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Anta�o, si mal no recuerdo,
mi vida era un fest�n donde se abr�an todos los corazones,
donde corr�an todos los vinos.
Una noche, sent� a la belleza en mis rodillas.
Y la encontr� amarga. Y la injuri�.
Llam� a los verdugos para morir mordiendo la culata de sus fusiles.
Invoqu� a las plagas, para sofocarme con sangre, con arena.
El infortunio fue mi dios.
Yo me he tendido cuan largo era en el barro.
Me he secado en la r�faga del crimen.
Y le he jugado malas pasadas a la locura.
Y la primavera me trajo la risa espantable del idiota.
LOS DESIERTOS DEL AMOR
Ernest DELAHAYE Charleville M�zi�res
Un d�a, justo antes de las 8,
a la hora en que se abr�a el colegio,
me llegu� hasta este peque�o muro a orillas del Mosa.
Dirig� mi mirada hacia el r�o,
y pronto me cautiv� una barca,
maniobrada por dos chicos de mi edad.
Eran Arthur y Fr�d�ric Rimbaud.
Muy impresionado por ellos,
me decid� a conocerlos mejor
y me acerqu�.
Fue Arthur el que rompi� el hielo.
Me sent�a orgulloso de conversar con �l.
Ten�a 13 a�os, yo 14,
corr�a el a�o 1868.
M�s tarde, como la calle en donde viv�a con su familia detr�s del molino
quedaba en mi camino,
seguimos conversando algunos minutos sobre las cuestiones del momento.
Recuerdo su sonrisa aquella vez que le confi�:
"Paul Labarrere, mi vecino de clase,
"desaprueba el 2 de diciembre. �Qu� piensas t�?"
Rimbaud respondi� brevemente: "Napole�n III merece las galeras."
Me qued� asombrado, encantado,
la vida se estaba poniendo interesante.
De los dos lugares de Charleville que a menudo frecuentaba Rimbaud,
�ste es el otro, el centro de la ciudad,
su coraz�n, se podr�a decir.
All� est� el ayuntamiento, y aqu� se despliega el mercado.
Cuando la familia Rimbaud sal�a de compras,
primero llegaban las dos peque�as, Vitalie e Isabelle, tomadas de la mano,
y por detr�s de ellas, los dos muchachos tambi�n tomados de la mano.
La se�ora Rimbaud cerraba la comitiva a distancia reglamentaria.
Tanto en Arthur como en Fr�d�ric se pod�an observar
un cierto esp�ritu de independencia y una irreductible obstinaci�n,
y en la madre un autoritarismo no menos encarnizado.
La palabra "terco" era algo as� como la clave de un drama familiar,
que durar�a tanto como los tres personajes.
Enseguida las confidencias de Arthur me revelaron el sistema de terrorismo que reinaba en la familia.
El padre, capit�n del ej�rcito franc�s,
abandon� el hogar cuando Arthur ten�a siete a�os.
Nunca se lo volvi� a ver.
Todas las obligaciones de la familia pesaban sobre la madre.
La curiosidad despiadada de la sociedad de provincias que,
llena de agobiantes preguntas, no pod�a tolerar
la continua ausencia del esposo,
consiguieron que la se�ora Rimbaud no se viese con nadie en Charleville.
Y este repliegue se manifiesta en el cuidado de sus hijos,
a los que ella quisiera, con meticulosa firmeza,
educarlos socialmente en completa soledad.
Isabelle y Vitalie RIMBAUD hermana y madre del poeta
Hab�amos siempre trabajado sin pausa,
sin vacilaci�n, sin permitirnos ninguna distracci�n,
la mas m�nima tregua.
No experiment�bamos ninguno de los placeres
a los que acostumbran los j�venes.
Ninguna existencia era tan austera como la nuestra.
No era ni por falta de sociabilidad ni por avaricia que llev�bamos esta vida,
sino porque est�bamos absorbidos por la visi�n de un noble y sano objetivo,
y concentr�bamos todos nuestros esfuerzos hacia ese objetivo.
Eramos bastantes inocentes para la �poca.
En casa se le�a la Biblia,
poco m�s que eso,
y ning�n camarada nos frecuentaba. Estaba prohibido.
Los ni�os jugaban entre ellos,
y sin juguetes, adem�s.
El cuarto est� en penumbra,
levemente se oye de dos ni�os el triste y suave bisbiseo.
Sus cabezas se inclinan, todav�a hundidas en el sue�o,
bajo el blanco dosel que tiembla y se eleva...
Afuera los p�jaros se api�an friolentos,
sus alas se entumecen bajo el tono gris de los cielos.
Podemos ver tiradas en el suelo, en torno al lecho,
las prendas de luto.
En todo esto sentimos que algo falta...
�Ya no existe una madre para estos peque�os,
una madre de risa fresca y mirada airosa?
Vuestro coraz�n ya lo ha comprendido:
estos ni�os no tienen madre.
�Sin madre est� el hogar!
�Y qu� lejos el padre!
Mi padre era un hombre muy honesto,
y todos lo conoc�an muy bien.
Perd� r�pido a mi madre,
y crec� junto a mi padre y a mis dos hermanos.
Siempre trabaj� muy duro,
era muy ahorrativa, s�lo hice mi deber.
Pude haber sido feliz junto a mi padre,
si no hubiese tenido estos ni�os que tanto me han hecho sufrir.
Mi querida Vitalie, fallecida el 18 de diciembre de 1875,
era trabajadora, inteligente y sensata.
Todos los que la conocieron,
la han estimado, admirado y amado.
Mi pobre Arthur, que jamas me pidi� nada,
que con trabajo, inteligencia y buena voluntad,
hab�a amasado una fortuna en Africa,
muy honestamente.
Ya escrib�a de peque�o, por placer.
Ten�a apenas diez a�os,
y nos cautivaba durante largas noches,
ley�ndonos sus viajes maravillosos por comarcas desconocidas y extra�as,
en medio de desiertos y de oc�anos, en las monta�as y en los r�os.
Naturalmente, todo era un juego de ni�os.
Tan pronto como hab�an sido redactados y le�dos, aquellos manuscritos se destrozaban o se perd�an.
Lo que luego escribi�, de los 15 a los 18 a�os,
todav�a lo hac�a por placer,
quiz�s tambi�n por entusiasmo,
o por un exceso de generosidad.
Y la madre, cerrando el libro del deber,
se marchaba satisfecha y orgullosa,
sin ver, en los ojos azules y bajo la frente abombada,
el alma de su hijo entregada a las repugnancias.
Y si al verlo presa de compasiones inmundas,
su madre se asustaba,
la ternura del ni�o, profunda, se abalanzaba contra aquella extra�eza.
Ella ten�a la mirada azul �que miente!
A los siete, hac�a novelas sobre la vida del gran desierto,
donde luce la radiante libertad, �bosques, soles, orillas, sabanas!
Se ayudaba con textos ilustrados en los que, ebrio,
ve�a espa�olas que rien y tambi�n italianas.
Los sue�os lo oprim�an cada noche en la alcoba.
No amaba a Dios, s�lo a los hombres que por la noche,
negros, en blusa, ve�a volver al suburbio.
All�, detr�s de la fachada del molino, todav�a se puede ver
una parte sombreada.
All� era donde generalmente me citaba con aquellos dos infelices alumnos.
El siempre andaba con algunos libros, a veces un diario,
por esa �poca le�amos las "Confesiones" de Rousseau,
a quien Rimbaud tanto se le parec�a.
En este simple paisaje, no hay un solo lugar por donde Rimbaud
no haya caminado, pensado, so�ado.
En el horizonte de estos campos, que supo recorrer a menudo,
donde a veces recog�a dulces flores,
un d�a dijo tristemente que "el mundo hab�a estado lleno de flores en verano".
Por la tarde azul de verano, ir� por los senderos,
herido por el trigo, a pisar la hierba menuda.
So�ador, sentir� su frescor bajo mis pies,
y dejar� que el viento me ba�e la cabeza desnuda.
No hablar�, no pensar� nada, pero el amor infinito me crecer� en el alma.
Me ir� lejos, bien lejos, como un bohemio,
por los campos, dichoso, como con una mujer.
Georges IZAMBARD Colegio de Charleville
El Rimbaud que conoc�,
que todav�a veo en la clase, instalado en primer plano,
frente a mi persona, es el so�ador Pulgarcito,
menudo y t�mido,
alumno de ret�rica algo altanera, dulce y juicioso,
las u�as limpias, el cuaderno sin manchas,
los deberes sorprendemente correctos,
con muy buenas notas en clase.
En fin, uno de esos peque�os monstruos impecables y ejemplares,
que encarnan lo superlativo, una bestia para los ex�menes,
lo mejor del colegio.
El Rimbaud m�s �ntimo que conoc� paralelamente,
al que r�pidamente aprend� a conocer,
era como un intelectual verdadero, vibrante de pasi�n l�rica,
y tambi�n ingeniosamente orgulloso de rebelarse contra ella,
tan feliz de haber finalmente encontrado alguien que le hable de versos y poetas.
La clase terminada, a menudo me esperaba a la salida
para acompa�arme hasta mi casa.
As� ten�amos largas conversaciones,
no quer�a saber sino de poetas o de poes�a,
y s�lo se interesaba en ello.
A veces me confiaba sus versos, siempre y cuando
que los examin�semos juntos.
Nos hab�amos detenido, �l estaba a mi lado,
pero... �cu�les fueron mis primeras impresiones?
Una buena tarde, harto de cerveza y limonada,
de los caf�s ruidosos con ara�as deslumbrantes,
te vas por los verdes tilos del paseo.
�Noche de junio! �Diecisiete a�os! Te dejas embriagar.
La savia es de champa�a y se sube a la cabeza.
Divagas, sientes en los labios un beso palpitando, como un peque�o animal.
El loco coraz�n Robinsonea por entre las novelas,
cuando en la claridad de un p�lido farol pasa una se�orita de aspecto encantador,
a la sombra del espantoso cuello de su padre.
Y como te encuentra inmensamente ingenuo,
apresurando el trote de sus peque�os botines,
se vuelve, alerta y con un vivaz movimiento...
Sobre tus labios mueren entonces las cavatinas...
Est�s enamorado: tus sonetos le hacen reir.
Tus amigos te reh�yen: eres de mal gusto.
Despu�s la adorada, una tarde, �se digna escribirte!
Esa tarde vuelves a los caf�s brillantes,
pides cerveza o una limonada.
Nadie es serio a los diecisiete a�os,
ni caminando bajo los verdes tilos del paseo.
Durante los 7 a�os del periodo escolar, vi a la se�ora Rimbaud una sola vez.
Nunca recib� de ella una palabra amable,
un gesto de atenci�n o de agradecimiento.
Un d�a me escribi� una carta:
"Le tengo mucha gratitud por todo lo que usted hace por Arthur,
"pero existen cosas que yo no podr�a aprobar, como por ejemplo
"la lectura de un libro como el que usted le ha entregado hace algunos d�as,
"Los miserables, de Victor Hugo."
Hab�a devuelto ella misma el libro junto con una muy sentida amonestaci�n.
Fui a verla para explicarle que se hab�a equivocado de libro,
que por otra parte no hab�a le�do.
No se trataba de "Los miserables", sino de "Nuestra Se�ora de Par�s".
Desde ese d�a, mi afecto por Arthur se acrecent�,
debido a esta revelaci�n de su desgracia.
Le hab�a prestado a Rimbaud un tomo de Banville,
y un d�a le escribi� una carta al poeta de la escuela parnasiana.
Querido Maestro:
Estamos en los meses del amor.
Tengo diecisiete a�os,
la edad de las esperanzas y de las quimeras, como dicen,
y resulta que me he puesto, ni�o tocado por el dedo de la Musa,
perdone si soy banal,
a decir mis grandes creencias, mis esperanzas, mis sensaciones,
todas esas cosas de los poetas.
Yo lo llamo la primavera.
En dos a�os, tal vez en uno, estar� en Par�s.
Querido Maestro m�o,
lev�nteme un poco, soy joven,
t�meme de la mano.
El 16 de julio le fue declarada la guerra a Prusia.
A principios de agosto part� hacia Douai, para pasar mis vacaciones.
En Charleville conserv�, en casa de una buena familia burguesa,
esta habitaci�n que me pertenec�a.
Le di la llave a Rimbaud.
Lo hice para permitirle encerrarse con mis libros,
cada vez que su coraz�n lo desee.
"Si el se�or Izambard se va", dijo, "�qu� ser� de m�?
"Seguro me largar� uno de estos d�as.
"No podr�a soportar esta existencia un a�o m�s.
"Puedo ganarme la vida, s� escribir, podr�a comenzar
"haciendo periodismo en Par�s.
"Tropezar� en el camino, me morir� sobre una pila de adoquines,
"pero me ir�." "Eso te lo prohibo", le grit�.
"Espera un a�o m�s, no te enfrentes con tu madre."
Y �l: "Usted no la conoce".
"Te digo que debes quedarte,
"terminar los estudios, pasar el bachillerato."
Part� el 6 de agosto,
el 25 recibo su carta.
�Usted estar� feliz de ya no residir en Charleville!
Mi ciudad natal es superiormente idiota entre todas las peque�as ciudades de provincia.
Sobre esto, f�jese usted, ya no tengo ilusiones.
