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¿Cómo estás?
Feliz.
Ya veo que ha tenido que ser duro.
Bueno, lo importante es que lo he traído, ¿no?
Me alegro mucho de que tú también estés bien.
Ha sido muy valiente lo que has hecho, Fidel.
No lo voy a olvidar jamás.
Gracias.
(ANDRÉS) Julia.
Andrés, estás...
Capitán.
Siempre estaré en deuda con usted.
-Al contrario, teniente.
Es usted un héroe.
-Fidel y yo hablamos mucho de ti
cuando estábamos esperando el rescate.
Dice que eres una mujer valiente.
Bueno, es que él me ha ayudado mucho aquí. Me ha ayudado a ser enfermera.
Si no hubiera sido por él, no seguiría aquí.
Se lo agradezco, que haya cuidado tan bien de ti durante mi ausencia.
Hemos vuelto, capitán.
¿Vamos a ver a tu hermano?
Sí.
¿Ve mi mano, Pedro?
-Veo una sombra. ¿Es su mano?
-No lo entiendo. La inflamación ha bajado lo suficiente
para que ya hubiera resultados.
Quizás tengamos que esperar un poco más, Pedro, pero tranquilo.
Se recuperará.
-Ha venido alguien a verte, Pedro.
-¿Julia?
Hola.
Pedro.
Pedro, soy yo.
-¡Andrés, Andrés!
Por fin estás aquí.
-¿Qué pensabas, que te ibas a librar de mí? ¿Eh?
-Cómo te he echado de menos.
Ojalá pudiera verte.
-Bueno. Ya has oído al médico.
Te vas a poner bien, ¿de acuerdo?
-Tienes que contar la verdad.
Tienes que contar que Silva nos traicionó.
-Tranquilo. -Por su culpa estoy así.
-Tranquilo. Voy a hablar con el coronel.
Y Silva pagará por lo que ha hecho.
Descanse, teniente, descanse.
¿Cómo se encuentra? -Recuperándome, mi coronel.
-Ojalá puedan decir pronto lo mismo
todos los que todavía se encuentran en...
Bueno, es igual. Dígame, teniente, dígame.
-Es mi deber informarle, coronel, que el comandante Silva ordenó
al capitán Somarriba que se sumara a la columna de rescate
con el único fin de matarme.
-¿Cómo? ¿Cómo? ¿Qué es lo que está usted diciendo?
-Lo hizo para que yo no pudiera testificar en su contra;
para que no contase nada de su indigno comportamiento.
-Es muy grave lo que me dice.
¿Tiene usted pruebas? -Las tengo.
El propio Somarriba me lo confesó.
Cuando recupere, usted mismo podrá corroborarlo.
-El comandante defendió su posición hasta el final.
Los rebeldes le dieron por muerto. Sobrevivió de milagro.
-Eso es falso. El comandante quiso entregarnos en la posición.
Mató a dos de nuestros soldados sin ningún motivo. Yo fui testigo.
Y cuando estuvimos presos en El Batel, sobornó a los rifeños
para que lo dejaran marchar y nos dejó abandonados como a perros.
-Es su palabra contra la del comandante.
-No defienda a ese traidor. -¡Yo no defiendo a nadie!
Pero tampoco puedo acusarle de momento.
Teniente, si tiene algo que comunicar a sus superiores,
hágalo a través del conducto reglamentario.
-Así lo haré.
Gracias por atenderme. Si no ordena nada más...
-Puede retirarse.
-Damián, cuidadito con las botellas. Lo que rompes, lo pagas.
Después, no me vengas llorando. -Quizás ha habido algún imprevisto,
algún pago que, por el motivo que sea, se han olvidado apuntar.
-¿Un imprevisto? Pues que yo sepa...
(RAQUEL) A lo mejor se ha equivocado en las cuentas.
-Yo no me equivoco en las cuentas.
-Pues habrá entrado alguien a robar como la otra vez.
Anda que no pasa gente por aquí.
No, tendrían que poner más soldados para vigilar.
Pilar, estamos muy expuestas.
Pero claro, no, será que no tienen bastantes
o que los envían a cosas más importantes, ¿verdad?
-Bueno, tampoco sería mucho dinero, ¿no? ¿O sí lo era?
-La caja está siempre en la cocina. Si hubiera entrado alguien,
usted tendría que haberlo visto, ¿no?
-¿Nos está llamando ladrones?
-Solo digo que falta dinero y que si lo han cogido prestado
con intención de devolverlo, no hay problema...
-Padre, le está llamando ladrón.
-Señorita, yo le juro por mi esposa, que en gloria esté,
por mi hija aquí presente,
por mi futuro nieto y hasta por la Virgen de la Victoria,
que yo no he probado ni un solo céntimo.
Y ella menos que yo.
-Que tenga un buen día.
-Ha sido Román, ¿verdad?
Te ha contado sus penas y tú has acabado dándole el dinero.
¿A que sí? -Algo así.
(DÁMASO) ¡Me cago en su sombra!
Pero ¿por qué haces caso ese tipejo? ¿Por qué?
¡Estás casada con un buen hombre, de buena familia!
¡Román no tiene ningún derecho a pedirte nada de nada!
¡Allá se las componga!
-No se enfade usted conmigo. -¿Qué pasa?
-Es que Román...
-¿Qué? -Román es el padre...
Es el padre... Es el padre.
-Mejor que Luis no sepa nada de esto.
Repondré el dinero en la caja.
Ya veremos cómo.
Es como si hubieras vuelto a nacer.
Llegué a pensar que habías muerto.
-Pero estoy aquí. Estoy vivo.
-Fidel, quiero ser tu mujer.
No puedo esperar más. No quiero perderte.
-Pero si no me vas a perder, Susana.
-Estaba aquí, esperando la noticia de tu muerte.
Y no podía evitar pensar que ni eras mi marido,
ni mi prometido, ni mi nada.
¿Qué ocurre? ¿Tiene algo que ver con Julia?
-No. No, no, ¿por qué dices eso?
-Sé que fuiste tú el que escribió el artículo del periódico.
Lo hiciste por ella. -No.
Lo hice porque quería salvar la vida a esos soldados.
Me conoces. Y es en lo que creo.
-Si no vamos a casarnos, no quiero volver a verte.
(MANUELA) Dios mío, vengo atacada de los nervios.
-¿Qué ocurre?
-Que viene la reina. ¿Qué te parece?
-¿Viene la reina aquí a Melilla? -Sí.
¿Llegando a puerto? ¿Ya?
La primera vez que un barco llega antes de su hora
y tenía que ser precisamente hoy. Por supuesto, estará todo preparado.
