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(Rebuznos)
(Tambor)
¿Por qué le han cortado la lengua?
-¿Eres el hijo?
Mató dos gorrinos.
Los mató en las tierras del conde.
Lo entiendes, ¿verdad?
Ven aquí.
Arrodíllate.
Reza conmigo.
Mírala.
Mírala a los ojos.
Ella es el bien.
(Trueno)
(Trueno)
(Gritos)
(Gritos)
(Gritos)
Majestad.
No, almirante, levantaos, por favor.
Soy yo quien debería postrarse ante vos.
Teníais razón.
Es posible alcanzar el Oriente navegando hacia Occidente.
Os pido mis más sinceras disculpas si alguna vez dudé de ello.
Ha sido obra de Dios, majestad.
Fue él quien, en su eterna sabiduría,
confió en vuestra grandeza
y en la pericia de este viejo marinero.
Hemos cambiado el mundo, majestad.
Hemos hecho envejecer todos los mapas.
¿Qué es?
Un papagayo.
Los indios aseguran que tienen el don del habla.
Pero aún no le hemos arrancado una sola palabra.
Hermoso animal.
"Kinkajú".
Son pequeños conejos con orejas y cola de ratón.
Muy sabrosos.
Al igual que los gallipavos.
Mucho mejores que las gallinas y que los pavos.
Probad esto, alteza.
Con cuidado, os lo ruego.
Ají.
La especia con la que ellos todo lo condimentan.
Hace arder la lengua, ¿verdad?
No encontrasteis oro.
No tanto como habríamos gustado.
Pero oro hay.
Y mucho.
Hay quien cree que ese oro no existe.
Y creyeron que moriríamos ahogados antes de llegar.
No se habla de otra cosa.
Todos quieren ver con sus propios ojos
al almirante Colón y a sus indios.
Mostrádmelos.
No están bien aderezados, alteza.
Mañana... Almirante, quisiera verlos.
Os lo ruego... Quisiera ser la primera en verlos.
El viaje de regreso ha sido largo.
Pero más aún para ellos, que no conocen la dureza del mar.
¿Son peligrosos?
Son los más mansos y buenos hombres que pueda haber.
¿Por qué se los encierra, entonces?
Algunos han contraído enfermedades propias de su raza.
Separamos a los sanos de los enfermos.
No os alarméis, alteza.
Mañana estarán perfectamente ataviados, limpios y sanos.
Serán de vuestro agrado.
De los 20 indios que capturamos en las Indias,
dos se lanzaron ellos mismos por la borda.
A seis los tiramos ya enfermos y sin aliento.
Y cuatro se dejaron morir de pena,
tal y como hacen los gorriones que no saben vivir en cautividad.
Solo seis fueron mostrados ante sus majestades.
Y estos, sí, por la gracia del Todopoderoso,
fueron bien recibidos y bautizados.
El rey apadrinó al indio al que llamábamos "el bizco".
Y, por su gracia, adoptó el nombre de Fernando.
La que hasta entonces se había llamado Ara Wak
recibió el nombre de su madrina,
la reina Isabel.
Y el pequeño Taawi
dejó de llamarse como los jaguares
y pasó a llamarse como el infante Juan.
No tardaron en aprender nuestra lengua.
Necesitábamos traductores y...
tal como el almirante tenía previsto,
embarcarían con nosotros en el próximo viaje a las Indias.
Todos, menos el pequeño Juan,
del que se encaprichó el infante.
Se lo quedó como quien se queda con un juguete
y murió poco después de...
Ya no recuerdo qué.
El mundo acababa de enterarse de nuestra gesta.
Para la mayoría de nosotros, sería la primera vez
que veríamos a un rey de cerca.
Y, a buen seguro, la última vez
que un rey querría vernos a nosotros.
Aunque solo fuese por un día,
éramos los héroes que habíamos regresado vivos de las Indias.
Poco nos duró el sabor de las mieles.
Sus majestades nos dieron orden de partir inmediatamente.
Y esta vez, ya no se trataba de ir a descubrir nada.
Esta vez íbamos a conquistar.
Aquellas 17 naves iban cargadas
de capitanes, frailes y soldados.
De caballos y perros de guerra.
De cerdos, de armaduras.
Y de cerdos con armaduras.
1.500 desgraciados
a las órdenes de un tal Cristóbal Colón.