Estoy despistado, enfermo, furioso, abatido.
Yo esperaba ba�os de sol, paseos infinitos, descanso,
viajes, aventuras, una vida bohemia,
esperaba sobre todo peri�dicos, libros... �Nada! �Nada!
El correo ya no les env�a nada a los libreros,
Par�s nos toma tranquilamente el pelo: �ni un libro nuevo! �Es la muerte!
�Uno est� exiliado en su propia patria!
Felizmente, tengo su habitaci�n. Me llev� la mitad de sus libros.
Le env�o estos versos, l�alos una ma�ana al sol, tal como yo los hice.
Usted ya no es profesor, espero.
El lunes 29 de agosto de 1970, con un tiempo magn�fico, la familia estaba de paseo aqu�,
en la pradera. Hac�a mucho calor, el cielo se iba llenando de nubes,
est�bamos muy angustiados por las malas noticias de las operaciones militares, sobre todo Arthur.
El color y la palidez que se alternaban en su rostro demostraban su inquietud y agitaci�n.
De golpe, declar� que volv�a a casa para recoger un libro.
Jam�s regres�. Cansada de esperar en vano, mi madre se dirigi�
a la calle de la Magdalena para buscarlo, tambi�n en vano corri� enseguida
a los lugares que �l frecuentaba. Nadie le pudo informar nada.
Lleg� la noche y Arthur todav�a no hab�a vuelto.
Mi madre, llena de ansiedad, a punto de enloquecerse,
pas� gran parte de la noche a recorrer las calles de Charleville, arrastrando a sus hijas con ella,
en un indescriptible estado de angustia, preguntando en los cabarets,
a los grupos de j�venes entusiastas que iban a enrolarse como voluntarios,
escrutando en la estaci�n de trenes, en las orillas del Mosa.
Cuando mi madre, siempre tan en�rgica, regres� al hogar con sus peque�as hijas temblando de fr�o,
su hijo todav�a no estaba en casa.
Se�or Izambard:
He hecho aquello que usted me aconsej� no hacer,
me he ido a Par�s, dejando la casa materna.
Detenido al bajar del vag�n por no tener dinero y deber 13 francos del billete de tren,
fui conducido a la Prefectura, y hoy espero mi juicio en Mazas.
�Oh! Conf�o en usted como en mi madre, usted siempre ha sido para m� como un hermano.
Le pido encarecidamente esa ayuda que usted me ofreci�.
Haga todo lo que pueda, y, cuando reciba esta carta,
escriba usted tambi�n, se lo ordeno, s�, escr�bale a mi pobre madre para consolarla.
Escr�bame a mi tambi�n, �h�galo!
Lo quiero como a un hermano, lo querr� como a un padre.
El director de la c�rcel de Mazas me escribe:
"Le env�o el precio del billete a pagar por Arthur."
Y para no alimentar a un oscuro pensionario,
un d�a lo ponen no en la calle, sino en un tren.
Pero como las comunicaciones con su ciudad natal estaban entonces interceptadas,
me lo env�an a m�,
dej�ndome la grata misi�n de devolverle el cachorro a la madre.
Lleg� algunos d�as m�s tarde, penoso, deshecho,
pero feliz de haber sido liberado. Luego conversamos.
"Bueno, has conocido Par�s", le dije. "Mal, desde el furg�n de la polic�a."
"Has tenido la posibilidad de asistir en directo a una revoluci�n."
"S�, entre los cuatro muros de mi celda."
Lo m�s urgente era escribirle a su madre.
Luego llegar�a una respuesta, tan violenta, tan amenazante,
tan brutal para �l y para m�...
Rimbaud, perdiendo la calma, hace un esc�ndalo, jura, blasfema,
protesta que no volver� all� a ning�n precio.
Yo me enojo, nos enojamos.
Rimbaud rechaza mis advertencias, y murmura enfadado
que yo era como todos,
una enorme injuria en sus labios.
Luego hubo un serm�n m�s fuerte, siempre respecto a su madre,
que no dejaba de escribirme.
Tem�a que este muchacho se haga arrestar por segunda vez.
Entonces ya no tendr�a ninguna raz�n para volver.
Juro por mi vida que no lo hubiera recibido.
�Pod�a comprenderse la estupidez de este ni�o,
siempre tan correcto y tranquilo?
�C�mo le pudo venir a la cabeza semejante locura?
Alguien se lo habr� sugerido.
Le ped� al profesor Izambard que le prestase 10 francos a ese infeliz,
y que lo eche de su casa, para que vuelva r�pido.
�Que Dios no castigue con la locura a este pobre ni�o como se lo merece!
Volvemos juntos a Charleville en tren. Rimbaud se aisla en un rinc�n del vag�n,
los dientes apretados, el esp�ritu extraviado.
Incluso hace unos versos donde reflexiona sobre el recibimiento que le espera.
Le hablo con el coraz�n, de mi preocupaci�n por su futuro,
de su gloria, y tambi�n de su dignidad.
Y siento que me comprende, que dentro suyo hay madurez,
pero tiene el coraz�n cerrado como un pu�o. O tal vez me equivoque,
era tan impenetrable...
Al llegar, nos apretamos las manos con fuerza, es el adi�s.
Fue la �ltima vez que lo vi.
Pero no tard� en llegarme una carta suya.
Llegu� a Charleville un d�a despu�s de haberlo dejado.
Me recibi� mi madre, y aqu� estoy... completamente ocioso.
Me muero, me descompongo en la rutina, en la inquietud, en la languidez.
Qu� quiere usted, me obstino espantosamente en adorar la libre libertad,
y deber�a partir hoy mismo, hubiera podido hacerlo:
estaba bien vestido, hubiera vendido mi reloj, �y viva la libertad!
�Pero me he quedado! �Me he quedado! Y quisiera volver a irme muchas veces.
Exist�an en �l inclinaciones opuestas:
una hacia el entusiasmo y la indignaci�n, y otra hacia la alegr�a.
Habr�a que agregar la excesiva independencia de su car�cter,
y el horror hacia cualquier regla o uniforme.
Parece que su padre era oficial,
capaz de combinar alegr�a e indiferencia.
Apenas si lo conoci�. Sus recuerdos datan de los 6 o 7 a�os.
"A veces pensaba en mi padre: por la tarde, las cartas, las palabras soeces,
"�un padre nos turba tanto!"
La Se�ora resiste de pie, por la pradera donde nievan los hilos del trabajo,
la sombrilla en mano,
los ni�os leyendo en la hierba florida libros de cuero rojo.
Y all� �l, cual mil �ngeles blancos que en ruta se dispersan, se aleja tras la monta�a.
Ella, g�lida y negra corre, despu�s de que se ha ido el hombre.
�Que ahora llore entre los muros!
Rimbaud ya no buscaba inventar.
Ten�a siempre con �l un cuaderno de bolsillo para garabatear:
cuando llegaba la inspiraci�n, alguna idea po�tica, arrancaba una hoja.
Una vez caminando hacia el final del parque,
nos quedamos a contemplar el sol que se pon�a entre nubes de oro y p�rpura,
all� en el extremo de la pradera contigua.
"No hago sino vislumbrar el fin y los medios,
"nuevas sensaciones y sentimientos m�s fuertes a comunicar por el verbo", me dec�a.
Me iba, con los pu�os en mis bolsillos rotos,
mi chaleco tambi�n se volv�a ideal, andando al cielo, �Musa, te era tan fiel!
�Ay, cu�ntos grandes amores, he so�ado!
Mi �nico pantal�n ten�a un gran agujero.
Pulgarcito que sue�a, desgranaba a mi paso rimas...
y mi posada era la Osa Mayor.
Mis estrellas temblaban con un dulce frufr�.
Y yo las escuchaba sentado al borde del camino cuando caen las tardes de septiembre,
sintiendo el roc�o en mi frente, como un vino de vida.
Y rimando en medio de sombras fant�sticas, como si fueran liras,
tensaba los cordones de mis zapatos rotos, junto a mi coraz�n.
Al comienzo de febrero de 1871, nueva tentativa de ir a Par�s.
El reloj de plata sirve para pagar el viaje.
Extenuado, el tenaz aventurero vaga por las calles de Par�s durante varios d�as,
duerme en los barcos de carb�n y se alimenta con restos de comida.
Finalmente, regresa a pie a Charleville.
La se�ora Rimbaud ha resuelto decididamente poner en pensi�n al insubordinado,
mientras �l expresa claramente lo contrario.
Ella jam�s pudo despegarse de su ilusi�n.
Para ella un alumno trabajador era quien hac�a lo necesario para convertirse en un gran se�or.
Y no pod�a ver m�s lejos.
El 20 de marzo de 1870 Rimbaud aparece con una mirada asombrosamente alegre.
"Ya est�", dice. Y lo estaba, en efecto:
la revoluci�n triunfante, las tropas regulares lejos de la capital,
todos los ministerios abandonados, el comit� central instalado en el Hotel de Ville.
Se hablaba animadamente de la revoluci�n parisina, de sus consecuencias,
de las perspectivas que no dejar�a de abrir.
Para �l se trataba de la marcha del esp�ritu humano hacia adelante, sin obst�culos,
sin l�mites para sus ambiciones.
Ser� un trabajador: tal es la idea que me retiene,
cuando la loca c�lera me empuja hacia la batalla de Par�s,
donde, sin embargo, tantos trabajadores siguen muriendo mientras escribo.
Trabajar ahora, eso nunca, nunca, estoy en huelga.
Por ahora, me envilecer� lo m�ximo posible. �Por qu�?
Quiero ser poeta, y me esfuerzo en ser un vidente:
ni usted va a comprenderlo, ni yo sabr� expresarlo.
Se trata de alcanzar lo desconocido por el desarreglo de todos los sentidos.
El sufrimiento es enorme, pero hay que ser fuerte,
haber nacido poeta, y reconocerse poeta.
Es falso decir: yo pienso. Habr�a que decir: me piensan.
Yo es otro.
�Rimbaud estuvo en Par�s durante la Comuna? Yo creo que s�.
El relato que me hizo fue absolutamente veros�mil,
estaba desprovisto de toda vanidad, lo cual era muy f�cil.
Rimbaud fue entonces a Par�s,
estuvo enrolado entre los francotiradores de la revoluci�n,
que no lo armaron ni lo vistieron, y lo enviaban a comer y a dormir
al cuartel de Babylone, donde se alojaban un pu�ado de desertores del ej�rcito regular.
Si Rimbaud hubiera querido simular,
es evidente que hubiera presentado toda su historia de otra manera.
�As� es, cobardes! �Evac�en las estaciones!
El sol ha secado con sus pulmones ardientes, las calles que un d�a colmaron los b�rbaros.
�Aqu� la ciudad santa, plantada en occidente!
Aqu� los muelles, all� los bulevares,
las casas sobre el cielo azul que brilla, �constelado una noche del rubor de las bombas!
�Cu�ndo has bailado as� tu c�lera, Par�s,
tras recibir tantas pu�aladas,
cuando yaces guardando en tus luminosas pupilas un algo de tu renacer salvaje!
Oh, ciudad dolorida, oh, ciudad casi muerta,
la tormenta te ha hecho poes�a suprema,
�el inmenso bullicio de las fuerzas te alienta, tu obra hierve, la muerte ruge, ciudad elegida!
El poeta har� suyo el llanto del infame, el odio del forzado, el clamor de los malditos,
y sus rayos de amor flagelar�n a la mujer. Su estrofa saltar�: �Miren, bandidos!
A los 17 a�os viene de presenciar la agon�a de la Comuna.
Su alma est� llena del espect�culo tr�gico de la insurrecci�n obrera.
Su esp�ritu se agita en un sue�o de fraternidad universal.
Su coraz�n se llena de simpat�a por el pueblo.
En mayo de 1871, cree todav�a posible poder cambiar la vida,
gracias a la revoluci�n de la Comuna.
Pero sus esperanzas se derrumban despu�s de la masacre que sigue.
Asqueado, debe en adelante renunciar a su b�squeda de la vida colectiva,
para consagrarse a la de su salvaci�n personal.
Estos escritos son de un joven, muy joven muchacho,
cuya vida sucedi� en cualquier lado, sin madre, sin pa�s,
indiferente a todo lo que se conoce, huyendo de toda fuerza moral.
No habiendo amado mujer alguna, �aunque lleno de sangre!
Su alma y su coraz�n, toda su fuerza,
fueron educados en extra�os y tristes errores.
Esta vez, se trata de la mujer que vi en la ciudad,
a quien habl� y que me habla.
Estaba en un cuarto sin luz. Vinieron a decirme que ella estaba en casa:
y la vi en mi cama, toda m�a, sin luz.
Me emocion�, y mucho, porque era la casa de mi familia:
tambi�n una desesperaci�n se apoder� de m�: yo s�lo vest�a harapos,
y ella, mundana, que se entregaba,
�ten�a que irse!
Una desesperaci�n sin nombre: la tom�, y la dej� caer fuera de la cama, casi desnuda.
Y en mi indecible debilidad,
ca� sobre ella y me arrastr� con ella sobre los tapices sin luz.
Entonces la mujer desapareci�. Derram� m�s l�grimas que las que Dios jam�s ha exigido.
Sal� a la ciudad sin fin. �Oh, fatiga!