No se preocupe. La reina está a punto de llegar.
Tenemos que terminar todo ya, Pilar.
Vamos. Sí, sí.
Vaya con cuidado.
Ya llega.
Sin escolta militar, pero ¿en qué están pensando?
-Es una visita privada, no se ha llamado a la prensa,
ni apenas a autoridades.
Lo más seguro es no llamar la atención.
-Gracias a Dios. Creí que no llegábamos nunca.
Mi querido Hospital de la Cruz Roja.
-Coronel Vicente Márquez, jefe de Sanidad Militar.
-Señora, es un honor contar con su presencia.
-Por fin nos vemos las caras, coronel.
Me alegro de saludarle.
Carmen. Señora.
No hacía falta que salieras a recibirme. ¿Estabas en cama?
No, no, no. ¿Cómo te encuentras?
Ya me ve, sigo en pie.
Hace falto algo mucho más fuerte que un disparo
para que tú te rindas.
Me has tenido muy preocupada.
Estaré muy pronto al 100 por 100, señora.
Seguro, pero antes te vuelves conmigo a Madrid,
ya tendrás tiempo de volver a Melilla
cuando te hayas recuperado del todo. Pero, señora, mi recuperación...
No admito discusión en esto, Carmen.
Te vuelves conmigo y ya está.
Ahora una sonrisa para la fotografía.
A ver, todos, por favor, pónganse para un retrato.
Lo imaginaba más grande, no sé por qué.
Como colegio no está mal, pero quizás como hospital...
Se nos queda un poco pequeño, la verdad.
-Y la guerra no se detiene.
Cada vez llegan más bajas a Melilla.
-Los demás hospitales se encuentran aún en peor situación.
-Me han dicho que los soldados prefieren venir a este.
¿Es eso cierto? Se ha corrido la voz en la tropa.
-Señora, no creo que los heridos tengan oportunidad
de poder manifestar su opinión. (REINA) Es lo que dice "El Heraldo".
¿Es verdad o no, Carmen?
Algo tendrá el agua cuando la bendicen.
(CORONEL) Este hospital disfruta de un trato de favor.
Con el debido respeto, señora.
Si fuésemos capaces de controlar el gasto...
-Nada de controlar el gasto, coronel, todo lo contrario.
Pienso gastar y mucho. Tengo grandes planes para Melilla.
Hay que hacer un dispensario para pobres,
un hospital civil y una gota de leche,
para que las madres sin recursos puedan dar aquí sus biberones.
(FIDEL) Y hospitales de campaña, señora.
Si operáramos en primera línea, podríamos salvar muchas vidas.
-No es seguro que vaya a ser así, capitán.
-La mayoría de heridos mueren en los traslados, señor.
-No es esa nuestra prioridad ni es el momento para discutirlo, capitán.
-¿Y usted quién es? -Discúlpeme, señora.
Capitán médico Fidel Calderón.
Jefe médico de este hospital.
-Y por lo que veo, también a usted se le quedó pequeño el edificio.
Es usted de los míos, capitán.
Qué bien sabes elegir, Carmen.
Qué bien sabes elegir.
Por cierto, olvidaba presentarte a Fernandita.
Fernanda Gómez de Agüero. ¿Gómez de Agüero?
¿Te acuerdas de los Agüero? Claro.
La hija pequeña.
Ha venido para quedarse con vosotros en el hospital
como dama enfermera. Está deseando.
Será un placer tenerla con nosotras, señorita.
-Gracias, duquesa.
Acompáñame.
La has oído igual que yo.
Se lleva a la duquesa de vuelta con ella
y toma el barco mañana mismo.
No me pongas más nerviosa de lo que estoy, Magdalena.
Vienen.
Estate quieta.
-Mis damas enfermeras.
Estoy tan orgullosa de vosotras.
Están haciendo una gran labor, señora.
Magdalena.
El sábado estuve con tu madre y con Daniel, tu prometido.
Tu madre está dedicada en cuerpo y alma
a los preparativos de tu boda.
Va a ser la boda del año.
Y tú aquí, sacrificándote.
Las damas son un ejemplo para toda España.
Ahora nadie dirá que no nos ocupamos de nuestros soldados.
Hemos mandado lo mejor de nuestras casas
para ocuparnos de ellos.
Buenos días, soldado. ¿Cómo se encuentra?
-El alférez ingresó hace dos semanas con herida de bala
en la rodilla derecha y, como puede comprobar,
la situación a día de hoy es óptima.
(REINA) Estoy tan feliz de estar aquí,
de poder ver de cerca a todos estos héroes.
La patria... La patria nunca olvidará
lo que con tanto valor y generosidad...
-"Salam aleikum".
-Es Rachid, señora.
Salvó varias de nuestras vidas.
La mía incluida.
-Ah.
Es de una compañía de regulares.
-No, es bereber, de la cabila de Guelaya,
pero está absolutamente en contra de esta guerra. Igual que nosotros.
-Si no fuera por los suyos, esto jamás habría empezado.
Pero cuídenle lo mejor que sepan,
España cumple los tratados internacionales.
Buenos días.
Buenos días, soldado.
(PILAR) Tranquila, Magdalena. Ay, Pilar, mi madre me va a matar.
Luego lo hablamos. La reina, vamos.
Sí. Vamos. Respira...
¿Sigue inconsciente? -Sí.
Pereda.
-Mi comandante.
Pensaba que no volvería a verme.
¿O me equivoco?
-Ha sido un milagro que lograran rescatarle con vida.
¿No le va a mandar a casa de permiso?
-Con los demás le puede funcionar la mentira,
yo estuve allí con usted.
Sé quién es...
y lo que hizo.
Por eso ordenó a Somarriba dispararme.
-No he ordenado nada, esto... -No pararé hasta acabar con usted.
Comandante. -¿Qué busca, Pereda?
¿Acabar como el alférez?
Ándate con ojo, Pereda,
porque te pongo delante de un pelotón de fusilamiento
y contigo me aseguro de que sí... te fusilen.
(REINA) Entrega de medallas, misa de campaña,
recepción en comandancia...
El general Ibarra no sabe que el día tiene solo 24 horas...
Señora. Disculpe, señora.
Perdone mi atrevimiento. Soy Julia Ballester.
Quería agradecerle su mediación
para detener el fusilamiento de mi hermano.
Si no hubiera sido por usted, no... El alférez.
Entonces, ¿es ella?
Dele las gracias a la duquesa.
Nunca me pide nada; sin embargo, esto se lo tomó como algo personal.
Las damas enfermeras son algo personal, señora,
para usted también, siempre lo han sido.
