nada! - ¡Tú lo entiendes todo!

- ¿Has visto al nuevo doctor? - Me gustaba más el doctor Paoloni.

¿Has oído qué voz más bonita tiene?

La voz lo es todo. Papá triunfó gracias a su voz.

Cuando interpretaba a Otello, temblaban los cristales.

¡Cuidado!

¡Vamos! Ponedlas de manera que no se toquen entre sí.

- ¿Qué hacéis? - Habíamos venido a ordenar la fruta.

Entonces rápido, ayudad también vosotras.

Más separadas. Si se tocan, se estropean.

- ¿Se dañan? - Claro.

- ¡No se deben comer! - Esta ya está estropeada.

¿Qué haces? ¡Anna ha cogido dos manzanas!

- Está abierto. - ¡Qué bonito!

¿Hay una representación?

- ¡Quietas! ¡Cerradlo ahora mismo! - Queremos la representación.

- No, no se puede. - ¿Por qué no?

- ¡Sólo un momento! - No se puede.

- ¿Por qué? - Está esa.

- Sólo está aquí para chivarse. - Busquemos una excusa para echarla.

Yo me encargo.

Alice, te busca la señorita Caterina.

Gracias.

- ¿Empiezo? - ¡Sí!

Sí, condesa,

¡el frío muerde nuestras carnes a través de nuestras ropas rasgadas!

Qué tormento oír a nuestros hijos pidiendo pan

y tener que callar para no ahogar...

Para ahogar. Tu siempre dices "para no ahogar".

Para ahogar el grito de desesperación que nos aprieta la garganta.

- Las heladas noches de invierno... - ¡No!

- No nos gusta. - Ya la has recitado cuatro veces.

- Recita esa del vestido bonito. - ¡Sí!

De acuerdo.

"Si me amas de veras, Romeo,"

"dilo simplemente y con sinceridad".

"¿O tal vez pienses que soy demasiado joven para amar?"

- "¿O me tienes por fácil?" - "Julieta, yo..."

- Tienes que poner voz de hombre. - ¿Tienen que temblar los cristales?

No, tiene que ser una voz cálida, profunda.

- Como la del doctor. - ¡Calla! Sigue.

"Julieta, yo te juro..."

¡No os riáis!

El teatro es una cosa seria. Sigue.

"Oh, noche afortunada".

"El día llegará en que nos casemos"

"y pondré a tus pies toda mi riqueza"

"y te seguiré, fiel, hasta el fin del mundo".

"Con ligeras alas de amor franqueé estos muros,"

"pues no hay cerca de piedra capaz de atajar el amor".

"Como te vean, te matan. ¡Huye!"

"Más peligro hallo en tus bonitos ojos..."

"que en las mortales armas de los Capuleto".

¡Bravo!

- ¿Qué son estos harapos? - Señorita, yo...

Cuando una se cría entre comediantes y cíngaros...

¡No eran cíngaros, eran artistas!

No hable mal de ellos, están muertos.

De acuerdo. Trabajarás un mes en la cocina.

Pero debo estar en la enfermería.

El inspector sanitario se buscará a otra enfermera.

Os quedaréis sin fruta durante una semana.

- ¡Maldita chivata! - ¡Qué mala es!

La veremos antes de comprarla. Está estupendamente situada.

Un magnífico panorama. Luego está el jardín y el huerto.

- ¿Calabacines? - Bueno, se pueden plantar.

- No, que si quiere calabacines. - Ah, gracias.

- Luigi, ¿qué está haciendo la señorita? - Está escribiendo.

- ¡Ah, escribe! - Escribe.

- ¿Qué escribe? - Versos.

- No lo sabía. - Nosotros tampoco.

Ella tampoco. Ocurrió de repente.

La otra noche estábamos con unos amigos en el monte Pincio y dijo:

"Qué noche más bonita, dan ganas de hacer una vueltecita".

- ¿Y bien? - Hay una rima.

¿No ha oído? Hay una rima.

También ayer, en la tapicería, dijo:

"Quiero hablar con el patrón para la compra de un cordón".

Le salen las rimas espontáneamente. Una cosa impresionante.

- ¿No será una enfermedad? - No creo.

¡Pero qué enfermedad!

¡La misma que tenían Dante, Petrarca, Rafael!

Pintor o poeta es lo mismo.

¡Aquí está!

No, siéntese. Me siento perdida.

- ¿Estabas escribiendo? - Sí.

Señorita Lilli, he oído cosas bonitas sobre usted.

Lilli, ¿quieres una villa fuera de la ciudad?

Es ideal para una poetisa.

- ¿Quién es el arquitecto? - Es un amigo doctor.

- ¿Un doctor que construye villas? - No, es el dueño.

Es una oportunidad. Quien la vende necesita dinero.

No, Vignali es un señor.

La vende porque se marcha al campo. Es un soñador, un poeta.

- ¿Has oído? Es un colega tuyo. - Papá, ¡qué palabra más vulgar!

"Colega" se usa para los empleados, no para los artistas.

Los artistas son hermanos de espíritu.

Tu hermano de espíritu vende la villa. ¿Qué me dices?

Tengo otras cosas que pensar.

Disculpe, ¿tendría una rima en "illa"?

- Silla. - Silla, ¡nada que ver!

- Milla. - No, "milla" no me gusta.

¿Huella? No.

Mamá, déjalo, tú no entiendes.

Si me permite, le aconsejaría "maravilla".

"¿Maravilla?"

Gracias, es lo que estaba buscando.

Pero no puedo aceptar una rima de un camarero.

¿Tendremos el gusto de escuchar sus versos?

Tal vez.

- Por lo menos dígame el título. - "A él". A mi amor.

- ¿Quién es ese amor? - Ni siquiera lo sé.

De momento es un fantasma sin rostro ni nombre.

- Cree que algún día ese fantasma... - Tal vez, quién sabe.

- Más calabacines. - Muy bien, debes alimentarte.

Doctor, yo me preocupo, esta niña se cansa demasiado.

- ¿Se puede? - Adelante.

¡Carnicero!

