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Hombre: Les juro por la memoria de nuestro padre...
que Emilio Gallardo va a pagar lo que nos hizo
con mucho más que su vida.
Mujer: Esta boda nadie la detiene.
♪ Nos quieren detener. ♪
Mujer: El amor...
♪ Nos quieren aplastar. ♪
Mujer: ...si llega, llegará después.
♪ Por defender tu amor. ♪
- Si no quieres, no te cases, Camila.
♪ Por decir la verdad. ♪
♪ Con nuestra propia ley quitamos para dar ♪
♪ Un poco de esperanza, y ante todo, dignidad. ♪
♪ Nadie nos detiene, somos libertad. ♪
♪ Ángeles Plateados, cazadores de la paz. ♪
♪ No queremos guerra, pero hay que luchar ♪
♪ contra la injusticia por amor a la verdad. ♪
- Mejor cúbrete.
- Si yo conociera sus razones, tal vez podría entenderlo.
- No creo que pueda entenderlas... señora.
Además, no creo que le importen.
- ¿Por qué roban? ¿Qué hacen con el dinero?
- Ya se lo dije.
Este mundo es muy injusto y nosotros,
Los Plateados, hemos decidido cambiarlo.
Así que lo que hacemos es quitarles un poco
de lo que sobra a los ricos
para darles a los que no tienen nada.
Emilio: ¡Camila!
[♪♪♪]
¡Camila!
Yasir: Don Emilio.
- ¿Qué pasó?
Yasir: Ya revisamos el río, y no hay nada.
¿Qué le digo a los hombres?
Emilio: Vamos pa'llá.
- Pero, Layla, viste a ese bandido,
¿y no hiciste nada?
- Es que yo vi a una mujer con botas de montar.
Me pareció extraño, pero no le di importancia
hasta que nos asaltaron, y me di cuenta
de que uno de los bandidos traía las mismas botas.
- A lo mejor tú puedes reconocerlo.
Aunque haya estado vestido de mujer.
Vamos a ir a denunciarlo. Yo creo que es nuestro deber.
- ¿Y me puedes explicar por qué estás defendiendo
a Los Plateados, Leonardo?
Aurelio: Si piensas de esa forma,
¿qué hacías toda la noche buscándolos?
- Pues, lo mismo que usted, papá.
Lo mismo que Andrés.
Estamos buscando a Camila,
no estábamos buscando a Los Plateados.
- Ah, ¿sí?
¿Y qué tiene que suceder para que te convenzas
de que son unas bestias, unos desgraciados?
¿Qué? ¿Qué la encuentren muerta?
- Ay, abuela. No exagere, por favor.
Si Los Plateados fueran los bandidos
que usted dice que son,
seguramente nos hubieran matado a todos en la boda.
- Leonardo tiene razón, Aurelio.
Yo he escuchado a la gente del pueblo decir
que, que Los Plateados son gente buena.
Augusta: Sí, que roban para darles el dinero
a los pobres.
Habla la voz del pueblo.
Irene, tú tienes la culpa de que tu hijo
sea un idealista. - ¡Basta, madre!
Con mi esposa no te metas.
Leonardo: Es verdad, abuela.
Con todo respeto, no veo por qué tenga que faltarle
el respeto a mi madre,
si nadie se lo ha faltado a usted.
Permiso.
- Esto se acabó, mamá.
Emilio se volvió loco y, además, muy peligroso.
- Pero ¿cómo no va a estarlo, Andrés?
Se trata de su esposa,
está profundamente enamorado de ella.
Andrés: Todos estamos muy afectados
por la desaparición de Camila, mamá.
Pero alguien tiene que poner orden en esta locura,
y ese alguien soy yo.
- Sí, pero ¿qué vas a hacer, Andrés?
- Lo que debí haber hecho desde que llegué.
Y no me importa lo que diga Emilio.
Si se opone, lo meto preso.
- No, Andrés. Ya no quiero más problemas, por favor.
Basta.
- Tenemos que irnos de aquí.
- ¿No me va a preguntar por qué no grité?
Además, mi marido lo hubiera matado.
- Por favor, no me diga nada.
Yo entiendo.
- ¿Qué es lo que entiende?
- Voy a llevarla a su casa.
- ¿Qué dice? Gabriel: Ya oyó.
La voy a devolver a su casa,
señora de Gallardo.
Por favor.
[♪♪♪]
Emilio: ¡Síganme!
