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Original subtitles

Pero lo cierto era que ni los perros

se le acercaban para olisquearle.

Nada más ver cómo se postraba ante ellos,

sus majestades, los Reyes Católicos,

le retiraron las cadenas y,...

no sé bien si por lástima o por quitárselo de encima,

le permitieron volver a hacerse a la mar.

Se decía por aquel entonces que Américo Vespucio

se había tropezado con un inmenso continente.

Uno que no era Asia.

El almirante no quería ni escucharlo.

Simplemente, no era verdad.

Para él, solo existía un continente,

el asiático, y debía llegar allí como fuese.

Si no, su vida no habría servido de nada.

Las personas obsesionadas tienen un ángel de la guarda

que se encarga de ocultarles siempre la verdad.

Tras navegar toda la costa central

de lo que para él seguía siendo la India,

las cuatro cáscaras de nuez que la Corona puso a su servicio

se fueron a pique.

Su expedición, la cuarta al otro lado del mar de las tinieblas,

hacía dos meses que había naufragado

frente a las playas de Jamaica.

Son cerca de 300 leguas.

Con esta mar en calma y esta brisa de suroeste,

puede hacerse en dos días.

Bartolomé.

Una vez en Cuba, acudid al gobernador.

He de advertiros que no es hombre amigo de nuestra causa.

Hacedle saber de los muchos peligros y penurias

a los que nos vemos enfrentados.

Y entregadle esta carta.

Está firmada por mi mano.

En ella, suplico que no demoren enviarnos socorro.

Almirante.

Me ha tocado la negra.

Sabed que si mi vista me lo permitiese,

no dejaría esta elección en manos del Todopoderoso.

Partid...

pronto.

Si malo era Jamaica, Cuba no era mucho mejor.

La sífilis, un inofensivo mal para los indios,

había adquirido una virulencia letal

al saltar a la sangre de los españoles.

La dolencia de los muchos pecados.

Por algo, la llamaríamos así.

Los soldados callábamos por vergüenza.

Acudíamos antes al confesor que a los doctores.

Y en poco tiempo, la epidemia ya habitaba en toda la isla.

El nuevo gobernador, Nicolás de Ovando,

acababa de fundar una nueva ciudad:

Santa María de la Verdadera Paz.

No, quizá no fuese el nombre más adecuado.

Allí no había paz ni en el cementerio.

Había dedicado más de medio año a apaciguar a los salvajes,

retorciéndoles las carnes con tenazas,

quemándolos sobre braseros y llenándoles la boca con plomo.

En pocos meses, había acabado hasta con el último lactante.

Y las pocas tribus que aún conservaban la libertad

no tenían más remedio que sentarse a negociar con su verdugo.

Maldita suerte tenía el cabrón.

En aquella reunión,

fue a encontrarse con la mismísima Anacaona.

(Gritos)

(Gritos)

Dos días habían tardado Diego Méndez y Flisco en llegar a tierra.

Habían cruzado las 300 millas de mar

que separan Jamaica de Cuba

y lo habían hecho a lomos de un cayuco.

No me creéis, ¿verdad?

A Nicolás de Ovando también le costó creerlo.

Lejos de emitir la orden de rescate inmediatamente,

el muy hijo de su madre prefirió esperar.

Tenía asuntos más importantes que atender.

¡Eh, aquí, somos españoles!

¡Ayuda!

-¡Socorro!

-¡El gobernador de las Indias, don Nicolás de Ovando,

se compadece del triste estado

en que se encuentra Cristóbal Colón y nuestros hermanos!

¡Traigo severas órdenes

de no desembarcar,

de no intercambiar palabras con nadie

y de no intercambiar mensaje alguno!

¡Tan solo, haceros entrega de este presente!

Vamos.

-¿Adónde vais?

-¡Eh!

¡Diablo!

Repártelo entre los hombres.

Los indios no vendrán.

Hernando, ven.

Siéntate.

Ayuda a tu padre.

Coge el calendario.

Dime qué día es hoy.

29.

Sigue esta línea.