Miren qué carne les traigo.

- Quisiera saldar la cuenta del mes. - Voy a avisar.

- Muchacha, ven aquí. - No, me da repelús.

- ¡Qué delicada! ¿Eres la nueva criada? - ¡Pero qué criada! ¡Maleducado!

- ¡Soy una señorita! - Perdón. ¿La princesa lava los platos?

Lo hago para divertirme.

¿Qué pasa?

Se ha ofendido porque la he tomado por la criada.

Si sigue siendo tan indisciplinada, sí que acabará de criada.

Necesito una chica para la casa y el negocio.

Ya veremos. Ahora venga a la administración.

Enseguida.

Adiós, princesa.

El profesor Bacino recomienda para la prevención del linfatismo

un tratamiento con compuestos de calcio y de... y de...

...administración periódica de aceite de hígado de bacalao.

El cuadro clínico de la insuficiencia linfática se presenta...

- ¿Diga? - Todo bien, está interesado.

Primero quiere ver la villa. Ya verás como le gusta.

Te espera hoy en su casa. Via Tartini, 25. Adiós.

"¿Por qué has venido?"

"Era mejor que te fueras".

"No sabes..."

"¿No sabes que mi corazón brilla?"

"¿No sabes que mi corazón es como una avecilla?"

¡Eh, muchacha!

- ¿Me dice a mí? - Sí, a ti.

- ¿No funciona el timbre? - No.

Muchacha, ¿qué haces? ¿Me abres sí o no?

- ¿Yo? - Sí, tú.

¡Vamos, date prisa!

- ¿Qué quiere? - Llevo media hora aquí. Vamos, abre.

Está abierto.

- Me lo podías haber dicho antes. - También podía haber probado.

Tienes razón.

Angelito con trompeta de plata, ¿estás de mal humor?

No soy un angelito y no tengo trompeta.

- ¿Te has ofendido? Era un cumplido. - ¡Quieto, qué modales!

Es la primera vez que veo a una criada bonita y nerviosa.

¿Una criada nerviosa?

- ¿Por qué te ríes? - Por nada. ¿A quién debo anunciar?

- Pietro Vignali. - ¿El de la villa?

Sí. ¿Cómo lo sabes?

- Lo estaban hablando en la mesa. - ¿De veras?

- ¡No me toque! - ¿Temes que te vea la señora?

- Claro, me despediría. - Yo te contrataría.

Mi criada ha dimitido justo ayer.

- ¿Era bonita? - Un encanto.

- Pero te prefiero a ti. - ¿Siempre hace esto con las criadas?

No, yo las respeto.

Soy famoso en todas las agencias de colocación.

Pero contigo sería diferente.

No te contrato, sería peligroso.

- ¿De veras? - Sí. Qué lástima.

Adiós para siempre. Dame la mano.

Adiós. Dame un besito.

¡Lilli!

¿Quién es usted? ¿Cómo se atreve a besar a mi hija?

¿Su hija?

Debe ser un hombre muy serio, muy severo.

- Se nota enseguida. - Yo prefería al doctor Paoloni.

- ¿Qué le veías de interesante? - Tenía esa bonita barba.

La barba ya no está de moda, sólo la llevan los viejos.

No le digas que he trabajado en la cocina.

No.

¿Crees que preguntará por ti? No le interesas.

Tendrá otra ayudante de enfermería, ni siquiera se dará cuenta.

- ¿Se puede? - Llega en el momento justo.

- Qué bonita sorpresa. - ¿Ha comprado la villa?

¡No, mejor!

Mire.

Lilli se ha prometido con el doctor Vignali.

¿Prometido?

¿No se lo esperaba, verdad?

Nosotros tampoco. ¡Ha sido un rayo caído del cielo!

¡Este chico malo!

No nos habían dicho nada. Se lo tenían bien callado.

Y luego, de repente... Bum, la bomba.

- ¿La bomba? - Sí, bum.

- ¿No me dice nada? - ¿Qué debo decirle? Enhorabuena.

- A ti también. - Gracias.

Lilli, ayúdame.

- ¿Me disculpas, querido? - Por favor.

- ¡Canalla! - ¿Y la villa?

- Ya no se compra. - ¿No?

Debía ser para Lilli, para cuando se casara.

- ¿Verdad, doctor? - Sí, es verdad.

¿Entonces por qué comprarla? Se queda en la familia.

Siéntese, por favor.

No me mires así. No es culpa mía, ha sido un accidente.

- Yo quería besar a la criada. - ¿Y qué?

Han aparecido los padres, y me he prometido.

- ¿Con la criada? - No, con ella.

Viene una bella muchacha a abrirte la puerta...

- ¿Leche o limón? - Leche.

- ¿Azúcar? - Mucho.

- ¿Leche o limón? - Limón.

- ¿Azúcar? - Amargo.

- Primero sirvo a mi amo y señor. - Gracias.

- Limón y amargo. - Gracias.

¿Por qué estás tan enfadado?

- ¿No lo entiendes? - No.

Quería casarme yo con Lilli.

¿Tú?

- ¿Por qué no? - No.

Vamos, no tengas miedo.

No estoy en condiciones, no hay ambiente.

- Tú empieza y ya verás cómo te animas. - ¡Vamos!

"A él".

- "¿Por qué has venido?" - ¿Yo?

"¿Por qué has venido?"

"Era mejor que te fueras".

"¿No sabes que mi corazón brilla?"

"¿No sabes que mi corazón es como una avecilla?"

¿Le has hablado de tus sentimientos?

- Se lo he dado a entender. - ¿Claramente?

- Le he dicho: "Me siento solo". - Eso no es claro.

- "Sólo en su casa soy feliz". - ¡Eso no es claro!

- ¿Qué tenía que haber dicho? - Nada. Más actos y menos palabras.

Esto no es amor, es un atraco.

Tranquilo.

Mañana hablaré con el padre y aclararé la situación. Adiós.

Adiós.

- ¿Es usted el doctor Vignali? - Sí, ¿y usted quién es?

Soy Antonio. ¿Necesita un criado?