¡Ah!
Gabriel: Oh.
Por este camino, va a llegar a la hacienda
de su esposo más o menos en una hora.
- Antes de irme, quisiera preguntarle algo.
¿Por qué no me apuntó con una pistola
para que no gritara?
- Por la misma razón por la que usted no gritó.
- Gabriel, yo...
- ¿Cómo supo mi nombre?
- Se lo escuché decir a uno de sus hombres.
Pero eso ya qué importa.
Ya me voy.
Adiós, Gabriel, y mucha suerte.
- Adiós, Camila.
Buena suerte para ti también.
[♪♪♪]
- ¿Qué pasó, Eva? ¿Se dice algo en el pueblo?
- Nada.
No te preocupes tanto, Ximena.
Si no se sabe nada de esa mujer,
quiere decir que tus hermanos están bien, ¿sí?
- Yo no pienso quedarme aquí sentada esperando.
Voy a dar una vuelta a ver si me topo con uno de ellos.
- Voy contigo.
- No, Manuelito, mejor quédate aquí.
Por si hay noticias, pues, ahí sí sales a buscarme, ¿sí?
[♪♪♪]
- ¿Y la mujer?
- La dejé ir.
- Gabriel, ¿por qué la dejaste ir?
Tú sabes lo que eso significa.
Gabriel: ¡Ah! ¡Ah! ¡Ah!
- ¡Gabriel!
- ¡Camila!
¡Camila, mi amor!
Gracias a Dios que te encuentro, mi amor.
¿Estás bien?
Ah, gracias a Dios. ¿Estás bien, mi amor?
¿Estás bien? ¿Te hicieron algo?
¿Por qué vienes así?
¿Eh?
[♪♪♪]
- Dime la verdad, mi amor.
Dime la verdad, júrame que no te tocaron. Júramelo.
- No, no me hicieron nada, si eso es lo que le preocupa.
Emilio: Gracias a Dios.
Gracias a Dios, mi pequeña. Pero ¿y...?
¿Y cómo fue que te escapaste?
- Me dejaron sola. Pude soltarme, y así escapé.
- Mi amor.
Mi amor, no sabes qué noche pasé.
Me volví loco pensando que uno de esos desgraciados pudiera...
- No, no me hicieron nada, ya se lo dije.
- Gracias a Dios.
Solamente se quedaron con el caballo
que usted me regaló.
- Los voy a matar, te lo juro.
Los voy a matar.
No voy a descansar hasta que paguen
por lo que tú y yo sufrimos esta noche, mi amor.
Yasir: ¡Don Emilio! - Te lo juro.
Yasir: Don Emilio, la encontró.
- Sí, está bien, Yasir.
- ¿Está bien, su señora?
- Sí, gracias.
Yasir: ¿Y Los Plateados?
- ¿Ves algún cadáver tirado por aquí?
No, ¿verdad? Pero ya los verás.
Ya los verás colgados en la plaza del pueblo.
Ya los verás.
Vámonos, chiquita. Vamos, mi amor.
Tomás: Gabriel, esa mujer debe de estarle dando
santo y seña a su marido de nosotros,
y quién sabe qué más pueda decirle de ti.
¿Qué le dijiste de nosotros?
¿De qué hablaste con ella?
Gabriel.
¡Gabriel, te estoy hablando, con un demonio!
Manuel: Hey, hey, tranquilo, Tomás.
¿Qué pasa?
- Pasa que nuestro hermano dejó libre a la mujer,
y la dejó que se fuera caminando a su casa.
Eso es lo que pasa.
- ¿Todo tranquilo aquí?
- Pues, la verdad, no.
- ¿Y Ximena?
- Pues, estaba preocupada, y, pos, se fue a buscarlos.
- Pero ¿por qué salió?
Emilio Gallardo nos está buscando con todos sus hombres.
- Lo que nos faltaba.
Vamos a tener que ir a buscar a nuestra hermana.
- Nos vamos a dividir.
Ustedes se van por el bosque para llegar al lago,
yo me voy por el camino viejo.
Vamos.
[♪♪♪]
- Ensíllame otro caballo por si el señor
regresa y necesita salir.
[Balidos]
Camila.
- Luciana.
- Camila, ¿estás bien?
Camila: Sí. - Ay.
Cuéntame, ¿qué pasó? - Nada.
Luciana: ¿Seguro? Pero te tuvieron toda la noche.
