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EL CISNE
EUROPA CENTRAL 1910
La puerta, por favor.
El desayuno, alteza, y un telegrama.
¿Seguro que el médico dijo que debía tragármelo?
Así es, alteza.
Creo que ese médico es demasiado moderno.
¡No puede ser!
El frasco de sales... No, no.
Vísteme enseguida. No, mejor llama a César.
- Necesito hablarle inmediatamente. - ¿Aquí?
Sí, sí.
¿Han desayunado ya sus altezas? Qué más da.
Déjalo y bajemos, pero deprisa, deprisa.
- César. - Buenos días.
Quiero que vengan todos, sin dilación.
- ¿Todos? - Sí.
El mayordomo, el ama de llaves, el jardinero, el chef...
Sobre todo, el chef. Y el montero y el guarda mayor. No esperaré.
- A trabajar. - Sí, señor.
Tía.
¡Tía!
Tía Sinforosa.
Tía Sinforosa.
Beatriz, ahora que iba en bici.
¡Por fin ha ocurrido!
¿Qué, alguien ha muerto?
Es un telegrama.
"Su alteza real les honrará con una visita de 4 días
a partir del 23. No inviten a nadie.
El tren llegará a las 2:30h. No le esperen.
Verá a la familia al día siguiente". Viene a ver a Alejandra.
- ¿Te refieres a Alberto? - Sí, Alberto.
Ha tardado 2 años en aceptar nuestra invitación.
Habrá cortejado a todas las princesas de Europa.
Sé que estuvo en Lisboa, pero no me preocupa la infanta.
Mide 1,80 m.
Y con la corona, más. ¿No iba a ir a Dresde?
Vería un fotografía de María Teresa y no fue.
Ya voy.
Siempre supe que Alejandra tendría su oportunidad.
La tendrá y lo logrará.
Alejandra convertida en reina.
Si su padre viviese para verlo.
Es triste que no haya un hombre en la casa. Son muy útiles.
Muy útiles.
Telegrafiaré a Carl.
¿Tienes un lápiz o una pluma? Debo hacerlo enseguida.
¿No dice que no invitemos a nadie?
¿Ni a Carl?
Es tu sobrino y mi hermano, no es un invitado.
Me lo he puesto al revés.
¿Aún escribes con pluma? Estamos en el siglo XX.
Es que no me gusta el siglo XX.
Para este experimento, esa pared no existe.
Pues bien, cojo ésta y...
Buenos días.
- Buenos días, mamá. - Alteza.
¿No piensas vestirte hoy?
Buscaba un lápiz y ¿qué es lo que encuentro aquí?
Estaba dándoles unas nociones prácticas de estática y dinámica.
¿A eso le llama estática y dinámica?
- No, son canicas... - Un juego de plebeyos.
¡El profesor es un as! Demuéstreselo.
Jorge.
Profesor Agi, insisto en que emplee métodos más normales.
Quiero que progresen en sus estudios.
El príncipe Alberto va a honrarnos con su visita.
- ¡El príncipe Alberto! - Jorge.
Ya sé, quiere ver a Alejandra.
Arsenio, es vuestro primo y hace años que no le vemos.
Viene únicamente a ver a la familia.
Ahora a estudiar. Y poneos las chaquetas.
El lápiz, alteza.
Gracias.
¿Ha escrito usted este nombre?
Sí, alteza.
No quiero que su nombre se mencione en mi casa.
¿Por qué no, mamá?
Napoleón era un genio. Venció a casi todos.
Ganó las batallas de Marengo, Austerlitz y Borodino.
Pero no la de Waterloo. Era un advenedizo.
Recuerde lo que le he dicho. Debe educar a los niños,
no llenarles la cabeza de chismorreos históricos.
Será mejor que recojan la estática y la dinámica.
¿Sabe por qué mamá odia a Napoleón?
Por su culpa perdimos el trono y tenemos que vivir aquí.
Pero no por mucho tiempo, ¿verdad, profesor?
Ahora practicaremos fracciones.
Saquen sus cuadernos.
¿No podríamos hacerlo con canicas?
Me temo que no.
Mamá también considerará vulgares las fracciones.
- Sobre todo teniendo aquí a una reina. - Aún no la tenemos.
Pero Alberto es príncipe heredero.
Entonces, Alejandra será princesa heredera y algún día, reina.
En cuanto a los menús,
quiero todos los detalles mañana.
Deben ser exquisitos y hacer juego con el servicio de mesa.
Los jardines. He observado que las rosas empiezan a abrirse.
Están en su mejor momento.
No quiero que lo estén hasta pasado mañana. Conténgalas.
César le indicará el momento.
Respecto a los carruajes...
- Alejandra. - ¿Me has llamado, mamá?
Sí, querida.
- Queda poco tiempo, ocúpese usted. - Sí, alteza.
Alejandra, tengo una noticia fantástica.
Alberto viene a vernos. Llegará pasado mañana.
Envió un telegrama. Casi no hay tiempo para disponerlo todo.
- Alberto... - Sí, mamá.
- Espero que te guste. - Seguro que sí.
No le he visto desde que tenía 10 años, pero dicen que es encantador.
No se parece nada a su madre. Ha recorrido Europa
para conocer a todas las princesas y ninguna le ha gustado.
Ahora viene aquí por ti.
Supongo que ya no soportará ver a otra princesa.
Será el momento más importante de tu vida.
- No te pondrás nerviosa, ¿verdad? - No, espero que no.
¡Cómo que esperas! Debes estar segura.
Querida hija mía,
es la ocasión para obtener lo que soñé desde que naciste.
- Que llegues a ser reina. - Sí, ya lo sé.
Muéstrale todas las cualidades que él desea para su esposa,
con la cual compartirá el trono.
Debes ser digna, afectuosa, encantadora y alegre.
Ya sé que tiene más experiencia que tú,
pero de eso puedes sacar gran ventaja,
haciéndole ver lo buena y virtuosa que eres.
Sobre todo, esfuérzate en no parecer tímida.
A los hombres no les gusta. Especialmente a Alberto.
La primera obligación de una reina
es hacer que los demás se sientan cómodos.
- ¿Lo recordarás? - Sí, mamá.
Él es muy autoritario, dicen.
No te asustes. Considéralo una prueba.
Y no olvides que la primera impresión es decisiva.
Actúa con naturalidad, eso también importa.
- Sobre todo, no te pongas nerviosa. - Eso ya lo sé.
- ¿Seguro? ¿Lo recordarás todo? - Sí, por supuesto.
Pero si sigues repitiéndolo
me pondrás más...
Es la hora de mi clase de esgrima.
¿Puedo irme?
No te preocupes, mamá.
Alteza.
- Llega tarde. - Perdóneme, alteza.
Para ser sincero, supuse que estaría muy ocupada.
- ¿Ocupada? - Con la visita de su alteza real.
Creí que suspendería las lecciones.
Durante unos cuantos días...
quería decir, alteza.
Si hubiera que suspender las lecciones,
se lo notificarían.
Sí, alteza.
En garde. En quarte.
Allongez le bras. Tendez-vous.
Coup droit.
Battement coup droit.
Marchez, marchez.
Rompez, rompez, tendez-vous.
Debería dar aquí.
En garde en sixte.
Esquivando en prime, seconde, tierce, quarte, quinte,
sixte, septime, octave. Bien. En garde en sixte.
Une, deux, trois.
Doublez.
Doublez. Bien.
Triplez.
Demasiado largo. Otra vez.
Bien.
En quarte. En marchant, battement dans la ligne opposée,
coup droit, parry-riposte.
- ¡Alejandra! - ¡Alejandra!
- ¿Te has enterado? - ¿Te han dado la noticia?
Sí.
Ruego a sus altezas que se sienten, ahora les atiendo.
Esta mañana practicaremos el arte de hacer una finta:
un falso ataque seguido de otro verdadero.
El atacante corre el riesgo de revelar sus intenciones al adversario.
Eso no debe hacerlo.