Síguela...

Y dime dónde se cruza con esa otra.

29.

Cuenta las columnas.

29.

Vuelve a contarlas.

29, padre.

Mañana volverán a traer comida, ya lo verás.

¡Ah!

Antes de que la enfermedad la consumiera por completo,

la reina, nuestra reina,

redactó su testamento.

Y juro por todos los santos que viven en el cielo

que no he olvidado ni una coma.

Al menos, yo no lo he olvidado.

Sabed que en las islas y tierra firme del mar océano,

en las ya descubiertas y en las que están por descubrir,

nuestra principal intención fue siempre

convertir sus pueblos a nuestra santa fe católica.

Enviad a dichas tierras prelados, clérigos

y otras personas temerosas de Dios

para instruir a nuestros vecinos y moradores de ellas.

Y enseñadles la doctrina y buenas costumbres

por el poder que nos otorga la santa madre iglesia.

Por ende, suplico al rey, mi señor,

y muy afectuosamente encargo y mando

que no consienta que los indios vecinos

reciban agravio alguno en sus personas y bienes.

Mando que sean justamente tratados.

(CANTAN EN LATÍN)

¿Cómo consiguió regresar a España, ammiraglio?

Compré el pasaje.

Para mí y para mi hijo.

Mm.

Scussi, ma...

Habría pagado todo mi dinero por ver la cara de aquel capitán.

La cara del capitán que cobró el passagio

a Cristoforo Colombo per atraversare l'oceano.

No logré llegar a las tierras del Gran Khan, ¿verdad?

No, ammiraglio.

América.

América.

América no existe.

Es solo producto de vuestra enfermiza imaginación.

Quizá deberíamos embarcarnos de nuevo.

Una nueva expedizione.

Cristoforo Colombo, l'ammiraglio del grande oceano,

e Amerigo Vespuci, il gran falso.

Navegan juntos.

Dispondríamos de largas jornadas para conversar.

Ammiraglio.

Todos sentimos admiración per la sua obra.

Y devoción per la sua persona.

Sepa que testimonié

para que su gloria le fuese restituida.

Sepa que soy un hombre modesto,

al cual jamás se le habría pasado por la cabeza

intentar eclipsarlo.

Alonso de Ojeda

testimonió a su favor.

Y Juan de la Cosa también lo hizo.

Ya nada se podía hacer.

América se llamaría América y no Colombia.

Y ahora, España necesitaba hombres para conquistarla.

Ha de ser un hombre justo, obediente

y temeroso de Dios.

¿Existe hombre de tal calado?

Alonso de Ojeda.

¿Es justo?

Conoce como nadie el carácter de los indios.

¿Obediente?

Es valiente.

El más valiente de los hombres. ¿Temeroso de Dios?

El mayor devoto de nuestra señora, la Virgen,

y de la Corona de Castilla.

¿Y dónde se encuentra Ojeda?

-En prisión.

Bahía del Calamar.

¿Por qué demonios la llamaste así?

No lo recuerdo.

Imagino que aquel día vería nadando un calamar.

(RÍE)

Parece tranquila.

Esto es un paraíso. Créeme, no lo es.

Los indios de esta costa

pasan más tiempo envenenando sus flechas que decorándolas.

No desembarques aquí, Ojeda.

Preparad los botes.

Estate tranquilo, Juan.

No te preocupes.

La Virgen está con nosotros.

¡Cuidado!

¡Flechas!

-¡Vamos!

-¡Me han dado!

-¡Flecha!

-¡En nombre del rey Fernando,

domador de pueblos bárbaros,

y nosotros, sus siervos,

os hacemos saber como mejor podemos...!

-¡Detrás de la barca!

¡Agachaos!

-¡Cuidado!

-¡Aaaaah!

-¡Cubríos, cubríos!

¿Qué demonios estáis haciendo?

¿Habéis escogido este día para matarnos a todos?

Mira cómo nos ofenden.

Si atacan así, es porque tienen algo que defender.

¡Sus vidas y sus familias!

