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un joven fraile regresaba a España.
No uno de los que recita el misal con desgana,
uno de los de verdad,
de los que incordian.
Su padre había sido marinero con el almirante Colón
en la segunda de sus travesías,
él en la tercera.
Bartolomé de las Casas,
así se llamaba el fraile
al que ninguno queríamos escuchar...
por si nos nombraba.
"Incorporad a los indios a la Corona,
como buenos y vasallos libres que son".
Esa fue la premisa que la reina Isabel,
Dios la tenga en su gloria, nos encomendó.
"Que estos indios no sean privados de sus bienes ni de su libertad,
que sean llamados a nuestra fe
a través de la predicación y del buen ejemplo".
Seis años he servido como fraile en las Indias, hermanos.
Nunca imaginé que vería derramar tan inmensa copia de sangre humana.
Nada más desembarcar en las nuevas tierras,
los infantes españoles
entran en los pueblos como perros rabiosos
y no dejan ni viejos ni niños ni mujeres preñadas o paridas
a las que no desbarriguen y hagan pedazos.
Estos, mis ojos,
han presenciado cómo hacen apuestas acerca de quien,
de una sola cuchillada, les rebana la cabeza.
De 13 en 13,
haciendo macabro honor a Nuestro Redentor
y a sus 12 apóstoles,
les ponen leña y fuego, y los asan vivos.
Tomando a las criaturas
de las tetas de sus madres por las piernas,
las descabezan a golpes sobre las piedras.
Creedme, hermanos,
si os digo que cuando estos soldados
necesitan grasa para untar sus monturas,
no utilizan las de otros animales.
A los jefes de estas buenas gentes,
comúnmente se les mata de otra manera:
se hacen unas parrillas de varas sobre hogueras,
se les ata a ellas y se les cocina a fuego lento,
para que poco a poco,
entre alaridos, se les salgan las ánimas.
Una vez
en que los gritos de un cacique impedían el sueño de un capitán,
este mandó que lo ahogasen.
Su alguacil,
que era peor verdugo que él,
atizó el fuego.
Le metió un trapo en la boca
para que no despertase el buen sueño de su capitán.
Conozco a tal alguacil,
he estado en su casa, en Sevilla,
con su familia,
he comulgado a su madre.
Decidme, hermanos,
de ver tratar a alguien así a un cerdo,
¿acaso no le detendríamos?
Así es como día a día,
aldea tras aldea,
destruimos a toda su generación.
-¿Son verdades las que cuenta ese fraile?
Todos ellos muertos.
Hombres, mujeres y niños.
La quinta parte de todo cuanto se robaba en América
pertenecía al rey de España.
Balboa fue uno de los pocos que hizo bien las cuentas.
Envió la quinta parte...
y una piña.
La primera piña que cruzó el océano.
Pero el rey Fernando no era de esos que se conforman
con una quinta parte de ningún botín,
y por supuesto, la piña le pareció poco.
Desde la corte,
antes que un manantial de riquezas,
ya se empezaba a ver Las Indias
como un surtidor de interminables conflictos.
Se contaban por cientos los escándalos de españoles
peleando contra españoles,
de horcas levantadas para colgar indios
y la fama de aquel polizón rebelde
se extendía como las telarañas en las piedras de palacio.
Ningún rey cristiano pisó jamás Las Indias.
Ningún rey europeo sabía
qué demonios pasaba en la otra cara del mundo.
Aconsejado por sus siempre prudentes consejeros,
su majestad designó un nuevo gobernador
para todas las tierras por Balboa conquistadas,
Pedro Arias de Ávila,
bendito hijo de puta.
¿De dónde vienes, hijo?
-De Cuenca, mi señor.
-Estando en batalla, recibes dos órdenes:
la primera te la da tu capitán, y te pide que avances.
La segunda, te la doy yo mismo, y te exijo que retrocedas.
¿Qué harás?"
-Obedecer, señor.
¡Obedecer a ambos!
-Es un orgullo contar con capitanes como vos, don Pedro.
Tantos motes había acumulado don Pedro
en sus 45 años de servicio
que ya nadie era capaz de recordar su verdadero nombre.
Es tal el pavor que causaban sus continuos ataques de ira
que por la espalda, le conocían como “furor domini":
la ira de Dios.
Cuando estaba enfadado, que era siempre,
hablaba tan rápido
que las palabras se le montaban unas encima de otras
y nadie lograba averiguar
qué era lo que le había hecho irritar.
