All language subtitles for Le fils de Jean (A Kid) (2017).1080p.BluRay.x264-LOST

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Original subtitles

- ¡Buenos días, Etienne! - ¡Ah, hola, Marina!

¿Quieres que responda yo?

¡Sí, por favor!

¿Diga?

Sí.

Espere, no cuelgue.

¡Quieren hablar con la señora Capelier!

¿Qué?

¡Preguntan por la señora Capelier!

¿Quién es?

¿De parte de quién, por favor?

El señor Lesage, llama desde Canadá. Pregunta la dirección de su hijo.

- ¿Y para qué la quiere? - Dice que para qué la quiere.

¡Para enviarle un paquete!

Ah. La dirección está en la libreta azul. Es Mathieu.

Un segundo, por favor.

Es el 64 de la calle Vouillé.

Vouillé. V-O-U-I… L-L-É.

75-0-14. París.

Sí.

Pues Mathieu. Mathieu Capelier.

De nada. Adiós, señor.

Sí...

¡Ya está, ya la he encontrado!

¿Quiere que llame a Mathieu para avisarle?

¡Si tú quieres, sí!

También voy a comprar detergente para el lavavajillas.

Ah, ¿y qué quería?

¿De mi madre?

Vale...

Muy bien, gracias.

¿Podrías comprobar en el teléfono si el número ha quedado grabado?

Gracias.

- ¿Todo bien? - Ya lo he enviado.

Perfecto.

Sí, adelante.

Sí...

Sí...

Sí, buenos días. Soy Mathieu Capelier.

Intentó hablar conmigo hace un rato.

Perdone, sí, espero.

Gracias.

¿Vienes?

Ya voy.

Sí.

Sí, era mi madre, ¿por qué?

Porque está muerta, señor. ¿Pero quién es usted?

No.

¿Cómo se llamaba?

Y... ¿cuándo murió?

¿Tenía hijos?

Nos queda el problema de España y Portugal.

Las cifras siguen sin ser buenas.

Coralie, ¿tienes algo que decir?

Bueno, en el primer trimestre hemos perdido el tres por ciento.

De los minoristas aún no tenemos cifras, solo una tendencia,

y no es muy buena.

Por otro lado, en las grandes superficies se nota una cierta subida en Hipercor,

pero al mismo tiempo también hay una bajada en Carrefour,

Intermarket y Supersol.

Vamos a invertir en publicidad: Anuncios por radio, Internet...

- ¿Y la tele? - No, es muy caro.

Nos centraremos en los veterinarios, les enviaremos e-mails;

En los hipermercados, insistiremos en las promociones;

Y además reuniremos a los comerciales y presionaremos...

- Ah, hola. - Hola.

- ¿Quieres llevártelo? - No. He venido a hablar.

- ¿Qué pasa? - ¡Papá!

¡Hola!

Estoy poniendo todos los países en “una planisferia”.

En “un planisferio”.

- No me digas. - Ven a verlo.

Venga, entra.

¿Sabes su nombre?

Jean Edel.

Era médico.

Y el tipo que te llamó, ¿quién era?

Un amigo suyo.

Él le encargó enviarme un paquete, si se moría.

Quería mi dirección.

¿Y qué vas a hacer allí?

Saber quién era...

y ver a mis hermanos.

- ¿Irás al entierro? - ¿El entierro de quién?

- Alguien a quien no conocías. - Toma, mira.

¿Sabes qué, cariño?

No podré venir a recogerte este fin de semana.

- Tengo que ir a Canadá... - ¿A Canadá?

- ¿Vas a ir en avión? - Sí.

- ¿Puedo ir contigo? - Oh, no, no es posible.

Pero los dos fines de semana siguientes, estaremos juntos.

¿Así está bien?

Sí.

Pero no son países, son continentes.

Vale.

Y esto no es Australia.

Es Oceanía.

Ah, sí. Lo cambiaré.

¿Cuándo volverás?

El martes o el miércoles.

- De acuerdo. - Papá.

¿Y qué pasa con el judo?

- ¿Cuándo es? - El martes por la mañana.

Aun no habré vuelto.

¡Valentín!

Lo siento, cariño, pero tengo que ir.

Pero volveré pronto.

Ya iremos a otros torneos.

¿Vale?

¿Cariño?

Entréguelo a la salida. A la derecha. Buenos días.

Igualmente. Gracias.

- Buenos días. - Buenos días.

- ¿Viene por trabajo o por turismo? - Turismo.

¿Díga?

Sí, hola.

Gracias.

Ah, de acuerdo. No sabía que ibas a venir.

Sí, de acuerdo.

- Sí, disculpe. ¿Mathieu? - Sí.

- Pierre. - Hola.

Sube... Discúlpeme.

¿Y por la noche también?

Entiendo.

No, no, no puedo saberlo, tendría que verle.

Sí, sí. Espere…

El martes a las dos, ¿le viene bien?

Si no, el miércoles, a las 17:30.

Muy bien, el miércoles, entonces. Gracias. Adiós.

Lo siento mucho.

- ¿Recibiste mi mensaje? - Sí.

Intenté llamarte, pero no me daba señal.

No entiendo por qué vienes hoy, si el entierro es el lunes.

Porque me gustaría conocer a mis hermanos.

- ¿Para qué? - Para verles.

- ¿Has reservado hotel? - Sí.

El Hotel de las Artes. Calle Santo Domingo.

- Está cerca de Sherbrooke. - A ver.

Sólo tenía que enviarte el paquete.

Tus hermanos no saben que existes y su madre tampoco.

Acaba de perder a su marido, y ellos a su padre.

¿No te parece que ya tienen suficiente?

¿De qué murió?

Un infarto.

Ya había sufrido dos antes, así que esperaba que pudiese pasar algo así.

Por eso me había dado el paquete para ti.

Hace quince días, estaba pescando…

Se cayó de la barca y no han podido encontrarlo.

¿Cómo van a enterrarlo, si no hay cuerpo?

Es una ceremonia, nada más.