El oponente nunca debe saber lo que piensa.
Como en todo, es cuestión de práctica.
Nadie sabe lo que piensa Alejandra.
- No se puede decir eso de ti. - ¿Practicarás esgrima con Alberto?
Claro que no, podría cortarle la cabeza.
¿Qué diría mamá?
Adiós a nuestra corona.
Callad o os decapitaré a vosotros.
Príncipe Jorge, príncipe Arsenio, siéntense.
Gracias, hermano Sebastián.
Puedo hacerlo yo. Telegrafiaré al prior si deben salvarme.
- Dios lo bendiga, padre. - Y a usted. Y a ti, Violeta.
César.
Alteza, ¡qué sorpresa tan agradable!
¿Qué tal el reuma? ¿Funcionó el zumo de limón?
Al menos no me perjudicó. Pero no creo en milagros, alteza.
¿Aún debo recordarle que ya no soy su alteza?
No, su padre, digo, padre.
¡Beatriz!
¡Beatriz!
- Vamos, seguid trabajando. - ¡Beatriz!
- Carl. - Beatriz.
- Tus modales son una calamidad. - Enseguida reconocí tu voz.
Tía. ¡Qué buen aspecto tenéis!
- Estamos exhaustas. - No te dije nada en el telegrama.
- Una gran noticia. - Estoy enterado.
- ¿De veras? - El país entero lo sabe ya.
- ¿Y qué dice la gente? - Bueno...
Aquí no.
- Permítame. - Gracias.
¿Es todo tu equipaje?
Cuando uno renuncia al mundo, renuncia también al equipaje.
- Deje eso, lo hará más tarde. - Qué revuelo.
Carl...
si todo sale bien, la ambición de mi vida al fin se realizará.
No sabes lo que significa para una madre.
Si tuviese la certeza de que Alejandra va a ocupar un trono,
no me importaría morir ahora.
Dudo que el cielo te aceptase con esas condiciones.
¿Y yo qué hago?
Puedes ayudarnos. Acompañarás al mayordomo a la bodega.
Sí. A veces se queda allí. No es bueno para él.
Y aconseja al chef, acostumbra a cocinar sólo para nosotros.
Mira los menús... ¿O has olvidado la buena mesa?
No, dominé mi espíritu hace años, pero mi estómago aún se rebela.
Y Alejandra, ¿cómo está?
Tranquila. Estoy orgullosa de ella.
¿Recuerdas que su padre solía llamarla su cisne?
"Mi arrogante cisne blanco", decía de ella. Así es.
Es tan noble, tan delicada, tan regia...
- ¿Y los chicos? - Como siempre, tan salvajes.
Excepto Arturo,
son las dos estrellas más brillantes del hemisferio boreal.
Esta noche podremos verla con mayor claridad
que en cualquier momento del año.
Veamos.
Primero, observaremos Vega.
¿Qué lees?
- El almanaque. - ¿En una noche como ésta?
Mamá quiere que sepa qué parientes tiene Alberto.
- ¿Debes aprendértelos todos? - No, ha tachado alguno.
No me extraña. Sal a tomar un poco el aire.
¿La ve? Es la de la luz azulada.
- No parece muy grande. - Eso se debe a la distancia.
Muchas de las estrellas que vemos allá arriba
son mayores y más brillantes que nuestro sol.
Pero están tan lejos que es imposible...
darse cuenta.
¿Le gustaría a su alteza contemplarlas?
Aparta, alteza.
Esa es Vega,
estrella de primera magnitud de la constelación Lira.
- ¿La ve, alteza? - Veo varias.
Permítame.
Así, ahora está bien.
Es la más brillante, la del centro.
Se ha movido.
- ¡Qué rápido va! - Somos nosotros los que vamos rápido.
Se ha ido.
Nos movemos por el espacio a 110 kmlh.
- ¿110? - 110.000 por hora, perdone.
Carl, hace rato que te busco. Qué día, estoy agotada.
¿Dónde está el retrato en el que estás tan mona, el de la blusa marinera?
- Sólo encontré el marco. - No lo sé. Además era horrible.
Al contrario. Quería ponerlo en el dormitorio de Alberto.
- ¿Para que se maree? - ¡Jorge! Niños, a la cama.
- ¡Aún no, mamá! - Profesor.
Y tú también, Alejandra.
Debes tener buen aspecto por la mañana.
Como todos.
- Buenas noches, niños. - Buenas noches, tío Carl.
¡Firme! ¡Listo a la derecha!
¿No dije que no quería recepción?
Es una simple guardia de honor.
- ¿Qué, capitán? - ¿No desea condecorar al maquinista?
Lo revistaré a caballo.
Jesús.
Por aquí, alteza real.
Espero que haya una cama arriba,
aunque después del tren, hasta dormiría en el suelo.
Tengo hambre.
No es bueno para él dormir tanto.
Pero ayer viajó todo el día.
¿Sí?
Aún no, tráigalos después de comer.
Las 15:30, una siesta y tocará vestirse de gala.
Salgamos.
No lo entiendo, estará enfermo.
O muerto.
César, ¿qué haría usted?
Comer.
Gracias.
Gracias, Señor, por los alimentos que al fin vamos a recibir. Amén.
Amén.
No puedo comer, se me ha cortado el apetito.
Es intolerable. ¿Para qué se habrá creído que lo hemos invitado?
Mamá, seguramente tendrá sus razones.
Si viene con excusas, ni le dirigiré la palabra.
Jamás me habían humillado tanto.
Mi querido muchacho, estás espléndido,
y qué cambio del Albertito que yo recuerdo.
Soy el capitán Wunderlich, alteza.
Su alteza real les comunica que enseguida bajará.
César, volveremos a empezar desde el salón.
Tía.
¿Sí, capitán?
Eso me halaga.
...12, 13, 14, 15,
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19, 20, 21, 22, 23,
24, 25, 26, 27, 28,
29, 30, 31, 32, 33, 34.
Ahora, me toca a mí.
1, 2, 3, 4, 5, 6, 7.
Casi ni has comenzado
- ¿A quién le toca ahora? - A mí.
- ¿Ha venido con el primo Alberto? - ¿Cuándo se va a despertar?
Ya. Apuesto a que eres mi primo Arsenio.
- Sí. - Y mi primo Jorge.
Sí, primo Alberto.
Y Ud. es el profesor Agi,
profesor de idiomas, matemáticas, historia, geografía, geología,
astronomía, esgrima, equitación, canicas...
¿Cómo sabe todo eso?
Para eso sirven los ayudantes.
Es una de las ventajas de ser príncipe heredero. No estudiar.
El ayudante aprende y nos da las lecciones cuando hacen falta.
Pero no mencionó esto. ¿Qué clase de ciencia es ésta?
- Matábamos el tiempo. - Algo que también suelo hacer.
- ¿Puedo? - Claro.
- Debe de ser un juego nuevo. - ¿Tú ayudante no lo había visto?
Touché.
Este muchacho llegará a ser algo; sin duda un asesino.
Es un viejo juego al que juegan los niños del pueblo.
- Nos lo ha hecho el profesor. - ¿También es carpintero?
Formidable. ¿Y cómo lo ha hecho?
Sólo se necesita una navaja y un poco de paciencia.
Igual que un asesino. A ver.
El profesor ha llegado hasta 86.
Pues tendremos que superarlo.
1, 2, 3, 4, 5, 6, 7,
8, 9, 10,
11, 12, 13, 14,
15...
Alberto, queridísimo Alberto.
¿Alberto?
Prima Beatriz, no me cabe duda.
Querido Alberto, cómo me alegro de verte
después de tanto tiempo.
23 años. Para mí es un placer visitarte.
¿86? ¿Está usted seguro?
Me temo que sí, alteza.
Formidable.
- Casi parece imposible, ¿verdad? - ¿A qué te refieres?
- ¿No vienen los niños? - Se van a la cama.
- Espero que hayas dormido bien. - Me temo que sí.
Me alegro.
Y qué bien sabe el desayuno en el campo.