Vuelva con los heridos, Julia, ese es su sitio.
Aprovéchelo, están ustedes haciendo historia.
Gracias, señora.
Parece espabilada. No la vi en los cursos.
Nunca estuvo en San José.
Se coló en el tren cuando estábamos a punto de salir de Atocha.
Ya sabes la importancia
que le otorgamos a una formación completa.
Traigo unas sábanas sucias para lavar.
Déjelas aquí.
Pensé que iba a hablar con Magdalena.
Hablé con ella.
¿Sí?
Le dije que éramos muy diferentes,
que ella ya está prometida...
Lo que usted me dijo.
Ya no está prometida.
Ha roto su compromiso de boda...
por carta.
Es lo que usted quería.
Lo ha conseguido.
Tome. Es una pastilla para el dolor.
¿Dolor? Ah.
Sí, ¿me entiende? Se la tiene que tomar.
(EN SU LENGUA) No temas. Es medicina.
Y ella es amiga.
Me ha dicho Pilar que has roto compromiso con tu novio.
¿Eh?
¿Te lo ha dicho?
Pues sí, le escribí.
Necesito algo de tiempo para aclararme
y tenía que ser sincera con él.
Que haya roto mi compromiso es una decisión mía, ¿de acuerdo?
No tiene nada que ver contigo.
Magdalena, tus palabras dicen una cosa,
pero tus ojos... otra distinta.
Por favor, no hagas esto más difícil.
Sabes que te aprecio, pero entre tú y yo no hay nada.
Lo mejor es que cada uno vaya por su camino.
No te pondré las cosas más difíciles.
Pero...
Aunque no quieras, tu camino es también el mío.
Bueno, parece que hemos llegado a tiempo.
Has tenido suerte, esta herida tenía una pinta muy fea.
-Sí. Rachid, a su manera, me hizo la primera cura.
Sobreviví a la cárcel de milagro.
-Aún no sé cómo salimos vivos nosotros.
-Pues el coronel no ha creído nada de lo que le he contado.
-No se preocupe, teniente.
Somarriba despertará y dirá la verdad.
-Eso espero.
Doctor, aquí están las vendas.
Si quiere, puedo seguir yo.
Muy bien.
Si no me sueltas, no puedo curarte.
(ANDRÉS) ¿Ah, no? No. Y tengo que vendar la herida.
Que me corten el brazo.
(RÍE)
¿Cuándo podremos volver a casa, Julia?
Estar juntos de nuevo.
Lejos de esta guerra y todo esto.
Andrés, yo ahora soy enfermera.
Y mientras siga haciendo falta aquí, no puedo abandonar el hospital.
¿Qué pasa? ¿No quieres venir conmigo?
Sí, claro que quiero ir contigo.
Es solo que me he dado cuenta que esto es lo que quiero hacer
y ahora no me puedo ir.
Entiéndeme.
Bueno. Pues esto ya está.
¿Que vamos a cenar con la reina? No. (CORONEL) Lo ha pedido ella.
Vendrá con la duquesa, con las damas enfermeras...
En qué hora... Tu madre lleva atacada todo el día.
(MANUELA) Como para no estarlo, Vicente.
Pero, vamos a ver, estas cosas se avisan con tiempo.
Por el amor de Dios. -Cálmate, Manuela,
cálmate o vas al calabozo.
-No me pidas que me calme, no me pidas que me calme.
A ver, ¿qué vestido me pongo?
¿Cuál es el protocolo?
Es que si metemos la pata, haremos un ridículo...
-Madre, ha estado en recepciones ciento de veces.
-Sí, pero no con la reina, hija, no con la reina.
Os voy a decir una cosa.
Voy a empezar a arreglarme. Ay, Dios.
Claro, tú en 10 minutos estás maquillada, pero yo...
Vicente, yo no llego, ¿eh? Te lo digo muy en serio.
Yo, Vicente, no llego. -Manuela, el sombrero.
-Déjalo.
-Fidel también vendrá a la cena. Supongo.
No faltará en una ocasión como esta.
-No, no debería faltar, aunque... ¿Dónde le sentamos?
Porque vuestro compromiso aún no es formal.
-Lo dice como si tuviese duda de que estamos comprometidos.
-No, no, no tengo ninguna duda, hija, pero para que sea oficial,
tendría que pedírtelo y hablar conmigo, supongo, ¿no?
-Fidel y yo nos vamos a casar.
Así que vaya preparando el uniforme de gala,
porque antes de lo que espera
estará llevándome de la mano hasta el altar.
-Con el permiso de usía, mi coronel.
Su majestad, la reina, viene hacia aquí.
-Gracias.
Hombre, ¿estabas aquí? ¿Qué pasa, te estás escondiendo?
-¿Y eso?
¿No me digas que tendremos que comprarnos un uniforme nuevo?
-Baja la voz.
-¿Qué? -¿Qué?
No sé qué hacer.
-Bueno, a ver, ante todo, tranquilidad.
La ecuación es sencilla y tú eres un tipo listo.
Tienes una novia y tienes un anillo.
No creo que haya que explicarte mucho más.
-Luis...
¿Qué pasa, Fidel, tienes miedo?
-No, no, no tengo miedo.
Solo me pasa que siempre pensé
que, cuando diera este paso, iba a estar más seguro.
-Y no lo estás.
-A ver.
Yo quiero a Susana, ¿eh?, y eso lo sabéis,
pero... no sé si la quiero
como para pasar el resto de mi vida con ella.
-Vamos a ver, lo estás diciendo como si fuera una condena.
Todo el que se casa tiene dudas.
(GUILLERMO) Y los tres sabemos que esa duda...
tiene nombre.
-Y todos sabemos que esa persona está prometida
y que yo no soy quién para estar en medio.
Eso no puede ser.
-A no ser que... -¿A no ser que qué?
-Espera, se lo digo yo.
A no ser que ella sienta lo mismo que tú
y, para eso, solo hay un modo de saberlo.
Pregúntaselo.
-Que no, que eso es una locura. -No.
Una locura es casarse con alguien a quien no quieres,
que no es mi caso porque yo estoy muy enamorado de Pilar.
-Raquel. -Sí. Raquel, Raquel...
¿He dicho "Pilar", he dicho "Pilar"? -Sí.
-Ay, Dios mío...
Fidel, ¿qué haces aquí?
¿Me va a ayudar a tender, doctor?
Julia, quiero hablar contigo.
¿Qué sucede?
Fidel, me estás asustando. ¿Todo bien?
Yo no quiero hacer daño a nadie, pero... esto tengo que decírtelo.
