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Este, mi señora,...
Este, mi señora,...
Este, mi señora,...
Este, mi señora,...
¿Para qué sirve?
Este, mi señora,
es el arma más poderosa del imperio que se forjará bajo sus pies.
¡Dios os bendiga, majestad!
-¡Si es la reina!
¡Viva la reina!
Mis soldados.
Mis valientes soldados.
Decidme que no será esta la última de nuestras victorias.
-¡No será la última, majestad!
-No lo será, majestad.
-¡Jamás!
Mis valientes soldados.
Limpiad vuestras heridas.
Mañana, antes de que caiga el sol,
tomaremos Granada.
¡Dios salve a la reina!
(TODOS) ¡Viva!
-¡Viva!
La ciudad de Granada sucumbió.
Claro que sucumbió.
Sucumbieron mucho antes de que llegara a caer el sol.
El último bastión del Islam en la Península Ibérica
había sido, al fin, derrotado.
800 años duró aquella guerra.
La más larga que hayan librado nunca los hijos de Dios.
800 años dedicaron nuestras madres
a criar perros de guerra.
Amamantándonos con hierro y con sangre.
Adiestrándonos con la única idea
de que escupiéramos la muela, nos levantásemos
y volviéramos a dar la cara.
La marca, el palmo de tierra que tanto tiempo
mantuvo separados a moros y a cristianos
se había convertido en un secarral para huérfanos.
Todos los que habíamos crecido allí
sabíamos lo importante que era cuidar la granja del vecino,
por muy musulmán que fuere.
Le robabas los huevos, sí.
Pero no tocabas sus gallinas,
no fuese que al día siguiente, no tuvieras qué robar.
Pero en Castilla, ya no quedaban huevos ni gallinas.
Ni moros con quien pelear.
Por no quedar, no quedaban ya
ni huesos que roer para los perros de la guerra.
Corría el octavo mes del año de 1492
de nuestro Señor y hacedor de todas las cosas.
Aquellas carabelas no iban cargadas ni de perros ni de caballos.
En ellas, no viajaban ni reyes, ni frailes ni soldados.
Aquellas tres carabelas iban repletas de desgraciados.
La Pinta y la Niña tenían a los Pinzón como capitanes.
Qué grandes piratas esos dos.
Que le pregunten a los portugueses cómo se las gastaban.
Al timón de la Santa María, iba Alonso Niño.
El Negro, lo llamábamos.
Era tal la cantidad de negros esclavos que había transportado
que hasta se le había tiznado la cara del mismo color.
Y junto a él, Juan de la Cosa,
el mejor cartógrafo que haya existido nunca.
Andaluces, vascos, portugueses, italianos
y otra gente de mal vivir.
Unos cuántos esclavistas, un puñado de piratas
y cuatro condenados a muerte.
En total, 70 u 80 desgraciados
a las órdenes de un tal Cristóbal Colón.
Y poco más puedo contar.
Solo lo que yo vi.
Aquí los tiene, almirante.
Encalados...
y sin piojos.
¿Qué pecado cometiste, hijo?
Maté al hombre que no debía, mi señor.
Y ruego sinceramente a Dios que por ello me perdone.
¿Y qué pecado cometió aquel hombre?
Deshonró a la madre de quien no debía,
que es mujer viuda y con siete hijos.
Por ello, ruego a Dios que no lo perdone nunca.
¿Y tú, cuál fue tu pecado?
Los tres asaltaron el cadalso
donde me tuvieron preso y trataron de darme rescate.
Se lo tengo dicho, que no debieron hacerlo.
¿Hablas tú por ellos, no tienen lengua para defenderse?
No, mi señor, se las segaron.
¿A los tres?
A los tres.
¿Sabéis coser?
¿Remendar madera, fracturar metal?
¿Cocinar, alguna profesión útil para la mar?
¿Sabéis nadar?
Soltadles.
Serviréis en la Santa María los cuatro.
Tú hablarás por ellos.
