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Original subtitles

(Música)

LOS TRES MOSQUETEROS

BASADA EN LA CÉLEBRE NOVELA DE ALEJANDRO DUMAS

PRIMERA ÉPOCA: LOS HERRETES DE LA REINA

(Continúa música)

(Música)

LOS TRES MOSQUETEROS TOMO 1: LOS HERRETES DE LA REINA

¡Rápido, rápido! -¡Arre, arre, arre!

-¡Venid!

(Bullicio)

¡Venid y comprad!

¡Venid, venid aquí a comprar! ¡Comprad el amor!

Posadero. -Para serviros, caballero.

Oh. Por aquí, excelencia.

-Adelante. -¡Arre, arre! ¡Ya, ya!

-¡Deprisa! -¡Ah, ah!

¡Vamos, arre! ¡Ya, ya!

-¡Comprad, comprad! ¡Venid a ver este arte de la Grecia antigua!

¡El horóscopo, el futuro, la salud, la suerte, el amor!

¡Qué desastre!

(Bullicio)

¡Siempre son los mismos! ¡Mi puesto, mi traje!

(Música romántica)

¿Y mi habitación?

-Os estábamos esperando con los brazos abiertos.

(Continúa música)

(Música tensión)

Estáis muy bella, Milady.

-Y vos sois muy molesto, Rochefort.

¿Os pensáis que he hecho este viaje para escuchar sandeces?

A fe mía que os tomáis por nuestro amado duque de Buckingham.

-¿Ya está? ¿Vio la carta de la reina?

¿Se percató de que falsificamos su letra?

-Rochefort, cuando me molesto en fingir cualquier cosa,

como el amor, nadie nota el engaño. Deberíais saberlo.

-¿Creéis que el duque vendrá?

-La reina lo llamó y él la quiere.

Nadie como los enamorados para creer en el paraíso.

-Pero corre un riesgo enorme.

-Monsieur De Buckingham ya está en Francia.

-¿De veras? Sois magnífica.

-En unos días sorprenderán al duque en flagrante delito

en la alcoba de la reina.

Será un escándalo, el final de las alianzas.

El rey repudiará a la de Austria.

-Esta vez el cardenal se vengará.

-Es un gran hombre, y yo entiendo de hombres.

Creedme, aún no ha nacido nadie capaz de interponerse en sus planes.

(Música)

(Bullicio)

¡Venid, amigos, venid a ver! ¡No habréis visto nada igual!

(RÍE)

-¿De qué color es este caballo? -Solo un pintor podría decirlo.

-No se habrá visto cosa igual en la ciudad,

es de color botón de oro. -Es verde gris, ese es el color.

-¿Y de qué parte venís, jinete?

De Gascuña, ah. ¿Y por esos lares cómo se llama este?

Verde gris. Ah.

Y decidme vos a cambio,

¿sabéis cómo llamamos allí a una cara como la suya?

No.

que en gascón significa "cornudo". (RÍEN)

¿Cornudo? ¡Con que cornudo!

(RÍEN)

Dios mío, qué bella dama.

¿Quién lanzó la piedra?

¿Quién tiró esta piedra? Responded.

Sí, vos, el que va montado en ese penco.

¿Osáis insultar a Belcebú? Responded a la pregunta.

No he sido yo, y lo lamento,

al insultar al caballo me habéis insultado.

Repito que lo lamento. Ah... Queréis una azotaina.

(RÍE) Vuestro brazo es corto.

Puedo alargarlo.

Ah, despertáis mi interés, monsieur Fanfarrón, os espero.

Eh, y no olvidéis traer a esa bellísima dama,

ella os cerrará los ojos. (RÍEN)

Qué pena que no tengáis la mente tan rápida como la espada.

¿Es que no veis que es un provocador? -Ah, sí, ¿y qué?

-Nos ha visto juntos, hay que matarlo.

Nuestro encuentro debe ser secreto. -Y un secreto será, no temáis.

Batallón de Picardía. A la orden, mi capitán.

Capitán aún no. Ah, yo ya no soy soldado.

Tú serás mi padrino. Mil gracias,

pero solo tengo un pellejo y no deseo que me lo agujereen.

(RÍE) No corres peligro, el padrino contrario es una dama.

¿Una dama?

Ah... En tal caso, contad conmigo. (RÍEN)

-Vamos, apartad, quitad.

En marcha, soldado.

Será un placer mataros, insolente.

Y para mí haceros callar.

¡Ah!

(RÍE)

¡Ey!

¡Oh, ah!

¡Ah! ¡Ah!

Un, dos, un, dos, uno.

¿Qué, vais a darme esa azotaina, caballero?

(SE ESFUERZAN)

¡Ah!

¡Ah!

¡Ah!

(Bullicio)

¿Esta es la dama? ¡Atención a esto, señor!

-¡Ah!

(RÍE)

(RÍE) ¡Ah!

¡Ah!

(Espadas)

-Anda... -Pero ¿habéis visto?

Vamos, en pie.

¡A por ese villano que quiere asesinar a mi señor!

¡A por él! -Vamos a darle una tunda.

-Vamos, vamos. -¡Señor!

-¡Dadle!

-¡Fuera!

¡Fuera!

¡Fuera!

-Sí, se lo merecía. -Se ha llevado unos buenos golpes.

-Mi carruaje.

-Se lo merecía.

(Bullicio)

(Música suspense)

Una carta para Tréville. -¿Qué os decía?

Ya sabéis lo que os toca hacer.

-Levantad y en guardia, si no...

-Oh, monsieur... -¿Qué es lo que queréis?

-¿Levantarse? Como si los muertos pudieran hacerlo.

-¿Ha muerto? -Bah... No habré visto yo muertos.

-Posadero. -Mi señor.

-Y ni una palabra. -Qué generoso sois.

-Qué elegancia, se nota que es una doble dama.

Oh, qué belleza. Callad, que estáis muerto.

¡Eh!

No os mováis así, que no os llevo al cementerio.

Ay, señor.

(SUSPIRA)

¡Pardiez, mi carta! Me la ha robado.

Oh, era todo lo que tenía.

¿Eran bonos del tesoro real quizá?

No, una recomendación de mi padre para monsieur de Tréville,

capitán de los mosqueteros del rey.

Pues la recomendación se hará al contrario,

el caballero que os la ha robado es un hombre del cardenal,

está claro.

Pero con el carácter que tenéis, no os va a durar mucho.

Esa espada es muy indecente.

Le gusta mucho desnudarse.

(RÍEN)

Es un defecto de familia.

¿Por qué dejaste el ejército? Por una mujer.

Ah, ¿y te dejó? Sí.

¿Por qué?

Por el ejército, pero por un oficial.

(RÍEN)

¿Cómo te llamas? Planchet, para serviros.

Para servirme, buena idea, un criado.

En París me harás falta.

¿Y qué queréis hacer en París?

Primero, buscar al hombre de negro y degollarlo. Uh...

Después, entrar en los mosqueteros del rey.

Ya. Pues pase lo que pase, yo salgo perdiendo.

Porque...

Si matáis al hombre del cardenal, moriréis.

Y si por suerte no morís, os haréis mosquetero.

Los mosqueteros no son ricos, por tanto, no cobraré nunca.

(RÍEN)

Bien, ¿qué me dices?

Así que lord Buckingham entrará a escondidas

a los aposentos de la reina.

-¿Sabéis quién le ayudará, Rochefort? Madame de Chevreuse.

-¿Madame de Chevreuse?

Si se exilió a Turena por orden del rey.

-Exacto. Me he encargado, mejor dicho,

Milady ha logrado que la duquesa vuelva a París,

clandestinamente, por supuesto. -¿Podría saber por qué, eminencia?

-No olvidéis que la reina no sabe nada

de la visita de Buckingham,

porque no fue ella quien le escribió la carta,

podría intuir la trampa.