- ¿A estas horas? - Yo estoy aquí desde las cuatro.

¿Desde las cuatro? ¡Ocho horas!

- ¿Tiene experiencia? - Sí, he sido mozo de caballos.

- Yo no soy un caballo. - Los caballos son delicados.

- ¿Sabe servir la mesa? - No.

- ¿Limpiar suelos? - No.

- ¿Conducir un coche? - No.

Tengo una carta.

- Es de mi madre. - Sí, la escribió ella.

¿Cómo es posible? Hace cuatro años que mi madre...

Sí. Que Dios la bendiga, era tan buena con nosotros.

No he venido antes porque... Es una historia un poco larga.

El primer año porque estuve cuidando a Stella, una potra.

El segundo año porque la condesa enfermó,

la dueña de los caballos,

y el señor me pidió que me quedara.

El tercer año hubo esa enfermedad de los caballos,

la "fiebre afitosa". No, "afiterosa".

Y el último año, ¡hay que ver lo que hicieron!

Vendieron todos los caballos. Me enfadé y me marché.

- ¿Qué haces? - ¡Disculpe!

¿Estás loco?

Ahora limpia la casa, aquí tienes todo lo necesario.

Aspiradora, fregona, abrillantadora eléctrica.

- ¿Y la escoba? - Esto es mejor que la escoba.

Empieza por la sala de estar.

¿Diga? ¡Chuchi, hola!

Yo soy Antonio Perticone, el criado. ¿Usted quién es?

Yo soy la prometida.

¡Doctor! ¡Doctor!

Su prometida.

Lilli, ha hecho bien en llamar.

- Justo iba... ¿Qué haces? - ¡Esto pesa mucho!

Tienes que enchufar.

Estaba por ir a verla... a verte.

Necesito hablar urgentemente contigo, explicarte.

Yo también tengo algo que preguntarte.

¿Prefieres que te llame Chuchi o Pichín?

Me lo pensaré. Pero antes...

¡Esto no funciona!

Primero tendremos que... ¿Cómo? ¿Qué dices?

Soy yo, canalla, la mamá. ¿Qué le has hecho a esta niña?

Ya ha roto dos jarrones chinos y una porcelana de Capodimonte.

Cállate. ¡Debería darte vergüenza!

Sí, me da vergüenza... Es usted demasiado buena.

- Gracias. - Yo compro una escoba.

Quería decirle...

¿Cómo? ¿Pero quién es?

Soy el papá, bandido. ¿Qué le has hecho a mi pequeña?

Ríe, baila, llora, me abraza. Esta noche te tiraré de las orejas.

Muy bien, pero antes quería decirle... ¿Cómo?

¡Eres tú! ¿Qué dices?

Pichoncín, conmigo sueñas, del céfiro fue el suspiro,

pero si de verdad me amas, escucha mi respiro. Adiós, Chuchi.

Pero cómo le explicas a esta gente...

¿Qué quieres con esa bandeja?

"Orfanato religioso Santa Chiara". ¿Qué querrán?

"Estimado doctor, le ruego que acuda a realizar la vacunación"

"exigida por la normativa sanitaria. La directora".

¡Esta también!

Vayamos a vacunar. Si telefonea la señorita Loletta...

¿Otra prometida? ¡Cómo me divierto!

¡Yo no! Si ella telefonea, dile que tengo muchas cosas que hacer.

- Tengo la vacunación. - ¿Se va a vacunar?

No, yo debo vacunar a unas niñas.

Luego en la tarde tengo cosas importantes que hacer.

La espero esta noche después del espectáculo.

Aquí en el corazón, aquí en el corazón hay un amor, hay un dolor.

Aquí en el pecho, aquí en el pecho está mi amor y tu amor que aprovecho.

Cada vez más, cada vez más en mi corazón tú estás.

¡No tiembles, no huyas, te amo y soy tuya!

¡Más expresión! Dadles más significado a las palabras.

Primero todo es espiritual, "Aquí en el corazón".

Luego es más pasional:

¡"Aquí en el pecho"!

Amor sacro y amor profano.

¡Intentad comprender las cosas! ¡Atención!

Vamos.

Aquí en el corazón, aquí en el corazón hay un amor, hay un dolor.

Aquí en el pecho, aquí en el pecho está mi amor y tu amor que aprovecho.

Está mi amor, está tu amor, ¡está mi amor, está tu amor!

Tengo que telefonear. Disculpa, Vittorio.

¡Esto es una locura! ¡Ya no hay ni amor ni comprensión por el arte!

¡Vittorio, cálmate!

Aida le sigue a una longitud, lo alcanza.

El duelo es ahora entre Nerone y Agrifoglio.

Rectifico: entre Aida y Agrifoglio.

¡Un momento!

Un momento.

¡El grupo está en la curva, avanza compacto!

Agrifoglio pierde terreno, ¡lo vuelve a ganar!

Se acerca la meta. Agrifoglio está en cabeza, Aida lo adelanta.

¿Diga? ¿Diga?

¡Aida! ¡Aida! ¡Aida!

¿Aida? ¿Quién es Aida?

¿Qué quiere? Ah, Loletta. Soy el nuevo criado.

Sí, nuevo.

¿Quién es?

El doctor le espera esta noche porque ha ido a ver a su prometida...

Rectifico, ha ido a la vacunación.

¿Cómo? ¿Diga? ¿Diga? ¿Qué prometida?

¡Conteste!

¡Dígame el nombre de esa mujer! ¿Diga?

- ¿Loletta? ¡Te estamos esperando! - ¡Imbécil, canalla!

- ¡Ya está, se acabó el ambiente! - ¡No me agobies!

Los ensayos no deben ser perturbados por llamadas amorosas.

¡El arte es el arte! ¡Piensa profundamente en tu personaje!

- Ya, vuelve el ambiente. - ¡Vete al infierno!

Aquí en el corazón, aquí en el corazón hay un amor, hay un dolor.

Aquí en el pecho, aquí en el pecho está mi amor y tu amor que aprovecho.

Cada vez más, cada vez más en mi corazón tú estás.

