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No han sido pocos los reinos que han sucumbido al morir sus reyes.
Quiera Dios evitarnos tan amargo trance.
Por ello, es indispensable que conozcáis la verdad.
El momento parece propicio,
pues vuestro abuelo Fernando agoniza al otro lado del muro y...
se avecinan tiempos de incertidumbre.
Pero en nada quedan comparados
con los vividos tras la muerte de su católica majestad.
Pasad.
Majestad, vuestra esposa dispuso en sus últimas voluntades
que fueran pagadas todas sus deudas.
Así habrá de hacerse.
Temo que falten los dineros necesarios.
Reunid en Toro los bienes de la reina y haced una almoneda. Lo recaudado bastará.
Nada quedará de su patrimonio. Que así sea.
Mal habremos de exigir a otros que respeten
el testamento si nosotros no lo hacemos.
- Las cancillerías
siguen enviando sus condolencias.
Celebran que todo siga su curso en Castilla.
Es lo que pretendíamos.
Sin embargo, la misiva de Flandes se ha demorado.
- ¿Acaso la noticia tardó más de lo razonable?
- Conociendo los usos del archiduque Felipe,
a saber cuándo ha tenido a bien comunicársela a doña Juana.
Pensará que nos perjudica, cuando en realidad nos favorece.
Majadero...
Cuanto más postergue la vuelta de mi hija a Castilla,
más tiempo nos concederá para afianzar nuestra gobernanza.
Si vuestro yerno no se ha echado a la mar a toda prisa,
será porque algo estorba a su ansia por coronarse.
Id a Flandes, averiguad cuál es la disposición de mi hija
hacia la corona y hacia su esposo.
Sea cual fuere,
procurad retrasar su viaje.
Chacón, aguardad.
Necesitamos a Cisneros.
Eminencia.
Sed bienvenido a la villa de Toro.
Acompañadme.
Gracias, Chacón.
Vos, hombre austero, apreciaréis la estancia en este palacio.
Bien me conocéis. Por tanto, ahorradme los preámbulos.
¿Para qué me habéis hecho venir?
No soy santo de vuestra devoción.
En no pocas ocasiones, yo os hubiese preferido encerrado en Alcalá,
dedicado a vuestra universidad.
No hallaríais condena que me agradara más.
Lo sé, lo sé.
Pero, con ello, ambos traicionaríamos la voluntad de Isabel.
Es mucho lo que nos separa, pero su memoria nos une.
Tanto como el deseo de que el poder permanezca en manos de la corona,
y no en las de los grandes.
Dais por hecho que Juana es incapaz de gobernar.
Conocéis sus arrebatos
y la veneración que siente por su esposo.
Tanta que nubla su maltrecho juicio.
Mi yerno no dudará en traicionarnos si es en beneficio propio.
¿Cómo estar seguros de que Juana no refrendará sus maniobras?
Y para evitarlo, hemos de entregaros el reino
y cerrar los ojos ante vuestras ambiciones.
No bendeciré actos y decisiones que me repugnan.
No necesito vuestra bendición,
sino vuestro auxilio.
Vayamos juntos en esto, no enfrentados.
¿Contáis con otro que pueda cumplir los designios de mi difunta esposa?
Isabel quiso dejar en mis manos el gobierno de Castilla.
Graves son los trances que me aguardan.
Invocando su nombre,
os ruego que estéis a mi lado.
Señor de Belmonte,
¿he de entender vuestro regreso como el reconocimiento de un fracaso?
No ha de inquietaros mi presencia,
sino lo que vuestro suegro fragua contra vos.
Os he conseguido el apoyo de los nobles más poderosos de Castilla.
Ellos, como vos, quieren desalojar al aragonés del gobierno del reino.
¿Los grandes están de mi parte? No todos, mas es cuestión de tiempo.
- Y de dinero, supongo.
- Los vientos os son favorables, pero habéis de actuar con presteza.
Veyré.
Viajaréis a las Españas. Completaréis la tarea que don Juan Manuel inició.
Tanto o más que el apoyo de los poderosos,
necesitáis a vuestra esposa serena y de vuestra parte.
El testamento de la reina entrega las riendas de Castilla a vuestro suegro
si doña Juana no quiere o no puede gobernar.
¡Maldita sea!
¿Acaso su alteza no puede demostrar su capacidad y su voluntad de reinar?
- Se han convocado Cortes en Castilla sin la presencia de vuestra esposa.
Temo que el rey de Aragón aproveche para declarar incapaz a la heredera.
Si los que me son leales no pueden evitarlo, ¿qué puedo hacer yo?
Anticipaos.
Tomad ejemplo de vuestra difunta suegra y proclamaos rey cuanto antes.
¿Sin el beneplácito de Juana?
Eso es lo primero que debéis lograr.
No os he mandado llamar.
¿Un esposo ha de pedir audiencia? No deseo ver a nadie y menos a vos.
Todo lo hago por vuestro bien.
Pero mis buenos propósitos
me llevan a cometer errores. Mentís.
No.
No lo hago.
Y me entristece esta separación, dura más de lo que la decencia aconseja.
Es un rencor infundado,
y más cuando hemos de afrontar nuestro destino de la mano.
No debemos demorar nuestra proclamación como reyes de Castilla.
¿Queréis emprender el viaje en pleno invierno?
No, pensaba que podría tener lugar aquí, en Santa Gúdula.
Castilla ha alzado pendones por vos, ¿por qué esperar?
Muy conveniente, sin duda.
Pero no.
Solo las Cortes de Castilla me jurarán como su reina.
Y ahora, os ruego que me permitáis continuar con mi lectura.
Será preciso recabar la mayor cantidad posible de apoyos.
Echar al aragonés es tarea que incumbe a toda la nobleza castellana.
- Muchos que titubean tomarán partido cuando los grandes alcen su voz.
Veyré, organizad un funeral por el alma de mi suegra.
Aprovechando la ceremonia, voy a proclamarme rey de Castilla,
esté de acuerdo mi esposa o no.
¿Dónde están todos? ¡Decid!