Pero si su mejor amiga, desafiando la orden de exilio,

le anuncia que el duque la espera en su alcoba...

-Irá corriendo, admirable, eminencia.

-Sí, pero con tantas intrigas no busco otra cosa

que el bien de Francia.

Por otro lado, lo que no es tan admirable

son los incidentes como el sucedido en Mens.

-Su eminencia ya ha leído la carta para Tréville.

No es más que un desgraciado, un crío de Gascuña.

-Los gascones son muy ambiciosos, Rochefort.

Sobre todo los que vienen a París.

-Este no llegará nunca a París, eminencia.

-D'Artagnan.

-Un nombre del que su eminencia no volverá a oír hablar.

(RÍE) Tremendo, Planchet.

Qué bonito, ¿eh? Veréis, eh, no...

Impresionante.

-Eh. -Perdón.

Qué maravilla, ¿eh?

-Un caballo sano no puede ser de este color.

-¿Que no? Es el color de los leones. ¿Es que no son fuertes los leones?

-Veamos. Se le notan las costillas.

-Va, dos luises. -Tres.

-Nunca, jamás, no.

En la vida habríais hecho mejor negocio, en la vida.

Podréis haceros ropa nueva

para presentaros ante monsieur de Tréville, anda.

¿Tres luises?

¿Le has dicho que cojea? Claro que no, hay que irse.

¡Uh, vamos!

-¡Está cojo! ¡Ladrón! (RÍEN)

(Música)

¡Ah!

-¡Vamos, en guardia!

(Bullicio)

-¡Cuidado, por Dios, que estas espadas no son de juguete!

(SE ESFUERZAN)

Perdón.

Vengo de Gascuña para ver al capitán de los mosqueteros del rey.

¡Es inadmisible!

Apresados, mis mosqueteros no son ladrones.

¿Quién los detuvo, la guardia del cardenal?

Lamentable.

Silencio, Aramis.

¿Por qué razón me habéis pedido la casaca

con lo bien que os queda la sotana?

Y vos, Porthos, ¿merece la pena lucir ese tahalí

para llevar una espada de madera?

Silencio.

¿Y Athos?

No lo veo. ¿Y Athos?

Hablad.

Está... enfermo. ¿Enfermo un mosquetero?

Es viruela, seguro. (TARTAMUDEA) ¿Viruela? Falso.

¿Y vos, qué queréis?

-Un tal monsieur D'Artagnan o D'Ortolan, de Gascuña,

insiste en que le reciba, señor. -De Gascuña...

Bien, poneos ahí y no chistéis más.

Pardiez, solo me queda hacer una cosa,

acercarme al Louvre a presentar mi dimisión al rey. Me haré abad.

Qué suerte la mía. No es cierto, monsieur.

Díselo tú, Aramis.

¿No es cierto qué?

Nos atacaron seis contra tres, cuatro acabaron en el suelo.

¿Y Athos?

aunque al final el tigre cayó herido.

Esto me gusta más.

Vaya, veo que el cardenal ya ha empezado la partida.

Pero os lo ruego, no le habléis a Athos de su herida.

¿Me ha llamado, monsieur? Menudo susto, Athos.

Por un momento pensé que teníais la viruela...

No, señor...

¡Un cirujano, el mejor, el del rey!

Apartad. Necesitáis... Aire.

¿Qué me decís, gascón?

Así había imaginado que era un mosquetero.

Con que así, ¿eh?

¿Quién os envía?

¿Sois el hijo de D'Artagnan?

(RÍE) ¡Vive Dios, un gascón como yo!

¿No os dio una carta para mí?

¿Qué...? ¿Un gascón que deja que le roben?

Eran tres.

Maté a dos. Ah.

¿Y el tercero?

¿Lo reconoceríais?

¿Cómo es?

Vestía de negro, con una cicatriz en la barba.

Y estaba con una mujer tan bella que casi caigo del caballo.

Rubia, ¿eh? ¿Con aspecto de inglesa?

Bueno, nunca he visto una inglesa. Ah, ya.

¿Y qué es lo que pretendéis?

Dos cosas, vengarme e ingresar en este cuerpo.

No haréis ni una cosa ni la otra. No es fácil ser un mosquetero,

y un pobre gusano no se venga de las personas más poderosas.

¡Maldición, es él! ¡No se me escapará!

¡Ah! Disculpad, monsieur.

¿Disculpad y adiós? ¿Y ya está?

Sí, pero... Soltadme, ¿no veis que voy buscando alguien?

A mí me hallaréis sin correr. ¿Dónde si os place?

En los Carmelitas, a mediodía. Allí estaré.

Y no me hagáis esperar. Estaré allí a menos 10.

(RÍEN)

¿Tan salvaje sois que me desnudáis en público?

Disculpad, tengo prisa. Pues yo no. Os enseñaré modales.

No tengo tiempo. Pues sacad un minuto a mediodía.

Esperaré tras el Luxemburgo. A mediodía imposible, a la una.

(RÍEN)

Sí, ¿vos creéis que es posible? -¿Está con el cardenal?

¿Es él?

Monsieur, monsieur... Se os ha caído el pañuelo.

¿A mí, monsieur? Pues qué pena, es de una gran finura.

-"CB".

Eso ya lo vemos, "CB". Oh, Camille de Boitrasille.

(RÍE)

Lo encontré y no me acordaba de él. Oíd, no os pedimos explicaciones.

-Los buenos amigos saben ser discretos.

(RÍEN)

Caballero, aunque seáis de Gascuña,

sabréis que no se pisa porque sí un pañuelo de mujer.

Señor, buscad conmigo pelea en otra ocasión, hoy no puedo.

Yo no busco nada, monsieur.

¿Por qué fuisteis tan torpe de darme el pañuelo?

Por vuestra torpeza de tirarlo.

Os repito, monsieur, que no ha salido de mi bolsillo.

Ya habéis mentido dos veces, porque yo lo he visto caer.

Señor gascón, si seguís con ese tono...

Bien. ¿Dónde? No antes de las dos.

A las dos me va bien. En el convento.

Quizá muera entre mediodía y las dos,

pero si no muero, allí estaré.

Está con el cardenal.

El que buscáis. Lo seguí esta mañana yendo a casa de su eminencia,

y como si fuera su casa, ahora tenéis al cardenal en contra

y dos duelos pendientes.

¿Tres?

Menuda manera de empezar.

Yo en vuestro lugar, me volvería a Gascuña.

Prefiero morir.

Lo conseguiréis si os presentáis en los Carmelitas.

Y yo que os había encontrado una buena habitación

en casa de un burgués simpático.

¿A la habitación?

Después nos despediremos.

Pues puedo hacer de padrino.

Aunque pudiera comprarte una espada, ellos son tres.

En Mens...

Sí, pero los de Mens no eran mosqueteros.

Pues mejor no ir.

Los mosqueteros me han hecho el honor de querer retarme en duelo.

No pienso faltar.

Pero no puede ser tan gascón. Será posible.

(Campanadas)

Ah.

Disculpad el retraso de mis tres testigos.

Y vos la ausencia de los míos.

Pero salvo a monsieur de Tréville, no conozco a nadie aquí.

Empecemos, monsieur.

Y creedme, lamentaré matar a un mosquetero.

Pero, ¿qué os creéis?

En guardia y empecemos. Sea.

¿Qué, estos son vuestros padrinos? ¿Es que no os satisfacen?

Oh, sí. Tanto que debo batirme contra ambos.

Esto es fabuloso.

Yo me voy a batir por mi hombro, pero ¿tú?

¿Yo? Porque discrepamos en un punto de las tesis de San Agustín.

Ah, bien. ¿Y tú?

Yo me bato porque sí.

Creo que es inútil, monsieur Porthos,

de hecho, permitid que me disculpe ante los tres.

¿Qué? A ver.

Os pido disculpas por si no puede pagaros mi deuda.

