All language subtitles for Andrea Chenier ; Kaufmann ; Pappano ; subtitulos en espanol

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Original subtitles

El jardín de invierno en el Cháteau Coigny, 1789.

Pongamos ahí este sofá azul.

¡Obsequioso con las conversaciones

del galán que a las damas maduras ofrecía aquí la mano!

Aquí Tacón Rojo decía suspirando a Lunar de Belleza:

«¡Oritia... o Clori...

o Nice, empolvadas, acicaladas y entraditas en años, yo os deseo,

y solo por eso, quizás, os amo!».

¡Esta es la costumbre de nuestros tiempos!

¡Son ya sesenta años, viejo, los que llevas sirviendo!

A tus perversos y arrogantes señores has prodigado fidelidad, sudores,

la fuerza de tus nervios,

tu alma, la mente,

y, como si no bastase tu vida

para hacer eternamente infinito el horrible sufrimiento,

has dado la existencia de tus hijos.

¡Has procreado siervos!

¡Te odio, casa dorada!

¡Eres la imagen de un mundo empolvado y vano!

¡Hermosos galanes con seda y con puntillas,

daos prisa, acelerad las joviales gavotas y los minuetos!

¡Vuestra suerte está echada! Raza apuesta y culpable,

hijo de siervos, y siervo, aquí, juez con librea, te grito:

¡Es la hora de la muerte!

¡El día cae lentamente en derredor!

¡En estas sombras misteriosas las cosas asumen formas fantásticas!

¡Cuánta dulzura penetra por ti en la lóbrega alma!

- ¡Las almas se sosiegan humanamente! - ¡Aunque la idea muera, tú jamás morirás,

tú, la eterna canción!

¡Vamos, daos prisa, y encended las luces!

Y decid, ¿está todo listo?

¡Todo!

- ¿Los coros? - Ya están vistiéndose.

¿Y los músicos?

Afinan los instrumentos.

Los invitados llegarán enseguida.

Uno es el señor Fléville.

Escritor distinguido.

¿Y el otro quién es?

¡Es el joven abate!

¿Uno viene de Italia?

Sí, Fléville, el abate de París.

¿Todavía así? ¡Maddalena! ¿Aún no estás vestida?

¿Suspiras?

Sí. ¡Pienso en la tortura de ponerse guapa!

¡Eres tú la que embelleces tus vestidos! ¡Yo los afeo todos!

Me ahogo, me muero atrapada en un estrecho corpiño de lentejuelas negras

o en un corsé ala moda en seda de Nakara.

¡Tu corsé es algo precioso!

La horrible falda «muslo de ninfa blanca».

Me maniata y me cansa, me revienta toda,

y añade un sombrero «caja de descuento» u otro a la «Basilio» o a la «Montgolfier»,

que te deja sorda y ciega,

así que, nacida hermosa, te ves hecha un adefesio.

Para esta noche, ¡paciencia!

Mamá, ¿no oyes?

Ya están los invitados.

Así me pongo: Vestido blanco y una rosa en la cabeza.

¡Oh! ¡Qué elegante!

Y vos, gentil galán.

Auténtica galantería.

¡A más de un deseo habrá de encender la llama vuestra dama!

¡Siempre joven y vistosa! ¡Condesa, siempre, siempre la misma!

Conmovido, halagado por tantos cumplidos

y a este, más que homenaje...

amable cuchufleta.

Os presento a Flando Fiorinelli, caballero italiano y músico.

Andrea Chénier, que escribe versos y que promete mucho.

¡El abate!

¡Por fin!

- ¿Venís de París? - Sí.

¿Hay novedades de la corte?

“ ¡Decid! “ ¡Rápido!

¡Todas sentimos curiosidad!

¡Rápido, decid!

Débil está el rey.

¿Ha cedido?

Fue mal aconsejado.

- ¿Necker? - ¡No hablemos de él!

¡Ese Necker!

¡Nos morimos de la curiosidad!

Tenemos el Tercer Estado.

¡Y he visto ofender...

- ¿A quién? - ...a la estatua de Enrique IV!

¡Horror!

¿Adónde iremos a parar?

Es lo que pienso yo también.

¡Ya no temen a Dios!

¡Hermosas damas, mis noticias son bastante tristes!

¡Pasemos la noche alegremente!

¡Con los céfiros gentiles de la primavera estas nubes se desvanecerán!

Volveremos a ver el sol, y rosas y violetas,

y oiremos en el aire saturado de flores

repetir al eco las églogas de los pastores.

¡Oh, suave susurro!

- Es el viento. - Es Céfiro.

Es murmullo de fuente.

Es un batir de alas.

Oigo murmurar a un arroyuelo.

Y este es mi relato.

<i>¡Oh, pastorcillas, adiós, adiós!</i>

<i>¡Partimos hacia costas desconocidas y extrañas!</i>

<i>¡Ay! ¡Mañana estaremos lejos!</i>

<i>¡Abandonamos estos lugares! ¡Ay!</i>

<i>¡Hasta el regreso no tendrá más alegrías el corazón!</i>

¿Señor Chénier?

¿Señora Condesa?

¿Vuestra musa Calla?

Es reservada y desea guardar silencio.

Vuestra musa es la melancolía.

Realmente poco cortés.

¡Es un poco extraño!

¡La musa siempre dispuesta es una mujer ajada!

Es cierto. Aquí tenemos al poeta.

Le haré poetizar. ¿Apostamos?

Perdonad lo que diga, y mi audacia.

Soy mujer, y soy curiosa.

Me muero por oíros una égloga, o una poesía, para monja o para esposa.

Vuestro deseo es una amable orden.

Pero, ay, la fantasía no se pliega a una orden o un humilde ruego.

La poesía es bastante caprichosa, a la manera del amor.

¿Por qué os reís?

¡Oíd, que la historia es hermosa!

A tu ruego, mamá, oponía una negativa.

Entonces tuve un extraño pensamiento.

Dije: ¿apostamos?

¿A qué?

A que hablaría de amor.

¿Y bien?

Llamó a la Musa,

y la Musa implorada repitió por su boca la palabra

que a mí vos

Y Vos,

y también vos

y vos me dijisteis esta tarde

sin Musa.

Me habéis herido aquí, donde guardo celosamente el más puro palpitar del alma.

¡Ahora veréis, muchacha, qué poema es la palabra «Amor»,

aquí objeto de burla!

Un día observaba embelesado el espacio azul,

y en los prados cubiertos de violetas llovía oro del sol

y dorado fulguraba el mundo.

La Tierra parecía un enorme tesoro,

y el firmamento le servía de cofre.

Desde la tierra hasta mi frente llegó una caricia viva, un beso.

Presa del amor, grité:

¡Te amo, tú que me besas, divinamente hermosa, oh patria mía!

Y quería, lleno de amor, rezar.

Crucé el umbral de una iglesia:

allí un sacerdote apilaba regalos en los nichos de la Virgen y los santos.

Y permanecía sordo a un viejo tembloroso que en vano pedía pan

y en vano extendía la mano.

Franqueé la puerta de los cuchitriles: un hombre calumniaba blasfemando la tierra

que apenas le da para pagar el diezmo.

Y arremetía Contra Dios y los hombres por las lágrimas de sus hijos.

Entre tanta miseria, ¿qué hacen los patricios?

Solo vuestros ojos expresan humanamente aquí una mirada de piedad.

Por ello os miré como a un ángel. Y dije:

¡Esta es la belleza de la vida!

Pero después, con vuestras palabras, un dolor nuevo me ha golpeado.

Oh, hermosa jovencita, no despreciéis las palabras de un poeta:

Arnor, don divino, no lo rnenospreciéis.

El alma y la vida del mundo es el amor.

¡Perdonadme!

¡Qué criatura tan extraña!

Hay que perdonarla.

Es caprichosa

y un poco romanticona.

Pero ¡oíd! Es el alegre sonido de la gavota.

¡Vamos, Caballeros! Que cada uno elija a su dama.

<i>Día y noche acarreamos el dolor.</i>

<i>Somos gente mísera que se muere de hambre.</i>

<i>Hambrientos, languidecientes, moribundos,</i>

<i>caemos sobre suelos estériles.</i>

Su alteza la miseria.

¿Quién les ha hecho entrar?

¡Yo, Gérard!

¡Que se largue esta chusma! Y tú el primero.

Sí, me voy, Condesa.

Esta librea me pesa

y para mí es vil el pan que aquí sacia mi hambre.

Me llama la voz de los que sufren.

Ven, padre mío, ven conmigo.

¿Por qué te inclinas a los pies de quien no oye la voz de la piedad?

¡Fuera de mi cuerpo, fuera esta vileza!

Ese Gérard, leer lo ha arruinado.

Y yo, que todos los días

hacía limosnas.

Y para que los pobres no se sonrojaran

me había hecho incluso unas ropas,

un vestido de caridad.