- En la ciudad, ni se aprecia. - ¿Desayuno?
Lo tomé en mi cuarto para no retrasar vuestra comida.
Qué atento eres.
Y aquí está la familia, ansiosa por verte.
- Aquí tienes a... - No hace falta que me lo digas.
A ver.
Por la cara, apuesto a que eres el primo Carl, pero por el resto...
Cambié de uniforme hace 15 años.
Qué suerte. Yo lo cambio cada 15 minutos. ¿Qué tal?
- Y ésta... - Es tía Sinforosa, no hay duda.
Querido Alberto.
Como dice Beatriz, no eres como tu madre.
- Y ésta es... - Mi querida hija Alejandra.
Encantada, primo...
No siempre se puede dar en el blanco.
Sobre todo, si el blanco se mueve.
A propósito de mi madre, debo comunicarte
que vendrá el jueves a recogerme.
- ¿La reina aquí? - Una visita, nada de ceremonias.
¿Por qué no os sentáis?
Los chicos son encantadores, me han parecido muy simpáticos.
Eres amable. Estoy orgullosa de todos mis hijos.
Puedes estarlo.
Y de su profesor.
- ¿Del profesor? - Claro.
Los discípulos acostumbran a reflejar las cualidades del maestro.
C'est ça.
- Y viceversa. - Tía, pareces cansada.
- ¿Cansada? - A estas horas ya estás en la cama.
- Me repondré cuando... - Cuando hayas dormido.
- Y Alberto te disculpará. - Naturalmente.
- Pero si todavía... - Buenas noches, tía.
Alberto, hijo, si me das permiso parar retirarme.
Claro que sí, tía Sinforosa.
Siento retirarme tan pronto, pero es que tengo hambre.
Sueño quería decir.
El aire de aquí induce al sueño. Lo he notado.
Cuando no se está acostumbrado.
Carl, que llegó hace dos días, está rendido.
Si me lo permites, es algo curioso,
necesito comer algo antes de acostarme. Será el aire.
Demasiados ayunos, te acuso de ello.
- ¿Puedo retirarme? - Por supuesto, Carl.
Querido Carl.
Esos niños, voy a asegurarme de que se han acostado.
Si me permites, Alberto.
No faltaría más, Beatriz.
Por lo visto en el campo os acostáis muy temprano.
Sí, así es.
Y cuando no estáis en el campo, ¿os retiráis más tarde?
Raras veces salimos de aquí.
- ¿Raras veces salís de aquí? - Muy raras veces.
- ¿Una copa de vino? - Te lo agradezco, pero no bebo.
Yo tampoco, al menos no después de desayunar.
La guardia que te rindió honores en la estación era del Regimiento 45.
Dicho regimiento luchó con arrojo en Solferino, ¿lo sabías?
Sí.
El coche que te trajo hasta aquí tiene una historia muy interesante.
Es el que llevaba a tu tío abuelo Federico el día que lo asesinaron.
- ¿Te ha resultado cómodo? - Sí, gracias.
- ¿Te aposentaron en el cuarto azul? - Sí, es azul.
Hace poco estuve en Lisboa, es preciosa.
Tiene unos 350.000 habitantes,
y el río Tajo la cruza por la mitad.
- ¿Has estado allí? - No.
Claro, que no. Raras veces salís de aquí.
Ya no me acordaba.
- Qué bonita noche. - Sí, es cierto.
¿Te parece que hará frío ahí en la terraza?
No más que aquí dentro...
en esta época del año.
Y hasta puede que haga más calor. ¿Lo comprobamos?
Hay luna llena... y muchas estrellas.
Cuesta creer que algunas son mayores que el sol.
Si la vemos tan pequeñas, es por la distancia.
Qué interesante.
Estuve observando una con el telescopio la otra noche.
- Se llama Vega. - ¿Conoces sus nombres?
- Sólo el de algunas. - A mí no me las presentaron.
El ambiente no es más cálido aquí afuera.
¿Prefieres que volvamos adentro?
Este aire es como un narcótico.
Si no tengo cuidado, dormiré durante los 4 días.
¿Qué te gustaría hacer?
Pues...
"Allá donde fueres, haz lo que vieres".
Con tu permiso, me permito la libertad de retirarme.
Pobre criatura, se desconcertó.
Le dije que perder la primera escaramuza no importa.
Ganará la siguiente.
Tenemos una jornada de 14 horas con todos los minutos ocupados.
- ¿Y a qué hora empieza? - A las 10.
Y de esas 14 horas, Alejandra pasará a su lado 13 horas y 15 minutos.
A juzgar por lo de ayer, eres muy optimista.
No juzgues por lo de ayer. Hoy no dormirá en todo el día.
Si ha malgastado toda la noche, yo no.
Si hubieran tocado el himno nacional, se habría levantado.
A su padre no lo despertó una vez una salva de 41 cañonazos.
Menos ruido, capitán.
¿Sí?
Su alteza real ha pedido el desayuno.
Creo que es mamá quien dirige la banda.
Basta ya de música, es la hora del álgebra.
Si la banda no lo saca de la cama para que vea a Alejandra,
mamá usará un cañón.
Alberto no le teme a los cañones,
- le tiene más miedo a Alejandra. - Basta ya.
No se levantará hasta el momento de irse.
- A menos que suba ella y lo eche. - ¡Silencio, callen los dos!
Olvidan su educación y que su alteza no sólo es el príncipe,
sino huésped de su casa. Deben respetarlo.
- Y éste es... - No me lo digas, no me hace falta.
Su majestad el rey Enrique.
- El abuelo de mi difunto Enrique. - Sí, el rey Enrique I, creo.
- Y el último. - De momento.
Éste era su hijo, un hombre sin ambiciones.
Tenía tan pocas que murió sin haber llegado a los 30 años.
- Y éste claro... - Sí, claro.
Claro.
¿Qué le parece, capitán?
Un excelente retrato de su alteza, el difunto príncipe Enrique.
Lo mismo creo yo. Excelente.
Mi pobre y querido Enrique.
Tu padre y él se querían como hermanos.
Cuántas horas pasaron aquí hablando de sus hijos.
Su única ambición: llegar a ser abuelos.
Sí, abuelos de los mismos nietos.
Su deseo era que algún día las dos familias llegaran a unirse.
- ¿Y ésta? - La reina Elena, esposa de Enrique.
- Sí, ¿qué apodo tenía? - Es la propia imagen de Alejandra.
- ¿Qué apodo era ése? - No me acuerdo.
Claro que te acuerdas, Elena la Témpano.
- Alejandra, hija mía. - Buenos días, primo Alberto.
- ¿Se lo has dicho a los chicos? - Sí, mamá.
- Desean dar una exhibición de esgrima. - A las 11:15.
Eso me encantará.
Tardarán un poco en arreglarse. Mientras, podríamos...
Ir a la rosaleda.
Buena sugerencia. Alejandra está orgullosa de sus rosales.
- ¿Sus rosales? - Sí, es que la rosaleda es mía.
¿Los has plantado tú?
Pues no, eso no, pero soy yo quien los cuida.
Formidable. ¿Y no te pinchas los dedos?
- Sí, muy a menudo. - Deberías usar guantes.
Los uso,
pero, a pesar de eso, sigo pinchándome.
Entonces usa otros más gruesos.
Quizás tengas razón, lo probaré.
Es la vida, ¿n'est-ce pas? Hay que saber defenderse.
Me alegra tu interés y cuánta razón tienes.
Uno tiene experiencia.
Sé que estás impaciente por ver las rosas.
- Encantado. - Hoy se han abierto, tienes suerte.
¿Sí, capitán?
Estoy seguro de que a su alteza le interesaría mucho el establo.
Lo vi ayer, ordeñan las vacas con aspiradores.
¿Con aspiradores? Como las alfombras.
- Un sistema parecido. - Fantástico. ¿Dónde está? Debo verlo.
¿Fuiste tú quien ordenaste su instalación?