De ahí que sus hombres, a escondidas,
le pusieran el sobrenombre con el que pasará a la Historia:
Pedrarias Dávila,
bendito hijo de puta.
Si el rey necesitaba a alguien
capaz de pararle los pies a Balboa,
ese era Pedrarias.
Gallitos de muchos más espolones había domado él...
y sin que llegasen a soltar un triste quiquiriquí.
Cuentan, y mis ojos lo han visto,
que fuese donde fuese Pedrarias
y para acostumbrarse a eso de la muerte,
se hacía acompañar de su propio ataúd.
Recién nombrado gobernador y acompañado de su mujer,
su ataúd y más de 1500 varones de conquista,
desembarcó en Veragua.
Organizó una recepción
para darse a sí mismo la bienvenida al nuevo mundo,
y a ella invitó a los más ilustres hombres
de aquella conquista.
Vasco Núñez de Balboa se quitó el traje de polizón
y no le fue fácil hacerse con uno de conquistador.
Más le costó al capitán Pizarro quitarse la coraza
y encontrar algo donde le cupiera el pecho.
Todos comían y bebían, esforzándose por sonreír,
y porque, detrás de un eructo,
no se les escapara algunas de muchas envidias
y rencores que traían dentro.
Nadie tenía muy claro quién mandaba en Veragua,
si Pedrarias,
el hombre al que la Corona había encomendado poner orden,
o Balboa,
el único a quien admiraban los soldados.
No se lo pueden ni imaginar.
Fue entonces cuando Isabel me dijo:
"Nos unimos de por vida para estar juntos, no separados".
"Pedro", me dijo,
"Prefiero morir ahogada o devorada por los caníbales
que soportar en España esperando tu regreso
o guardando tu luto.
Escoge,
o me cortas el cuello con tu espada
o me llevas contigo al nuevo continente".
En ese momento supe que nunca nos separaríamos.
-Permítame presentarle mis respetos,
señor Balboa.
Hernando de Soto, a su entera disposición.
Extremeño, de la misma Marca, como ustedes.
-Este es el capitán... -El capitán Francisco Pizarro.
Es un honor.
¿Desean algo de beber?
-Eres famoso, Pizarro.
-Por cierto, te sienta muy bien ese color.
Deberías vestirlo más.
Hace juego con tu sonrisa.
-¿Es tan bella como dicen?
-¿Bella, decís?
Anauyansi es bellísima.
La más bella de las princesas de esta selva.
-¿Y ella está aquí, ahora, en la ciudad?
-Sí, está aquí en Veragua.
O eso dicen.
Nunca nadie la vio salir de los aposentos del capitán.
-Cuentan que ese enorme perro custodia su puerta, ¿es cierto?
-¡Queridísimos amigos!
Como cada año, en esta tan señalada fecha,
nuestro anfitrión,
el excelentísimo gobernador Pedro Arias de Ávila,
al que sabemos que muchos llamáis “el resucitado"...
celebrará la efeméride de su resurrección.
Gobernador, por favor.
Hónrenos.
-Está bien, está bien, amigos...
Está bien.
Fue hace tantísimo tiempo...
Ya casi ni lo recuerdo.
-Corría el año 1509 de la era de Jesucristo,
hacedor de todas las cosas.
La plaza de Orán,
una de las más fuertemente defendidas
por los sarracenos enemigos de nuestro Señor,
tras cruenta batalla,
había sido tomada y devuelta a los cauces de la Cristiandad.
-Que Dios le bendiga.
-Aun así,
no había alegría en nuestros valerosos soldados...
Pedro Arias de Ávila, su amado coronel,
la mano derecha de Fernando de Aragón,
cuya valentía le había llevado
a ser el primero en alcanzar lo alto de aquellas murallas,
fue malherido por una lanza traicionera.
Lloraban sus hombres sin consuelo,
lloraba su fiel familia,
su rey...
y su reina.
¡Esperad!
¡Esperad!
¿Es posible que Dios en su eterna misericordia
haya tenido a bien devolver la vida a nuestro coronel?
-(TODOS) ¡Oh!
-¡Milagro! ¡Brindemos!
¡Brindemos por "el resucitado"!
-Milagro sería que no se hubiera levantado,
el malnacido.
-¡Brindemos!
¡Brindemos por el resucitado!
-¡Por Balboa! ¡Descubridor de la mar del sur!
¡Balboa, brinde conmigo!