¿El qué?
Desde que he vuelto...
no sé lo que me pasa, Julia, pero...
Cuando estaba allí, estuve a punto de morir
y no podía parar de pensar en ti.
No digas eso. Es que es la verdad.
Y ahora ha vuelto tu prometido, tú te vas a marchar,
y tan solo pensar que... voy a dejar de verte,
me mata por dentro.
Dime que a ti no te pasa, Julia.
Dímelo.
Dime que a ti no te pasa lo mismo, por favor. Dímelo.
Dime que tú no pensabas en mí.
Dime...
que te daría igual no volverme a ver nunca más.
Dímelo, Julia.
Por favor.
No. No, no. No puedo hacerle esto a Andrés.
Estoy prometida. Lo sé.
Sí, lo sé. Y le quiero.
Lo sé, lo sé. Lo siento. Lo siento.
No tiene sentido. Tienes razón.
No... Es culpa mía, lo sé.
No tiene sentido. -Yo quiero a Susana
y no tengo derecho a hacerle esto.
Tengo que volver.
Ya...
¿Qué? ¿Sigue buscando el dinero?
No se preocupe, mi padre lo va a reponer.
Ya ve. Somos más honrados de lo que usted piensa.
-Jamás he puesto en duda la honradez de su padre.
-La mía sí, ¿verdad? Eso no se lo consiento
por muy señorita que sea usted. Cuidadito.
-Sé perfectamente que cogiste ese dinero.
Y sé para qué lo cogiste.
-No pienso quedarme aquí escuchando cómo me insulta.
-Luis no es el padre de tu hijo.
Lo engañaste para que se casara contigo.
-Eso es lo que le duele, ¿verdad?
Que se casara conmigo.
A usted la dejó plantada en el altar.
-Dile a tu padre que no se preocupe por el dinero.
Pero a Luis le vas a contar la verdad.
O lo haré yo. -Todavía le quiere, ¿verdad?
Entérese de un vez.
Luis es mi marido y eso nadie lo va a cambiar.
Pilar, no volverá con usted le cuente lo que le cuente.
Saber la verdad le haría un desgraciado,
así que yo no se lo pienso decir.
Si tanto le quiere, dígaselo usted.
Que él mismo vea quién le clava el puñal.
Enfermera.
Écheme una mano, por favor. Quiero comprobar que no hay infección.
Tómele también la temperatura.
¿Me vas a ayudar o te vas a quedar ahí de brazos cruzados?
-Perdón.
-No estarás dándole vueltas otra vez a lo del dinero, ¿verdad?
-No. Eso ya está olvidado.
Es otra cosa.
Luis, ¿tú crees que...?
¿Que la sinceridad está sobrevalorada?
-Pues no lo sé. Supongo que...
Supongo que depende.
A veces es preferible no pasarse de sincero, ¿eh?
Vivir en la ignorancia no siempre es... No siempre es algo malo.
¿Por qué lo preguntas?
-Por nada.
-No tiene infección.
-Tampoco fiebre.
-La herida está curando bien. No tiene ningún golpe en la cabeza.
Debería haber recuperado la consciencia ya.
Capitán.
¿Quieres pegarle tú?
Digo, como se te da tan bien eso de las bofetadas, pues...
-Estás muy graciosito hoy.
-Capitán, capitán, ¿me escucha? Soy el teniente Garcés.
Intente abrir... Eso es. Abra los ojos.
-¿Dónde estoy? ¿Qué ha pasado?
-En el hospital de la Cruz Roja, en Melilla.
Resultó herido, pero ahora está a salvo, ¿me oye?
-No hable. Tiene que descansar. No hable.
-Necesito hablar con el coronel Márquez.
Es muy importante. -Tranquilo, ¿de acuerdo?
Ya tendrá tiempo de hablar con él. -No. Ahora.
Que avisen al coronel. Estará en comandancia. Vamos.
Fernanda.
Diga a la duquesa que avise al coronel Márquez.
El capitán Somarriba ha despertado.
-¡Ah! -Chist.
-Ah... -Chist.
-Me he enterado de que está deseando hablar con el coronel.
¿Tiene algo urgente que decirle?
No soporto la deslealtad, Somarriba.
Yo le salvé la vida. ¿Lo recuerda?
Como se atreva a denunciarme,
como se le ocurra contarle algo al coronel,
le juro que le mato a usted
y a toda su familia.
A Sagrario, sí, y a las niñas también.
Tienen que ser ya unas mujercitas. -No, por favor.
-Conmigo haga lo que quiera, pero no toque a mi familia, por favor.
-De usted depende, Somarriba.
De usted depende.
¿Ha quedado claro?
-¡Ah! -Que se mejore, Somarriba.
-No, no, no es necesario que esperemos al final de la guerra,
que llegará. Ahora parece imposible, pero llegará.
(CORONEL) No me cabe duda, señora. -Los hospitales
son necesarios ahora. Y no solo aquí en Melilla.
Conseguiré que abramos hospitales en Larache, en Tánger, en Tetuán.
Pero ¿por qué se opone usted a que despleguemos hospitales
de campaña, coronel? -Atender a los heridos
en pésimas circunstancias con el riesgo de ser atacados
será una fuente permanente de infección
y pondríamos en peligro a nuestros médicos,
que es lo más valioso que tenemos.
-Y a las enfermeras, coronel. También a las enfermeras.
-También a las enfermeras, señora, por supuesto.
-Dígame, coronel.
¿Qué enfermedad tiene la duquesa?
No ponga esa cara, por favor. Lo sé todo.
Su marido, el duque de la Victoria, me lo contó.
Carmen le escribió una carta.
Coronel, ¿es grave?
-Hemos descubierto unos granulomas en distintas partes del cuerpo.
Algunos le oprimen los vasos y sangra con facilidad.
Está al borde de la anemia. -¿Y esos granulomas son peligrosos?
-Hasta que no le hagamos una biopsia no podremos saberlo,
pero como se opone también a ser tratada...
-Conozco ese carácter.
Carmen no es de las que se queja; es una mujer como no hay dos.
No sé si se ha dado cuenta. -Sí, me he dado cuenta,
pero verá, señora, yo como jefe de Sanidad Militar
no sé si debo permitir que una directora de hospital
no esté en condiciones de llevar a cabo su labor.
-No exagere, coronel.
La he visto y me parece que está en plenas facultades.
-Puede caer fulminada en cualquier momento,
y ella sabe perfectamente que corre ese peligro.
Señora, gracias por su visita.
-Mi coronel, acaban de llamar del hospital de la Cruz Roja.
El capitán Somarriba está consciente.