Aprenderéis el oficio de la mar a más no tardar.
Será aquí donde cumpláis vuestra pena.
¿Se os dio alguna otra opción? La mar o la mina de sal.
Bien.
No os faltará sal en ninguna de las dos.
Mejor les habría ido en las minas.
La mitad de los que llevamos se dicen marinos y no saben nadar.
¿Cuántas leguas para hoy?
30.
Anotad 20.
No faltaré a la verdad.
Aquellos dos hombres sabían navegar.
Con una regla y un compás, eran capaces de adivinar
por dónde se ocultaría el sol,
a qué hora rozaría el horizonte.
Y con unas sumas y unas restas, sabían dónde demonios estábamos
y cuánto nos habíamos adentrado en la mar.
Les bastaba una sola nube para guiarse.
Con echar un vistazo al cielo, los vientos se ponían a soplar.
Siempre a su favor.
Siempre hacia poniente.
No quedaba mucho más remedio que fiarse de ellos.
Total, el resto no sabíamos leer.
(VOMITA)
Hacían trampas, claro que sí.
¿Qué buen marino no las hace?
Sabían que llevábamos las barrigas llenas de hambre y de miedo.
Ese miedo que, irremediablemente, sienten los marineros
al verse alejados de la costa.
El miedo a encontrarse en mitad de la nada,
sin provisiones para regresar.
Para evitar disgustos, motines y descontentos,
esos dos anotaban menos millas de las que al día se recorrían.
Era la mejor manera de hacernos creer
que no estábamos tan lejos de casa.
Para cuando la noticia de la gran victoria de los reyes de España
en Granada llegó al Vaticano, ya era demasiado tarde.
Inocencio VIII, su santidad, el papa de Roma,
consumía ya sus últimas fuerzas luchando contra la enfermedad.
Cuentan que se alegró tanto al saber de la derrota de los moros
que en ese mismo momento, lleno de renovado vigor,
dobló su ración para la cena.
Hacía meses que sus sabios doctores
le hacían alimentarse tan solo de leche de mujer.
Y el pobre Inocencio
seguía al pie de la letra los remedios que le recetaban.
Lo que fuera
con tal de mantenerse alejado de las puertas del cielo.
Se ve que el hombre no veía claro
si sería recibido con honores
o, directamente, no le dejarían entrar.
Por muy papa que fuera.
Pobre Inocencio.
El padre del pueblo, así le llamaban las malas lenguas
por su cuidado, digamos, paternal
para con sus numerosos hijos.
Ocho de ellos, reconocidos.
Los otros 13, bastardos.
Un litro de agua, un litro de vino
y un litro de vinagre por hombre y por día.
Ni uno más ni uno menos.
Y si cojo a alguno borracho, hago morcillas con sus tripas
antes de tirarlo por la borda.
Tocino, sardinas, salazón y bacalao.
Bizcocho, duro como las muelas de un oso.
Si de verdad queréis tragarlo, mojadlo antes en agua de mar.
100 toneles de agua.
Si alguno afloja, se lo decís al carpintero.
Ah, y lo más importante.
No se molesta a la cabra ni a la gallina.
La una está para dar leche y la otra, para dar huevos.
Tienes tú mucha cara de maleante.
-¿Para cuántos días hay aquí?
-60 días. 30 para ir y 30 para volver.
Ni uno más.
Aceite, ajos.
Tres son, por tanto,
los continentes de esta tierra
que Nuestro Señor nos entregó para ser poblada.
Europa, África y Asia.
Y tres fueron los sabios
que partieron a adorar a Jesús niño.
Tres sabios venidos de tres continentes.
¿Y las Áfricas?
¿Qué sabéis del poniente?
La nada.
La oscuridad eterna.
Antes de avistar el final,
el mar se agita desde dentro.
Desde sus entrañas.
Las naos doblan enteras ante olas de más de 50 pies.
Todo lo devoran peces como no hayáis visto de grandes.