Ordeno y mando cuando si la princesa, mi hija,
no estuviera en estos reinos
o estando en ellos,
no quisiere o pudiere entender en la gobernación de los mismos,
que en cualquiera de estos casos, el rey, mi señor,
rija, gobierne y administre mis reinos y señoríos
hasta que el infante don Carlos, mi nieto,
sea de edad legítima, a lo menos, de 20 años cumplidos,
para regirlos y gobernarlos.
¿Juráis, por tanto, a doña Juana como reina verdadera,
legítima sucesora
y señora natural propietaria de estos reinos y señoríos
y a don Felipe como su legítimo marido?
Sí, juramos.
¡Deteneos!
¿Os parece la casa de Dios lugar apropiado para una farsa?
Yo soy la reina de Castilla.
Esta ceremonia carece de sentido sin mí.
Seguid.
Según lo dispuesto en el testamento de doña Isabel,
¿recibís a su católica majestad, don Fernando de Aragón,
como gobernador y administrador
de los reinos de Castilla, León y Granada?
- Señores.
No es mi intención cometer desacato contra la voluntad de la reina,
mas según nuestras leyes,
¿no corresponde la administración de los estados y señoríos
de doña Juana a su legítimo esposo antes que a su padre?
- ¿Preferís, señor, poner el gobierno de estos reinos en manos extranjeras?
-¡Solo apelo a las leyes de Castilla!
¡Tan extranjero es el uno como el otro!
-¡Señores, señores!
Fui el primero en reconocer a mi hija como sucesora al morir la reina.
Pero habéis de saber que la honestidad y el dolor de mi esposa
la llevaron a ocultar las verdaderas razones de su decisión.
Mucho antes de fallecer, la reina nuestra señora
supo y conoció de la enfermedad que sobrevino a doña Juana.
Este documento, elaborado por orden de su esposo,
recopila las pasiones e impedimentos que tienen a la reina
fuera de su libre albedrío.
La enfermedad es tal que no puede gobernar.
- Insisto, eminencia.
¿Qué impide que lo haga en su nombre don Felipe, nuestro rey?
El consorte de doña Juana es una incógnita
que solo su presencia en estos reinos resolverá.
Por este doble motivo,
su difunta madre quiso asegurar el buen gobierno de sus dominios
entregándolo a su esposo.
- Obedezcamos la voluntad de nuestra reina.
Y seamos tan leales con ella como lo fuimos en vida.
No mejorará la relación con vuestro suegro saber que ya os hayáis proclamado.
He seguido el ejemplo de su difunta esposa, la reina Isabel.
- No conviene que los reyes emprendan viaje en pleno invierno.
¿Por qué demorar su proclamación?
- Incluso un traidor como vos sabe que corresponde a las Cortes jurar
a sus Reyes y así lo han hecho en Toro.
Las Cortes, ante las que mi suegro no ha dudado
en airear los trastornos de su hija para gobernar con malas artes.
¿Llamáis malas artes a mostrar la relación de pasiones que la aquejan,
la que vos tuvisteis a bien entregarme?
Por la honra de sus hijos y nietos hubiera debido ocultarla.
Ah, admitís entonces que es auténtica
y que demuestra, por desgracia, que es incapaz de gobernar.
Basta.
Fuera de mi vista. Exijo ver a la reina.
Jamás, y en lo sucesivo, no oséis poner los pies en palacio.
¿Os atrevéis a negar el acceso a un enviado de la Corona?
¡Yo soy el rey de Castilla
y no recuerdo haberos enviado a lugar alguno!
Echadlo de aquí.
Os trata de loca en las Cortes vuestro padre ante vuestros vasallos.
¿No veis lo que ambiciona?
Mi locura fue confiar en vos y no en mis padres, que vieron al traidor que sois.
Jamás he pretendido despojaros de lo que os pertenece, como mi suegro,
sino compartirlo.
Vuestros actos contradicen vuestras palabras tan a menudo...
Que sean las vuestras, de puño y letra, las que desmientan la infamia.
Solo vuestro amor hacia mí perturba vuestro juicio,
el afán por saberme vuestro, los celos, ponedlo por escrito.
Que vuestro padre sepa que solo es esa la causa de vuestras pasiones.
No contéis con ello.
¿A pesar de lo que os ha hecho? Ajá.
Jamás os aceptarán en el trono de Castilla si no demostráis cordura.
Lo hacen, acatando la voluntad de mi madre.
Preocupaos de que os acepten a vos.
Aquí podéis organizar cuantas farsas queráis.
Pero, en Castilla, la reina soy yo.
Miradme bien,
pues si no os avenís, no volveréis a verme en mucho tiempo.
Mis hombres guardarán vuestra puerta. Nadie os visitará sin mi permiso.
En Castilla, seréis reina,
pero aquí ¡sois mi prisionera!
¡Guardias!
¡Guardias!
¡Guardias!
Que nadie entre ni salga de esa alcoba sin mi permiso.
Cinco veces se ha negado esa perra a escribir la carta.
Calmaos.
La escribiremos nosotros.
El conde de Benavente,
uno de nuestros partidarios más leales.
Al condestable, por el contrario, costará más convencerlo.
- Dejadlo de mi cuenta.
Bien aprovecha el rey de Aragón el oro que proporciona la lana de Castilla,
las cosechas de vuestros campos, mas ¿a cambio qué siembra?
Nada, salvo discordia, aquí y en Bruselas,
donde sus maniobras escandalizan a su yerno y hasta a su propia hija.
Escuchad la misiva que ella me hizo llegar escrita de su puño y letra.
"Allá me juzgan que tengo falta de seso.
Bien sé que el rey Felipe, mi señor esposo,
escribió por justificarse a mi padre quejándose de mí,
pero esto no debería salir de entre padres e hijos.
Si en algo yo usé de pasión
y dejé de tener el estado que convenía a mi dignidad,
notorio es que no fue otra causa sino celos...
Celos, caballeros. Celos y no enfermedad.
¿Son palabras de loca?
No, señores.
Escuchad y decid si no parece bien cuerda.
"No había yo de quitar al rey Felipe, mi señor, mi marido,
la gobernación de esos reinos y de todos los del mundo que fuesen míos
ni le dejaría de dar todos los poderes que yo pudiese
así por el amor que le tengo como por lo que conozco de su alteza.