- ¿Seguro que está muerto? - Claro que está muerto.

Encontraron la barca vacía en medio del lago, no pudo salir volando.

- ¿Habías estado en Montreal? - No, nunca.

¿Cómo conoció a mi madre, lo sabe?

- ¿No te lo contó? - No.

Fuimos a París, al congreso de un laboratorio.

Ella trabajaba para el laboratorio.

- ¿Eres médico? - Sí.

Se conocieron la primera noche.

Queríamos quedarnos unos días, para visitar la ciudad.

Pero él no puso un pie en el congreso y a la torre Eiffel tuve que ir solo.

¿Ella no te lo contó?

No, eso no.

¿Qué te dijo?

Nada.

Nunca habló del tema.

¿Hace mucho que murió?

Ocho años.

Después de eso, subimos al avión y volvimos aquí.

¿Cómo se llaman mis hermanos?

Benjamin y Samuel.

¿Y a qué se dedican?

Uno es abogado en Toronto.

El otro fue campeón de motocross. Ahora vende motos.

- ¿Aquí? - Sí...

- ¿Y tú? ¿En qué trabaja? - En agroalimentación.

- Comida para animales. - ¿Para el ganado?

No, para perros.

Las croquetas.

Es aquí.

Te llamaré más tarde para darte la dirección de la ceremonia del lunes.

Si quieres, mañana puedo llevarte a visitar Montreal.

Gracias, pero no he venido para eso.

Ya verá a tus hermanos el lunes. Es mejor así.

Está bien, gracias.

¡Espera!

Toma, tu paquete.

Ya ves que no valía la pena atravesar el Atlántico.

- ¿Qué es? ¿Lo sabes? - No me lo dijo.

Bueno, te llamo más tarde.

Sí, soy yo.

Llamo para decirte que he llegado bien...

y para mandarle un beso a Valentín.

Sí, bueno, ya te llamaré. Dale un beso.

Tendrá que tomar una decocción de saúco.

- En dos días le habrá pasado. - ¿De qué?

De saúco.

Yo se lo daré.

Quédese así veinte minutos.

- ¿Sí? - Perdona que te moleste.

No, tranquilo, ¿qué ocurre?

Te llamo por el paquete que me diste.

Sí.

- Dentro había un cuadro. - Ya… ¿Y qué pasa?

Un retrato de un niño.

Lo he consultado en Internet, en una página de subastas.

Vale una fortuna.

Hay otro del mismo pintor que se vendió por 24.000 dólares.

- Del mismo estilo y tamaño. - Bueno, ¿y qué?

Pues que no puedo quedármelo.

¿Por qué? Claro que puedes, es tuyo.

Esto es absurdo. Yo no conocía a ese hombre.

No le entiendo. ¿Qué quieres hacer con él?

Nada, devolverlo.

No quiero su dinero. Además, no dejó ni una carta.

Escucha, a mí me encargó que te lo diese.

Y tú haz lo que quieras. Déselo al Ejército de Salvación,

a quien quieras, pero no puedes devolverlo.

¿Y cómo vas a explicarlo, eh? ¿Qué vas a decirles?

Ya te dije que nadie sabe que existes.

Considérelo como tu herencia. A los otros no les falta de nada.

Vale, vale. Duerme un poco y lo verás de otra manera.

¿Qué?

¿Pero qué se te ha perdido allí?

- ¿Puedo ayudarte? - Sólo miraba.

¿Eres más de motocross o de enduro?

- De cross. - Entonces, esa es la mejor.

Equipamiento Akrapovic, horquilla W-P, ruedas Excel…

No encontrarás una mejor.

¿Compites o es por diversión?

Por diversión.

Bueno, es la réplica del modelo de fábrica.

Tres veces campeón del mundo: Potente, manejable...

Gracias.

- ¿Eres francés, no? - Sí.

Qué bonito, Francia.

Ah, hola.

Si quieres, podemos quedar para probarla.

- Lo pensaré. - ¿Te gustan las motos?

¿Os conocéis?

- Sí. - ¿Por qué no me lo has dicho?

Sam no está.

No creo que venga ya hoy.

Ha ido a buscar a su hermano al aeropuerto.

Mañana irán al lago.

- ¿Para qué? - Para buscar el cadáver.

Creen que ha podido subir a la superficie…

desde que se paró la búsqueda.

Su hermano está empeñado en velar el cadáver…

y después enterrarlo, con la sinagoga y el rabino.

¿En serio?

Sí. Ya sabes cómo son.

Cerramos los domingos. Ven cualquier otro día.

- Pregunta por Remi. - De acuerdo.

Gracias.

- Le diré que has estado aquí. - No, no.

Ya le llamaré.

No lo sé. No volví a verle más.

¿Edel es un apellido judío?

Era Edelstein, originalmente.

El abuelo afrancesó el apellido.

¿Era practicante?

¿Jean?

No. En absoluto...

¿Dónde está el lago? ¿Está lejos?

Oh, para ya con eso.

- ¿No bebes? - Dame sus números.

Ya no son unos niños. No van a desmayarse.

- No se lo dirán a su madre, tranquilo. - ¿Crees que se lo ocultarán toda la vida?

Intenta entenderlo un poco.

- Ya les verás en el entierro. - A mí me da igual el entierro.

- Hola. - Hola.

Traigo un invitado.

- Hola. - Hola.

- Angie. - Mathieu.

Tu hija está aquí.

- ¡Hola, papá! - ¿Ah, sí?

- ¿Vienes para el entierro? - Sí.

- Hola. - Hola.

Mi hija, Bettina. Mathieu.

- ¿Qué tal? - Un placer.

Entra. ¿Qué quieres?

¿Whisky? ¿Cerveza?

Cerveza.

Cerveza. ¿Vosotras también queréis una?

- Sí. - Sí, yo también. Ya vengo.

Vamos, entra.

- ¿Quién es? - Ven.

- ¿Quién es? - Ven, ahora te lo explico.

Hola.

¿Os ha comido la lengua el gato?

- Hola. - Hola.