Almirante de la mar océana,
gobernador y virrey de todos los territorios por él descubiertos.
Y sobre él, recayó el encargo
de explorar, pacificar y evangelizar
por las buenas o por las malas
aquellas islas.
Creíamos llevar la palabra de Dios
a aquellos que aún no la conocían.
Ingenuos nosotros.
Ni por asomo sospechábamos que el mismísimo diablo
viajaba en nuestros barcos.
El segundo viaje del almirante Colón a las Indias
no comenzó tal y como hubiéramos deseado.
Antes de regresar a España a recoger laureles,
el almirante dejó a 39 de sus hombres aquí,
custodiando el fuerte Natividad, aguardando nuestro regreso.
Nada más desembarcar, ya cavábamos sus tumbas.
Alguien me dijo una vez que un cerdo y un hombre
huelen igual si los quemas.
Y doy fe de que no mentía.
Clavijo.
Clavijo, hijo mío.
Almirante.
Clavijo, ¿hay alguien más con vida?
Márquez.
El capitán Márquez.
Y otros más.
Se adentraron en la selva.
¡Ojeda!
Ayúdeme a desatarlo, por Dios.
Tranquilo, hijo.
Ojeda, tome cuantos hombres sean necesarios,
todos cuantos sean precisos,
y trate de dar rescate a esos hombres.
Clavijo, hijo, tranquilo.
Tranquilo, hijo, tranquilo.
Tranquilo.
Tranquilo, tranquilo.
Estaba claro, se les fue la mano con los indios.
Y, seguramente, también con las indias.
Almirante.
Debería ver esto.
Aquellos 38 hombres no debieron tener
la suficiente consideración con los nativos.
En lugar de quedarse como pasmarotes esperándonos,
se dieron al pillaje.
Las ansias por enriquecerse
les llevaron a cometer actos no propios de cristianos.
Y los indios, para apaciguar su interminable sed de oro,
se lo dieron de beber.
No me preguntéis qué hicimos para sacar el oro de ahí.
Creedme, hay cosas que es mejor que no sepáis.
(Disparo)
Voy a cargar.
¡Échale pólvora!
¡Échale pólvora!
-¡No, no, no!
-Bajad las armas y no os mováis.
Chist.
Tranquilos.
Aquí nadie va a matar a nadie.
¿A que no?
Acercadme el cofre.
Tranquilos, tranquilos, tranquilos.
Somos amigos, ¿eh?
Mirad las cosas tan bonitas que os ha traído papá.
Mira.
Os gusta esta porquería, ¿eh?
¿Quieres, gordito? Para ti.
Para ti.
De Alonso de Ojeda.
Cógelo. ¿Ves?
No pasa nada.
Eso, sonríe, gordito.
Sonríe, que lo mismo te encuentro un diente por aquí.
¿Te gustan los espejitos?
Toma, un espejito.
Que buena falta te hace.
¿No lo quieres?
Eres tú. Es para ti.
Tengo regalos para todos.
¿Eh?
Eh, tranquilos.
Muy tranquilos.
Ha llegado el jefe.
Tranquilos.
Así que tú eres el que manda aquí.
Mira, ven.
Pues estas pulseritas
son para el rey de los monos.
Son para ti, sí.
Hay que ponerlas así.
Mira qué bonitas.
Es un regalo de la reina.
¿Te gustan?
¿A que le sientan como un guante?
¿Están cargados esos arcabuces?
Pues ya estáis disparando.
(Disparos)
¿Quién es?
Este es uno que nos va a ayudar a reconstruir todo esto.
¿A que sí?
¿Ve, almirante? Dice que sí.
-Licencia, almirante.
Es Caonabó, el rey de los que asaltaron el fuerte,
El rey de los indios que nos mataron.
Dadle agua.
Seis de nuestras naves parten hoy de regreso a España.
Metedlo en una de ellas y que sea presentado ante la reina.
-Ha matado a muchos de los nuestros, almirante.
¿Es que no le va a dar tormento?
No.
No nos corresponde a nosotros juzgar sus actos.
Metedlo en una nave.
El almirante siempre decía que Dios
le había otorgado las llaves del mar a él.
Que no se las había querido dar a otro.
Donde los demás veían patos
él veía aves sin miedo a cruzar el mar.
Si ellos eran capaces de encontrar
lugares donde posarse en esa dirección, ¿por qué no él?