Vos tenéis derecho a matarme primero, monsieur Athos,

lo que merma vuestras posibilidades de hacerlo, monsieur Porthos,

y reduce las vuestras casi a cero, monsieur Aramis.

¡Ah! ¡La guardia del cardenal!

¡Alto! ¿Os batís? ¿Y qué hay de las leyes?

(RÍE) ¡Adiós!

Os impediremos este duelo.

Cinco contra tres, para no perder las buenas costumbres.

No, cuatro. No sois de los nuestros.

Me siento un mosquetero de corazón.

¡Por el cardenal! (MOSQUETEROS) ¡Por el rey!

¡Acabad primero con el mocoso, ve tú!

Ah.

¡Pardiez con el gascón!

Os atravesaré, descubríos.

Venga. ¿Os retiráis?

Seguidme.

¡Oh!

(RÍE) Que Dios me perdone.

¡Ah!

Decidme todo lo malo que pensáis del cardenal.

Vamos, hablad, hablad. ¿No?

(RÍE)

Se acabó, monsieur.

¡Ah!

Ah...

Adelante, recoged vuestra espada y continuamos.

A no ser que yo le dé una estocada. No, ya es suficiente.

(RÍE)

Mirad al gascón.

Pues no es muy ortodoxo.

No, pero eficaz. Sí.

¿Vuestro nombre, monsieur? ¿A qué viene eso?

¡Voy a matar!

Ah...

Vuestro nombre, monsieur.

Se llama Bernallou. Tenéis talento, monsieur.

Bernallou es el mejor tirador de la guardia del cardenal.

Era. Ah.

Hubiera preferido que me lo dejarais,

es el responsable de que tenga así el hombro.

Disculpad, monsieur, de haberlo sabido...

¿Vos qué hacíais en casa de monsieur de Tréville?

Quería alistarme en los mosqueteros.

Si seguís matando a las gentes del cardenal,

os alistaréis seguro.

Ah, por desgracia, aún me quedan tres duelos.

Estoy listo, monsieur.

(RÍEN)

Os propongo un ataque en otro terreno.

Tengo en casa unas empanadas estupendas

y unas botellas del afamado vino de Bollaincy.

¡Oh, buena idea! Oh, ten cuidado.

Ah, perdóname. Vamos, pues en marcha, chicos.

(Música)

¡Eh!

(RÍEN)

¡Viva Gascuña! ¡Viva el rey!

¡Viva Gascuña! ¡Viva!

¡Viva el rey! (TODOS) ¡Viva!

(TARAREAN)

¿Vuestros mosqueteros huyendo de la guardia del cardenal?

Por favor...

-Mis mosqueteros no, Tréville,

cuando los vencen son vuestros mosqueteros.

-Sí, señor. -Athos, el invencible, está herido,

y los heroicos Porthos y Aramis salieron corriendo.

-Imposible.

Un mosquetero podrá correr detrás de alguien,

pero jamás delante.

-Pues se llevaron una paliza.

Si hubierais visto la sonrisita que puso el cardenal

cuando vino a anunciármelo. ¡Querría estrangularlo!

-Vuestra Majestad debería ceder a sus impulsos de vez en cuando.

-El cardenal es un buen ministro, Tréville.

El problema es que a veces piensa que él es el rey.

Si aún tolero que tenga su propia guardia,

con el pretexto de que sea su policía la que cuide de la mía,

¡es porque espero algo!

Que los mosqueteros reduzcan poco a poco sus efectivos,

pero, por desgracia, está pasando lo contrario.

-Su eminencia al cardenal y duque de Richelieu.

-Como me informe de otra derrota, os hago canónigo, palabra de rey.

-Majestad, vengo a pedir justicia. -¿Justicia?

Si sois vos el que se encarga de eso, de hecho, de eso y de todo.

-Majestad, mi guardia, siendo en primer lugar

la guardia de vuestra Majestad,

ha perdido a cinco de sus mejores hombres.

-Diantre, ¿una epidemia?

-Sí, una epidemia llamada los mosqueteros.

-¿Y cuántos eran? -Tres.

-¿Cuántos quedan? -Cuatro.

-Ah, un raro resultado que supera mis conocimientos de cálculo.

Explicaos, eminencia.

-Espero que vuestra Majestad tenga la bondad

de interrogar a los culpables. -¿Los culpables?

-Desde luego, los culpables.

Mi edicto prohíbe los duelos, con la venia de vuestra Majestad.

Es necesario que el edicto se respete,

si no, todos los nobles franceses se matarán entre sí sin sentido.

Majestad, exijo que esta vez el castigo sea ejemplar.

-Que los hagan venir, Tréville.

-No os mováis, me he tomado la libertad de buscarlos,

están en la puerta.

He pensado que vuestra Majestad... -Habéis hecho bien, eminencia.

-Permitid que me retire.

Quiero el nombre del que ha matado a Bernallou,

de él me ocuparé personalmente.

¿Quién mató a Bernallou?

¿Quién mató a Bernallou?

-¿Quién ha matado a Bernallou? Hablad.

Fui yo, majestad.

Pero no es un mosquetero.

-No, majestad, es hijo de un viejo amigo mío gascón

que sirvió fielmente a vuestro padre, el gran Enrique IV.

-¿Cuándo llegó a París? -Hoy, majestad.

-¿Y ya ha matado al mejor guardia del cardenal?

Sí que va con prisa.

(TODOS) Sí, sí...

Perdón, majestad.

¿Y por qué estaba con vosotros?

Precisamente, señor, porque tenía mucha prisa.

Yo tenía prisa por ser mosquetero del rey, majestad.

Majestad...

-Joven, no basta con ser gascón y batirse en duelo

nada más llegar a París para ser un mosquetero.

Es un regimiento de élite,

no es suficiente haber luchado en la calle, sino en batalla.

Espero, Tréville, que se lo hayáis explicado.

-No he tenido tiempo, tenía mucha prisa.

-El cardenal ha pedido que seáis castigado.

Le doy la razón, seréis castigado.

Tendréis que redimiros.

Como guardia, en el regimiento de monsieur de Desarts.

¡Gracias, majestad! No...

Sois demasiado bueno.

Sin duda, tenéis mucho ímpetu, joven, hasta dando las gracias.

Señores, son galones, hay que celebrarlo.

Me salvasteis la vida, D'Artagnan, no lo olvidaré.

Éramos tres y ahora somos cuatro.

(RÍE) ¿Y ese vino de Bollaincy, Athos, todavía queda?

Cuidado.

¿Dónde creéis que estáis, señores? Os lo ruego.

(Música)

¿Y bien?

-D'Artagnan ha sido admitido por el rey en su guardia.

-Ayer en Mens, hoy en los Carmelitas,

y luego con el rey. Vence tres veces.

Con que no volvería oír hablar de él...

Sin duda, Rochefort, tenemos mala suerte.

Madame de Lannoy acaba de informarme

de que la joven madame Bonacieux ha escapado.

(Música)

Pero cuando vuelva, ¿qué vas a hacer?

-Volver a colocar la tarima, claro.

Hoy mismo te han dado el uniforme de guardia del rey

y el vino es en primer lugar del rey, a la salud del rey.

(TODOS) ¡A la salud del rey!

Planchet, ¿viene ya, no?

Vamos, Planchet, que hay sed. Sí.

De 1625, el mejor vino de monsieur Bonacieux.

Ah. Tu estilo de aprovisionarnos también es muy especial, Planchet.

Monsieur Bonacieux es vuestro casero,

por tanto, el vino no saldrá de su casa.

A ver, déjame verlo.

Ah, 1625, entonces, es mejor no dejarlo envejecer más.

A tu salud, Planchet. Sí, a tu salud.

¿Y nosotros qué?

-Si mi amo, monsieur Porthos te invita, beberás.

Este asado está bueno. ¿Podéis pasarme el pan?

(Puerta)

El viejo. Dios... Se agotará la fuente.

-Constance.