Venga, a la ducha. Ya voy.

- Las he asustado. - Lo dudo mucho.

- ¿Eres francés? - Sí.

Siéntate.

- ¿Cómo habéis venido del aeropuerto? - En taxi.

Podrías haberme llamado.

¿Seguro que es buena idea que vayas al entierro?

He venido por Eva.

- Perdóname, no lo sabía. - Ah, no...

- Nadie lo sabía. - ¿El qué?

¿Por qué no me lo habías contado?

No habrías sido capaz de mantener la boca cerrada.

- Mathieu es el hijo de Jean. - ¿Lo ves?

Tiene que saberlo.

¿Cómo que eres el hijo de Jean?

Su hijo biológico… Acabo de enterarme.

Yo también.

- ¿Acabas de llegar? - Sí.

¿Quieres darte una ducha o…?

No, gracias. Me he duchado en el hotel.

¿Cómo que en el hotel? ¿Pero por qué no duerme aquí?

- Tú puedes dormir con las niñas. - Pues sí.

Que haga lo que quiera. Dejadle en paz. Toma.

Gracias.

Supongo que Eva tampoco lo sabe.

¿Tú qué crees?

¿Te gustan las côtes levées?

- ¿Las qué...? - Las côtes levées.

Las costillas de cerdo.

Ah, sí.

Bien.

No debió ser fácil para ella. Para ti tampoco.

- No, pero después conoció a alguien. - ¿Alguien que vivió contigo?

Deja de quitármelas...

¡Niñas, calmaos!

¿Qué edad tenías?

Un año y medio.

Entonces fue él quien te crio.

Más o menos.

¿Y tú sabías que no era tu padre?

Mi madre me lo dijo a los catorce años.

¿Y te llevabas bien con él?

- No demasiado. - ¡Anna, ya basta!

- ¿Y tienes más hermanos? - ¿Quieres saber su grupo sanguíneo?

- No, no tengo. - Vale, ya es suficiente.

- Es hora de ir a dormir. - Venga.

Vamos, vamos.

Buenas noches, niñas.

- Buenas noches. - Buenas noches.

- ¿Tú también tienes hijos? - Sí, un niño. De la misma edad.

- ¿Va a venir? - Ah, no. Está en París.

- ¿Cómo se llama? - Se llama Valentín.

- Venga, despedíos. - Buenas noches.

- Buenas noches. - Buenas noches.

Nosotros tenemos dos hijas.

La otra vive en Australia, en Sidney.

Está casada, tiene tres hijos.

Nunca los vemos.

- ¿Tiene alguna foto? - ¿De Julia?

No, de mis hermanos.

Ah, sí, claro. Espera.

Eres un testarudo.

Pues sí.

Al menos podré verles la cara.

La única reciente, es una de tu padre.

Pero aparte, tengo estas.

Fue Pierre quien la hizo… Como prueba,

porque se llevaban mucho whisky, pero traían pocos peces. ¿Eh?

Mira esta. Es en su casa.

Este es Sam… y este es Ben.

Tu padre…

Su mujer Eva.

Estas son Bettina y Julia.

- Veo que ya has sacado las fotos. - ¿Y qué? Nunca les ha visto.

Siempre estábamos juntos…

Después, Jean montó su clínica, estaba muy ocupado.

Continuaron yendo a pescar, pero ya no era lo mismo.

Nos veíamos menos.

¿Es este el lago?

Sí.

- ¿Aún quedan fresas? - Sí.

- ¿Tú quieres? - Sí.

- ¿Tiene su número de teléfono? - ¿De quién?

De mis hermanos.

Sí, claro.

- ¿Tú los ves a menudo? - No. La verdad es que no.

- Vivo en Vancouver, así que no. - ¿Queréis café?

- Yo, sí. - Yo también.

¿Y en qué trabajas?

Psicóloga, para adolescentes.

- ¿Tú a qué te dedicas? - Soy comercial.

Pero también escribo.

- ¿Qué escribes? - Novela negra.

¡Mamá! Escribe novela negra.

- ¿Ah, sí? - Bueno, solo he publicado una.

Pues la leeré. Leo muchas, ¿sabes?

- Toma, estos son los dos números. - Gracias.

Estoy leyendo una.

De James Crumley, El baile del oso. Es muy buena.

¿Sí?

A tu padre también le gustaban leer.

Le hice descubrir algunas joyas:

Montalbán, Miranda,

- Paul Cleave... - Ah, Paul Cleave: Un empleado modelo.

- Esa está bien. - ¿Lo conoces?

Sí.

Un día vamos a tener que hablar del tema.

Sí.

- ¿Hace mucho que escribes? - Unos tres años.

¡Qué bien!

Sí. Me gusta. Me libera, me sienta bien.

Tal vez yo también debería intentarlo...

- Gracias. - Ha sido un verdadero placer.

Para mí también. Adiós.

- Adiós, hasta el lunes. - Sí, hasta el lunes.

Eres muy cabezota. ¿Qué vas a decirles?

“Vuestro padre tenía otro hijo, pero no os lo dijo”.

- ¿Qué vas a conseguir? - ¿Tienes hermanos?

- No veo la relación. - Pues yo no tenía.

Y de repente tengo dos.

Es normal que quiera conocerles, ¿no?

Y tengo dos días para hacerlo.

No quiero armar ningún lio, solo quiero verles.

Gracias por la cena, en serio.

¿Nos vemos el lunes?

- Adiós. - Adiós.

Al 20-60 de la calle Santo Domingo.

¿Qué pasa? ¿Habéis discutido?

No, no, qué va.

Sí, soy yo. ¿Te molesto?

¿Oíste mi mensaje?

Estoy bien. Es complicado, pero estoy bien...

Pásame con Valentín.

¿Hola? No te oigo, Carine.

¿Hola?

Sí, se ha cortado... Sí...

De acuerdo.

Perdóname, pero no puedo hablar.

Sí. Tengo que colgar.

Gracias. Dale un beso fuerte.

- ¿Hace mucho que esperas? - No.