-(TODOS) ¡Por Balboa!
-Salud, señores.
¿Conoce este juego, capitán?
Cada jugador ha de ordenar su ejército
y posicionar sus tropas con sensatez.
La caballería, los arqueros, los infantes.
Ambos parten en igualdad de fuerzas.
Trate de observar cómo son los movimientos que hago
y vaya familiarizándose con ellos.
Fíjese, que así aprenderá antes.
Su majestad, Don Fernando,
me ha dado el cargo de gobernador de estas tierras.
Quiere que alguien de su entera confianza
sea quien las haga prosperar.
Con justicia, con firmeza...
y con lealtad.
Al mismo tiempo, es su deseo que vos, Balboa,
siga asumiendo sus funciones como adelantado de la corona.
Igualdad.
Tablas.
Yo ya he dispuesto todo
para que la paz entre usted y yo gobierne en Veragua.
Me he ocupado de sus deudas, señor Balboa.
He abonado por usted la indemnización que le corresponde
al bachiller Enciso.
Ser apartado del mando por un porquero...
no es algo que guste a ningún hombre de bien.
Usted ya me entiende.
No, no me agradezca este gesto, por favor.
No será necesario, no.
Quedará en casa,
saldaremos esa deuda y todo quedará entre nosotros.
Será lo mejor.
Preste atención a este movimiento.
Vea cómo de esta forma protejo a mi rey.
Vamos a ser buenos amigos, señor Balboa.
Ya lo verá.
Mi esposa,
que es mujer virtuosa y sabe de buenos consejos,
ha logrado convencerme
de que usted llegará a ser un buen marido para María,
la mayor de mis hijas.
Dios no le otorgó la belleza de su madre,
es cierto.
Pero es una buena muchacha.
No es india.
María no tiene pulgas.
Ella quedó en España, no le agradan estos climas,
y no será ese un impedimento.
Tampoco es necesario conocer a una mujer
para casarse con ella.
He bendecido esta unión
y ya he dispuesto
que se manden por carta todos los poderes.
Espero que limpie pronto su alcoba, señor Balboa.
-¿Y para eso ha venido al otro lado del mundo,
para limpiar mi alcoba?
-He venido a administrar los asuntos de nuestro rey,
Dios lo guarde,
los asuntos de mi amada hija,
y a enseñarle a usted a jugar al ajedrez.
-Me va a costar aprender un juego
que consiste tan solo en dejarse vencer.
A las Indias llegaban solo tres tipos de hombres:
enfermos, locos o monstruos.
Los tres con la misma intención, ganarse la gloria a cuchilladas.
Con la llegada de Pedrarias, además de monstruos,
llegó la carcomida España de los jueces y los clérigos
que imponían leyes sobre las mismas piedras
que antes tuvieron tatuados soles
Por gentileza de cuatro escribanos
que jamás habían pisado estas tierras,
se hizo obligatorio la lectura de un requerimiento real.
Tras su lectura, los indios deberían asentir,
consintiendo cada una de sus cláusulas,
si querían ser tratados
como discípulos de la corona española
y de la Santa Sede de Roma.
Pero los indios no entendían nada.
Ni una sola de aquellas palabras.
El documento era tan extenso
que pocos llegaron a escuchar las últimas frases.
Y no hubo uno solo que llegara a asentir.
(Tiro)
¿Quién ha sido el grandísimo hijo de puta?
Por el amor de Dios, ¡una niña!
¿Quién ha sido el desgraciado?
¿Es que no tenéis hijas?
¿Qué pensabais?
¿Dejarla ahí?
¿Abandonada y sola,
a merced de las alimañas,
como si fuese carroña?
Que Dios se apiade...
¡Desvergonzados sin alma!
Buenas noches, caballeros.
Capitán Pizarro...
¿Dispuestos a otra ronda?
-Vuélvete a la cama, muchacho,
que como venga tu madre,
te va a poner el culo como una estera.
-Tengo entendido que parten ustedes mañana hacia la selva del Darién.
Sería un honor poder acompañarles.
Con licencia, capitán.
El día que partí para las Indias,
mis primas me hicieron prometer que a mi vuelta,
les hablaría de lo apuesto que es el capitán Pizarro.
Será un honor regresar a casa
y, sin faltar a la verdad,
decir que compartí una jarra con los veteranos de Balboa.
Y a mis primas...
pues habré de mentirles.
-Hijo, hazle caso.
Vuélvete a la cama.