Y espero en Dios que muy presto seremos en Castilla,
donde me verán con mucho placer mis buenos súbditos y servidores...
- Así sea.
- En efecto, verla entre nosotros despejaría nuestras dudas
y acallaría rumores y sospechas.
- ¿Cuándo vendrá? - Tan pronto como sea posible, espero.
- ¿Acaso es de justicia que se le haya usurpado el gobierno de Castilla
tratándola de incapaz ante las Cortes?
- No lo es. Y creo hablar en nombre de todos.
-"Entretanto, don Felipe, mi señor,
no piensa más que en allanar el camino a su esposa".
- Los intereses de don Felipe y los nuestros deberían encontrarse.
- Mi señor es de la misma opinión.
Y las compensaciones que recibirán quienes lo apoyen
demostrarán su gratitud y generosidad.
¡Soltadme! ¡Miserables!
¡No podéis hacerme esto!
¡No! ¡No tenéis derecho! ¡Ah!
¡Juro por esta cruz que os haré matar a todos!
¡Ah!
¡Ah! ¡Ah! ¡Ah!
¡Soltadme!
¡Por favor, Margarita!
¡Por favor, ayudadme, por favor!
¡Soltadme, miserables!
¡Soltadme!
¿Qué haces?
Ensillad mi caballo, rápido.
Mi yerno atribuye los trastornos de mi hija a los celos.
Achaca su falta de entendimiento a la perversidad de Juana.
Él, que mantiene a la reina de Castilla bajo custodia,
tiene el valor de exigir que regrese a Aragón y le deje el camino libre.
¡Maldito puerco!
No va a ceder.
Y cada vez son más los descontentos que se le arriman.
¿Descontentos? Los enemigos de la Corona querréis decir.
Temo que no baste con mantener a Juana en Flandes.
No.
Pero un poder firmado por Juana acallaría muchas bocas.
Salvo que fuera a favor de su esposo. ¡Eso jamás!
He de tener acceso a mi hija como sea.
Fuensalida no es capaz, dudo... ¡Pues habrá de hacerlo!
Escribiré a Felipe, protestaré para que devuelva la libertad a Juana,
pero Fuensalida ha de conseguir ese poder cueste lo que cueste.
¿Sucede algo, alteza? Mi padre...
¡Mi niña!
Os agradezco que hayáis acudido a mi llamada, padre.
- No logro que los príncipes alemanes me obedezcan
¿y pretendéis que medie en una disputa conyugal? Me sobreestimáis.
- No es una simple querella entre esposos, padre mío.
Temo que esté en juego el futuro del imperio.
Su majestad imperial.
Majestad.
Quiero ver a mi nuera.
¿Quién ha perdido la cordura, vuestra esposa o vos?
Regresad a palacio.
Regresad, os digo. ¡Bastante habéis errado!
¡Abrid esa puerta, por el amor de Dios!
¡Padre!
Alzaos, alzaos.
Hija mía,
¿qué os habéis hecho? Perdonadme, por favor.
Guardad las súplicas para vuestro capellán.
Yo he venido a hablar como padre e hija.
No se ha quebrado mi corazón al veros de esta guisa,
pues venía quebrado por haber conocido que entre mi hijo y vos
existen tan graves desavenencias.
Mi señor, disculpe...
En verdad, no es el amor lo que une a las gentes de nuestro rango,
pero su ausencia no ha de permitir que se instale el odio.
Yo amo a vuestro hijo.
Y llegué a pensar que él a mí también,
a pesar...
a pesar de todo lo que he hecho.
Dios os ha impuesto una misión que debéis de cumplir juntos.
No podéis darle la espalda a Dios.
Y tampoco a vuestra madre.
Pensad en ella.
Pensad en lo que siempre quiso para vos,
para sus reinos.
Mis reinos no me necesitan.
Mi esposo no me necesita, ni mis hijos.
A nadie le importo, ni siquiera a mi padre.
Cuán equivocada estáis, hija.
¿Qué sombras os mantienen en semejante ceguera?
No es ceguera, señor, sino certeza.
Oídme bien.
Vais a abandonar este encierro.
Es vuestro hijo quien... Mi hijo hará lo que yo diga.
Adecentad vuestro aspecto.
Si no queréis hacerlo por vos,
hacedlo por la memoria de vuestra madre,
bendita sea.
Demostrad al mundo quién sois
y el mundo os demostrará cuánta falta le hacéis
y cuánto os ha echado de menos.
No sé cómo lo habéis logrado, pero gracias.
No lo he hecho por vos, sino por mi nieto.
Insensato.
Un marido puede perder a su esposa,
pero un archiduque no puede perder a una reina.
Sed astuto, ya que no sabéis ser humilde.
La necesitáis a vuestro lado.
En cualquier caso, gracias.
En realidad, he venido por otro motivo.
El rey Luis de Francia acepta ratificar nuestros acuerdos.
Debéis acompañarme a Haguenau sin demora,
antes de que se eche atrás y nos quedemos sin la Borgoña.
Y ahora, danzad con vuestra esposa.
Me alegra que os hayáis animado a acompañarme.
Hacía tanto tiempo que no tomaba el aire...
Esperad aquí, daremos un paseo.
¿Confiáis en mí?
Claro. Seguidme.
Mi señora.
Amigo mío, os creía en las Españas.
No, mi señora. Hace semanas que trato de llegar a vos.
¿Venís a indisponerme contra mi esposo?
No, vengo a advertiros del peligro que se cierne sobre vuestros reinos
y a suplicaros en nombre de mi señor que actuéis para conjurarlo.
Mi padre me hizo pasar por loca ante mis vasallos.
Comprendo vuestro dolor, no os faltan motivos para desoír mis ruegos.
Pero os juro que solo procura cumplir el mandato de doña Isabel.
¿A costa de mi deshonor? No.
A costa de cercenar las ansias de vuestro esposo.
Si logra el favor de los grandes y llega a reinar...
La corona padecerá como en tiempos del rey Enrique, ya lo he pensado.
Convendréis en que para evitar tal desmán nadie mejor que vuestro padre.
¿Qué quiere de mí?
Que aprobéis su gobernanza con un poder firmado por vos.
Lo haré, pero le pediré algo a cambio.
No ha de abandonar Castilla.