Sí, fui yo. Debo advertirte que el establo está lejos.
- Siendo así, debemos ir enseguida. - Como quieras. Vamos.
No os molestéis, me guiará el capitán, él conoce el camino.
- ¿Ha cambiado de opinión, su alteza? - El programa ha cambiado.
Así aprovecho el tiempo para mi lección de esgrima.
Touché, bien.
Touché, bien.
Touché, estupendo.
- Quítasela, Jorge. - Veras cómo se la quitaré.
- ¡Anda, hombre! - Allá voy, ya es mía.
- A ver si podéis. - ¿La tienes?
Claro que no.
Alberto y la familia aquí...
¡Ese profesor! No controla a los chicos.
Ni tampoco el balón.
Carl, basta ya, te portas como un chiquillo.
Basta he dicho. Vas a darle a algo
¡Gol!
¡Tía!
¿No tengo ya bastantes preocupaciones?
Su último día de estancia y ¿dónde está?
En cualquier sitio con ese capitán.
El primer día lo pasó en la cama, el segundo con las vacas.
La máquina estará destrozada. Por no hablar de las vacas.
- Y ayer cazando patos. - Al menos tiene buena puntería.
Estupendo, comeremos patos de por vida.
- ¿Sí, capitán? - ¿Podría darme el balón, alteza?
Es para su alteza real.
Y hoy juega a pelota. No lo entiendo.
Ha venido a ver a Alejandra, no cabe duda.
Y ahora que está aquí, es como si ella no existiese.
Sólo queda el baile de esta noche y se irá.
Será la última oportunidad para nuestra familia.
Alejandra no será eternamente joven.
- Ya sé que no debería hablar así. - Sueles ser tan tranquila.
En tiempos de paz sí, pero esto es la guerra.
Míralo, parece prendado del preceptor.
Es que sabe apreciar a uno en lo que vale mejor que tú.
Ese preceptor es insoportable.
Alberto ha pasado más tiempo con él que con Alejandra.
Si Alejandra estuviese más con el preceptor, estaría más con Alberto.
Tía, si no puede ser razonable...
Tal vez no sea tan estúpida como aparenta.
¿Por qué no?
Claro que eso requiere un valioso plan de ataque.
Y el caso es que no veo otra solución.
Beatriz, cuando hablas así, sólo puedo decir: "No lo hagas".
Mi decisión está tomada.
Alejandra.
Alejandra, ¿qué te pasa? ¿No te encuentras bien?
- Estoy bien, gracias, mamá. - ¿Qué haces?
Si se pasa el día en la cama, tú no tienes que imitarle.
- Supón que de pronto te llamase. - No me llamará.
Comprendo tu estado de ánimo, pero no desesperes.
Aunque tu orgullo esté herido, cicatrizará.
Las rosas son más bonitas que las vacas aunque él no lo crea.
Hemos sufrido descalabros, pero esta noche todo se arreglará.
Mamá, ¿para qué? ¿Qué más puedo hacer?
Para empezar levántate.
Ya me ha humillado, ¿tienen que verlo los invitados?
Por tus venas corre mi sangre, demuéstralo.
Toda tu vida y educación se han dedicado a una cosa,
a llegar a ser reina.
Una reina jamás puede ser tímida ni ser humillada.
Está por encima de todo eso.
Cariño,
estoy segura de que harás todo lo que sea necesario.
¿A qué te refieres?
Hija mía, sé que lo que te pediré es tremendo y vulgar,
pero en esta situación desesperada tu madre sabe lo que te conviene.
No me aborrezcas por ello. ¿Me prometes que seguirás queriéndome?
Mamá, descuida. ¿De qué se trata?
Invitaremos al preceptor al baile de esta noche.
- ¿Al profesor Agi? - Tienes que invitarle tú.
- Yo no puedo invitarle. - Ya sé que no es de los nuestros,
pero seguro que Dios te perdonará y a mí también.
Aunque yo nunca perdonaré al preceptor.
Pero invitarlo parecerá extraño.
Como si de repente me interesara por él.
¿Y eso te preocupa? Ojalá lo sospeche Alberto.
¿Alberto?
Hija mía, ¿cómo crees que atrapé a tu padre?
Un hombre no se decide así como así a casarse con una mujer.
A tu padre sólo le interesaban los caballos. Ni se fijaba en mí.
Así que miré un par de veces al profesor de equitación.
Esa misma tarde tu padre se me declaró, a caballo.
No diré más. Lo comprendes, ¿verdad?
Sí, mamá, lo comprendo.
Hubiese pedido un duque de Viena pero no hay tiempo.
Pero esto es mejor.
Alejandra, no te pongas triste.
De acuerdo, invitaré al profesor al baile.
- Pero no en ese tono. - Claro que no.
¿Y le permitirás bailar contigo?
Llevarás guantes, hija, guantes largos.
Al fin y al cabo, ese hombre es una criatura de Dios como nosotros.
O casi.
Alteza.
- ¿Le molesto? - De ningún modo.
Hacía la lista de los invitados para esta noche.
El baile de esta noche tiene carácter de despedida,
ya que su alteza real se marcha mañana.
Tengo entendido que no acostumbra a salir de noche.
Estudia en su habitación.
En cuanto los príncipes se han acostado, sí.
- ¿Qué estudia? ¿Astronomía? - Sí, entre otras materias.
Soy principiante en muchas cosas.
Entonces una sola noche no puede importar demasiado.
¿Alteza?
Tendrá que abandonar sus estudios esta noche.
Si lo desea su alteza.
Yo...
Quiero manifestarle a Ud. que deseo que asista al baile.
Es para mí un gran honor.
Le prevengo que será una fiesta muy ceremoniosa.
Espero que no la encuentre estúpida.
¿Estando en ella su alteza?
Deberá hablarme de las estrellas.
Será un placer.
Entonces, ¿contamos con usted?
Alteza, no necesito decir que me encantaría, pero...
¿Qué?
Mis trajes, no tengo ninguno adecuado.
César solucionará eso.
A las 9.
Es muy amable, su alteza.
No, profesor, en absoluto.
Nos reuniremos en el otro extremo.
El profesor. ¡Cuánto me alegro!
¿Qué hace ése aquí?
¿Nos acompaña, profesor?
Por favor, profesor.
Me prometió hablarme de las estrellas, ¿recuerda?
Sí, alteza,
aunque resulta un poco difícil visualizarlas ahora.
La otra noche me habló de Vega y de una compañera de ésta.
- Hábleme de la otra. - ¿De Capella? Sí, alteza.
Pero no son compañeras, millones de kilómetros las separan.
Capella es de la constelación de la Auriga, o sea el carro.
Es una estrella dorada de primera magnitud.
Esa constelación tiene la forma...
de un pentágono.
Hemos logrado abrir el baile. Gracias, Alberto.
- ¿Te molestaría que...? - ¿Hemos terminado?
Creo que el baile se ha hecho para vosotros, los jóvenes.
Sin duda alguna.
Puede invitarme a bailar.
Muy agradecida, Alberto.
- ¿Dónde está Alejandra? - Está bailando con el profesor.
¿Ah sí?
Así es.
¿Te has dado cuenta de cómo la lleva?
Si ha de pasar por el aro, al menos que lo disfrute.
- Beatriz, ¿los has visto? - Claro que los he visto.
A tía Sinforosa le encanta cómo baila Alejandra.
Baila como una reina.
Dispénsame, Beatriz.
Siempre ocurre igual, alteza.
En cuanto ve uno, su alteza no puede resistir la tentación.
Cuando desea abrazar, se conforma con un contrabajo.
Es el colmo.
La tabla de salvación del profesor se le escapa.
Deja de preocuparte por él.
La felicidad de Alejandra y de toda la familia te tiene sin cuidado.
Estás tan acostumbrada a mi hábito que olvidas lo que significa.
Sólo me importa la paz de las almas.
Y cualquier mujer que juegue frívolamente con eso
debe tener una conciencia durísima.
¿Alteza?