Quiere hablar con usted.
-Gracias, sargento. Puede retirarse.
(CORONEL) Celebro verle despierto.
¿Cómo se encuentra, capitán? -Con ganas de volver a mi puesto,
coronel. -Ajá.
-Fui informado de lo que pasó en el frente.
Salieron de allí de milagro.
Somarriba...
Hay un asunto que me temo que no puede esperar.
El teniente Pereda sostiene que usted intentó dispararle
por orden del comandante Silva.
¿Es eso cierto?
Necesito que me diga la verdad.
(FIDEL) Muchas vidas dependen de su testimonio.
-Coronel...
Yo no recuerdo nada de lo ocurrido en el frente.
Lo siento. Tengo como una nebulosa que no me deja recordar, lo siento.
Lo siento. No recuerdo nada.
No recuerdo nada, coronel.
Lo siento.
-Mi coronel.
El teniente Pereda le dijo la verdad.
El capitán confesó que Silva le había ordenado matarle.
Yo estaba allí cuando se lo dijo.
¿Está dispuesto a testificar contra ellos?
¿Pretende llevar al comandante y al capitán
ante un consejo de guerra? -Sí, señor.
-El comandante no dudó en llevar ante el tribunal a Ballester
con una acusación falsa.
-El alférez le atacó
delante de todos, y ustedes le acusan.
Es la palabra de unos oficiales contra otros de menor graduación.
Solo son testimonios, sin prueba alguna.
(ANDRÉS) Mi coronel,
tiene que creernos. (CORONEL) ¿Qué importa
lo que yo crea o deje de creer? ¿Qué importa?
Soy el jefe de Sanidad Militar y lo único que quiero
es que mis hospitales funcionen.
Que puedan atender y cuidar a los heridos.
¡Ya tengo bastante con esta maldita guerra!
¿Les parece que es mucho pedir?
Pueden retirarse.
No sé por qué le has tenido que contar a Larbi
que he roto mi compromiso con Daniel.
Ahora cree que lo he hecho por él. Ah. ¿Y no es así?
No.
O sea. Larbi me gusta...
mucho, pero no tiene nada que ver. Yo...
tengo la cabeza hecha un lío y lo que quiero es estar tranquila.
¿Y bien?
Pues usted perdone por meterme en su vida.
Yo solo quería ayudar.
Pilar, tampoco hay para tanto. No te pongas así.
No. Vosotras pensáis que yo puedo con todo.
Primero Daniel, después Larbi.
Primero Luis va a tener un hijo con Raquel.
Ahora resulta que Luis no es el padre del hijo de Raquel.
¿Qué dices, Pilar? Pero...
Pero... Pero ¿cómo te has...? ¿Cuándo...?
Ay, Dios. Si no me salen las palabras,
ya me imagino cómo estarás tú. -Yo... Yo... No sé qué hacer.
No sé si contárselo o no porque no quiero amargarle la vida,
pero tampoco me puedo quedar con esto dentro.
Y esta camisa, ¿por qué ha quedado así?
Está toda manchada. Tranquila. Tranquila, Pilar.
Te entiendo y... Uf... Has hecho bien en contármelo.
Algo así te acaba comiendo por dentro si no lo compartes.
No, no, no... No vamos a decir nada, ¿eh?
Nada. Lo mejor es no decir nada.
¿Lo mejor para quién, Pilar?
A ver. Está claro que lo más fácil es no decir nada, pero...
Pero... Pero ¿qué?
Que si te importa Luis, no puedes dejarle vivir ciego.
Luis está encantado con la idea de ser padre
y si no se entera es como si no hubiera pasado.
Pilar, pero es que es su vida. Su vida.
No puede vivir con una mentira.
Es él quien tiene que decidir, no tú.
Que yo no quiero ser la mala de este asunto, Magdalena,
que me va a coger manía a mí. Pilar, si no le dices nada,
esta mentira dará lugar a otras. Luis acabará siendo un desgraciado.
Y entonces ¿qué excusa te pondrás por habértelo callado?
Hay un niño en camino y no quiero arruinarle la vida. ¿Que qué?
-Perdón si interrumpo.
Ya estoy lista. He dejado las cosas en mi dormitorio,
así que ¿hay algo que pueda ir haciendo?
(PILAR) Sí. Muchas cosas. Magdalena te explica
y a ver si llamamos a la puertecita antes de entrar.
Sí. Ah...
Huele muy mal.
Pilar.
¿Sabes que ha aparecido el dinero de la cocina?
Estaba en otra caja en el mismo armario.
Raquel me ha dicho que seguramente la cocinera pues debió equivocarse.
-Pues muy bien. -Quería que lo supieras por si...
quieres disculparte con Dámaso.
Bueno, y con Raquel.
-¿Podemos hablar? -Sí, claro.
-Es importante.
Lo que te tengo que decir no te va a gustar,
pero tienes que saberlo.
-Pilar. Pilar, me estás asustando.
-Luis, tu hijo, el niño que está esperando Raquel,
no es tuyo.
Sé que es duro lo que estás oyendo, pero...
-Para, para, para.
No sigas.
No te reconozco, Pilar.
-Es la verdad. El otro día... -El otro día Dámaso era un ladrón
y hoy ya ves...
Si es que soy idiota. Soy idiota.
Y te lo dije, Pilar,
te dije que Raquel me advirtió de que no pararías hasta separarnos
y te dije que no quería creerla.
Está claro que estaba equivocado. -Estoy diciéndote que es la verdad.
Hay un hombre que la está chantajeando
y ella le paga para que no te lo cuente,
por eso cogió el dinero de la caja. -Haz el favor de bajar el volumen,
es mi familia de la que estás hablando,
es mi mujer de la que estás hablando.
Jamás en la vida hubiera podido esperarme esto de ti.
De ti no, de ti nunca.
Porque se trata de eso, ¿verdad?
Esta es tu manera de vengarte por dejarte plantada en el altar.
-¿Pero qué estás diciendo?
¿A quién vas a creer, a ella o a mí?
-Quiero que me digas quién es ese hombre.
¿Qué quiere, Raquel?
-No quería preocuparte, por eso no te conté nada.
-¿De qué estás hablando?
Eres mi mujer, lo que te pase a ti me pasa a mí.
¿Quién es? Raquel, ¿quién es?
-Un novio que tuve antes de conocerte.
Un sinvergüenza.
Pensé que me había librado de él, pero mira.
Cuando se enteró de que estaba preñada,
me amenazó con contarte que él era el padre del hijo,
pero es mentira, Luis. Te lo juro, es mentira.
