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Gabriel: Les juro por la memoria de nuestro padre...
que Emilio Gallardo va a pagar lo que nos hizo
con mucho más que su vida.
Ofelia: Esta boda nadie la detiene.
♪ Nos quieren detener, ♪
Camila: El amor...
♪ nos quieren aplastar, ♪
...si llega, llegará después.
♪ por defender tu amor, ♪
- Si no quieres no te cases, Camila.
♪ por decir la verdad. ♪
♪ Con nuestra propia ley, quitamos para dar, ♪
♪ un poco de esperanza y ante todo dignidad. ♪
♪ Nadie nos detiene, somos libertad. ♪
♪ Ángeles Plateados, cazadores de la paz. ♪
♪ No queremos guerra, pero hay que luchar ♪
♪ contra la injusticia, por amor a la verdad... ♪
- Mejor cúbrete.
- ¿Por qué lo hiciste?
- Porque lo sentí.
- Vete.
Váyase, por favor.
- ¿Me vas a hablar de usted?
- Gabriel...
soy una mujer casada y tú lo sabes.
- Sí.
- Además, cada segundo que permanezca aquí
es un peligro para ti.
- No me importa.
[♪♪♪]
- Nada más para ti, yo soy la mujer que tú quieres,
yo soy la mujer que necesitas.
- Flor, Flor, ¡trae el alcohol y las sales, pronto!
- Sí, señora.
- No, esto no puede estar pasando.
Mataron a mi nieto.
- Por favor, mantengamos la calma.
Puede ser que no se trate de Leonardo.
- Quiero ver a mi hermano. - Está reaccionando.
- Quiero ver a mi hermano.
- Sí, hija. Tu hermano va a aparecer, pero cálmate.
Aurelio: Llévense a la niña al dormitorio,
por favor, ¿sí?
- Ay, mamá, quiero ver a mi hermano.
- Sí, chiquita, pero te tienes que calmar.
- Dimas, ¿alguien identificó el cuerpo?
- No lo sé, señor.
Solo me dijeron que era el cuerpo de un hombre joven.
- Pero ¿qué le hicieron a mi nieto, por Dios?
- Madre, no sabemos si es Leonardo.
No hay que sacar conclusiones antes de tiempo.
Andrés, ¿me podrías acompañar al lugar
donde dicen que encontraron el cuerpo?
- Desde luego. - Papá, yo voy con ustedes.
- Sí, vayan armados, por favor.
Esos desgraciados son capaces de cualquier cosa.
- ¿Vas a seguirme negando que tu verdadera mujer soy yo?
Y por muy casado que estés,
yo soy la única hembra en tu vida.
Admítelo, Emilio.
- ¿Sabes qué?
No entiendes nada.
- Pues, cuando hacíamos el amor,
tu cuerpo me decía otra cosa.
- Camila es mi mujer, es mi esposa,
y lo va a ser para toda la vida.
- ¿Ah, sí? - Ajá.
- Y entonces, ¿por qué estás en mi cama?
- Porque me gustas.
Pero ¿sabes qué?
Tienes razón, no sé qué demonios hago aquí.
[♪♪♪]
- Pues, yo, por si las dudas,
ya mandé a hervir la vajilla y los cubiertos.
No sea que esta gentuza
nos vaya a pegar alguna enfermedad, Esperanza.
- Oiga, mamá, ¿no le parece que es un poco exagerado?
- Exagerado es cómo trata Emilio a esa gentuza,
al meterlos aquí en la casa
como si fueran igual que nosotros, Esperanza.
Emilio, buenas noches.
- ¿Pasará algo?
- No lo sé.
- Vete, por favor. - ¿Qué quieres decir con eso?
¿Que no nos vamos a volver a ver?
- No. - ¿Entonces?
- Gabriel, esto es una locura.
Tú y yo no podemos estar sintiendo esto.
- Pero ¿por qué no?
¿Porque no somos iguales?
- No.
Para mí esto es muy difícil.