Pues, si lo hace, también me habrá abandonado a mí.
¿Dónde lo guardáis?
- ¿El honor? En mi pecho lo encontraréis.
- Con gusto os abriré en canal para comprobarlo.
Lástima.
No ha hecho falta.
¡Encerradlo!
Alteza, temo que la reina y Fuensalida han aprovechado vuestra ausencia
para urdir una trama contra vos.
Este es el castigo por vuestra traición.
Dad gracias al aragonés, porque de no ser su servidor...
Soltadle.
He fracasado, mi señor.
Y ello me causa más dolor que los tormentos padecidos.
No digáis tal cosa.
Os encomendé una misión que no podíais cumplir, mía es la culpa.
Os ruego que me perdonéis.
Id y reponeos.
Pero sabed que esos miserables pagarán por lo que os han hecho.
Lo juro.
Juana está más vigilada que nunca.
Y fuera de mi alcance.
Pero firmó el poder.
No está de parte de su esposo. Y es consciente de sus intrigas.
Quizá más de lo que pensábamos. De poco me sirve.
Majestad, el duque todavía aguarda.
Hacedle pasar.
Señor, contáis con el afecto de la Casa de Alba,
pero solo la lealtad a la corona justifica que delate a mis pares.
Buena parte de los grandes de Castilla
os exigirán la venida de la reina doña Juana y de vuestro yerno,
que no pocas prebendas anda prometiendo por palacios y villas.
Gracias, amigo mío.
Solo espero que no tarden en presentarse ante mí.
Venimos ante vos con un único propósito.
Y yo os recibo con el respeto que merece vuestro linaje,
cuya sangre ha regado las fértiles tierras de Castilla.
Castilla no necesita más sangre, sino a su legítima reina.
Un sentimiento que comparto,
pues no pasa hora sin que recuerde a mi esposa.
Nos referimos a vuestra hija,
cuya ausencia de estos sus reinos solo tiene una explicación.
El capricho de su esposo. ¡No, señor mío!
Vuestro afán por quitar la gobernanza a quien por derecho debe ejercerla.
No tengo ningún afán por cargar con tarea tan ingrata.
Así se lo he hecho saber a mi yerno en la misma misiva
en la que reclamo, como vos, la presencia en Castilla de su reina.
Pronto llegará el mensaje a sus manos.
- Majestad, me alegra comprobar que en eso estamos de acuerdo.
Les he rogado que no demoren el viaje más allá de lo prudente.
Pues nada deseo más que tener cerca a mis hijos bien amados.
Solo aguardan la llegada de mi yerno para cobrar su recompensa.
Perros...
Me he equivocado. No podré aplastar al borgoñón mientras esté lejos.
He de atraérmelo. Ofrecedle el poder.
Correrá a tomarlo de vuestras manos, pero dudo que acepte compartirlo.
No, no lo hará.
No mientras me sepa aislado y débil.
Mi fuerza está en Aragón.
Allí habré de recobrarla antes de negociar.
Eminencia, cumpliré la voluntad de Isabel.
Mi nieto Carlos reinará en Castilla, os lo aseguro,
y cuento con vuestra ayuda para que así sea.
Pero he de tener las manos libres en mis reinos.
¿A qué os referís?
A poner Aragón, Nápoles y Sicilia a salvo de extranjeros.
A costa de privar de ellos a vuestro nieto.
Lo han mantenido apartado de mí, no es menos extranjero que su padre.
Es mi nieto, sí, pero también hijo de un traidor
y de una loca, que Dios me perdone.
¿He de resignarme a entregárselos?
¿Estáis pensando en otro heredero?
Estoy pensando en salvaguardar mi legado.
Aragón y Castilla dándose de nuevo la espalda.
No es lo que vos y vuestra esposa imaginasteis.
El marido de mi hija no solo pretende gobernar, quiere hacerse con Castilla
y arrebatársela a Juana y para ello no escatima vilezas ni traiciones.
Primero salvaré mis reinos.
Después,
si ese infame logra sus propósitos,
juro que pagará por ello.
¿Hasta dónde estáis dispuesto a llegar?
Hasta donde sea necesario.
Cuento con vuestra ayuda.
Voy a negociar con mi yerno y lo haré en persona.
Le he propuesto que venga a Castilla cuanto antes.
¿Negociaríais con él mientras la reina está en Flandes?
Mi hija no ha de ser impedimento para que su esposo y yo
pongamos fin a nuestras desavenencias.
Pero no desdeñaré la oportunidad de arrebatarle un aliado
y acabar de una vez por todas con la guerra en Nápoles.
Ando en conversaciones con el rey Luis
y estoy seguro de que habrá acuerdo entre Francia y Aragón.
Majestad.
Conocéis bien al francés. ¿Cuánto tardará en incumplir sus compromisos?
Creedme. Conseguiré las mejores garantías.
Si el fiel Gonzalo Chacón hubiera vislumbrado lo que iba a suceder...
Tras largos años guerreando, vuestro abuelo y Luis de Francia
llegaron a un acuerdo que beneficiaba a ambos.
Conque cesara la sangría... Mi querido Fernando.
Para el rey de Aragón no bastaba.
Día a día, veía mermado su poder en Castilla.
Pero logró convertirse en árbitro de lo que acaeciera en Italia.
Todo a costa de dar al traste con el sueño que compartió con su esposa,
la reina Isabel.
Habéis oído bien.
El rey de Aragón desposará a la sobrina del rey de Francia,
doña Germana de Foix.
No hace ni un año que falleció la reina.
- Pero si esa joven le diera un hijo... - Como sin duda es su intención.
- El infante Carlos no heredaría la corona aragonesa.
Los reinos de las Españas de nuevo separados.
Todo cuanto soñó Isabel,
todo aquello por lo que se sacrificó,
con lo que tuvo que soportar...
- ¿Dónde quedan la lealtad y las promesas?
- Al parecer, enterradas en Granada, con su destinataria.
Sosegaos. No deis nada por perdido.
- ¿Pedís sosiego, cuando la obra de la mejor reina de Castilla se desmorona?
Don Felipe y los grandes pretenden desterrar al rey de Aragón
y él procura hacerse fuerte donde le es posible.
-¡Erráis, solo busca su provecho!
