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No entraba en mis planes casarme con la señorita Castro.
¿Quiénes sois? -Por fin vas a tener lo que mereces.
El señor Pereda es especialista en plagas,
va a fumigar todo el palacio.
Yo no trabajo para membrillos. -Se metió en mi casa.
Don Gabriel no está aquí.
¡Ah!
Lo quiero vivo.
¡Ah!
Mi dinero.
Ni agua, ¿eh?
(Campana)
¡Ah!
Vamos.
Un poco más. Tranquilo, Alfredo.
Vamos.
Tranquilo, ya está, Alfredo, tranquilo, tranquilo, amigo.
¿Quién ha sido?
Eso no importa ahora, Diego.
Es Gabriel. ¿Gabriel?
Gabriel.
¿Gabriel? ¿Qué le han hecho a mi hermano?
Tienes que ir al Zaguán.
En el barranco de Lavapiés.
El Zurdo sabe. ¿Quién?
Una sirvienta de Castamar escuchó algo.
¿Qué sirvienta, Alfredo?
Tengo que hablar con ella, dime quién es.
No puedes, Diego.
Está muerta.
-Está perdiendo mucha sangre. -Déjeme ver.
Tranquilo, tranquilo, Alfredo.
Tranquilo.
Diego, no pierdas tiempo.
-Hay que desvestirlo. -Sí.
-Tienes que ir al Zaguán y hablar con el Zurdo. Vete.
Tranquilo, tranquilo.
(ELQUIZA) El señor debe vestirse, prepara la casaca y el abrigo.
Tú, ve a la armería,
don Diego te dirá si necesita la carabina
o se basta con la espada de montar.
Roberto. -Sí.
-Ensilla para don Diego y dos guardias.
-Enseguida.
¿Qué sucede? ¿Por qué la guardia?
Don Diego va al barranco, algo le ha sucedido a don Gabriel.
(ELISA) Clara, estás loca, no te puedes presentar
en la habitación del señor así.
Solo llevo vino caliente con canela y jengibre.
Puede que la noche sea larga.
Don Diego. Clara.
¿Qué le ha pasado a Gabriel? ¿Dónde está?
Pues no lo sé, pero voy a averiguarlo.
¿No podría ir solo la guardia? Es su hermano.
Madre, esto tengo que hacerlo yo, pero esté tranquila,
todo va a ir bien. Ten cuidado, te lo ruego.
Te necesitamos.
Discúlpenme.
Mandan esto de la cocina, señor.
Vino caliente, que la noche será fría.
Discúlpenme, buenas noches.
Volveré con Gabriel, estad tranquilas.
(Campana)
(ZURDO) Qué bien hueles, Jacinta.
Venga, mujer, abajo quedan solo cuatro borrachos.
¿Por qué no te quedas?
-¿Y me lo vas a pagar?
-Te estoy invitando, desgraciada. (RÍE)
-De ti solo quiero una cosita. -¿Qué?
¿Serás puta? Ven aquí.
(RÍE)
Dame mi dinero.
(RÍEN)
-Suelta.
¿Qué le has contado a la criada de Castamar?
-No sé de qué me hablas. -Sabía lo del membrillo.
-¿Eh?
-¿No sabes tener la boca cerrada?
En el infierno podrás hablar todo lo que quieras.
-¡Ah!
Malnacido.
Te espero allí.
¿Eres tú el Zurdo? No.
¡A por él, rápido!
¿Dónde está mi hermano, Gabriel de Castamar?
(RÍE)
¡Habla, malnacido!
Hernaldo de la Marca me pagó por apresarle.
Y ahora lo va a vender como un esclavo, en Portugal.
(RÍE)
¡Ah! ¿Dónde está mi hermano?
Habrá llegado a Talavera de la Reina.
¡Ah!
Jure que lo matará.
Llama a Joaquín, quiero vivo a ese Hernaldo de la Marca.
Espere.
También me pagó por adiestrar su caballo.
En Castamar.
¿De qué estás hablando? Trabaja para el marqués de Soto.
Quería matarle.
Pero me pagaron para cambiar el caballo.
No fue un accidente.
Yo maté a su mujer.
Si busca a mi padre, no está.
Me ha dicho tu padre que quieres ser maestra.
¿No apruebas que trabajemos juntos?
Cuando conocí a tu padre, iban a ajusticiarle.
Me debéis todo.
Está pagando la deuda con creces.
-Don Enrique.
Sígueme, Hernaldo.
El señor y yo tenemos cosas que hablar.
Ha surgido un problema.
El Zurdo se fue de la lengua con una criada,
pero ya lo he arreglado, ninguno de los dos hablará.
El Zurdo hizo mucho más que eso.
No hubo intercambio de caballos.
El Zurdo amaestró el caballo de Alba por orden de Sol.
¿Qué?
Encuentra a Sol antes de que salga del país,
os conviene a los dos.
No dejes que nos hagan esto.
Vayámonos de aquí.
Yo ya puedo ejercer.
Y el rey está abriendo escuelas en todas las ciudades.
-No voy a dejar que mi hija me mantenga.
-¿Pero qué importa eso? Serías libre.