La selva no está hecha para príncipes,
y tú tienes que ser pariente de media corte.
-Tengo parientes en la corte, sí.
Pero prefiero andar con diablos fuertes
que con príncipes delicados.
-¿Quién te habló de nosotros?
-¿Que quién me habló de vosotros?
No se habla de otra cosa en toda España.
Sois...
sois héroes.
Todos conocen vuestras gestas.
De cómo Balboa y sus 70 hombres
sometieron a más de 20 naciones indias,
de cómo atravesaron las selvas del Darién
y conquistaron los mares del sur.
Dicen que a cada uno de vosotros
os espera una bella princesa india en lo más profundo de esas selvas.
Todos conocen vuestros nombres.
De vos, capitán, se cuenta que allá en Extremadura,
fuisteis amamantado por una cerda,
y que una vez en las Indias, nadie os superó en destreza.
Que varias veces salvasteis la vida de Alonso de Ojeda.
Se os tiene por hombres brutales,
acostumbrados a la intemperie y al hambre,
y ricos, inmensamente ricos...
Tanto hidalgos como labriegos venden tierras y herencias
y hacen lo imposible por embarcar en una de esas naves
que viene hacia las Indias.
Y todos sueñan con lo mismo,
todos quieren ser Vasco Núñez de Balboa.
-A mí no me amamantó ninguna cerda.
-Pizarro criaba cerdos.
Tan cierto como que Guerrero los robaba.
Y ya sabemos lo que le hacen en España
a un ganapán que roba cerdos, ¿no?
Detrás de cada puta andaba Gurpegui allá en Sevilla.
Y yo...
yo me he pasado borracho más tiempo del que puedo recordar.
A mí nadie nunca me nombró capitán,
si acaso jefe de la tropa de rufianes.
(Risas)
Aquí ninguno tenemos una madre que sepa tocar el clavicordio.
Nuestra gesta no tiene nada de heroico.
Lo único que hicimos fue no dejarnos morir.
Conquistamos un océano para nuestro rey,
y si eso le parece poco,
volvemos a la selva y le traeremos un imperio.
Pero yo no pienso volver a España con las manos vacías.
Ni me voy a quedar aquí, donde nadie nos quiere bien.
Hazme caso, muchacho.
Hagamos lo que hagamos, siempre se nos tratará de rebeldes.
Y haz caso a estos veteranos...
vuélvete a la cama.
Señores...
mañana volvemos a la selva.
Si alguno quiere quedarse con Pedrarias,
este es un buen momento para decirlo.
Balboa...
no deberías tomarte la vida tan en serio.
Los de Balboa nos volvimos a la selva.
Creo que allí nos sentíamos más seguros.
Aquel condenado pagaba sus expediciones
con muchas y bonitas palabras,
y más de uno nos arruinamos por escucharle.
Cada vez pasaba más tiempo con los indios.
Fueron ellos quienes le hablaron del Birú,
del Perú, o cómo demonios se diga,
un lugar en el que las pepitas de oro
son grandes como las naranjas de Valencia
y se pescan con red en los ríos.
Se le había metido en la cabeza que alcanzaríamos ese reino
y nadie lograría sacársela de ahí.
No estaba dispuesto a pasar a la Historia
como un polizón borracho.
O terminábamos ahorcados como rebeldes
o vestidos con brocados de oro.
Los indios kuna volvieron a acogernos en sus cuevas,
llegamos a tiempo para asistir al funeral de Pankiak.
(CANTA EN INDIO)
-Le está contando al diablo quién fue Pankiak, hijo de Comagre.
Su vida...
y su muerte.
Le está hablando de los españoles.
Le habla de ti.
-Gonzalo,
recuerda que eres un soldado castellano.
-(HABLA EN INDIO)
No conocí a Balboa.
Nunca llegué a tenerle cerca.
Pero sí conocí a uno de los hermanos
de la india Anauyansi...
un cacique que anduvo la mitad de su vida
peleando a favor de los de Balboa,
y la otra media huyendo de los arcabuces de Pedrarias.
Cuando lo atraparon, atado a un palo antes de arder,
un hermano franciscano
decíale ciertas cosas de Dios y de nuestra fe...
Le decía que, de creer en todo aquello,
iría al cielo,
donde hallaría gloria y eterno descanso,
y si no,
que había de ir al infierno y padecer perpetuos tormentos.
Él, pensando un poco,
preguntó al religioso si iban los cristianos al cielo.