¡No tiembles, no huyas, te amo y soy tuya!

Sólo contigo siento mi corazón encenderse con pasión...

Cinco lobitos tiene la loba

Cinco lobitos detrás de la escoba.

Cinco lobitos, cinco parió...

Niñas, preparaos para la vacunación.

Antes de la vacunación, asegurarse de que el paciente

no tenga sarpullido y esté en perfecto estado de salud.

- Buenos días, doctor. - Buenos días.

- Abotóname la blusa. - Enseguida.

- ¿Ya está? - Sí.

- Eres todavía muy pequeña, no llegas. - Sí que llego.

Teresina, ¿has asistido otras veces a la vacunación?

- No soy Teresa. - ¿Cómo?

¿Por qué este cambio?

La han castigado y me han puesto a mí de aprendiz.

¿Por qué la han castigado?

Daba un espectáculo indecente. Lo ha dicho la señora directora.

- ¿Qué ha hecho? - Escenas de amor en el desván.

- ¿Escenas de amor? ¿Con quién? - Con un tal Romeo.

Bueno...

Prepara el alcohol, el algodón y enciende el hornillo.

¡Vas a infectarlo todo con esas manos! ¿No conoces el jabón?

Ahora me las lavo.

La primera regla para una enfermera es la limpieza.

Ve, ya me encargo yo.

- ¿Le ayudo yo? - Sí, gracias.

Esto es así hasta que el hombre no declara su amor a la chica.

Entonces la chica le dice:

"Ne se arrodille, señor, no soy una diosa".

Entonces él se levanta y le dice:

"¡Oh, sí!" Y la chica cierra los ojos.

Estaba en el desván, ¡recitando a "Romeo y Julieta"!

- ¡Romeo y Julieta! Ahora lo entiendo. - ¿Qué entiende?

Nada... En el fondo, es una broma inocente.

- ¡Pero era una escena de amor! - ¡El amor!

"Si me amas, Romeo, dilo simplemente y con sinceridad".

¡Qué se sabe del amor a esa edad!

Luego, él la abraza y ella le dice: "Déjeme".

Él dice: "No, te amo".

Ella dice: "¡Dios mío!".

Luego él la besa y la estrecha fuerte hasta que siente que se sofoca.

- ¿Quién siente que se sofoca, él? - No, ella.

Es una estupidez, se siente mal, se sofoca...

- Yo le daría un empujón. - Sí, habría que decirle:

- "¿Se ha vuelto loco?" - ¿Y ahí se acaba el amor?

- No, es el momento más bonito. - ¿Entonces por qué hay que rechazarlo?

Porque se hace así.

- ¿Y tú cómo lo sabes? - Lo vi en el teatro.

Teresa, ve a la enfermería, el doctor te está esperando.

Dame el bracito.

Ya está.

Tú has terminado. Buena chica.

Lidia, ven aquí.

Buena chica.

- Buenos días, señor doctor. - Buenos días... Julieta.

Desinfecta el brazo de las niñas.

Querido señor director sanitario, ya no puedo callar más.

Le amo y le mando un "milión" de besos.

Reciba mis más cordiales saludos,

su muy devota huérfana, Teresa Venerdì.

- ¿Hay más? - No.

¿Hemos terminado? Bien.

- Adiós. - Adiós, doctor.

- ¿Qué recitabas en el desván? - "Romeo y Julieta".

Primer acto, escena del balcón. Muy bonita.

- Sí, la conozco. - ¿Usted también la ha recitado?

No, yo una vez en el colegio recité "Quo Vadis".

Hacía el papel de Ursus.

Me ha costado lo mío para que la directora te perdonara.

¿Podré seguir haciendo de enfermera?

La directora no quería, pero he insistido.

- ¡Gracias! - ¿Qué haces?

No soy un canónigo.

- Entonces se acabó el teatro. - Sí, se lo prometo.

Adiós, niña.

- ¿Se han portado bien las niñas? - Muy bien.

Puede que alguna tenga una ligera reacción febril,

pero es un fenómeno muy frecuente.

Si hubiera complicaciones, llamen a un médico.

O sea, llámenme.

- De acuerdo. Adiós. - Adiós.

Señor doctor, ha olvidado este libro.

¡Ah, el libro!

- Lo traje para ti. - ¿Para mí?

Para que tengas algunos conocimientos sobre la vacunación.

- Una enfermera debe saber estas cosas. - Gracias.

Me lo aprenderé de memoria.

No exageres, si no, vas a saber más que yo.

- Eso es imposible. - ¡Quién sabe!

- ¿Cuándo volverá? - Dentro de 15 días.

- O antes, si una niña se pone mala. - Crucemos los dedos.

- ¿Cómo? - Para que nadie se ponga malo.

Adiós, pequeña.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

SEGUNDA PARTE

¡Eh!

- Han llamado a la señora presidenta. - ¿La señora presidenta?

Habrá pasado algo grave.

La llamaron cuando escribieron en el muro:

"Caterina, maldita vieja bruja". - ¿Y esta vez?

No lo sé, yo no he hecho nada.

- ¿Y Giuseppina? - No está.

- Han llamado a la presidenta. - ¿Por qué?

Alguien habrá hecho algo grave. ¡Alice!

¿Es verdad que has encontrado una carta en el sombrero del inspector?

- Yo no sé nada. - ¿Una carta?

- Teresa Venerdì. - Presente.

Ven aquí.

Arréglate un poco el pelo.

Siéntate ahí.

- ¡Señora marquesa! - Hola, querida.

Levántate.

Marquesa, por ahí.

Gracias, querida. Adiós, querida.

Gracias, querida.

- ¿Quiere las galletas de siempre? - Sí, querida.

Somos responsables de estas criaturas.

Ha ocurrido algo y no he querido tomar una decisión

sin consultar primero con nuestra ilustre presidenta.

Tenemos en nuestra posesión una carta escrita por Teresa Venerdì.

Léala, señora marquesa.

Además, una de sus compañeras, cosa que yo desapruebo,

dice que ha visto a Teresa Venerdì

poniendo el sombrero del doctor Vignali en su sitio.