¿Qué te hicieron? No te lastimaron.
Emilio: Luciana, Luciana, ahora lo que importa
es que tu hermana descanse y que tome un baño.
Madre: Camila.
Camila: Mamá. - Bendito sea Dios.
¿Estás bien?
Camila: Sí, mamita.
- Hola. - Hermanita.
- Emilio, bendito seas que me trajiste de vuelta
a mi hija.
¿Atrapaste a esos infelices?
[♪♪♪]
- Desgraciadamente, Emilio no pudo atraparlos.
- Bueno, ¿y...? ¿Y qué pasó con Camila?
¿Le hicieron daño?
- El peón que mandaron a avisar, dice que está bien.
Que incluso, ni siquiera la tocaron.
- ¿Ya ve, doña Augusta?
Leonardo tenía razón, no le hicieron nada.
- No me provoques, Irene, que no te lo voy a permitir.
¿La escuchaste, Aurelio?
Aurelio: Señoras, por favor, no van a iniciar
otra pelea, ¿verdad?
Y a todo esto, ¿dónde está Leonardo?
- Salió a dar un paseo. Dijo que tenía que pensar.
- ¿Pensar? ¿Pensar qué?
- Pues, seguramente alguna de todas esas ideas jacobinas
que le ha metido en la cabeza tu mujer.
- Abuela, su presión, acuérdese.
Augusta: Hijo, lo que me hace mal
es saber que el pueblo está lleno de ladrones, de bandidos,
y que mi familia se la pasa defendiéndolos.
Eso es lo que me va a terminar matando.
Isabel: Hogar, dulce hogar.
- Tía Isabel, ¿qué haces aquí?
- ¿Podemos hablar en privado, señora Villegas?
[♪♪♪]
- Ay, niña Camila, no sabe la noche que pasamos
su mamacita, sus hermanas y yo.
Nomás imaginando lo que esos malditos bandoleros
iban a hacerle.
Usted no lo miró, ¿verdad?
Lo miró, ¿sí o no?
- Sí.
- Santo Dios del cielo bendito.
- Tiene la mirada más linda que yo haya visto en mi vida.
- Ay, Ave María Purísima.
No siga, por favor.
Si le encontró lindo los faroles,
ese infeliz la embrujó.
- Se llama Gabriel.
- ¿Cómo lo supo?
- Lo escuché.
- Le informo de todo esto al patrón, ¿verdad?
Camila: No. Por supuesto que no, Xóchitl.
Y este va a ser nuestro secreto.
Por favor, júrame que no se lo vas a decir
a nadie. - Pero...
- Por favor, júramelo, Xóchitl.
- Se lo juro por mi mamacita y mi abuelita, patrona.
Camila: Gracias.
- Que en paz descansen.
Ándele, ya sálgase.
Dios quiera que después de echarse una pestaña
se le olvide para siempre ese hombre.
Camila: Ay, Xóchitl. Xóchitl: Venga.
- Discúlpeme, madre, pero ustedes
no pueden expulsar a mi hija.
Yo le he dado importantes donaciones a su convento.
- Si hubiéramos sabido por todo lo que nos iba
a hacer pasar su hija, no la acepto.
Créame.
- Pero ustedes están faltando al trato.
Quedamos en que ustedes se ocuparían
de la salvación de su alma.
- Su hija no tiene salvación, señora Villegas.
Y usted se equivoca pensando que el convento
es un reformatorio.
Adiós, señora. Hasta nunca, Isabel.
- Como que le anda haciendo falta un hombre
a esa pobre mujer, ¿no crees?
- ¡Cómo te atreves a hablar así!
¡No blasfemes, Isabel!
Isabel: Bueno, ya. Mira, vamos a darles
la buena noticia a todos.
A mi hermano, a mis sobrinos.
Van a estar... Van a estar felices.
- Un momento, m'hijita.
Tú quedas hasta aquí hasta yo decida
qué es lo que voy a hacer contigo, ¿hum?
- Mamá.
No, ma'. No me encierres, ¡no!
¡Mamá, por favor, piensa en lo que haces!
¡Estás loca, mamá!
[♪♪♪]
[♪♪♪]
Ximena: ¡Auxilio!
¡Auxilio!
¡Ah!
¡Ah!
¡Ah!
¡Auxilio!
¡Ah!
¡Ah!
¡Ah!
¡Ah!
¡Ah!
Ya falta.
¡Déjame!