Constance.

Ah, eres tú.

¿Es el alquiler de tu amo? -Sí, es...

No, esto es... No puedo.

Es una carta que estaba debajo de vuestra puerta.

-¿A dónde vas?

-A por unas botellas de vino,

monsieur D'Artagnan celebra que ha entrado en la guardia del rey.

Hay que brindar por ello, ¿no? -Con mi vino no.

Que monsieur D'Artagnan me pague primero el alquiler.

-Ya...

-Por cierto, ¿cómo has dado con el vino?

-Soy brujo.

(Música tensión)

¿Y qué, encontraste el vino?

-Dios me libre, vos me lo impedisteis.

-Olvídalo, está ahí, en la despensa. Toma.

Sírvete, seguro que todavía te queda sitio en los bolsillos.

-No, no, no tengo bolsillos, monsieur.

-¿Y dices que tu amor ha entrado en la guardia del rey?

-Sí.

-Bravo, tras los mosqueteros son los mejores espadachines.

-Yo he visto a monsieur D'Artagnan matar a cuatro hombres

en menos que canta un gallo. -¿A cuatro?

-Cuatro.

-Ten, toma, lleva estas botellas también.

Súbeselas a tu amo y dile que quiero hablar con él enseguida.

Vamos. Vamos. Deprisa. Deprisa, deprisa.

(Música)

(SUSPIRA)

Señor, ¿por qué a mí? ¿Qué os he hecho yo?

Dios del cielo...

(LEE) "Os devolveremos a vuestra esposa

cuando ya no la necesitemos.

No la busquéis, si no, estaréis perdido".

¿Es por el alquiler?

Os aviso que no soporto este tipo de conversaciones.

Oh, Dios me libre de cometer tal bajeza, monsieur.

No, no.

Quería hablarle de mi mujer, se la han llevado.

Llevado... Interesante. Ah.

¿Un galán? Podría haber sido, monsieur.

De hecho, Constance es bellísima.

Ser bella y llamarse Constance, monsieur Bonacieux.

Qué problema para una dama.

Os equivocáis, monsieur,

no es un galán el que se la ha llevado. No, no.

Creo que se trata de una historia de amor,

pero que no es la suya.

(CHISTA) No puedo decíroslo.

Adivinadlo. Arriba.

Lo más alto posible.

No será de la reina... Yo no he dicho nada.

¿Con quién?

Con el duque, el duque de...

No lo nombréis, por Dios. Sobre todo nada de nombres.

Decidme, monsieur Bonacieux, ¿cómo sabéis vos esto?

¿Es que os enteráis de todo? ¿Puedo vivir de otro modo?

Constance es ahijada del duque de la Porte,

el ayuda de cámara de la reina, es él,

él la introdujo en su círculo social.

Y ahora la reina le cuenta todo a Constance.

Y Constance os lo cuenta a vos.

Todo claro, monsieur Bonacieux,

el cardenal mandó raptarla para hacerla hablar.

Nada de nombres, monsieur. Sin nombres.

Sin gimotear, monsieur Bonacieux.

Contadme qué es lo que pasó antes de raptar a vuestra esposa.

No me acuerdo de nada.

Me quedé tan... Estaba tan...

Ah, sí, ya recuerdo, mirad.

Ese mismo día vino una dama con un velo, en un carruaje.

Dejó un paquete para Constance.

No lo he abierto de pura angustia.

(Música)

Las iniciales de la duquesa de Chevreuse.

Ah, no hay duda, trajo este pañuelo para que Constance supiera

que está en París.

¿Por qué tanto misterio? No es un delito.

El rey fue quien envió a la duquesa al exilio.

Si se ha arriesgado a volver,

es que va a ocurrir algo grave. Muy grave.

O que vendrá alguien, por ejemplo, el duque de...

(CHISTA) Sin nombres, sin nombres, os lo ruego, no digáis ninguno.

Si lo entiendo bien,

me pedís que a cambio del alquiler proteja a madame Bonacieux.

¿A madame Bonacieux?

Pero, pero ¿por qué a madame Bonacieux?

Es a mí, a mí a quien debéis proteger.

Sé demasiado, sé demasiado para ser un mercero.

Y... y como sé tantas cosas,

parece que conspiro contra el cardenal,

y el cardenal...

me pone los pelos de punta.

Encontraré a la burguesa, os lo garantizo.

-Se os ha escapado de las manos, imbécil.

Al galope.

-Las burguesas nunca van al galope, vuelven tranquilamente a su casa.

-O con la reina.

Si no capturamos a la esposa, vamos a por el marido.

Atención.

No os olvidéis, Athos, raptaron a una mujer,

quizá la torturen.

Ah, siempre se os desboca la imaginación, ¿eh?

Se llevan a una mujer, la más bella de las criaturas, ¿eh?

Una mujer única. Ah, quién sabe.

Ah, no, la segunda, acordaos, Milady también era única.

Y lo puedo afirmar, la vi.

¿Y si madame Bonacieux fuera igual de bella?

A fe mía que no sabría qué decir.

La desconfianza debe aumentar

a la par que la belleza de las mujeres.

Sí, pero pasa al contrario, cuanto más bella,

más dispuesto está el hombre a confiarle su vida.

A mí me gustan bien grandes, y no les doy mucha conversación.

(RÍE) Muy bien, Porthos,

pero eso ya es prestarles demasiada atención.

¿Sabremos algún día, Athos, por qué tal desencanto?

(Bullicio)

Algún día.

Pero debéis ser pacientes,

porque os lo diré el día de mi muerte,

y tengo intención de morir viejo. (RÍEN)

¡Es él!

(Música tensión)

Esta vez no se escapará.

(Música acción)

¡Arre!

No, no, no, por favor.

-Fuera.

-Eh.

-¡Arre, ya!

Eh, aquí estáis, venid.

Debéis venir. Debéis venir a ver lo que ocurre.

¿Qué pasa? Ahora veréis.

¿Qué pasa? Se han llevado a Bonacieux.

Sí, le toca al marido.

La próxima vez será el inquilino. No me quedaré cruzado de brazos.

Amigo mío, ya os habéis ganado las indulgencias.

Yo que vos empezaría por mudarme.

Porthos es un necio que a veces dice cosas muy sensatas.

Interrogarán al burgués.

Si el cardenal se entera de que ese maldito gascón,

que tantos problemas ha causado, vive casualmente con nosotros

en casa de Bonacieux... Pura casualidad.

Que sigáis con vida no será pura casualidad.

No me voy a mudar. Liberaré a madame Bonacieux.

Sí, la liberaré, y mataré al hombre de negro.

Este gascón es más testarudo que una manada de uros.

Pero qué voluntad tiene.

Si veo que alguien quiere subir a la luna,

yo le doy impulso.

(Música)

¿Así que estáis conmigo? Solo si nos tuteas.

El que te toque un solo pelo será reo de muerte.

¿Verdad, Aramis?

Qué pena, el seminario tendrá que esperar.

Uno para todos. (TODOS) Todos para uno.

(Continúa música)

¡Uno para todos! (TODOS) ¡Todos para uno!

(RÍEN)

(Llaman a la puerta)

Ve a abrir, Planchet. Sí.

(RÍEN)

Dime, Bazin, ¿arde mi casa? No, mi señor, no está ardiendo.

¿Una visita?

Me indicasteis que no hablara nunca ante vuestros amigos.

(Música suspense)

Muy bien.

D'Artagnan, quería decirte...

No, no, quería darte las gracias por tu hospitalidad

y que me disculpéis. Sí, me esperan.

Ah, sí.

(RÍE) Ay, puñetero Aramis, uno para todos, todos para uno,

pero si hay una mujer de por medio se le olvida.

(RÍEN)

Desde que cae la noche os protejo. He aquí el sereno.

Desde que cae la noche os protejo.

(Llaman a la puerta)

(Música suave)

¿Cómo habéis vuelto, madame?