Para ti resulta tan sencillo.
- Pues, te equivocas, Camila.
Tú no sabes lo difícil que es para mí este sentimiento.
- Por lo que más quieras...
te lo suplico.
El que estés aquí es muy peligroso para ti.
[♪♪♪]
- Está bien, me voy.
Pero no por lo que me pueda pasar a mí,
sino porque me preocupa mucho lo que te puedan hacer a ti.
- ¿Quién anda ahí?
¿Quién es?
¿Eres tú, Camila?
- Sí.
Emilio: ¿Y qué haces aquí?
- ¿Y ese caballo cómo llegó?
- No lo sé.
Yo no podía dormir, don Emilio,
y salí a dar un paseo, estaba muy nerviosa,
y de pronto apareció, debe haber venido solo.
- Cómo crees.
No, no, no... si ese animal no es de esta casa,
¿cómo va a conocer el regreso?
Eso quiere decir que esos desgraciados andan por aquí.
¿Los viste?
- No, no, yo le hubiera avisado, don Emilio.
- Bueno, pues, métete a la casa.
Voy a encontrar a esos malditos desgraciados.
¡Nicanor!
- Don Emilio, no vaya.
- ¿Cómo que no?
- Se lo suplico, yo no me quiero quedar sola,
tengo mucho miedo.
- Usted ordene, patrón.
- Búscate unos hombres.
Esos mugrosos deben estar por aquí, trajeron el caballo.
Los quiero muertos a todos, ¿me oíste?
- Sí, señor. ¿Y el caballo, qué hago?
- Pues, cómo ves.
- Me lo llevo.
Permiso, señorita.
- Pase.
Emilio: Ven, Camila, vámonos.
[♪♪♪]
- Sehhatak! - Hijo: Sehhatak, padre!
- Don Emilio y su esposa se portaron
de maravilla con nosotros.
A su madre la trataron como a una reina, ¿no es cierto?
- Sí, especialmente la señora Camila.
Pobrecita.
- ¿Pobrecita por qué?
Se acaba de casar con el hombre más poderoso de la región, ¿no?
Ahí la tienes sana y salva.
- Claro.
No me hagas caso, mi amor.
- ¿Y los negocios con don Emilio, padre,
cuándo empiezan?
- Bueno, hasta ahora hemos estado hablando
de manera muy informal, pero lo invité a cenar
para que concretemos esos negocios justamente.
- ¿A cenar, Padre?
¿Es necesario que don Emilio venga cenar a nuestra casa?
- Absolutamente necesario, Halim.
Y te advierto, no quiero que se hable mal en esta casa
de don Emilio Gallardo Rivas, ¿entendido?
- Sí, padre. -
Ya, hija, cálmate, por favor.
- Leonardo es la persona a la que más quiero
en el mundo, mamá.
Si algo malo le pasara, yo me moriría.
- ¿Cómo sigue la niña?
- Pues, desolada, doña Augusta, como todos.
- Pues, no es para menos.
Espero que esto te sirva de escarmiento
para que no sigas justificando a estos asesinos.
- No, un momento, yo nunca los he justificado
ni los he defendido.
Simplemente he tratado de entender las razones
que los motivan, nada más.
- Pues, no me parece que ellos merezcan tantas atenciones.
Aunque no sé por qué discuto contigo, si es inútil.
Tienes la cabeza llena de ideas alocadas.
- Abuela, por favor, ¿podrías dejarnos solas?
- Sí, por supuesto.
Voy a rezar a mi dormitorio.
- Eso, reza mucho,
porque si Leonardo no está ahora aquí con nosotros
es por tu culpa.
- ¿Cómo te atreves, Ángeles?
- Doña Augusta, la niña está muy nerviosa, perdónela.
- Mamá, ¿tú crees que Los Plateados
tengan algo que ver con la desaparición de mi hermano?
[♪♪♪]
- Síganme, es por aquí.
[♪♪♪]
- ¿Quién lo encontró?