Ahogado en la noche sorda y en la fuga de la felicidad.
Era como una noche de invierno, con una nieve para sofocar definitivamente al mundo.
"Estoy harto de esta ciudad", se queja Rimbaud una ma�ana.
"Debo irme a Par�s.
"Pero esta vez va en serio. Debo vivir all�.
"�Qui�n habr� de esperarme? �Qu� escritor? �Qu� poeta?"
Nuestro amigo Bretagne le dice que ha conocido al poeta Paul Verlaine.
"�Y si le env�o mis versos?"
"Hazlo enseguida", le dice Bretagne.
Rimbaud envi� una carta, con la escritura apretada,
donde hablaba de sus ideales, de sus rabias, de sus entusiasmos,
de sus preocupaciones, de todo lo que era.
Luego somet�a sus versos al criterio de Verlaine,
le ped�a su opini�n y consejo.
No le quedaba sino esperar.
Al fin lleg� la respuesta,
tal como la hab�a previsto Bretagne, c�lida y fraternal,
"Ven, querida gran alma. Te esperamos".
La v�spera de su partida, por la tarde,
Rimbaud quiso dar un �ltimo paseo por los alrededores de Charleville.
La luz era gloriosa, suave, el aire ligero, de una encantadora tibieza.
"Esto es lo que har� al llegar."
Y me ley� "El barco ebrio".
Seg�n iba bajando por r�os impasibles, ya no me sent�a guiado por la sirga:
desde entonces me ba�o inmerso en el poema del mar.
Quisiera haber mostrado a los ni�os doradas de agua azul,
esos peces de oro, peces que cantan.
Espumas como flores mecieron mis derivas y vientos inefables me alaron al pasar.
He visto archipi�lagos siderales, con islas cuyo cielo en delirio se abre para el navegante:
son las noches sin fondo, donde te exilias y duermes,
mill�n de aves de oro, �oh futuro vigor!
En verdad, mucho he llorado. El alba es desgarradora.
Toda luna es atroz y todo sol amargo:
el �spero amor me hinch� de embriagante calma.
�Oh, que mi quilla reviente! �Oh, que me pierda en el mar!
UNA TEMPORADA EN EL INFIERNO
Paul VERLAINE Par�s
Yo ten�a 27 a�os. Estaba casado desde hac�a m�s o menos un a�o.
Viv�a en casa de mis suegros en el 14 de la calle Nicolet,
cuando hacia el final del verano de 1871,
recib� una carta de un adolescente de Charleville, firmada por Arthur Rimbaud,
que conten�a algunos poemas suyos,
que me conmovieron por �como decirlo sino usando una f�rmula burguesa�
por su extrema originalidad.
Los versos eran realmente de una tremenda belleza.
El me hab�a confiado: "Tengo un proyecto para un gran poema,
"y no puedo trabajar en Charleville.
"Estoy imposibilitado de ir a Par�s, al no disponer de recursos.
"Mi madre es viuda y muy devota,
"ella no me da sino diez centavos cada domingo
"para pagar mi silla en la iglesia."
Me reun� entonces con algunos amigos,
y se convino, de acuerdo con mi familia,
y para mi futura desgracia,
que al comienzo el joven prodigio vendr�a aqu�, a la calle Nicolet,
y que lo ayudar�amos a venir.
Entonces le envi� un giro para los gastos del viaje.
El d�a de su llegada, Charles Cros y yo estabamos ansiosos
de recibirlo en la estaci�n de Estrasburgo,
pero nos desencontramos,
y fue m�s tarde que pudimos encontrarnos aqu�, para conversar tranquilamente
junto a mi esposa y mi suegra, en el sal�n de la casa de mi suegro.
No s� por qu�, pero me hab�a figurado al poeta completamente distinto.
Ten�a realmente un rostro de ni�o, rollizo y fresco,
en un cuerpo grande y torpe de adolescente en crecimiento.
Mientras cen�bamos, nuestro hu�sped se consagr� m�s bien a la sopa,
y se mostr� muy taciturno,
respondi�ndole apenas a mi amigo Cros, que le preguntaba
por c�mo le hab�a llegado tal idea, por qu� hab�a empleado ese t�rmino y no otro,
m�s o menos pidi�ndole que contase el nacimiento de sus poemas.
El otro, que nunca fue un gran conversador ni muy comunicativo en general,
respond�a s�lo con monos�labos, bastante aburrido.
Verlaine sal�a con Arthur y lo paseaba por Par�s a lo largo del d�a,
present�ndole a sus amigos, los poetas de la Comuna.
Rimbaud comparte su odio por la reacci�n burguesa, comparte su c�lera,
sus deseos impotentes de venganza.
Para �l, el fracaso de la Comuna es el fin de la sociedad, el fin del mundo.
Su esp�ritu refinado, desarrollado y asombrosamente maduro,
convierte la conversaci�n en un placer indispensable para Verlaine,
que retoma su antigua vida de caf�s.
Crece la indignaci�n de la esposa, que comienza a odiar violentamente a Rimbaud.
Verlaine ya no tiene los pies sobre la tierra:
se reh�sa a creer que tiene una mujer, un hijo, un hogar.
No se trataba de un principio, tampoco de un afecto,
o de alg�n tipo de simpat�a entre dos naturalezas tan diferentes.
Se trataba m�s bien de una admiraci�n,
de una sorpresa extrema frente a este ni�o de 16 a�os
que val�a oro, que escrib�a cosas por encima de la literatura,
como dir�a m�s tarde F�lix F�n�on.
Una amistad muy fuerte se cre� entre nosotros,
y durante las tres semanas que dura su estad�a en mi casa,
aquella atracci�n se har�a m�s fuerte.
Hablaba poco de sus versos del pasado,
los desde�aba, y me hablaba de lo que quer�a hacer en el futuro.
Lo que me dec�a termin� siendo prof�tico.
A menudo tambi�n hablaba de su "teor�a del vidente",
y pretend�a haber encontrado algo as� como la clave del amor.
Mi mujer comenz� a tener unos celos absolutamente injustos,
en el sentido horrible y desagradable que ella supon�a.
A prop�sito de la cuesti�n accesoria de si Rimbaud era lindo o feo...
ten�a un rostro perfectamente oval de angel exiliado,
una fuerte boca roja de pliegues amargos,
y piernas sin adversario puesto que caminaba como pocos.
�C�mo caminaba!
Se trataba del ni�o sublime,
un Casanova ni�o pero viril en su interior,
�esa literal belleza del diablo!
Verlaine termin� conmovido y fascinado por Rimbaud,
y lo admiraba por su desprecio de toda tradici�n art�stica.
Arthur Rimbaud seguramente se sent�a decepcionado al ver al poeta de "Fiestas galantes"
vivir como un burgu�s en casa de sus suegros,
trabajando en una compa��a de seguros, y volviendo educadamente cada noche
para cenar con su familia a las 7.
En aquel per�odo de mi existencia tan contradictorio, al menos en apariencia,
yo era de un matiz revolucionario muy obscuro.
Era m�s republicano que ahora.
Hab�a dejado de ser comunero pero todav�a mi voz se hac�a escuchar.
Para m�, despu�s de todo, la Comuna era una insurrecci�n justa.
Le hab�a presentado mis amigos a Rimbaud,
todos antiguos comuneros que so�aban con revancha y con venganza,
y �l fue el m�s loco, el m�s violento.
Industriales, pr�ncipes, senados: �Revienten!
Poderes, justicia, historia: �a muerte!
Tenemos derecho. �La sangre! �La llama de oro!
Todo a la guerra, a la venganza, al terror. �Alma m�a!
Volvamos a morder: �Ah, desfilen, rep�blicas del mundo!
Emperadores y regimientos, colonos y pueblos, �basta!
Europa, Asia, Am�rica, �esf�mense!
Nuestro avance vengador ha ocupado todo, �ciudades y campi�as!
�Seremos aplastados! �Saltar�n los volcanes! Y maltratado el Oc�ano...
�Oh, amigos! S�, coraz�n, son nuestros hermanos.
Negros y an�nimos, �si todos fu�ramos! �Vamos! �Vamos!
En el mes de noviembre de 1871, tuve la posibilidad de ir a Par�s.
No sab�a d�nde encontrar a Rimbaud pero recordaba la direcci�n de Verlaine.
All� me dirig�. Verlaine me recibe muy amistosamente:
"Si usted quiere, iremos juntos.
"Creo que s� donde encontrarlo", me dice.
El �mnibus nos lleva hasta el boulevard Saint-Michel.
All� se encuentra un hotel que hasta hoy lleva en su balc�n
la inscripci�n de "Hotel de los Extranjeros".
Rimbaud dorm�a sobre un banco,
y a nuestra llegada se despert� frot�ndose los ojos.
Nos dijo que hab�a tomado hashish.
"�Y entonces?", pregunta Verlaine. "Nada de nada."
"Lunas negras y lunas blancas que se persiguen".
Entonces salimos los dos. El estaba bastante somnoliento.
S�lo se reanim� para mostrarme las marcas todav�a recientes
que hab�an dejado los tiroteos en los �ngulos de las casas.
Y con una sonrisa divertida me dijo: "Vamos, confiesa."
Hicimos un largo paseo por el boulevard Saint-Michel y el Pante�n,
y me segu�a mostrando las marcas que blanqueaban las columnas.
Por todas partes se ve�an las marcas dejadas por la metralla.
Le pregunt� si pod�amos esperar una nueva insurrecci�n como la de la Comuna.
"S�". Conoc�a a fan�ticos que disparar�an hasta que fuesen abatidos.
Estar�a con ellos. Su ideal no era otro que poder conseguirlo.
Par�s, la ciudad-luz, el cerebro y el coraz�n de Francia.
"Broma inmunda", dec�a �l.
Par�s s�lo era un lugar al que se ven�a para hacer dinero.
Algunos idealistas se re�nen en ella por costumbre. �C�mo se equivocan!
Porque aqu� llegaban en abundancia las mas bestiales vanidades,
las m�s c�nicas codicias, los m�s brutales apetitos,
los m�s groseros pensamientos de todo el pa�s.
En ning�n lugar las almas eran m�s pesadas, m�s sordas, m�s ciegas. En suma,
el lugar menos intelectual del mundo.
Yo lo escuchaba estupefacto.
Una especie de noche parec�a haberse abatido sobre el entusiasmo de los revolucionarios.
En realidad, era dentro suyo donde la revoluci�n se iba haciendo poco a poco,
una irresistible revoluci�n que no se pod�a prever, puesto que a�n no ten�a la f�rmula
que ir�a a estallar m�s tarde en "Una temporada en el infierno".
Con dolor, se repliega en s� mismo,
y vuelve a Charleville, donde pasar�a el invierno y la primavera.
Juventud ociosa siempre sometida,
por fragilidad perd� hasta mi vida.
�Que el tiempo no se demore en que el alma se enamore!
�Ha sido encontrada! �Qu�? La eternidad.
El sol se ha fundido con el mar.
Alguna noche ha de llegar en cual sereno beba en una vieja ciudad,
Y morir� contento, acostumbrado a esperar.
Si se aplaca mi desdicha, si tengo algo de oro,
al Norte me marchar�a... �o hacia el Pa�s de las Vi�as?
�So�ar no tiene decoro, pues es un empe�o vano!
Y si me volviera aquel viajero de anta�o...
Jam�s la verde taberna me volver� a estar nunca abierta.
Rimbaud comenz� a tener una mala reputaci�n en el medio art�stico y literario de Par�s.
Rimbaud despreciaba demasiado el lado art�stico de los poetas,
que se limitaba a un escepticismo de sal�n.
Por el contrario, �l espera cambiar la vida.
Su odio creciente por la elocuencia, el esp�ritu,
y aquello que llamaba la "artistiquer�a",
pronto lo vuelven insoportable.
De regreso de Par�s en el verano de 1872, me dec�a:
"Es un fastidio. Ahora tengo una sucia reputaci�n en Par�s.
"Fue tonto. Quise divertirme, hacerme pasar por un puerco innoble
"y me tomaron la palabra."
Fui testigo muchas veces, incluso en Charleville,
de esta exhibici�n de cinismo,
sobre todo cuando se trataba de fastidiar a los snobs importantes.
Se lo ve�a a menudo errando por las calles de Charleville,
con la pipa en la boca,
el cabello largo, en desorden, siempre vestido negligentemente...
Y se escrib�a con Verlaine.
El trabajo est� m�s lejos de m� de lo que mi u�a est� de mi ojo.
�Mierda por m�!
�Mierda por m�!
Cuando me vean comer de verdad la mierda,
s�lo entonces dejar�n de pensar que alimentarme les cuesta dinero.
No, Rimbaud no fue un bohemio,
no ten�a ni el aspecto descuidado, ni la pereza, ni ninguno de los defectos
que se le atribuyen generalmente a esta casta poco determinada hasta el d�a de hoy.
Fue un joven y ardiente poeta, que apenas comenzaba a salir de la infancia.
Rimbaud, el m�s sencillo en la palabra,
y al mismo tiempo el m�s complicado ser que me ha tocado encontrar entre los hombres,
en el curso de mi existencia.
Fue Fantin-Latour quien nos pint� a una docena de nosotros en 1872,
bajo el t�tulo "Un rinc�n de la mesa".