-Hace muchos años que dejé de ser libre.
Recuerda, dos cuartos de harina por cada cuatro huevos.
No sé dónde tengo la cabeza. -Tengo novedades.
Han secuestrado a don Gabriel.
El señor ha ido detrás para salvarle.
-¿Secuestrado? Virgen Santa. -Arriba parece un velatorio.
Tienen miedo de que no llegue a tiempo el señor.
No digas eso. Imagínate que no llega a tiempo.
O que no vuelve, Clara, imagínate que no vuelve.
¿Qué va a ser de nosotras? ¿Y de tu padre?
-Tengo malas noticias.
Beatriz murió anoche.
-¿Qué?
-En la reyerta en la que hirieron al barón.
Es terrible, lo siento mucho.
-No lo puedo creer.
-¿Pierde el primero que hable?
(ELQUIZA) Acompáñeme, por favor.
¿Echa en falta algo?
-No, creo que no.
-No abra tanto la trementina, se evapora rápido.
Y esos vapores son un poquito tóxicos.
-Sí, solo estaba comprobando, nada más.
-Hay chinches por toda la casa, así que tendrá que fumigarla entera.
-Pronto será la boda y Castamar se llena de invitados.
-Bonito recuerdo se iban a llevar.
-Elías, tiene que estar a tiempo.
-Descuide.
Vaya, la ripiosa.
Ayúdame a encender el brasero. -No vuelvas a llamarme así.
-Nunca pensé que una jaca leída como tú
fuese a triunfar en el oficio, pero me equivoqué.
Eras la más solicitada.
-Eso fue en otra vida, Elías.
¿Por qué has venido? ¿Qué quieres?
-Lo mismo que tú cuando me dejaste, una segunda oportunidad.
Mantén la boca cerrada y todo irá bien.
Solo tengo que fumigar, tampoco será tan difícil.
¿Traerán su cuerpo? En este tipo de muertes,
si nadie lo reclama, va a la fosa común.
¿Y su familia?
¿No hay nadie a quien podamos avisar?
Tenía una tía que murió el año pasado,
pero no me habló de nadie más.
¿Qué sentido tiene que la vida acabe así?
Clara.
No está todo perdido con tu padre.
Aún hay tiempo de encontrar al testigo.
¿Cómo?
Ni siquiera don Diego tiene ya esperanza.
Morirá solo, como Beatriz.
Prométame que encontrará a alguien, no dejemos que Beatriz se vaya sola.
Se lo prometo.
(Reloj)
Es de don Diego.
¿Hay algo que pueda hacer, señora?
Solo rezar.
Daré orden para que sirvan el desayuno ya.
No, no se moleste, no tengo hambre.
¿Cómo está el barón?
Don Alfredo está mejor.
La herida no es muy profunda
y don Evaristo solo le ha recomendado reposo.
Gracias a Dios.
Es un buen amigo.
Pero, criatura...
No me diga que ha pasado ahí la noche.
No tiene nada que temer.
Vamos a cuidarle muy bien.
Mire.
Esto es para usted, de la señora.
Me ha pedido que le ayude a vestirse.
Venga, no tenga miedo.
Venga.
-¡No, no me pegue! -Tranquilo, ¿pero cómo...?
Solo intentaba...
Yo me quedo con él.
Soy Diego.
Puedes confiar en mí.
Los zapatos, aún no está acostumbrado.
Soy la madre de Diego, la duquesa.
Mi esposo te trajo anoche, así que, a partir de ahora,
Castamar será tu casa.
Tomemos asiento.
¿Tienes hambre?
Debes aprender modales.
Lo primero es saber comportarse en la mesa.
Esta copa, es para el agua.
Madre, es un poco pronto.
Todo el mundo querrá verle.
Les demostraremos que puede ser un Castamar.
(Ruido)
Que venga la ayuda de cámara.
Cuando haya más gente, no puedes hacer eso.
¿A qué se refiere, madre?
¿A esto?
Nosotros no tenemos nada que demostrar.
Como decía madre,
esta es para el agua.
Madre, para el agua.
Bienvenido a casa, hermano.
¿Seguimos sin noticias?
¿Y por qué no me ha escrito a mí?
Sabe lo preocupada que estoy.
Yo también estoy preocupada. Soy su prometida.
Y yo soy su madre.
De los dos.
Pronto entenderás cómo me siento.
Discúlpeme, doña Mercedes.
Empiezas a actuar como duquesa.
Le diré a la señora Berenguer que te mantenga informada.
Déjeme que le ayude.
-No se preocupe.
Yo creo que ya podría irme a casa.
-¿Pero qué prisa tiene? Si aquí nos gusta mucho cuidarle.
-Es usted muy amable.
¿La conocía mucho?
-¿A Beatriz? -Sí.
-Dormimos en la misma habitación.
¿Le puedo hacer una pregunta?
¿Qué pasó?
-Intentó sacarme dinero con lo que sabía de Gabriel.
-¿Le hizo chantaje?
-Pero claramente alguien no quería que hablara.
Pagó caro su pecado.
Dios la perdone.
-Señor, tiene visita, don Ignacio Montes.