- Fui yo, señor Villegas. - ¿Hace cuánto?
- Hace algunas horas, antes de ir a encerrar a las vacas.
- A ver, voltéalo, quiero verlo. Muévete.
[♪♪♪]
[Grillar]
[♪♪♪]
- Si por lo menos supiera cómo te llamas.
[♪♪♪]
- Ah.
¿Quién eres?
- Afortunadamente no era Leonardo.
- Gracias, Dios mío.
- Yo no voy a descansar tranquila
hasta que aparezca mi niño.
- No hay que perder la esperanza
de encontrarlo sano y salvo.
- Tenemos que formar un grupo para que nos defienda.
Sí, lo que decía Emilio.
- Madre, las cosas no se resuelven así.
Para eso está aquí Andrés.
- Aurelio, por Dios,
tenemos que acabar con Los Plateados y ya.
A mí nadie me quita de la cabeza
que ellos tienen secuestrado a Leonardo.
- Si así es, tenemos que hacer lo correcto.
No podemos utilizar eso como un pretexto
para iniciar una, una cacería de brujas.
Podría correr mucha sangre inocente, ¿te das cuenta?
- Ay, pero Aurelio, ¿qué tiene que suceder
para que reacciones, eh?
- Lo peor es que perdiéramos la calma,
así que vamos a dejar esto en manos de la ley.
- Ja, la ley.
- Bueno, papá, tal vez la ley se ha visto rebasada.
- Ya, hijo, no pierdas el tiempo
hablando con tu padre. - ¡Ya basta!
No voy a permitir que me hables así.
Yo soy el que toma las decisiones en esta casa,
y si digo que vamos a dejarlo en manos de la ley,
es porque así va a ser.
- ¿Tú eres la muchacha del lago?
- Tranquilo, tienes que descansar.
La fiebre aún no baja.
- Tengo sed, mucha sed...
- ¿Qué pasó, hermana? - Gabriel....
Nada, estaba dándole agua al muchacho.
Gabriel: Mh.
- ¿Y tú adónde andabas?
- Pues, por ahí.
¿Cómo sigue?
- Con fiebre.
¿Y qué vamos a hacer con él?
- Namás que se mejore, lo voy a sacar de aquí.
Como que ya es noche, ¿no?
Váyase a dormir, ande.
¿Y qué?
¿No me va a dar la bendición?
Descansa.
[♪♪♪]
- Xóchitl, el caballo no llegó solo.
- ¿Quién lo trajo, niña Camila?
- Gabriel.
- El Plateado. - Sí.
- Ay, Ave María Purísima.
Vino el Plateado en persona.
- Sí.
- Ay, Dios mío.
- Xóchitl, me tengo que olvidar de ese hombre.
Aunque mi corazón no quiera, yo no tengo el derecho
de estar pensando en él.
Muy bien que piense así.
- Xóchitl, te necesito pedir un favor.
- Sí, niña Camila.
- No me quiero quedar sola.
Quiero que te quedes acompañándome toda la noche.
Y si llega don Emilio,
hay que decirle que no me siento bien,
que estoy enferma.
- ¿Por qué?
- Porque no me quiero quedar a solas con él.
- Pero si es su marido, niña.
- Ay, Xóchitl, este sentimiento es horrible.
Siento como si lo estuviera engañando.
- Pero si entre usted y ese hombre no ha pasado nada, niña.
O no me diga que sí pasó.
- Me besó.
- Niña.
[♪♪♪]
- ¿Qué pasó, Manuel?
- Pues, tengo sed.
- ¿Por qué no te duermes?
- ¿Y tú? ¿Que no es muy tarde ya?
- Sí, pero no tengo sueño.
- Gabriel, ¿me puedo quedar contigo?
- Por supuesto que sí.
- A ti te pasa algo, ¿no?
- ¿A mí? Manuel: A ti, sí.
- ¿Y qué me va a pasar, Manuel?
- Estás en la luna.
- No.
No me pasa nada.