Perdone. No me apetece seguir bailando.
Deseo pasear, ¿puedo cogerlo?
Es un honor, alteza.
No, conduciré yo misma.
- No necesito que me acompañe. - Su alteza no puede ir sola.
¿No irán a quedarse ahí fuera?
Sal y llámala, haz alguna cosa.
Apostaste a un caballo, Beatriz, déjalo que corra.
Mis hermanos siempre dicen que puede hablar de cualquier tema.
¿Es sólo en horas de clase?
Perdóneme, alteza,
temía que al hablar se desvaneciera el espejismo.
¿El espejismo?
- ¿Nunca ha visto un espejismo? - No, nunca.
Yo nací en las tierras llanas, donde uno puede verlos.
Una vez vi uno.
Viajábamos por la llanura y de repente apareció.
Toda una ciudad reverberando al sol con sus torres y sus campanarios.
Y se hallaba cerca,
tan cerca, y parecía tan real,
que hubiese jurado que lo era.
Otras veces puede ser algo...
que sobrepasa la imaginación por su forma y color inigualables.
Algo muy semejante a un sueño.
Tan hermoso que no hay palabras capaces de describirlo.
Uno se encamina hacia él con ansiedad.
Cada vez parece estar más cerca y más cerca.
Y de repente, se desvanece.
Y no se vuelve a ver.
Esa misma visión...
jamás.
Por eso cuando uno ve un espejismo,
teme mover la cabeza,
o parpadear, o pronunciar una palabra.
No siga hablando, tengo que regresar.
Tía Sinforosa se muere de ganas de bailar.
La loca juventud.
¿Sí, capitán?
Ha olvidado que tiene que enviar un comunicado.
Tiene razón.
Beatriz, si me permites un momento.
- Un comunicado a palacio. - Claro.
Y no te preocupes por Alejandra. Seguro que está con el profesor.
Un comunicado cuyo destinatario será la reina,
y dirá textualmente: "No".
No te precipites en tus conclusiones.
No será para ella. Estará aquí mañana.
Sí, aquí.
Sólo faltan unas horas y Alejandra ha tirado la toalla.
¿Dónde está? ¿Y dónde está ese monstruo?
Voy a desmayarme.
Te lo prohíbo. Tenemos muchos invitados.
¡Pero no de los que me interesan!
Alejandra se ha ido y luego Alberto. Si tú te vas, murmurarán.
¡Cálmate!
De acuerdo, Carl. Pero tráeme las sales.
Aquí tiene el "comunicado", alteza.
Creí que nunca llegaría.
¿Le sirvo?
Gracias.
A propósito, ¿adónde han ido?
Señor,
me asombra tal osadía.
Un hombre como el profesor tratando de escalar el Mont Blanc.
Puede retirarse.
Alteza.
Princesa.
Ruego a su alteza que espere un momento.
- No hay nada que hablar. - Sí lo hay.
En ocasiones lo que uno consideraba un espejismo,
existe en realidad.
Hasta hoy, su alteza me habló en un tono tajante, severo.
Hasta su cortesía era pura formalidad.
Sólo su indiferencia era auténtica.
Pero ahora, de repente, todo ha cambiado.
Por primera vez me ha mirado como a un hombre.
- No siga hablando. - Es necesario.
Todos los días, desde que estoy aquí,
ha visto un ser cuya expresión, voz y modales
han sido comedidos, y oficiales también.
Pero en su corazón ardía un fuego oculto.
Durante ese tiempo supe dominar mis impulsos, pero ahora...
Yo no quería que fuese así.
Hay cosas que no se pueden evitar.
- Estoy tan avergonzada. - ¿De qué?
Si puede decírmelo, ¿por qué no me lo dice?
No le hubiese hablado así si no la hubiera visto preocupada.
Lo que pase después no importa,
deme al menos esa satisfacción.
Ud. no lo comprende. ¿Cómo podría?
Pero si ha ocurrido, todo lo demás no importa.
Hay un motivo,
pero no el que usted imagina.
Debo decírselo. Si no lo hago, tendría remordimientos.
Usted sirve a mi familia, y yo también.
Y la familia y mi madre...
No tiene otra ambición que la de casarme con el príncipe heredero.
Recuperar el trono perdido.
Pero hasta ahora no existe ningún indicio...
de que vaya a suceder.
¿Se da cuenta de la difícil situación en la que me encuentro?
El príncipe apenas se ha fijado en mí.
Por eso mi madre pensó en interponer a alguien,
a otro hombre que consiguiese despertar celos en él.
Jamás he hecho daño a nadie, no a sabiendas.
Usted es el primero.
Aunque tampoco quise hacerlo.
¿Por qué cree que siempre me mostré fría y reservada con Ud.?
Sólo porque siempre sospeché, siempre advertí...
que yo le inquietaba, pero fui débil.
Desde que era pequeña, nunca me he opuesto a mi madre.
Fue ella quien me sugirió que le invitara esta noche.
Si hubiera sabido lo que esto suponía,
cómo miran los ojos de un hombre que siente así,
o que alguien me miraría como Ud. me miró.
No le pido que me disculpe, pero...
¿podrá apreciarme un poco por habérselo dicho?
¿No tiene nada que decir?
Contésteme, por favor.
¿Sólo hizo lo que le ordenaron?
No culpo a mi madre, sería injusto.
También yo tengo culpa.
Ambiciono ser reina.
Entonces me retiro. El señuelo ha cumplido su misión.
El resto de la velada es para cobrar la presa.
- No me lo reproche. - ¿Debería?
Todos tenemos nuestro papel en el reparto.
¿Le he herido mucho?
No. Sólo fue un leve cachete.
Le aprecio y le suplico que me perdone. ¿Lo hará?
No, alteza.
No corras tanto. Te hemos echado de menos.
Princesa...
Y aquí está el profesor, naturalmente.
Te ha sentado bien tomar el aire.
¿De qué se trataba? De enseñanza al aire libre.
El profesor me hablaba de las estrellas: Vega, Capella...
Tiene talento en tantas materias. Es asombroso.
¿Es también experto en rosas?
- ¿En rosas? - No, por lo visto no.
Debería pedirle a la princesa que le enseñase.
Puesto que vive aquí y su rosaleda está tan a mano,
no debería desperdiciar la ocasión.
Pero le estamos reteniendo y no debemos hacerlo.
Alberto, yo...
Vaya, si estamos todos aquí. Magnífico.
Algunos acaban de volver del paraíso.
Sí, hemos vuelto a la tierra.
El pobre Alberto descansaba.
Eso de tocar el contrabajo es agotador.
¡Alejandra!
Espero que no hayas tomado demasiado el fresco.
Beatriz, gracias a Dios.
Vamos a servir un aperitivo y luego cenaremos.
Pensé que preferirás cenar en familia.
El encantador círculo familiar. Los círculos me entusiasman.
Pero aborrezco los triángulos.
¿Vienes conmigo?
Será un honor.
Siempre envidié el apetito de los Borbones.
Una vez Luis XV se comió 10 chuletas seguidas.
¿O fue Luis X y 15 las chuletas?
Profesor, le enviarán la cena a su habitación.
- Debe madrugar y estará cansado. - No estoy cansado.
Si tiene gana de irse a dormir, admítalo.
¿Dormir, alteza? Si acabo de despertar.
No hará más de 5 minutos.
- Esos dos... - Ha ocurrido algo.
Lo sabía. No creo que a Alberto le guste.
Y no sabe nada de música.
Entonces tengo que felicitarle.
- No veo por qué, alteza. - ¿De veras?
Dudo que haya un profesional capaz de tomar parte
en un dúo, un trío y la orquesta completa al mismo tiempo.
Gracias.
Creo que el primo Alberto se siente triunfante.
Al fin ha hallado un tema del que sabe más que el profesor.
Sí. Eso es difícil.
Alejandra, tengo una queja. No me has mirado en toda la noche.
Es posible que haya aprendido algo sobre ese tema.
Los grandes músicos no alardean de sus méritos.