El padre de mi hijo eres tú, no tengas ninguna duda.
-¿Por qué no me dijiste nada? -Porque pensé que no me creerías.
Cariño, tenía miedo de perderte. -No me vas a perder.
Y tampoco voy a permitir que nadie te haga daño.
Vamos a solucionar esto de una vez por todas.
-Pero que... -Quiero que te cites con ese hombre.
Tranquila. No tendrás que ir, iré yo, iré yo.
Le dejaré las cosas bien claras.
Si se vuelve a acercar a ti, haré que le encierren una temporada.
-No, no. Por favor, ya está. Ya está, déjalo.
Ya está. Le he dado el dinero y no creo que se le ocurra volver.
-Volverá. En cuanto se gaste lo que le has dado, volverá.
Yo me encargo de él.
Mi sitio está aquí, señora.
No busque más argumentos, que no me va a convencer.
Aún no terminé la tarea que usted me encomendó.
Yo te la encomendé y ahora te pido que atiendas a razones
por una vez en tu vida. Vas a volver conmigo.
He faltado unos días de este despacho
y casi perdemos el hospital;
si regreso ahora a Madrid... Estás enferma, Carmen.
Tienes que someterte a tratamiento. Un mes, solo le pido un mes más.
Después iré donde usted disponga.
¿Estás segura de poder estar aquí de pie dentro de un mes?
El coronel Márquez afirma que te puedes caer redonda
cualquier día. El coronel confunde sus deseos
con la realidad. ¡Carmen!
¿Por qué...? ¿Por qué me envió aquí, señora?
¿Por qué a mí?
¿Cómo que por qué...?
Lo sabes tan bien como yo.
Creamos el Cuerpo de Damas Enfermeras
para aliviar el dolor donde hiciera falta
y aquí lo estáis haciendo.
Y supongo que ya nadie puede decir
que los reyes han olvidado a sus tropas.
Viniendo aquí has hecho mucho bien por España,
y también por la monarquía, es verdad.
Y por ello te estoy muy agradecida,
pero ahora no voy a permitir que pongas en peligro tu salud
para cumplir un deber. Estoy bien, señora, créame.
Todas las que aceptamos venir a Melilla
asumimos poner en riesgo nuestra propia vida
desde el momento en que pisamos esta ciudad, señora.
Ninguna estamos a salvo, ni siquiera usted.
Tengo que terminar la misión que me trajo aquí,
pero haré lo que usted decida que debo hacer.
¿Nos conocemos? -Por suerte, no.
Tú debes de ser Román.
-(CON RETINTÍN) Vaya, el ilustre doctor...
¿Dónde está Raquel?
-Raquel no va a venir.
No, esto lo vamos a solucionar tú y yo solos, como dos hombres.
Aunque me parece que tú de eso tienes poco.
Has chantajeado a mi mujer, una mujer embarazada,
te has inventado toda esa patraña de que el hijo que esperamos es tuyo
para sacarle dinero. -Bueno.
Cada uno trata de ganarse la vida como puede.
-Así que lo admites, te lo has inventado todo.
¡Vamos, sé un hombre por una vez en tu vida!
-Sí, es mentira.
Yo no soy el padre del niño.
-¿Qué está pasando aquí? -Escúchame bien, basura,
porque solo te lo repetiré una vez.
Como vuelva verte, te meto una bala en cada pierna, te saco de Melilla
en una ambulancia y te tiro en el desierto para que te coman.
-Luis, Luis. -Te mato.
Ya está, ya hemos aclarado las cosas aquí.
¿Verdad que sí? -Sí, sí, entendido. Entendido.
-Luis. Luis, ¿qué haces?
No puedes comportarte como un matón.
-¿Y tú por qué tienes que estar siempre en medio, Pilar? ¿Por qué?
¡Esto no es asunto tuyo!
(JADEA)
Pilar, la cofia te queda estupenda,
pero ¿vas a ir a la recepción de la reina con ella?
Pues yo por mí iría de uniforme.
He perdido la costumbre de arreglarme.
¿Dónde vas corriendo, Magdalena?
A dar una vuelta.
Me ha dado un sofocón.
Estamos todas aquí metidas y... yo no puedo respirar.
Voy por mi cuenta a la cena, no me esperéis.
Yo también me voy ya. Me están esperando.
¿Tú también?
Nos vemos luego.
(ANDRÉS) Somos capaces de lo mejor y de lo peor,
cosas que jamás pensé que podría llegar a hacer.
La guerra es atroz,
aunque también aquí me han pasado cosas maravillosas;
la mejor, sin duda, que tú hayas venido.
Y que a pesar de todo estemos aquí, paseando.
Sí. Que estemos juntos.
Julia, no volvamos a separarnos.
Andrés, yo quería decirte... Espera, espera, espera. Sí.
Sé lo que quieres decirme.
Que no quieres dejar el hospital y que quieres seguir siendo enfermera.
¿Verdad?
¿A qué viene esa sonrisa?
A que te quiero.
Y a que como sé que quieres seguir siendo enfermera,
la única forma que tengo de no separarme de ti
es pidiendo traslado a Melilla. No puedo pedirte eso.
No me lo estás pidiendo, lo hago porque quiero.
Lo hago por ti y por mí.
Mañana hablaré con comandancia
y seguro que no me ponen ninguna objeción.
¿Por qué eres tan bueno conmigo? Lo que querías era irte a Madrid.
Yo lo que quiero estar contigo.
Y Madrid sin ti es peor que esta guerra.
Nos casaremos aquí.
Y seguro que encontramos una iglesia bonita.
Una capilla.
Una capilla.
Julia...
Pensé que no venías ya.
¿Me he perdido algo?
Bueno, todo el mundo quiere estar con la reina
y la reina solamente quiere estar con las damas, básicamente.
¿Quieres?
Pues... sí. Muchas gracias. De nada.
Menos mal. Y Magdalena todavía sin aparecer.
Me tenéis las dos nerviosita.
-Han sido todos muy amables conmigo.
Lo único que no voy a echar de menos es el calor de esta ciudad.
(CORONEL) Sepa, señora,
que celebramos y agradecemos su visita.
Andrés se va a quedar en Melilla. Aquí, en comandancia.
¿De verdad?
Qué alegría.
Lo hace por ti.
Estamos muy contentos.
Ha sido una inyección de moral para las enfermeras y los médicos
en estos momentos de dificultad. -Lo sé y lo he visto.
Por eso regreso a Madrid con la sensación
de que estamos cumpliendo una misión muy importante.
-Nuestro ejército nunca lo olvidará, señora.