Señora marquesa, compruebe la ficha de la interna.

No es la primera vez que provoca quejas.

Sólo son chiquilladas.

Tampoco esta vez se trata de un crimen.

El doctor Vignali desconoce la existencia de esta carta.

Creo interpretar el pensamiento de la señora presidenta

al proponer asustarla con la amenaza de graves medidas.

La amenaza será suficiente.

Si la cosa se repite, nos veremos obligadas a alejarla de aquí.

- ¿Está de acuerdo la señora marquesa? - ¿Qué hora es?

Las seis. Pero lo hacemos enseguida.

¡Teresa!

Ha venido la presidenta vestida de negro.

¿Qué has hecho?

¿Teresa, qué pasa?

¿Qué pasa?

Pasad.

Qué cosas hemos aprendido. Muy bien.

¡Ahora entiendo tu vocación de enfermera!

Ya encontrarán el trabajo adecuado que te saque esas ideas de la cabeza.

Serás la criada del carnicero.

¡Teresa! ¡Teresa!

¡No es verdad!

La he visto poner el sombrero del doctor en su sitio.

- ¡Mentirosa! - Tú estás de acuerdo con ella.

- Y tú quieres quitarle el puesto. - Basta de chismes.

Giuseppina, puedes irte.

Buena chica.

¡Estás loca por escribir una carta de amor al doctor!

- Yo no he escrito nada. - He visto la carta.

¿Qué decía?

"Le amo, le mando un 'milión' de besos". Hasta con falta.

¡Giuseppina! Venga.

- ¿Puedo irme? - No, un momento.

¿Me permite? Ven.

- Coge la tiza y escribe. - ¿Qué escribo?

"Te mando un millón de besos".

- ¿Por qué? - No preguntes, obedece.

TE MANDO UN "MILIÓN"...

Basta.

Ve, querida.

Creo que he cumplido con mi deber.

¿Otra taza de té, señora marquesa?

¿Dónde está Teresa Venerdì?

- ¿Ninguna de vosotras sabe dónde está? - No.

- ¿El doctor Vignali? - No está, pero no tardará.

Entra, está lloviendo.

Llegará dentro de cinco minutos. Ven.

Siéntate.

Un telegrama.

- ¿Para mí? - Para el señor Vignali.

- ¿De quién? - No lo sé. Firme.

Yo no firmo nada.

- Si no firma, me lo llevo. - Primero lo leo.

"Llegaré esta noche. Besos, Lucia".

¿Quién es Lucia?

¡Ah, sí! ¡Es la hermana! La vi cuando era pequeña.

¿Dónde encuentro el número de teléfono?

Restaurante...

¡Otra vez el teléfono! ¡Cuánto habla la gente!

- Esperemos que sea él. - ¡Hola, chuchi!

He dicho que soy Antonio Perticone.

El doctor está en el restaurante de los estudiantes.

Yo también lo busco, su hermana llega esta noche.

¿Su hermana?

Enseguida vengo para abrazarla. Mamá, viene la hermana de Chuchi.

¿Me pongo el vestido gris de lunares negros

o el de rayas y el sombrerito blanco? - El de rayas, mejor.

- Me pongo el de rayas. - ¡Y a mí qué me importa! ¿Diga?

Se ha marchado.

Restaurante...

- Buenas noches. - Buenas noches.

- ¿Se puede saber quiénes son ustedes? - ¿Quiénes somos? Amigos.

¡Tiene hasta criado!

Mañana nos vamos a divertir, también habrá trabajo para usted.

- ¡Irá todo a subasta! - Su amo aprenderá lo que es la vida.

¡Una palabra más sobre mi amo y le doy!

Bien, a las deudas impagadas se suman los malos tratos.

- ¿Pero qué quieren? - Que nos pague.

Se les pagará, pero ahora váyanse.

- Eso dice él desde hace meses. - Si no paga, mañana volvemos.

- ¿Se puede? - ¡Señorita!

Pase.

- Su hermano viene enseguida. - ¿Mi hermano?

¡Está empapada! ¡Andando, con este tiempo!

Podía haber tomado un taxi. Póngase cómoda.

Enseguida vengo. Pase.

Es la hermana del doctor, váyanse.

- Mañana nos veremos. - Mañana.

De acuerdo.

- ¿Ha visto qué gente? - ¿Quiénes son?

- ¡Su hermano se ha metido en un lío! - Mi hermano...

He leído el telegrama. Estará contento de verla.

La conocí cuando era así de pequeña.

- ¿A mí? - Sí, usted no se acuerda.

No la hubiera conocido, ha crecido mucho.

Yo soy Antonio, el hijo de Filomena, hermano de Rosinella.

Rosinella le daba a usted leche.

Señorita Lucia, estará cansada, siéntese.

- ¿No tendrá una lona? - ¿Para qué?

Para no estropear el sillón.

El doctor se ha hecho grande, ya no usa la lona.

Se va a resfriar. ¿Ha dejado la maleta fuera?

No tengo maleta.

- Disculpe, buen hombre... - Debe llamarme Antonio.

Se va a resfriar y luego el doctor la tomará conmigo.

Venga, yo me encargo.

Venga. Venga.

Venga.

Por fin hemos terminado el ensayo. Dentro de dos horas, todas a escena.

Gracias.

Debes ser fuerte.

- Olvida tu dolor. - No es dolor, sino rabia.

Está prometido con la hija de un rico colchonero.

Es un bajo y vulgar burgués.

Mañana, después del triunfo, le darás dos bofetadas.

Si piensa que voy a ir a buscarlo, está muy equivocado.

¡Demasiado fina soy yo! ¡Cerdo! Adiós, tesoro.

No me gusta cómo se comporta el doctor.

Con usted puedo hablar porque es de la familia.

¡Mujeres! ¡Siempre mujeres!

- ¿Muchas? - Sí.

Incluso las que salen en los periódicos. ¿Quiere ver alguna?

Aquí está.

Se llama Loletta Prima, es una cantante.