Contra la voluntad del rey, pero al servicio de la reina.

Estamos aquí, Aramis.

El duque ha cruzado el canal, será esta noche.

¿Conocéis a una tal madame Bonacieux?

Sí, ella avisará a la reina cuando el duque esté en París.

El cardenal la ha secuestrado, y a su marido.

¿Qué decís, Aramis?

(Música tensión)

Desde que cae la noche os protejo.

He aquí el sereno.

-La burguesa.

-Desde que cae la noche os protejo.

(RESPIRA AGITADAMENTE)

Es brujería. ¿A quién se llevarán ahora?

(CHISTA) Mira. Una mujer.

(Música suave)

Y si la luna no miente, es una mujer bella.

Será la esposa de monsieur Bonacieux.

La apresarán de nuevo.

¿Cuántos son? Tres.

¿Tres solamente? Pero se la llevarán.

¡Eh!

Eso es lo que espero, que la cojan.

Será una ocasión perfecta para conocerla.

Ah...

Esposo mío, ¿estáis ahí?

(Música suspense)

(GRITA) ¡Ah, ah!

¡Canalla!

(GRITA) ¡Ah, ah!

Cobardes, os merecéis una gran paliza.

Ay...

O tal vez ni eso.

(FORCEJEAN)

Ah...

Ah...

¡Fuera!

¡Largo de aquí!

(Música suave)

¿Dónde estoy?

Pero os esperaba demasiada gente, así que hice sitio.

¿Fuisteis vos?

Ah...

Estoy temblando.

Estáis aún más bella.

Pero ¿cuántos eran? Serían unos 10.

Ni mucho menos. Yo he contado tres, aunque soy gascón.

Pero... ¿Quién sois vos?

El caballero D'Artagnan, para serviros.

¿De dónde salís?

Del techo. Ah.

Sí, soy vuestro inquilino. Aunque la renta está saldada.

Jamás olvidaré que sois mi salvador, monsieur, y se lo diré a mi esposo.

Se alegrará, pero si nos quedamos aquí van a volver,

y ahora serán 10. Eran guardias del cardenal.

Os equivocáis. Eran ladrones.

Los guardias del cardenal no se ocuparían de una mujer

sin importancia como yo.

Ya me las he visto con ellos, y os aseguro que no me equivoco.

¿Sois su amigo?

Más en la muerte porque ya he matado a dos.

Entonces, ¿sois leal al rey?

Vos lo tenéis todo.

Me encantaría seguir hablando, pero hay que salir de aquí.

Planchet.

No disimules, sé que me oyes.

Mi jubón y mi sombrero al galope.

¿Dónde está?

No, no, mi marido.

¿Dónde?

Parecerá cruel, pero me alegro. Nunca estuve en la Bastilla.

¿Y qué tiene en contra de mi marido, por qué se alegra?

Porque tiene algo muy bello que le envidio mucho.

¿El qué?

Qué misterioso sois.

Os equivocáis, os respeto en cuerpo y alma.

Os llevaré a casa de un amigo y os pondré a salvo.

¿De cuál?

No puede ser, tenía una cita.

Monsieur Porthos está de guardia en el Louvre.

Solo queda la calle Ferou, la casa de Athos.

Oh, tampoco puede ser, bien sabéis que monsieur Athos

no aprecia la compañía de las damas.

Dile que le espero, que es urgente.

Yo llevaré a madame a su casa;

encárgate de que no cierre la puerta.

(RÍE) Por supuesto.

-Gracias, monsieur, cuántos problemas le causo.

(RÍE) Ay, madame, mi vida carecía de complicaciones

y os doy las gracias.

(Música romántica)

Venid.

Ah...

No. Pero ruego que me deis el brazo. Estos suelos son muy resbaladizos.

(Música suave)

El uniforme os favorece mucho, monsieur.

Lo he estrenado hoy, con usted, es mi día de suerte.

¿Monsieur de Desarts os ha nombrado?

Así que ya sabéis que podéis confiar en mí.

(RÍE) Si no tengo nada que confiaros.

querría ver en vos un impulso. Pero ¿qué impulso?

Uno que responda al mío.

Dios mío... Qué impetuoso.

(RÍE) Eso parece.

Y el corazón de un hombre impetuoso late más

que si luchara contra la guardia del cardenal.

Mira, toca. ¡Ah!

Ah, ¿qué he hecho?

No es nada. Ya nos ha unido un lazo de sangre.

Tengo ganas de poneros a prueba.

¿Os gustaría sustituir a mi marido por una noche?

¿Reemplazarle? Todas las noches que deseéis.

(RÍE) Pero ¿qué es lo que habéis pensado?

Me refiero a una misión, o mejor dicho, llevar un recado.

¿A dónde hay que ir? ¿A las Indias, a China?

Al Louvre simplemente.

No tan alto, a monsieur de la Porte, mi padrino.

¿Qué debo decirle?

Solo que no tiene que preocuparse por mí.

Que todo va bien.

No. Debéis decirle también: "Estamos aquí".

¿Quiénes?

Caballero, no me molesta que seáis impetuoso,

pero dentro de lo que es razonable.

Además, ya os he dicho mucho por hoy, y mucho os he dado.

Bueno, Planchet, ¿vienes o no? Aquí estoy, monsieur Athos.

(Música suave)

¿Ya está aquí?

No, vendrá en un carruaje cerrado, es más seguro.

Decidle a mi ahijada que se cuide bien,

la reina, que la quiere mucho, podrá pasarse unos días más sin ella.

Adiós, monsieur.

Madame Bonacieux, además, me ha encargado

que os dé un mensaje muy simple: "Estamos aquí".

Oh.

(Música tensión)

Pardiez, menuda reacción.

¿Madame Bonacieux?

(RÍEN)

Eh, has estado, ¿eh? ¿Vienes a verme?

No, la verdad es que no.

¿Y qué haces en el Louvre? Estoy de visita.

El trazo de vuestro bello rostro,

que el tiempo ha pintado en mi corazón, no borró,

y lo llevo siempre impreso conmigo, como un cuadro casi vivo.

Tengo, sin embargo, la cosa más rara de la que mi estudio habla.

-Madame, un hombre viene. -Continuad, madame de Lannoy.

(RÍEN)

-Vuestro semblante al marco hace honor,

como un retrato en el templo de su Dios.

-Canta "Un hombre viene".

-Señoritas, ya terminó la hora de música.

-No, que cante.

(CANTA LÍRICO) -"Por las praderas floreadas

viene un hombre.

Viene y viene un hombre.

Viene un hombre..."

(Música suave)

Misión cumplida.

Ah. Me habéis asustado.

No veo el porqué.

¿Os marcháis? ¿A dónde? No me preguntéis nada.

Es el último favor que os pido.

¿Creéis vos que un hombre dejaría ir sola de noche

a la merced de sus enemigos a la mujer que ama?

Con qué rapidez habláis de amor, monsieur.

Es que ha surgido muy rápido. Por primera vez.

Se nota, pero ¿no sabéis que las mujeres exigen pruebas?

Pues exigidme 100, 1000.

Una. Quedaos aquí.

Y juradme que no vais a intentar ni seguirme ni espiarme.

Oh, señora, es terrible que me pidáis eso.

¿No iréis al encuentro de algún galán?

¿Yo?

(Música suave)

Constance.

¿Me lo juráis?

(Continúa música)

(Música suspense)

Será...

Monsieur.

No, estoy bien, pero no monsieur Athos,

lo han apresado.

Sí, lo han detenido en lugar de a vos.

Lo han llevado a la Bastilla.

Qué osado, se ha atrevido. Porthos, coged la orden.

¿Que sus guardias se han llevado a Athos?

Voy a ver al cardenal, malditos. -Servicio del cardenal.

-¡Eh, deteneos!

-Es un servicio del cardenal, capitán Tréville.

-Esta es la casa del rey.