Leonardo: ¡Ya está bien! ¡Ya está bien!
Tranquila, señorita.
[Gritos]
- Tranquila, ya está bien. Señorita, la estoy ayudando.
- ¡No!
¡Tomás! ¿Qué hiciste? ¡Ah!
[♪♪♪]
[♪♪♪]
- ¿Qué hiciste, Tomás?
- ¡Cómo que qué hice!
¡Ese tipo estaba abusando de ti!
- No. ¡Él me ayudó! ¡Yo me andaba ahogando!
Él me salvó.
Manuel: Entonces, ¿por qué gritabas así?
Además, pues, estás desnuda,
y ese tipo te estaba jaloneando.
- No sabía qué hacer, reaccioné mal.
Tú lo... ¡Tú lo mataste!
Está vivo.
¡Tomás, está vivo!
- Sí, pero no por mucho tiempo.
Vámonos.
- ¿Y qué? ¿Lo vamos a dejar así?
No, no, no lo pueden dejar aquí como perro muerto.
¡Tomás! ¡Tomás!
Él me salvó la vida, Tomás.
- Que ni modo que lo llevemos a la caverna.
No, Ximena, ni lo pienses.
[♪♪♪]
Andrés: ¡Oh! ¡Descansen!
Esperen aquí hasta nueva orden.
¡Ya!
- ¿Y estos? ¿Qué pitos tocan aquí?
- Emilio, te presento al comandante Dimas García
y al segundo batallón de la policía rural.
Son los refuerzos que solicité para apoyarlo en la búsqueda.
Emilio: ¿Búsqueda?
Andrés: Ujú.
- ¿Para eso trajiste a esta bola de imbéciles?
Si yo traje a mi mujer, hombre. Está en la casa.
Andrés: Sí, me enteré, y te felicito.
Pero a partir de este momento, los señores y yo
nos vamos a encargar de la persecución y captura
de Los Plateados.
- ¡Ja!
[Risa]
- Emilio, ¿por qué no quieres entender
que la única persona autorizada para perseguir a esos bandidos,
y entregarlos a la justicia, soy yo?
Y si te sigues oponiendo, no me vas a dejar otra...
- Mira, tú a mí no me amenazas, imbécil,
y mucho menos en mi propiedad.
- ¿Sabes cuál es la pena por faltarle el respeto
a la autoridad, Emilio?
- Mira, Andresito, ya te saliste con la tuya
trayendo a estos imbéciles aquí.
Ahora tú y estos se largan inmediatamente
de mi propiedad, ¿oíste?
- Será un placer.
¡Monten ya!
¡Vámonos!
[♪♪♪]
Ximena: ¡Eva! ¡Eva!
Eva, ayúdalo, por favor. Se está desangrando.
- ¿Quién es?
- Es muy largo de contar, solo importa que salvó mi vida.
Eva, tenemos que salvar la de él.
¡Rápido, prepara alguna emplasta,
algunas de esas medicinas mágicas que tienes!
- No, a mí ni me voltees a ver.
Por mí, que se muera ese desgraciado.
- No seas así, Tomás.
¿Y tú qué?
Eva, trae algo para ayudar,
algo para limpiarle la herida, por favor.
- Lo siento, pero yo no hago nada
si no está aquí Gabriel.
¿Que no es él el jefe? ¿En único que manda aquí?
Luciana: Bueno, es que no entiendo
por qué tanta tranquilidad, hermana.
Cualquier otra en tu lugar, pues, estaría destrozada
con lo que te pasó.
- Pues, si no he hablado, es... es porque fue horrible,
y no quiero recordarlo.
- Pero ¿viste algo?
¿Viste sus caras? ¿Sabes quiénes son?
- No.
No, claro que no.
- Bueno, pues...
Pues, descansa. Va a ser lo mejor, ¿hum?
En un rato más Emilio te viene a ver.
Camila: No.
Luciana, yo no quiero que venga Emilio.
Ahora más que nunca estoy segura de...
de nada, nada.
- ¿De qué cosa estás segura?
- No quiero que venga Emilio, no quiero que me toque.
No quiero que me haga el amor, Luciana.
Yo no quiero ser su mujer.
- ¿Por qué lo trajeron para acá?
- Yo lo dejé en el lago con un balazo.
Nada más que este y Ximena se lo trajeron.
- No podía hacer menos por el tipo
que me salvó la vida, ¿no?
- ¿A alguien le vio la cara?