Vivos, ahogados.
Todos caeremos al vacío.
Y todos caeremos al vacío.
Sois todos marinos.
Hombres de la mar, ¿no es cierto?
¿Y qué es lo primero que aparece en el horizonte
cuando se aproxima una carabela?
¿Qué es lo primero que veis?
¿Sus velas o su casco?
Sus velas. Cierto, ¿no?
Y eso ocurre si la nave viene del norte, del sur, de poniente.
Eso ocurre siempre.
Ocurre siempre y en todos los mares.
Todo marino sabe de la redondez de la tierra.
Todo marino la ha visto con sus propios ojos.
Así que dejad de hacer oídos a este viejo tuerto.
El ojo que conserva lo tiene igual de podrido que el que le falta.
¿No os ha relatado como un pez gigante llegó a engullirlo?
El sabor de su carne le causó tal repulsa
que el pobre pez tuvo que escupir a este pobre tuerto.
(Risas)
¡Bendita sea la luz y la santa de la cruz!
¡Y el señor de la verdad y la santa trinidad!
¡Bendito sea el alba y el señor que nos lo manda!
¡Bendito sea el día y el señor que nos lo envía!
Os aseguro que Juan de la Cosa no era un cualquiera.
Ni brújula ni sextante.
El cántabro era el mejor aparejo de navegación de la Santa María.
Guardaba en su cabeza los mapas
de todos los mares que había navegado y no eran pocos.
Conocía las estrellas de la noche, las mareas,
las aves que iban y venían.
El segundo de Colón, sí.
Pero el primero de cualquier otro.
Juan de la Cosa podría llamar, si quisiese,
a cada ola por su nombre.
Esteban, ¿de dónde eres?
De Córdoba.
Durán. -De Huelva.
Ríos.
-De Cádiz.
Cádiz.
Peru.
-De Etxebarría, maestre.
Y tú, Bernardino,
de Talavera.
Y nosotros,
nuestras mercedes,...
estamos aquí.
La distancia de aquí...
a la China y las Indias...
es de 7.000 leguas.
Esta distancia es, por tanto,
tres veces mayor
a la calculada por el almirante Cristóbal Colón.
-Si aceptásemos, solo si aceptásemos
tal redondez de la Tierra,
¿acaso no caerían nuestros barcos
inexorablemente al vacío
al sobrepasar los límites de la geometría?
-Ningún barco podría albergar provisiones suficientes
como para soportar tres meses en el mar.
Colón no llegará a las Indias.
Pero tampoco podrá regresar a España.
-No es posible alcanzar el este navegando hacia el oeste.
Excepto uno, que no diré el nombre,
que se tenía por mejor marino que los demás,
el resto no habíamos pasado más de 10 jornadas
lejos de algún puerto.
Ninguno nos habíamos alejado tanto de la costa.
Ni siquiera, Andrés, de Huelva.
Cuán mentiroso es.
Muchos dejábamos de trabajar en cuanto soltaban las palomas.
Rezar, aunque sea en silencio,
no es algo que deba hacerse mientras uno trabaja.
Le hacíamos todo tipo de promesas a la Virgen.
Promesas que olvidábamos en cuanto veíamos a las palomas regresar.
Aquello significaba que, un día más,
no habían avistado tierra ni árboles y tenían que volver.
De encontrar otro lugar donde posarse, no volverían.
Ni las putas palomas querrían seguir en nuestros barcos.
Vuelve.
No faltaré a la verdad.
Teníamos miedo.
Mire, almirante.
¿Cuántos han perecido así?
10.
Puede que más.
-Y esta agua lleva sanguijuela.
Echadle vinagre.
Un litro por tonel.
Y esos sacos de provisión, tiradlos al mar por la noche.
Que no los vea la marinería.
Si escucho a un solo marinero hablar de esto en cubierta,
os tiro a los cuatro detrás de los sacos.
¿Queda claro?
Tengo entendido que tenéis dos hijos.