Se ha logrado la paz en Italia. Pero ¿a qué precio, señor mío?
Pensad en lo que arruina.
¿Vamos a dar la espalda a la corona, como otros, cuando más nos necesita?
A la corona, jamás. A don Fernando.
Acudió a vos invocando la memoria de la reina y acaba de traicionarla.
No, eminencia reverendísima.
No contéis conmigo.
Señor.
Ruego me deis licencia para abandonar la Corte.
No es ese mi deseo, os lo aseguro.
Tampoco el mío, señor.
Entonces, quedaos junto a mí.
No, majestad.
Pues no nací mudo y la edad no me ha embotado el seso.
Prefiero no ser testigo de cómo vulneráis la voluntad de mi señora,
vuestra esposa.
Vuestra señora es el pasado.
Mi esposa doña Germana asegurará el futuro de mi reino si Dios quiere,
pues hoy Castilla me es tan hostil como vos ahora.
Habéis demostrado vuestra lealtad durante décadas.
En ello se cimienta vuestro prestigio.
Y ahora me rogáis que os deje ir.
¿Quién me asegura que no os pondréis al servicio de quienes van contra mí?
Majestad,
si en esta sala hay un traidor,
tened por seguro que no soy yo.
Marchad.
Vuestro padre se ha casado por poderes en Dueñas.
Sí, señora mía.
Aragón tiene una nueva reina y no sois vos.
Pensad por un momento las consecuencias de esa unión.
Un nuevo heredero privará a nuestro hijo Carlos de la corona aragonesa.
No son nuevas de mi agrado, os lo aseguro.
Pero es potestad del rey de Aragón garantizar la paz en sus territorios
por los medios que considere oportunos.
¿Así defendéis los derechos de nuestro hijo?
Si pretendéis que me enfrente a mi padre por esto, erráis de nuevo,
por grande que sea mi descontento.
Majestad.
Soy vuestro marido, Germana.
Las formalidades están de más.
Mi tío, el rey Luis, ordena que cuide de su aliado más valioso.
Como rival, ya se cuidó él de vos.
Ahora, vuestro tío y yo tenemos un enemigo común
más temible que la suma de nuestros contrarios:
el tiempo.
Un adversario implacable.
Entonces podré cumplir su mandato, pues contra él, majestad,
no hallaréis mejor aliado que yo.
Sin embargo,
jamás podré llenar el hueco dejado por la reina Isabel.
Necia sería si lo pretendiera.
¿Acaso padece su eminencia alguna enfermedad?
Dios no lo quiera.
¿Es comedido por naturaleza?
No hallaréis en Castilla asceta más virtuoso.
Desconfío
de quienes rechazan los placeres que Dios ha puesto a nuestra disposición.
¿Por qué motivo?
Tarde o temprano, otros sufren
por esos apetitos no satisfechos.
- Quien gobierna estos reinos
revive hoy sus mejores años.
Brindemos a su salud.
Y en memoria de nuestra soberana,
la reina Isabel.
Entiendo el pesar de doña Beatriz. - Señor, os pido que la disculpéis.
Tendrá que disculparme ella a mí, pues he de pedirle un servicio más.
Deseo que se una a las damas de mi esposa
y ayude a prepararla para el trance que se avecina.
Así lo hará.
Os lo ruego.
Anteponed nuestra lealtad a la corona al recuerdo de vuestra amistad.
- Cumpliré la petición del rey.
Y de buen grado.
Mas no lo haré por él,
sino por haber sido injusta con doña Germana, que ninguna culpa tiene.
- Sé que para vos es un trago amargo,
pero temo que nos aguarden muchos más en los próximos tiempos.
Haceos a la idea.
Seré vuestra esta noche.
Pero haré cuanto pueda para que vos seáis mío
hasta el fin de nuestros días.
No hay alma libre de mancha, ni la más virtuosa.
Muchos años he vivido y la naturaleza del hombre todavía me causa asombro.
Sabéis cuán escaso era el afecto que unía a vuestros padres en esos días.
Sin embargo, hubo entendimiento entre ellos antes de zarpar hacia Castilla,
pues vuestra madre quedó preñada de vuestra hermana Catalina.
Belmonte y vuestro padre acordaron llegar a La Coruña y no a Laredo.
Arribando a La Coruña no solo pretende burlaros,
también ganar tiempo, pues aún no ha logrado todos los apoyos que desea.
En primer lugar, el de su esposa.
Vuestra hija reclama encontrarse con vos.
El archiduque no hace sino impedirlo.
¿Qué ordenáis al respecto?
Enviaré al señor de Veyré con instrucciones para mi yerno.
Saldré a su encuentro. Dejadnos solos.
Vos iréis por delante, os reuniréis con Felipe.
Cercioraos de sus intenciones.
Si entendéis que en nada va a ceder, que nada mejor puede hacerse,
salvaguardad mi dignidad,
procuradme una compensación que lo debilite y me haga más fuerte.
No hemos de dar nada por perdido.
Pensad un momento en mi suegro.
Un viejo, en tierra hostil,
aislado, endeble,
y a pesar de todo ello, no renuncia a la gobernanza.
¿Por qué habría de hacerlo yo?
Soy joven, el derecho me asiste,
dispongo de hombres armados y, como veis,
cuento con el respaldo de la nobleza castellana.
También reconocieron las Cortes los derechos de don Fernando.
Que los reclame.
Yo puedo lograr que ceda.
Por el bien de Castilla.
Una corona partida abre la puerta al desgobierno.
Ninguno de los presentes deseamos tamaño desastre para estos reinos.
Quien piense que el rey de Aragón dará un paso atrás a cambio de nada,
o no lo conoce
o razona como el más pueril de los nobilios.
Negociemos, pues.
Viajaréis conmigo. Tiempo habrá para hablar.
Quisiera partir con vos.
Aquí estaréis mejor
y en compañía más grata.
No diréis eso en serio.
Por desgracia, sí.
No temáis, volveré.
Tenéis que concebir un heredero para mí.
Quizá lo haya hecho ya.
Podrán echarme de Castilla, pero Aragón quedará en mis manos
y en las de nuestros hijos.
Mi querido hijo.
Me alegra veros tan bien acompañado.