¿Estamos de acuerdo en que no dirás nada?

¿Eh?

Sí.

- ¿Traes ropa de abrigo, al menos? - Tengo un jersey.

Un jersey...

¿Cuánto tiempo duró la búsqueda?

Tres días.

¿Buscaron en el lago? ¿Se sumergieron?

Sí.

- ¿Fue a pescar solo? - No.

Esa mañana, yo no me encontraba bien, y me quedé en la cabaña.

Cuando me levanté,

vi la barca vacía en mitad del lago.

Si hubiese estado con él, estaría vivo.

Son ellos.

Los de la camioneta, son ellos.

Déjame a mí.

- ¿Adónde vas? - Al lago.

Voy con vosotros.

- ¿Te lo ha dicho mamá? - Tu mecánico. Pasé por tu taller...

- Hola. - Hola.

No conocéis la zona. Solos, no lo lograreis.

- Dijiste que no querías volver allí. - He cambiado de idea.

Es el hijo de un amigo francés. Viene a ayudarnos.

Mathieu.

Ben.

- Hola. - Sam.

- Hola. - Hola.

¿Cuál es la idea?

¿Queréis hacer venir a un rabino para que rece?

Es cosa de él.

- ¿A qué viene este fervor religioso? - Hay que hacerlo así y ya está.

- ¿Es nuevo todo esto? - Pues sí.

- ¿Lleváis gasolina para la barca? - Sí, sí.

Bien.

¿Nos vamos?

Ya está, ya les has visto, ¿satisfecho?

¿Sabes algo de pesca?

¿Perdón?

- La pesca. ¿Pescas? - Ah, no.

¡Cállate!

¡Oh, cállate!

Es el perro de Jean. Le echa de menos.

- ¿Dónde lo dejo? - Ahí.

Instálate ahí.

Toma, póntelas.

- ¿Son las de papá? - No.

- ¿Estás de vacaciones? - Sí. Unos días.

¿Sabes qué estamos buscando?

- Sí. - Así tenemos más posibilidades.

Hay una franja de tierra hacia el sur. Hay que ir allí.

Si la corriente lo ha arrastrado, estará allí. ¿Qué tal las botas?

Perfectas.

¡Cállate, joder!

Toma, para los mosquitos.

¿Llevaba las botas puestas?

Sí.

Si se llenan de agua. No se flota bien.

Ya lo sé.

¿Y cómo supo que estaba embarazada? ¿Le llamó ella?

Ya te lo he dicho, no lo sé.

Claro que lo sabes.

- No soy yo quien debe contártelo. - ¿Entonces quién?

¿Eh? ¿Le llamó?

Sí.

Le explicó que estaba casado y que ya tenía dos niños,

pero ella no quiso escucharle.

Un día, le llamó y le dijo que habías nacido.

¿Y él no hizo nada?

Ocho días después, compró un billete de avión.

Fui yo quien le llevé al aeropuerto.

Por la noche, me llamó. Había cogido un taxi de vuelta a casa.

Le flaquearon las piernas.

- Y no volvió a llamarla. - No.

Pero ella tampoco.

Pero eso le atormentó toda su vida, créeme.

Cuando supo que tenía problemas de corazón, quiso conocerte.

Pero no sabía cómo te lo tomarías,

así que me dio el paquete para que te lo enviase.

Y tú, ¿nunca se lo preguntaste a tu madre?

Sí.

Pero me dijo que fue una historia de una noche,

con un tipo que ella no conocía.

Y que mi padre era Étienne.

¡Pierre!

¿Qué?

¿No vas a mirar cerca de esas rocas?

¡No están en la corriente! ¡No sirve de nada!

¿Qué?

¡Nada!

¿Qué tal las vacaciones?

¿Tienes un pitillo?

Toma.

- ¿Dónde vives? - En París.

- ¿Has estado? - No.

- ¿Tu padre también es médico? - No.

Gracias.

¿Un descanso?

- Joder, qué calor. - ¿Cojeas?

Son las botas. Tengo una ampolla.

¿Me das uno a mí también?

¿Fumas en el Sabbat?

Creí que habías visto a Dios.

No diremos nada.

¡Ven! ¡Dámelo!

- ¿Dónde ha encontrado esto? - ¡Vamos, busca!

¡Busca!

Es un corzo.

Fue devorado por un coyote.

Si encontramos a vuestro padre, tal vez esté en el mismo estado.

¡Ven aquí!

- ¡Pablo! - ¡Ben!

Ben, esto no tiene sentido.

¡Ben!

¡Vamos!

- Tú eres abogado, ¿no? - Sí.

- ¿En Montreal? - No, en Toronto.

¿Y tienes tu propio bufete?

Sí. Es un bufete grande. Lo monté hace diez años.

¿Y cuántos sois?

Treinta, dieciocho somos abogados.

¿Y qué haces? ¿Derecho penal?

No, que va. Hace diez años que no pleiteo.

Trabajo en fusiones de compañías, negocios para adquisiciones.

- Se trata de buscar el dinero. - Gracias.

Y vuestro padre tenía una clínica, ¿no?

Sí.

¿Cuál era su especialidad?

Cirugía plástica. Ponía tetas a las burguesas.

Eligió un buen mercado.

- ¿Alguien viene conmigo? - ¿Ahora?

¿Prefieres comer fideos?

- ¿Y vosotros? - No, no me apetece.

¿Y tú?

- Tampoco, gracias. - Está bien.

No la cagues, ¿eh?

- Eres como un disco rallado. - ¿Qué?

Ya lo sé, me lo has dicho mil veces.

- Encended el fuego para hacer brasas. - De acuerdo.

Hay madera ahí detrás, usad un hacha.

Vale.

No empieces otra vez.

Vamos, no me jodas, ¡todo eso son bobadas!

Para un entierro, se necesita un cadáver. ¡Deja de tocarme los huevos!

- ¡Y deja de beber también! - ¡Métete en tus asuntos, vale!

¿No ves en que estado estará si lo encontramos?