¿Acaso crees que hay algo más importante que quieran defender?

¡Agrupaos!

¡Míranos, míranos!

¡Somos pocos!

Estás tentando a la providencia, Ojeda.

Agrupaos.

¡Cantando y en procesión!

(Gritos)

¡Ojeda!

Solo dos hombres regresaron con vida a la playa.

Un joven soldado llamado Francisco Pizarro

y Alonso de Ojeda.

¿Podéis creerlo?

El muy de puta no traía ni un rasguño.

Tres misiones le encomendó el rey Fernando a Alonso de Ojeda.

Explorar tierra firme.

Crear un asentamiento permanente.

Y hallar un paso marítimo que permitiera a Castilla

llegar hasta las Indias.

No cumplió ninguna de las tres.

Levantaron un fuerte. Lo llamaron San Sebastián.

Lo construyeron en el mismo lugar

en el que Juan de la Cosa les aconsejó que no lo hicieran.

Y Ojeda, para agradecérselo,

buscó un bonito lugar donde enterrarlo.

Un lugar elevado,

donde pudiera contemplar el mar siempre que quisiera.

Tal y como a él le habría gustado.

De los 300 hombres que llegaron a esta nueva tierra

solo 43 se mantenían aún en pie.

Las carabelas estaban totalmente destrozadas.

Ya no volverían a navegar y, para colmo de males,

no había pasado ni una semana

cuando las provisiones comenzaron a escasear.

¿Cuántos días podemos soportar así?

-Apenas nos queda grano.

Y no mucho de agua sana.

-Un arcabuz.

(Disparo)

-Cerrad el portón.

Vamos, Isabel.

Que es la última vez, te lo juro por lo más sagrado.

-Balboa.

¿Será cierto que le has puesto el nombre de la reina a una perra?

-Podéis jurarlo, gobernador.

Esta perra es más aguerrida que nuestra reina.

Dios la guarde.

-Más le valdrá serlo.

-¡10 maravedíes!

-¡Vamos, Isabel!

(Gritos y ladridos)

(Gritos de ánimo)

Balboa tenía razón.

Esa sería la última vez que haría pelear a Isabel.

Aunque hubiera escapado con vida aquella noche,

al desgraciado de su amo

ya no le quedaba una moneda con que seguir apostando.

La perra hizo lo mejor que podía hacer.

Morirse.

Uno a uno, así es como Alonso de Ojeda

pensaba acabar con todos los indios del nuevo mundo.

Les culpaba a ellos de su fracaso como gobernador.

Les culpaba de que su gloriosa expedición

se estuviera convirtiendo en una ratonera sin salida.

De que no quedara agua limpia.

De no tener refuerzos.

De no tener un barco para escapar.

Pero, sobre todo,

culpaba a los indios, a cada uno de ellos,

de la muerte de Juan de la Cosa.

Santiago.

Por Dios y por la Virgen.

¡Cantando y en procesión!

¡Aaaaah!

¡He dicho que cantéis!

(Disparos)

Loco, lo que se dice loco, no estaba.

Sabía bien lo que se hacía.

Al menos, con una espada en la mano.

Sus hombres le adoraban.

Se sentían dioses peleando a su lado.

Nadie podía con Ojeda.

El pequeño capitán, así le llamabamos.

No encontraréis a nadie que reúna como él

todas las cualidades y defectos de un caballero español.

Ni diestro ni siniestro.

Ese mataba con las dos.

Pendenciero y duelista. De Cuenca.

Valiente hasta la temeridad y vengativo hasta la crueldad.

¡Aaaaah!

Gobernador.

Ruego aceptéis mis disculpas. Desconocía que fuerais vos

el propietario de tan magnífico ejemplar.

-Nada que disculpar, Balboa.

-10.000 maravedíes, como estos.

-Balboa.

¿Va todo bien?

-Sí, gobernador.

Gracias a Dios, todo bien.

-He oído que tu encomienda no está dando los frutos que esperabas.

-Y no le mintieron.

Me hice con 200 buenos cerdos de España.