Un magn�fico retrato, quiz�s su mejor cuadro.
All� estoy yo, junto a Rimbaud.
Una suerte de dulzura brillaba y sonre�a en sus crueles ojos azules,
y en esa fuerte boca roja de pliegues amargos.
Misticismo y sensualidad... �Y cu�nto!
Profetizaba una revoluci�n del amor,
y quer�a conocer la verdad durante el deseo y la satisfacci�n esenciales.
Yo estaba seguro de no haber penetrado jam�s en su mundo.
Querido amigo:
Ahora trabajo durante la noche, desde la medianoche hasta las 5 de la ma�ana.
El mes pasado, mi cuarto de la calle Monsieur-le-Prince
daba al jard�n del Liceo Saint-Louis.
Hab�a unos �rboles enormes bajo mi estrecha ventana.
A las tres de la ma�ana, la vela palidec�a:
todos los p�jaros gritaban al mismo tiempo en los �rboles.
Se hab�a terminado. No m�s trabajo. Hab�a que ponerse a mirar los �rboles,
el cielo, atrapado en esta hora indecible, la primera de la ma�ana.
A las 5, bajaba a comprar algo de pan.
Los obreros ya emprend�an la marcha.
Pero ahora, tengo un lindo cuarto
que da a un patio sin fondo, de s�lo 3 metros cuadrados.
Aqu� bebo agua toda la noche, no veo la ma�ana,
tampoco duermo. Me asfixio, nada m�s.
La gente quedaba estupefacta ante semejante juventud y talento,
mezclada con tanto salvajismo y licantrop�a.
Las mujeres se estremec�an frente a este joven
que por nada del mundo parec�a interesarse en ellas.
De manera que cuando vuelve a Par�s, un a�o y medio luego de su primer viaje,
ya no es tan popular.
Las opiniones se divid�an entre el Rimbaud individuo y el Rimbaud poeta.
Al pintor Forain le parec�a un perro gru��n,
siempre vociferando contra todo.
Un hombre de genio lleg� a decir: "�Pero si es el diablo!"
No era el diablo... ni el buen Dios... Era Arthur Rimbaud,
es decir, un gran poeta, absolutamente original,
de un sabor �nico, un prodigioso ling�ista,
seguramente un muchacho diferente a todos,
pero franco, sincero, sin malicia alguna.
Extra�os rumores circulaban por Par�s sobre el tipo de afecto
que experimentaba Verlaine hacia su joven amigo.
En las reuniones del cen�culo, se dec�a que,
desde el punto de vista sexual, Rimbaud ten�a gustos depravados,
y que Verlaine estaba inclinado hacia �l por una escandalosa pasi�n.
Rimbaud sabe lo que dicen de �l en Montmartre,
y responde con su habitual sonrisa de amarga resignaci�n.
La familia de Verlaine acusa a Rimbaud,
la familia de Rimbaud acusa a Verlaine.
Una historia de poetas, que no puede ser juzgada por burgueses.
Un d�a de julio de 1872, mi mujer me pide de ir en busca de un medicamento.
Esa tarde, saliendo de casa para ir a la farmacia vecina,
veo a Rimbaud que ven�a a mi encuentro con una carta en la mano.
"Ven�a a tu casa a dejarte unas palabras", me dijo.
"Par�s no me gusta, me voy a B�lgica."
"�C�mo? Nos dejas as� porque s�?" "Entonces ven conmigo."
"Ni lo sue�es. Mi mujer est� enferma, estoy yendo a la farmacia."
"Deja a tu mujer tranquila. Ven conmigo. Nos vamos."
Entonces, lo segu�.
S�, lamentablemente Arthur Rimbaud y yo partimos,
con un loco deseo de viajar,
un d�a de julio de 1872.
Primero a Arr�s, luego a Bruselas.
Desde B�lgica, los vagabundos cruzaron a Inglaterra.
Ya en Londres, frecuentan los bares del puerto,
las bibliotecas, y tambi�n los cen�culos de los comuneros.
Rimbaud sufre una crisis del alma, que consume su fuerza moral
y transforma su estado de �nimo.
Se exasperan mutuamente.
Y de tanto andar lado a lado, chocan.
A Rimbaud no le molestaba,
era una manera de hacerle frente a su propia timidez.
Luego, regresa de Londres y se aloja en la casa familiar de Roche,
desde donde le escribir� una carta.
Querido amigo: puedes imaginar mi actual existencia en la acuarela debajo.
�Oh naturaleza! �Oh madre!
�Qu� mierda! Y estos paisanos, �qu� monstruos de la inocencia!
Por la noche, hay que recorrer dos leguas para beber algo.
La "mother" me ha enterrado en este triste agujero.
No s� c�mo salir, pero voy a salir.
Odio esta atroz Charlestown, el universo, la biblioteca, etc.
Sin embargo, trabajo regularmente en peque�as historias en prosa,
t�tulo general: "Libro pagano", o "Libro negro". Es tonto e inocente.
La madre Rimbaud regresar� a Charlestown en el transcurso de junio,
y tratar� de quedarme alg�n tiempo en esta bella ciudad.
El sol es agobiante y hiela por las ma�anas.
Estoy odioso y molesto: ni un libro, ni un cabaret cercano,
ni un solo incidente en la calle.
�Qu� horror esta campi�a francesa!
Mi suerte depende de este libro,
en el que a�n quedan por inventarse una media docena de historias atroces.
Al volver de Londres, el aspecto de Arthur hab�a cambiado.
El cansancio acumulado en los �ltimos dos a�os
se manifestaba en su rostro de un rojo febril,
el azul de sus ojos se hab�a tornado m�s p�lido,
d�ndole a la mirada un car�cter infinitamente vago,
como desfalleciente.
Su cuerpo y su rostro hab�an adelgazado.
Durante largas jornadas se queda encerrado en su cuarto,
extendido en la cama, los ojos entrecerrados.
Se reh�sa a comer,
y si se lo cuestiona por su salud o se le ofrece ayuda,
responde con una voz ruda y lejana que no sufre,
que no necesita nada, y ruega que lo dejen en paz.
Por la ma�ana las velas consumidas prueban que se hab�a pasado la noche despierto.
Le tocamos las manos, que se hab�an puesto secas y p�lidas,
y notamos que ten�a fiebre.
Si nos inquiet�bamos al respecto, respond�a lleno de fastidio.
A los 18 a�os era una oscura y taciturna imagen viviente
de una conmovedora e irremediable desolaci�n.
Y se iba a vagar por la ciudad y la campa�a.
Rimbaud dejar� nuevamente las Ardenas
para volver a Londres, donde se ocupar� de su amigo enfermo.
Y llegar�n otra vez el drama, los interminables disgustos.
Ahora es Verlaine, cada vez m�s alterado
por el comportamiento de su mujer, quien le hab�a pedido la separaci�n y el divorcio,
el que se larga para volver al hogar y reconciliarse con Mathilde.
Era absolutamente necesario partir, dejar a Rimbaud,
esa vida violenta que ya no ten�a raz�n de ser.
Pero como lo amaba intensamente �maldito quien piense mal de esto�
quer�a convencerme de que si en tres d�as
yo no estaba de vuelta con mi mujer, me volaba los sesos.
Como era bastante probable que tuviese que hacer esta �ltima estupidez,
al menos lo har�a con coraje.
Todav�a lo veo en el embarcadero de Saint Catherine,
desde el vapor que en algunos minutos sal�a para Amberes.
Mi �ltimo pensamiento ser� para �l, que me llamaba desde el muelle,
y con quien no quise regresar porque hac�a falta
que yo reviente.
Vuelve, vuelve, querido amigo, �nico amigo, vuelve.
Te juro que ser� bueno. Si fui pesado contigo,
era una broma en la que me empecin�, y me arrepiento m�s de lo que cabe decir.
Vuelve, eso quedar� olvidado.
Ya llevo dos d�as llorando sin cesar. Vuelve.
Espero que sepas ahora que no hab�a nada de cierto en nuestra discusi�n.
�Qu� horrible momento! Pero t�, cuando te hac�a se�as
de que bajaras del barco, �por qu� no viniste?
�Hemos vivido dos a�os juntos para llegar a este momento!
�Qu� vas a hacer? Si no quieres volver aqu�, �quieres que vaya ad�nde t� est�s?
S�, soy yo quien se equivoc�. Oh, no me olvidar�s, �verdad?
No, no puedes olvidarme. Yo te llevo siempre conmigo.
Tuyo, para toda la vida.
Si no he de verte m�s, me matricular� en la marina o en el ej�rcito.
Se embarca en Ostende, pasa por Bruselas,
y cuatro d�as m�s tarde, Rimbaud estaba aqu�.
Todav�a lo recuerdo aqu� en Bruselas, en este sucio hotel de la calle Pacheco
donde nos hab�amos alojado.
Yo estaba sentado al pie de la cama,
�l de pie junto a la puerta,
cruzado de brazos y desafi�ndome con su actitud.
Le dije todo lo necesario para que se quede conmigo.
Pero �l quer�a partir.
Sent� que nada lo har�a revisar su decisi�n.
Nos quedamos quiz�s cinco minutos, Rimbaud y yo,
devor�ndonos con la mirada.
Al final, �l la desvi�.
"Me voy", dijo.
Y baj� la escalera r�pidamente.
Escuch� los pelda�os crujir bajo sus pasos.
Yo jadeaba, ve�a todo rojo,
me parec�a que se llevaba mi mente y mi coraz�n.
Cuando ya no lo escuch�, fue como una tormenta dentro de m�.
Hubiese matado a todos para volver a ver a Rimbaud.
Baj� precipitadamente la escalera, en la calle vi a Rimbaud
que caminaba delante m�o, por la vereda que lleva al bulevar Bot�nico.
Caminaba lentamente, parec�a indeciso.
Lo alcanzo, y le digo: "�Tienes que volver!
"Si no, esto terminar� mal."
"�D�jame en paz!" me responde, sin mirarme.
Entonces me pongo como un loco, me digo que no queda otra que matarlo,
saco el rev�lver que llevo siempre en el bolsillo...
Disparo dos veces, Rimbaud cae... Y eso es todo.
La primera bala lo hiri� en la mano izquierda,
la segunda no lo alcanz�.
Enseguida se dirigi� al hospital Saint-Jean donde le curaron la herida.
Le extrajeron la bala algunos d�as m�s tarde.
En lo que a m� respecta, me dan dos a�os de prisi�n.
Mi rabia por haber perdido a Rimbaud era tal,
que hubiese querido saberlo aniquilado.
Fue m�s tarde, en mi celda de Mons, y cuando recuper� la libertad, que pens� en �l con ternura.
Ni tampoco eso, no fue con ternura.
En este joven hab�a una seducci�n demon�aca.
Se ha dicho que Rimbaud fue una leyenda,
lo que seguramente es cierto desde el punto de vista de la literatura,
pero para m� Rimbaud es una realidad siempre viva,
un sol que arde en m� y que no quiere apagarse.
Por eso sue�o con �l todas las noches.
Lleg� un mediod�a a la estaci�n de Voncq, cerca de Roche.
Mi madre lo esperaba.
El esc�ndalo lo horrorizaba, y se sent�a profundamente humillado.
No parec�a muy orgulloso de su mano vendada.
El 20 de julio de 1873,
entr� en casa, el brazo colgando del cuello,
y el rostro lleno de sufrimiento y desesperaci�n.
Est�bamos almorzando, y sin responder los saludos de bienvenida,
se desmoron� en una silla.
Lo sacud�a una crisis de llanto. "�Oh! Verlaine, Verlaine", gem�a de a ratos.
Yo predije que esto terminar�a mal.
Dios siempre castiga la desobediencia de sus hijos.
Le pregunt� si se daba cuenta del da�o que se estaba haciendo
por no escuchar los consejos y terminar de una vez con Verlaine.
Anta�o, si mal no recuerdo,
mi vida era un fest�n donde se abr�an todos los corazones,
donde corr�an todos los vinos.
Una noche, sent� a la Belleza en mis rodillas.
Y la encontr� amarga. Y la injuri�.
He vivido en todas partes.
No hay familia en Europa a la que no conozca. Hablo de familias como la m�a,
que todo se lo deben a la Declaraci�n de los Derechos del Hombre.
�He conocido cada hijo de familia!
�Si yo tuviera antecedentes en un punto cualquiera de la historia de Francia!
Pero no, nada.
Me resulta bien evidente que siempre he sido de raza inferior.
Yo no puedo comprender la rebeli�n.
Mi raza no se levant� jam�s sino para robar: as� los lobos al animal que no mataron.
Rememoro la historia de Francia, hija mayor de la Iglesia.
Nunca acabar� de verme en ese pasado.
Pero siempre solo, sin familia, hasta esto, �qu� lengua hablaba?
Juraba con imprecaciones dirigidas a los responsables de su desdicha,
que a partir de ahora dejaban de existir,
sucediese lo que sucediese con aquella calamitosa amistad.
Ese d�a y los d�as siguientes, en el comedor, en la mesa,
estaba cada vez m�s triste y silencioso.
La noticia de la condena a Verlaine
va a exasperar todav�a m�s su desprecio por el mundo literario.
Durante las horas de trabajo, nos llegaban desde arriba,
reiteradamente, los sollozos, convulsivos,
entrecortados por gemidos o gritos de c�lera,
por risotadas y maldiciones.
