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Será cosa de días que la Guardia encuentre
el anillo en la habitación de Francisco en Castamar.
Puede coger el dinero y vivir como una fugitiva
el resto de sus días o puede dejar que le ayudemos.
Llevo años escondiéndome, ¿para qué seguir viviendo ahora,
justo ahora, que todo el mundo sabrá quién soy?
Vete tú, Ignacio.
-Gracias a Dios que estás vivo.
(AMELIA) El deseo es caprichoso,
pero cuando nos casemos aprenderá a amarme.
Y usted a él.
Ya estoy en casa, hija.
Me lavo las manos y comemos.
¿Qué has preparado?
Me he encontrado a la pequeña del verdulero viniendo hacia aquí.
Te manda recuerdos.
Me ha contado que se ha colocado en una buena casa.
De un comerciante, creo.
Le he dicho que se pase cualquier día a vernos.
¿Qué hace aquí?
¿Así es como recibe a sus invitados?
¿Dónde está mi hija?
Le ruego baje el cuchillo.
¿Dónde está mi hija?
¡Adela! ¡Adela!
(CHISTA)
Ahora vamos a sentarnos y a hablar tranquilamente de un asunto.
No tengo nada que hablar con usted. Dígame, ¿qué ha hecho con mi hija?
Tranquilo, mis guardias se están ocupando de ella.
Como le pongan la mano encima,
como hay Dios que acabo con usted y con toda su familia.
Maldito perro, sé para quién trabajas
y sé lo que habéis hecho. Mi hija es inocente.
También lo era mi mujer y lleva dos años muerta. ¡Siéntate!
Si quieres volver a verla viva, entrégame a Enrique Arcona.
(Sintonía de la serie)
Otro.
Anda que... Tira.
Roberto, mira.
Por lo visto, han empapelado toda la ciudad.
Virgen Santísima, ¿has visto lo que están haciendo.
-Ni yo ni nadie, ¿quién lo va a entender?
Pero es el peor pecado de todos.
-Por favor, peor será matar, Roberto.
(SUSPIRA)
Yo de verdad es que no sé qué pensar,
porque conmigo el barón siempre ha sido muy bueno
y muy educado, pero es que...
-¿Quién iba a imaginar algo así?
El mejor amigo de Diego.
¿Has visto a los guardias? Están en todas sus entradas.
¿Por qué?
Por lo del barón, digo yo.
El barón y su amigo, que son mariposa.
Mira.
Lo que haga el barón en su intimidad no es asunto nuestro.
Señor, me lo han dado, yo no...
Disculpen.
(Campanas)
(SUSPIRA)
Estás aquí.
Tu hermano está mucho mejor, gracias a Dios.
Las heridas no se han infectado.
Solo necesita descanso.
¿Lo sospechabas?
Y con Ignacio Montes.
Pensar que yo misma le invité a Castamar.
¿Qué ha dicho Francisco?
Hace días que no hablo con él.
Avisaré al señor Elquiza
para que requise todas las que haya en la casa.
Y que le prohíban la entrada.
Sí, madre, las puertas están cerradas,
pero es el marqués de Soto el que no va a entrar.
¿De qué estás hablando?
Ese hombre es peligroso.
Pero Enrique es un buen amigo.
Como un hijo para mí.
Pues ese hijo al que tanto defiende, madre,
es el culpable de lo que le ha sucedido a Gabriel.
¿Qué dices?
No te entiendo.
Tenía pensado venderlo como esclavo. Lo tenía todo preparado.
Madre, ese malnacido es el responsable de la muerte de Alba
y de muchas cosas más.
La ha estado utilizando desde el principio, madre.
Avise al señor Elquiza. Le necesito de inmediato.
Estoy despierto.
Puede quedarse si quiere.
-Venía a ver cómo se encontraba.
-Mejor.
-¿Le apetece levantarse, caminar un poco?
-No, no, todavía no tengo fuerzas.
-Inténtelo.
Hasta el salón solamente, así me puede acompañar.
Apóyese en mí, que será más fácil.
-Ay...
No. -¿No?
-No. -¿No?
-Tengo que sentarme.
-Ay...
Es horrible lo que le han hecho.