- ¿Se han ido todos? - Sí.

Perdonad.

Retomemos, señoras, la gavota interrumpida.

¡Que vuelva la alegría!

Francia lleva cinco años sumida en la Revolución

El rey y la reina han sido ejecutados...

...y el gobierno, dominado por el partido jacobino de Robespierre...

...ha impuesto «El Terror».

Los juicios ejemplares y las ejecuciones se suceden a diario.

El Café Hottot, junto al Puente Perronet París, 1794.

¡Por el antiguo infierno! ¡Vuelve a haber polvo en la cabeza de Marat!

Me ha encajado un periódico de hace cinco meses.

¿Es verdad que Robespierre cría espías?

Quieres decir, ciudadana, «observadores del espíritu público».

Como quieras.

No sé, ni lo puedo saber.

¿Tienes algo que temer?

¿Temer? ¿Por qué? ¿Por qué habría de temer?

¿No soy, como tú, una auténtica hija de la Revolución?

¡Amo vivir así!

Vivir deprisa con esta fiebre jovial de un gozar rápido...

intenso y casi inconsciente.

Aquí el juego y el placer, allá la muerte.

Aquí el sonido de las monedas y el biribís.

Ahí abajo el cañón y el redoble de los tambores.

Aquí embriaga el vino, allí embriaga la sangre.

Aquí risas y amor, allí se piensa y se odia.

¡Aquí la Maravillosa que brinda con el champán,

las verduleras y las pescaderas y el carro de Sansón que pasa!

No, no me engaño.

La hermosa rubia estaba con ella.

He encontrado la pista.

«La ciudadana Bersi, sospechosa de corrupción no espontánea».

«Miró furtivamente a Chénier».

«Observarla».

«Andrea Chénier, esperando durante varias horas con evidente ansia febril».

«Observarlo».

- Roucher. - Chénier.

Todo el día buscándote.

Tengo tu salvación.

¿Un pasaporte?

Por aquí alrededor todo es peligroso para ti.

Salva tu preciosa vida. ¡Vete!

¿Ocultar mi nombre, huir?

¡Te lo ruego, Chénier!

No. ¿Crees en el destino?

Creo.

Creo en un poder misterioso

que, benigno o maligno, bien guía nuestros pasos,

bien los desvía por diversos caminos de la existencia humana.

Un poder que dice a un hombre: serás poeta.

A otro: A ti una espada, ¡sé soldado!

Ahora bien, puede que mi destino me quiera aquí.

Si lo que deseo se cumple, me quedo.

¿Y si no se Cumple?

¡Entonces me iré!

Y mi destino se llama amor.

Aún no he amado.

Pero a menudo en mi vida he sentido cerca de mi Camino

pasar a la mujer a mí destinada.

Hermosa, ideal, divina como la poesía.

Pasar el amor por mi Camino con ella.

Sí, más veces ha hablado su voz a mi corazón.

La he oído decirme a menudo con su voz ardiente:

«Cree en el amor, Chénier, eres amado».

Desde hace tiempo recibo extrañas cartas.

Unas dulces, otras serias, unas reproches, otras consejos.

Escribe siempre una mujer misteriosa.

En sus palabras vibra un alma.

Quién pueda ser, lo he indagado en vano.

- ¿Aún lo intentas? - Hasta ahora. ¡Pero mira!

- ¿Una cita aquí? - ¡Ah, la veré!

La misteriosa por fin levanta el velo. Veamos.

¡Caligrafía en verdad femenina!

Papel elegante.

Pero ¡ay!, perfume

«de la revolución».

Esta nota gentil, con su provocador perfume de rosas,

Chénier, no me engaño, lo juro,

sale de un saloncito que el amor conoce muy bien.

Chénier, te lo aseguro, tu destino te ha dado el corazón

de una Maravillosa.

Coge el pasaporte, ¡y al diablo la carta!

No te creo.

La marea femenina parisiense

avanza hacia aquí con olas agitadas.

Yo las conozco a todas.

Pasarán, y yo te mostraré a la bella misteriosa.

- ¿Una Maravillosa la divina criatura - ¡Una caricatura, una moda!

- Soñada por mi pensamiento? - Tu divina, suave poesía,

- Aquí se quiebra mi vida. - con toquilla a la Bastilla...

- ¡Ah! ¡Mi hermoso sueño, adiós! - ...con cabellera postiza y rímel.

Acepto el pasaporte.

¡Sabia decisión!

¿Ves? El gentío se apiña en el puente Peronnet.

La eterna cortesana. Se agolpa para curvar la frente ante el nuevo dios.

¡Ahí está Gérard! ¡Viva Gérard!

¡Viva Robespierre! ¡Viva!

¿La mujer que me has pedido buscar es morena o rubia?

Él camina solo.

Ojos azul cielo bajo una frente cándida.

¡Y cuánto espacio a propósito entre el dios y los sacerdotes!

Rubio el cabello con reflejo de oro.

Una dulzura en el rostro, y una sonrisa no humana de mujer.

- El último, ¿lo ves? - ¡Robespierre el pequeño!

En su sencilla manera de vestir, un púdico velo sobre el tesoro de un seno virginal,

y un tocado blanco sobre la cabeza.

¡Encuéntrame a esta hermosa criatura!

Te dije: ¡busca! ¡Indaga!

Pasó frente a mí un día como un rayo,

pero luego la perdí.

Ahora ya no vivo: ¡peno!

Sálvame de esta angustia y lo tendrás todo.

Esta noche la verás.

Ahí están. ¡Extraños tiempos!

Ahí van los pensadores.

Aquí esos rostros alegres. Desde aquí será fácil descubrir a la misteriosa.

- Vámonos. - Mira.

¿No me saludas?

- Retén aquí a Chénier. ¡Me espían! - Está bien.

Descarada Bersi, aquí me tienes por ti.

- ¿Bajas conmigo? - ¿Un momento?

¡Una Maravillosa!

Te pido solo un trén/tz.

- ¿Por qué no? - Bajemos.

¡Anochece! ¡Hora propicia!

Y mañana al amanecer, ¡en marcha!

¡Oh, hermoso sueño mío, adiós!

Dentro de poco vendrá aquí una mujer amenazada de gran peligro. Espérala.

Dime su nombre.

<i>Su nombre... Esperanza</i>

Iré.

¿La desconocida que te escribe?

No, ¡es una trampa! ¡Es una emboscada!

Me armaré.

¡Ah, velaré por él!

Mi plan está listo.

Ahora, esperemos.

Este es el altar...

Aún nadie...

Tengo miedo...

¡Es él!

Andrea Chénier.

Soy yo.

¿Debo seguirte? ¿Te manda alguien?

Di, ¿quién me quiere?

Yo.

¿Tú? ¿Y quién eres?

Aún te acuerdas...

Sí, me acuerdo.

- «No conocéis amor». - Esta voz no me habla por primera vez.

«Amor, don divino, no lo menospreciéis».

Dejadme veros.

¡Miradme!

Ah, ¿Maddalena di Coigny?

(Sí, ella, la rubia. Ahora, corriendo a Gérard.)

Mirad ahí, una sombra.

Nadie.

Pero este sitio es peligroso.

Fue Bersi quien lo eligió. Si nos amenazara un peligro,

soy una criada que ha venido a entregar su mantilla.

¿Mi escritora? ¿Vos mi amiga siempre oculta, siempre huidiza?

Erais poderoso, yo, en cambio, amenazada.

En mi infelicidad, sin embargo, pensaba a menudo rogaros paz y salvación.

Pero no me atrevía. Y el destino os empujaba siempre hacia mi camino.

Y yo os veía y siempre pensaba en vos como en un hermano.

Y entonces os escribía lo que el corazón o el cerebro dictaban a mi mente.

El corazón que me decía que defenderíais a aquella que un día os ofendió.

Solo Bersi me quiere bien en este mundo. Es ella quien me ha escondido.

Pero desde hace un mes me espían y me siguen.

¿Adónde huir? Fue entonces cuando supe que ya no erais poderoso.

Y por eso vine.

Oíd. Estoy sola.

Estoy sola y amenazada.

Estoy sola en el mundo. ¡Y tengo miedo!

¿Queréis protegerme?

Confío en vos.

¡Dulce hora, sublime hora de amor!

El alma poderosa desafía al terror.

Purificas mi corazón de toda maldad.

Deseo la vida y no temo la muerte.

¡Ah, quédate eternamente!

¿Junto a ti en el peligro? ¿Junto a ti en el terror?

A mi lado dejarás de temer.

¿Juntos hasta la muerte?

¡Juntos hasta la muerte!

¡Dulce hora, sublime hora de amor!

- El alma poderosa desafía al terror. - Purificas mi corazón.

No temo ala muerte.

¡Dulce hora, sublime hora de amor!

Hasta la muerte juntos.