- Pues, tal vez.
Quizás a Ximena, quizás también a los demás.
Gabriel, tienes que entender que cuando lo levantamos,
pensamos que estaba muerto.
- Pero no tiene por qué adivinar
que somos Los Plateados, ¿o sí?
Él no supo cómo llegó aquí, así que, por lo pronto,
no representa ningún peligro para nosotros.
- Esto está muy raro.
Yo nunca había visto a ese bato.
- Ni yo tampoco, y eso que voy bien seguido al pueblo.
- Gabriel, por favor, lo tienes que ayudar.
No lo podemos dejar morir.
Si no hubiera sido por él, me hubiera ahogado.
- Eva.
Eva: Sí.
- A ver qué puedes hacer por él.
- Sí, Gabriel.
[♪♪♪]
Agárrenlo bien fuerte y que no se mueva.
- Ya la oyeron.
Vamos.
[♪♪♪]
Leonardo: ¡Ah!
¡Ah!
¡Ah!
Manuel: A ver, abre la boca.
[♪♪♪]
- Agárrenlo fuerte.
- ¡Ah!
[♪♪♪]
[♪♪♪]
- Esperamos no importunar a su señora,
solo le traemos estos dulces que hizo mi Samia.
Emilio: Le agradezco la atención.
Los dulces árabes tienen fama de ser deliciosos.
Mientras llega mi esposa,
¿podemos hablar de negocios, señor Kamal?
- Excelente, don Emilio.
Emilio: Tengo algunas ideas que quiero proponerle.
Pase, por favor.
- Pase. Kamal: Gracias.
Déjeme decirle que estoy impresionado
por la magnificencia de su casa.
¿De verdad?
- Sí, sin duda.
Emilio: Dolores, hazle el favor de mostrarle la casa
al señor Kamal.
Dolores: Sí, señor.
- Podemos hablar de negocios, don Emilio.
Emilio: No, por favor.
Para todo hay tiempo. Vaya con confianza.
Kamal: Gracias.
- Yo me quedo acompañando a su esposa.
Dolores,
acompaña al señor, por favor.
- Por aquí, señor.
-Samia: Gracias. -Emilio: Se sienta.
Póngase cómoda, por favor.
Está en su casa, señora, ¿eh? Permítame. Permítame.
De verdad es un placer tenerla aquí.
Qué objeto más hermoso. ¿Me permite verlo?
- ¿Interrumpimos?
- Ah, mi amor, ven a ver lo que te trajo
la señora Samia.
Samia: Señora Camila, no sabe el gusto que me da
verla sana y salva.
- Muchas gracias.
Ay.
- Entiendo las razones de Emilio.
Se siente humillado por esos bandoleros.
Ya sabes cómo es.
- Aurelio, ¿sabes por qué estoy en el ejército?
Porque la estructura con la que regimos
nuestras vidas tienen orden que combate el caos.
Si no respetamos esas leyes, no hay un mundo posible.
Y yo decidí hacer cumplir esas leyes
cueste lo que cueste.
- Perdón que te lo diga, Andrés, pero creo
que ahí radica tu debilidad.
Tu excesiva rectitud.
Pero bueno, de igual manera,
estoy a tus órdenes para lo que desees.
Puedes quedarte en esta casa el tiempo que quieras.
A tus policías le encontraremos acomodo
con la servidumbre. ¿Mh?
Andrés: Gracias, Aurelio.
- Patrón. Hay algo importante que decirle, señor.
- ¿Qué pasa, Braulio?
- El caballo del señor Leonardo llegó solo.
[♪♪♪]
- Mmm. Nunca había probado algo tan delicioso.
Muchas gracias.
- No tiene de qué agradecer.
Pensé que sería una buena forma de tratar
de aliviarle el susto que pasó.
- Gracias.
- Emilio, ¿y a qué se debe tan inesperada visita?
Emilio: Nada, los señores Bashur
estaban muy preocupados por Camila.
Pasaron, le trajeron estos dulces,
y yo los invité para que habláramos
de negocios.
- ¿Qué clases de negocios, Emilio?
- Mh, importación y exportación.
Acabo de invitar al señor Kamal a ser mi socio.
- Sociedad que me honra muchísimo, señora.
- Vaya, qué noticia tan espléndida.
Debería de hacer un brindis, ¿no?
Ay, aunque sea con café. Salud.
¡Ah!
Kamal: ¡Mi amor!