¿No es así? Así es, alteza.
Diego y Hernando.
Vuestro proyecto ha sido rechazado.
Si los sabios de mi consejo están en lo cierto,
vos, vuestras tres carabelas y el dinero de la Corte de Castilla
acabarán en el fondo del mar.
No seré yo quien deje huérfanos al pequeño Diego
y al pequeño Hernando.
No soy esa clase de reinas.
Y ya son muchos los huérfanos que ha dejado esta guerra.
No sois vos una reina cualquiera, mi señora.
Un cumplido bien escogido
viniendo de un experto en reyes, como vos.
Hasta el papa conoce vuestras intenciones de viajar a la India.
Por lo que sé, ya habéis ofrecido vuestros servicios
a todas las cortes de la cristiandad.
Y solo aquí he dado con una reina capaz.
¿Capaz de qué?
De reinar.
Dios ha tenido a bien darme la inteligencia para navegar.
Tal y como a vos, la de gobernar.
Y sí, alteza, mi proyecto peca de ambicioso.
Pero no menos que el suyo.
Vos no os conformaréis con tomar Granada.
Todos saben que la reina de Castilla
sueña con devolver Constantinopla y Jerusalén a la cristiandad.
(RÍE)
Si ya todos conocen mis planes,
me temo que será difícil tomarlos por sorpresa.
¿Por qué vos y no otro?
Yo sé cómo hacerlo.
Poco importaba ya si las palomas encontraban tierra o no.
Llevábamos 30 días navegando y a nadie se le escapaba el hecho
de que a partir de ese día,
contábamos con las provisiones justas para regresar.
Corría el rumor de que el almirante
nos mantenía engañados, de que contaba menos nudos
de los que realmente navegábamos.
Y el rumor se convirtió en mala sangre
cuando supimos que las bodegas se estaban llenando de gusanos.
Hacía días que no se escuchaban risas en cubierta
y sí descaros.
Hombre sin seso, descerebrado que no sabe dónde va.
Así hablaba la marinería a espaldas del almirante.
Y poco faltaba para que se lo dijeran a la cara.
Queríamos dar media vuelta y retornar a casa.
Si una carabela se amotinaba,
las tres se amotinaban.
No nos hemos adentrado 700 leguas en el océano.
Sino cerca de 1.000.
No os tengo por malos marineros.
Os tengo por los peores que hayan navegado nunca.
Llevamos 30 días en alta mar, señores.
30 días.
Ya no podemos regresar.
Este no es un viaje de ida y vuelta.
Es un viaje solo de ida.
Podemos dar media vuelta y tratar de regresar
a la miseria de la que todos venimos.
O podemos continuar hacia poniente.
Y el día que regresemos,
cubrir con oro las tejas de nuestras casas.
Sacad toda la provisión podrida de las bodegas
y echadla al mar antes de que se propague.
En tres días, veremos tierra.
¡A trabajar!
¡Vamos!
El primer día vimos un junco verde junto a la Nao.
El segundo, una caña y un palo.
Con estas señales, respiramos todos,
pues los árboles y las plantas no crecen en alta mar.
Señores.
Hemos llegado.
27 leguas anduvimos ese día.
Y porque la Pinta era más velera y andaba delante,
halló tierra primero.
33 días habíamos navegado.
No sabíamos de nadie que hubiera pasado tanto tiempo en alta mar.
Todos habíamos escuchado las historias que hablaban de otros,
de los que habían intentado cruzar el mar antes que nosotros.
Marineros, soldados
y antiguos príncipes a los que devoró la oscuridad.
Historias de hombres que llegaron y no pudieron regresar.
Y de hombres que regresaron
y nunca lo pudieron contar.
Si los mares se habían abierto a nuestro paso,
si éramos los únicos a los que Dios, en su eterna sabiduría,
había permitido desembarcar a ese lado del mundo,
por lo más sagrado, os juro que nos daba igual.
Solo queríamos llegar.