Cerdos que los nativos no saben aparear

y que, además, nadie quiere.

Esta isla está llena de puerco salvaje.

Y, además, es fácil de cazar.

-Eres un buen soldado, Balboa.

Los hombres aún te respetan.

Pero ningún mando quiere tenerte cerca.

-Quién sabe, gobernador.

Igual algún día Dios

tiene a bien hacer que mi suerte cambie.

Buenas noches, gobernador.

Por el amor de nuestra señora, decidme.

Lleva veneno, ¿eh?

¿Por qué ponéis esa cara, tarambanas?

¿No veis que aún estoy vivo?

Traedme ese hierro.

¡Mm!

(GRITA)

El mismo, sin intermediarios.

Así era como le gustaba hacer las cosas al bendito Ojeda.

¡Balboa!

¡Vasco Núñez de Balboa!

-Por lo que más quieras, hijo de mil putas,

deja de gritar.

Quemadlo.

¿Qué te trae por aquí?

-Negocios.

No me llegaría hasta aquí por ningún otro motivo.

Esto apesta.

El gobernador Juan Ponce de León

me ha encomendado comprarte todos los puercos que tengas a bien.

Se está haciendo con pertrechos

para su próximo viaje.

Ni trueques ni regateos.

10.000 maravedíes.

-Con la mitad de esto, puedes comprar toda esta pocilga.

-Eso mismo le dije yo.

Pero el gobernador es hombre generoso.

Traigo esto para ti.

Un regalo de Juan Ponce de León.

-Con Dios.

Largaos.

Vamos, idos de aquí.

¿No me habéis oído? ¡Largaos de una maldita vez!

¡Velas, capitán, velas!

-¿De qué color? -¡Son españoles!

(Vítores)

¡Dichosos mis ojos, Bernardino, el de Talavera!

-Capitán, qué alegría volver a verle.

-Sabía que la Virgen no nos abandonaría.

-¿Acaso necesitáis socorro? -Esta selva nos come.

Vamos, acompañadnos.

Bienvenidosa al fuerte San Sebastián.

Diles que bajen las armas, que aquí hay indios para dar y tomar.

Ya tendrán tiempo de descargar sus arcabuces, si lo están deseando.

¿Quién os envía a rescatarnos?

-Nadie.

Nadie sabe que estáis aquí, Ojeda.

-Piratería.

¿Eres pirata, Bernardino?

¿Qué has hecho, maldito desgraciado?

-La vida en La Española no es fácil para los desheredados.

Demasiados compromisos, demasiadas deudas.

No todos tenemos amigos en la Corona, como vos.

Nos hemos hecho con ese bergantín.

Y ya no aceptamos órdenes de ningún capitán roñoso como tú.

¡Sh!

Somos amigos, Ojeda.

Podemos llegar a un acuerdo. Hablemos.

Traigo vituallas, si es lo que necesitáis.

(ESCUPE)

Cebolla, grano.

Algo de carne.

Y pólvora.

Puedo dejar bien servidos a tus hombres.

Y, a cambio, yo recibiría un buen rescate por ti.

Sigues siendo el adelantado de la Corona.

El admirado capitán Ojeda.

Eso compensaría mis gastos.

-Espera aquí.

Aguardarás 50 días mi regreso, ni uno más.

Si en 50 días no he regresado, haz lo que debas.

Hacía meses que no llegaban noticias de Ojeda a La Española.

Así que el alto mando se decidió

a enviar una nave con la misión de localizar

y, si era preciso, dar auxilio o unirse

a esa expedición.

La Caprichosa.

Así se llamaba aquella nao.

Y en verdad que no podía llamarse de otro modo.

Digan lo que digan, Martín Fernández de Enciso,

su capitán, era un buen hombre.

Demasiado blando, diréis.

Y razones tenéis para decirlo.

Pero era un buen hombre.

Recuerdo que siempre andaba rodeado

de cartas de navegación.

El muy imbécil nunca llegó a entender

que en los mapas, no aparece lo que está por descubrir.