Es un vampiro, se come los billetes de 1000 liras como pipas.

- ¿Qué pasa? ¿Se siente mal? - No, tengo un poco de frío.

Enseguida termino.

¿Le quitan la casa por culpa de ella?

Las mujeres son una ruina, ¡se lo digo yo!

Yo he tenido que vender un caballo. ¡Y también tiene una prometida!

¿Una prometida?

Sí, ¡qué antipática! "¡Cuchi! Cuchi!"

¡Cómo me divierto!

- Deme la ropa. - Las mangas todavía están empapadas.

- No importa, tengo que irme. - ¿No espera a su hermano?

No puedo. Dígale que volveré... que le escribiré.

- Tengo que irme. - ¡Señorita!

¡Ah! ¡Una chica en batín! Muy bien.

¡Señorita!

- ¿Es usted el criado? - Sí.

- ¡Qué cara! - ¿No le gusta?

- ¿Quién es esta? - Es la hermana del doctor.

¡Vaya, esta sí que es buena! Podía inventarse una mejor.

¿Me ha visto cara de estúpida? ¿Y usted quién es?

- La hermana del doctor. - ¿Y se pasea medio desnuda en batín?

Mi ropa está empapada, he tenido que secarla.

¿De veras es la hermana de Pietro?

Sí, la conozco desde pequeña.

Señorita, perdóneme, estaba un poco nerviosa.

Estoy tan contenta de conocerla.

Me llamo Maddalena Fontini, nombre de artista Loletta Prima.

Nosotros los artistas usamos un nombre ficticio, improvisado, accidental.

Mi padre era profesor en Sassari.

Mi familia también es natural de Sassari.

Encantada.

Tal vez tenga cosas que hacer, no quiero molestarla.

- No tengo nada que hacer. - Me alegra hablar con usted.

Pietro me ha hablado de usted.

¿La habéis buscado bien?

Sí, señora directora, en el desván, el sótano...

No puede haber desaparecido. Estará escondida en el invernadero, el huerto.

¿Ha venido para el noviazgo de su hermano?

Sí.

- ¿La ha avisado él? - Sí.

A mí no. Lo he sabido de casualidad, por un criado.

¡Cerdo! Oh, perdone.

Pero así no se trata a una mujer distinguida como yo.

Una artista que lo ha sacrificado todo por él.

¿Quiere mucho al señor... a mi hermano?

Mi amor es como el de las novelas. Yo lo era todo para él.

Desde que lo conozco no he besado a otro hombre.

Lo sabía todo de mí. ¿Recuerda aquella cantinela?

De noche y de día, soy toda para ti, ¡sin decir nunca que no, siempre que sí!

Así fue exactamente. ¡Prometido! ¡Cerdo!

Perdón, no se le puede llamar de otra forma.

¿Usted conoce a la prometida?

- No. - Yo tampoco, pero me la imagino.

Será una de esas muñequitas embalsamadas.

¡La hija de un colchonero! ¡Y mi padre profesor en Sassari!

Señorita, hablemos con sinceridad, hagamos una alianza.

- ¿Para qué? - Para impedir que se case.

No lo digo sólo por mí.

Yo estaría dispuesta a sacrificarme si sirviese de algo,

lo digo por usted. ¡Emparentarla con un colchonero!

- Debe casarse con esa chica. - ¿Por qué?

Está lleno de deudas.

Le van a quitar la casa.

- Que le pida dinero a su padre. - ¿Mi padre? Pobrecito...

¿Y las tierras, el palacio, el castillo?

Todo se acabó.

La cosecha fue destruida.

Luego vino la quiebra.

- Y se incendió el castillo. - ¿De veras?

Así es, no le queda nada.

Mire cómo me veo.

Papá me ha enviado para pedirle ayuda a él.

- Tenemos hambre. - ¿Hambre?

Sí, señora.

El frío muerde nuestras carnes a través de nuestras ropas rasgadas.

Si supiera qué tormento oír a nuestros hijos pidiendo pan

y tener que callar

para no ahogar el grito de desesperación que nos aprieta la garganta.

- Dios mío, ¿hasta ese punto? - Sí. Y las heladas noches de invierno,

agarrados a nuestros míseros ropajes, acuciados por el viento que aúlla

entre los remolinos de la tormenta, mientras crece el fervor de bailes

y placeres en las suntuosas salas del castillo del duque de Sensir.

- ¿El duque de Sensir? - Nada, un vecino.

¿Tiene jarrones para tallos largos?

¿Qué?

Que si tiene jarrones para tallos largos.

- ¿Dónde? - No entiende nada. ¿Y la hermana?

Querida, te traigo estas flores y dos rimas.

Por favor, la señora Vignali.

Querida, te traigo estas flores y dos rimas.

- Yo molesto. - Disculpe.

Es mejor que me vaya.

Adiós, tesoro. Adiós, señorita.

Cuando venga ese querido señor, dígale que lo saludo pacíficamente

y con mucho estilo.

- Aquí está. - ¡Loletta!

- ¿Cómo estás? - Muy bien.

Sé que estás prometido y no me importa.

- He conocido a tu hermana. - ¿Está aquí Lucia?

¡Pobrecita! Me lo ha contado todo.

- ¿Qué? - ¿No te da vergüenza?

Tú te das la buena vida y esa pobre gente anda con las ropas rasgadas

mientras el viento aúlla en las salas suntuosas del duque de Sensir.

- ¿Te has vuelto loca? - No.

Cásate, al menos será útil para esa pobre gente.

Tu hermana me ha hablado de manera aristocrática

y somos tan finas las dos que nos hemos entendido.

Me voy.

Adiós, tesoro...

Chuchi, dime la verdad, ¿es cierto lo que ha dicho esa con sinceridad?

No, no tengo ganas de rimas en estos momentos.

¿Es verdad lo que ha dicho esa señorita que no conozco?

- ¿Mi hermana? - Ha confesado que no es tu hermana.

- ¿Quién es? - No lo sé, no importa.

¿Es verdad que te casas conmigo por mi dinero?

¿Yo?