¡Maddalena di Coigny!

¡Gérard!

Como criatura nocturna vuelvo a verte.

Sigue tu camino.

Es mercancía prohibida.

¡Sálvala!

¡Síguela!

¡Ten cuidado!

(¡Ala sección!)

Te robo a Sansón.

No eres más que un monje. ¿Eres Chabot?

Eres Chénier... ¡Huye!

Fouquier-Tinville ha escrito tu nombre. ¡Vete!

Protege a Maddalena.

¡Al puente Peronnet!

¿Gérard herido?

¿El agresor?

Desconocido.

Lo han hecho asesinar los girondinos.

¡Muerte a los girondinos! ¡Muerte!

Andrea Chénier y Maddalena han huido de París y están escondidos

Francia está amenazada por la invasión extranjera y la rebelión interna...

y Mathieu está intentando buscar apoyos para la causa revolucionaria

La sala del Tribunal Revolucionario, pocos meses después

Dumouriez, traidor y jacobino, se ha pasado al enemigo.

(¡El miserable!)

Coburgo, Brunswick,

Pitt, ¡la peste lo reviente!,

y el viejo lupanar de toda Europa están contra nosotros.

¡Oro y soldados!

¡Esta urna y yo que os hablo representamos la imagen de la patria!

¿Nadie se mueve?

¡Que la guillotina repase a cada uno su cabeza y su conciencia!

La patria está en peligro.

Ahora, como ya hizo Barére, elevo el grito de Louverture:

«¡Libertad y patatas!».

Pero, mirad, ¡ahí está Gérard!

Él os sacara del bolsillo los exluises con palabras que yo no conozco.

Me importan un bledo las palabras bonitas. ¡Y hasta presumo de ello!

¿Tu herida?

Gracias, ciudadanos.

Mi fuerte constitución me ha conservado para mi patria.

Ese es tu sitio.

Dumouriez, traidor y girondino, se ha pasado al enemigo.

(¡Mueran todos!) La patria está en pe...

Cedo la palabra.

Francia da lágrimas y sangre.

¡Oíd!

Laudun ha enarbolado la bandera blanca.

La Vendée está en llamas.

Y Bretaña nos amenaza.

Y los austríacos, y prusianos, e ingleses,

y todos clavan sus garras armadas en el pecho de Francia.

¡Necesitamos oro y sangre!

¡Mujeres francesas, dad el oro inútil para vuestros encantos!

¡Donad vuestros hijos a la gran madre, vosotras, madres francesas!

Toma, es un recuerdo.

Un anillo. Es un brazalete.

Ocho días de trabajo. Una hebilla de plata.

- ¡Son dos botones de oro! - ¡Sitio!

¡Sitio!

Soy la vieja Madelon.

Mi hijo ha muerto; se llamaba Roger. Murió en la toma de la Bastilla.

Su primer hijo recibió galones y sepultura en Valmy.

En unos días yo también moriré.

¡Es el hijo de Roger!

El último hijo, la última gota de mi vieja sangre.

¡Tomadlo!

No digáis que es un niño.

Es fuerte, puede combatir y morir.

Lo aceptamos. Dinos su nombre.

Roger Alberto.

Partirá esta noche.

¡Adiós, mi tesoro!

Apartadlo de mí.

¿Quién me da el brazo?

<i>¡Amigos, cantemos, bebamos, amigos, sigamos bailando sin cesar!</i>

<i>¡Lleno el vaso, alegra el corazón, lleno el vaso, cantar y beber!</i>

<i>¡Viva la libertad!</i>

<i>¡Bailemos la Carmagnola! ¡Viva el estruendo del cañón!</i>

- El pájaro está en la red. - ¿Ella?

No, el hombre. Está en la prisión de Luxemburgo.

- ¿Cuándo? - Esta mañana.

- ¿Y cómo? - ¡Casualidad!

- ¿Dónde? - En Passy, en Casa de un amigo.

¿Y ella?

Aún ni rastro.

Pero él supone tal atracción para ella, que voluntariamente

(pienso y creo) ella vendrá a nosotros.

No, no vendrá.

Escucha.

Son gritos. Muchachos excitados.

No; los vendedores de periódicos de costumbre.

<i>¡El arresto importantísimo de Andrea Chénier!</i>

¡Estos gritos llegarán a ella!

¿Y bien?

Mujercita enamorada que se aburre de esperar,

si ya ha pasado la hora del ansiado reencuentro en el nido,

(que me muera) si la bella, présaga y vencida por el ansia,

no te baja por la calle así, como está, a medio vestir.

Sale corriendo, e indaga. Y vuela. Y escruta. Y espía.

¡Vaya! ¿Pasa un vendedor de periódicos? ¿Y vocea un nombre? ¡Qué pálida se queda!

Pero no vacila ni cae.

¡La fuerza del amor!

En ese dolor acaba la mujer y surge la heroína.

Se atreverá a todo. Por eso, la verás. ¡Paciencia!

Vendrá a ti. Y esto es lo que pienso. Increíble, pero cierto.

Me odiará con más fuerza.

¿Qué importa?

Una mujer tiene cuerpo y corazón.

Tú elige el cuerpo:

es la parte mejor.

Redacta el acta de acusación.

Que Andrea Chénier sea conducido de inmediato al tribunal.

Fouquier-Tinville espera.

¡Escribe!

¿Entonces dudo?

Andrea Chénier ya figura en la lista de Fouquier-Tinville.

Su suerte está echada. Hoy o mañana...

¡No! ¡Es miserable!

¡El tiempo pasa volando! Se llenan ya las calles.

¿Enemigo de la patria?

Es un viejo cuento que felizmente sigue tragándoselo el pueblo.

¿Nacido en Constantinopla?

¡Extranjero!

¿Estudió en Saint Cyr?

¡Soldado!

¡Traidor!

Un cómplice de Dumouriez.

¿Y poeta?

Corruptor de corazones y de costumbres.

Un día mi alegría era pasar entre los odios y venganzas.

Puro, inocente y fuerte. Gigante me creía.

Soy siempre un siervo. He cambiado de amo.

Un siervo obediente de violenta pasión.

¡Ah, peor! Mato y tiemblo.

Y mientras mato, lloro.

Yo, hijo de la Redentora, fui el primero en oír su grito por el mundo

y uní mi grito al suyo.

¿He perdido ahora la fe en el destino soñado?

¡Cómo estaba irradiado de gloria mi camino!

¡Volver a despertar la conciencia en los corazones de la gente,

recoger las lágrimas de los vencidos y los que sufren!

Hacer del mundo un Panteón,

hacer de los hombres dioses

y en un solo beso y abrazo amar a todas las gentes.

Ahora reniego del santo grito.

Tengo el corazón lleno de odio.

¡Y quien me ha vuelto así,

amarga ironía, es el amor!

Soy un voluptuoso. Este es el nuevo amo: ¡los sentidos!

¡Todo es mentira!

Lo único auténtico es la pasión.

Está bien. Dónde encontrarte sí...

Me quedo aquí.

¿Carlo Gérard?

Ahí. Entrad.

No sé si aún os acordáis de mí.

Soy Maddalena di Coigny.

Ah, no me echéis. Si vos no me escucháis, estoy perdida.

Yo te esperaba. Yo te quería aquí.

Yo soy quien, cual sabuesos, te he lanzado hordas de espías.

A todas las calles han llegado mis ojos, y en todo momento.

Yo, por tenerte, he apresado a tu amante.

¡Aquí me tenéis! ¡Vengaos!

No te odio.

¿Por qué me queríais aquí?

¿Por qué te quería aquí? ¡Porque te quiero!

Porque eso está escrito en tu vida.

Porque eso quiere mi poderosa voluntad.

Estaba escrito y, mira, ha sucedido.

Yo te quería cuando, siendo una niña, feliz corrías conmigo por el gran prado,

en ese aroma de hierbas florecidas y de rosas silvestres.

Lo quise el día en que me dijeron: «¡Aquí tienes tu librea!».

Y, como era por la tarde, mientras estudiabas un paso de minueto,

yo, uniformado y mudo, abría y cerraba una cortina.

La poesía, tan gentil en ti, hace de mí un loco, grande y malvado.

¿Y bien? ¿Qué importa? Sea.

¡Y aunque sea solo una hora, quiero esa embriaguez de tus ojos profundos!

Quiero también ahondar con mis manos en el mar de tu cabello rubio.

Ahora dime, ¿qué harás Contra mi amor?

Correré a la calle. Gritaré mi nombre. Y está la muerte para salvarme.

¡No, no lo harás! ¡No! ¡A pesar tuyo, serás mía!

Si a su vida le pones el precio de mi cuerpo,

está bien,

¡tómame!

¡Cómo sabe amar!

Mataron a mi madre en la puerta de mi cuarto.

Moría, y me salvaba.

