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¿Estás bien, Verónica?
¿Estás bien?
¡Pedro!
¡Pedro!
-No tiene pulso, Vidal. -¡Guillermo!
-¡No tiene pulso! -¡Ayúdame!
¡Ayúdame! -¡No tiene pulso! ¡Se acabó!
¡Se acabó!
¡Lo siento, Verónica! ¡Lo siento mucho!
¡Julia!
¡Julia!
¡Julia!
¡Julia!
¡Julia!
Los rebeldes contraatacaron con piezas artilleras
recuperadas en las zonas perdidas.
Las bajas han sido numerosas, pero tras horas de intenso combate,
el enemigo se ha retirado.
-¿Y sigue cortada la línea?
-Sí, pero hemos recibido malas noticias.
El alférez Pedro Ballester está entre las bajas.
-Pedro.
¿Pedro Ballester? -Y una enfermera de la Cruz Roja.
-¿Qué?
-¿Hay una enfermera herida? -No, está muerta.
Aún no sabemos su nombre, pero sabemos que ha muerto.
-Averígüelo. Confirme quién es, llame...
-Le he dicho que la línea está cortada.
-Necesito saber lo que ha pasado. Solicito su permiso...
-Tranquilícese, teniente. Los están evacuando.
Pronto estarán de vuelta.
Somarriba.
-Sargento, necesito un vehículo para subir al hospital de campaña.
-Tiene que utilizar... -Acabo de ordenarlo.
Pida ahora mismo ese vehículo. -Sargento, retírese.
Teniente, ¿qué hace? -Debo ir a buscarlos.
Debo saber cómo está mi prometida. -Si sigue así, le arrestaré.
-Se lo pido por lo que más quiera. -Retírese.
¿No me ha oído?
Retírese.
Muchas gracias, coronel. Manténgame informada.
Señora, ¿sabemos algo más?
Sí, Pilar. Los heridos están de camino.
Habrá que preparar la sala de camas.
No sé de cuántos heridos estamos hablando.
Y aparte de heridos, también...
Sí, sí, Pilar.
Junto con los heridos vienen también los caídos en combate.
Pedro, el hermano de Julia y...
Y una dama enfermera, no sabemos si Julia o Matilde.
Vaya.
Sí. Vaya.
Esta sala era la biblioteca del colegio.
Hay como un olor a... No sé, huele muy fuerte, ¿no?
¿Sí? Ah, puede ser. Yo ya me he acostumbrado.
Aquí nos pasamos el día y muchas noches, también.
-Enfermera, agua, por favor. Perdona.
Tenga.
-Magdalena. Pilar.
¿Daniel? ¿Qué...?
¿Cuándo has llegado? -¡Pilar! No te había reconocido.
La madre de Magdalena recibió un aviso
de que su hija estaba enferma y bueno, aquí estoy.
¿Por eso has venido?
Tu madre estaba preocupada y yo quiero hablar con el médico.
Lo que te pasa tendrá nombre.
¿Tú tampoco sabes cómo se llama su enfermedad?
-No. Disculpa, Daniel. Tengo malas noticias.
¿Qué pasa, Pilar?
Los rebeldes han atacado el hospital de campaña.
Ha muerto Pedro, el hermano de Julia.
Y una dama, aún no sé quién es.
¡No, qué horror!
-No será que esos olores... Es sangre.
Me voy, que me estoy mareando.
¡Daniel! -Daniel.
Daniel, Daniel, siéntate. -Estoy bien.
-Voy a traerle agua con azúcar. -Espera.
Tranquilo.
Daniel, escucha,
¿tú no has recibido una carta mía?
Ya te la mandé hace tiempo.
¿Una carta para mí? No.
El servicio de Correos está desbordado con la guerra,
pero qué más da, estoy aquí. Sí.
Que podamos vernos en persona es mejor que cualquier carta.
¿No te parece?
No.
Señorita Medina.
Perdone, antes no me he presentado. Larbi Al Hamza.
¿Perdón? Es su nombre.
Ah, ¿sí? Claro.
Daniel de Zumárraga, encantado. Ven, que te sigo enseñando.
Es moro, ¿qué hace aquí?
Trabaja aquí.
¿Cómo, si es rebelde? Estamos en guerra.
-Daniel, su agua. Han llegado los heridos.
Larbi, ayuda a los camilleros. ¡Damas, conmigo, rápido!
¡Me tengo que ir! Vamos.
¡Sí! ¡Lo siento!
-Perdón.
¿Magdalena?
¡Sí, sí!
¿Puedes andar?
Cuidado.
¡Luis, viene otra ambulancia con heridos!
-Bajen, por favor.
-¡Manda cirujanos para sustituirnos!
Señora.
Señora. Capitán.
-¡Enfermera, por favor!
Uno de los ataques nos cogió por sorpresa...
y la explosión alcanzó de lleno a Matilde.
Pedro, el hermano de Julia... Lo sé.
¡Llévense a este soldado!
-¡Fidel!
¡Menos mal que estás bien!
Hay tanto... ¿Cómo puedo ayudar?
Dios mío...
¡Se va a morir!
Lo siento mucho.
¡Enfermera, por favor!
Así. Así.
Enfermera.
¡Enfermera, espere! Espere.
Cuando la vi antes no sabía que era la hermana del alférez.
Quería darle mi más sentido pésame.
No sé si sirve de algo lo que voy a decirle, pero...
su hermano se comportó como un héroe.
Gracias a lo que hizo, la mayoría estamos vivos.
Tiene los cojones bien puestos y perdone mi forma de hablar.
Pero es que debería estar muy orgullosa de él.
Lo siento.
-¡Julia! ¡Julia!
Julia, ¿cómo estás? De verdad, lo siento.
Siento lo que ha pasado.
Traté de buscarte; intenté buscarte, pero no pude.
Ya no está. Sí.
Ya no está.
¡Verónica!
Verónica, yo también estaba allí. ¡Nadie tiene la culpa!
Deja de martirizarte. -Si le hubiera acompañado...
Si me hubiera ido con él...
-No puedes sentirte así. ¡No puedes!
-No teníamos que haberle operado.
-Verónica... -¿Qué?
¿Puedes dejar de seguirme, por favor?