Donde los demás veían agua salada él descifraba mareas.
Y mientras los demás se protegían del viento,
él lo incluía en sus mapas.
Siempre vivió el almirante cerca del mar.
Siempre tuvo ese mismo olor a sal.
Nueve años vivió en la isla de Madeira.
El lugar más alejado de la costa
que los europeos se habían atrevido a poblar.
Había navegado varias veces la costa africana
hasta las Guineas.
Desde allí, a lomos de un pesquero vasco, persiguió ballenas
hasta la tierra que dicen de Islandia.
Hay quien dice que fue allí donde escuchó
por vez primera hablar de una tierra aún sin nombre
que empezaba al oeste, al otro lado del océano.
Ya sabéis para qué estamos aquí, ¿verdad?
Ya sabéis de nuestra infinita codicia.
¿Te has confesado, hijo?
Será mejor que no lo confiese todo.
Cuando nos fuimos, estábamos en paz con los salvajes.
Pero a este atajo de imbéciles les ha podido la codicia.
Han dado un buen vaivén.
Te han dejado el morro fino.
Tú eres el que ha cazado al desgraciado que me ha hecho esto.
Clavijo.
Aún no.
Pero te aseguro que los voy a mandar al infierno a todos.
Ojeda.
Y allí se quedó clavijo.
A los cinco minutos, se cansó de esperar y se murió sonriendo.
Tenía 24 años.
A este ya me lo llevo yo.
Hablad.
Decidme qué nuevas traéis.
¿Sabes a cuántos ha matado esta,...
mi mano derecha?
Sin embargo, mi mano izquierda...
nunca ha matado a nadie.
¿Entonces, a quién acusáis,
a mi mano derecha...
O a mi mano izquierda?
-¡Capitán Alonso de Ojeda!
-Su valor le precede, alteza.
La toma de Granada, en el asalto a la fortaleza mora,
fue él quien abrió las puertas.
Se internó durante la noche... Conozco la hazaña.
Es un hombre valiente.
Informadle de que partirá con el almirante Cristóbal Colón
en su retorno a las Indias.
Y que lo hará con rango de capitán.
Nos enfrentamos a algo desconocido.
Algo nuevo.
Y no podemos depositar el futuro de nuestros reinos
en las manos de un genovés.
Decidle que mi confianza en el almirante Colón es completa.
Y que, por tanto, no le quite los ojos de encima.
Tratándose de un hombre tan despierto como decís,
estoy convencida de que comprenderá estas palabras.
Pero ruego que, llegado el caso,
utilicéis vos las que creáis convenientes.
Alteza.
Una cosa más.
Hacedle saber que siento sincera admiración
por su persona.
Que estoy al tanto de sus proezas
y que soy conocedora de su inestimable servicio a la corona.
Hacedle saber también que no me gusta que me defrauden.
Borra esa estúpida sonrisa de tu cara
y sal de aquí.
Eh, venid, guardad estas provisiones.
Más de un mes dedicamos a reconstruir el fuerte.
Dos, a aposentar a todos los hombres y bestias.
Seis, a explorar todo el contorno de esta isla.
Y más aún tardamos en encontrar un río
al que ordeñarle cuatro migajas de oro.
Todos los que creímos vernos hechos duques al llegar a las Indias
pronto nos vimos espantando mosquitos
y con la camisa hecha jirones.
Las Indias rebosantes de riquezas
o no eran aquellas en las que nos hallábamos
o no era más que una fábula para engatusar a pordioseros.
El almirante pasaba los días
tratando de demostrar que aquello era un paraíso
próximo a las tierras del Gran Khan
en lugar de un maldito barrizal.
Y si alguno osaba maldecir aquella isla
y llegaba a sus oídos, le hacía castigar.
10 latigazos por llamarla isla.
Y 10, por blasfemar.
Al tiempo, empezaron a enviarse naves de regreso a España
con la intención de que retornaran cargadas de víveres,
vino y hombres de refresco.
Todo menos el salario que hacía un año que no cobrábamos.
No sé cómo, pero juraría que los indios
sabían lo que Ojeda le había hecho a su rey.
Ellos lo saben todo.
Anacaona, su joven viuda,
se había convertido en la reina de los salvajes de esta isla.
Cada día eran más las tribus que se arrimaban a su causa.
Y cada vez eran más los guerreros
que cubrían su piel con pintura de guerra.