Luego, en la profunda noche, vagaba con Bersi

cuando, de repente, un lívido resplandor ilumina

y aclara la lóbrega calle.

Miro. Ardía el lugar de mi infancia.

Así me quedé sola.

Y nada a mi alrededor. Hambre y miseria.

La necesidad, el peligro. Caí enferma.

Y Bersi, buena y pura,

de su belleza hizo un mercado, un contrato para mí.

Llevo la desgracia a quien me quiere bien.

Fue en ese dolor cuando acudió a mí el amor.

Una voz llena de armonía que dice:

«¡Sigue viviendo! ¡Yo soy la vida!».

«En mis ojos está tu cielo».

«No estás sola».

«Yo recojo tus lágrimas».

«Estoy en tu camino y te sostengo».

«Sonríe, y espera».

«Yo soy el amor».

«¿Todo alrededor es sangre y fango?».

«Yo soy divino. Yo soy el olvido».

«Yo soy el dios que desciendo sobre el mundo desde el empíreo»,

«¡has de la tierra un cielo!».

«Yo soy el amor».

Y el ángel se acerca, besa,

el beso de la muerte.

Mi cuerpo es un cuerpo de moribunda.

Tómalo, pues.

Yo soy ya cosa muerta.

¡Perdido! Mi vida para salvarlo.

Vos podéis. Lo arrestaron esta mañana.

Pero quien lo odiaba ha preparado su juicio para hoy, su muerte.

El gentío ya está curioso y ávido de lágrimas, de sangre.

¿Oís? Son las culatas de los fusiles.

Son los gendarmes. ¡Y allí está ya Chénier!

¡Salvadlo!

La revolución devora a sus hijos.

¡Salvadlo!

Tu perdón es mi fuerza.

Gracias. Yo lo he perdido, sabré defenderlo.

¡Mamá Cadet! ¡Aquí, junto a la barrera!

Ciudadana, un poco de discreción.

Desde aquí se ve y se oye perfectamente.

Parece que hoy hay una gran hornada.

- Aquí se ve todo de maravilla. - Muchos ex.

¡La Legray! Y un poeta.

¡Apartaos!

¡Eh, esas lenguas, ciudadanas!

- ¿Estáis bien? - ¡Sí! ¿Y vosotras?

¿Venís del mercado?

¡Yo no! ¡De la barrera!

- ¿Tenéis noticias? - No

¿Y no sabéis nada?

Han aumentado el pan.

Lo sé.

Es una jugada de ese perro inglés que se llama Pitt.

Paso a los jurados.

Aquí están los jueces.

Quien preside es Dumas.

¡Vilate! ¡El pintor!

¿El otro es el impresor, el tribuno Nicolás?

Ahí está Fouquier.

El acusador público.

¿Y los acusados?

Allí, junto a los jurados.

Ay... ¡Me siento desfallecer!

Él no mira.

¡Ah, piensa en mí!

¡Silencio!

Gravier de Vergennes.

Un exreferendario.

¡Es un traidor!

<i>Lava-Montmorency.</i>

Convento de Montmartre.

- ¡Aristocrática! - ¡Calla!

¿Para qué hablas? Eres vieja.

¡Calla y muere!

LegFaY-

Andrea Chénier.

' ¡Valor! '

Este es el poeta.

Fouquier-Tinville lee atentamente.

Escribió contra la revolución. Fue soldado con Dumouriez.

¡Es un traidor!

¡Mientes!

- ¡Habla! Yo soy aquello que hice. - ¡Oh, amor mío!

Sí, fui soldado.

Me he enfrentado gloriosamente a la muerte, que me llega aquí envilecida.

Fui literato.

He hecho de mi pluma un arma feroz contra los hipócritas.

Con mi voz he cantado a la patria.

Mi vida pasa como una vela blanca:

eleva los mástiles al sol que los dora

y hunde la espumosa proa en el azul de las olas.

¿Avanza mi nave empujada por la suerte hacia la blanca escollera de la muerte?

¿He llegado? ¡Sea!

Pero subo a popa y agito una bandera triunfal al viento.

Y en ella está escrito: «'Patria!» n

Tu fango no llega hasta ella.

No soy un traidor. ¿Vas a matarme?

Pero déjame el honor.

Oigamos a los testigos.

Dejadme paso.

Carlo Gérard.

Está bien. Habla.

¡El acta de acusación es una mentira horrible!

¡Si la has escrito tú!

He denunciado falsamente y lo confieso.

Mías hago estas acusaciones y las confirmo.

¡Eso es una vileza!

Ofendes a la patria y a la justicia.

- ¡Aquí la justicia se llama Tiranía! - ¡Lo han comprado!

- ¡Esto es una orgía de odios y venganzas! - ¡Calla! ¡Al patíbulo!

Se derrama la sangre de la patria. Nosotros herimos el pecho de Francia.

- Chénier es un hijo de la Revolución. - ¡Es un traidor!

A él el laurel, no lo matéis.

- La patria es gloria. - ¡Imponle silencio, Duma!

¡Óyela, pueblo, la patria está ahí

donde se muere empuñando la espada!

No aquí, donde matan a sus poetas.

¡Oh, generoso! ¡Oh, grande!

Mira, estoy llorando.

¡Mira ahí!

Ese rostro blanco... ¡Es ella!

¿Ella? ¡Maddalena!

He vuelto a verla.

- Ahora muero feliz. - Aún tengo esperanzas.

¡Muerte!

El patio de la prisión de St Lazare...

...la mañana siguiente, antes del amanecer

Ciudadano, lo siento, pero es muy tarde.

¡Un poco de paciencia aún!

- Ya está... Pocos versos. - ¡Lee!

<i>Como un hermoso día de mayo que con beso de viento</i>

<i>y caricia de rayo se apaga en el firmamento,</i>

<i>con el beso de una rima, caricia de poesía,</i>

<i>asciendo a la extrema cima de mi existencia.</i>

<i>La esfera que camina por cada suerte humana</i>

<i>ya se me acerca en la hora de la muerte,</i>

<i>y quizás antes de que concluya mi última estrofa,</i>

<i>el verdugo me anunciará el fin de la vida.</i>

<i>¡Sea! ¡Poesía, última diosa!</i>

<i>Regala aún a tu poeta la idea fulgurante, la llama acostumbrada.</i>

<i>Yo, a ti, mientras vivida me brotas del corazón,</i>

<i>te daré por rima el gélido suspiro de un hombre que muere.</i>

Se le ha concedido una última entrevista.

¿Elcondenado?

Andrea Chénier.

Está bien.

Os recuerdo vuestro juramento.

¡Oye! Entre los condenados de mañana hay una mujer joven.

La Legray.

Pues bien, ¡debe vivir!

¿Cómo eliminar de la lista su nombre?

¿Qué importa el nombre si en su lugar responderá otra por ella?

¡Está bien! Pero ¿y la otra?

¡Aquí está!

¿Ella? ¿Tú, ciudadana?

¡Para vos! Son joyas. Esto es dinero.

¡Extraña cosa en tiempo de asignados!

Yo no querría... ¿Entendéis?

Yo no sé nada.

Al nombre de la Legray, subid corriendo.

¡Yo no sé nada, nada!

Bendigo el destino.

Bendigo la muerte.

¡Oh, Maddalena, haces de la muerte la suerte más envidiada!

¡Salvarlos!

¡De nuevo Robespierre!

Junto a ti se apacigua mi alma inquieta.

Eres la meta de todo deseo, de todo sueño, de toda poesía.

Dentro de tu mirada veo la iridiscencia de los espacios infinitos.

Te miro: En este verde ondear de tus grandes ojos

vago con mi alma.

Estoy aquí para no dejarte, no es un adiós. Vengo a morir contigo.

Se acabó el sufrimiento. ¡La muerte amándote!

¡Ah! ¡Quien recoge la, última palabra de los labios es El, el Amor!

Eres la meta de mi existencia.

El nuestro es amor de almas.

Salvo a una madre.

Maddalena al alba tomará para morir el nombre de Idia Legray.

¿Ves? La luz incierta del crepúsculo

ya destella por las tristes galerías.

¡Abrázame! ¡Bésame, amante!

¡Orgullo de belleza!

¡Eres el triunfo del alma!

Tu amor, sublime amante, es mar, es cielo,

luz del sol y de los astros.

¡Es el mundo!

Nuestra muerte es el triunfo del amor.

¡Ah, bendigo la suerte!

En la hora en que morimos pasamos a ser eternos.

¡Muerte! ¡Infinito Amor!

Es la muerte.

Ella viene con el sol.

Ella viene con la mañana.

¡Ah, viene como la aurora!

Con el sol que la dora.

Viene a nosotros desde el cielo, en un velo de rosas y violetas.

¡Amor! ¡Infinito Amor!

- ¿Andrea Chénier? - ¡Soy yo!

' ¡Ídia Legray! ' ¡Soy yo!