- Desde el asalto a la boda,
pos, como que no estás igual, Gabriel.
¿Te pasó algo con la mujer de Gallardo Rivas?
¿Te enamoraste?
[♪♪♪]
- Quédese tranquila, niña Camila.
Camila: Xóchitl.
Tengo tanto miedo de que Emilio se dé cuenta
de que algo me pasa.
- Si no se sociega, claro que se va a dar cuenta.
- Es que no entiendo por qué,
solo con mirarle a los ojos a ese hombre...
- Porque embruja, por eso le hace mal, niña.
- Mira, siente cómo late mi corazón
cuando pienso en él.
- Ay, niña, venga.
Métase a la cama un ratito a ver si se le olvida.
- Y, además, no me gusta mentir,
jamás lo había hecho,
y ahora, desde que llegué a esta casa,
lo único que he hecho es mentirle a mi marido.
Hasta le dije que el caballo había llegado solo, imagínate.
- Pues, entonces, dígale la verdad, mi niña.
Su marido no va a descansar hasta haber agarrado
al Plateado ese.
Y la verdad es que usted no debería de pensar más en él,
mi niña.
Porque eso es lo que quiere, ¿verdad?
No verle nunca más.
La señora Camila se siente
- muy mal, patroncito... - Sí, sí, retírate,
yo la voy a cuidar.
- Es que le duele mucho la cabeza...
- Retírate. - Sí, señor.
- Ciérrale.
Mi amor, te dije que te iba a dejar descansar
tranquila esta noche,
pero está visto que ni tú ni yo
vamos a poder dormir
hasta que no seamos marido y mujer
en todo el sentido de la palabra.
Te quiero tanto, Camila.
Te deseo tanto.
Por favor, dime que, aunque sea un poco,
tú estás sintiendo algo por mí.
- No insistas.
Ella es una mujer casada.
- Pues, perdona, hermano.
- Un hombre como yo no se debe de enamorar.
Nosotros no nos podemos enamorar, Manuel.
La vida que llevamos no nos lo permite.
- Pues, yo no pretendo estar aquí toda la vida, Gabriel.
Yo quiero encontrar una mujer, formar una familia, Gabriel.
- Pues, ese es un privilegio
que nosotros no nos podemos dar.
- Yo no escogí esta vida, Gabriel.
- Ni yo, ni ninguno de tus hermanos.
Algún día, Manuel, vamos a descubrir quién acusó
a nuestro padre de ese crimen que no cometió.
Pero un día voy a saber quién mandó a Tomás y a mí a la leva,
quién fue capaz de quitarnos
todo lo que teníamos nosotros y nuestro padre.
Pero, por ahora...
solo nos queda seguir adelante,
y echarle mucho corazón como hasta hoy.
[♪♪♪]
- Te deseo tanto.
- Don Emilio.
Don Emilio.
Patrón, disculpe que lo interrumpa,
pero es urgente, lo buscan.
Es urgente, lo buscan en su despacho.
[♪♪♪]
- ¿Qué pasa, Augusta?
- Perdona que venga a estas horas, Emilio,
pero es que mi nieto Leonardo ha desaparecido.
- ¿Cómo?
- Sí, y a mí nadie me quita de la cabeza
que fueron esos desgraciados de Los Plateados.
He venido a pedirte tu ayuda.
Tú eres el único que puede acabar con esa gente.
- No te preocupes, yo me voy a encargar
de organizar un grupo de hombres.
Voy a acabar de una vez por todas con esos desgraciados.
- Confío en ti, Emilio.
Y ya sabes que puedes contar conmigo para lo que sea.
- Ven.
Mi príncipe.
Mi rey.
Perdóname.
Perdóname por hacerte enojar.
Vamos a hacer el amor.
[♪♪♪]
- ¿Mi amor?
Camila.
Camila, mi amor, despierta.
Chiquita.
[♪♪♪]
[♪♪♪]
- ¿Qué estás haciendo, Eva?
- ¿Cómo?