Siento un pesar, ¡justo ahora que me iba a casar!

¡Las rimas! ¡Siempre las rimas!

¡Todo ha terminado entre nosotros, adiós!

- ¡Teresa! - ¡Señor doctor!

¡Tú!

- ¿Qué haces aquí? - No se enfade, enseguida me voy.

- ¿Por qué llevas este batín? - Si quiere, me lo quito.

No, por favor. ¿Pero qué sucede?

No se enfade, si no, no tendré valor para hablar.

No me enfado. Adelante, ¿qué pasa?

¿Te has escapado?

- Sí. - ¿Por qué?

Querían enviarme de criada del carnicero.

¡Pero yo no he hecho nada malo, yo no escribí esa carta!

¿Qué carta?

- ¿No lo sabe? - ¡Yo no sé nada!

- Entonces disculpe, enseguida me voy. - ¡No, quiero saber!

- ¿Cuál es el número del orfanato? - No telefonee.

- Se lo contaré todo. - ¿Te encuentras mal?

- No, estoy muy bien. - Tienes las manos heladas, estás pálida.

Tengo hambre. No he comido nada desde esta mañana.

¡Antonio!

Me he sentido abandonada como Didone.

- ¿Quién es Didone? - No lo sé. Doctor, estoy preocupada.

- No es nada. - Yo también.

- Mamá... - ¡Tesoro!

- Papá... - ¡Cariño!

Dejadme.

- Doctor, sálvela. - ¡Sí!

- ¿Cómo tengo el pulso? - Normal.

- ¿Entonces por qué me sigue tocando? - Disculpe.

¿No tiene nada que decirme?

Señorita Lilli, yo quisiera decirle una cosa.

Me siento tan solo. No, eso no es claro.

Sólo soy feliz... Eso tampoco es claro.

Yo quiero ser clarísimo.

Señorita Lilli, la amo.

- ¡Muy bien! - ¡No debías dejar que se prometiera!

Tú los bendijiste.

- ¿Cómo está? - Déjenla que descanse.

- Si me permiten, yo... - ¡Ahora no es el momento!

- ¡Buena gente nos ha presentado! - Pero...

Estamos muy nerviosos, por ahora es mejor no hablar.

Entonces volveré mañana.

- De acuerdo, buenas noches. - Buenas noches.

Qué desastre. Si descubren que estás en mi casa...

Debe ser la directora.

¿Y ahora qué le digo?

- No le diga nada. - ¿Bromeas?

¿Diga? ¿Pero quién habla?

Quería decirte que te voy a mandar la factura de la modista.

No seas avaro, no estoy acostumbrada a quedar mal.

- ¿Qué ha dicho la directora? - No, era Loletta.

¿Pero qué le has contado?

He recitado la escena final del drama "El remordimiento que mata".

- ¿Por qué? - Porque es un vampiro,

se come el dinero de usted y hace que le embarguen la casa.

- ¿Quién te lo ha dicho? - Nadie, lo entendí yo sola.

¿Me perdona, señor doctor?

- Tienes que volver al orfanato. - ¡No!

¡Una huérfana no puede estar en mi casa a las 10 de la noche!

¿Qué van a pensar de mí? ¡Me echarán del orfanato!

Debe ser la directora.

Me has metido en un lío.

- ¿Diga? - Señor Vignali, le agradecería

que borrase mi nombre de su memoria.

"Sic transit gloria mundi". No tengo más que decir. Ave.

Ave. ¿Qué has hecho con esta otra?

Ah, la otra.

Le he dicho: "Tiene que casarse con el señor doctor,"

"él necesita su dote porque está lleno de deudas".

"Si no se casa con usted, ¿cómo lo hace?"

A una prometida no se le dicen estas cosas.

- Pero yo quería ayudarlo. - De hecho me ha dejado.

- ¿Está triste? - No, al contrario, me alegro.

¿Cómo hará si le embargan la casa?

Esa señorita no le quiere. Si yo fuese rica...

¿Qué harías?

Nada. Iba a decir una tontería.

Basta de discursos. Son las 10:20, una hora imposible.

Ya no llueve. Vístete, voy a mandar llamar a un taxi.

¡Antonio!

Un momento, hay un telegrama.

"No puedo venir. Escribiré. Besos, Lucia".

No puede irse... qué cabeza!

Ya ha llegado y ni siquiera se ha percatado.

- ¡Antonio! - ¡Enseguida voy!

- ¡Rápido! - Un momento.

- Acompáñala al orfanato. - ¿La señorita Lucia?

Haz lo que te digo, entrégala a la guardiana.

¿Por quéno la acompaña usted?

Porque... Tengo a mis enfermos, una consulta muy grave.

En cuanto a ti... En cuanto a ti...

Mañana iré a hablar con la directora.

Adiós.

- Se ha burlado de mí. - Perdóneme.

Yo llamo al taxi, usted vístase.

- No quiero volver al orfanato. - Estas son las órdenes.

Si vuelvo, me mandan de criada del carnicero.

Yo soy un soldado y tengo la orden de entregarla.

No sea malo.

Deje que me quede, sólo por esta noche.

Mañana antes del alba me iré. Nadie me verá.

Me esconderé en la cocina, en un trastero, en un armario.

¡Teresa!

- ¡Teresa Venerdì! - ¡Teresa!

- ¿Qué hora es? - Las 11.

Este es el general, el padre del doctor. Un hombre de valor.

¡Ganó muchas batallas! Y esta es la mujer del general.

Pobrecita, ha sido una gran pérdida para la familia.

Esta es la hermana Lucia. Usted. Pero se le parece.

¿De veras?

- ¿Este quién es? - Él.

- ¿El señor inspector sanitario? - Sí, mire cómo se le parece.

- ¿Han interrogado a sus compañeras? - Sí, no saben nada.

- Y aunque lo supieran, no lo dirían. - Avisemos a la policía.

¡No! Esperemos. Podría volver de un momento a otro.

¿Pobrecita, dónde estará?

Antonio... ¡Antonio!

¿Por qué no la has llevado al orfanato?