¡Viva la muerte juntos!

El jardín de invierno en el Cháteau Coigny, 1789.

Pongamos ahí este sofá azul.

¡Obsequioso con las conversaciones

del galán que a las damas maduras ofrecía aquí la mano!

Aquí Tacón Rojo decía suspirando a Lunar de Belleza:

«¡Oritia... o Clori...

o Nice, empolvadas, acicaladas y entraditas en años, yo os deseo,

y solo por eso, quizás, os amo!».

¡Esta es la costumbre de nuestros tiempos!

¡Son ya sesenta años, viejo, los que llevas sirviendo!

A tus perversos y arrogantes señores has prodigado fidelidad, sudores,

la fuerza de tus nervios,

tu alma, la mente,

y, como si no bastase tu vida

para hacer eternamente infinito el horrible sufrimiento,

has dado la existencia de tus hijos.

¡Has procreado siervos!

¡Te odio, casa dorada!

¡Eres la imagen de un mundo empolvado y vano!

¡Hermosos galanes con seda y con puntillas,

daos prisa, acelerad las joviales gavotas y los minuetos!

¡Vuestra suerte está echada! Raza apuesta y culpable,

hijo de siervos, y siervo, aquí, juez con librea, te grito:

¡Es la hora de la muerte!

¡El día cae lentamente en derredor!

¡En estas sombras misteriosas las cosas asumen formas fantásticas!

¡Cuánta dulzura penetra por ti en la lóbrega alma!

- ¡Las almas se sosiegan humanamente! - ¡Aunque la idea muera, tú jamás morirás,

tú, la eterna canción!

¡Vamos, daos prisa, y encended las luces!

Y decid, ¿está todo listo?

¡Todo!

- ¿Los coros? - Ya están vistiéndose.

¿Y los músicos?

Afinan los instrumentos.

Los invitados llegarán enseguida.

Uno es el señor Fléville.

Escritor distinguido.

¿Y el otro quién es?

¡Es el joven abate!

¿Uno viene de Italia?

Sí, Fléville, el abate de París.

¿Todavía así? ¡Maddalena! ¿Aún no estás vestida?

¿Suspiras?

Sí. ¡Pienso en la tortura de ponerse guapa!

¡Eres tú la que embelleces tus vestidos! ¡Yo los afeo todos!

Me ahogo, me muero atrapada en un estrecho corpiño de lentejuelas negras

o en un corsé ala moda en seda de Nakara.

¡Tu corsé es algo precioso!

La horrible falda «muslo de ninfa blanca».

Me maniata y me cansa, me revienta toda,

y añade un sombrero «caja de descuento» u otro a la «Basilio» o a la «Montgolfier»,

que te deja sorda y ciega,

así que, nacida hermosa, te ves hecha un adefesio.

Para esta noche, ¡paciencia!

Mamá, ¿no oyes?

Ya están los invitados.

Así me pongo: Vestido blanco y una rosa en la cabeza.

¡Oh! ¡Qué elegante!

Y vos, gentil galán.

Auténtica galantería.

¡A más de un deseo habrá de encender la llama vuestra dama!

¡Siempre joven y vistosa! ¡Condesa, siempre, siempre la misma!

Conmovido, halagado por tantos cumplidos

y a este, más que homenaje...

amable cuchufleta.

Os presento a Flando Fiorinelli, caballero italiano y músico.

Andrea Chénier, que escribe versos y que promete mucho.

¡El abate!

¡Por fin!

- ¿Venís de París? - Sí.

¿Hay novedades de la corte?

“ ¡Decid! “ ¡Rápido!

¡Todas sentimos curiosidad!

¡Rápido, decid!

Débil está el rey.

¿Ha cedido?

Fue mal aconsejado.

- ¿Necker? - ¡No hablemos de él!

¡Ese Necker!

¡Nos morimos de la curiosidad!

Tenemos el Tercer Estado.

¡Y he visto ofender...

- ¿A quién? - ...a la estatua de Enrique IV!

¡Horror!

¿Adónde iremos a parar?

Es lo que pienso yo también.

¡Ya no temen a Dios!

¡Hermosas damas, mis noticias son bastante tristes!

¡Pasemos la noche alegremente!

¡Con los céfiros gentiles de la primavera estas nubes se desvanecerán!

Volveremos a ver el sol, y rosas y violetas,

y oiremos en el aire saturado de flores

repetir al eco las églogas de los pastores.

¡Oh, suave susurro!

- Es el viento. - Es Céfiro.

Es murmullo de fuente.

Es un batir de alas.

Oigo murmurar a un arroyuelo.

Y este es mi relato.

<i>¡Oh, pastorcillas, adiós, adiós!</i>

<i>¡Partimos hacia costas desconocidas y extrañas!</i>

<i>¡Ay! ¡Mañana estaremos lejos!</i>

<i>¡Abandonamos estos lugares! ¡Ay!</i>

<i>¡Hasta el regreso no tendrá más alegrías el corazón!</i>

¿Señor Chénier?

¿Señora Condesa?

¿Vuestra musa Calla?

Es reservada y desea guardar silencio.

Vuestra musa es la melancolía.

Realmente poco cortés.

¡Es un poco extraño!

¡La musa siempre dispuesta es una mujer ajada!

Es cierto. Aquí tenemos al poeta.

Le haré poetizar. ¿Apostamos?

Perdonad lo que diga, y mi audacia.

Soy mujer, y soy curiosa.

Me muero por oíros una égloga, o una poesía, para monja o para esposa.

Vuestro deseo es una amable orden.

Pero, ay, la fantasía no se pliega a una orden o un humilde ruego.

La poesía es bastante caprichosa, a la manera del amor.

¿Por qué os reís?

¡Oíd, que la historia es hermosa!

A tu ruego, mamá, oponía una negativa.

Entonces tuve un extraño pensamiento.

Dije: ¿apostamos?

¿A qué?

A que hablaría de amor.

¿Y bien?

Llamó a la Musa,

y la Musa implorada repitió por su boca la palabra

que a mí vos

Y Vos,

y también vos

y vos me dijisteis esta tarde

sin Musa.

Me habéis herido aquí, donde guardo celosamente el más puro palpitar del alma.

¡Ahora veréis, muchacha, qué poema es la palabra «Amor»,

aquí objeto de burla!

Un día observaba embelesado el espacio azul,

y en los prados cubiertos de violetas llovía oro del sol

y dorado fulguraba el mundo.

La Tierra parecía un enorme tesoro,

y el firmamento le servía de cofre.

Desde la tierra hasta mi frente llegó una caricia viva, un beso.

Presa del amor, grité:

¡Te amo, tú que me besas, divinamente hermosa, oh patria mía!

Y quería, lleno de amor, rezar.

Crucé el umbral de una iglesia:

allí un sacerdote apilaba regalos en los nichos de la Virgen y los santos.

Y permanecía sordo a un viejo tembloroso que en vano pedía pan

y en vano extendía la mano.

Franqueé la puerta de los cuchitriles: un hombre calumniaba blasfemando la tierra

que apenas le da para pagar el diezmo.

Y arremetía Contra Dios y los hombres por las lágrimas de sus hijos.

Entre tanta miseria, ¿qué hacen los patricios?

Solo vuestros ojos expresan humanamente aquí una mirada de piedad.

Por ello os miré como a un ángel. Y dije:

¡Esta es la belleza de la vida!

Pero después, con vuestras palabras, un dolor nuevo me ha golpeado.

Oh, hermosa jovencita, no despreciéis las palabras de un poeta:

Arnor, don divino, no lo rnenospreciéis.

El alma y la vida del mundo es el amor.

¡Perdonadme!

¡Qué criatura tan extraña!

Hay que perdonarla.

Es caprichosa

y un poco romanticona.

Pero ¡oíd! Es el alegre sonido de la gavota.

¡Vamos, Caballeros! Que cada uno elija a su dama.

<i>Día y noche acarreamos el dolor.</i>

<i>Somos gente mísera que se muere de hambre.</i>

<i>Hambrientos, languidecientes, moribundos,</i>

<i>caemos sobre suelos estériles.</i>

Su alteza la miseria.

¿Quién les ha hecho entrar?

¡Yo, Gérard!

¡Que se largue esta chusma! Y tú el primero.

Sí, me voy, Condesa.

Esta librea me pesa

y para mí es vil el pan que aquí sacia mi hambre.

Me llama la voz de los que sufren.

Ven, padre mío, ven conmigo.

¿Por qué te inclinas a los pies de quien no oye la voz de la piedad?

¡Fuera de mi cuerpo, fuera esta vileza!

Ese Gérard, leer lo ha arruinado.

Y yo, que todos los días

hacía limosnas.

Y para que los pobres no se sonrojaran

me había hecho incluso unas ropas,

un vestido de caridad.

- ¿Se han ido todos? - Sí.