-Señorita Castro, hay algo que debo preguntarle.
-¿Sí?
-¿Usted sabía lo que planeaba el marqués?
-¿Yo? -¿Lo sabía?
-Gabriel...
¿Cómo...?
¿Cómo puede pensar algo así?
Gabriel...
Yo no soy más que otra víctima de don Enrique de Arcona.
Sé que pagó mis deudas
y que parecía muy bueno conmigo, pero no.
No.
-Lo siento, lo siento.
-No importa. -Siento haberla ofendido.
-No importa, lo comprendo. Lo entiendo.
Lo entiendo.
-Si a mi hija le ocurre algo, no me lo perdonaré en la vida.
¿Y el negro? En Castamar.
Está malherido, señor.
Malherido no es suficiente.
Señor, necesito su ayuda para recuperar a mi hija.
¿Qué se sabe de Sol Montijos?
Seguimos buscando.
Siéntate, Hernaldo.
He escrito una carta a Durán, el administrador de Sol Montijos,
haciéndome pasar por otra persona para comprar su palacio
y llegar hasta ella por medio de los pagarés.
Excelente idea, señor.
Don Diego no le va a hacer nada a tu hija
y necesito que crea que me vas a traicionar.
¿Qué ocurre, señor?
Nada.
Todo bien.
Señor, no creo que le acusen sin pruebas.
(Puerta)
(SIRVIENTE) Con su permiso, señor.
Don Alfredo le espera en el despacho del señor Elquiza.
-Diego.
Si no te parece bien que haya venido,
lo mejor es que me marche.
Pero ¿qué estás diciendo? Ven aquí.
Lo siento, amigo.
Siento no haberte contado nada de esto. Lo siento.
He venido a despedirme, Diego.
Me voy a entregar.
¿Que te vas a entregar? Sí.
Pero ¿qué dices, Alfredo? Te puedo ayudar.
No, ya lo has hecho, Diego, y te lo agradezco.
Veo que sigues siendo mi amigo.
Alfredo, escúchame, quítate eso de la cabeza.
No te lo voy a permitir. Diego, por favor.
He sufrido mucho.
Pero no me arrepiento de lo que soy.
¿Cómo está Gabriel?
Recuperándose.
Alfredo, si le hubiéramos hecho caso...
Desde el principio he sospechado de Enrique.
Él fue quien publicó las octavillas, Diego.
Engañó a Ignacio, fue él.
Hijo de perra.
Ha estado detrás de todo, de lo de Gabriel, de lo tuyo,
de lo del padre de Clara, de lo de la muerte de Alba, de todo.
Lo siento, amigo, lo siento en el alma.
Habéis sido víctimas de lo que quería hacerme a mí.
Te aseguro que falta muy poco tiempo
para que pague por todo lo que ha hecho.
(AMELIA) Mercedes, vengo a por un libro para...
Para Gabriel.
Te agradezco mucho lo que estás haciendo por él.
Es el hermano de mi prometido.
¿Son las cosas de don Enrique?
(ASIENTE) Hace bien en deshacerse de ellas.
Ese hombre...
¿Por qué haría algo así?
No dejo de preguntármelo.
Conoces a alguien...
Y le abres tu casa y le tratas como familia.
Y, en realidad, no sabes nada de esa persona.
Ni de sus intenciones.
Nadie la culpa, Mercedes, nos engañó a todos.
Solo espero que no le volvamos a ver nunca.
Diego no lo consentirá.
Ahora os alcanzo.
-¿Querías verme? -Eso siempre.
¿Sabes que esta noche va a haber una lluvia de estrellas?
-¿Van a llover estrellas?
-Bueno, algo así.
No sé, se lo escuché a una pareja en la ciudad.
Decían que era algo excepcional y muy romántico.
Ven, cierra los ojos y dame la mano.
Venga.
-Date prisa, tengo que llevar estas flores a la alcoba
de la señorita Castro. -Solo será un momento. Ven.
Con cuidado.
-Qué miedo.
¡Ah! -Mira.
Cuidado con la alfombra.
Espérame aquí.
Ya puedes abrir los ojos.
¿Y bien?
(CARRASPEA)
-¿Una alcoba?