Y si éramos los primeros o los últimos,
nos traía sin cuidado. Puede que no al almirante.
Puede que él soñara con regresar y gritar que fue a él y no a otro
a quien Dios había entregado las llaves de aquellos mares.
Pero nosotros...
Nosotros solo queríamos bajar de las carabelas.
33 días nos parecían una eternidad.
Todos dirán que, puesto en tierra,
el día 12 de octubre del año de 1492 de nuestra era
el almirante enarboló la real y dos banderas
con las enseñas de sus majestades
y tomó posesión de aquellas tierras en su nombre.
Pero lo cierto es que ninguno tuvo tiempo de acordarse de ningún rey
y casi olvidamos las banderas.
Hincamos la rodilla en tierra, sí.
Pero solo para poder sentir la arena de aquella playa
y recordarnos que aún estábamos vivos.
No os mováis.
Lenguas.
Luis de Torres, al frente.
(HABLA EN ÁRABE)
No fue el español lo primero que escucharon en el nuevo mundo.
El primero que abrió la boca
para dirigirse a ellos fue Luis de Torres y lo hizo en árabe.
Por no saber dónde íbamos,
y viendo que todos los lugares alejados de la mano del Señor
hablan siempre la lengua de Mahoma,
nos parció valiente idea la de llevarnos a un moro converso
para que hiciera las veces de intérprete.
Bajad las armas.
Gracias a Dios, no vamos a necesitarlas.
Pero estos indios no conocían ni a un profeta ni al otro.
(HABLA EN LENGUA AMERINDIA)
Quitaos las corazas.
Ocho días antes de que las tres carabelas del almirante Colón
partieran de España, su santidad Inocencio VIII, el papa,
cayó en un sueño profundo del que ya no logró despertar.
Ocho días antes.
Parecía una broma del Señor,
que no permitió que su delegado en la tierra
pudiera contemplar el descubrimiento de un nuevo mundo.
La Santa Iglesia Romana hizo lo que se hace en estos casos.
Una sangría.
Contrató los servicios de un médico.
Una especie de místico judío.
Aseguraba poder sanar al máximo pontífice
usando un remedio al que llamaba la transfusión de la sangre.
Solo necesitaba su instrumental.
Dos críos inmaculados y no mayores de la edad de 10
y dos ducados de oro, uno para cada crío.
Que las cosas bien hechas bien parecen.
Los sajó, extrajo de ellos seis litros de sangre
y se la dio a beber al excelentísimo cadáver
del excelentísimo pontífice.
Y así, alimentándose de la sangre de dos semejantes,
consumió sus últimos minutos de vida
el mismo papa fundador de la santa inquisición.
Qué ironía, ¿verdad?
Ordenas a los tuyos salir en busca de brujas a las que achicharrar
y terminas tus días devorando niños de 10 años.
Suya es la gloria del descubrimiento del nuevo mundo.
Eso es lo que su santidad se hizo esculpir en la lápida.
No me preguntéis por qué.
Pero aquel papa quiso llevarse con él la gloria que nos correspondía.
Y tampoco me preguntéis cómo sabía él de nosotros,
de Colón y de nuevos mundos,
si estaba muerto ocho días antes
de que nosotros zarpáramos de España.
Las malas lenguas llegarán a decir
que uno de sus 13 hijos bastardos viajaba en uno de nuestros barcos.
Pero así son las malas lenguas.
Siempre dicen lo que uno espera oír.
No tengo ni idea de quién fue el padre de Colón.
De eso no seré yo quien os hable.
Me trae sin cuidado si su padre era genovés, gallego o catalán.
Como si era el mismísimo papa de Roma.
¿A quién le importa?
(HABLA EN LENGUA AMERINDIA)
¿Dónde, dónde viven esos indios?
¿Cómo son?
Almirante.
Armados.
Al parecer, estos sí saben guerrear.
Al menos, eso dice la india.
Entonces, serán gentes de razón.
Estos son unos cobardes y no saben nada de armas.