Su hermano ha muerto cumpliendo con su deber,
al igual que su compañera.
Me ocuparé de que el cadáver de Matilde
viaje a Madrid de inmediato.
Sus padres querrán enterrarla en el panteón familiar.
Si usted lo desea,
su hermano podría viajar en el mismo barco.
Pero los soldados...
son enterrados aquí, en Melilla.
Sí.
Y son tantas las bajas que es imposible la repatriación.
Si usted lo desea, Pedro sería la excepción.
Mi hermano murió como soldado.
Y creo que le haría ilusión ser enterrado aquí.
Junto a sus compañeros.
¡Enfermera!
Pilar, te necesito aquí. Hay que taponar esto ya.
-Hemorragia detenida en el campo de batalla.
Si no, no habría sobrevivido.
Metralla extraída minutos después. Mañana saldrá por su propio pie.
Fractura abierta en la tibia.
Intervenida en el campo de batalla.
-Está bien, capitán. La intervención ha sido de provecho.
-Hemos hecho lo que hemos podido. -Ya lo sé.
-Mi coronel.
El general Ibarra está en la puerta.
-Coronel, ¿sabe de quién era hija
la dama que resultó muerta en la línea de combate?
Del duque de la Fuensanta.
-General, soy el responsable del despliegue sanitario y...
como consecuencia de lo que ha sucedido, así que...
con su permiso...
solicito ser relevado de mi cargo
de jefe de sanidad militar de Melilla.
-Lamento que tenga que pagarlo.
-Mi general, el hospital se organizó bajo mis órdenes.
-Capitán. -Si alguien debe...
-¡Capitán! Nadie le ha dado permiso para intervenir.
-Déjelo, Márquez. Solo intenta ayudarle.
Daré curso a su renuncia.
Gracias, coronel.
-Señor... -Capitán.
Tengo algún que otro defecto, pero sé reconocer la lealtad.
Agradezco la suya.
Yo tomé la decisión y yo cargo con las consecuencias.
-Señor, el hospital...
-El hospital de campaña es una buena idea,
trabaje para que salga adelante.
Somarriba.
Magdalena. ¡Ay!
Voy a casa de Susana a dejar las maletas.
Te espero allí. ¿Tardarás mucho?
Tengo que ir a por agua.
Estás enferma, no deberías andar con eso. Deberías descansar.
Sí, luego descanso. Vete tranquilo, Daniel.
De acuerdo.
¿Por qué ha venido? ¡Ay!
Huy, Larbi, me has asustado.
¿Qué te ha dicho?
No me ha dicho nada, ni yo tampoco.
Pero ya me conoces, yo no sé mentir.
Me habrá notado algo.
Pero si tú mandaste carta a él.
Pues no la ha recibido.
Se habrá extraviado o estará al llegar, no sé.
Entonces tendrás que decirle lo que pasa.
Ya, ya lo sé, pero por carta era más fácil.
No preocupar. Yo hablo con él.
No, ¿qué haces? ¿Qué vas a hacer?
Tengo que hacerlo. Ahora soy tu novio.
¿Cómo? Bueno, novio, novio...
No te preocupes, yo puedo ocuparme de todo.
Larbi, espera, por favor.
Soy yo la que tengo que hablar con él.
¿Un cortadillo? Son típicos.
-Están muy ricos, rellenos de cabello de ángel.
Pruébelos. -Está bien.
-Daniel, tiene que sacarla de aquí. Está enferma.
Y mire lo que ha pasado con la pobre Matilde.
Mañana puede ser Magdalena.
-No haga caso a mi madre.
También puede entrar por esa ventana un obús.
-Buenas noches.
-Buenas noches. -Hola, Vicente.
-Padre, ¿se acuerda de Daniel? El pequeño de los Zumárraga.
-Sí, sí. Encantado.
-Gracias por abrirme su casa de par en par.
-¿Le importa dejarnos solos un momento?
Debo hablar con mi familia...
de un asunto...
muy importante.
-No hace falta, Vicente. Daniel es como de la familia.
-Ah.
He pedido que me sustituyan en el cargo.
-Igual es mejor, sí.
Voy al excusado. Eso es.
-¿Qué ha pasado, Vicente? ¿Qué ha pasado?
-¿Eso significa que tenemos que irnos?
Sí, será lo más probable.
Tienen que sacar la plaza y nombrar el sustituto.
Puede ser cosa de dos meses...
o dos días.
-Pero yo me tengo que casar.
Por ti, Pedro.
Por ti, hermano.
¿Puedo?
Sí.
Aunque eso no te va a servir.
Eso no te va a servir.
Mi hermano decía que le tenías harto
porque eres demasiado protector.
¿Sí? Ajá.
Nunca te separes más de un palmo de tu fusil.
Nunca le des la espalda al enemigo. Ah, y por supuesto,
nunca digas a un superior... ...lo que estás pensando.
Va por ti, hermano.
¿Sabes lo que decía de ti?
¿De mí? Nada, porque yo era su hermana perfecta.
Eres imbécil si la dejas escapar.
No porque sea mi hermana,
sino porque no hay dos como ella.
Si no fuera por Pedro, tú y yo no estaríamos juntos.
La primera vez que salimos, me engañó.
Yo no sabía que tú ibas a venir.
Pensaba que íbamos a ir los dos solos
a dar un paseo por la Alameda.
A dar un paseo...
Si llega a decirte que voy yo, me temo que no habrías ido.
No, seguramente no, no habría ido.
Ya lo sé. Esto no me va a servir.
Creo que es la primera vez desde que estamos aquí,
que somos tú y yo.
Tu hermano nos ha dado una lección a todos.
¿Y crees que eso me sirve de consuelo?
No, pero tiene que servirnos de ejemplo.
Se ha dejado la vida en esta guerra.
Hay que honrar su muerte.
En los momentos difíciles
nos aferramos a lo que de verdad importa.
Las cosas son como son, doctor.
No las compliquemos más.
Por mi parte puede estar tranquila, señora.
Eso quiero creer.
A partir de ahora, para ella solo seré
el médico que no supo salvar la vida de su hermano.
Se lo prometí.
Y le fallé.
Hola.
¿Estás bien?
-Sabes lo de mi padre, ¿verdad?
-Sí, sí.