Le dijo que sí, pero que solo iban los buenos.
Y el cacique, sin más pensar, le pidió ir al infierno.
No quería volver a encontrarse con nosotros...
Ni con los buenos ni con los malos.
Esta es la fama que Dios y nuestra fe
han ganado con los cristianos que han ido a las Indias.
-¡Ya basta!
El rey...
Nuestro Señor...
Fernando de Castilla y Aragón...
El rey ha muerto.
El 23 de enero de 1516,
ese fue el día escogido por nuestro bien amado rey
para pasar a mejor vida.
Algo que se me antoja difícil,
pues no debió vivir del todo mal el más católico de los monarcas.
Tras la muerte de la reina Isabel,
contrajo nupcias con Germana de Foix,
una hermosa moza de 18 primaveras,
a la que, tras no pocos intentos, y a sus 53 años de edad,
no acertaba a encintar.
De todos los afrodisíacos que le recetaron,
el más potente de todos,
el que contenía testículos de toro bravo
y una bicha triturada llamada cantárida,
fue el que lo mató.
Para conmemorar tanta muerte, esa misma semana,
una pandemia de viruela
acababa con nueve de cada de diez de los pocos indios
que aún correteaban por la isla de la Española.
La selva es la misma para todos.
Cuando sus ríos se desbordan, se pega a la piel y ya no sale.
Por mucho que la rasques, ya no sale.
A Balboa no lo mató un rayo.
Lo mató su exceso de lealtad.
¡Pizarro!
¿Por fin os decidís a disfrutar del clima del mar del sur?
Me alegro de verte, amigo,
no sabes cuánto.
-¿Dónde tienes a tu india?
-Se esfumó.
Desapareció en la jungla.
Y no la culpo.
Soy un hombre casado.
-Tu suegro ya sabe de tus intenciones.
No permitirá que seas tú quien conquiste el Perú.
No te concederá más gloria.
-Ya...
Y te manda a ti.
-Vasco Núñez de Balboa, adelantado del mar del sur,
por orden del capitán general y adelantado de la corona
Pedro Arias de Ávila,
quedas arrestado con la acusación de falsa traición.
-¿Falsa traición?
-Tu flota ha sido confiscada.
Se acabó.
Acabemos de una vez con esta farsa, gobernador.
Usted no tiene autoridad para engrilletarme.
Mi único delito es ser leal a la Corona.
Es a ella, no a vos,
a quien corresponde el honor de enjuiciarme.
-¡Te traté como a un hijo!
¡Te traté como a un hijo y así me lo pagas!
¡Hijo de puta!
¡Lealtad al rey! ¡Libertad!
¡Fidelidad al rey! ¡Hijo de puta!
¡Lealtad a la corona!
-Te veré en el infierno, maldito tartaja.
Unos dirán que Balboa fue llorando hasta el patíbulo,
jurando y perjurando que no era un traidor
y que se le acusaba de mil mentiras.
Creedme...
No fue así.
Balboa era capaz de irse a la tumba sonriendo
antes que suplicarle nada a nadie.
Al fin y al cabo,
los valientes nunca se toman la vida muy en serio.
Otros dirán que Pedrarias
no tuvo el valor de asistir a la decapitación.
Que se escondió tras un tablón para tapar su vergüenza.
Y creedme...
Tampoco fue así.
Ese hijo de puta
no se lo perdería por nada del mundo.
Lo que sí es cierto
es que la cabeza del descubridor del océano del sur,
el mayor descubrimiento
desde la llegada de Colón al nuevo mundo,
pasó más de cuatro días clavada en una pica.
Y que Pedrarias conservó su cráneo.
Encargó que lo hirvieran
y con él le labraran un candil con el que iluminar su paso
cuando descendiera por las escaleras
que conducen al mismo infierno.
Nadie sabe qué fue de Anauyansi.
Y en cuanto a Leoncillo, el perro de Balboa...
dicen que nadie fue capaz de quitarle aquel collar de oro,
ni siquiera Pizarro.
Hay leyendas
en las que no quiero dejar de creer.
(HABLA EN ÁRABE)
-Abu ben Sayf dice que es un privilegio servir
a los hombres del rey.
Vuestra visita honra nuestra casa.
Cuerno del unicornio.
Posee ciertas virtudes.
Azúcar.
Es tan dulce que el emperador Carlos,
Dios le aguarde,
no tendrá a bien probar otro postre.