Esos caníbales habrán apresado a más de uno de los suyos
y al ver que no regresan, dicen que se los comen.
Lo mismo dirán de nosotros algún día.
Juan.
Buen trabajo.
Más de 10 islas recorrimos en aquel primer mes.
Y ni rastro del gran Khan.
El gran Khan de la India era a quien buscaba el almirante.
A solas, Juan de la Cosa, siempre fiel,
trataba de convencerle
de que aquello no podía ser Asia.
Que aquellos a los que llamábamos indios
poco o nada se parecían a los hombres y mujeres
que pueblan la China o la India.
Que aquello que habíamos descubierto no eran sino islas.
Pero el almirante se negaba a creerlo.
Hacíamos continuas batidas de reconocimiento.
No buscábamos oro, buscábamos algo
que pudiera demostrar que estábamos en Japón, en China
o en la maldita India.
(CÁNTICOS EN LENGUA AMERINDIA)
Chist.
Nos creen venidos del cielo.
Estos nos toman por dioses.
Almirante.
Lamento enturbiar su descanso, pero he de informarle.
La Santa María, mi señor.
Se nos ha ido a pique esta noche.
Se hunde.
¡Ah! Buenos días.
¡Oh!
Espero que los mosquitos hayan tenido mehor consideración con vos
de la que han tenido con mi persona.
El timonel dejó la barra en manos de un muchacho.
Debió quedarse dormido y se le ha ido el casco contra unos escollos.
La Santa María se hunde.
Hoy es el día del Señor.
Celebraremos esta Navidad con alegría y con devoción.
Almirante.
La Santa María se hunde.
A los nueve años, embarqué por primera vez.
Recuerdo aquel día como si hubiera sido ayer.
23 años en la mar
y el único recuerdo que conservo con precisión es el de aquel día.
Andaba por aquella carraca
procurando esquivar cada soga, cada nudo, cada cabo.
Pensaba que todo el barco se desmoronaría
y se vendría abajo en cuanto pusiera la mano donde no debía.
¡Ah1
no me asustaba morir ahogado.
Me asustaba ser yo el responsable de que todos aquellos marineros
terminasen en el fondo del mar.
No disfrutas, decía mi padre.
Y yo, allí, rígido,
con los brazos pegados al cuerpo
y tieso como la verga mayor.
Incapaz de ver las numerosas señales
que Cristo, nuestro Señor, pone delante de nuestros ojos.
Malas nuevas son las que nos trae hoy nuestro Señor.
Las mejores, querido amigo.
Las mejores que puedan darse en el día de la Navidad.
Es hora de regresar a España.
¿Y qué hay de los 39 hombres de la Santa María?
No caben todos entre la Pinta y la Niña.
Todos, no.
El día 25 de diciembre de 1492 se hundió la nave capitana.
La Santa María.
Y donde todos vieron una fatalidad,
el almirante Colón vio una señal del cielo.
Con los restos de la nao, construimos un fuerte.
Lo llamamos Natividad.
Las cuadernas terminaron haciendo las veces de muros
y el velamen, de toldo bajo el que refugiarnos.
Allí quedarían 39 hombres.
Todos, hombres de Colón.
Los primeros colonos de la primera de las colonias.
Se les dio la orden de explorar aquella nueva tierra,
de buscar y recoger el tan ansiado oro que seguía sin aparecer.
Nadie puso un pero, ni uno solo protestó.
Que mejor era quedarse en aquellas Indias
que volver a la mala vida que habíamos dejado en España.
No hagas eso.
¿Eso dónde estaba, no has oído al almirante?
-Ya te he oído. -Deja sus cosas en paz.
-¡Qué susto me has dado, muchacha!
Eh, eh.
Tranquila.
Tranquila.
Tranquila.
Tranquila. Mira.
Mira qué tengo.
¿Te gusta, eh?
Mira.
-Dejbes dejarlo donde estaba.
-Deja de tocarme ya con esa cara de trocaconventos.