- Ay, perdón. Soy una torpe, Samia.
-Discúlpame. -Camila: ¿Se quemó?
- No, no, estoy bien.
Kamal: Está bien. Camila: Venga,
acompáñeme a mi recámara.
Acompáñeme, yo la ayudo.
Luciana. Pase por aquí.
- Un accidente.
- Lo siento mucho, muchísimo.
[♪♪♪]
Isabel: ¿Ya se te pasó el ataque?
¿O vienes a decirme que todavía no puedo salir de mi recámara?
- No vas a salir si te atreves a desobedecerme.
Isabel: ¿Desobedecerte en qué?
Augusta: Ah, y tampoco quiero que digas a nadie
de tu expulsión.
Ese va a ser un secretito entre tú y yo.
- ¿Qué?
- Sí, como lo oyes, m'hijita.
No voy a permitir esta humillación, así que,
para todos, para la familia, para todo el pueblo,
para todo el mundo, tú sigues siendo una religiosa.
- Mamá, esos son disparates.
- Ya hablé con tu hermano Aurelio, y le expliqué
que estabas aquí de vacaciones solo por unos días, un tiempo.
El suficiente para que yo pueda convencer
a la madre superiora
de que regreses al convento.
- No, mamá, no. Estás loca.
Yo no voy a volver a ese lugar nunca, jamás.
- Bueno, m'hijita, como tú quieras.
Si no quieres volver al convento,
podría ser la cárcel, tal vez.
- Mamá.
- El manicomio.
Ay, sería horrible que te pudrieras allí, ¿verdad?
Pero tú sabes que yo soy capaz de hacerlo, ¿verdad, mi amor?
Y, y no te vas a atrever a desafiarme, ¿o sí?
Muy bien, mi hijita.
Ya veo que a pesar de todos tus defectos,
no eres tan tonta.
Bienvenida a tu casa, sor Isabel.
- ¿Sí le quedó la falda?
Samia: Parece que sí.
- Ah. Samia: Gracias.
- De nada.
¿Sí?
- Sí.
- ¿Está segura de que no se quemó?
Samia: No.
Camila, ¿le puedo hablar de "tú"?
- Claro que sí, Samia.
- ¿Tienes mucho tiempo que conoces a tu esposo?
- Sí. Lo conozco de toda la vida.
Don Emilio fue muy amigo de mi padre,
que en paz descanse.
Pero no entiendo. ¿Por qué la pregunta?
- Disculpa el atrevimiento, pero tengo una costumbre de...
de observar a los ojos.
- Mh.
- Y tú tienes unos ojos... de una mujer tan enamorada.
¿Quieres mucho a don Emilio?
- Le voy a pedir a dolores que ponga a remojar su ropa.
- Ah, disculpen la interrupción.
Samia, su marido ya se quiere ir.
Discúlpeme de nuevo mi accidente.
- No hay cuidado.
Con permiso.
- Aurelio, no te preocupes.
En este momento mando a todos mis hombres a buscar a tu hijo.
- ¿Cómo? ¿Qué le pasó a Leonardo?
- No, no te alarmes.
Seguramente debe haber una explicación para esto.
El caballo de Leonardo regresó solo.
- Es que no tiene caso.
Ximena: ¿Cómo?
- No se le siente el pulso.
Pa' mí se me hace que ya cantaron los tecolotes.
Ximena: ¿Se va a morir?
Eva: Pus, este no pasa de la noche.
[♪♪♪]
- Se hizo lo que se pudo, Ximena.
- Si se hubiera hecho antes, como yo lo pedí...
- ¡Ya, Ximena!
Velo así.
Si, pos, nomás tiramos el cadáver por ahí,
pues, asunto arreglado.
- ¿Cómo puedes hablar así, Tomás?
¿Que no tienes ningún sentimiento?
- Si se muere, ya sabes lo que tienes que hacer, Tomás.
Lo siento mucho, Ximena.
Ojalá y no se muera, porque no se lo merece.
- ¿Por qué tanto argüende por el catrín ese? ¿Eh?
[♪♪♪]
- Gabriel.
Pos, sí es muy triste lo que pasó al catrín ese,
pero a lo mejor Tomás tiene razón.
Si se muere, pues, nos olvidamos
del problema, ¿no?
- No estoy así por el bato ese.
- ¿Entonces?
¿Quieres hablar?
Pos, como quieras.