Imagina a mamá si le llevamos el cuerpo de papá devorado por coyotes.

¿Todo para contentar a tu maldito rabino?

Nunca has pisado una sinagoga, ni te has puesto la kippa en tu vida,

¿y ahora quieres cumplir sus preceptos?

¡Eres un coñazo!

Y puede que no esté en tan mal estado. Vamos a encontrarle.

Pues lo harás tú solo.

Para mí esto se ha acabado. Mañana me iré a pescar.

¿No necesitas dinero?

¿Por qué?

Porque yo sí, piénsalo bien.

No veo la relación.

¿De qué hablas?

Para abrir una sucesión, se necesita un certificado de defunción.

Y para tenerlo, hace falta un cadáver.

- ¿Qué? - Sin cadáver,

habrá que esperar siete años para abrir la sucesión.

Es lo que dice la ley, es así.

¿Qué? Tú también saldrás beneficiado. ¡La mitad es tuya!

¿Me estás diciendo que ese es el motivo por el que le buscamos?

Sí. Es otro motivo, sí...

¡Ben, por el amor de Dios!

Sabía que eres un tonto del culo, pero te has superado.

No me des lecciones morales.

Yo jamás le he pedido nada a nadie.

Sé que a ti te daba dinero, desde hace años.

Si no fuese por eso, habrías acabado viviendo en la calle.

Así que las lecciones, guárdatelas para ti, ¿vale?

De estas no hay en Europa.

Se parece un poco a vuestras “percas”. Están muy ricas, ya verás.

- ¿Qué es? - Comino, solo un poco.

Sal, pimienta y nada más.

¡Qué buen ambiente hay ahí dentro!

Siempre tienen broncas, ¿qué les pasa ahora?

No lo sé.

- ¿Las giramos? - Sí.

Fue tu abuelo quien nos enseñó esto.

Pasas el hilo por la ampolla y lo dejas toda la noche.

Al día siguiente, el líquido se ha escurrido por el hilo.

En la facultad, no te enseñan esto.

¡Venga, a comer!

La primera vez que vinimos aquí fue con él.

Pescando con mosca, era insuperable.

Antes de lanzar el sedal, contemplaba la superficie tres minutos.

Se fijaba en un punto a cincuenta pies… y lanzaba.

En un radio de tres pies, metía la mosca donde él quería.

Y casi siempre, a los diez segundos, ¡clac!, le picaban.

Jamás entendimos cómo lo hacía.

- ¿No os lo explicó? - No lo entendíamos.

Decía que veía un remolino, burbujas… Imaginaos, a cincuenta pies.

Cabe la posibilidad de que se haya fugado con una jovencita.

¿Acaso sería una sorpresa?

¿Qué pasa? Se tiró a la mitad de las enfermeras de su clínica,

tal vez fue un flechazo.

Dentro de un mes, recibiremos una postal desde Florida:

“He rehecho mi vida con Miss Quebec, un beso. Papá”.

Sería capaz.

Y ya no tendríamos que preocuparnos por la herencia, ¿no?

Oh, eso no es Kosher.

Esto no le importa, le importa una mierda la Torá y el rabino...

- ¿Ya has terminado? - ¿No te da igual?

Papá tenía razón. Tú y yo no venimos del mismo planeta.

Solía decir que yo tenía el cerebro y tú el resto.

- Creo que no bromeaba cuando lo decía. - ¿Queréis parar ya, muchachos?

Al menos yo tengo cojones. No creo que tú vayas muy sobrado.

Suerte que Jean ya no está aquí para ver esto.

No me lo habías contado.

Se acostaba con todo lo que se movía.

¿Eh?

Le gustaban las mujeres.

Ahora entiendo la historia.

Tal vez tuviese un montón de hijos.

Puede que tenga un batallón de hermanos.

¿Sabes qué siendo “familia numerosa”, tendría descuento en los transportes?

¿Ah, sí? ¡Repíteme eso otra vez, si tienes huevos!

¡Las veces que haga falta! ¡Eso es lo que eres!

¡Más te vale cerrar esa puta boca, gilipollas!

¿Ah, sí? ¿Por qué? ¿Quién te has creído que eres?

¡Joder! ¿Quieres cerrar el pico? ¿Qué te has creído?

¡Suéltame!

No eres más que un borracho que molesta a todo el mundo.

¿Ah, sí? ¿Y tú, con tus chanchullos, no molestas a nadie?

¡Basta!

- ¡Voy a hacer que te calles! - ¡Parad, parad!

- ¡He dicho que ya basta! - ¡Lárgate!

- ¡Suéltame! - ¡Sam!

- ¿Por qué vienes a jodernos? - ¿Estás loco o qué?

¿Perdona? ¿Vienes a nuestra casa y a decirnos lo qué tenemos que hacer?

¡He dicho que basta! ¿Estás enfermo o qué?

¿Os habéis vuelto locos?

¡Recoged esto!

¿Me habéis oído? ¡Recoged todo esto!

¡Vamos!

Toma.

Gracias.

¿Has dormido un poco, al menos?

No mucho.

- ¿Cómo se llama el lago? - No tiene nombre.

Lo llamamos “El Lago”.

Es como yo. De “padre desconocido”.

¿Qué hago aquí?

Debería estar con mi hijo y aquí estoy,

buscando un fiambre con esos dos chiflados.

Tu querías verles.

¿Sabes por qué está aquí el abogado?

Sin el cadáver de su padre, no hay certificado de defunción.

Y sin certificado, no hay herencia hasta pasados siete años.

Y necesita el dinero.

Voy a devolverte el cuadro y vas a dárselo, de parte de su padre.

Así tendrán otra oportunidad de discutir. Yo vuelvo a casa.

Toma.

Era el suyo.

Así tendrás algo de él.

¿Sabes qué? No fuiste una aventura de una noche.

A Jean le gustaba ir detrás de las chicas, pero lo de tu madre,

no fue solo un lío.

Si se hubiesen conocido antes, habrían pasado la vida juntos.

- ¿Conociste a mi madre? - Sí.