(CORONEL) Los que sirven en la Compañía Mixta de Sanidad,
desde el primero hasta el último, son un ejemplo para todos.
-Disculpe, señora, me comunican que la cena ya está lista.
Con su permiso, deberíamos pasar al comedor.
-Si me disculpan, quisiera aprovechar su presencia
para que sea testigo de un momento muy especial para nosotros...
en el día más importante de mi vida.
Susana.
-¿Qué estás haciendo?
(FIDEL) Susana Márquez,
sabes que te he querido desde siempre.
Creo que ya te quería antes de conocerte.
Eres la mujer de mi vida, Susana.
-Es que me están temblado las piernas,
creo que me voy a desmayar.
(REINA) No lo hagas, hija, estropearías el momento.
Señoras, señores, su atención, por favor.
Está a punto de suceder algo que no sucede todos los días:
un relámpago de amor en medio de la guerra.
-Con su permiso, coronel.
-Se lo conce... Bah. Se lo ordeno.
(RÍEN)
Perdón.
Es que estaba... Una urgencia.
Susana Márquez,
¿quieres casarte conmigo?
(REINA) Las he visto más decididas.
Yo me lo pensaría, capitán. -Sí, claro que sí.
(REINA) Por su majestad, el rey Alfonso,
y alzo mi copa también por esta deliciosa pareja
que hoy nos ha anunciado su compromiso.
Tenéis ni bendición. Que seáis muy felices.
(MANUELA) Qué emoción, señora.
¿Cómo podía imaginar que iba a estar usted aquí brindando
por la boda de nuestra hija?
(REINA) Ha sido una sorpresa tan maravillosa.
-Para mí también, me he quedado sin habla.
(REINA) Algo sabrías, ¿no?
No me ha parecido el beso de dos desconocidos.
Pronto volveré a Melilla con Alfonso y, para entonces,
habremos ganado la guerra. (MANUELA) Dios le oiga.
(CORONEL) Su presencia, señora, en el cerco ha elevado,
y mucho, la moral de las tropas. -Pronto empezará la contraofensiva.
Esos rebeldes se arrepentirán de haber ofendido a la corona.
(REINA) De momento, y espero que no me malinterprete,
lo que más me ha impresionado es el hospital de la Cruz Roja.
Todos estarán de acuerdo en que la duquesa está realizando
un trabajo formidable.
Cuento con la entrega incondicional de las damas enfermeras.
(REINA) Mis queridas damas enfermeras.
Mírenlas.
¿No son como ángeles?
Hace menos de un mes vivían rodeadas de comodidades
y ahora han renunciado a todo por estar aquí.
(PILAR) Lo hacemos con gusto, señora. Aquí faltan manos.
Los días resultan cortos por todo lo que queda por hacer.
No hay nada comparable a salvar la vida de un herido, ¿verdad?
¿No lo ven?
Somos tan afortunados de tenerlas con nosotros.
No sea tan humilde, duquesa. Hablemos claramente:
si no fuera por usted, este hospital no existiría,
y es el mejor de Melilla.
La vamos a echar mucho de menos.
Importan las obras, no las personas, capitán.
Y este hospital seguirá manteniendo su servicio
aun cuando ninguno de nosotros sigamos ya aquí.
(CORONEL) El capitán tiene razón, señora.
La vamos a echar mucho de menos.
-Pero ¿es que se va usted, señora duquesa?
(REINA) No se va.
No se va.
Se queda al frente del hospital.
He intentado convencerla para que se tomara un descanso,
pero he fracasado. Señora, de ninguna manera...
Me has prometido que, si te fallan las fuerzas,
volverás de inmediato a la península.
Es una promesa. Lo es.
Coronel, cuide de la duquesa. Aunque no se deje...
Y un último brindis.
Quiero brindar
por la duquesa de la Victoria
y por la labor que está realizando en esta ciudad.
(TODOS) Por la duquesa.
(Timbre)
-Si tu marido te viera esa cara de miedo, salía corriendo.
-Cuéntame qué pasó. -Pregúntale a él.
Seguro que está encantado de contártelo.
-Me tienes harta.
Dime de una vez qué le dijiste a Luis.
-No temas, no le he dicho la verdad.
¿De qué me serviría?
Mataría la gallina de los huevos de oro.
Ahora quiero lo mío.
-No. Dijiste que nos dabas una semana para pagarte.
-Tu marido se ha puesto muy gallito.
Tanto que mis condiciones han cambiado. Quiero el dinero ya.
-Déjame a mí, Raquel. Ya me ocupo yo.
-Tú eres un sinvergüenza.
-Lo acordado.
Y escúchame bien, es la última vez que te veo en mi cantina.
-Ahora que tengo dinero, ¿no vas a dejarme entrar?
Mira, Dámaso, lo que sé de tu niña... vale oro.
Eres un hombre de negocios,
sabes que no voy a conformarme con esta calderilla.
(DÁMASO) Me ha costado mucho conseguir ese dinero.
-Por esta cantina pasa mucho parné.
No te costará guardarte un poco sin que nadie se entere.
-Yo no soy de tu calaña, Román.
-Cuidado con lo que dices, abuelo,
o esto te va a costar algo más que dinero.
-¡Ay! -¡No vuelvas a tocar a mi padre
o te rajo aquí mismo! -¡Quítate de en medio, Raquel,
si no quieres que te dé a ti también!
-¿Vas a pegarme a mí también? ¿A una mujer embarazada?
-¡Se acabó! ¡Voy a dar parte a la Guardia Civil
para que se ocupe de ti! -¿A quién coño vas a llamar tú?
Te quemo la cantina contigo y con tu hija dentro.
-¡No!
-¿Qué has hecho? -No lo sé, padre.
Padre, se me echó encima. No sé...
-Tenemos que llevarle al hospital.
(RAQUEL) No, no.
Padre, no vamos a llevarle a ninguna parte.
Vamos a quitarnos el problema de en medio,
eso es lo que vamos a hacer.
Julia.
Julia.
¿Me ves? ¡Sí!
¿Me estás viendo? ¡Sí!
Estás más guapa que nunca.
La suponía a usted en el puerto, despidiendo a la reina.
Mi trabajo está aquí, coronel, no en el puerto.
Y ella es la primera que aprueba que así sea.
Todo está saliendo tal y conforme ella deseaba.
La reina está encantada con que usted quiera quedarse aquí.
Este hospital es uno de los mayores triunfos de la corona
en los últimos tiempos.
¿No ha leído usted los periódicos de Madrid?
Con usted aquí,
la monarquía se apunta unos cuantos buenos tantos.