Perdonad.

Retomemos, señoras, la gavota interrumpida.

¡Que vuelva la alegría!

Francia lleva cinco años sumida en la Revolución

El rey y la reina han sido ejecutados...

...y el gobierno, dominado por el partido jacobino de Robespierre...

...ha impuesto «El Terror».

Los juicios ejemplares y las ejecuciones se suceden a diario.

El Café Hottot, junto al Puente Perronet París, 1794.

¡Por el antiguo infierno! ¡Vuelve a haber polvo en la cabeza de Marat!

Me ha encajado un periódico de hace cinco meses.

¿Es verdad que Robespierre cría espías?

Quieres decir, ciudadana, «observadores del espíritu público».

Como quieras.

No sé, ni lo puedo saber.

¿Tienes algo que temer?

¿Temer? ¿Por qué? ¿Por qué habría de temer?

¿No soy, como tú, una auténtica hija de la Revolución?

¡Amo vivir así!

Vivir deprisa con esta fiebre jovial de un gozar rápido...

intenso y casi inconsciente.

Aquí el juego y el placer, allá la muerte.

Aquí el sonido de las monedas y el biribís.

Ahí abajo el cañón y el redoble de los tambores.

Aquí embriaga el vino, allí embriaga la sangre.

Aquí risas y amor, allí se piensa y se odia.

¡Aquí la Maravillosa que brinda con el champán,

las verduleras y las pescaderas y el carro de Sansón que pasa!

No, no me engaño.

La hermosa rubia estaba con ella.

He encontrado la pista.

«La ciudadana Bersi, sospechosa de corrupción no espontánea».

«Miró furtivamente a Chénier».

«Observarla».

«Andrea Chénier, esperando durante varias horas con evidente ansia febril».

«Observarlo».

- Roucher. - Chénier.

Todo el día buscándote.

Tengo tu salvación.

¿Un pasaporte?

Por aquí alrededor todo es peligroso para ti.

Salva tu preciosa vida. ¡Vete!

¿Ocultar mi nombre, huir?

¡Te lo ruego, Chénier!

No. ¿Crees en el destino?

Creo.

Creo en un poder misterioso

que, benigno o maligno, bien guía nuestros pasos,

bien los desvía por diversos caminos de la existencia humana.

Un poder que dice a un hombre: serás poeta.

A otro: A ti una espada, ¡sé soldado!

Ahora bien, puede que mi destino me quiera aquí.

Si lo que deseo se cumple, me quedo.

¿Y si no se Cumple?

¡Entonces me iré!

Y mi destino se llama amor.

Aún no he amado.

Pero a menudo en mi vida he sentido cerca de mi Camino

pasar a la mujer a mí destinada.

Hermosa, ideal, divina como la poesía.

Pasar el amor por mi Camino con ella.

Sí, más veces ha hablado su voz a mi corazón.

La he oído decirme a menudo con su voz ardiente:

«Cree en el amor, Chénier, eres amado».

Desde hace tiempo recibo extrañas cartas.

Unas dulces, otras serias, unas reproches, otras consejos.

Escribe siempre una mujer misteriosa.

En sus palabras vibra un alma.

Quién pueda ser, lo he indagado en vano.

- ¿Aún lo intentas? - Hasta ahora. ¡Pero mira!

- ¿Una cita aquí? - ¡Ah, la veré!

La misteriosa por fin levanta el velo. Veamos.

¡Caligrafía en verdad femenina!

Papel elegante.

Pero ¡ay!, perfume

«de la revolución».

Esta nota gentil, con su provocador perfume de rosas,

Chénier, no me engaño, lo juro,

sale de un saloncito que el amor conoce muy bien.

Chénier, te lo aseguro, tu destino te ha dado el corazón

de una Maravillosa.

Coge el pasaporte, ¡y al diablo la carta!

No te creo.

La marea femenina parisiense

avanza hacia aquí con olas agitadas.

Yo las conozco a todas.

Pasarán, y yo te mostraré a la bella misteriosa.

- ¿Una Maravillosa la divina criatura - ¡Una caricatura, una moda!

- Soñada por mi pensamiento? - Tu divina, suave poesía,

- Aquí se quiebra mi vida. - con toquilla a la Bastilla...

- ¡Ah! ¡Mi hermoso sueño, adiós! - ...con cabellera postiza y rímel.

Acepto el pasaporte.

¡Sabia decisión!

¿Ves? El gentío se apiña en el puente Peronnet.

La eterna cortesana. Se agolpa para curvar la frente ante el nuevo dios.

¡Ahí está Gérard! ¡Viva Gérard!

¡Viva Robespierre! ¡Viva!

¿La mujer que me has pedido buscar es morena o rubia?

Él camina solo.

Ojos azul cielo bajo una frente cándida.

¡Y cuánto espacio a propósito entre el dios y los sacerdotes!

Rubio el cabello con reflejo de oro.

Una dulzura en el rostro, y una sonrisa no humana de mujer.

- El último, ¿lo ves? - ¡Robespierre el pequeño!

En su sencilla manera de vestir, un púdico velo sobre el tesoro de un seno virginal,

y un tocado blanco sobre la cabeza.

¡Encuéntrame a esta hermosa criatura!

Te dije: ¡busca! ¡Indaga!

Pasó frente a mí un día como un rayo,

pero luego la perdí.

Ahora ya no vivo: ¡peno!

Sálvame de esta angustia y lo tendrás todo.

Esta noche la verás.

Ahí están. ¡Extraños tiempos!

Ahí van los pensadores.

Aquí esos rostros alegres. Desde aquí será fácil descubrir a la misteriosa.

- Vámonos. - Mira.

¿No me saludas?

- Retén aquí a Chénier. ¡Me espían! - Está bien.

Descarada Bersi, aquí me tienes por ti.

- ¿Bajas conmigo? - ¿Un momento?

¡Una Maravillosa!

Te pido solo un trén/tz.

- ¿Por qué no? - Bajemos.

¡Anochece! ¡Hora propicia!

Y mañana al amanecer, ¡en marcha!

¡Oh, hermoso sueño mío, adiós!

Dentro de poco vendrá aquí una mujer amenazada de gran peligro. Espérala.

Dime su nombre.

<i>Su nombre... Esperanza</i>

Iré.

¿La desconocida que te escribe?

No, ¡es una trampa! ¡Es una emboscada!

Me armaré.

¡Ah, velaré por él!

Mi plan está listo.

Ahora, esperemos.

Este es el altar...

Aún nadie...

Tengo miedo...

¡Es él!

Andrea Chénier.

Soy yo.

¿Debo seguirte? ¿Te manda alguien?

Di, ¿quién me quiere?

Yo.

¿Tú? ¿Y quién eres?

Aún te acuerdas...

Sí, me acuerdo.

- «No conocéis amor». - Esta voz no me habla por primera vez.

«Amor, don divino, no lo menospreciéis».

Dejadme veros.

¡Miradme!

Ah, ¿Maddalena di Coigny?

(Sí, ella, la rubia. Ahora, corriendo a Gérard.)

Mirad ahí, una sombra.

Nadie.

Pero este sitio es peligroso.

Fue Bersi quien lo eligió. Si nos amenazara un peligro,

soy una criada que ha venido a entregar su mantilla.

¿Mi escritora? ¿Vos mi amiga siempre oculta, siempre huidiza?

Erais poderoso, yo, en cambio, amenazada.

En mi infelicidad, sin embargo, pensaba a menudo rogaros paz y salvación.

Pero no me atrevía. Y el destino os empujaba siempre hacia mi camino.

Y yo os veía y siempre pensaba en vos como en un hermano.

Y entonces os escribía lo que el corazón o el cerebro dictaban a mi mente.

El corazón que me decía que defenderíais a aquella que un día os ofendió.

Solo Bersi me quiere bien en este mundo. Es ella quien me ha escondido.

Pero desde hace un mes me espían y me siguen.

¿Adónde huir? Fue entonces cuando supe que ya no erais poderoso.

Y por eso vine.

Oíd. Estoy sola.

Estoy sola y amenazada.

Estoy sola en el mundo. ¡Y tengo miedo!

¿Queréis protegerme?

Confío en vos.

¡Dulce hora, sublime hora de amor!

El alma poderosa desafía al terror.

Purificas mi corazón de toda maldad.

Deseo la vida y no temo la muerte.

¡Ah, quédate eternamente!

¿Junto a ti en el peligro? ¿Junto a ti en el terror?

A mi lado dejarás de temer.

¿Juntos hasta la muerte?

¡Juntos hasta la muerte!

¡Dulce hora, sublime hora de amor!

- El alma poderosa desafía al terror. - Purificas mi corazón.

No temo ala muerte.

¡Dulce hora, sublime hora de amor!

Hasta la muerte juntos.

¡Maddalena di Coigny!

¡Gérard!