De no ser por Enciso,

esta nao no formaría parte de la historia. Eso, seguro.

Pero La Caprichosa no era como las demás naos españolas

que patrullaban estas aguas.

No era un barco cualquiera.

¿Cómo iba a saber el bueno de Enciso

que en las tripas de su barco, se escondía Vasco Núñez de Balboa,

el mismo que descubrirá el océano Pacífico?

¿Cómo iba a saber el predecible de Enciso

que a quien iba a rescatar no era a Ojeda,

sino a un tal Francisco Pizarro,

el mismo que conquistará el Perú?

¿Cómo iba a saber el triste Enciso

que Juan de la Cosa, el marino al que tanto admiraba,

estaba ya criando malvas?

La historia jamás debería haber hecho mención a este barco.

Pero si gustáis de los relatos llenos de casualidades,

sabed que hubo un soldado que, indispuesto,

no pudo embarcar en La Caprichosa el día que partieron.

Hernán Cortés, así se llamaba ese soldado,

el mismo que conquistará Méjico.

Pero claro, ¿cómo lo iba a saber el pobre de Enciso?

¡Unas palabras!

¡Solicito licencia para hablar con el capitán!

Vasco Núñez de Balboa. Polizón.

-¿Cómo ha dicho?

-Vasco Núñez de Balboa.

Polizón.

-No le colgaré, señor Balboa.

Pero le abandonaremos en la primera isla que fondeemos.

Lo siento, pero no aceptamos polizones.

-Con respeto, capitán.

Esta nao se dirige a la Nueva Andalucía.

Al rescate de Ojeda y los suyos.

-Donde se dirija esta nave no es de su incumbencia.

-Viviré yo más en esa isla que los de esta nave.

Si es allí donde se dirigen.

Conozco bien el lugar, capitán.

-Conozco a Balboa, capitán.

Y es cierto lo que dice.

No hallaréis soldado más esforzado.

-Se os tratará como marinero de cubierta.

No se os dispensará paga.

En cuanto al perro que hay en la bodega,

comerá de vuestra ración, si es que queréis alimentarlo.

No creeréis lo que se esconde en esos bosques, Pizarro.

Por Dios que no podréis creerlo.

Y no lo han visto solo mis ojos.

También los del madrileño.

Un dragón.

Un dragón con, al menos, dos cabezas.

Tomaba baño en una charca.

No se percató de nuestra presencia y podemos aún contarlo.

-Capitán, soy vuestro capitán.

-Un dragón, capitán.

-¿Habéis encontrado algo que echarnos a la boca?

-No.

No nos hagas volver allí, Pizarro.

Por lo que más quieras.

-Llevadme a esa charca.

No había un dragón en aquella charca.

Pero tampoco es de extrañar que creyesen haber visto uno.

Unos indios la llaman sukuri.

Y otros, anaconda.

Es la serpiente más gigantesca que un hombre pueda imaginar.

No sé si por el hambre, las ansias de gloria

o lo hizo para que sus hombres empezaran a respetarle.

Pero Pizarro no dudó ni un instante

antes de plantarle cara.

(Gritos)

La estáis haciendo llorar...

de verme engrilletado.

¡Sois hijos de una sucia perra leprosa!

¡Habéis enfurecido a la Virgen de los Remedios!

-¡Ojeda!

Vas a tener que sacarnos de aquí.

-Hasta los cerdos que llevas en la bodega navegan mejor que tú.

-¡Por tu vida, sácanos de aquí!

-Dadme el timón.

¿Dónde queréis que os lleve?

Mi buen capitán.

No me tome por un desagradecido.

Ni por un hombre de yantar exquisito.

Pero no comeré la carne de esa mala bestia.

Que no es por desprecio.

Que prefiero morirme de hambre...

antes de que el Señor nos haga arder en su fuego eterno...

porque el diablo nos hizo comer de sus malas bestias.

¡Ojeda!

¡Ojedaaaaa!

¡Púdrete en el fondo del mar, maldito cabrón!