- Yo no valgo para la ciudad. - ¡Te lo ordené!

Se puso a llorar, no podía ser tan malo.

Ahora estoy en un buen lío.

Intentaré arreglarlo. Tú dile que se vista,

no deben encontrarla con mi batín.

- ¿Y si se pone a llorar? - ¡Déjala que llore!

Aquí está, tomándose el café con leche como si nada.

¿Y qué debería hacer?

¡Actúa! Hay una mujer en su casa, ¡hay que echarla!

¿Y cómo lo hago?

Le dices: "Miserable, ¿no le da vergüenza?"

"¡Váyase ahora mismo y pobre de usted si le vuelvo a ver!"

- ¿A él? - ¡A ella!

¿Quieres echar a perder el noviazgo por esa fulana?

Buenos días.

El doctor ha salido.

- ¿De veras? - ¿A las 7:00 de la mañana?

Qué poca imaginación, invéntese una excusa mejor.

Si no se lo creen... Mejor que no diga nada.

- ¿No se cansan de venir aquí? - Es la última vez.

Ahora que está la hermana, esperemos que pague.

¡La hermana! ¡Otro problema!

¡Ella lo ha echado todo a perder, el matrimonio, el dinero!

- Nosotros esperamos a los alguaciles. - Otro acreedor...

- ¿Está el doctor Vignali? - No está.

No está.

Soy el padre de la prometida y quiero hablar con la señorita.

- Aquí no hay ninguna señorita. - No se haga el imbécil.

Un momento, quiero hablar con usted.

- ¿Conmigo? - Sí.

Soy el Señor Passalacqua,

de la premiada hilandería Passalacqua & C.

- ¿Qué quiere de mí? - Seamos breves y prácticos.

- ¿Basta con 10 000? - ¿Para qué?

No se haga la ingenua, me ha entendido.

Aquí tiene 10 000 liras si rompe con él.

¿Con quién?

Dejémonos de habladurías inútiles.

Me dirá que la separación es dolorosa, que no puede vivir sin él,

pero yo creo que...

¿15 000?

- Señor, ¿por quién me toma usted? - Entiendo, digamos 20 000.

No me insulte, yo no soy...

"No soy lo que usted cree, yo lo amo, lo he sacrificado todo por él".

Escuche, yo no puedo gastar más de 25 000 liras.

¡Es un buen capital!

- Cree que entre yo y el doctor... - ¡Yo también he sido joven!

Si me hubieran ofrecido 25 000 liras por romper con mi mujer...

30 000 y no se hable más.

Señorita, espere.

- Número 7, sillón de cuero. - Falso cuero.

Número 8, taburete estilo Siglo XX. Número 9, ídem...

- Incómodos. - Incómodos.

- ¿Qué hacen? - Limpieza.

- 7, sillón... - Disculpe.

¿Cuánto debe el doctor?

¿Cuánto? Díganme la cantidad.

38 972.

Muy bien. Esperen un momento.

38 972.

- ¿Qué? - Liras.

- ¿38 000 liras? - Con 972.

- ¡Es demasiado! - Ni un centavo menos.

¡Es una locura!

- ¡38 972! - Y 50 céntimos.

- ¿También los 50 céntimos? - Sí, para el tranvía.

- ¿Alguna más para el dentista? - Yo.

Vamos.

Le dije al imbécil de mi criado que la acompañara.

- Por favor. - ¡Rápido!

Cuando regresé a medianoche, me la encontré dormida.

- Debía haberme llamado. - Quería hacerlo, pero...

Maldita sea, la batería no funciona.

- Tendremos que tomar un taxi. - La parada está lejos.

¡Caterina, esperen! Vayamos con ellas.

Deprisa, suba.

Vaya recto por la avenida.

Como comprenderá, a medianoche me encuentro a una chica en el cuarto.

Doctor, cállese, luego nos lo explica.

- ¿Cómo te llamas, pequeña? - María, ven aquí.

- ¿Podemos irnos, señora directora? - No, volvemos enseguida.

¡Buenos días!

Perdone si hemos sido demasiado insistentes.

Si necesita cualquier cosa, estoy a su disposición.

Mis respetos. Hemos emitido un recibo de finiquito.

Adiós.

- Vamos, deprisa. - Por favor.

- ¿Dónde está? - ¿Quién?

Teresa.

- Se ha ido. - ¿Adónde ha ido?

No lo sé, ha dejado una carta.

Cuidado.

Lea.

"Perdone por los problemas que le he causado, no le molestaré más".

"El señor Passalacqua ha pagado a los acreedores"

"para que me vaya. Y así me voy".

"Estaré muy bien donde el carnicero".

"Su muy devota huérfana, Teresa Venerdì".

¡Teresa!

- ¿Dónde está Teresa? - En el frigorífico.

- ¿En el frigorífico? - Por aquí.

Teresa.

Señora directora...

¡Cómo has podido!

Ven, vámonos a casa.

¡Yo no mando a mis niñas a hacer de criada! ¡Sinvergüenza!

¿Está loca?

¡Sinvergüenza!

¡Atentas!

- ¡Buenos días, señor inspector! - Buenos días.

Saca la lengua. Está sucia. Aceite de ricino.

Este me gusta, se parece al doctor Paoloni.

- Esta tiene la garganta inflamada. - Una cuchara.

Teresa, trae una cuchara.

Tiene una ligera hipertrofia de la glándula tiroides.

Aceite de ricino.

- Hola, Julieta. - Buenos días, señor doctor.

He venido a recoger mis cosas.

La blusa, el registro de consultas... Ya lo tengo todo.

No, se me olvidaba lo más importante.

Ven.

- "General Bignami". - No, Vignali.

¡Qué caligrafía! "Necesito 40 000".

- "A cambio, acepto pasta..." - ¡Puesto!

- ¡No se entiende nada! - ¡Cuánto tiempo se pierde aquí!

"A cambio, acepto puesto de asistente en el hospital de Teramo".

- "Me paso". - No, me caso.

- Enhorabuena. - Gracias.

4,50.

Ha dicho 4,50.

FIN

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