[♪♪♪]
Kamal: Bueno, hijos míos, ahora que todo ha pasado
y que la fortuna empieza a sonreírnos,
quisiera pedirles un gran favor.
Vamos.
Siéntate.
Halim, entiendo tu preocupación por conservar
nuestra identidad y nuestra cultura.
Yasir, entiendo tu necesidad por integrarte a este país
que nos dio la oportunidad de desarrollar
una nueva vida... lejos de la guerra.
A México le debemos la vida, Halim, no lo olvides.
En fin, ambos tienen razón en parte.
Los dos son mis hijos,
a los dos los amo profundamente.
Quisiera pedirles que hagan las paces y que se den un beso.
- ¿Qué? No podemos hacer las paces.
Él me pide disculpas, yo las acepto,
y punto, no hay beso.
Kamal: No. No, no, no.
A ver, un beso, como es nuestra costumbre.
Samia, trae más arak.
Vamos a brindar por la reconciliación
de estos muchachos y los negocios que haremos
con don Emilio Gallardo Rivas.
[♪♪♪]
[♪♪♪]
- ¿Cómo te sientes, mi amor?
- Nerviosa después de lo que me sucedió.
Dormí un momento, y tuve pesadillas, Emilio.
Pesadillas horribles.
Emilio: Entiendo, entiendo. Pero eso es muy normal.
- Emilio.
- Camila, Camila. No tengas miedo.
Solo quiero hacerte feliz. Ten confianza en mí, ¿sí?
[♪♪♪]
- ¿Sabes qué?
Yo creía que no le tenía miedo a nada
hasta que esos desgraciados te robaron, mi amor.
Gracias. Gracias por estar conmigo.
[♪♪♪]
Entiendo que después de lo que pasó
necesitas descansar.
- ¿Qué quiere decir?
- Que te voy a dejar sola para que te relajes. ¿Mh?
Voy a dar órdenes para que te traigan
de cenar aquí.
- Sí.
- Nos vemos mañana, mi amor.
- Emilio... gracias.
[♪♪♪]
- Anduvimos por toda la cañada.
Nada.
Ahora solo nos queda esperar por los hombres de Andrés.
- Es mi culpa, es mi culpa.
- ¿Por qué? ¿Por qué va a ser tu culpa?
Aquí los únicos culpables son esos desgraciados
de Los Plateados.
Estoy segura que ellos tienen secuestrado a mi Leonardo.
- Por favor, doña Augusta, ya Ángeles está
lo suficientemente angustiada
como para que todavía usted...
- Es el colmo la tranquilidad de esta mujer.
Tu hijo está desaparecido, y tú todavía te pones
a defender a esos bastardos.
- Mire, suegra, usted no tiene idea de lo que siento.
- Tal vez y está perdido... por ahí
con unas mujeres o algo, ¿no?
- Ay, tía, se ve que no conoces a Leonardo.
- Por primera vez en la vida daría lo que fuera
por que Isabel estuviera en lo cierto.
- Permiso, mi capitán.
- ¿Alguna noticia, Dimas?
- Sí, me temo que no son buenas, capitán.
Unos peones de la hacienda de al lado nos acaban
de decir que encontraron un cadáver en el río.
[Todos hablan]
[♪♪♪]
- ¿Qué pasó con la noche de bodas?
Déjame adivinar... se te negó.
No, te puso alguna excusa.
¿Te dijo que le dolía la cabeza?
Te lo dije.
Te dije que tarde o temprano ibas a venir a buscarme, ¿o no?
Y aquí estás.
- Ven acá.
Cállate.
[♪♪♪]
[Ladridos]
[♪♪♪]
Gabriel: ¿Qué hace una mujer tan hermosa caminando sola
a la luz de la luna?
- Gabriel.
¿Ahora sí me vas a dejar ver tu rostro?
[♪♪♪]
♪ Nos quieren detener, ♪
♪ nos quieren aplastar, ♪
♪ por defender tu amor, ♪
♪ por decir la verdad. ♪
♪ Con nuestra propia ley quitamos para dar ♪
♪ un poco de esperanza, y ante todo, dignidad. ♪
♪ Nadie nos detiene, somos libertad. ♪
♪ Ángeles Plateados, cazadores de la paz. ♪
♪ No queremos guerra, pero hay que luchar ♪
♪ contra la injusticia por amor a la verdad. ♪
CC: TELEMUNDO NETWORK CAPTIONING@TELEMUNDO.COM
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