Su esposo...

Dejadles pasar.

El que me robó.

¿Qué pasa, gascón, ya no lo perseguís?

Lleva a mi casero,

lleva al marido de Constance a casa del cardenal.

Ya estamos, así que es eso. Algo va mal, ¿eh?

Escuchad, monsieur, id a ver a la reina antes que a Athos.

Porthos.

Ah...

Ah...

-Monsieur Bonacieux.

-Monsieur Bonacieux, tengo que daros una mala noticia.

Se os acusa de alta traición. -¿A mí?

Imposible, no sé de política.

-A vuestra esposa, así que es lo mismo.

Cuando se comparte el lecho con una persona tan bella,

Monsieur Bonacieux, se comparten también las ideas y los secretos.

Es muy peligroso.

En ciertos casos puede llegar a ser mortal.

-Pero... os juro ante Dios que soy inocente.

-Si seguís siendo tan estúpido,

muy pronto tendréis la ocasión, monsieur Bonacieux,

de jurar de verdad ante él.

Repetidme lo que os ha contado vuestra esposa

sobre la duquesa de Chevreuse y monsieur Buckingham.

Seguro que os dijo algo, así que haced memoria.

-Yo... Jamás, jamás, os lo juro, monsieur.

-Querréis decir eminencia. -Vuestra...

Dios mío, el cardenal. Lo confesaré todo.

Eres tú.

¿Dónde está? ¿Quién?

Ya estamos.

Verás... Déjalo ya.

¿Dónde está el duque? No debe ir al Louvre.

En breve el cardenal sabrá que el duque está con la reina.

Tienen un modo de salvarse,

que los ayudemos tú y yo.

Debéis iros, mi lord. De inmediato, os lo ruego, por favor.

-Pero vos me habéis llamado, madame.

-Yo no os he escrito, mi lord, es una trampa.

Quieren mi ruina y la vuestra también.

-¿Una trampa? ¿Quién tendería una trampa a la reina de Francia?

-El cardenal, por supuesto.

Me odia, fastidio su política.

Huid, mi lord, nos jugamos mi honor, y puede que vuestra vida.

-Al menos habré muerto feliz porque os volví a ver.

-Decir esas palabras es inútil, lo nuestro es imposible y lo sabéis.

Mis votos, nuestros reinos, todo nos separa.

-Salvo el amor.

-Yo nunca os he dicho que os amo.

-Mas no me habéis dicho que no me amáis.

Ana, ¿recordáis la velada en Amiens? -No, dejadme, fui una tonta.

Olvidaos de Amiens y de mí. -¿Que os olvide?

Hasta el cardenal Richelieu piensa que soy incapaz de ello.

¿Seréis más severa que él?

-Entonces, no me olvidéis, tal vez lo deseo, pero marchaos.

Si me sorprendieran cerca de vos...

-Si el cardenal o el mismo rey os tocan un solo cabello,

llorarán lágrimas de sangre.

Inglaterra se unirá a los protestantes de La Rochelle

y habrá guerra. -Os lo prohíbo, sería un crimen.

-Os quiero tanto que cometería un crimen por vos;

para que renuncie a vos deberán matarme,

quizá me maten igualmente.

Anoche soñé que me apuñalaban. -Oh, Dios mío.

Yo también sueño con que os asesinan.

-Oh... ¿Veis cómo sí me amáis?

Dios nos envía los mismos sueños. -Marchaos.

Tal vez sí os ame, o tal vez no, pero quiero que viváis.

Volved como embajador con una guardia que os defienda

y entonces me alegraré de volver a veros.

-Me gustaría creeros.

-Si os doy una prenda, un objeto mío,

y que vos podréis llevar, ¿os iréis?

-Al instante.

(Música)

-Esperad.

(Continúa música)

Mis doncellas, madame, voy a dormir. -Bien, madame.

Son los herretes de diamantes que llevaba en Amiens,

la primera vez que me visteis.

(Continúa música)

-Los cuidaré con mi vida, madame.

(Música tensión)

Eminencia, el duque de Buckingham está con la reina.

-¿Qué hacemos, eminencia?

-Lo que a vos os parezca mejor, Rochefort.

De Wardes, vuestros hombres. -¿Todos?

-Todos.

(Música tensión)

Pero...

¿A quién?

Vuestro marido ya ha hablado con el cardenal.

Pero si...

(Continúa música)

Disculpad, mi lord, debéis huir enseguida,

Rochefort está... -¿Dónde?

-No miro.

Ahí está, venid.

-Alto.

¿A quién habláis?

(Música)

¿A Porthos, mosquetero del rey?

Por aquí, mi lord.

(Música)

El salvoconducto.

Arre.

Vamos, defendeos, mosquetero.

-¿Por qué se celebra un duelo en mis dependencias?

Eh...

Que vuestra majestad nos disculpe, estábamos solo de broma.

Os presento mis disculpas, majestad.

¡Dejad paso, servicio del cardenal! (RÍE)

(Música)

Gracias.

(LEE) "Dejad pasar al mosquetero y a su escolta, firmado Tréville".

¿Tréville?

¿Por qué no lleva el mosquetero la orden?

Miradlo, apenas se sostiene derecho.

¿Herido en duelo?

Ah.

Adelante. Guarda, la puerta.

Vamos, ven, el aire te vendrá bien.

Continúe, mi lord.

(Música tensión)

Su eminencia, el cardenal Richelieu.

-Pedisteis convocar a monsieur de Tréville, y aquí está.

-¿Puedo saber qué es lo que sucede? -Justo a tiempo,

porque quería quejarme de los guardias de su eminencia.

Tenéis a Athos en la Bastilla, ¿por qué razón?

-El motivo que me trae aquí es más grave.

Vuestros mosqueteros estuvieron de guardia en el Louvre, ¿verdad?

-Exacto. -Dos de ellos se ausentaron,

¿por qué? -Es muy inusual.

-Tréville, responded.

-Yo mismo hice guardia y todos mis hombres estaban conmigo,

salvo Athos.

Su eminencia yerra o le han engañado.

-Ni lo uno ni lo otro.

-Veo que a su eminencia ya solo le falta decir

que soy un mentiroso. -Os conozco muy bien, cardenal,

por eso sé que si lo decís, es que también lo podéis demostrar.

-No quiera Dios, majestad, que se me ocurra siquiera dudar

de la palabra de monsieur de Tréville.

Es evidente que me han informado mal, no se hable más.

-Hablemos pues de Athos, si a su eminencia no le importa.

-Athos fue arrestado por error. Confundido con otro.

De hecho, venía a pedirle a vuestra majestad

que fuera tan amable de firmar su orden de libertad.

-Bien está lo que bien acaba. Os doy las gracias, eminencia.

-Ah, por cierto, ¿ese D'Artagnan qué hacia anoche en el Louvre?

Seguro que vais a contestar que vino a veros.

-Exacto.

Traía noticias de su padre, que es un viejo amigo mío.

-Por supuesto que tendría que haberlo adivinado.

Os doy las gracias, monsieur de Tréville.

Al diablo la Gascuña y los gascones, majestad.

Ese D'Artagnan y sus amigos conspiraron descaradamente

contra vuestra majestad. -¿Contra mí? Imposible.

-Juzgadlo vos mismo.

La reina tuvo una visita clandestina y ellos protegieron al visitante.

-¿Qué visitante? -El duque de Buckingham.

(Música)

(CANTAN LÍRICO)

-Si vuestra majestad me disculpa... -¿Qué ocurre, monsieur de la Porte?

-El canciller Seguier está aquí. Lo envía el rey.

-¿Qué deseáis, monsieur? -Me avergüenzo, madame.

Vengo a cumplir una misión por orden del rey.

-¿Qué misión?

-¿Por qué tendría que elegirme a mí?

-Hablad, monsieur.

-Debo registrar vuestros papeles, madame.

-En efecto, es algo vergonzoso. -Solo cumplo órdenes del rey.