Heme aqu� en la playa armoricana. Ya pueden iluminarse de noche las ciudades.
Mi jornada ha concluido, dejo Europa.
El aire marino quemar� mis pulmones, me tostar�n los climas remotos.
Regresar� con miembros de hierro, la piel oscura, los ojos furiosos:
de acuerdo a mi m�scara, me juzgar�n de una raza fuerte.
Tendr� oro: ser� ocioso y brutal.
Las mujeres cuidan a esos inv�lidos feroces que retornan de las tierras calientes.
Me inmiscuir� en los asuntos pol�ticos. �Salvado!
Ahora estoy maldito, tengo horror de la patria.
Lo mejor es un sue�o bien ebrio, sobre la playa.
En las rutas, durante las noches de invierno, sin techo, sin ropas, sin pan,
una voz me estrujaba el coraz�n helado:
"T� no sabes ad�nde vas, ni por qu� vas,
no han de matarte m�s que si ya fueras un cad�ver"
A la ma�ana, ten�a la mirada tan perdida y tan muerto el semblante,
que los que se encontraban conmigo acaso no me vieron.
En las ciudades, el barro se me aparec�a de pronto rojo y negro,
como un espejo cuando la l�mpara circula en la pieza vecina, �como un tesoro en la selva!
Y ve�a en el cielo un mar de humo y de llamas,
y a derecha, y a izquierda, todas las riquezas ard�an como un millar de rayos.
Pero la org�a y la camarader�a de las mujeres me estaban prohibidas.
Ni siquiera un compa�ero. Yo me ve�a ante una muchedumbre exasperada,
"Sacerdotes, profesores, maestros, os equivoc�is al entregarme a la justicia.
"Jam�s he pertenecido a este pueblo, yo no he sido jam�s cristiano,
"yo soy de la raza que cantaba en el suplicio,
"no comprendo las leyes, no tengo sentido moral, soy una bestia: os est�is equivocando..."
Lo m�s astuto es abandonar este continente.
El verano hab�a sido muy c�lido,
la familia vuelve al trabajo, la cosecha no pod�a esperar.
Arthur se aisla aqu�, en el granero de la finca,
el �nico oasis de paz. Y escribe.
Cada noche, febril, abandonaba a su familia y se refugiaba en el silencio.
A veces trabajaba toda la noche.
Un d�a le pregunt� si pod�a hojear los manuscritos.
"No entend� un �pice. �Qu� has querido decir?"
"He querido decir lo que dice ah�, literalmente y en todos los sentidos."
Yo me creo en el infierno, luego estoy en �l.
Esto es el catecismo realizado. Soy esclavo de mi bautismo.
Padres, hab�is hecho mi desgracia y la vuestra.
La piel del cr�neo se me deseca.
�Piedad! Se�or, tengo miedo. �Tengo sed, tanta sed!
Ah, la infancia, la hierba, la lluvia, el lago sobre las piedras,
el claro de luna cuando en el campanario sonaban las doce...
Mi vida fue s�lo una serie de dulces locuras, es lamentable.
�Bah! Hagamos todas las muecas imaginables.
Decididamente, estamos fuera del mundo. No m�s sonido. Mi tacto desapareci�.
Las tardes, las ma�anas, las noches, los d�as... �Si estar� cansado!
Yo deber�a tener un infierno para mi c�lera, un infierno para mi orgullo,
y el infierno de las caricias, un concierto de infiernos.
Me muero de cansancio.
Esto es la tumba, voy hacia los gusanos, �horror de los horrores!
�Ah, subir de nuevo a la vida! �Mi flaqueza, la crueldad del mundo!
En la casa, mi madre, siempre tan activa,
le hac�a algunos reproches con respecto a su aparente ociosidad.
El respond�a sollozando,
que trabajaba mucho, por el contrario,
que su trabajo, siendo un trabajo del pensamiento, era todav�a m�s extenuante.
"Pero no conduce pr�cticamente a nada", le hac�a observar mi madre.
"Tanto peor", respond�a �l, "Escribo porque es necesario".
Y por la noche, en efecto, le herv�a la sangre mientras anotaba en prosa sus "Iluminaciones".
Mi madre ni siquiera se molestaba en prestarle alguna ayuda.
�Qu� podr�a haber hecho por Arthur?
Era imposible que lo alentase en sus ensayos de literatura,
que ella detesta.
Estoy perdida. Estoy borracha. Estoy impura. �Qu� vida!
Olvid� todo mi deber humano para seguirlo. �Qu� vida!
Yo voy adonde �l va, no hay qu� hacerle.
Y a menudo �l se encoleriza contra m�, contra m�, una pobre alma.
�El Demonio! Porque es un Demonio, sab�is, no es un hombre.
El dice: "Yo no amo a las mujeres. Hay que reinventar el amor". Lo sabemos.
Junto a su querido cuerpo dormido, cu�ntas horas nocturnas he velado,
pregunt�ndome por qu� deseaba tanto evadirse de la realidad.
�Ay! depend�a de �l por completo.
Ten�a cada vez m�s y m�s hambre de su bondad.
Con sus besos y sus abrazos amistosos,
yo entraba realmente en un cielo, un sombr�o cielo,
en el que hubiera querido que me dejaran pobre, sorda, muda, ciega.
Ya empezaba a acostumbrarme. Y nos ve�a a ambos,
como a dos ni�os buenos, libres de pasearse por el Para�so de la Tristeza.
Y le hac�a prometer que no me abandonar�a. Veinte veces me hizo esa promesa de amante.
Luego, recuperaba sus maneras de joven madre, de hermana querida.
�Si fuera menos salvaje, estar�amos salvados! Pero tambi�n su dulzura es mortal.
Yo me le someto. �Ah, estoy loca!
�Usted habla de "Una temporada en el infierno"?
Una especie de prodigiosa autobiograf�a psicol�gica, escrita en una prosa de diamante
que es de su exclusiva propiedad, y donde yo figuro
como un sat�nico doctor... No es verdad.
�Ah! Esa vida de mi infancia,
la gran ruta accesible en todo tiempo,
sobrenaturalmente sobrio,
m�s desinteresado que el mejor de los mendigos,
orgulloso de no tener patria ni amigos,
qu� tonter�a fue.
�Y s�lo ahora me doy cuenta!
Reconozco en esto la triste educaci�n de mi infancia.
�Y qu�! �No! �No! �Ahora me rebelo contra la muerte!
�Cu�ndo iremos, m�s all� de las playas y de los montes,
a saludar el nacimiento del nuevo trabajo, de la nueva sabidur�a,
la hu�da de los tiranos y de los demonios, el fin de la superstici�n,
a adorar ��los primeros!� la Navidad sobre la tierra?
�El canto de los cielos, la marcha de los pueblos!
Esclavos, no maldigamos la vida. Yo detesto la miseria.
He tratado de inventar nuevas flores, nuevos astros, nuevas carnes, nuevas lenguas.
He cre�do adquirir poderes sobrenaturales.
�Pues bien! �Tengo que enterrar mi imaginaci�n y mis recuerdos!
�Una hermosa gloria de artista y de narrador desvanecida!
En fin, pedir� perd�n por haberme nutrido de mentira.
Rimbaud dijo en "Una temporada...":
"Mi jornada ha concluido, me voy de Europa.
"El aire marino quemar� mis pulmones, me tostar�n los climas remotos."
As� pronostic�, con veinte a�os de anticipaci�n,
el fin, dir�a yo, heroico,
en todo caso, noble y orgulloso de este poeta,
para realizar su sue�o
de conquistar lo nuevo, con lo peor y lo mejor.
"Una temporada en el infierno" se hundir� en un monstruoso olvido,
puesto que jam�s fue difundido por su autor.
Ten�a muchas otras cosas que hacer.
Recorri� todos los continentes,
todos los oc�anos, pobremente, dignamente,
despu�s de haber escrito, tambi�n en prosa,
una serie de soberbios fragmentos, las "Iluminaciones",
que tem� haber perdido para siempre
y que milagrosamente volv� a encontrar.
Soy un inventor de muy distinto m�rito que cuantos me precedieron,
un m�sico incluso, que ha encontrado algo as� como la clave del amor.
En un granero donde fui encerrado a los doce a�os conoc� el mundo.
Yo ilustr� la comedia humana. En una bodega aprend� la historia.
En alguna fiesta nocturna en una ciudad del Norte
encontr� todas las mujeres de los antiguos pintores.
En un viejo pasaje de Par�s me ense�aron las ciencias cl�sicas.
En una magn�fica morada cercada por el Oriente entero,
realic� mi inmensa obra y pas� mi ilustre retiro.
He agitado mi sangre. Mi deber me ha sido condonado.
Ni siquiera hay que seguir pensando en eso.
Soy realmente de ultratumba, y basta de encargos.
Pas� todo el a�o 1874 en Londres.
Generalmente se piensa que all� escribi� las "Iluminaciones".
La vida en Londres parec�a m�s normal pero tambi�n era m�s dura.
Rimbaud, acostumbrado a todo, volvi� entusiasmado.
All� todo era m�s fuerte, m�s l�gico, m�s inteligente.
Era el movimiento, el orden, el poder y el color.
Era la gran ciudad.
Era "la" ciudad.
Arthur buscaba trabajo en Londres.
Hac�a publicar anuncios, y no obten�a respuesta.
Ya para esta �poca hab�a abandonado la literatura,
y los problemas sociales no ten�an m�s inter�s para �l.
Se dedicaba a las ciencias y a las cuestiones econ�micas.
Lo devoraba el deseo de ver y aprender.
Dec�a: "Quedarse siempre en el mismo lugar me parece un destino muy desgraciado.
"Quisiera recorrer el mundo entero, que al fin y al cabo no es tan grande.
"Quiz�s pueda encontrar un lugar que m�s o menos me guste".
�Oh las enormes avenidas del pa�s santo, las terrazas del templo!
�Qu� ha sido del brahm�n que me explic� los Proverbios?
Recuerdo las horas de sol y de plata cerca de los r�os,
con la mano del campo en mi hombro,
y nuestras caricias de pie en las llanuras de pimienta.
Un revuelo de palomas escarlatas truena alrededor de mi pensamiento.
Exiliado aqu�, he tenido un escenario
en donde interpretar las mejores obras dram�ticas de todas las literaturas.
Podr�a revelaros las riquezas inauditas. �Ya veo sus consecuencias!
Desde��is mi sabidur�a tanto como el caos.
�Qu� es mi nada al lado del estupor que os aguarda?
Rimbaud vuelve a Charleville donde pasa el invierno del '75 al '76.
Emplea su tiempo en estudiar �rabe, algo de ruso y piano.
Su hermana Vitalie muere el 18 de diciembre de sinovitis, despu�s de sufrimientos
que lo afectaron de manera cruel.
Sin embargo, vuelve a irse, viaja por Austria, va hacia a Bulgaria.
En Viena lo despojan de sus pertenencias, y debe regresar a pie hasta su casa.
Yo soy el santo, orando en la terraza,
como las bestias mansas que pacen hasta el mar de Palestina.
Yo soy el sabio en el sill�n sombr�o.
Las ramas y la lluvia se arrojan contra el ventanal de la biblioteca.
Yo soy el peat�n del camino real entre los bosques enanos,
el murmullo de las esclusas ahoga mis pasos.
Miro largo rato la melanc�lica lej�a dorada del poniente.
Yo ser�a con gusto el ni�o abandonado en la escollera que parti� hacia alta mar,
el paje que recorre la alameda y cuya frente toca el cielo.
A partir de 1874, Rimbaud se mostraba indiferente a toda su obra.
A Verlaine, este abandono de la literatura le parec�a rid�culo, casi monstruoso.
Y predijo que Rimbaud terminar�a como jefe de oficina.
Sin embargo, me rogaba, s�lo por curiosidad,
de tenerlo al corriente sobre el "caparaz�n del monstruo".
Si hubo en Rimbaud una �ltima veleidad de literato, ya no pensaba en ello una semana despu�s.
A partir de ahora, es la vida errante. De 1875 a 1879, va a entregarse
perdidamente a esa voluptuosidad de ir lejos, muy lejos,
que present�a y que incluso cantaba desde los 15 a�os.
Yo era muy peque�a cuando se march� por primera vez,
en septiembre de 1870.
Era muy tarde, en el Camino de los Casta�os de Charleville.
La multitud se desesperaba por las noticias de la guerra, y s�lo se hablaba de derrota.
La mitad de mi alma estaba feliz, se iba con �l lejos del hogar, de la seguridad.
L�grimas de desesperaci�n me brotaban del pecho,
y revelaban el gran pedazo de m� que se hab�a ido con �l.
Despu�s lo segu� por todo el mundo,
con el pensamiento, con sufrimiento, con alegr�a,
sin ning�n esfuerzo de la voluntad, casi a pesar m�o.
Un mal d�a, cuando el fr�o o el hambre se prolongaban, yo sufr�a con �l.
Mi esp�ritu ansioso no pod�a refugiarse en ninguna parte:
estaba con �l entre la niebla gris o bajo el p�lido sol de Londres,
bajo el cielo azul de Italia o en la nieve de Saint Gothar.
Recorr� con �l los grandes caminos, atravesamos bosques y praderas...