(NIEGA) -Nuestra alcoba.
(RESOPLA)
-Para ver la lluvia de estrellas esta noche, ¿quieres o no?
-Por querer, quiero muchas cosas,
pero sabes que aquí no podemos estar.
-Antes de medianoche nos habremos ido, ¿quién enterará?
-Bueno, está bien.
Nunca he visto una lluvia de estrellas.
-Vale, nos encontramos aquí después de cenar.
Señorita Elisa, después de usted.
-Déjate de tonterías y abre la puerta, por favor.
-No es ninguna broma.
Está atrancada, no se puede abrir.
-Perfecto.
(CARMEN) ¿Y Roberto?
No ha venido a comer.
Esto es para el señor Elquiza,
esta mañana pidió que le llevase la comida al despacho.
Que se encargue Elisa. ¿Dónde está?
Hace rato que no la veo.
Dame.
¿Te quieres estar quieto, que la romperás al final?
-Al menos intento salir de aquí. -¿Te crees que no lo he intentado?
¿Me hace ilusión estar aquí? Nos despedirán.
-No haber tirado del pomo así. -No haberte inventado
lo de las estrellas, seguro que no es verdad.
-¿Me llamas mentiroso? Se lo escuché decir a una pareja.
-Como si escuchas misa.
Doña Úrsula, disculpe.
El despacho del señor Elquiza está cerrado,
quiero dejarle la comida y no me puedo entretener mucho.
¿Está segura?
En cuanto termine, me la devuelve.
Por supuesto. Gracias.
¿Cómo está?
Bien.
Clara...
El guiso que ha preparado para la comida estaba delicioso.
Gracias.
-¿Qué van a hacer conmigo?
Ayúdame a salir de aquí. No he hecho nada malo, lo prometo.
Tranquila, tranquila, ¿quién eres?
Clara, acompáñame, por favor.
-Por favor, no. -Señorita, por favor.
Dame la llave.
Olvídate de lo que has visto
y, sobre todo, no se lo cuentes a nadie.
¿Por qué tiene a una mujer encerrada en su despacho?
No deberías hacer preguntas, es un asunto de don Diego.
Nosotros no tenemos nada que...
Clara, por favor, Clara.
Clara.
Señor, abajo hay una mujer encerrada.
Disculpe, señor, pero no he podido...
¿Quién es? ¿Por qué está ahí?
Señorita Belmonte, debería volver a la cocina.
Señor, yo me encargo. Señor Elquiza.
Se llama Adela, es la hija de Hernaldo de la Marca,
el canalla responsable de lo que le ha pasado a mi hermano
y de muchas otras cosas más. Tengo un asunto pendiente con él,
cuando lo haya resuelto, la dejaré marchar.
¿Y se va a quedar encerrada hasta entonces?
Pero ¿usted qué piensa? ¿Piensa que le voy a hacer daño?
No.
No, pero está asustada, pidiendo ayuda.
Señor, cuando a mi padre le acusaron de traidor,
yo me quedé sola, sin nada.
Y a ojos de los demás, yo era como él.
¿Cree que es justo que los hijos paguemos deudas
que no nos corresponden?
Lo siento, pero no puedo permitir que se vaya.
Yo me puedo encargar de ella.
Mientras esté en Castamar, buscarle un trabajo en la cocina.
Bien.
Que le asignen un cuarto y una tarea.
Señor Elquiza...
No quiero que le quite el ojo de encima
a la hija de ese malnacido.
(Piano)
¿Oyes eso?
-¿El qué? -Ven.
(RESOPLA)
(Piano)
Suena como si estuviese aquí al lado.
(ASIENTE)
Contraté a un pianista
para que tocara para usted, señorita Elisa.
Y...
También encargué...
Este ramo de flores.
Para pedirle disculpas.
-Yo también le quiero pedir disculpas a usted.
¿Me concede este baile?
-Ah...
-Si usted no puede ir a la música, la música viene a usted.
Vamos, es su turno.
-Prefiero escuchar.
-¿No pensará que lo hecho traer hasta su puerta para tocar solo yo?
Anímese.
-¿Por qué debería animarme?
-Porque le sentará bien.
Porque empiezo a parecer una loca.