Alejandra, que Alberto pruebe los canapés de salmón.
Insisto.
Si no se encuentra bien, sabremos disculparle.
Estoy fenomenal.
Por la bella hija de la casa.
A su salud y por su felicidad.
Un trago muy saludable.
Salud.
Ese vino es fuerte y no debe beberse así,
- sino a pequeños sorbos. - Debo confesarle una cosa.
Es la primera copa de vino que bebo en mi vida.
- ¿Ah sí? - Sí.
Pero esta noche puede ocurrir cualquier cosa.
¡Alejandra!
- ¡Alejandra! - Eso ha sido una locura.
Acabo de explicar que hay que beberlo lentamente.
Se sintió obligada a acompañar al profesor.
No tenías que hacerlo, no tienes costumbre de beber.
No, mamá, pero así también he vivido una nueva experiencia.
- Deseo brindar de nuevo. - ¿Por usted?
Por Napoleón, que hizo y destruyó reyes.
Autor de esta frase profunda: Un ejército marcha sobre su estómago.
- Debe ser incómodo. - Era un genio.
Y sabía que hasta el más pequeño detalle importa.
Así lo aprendí en astronomía.
No deben despreciarse ni las partículas del universo.
Esas partículas constituyen en sí un mundo inmenso.
- ¿Cada una de ellas? - Sí.
¿No cree que algunas se lo imaginan?
Es difícil para los que gobiernan la Tierra poder apreciarlo.
Hablan de sus 10 millones de súbditos o de su ejército de 2 millones.
Ni se les ocurre pensar que cada unidad de esos millones
es un mundo soberano.
Un mundo al que no hay que destruir.
Hijo, aquí nadie quiere destruir ninguno de sus mundos.
Claro que no. ¿Por qué no toma un canapé?
Hay mujeres que pueden hacerlo.
Con una simple sonrisa.
¿No le gusta lo que digo, alteza?
Puede que sí.
Supongo que a su alteza no.
No estoy acostumbrada a esta clase de controversias.
- Y no me interesan. - Creo que habla muy bien.
Muchas de sus frases no tienen sentido, pero son deliciosas.
- "Cada estrella, un mundo soberano". - No todas.
- ¿No? - No.
Un planeta, pese a la importancia de ese título, no tiene luz propia.
Reluce con el reflejo del sol, el sol imperial.
Sin duda tiene razón, yo sé poco de esas cosas.
No, su alteza, ni sabe ni quiere saber.
Es maravilloso.
Un hombre que se atreve a decir que hay algo que no entiendo.
- Repito que no. - Profesor. Alberto, debo...
He esperado 20 años a que me hablen así.
Al fin un hombre me habla como a un igual. Estoy encantado.
- No me interesa si lo está o no. - Y ese candor me gusta.
Esta noche será inolvidable.
Alberto, a lo mejor te gustaría irte a dormir.
- Beatriz, usa tus sales. - No.
- Mamá... - Déjame. Déjame.
¿Qué te pasa, Beatriz? ¿Te encuentras mal?
¡La cabeza, ay mi cabeza!
Te acompaño a tu habitación.
No, no, prefiero Alberto, habla mejor el francés.
- Alberto. - Estoy aquí, Beatriz. Ici la France.
- Merci, merci, Alberto. - Beatriz...
- Sinforosa, déjame en paz. - Beatriz.
No me dejes, Alberto.
No, hijo mío, espere.
Carl, ¡no te quedes ahí! Quizás esta vez sea verdad.
Tía, el verdadero mal está aquí.
Lo vi venir desde que empezó la velada.
Por favor.
Muchacho, ¿no has cometido bastantes locuras ya?
- La culpa es mía... - Hija, tranquilízate.
Tomémoslo con calma, para eso me he quedado.
No pude contenerme más, padre.
Dios sabe cuánto me esforcé en dominarme,
pero soy un hombre, y enamorado.
¿Cómo podía escucharle impasible? ¿Cómo consentir...?
- ¿También estás furioso conmigo? - No, padre.
¿Entonces por qué me gritas?
Oigo bien lo que dices y lo comprendo.
¿Comprende que un hombre pueda ser tan cándido?
¿Que en su estupidez creyera en aquella invitación?
¿Que creyese en un milagro?
Cuando advertí mi error, algo estalló en mí.
Tuve que hacer lo que hice,
era necesario y aún necesito más.
- ¿Más? - Sí, más.
¿Y éste es nuestro serio y estudioso profesor?
¿Qué te parece, querida?
Tío Carl, me gusta mucho que sea así.
Esto es más grave de lo que pensaba.
- Si al menos me perdonase. - Yo te perdono por él.
No te avergüences, son cosas normales e inevitables.
- No lloro por eso. - ¿Entonces, por qué?
Es que me da mucha lástima.
No imaginaba cuánto le hería, mucho más de lo que creía.
Y cuando me mira...
me siento tan...
¿Qué sientes, Alejandra?
Dímelo.
Le pregunté si le había herido mucho,
y dijo que no, que sólo fue un cachete.
Lo dijo de un modo...
De repente le vi de niño en las llanuras donde vivía,
en una aldea de casitas rodeadas de acacias,
y a su madre que lo quería y estaba tan orgullosa de él...
Incluso cuando tenía que darle un cachete.
No sé por qué, sentí lo mismo por él.
¿Qué opinas de eso?
- Que el cachete debería dártelo yo. - ¡Oh, tío!
¿Lo ves? Yo entiendo a las mujeres.
Yo no. Pero no importa.
Pobre mamá. Será mejor que vaya a verla.
Mejor no.
Su proceder ha sido muy cruel.
Sí, ha sido cruel, pero yo también.
Aparte de eso, me siento tan feliz.
Tío Carl, ¿quién te enseñó a ser tan comprensivo?
Hijita, ¿no creerás que nací con el hábito puesto?
En menudo aprieto me ha puesto tu madre.
Cuando los caballos se desbocan, ella salta y ahora...
tendré que tomar yo las riendas.
No me mires así. ¿Cómo puedo ser severo con vosotros?
Os contemplo y no puedo reprocharos nada.
Dos criaturas desesperadas, pero tan felices.
Jamás volveréis a ser felices como ahora.
Quizás vuestra felicidad ya se desvanece.
Apenas la sentimos, se va.
Lo sé porque yo pasé por un trance semejante.
Y ahora tenéis que despediros con calma y sensatez,
como dos personas inteligentes.
Perdonaos mutuamente y daos las buenas noches.
Quedad con Dios.
¿Cuál es su nombre de pila?
Nicolás.
- ¿Cuántos años tiene? - 27.
¿Cómo se llama el pueblo en el que nació?
Cegled.
Al fin estamos solos y ¿me pregunta datos?
Quiero conocerlo, quiero saberlo todo y enseguida.
No sé por dónde empezar.
Quizás nos veamos por última vez.
Si me quiere, dígalo.
Si esto es amor,
es igual que lo que me ocurrió de pequeña,
con el emperador.
Lo había visto en tantos retratos con su capa,
y una corona de oro en su cabeza.
Todo esplendor y magnificencia.
Cuando vino a visitarnos, con un traje sencillo,
no lo reconocí.
Eres tan dulce y tan preciosa.
No se acerque, Nicolás.
Nunca he visto un hombre enamorado, y menos aún enamorado de mí.
- ¿Me tienes miedo? - Si es eso, quiero tenerlo siempre.
Quiero ser tan buena contigo, quiero cientos de cosas.
Quiero desvelarte todos los secretos de mi corazón.
Yo también admiro a Napoleón.
Princesita.
Quiero oírte pronunciar mi nombre.
Alejandra.
Alejandra.
Quiero serlo todo para ti.
Quiero cuidarte y mimarte y...
- Come algo. - No tengo hambre, estoy sediento.
- ¿Quieres vino? - Sediento de tus labios,
y de tus ojos, de quedarnos sin palabras.
No debes hablar así, ni mirarme de ese modo.
Alejandra.