Señor conde.
¡Cómo os habéis puesto de gordo!
También vos, condestable.
Todos sufrimos del mismo mal.
¿Acaso os extraña, señor mío?
¿Y la reina?
Majestad.
Tratad ahora con don Felipe.
Ya habrá ocasión de ver a vuestra hija.
Recibisteis la propuesta que negocié con su alteza.
En verdad, muy generosa,
de no ser por las contrapartidas.
Lo tenéis todo perdido, señor mío.
Dad gracias a su eminencia y aceptad.
Conservaréis los maestrazgos de Santiago, Calatrava y Alcántara,
así como una renta de 10 millones de maravedíes al año
más la mitad de los ingresos procedentes de las Indias.
Poco es para lo que se me exige.
Discutidlo a solas.
Os he conseguido un buen trato. Os lo advierto, no lo haré más.
Su eminencia ha sido hueso duro de roer.
Nadie hubiera obtenido de mí semejante acuerdo.
No seáis terco
y seguid su consejo.
He de abandonar Castilla como un apestado.
No. Solo pido que regreséis a vuestros reinos,
una vez hayáis firmado este otro documento
que declara a Juana incapaz de gobernar.
¿Tan fuerte os sentís que pretendéis libraros de mí y la reina de una vez?
Ahorradme el escándalo, señor mío.
Ya la señalasteis como loca en Toro.
Ahora, al menos,
os sale a cuenta.
Renunciaré al gobierno de Castilla por su eminencia,
que tan notables servicios me ha prestado.
Pero no sancionaré la incapacidad de la reina de Castilla sin verla antes.
Conformaos con alejarme de vos.
El arzobispo vendrá a Valladolid. Lo necesito en las Cortes.
Vos partiréis de inmediato hacia Aragón.
¿Sin ver a Juana?
Me ocultasteis el encuentro con mi padre.
Nunca habría permitido que le ultrajarais.
Gracias a mi generosidad, no marcha de aquí humillado,
sino mucho más rico.
Mi padre no es como estos infames, que se venden por media bolsa de oro.
¡Soy la reina de Castilla!
¡Vuestra reina!
¡Ordeno que me llevéis ante mi padre, el rey!
¡Malditos seáis todos!
¡Malditos seáis todos!
¡Quiero ver a mi padre!
¡Llevadme ante él!
¡Quiero ver a mi padre, quiero ver a mi padre!
¡Quiero ver a mi padre, quiero ver a mi padre!
La misiva que nos leísteis nos indujo a error.
Por desgracia, la realidad es otra.
Doña Juana está enajenada, señores.
Su comportamiento no es propio de una reina.
- Debéis poner a vuestra esposa donde esté servida y acompañada,
como su estado y persona requieren.
Esa y no otra ha sido mi intención.
Cuando la he mantenido apartada del mundo.
¡Quiero que me traigan a mi padre!
¡Llevadme ante él!
¡Os lo ordeno!
¡Llevadme ante mi padre, quiero ver a mi padre!
Quiero ver a mi padre.
¡Os lo ordeno, llevadme ante mi padre!
¿Ha de reinar en Castilla una enferma
cuando su marido está bien cuerdo y es capaz de gobernar estos reinos?
- ¿Qué sugerís? - Lo que muchos pensamos.
Que solo don Felipe ha de ser jurado rey.
- Doña Juana es la reina propietaria.
Y hasta hoy, no está incapacitada.
- Las Cortes lo resolverán. No.
No será posible sin la aprobación del rey de Aragón.
Emprenderé camino a Valladolid sin mi esposa.
Si eso significa que acudiréis a las Cortes sin ella...
-¿Por qué no habría de hacerlo?
¿Tan ciego estáis que no veis el mal que sufre doña Juana?
Lo he visto, señor mío, he visto a una hija
que desea encontrarse con su padre, pero su marido se lo impide.
Mi suegro quiere volverla contra mí.
¿Acaso he de consentirlo?
No refrendaré una medida de tal gravedad sin antes hablar con ella.
¡Hacedlo pues!
Departid con mi esposa cuanto consideréis oportuno.
Vuestro testimonio avalará la más sensata de las decisiones.
¡Padre!
¡Padre! ¡Quiero verle!
¡Soy la reina de Castilla!
¡No podéis hacerme esto, no podéis hacerme esto!
¡Quiero ver a mi padre!
¡Quiero ver a mi padre!
¿Por qué?
¡Padre!
¿Por qué no puedo ver a mi padre?
¡Padre!
¡Padre!
¡Miserable! ¡Miserable!
¡Traidor!
¡Quiero ver a mi padre! ¡Por qué no puedo ver a mi padre!
¿Vos habéis visto a mi padre?
Así es, alteza.
¿Ha envejecido?
Con otros el tiempo se ha ensañado más.
- La ausencia de vuestra madre lo cargó de años.
Pronto ha puesto remedio, como sabréis.
Así haría mi esposo, pues ambos comparten la misma naturaleza.
- Tenéis una larga vida por delante.
Castilla no ha de verse privada de vos cuando más os necesita.
¿Qué podría yo hacer por mis reinos?
En los últimos días, me lo he preguntado a menudo.
Siempre hallo la misma respuesta.
Dios puso a prueba a mi madre,
despojándola de sus herederos, a quienes tanto amó.
Con qué crueldad despreciaría yo su sacrificio
si diera la espalda a mi destino.
¿Deseáis, por tanto, ser jurada reina ante las Cortes?
Como lo fue mi madre.
Hablamos con ella durante horas, señor,
y nunca respondió cosa que fuera desconcertada.
No solo sería un error no llevarla a Valladolid,
sino que separarla de vos todavía lo sería mayor.
Teneos, condestable.
Nada se hará al margen de la justicia.
Retiraos.
He de ver a mi suegro cuanto antes.
Os lo repito una vez más,
no sancionaré la incapacidad de mi hija sin hablar con ella.
¡Repetidlo cuanto os parezca!
No la veréis.
Sois flamenco, pero tenéis la mollera más dura que una piedra del Cáucaso.
Os recuerdo que estáis solo
y que habéis obtenido más de lo que nunca pudisteis prever.