¡Ojalá te devoren los peces!

¡Y te escupan los restos en una ciénaga llena de medusas!

¡Bastardo!

¡Hijo de puta!

-¿Por qué gritas tanto, Bernardino?

Me pedisteis que os trajera a tierra firme.

¿Acaso no os he complacido?

Dadle gracias a la Virgen.

Le rogué por mi vida.

Pero no hablamos nada de la vuestra.

Y ahora, levantaos, vagos de mierda.

Y recoged todo lo que nos sea útil de ese barco.

-¿No habéis oído al capitán?

¡Levantad!

Haced lo que os dice.

O yo mismo os arrancaré la piel a tiras.

¡Vamos!

Fondearemos aquí.

Viraremos hacia poniente.

-Es el cabo de La Vela, capitán. -Lo sé, marinero.

-De la Cosa y Ojeda nunca tomarían tierra a este lado del cabo.

Los indios no son nada amigables.

Son de los que no les gusta entrar en razón.

A buen seguro que lo hicieron al este.

Los indios son más dados a la plática con castellanos.

Si establecieron base, lo hicieron a poniente.

Aquí.

En el golfo de Urabá.

Aunque a buen seguro, vos ya contemplabais ese hecho.

-Anule la orden, contramaestre.

Continuamos hacia poniente.

Doblaremos el cabo de La Vela.

-¡Rumbo poniente!

12 piratas, sí.

Y no hubo uno entre ellos que reuniese

el valor para enfrentarse a Ojeda.

La fama del pequeño capitán era tal

que dudaban que pudiesen hacerle frente

entre todos.

Ser pirata es una cosa

y ser tonto es otra bien distinta.

Habían naufragado en Dios sabe dónde.

Esa selva les arañaba y les mordía los tobillos

a cada paso.

Pero parecía apartarse cuando reconocía al capitán.

(TODOS) Dios te salve, María, llena eres de gracia.

El Señor es contigo...

Mejor ser prisionero de Ojeda

que cena fácil para los caimanes.

Recorrieron más de 700 millas.

Aunque ellos no lo supieran,

eran los primeros europeos que, a pie,

bordeaban toda la costa sur de la isla de Cuba

hasta llegar a su extremo más occidental.

¡Aaaah!

-Maldita sea mi estampa. No te muevas.

-¡Aaaaah!

Dime que no es de las que matan.

-Es una siete pasos.

-¿Por qué la llaman siete pasos?

¡Por Dios, que duele mucho!

¡Yo no quiero morir!

¡Yo no quiero morir!

-¡Despierta!

El día que yo regrese a Talavera.

Cinco codornices cocinará mi esposa.

Hace un guiso de codorniz

que hace que hasta a los ángeles se les caigan las lágrimas.

Sentaré a mis hijos a la mesa, a los cuatro.

Voy a chuperretear cada patita de esa codorniz

hasta que no quede de ella ni la sombra.

Y les hablaré de ti, Ojeda.

Les hablaré del más grande de los capitanes

que ha dado Castilla.

¿Eh?

¿Qué te parece? ¿Eh?

-¿Y qué les contarás, Bernardino?

¿Que abandonaste a su suerte a 39 buenos hombres de la reina...

en el fuerte San Sebastián?

¿Que fuiste el más cobarde de los españoles que fueron a las Indias?

¿Eso vas a contarles, Bernardino?

¿Que te diste a la piratería

sin siquiera saber navegar?

¿Que trataste de pedir rescate por Alonso de Ojeda?

¿Y que este mismo te hizo naufragar?

Qué va, Bernardino.

No volverás a ver a tus hijos.

Tú acabarás colgado por traición.

¡Capitán!

Abrid la puerta.

-No pienso volver a La Española.

-¡Aaaaah! -Con las manos vacías, no.

¡Sois unos traidores!

-Por su incompetencia en asuntos militares,

yo, Vasco Núñez de Balboa,

le destituyo del cargo.

No dejes que se muera ese infeliz.

Ya sabías que este día iba a llegar.

¡A la orilla!

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