Quiero mirarte a los ojos,
y ver cómo se cierran tus párpados.
Por favor, me das miedo.
Jamás pensé que pudieras darme tu amor.
¿Me reprochas ahora que quiera tomarlo,
que quiere sacarte de aquí?
Cierra los ojos y que callen los labios.
Nicolás, Nicolás.
Alejandra, tu madre ha tenido que acostarse pero ya está mejor.
Hemos tenido una charla muy iluminadora.
Bien, te deseo buenas noches, que descanses.
Vaya, el profesor.
Su pequeño discurso fue muy interesante y original.
Algo totalmente nuevo.
- Una impertinencia astronómica - Alberto.
Toma una copa con nosotros, nos lleva al cielo,
pero él se queda allí y a mí me deja caer a la Tierra.
- Eres injusto, no es como nosotros. - Ya lo he notado.
- Procede de un mundo más libre. - Sin duda.
- No le atan los convencionalismos. - Eres demasiado generosa.
Tu madre me lo ha contado todo.
Has sido la víctima inocente de sus desagradables atenciones.
Eso no es cierto, no comprendes.
- Cuesta comprender una mala jugada. - Alteza, la cena está servida.
Tu tolerancia te honra, pero no defiendas sus malos modales.
- Sigue siendo insolente. - Alteza...
No consiento que le llames eso.
No sólo le llamo eso, sino que muchas cosas más.
Es un vanidoso de la peor especie, un ambicioso de lo más bajo,
un astrónomo maleducado que pretende enganchar una estrella
a su carro de palurdo y arrastrarla por el fango.
Nicolás, no le repliques, te prohíbo que lo hagas. ¡Nicolás!
Eso ya es otra cosa.
Totalmente diferente.
Siendo así, profesor, discúlpeme.
Buenas noches.
Le ha llamado palurdo...
y ha dicho que sólo quería arrastrarme por el fango.
Ni ha tocado el desayuno, alteza.
No te preocupes.
- Lisa. - ¿Sí, alteza?
¿Todo el personal se aloja aquí?
Sí, alteza, en el ala de servicio.
- ¿Incluso César? - Sí.
¿O, por ejemplo, el profesor?
Siguiendo por el pasillo central, cruce la puerta de servicio,
tuerza a la derecha y su habitación es la primera de la izquierda.
Gracias, sólo era curiosidad.
¿Qué es eso?
Es la reina.
Es su majestad, alteza.
- No puede ser. - No cabe la menor duda.
Son las nueve.
Mamá adora pillar a la gente desprevenida.
¡Más que desprevenida! ¿Qué ocurrirá cuando se entere?
Ahora ya lo sabe.
- Beatriz, ¿has visto? - Claro, 2 horas antes. Típico.
- Aún y así, llegará tarde. - ¿Y esto?
- Se va al mar Negro sin desayunar. - Tú recibirás a Dominica.
- No puedes huir. - ¿Por qué no?
Si entra por una puerta, yo saldré por otra.
Tú vives tranquilo en el monasterio y no la conoces.
No deja de recordarnos que nos dio un hogar en el destierro.
Esta humilde morada.
¿Dónde está mi sombrero?
Es capaz de quitárnosla en un momento.
Si no la detienes, me tiraré por esa ventana.
Tendrá que pasar por encima de mi cadáver. Entretenla, ¡por favor!
No llores, hija, Dios nos ayudará.
Sólo él puede hacerlo.
Carl, ¿todavía no te has vestido? Es verdad, siempre vas así.
Su majestad trae honor y gloria a esta casa.
También traigo mis remolachas. Son buenas para la tez de Beatriz.
Menos reverencias y más trabajar.
En mi palacio sustituí la mitad de las reverencias por trabajo.
¿Dónde está Beatriz?
Ayúdeme a quitarme esta funda.
César, tomaré una taza de caldo con jerez.
Supongo que mi hijo estará durmiendo.
Despiértele y dígale que venga a verme.
- ¿Y ella, aún no ha bajado? - Aún no. Ella...
- Bueno, subiré yo. - No, por favor. No se puede.
Hoy soy la prima. Es un asunto familiar, no una ceremonia.
¿Por qué no vas al salón? Espera el caldo ahí.
- No me mandes, no me gusta. - Pero...
Ni me repliques, que aún me gusta menos.
Sé que tenéis buenas noticias.
Beatriz está deseando verme y Alberto está encantado, lo sé.
Sólo me quedaré un par de horas.
¡Ahí viene!
Alejandra es encantadora, la recuerdo muy bien.
Le diré a Beatriz que la lleve a casa.
Beatriz, ¿dónde estás?
¿Eres tú, prima Dominica?
- ¿Está indispuesta? - Sí, mucho.
¡Qué desazón tienes, Beatriz!
Deja de retorcerte, no puedes hacer reverencias en la cama.
- ¿Por qué no me lo has dicho? - Pues ha sido tan repentino.
- Tal vez creía que ya se había ido. - ¿Ido?
No parece tan grave. ¿Qué tienes?
No es nada, una ligera erupción infecciosa.
¿Infecciosa? ¡Qué tontería! Deja que te vea.
No, que tengo escalofríos, me dan las dos cosas juntas.
Es corriente en la familia. Sé lo que hay que hacer.
Agua caliente para el frío y compresas frías para lo otro.
Tráigalas.
Todo se reduce a una excitación nerviosa.
No te sientas culpable.
Cuando una hija da una paso así, tienes derecho a ambas cosas.
Entonces ya lo sabes todo.
Pues claro que lo sé. Y estoy encantada.
- ¿De veras? - Tía, vete a desayunar.
Desayunemos todos, puesto que reaccionó bien ante lo ocurrido.
¿Lo ocurrido? ¿Qué ha ocurrido?
Beatriz, tú me ocultas algo. ¿De qué se trata?
¿Carl, Sinforosa?
¿Puedo pasar?
- Alberto. - Buenos días, mamá.
Supongo que estarás mejor, prima.
Creo que aquí ha sucedido algo raro, ¿qué es?
¿Qué?
- Qué sé yo. - Albertín...
Verás, mamá...
¿Qué sabes tú?
Sólo una cosa: tienes 30 segundos para contármelo todo.
Mejor vamos allí.
Hasta anoche, la prima Alejandra y yo no nos conocíamos.
La prima Alejandra era...
algo así como un carámbano, y yo era...
- ¿Qué era yo? - Un anguila.
¿Anguila?
- Sí, seguramente. - Escurridiza pero simpática.
Entre un anguila y un carámbano, no podía haber demasiado calor.
Era muy doloroso para mí.
Y supongo que también para Alejandra y Beatriz.
Yo diría que mucho más doloroso.
El caso es que todos sufríamos. Yo sufría,
Alejandra y la prima Beatriz sufrían,
y también Carl y la tía Sinforosa.
Sufrían los niños...
y el profesor.
¿Qué profesor?
Ahí está el asunto, los chicos tienen un profesor.
Deja ya de gemir.
Y ese profesor joven y simpático
sufrió más que todos nosotros.
- No comprendo por qué. - Lo comprenderás.
Pasaron 4 días sin derretirse el hielo, con la anguila...
Beatriz estaba desesperada, y ya sabes adónde lleva eso.
Aquí llevó al profesor.
¿Cómo supiste eso?
El capitán Wunderlich es un ayudante experto.
¿Y qué pasa con el profesor?
A Beatriz se le ocurrió inyectar competencia al asunto.
Pero olvidó un detalle.
El profesor, ese estudioso muchacho.
Te parecerá absurdo, pero estaba enamorado de Alejandra.
- ¿Y Alejandra de él? - Mamá, no interrumpas.
- Pero... - Y se le utilizó.
Un simple cebo para pescar una anguila.
Y fue tan humilde, tan callado en su sufrimiento.
- Patético. - Y yo lo insulté.
¿Cómo? No tenías derecho a hacerlo.
¡Qué mujer! No sólo es cerebro, es todo corazón.