Mi querido hijo,
si vuestros partidarios os apoyaran como un solo hombre,
habríais dejado que siguiera mi camino sin requerir este encuentro.
Conformaos con lo pactado, yo lo hago.
Y ya que habéis hecho circular entre los castellanos
el motivo de la indisposición de vuestra esposa, permitidme un consejo:
soportad sus celos igual que yo sobrellevé los de la mía,
que bien se ve que son madre e hija.
En nada se parecen. Hacedlo.
Hacedlo y Juana volverá a su ser igual que su madre.
Y será una gran reina.
Mal presagio.
No me he de conformar.
Mis leales firmarán lo que este granuja rehúsa.
Os lo ruego, señor, no insistáis por esa vía.
Corréis el riesgo de dividir a quienes os dan apoyo. No os lo podéis permitir.
Ahora menos que nunca con las cortes en ciernes.
Sed paciente.
En Valladolid lograréis todo por lo que tanto habéis porfiado.
Ese, que lo rasguen. Solo yo soy la heredera.
Rasgadlo.
Nobles señores de Castilla,
¿me reconocéis y aceptáis como heredera legítima de mi madre,
la reina Isabel, nuestra señora?
Vos sois quien decís ser,
la reina verdadera
y legítima sucesora y señora natural de estos reinos y señoríos.
Así lo confirman las Cortes.
Entonces, habréis de obedecer mi voluntad.
Marchad a Toledo.
Allí, habréis de jurarme como reina propietaria.
Alteza, Con el respeto que os debemos,
hemos de demorar más el asunto.
Mi señora,
hay algo que deseo preguntaros ante las Cortes aquí reunidas.
Vuestro padre ha regresado a Aragón.
Renuncia, pues, a administrar y gobernar estos dominios.
¿Mi padre no estará junto a mí?
No, señora.
Prefiere ocuparse de sus propias obligaciones.
¿Y vos,
estáis dispuesta a gobernar vuestros reinos?
De ser así, ¿aceptáis que vuestro esposo gobierne con vos?
No me parece honesto ni conveniente
que Castilla esté gobernada por manos flamencas.
Tampoco es costumbre que la mujer de un flamenco gobierne.
Hubiese deseado que mi padre siguiese en Castilla hasta que mi hijo Carlos
fuese mayor de edad, como dispuso mi madre en su testamento.
Pero no ha querido, señora mía.
Si vos rehusáis, bien habrá de hacerlo vuestro marido.
Aceptaré con una sola condición.
Que las Cortes me reconozcan rey propietario de estos reinos,
y a nuestro hijo Carlos, como sucesor legítimo.
Así lo quiere la reina.
De ser así, si os place,
las Cortes procederán al juramento.
Lo habéis logrado.
Vos me lo habéis concedido.
Vos y vuestro padre.
Su renuncia, más bien.
Cara le ha salido a Castilla, a decir verdad.
Poco importa ya.
Os habéis desembarazado de él.
Y a mí ya no me necesitáis.
¿Qué destino me aguarda?
¿El mismo que en Flandes?
Sois mi esposa.
¿Cómo no habría de necesitar a la madre de mis hijos?
Descansad estos días.
Pronto partiremos hacia Segovia.
¡Parad!
Señora.
Señora, ¿qué tenéis?
No entraré. No entraré ahí.
Escuchad, alteza, hemos de continuar. No, no, no.
Diríase que vuestra esposa os lee el pensamiento.
Poco le va a rentar.
No descabalgará en toda la noche.
La reina os facilita argumentos para que sus temores se hagan realidad.
Solo cabe encerrarla.
Todos acabarán compadeciéndose de mí. No lo dudéis.
Sobre todo ahora, que mi suegro se ha desentendido de su hija
en cuanto ha visto un destello de oro en el horizonte.
Los marqueses de Moya han decidido entregar el alcázar sin resistencia.
Excelente.
Volvamos a la corte mañana mismo.
Pensaba sugeriros...
¿Qué os parece llegar hasta Burgos y celebrar mi nombramiento como merece?
¿Estamos hablando de justas, banquetes...?
Caza y juegos de sol a sol.
¿A qué esperáis? Haced los preparativos.
Alteza. Señora, vuestro esposo.
¿Qué le ocurre?
Está muy enfermo.
Ya tenía calentura al despertar.
- Ayer jugó muy reciamente a la pelota, dos o tres horas, en lugar frío.
No se preocupó de secarse el sudor, al contrario,
bebió de manera destemplada para apaciguar la sed.
- Confiemos en el galeno De la Parra,
no hay otro más docto en todo el reino.
- La campanilla está tan inflamada que apenas puede tragar saliva.
- ¿Es capaz de hablar? - Solo si remite la calentura.
Antes se ha quejado de un fuerte dolor en un costado
y ha escupido sangre.
Sed franco.
¿Qué podéis hacer por él?
Nada,
salvo abreviarle la vida.
Hacéis bien en rezar, eminencia.
Y no solo por la salvación de don Felipe.
- ¿Qué será de estos reinos si su alteza fallece?
- El príncipe Carlos es aún muy niño.
¿Ha de quedar Castilla en manos de una loca?
- Doña Juana sigue siendo la reina propietaria.
En cuanto a su locura...
- Dudo que la muerte de su esposo la remedie, señor mío.
La regencia
sería la única solución.
No me sorprendería que el emperador la reclamara
en nombre de su nieto.
-¿Maximiliano?
¿Qué conoce él de estas tierras?
- Menos que su hijo, seguro.
- Y no sería el más dócil de los soberanos.
- En justicia,
solo hay un candidato posible:
el rey de Aragón.
Querido condestable.
Más de 30 años ha gobernado estos reinos don Fernando.
Conviene dejarlo descansar, ¿no os parece?
- El copero de su alteza también ha caído enfermo.
-¿Con idénticos síntomas?
¿Pensáis que les han dado hierbas?
- Si lo negara, mentiría.
- De la Parra asegura que no ve señales de ponzoña.
Y los otros físicos tampoco albergan sospechas.
- Pero existe y eso empeora las cosas.
De morir don Felipe, Castilla se encaminará hacia un desastre.
- Es preciso impedir el desgobierno por encima de todo.
Urge que se haga cargo la persona idónea.
Y estoy en disposición de señalarla.