Por una vez en tu vida, déjame en paz.
Mira, bonita.
Toma, bonita.
-Nos vamos. Aquí no ha pasado nada.
-Claro que no ha pasado nada. Aquí no ha pasado nada.
No he infringido ni una orden del almirante.
La muchacha quiere hacer negocio y tú te vas a esperar.
¡Mierda!
-¡Ortubia!
¡Ortubia!
(HABLA EN LENGUA AMERINDIA)
¡Leva anclas!
Negro.
-10 machos, siete hembras, tres críos.
¿Dónde están?
En la bodega.
No usaste la fuerza, ¿verdad?
Almirante, ¿son para vos?
Son para su majestad, la reina.
De acuerdo.
Estos hombres no son esclavos.
Vendrán para aprender nuestra lengua,
nuestra fe y nuestras costumbres.
Buen provecho les quitaremos cuando regresemos aquí
y contemos con los mejores guías y traductores que se pueda tener.
¿Y las hembras?
Los hombres viajan más tranquilos cuando llevan a las mujeres.
Mil disculpas, almirante.
Parece...
que no soy el único que ha ido a las indias a por negros.
Créeme, no es algo que me haga enorgullecer.
¡Desplegad la mayor y la mesana!
Negro, al timón.
-¡Desplegad la mayor y la mesana!
El día 22 de febrero del año 1493
la Pinta y la Niña zarparon de regreso a España,
dejando atrás a 39 hombres en el fuerte de la Natividad.
Habíamos descubierto 20 islas, 15 diferentes etnias
y un mundo que, sin nosotros saberlo,
pronto se convertiría en un nuevo continente.
Puede que estuviéramos cerca de completar
uno de los descubrimientos más importantes
para la humanidad, pero no pensábamos en ello.
Pensábamos en regresar.
En volver a ver a nuestras esposas e hijos.
En volver a meter la mano en el caldero
en el que nuestras madres cocinaban.
Os juro que, al menos yo,
no pensaba en otra cosa.
Regresamos cantando, orgullosos de nuestra empresa
y ansiosos por contar en nuestros pueblos
que habíamos hecho lo que hasta entonces, no se podía.
Pero pocas cosas suceden tal y como predecimos.
El almirante Cristóbal Colón pensó que el mar
le había mostrado un nuevo camino para llegar a la India
cuando ese océano, realmente,
conducía a un nuevo continente.
Una tierra que aún no tenía ni nombre.
Un nuevo mundo que no estaba ni bautizado.
Y los indios...
Los indios ni siquiera se llamaban así antes de llegar nosotros.
Tenían sus propios nombres.
Nombres preciosos que sus madres les habían puesto al nacer.
Ellos nos tomaron por dioses
y nosotros les tomamos por esclavos.
Y lo peor estaba aún por llegar.
Pronto verán aparecer más naves en sus playas.
Y esta vez, no seremos cuatro desgraciados
cargados de baratijas que intercambiar por oro.
No.
Esta vez, seremos cientos de desgraciados
e iremos armados hasta los dientes.
Adoptarán nuestras costumbres,
empezando por la de agachar la cabeza cuando les hablen.
Y les enseñaremos la verdadera fe.
La que hace hogueras con sus dioses.
Y aprenderán nuestra lengua
para que podamos entenderles cuando nos den las gracias.
No encontrasteis oro.
No tanto como habríamos gustado.
Pero oro hay.
Y mucho.
Nos enfrentamos a algo desconocido.
Decidle que mi confianza en el almirante Colón
es completa.
Y que, por tanto, no le quite los ojos de encima.
Son los más mansos y buenos hombres que pueda haber.
¿Por qué se los encierra, entonces?
Bajad las armas y no os mováis.
Como te tragues una, te la saco de las tripas.
(Disparo)
Aún no.
Pero te aseguro que los voy a mandar al infierno a todos.
Ojeda.
Mírala a los ojos.
Ella es el bien.
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