¿Ahora resulta que te molesta que venga
a darle atención médica?
- ¿Médica? ¿Atención médica?
Seguramente.
Si vi muy bien cómo lo estabas tocando.
- Bueno, ¿y?
Que yo sepa, este tipo no es nada tuyo, Ximena.
- Ni tuyo tampoco, así que vete a dormir.
- A mí se me hace que no lo trajiste aquí nomás
pa' ayudarlo, ¿verdad?
A mí se me hace que te gusta.
- Vete a dormir, ándale, vámonos.
- Ya voy.
[♪♪♪]
[Golpes en puerta]
- Gabriel.
- Tenía que verte, Camila.
- Te pedí que no me buscaras más.
- Sí, lo sé, pero llevo toda la noche
luchando con las ganas de volver a verte.
Te juro que intentaba hacer lo que me pediste,
pero no puedo.
Lo estuve pensando y tomé una decisión.
No voy a cambiar. Te quiero, Camila.
Te amo con toda el alma y voy a luchar por ti.
Quiero que te vayas conmigo.
- Gabriel, eso no puede ser.
- Pero ¿por qué no?
Huye conmigo, vámonos lejos.
- Sí, me voy contigo.
[Golpe]
- ¿Qué haces aquí? - Emilio, ¡no! ¡No!
- Tranquila, tranquila, tranquila, mi amor.
Camila, mi amor, esto no puede seguir así.
Voy a buscar un doctor. - No, no es necesario.
- Camila, yo sabré si es necesario o no.
- Es que son esas pesadillas de las que yo hablaba.
- Por eso.
Es que esas pesadillas tienen que terminar, mi amor.
Debes estar bien de nuevo.
Voy a darte hasta esta tarde, y si no te sientes mejor,
llamo al doctor.
- Está bien.
- Pero te aseguro que, a partir de hoy,
no vas a tener más pesadillas.
Tengo un plan para acabar con esos malditos.
- ¿Un plan? Emilio: Ajá.
- ¿Qué clase de plan?
- Solo te digo que esos malnacidos
no les queda mucho tiempo, te lo juro.
[♪♪♪]
- Se ve mucho mejor, ¿no?
- Sí, ya pasó el peligro.
- Ay, yo diría que no te encariñaras tanto, Ximena.
Se va a ir bien pronto.
- ¿Y quién te dice que me estoy encariñando?
- ¿Cómo sigue el vato?
- Sigue inconsciente, pero ya pasó la fiebre.
- Bien.
Voy a ir donde Apolinar a llevar comida,
acaban de llegar unos indigentes
de Piedras Verdes.
Cuando regrese, nos llevamos a este
a las afueras del pueblo.
¿Estamos? - Estamos.
- ¿Estamos, Ximena?
- Sí, Gabriel.
[♪♪♪]
- Buenos días.
- Buenos días. - Buenos días.
- Dolores, quiero que mandes traer ropa
de la ciudad porque me voy a quedar aquí
en la hacienda una temporada bien larga.
- ¿Cómo que te quedas, Luciana?
- Así es, me quedo.
- Pero ¿no te parece un poco de mal gusto?
Camila acaba de casarse,
Emilio y ella necesitan privacidad, Luciana.
- La misma Camila se lo pidió a Emilio.
- Pero ¿qué estás diciendo?
- Pues, yo creo que, si Camila lo pidió, debe ser por algo.
Seguramente se siente muy solita o...
bueno, a fin de cuentas,
todo esto es muy nuevo para ella,
seguramente necesita compañía, necesita apoyo.
- Buenos días.
Buenos días. - Buenos días, Emilio.
- Buenos días.
- Camila se sigue sintiendo mal,
tuvo una pesadilla.
Si las cosas siguen así, le voy a hablar al médico.
- Emilio, aprovechándome de tu bondad,
quería pedirte si es posible que nos podamos quedar
las tres una temporada larga aquí en la hacienda.
Digo, mientras Camila se aclimata
a su nueva vida de casada.