-No quiero irme, no puedo irme de aquí sin ti.
-Lo siento, Susana.
Todo esto es por mi culpa.
-Necesito estar a tu lado, lo necesito.
O voy a volverme loca.
Mi madre ha empezado a hacer las maletas, ¿qué vamos a hacer?
-¿Por qué no adelantamos la boda?
-¿Lo dices en serio?
-¿Qué necesitamos? Un sacerdote, tú y yo y tus padres.
Y que no te importe tener una ceremonia sencilla.
-Podemos solicitar alojamiento en la residencia de oficiales.
Si aceleramos los trámites... -Yo me encargo.
En dos semanas nos casamos.
-¡Dos semanas!
¿La señorita Magdalena...?
Magdalena, ¿estás bien? ¿Sigues con fiebre?
No, no. Que no se me va el sofoco. No sé por qué.
Tu prometido viene. ¿Has hablado ya con él?
Gracias.
¿Tienes miedo a él?
No. ¿Por qué voy a tenerle miedo?
Ahora en cuanto llegue le diré la verdad
y asunto arreglado. Lo entenderá.
Lo tiene que entender.
Por favor, este periódico para el paciente.
Gracias, Larbi.
Buenos días, amor mío.
Buenos días.
¿Estás bien?
Ven, tenemos que hablar.
Pasa, pasa.
¿Qué pasa, Magdalena?
Mira, de verdad, le he dicho a Pilar
que estas sábanas no van aquí.
No están en su sitio. Es que, de verdad... A ver...
Mira que he hablado con ella.
¿Qué pasa? Me estás asustando.
Perdona, perdona, Daniel.
Es que no sé por dónde empezar. Verás, es que...
en la carta que te escribí te decía...
que...
¿Qué?
Que...
Que... desde que estoy aquí, veo las cosas de otra manera.
Ya no soy la misma, Daniel.
Yo... Yo te veo igual que siempre.
Pues no. Si supieras todo lo que me ha pasado...
Daniel.
En la carta te decía...
que no me voy a casar.
Lo sé.
La carta llegó.
La rompí nada más leerla. Tuviste un mal día.
Escribiste la carta y la echaste al correo,
pero no la ha visto nadie, Magdalena.
No te preocupes, la boda sigue adelante.
Pero, Daniel, no puede ser.
¿Hay otro hombre? ¿Es eso?
Entiendo.
Lo entiendo.
Aquí, tan lejos de casa, te debes de sentir muy sola.
Es normal, no pasa nada.
Si has conocido a alguien, puedes decírmelo. Lo comprenderé.
Es... El caso es que sí.
He conocido a alguien.
¡Lo sabía! ¡Estaba seguro!
¡Lo supe antes de abrir la carta! ¡Lo presentía!
¡Daniel, por favor!
¿Cómo has podido hacerme esto?
Yo confiaba en ti.
Me hiciste prometer que te esperaría en la estación.
Daniel.
¿Quién es?
Nadie. O sea...
que ya no está. Se fue.
¿Un soldado?
Sí, un soldado, pero...
ya no volverá.
¿Por qué no? Está muerto.
Un poco. No.
Un poco no, o sea que...
Que ya está, que se acabó. Te puedes olvidar, Daniel.
Sé que... quieres dejar nuestra relación, será lo mejor.
Ya no confías en mí y yo siento mucho
haberte defraudado así que, Daniel, mi querido Daniel,
dejémoslo aquí y despidámonos de una forma civilizada.
Daniel.
¿Me llamaba, señora? Sí, Pilar, pase.
Quiero presentarle a alguien. Alejandro Prada, periodista.
Pilar de Soraluce, subdirectora y mi mano derecha.
-Es un honor conocerla.
He oído hablar mucho de Ud. -Ah, ¿sí?
Pues encantada.
Quiere escribir un artículo sobre nuestro trabajo en el hospital.
-Por favor. Viene recomendado por la reina.
Servirá de homenaje a la dama tristemente fallecida.
-¿Para El imparcial?
Soy lo que mis colegas anglosajones llaman "freelance".
¿Conoce el término?
-Sí, algo así como venderse a cualquiera.
Quiero que le enseñe todas las instalaciones,
cómo nos organizamos, el material de que disponemos...
Lo que el señor Prada precise.
-¿Vamos?
Srta. de Soraluce, ¿por dónde empezamos la visita?
-¿Por qué ha fingido no conocerme?
-¿Y usted? -Ha empezado usted.
-Se ha alegrado de verme, ¿a que sí?
-No, me ha dado igual.
-Se ha alegrado y mucho.
Lo sé, he visto cómo le han brillado los ojitos.
Y una pregunta: ¿ha podido vivir este tiempo sin mí?
Por favor, si ni siquiera me acuerdo de usted.
Verónica quedó como paralizada. Nunca la vi así.
Esas cosas hay que hablarlas.
El alférez significó mucho para ella,
por eso ahora necesita ayuda.
-Sí, claro, claro.
¿Qué estás diciendo?
La línea férrea entre Betanzos y Ferrol...
¡Si no me escuchas! -Perdona, ¿qué decías?
-¡Que esta herida hay que limpiarla!
-Eso es. Enfermera Pilar, la necesito en el quirófano.
-No puedo, estoy cumpliendo un encargo.
-¿Un encargo? ¿Qué encargo?
Pilar, esto es urgente.
-Doctor, ¿me recuerda? -Sí.
-Alejandro Prada. -Sí, sí... Claro que le recuerdo.
Acompáñeme al quirófano a prepararlo.
Doctor, que nos traigan al herido.
Y que alguien recoja ese cubito del suelo, por favor.
-Bueno, luego seguimos. Procure no molestar.
Enfermera, no tenemos todo el día.
¿Está esterilizado el instrumental? -Por supuesto.
-¿Tenemos éter? -Ya lo comprobé.
¿Por qué ha vuelto este? Ha venido a verte, ¿no?
Ha venido a verte.
Pilar, ¿no te das cuenta de que es un caradura?
-Fíjate que no sé si hablas de él o de ti.
Se le ve a la legua, es un vividor.
Es un sinvergüenza, va a seducirte, ¿y después qué?
Si te he visto, no me acuerdo. -¿Y a ti qué te importa?
Pues me importa, me importa mucho. No quiero que te hagan daño.