Mis ojos a�n est�n repletos de cosas y de paisajes maravillosos.
Rimbaud hizo varias apariciones por Charleville,
durante la primera parte de su vida errante, entre 1873 y 1879.
Despu�s de cada gran viaje, volv�a a rebajarse al pa�s natal.
Pero el contacto con sus viejos amigos ya no exist�a:
Para �l representaban la literatura, el pasado.
Mucho antes de su �xodo definitivo, nos asombraban su silencio y su indiferencia.
Y su regreso, �qu� alegr�a delirante!
La felicidad de volver a estar completa y perfecta,
despu�s de haber sufrido largo tiempo la ausencia de la mejor parte de uno mismo.
Yo sal� de la infancia cuando �l entr� en la edad viril.
Pose�amos la plenitud de nuestra fuerza f�sica y de nuestras facultades intelectuales.
Entonces el destino nos separ�.
Miles de kil�metros nos separaron.
Conoc�a sus obras sin haberlas le�do. Yo las hab�a pensado,
pero no hubiese podido expresarlas con su m�gico verbo.
Yo lo admiraba y lo comprend�a.
En septiembre de 1879, habi�ndome enterado del regreso a Francia de Rimbaud,
lo fui a visitar a Roche, a la granja perteneciente a su madre.
Llegu� por la tarde. Se estaban descargando gavillas de trigo que iban siendo ingresadas a la granja.
Todos nos pusimos a ello, la madre, la hermana, �l y yo.
La voz infantil que yo hab�a conocido se hab�a vuelto grave y profunda,
impregnada de una tranquila energ�a.
Sus mejillas antes redondas, ahora se hab�an profundizado.
S�lo quedaban del viejo Rimbaud sus adorables ojos,
terribles tanto en su inocencia como en su despiadada raz�n.
Luego de cenar, conversamos. Estaba sereno, sonriente, muy d�cil.
Una conversaci�n vulgar y divertida, llena de apreciaciones curiosas y muy sensatas.
Comprob� que de la poes�a o de sus antiguos gustos, ni una sola palabra.
Al final se lo pregunt�, muy decidido: �Entonces, ya no hay literatura?
Y �l, sacudiendo la cabeza, apenas sonriendo, ni divertido ni molesto, me respondi� simplemente:
"Ya no me ocupo de eso".
Aquel verano, Millot me invita al peque�o caf� de la plaza.
Rimbaud, me dice, acaba de comprarse un traje nuevo,
pidi�ndole al sastre que le haga llegar la factura a su madre.
Est� por marcharse. Lleg� alrededor de las 8,
durante toda la noche estuvo con una alegr�a desacostumbrada, desbordante...
A las 11 nos dej� para siempre.
No volver� a Charleville sino 12 a�os despu�s.
En un ata�d.
UN ANGEL EN EL EXILIO
Ad�n, 17 de agosto de 1880.
Querida mam�, querida hermana:
He estado buscando trabajo en todos los puertos del Mar Rojo,
en Djeddah, Souakim, Massaouah, Hodeidah, etc.
He venido a Ad�n luego de haber intentado encontrar alguna ocupaci�n en Abisinia.
Me he enfermado al llegar. Estoy empleado por un comerciante de caf�,
y ahora s�lo dispongo de 7 francos. Cuando tenga algunos cientos de francos,
me ir� hacia Zanzibar donde dicen que hay mucho por hacer.
Espero vuestras noticias. Rimbaud.
Alfred BARDEY Comerciante de Ad�n
Arthur Rimbaud ten�a 25 a�os en aquel momento.
Ven�a de la isla de Chipre, donde era jefe de un equipo de canteras.
Hab�a ca�do enfermo, y completamente desamparado, fue recogido en Alejandr�a.
Nosotros lo hab�amos empleado provisoriamente como jefe de taller en nuestra empresa,
adonde se ocupar�a del pesado y la clasificaci�n del caf�.
El se�or Rimbaud conoc�a suficientemente bien el �rabe para poder dar �rdenes en esta lengua,
con lo cual consigue la consideraci�n del personal nativo,
que sin embargo lo designa bajo el nombre de "karani",
literalmente "el malo".
Queridos amigos,
Ad�n es una roca espantosa, sin una sola brizna de hierba ni una gota de agua potable:
aqu� se bebe agua de mar destilada.
El calor es excesivo, sobre todo en las dos can�culas de junio y septiembre.
Estoy prisionero aqu�, y seguramente me ser� necesario quedarme al menos 3 meses,
antes de poder levantarme un poco o encontrar un mejor empleo.
La compa��a maneja varios cientos de miles de francos por mes.
Yo soy el �nico empleado y todo pasa por mis manos.
Estoy muy al corriente del comercio actual del caf�.
Tengo la absoluta confianza del patr�n s�lo que estoy mal remunerado.
Pero como soy el �nico empleado m�s o menos inteligente en Ad�n,
me marchar� cuando finalice mi contrato.
Es mejor partir que dejarse explotar.
La compa��a tiene tambi�n caravanas en Africa, y es bastante posible que me vaya por ah�,
donde conseguir� sacar provecho y donde me aburrir� menos que en Ad�n,
que es, como todos reconocen, el lugar m�s aburrido del mundo,
no tanto, sin embargo, como aquel en el que ustedes habitan.
Me hab�a dicho tener 25 a�os y haber nacido en D�le, en el Jura.
Mucho despu�s, supe que hab�a nacido en Charleville, en las Ardenas,
y que D�le, era el lugar de nacimiento de su padre.
Su car�cter me parec�a algo singular:
a veces taciturno, silencioso, parec�a evitar la compa��a de los dem�s,
y a veces se animaba, y se volv�a un amable conversador,
con un discurso algo c�ustico, que pon�a en rid�culo
los hechos y gestos de la gente, a los que cuestionaba en sus relatos.
De todas maneras, creo que en esta man�a pon�a m�s iron�a que maldad.
Yo no le daba importancia a las rarezas de su esp�ritu.
Lo atribu�a a ciertas dificultades, a una cierta repugnancia por el mundo,
motivada por desventuras de las que no hablaba,
pero que su gran inteligencia hab�a seguramente sufrido.
La compa��a del se�or Bardey hab�a fundado una agencia en Harar,
una comarca al sudeste de Abisinia.
Ten�an previsto exportar lanas, caf�, pieles, etc�tera.
Mi hermano le hab�a pedido a Bardey el traslado, quer�a irse de Ad�n como sea.
Nos explicaba muy precisamente todo esto en sus cartas.
Segu� su peregrinaci�n en este mapa:
de Ad�n a Harar se iba por mar,
primero de Ad�n a Zeilah por la costa africana,
luego de Zeilah a Harar, en 20 d�as de caravana.
La compa��a Bardey hab�a establecido una agencia,
y un representante a cuyas �rdenes deb�a trabajar Arthur.
El hablaba tambi�n de salir armado,
ya que exist�a el riesgo de dejar la piel en manos de los galla,
una tribu ind�gena en la cual no se pod�a confiar.
Tambi�n nos hab�a pedido de encargarle un cierto n�mero de libros,
que quer�a hacerse enviar: tratados de metal�rgica,
de hidr�ulica, mineralog�a alba�iler�a, etc�tera,
sin que se comprenda muy bien qu� es lo que quer�a hacer.
Harar, 13 de diciembre de 1880.
Queridos amigos, he llegado a este pa�s
luego de 20 d�as a caballo a trav�s del desierto somal�.
Harar es una ciudad colonizada por los egipcios y que depende de su gobierno.
La guarnici�n cuenta con varios miles de hombres.
Aqu� est�n la agencia y nuestras tiendas.
Los productos comerciales del pa�s son el caf�, el marfil, las pieles, etc.
El lugar est� elevado, pero no es inf�rtil. El clima es fresco, pero no malsano.
Aqu� se importan todo tipo de mercader�as de Europa, gracias a los camellos.
No tenemos un correo regular, as� que estas palabras les llegar�n luego de cierto tiempo.
Les ruego me hagan llegar noticias lo m�s frecuentemente posible.
Espero que sus cosas vayan bien, y se encuentren bien.
Harar estaba completamente rodeada por altas murallas,
construidas en piedra y unidas con barro.
Se ve�a barro seco por doquier.
Los habitantes no vest�an como otros ind�genas de Africa Oriental,
sino a la manera de los �rabes, con la cabeza rapada y turbante.
La vida, comparada con otras localidades de Africa Oriental,
era casi lujosa.
Hab�a tiendas donde se pod�an comprar toda clase de objetos,
hab�a cantinas y caf�s,
y, signo indiscutible de civilizaci�n, hab�a burdeles.
Al atardecer se cerraban las puertas de la ciudad,
se le entregaban las llaves al gobernador, y luego quedaba prohibido
circular por las calles sin un permiso especial.
Hab�a un gran n�mero de leones, panteras y hienas en los alrededores,
y a veces lograban escalar los muros.
Rimbaud dedicaba mucho tiempo a una complicada escritura contable,
puesto que los funcionarios de aduanas, minuciosos y desconfiados,
toda una pandilla de bandidos, eran imposibles de contentar,
y ni hablar de las cuestiones de cambio, de tarifas, de tr�nsito.
Queridos amigos,
He recibido la carta del 8 de diciembre, y creo haberles escrito por lo menos otra vez.
Por otra parte, perd� la memoria en el campo.
No cuento con quedarme mucho aqu�, pronto sabr� cuando me ir�.
No he encontrado lo que buscaba, y vivo de manera aburrida y sin beneficio.
Apenas tenga 1500 o 2000 francos me ir�, y estar� mucho mejor.
Cuento con encontrar algo mejor un poco m�s lejos.
Envienme noticias de los trabajos en Panam�, ir� all� apenas comiencen.
Ser�a feliz de irme de aqu�.
Arthur Rimbaud era un gran trabajador, activo y curioso,
con una cabellera gris en una figura de 25 a�os.
Andaba descubierto y descalzo por el monte, s�lo beb�a agua,
y apenas se trataba con otros europeos, a los que llamaba "degustadores de copitas".
Le�a muy rara vez, y s�lo gram�ticas �rabes, para estudiar la lengua
de la que iba a servirse en su comercio. Jam�s hablaba de su pasado,
a veces del barrio latino, de escritores y artistas...
"bastante conocidos esos bichos", dec�a.
Guardaba un recuerdo de Londres, durante un per�odo de embriaguez.
Jam�s hablaba de su familia.
Ocurri� una vez, en un descanso obligado,
que se puso a conversar durante horas con mucha locuacidad.
Pero esos momentos eran raros.
Viv�amos una vida rutinaria pero con mucho trabajo.
Un d�a, nos enteramos de que una caravana fue atacada y que fueron robados cientos de pieles.
Otro d�a, suena un tam-tam y una nube de langostas obscurece el cielo.
El hambre amenaza, la agencia es invadida por gente agonizante,
el tifus se expande r�pidamente.
Cada ma�ana retiramos 20 muertos de la gran plaza que est� frente a la f�brica.
Se los tira en una zanja.
Afuera son las hienas y los buitres quienes hacen la limpieza sanitaria.
Las noches son agitadas, las fieras rugen y a�llan en los lindes de la selva
que bordea la orilla del r�o.
Las hienas, m�s atrevidas que nunca, se aproximan a las tiendas.
Harar, 22 de julio de 1881.
Queridos amigos, acabo de recibir una carta de mayo o de junio.
No tienen por qu� sorprenderse del retraso de la correspondencia: no es justo,
la distancia es grande, eso es todo. Atravesar dos veces el desierto duplica la distancia postal.
Yo no los olvido de ninguna manera, �c�mo podr�a?
Y si mis cartas son demasiado breves, es porque en las expediciones
siempre estaba apurado a la hora de la salida del correo.
Pero pienso en ustedes, y s�lo pienso en ustedes.
Y qu� quieren que les cuente de mi trabajo aqu�, que tanto me repugna,
y de este pa�s al que aborrezco, y as� todo.
En este momento estoy haciendo venir desde Lyon un m�quina fotogr�fica,
la llevar� a Harar y conseguir� vistas de regiones desconocidas.
Es un excelente negocio.
Hab�a recibido su m�quina fotogr�fica,
y hab�a vuelto a Harar, desde donde nos envi� fotograf�as de si mismo.
Estaban tan borrosas que apenas se puede reconocer su figura.
Estas fotograf�as me representan, una, de pie en una terraza de casa,
otra, en una plantaci�n de caf�, y a�n otra, de brazos cruzados, en un jard�n de pl�tanos.
Todas se han decolorado debido a la mala calidad del agua que uso para lavarlas.
Pero a partir de ahora voy a mejorar el trabajo.
Se las env�o para hacerles recordar mi aspecto, y darles una idea de los paisajes de aqu�.
Isabelle se equivoca de no casarse si se presenta alguien serio e instruido,
alguien con un porvenir.
La vida es as�, y la soledad es muy mala aqu� abajo.
Por mi parte, lamento no haberme casado y tener una familia.
Pero ahora estoy condenado a errar, consagrado a una empresa lejana,
y cada d�a que pasa pierdo el recuerdo del clima, la manera de vivir, e incluso la lengua de Europa.
Me hablan de las novedades pol�ticas. �Si supieran como me son indiferentes!
Hace m�s de dos a�os que no he le�do un peri�dico.