Una noche, cenamos juntos los tres.

Él la miraba como si hubiese descubierto el mundo.

Y ella a él como si fuese Robert Redford.

- ¿Café? - No, voy a hacerme una infusión.

Perdona por lo de anoche.

Da igual.

¿Quieres café?

Sí, gracias.

- ¿Hay té? - No.

- ¿Hoy buscaremos en el mismo sitio? - Sam, ¿a qué hora es lo de la sinagoga?

- A la una. - ¿Dónde?

En Clark, en la esquina con Fairmount.

Oye, Pierre,

- ¿por dónde buscaremos? - Tú no lo sé, pero yo vuelvo a casa.

- ¿Por qué? - Porque sí.

Porque alguien que cae al agua con las botas se hunde.

Cualquiera te lo dirá.

Explícaselo a tu rabino. Se le ocurrirá alguna plegaria.

El dinero lleva a la locura.

Por eso siempre me he preocupado por no ganar demasiado.

¿Tu libro se ha vendido bien?

Sí, para ser el primero, sí.

¿Escribirás otro?

Lo intento, pero tengo poco tiempo.

Pues deberías hacerlo.

Tenemos que hacer lo que nos gusta.

Deberías usar el cuadro para eso.

Si lo vendes, te dará tiempo para escribir.

- Ya te lo he dicho, no quiero ese cuadro. - Te equivocas.

Dentro de diez años, ganarás dinero, seguirás vendiendo croquetas

y será demasiado tarde.

Estarás “cómodamente aletargado”, como se dice.

¿Te gusta tu trabajo?

Por supuesto.

¿Eres médico de familia?

Soy idealista.

Por eso estudié medicina.

Pero descubrí que se limitaba a hacer de “camello”

para los laboratorios farmacéuticos, lo dejé todo y me fui a China

para conocer la acupuntura y las plantas medicinales.

- Mi mujer está enganchada a todo eso. - ¡Pues hace bien!

Es mejor que todas esas porquerías químicas.

Es la medicina más antigua del mundo y lo abarca todo.

- ¿A qué se dedica? - Es profesora. Pero no estamos juntos.

¿Qué pasó?

Nos dejamos ir.

Me dijo que no le dedicaba suficiente tiempo.

Ah, ¿lo ves?

¿Y tu hijo?

- ¿Qué le pasa? - No sé, ¿te ocupas de él?

Por supuesto.

Aunque voy a perderme su torneo de judo.

- Me habría gustado tener un niño. - ¿Ah, sí?

¿Para ir a pescar?

Sí.

Toma, aquí está.

Es bonito.

Me gusta mucho.

- ¿Lo compró hace mucho? - No lo sé. No lo había visto.

- ¿Y bien? - Nada.

Su gorra, nada más.

- Hola. - Hola.

- ¿Te ha gustado el lago? - ¿Lo conoces?

No. Es solo para hombres.

- Pasa. - Pasa.

Fue él quien los separó. Si no, se habrían matado entre ellos.

El otro ya estaba borracho.

- Lo de siempre. - Gracias.

Pero ¿por qué se pelearon?

¿Podríais parar un poco, chicas? Además, no se hace así.

- ¿Cómo se hace? - Así no.

- ¿Por qué se pelearon? - No lo sé.

No entiendo por qué hacen eso.

Eran buenos chicos, eran muy agradables.

Dejadme...

- Se toca así. - ¡Oh, continúa!

¡Sí, otra vez!

¡Mierda!

- ¡Vamos, chicas, el pijama! - Deja, yo lo haré.

- ¿Seguro? - Sí, vete.

Gracias.

- ¿Me prestas el coche, papá? - Las llaves están en el escritorio.

Venga, vamos. Sin discutir.

Gracias.

- Adiós, amores míos. - ¡Buenas noches, mamá!

Tenemos una noche de chicas...

¿Te apetecerá venir?

- Pero no soy una chica. - Precisamente.

Puede que te guste.

¡Qué mal!

Una ronda para todas a que no la metes.

Meteré las dos.

¡Jamás!

¡Guau!

- ¡Un gin-tonic para mí! - ¡Dos!

- ¡Tres! - ¡Una cerveza!

¡Un gin-tonic!

Una cerveza.

- Yo mejor una cerveza. - “Yo mejor una cerveza”.

- ¿Dónde has aprendido a hacer eso? - Aquí.

A los 18 años, era la reina.

- ¿Sobrevivirás a tantas chicas? - Tengo calor...

Somos amigas desde el colegio.

- Con Léa desde que éramos pequeñas. - No se separa de mí.

No está muy bien ahora mismo.

Es una chica genial.

Venga.

Vamos, te toca.

Hazlo bien, las chicas te están mirando.

¡Que no! ¡Que no! ¡El mío era Leblanc!

¡Que sí! ¡Simon Leblanc!

Cada una teníamos nuestro propio número.

- ¿Os acordáis del número tres? - ¿Sylvain?

No, no, no.

¡No, no, no, el de los dientes, el de los dientes!

¡Pat Bouchard!

Me lo crucé la semana pasada con su mujer y sus hijos.

Ya casi no tenía pelo, no le quedaba...

¡You are unbelievable!

¡Pat Bouchard es asqueroso!

¿Te has liado con alguna que no te gustase?

- ¡Sí! - ¿¡Sí?!

- ¡No, tú no lo entiendes! - ¡No, no lo entendemos!

No te acostaste con él una vez, fueron dos.

- ¡Salud! - ¡Salud!

- ¡Yo me voy! - ¡Ah, no!

- No, no no, no... - En serio, tengo que irme.

- Quédate si quieres. - No, ha estado muy bien.

¿Quieres uno?

No, gracias.

¡Bettina!

¡Eh, Betty!

- ¿Cuándo has llegado? - Déjame, Sam.

Ven, tomemos una copa.

- Sólo una copa, vamos a hablar. - No tengo nada que decir.

Cinco minutos. Nos bebemos una copa y ya está.

- Tengo derecho a eso, ¿no? - ¡Suéltame!