Y porque está usted rodeado de gente que le quiere.
Está a salvo.
-No lo merezco.
-Gabriel, usted es el mejor de esta casa.
-Amelia, por mi culpa ha muerto mi mejor amigo,
un hombre inocente.
-Oiga, eso no es verdad.
-Amelia...
Por favor, no es el momento. Váyase.
Váyase, no necesito su compasión.
-No estoy aquí por compasión.
Avisa al señor, por favor.
Disculpe, ¿a qué señor?
Al dueño del palacio,
sé que se acaba de instalar, quiero hablar con él.
Pues lo tiene delante de usted. Juan Pérez García, encantado.
¿Sol Montijos le vendió el palacio a usted?
Solo durante un año.
Sí, se presentó en mi finca buscando un buen ejemplar
con el que ir a Santander.
Y antes no estaba a la venta,
pero un año viviendo aquí bien lo merece.
No sé si sabe con quién está hablando.
No me estará engañando, ¿no?
Juro que es la verdad. Quería coger un barco en cinco días
y necesitaba mi caballo para llegar a tiempo.
¿Cuándo se fue?
Esta misma mañana.
¿Conoce a algún herrero por aquí cerca?
Al fondo del camino hay uno.
Adiós.
(HOMBRE) -¡No dejen salir a nadie de palacio!
Soy Diego de Castamar, ¿en qué puedo ayudarles?
Estamos buscando a Francisco Marlango.
No está aquí. ¿Por qué lo buscan?
Esa es la alcoba.
Aquí se aloja cuando viene a Castamar.
No sé, está atrancada.
No puedo.
Salgan de aquí inmediatamente.
Fuera. -Queríamos mirar las estrellas.
-Ni una palabra más, fuera de aquí ya.
Es la ropa de don Francisco,
la tenemos siempre preparada para sus visitas.
¿Me puede decir qué sucede?
Ni aquí ni en su casa tenemos noticias suyas.
Este es el anillo que le robaron
a Esteban de Villamar el día de su asesinato.
¿De qué está hablando?
Francisco Marlango es responsable de su muerte.
Limítese a decirle a don Enrique que tiene una visita.
Quiero darle una sorpresa.
Dile a tus hombres que salgan de inmediato.
Que vigilen los caminos.
Saldré mañana por la mañana a primera hora a Santander,
en cuanto el herrero tenga mi encargo.
Ahora tengo visita. Mantenme informado.
Sí, señor.
¿Quién era? Doña Mercedes de Castamar.
(ELQUIZA) Las normas son claras al respecto.
Este tipo de comportamientos suponen el despido inmediato.
-Les queríamos pedir, por favor,
si pueden ocultar el motivo del despido
para que podamos encontrar trabajo en otras casas.
-Si a doña Úrsula le parece bien. -Por favor.
-¿Tenemos recomendaciones de probables doncellas
y ayudas de cámara?
-Habrá que buscarlas, hablaré con algunas familias.
Si usted tiene en mente algún sustituto, adelante.
Me fío de su criterio.
-Sí, sí que lo tengo.
-La señorita Elisa y Roberto.
Por una vez creo que podemos hacer una excepción a esa norma, ¿no?
¿Quién no se equivoca alguna vez?
Bienvenidos de nuevo.
Eso sí, el próximo mes, olvídense de los días de libranza.
-Lo que mande, doña Úrsula. Muchísimas gracias, de verdad.
-Venga, venga.
¿Por qué me mira de esa manera?
-Nos dejan quedarnos. Menos mal, ya me veía trabajando
en el campo con mis padres o algo peor.
Doña Úrsula es una buena mujer.
Mira la otra, pues será desde ayer.
De todos modos, le dije a Roberto que no me fío,
puede ser que nos esté preparando algo peor.
Pues fíate.
Ven, quiero presentarte a alguien.
Ella es Adela.
Hola, encantada. Soy Elisa.
¿Vas trabajar aquí? ¿En qué puesto?
De momento va a ser tu compañera de cuarto
y el resto ya se verá. ¿Por qué?
Porque tú tienes una cama vacía. Ya.
A ver, no es por ti, ¿eh? Pero ya que tengo una cama libre,
podría venir Roberto y estar juntos por primera vez.