Hoy todos esos debates me resultan incomprensibles.
Como los musulmanes, s� que lo que tiene que pasar, pasa, y eso es todo.
En el verano de 1883, mientras estaba haciendo una curaci�n en Vichy,
me entero sorpresivamente que Rimbaud conoc�a al poeta Verlaine,
y que la relaci�n llegaba incluso al tuteo.
Al volver de Francia, me encuentro en el barco con el periodista Paul Bourde,
quien hab�a conocido a Rimbaud en el colegio de Charleville,
y as� aprendo con estupefacci�n,
que mi empleado era c�lebre en ciertos cen�culos del barrio Latino.
Cuando vi a Rimbaud en Ad�n, le cont� sobre el encuentro con Paul Bourde,
y le entregu� una carta de aquel. Lo oigo rezongar
y alzar los hombros, y cuando hice alusi�n
a su amistad con Verlaine �l se fastidia,
enrojece y murmura: "absurdo, rid�culo, repugnante".
En 1884 publiqu� un fasc�culo que llam� "Los poetas malditos".
Hab�a varios retratos, y uno sobre Arthur Rimbaud.
Escrib�:
Si estas l�neas aparecen casualmente bajo su mirada,
que el se�or Arthur Rimbaud sepa que no juzgamos los motivos de los hombres,
y tenga por segura nuestra completa aprobaci�n �y nuestra negra tristeza tambi�n�
de su abandono de la poes�a, siempre que, como no nos queda ninguna duda,
este abandono haya sido para �l l�gico, honesto y necesario.
De haber consultado a Arthur Rimbaud �del que ignoramos su direcci�n�
probablemente, en lo que a �l concierne, nos hubiera desaconsejado de emprender esta tarea.
�As� se maldijo a si mismo este Poeta Maldito!
Ad�n, 24 de abril de 1884.
He llegado a Ad�n luego de seis semanas de viaje en el desierto,
y es por esta raz�n que no les he escrito.
Harar es inhabitable en este momento a causa de los desastres de la guerra.
Nuestra empresa fue liquidada en Harar y en Ad�n, y a fin de mes me quedo sin empleo.
No tengo ninguna idea de d�nde podr�a estar dentro de un mes.
Tengo encima entre 12000 y 13000 francos, y como aqu� no se puede confiar en nadie,
estoy obligado a cargar con este capital y a vigilarlo constantemente.
Y este dinero, que podr�a darme una peque�a renta que me permita
vivir sin empleo, no me aporta nada aparte de continuos disgustos.
�Qu� desoladora existencia bajo estos climas absurdos y en estas condiciones insensatas!
Perd�nenme por detallarles mis problemas,
pero me doy cuenta de que estoy llegando a los 30 a�os �la mitad de la vida�
y me siento muy cansado de vagar por el mundo sin beneficio alguno.
Mi salud est� muy deteriorada, un a�o aqu� equivale a cinco en otra parte.
No fumo jam�s, me visto con tela de algod�n,
aqu� se vive horriblemente mal y adem�s es muy caro.
Todas las noches del a�o se duerme al aire libre,
y sin embargo el alojamiento me cuesta 40 francos al mes.
Espero ver llegar el descanso antes de mi muerte.
Por otra parte, ya estoy muy acostumbrado a todo tipo de preocupaciones,
y si me lamento, es como una manera de cantar.
Sab�amos que hab�a tenido algunas relaciones con mujeres.
En Ad�n tuvo una relaci�n con una abisinia.
Fue una uni�n �ntima, y Rimbaud, que primero se alojaba con nosotros,
alquil� esta casa para vivir con su compa�era el tiempo que no pasaba en nuestras oficinas.
La abisinia fue enviada por Rimbaud a su pa�s,
cuando �l nos dej� en septiembre u octubre de 1885.
Nada puedo decir de los sentimientos �ntimos que haya tenido Rimbaud por esta mujer.
S� que �l era bueno para ella.
Ella se vest�a a la europea, y en su interior era igual a la gente de la regi�n.
Queridos amigos, He dejado mi empleo en Ad�n,
luego de una violenta discusi�n con esos ingratos sujetos que pretend�an embrutecerme para siempre.
Le hice muchos favores a esta gente,
y se imaginaban que, para complacerlos, me iba a pasar toda la vida con ellos.
Hicieron de todo para retenerme, pero yo los mand� al diablo.
Me han dado excelentes certificados por los cinco a�os.
Est�n viniendo miles de fusiles de Europa,
voy a formar una caravana para llevar esta mercader�a a Menelik, el rey de Choa.
La ruta hacia Choa es muy larga: casi dos meses de marcha,
y hay que atravesar regiones que son terribles desiertos.
Si el negocio sale bien, me ver�n en Francia donde yo mismo comprar� nuevas mercader�as.
Si pudiese, luego de 3 o 4 a�os, agregar un centenar de miles de francos a los que ya tengo,
dejar� alegremente este desdichado pa�s.
En el verano de 1886, "Iluminaciones" fue publicado en Par�s.
El �xito es inmediato.
F�lix F�n�on escribi�: "obra por fuera de toda literatura,
"y probablemente superior a todas."
En cuanto a aquel que conozco desde la infancia,
extraviado vaya a saberse d�nde,
probablemente no estaba al corriente de nada.
Sin duda no querr�a sentirse implicado,
puesto que hace mucho tiempo que ya no piensa en ello.
El Cairo, 23 de agosto de 1887.
He venido a El Cairo mientras el calor era terrible en el mar Rojo.
Por estos d�as me encuentro atormentado por un reumatismo en los ri�ones,
otro en el muslo derecho que me paraliza de tanto en tanto,
un dolor en la articulaci�n de la rodilla izquierda,
y otro reumatismo ya viejo en el hombro derecho.
Tengo los cabellos completamente grises.
Y me figuro que mi existencia se desvanece.
Estoy excesivamente cansado.
Ahora estoy sin empleo.
Fig�rense que cargo continuamente
en mi cintura 16000 francos de oro,
que pesan algo de ocho kilos y me est�n por llevar a la disenter�a.
No me quedar� mucho aqu�.
No tengo empleo, y todo es demasiado caro.
Quiz�s vaya a Zanz�bar,
desde donde se pueden hacer largos viajes a �frica,
o quiz�s a China, o a Jap�n, �qui�n sabe?
Alfred ILG futuro ministro de Menelik II, Zurich
Yo hab�a viajado desde Suiza hacia Abisinia,
convocado por el rey Menelik, que buscaba un ingeniero.
Dirig� las obras p�blicas,
constru� rutas, el primer ferrocarril et�ope.
Conoc� al se�or Rimbaud en Ad�n, creo que en octubre de 1887.
Estuve varias veces alojado en su casa en Harar.
Como all� no hay hotel, uno est� obligado a quedarse de un particular.
En aquella �poca Rimbaud importaba mercader�as de Europa.
Hilos para tejidos, lanas, cacerolas, vasos...
y vend�a sus mercader�as en Harar,
o me las enviaba a m�, para que las venda en la capital.
En esa carta que me escribe, s�lo habla de eso.
V�ndame esto, v�ndame aquello,
y se queja de los bur�cratas locales que le hacen pagar tasas de aduana.
Se queja incluso del rey,
y me pide intervenir y ayudarlo en la corte.
Yo le dec�a a veces: "Vamos, querido Rimbaud. S� feliz.
"No te lo tomes tan en serio.
"Disfruta de la vida. Manda al diablo a tus herederos."
Pero no quer�a escuchar. Se enojaba y se alejaba con los brazos cruzados.
Sin embargo, sab�a contar historias divertidas.
Me rei mucho con �l.
Detr�s de su m�scara tan severa se escond�a el humor,
una especie de humor negro.
S�lo que la mayor parte del tiempo no ten�a ganas de contar historias.
Sobre todo cuando los negocios iban mal, cosa que ocurr�a la mayor parte del tiempo.
Harar, 15 de mayo de 1888.
Me encuentro aqu� otra vez para quedarme largo tiempo.
Establec� un local comercial franc�s, con el modelo de la antigua agencia.
Hago negocios bastante importantes que me dejan algunos beneficios.
Me siento bien. Tengo mucho que hacer y estoy solo.
Estoy en un lugar fresco y contento de poder descansar,
o m�s bien de refrescarme, despu�s de tres veranos pasados en la costa.
Tengan la bondad de enviarme noticias.
Ya no recibo nada de ustedes, se equivocan en olvidarme as�.
El se�or Rimbaud ha recorrido miles de kil�metros, a pie, a caballo o en barco.
No era solamente un mercader, era tambi�n un explorador.
Hab�a estado en regiones y paisajes de Abisinia que antes nadie hab�a visto.
Tambi�n era peligroso: se corr�a el riesgo de hacerse matar por tribus hostiles.
En general, ten�a buenas relaciones con los habitantes del pa�s,
gracias al hecho de que hablaba su lengua.
A menudo, lo ve�a escribir tarde por la noche,
probablemente cartas, facturas, o tal vez sumaba cifras de su contabilidad.
Mis queridos amigos, estamos ahora en la temporada de lluvias.
Es bastante triste. El gobierno es el gobierno abisinio del rey Menelik,
o sea un gobierno negro-cristiano. Pero, en suma, estamos en paz y en una seguridad relativa,
y en cuanto a los negocios, a veces van bien, a veces mal.
Se vive sin la esperanza de hacerse millonario. En fin, vivir en un pa�s as� es mi destino.
Me aburro mucho, siempre. Jamas conoc� a nadie que se aburra tanto como yo.
�Acaso no es miserable esta existencia sin familia, sin ocupaci�n intelectual,
perdido entre negros a los que quisi�ramos mejorarles la vida, mientras ellos
s�lo buscan aprovecharse y nos impiden solucionar r�pidamente nuestros negocios?
�Obligado a hablar sus jerigonzas, a comer sus asquerosos platos,
a padecer un sinf�n de problemas debido a su pereza, a su traici�n, a su estupidez!
Lo m�s triste no termina aqu�,
sino en el temor de que poco a poco pueda uno embrutecerse,
aislados como estamos, y alejados de toda sociedad inteligente.
Pensaba en liquidar r�pido sus negocios,
y en dejar este agujero, como �l lo llamaba.
Al final yo ten�a un stock de mercader�as, que �l me apremiaba a vender, pieza por pieza.
Los negocios se volv�an cada vez m�s urgentes, m�s desesperados.
Aceptaba todo, con tal de recibir el dinero lo antes posible.
Pero el rey no quer�a la chatarra del se�or Rimbaud.
Tuve que enviar a mis dom�sticos al mercado para vender todos esos cachivaches.
Hacia fines de marzo de 1891, yo hab�a planeado mi regreso a Europa.
Le escrib� a Rimbaud que pasar�a por Harar,
y que tendr�amos tiempo para vernos y arreglar todos nuestros asuntos.
En febrero, �l parti� a Europa sin avisarme.
No sab�a qu� le hab�a ocurrido.
No volv� a saber nada de �l.
Ad�n, 30 de abril de 1891.
Querida mam�,
Recib� las dos medias y tu carta, pero las he recibido en tristes circunstancias.
Despu�s que la inflamaci�n de mi rodilla derecha y el dolor en la articulaci�n aumentaran,
y sin poder encontrar ning�n remedio ni opini�n v�lida, me decid� a regresar.
Tuve que abandonar los negocios, lo que no fue nada f�cil
pues ten�a dinero disperso por todas partes.
Sin embargo, logr� liquidar m�s o menos todo.
Alquil� diecis�is negros porteadores, y mand� construir una camilla recubierta por una tela,
y es ah� arriba donde acabo de completar, en doce d�as,
los 300 kil�metros de desierto que separan las monta�as de Harar del puerto de Zeilah.
Resulta in�til contar los horribles sufrimientos que padec� en el camino.
Jam�s pude dar ni un solo paso fuera de la camilla,
mi rodilla se inflamaba visiblemente, y el dolor aumentaba de forma continua.
Una vez llegado a Ad�n, me ingresaron en el hospital europeo.
Ocupo la �nica habitaci�n que existe para los enfermos que pueden pagar.
Apenas le mostr� mi rodilla al doctor ingl�s,
dijo que era una sinovitis que, por falta de cuidados, hab�a evolucionado a un punto muy peligroso.
Enseguida habl� de cortar la pierna, luego decidi� esperar algunos d�as
para ver si la hinchaz�n disminu�a despu�s de los cuidados m�dicos.
Fue justo despu�s de escribirnos. Ten�a la intenci�n de regresar para casarse.
Buscaba a alguien que lo siguiese en sus viajes.
Siempre crey� imposible vivir en Europa a causa del fr�o.
Por eso deseaba llevarse una mujer al Africa.
Fue entonces cuando comenz� la enfermedad de su pierna,
que seguro hab�a atrapado a causa de sus largos trayectos a caballo,
y tambi�n por sus extenuantes caminatas.
Me hab�a pedido de comprarle y enviarle unas medias para las v�rices.
Marsella, 21 de mayo de 1891.
Querida mam�, querida hermana,
Luego de sufrimientos terribles, y no pudiendo hacerme tratar en Ad�n,
he tomado el barco de Correos para regresar a Francia.