Como criatura nocturna vuelvo a verte.

Sigue tu camino.

Es mercancía prohibida.

¡Sálvala!

¡Síguela!

¡Ten cuidado!

(¡Ala sección!)

Te robo a Sansón.

No eres más que un monje. ¿Eres Chabot?

Eres Chénier... ¡Huye!

Fouquier-Tinville ha escrito tu nombre. ¡Vete!

Protege a Maddalena.

¡Al puente Peronnet!

¿Gérard herido?

¿El agresor?

Desconocido.

Lo han hecho asesinar los girondinos.

¡Muerte a los girondinos! ¡Muerte!

Andrea Chénier y Maddalena han huido de París y están escondidos

Francia está amenazada por la invasión extranjera y la rebelión interna...

y Mathieu está intentando buscar apoyos para la causa revolucionaria

La sala del Tribunal Revolucionario, pocos meses después

Dumouriez, traidor y jacobino, se ha pasado al enemigo.

(¡El miserable!)

Coburgo, Brunswick,

Pitt, ¡la peste lo reviente!,

y el viejo lupanar de toda Europa están contra nosotros.

¡Oro y soldados!

¡Esta urna y yo que os hablo representamos la imagen de la patria!

¿Nadie se mueve?

¡Que la guillotina repase a cada uno su cabeza y su conciencia!

La patria está en peligro.

Ahora, como ya hizo Barére, elevo el grito de Louverture:

«¡Libertad y patatas!».

Pero, mirad, ¡ahí está Gérard!

Él os sacara del bolsillo los exluises con palabras que yo no conozco.

Me importan un bledo las palabras bonitas. ¡Y hasta presumo de ello!

¿Tu herida?

Gracias, ciudadanos.

Mi fuerte constitución me ha conservado para mi patria.

Ese es tu sitio.

Dumouriez, traidor y girondino, se ha pasado al enemigo.

(¡Mueran todos!) La patria está en pe...

Cedo la palabra.

Francia da lágrimas y sangre.

¡Oíd!

Laudun ha enarbolado la bandera blanca.

La Vendée está en llamas.

Y Bretaña nos amenaza.

Y los austríacos, y prusianos, e ingleses,

y todos clavan sus garras armadas en el pecho de Francia.

¡Necesitamos oro y sangre!

¡Mujeres francesas, dad el oro inútil para vuestros encantos!

¡Donad vuestros hijos a la gran madre, vosotras, madres francesas!

Toma, es un recuerdo.

Un anillo. Es un brazalete.

Ocho días de trabajo. Una hebilla de plata.

- ¡Son dos botones de oro! - ¡Sitio!

¡Sitio!

Soy la vieja Madelon.

Mi hijo ha muerto; se llamaba Roger. Murió en la toma de la Bastilla.

Su primer hijo recibió galones y sepultura en Valmy.

En unos días yo también moriré.

¡Es el hijo de Roger!

El último hijo, la última gota de mi vieja sangre.

¡Tomadlo!

No digáis que es un niño.

Es fuerte, puede combatir y morir.

Lo aceptamos. Dinos su nombre.

Roger Alberto.

Partirá esta noche.

¡Adiós, mi tesoro!

Apartadlo de mí.

¿Quién me da el brazo?

<i>¡Amigos, cantemos, bebamos, amigos, sigamos bailando sin cesar!</i>

<i>¡Lleno el vaso, alegra el corazón, lleno el vaso, cantar y beber!</i>

<i>¡Viva la libertad!</i>

<i>¡Bailemos la Carmagnola! ¡Viva el estruendo del cañón!</i>

- El pájaro está en la red. - ¿Ella?

No, el hombre. Está en la prisión de Luxemburgo.

- ¿Cuándo? - Esta mañana.

- ¿Y cómo? - ¡Casualidad!

- ¿Dónde? - En Passy, en Casa de un amigo.

¿Y ella?

Aún ni rastro.

Pero él supone tal atracción para ella, que voluntariamente

(pienso y creo) ella vendrá a nosotros.

No, no vendrá.

Escucha.

Son gritos. Muchachos excitados.

No; los vendedores de periódicos de costumbre.

<i>¡El arresto importantísimo de Andrea Chénier!</i>

¡Estos gritos llegarán a ella!

¿Y bien?

Mujercita enamorada que se aburre de esperar,

si ya ha pasado la hora del ansiado reencuentro en el nido,

(que me muera) si la bella, présaga y vencida por el ansia,

no te baja por la calle así, como está, a medio vestir.

Sale corriendo, e indaga. Y vuela. Y escruta. Y espía.

¡Vaya! ¿Pasa un vendedor de periódicos? ¿Y vocea un nombre? ¡Qué pálida se queda!

Pero no vacila ni cae.

¡La fuerza del amor!

En ese dolor acaba la mujer y surge la heroína.

Se atreverá a todo. Por eso, la verás. ¡Paciencia!

Vendrá a ti. Y esto es lo que pienso. Increíble, pero cierto.

Me odiará con más fuerza.

¿Qué importa?

Una mujer tiene cuerpo y corazón.

Tú elige el cuerpo:

es la parte mejor.

Redacta el acta de acusación.

Que Andrea Chénier sea conducido de inmediato al tribunal.

Fouquier-Tinville espera.

¡Escribe!

¿Entonces dudo?

Andrea Chénier ya figura en la lista de Fouquier-Tinville.

Su suerte está echada. Hoy o mañana...

¡No! ¡Es miserable!

¡El tiempo pasa volando! Se llenan ya las calles.

¿Enemigo de la patria?

Es un viejo cuento que felizmente sigue tragándoselo el pueblo.

¿Nacido en Constantinopla?

¡Extranjero!

¿Estudió en Saint Cyr?

¡Soldado!

¡Traidor!

Un cómplice de Dumouriez.

¿Y poeta?

Corruptor de corazones y de costumbres.

Un día mi alegría era pasar entre los odios y venganzas.

Puro, inocente y fuerte. Gigante me creía.

Soy siempre un siervo. He cambiado de amo.

Un siervo obediente de violenta pasión.

¡Ah, peor! Mato y tiemblo.

Y mientras mato, lloro.

Yo, hijo de la Redentora, fui el primero en oír su grito por el mundo

y uní mi grito al suyo.

¿He perdido ahora la fe en el destino soñado?

¡Cómo estaba irradiado de gloria mi camino!

¡Volver a despertar la conciencia en los corazones de la gente,

recoger las lágrimas de los vencidos y los que sufren!

Hacer del mundo un Panteón,

hacer de los hombres dioses

y en un solo beso y abrazo amar a todas las gentes.

Ahora reniego del santo grito.

Tengo el corazón lleno de odio.

¡Y quien me ha vuelto así,

amarga ironía, es el amor!

Soy un voluptuoso. Este es el nuevo amo: ¡los sentidos!

¡Todo es mentira!

Lo único auténtico es la pasión.

Está bien. Dónde encontrarte sí...

Me quedo aquí.

¿Carlo Gérard?

Ahí. Entrad.

No sé si aún os acordáis de mí.

Soy Maddalena di Coigny.

Ah, no me echéis. Si vos no me escucháis, estoy perdida.

Yo te esperaba. Yo te quería aquí.

Yo soy quien, cual sabuesos, te he lanzado hordas de espías.

A todas las calles han llegado mis ojos, y en todo momento.

Yo, por tenerte, he apresado a tu amante.

¡Aquí me tenéis! ¡Vengaos!

No te odio.

¿Por qué me queríais aquí?

¿Por qué te quería aquí? ¡Porque te quiero!

Porque eso está escrito en tu vida.

Porque eso quiere mi poderosa voluntad.

Estaba escrito y, mira, ha sucedido.

Yo te quería cuando, siendo una niña, feliz corrías conmigo por el gran prado,

en ese aroma de hierbas florecidas y de rosas silvestres.

Lo quise el día en que me dijeron: «¡Aquí tienes tu librea!».

Y, como era por la tarde, mientras estudiabas un paso de minueto,

yo, uniformado y mudo, abría y cerraba una cortina.

La poesía, tan gentil en ti, hace de mí un loco, grande y malvado.

¿Y bien? ¿Qué importa? Sea.

¡Y aunque sea solo una hora, quiero esa embriaguez de tus ojos profundos!

Quiero también ahondar con mis manos en el mar de tu cabello rubio.

Ahora dime, ¿qué harás Contra mi amor?

Correré a la calle. Gritaré mi nombre. Y está la muerte para salvarme.

¡No, no lo harás! ¡No! ¡A pesar tuyo, serás mía!

Si a su vida le pones el precio de mi cuerpo,

está bien,

¡tómame!

¡Cómo sabe amar!

Mataron a mi madre en la puerta de mi cuarto.

Moría, y me salvaba.

Luego, en la profunda noche, vagaba con Bersi

cuando, de repente, un lívido resplandor ilumina

y aclara la lóbrega calle.