No quiero molestar, de verdad. No eres ninguna molestia.
¿A que no?
Ven, que te enseño el cuarto.
A los hombres se les ha de mimar o aplastar,
pues se vengan de las ofensas ligeras,
ya que de las graves no pueden.
La afrenta a un hombre debe ser tal,
que no haya ocasión para temer su venganza.
Maquiavelo.
El filósofo favorito de Enrique de Arcona.
Le entusiasmaba leerme párrafos de este libro.
¿Me ha mandado llamar, madre?
Fui a su palacio.
¿Qué?
Quería que me dijera a la cara
por qué,
quería matarlo.
Pero ya da igual porque no tuve valor.
Ayúdame tú.
Madre, le juro que va a pagar
por cada uno de los crímenes que ha cometido.
Pero de esto me encargo yo.
No quiero que vuelva a ir allí, es demasiado peligroso.
No podrás, no llegarás a tiempo.
¿De qué está hablando?
Parte a Santander.
¿Cómo? ¿Hoy?
Sí.
(Relincho)
Esto es lo que voy a hacer con tu hija.
Y haré que seas tú quien monte el caballo,
si no me entregas a Enrique al amanecer.
¿Lo has entendido?
A quien debería pedir cuentas es a Sol Montijos.
Ella fue la que mató a Alba.
Don Enrique quería acabar con usted, pero el asunto salió mal.
¡Estás mintiendo!
Te juro por mi hija que es verdad.
Gabriel, Alfredo, ¿quién más?
Quiero saber todo lo que ha hecho tu amo.
El padre de la cocinera, don Enrique
arregló todo para que le detuviesen.
Francisco Marlango, ¿qué sabes de él?
Está muerto. Hijo de perra, malparido.
Fue Sol Montijos.
Lo quiero al amanecer,
si no lo traes al encinar, mataré a tu hija.
Déjame despedirme de ella.
En cuanto le entregue a don Enrique, no tendré ninguna opción.
Se lo ruego.
¡Que busquen a Sol Montijos ya!
Uf.
-Debería verte un médico. -Prefiero que me cures tú.
-No sea anticuado, padre.
-Ven, ven, Adela, Adela, Adela.
Adela, he venido a despedirme.
Voy a entregar a don Enrique al duque.
En cuanto lo lleve a la Dehesa del Monje,
a ti te liberarán, me lo han prometido.
Y volverás a casa.
-¿Sola?
-Entregar a don Enrique...
Es entregarme yo también.
Ayúdame.
-Padre... -Ayúdame.
Hija, no...
Adela, sé que no he sido un buen padre,
que debí que tomar otro camino,
pero todo lo que he hecho ha sido por protegerte a ti.
(LLORA)
-Te sacaré de aquí, tranquila.
Don Enrique nos va a ayudar. Volveremos juntos a casa.
Te quiero, hija.
Tranquila. -Y yo a ti, padre.
-Eres lo único que me ha importado en esta vida,
eres lo único que me importa. Hija, eres lo único que me importa.
-Padre... -Lo único.
(LLORA)
(Puerta)
Madre.
Tienes buen aspecto.
En pocos días, estarás recuperado por completo.
Hay algo que quiero pedirle.
Claro.
Dime.
Daniel ha dejado huérfano a mi ahijado.
Y me gustaría...
Por supuesto.
No les va a faltar de nada mientras vivan.
Te lo prometo.
Por desgracia, les va a faltar lo más importante.
Y eso...
Eso no se lo puedo devolver.
Gabriel, perdóname.
Perdona si alguna vez...
Has notado que te faltaba mi cariño.
Madre...
Entiendo que mi llegada a Castamar para usted
no fue nada fácil, pero...
También confieso que al principio tampoco puse mucho de mi parte.
¿Sabes?
Me bastó imaginar la vida sin ti
para darme cuenta de lo terrible que sería perderte.
Te quiero, hijo.
Madre...
¿Podría avisar a la señorita Castro?
Tengo que devolverle este libro.
Claro.
Perfecta.
El doble por las prisas.
Señor, la tenemos.
Uno de mis hombres dio con ella cerca de Segovia.