Como me encontraba muy d�bil a mi llegada, y fui adem�s sorprendido por el fr�o,
me hice ingresar al hospital de la Concepci�n, adonde pago 10 francos por d�a, doctor incluido.
Estoy mal, muy mal, reducido al estado de esqueleto,
por esta enfermedad de mi pierna izquierda que se ha vuelto enorme, y se parece a una enorme calabaza.
Es una sinovitis, una hidrartrosis, etc�tera, una enfermedad de la articulaci�n y los huesos.
Esto puede durar mucho tiempo, mientras no haya complicaciones que obliguen a amputar la pierna.
En todo caso, quedar� estropeado.
Sin embargo, no s� qu� espero. La vida se me hizo imposible.
�Qu� desdichado soy! �Qu� desdichado me he vuelto!
El 22 de mayo de 1891,
nos envi� un telegrama donde nos ped�a ir a verlo a Marsella, al hospital de la Concepci�n.
Le hab�an amputado una pierna, y corr�a peligro de muerte.
Mi madre fue a reunirse con �l, y mientras tanto me enferm� yo tambi�n.
Ella se preocupa, en la granja y el campo hay mucho trabajo que hacer,
y aunque hab�a previsto volver de Marsella hacia el 8 de junio,
entre l�grimas Arthur la convence y ella se va al d�a siguiente.
Eso lo afect� mucho.
Mi querida hermana, recibo tu carta.
Hoy he probado de caminar con muletas, pero no he podido hacer m�s que unos pocos pasos.
Mi pierna fue cortada muy arriba, y me resulta dif�cil mantener el equilibrio.
Bueno, me resignar� a mi suerte, morir� donde me arroje el destino.
Espero poder regresar donde estaba,
tengo all� amigos de hace diez a�os que tendr�n piedad de m�.
Con ellos encontrar� trabajo, y vivir� como pueda.
Siempre vivir� all�, mientras que en Francia,
aparte de ustedes, no tengo amigos, ni conocidos, ni a nadie.
En todo caso tengo que volver.
Dej� de escribirme con �l en 1887.
Lo volv� a ver, poco antes de su muerte, en el hospital de la Concepci�n en Marsella,
despu�s de la amputaci�n. Al entrar en su cuarto,
arroj� bruscamente la manta con su mano izquierda,
y con la derecha hizo un gesto violento como seccionando el mu��n,
lo que quedaba de su pierna derecha, cortada por encima de la rodilla.
Cuando le propuse venir a restablecerse a mi casa de campo,
se deshizo en l�grimas.
Querida hermana,
He cicatrizado hace mucho tiempo.
La neuralgia en el mu��n es muy fuerte,
pero siempre estoy de pie, aunque mi otra pierna est� muy d�bil.
�Tendr� una enfermedad en los huesos que me har� perder la otra pierna?
Tengo mucho miedo, temo cansarme y entonces abandono las muletas.
Encargu� una pierna de madera que no pesa m�s de dos kilos,
e intentar� caminar suavemente con ella.
Ahora pago seis francos de pensi�n por d�a, y me aburro por sesenta francos la hora.
No duermo m�s que dos horas la noche,
y este insomnio me hace pensar en si no habr� otra enfermedad que sufrir.
Pienso con terror en mi otra pierna, es el �nico sost�n que me queda en el mundo.
Qu� tedio, qu� cansancio, qu� tristeza al pensar en todos aquellos viajes,
y en qu� activo estaba hace s�lo cinco meses.
�D�nde est�n las carreras a trav�s de los montes, las cabalgatas, los desiertos, los r�os y los mares?
Le escrib�:
"�Por qu� no vienes a Roche, donde estar�s mejor que entre extra�os?
"Quisiera tenerte conmigo."
Se hizo trasladar de Marsella a Roche, con la idea de descansar dos o tres meses.
En aquel triste a�o de 1891, el trigo se hab�a helado.
El 10 de agosto, una horrible noche de tormenta y granizo dej� los �rboles pelados.
Arthur, gran amante del calor, del sol y del aire, sufr�a mucho estos desarreglos del tiempo.
El primer d�a, al entrar en su cuarto, el m�s bello de la casa,
exclam�: "Esto es halagador, parece Versalles".
Intent� ponerse c�modo, adaptarse.
Sufr�a de insomnio las primeras noches, fiebre, un cansancio fisico
que lo atribu�a al viaje.
Hablaba poco de �l, de sus a�os pasados en Oriente.
Deseaba partir hacia Harar, adonde quer�a volver lo antes posible.
Se hizo tomar las medidas para una nueva pierna artificial cuidadosamente articulada,
pues la comprada en Marsella le parec�a insuficiente.
Caminaba un poco con las muletas, pero la axila derecha le hac�a muy mal.
Sin embargo, como quedarse en casa le era muy desagradable,
sal�a mucho en un coche descubierto.
Todos los d�as, a pesar del cansancio y del mal tiempo, pas�bamos la tarde paseando.
Le gustaba ser llevado all� donde se reun�an los d�as de fiesta las multitudes endomingadas.
Se mezclaba con ellos, y le produc�a placer observar los movimientos y los gestos de la gente.
Diez a�os m�s tarde, volvimos a ser parte de las tradiciones del pueblo.
Sin embargo, su estado de salud empeoraba.
Segu�a sin poder dormir, y el dolor aumentaba y lo torturaba sin tregua.
Lo invad�a una angustia mortal.
Roche le horrorizaba.
Se pon�a irritable, y la imposibilidad de andar en muletas
debido al dolor en la axila, lo obligaban a una insoportable inmovilidad.
Con las puertas y ventanas herm�ticamente cerradas,
y todas las velas y l�mparas encendidas, se entreten�a con un organito.
Examinaba su vida, evocaba los recuerdos de la infancia,
y desarrollaba sus pensamientos mas �ntimos.
As� supimos que all� en Harar, se hab�a enterado de la posibilidad
de triunfar literariamente en Francia,
pero que se felicitaba de no haber continuado,
porque... estaba mal.
Perdi� casi completamente el apetito.
El dolor se generalizaba, y sufr�a crisis de desesperaci�n y l�grimas,
una c�lera nerviosa...
Estaba pose�do por un miedo terrible a quedarse paral�tico.
Y siempre la idea fija de regresar a Harar.
Me lo encontr� aqu� en casa por �ltima vez,
una jornada y una velada inolvidables, que no volver�n jam�s, jam�s.
Yo sostuve su cuerpo vacilante,
llev� en mis brazos ese cuerpo sufriente y desfalleciente.
Lo acompa�� en sus salidas,
vigil� cada uno de sus pasos.
Lo ayud� a entrar, a subir, a bajar.
Prepar� su silla, su cama, su mesa.
Bocado a bocado, lo ayud� a comer algo.
Pas� la noche junto a la cabecera de su cama.
Hubiese querido tocar algo de m�sica para hacerlo dormir,
pero la m�sica parec�a llorar. Me pidi� una noche
de ir a recogerle semillas de adormidera. Y fui.
Ten�a miedo, sola, lejos de �l.
Me apresur� en las tinieblas.
Luego bebi� la infusi�n que le prepar�.
Y cada noche volv�a a empezar,
y cuando lograba dormirse, todav�a me quedaba a su lado,
mir�ndolo, am�ndolo, rezando, llorando.
Lo ayud� a morir, y �l, antes de dejarme, me ayud� como pudo a vivir.
El 2 o 3 de agosto de 1891, justo un mes despu�s de llegar, se iba otra vez.
El viaje empezar�a mal.
A las 3 de la ma�ana, muy emocionado, Arthur exigi� que lo vistieran y lo llevasen a la estaci�n,
que distaba unos tres kil�metros. El tren pasaba a las seis y media.
Haciendo un esfuerzo supremo, se viste casi completamente solo.
Muy excitado, quiere partir a cualquier precio. �R�pido! �R�pido!
Se niega a comer bocado alguno, s�lo tiene una idea: partir.
Hizo traer el coche, estamos a punto de llevarlo,
y entonces su excitaci�n se transforma abruptamente.
Mira alrededor suyo y se pone a llorar. "Oh, Dios m�o", dice entre l�grimas,
"�no podr� yo encontrar una piedra para apoyar la cabeza, y un hogar para morir?"
Nos apretaba con sus pobres brazos contra su coraz�n, y sollozaba.
Nosotras le dec�amos: "Qu�date, �no quieres? Aqu� te cuidaremos bien."
"Nunca te dejaremos." "No", respondi� �l, reprimiendo las l�grimas.
"Tengo que seguir y sanar."
Partimos. Y son dos horas de penosa espera que hay que sufrir en la estaci�n.
Hay un silbido, all� est� el tren. Arthur es trasportado al vag�n en su sill�n.
Se acomoda trabajosamente entre almohadones.
El temblequeo del tren es cruel y se lamenta: "�Ay, este mu�on, qu� verdugo!"
Lo sujeta con ambas manos. "�C�mo sufro, c�mo sufro!", repite.
Primero estamos solos en el compartimiento. Luego suben unos reci�n casados,
y m�s tarde otra joven pareja, con ni�os peque�os.
Se despertaba para mirar a la gente, sus ojos brillaban de una manera extra�a,
con un aire tan indiferente...
Enseguida reca�a en su dolorosa modorra.
Los reci�n casados hablan con animaci�n, los ni�os juegan y rien, sus padres conversan...
Afuera van pasando las peque�as estaciones de los alrededores de Par�s.
En el r�o una multitud de barcas se desplazan lentamente.
Hay una fiesta en los suburbios. Todo eso es la vida.
Y es Par�s. Y luego de tantos a�os de existencia casi salvaje,
Par�s ser� el lugar apropiado para contemplar el mundo civilizado.
Aquel domingo no hab�a casi nadie en el bulevar, ni tampoco en las calles.
Los adoquines brillaban bajo la lluvia y los desag�es rumoreaban tristemente.
Las tiendas estaban cerradas. Era l�gubre.
Arthur estaba agotado pero miraba febrilmente a trav�s del vidrio.
Huye en el tren.
Derrumbado de manera lamentable sobre una bicicleta en la estaci�n de Lyon,
espera impacientemente el expreso a Marsella.
Tiene un instante de extraordinaria alegr�a al divisar el uniforme de un oficial.
Hacia la noche, apenas apeado del tren en Marsella, Arthur fue llevado al hospital de la Concepci�n.
Durante la semana, los capellanes vinieron a verlo dos veces.
Los recibi� con buena voluntad, pero con tanto hast�o y desaliento,
que no se atrevi� a hablarles de la muerte.
Reconoce a todo el mundo. A m�, me llama a veces Djami,
como su sirviente de Harar. Todo se confunde all�.
Estamos en Harar, partimos otra vez hacia Ad�n,
hay que buscar los camellos, organizar la caravana.
El camina muy f�cilmente con su nueva pierna articulada.
Damos paseos sobre bellas mulas ricamente ataviadas.
Y hay que trabajar, llevar los registros, escribir cartas.
�R�pido! �R�pido! Nos est�n esperando. �Cerremos las valijas y v�monos!
Hay una exclamaci�n que aparec�a en sus labios sin cesar:
�Allah Allah K�rim!
La muerte viene a grandes pasos.
Su mu��n estaba muy hinchado.
Ahora es un c�ncer enorme entre la cadera y el vientre, justo por encima del hueso.
Pero ese mu��n, que antes era tan sensible y doloroso, ya no lo hace sufrir.
Arthur no pudo ver ese tumor mortal.
Se asombra de que todos vengan a ver ese pobre mu��n, donde ya no siente casi nada.
Todos los m�dicos se quedan mudos y aterrorizados ante ese extra�o c�ncer.
Al despertarse una ma�ana, mira por la ventana,
el sol brilla bajo un cielo sin nubes,
y se pone a llorar diciendo que nunca jam�s volver� a ver el sol afuera:
"Yo ir� bajo tierra", me dice, "y t� seguir�s caminando al sol".
Los �ltimos d�as ya casi no prueba bocado.
Lo poco que come, es con extrema repugnancia.
Tiene la delgadez de un esqueleto, la tez de un cad�ver.
Todos sus pobres miembros paralizados, mutilados, muertos alrededor de su cuerpo.
�Oh Dios, ten piedad!
Fue Baudelaire quien escribi�: "Hay que estar siempre ebrio.
"Todo reside en eso, �sta es la �nica cuesti�n.
"Para no sentir el horrible peso del tiempo que nos rompe las espaldas y nos hace inclinar hacia la tierra.
"Hay que embriagarse sin descanso. Pero, �de qu�?
"De vino, de poes�a o de virtud, como les parezca. �Pero embri�guense!"
El Arte es ser absolutamente uno mismo.
Todos aquellos que he conocido y amado han desaparecido.
No hay sino una �nica madre: la Asistencia P�blica.
Lo que me agobia en este momento no son las preocupaciones materiales sino los sue�os.
Despu�s de la muerte de Rimbaud lo vuelvo a ver todas las noches.
No puedo aceptar esta muerte.
Nos dejamos de ver durante a�os, pero el arte y el rostro de Rimbaud
resplandecen para siempre en lo m�s profundo de mi esp�ritu.
�T�, dios entre los semidioses! �Muerto, mi gran pecado radiante!
�T�, muerto, muerto, muerto!
Vivo en m� como mil fuegos.
Di, �qu� has hecho, t� que ah� est�s, de tu juventud?
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