-No es el azúcar lo que nos trae hasta aquí,
viejo amigo.
-Pimienta negra.
Lo poco que cabe en la punta de este cuchillo
convierte la cocina más insípida en cena de príncipes.
-Y su precio es también acorde
a lo que solo un príncipe puede pagar.
-Esta pimienta negra viene de la India.
Ha atravesado tres mares y tres desiertos.
Ha pasado por 12 manos distintas.
Y cada una de ellas ha aumentado cuatro veces su precio.
Con este pequeño saquito
podréis comprar los dotes de una joven cortesana.
-Soy un hombre de Dios.
No codicio dote de ninguna cortesana.
-Los hombres de Dios también compran especies.
-¿De dónde sois, hijo?
-En otro tiempo fui cristiano.
Ahora sirvo a mi patrón y a Mahoma, el verdadero profeta.
-¿A cambio de comida o en contra de vuestra voluntad?
-A cambio de mejor comida.
-La vasija.
-(HABLA EN ÁRABE)
-Me importa poco lo que guardéis dentro.
Doblaré el valor de su precio en plata.
¿Qué te han ofrecido los portugueses por ella?
(HABLAN EN PORTUGUÉS)
¿Quién lo hizo?
(HABLA EN ÁRABE)
Una cosa más...
¿Cuánto queréis por el lenguas?
-(HABLA EN ÁRABE)
¿Qué haréis conmigo?
-Arrancarle los ojos por hereje, cortarle la lengua por deslenguado,
y ahorcarlo por traidor.
(Cantos)
(CANTA)
Ambos, el hombre y la mujer,
fueron adquiridos en Malaca.
Estas pinturas que adorna su anatomía
les marcan de por vida,
y no desaparecen una vez recibido el santo bautismo
ante los ojos de Dios.
A ella se le dio el nombre de Margarita,
y a él, el de Enrique.
Todos los de su especie tienen el rostro chato
por intenso sol de las Indias.
Ellos son más altos, más fuertes,
y más leales que aquellos esclavos que provienen de la Américas,
y ellas son más trabajadores y más serviciales.
-Don Fernando de Magallanes,
gentil hombre portugués
que ya más de una vez ha recorrido el Océano con gloria.
42 batallas,
siete años de servicio en la India y África,
cuatro naufragios.
No está mal para un portugués.
Y decís que vuestra intención
es sortear por mar el nuevo continente
y continuar viaje hasta las Indias.
-Así es, excelencia.
-¿Puede Don Fernando de Magallanes ilustrar a todos los aquí presentes
acerca de por qué debería la Corona española
patrocinar una expedición de tal envergadura?
-Con el debido respeto, señoría.
Yo puedo malgastar noches enteras hablando de las maravillas del mar
de la India con marineros y traficantes de cualquier taberna,
de cualquier puerto de la cristiandad.
Más me encuentro
ante el consejo real del emperador Carlos
y soy mal orador.
Nadie conoce mejor que sus señorías lo importante que es para España
hacerse con el dominio de aquellas islas.
No seré yo quien les falte al respeto
diciéndoles cómo.
-¿Y si no existe tal paso marítimo?
Otros lo intentaron antes y fracasaron.
-Ese paso existe.
Se encuentra al sur del Brasil.
Y afirmo, con rotundidad,
que puede llegarse al Este navegando hacia el Oeste.
Si nadie ha dado con él
es porque nadie ha navegado aún esas latitudes.
-Capitán Fernando de Magallanes.
¿Reconoce vos el lugar al que referencia ese mapa?
-Molucas...
Tindore...
Malabar, Ceylán...
Tendate, Banda...
-¿Sabe Manuel, vuestro rey, que os encontráis aquí?
-Así es.
-Capitán Fernando de Magallanes...
bienvenido a España.
Si continuamos nuestra ruta, puede ser mucho peor.
Cuanto más al sur vayamos, más frío encontraremos.
Tenemos visita.
¿Qué hacemos con él? ¿Lo apresamos?
¿Quién gana?
No quiero un solo desertor entre mis hombres.
Don Antonio Pigafetta.
Juan Sebastián Elcano.
Esta escuadra pertenece a la Corona de España.
Si corriera algún peligro,
es nuestro deber, por mandato del emperador Carlos,
protegerla.
Deje en paz al rey Carlos.
Tiene usted la misma idea de dónde nos dirigimos
que el día que salimos de Cádiz.
Ninguna.
¿Han cargado cañones? -Sí.
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