He dado órdenes para que la lleven a la Dehesa del Monje.
Cuando llegues allí, enciende un fuego
y pon esto al rojo vivo.
Es para su cara.
Nos vemos al amanecer.
Don Diego.
Bien.
Dígale a la guardia que se prepare.
Y quiero mi caballo listo al amanecer.
Sí, señor.
(Puerta)
¿Sí?
-Doña Mercedes me ha dicho que me quiere devolver el libro.
-Sí.
También quería pedirle disculpas.
No pretendía ser un desagradecido.
-Disculpas aceptadas.
¿Le ha gustado?
-No.
Pero porque con su voz suena mucho mejor.
¿Le importaría?
Lea.
-"Yo sueño que estoy aquí, de estas prisiones cargado,
y soñé que en otro estado más lisonjero me vi.
(RÍE)
-¿Qué es la vida? Un frene..."
¿Qué sucede? ¿No le gusta? -Sí, sí, mucho.
Siga, siga.
"¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción.
Y el mayor bien es pequeño,
que toda la vida es sueño,
y los sueños...
Sueños son."
(Puerta)
Hermano.
¿Cómo te encuentras?
Mejor, mucho mejor.
La señorita Castro me estaba haciendo compañía.
-Pero yo me marcho ya a mi alcoba, se ha hecho tarde.
Buenas noches.
-Amelia...
Buenas noches.
Hermano...
Perdóname.
Aún no te he dado las gracias.
Primero fue padre y ahora has sido tú.
Me has salvado la vida.
Gracias.
Eres mi hermano.
(ELISA) Señora.
Disculpe, pero le preguntaba si me podía retirar
o si me necesitaba para otra cosa.
-Sí, sí.
Retírese.
-Discúlpeme que le pregunte,
pero es que he quedado para ver la lluvia de estrellas con Roberto.
¿Ha visto alguna usted?
-No.
-Si es que en el fondo yo creo que se lo ha inventado.
Pero bueno, la verdad es que me da igual.
Porque cualquier cosa que me dice me parece bien.
Y yo creo que me pasa...
Porque me he enamorado de él.
-¿Cómo se sabe?
-¿Si estás enamorada?
(SUSPIRA)
Yo creo que se sabe.
Bueno, te das cuenta
de que quieres estar con esa persona todo el tiempo.
Y que cuando estáis juntos,
vuestros corazones laten
como si fueran uno solo.
Y se te pone una sonrisa en la cara.
Justo como la que tiene usted ahora.
(RÍE)
(RÍE)
-Disfruta...
De tu lluvia de estrellas.
-Buenas noches. -Buenas noches.
¿Ha empezado ya?
-Aún no, pero te he reservado el mejor sitio.
-Gracias.
¿Habéis visto algo?
-Nada.
Yo creo que te han tomado el pelo, Roberto.
-Vamos.
Qué tontería.
-Tienes razón.
Al final esto de la lluvia de estrellas no va a ser verdad.
-No, pero espérate, quédate conmigo.
Al final lo importante es que estemos juntos, ¿no?
Mira, mira. -¿Qué?
-¿La has visto? -No.
-Acaba de pasar una.
-Pues no la he visto.
-Señor.
Necesito hablar con la señorita Belmonte.
Esta mañana no...
No he encontrado el momento para...
Necesitaba decirle que lo que ocurrió ayer...
El beso. Sí.
Los dos sabemos que no está bien.
Sí, me dejé llevar por el momento, lo siento.
Yo también me dejé llevar.
Estaba preocupada por usted
y verle volver sano y salvo fue un alivio.
Pero no volverá a pasar.
No, de ninguna manera, no volverá a pasar.
¿Se va a algún sitio?
Disculpe, no es de mi incumbencia.
No, no.
Sí, tengo que resolver un asunto, pero volveré pronto.
Diego...
Le estaba mintiendo.
Si la besé fue porque...
Porque deseaba hacerlo y porque...
Y porque no deseo hacer otra cosa.
Lo siento, no tuve otra opción.
Demasiada gente, ¿no, don Diego?
Tranquilo, esto será algo entre usted y yo.
No somos tan distintos, los dos queremos venganza.
Un duelo sin testigos y a muerte.
Sea.