- Para, Sam. - ¡Tú, no te metas!

- Suéltame y vete, por favor. - Para.

- ¿Qué estás haciendo aquí? - Suéltala.

- ¡Sam! - ¿Estás con ella? ¿Eh?

- ¿Qué haces con ella? - Para ya, por favor.

¡Sam, joder!

¿No has tenido bastante metiéndote en nuestros asuntos?

- ¿Te doy otra vez? - ¡Para! ¡Para!

¡Vete!

¡No quiero verte más!

Vamos.

¿Lo has entendido? No me molestes más. ¡Nunca!

Éramos como hermanos.

Al principio era raro, nos escondíamos.

Toma.

¿Siempre ha sido así?

Más o menos.

¿Cuánto tiempo salisteis?

Cinco años.

Déjame ver.

- ¿Crees que está rota? - No.

Se curará.

Está perdido.

Si bebe, se pega con alguien.

Es su única forma de comunicación.

¿A ti también te pegó?

Una vez.

Al día siguiente, me marché.

Por eso me fui a Vancouver.

Ten, póntelo.

Lo siento mucho. Perdóname.

No. Da igual.

No sé si puedo conducir.

¿Duermes?

No...

Creo que hemos bebido bastante, ¿eh?

- Sí, ¿tú crees? - Pues sí.

¿Cuándo te vas?

Mañana.

- ¿No iras al entierro? - No.

Ah...

- Bueno... Buenas noches. - Buenas noches.

- Adiós. - Adiós.

¿No duermes?

- ¿Te he despertado? - No.

- No podía dormir. - Yo tampoco.

¿Quieres?

Ven, esto te relajará.

Gracias.

¿Tú no tienes sed?

- No. - Yo me he bebido un litro de agua.

Toma.

¿Y tus hijas? ¿Las estás criando sola?

Sí.

¿Su padre no te ayuda?

No.

Es un neoyorkino al que conocí en Vancouver.

Cuando supo que estaba embarazada, no le hizo mucha gracia.

Pero cuando supo que eran gemelas, se fue corriendo a su casa.

- Es el deporte nacional de aquí. - Sí...

Y no hay equipo femenino.

¿Las niñas le conocen?

No.

- ¿Te las arreglas con los gastos? - Más o menos.

Abrí un consultorio con otra psicóloga.

No paramos nunca.

No te imaginas el número de adolescentes que tienen problemas.

¿Cómo tratas con ellos?

- Bueno, hablamos. - O les hago hablar, más bien.

Vamos, recuéstate y cuéntame de tu padre, tu madre, Edipo,

todo eso, ya verás...

- No soy un adolescente. - Por supuesto que sí.

Vamos.

Bueno, mi caso es complicado. No conocí a mi padre.

Está en el fondo de un lago y mañana enterrarán su gorra.

Sí.

- No es un caso habitual. - ¿Lo ves?

¿Has hecho todo el viaje para esto?

Pues sí…

y para conocer a mis hermanos.

- Y no te han gustado. - No.

- ¿Quieres más? - No.

Mi hermana y yo entrábamos por la ventana cuando volvíamos tarde.

Esta era su habitación.

¿Y nunca os descubrieron?

No.

Lo sabían pero no decían nada. Nos dejaban vivir.

Ese es el gran lema de mi padre: “Sois libres...”

La añoro, a mi hermana.

¿Lo ves? No eres el único.

- Bueno... - En fin, que descanses.

Igualmente.

¿Ves como somos adolescentes?

¿Qué es eso?

¿El qué?

El cuadro.

Mi herencia, por así decirlo.

Conozco ese cuadro.

¿Ah, sí? ¿Lo viste en casa de Jean?

No.

Vale mucho dinero.

¿Cómo lo sabes?

Un día, con mi padre, entramos en una galería de arte,

donde estaba ese cuadro.

Fue allí donde lo vi.

Él se quedó atrás. No sé durante cuánto tiempo.

Le gustó mucho.

- ¿Tu padre? - Sí.

Volví al día siguiente para comprárselo.

Casi me caigo al suelo cuando supe el precio.

Y Jean, con los medios que tenía, debió de comprarlo,

igual que uno se compra un póster en Ikea.

Al menos, podrás sacar algún beneficio.

Buenos días.

¿Café o té?

Café, si hay. ¿Puedo ayudarte?

Las tazas están ahí.

Bueno, ¿qué tal te lo pasaste ayer? Debiste ser la estrella.

¿Qué es eso? ¿En la nariz?

Oh, nada… Un tipo nos dio el coñazo.

Así son los chicos.

Me alegro de haber tenido solo hijas.

¿Quieres una crêpe?

Sí.

Siéntate.

He encontrado tu libro en Internet. Una desaparición, ¿es así?

Sí.

Gracias.

Lo he encargado.

¿Podría volver a ver el álbum de fotos?

Claro que sí.

Toma, sírvete.

Iré a buscarlo.

¿Quieres también la foto del lago?

No, solo el álbum.

Toma.

¿A qué hora sale tu avión?

A las doce y diez.

¿No vienes a la sinagoga?

No.

Coge las que quieras.

- ¿Puedo coger esta? - Todas las que quieras.

No, solo esta.

Fue justo antes de que Jean montase su clínica.

El estetoscopio de Pierre… ¿Era el suyo?

Sí.

¿Y aún lo tiene?

Seguramente. Lo guarda todo.

¿Qué? ¿Qué ocurre?

¿Eh?

Está enfermo.

Pierre... Tiene un cáncer.

De próstata, tiene mal pronóstico.

No quieren operarle, solo darle “quimio”.

Él no quiere, dice que eso es veneno.

Se piensa que puede curarse de todo con sus plantas.

Pero ellos dicen que, con la quimio, puede vivir al menos diez años.

¿Por qué no hablas con él?

- ¿Yo? - Sí.

Si tu padre estuviese aquí, le convencería.

Jean lo agarraría por el cuello y lo arrastraría a la fuerza,

aunque fuera.

Aunque diga eso, seguro que no lo hace.