-Es verdad, te lo reservas para ti.
-Pilar, yo...
no quiero que por mi culpa te eches en brazos de un canalla.
-¿Por tu culpa?
-Lo estás haciendo para darme celos.
-Bueno, lo que me faltaba por oír. Para tu información,
Alejandro es fotógrafo de prestigio y periodista.
Escribe un artículo sobre las damas por encargo de la reina.
Y, por cierto,
mi vida no gira en torno a ti desde hace mucho.
¿Alguna cosa más, doctor?
-Alejandro.
Le llamas Alejandro.
Julia.
Me he enterado de...
lo de tu hermano, lo siento muchísimo.
Gracias.
Yo nunca he tenido un hermano.
No sé qué se debe sentir, pero debe de ser horrible.
Quién iba a decir que acabaría así.
Nunca se sabe lo que va a pasar, y menos en una guerra.
¿Vas a quedarte en el hospital?
Quiero decir, ¿vas a acompañar a tu hermano?
No.
Le vamos a enterrar aquí, en La Purísima.
En el panteón de los héroes.
Qué honor.
Julia, cuenta conmigo para lo que necesites.
Perdón.
Con su permiso, mi coronel.
Está todo listo para embarcar a la dama enfermera.
Si quiere, yo me ocupo de llevar a puerto el ataúd.
-No, no, lo haré yo personalmente.
Puede que sea mi último acto oficial en Melilla.
Salgo ahora mismo para allá. No me gusta hacer esperar a nadie.
-El vapor zarpa a primera de la tarde, tiene tiempo.
Cuídese, Somarriba.
Vigile sus fuerzas. Las va a necesitar.
Dicen que la entrada en Nador va a ser un paseo,
pero ya sabe: Sanidad no descansa nunca.
La guerra es como una epidemia.
Sí, la guerra es como una epidemia en sí misma.
-Le echaremos de menos, coronel.
No sé si seguiré aquí cuando se marche.
-¿Qué dice? No, sería un error.
No hay mejor destino
que este de procurar aliviar el dolor de los demás.
-Ha hecho usted un gran trabajo, coronel.
-Lo he intentado.
La verdad es que no he intentado otra cosa en toda mi vida.
Y ahora, Somarriba, le voy a pedir un favor muy especial:
deje de dorarme la píldora.
Seguro que tiene cosas más importantes que hacer.
-A sus órdenes, mi coronel.
-Vámonos.
Señora duquesa. Coronel, ¿Ud. por aquí?
Me ocupo del traslado del cuerpo de la hija del duque.
Orden de Madrid.
Le ofrezco mi coche si quiere.
Me dijeron que había dimitido.
No. En el ejército no se dimite, señora. He pedido mi sustitución,
pero de momento no he recibido nuevas órdenes.
No me parece el mejor momento para abandonar Melilla.
Está encantada con mi marcha. No es necesario que disimule.
Es posible que al principio sienta un poco de lástima
por el fracaso de este viejo, pero solo al principio.
No se ponga melodramático.
Hemos tenido desencuentros, pero yo valoro su empeño.
Y sí, es Ud. un poco antiguo pero no es un viejo.
No sé si darle las gracias o no volver a hablarle.
Debe quedarse en Melilla, ahora más que nunca.
El hospital de campaña ha demostrado su valía
pero la muerte de una dama enfermera
podría hacer peligrar la labor y necesitamos su apoyo.
¿Quiere que mueva hilos en Madrid?
No, no, señora, no siga.
Yo autoricé el hospital de campaña.
Yo envié a civiles desarmados al frente de batalla.
Que salvaron muchas vidas.
Señora...
no es necesario que haga nada por mí; es más,
le pido que no lo haga, por favor.
"Querida madre,
mi alma está rota de tanto llorar.
Pero todos me dicen que debo sentirme orgullosa.
Y usted también.
Aunque ya nunca volveremos a verle.
Su hijo,
mi hermano,
el pequeño de la casa, mi favorito de todos.
Los periódicos de hoy relatan la última hazaña
del alférez Pedro Ballester.
Dicen que dio su vida por los demás".
¡Fuego!
¡Retiren armas!
"Y que por eso le corresponde la gloria".
¡Carguen...
armas!
¡Fuego!
"Su nombre forma parte de la historia de esta guerra.
Cuando nos despedimos,
Pedro iba a subir a un barco que lo llevaría lejos de aquí.
Pero no.
Él eligió darlo todo por los demás.
Como había hecho toda su vida.
Y nosotros, madre,
los que tanto vamos a llorar su falta,
no necesitamos que Pedro sea un héroe.
Estamos orgullosos de él porque amó y fue amado hasta el final".
Julia.
Sé que nada de lo que le diga le servirá de consuelo, pero...
lo siento.
Le juro que hice lo que pude por salvar a su hermano, pero...
-Nadie le culpa, capitán. Hizo lo que pudo.
Lo siento.
El sofá no me apaña.
Pero ese aparador me lo llevo.
Y el espejo de tu habitación también.
-El espejo no, que es un regalo de mi madre
y ese va donde vaya yo.
De verdad, es que no quiero pensarlo.
¿Y si nos mandan a una guarnición en Filipinas?
-Madre, hace 20 años que perdimos Filipinas.
-Con la posición que tenías aquí, Manuela.
-Eso es lo peor. Si nos envían a Madrid,
allí lo único que voy a ser es la mujer de un coronel.
Y anda que no hay coroneles en Madrid.
Eso si no nos envían a un pueblo perdido vete a saber dónde.
-Padre pasará a la reserva dentro de poco;
de una manera o de otra iban a tener que irse.
-Tú calladita. Mira que casarse de repente, de prisa y corriendo.
Sabes lo que van a decir, ¿verdad? -Ya lo están diciendo.
¿Esa mesita me la puedo llevar? -¿Ya? Rosario, ¿qué dicen?
-Disculpen, señoras.
Señorita Susana, un hombre está preguntando por usted.
-¿Un hombre, qué hombre? Que pase.
-Con su permiso, señorita. Señoras. -Buenos días.
-Buenos días. -Usted lleva la cantina, ¿verdad?
-Dámaso Fuente, para servirla.
Vengo de parte de don Daniel de Zumárraga.