Pocos eran ya los que nos tenían por dioses.
Y muchos, los que nos veían como invasores.
Alto.
Formad.
He dicho formad.
Consiste en colocarse uno al lado del otro.
Cantad algo.
(CANTAN)
(HACE PIS)
Callad.
Cantad.
# Apuntando al cielo.
# Nunca temeré
# si va en columna el tercio. #
Callad.
Cantad.
# Reponiendo citas a caballo.
# Enfrentando a buques.
# Con el alma unida por el mismo... #
Callad.
Cantad.
# Con la misma sangre
# protegiendo el reino. #
(SIGUEN CANTANDO)
¿Quién ha hecho esto?
Ojeda.
No había nada que arredrara a ese hijo de puta.
Ni empresa que no se atreviera a acometer.
Hubo una vez que derrotara a mil indígenas
contando él tan solo con 50 de sus hombres.
Leyendas exageradas, diréis. Y yo os digo que no.
Que no llegábamos a 40.
El demonio de los ojos azules tenía dos cabezas.
La de una bestia entrenada para matar
y la de una bestia.
Casi tres años duró aquel viaje.
El segundo del almirante a las Indias por él descubiertas.
Esta vez no hubo ceremonias ni bautizos.
Que los 200 esclavos que se hacinaban en los barcos
a buen seguro no serían del agrado de Dios.
Los diarios del almirante hablaban de nuevas islas.
Todas ellas, prósperas y ricas.
Una de ellas estaría poblada por gigantes.
O eso creyó entender el almirante a los indios.
Otra, por las temibles amazonas.
Mujeres guerreras que, una vez al año, se apareaban con hombres
para solo tomar cuenta de las niñas que nacieran.
Sus relatos incluían tribus caníbales y sirenas.
¿Sirenas? Dos sirenas.
Pero no hacían mención al oro que tantas veces prometió.
Ni a la nueva ruta marítima hacia las indias.
Esa que habría de convertir a Castilla
en la más poderosa de las naciones cristianas.
Los informes del almirante no hablaban de las pestes y males
que aquejaban a los soldados españoles.
Ni del trato cruel que dispensábamos a los indios.
Puede que las Indias estuvieran lejos,
pero Isabel no era de las que se echan siestas en el trono.
El papa Alejandro VI no permitiría
que sus dos hijos predilectos riñesen.
Así que, en virtud de su autoridad
como lugarteniente de Cristo en la Tierra,
tomó el globo terráqueo
y, como si de una manzana se tratase, lo partió en dos.
Todos los países descubiertos o aún por descubrir
que se encuentren al oeste,
para su amada hija España.
Y los que se encuentren al este,
para su adorado vástago Portugal.
La enorme América, para la pequeña España.
Y toda la India, para la diminuta Portugal.
Los dos críos, contentos con la herencia.
El rey de Francia exige la carta...
-Responded vos, mi señora.
¿Por qué muestra vuestro rey tal indignación al ser engañado?
¿Por qué esta vez y no las 10 veces que lo hemos hecho antes?
Dos años más tarde,
durante el tercero de sus viajes por la nueva ruta hacia las Indias,
el gran almirante de la mar océana
y virrey de todas las tierras por él descubiertas
se convertía en el primero en alcanzar tierra firme.
El primero en plantarse ante el nuevo mundo.
Hay hombres que están destinados a descubrir.
Aunque ellos no lo quieran.
(Música)
Dos indios urabá acercaron su canoa hacia las embarcaciones.
A modo de bienvenida, el almirante hizo que tres hombres
entonasen melodías castellanas
y obligó a los marineros a bailotear por cubierta.
Creedme que fue tal como os lo cuento.
Tanto había forzado sus ojos oteando horizontes
que estos ya no le dejaban ver.
Y tamto había exigido a sus huesos
que estos le exigieron cojear a él.
Había perdido el juicio.
¡Danzad, malditos!
¡Dadle fuerte!
Seguía convencido de que aquello eran las Indias
y que estaba en Asia, cerca de los dominios del Gran Khan,
en el Japón.
Y no permitía que nadie osase contradecirle.
¡Más fuerte!
¡Más fuerte!
Donde todos veían un nuevo continente
él seguía viendo islas.
Aseguraba en su desvarío que eso no era sino el edén
en el que nacieron Adán y Eva.