Miro. Ardía el lugar de mi infancia.

Así me quedé sola.

Y nada a mi alrededor. Hambre y miseria.

La necesidad, el peligro. Caí enferma.

Y Bersi, buena y pura,

de su belleza hizo un mercado, un contrato para mí.

Llevo la desgracia a quien me quiere bien.

Fue en ese dolor cuando acudió a mí el amor.

Una voz llena de armonía que dice:

«¡Sigue viviendo! ¡Yo soy la vida!».

«En mis ojos está tu cielo».

«No estás sola».

«Yo recojo tus lágrimas».

«Estoy en tu camino y te sostengo».

«Sonríe, y espera».

«Yo soy el amor».

«¿Todo alrededor es sangre y fango?».

«Yo soy divino. Yo soy el olvido».

«Yo soy el dios que desciendo sobre el mundo desde el empíreo»,

«¡has de la tierra un cielo!».

«Yo soy el amor».

Y el ángel se acerca, besa,

el beso de la muerte.

Mi cuerpo es un cuerpo de moribunda.

Tómalo, pues.

Yo soy ya cosa muerta.

¡Perdido! Mi vida para salvarlo.

Vos podéis. Lo arrestaron esta mañana.

Pero quien lo odiaba ha preparado su juicio para hoy, su muerte.

El gentío ya está curioso y ávido de lágrimas, de sangre.

¿Oís? Son las culatas de los fusiles.

Son los gendarmes. ¡Y allí está ya Chénier!

¡Salvadlo!

La revolución devora a sus hijos.

¡Salvadlo!

Tu perdón es mi fuerza.

Gracias. Yo lo he perdido, sabré defenderlo.

¡Mamá Cadet! ¡Aquí, junto a la barrera!

Ciudadana, un poco de discreción.

Desde aquí se ve y se oye perfectamente.

Parece que hoy hay una gran hornada.

- Aquí se ve todo de maravilla. - Muchos ex.

¡La Legray! Y un poeta.

¡Apartaos!

¡Eh, esas lenguas, ciudadanas!

- ¿Estáis bien? - ¡Sí! ¿Y vosotras?

¿Venís del mercado?

¡Yo no! ¡De la barrera!

- ¿Tenéis noticias? - No

¿Y no sabéis nada?

Han aumentado el pan.

Lo sé.

Es una jugada de ese perro inglés que se llama Pitt.

Paso a los jurados.

Aquí están los jueces.

Quien preside es Dumas.

¡Vilate! ¡El pintor!

¿El otro es el impresor, el tribuno Nicolás?

Ahí está Fouquier.

El acusador público.

¿Y los acusados?

Allí, junto a los jurados.

Ay... ¡Me siento desfallecer!

Él no mira.

¡Ah, piensa en mí!

¡Silencio!

Gravier de Vergennes.

Un exreferendario.

¡Es un traidor!

<i>Lava-Montmorency.</i>

Convento de Montmartre.

- ¡Aristocrática! - ¡Calla!

¿Para qué hablas? Eres vieja.

¡Calla y muere!

LegFaY-

Andrea Chénier.

' ¡Valor! '

Este es el poeta.

Fouquier-Tinville lee atentamente.

Escribió contra la revolución. Fue soldado con Dumouriez.

¡Es un traidor!

¡Mientes!

- ¡Habla! Yo soy aquello que hice. - ¡Oh, amor mío!

Sí, fui soldado.

Me he enfrentado gloriosamente a la muerte, que me llega aquí envilecida.

Fui literato.

He hecho de mi pluma un arma feroz contra los hipócritas.

Con mi voz he cantado a la patria.

Mi vida pasa como una vela blanca:

eleva los mástiles al sol que los dora

y hunde la espumosa proa en el azul de las olas.

¿Avanza mi nave empujada por la suerte hacia la blanca escollera de la muerte?

¿He llegado? ¡Sea!

Pero subo a popa y agito una bandera triunfal al viento.

Y en ella está escrito: «'Patria!» n

Tu fango no llega hasta ella.

No soy un traidor. ¿Vas a matarme?

Pero déjame el honor.

Oigamos a los testigos.

Dejadme paso.

Carlo Gérard.

Está bien. Habla.

¡El acta de acusación es una mentira horrible!

¡Si la has escrito tú!

He denunciado falsamente y lo confieso.

Mías hago estas acusaciones y las confirmo.

¡Eso es una vileza!

Ofendes a la patria y a la justicia.

- ¡Aquí la justicia se llama Tiranía! - ¡Lo han comprado!

- ¡Esto es una orgía de odios y venganzas! - ¡Calla! ¡Al patíbulo!

Se derrama la sangre de la patria. Nosotros herimos el pecho de Francia.

- Chénier es un hijo de la Revolución. - ¡Es un traidor!

A él el laurel, no lo matéis.

- La patria es gloria. - ¡Imponle silencio, Duma!

¡Óyela, pueblo, la patria está ahí

donde se muere empuñando la espada!

No aquí, donde matan a sus poetas.

¡Oh, generoso! ¡Oh, grande!

Mira, estoy llorando.

¡Mira ahí!

Ese rostro blanco... ¡Es ella!

¿Ella? ¡Maddalena!

He vuelto a verla.

- Ahora muero feliz. - Aún tengo esperanzas.

¡Muerte!

El patio de la prisión de St Lazare...

...la mañana siguiente, antes del amanecer

Ciudadano, lo siento, pero es muy tarde.

¡Un poco de paciencia aún!

- Ya está... Pocos versos. - ¡Lee!

<i>Como un hermoso día de mayo que con beso de viento</i>

<i>y caricia de rayo se apaga en el firmamento,</i>

<i>con el beso de una rima, caricia de poesía,</i>

<i>asciendo a la extrema cima de mi existencia.</i>

<i>La esfera que camina por cada suerte humana</i>

<i>ya se me acerca en la hora de la muerte,</i>

<i>y quizás antes de que concluya mi última estrofa,</i>

<i>el verdugo me anunciará el fin de la vida.</i>

<i>¡Sea! ¡Poesía, última diosa!</i>

<i>Regala aún a tu poeta la idea fulgurante, la llama acostumbrada.</i>

<i>Yo, a ti, mientras vivida me brotas del corazón,</i>

<i>te daré por rima el gélido suspiro de un hombre que muere.</i>

Se le ha concedido una última entrevista.

¿Elcondenado?

Andrea Chénier.

Está bien.

Os recuerdo vuestro juramento.

¡Oye! Entre los condenados de mañana hay una mujer joven.

La Legray.

Pues bien, ¡debe vivir!

¿Cómo eliminar de la lista su nombre?

¿Qué importa el nombre si en su lugar responderá otra por ella?

¡Está bien! Pero ¿y la otra?

¡Aquí está!

¿Ella? ¿Tú, ciudadana?

¡Para vos! Son joyas. Esto es dinero.

¡Extraña cosa en tiempo de asignados!

Yo no querría... ¿Entendéis?

Yo no sé nada.

Al nombre de la Legray, subid corriendo.

¡Yo no sé nada, nada!

Bendigo el destino.

Bendigo la muerte.

¡Oh, Maddalena, haces de la muerte la suerte más envidiada!

¡Salvarlos!

¡De nuevo Robespierre!

Junto a ti se apacigua mi alma inquieta.

Eres la meta de todo deseo, de todo sueño, de toda poesía.

Dentro de tu mirada veo la iridiscencia de los espacios infinitos.

Te miro: En este verde ondear de tus grandes ojos

vago con mi alma.

Estoy aquí para no dejarte, no es un adiós. Vengo a morir contigo.

Se acabó el sufrimiento. ¡La muerte amándote!

¡Ah! ¡Quien recoge la, última palabra de los labios es El, el Amor!

Eres la meta de mi existencia.

El nuestro es amor de almas.

Salvo a una madre.

Maddalena al alba tomará para morir el nombre de Idia Legray.

¿Ves? La luz incierta del crepúsculo

ya destella por las tristes galerías.

¡Abrázame! ¡Bésame, amante!

¡Orgullo de belleza!

¡Eres el triunfo del alma!

Tu amor, sublime amante, es mar, es cielo,

luz del sol y de los astros.

¡Es el mundo!

Nuestra muerte es el triunfo del amor.

¡Ah, bendigo la suerte!

En la hora en que morimos pasamos a ser eternos.

¡Muerte! ¡Infinito Amor!

Es la muerte.

Ella viene con el sol.

Ella viene con la mañana.

¡Ah, viene como la aurora!

Con el sol que la dora.

Viene a nosotros desde el cielo, en un velo de rosas y violetas.

¡Amor! ¡Infinito Amor!

- ¿Andrea Chénier? - ¡Soy yo!

' ¡Ídia Legray! ' ¡Soy yo!

¡Viva la muerte juntos!

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