- Claro, claro, no faltaba más, Ofelia.
Quédate el tiempo que quieras,
sabes perfectamente que esta es tu casa, ¿mh?
Ofelia: Gracias.
- Al igual que la de todas ustedes.
Xóchitl, mi desayuno, por favor.
[♪♪♪]
[♪♪♪]
- ¿Y por qué mejor no nos olvidamos
de la denuncia, mamá?
Ya ves lo que dijo Yasir.
La señora Camila apareció y no le hicieron nada.
- No, eso no quiere decir que esos delincuentes
deban de estar sueltos por ahí.
Además, apurémonos, no me gusta mentirle a tu papá.
No sé si me creyó lo...
- Mira nada más, sí son las turquitas.
Como que amanecimos con suerte, ¿no?
Dicen que las turcas son de lo más ardientes.
¿Qué? ¿No te gustaría probar?
Te dejo a la jovencita, a mí me gusta la fruta madura.
- ¡Córrele! ¡Corre! - ¡No!
[Gritos]
- Quiero que escuchen bien lo que voy a decirles.
Mandé a correr el rumor de que esta tarde llega
un cargamento de oro al rancho Quiroga.
Cuando esos mugrosos se enteren,
se lo van a querer robar.
Así que vamos a estar bien preparados.
Esos mugrosos no van a vivir para contarlo, ¿oyeron?
- Así que ya oyeron al patroncito.
Tan pronto demos con esos méndigos rateros,
los vamos a coser a balazos, ¿verdad, patroncito?
- Muy buenos días, cuñado.
Emilio: ¿Tú qué haces aquí, cuñadito?
¿Ah? - Nada.
Pensé que había quedado claro que de Los Plateados
me encargaba yo.
- No, tú no andes pensando nada, Andresito.
Aquí el único que piensa soy yo.
- ¡No...!
[Gritos]
- ¡Auxilio! ¡Suéltame!
- ¡No, por favor!
[♪♪♪]
[Grito]
- Ya no sé qué hacer con Ángeles, doña Augusta,
se la pasa todo el tiempo llorando,
apenas come, apenas respira.
- Deberías llamar al médico, ¿no te parece?
Está bien que se preocupe por su hermano,
pero a ese grado no es normal.
- Tome, señora, este es el té para la niña.
- Gracias, Flor. - Por nada.
Oiga, señora, ¿de casualidad,
usted no vio la bandeja plateada mediana?
No la encuentro.
- ¿La inglesa? Flor: Esa.
- No, no, no, no la he visto. ¿Y usted, doña Augusta?
- No, para nada.
[♪♪♪]
Gabriel: ¿Está bien, señora?
- Sí.
Gracias.
No lo veas.
- Pero ¿por qué estaban tan lejos de su casa?
- Íbamos a una diligencia que...
parece no ser tan importante, señor.
Muchas gracias.
Que Dios lo bendiga, señor.
Gabriel: Gracias.
Igualmente a ustedes.
Si usted me lo permite, señora, me gustaría acompañarlas
hasta la entrada del pueblo pa' que no anden solas.
Vamos.
[♪♪♪]
[♪♪♪]
- Tenemos que agradecer a San Jorge bendito
que no les haya pasado nada malo, mi amor.
No debí dejarlas solas.
- Yasir: ¿Ahora ya ven?
Ustedes que no querían que yo ayudara a don Emilio
a buscar a esos... Plateados.
- No fueron Los Plateados, Yasir.
Al contrario, uno de ellos nos salvó.
- ¿Eso es cierto, mi alma?
- Sí.
Fue el jefe de Los Plateados, el mismo que se llevó
a la señora, la esposa de Don Emilio.
Kamal, a lo mejor nosotros estamos equivocados.
Ellos no pueden ser gente mal.
- No quiero que vuelvas a decir eso, Samia.
Somos amigos de don Emilio, no de esos bandoleros.
Por ningún motivo quiero que vuelvas a repetir eso
de que Los Plateados son buenos.