Un paraíso al que solo se le permitía la entrada
a aquel tocado por la mano de Dios.
Bailad para nuestros amigos.
Solo él.
Pero si el almirante había perdido la sesera,
los frailes de Santo Domingo, la nueva capital de La Española,
no le andaban muy a la zaga.
A los perplejos indios les cantaban letanías
y misas en latín.
Y si tras haber escuchado un sinfín de Padre Nuestros
uno de ellos lo repetía como un loro,
los misioneros derramaban un jarro de agua sobre su cabeza.
Hala, ya está. Un nuevo cristiano.
Enhorabuena, hijo, ya puedes empezar a pagar tributos.
Colgadas del cuello,
en lugar de cruces, les pusieron placas de latón.
Que los indios se parecen demasiado unos a otros
y no había otro medio de saber quién había pagado y quién no.
Malo era llevar una placa de latón como la llevan nuestros perros.
Pero aún peor era que te la quitasen.
En ausencia del almirante, Bartolomé Colón gobernaba la isla.
(Disparo)
Un tipo violento y cruel
que no logró heredar ni una sola de las virtudes de su hermano.
Eso de administrar colonias debía de parecerle demasiado aburrido.
Así que, para mantenerse entretenido,
no tuvo mejor idea que organizar batidas de indios.
Imaginad el resultado.
Los indios volvieron a pintar sus cuerpos para la guerra.
No todos se dejaban matar.
No todos cantaban Padre Nuestros.
Anacaona, seguro que no.
La hermosa viuda destruyó todas las imágenes,
prendió fuego a la capilla
y redujo a cenizas hasta el último vestigio
de la pequeña casa de Dios.
Robo, sacrilegio, profanación, herejía.
La lista de acusaciones no acababa nunca.
Bartolomé Colón permitió que los culpables,
tanto si habían sido ellos como si no,
fueran conducidos a un tribunal.
Se les interrogó en español,
lengua que ellos no comprendían.
Y se les condenó a morir en la hoguera.
Esta y muchas otras desgracias acaecidas en La Española
no tardaron en llegar a oídos de la reina.
Las nuevas posesiones de la corona
cada día se parecían menos
al paraíso descrito por el almirante.
El tarado de su hermano ya había hecho enfurecer bastante
a los frailes, a los soldados, a los comerciantes y a los indios.
Nadie era feliz en la España del otro lado del mundo.
No es de extrañar que el almirante,
como responsable directo de los actos de su hermano,
fuese engrilletado y trasladado a España
para ser allí juzgado.
¡Vámonos!
-¡Venga, bicho!
-¡Vamos, bicho!
-¡Venga, bicho, vamos!
-¡Una sonrisa!
-¡Vamos, bicho!
-¿Por quién has apostado, maestre?
Por ninguno de los dos.
Las apuestas no están permitidas a bordo, capitán.
Alguien tenía que comprobar si lo que Colón había descubierto
efectivamente, eran islas de Asia
o si, como sospechaban, se trataba de algo mucho más grande.
¡Venga, bicho!
¿Y quiénes mejor para comprobarlo
que Juan de la Cosa, el mejor cartógrafo de la corona,
y Alonso de Ojeda, el mejor soldado?
Con dos carabelas y un puñado de soldados,
cruzaron de nuevo el océano.
Y esta vez, no se detendrían en La Española.
Esta vez, navegarían más allá.
¡Aaaah!
-¡Aaaaa!
¡No sabéis apostar!
¡Ta, ta, ta!
-No, capitano.
Vencer con deshonor no es vencer.
-Perder con honor es perder.
Usurero mierda.
¿Usurero?
Usurero es poco para ese farsante.
Logró alistarse en ese viaje como marchante de perlas.
Traficante, en mi idioma.
Tan poco sabía de navegar
que le costaba distinguir la proa del retrete.
Y si vuestras mercedes adivinan su nombre,
os regalo un continente entero
para que le pongáis el nombre que os plazca.
Ese, Américo Vespucio.
El más grande de los mentirosos.
Ven aquí.
Como te tragues una, te la saco de las tripas.
Mueve la lengua.
Mueve la lengua.
Y tú, usurero, ya pueden salirte bien las cuentas,
que como falte una te pongo en remojo hasta que aparezca.
La ruta escogida por Juan de la Cosa no podía fallar.
El 15 de junio de 1498, aquel mismo continente
descubierto por el almirante
apareció delante de sus narices.