-Pues registrad, monsieur.

Tomad las llaves de mis mesas y armarios.

¿Y bien? -Como pensaba, el estuche no está.

Son los herretes.

-Madame, aún me falta registrar lo más importante.

-¿El qué?

-Su majestad tiene la certeza de que hoy habéis escrito una carta,

aún no ha salido,

y puesto que no está en ninguno de los muebles...

Oh, qué bochorno.

-Tendríais que registrarme a mí. -Lo siento, madame,

su majestad me ha autorizado.

-Los espías de su eminencia saben mucho.

Escribí una carta, pero no la he enviado, está aquí.

-Os ruego que me deis la carta, madame.

-Se la daré al rey.

-Si el rey hubiera querido que se la entregarais,

os lo habría pedido él mismo. -Qué infamia.

No deis un paso más.

Aquí tenéis.

(LLORA)

¿Y bien?

-Buckingham se llevó el estuche con los herretes de diamantes,

regalo del rey.

-Su majestad quiere que su eminencia sea tan amable

de volver al despacho.

-Ah, no es una carta de amor, eminencia, es de política.

Y no va dirigida al inglés, sino al español.

-Me alegro, majestad, y...

Y veo que sugiere que le haga un pequeño chantaje

a vuestra majestad: "O me destituís o la guerra".

En vuestro lugar yo cedería a las presiones

de tan poderosas instancias. -¿Ceder?

Castigaré a todos cuyo nombre aparezca aquí,

a la misma reina. -No hagáis nada, majestad.

Ah, si la reina traicionara vuestro honor,

yo sería el primero en aconsejaros mano dura.

Gracias a Dios no es nada.

Os animaría incluso a que os ganéis su perdón, majestad.

-¿Su perdón?

-Sí, el registro ha debido de dolerle.

Compensadla, haced un baile, por ejemplo,

ya sabéis lo mucho que le gusta bailar.

-Pero a mí no.

-Y por eso os lo agradecerá aún más.

Además, así tendrá la ocasión de lucir sus joyas nuevas,

especialmente esos herretes de diamantes

que le regalasteis hace poco.

(Música acción)

(Llaman a la puerta)

Que pase Ketty. -¿A estas horas, madame?

A semejantes horas o es un apuro o un amante, cuestión de suerte.

-Es monsieur de Rochefort. -Entonces, un apuro.

-Hazle pasar.

-Disculpadme por presentarme así, pero urge.

Vengo a decir adiós.

-¿Os vais? -Yo no, vos.

Por orden de su eminencia.

-¿Y a dónde voy? -A Londres.

Buckingham tiene los herretes de diamantes

que le dio la reina como muestra de su cariño,

pero eran un regalo del rey.

-Y el cardenal quiere recuperarlos para dejar a la reina

en evidencia ante el rey, ¿verdad? -¿Cómo lo haréis?

-Buckingham es un hombre muy poderoso.

Si se da cuenta de algo, tendría a toda Inglaterra detrás,

y los calabozos de la torre de Londres son muy lóbregos.

Espero que su eminencia sepa valorar el riesgo que corro.

-Os da 500 escudos, y el doble si volvéis con los herretes.

-Pues creo que volveré con ellos. Gracias, Rochefort.

-Milady, yo he influido en esa generosidad.

Algo valdrá eso, ¿no?

-50 escudos.

Cogedlos y marchaos.

-Algún día os daréis cuenta de que me habéis humillado,

Milady de Winter, y entonces será tarde.

El rey, madame.

-Madame, a pesar de que hablabais de guerra

en la carta a vuestro hermano,

es la paz lo que yo vengo a ofreceros.

Estáis en vuestro derecho de no apreciar al cardenal.

Olvidad este asunto.

-Olvidarme será difícil.

-Para que me perdonéis, el baile de los regidores

se hará este año en el Louvre.

Vos asistiréis, madame, vestida de ceremonia.

(RÍE) -Conocéis bien mis puntos débiles, majestad.

-Sí, madame.

Además, podréis poneros los herretes que os regalé en vuestro santo.

-¿Y qué día ha de celebrarse?

-Ya no recuerdo la fecha que me dijo el cardenal.

-Luego su eminencia propuso esa fiesta.

-Sí, madame.

-Y también que asista y que luzca los herretes.

-Bueno, él... -Fue él, claro.

-Tanto si fue cosa mía como suya, ¿qué tiene de malo la invitación?

-Nada, majestad.

-Cuento entonces, madame,

con que aceptaréis tal cual mi propuesta.

-Ah...

Estoy perdida. -Madame.

-Ah, eres tú. Por fin una cara amiga.

Contigo puedo hablar.

-Disculpad, madame, pero lo oí todo.

Tened confianza, os juro que todo se arreglará.

Escribid una carta a monsieur de Buckingham

para que entregue los herretes.

Os prometo que los tendréis a tiempo para el baile.

-Es imposible, Constance, ningún mensajero podría cumplir eso.

-No es un mensajero, madame, es un diablo dividido en cuatro.

(Llaman a la puerta)

¿No ha vuelto? -Sigo esperando.

Aunque no soy el único.

¿Lo veis?

-Por Dios, no deben cogerlo. -Contad conmigo.

Ahí está, Dios santo. -¿Qué vais a hacer?

-¡Al ladrón, al ladrón, al ladrón!

¡Al ladrón! ¡Al ladrón!

¡Al ladrón! ¡Al ladrón!

¡Al ladrón! ¡Al ladrón! ¡Al ladrón! ¡Al ladrón!

-¡Alto ahí! -Pero ¿qué está diciendo?

-Había un ladrón, me estaba robando la honra, el honor.

(RÍEN)

-Es astuto y se os ha escapado. Ya debe de estar lejos.

(Risas)

¡Constance!

¿Y mi recompensa?

Oh, qué impulsivo.

"¿Y el duque?"

"Dios mío, la reina le ha dado sus herretes y el rey..."

"¿El rey qué?"

"Dijo que la reina fuera al baile con los herretes".

Pues es muy sencillo, hay que entrar en Inglaterra,

llevarle el mensaje al duque y volver con los herretes

antes de que se celebre el baile. ¿Bien?

Por vuestra reina, D'Artagnan.

Y por vos también, Constance.

"Os adoro, ardo de ganas de no respetaros".

(DA UN BESO)

(Risas)

Uh...

He oído la puerta.

Uh, perdón.

Por favor, Planchet, ¿qué pasa? ¿Qué pasa?

-No sé qué habéis dicho, pero él sí lo sabe.

-¿Quién? -Monsieur Bonacieux, vuestro marido.

-Debo ir a ver al cardenal. -Deprisa. Suba.

Constance, dadme la carta. No, ahora es imposible.

Dadme la carta.

Planchet. ¿Sí?

Ve a avisar a Porthos y a Aramis.

Diles: "Uno para todos, todos para uno". Lo entenderán.

(ASIENTE)

Les espero en casa de Tréville preparado,

con los caballos y salvoconductos para Inglaterra.

Qué pena que Athos no esté con nosotros.

Lo han soltado esta mañana.

Todo va bien, seremos cuatro. Eres infatigable.

Muy bien, amigo mío, y ni una palabra de esto

a vuestra esposa. -Pero, eminencia,

no me explico qué hacía con D'Artagnan.

-Ya lo habéis visto, vamos, seguid vigilando.

-Más que nunca, eminencia, así será.

-Os prometí una recompensa, tomad. -Qué generosa es vuestra eminencia.

-Está bien, amigo mío, está bien.

Qué sorpresa, al espiar a su esposa, espiará también a ese maldito gascón.

-Pero el gascón, eminencia, se irá a Londres, ya lo veréis.

-Milady llegará antes. -Podría alcanzarla.

-¿Y qué queréis hacer? -Impedirlo.

¿Su eminencia confía en mí? -A la fuerza.