-¿De Daniel? Daniel está durmiendo arriba.
-Me temo que no, señorita.
Por eso he venido.
Llegó ayer a media tarde, empezó a beber
y no hubo manera de sacarlo de aquí.
Le dejé que se quedara a dormir y esta mañana hablaba de usted.
Decía que no quería que sus padres
lo vieran en semejante estado. Y se lio otra vez con el anís.
Pues ahí lo tiene. -Gracias.
Daniel.
Despierte, hombre, por favor.
-Hola, Susana.
Lo siento. ¿Qué hora es?
-Jamás lo hubiese imaginado.
-No, no te confundas, yo no bebo.
Nunca. Hoy he bebido porque quería matarme
y no me atreví.
-¿Cómo que querías matarte?
-Magdalena se ha ido con otro hombre.
-¿Cómo?
-¿También va a querer usted Chinchón?
Si le parece fuerte, tengo anisete.
Magdalena se pasa el día trabajando.
Y muchas noches también, solo nos visita los domingos.
-¿Y nunca la has visto con nadie?
Con las compañeras, con los enfermos, claro.
Con algún médico...
Bueno, y con los moros. Mira que hemos discutido,
pero no tiene ningún problema en estar siempre rodeada de moros.
¿Qué moros?
El niño ese que casi nos mata a todos con la meningitis.
Y el otro, que no sé si es su padre o su hermano.
Uno alto, no tan feo como los demás.
Larbi creo que se llama. -Sí, lo conozco.
Pero solamente anda por ahí de chófer
y ayudando con las camillas, no creo yo que...
¿Dónde vas?
-Esto solo se soluciona de una manera.
Gracias por ayudarme.
¿La señorita Magdalena Medina saben si está dentro?
Sí, ¿verdad?
¡Tú, tú eres el culpable de todo!
Perdone, pero no entiendo. ¿Me deja pasar?
No, no te dejo pasar.
Tú has destrozado mi vida. Y ahora vas a responder por ello.
No creo que esté familiarizado con las normas
del marqués de Queensberry, ¿verdad?
Señor, yo no quiero pelear.
Haberlo pensado antes, canalla. Vamos, en guardia.
Váyase, se lo ruego. Tengo que trabajar.
Póngase en guardia. ¿Qué pasa, me tiene miedo, eh?
Señor, por favor. ¿Por qué no quiere pelear?
Dios mío, ¿qué estáis haciendo?
Lo sé todo, Magdalena, todo. ¿Has bebido? Pero...
No me lo puedo creer. Bueno, ven, ven,
que te dé un poco el aire, vamos. No, déjame, déjame.
Cualquier cosa me podía esperar, cualquier cosa, menos esto,
esto, ni en una pesadilla.
¿Cómo iba a imaginar que tú y este moro...?
¡No, por favor!
Tranquilo, no sabes lo que dices. Vaya si lo sé, Magdalena,
te has dejado seducir por un moro, no se puede caer más bajo.
Un moro.
¿Cuál es el problema?
Magdalena decide lo que quiere.
No usted no yo, nadie.
Solo ella hace lo que quiere con su vida.
¡Oh!
Daniel, te has vuelto loco. ¡Por favor!
Déjame, no soy ningún cobarde. ¡Ah!
¡Larbi, Larbi, no, no!
¡Por favor, por el amor de dios!
Estáis haciendo el ridículo, parad. Tranquilo, tranquilo.
¡Basta, basta!
¡Ah! ¡Basta, he dicho que basta!
Magdalena. Magdalena.
Magdalena, dime algo. ¡Magdalena!
Magdalena, eh, eh.
Por fin has despertado.
Lo siento mucho, amor mío, lo siento mucho.
Lo siento mucho.
No puedes andar por ahí estando como estás.
Porque ha venido a pelear, eso ha sido.
¿Cómo se atreve? La culpa es suya. -¿Podemos guardar silencio?
Apártense, necesito examinar a la paciente.
¿Vuelvo a estar enferma, doctor?
Enferma no sé, no creo, pero estás muy débil, Magdalena.
Trabajas demasiado. Y si encima te dan un disgusto...
Tienes que quedarte en cama hasta mañana.
No, de ninguna manera, doctor, tenemos muchísimo trabajo,
no puedo quedarme... Uy.
Quietos.
¿Lo ves? Necesitas reposo, Magdalena.
Reposo absoluto, ¿entendido?
Absoluto.
Me quedo con ella, doctor. -De eso nada, yo soy su prometido.
Dejadme sola. Pero, Magdalena...
Por favor, fuera los dos.
Y no os peguéis.
Hum, riquísimas.
-Pero no irá a dejarse eso. Vamos, que le queda el postre,
¿le gusta el melón? Está fresquito.
-No comía tan bien desde la primera comunión
del infante don Juanito.
-¿Estuvo usted en la comunión del infante?
Cuente, cuente.
-Yo le cuento lo que usted quiera, doña Raquel.
Pero tendrá que darme cierta información.
-¿Yo, qué información le voy a dar yo?
-Conoce a todo el mundo. -Tampoco se crea.
Me tienen trabajando de sol a sol y una no se entera de mucho.
Pero, pruebe, pruebe a ver si hay suerte.
-¿Conoce a Pilar de Soraluce?
La mano derecha de la duquesa, una mujer morena, muy hermosa.
-Tampoco... Tampoco exageremos, que no es tan hermosa.
¿Qué quiere saber? -Todo.
-¿Tanto le interesa esa señoritinga?
-No se imagina cuánto.
-Pues una cosa le voy a decir. No puede usted llegar
en mejor momento: Pilar necesita un hombre y lo necesita ya.
¿Por dónde quiere que empiece,
por el día que la dejaron plantada en el altar?
Buenos días, Estrella.
-Pilar, perdón. Adelante, tú primero.
Siento haberme comportado como un cretino.
-Lo sientes, pero lo volverás a hacer.
-No. -¿Doña Pilar?
-No volveré a meterme, lo prometo. -Señorita de Soraluce.
¿Puede venir un momento, por favor?
-Dígame.
-Tienes que venir conmigo, es un asunto de vida o muerte.
-¿De qué habla? -Alguien necesita cuidados
urgentemente. Y no le puedo contar más,
estamos en guerra y las paredes oyen.