Dedicaron semanas a dibujar las costas del nuevo mundo.
E inventando nombres
para sus ríos y sus playas.
La isla de la Martinica.
El río Orinoco.
El cabo de La Vela.
Venezuela.
En verdad, parecía una pequeña Venecia.
Los confines del mundo se hacían más y más grandes.
Mucho más grandes de lo que nadie había llegado a sospechar.
Tan solo un año antes, un italiano, Giovanni Gaboto,
plantaba una enorme bandera inglesa en las tierras de Terranova.
Ese mismo año, Vicente Yáñez Pinzón,
el menor de los hermanos,
se convertía en el primer marino
en perder de vista la Estrella Polar
y cruzar al hemisferio sur
poco antes de toparse con las tierras del Brasil.
Juan de la Cosa presentó su mapa a la reina.
El primero en el que se dibujaban las costas del nuevo mundo.
El primero que incluía todo lo que todos los marineros
habían descubierto hasta la fecha.
El nuevo mundo lo pintó de verde, del mismo verde de la selva.
Al viejo mundo lo dejó en gris.
Que no había día que no perdiera color.
Y, por encima de todos ellos, la estampa de San Cristóbal.
Pues sin su protección, ninguno habría descubierto nada.
En cuanto a Ojeda,
en fin, Ojeda era Ojeda.
Cuando llegó al puerto de Cádiz,
se le olvidó declarar algunas cosillas.
Nada grave.
300 indios que llevaba en las bodegas y algunas perlas.
Ojeda era Ojeda.
Todos sabíamos que no pasaría mucho tiempo en prisión.
El libro de Vespucio no llenaba 30 páginas mal escritas.
Espacio suficiente para que el traficante de perlas
traficara también con palabras
y le permitiera hacerse con el botín de la inmortalidad.
Manipuló las fechas,
colocándose él mismo al frente de expediciones inventadas
y llegando frente a un nuevo continente
mucho antes de que otros lo hicieran.
Salvaba tripulaciones,
gozaba del amor de las mujeres indígenas
y plantaba cara a los caníbales.
Inventaba con la misma rapidez con que olvidaba.
Pues se olvidó de Juan de la Cosa, se olvidó de Ojeda.
Se olvidó mencionar a cualquier otro que no fuera él.
Los escritos del gran mentiroso recorrieron Europa.
Y los nuevos mapas del mundo
ya incluían un nombre para este nuevo continente:
el hombre del usurero que lo descubrió.
Almirante, ¿queréis agua?
No, gracias.
¿Algo para comer?
Ya solo queda un día para llegar a tierra.
Tres.
¿Cómo dice?
Quedan tres días para llegar a España.
No hubo forma de quitarle las cadenas.
Cruzó el mar preso y preso se presentó ante la reina.
Isabel no se enojó.
Ya estaba enferma.
Almirante.
Mi reina.
Almirante, mi buen Cristóbal.
Habéis engordado.
¿Qué pecados cometieron?
Querrá decir qué pecados no cometieron.
Este indulto deja en libertad a todo malhechor
excepto a los acusados de herejía,
incendio, falsificación de moneda y sodomía.
Al resto los convierte en marineros.
Y esta escoria
es la que ha de dirigir todas sus atenciones
a la conversión de los indios a la fe cristiana.
Que Dios nos bendiga a todos.
Hay más, almirante.
Un funcionario, un hombre de la reina quiere verle.
¿Qué desea?
Exige, en nombre de la Corona de Castilla,
que antes de zarpar, se le haga entrega
de todas las cuentas detalladas de cada una de las adquisiciones.
Una factura.
Decidle que si viene a alistarse,
ya no nos quedan cadenas.
No soltéis a estos desgraciados
hasta que nos encontremos en mar abierto.
Ha de ser un hombre justo, obediente
y temeroso de Dios.
¿Existe hombre de tal calado?
-Alonso de Ojeda.
¡Vamos!
Son cerca de 300 leguas.
Puede hacerse en dos días.
Una vez en Cuba, acudid al gobernador.
He de advertiros que no es hombre amigo de nuestra causa.
América no existe.
(LADRA)
Vas a tener que sacarnos de aquí.
Es una siete pasos.
-¡No quiero morir!
¡Ojeda!
¡Púdrete en el fondo del mar, maldito cabrón!
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