¿Entendido?
- Sí, mi amor.
Nos vamos a cambiar.
Vamos, Layla.
- A trabajar, muchachos.
- Y ya sabes, nada de hablar con los clientes.
Solo pasa la mercadería y guarda el dinero, ¿está bien?
Aquí la ropa, marchantes, las telas,
tapetes de Persia, encajes de Bruselas.
¿Qué te gusta? ¿Te gusta la tela?
Es hermosa, es lo más fino.
Tócala.
Puedes tocarla si gustas.
Señores, señora, dama tan distinguida,
pase usted, por favor.
¿Qué buscas? ¿Ropa?
¿Porcelana?
Un tapete, quizás.
- ¿Quién eres tú? - ¿No se nota?
Soy Ismael Ibn Zahib, un comerciante del Líbano
que tiene lo mejor al mejor precio.
¿Qué buscas?
Lo que sea lo tengo, y si no, te lo puedo conseguir.
- Sí, ya veo.
Mira, ¿ves lo que está ahí?
Ese es mi tienda.
- Te felicito.
Muy bonita tu tienda, muy elegante.
Tienes muy buen gusto.
- Sí.
Y te voy a pedir de favor
que te vayas a vender a otro lado.
- Mira, la calle es de todos
y yo me puedo poner donde me plazca.
- No te estoy quitando el derecho de vender,
simplemente te estoy pidiendo que te vayas a otro sitio.
Para todos hay lugar, ¿no?
Paisano.
- ¿Paisano?
Podremos venir del mismo lugar, pero tú y yo no somos paisanos.
Tú eres cristiano.
Yahim: Musulmanes.
- Sí, musulmanes.
Acabamos de instalarnos en San Diego
y no me pienso mover de aquí.
Dama, ¿cómo se vería en usted esta tela?
- Musulmanes.
No puede ser, esos cochinos beduinos desalmados.
- Amor mío, ese es el tipo de insultos
que nosotros hemos recibido.
- ¿Y?
¿Se te olvida lo que nuestro pueblo ha sufrido
por culpa de esos infames?
- No, no se me olvida.
Por favor, no me recuerdes ese horror.
- Dicen que no quieren irse, que la calle es de todos,
y creo, padre, que tienen razón.
- ¿Y tú por qué los defiendes, Halim?
Esa gente masacró a tus hermanos, no lo olvides.
Bueno, esos beduinos son nómadas,
van a estar molestando un par de días
y luego se van a ir a otro pueblo.
- Perdón que me meta en la conversación,
pero yo creo que llegaron para quedarse.
Vi que alquilan la casa que era de las hermanitas Domínguez.
Con permiso.
- Gracias.
No, lo que nos faltaba.
Ah, pero ahora que somos socios de don Emilio,
no van a poder competir contra nosotros.
- Y hablando de don Emilio, padre.
Supe que está buscando gente para su milicia
contra Los Plateados.
Entonces, justamente ahora que estamos haciendo negocios
con él, yo creo que deberíamos apoyarlo.
Me voy a unir a ellos.
- No, tú no te vas a unir a nadie.
- Mamá... - Recuerda que uno de ellos
nos salvó a tu hermana y a mí.
Que no se te olvide, Yasir.
- Sí, madre.
[♪♪♪]
- Lo siento mucho, Andrés,
pero no existe ninguna ley que me prohíba contratar
a la gente que se me pegue la gana.
Un ejército si quiero,
para garantizar la seguridad de mi familia.
- Lo que no puedes es andar cazando a Los Plateados
como si fueras la autoridad, Emilio.
De eso me encargo yo,
de eso y de encontrar a Leonardo Villegas.
- Nadie conoce estas tierras mejor que yo.
Vas a perder tu tiempo buscando a esos mugrosos.
- Pues, a mí no me cabe la menor duda
de que vamos a encontrarlos.
- Muy bien.
Haz lo tuyo que yo voy a hacer lo mío.