-Doy aviso y envían una ambulancia. -No, con una enfermera
será suficiente. Es...
Es algo delicado.
Ya hemos llegado.
-¿Y el herido, dónde está? -Espera un momento.
Tachán. -Qué poca vergüenza.
Qué poca vergüenza.
Pilar, champán. -No pienso beber.
-No es para ti, para ti hay otra cosa.
-No me toques, no me toques. -Por aquí.
Porque tú sabes bailar, ¿verdad?
Una mujer tan guapa como tú tiene que moverse de maravilla.
¿Bailas? -Por supuesto que no.
Vaya.
Pilar.
Sé cómo te sientes.
Yo también he visto morir a muchos soldados en el frente.
Esta guerra es un horror.
Y no sabemos cuánto durará tanto sufrimiento.
Pero ¿qué hacemos hasta entonces?
¿No nos merecemos ni un minuto de diversión?
-Puedes volver a poner eso.
-¿Me permite un baile, señorita?
-Caballero.
Ah, me has pisado. -No, no te pisé, has sido tú.
-¿Yo? Yo no piso. -Yo soy un profesional del baile.
-Sí.
No me puedo creer que estemos en Melilla,
¿cómo has encontrado este lugar?
-Soy un gran explorador. -Sí, claro. ¿Y qué más?
Soy escritor, filósofo, periodista, mago...
A veces un poco timador, capitán de barco,
criador de galgos...
Pero por encima de todo, explorador.
-¿Y qué exploras, si puede saberse? -Todo.
Ahora Melilla, el rey, esta guerra.
Pero mañana quién sabe.
China, el mes que viene la Patagonia...
El mundo es inmenso, Pilar. Y me está esperando.
-¿Te vienes?
-Ojalá.
¿Qué te lo impide? Eres una mujer libre.
-¿Y tú qué sabes?
Sé que te dejaron plantada en el altar.
Y sé que volviste a intentarlo.
Y al año te quedaste viuda. -¿Quién te ha contado eso?
Llévame al hospital.
-No quiero llevarte al hospital, quiero llevarte a China.
¿O prefieres...? -Basta.
He dicho que quiero irme.
Así podrás escribir tu maldito artículo.
-De hecho ya lo he escrito, acaba de salir de máquinas.
¿Quieres verlo? -No, quiero irme.
-Está bien, está bien, nos iremos.
Pero, por favor, léelo.
"Ángeles sobre el Rif.
30.000 rifeños sedientos de sangre esperan al acecho.
Los melillenses solo tienen dos opciones: resistir o morir.
Pero cuando ya todo parece perdido, una tropa de ángeles
desciende sobre la ciudad. Se hacen pasar por damas enfermeras
de la Cruz Roja, pero a quienes las hemos conocido
no nos engañan, son ángeles.
El ángel jefe se oculta bajo la piel de una duquesa.
Enviada por la mismísima reina Victoria Eugenia,
levantó un hospital de la noche a la mañana.
Fue ella la que enseñó todo lo que saben
al resto de los ángeles, alguien que parece indestructible
y que responde al nombre de Carmen.
Ángeles como Magdalena, que cura solo con enseñar su sonrisa;
siempre la lleva puesta,
como el cariño que ofrece a su paso,
como la ternura que respira.
¿Se puede no querer a Magdalena?
Ángeles como Verónica, tan tímida que prefiere refugiarse
en la farmacia, entre líquidos, píldoras y polvos
que en sus manos mágicas
se convierten en remedios milagrosos.
Remedios que, sin embargo, no son capaces de sanar
el mal de amores que padece la propia Verónica.
Ángeles como Julia, que se subió a un tren
para buscar a su hermano, lo encontró y acaba de enterrarlo
en el panteón de los héroes con una medalla
y una salva de honor".
-...con una medalla y una salva de honor.
-"Pero Julia va a quedarse en el hospital,
porque es tan enfermera y se debe a los demás
como si su destino estuviera escrito
y su vida solo sirviera para ser ofrecida
al que lo necesita".
-...ser ofrecida al que lo necesita.
-Qué exageración, si ni siquiera la conoce.
-"Ese gesto de Julia resume a la perfección..."
-...por qué todas ellas son ángeles que renuncian al cielo
para ayudar a que podamos seguir viviendo en la Tierra.
-"Ángeles como Pilar.
Exterior de hierro, interior de oro,
no le tiembla la mano en el quirófano,
pero le tiembla el alma cuando ve llorar a un herido.
Finge ser dura como los sueños rotos,
pero es blanda, como el amor que espera."
Un poco cursi.
-Un poco cursi sí, pero te encanta. -No, no, en absoluto.
-¿Entonces no vas a dejarme que te bese?
-Como beses igual de mal que escribes...
-Tendrás que comprobarlo.
Nada, no me lo puedo creer, me parece increíble.
Ni una palabra. -¿Ni una palabra de qué?
De mí, no ha escrito ni una palabra de mí.
Qué pesado; las damas, la duquesa...
Yo le conté todo lo que cuenta y le di de comer,
que se puso las botas. Menudo sinvergüenza.
-No hace falta pincharte mucho para que cuentes todo.
-¿Le defiendes? Si tuvieras lo que hay que tener,
le dirías cuatro cosas. -¿Y qué quieres que le diga,
que escriba uno para ti sola? -Sí, me lo debe.
Me ha timado como una boba. -La próxima vez que le vea
le reto a duelo y acabo con él, ¿te vale con eso?
-Lo que tiene que hacer es librarnos de Pilar.
Que le conté lo que le conté para dejársela
como se las dejan al gallo. -¿Qué quieres decir?
-Que todo lo ha escrito para tenerla en el bote.
Está claro, no buscaba otra cosa.
-Y tú le has ayudado. -¿Y te parece mal?
Vamos, después de todas las mentiras
que esa mujer nos ha echado encima.
Lo mejor que nos puede pasar es que uno como este
le dé coba y nos la quite de en medio.
Viviríamos más felices.
Acábate el bocadillo, cariño.
¿Verónica?
La estaba buscando.
Quería enseñarle la medalla que le han concedido a mi hermano.
El ribete rojo es para los héroes de guerra.
Cójala.
Me gustaría que se la quedara.