No le conoces.

Y a mí no me hace caso.

No quiere que lo cuente, ni a Bettina, ni a Julia.

Ellas ni siquiera lo saben.

¿Ya te has levantado?

¿No duermes nunca?

¿Has llamado al aeropuerto?

Sí.

A las doce y diez.

¿Hay vuelos tan pronto?

Este pasa por Nueva York.

¿Qué te ha pasado?

Nada, un mal reencuentro.

Vaya…

No cabe duda.

¿Qué es eso?

Me la llevo.

Me la ha dado.

¿Esa?

Yo te llevaré.

Iré más tarde a la sinagoga.

Gracias, cariño.

Toma. Esto es para tu hijo.

Gracias.

¿Estás bien?

No del todo.

¿Qué te pasa? ¿Es la nariz?

No.

Yo… Me cuesta respirar.

¿Desde cuándo?

Desde ahora.

¿Recibiste algún otro golpe?

No.

Bueno, ¿quieres que te examine?

Quítate el jersey.

Normal.

Date la vuelta.

Inspira hasta el fondo.

Por la boca.

Expira.

Inspira.

Expira...

Hazlo con esto.

Date la vuelta.

¿Era el tuyo?

El estetoscopio… ¿era el tuyo?

Tú eras Robert Redford.

¿Por qué me llamaste?

¿Eh?

Porque era el momento.

- ¿El momento? - Sí.

¿Y no encontraste otro momento en treinta años?

¿Eh?

Era el momento, eso es todo.

¿Seguro de que quieres irte hoy?

Tengo que ocuparme de mi hijo.

Toma, estás bien.

Voy a llegar tarde, iré a prepararme.

¡Mira, abuelo!

¡Oh, caray!

¡Ahora, intentad no ensuciaros!

- Al final vamos con vosotros. - Pero ¿no nos encontrábamos allí?

Así iremos directamente a la sinagoga. Haré bocadillos para las niñas.

¿Llegamos tarde?

Tenemos que irnos.

¡Anna! ¡Rose! ¡Nos vamos!

Vienen con nosotros.

De acuerdo.

¡Bettina!

- ¿Jugamos a las palmas? - Esperad, niñas.

Tengo que recoger esto.

Palmas, palmas, palmas, dale, dale, dale...

¿Vienes?

- ¿Pudiste dormir? - No mucho.

- Yo tampoco. - Mira el vestido, mamá.

- ¿Qué es eso? - Se los compré el sábado.

No iban a ir con los vaqueros viejos y agujereados.

- Sabes que no me gusta vestirlas igual. - ¡Pero si es bonito!

Bueno. ¿Nos vamos?

- ¡Hola! - ¡Hola!

¿Tienes las llaves?

Ah, las tengo yo.

Gracias.

- ¿Adónde vamos? - Al aeropuerto.

¿Te vas a París?

Sí.

- ¿A ver a Valentín? - Sí.

- ¿Te has hecho daño? - Me di un golpe.

- ¿Llevas el pasaporte? - Sí.

¿Nosotras iremos algún día a París?

Ya veremos.

¿Cuándo iremos?

No lo sé.

Algún día.

Estaría bien...

que vinieseis.

Podríais venir todos.

Me encantaría. Hace mucho tiempo, ¿eh?

Sí.

Tengo que hacer pis.

- ¿No se te ocurrió hacerlo antes? - Yo también.

No tardéis tres horas.

Y bien…

¿Hablarás con él?

Si tú le pides que se cure, te escuchará.

Te lo debe, ¿no?

¿Qué?

Nada...

¿Llevas tu gorra?

- Tienes que ponerte algo en la sinagoga. - Ah, sí, mierda. Me he olvidado.

¿Qué?

¿Qué pasa?

Nada, nada.

Tengo esto.

¿Qué están haciendo?

¡Oh, mira!

Sala Dos.

Es por allí.

Vas a tener que decírselo por mí, ¿no?

¿Y el cuadro? ¿Lo has cogido?

Sí.

Entonces haz lo que te dije:

Véndelo y tómate un tiempo para escribir.

- Mamá, ¿podemos tener un mono? - Ahora no es el momento, no.

¡Oh, por favor, mamá!

Esperad, tengo que llevarle algo a mi hijo.

- Tardo un minuto. - Mamá, queremos ese, el marrón.

El mono marrón.

Es muy bonito, pero ahora no es el momento.

Ya vengo.

Sí...

Muy bien. Eres un buen abuelo.

¿De verdad quieres que vaya a verte?

¿Por qué no? Iremos a la torre Eiffel…

La última vez no tuviste tiempo para ir.

- ¿Se lo envuelvo para regalo? - Por favor.

Pero debes estar en forma para ir.

Curarte.

- No iré dos veces al entierro de mi padre. - Cincuenta dólares con treinta.

Pago yo. También me llevo esto.

La “quimio” ha demostrado ser eficaz.

No te curarás con flores de espino.

Ochenta con diecisiete, por favor.

¿No?

No sé qué te han contado, pero me curaré a mi manera...

¡Vamos!

¿No quieres conocer a tu nieto?

- ¿Los envuelvo en papel de regalo? - No, no, gracias.

¡Tira!

¿No había un vuelo directo?

Era el único que llega tan pronto. Intentaré ir a ver el torneo de mi hijo.

¡Rose, Anna! Vamos.

- Hola. - Hola.

- Gracias. - Gracias.

Venid a despediros.

- Adiós, pequeñas. - Adiós.

- Adiós. ¿Vas a volver? - Seguramente, sí.

Y vosotras vais a venir a París.

¿Eh?

Aún tenemos mucho de qué hablar.

Sí.

Voy a leer tu libro.

Y voy a esperar el siguiente.

Haré lo que sea para conseguirlo.

Está bien.

- Gracias por todo. - A ti.

Gracias.

Toma, léete este en el avión.

Está muy bien.

Gracias.

- Marchaos, llegaréis tarde. - Sí. Adiós.

Adiós, muchacho.

Adiós.

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