Ahora sal de mi propiedad.
Camila: Hermanito.
Qué alegría verte. Andrés: Hola.
- Qué gusto que hayas venido a visitarnos.
Mi mamá y mis hermanas van a estar muy contentas.
¿Qué pasa?
- Ah, nada, mi amor.
Hablaba con tu hermano. Voy a mi despacho.
- Sí.
Ven, mamá va a estar feliz de verte.
Andrés: Yo también.
- Hola, Emilio.
- Isabel Villegas.
¿Qué haces aquí? ¿No estabas en el convento?
- No, vine a pasar mis vacaciones,
pero me enteré que te casaste.
Camilo: Ajá. - Te traje un regalito.
- Qué bonito, gracias.
- ¿Te puedo dar un abrazo por el feliz acontecimiento?
- Claro.
Por favor.
No sabes cómo te extrañé estos años.
- Emilio, ¿qué pretendes?
Por tu culpa me metieron al convento, ¿te acuerdas?
- Ajá, jamás podría olvidarlo, jamás.
- Eres un hombre casado.
- Y tú eres una monja.
- No... Sí, pero no por mi voluntad.
Mi madre me metió al convento para apagar ese fuego
que encendiste en mí cuando yo era una joven inocente.
- Tú jamás fuiste inocente, ese fuego nació contigo.
- ¿Cómo te atreves? ¿Y tu esposa?
- Ahí adentro con su familia. No se va a dar cuenta de nada.
[♪♪♪]
- Mh... Emilio.
Emilio: ¿Eh?
- Soy una religiosa.
- Y yo estoy casado.
Además, la vida en el convento debe ser solitaria, ¿no?
¿Voy a creer que una criatura como tú
aguanta tantos años sin un hombre?
- Bueno... pero no quiero.
No, en serio, no, no, de verdad...
- Ay, ay, ay, si no querías, ¿por qué viniste a mi casa?
¿Ah? ¿Ah?
- Mira, estoy muy preocupada
por, por la desaparición de, de mi sobrino Leonardo.
- Ah, no, yo también. - ¿Sí?
- Sí, sí, sí, todos lo estamos.
Y no es que se me quiten las ganas.
- Ay, eres incorregible, Emilio.
- ¿Mh? Tú también, tú también, por eso me gustas.
Luciana: ¡Emilio!
[♪♪♪]
- Les tengo una noticia muy importante.
¿Cómo sigue el vato? - Sigue cuajado.
Gabriel: Está bien.
Va a llegar un cargamento de oro
a la hacienda de los Quiroga.
- ¿Oro?
¿Y esa información es confiable, Gabriel?
- Sí, me lo dijo Apolinar.
Pues, podemos ir por el camino viejo del río,
les llegamos por detrás sin ser vistos.
- ¿Y a Apolinar quién le dijo?
Gabriel, ¿es confiable esa información o no?
- Por supuesto que sí.
Se lo dijo peón al que ya hemos ayudado,
no veo por qué nos tenga que mentir.
- ¿Qué hace?
[♪♪♪]
- Perdonen, yo...
yo desperté y... no sé dónde estoy.
- Usted tranquilo, pela'o.
Usted tranquilo, váyase rezando una oración.
Porque, ¿sabe?
Nadie que haya visto a Los Plateados
puede seguir con vida.
[♪♪♪]
[Disparo]
[♪♪♪]
♪ Nos quieren detener, ♪
♪ nos quieren aplastar, ♪
♪ por defender tu amor, ♪
♪ por decir la verdad. ♪
♪ Con nuestra propia ley, quitamos para dar, ♪
♪ un poco de esperanza y ante todo dignidad. ♪
♪ Nadie nos detiene, somos libertad. ♪
♪ Ángeles Plateados, cazadores de la paz. ♪
♪ No queremos guerra, pero hay que luchar ♪
♪ contra la injusticia, por amor a la verdad... ♪
CC: TELEMUNDO NETWORK CAPTIONING@TELEMUNDO.COM
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