En recuerdo de Pedro.
No puedo hacer eso.
Mi hermano llevaba una carta encima cuando murió.
La tenía que haber enviado al llegar a Málaga, pero...
Nunca llegó.
En ella le contaba a mi madre lo que sentía por usted.
Pero si apenas nos conocíamos.
Me dijo que volvería a casa
y que me escribiría nada más llegar.
Me dijo que volvería a por mí.
¿Por qué me mintió?
¿Por qué tuvo que subirse a ese camión?
No lo sé.
Yo tampoco lo sé.
Pero tenía que ir.
Si no me hubiera empeñado en que el doctor le operase,
seguiría ciego, pero estaría aquí. Y estaría vivo.
Y yo sería su guía, sería su...
No, eso no lo sabemos.
Eso no lo podemos saber.
Pero estoy segura de que su último pensamiento
fue para usted.
Y por eso me gustaría que se quedara la medalla.
Porque creo que a él le haría mucha ilusión
que usted la tuviera. Por favor.
Gracias.
Su hermano...
era un buen hombre.
Lo sé.
Buenas noches. Perdón, perdón.
¿Qué haces aquí otra vez? ¿Estás mala, tienes fiebre?
¿Qué te pasa? No me encuentro bien, Pilar.
¿Qué te pasa? Daniel y Larbi se han pegado por mí.
¿Qué?
Pero se han pegado de verdad, les he tenido que separar.
Qué vergüenza. Y yo me he mareado y ya no sé si es una recaída
o ha sido el sofoco de verles pelearse.
Es que casi se matan.
Pilar, no te rías, hablo en serio. No me río, es el champán.
¿Champán?
He estado con el fotógrafo. ¿Qué?
Me ha pedido que me vaya a dar la vuelta al mundo con él.
Le he dicho que no, por si iba en serio.
Este es capaz. Pero me lo he pasado tan bien...
Daniel no va a volver a casa si yo no vuelvo con él.
Pues que se quede en Melilla.
No, no, no.
Pilar.
Pilar.
Vete a tu cama, Pilar. Un minuto, un minuto.
Pero... Pilar.
¿Qué haces?
Buenas noches, señora. Disculpe que no la haya podido llamar antes,
pero ha sido un día complicado.
Mucho, Carmen. Y muy largo.
Acaban de comunicarme que el féretro ya está en Málaga,
mañana mismo lo tendremos aquí.
Llevo toda la tarde acompañando a los padres de Matilde.
Sí, acabo de mandar un telegrama de condolencia.
No sabes cómo te lo agradecen.
Preciosas las palabras que le han dedicado
todos los periódicos. Sobre todo en ese
que habla de ángeles. Artículos como ese
ayudan a entender la labor de nuestras damas enfermeras,
bienvenido sea.
Señora, no sé si tiene noticia de que el jefe de Sanidad
ha solicitado ser relevado de su cargo
precisamente por lo de Matilde.
Eso le honra.
Con todo lo que está pasando hoy día,
hasta los ministros se agarran con uñas y dientes a sus cargos.
No sé si es buen momento para cambios, señora.
El coronel Márquez conoce a la perfección
todo lo que sucede aquí y cuál es la situación.
No sé si me explico, señora. Perfectamente, Carmen.
Tú siempre te explicas perfectamente.
Desde el zoco Arbaa hasta Cabo del Agua:
fuego de la Marina. Aquí sigue la columna Cabanellas
sin apenas resistencia. -Y la caballería arrasando
desde Mar Chica en dirección sur. Va a ser verdad, Somarriba,
Nador vuelve a ser nuestra en menos de 12 horas.
-Y sin apenas cuerpo a cuerpo. -Una vez despejada la línea férrea,
la prioridad es recuperar el tren hospital;
confío en que el que me sustituya lo tenga claro.
Bueno, y reabrir los puestos de socorro,
que no sabemos en qué condiciones estarán,
porque después de seis meses...
-Coronel.
No sé qué padrinos tendrá usted, pero sigue estando al frente
de la sanidad militar de Melilla. Órdenes de arriba.
De muy arriba, me atrevería a decir.
-Mi general, le aseguro que yo... -Lo sé, Márquez,
conozco su integridad.
Pero para mí es un placer acatar la orden.
Ningún otro hubiera estado a su altura, coronel.
Gracias, mi general.
Verónica, Verónica.
-¿Qué?
-Nada, que... Que...
-Mira, Verónica, que...
Me apena mucho verte sufrir aquí sola.
Y yo también estoy solo.
No sé, con el tiempo y la costumbre
estoy seguro de que surgirá el cariño.
¿Y quién sabe? Quizá surja también la pasión.
¿Qué me dices? -¿Qué te digo de qué?
-Ah, es que no te lo pregunté, no sé dónde tengo la cabeza.
A veces me voy por las ramas y...
¿Te quieres casar conmigo?
-¿De verdad me lo estás preguntando aquí?
¿Así?
-No hace falta que contestes ahora.
Te dejo que lo pienses.
Todo el tiempo que quieras.
No voy a agobiarte.
-Pero, Guillermo, ¿cómo se te ocurre?
¿De verdad te parece que es tan fácil?
¿Qué crees que te voy a decir?
No lo sé.
No lo sé, Verónica.
Lo único que sé es que...
Que no encontrarás a nadie en el mundo que te quiera como yo.
Nunca.
Te quiero tanto, Verónica...
Tanto...
Buenos días. ¿Un bombón?
¿Desde cuándo llevas ahí? Mucho, mucho.
Magdalena, estoy muy preocupado por ti.
Llevas toda la noche sudando. No he hablado en sueños, ¿no?
Daniel, ¿por qué no le dijiste nada a mi madre de la carta?
Bueno, pensé que si no le escribías tú,
era que a lo mejor aún te lo estabas pensando.
Primero te lo quería decir a ti.
-Buenos días, Magdalena. ¿Cómo hemos pasado la noche?
-Fatal, teniente doctor. Si sigue con esta fiebre,
le va a dar un síncope. ¿No piensa hacer nada?
-Puede que tenga unas décimas, sí. Te convendría cambiar de aires,
dar una vuelta, levantarte, tomar un baño.
-Lleva toda la noche dando vueltas. -¿Por qué no se va usted a dar una?
