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�Lorena!
pel�cula
sacado de la novela
M�sica
ALREDEDORES DE METZ
El flujo germano
ha crecido sin cesar y amenaza con sumergirlo todo.
Con un total de veinticuatro mil (sin contar la guarnici�n),
los inmigrantes dominan electoralmente a los veinte mil ind�genas.
La abuela de Colette
hab�a visto las desgracias del asedio
y las convulsiones de la Jornada del 20 de octubre de 1870, donde fue
hecha la Proclamaci�n de Bazaine al ej�rcito del Rin,
a la vez que los regimientos Franceses firmaban protestas pidiendo el combate,
y que los grupos de obreros y de burgueses
recorr�an las calles con banderas bajo el ta�ido de todos los campanarios.
Un d�a, Colette y el profesor Asmus,
a quien la se�ora Bourdache hab�a alquilado dos habitaciones equipadas,
van a dar a un n�mero de l'Austrasie
donde en un pasaje se contaba que en la �poca de Henri l'Oiseleur
Metz hab�a pasado la atracci�n germ�nica.
Vea, se�orita, que usted ha sido Alemana
una vez.
Se�ala el profesor con una malicia bonachona.
Y declara no comprender que las gentes razonables
pierdan su tiempo obstinadamente contra los hechos consumados.
Yo no s� qu� pensaban hace ya mil a�os las gentes de Metz,
pero yo s� bien que no puedo ser una Alemana.
Una ordenanza.
Suprimir la ense�anza de franc�s en las escuelas de cuatro pueblos.
Moyeuvre-Grande, Fontoy, Knutange y Audun-le-Tiche.
Medidas as� eran frecuentes,
y su efecto siempre el mismo:
estas alegraban al inmigrante a la vez que indignaban al ind�gena.
Para gran esc�ndalo de sus colegas, el se�or Asmus sostiene
que destruir la lengua francesa en Lorena
ser�a de hecho destruir las inteligencias.
Pongamos, dice �l, a un ni�o que llega a la escuela� Vuestros maestros
rechazan de si aprender a leer y a escribir el franc�s,
�no pueden por tanto hacer que el alem�n sea su lengua natural!
He ah� un lisiado para la vida.
�D�nde est� para nosotros el beneficio? He visto
deberes redactados en nuestra lengua por chiquitines ind�genas;
no nos presentaban ning�n sentido,
eran tan s�lo una sucesi�n de palabras ineptas.
La ordenanza fue revocada.
Mira ese camino que baja,
el camino de Metz a Nancy. Aqu�, tu abuelo y yo, vimos cosas apenas cre�bles.
Era a finales de septiembre de 1872, y sab�amos
que aquellos que no se marcharan para el 1 de octubre devendr�an Alemanes.
Todos bien habr�an querido irse,
pero dejar su pa�s, su casa, sus campos, sus comercios, es triste
y muchos no pod�an.
Tu padre dec�a que hab�a que quedarse
y que pronto nos liberar�an.
Ese era el consejo que daba Monse�or Dupont des Loges.
Y luego la familia de V suplicaba que nos qued�ramos
a causa del castillo y de las tierras.
Cuando lleg� el �ltimo d�a
una muchedumbre de personas se decidieron de repente. Un verdadero contagio, una locura.
En las estaciones, para coger un billete, hab�a que hacer cola horas enteras.
Se de comerciantes que dejaron sus tiendas a simples chicas j�venes.
Cr�ase que en el hospicio de Gorze
�octogenarios abandonaban sus camas! Pero los m�s resueltos eran los j�venes,
incluso los chicos de quince a�os. "Guardar vuestros campos, le dec�an al padre y a la madre;
en Francia seremos peones."
Fue terrible para el pa�s cuando se iban a trav�s de los prados
centenas y centenas. Y preve�amos bien lo que vendr�a,
que las mujeres, los a�os siguientes deber�an hacer ellas el arado.
Nosotros montamos, con tu abuelo, de Gorze hasta aqu�,
y ve�amos a toda esa gente que se iba hacia el oeste.
A lo lejos, los veh�culos de mudanzas se chocaban,
los hombres conduc�an a la mano a sus caballos,
y las mujeres reun�an con los ni�os montones de mobiliario.
Los desgraciados empujaban sus pertenencias en carretillas.
De Metz a la frontera
hab�a un atasco, como en las carreteras de Paris
No se habr�a podido o�r una canci�n, todo el mundo estaba demasiado triste, pero, a intervalos,
llegaban voces que gritaban: "�viva Francia!"
Los gendarmes, ni nadie de los Alemanes osaba decir algo;
miraban con estupor a toda la Lorena irse.
Por la tarde, el desfile se paraba; desenganch�bamos los caballos;
vel�bamos hasta la ma�ana en los coches
cerca de los pueblos, en Dornot, en Corny, en Nov�ant.
Baj�bamos, como todo el mundo, para ofrecer servicio a aquellos pobres campamentos.
Les pregunt�bamos: "�D�nde vais?"
Muchos no sab�an responder: "En Francia�"
Y cuando tu abuelo les dec�a: "�Como vivir�is?"
Respond�an obstinadamente: "Nosotros no queremos morir Prusianos."
Lloramos al verlos as� durante la noche. Era una l�stima,
todos esos colchones, esa ropa blanca, esos muebles api�ados en barullo y ya totalmente estropeados.
Parece que llegando a Nancy
se sentaban alrededor de las fuentes,
mientras se les constru�an r�pidamente en las plazas campamentos de barracas.
Pero su n�mero crec�a tanto
que se temi� ri�as con los alemanes, los cuales aun ocupaban a Nancy,
entonces dirigimos de oficio hacia Vesoul varios trenes de gente joven�
Ahora, para saber cu�nta gente se marcho,
sabe que en Metz, d�nde est�bamos cincuenta mil,
despu�s del uno de octubre no encontrar�as m�s que treinta mil�
El 7 de septiembre de 1871, cuatro meses antes del tratado de Frankfurt,
la ciudad,
todav�a plena de su poblaci�n francesa, pero postrada en el dolor y que parec�a muerta,
se levanta, de un solo movimiento, a las ocho y media de la ma�ana.
Al toque f�nebre de la catedral, los cuarenta mil Mesinos
salen a sus lugares de oraci�n,
unos a cantar en la catedral la misa de los muertos,
otros a recitar al templo el c�ntico del exilio de Babilonia,
y otros a la sinagoga para sus salmos de duelo.
Despu�s, todas las campanas de la ciudad sonando,
se colocaron, plaza de armas, detr�s de sus sacerdotes y sus magistrados
y se rindieron, para estupor de los alemanes,
en Chambi�res,
frente al monumento que las mujeres de Metz ofrecieron
a los soldados franceses muertos en las batallas del asedio.
"D�a de c�lera, d�a de l�grimas�"
Juez vengador y justo, conc�dame remisi�n�
l�branos del lago profundo al que hemos deslizado;
l�branos de la boca de le�n;
qu� el T�rtaro no nos absorba;
qu� no caigamos en la noche�"
Durante un mes, Colette se preguntaba:
"�Despu�s de treinta y cinco a�os,
es excusable casarse con un alem�n? "
Y ahora...
Profesor Asmus, yo no puedo casarme con usted.
Le estimo y le guardo una gran amistad; estoy agradecida por lo bien que piensa usted de nosotros.
No se ofenda conmigo.
Comentario hecho en frances por En aleman por
Sonido Mezcla
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