Si la reina y yo estamos de acuerdo en que yo continúe al frente
de este hospital, las dos salimos ganando, coronel. Yo también.
No le dé más vueltas.
Usted sabe la que le ha caído encima, ¿verdad?
¿Cómo? ¿No escuchó lo que dijo?
Ahora tiene usted que cuidar de mí.
(RÍE)
(RÍE)
No se levante, capitán. -A sus órdenes, mi coronel.
-¿Quería verme? -Sí.
Quería...
Quería confesar.
Quitarme un peso que tengo sobre la conciencia.
-¿Ha recuperado la memoria?
-Mi memoria siempre estuvo bien, mi coronel.
Sé que le he fallado.
Y nunca me lo perdonaré.
Ahora sé que no soy digno de vestir este uniforme.
-Capitán, míreme.
Le conozco desde hace muchos años
y sé que es usted un hombre de honor.
No me cabe la menor duda.
Pero, dígame, ¿qué es lo que está pasando?
-Lo que ha contado el teniente Pereda es verdad.
El comandante Silva me ordenó que le matara.
-Yo... no entiendo toda esta inquina, mi coronel.
Son como alimañas.
Todo esto es un complot.
-¿Qué es lo que tiene que decir? -Están todos conchabados contra mí.
(CORONEL) ¿Todos?
Son ya tres los oficiales que le acusan.
Uno de ellos, mi mano derecha en la comandancia.
Irá usted a juicio y presumo que va a ser condenado.
He informado a mis superiores.
Se va a proceder a su detención.
-Con permiso,
mi coronel.
-Me ha estado mintiendo desde que llegó aquí.
Le he defendido.
Le he defendido por el cuidado que le debo
al principio de disciplina militar, pero eran todo mentiras.
Unas cochinas mentiras. ¿Se imagina cómo me siento?
-Usted no sabe cómo fue aquello.
Se me ordenó resistir, pero se me negaron los refuerzos.
Llevábamos más de una semana sin agua. Perdí la cabeza.
¿No lo comprende?
-Es usted una vergüenza para el ejército.
-¡He dado mi vida por él!
¡Llevo 12 años sirviendo en África! Mire mi hoja de servicios.
¡Es intachable! ¡Soy un héroe!
(CORONEL) ¡No ensucie más esa palabra!
Y míreme, míreme, míreme. Eh, míreme.
Si todavía se siente militar,
afronte las consecuencias de lo que ha hecho.
En el juicio, diga la verdad.
¡Diga la verdad de una maldita vez!
Aunque tarde, aprenda el significado de la palabra "dignidad".
-Quiero pedirle perdón al capitán.
Y al alférez.
Déjeme pedirles perdón.
Tengo que hacerlo.
-Entrégueme su arma, comandante.
Puede retirarse.
-¿Así que al final nos quedamos los tres en Melilla?
Bueno, nos quedamos nosotros.
Seguro que tú puedes volver a Madrid.
¿Y qué voy a hacer en Madrid sin vosotros?
-Siempre puedes ir...
(Golpe)
¿Qué es eso?
¡Si estuvieras muerto, nada de esto estaría ocurriendo!
¡Comandante! (ANDRÉS) ¿Se ha vuelto loco?
-¡Comandante, aquí me tiene! ¡No le tengo ningún miedo!
¡Pedro! -Señor, baje el arma.
¡Fidel! -¡No, no, no!
-¡Suelte el arma!
-Tú eres la primera que me voy a llevar.
(ANDRÉS) Comandante, por favor. Por favor, baje el arma.
¡Julia, no hagas nada! Tranquila.
-¿Eso ha sido un disparo? (PILAR) No, por favor.
¿Qué está pasando aquí?
-¡Que no entre nadie!
Paren.
Como alguien se mueva, le pego un tiro.
-¡Háganle caso! ¡Cierren las puertas!
Salgan, salgan, salgan. ¡Fuera!
¡Suéltela, por Dios, suéltela!
Comandante, por favor, baje el arma.
Suéltela y hablemos tranquilamente.
-¡Señor, está aún a tiempo de parar esta locura, por Dios!
(COMANDANTE) El tiempo... El tiempo ya se ha acabado.
Para usted, para mí, para todos.
(ANDRÉS) Es a mí a quien quiere, Silva, me quiere a mí.
Aquí me tiene, pero suelte a esa mujer.
Suéltela ya.
-Llevo 12 años, 12 años en Marruecos.
De blocao en blocao,
viendo cómo los demás ascienden y tienen mejor vida.
Hice lo que hubiera hecho cualquiera.
No tenía salida. ¿Qué tenía que haber hecho?
¿Dejarnos matar como si fuéramos cucarachas? ¿En nombre de qué?
¿En nombre de quién, por Dios? -Tranquilo.
-Estos... Estos...
Estos tenientes, con su hambre de gloria,
son los verdaderos asesinos.
¡Ellos son los verdaderos asesinos!
¡Son los que tienen las manos manchadas de sangre!
¡Su ambición fue la que mató a aquellos hombres, no yo!
-Comandante.
Está usted casado, tiene hijos.
¿Cómo quiere que le recuerden?
¿Cómo un hombre que cumplió con su deber...
o como un cobarde?
(ANDRÉS) Ellos no tienen por qué saber lo que ha pasado.
Vamos, comandante, entregue su arma.
Esto todavía se puede arreglar.
Tire el arma y hablemos tranquilamente.
-Si mata a esta mujer, señor, va a matar el motivo
por el que estamos todos aquí.
No, no. -Señor.
No lo haga.
-Señor.
No.
(Disparo)
¡Ah!
¡Madre mía!
Pero ¿quién le ha hecho esto? ¡Ayuda!
¿Has visto quién es?
¡Ahmed! ¡Ahmed!
¡Ahmed! (EN SU LENGUA) ¿Qué tienes?
Meningitis.
Desde ahora y hasta nueva orden,
este hospital queda declarado en cuarentena.
"Nadie puede entrar ni salir del hospital bajo ningún concepto".
Comuníquelo al personal.
Vas a dar guerra hasta el último minuto.
En algún momento te cansarás de vigilar.
-"Estás demasiado raro, Luis. -¿A qué has venido?".
¿A amargarme la vida?
-Estoy preocupada por ti. -Pues no te preocupes más por mí.
-No me hace mi caso desde que he empezado a curarme.
-Mire, Pedro, a Verónica le gusta usted.
Creo que le gusta tanto que se asusta solo con pensarlo.
Le sigue subiendo la fiebre.
No podemos dejar que se muera, Larbi.
¿Voluntarios para defender el blocao?
¡Vamos, valientes! ¡Vamos!
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