Decididlo vos, ya tengo muchos problemas

con los rebeldes de La Rochelle.

(Música tensión)

Todo en marcha, madame.

(Música suave)

-Recemos.

(Música acción)

Ah, ponnos de cenar, empanada, asado.

Y los caballos. Al galope.

Yo solo puedo ir al paso.

Y los caballos. Ya voy.

La bebida, para la espera.

-Posadero, bebida y caballos.

-Estos señores lo pidieron primero.

-Ah. Sois hombres del cardenal, ¿no?

Veré dónde están.

Hombre, amigo.

Brindaréis a la salud del cardenal, al ser de su guardia.

Pero, señores,...

No buscamos pelea, sigamos tranquilo.

El cardenal es un hombre santo,

no veo por qué no voy a brindar a su salud.

Venga, amigos.

Vos también, brindad a la salud del cardenal.

¿Tienes la carta? Vete.

Perdón.

Eh, posadero, más vino.

Dejadme pasar, monsieur.

Dejadme pasar.

Por el cardenal.

Es la gota que colma el vaso.

¡Ah, ah!

Porthos.

¡A mí, mosqueteros! ¡Uno para todos! (TODOS) ¡Todos para uno!

¡Eh!

(Bullicio)

¡Vamos, Athos!

Vete, pardiez, es tarde.

¡Cuidado!

(SE ESFUERZA)

(GRITAN) ¡Ah!

Atención, que voy.

Mis disculpas, monsieur.

Vete, D'Artagnan.

Cuidado.

¡Vete, por Dios!

Piensa en la carta. ¡La carta!

El secreto...

¿Sigues ahí?

¡A qué esperarás para largarte, rayos!

(SE ESFUERZA)

¡Vamos, ahora!

¡Cuidado, amigos!

(GRITAN) ¡Ah!

¡Ah!

Hasta pronto.

(Música acción)

¡Vamos!

¡Arre!

(Música)

¿A qué viene tanto jaleo?

-Milady de Winter, si sois tan amables.

-Pero el señor duque está de caza. -¿De caza?

No es posible.

-Mi lord nunca falta a la cacería del rey, Milady.

-Pero si hoy es justo cuando... cuando...

Menuda sorpresa. Estoy muy contrariada.

-Milady, no se preocupe.

(Música suspense)

(Música acción)

(Música suave)

Ah, qué frío. Falta más fuego.

¿Podríais traer unos troncos?

-Ahora mismo, Milady.

(Música tensión)

Oh...

(Continúa música)

Id a buscar al capitán, fletaré una embarcación rápida.

Regresaréis de inmediato.

-Ah...

(Música tensión)

(Música acción)

¿A qué esperáis? -Sí, Milady.

-Los herretes. -D'Artagnan.

-¿Que D'Artagnan tiene los herretes? Bravo.

-Bravo vos. Le dejasteis llegar a Londres.

-No llegará a París, lo juro. ¡Agrupaos!

-¿Nos vamos? Los caballos llevan 10 leguas encima.

-Me da igual.

O acabo con esos mosqueteros o estoy perdido.

¡Uno para todos! (TODOS) ¡Y todos para uno!

(GRITAN Y RÍEN)

(Música acción)

Yo me los llevo y pasáis. No, es un suicidio.

Y la iglesia lo prohíbe. Bah, estoy tranquilo,

ya habrá quien rece por mí toda la eternidad.

No, no quiero. Pero no hay otro modo,

hay que llevar los herretes. ¡Vamos, por la reina!

Hay otra manera. ¿Cuál?

Seguidme, amigos.

¿Jugamos al ratón y al gato?

Atentos, se dan la vuelta. -¡Arre!

-¡Coged las pistolas!

(Música acción)

(Disparos)

¡Vamos, vamos!

¡Vamos!

(Disparos)

¿Cómo llegaremos a París de esta manera?

¡Mirad!

¡Seguidme!

(Continúa música)

Por aquí, repartámoslos por igual, 10 a un lado y 10 al otro,

y por turnos, por favor.

¡Entregaos o abro fuego!

¿Y después qué?

(Relinchos)

(Disparos)

¡Ahí va eso!

¡Ah, venid a por nosotros!

Ah, ¿queréis ser incendiarios? ¡Canallas!

¡Vamos, vamos! -¡Vamos, vamos, vamos!

-Cogedlo con fuerza. Venga. -Empujad.

-¡Fuerte!

-¡Ah!

¡Por aquí, mosqueteros!

¡Vamos!

(Bullicio)

-¡Vamos! ¡Todos! -¡Fuerza!

(Disparo)

(Bullicio)

¡Uno para todos! (TODOS) ¡Todos para uno!

Y todos juntos a París.

(Música)

Cerrad las puertas, orden del cardenal.

-¿Y el mercado?

No podemos cerrar si no traen la verdura,

la ciudad morirá de hambre.

-Que entren las carretas en fila tras registrarlas.

Ni un solo hombre entrará en París esta noche, orden del cardenal.

Madame, ya están todos, el baile tiene que empezar.

-Su eminencia el cardenal y duque de Richelieu.

¿Y los herretes, madame?

-Todavía no me he puesto el vestido de baile.

Mejor todo a la vez.

-¿A qué esperáis? Estamos impacientes.

Señoras, el vestido de su majestad.

Doña Estefanía, las joyas de su majestad.

(Bullicio)

¡Mal nacidos! -¡No, no, no!

¡No se puede pasar! -¡Dejadnos entrar!

-¡No, no! -¿Qué es lo que están haciendo?

-No insistan, por favor.

(Bullicio)

(Bullicio)

-Son órdenes del cardenal. -¿Por qué hacen esto?

(Música suspense)

Todo va bien, sargento. -Adelante.

-Es una vergüenza que nos traten como a ladrones,

no traemos ningún tesoro. -¿Has visto la hora?

-Por favor... Da igual lo que diga...

(Bullicio)

-¡Vamos, atrás, atrás!

-No sé qué pasa, no se mueve. -Eh, ¿otra vez vos?

-Sí, soy yo otra vez. Vamos a ver qué pasa.

-¿Qué ocurre?

-Si me echarais una mano, lo arreglaría.

-Tenemos que meter los toneles. -¡Tenemos que meterlos!

-¡No nos deja el cardenal!

(HABLAN A LA VEZ)

-¿Es el cardenal quien me va a registrar?

Exigidlo, sí, ¿eh?

Alto, los mosqueteros no acatan órdenes de guardias.

No entra nadie.

¡Aquí, aquí!

¡Ah!

¡Quietos, quietos!

¡Atención, es un truco, todos a por ese!

-¡Dejadnos pasar! -¡Por allí!

(Bullicio)

-¡Que no escape!

¿Por qué se está retrasando tanto la reina,

por el vestido o por las joyas?

-Las pulseras, señoras. -No vendrá, Constance.

-Sí vendrá, majestad.

-El cardenal se hará con los herretes.

Su majestad me repudiará. -Os lo juro, majestad, vendrá.

(Bullicio)

(Trote de caballo)

(Música)

(GRITAN)

¡No permitáis que entre!

Ah, monsieur, ¿queríais la revancha?

Aquí estoy.

No sabía que estaba tratando con un gran señor.

¿Os rendís?

¿Aguantaréis mis insultos?

Fanfarrón. Cobarde. Payaso.

No, sois muy fuerte, no hay tiempo para duelos.

¿Y entonces?

(Murmullos)

Su majestad la reina.

(Música)

Lleva los herretes, eminencia, debéis de estar contento.

-Tanto como vuestra majestad.

(Continúa música)

-Su majestad el rey.

(RÍEN)

Tomad, la recompensa de parte de la reina.

¿Y la vuestra?

Esto no es más que un adelanto. ¿Y el resto?

Mañana a las cinco, tras la casa.

(Música tensión)

Voy a vengarme, mi señor, y también vos.

(Continúa música)

(Música créditos)

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