Por favor, tengo que examinar a la paciente.
Vuelvo en un rato.
Disculpe.
-Como siga así, el síncope le va a acabar dando a él.
¿Cuándo es la boda?
No va a haber boda.
¿Cómo que no? Va diciendo por ahí que está todo preparado.
Él cree que nos vamos a casar, mi madre y todos lo creen,
mi familia, la suya... Tengo que parar esto,
tengo que hacer algo.
Usted, usted me podría ayudar, usted tiene experiencia
en esto de... Bueno, de suspender una boda.
¿Qué hago para no meter la pata?
Bueno, yo...
No, no soy el más indicado para dar consejos sobre ese asunto.
Voy a tener que ir a Madrid a dejar las cosas claras.
Francamente, pensaba que estaba usted deseando el ascenso.
-Así es, mi capitán.
Siento parecer poco expresivo,
pero no llega en el mejor momento. -Nada llega nunca
en el mejor momento. Como capitán, tendrá derecho a solicitar
empleo en la unidad que desee. Siempre que haya plaza, claro.
¿No quería dejar el trabajo de oficina?
Aproveche.
¿Está contento, mi capitán?
Mañana parten dos columnas para Nador.
Los primeros que entren en la ciudad reconquistada.
Si pido la plaza, entraré con ellos.
Es lo que Pedro y yo siempre habíamos querido.
No sé, Julia, creo que se lo debo.
Cuando icemos la bandera, será como si él estuviera allí,
conmigo. Ya, pero Pedro no está.
Y ni su medalla ni tu bandera van a hacer que Pedro vuelva,
Andrés.
Tengo miedo.
Tengo mucho miedo.
Me gustaría mentirte y poder animarte.
Pero no puedo.
Sé que si te vas a esa guerra,
puede que nunca más volvamos a vernos.
Vamos a ganar la guerra.
¿Y de qué nos sirve ganarla si lo vamos a perder todo?
Dime la verdad; ya has decidido marcharte, ¿verdad?
Yo también tengo miedo.
Y no de volver al frente.
Tengo miedo de perderte, Julia.
Limpiemos bien esa herida y se lo entregan
al doctor Garcés de mi parte. -Capitán.
Tengo buenas noticias para usted: el alto comisario
quiere su hospital de campaña en Nador.
-Vaya, señor, no sé qué decir.
-Suba al Gurugú, compruebe cómo está el hospital
y haga el traslado lo antes posible.
-A sus órdenes, mi coronel. Aprovecharé para reponer material.
-Sigo al mando de Sanidad Militar, ya no habrá traslado.
Y aunque no sea necesario adelantar la boda,
se celebrará el mismo día 25.
Tranquilo, ya casi está.
-¿Qué haces aquí?
-Mirarte. No creo que esté prohibido.
-Ahora vuelvo.
Por favor, Alejandro, me estás poniendo en un compromiso.
No hago nada malo, solo te miro. Lo necesito.
De hecho, desde esta mañana lo estoy necesitando.
-Fuera de aquí.
-Enfadada no vale de nada.
-Fuera de aquí, lo digo en serio. O no me vuelves a ver.
Julia.
Julia.
¿Qué haces aquí?
Es del día en que murió.
Está guapo, ¿verdad?
Sí.
Mucho.
Tendría que haberme asegurado de que subía a ese barco.
¿Por qué no me fui con él a casa?
No sé por qué me he quedado aquí
si no he hecho nada bien desde que llegué.
Julia, coge gasas y vendas y ven conmigo.
Vamos.
Gracias, podéis marcharos.
Sube, Julia.
Sube al camión.
No podemos irnos los dos solos.
Necesito estar contigo, Julia.
No, volvamos al hospital.
Necesito hablar contigo a solas. Sube.
¿No crees que sería más sensato mirar a la carretera?
La sensatez es algo que tiene poco que ver con lo nuestro, ¿no crees?
Lo nuestro.
¿Y qué es lo nuestro?
Pues no lo sé ni quiero saberlo, Julia.
Solo sé que cada vez que estoy contigo siento cosas
que no había sentido jamás. No digas eso, por favor.
¿Cuánto tiempo vamos a aguantar sintiendo una cosa
y diciendo la contraria?
Me paso el día echándote de menos. Estás a punto de casarte.
No sé, no sé qué voy a hacer.
¿Qué quieres que hagamos, que nos veamos a escondidas?
¿Que tengamos que venir lejos del hospital para poder vernos?
No, no podemos.
(HABLAN EN ÁRABE)
¿Quiénes son? -Tranquila.
-Venga, salid del vehículo. ¡Vamos! -¿Cuál es el problema?
-No problema, capitán, ningún problema.
¡Venga, fuera, fuera! -Tranquilo, tranquilo.
Eh. ¡No la toques, no la toques!
Somos sanitarios de la Cruz Roja, ¿de acuerdo?
-Sí, Cruz Roja, sabemos.
-No vamos a ir a ninguna parte.
¡Fidel, Fidel!
-Usted es el médico, capitán.
Ella no me hace falta.
¿Verdad que me vas a obedecer?
La ambulancia en la que iban el capitán Calderón
y Julia Ballester ha aparecido vacía y abandonada.
-¿Por qué estaba Julia ahí?
-Están aquí para curarle. Si él muerto, tú muerto.
Los dos muertos.
Estoy pensando en volverme a Madrid contigo.
¿De verdad? Sí.
Larbi, tengo que irme. Tú te vas a Madrid.
Ya no volverás, lo sé.
¿Por qué se fue con ella, los dos solos?
Se han fugado, se han ido juntos.
Si esta fuera tu última noche y pudieras hacer cualquier cosa,
¿qué harías?
-¿Vamos a ver las pirámides? -¿Cómo que vamos?
-Claro, ya puedes ir preparando tu maleta.
-Te marchas, te vas.
¿Te importa si me quedo o me voy?
-¿Cómo sabían los rebeldes que iba una ambulancia,
quién coño les ha avisado?
-¿Has hablado con los tuyos de este tema?
No, yo no he dicho nada.
-Eh, no te fíes de esta gente.
No, no, ¿qué nos van a hacer? ¡No, no!
-¡Déjela marchar, déjela! -¡Que te calles!
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