Pues a vos, eminencia, os sobra prestigio y autoridad
para administrar los reinos.
- Vuestra lealtad a Castilla está por encima de todo, lo habéis demostrado.
Nadie mejor que vos para regirla.
Por esa lealtad que me atribuís, aceptaré si llega el caso.
Dios no lo quiera.
"Majestad.
Si la providencia no lo impide,
a su alteza don Felipe le resta apenas un hálito de vida.
Os ruego que olvidéis las pasiones de los grandes y vengáis a gobernar
el reino de Castilla a la mayor brevedad,
porque otro que vos, después de Dios,
no será capaz de poner remedio a tan grandísima desventura.
Entretanto, os allanaré estos reinos y los pondré a vuestro servicio
como otrora, en tiempos más prósperos, los tuvisteis...
El rey...
ha muerto.
Llorad, mas sin aspavientos.
Los doctores de la Iglesia
dicen que el alma tarda en separarse del cuerpo más de lo que pensamos.
El espíritu de mi esposo aún está con nosotros.
Conviene que escuche cosas de su agrado.
Llevad su corazón a Flandes.
Que repose junto a su madre.
Su alteza dispuso ser sepultado en Granada.
Así habrá de ser.
Vuestro yerno ya no es un impedimento.
¿Atenderéis el ruego de Cisneros?
No. Me esperan en Nápoles.
Le escribiré asegurándole que volveré en cuanto me sea posible,
mientras tanto, él habrá de velar por Castilla.
Pocos son los que hoy me añoran en esos reinos.
El tiempo los tornará legión.
Eminencia, no convocaré Cortes, no insistáis.
No lo haré.
Discrepo de quienes las reclaman.
Sin embargo,
¿cómo podré gobernar Castilla si os negáis a firmar mi nombramiento?
Lo hará mi padre cuando regrese.
Y mientras, ¿quién gobierna, quién decide, quién administra?
Señora, os soy tan leal como lo fui a vuestra madre,
pero me tenéis atado de pies y manos. Firmaré.
Firmaré una cédula, una sola.
Nos prestará gran servicio a estos reinos y también a vos.
Ordeno que las mercedes concedidas por mi esposo
sin mi sabiduría ni mandamiento
sean restadas y quitadas de mis libros como inválidas,
revocadas y consumidas.
Ordeno el cese de los miembros del Consejo Real por él nombrados.
No ha de quedar ninguno.
Serán sustituidos por aquellos que lo fueron en tiempo del rey y la reina.
Alteza.
Celebro vuestra decisión.
Pero temo que una medida de tal envergadura sea fuente de conflictos.
Convendría... Lo demás, cuando vuelva mi padre.
Alteza.
Os he convocado porque requiero que vos...
y vuestro marido me acompañéis esta noche.
Estamos a vuestro servicio, alteza.
¿Puedo saber adónde, para hacer los preparativos?
He de ver a mi esposo.
Abrid el ataúd.
¿Dais fe de que este es mi esposo, vuestro rey?
Sí, señora.
No es otro que don Felipe.
Cerrad el féretro y dadme la llave.
Partiremos hacia Granada de inmediato.
Disponedlo todo.
Nada salvo las exequias de su esposo ocupó la mente de la reina durante meses.
El 14 de enero nació la infanta Catalina en Torquemada.
Pero vuestra madre siguió ajena a todo,
a ella, a vos.
A fuer de ser sincero,
creo que doña Juana se refugió en el culto al cadáver de vuestro padre
con un solo fin: librarse del apremio de todos
para que tomara decisiones.
Una vez perdido el sol del esposo,
no es decoroso para las viudas viajar a la luz solar.
Por eso he decidido viajar de noche.
Os agradezco vuestro sacrificio.
Habremos de buscar un lugar donde residir.
Tórtoles no puede albergar dos cortes.
Lo dejo en vuestras manos, pues.
Los hijos deben obedecer constantemente a sus padres.
Solo ruego que pueda celebrar las exequias cotidianas por mi esposo.
Estoy al tanto de vuestro dolor.
He sabido que mandáis abrir el féretro cada noche.
El rey es el padre de mis hijos, majestad.
Velando su despojo, velo también por ellos.
Son mis nietos.
Nada permitiré que se haga contra ellos.
Su eminencia me ha comentado que tenéis intención de viajar a Burgos.
Cierto.
Belmonte no entregará el castillo. No me pidáis que os acompañe.
Allí Dios me arrebató a mi amado. Jamás volveré a pisar esas calles.
Y ahora, perdonad.
Debo acudir junto a mi esposo.
Me obedecerá, pero no confía en mí.
Teme que prive a su hijo de su herencia.
La pasión altera su ánimo, pero nunca la ha privado de entendimiento.
Vuestro padre y vuestro abuelo compartieron el mismo problema.
Necesitaban la figura de vuestra madre para gobernar
y, al tiempo, era un estorbo.
Cuando se hubo impuesto en Castilla La Vieja,
el rey de Aragón se vio obligado a tomar una decisión definitiva.
Y lo hizo.
Los aposentadores de la corona tienen presto el Palacio de Tordesillas.
- Allí encontraréis la morada que merece vuestra condición.
¿Y mi esposo? Os acompañará.
No os inquietéis.
Lo hago por vuestro bien.
Para que el día de mañana vuestros hijos tan queridos
puedan ser tan buenos reyes como lo fueron sus abuelos.
Para ser un buen rey
no es necesario ser un mal padre.
Partamos.
Su propio padre... Sí, lo hizo.
Pero con ello se asentó en Nápoles, dominó a los grandes,
arrebató Navarra al francés y la incorporó a Castilla.
No es poco para un rey que se asoma a la vejez.
Más hubiera logrado de no haber sido por la enfermedad.
Por la obsesión en procrear, querréis decir,
y por las malas artes de esa francesa.
Reverencia.
Su majestad...
Reverencia.
Vos gobernaréis en Castilla
hasta que mi nieto Carlos llegue.
Siempre acabáis imponiendo vuestra voluntad.
Perdonadme,
pues quise romper la promesa que os hice.
Y Dios, con buen juicio,
no lo ha permitido.
Esposo mío, descansad.
Ahora sí.
Siempre juntos.
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