Buenos días.
Ya me voy. No, no, tranquila, sigue.
Toda tuya.
Hay recetas de todo tipo.
Es precioso.
Yo iba a preparar algo más sencillo,
migas con chorizo, comida de pobres.
Te ayudo, ¿qué hago?
Pues hay que mezclar el pan con el chorizo
y machacarlo muy bien para que coja el sabor.
Y cuando el pan se queda con este color,
parece que hay más chorizo.
A mi padre le encanta.
Es un buen hombre que...
Que tomó malas decisiones,
aunque tal vez diga eso porque soy su hija.
Habría que preguntarle a los demás.
Lo importante es lo que pienses tú.
A ojos de los demás, mi padre es un asesino,
pero yo sé que no hizo nada malo.
¿Dónde está?
En la cárcel.
Condenado a la horca.
Ha intentado todo para demostrar su inocencia.
Aplazaron la fecha, pero el tiempo se agota.
No tardarán en ejecutarle.
No te rindas.
No lo hago.
Pero mi última esperanza era don Diego de Castamar.
Sé que piensas que no se ha portado bien contigo,
pero es un buen hombre, de verdad.
Pues ojalá que no le pase nada y pueda ayudarte.
¿Qué le va a pasar?
Mi padre le ha ayudado a tenderle una trampa al marqués.
¿Te dijo dónde?
En la Dehesa del Monje.
Reza por el duque,
don Enrique de Arcona es el mismísimo diablo.
(NARRA) "En la vida, como en la cocina,
es necesario tener preparados los ingredientes con antelación.
También estar preparado para los imprevistos.
Siempre los hay y entonces, no hay que pensar, solo actuar.
Céntrate en lo que sea.
Cuenta los pasos.
12, 13, 14.
Los latidos del corazón.
Como cuando de niña apoyabas la cabeza en el pecho de tu padre
y te contaba cómo se llamaba el sonido.
Pum, pum, pum, pum.
No, no era así. Toc, toc, toc, toc.
Tampoco.
Céntrate en eso,
recordar el nombre de los latidos del corazón.
No, no lo recuerdo, no sé.
Sigue pensando, desvía el miedo.
Sigue.
Déjalo atrás, hasta que lo pierdas de vista.
Solo hay que tener una meta clara y llegar a ella.
Aunque solo sirva para darse cuenta de que no es el momento,
porque el miedo sigue ahí,
decidiendo por nosotros."
¡Ah!
¡Ah!
¡No!
¿Por qué?
¿Por qué yo?
Por Alba.
Llevo deseando este momento desde que murió.
¿No va a terminar, don Diego?
¡Ah! ¡No!
¡Diego!
¡Diego!
Diego, no, no, no.
No.
Tengo una daga en el costado.
¡Ah!
Corre.
Diego...
Diego, Diego.
No, Diego.
Diego, mírame, Diego.
Mírame.
Diego, mírame.
Diego, por favor.
Diego, no.
Diego, mírame.
No, mírame.
Diego, por favor.
(NARRA) "Lubtup, lubtup, eso es.
Lubtup.
Así se llaman los latidos del corazón.
Te acuerdas de las cosas cuando ya no son necesarias.
No estamos preparados para que el miedo vuelva."
¡Ayuda!
(NARRA) "O es que tal vez nunca se fue."
¡Ayuda!
"Lubtup, lubtup."
¡Diego!
¡Diego, hijo mío!
Nos ocupamos nosotros.
¿Dónde está Clara?
No le voy a dejar solo.
Mañana es la ejecución de su padre.
Padre... ¡Por favor, es inocente!
Por favor...
No quiero seguir fingiendo que no existe nada entre nosotros.
Cancele la boda.
-Sabemos que no querrá estar aquí cuando se celebre la boda.
Mañana a primera hora me iré.
¿Por qué se va?
En unas horas, usted será la nueva duquesa de Castamar.
-Es la novia más bonita que he visto.
-No quiero que te vayas.
Majestad.
(REY) Parecía que este día no iba a llegar nunca.
(RÍE)
(ADELA) Tengo algo importante para los señores.
Es sobre Enrique de Arcona
y deben saberlo antes de que se celebre la boda.
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