¿Por qué insultaste al muchacho?
¿Por qué, por qué?
- ¿Porque tenías celos? - Claro.
Claro.
- ¡Ese automóvil! - ¿Me permites?
Sí.
Y después de eso, ¿qué pasó?
Ahí estaba él,
su sueño romántico desecho, un verdadero mártir,
y todo por consideración a la familia.
Madre,
¿no crees que un hombre como él es digno de elogio?
De los mayores elogios.
¿Y crees que tal individuo se merece un castigo?
Desde luego que no.
Entonces, ¿no merece desprecios, ni que lo despidan?
No.
¿Ni siquiera merece una reprimenda? No, más bien todo lo contrario.
Yo creo que merece... No sé, pero...
- Creo que merecería... - Merecería un beso.
Pues eso le dieron.
¿Qué? ¿Cómo que eso le dieron?
- Lo que has dicho. Ella le besó. - ¿Alejandra?
- Exactamente lo que ha dicho. - ¿Yo lo he dicho?
Ah, sí, sí, sí.
Sí. ¿Verdad que es horrible?
No podía continuar viéndole sufrir.
Una muchacha de corazón. El caso es que le besó.
- ¿Hay algo más natural? - No, supongo que no.
¿Lo ves, prima?
Tú en cama preocupada por una cosa que mi madre encuentra natural.
- ¿No es así? - Bueno, sí...
¡Sí!
Ese es el camisón más extraordinario que he visto.
No siempre podemos dar crédito a nuestros ojos.
Ni a nuestros oídos.
- Quiero ver a Alejandra. - Te la traeré enseguida.
La traeré yo.
- Mamá. - Mamá, el profesor Agi se va.
- ¿Por qué se marcha? - Se va esta mañana.
¡Silencio!
Un poco de respeto, esto no es una república.
Venid a saludarme.
Soy vuestra soberana y vuestra tía.
Me debéis doble respeto.
Y ahora, ¿a qué venía eso?
¿Por qué se marcha el profesor? ¿Lo han despedido?
- Es por culpa de Napoleón. - ¿Napoleón?
Mamá y el profesor no están de acuerdo sobre él.
- ¿No serás partidaria? - ¿Partidaria?
Tengo un libro que te enviaré, que es muy reconfortante.
Demuestra que Napoleón jamás existió.
No sólo eres un príncipe, sino todo un caballero.
Y también un mentiroso. Y probablemente un idiota.
¿Dónde está?
Alejandra, Alejandra.
Enseguida estoy.
Nicolás, me voy contigo.
Su alteza no necesita ir tan lejos.
- ¿Qué quieres decir? - Perdone, no debiera haber venido.
- Nicolás, ¿qué ha ocurrido? - Nada, no ha ocurrido nada.
¿Por qué te portas así? ¿Por qué me hablas así?
Es el respeto de un preceptor a una princesa.
Pero ¿aún no lo has comprendido? Estoy decidida.
Lo he pensado bien y nadie nos los impedirá.
Ni la familia ni nadie. Te pertenezco, vida mía.
¿No significa nada lo de anoche, o es que ya lo has olvidado?
Nicolás, yo sé por qué te comportas así.
Mi comportamiento y mi marcha repentina...
son la respuesta al beso que su alteza me dio.
Beso en el que compendiaba su compasión y desprecio.
- ¿Desprecio? - No me veía como un hombre.
Era sólo un perrito al que alguien había pegado.
Al que su alteza consoló con una caricia.
¿Así lo interpretaste?
Si lo hubiese interpretado de otro modo...
- ¿Sí? - Le hubiera devuelto el beso.
Su alteza lo comprenderá.
Sí, lo comprendo.
Celebro que lo viera tan claramente.
Es fácil ver claro por la mañana, cuando brilla el sol.
- Y no las estrellas. - No, las estrellas, no.
Me alegro, es mejor así.
Sí, mucho mejor.
- Los niños lo echarán de menos. - Enseguida me olvidarán.
Alejandra, creí haberos dicho que os despidieseis anoche.
Y así fue.
Aunque fui tan estúpida que no me di cuenta.
- Capítulo terminado, ¿verdad? - Sí, padre, definitivamente.
No me equivoqué con Ud. No le digo adiós, tendrá noticias mías.
Ha dicho que no era más que desprecio.
Desprecio y compasión.
¿Cómo puede decir eso? No es cierto.
Yo conozco mis sentimientos.
¿Lo crees?
Te has pasado la vida aprendiendo a reprimirlos.
Y cuando de repente afloran, es muy fácil equivocarse.
¿Le besé por compasión? ¿Crees que fue eso?
Yo creo que algún día
tú misma reconocerás que fue por eso.
Seca tus lágrimas y ven.
Quizás halles la respuesta aquí dentro.
No te alarmes.
No se trata de un duelo ni de la guillotina.
¿Entonces qué?
De tu porvenir.
Y de mi participación en él.
Yo no tengo porvenir.
Y si lo tuviera, no lo compartiría con quien se ha portado como tú.
Nos has insultado, a mí y a mi familia.
Incluso antes de venir, enviándonos un telegrama de último minuto.
Llegas aquí a media noche y no apareces hasta la noche siguiente.
Es cierto, no lo niego.
Mejor no hubieses aparecido, porque te comportaste como...
¿Una anguila?
Me has tratado como a...
un ser insignificante, como si fuera invisible.
Quizás lo fueses al principio.
Y ahora que tu madre está aquí, pretendes remediar las cosas.
Tal vez lo consiga.
Mi madre ha sobrevivido a lo peor del terremoto.
El resto sólo derrumbará algunas cosas más.
No sé a qué te refieres.
Vete con tu profesor, Alejandra.
Cásate con él para bien o para mal. No será peor que la alternativa.
Como marido, yo no sería ni ornamental ni listo.
Mis bromas ni siquiera son graciosas.
También él tendrá defectos, pero...
si le quieres, y creo que sí,
no los verás.
Y seguro que si su mano roza la tuya, no te sobresaltarás.
Así pues, vete con él,
y con mi beneplácito, aunque sea el único.
El día en que reine,
haré que se os permita regresar desde donde estéis.
Y si alguna ley lo impide, haré que el Parlamento convoque otra.
Gracias, Alberto, pero...
el Parlamento no podrá hacer nada.
- Ruego que me disculpen. - No se vaya, profesor.
Al menos, no sin aquello por lo que ha venido.
Sí, pase y llévese sus libros.
Confieso que le admiro por su calma asombrosa,
y por el dominio que tiene de sí mismo.
¿Por qué no se condujo anoche de ese modo?
Tuvo que jugar con mis sentimientos y mi inexperiencia,
llevándome hasta el extremo de estar dispuesta a dejarlo todo,
a seguirle sin importarme que se hundiese el mundo.
Lo único que pretendió anoche fue divertirse a mi costa.
Tenías razón, es un advenedizo y un egoísta.
No le importa nada de mí ni de lo que pueda ocurrirme.
No le conteste, se lo prohíbo.
Amigo mío, aún no lo veo muy claro,
pero no importa, fue muy aleccionador conocerle.
- ¡Profesor! - ¡Profesor, espere un momento!
Tu padre solía llamarte Cisne, según tengo entendido.
Creo que es conveniente recordarlo.
Piensa en lo que significa ser un cisne.
Es deslizarse como un sueño sobre la superficie de un lago.
Sin salir nunca a la orilla.
En tierra firme, dónde camina la gente,
el cisne es torpe y hasta ridículo.
Cuando anda por la ribera,
el cisne se parece a otra clase de ave.
- Al ganso. - Me temo que sí.
Y por eso debe quedarse dentro del lago,
silencioso, blanco,
majestuoso.
Ser un ave, pero jamás volar.
Conocer un canto, pero no cantarlo nunca,
hasta el momento de morir.
Y así tendrás que ser tú.
Altiva.
Fría e indiferente ante la multitud que te mira desde la ribera.
Pero tu canto...
jamás.
Llévame adentro, Alberto.
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