-He venido en cuanto me he enterado.
Espero que no le moleste.
-Con su permiso.
¿Qué haces aquí? -Alfredo.
¡Alfredo!
¿Cómo estás, eh?
-Bien.
-He ido a tu casa y me lo han contado todo.
¿Seguro que estás bien?
He pasado tanto miedo.
Si te llega a pasar algo más, no me lo hubiera perdonado nunca.
Hasta ahora no me había dado cuenta de lo mucho que importas.
Lo siento, Alfredo.
Lo siento.
Lo siento, lo siento, perdón.
-¿Qué has hecho, Ignacio? -Lo siento.
-¿Qué has hecho?
(LLORA)
(ELISA) Dios te salve, María.
Llena eres de gracia.
El Señor es contigo,
bendita tú eres entre todas las mujeres.
Y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María.
Madre de Dios.
Ruega por nosotros.
(SUSURRA) Pecadores...
Ahora y en la hora...
De nuestra muerte.
Amén.
Enrique me engañó.
Era él a quien le debía dinero, pero te juro que yo no sabía
que lo iba a utilizar para esto, te lo juro.
-¿Pero qué es lo que no sabías, Ignacio?
¡Podemos acabar en la horca! -No, que huiremos, que yo sé cómo...
-¡Cállate! Cállate, cállate, cállate.
Ayúdame a vestirme.
No podemos quedarnos aquí.
No pueden haber llegado tan lejos, maldita sea.
Si cruzan la frontera, lo venderán como esclavo.
Señor, todavía están frescas.
Tienen que ser ellos, vamos.
Está buenísimo.
Como la cocinera lo haga todo igual,
el marido ya puede estar contento.
-No tiene.
-Decidme que es joven y guapa.
-En esta casa no se chismorrea.
Y menos, a la mesa. -¿Estás celosa?
Tú también fuiste joven y guapa, yo así lo recuerdo.
-Ya ha oído a la señora Berenguer,
en esta casa no nos gustan los chismes.
-No son chismes, es lo que fue.
-¿Sabe dónde está Clara?
-Creo que ha ido a hablar con el despachero.
Vamos.
¿Se puede saber dónde estaba?
Doña Mercedes no se encuentra muy bien.
¿Puede prepararle un caldo? Claro.
Muy bien.
Doña Úrsula, ¿se encuentra bien?
Sí, perfectamente.
A ver, ¿a qué viene tanto misterio? -Calla, te voy a enseñar una cosa.
¡Madre mía!
¿De dónde has sacado esto?
-Lo encontré debajo de la cama, era de Beatriz.
-Pues ya no le va a hacer falta, ¿no?
-No, que no toques.
No es nuestro. -Ni de nadie.
-Bueno, yo creo que lo tendríamos que contar.
-¿Y que se lo queden en Castamar?
Con esto podríamos tener una boda de señores.
O comprarnos un terreno donde construirnos nuestra casa.
Eras como una hermana para ella, eres su heredera.
-No mientas. (ELQUIZA) ¡Roberto!
-He de irme. No se lo cuentes a nadie.
Tienen que ser ellos.
Vamos, que no nos vean, vamos.
Gracias, déjalo ahí.
¿No va a comer?
El calor le aliviará los nervios.
¿Me permite?
Si no regresan,
¿quién llevará el ducado cuando yo muera?
La señorita Amelia no se ha casado con don Diego
y su...
Su posición en esta casa quedaría en vilo.
Todo irá bien.
Hay que confiar.
Los nobles tenemos que pensar en lo que viene.
Ver el futuro.
Para nosotros, el presente es un asunto menor.
Eres una buena persona.
Inteligente.
Y preciosa.
No debió molestarse en subir.
Está preocupada, como todos.
Puede seguir preocupada en la cocina.
Señoras.
Mercedes, si necesita compañía, puede llamarme siempre que quiera.
Soy yo quien debo ocuparme de mi futura suegra, ¿no?
Claro, querida.
Ahora quiero descansar.
Habrá que echarle algo de comer, lo justo para que no muera.
(RÍE)
Dale también de beber.
(ESCUPE)
(RECUERDA) "Ven, no tengas miedo.
Tan solo es ropa."
Nunca más volverán a encadenarte.
"Nunca más volverán a encadenarte."
Elías.
¿Elías?
Elías. -Doña Úrsula.
Quisiera hablar con usted. -No, ahora no es buen momento.
-Me preocupan los rumores
que han empezado a circular en esta casa desde que Elías...
-¿Va a creer lo que dice ese patán? -En absoluto.
Pero no me gusta que hablen mal de usted
ni de nadie del servicio. -Que hablen.
-Doña Úrsula, ¿hay algo de su pasado
que, como mayordomo de Castamar, deba saber?
-Hágase un favor
y no caiga en la tentación de chismorrear sobre mí.
Usted vale mucho más que eso.
(Puerta)
Elías.
Elías, ya se ha...
-Desde luego, sabes cómo tratar a los hombres.
Tendría que haberte delatado. -¿Para qué?
¿Para que todo el mundo sepa que fuiste puta
antes de trabajar aquí?
-A mí me echarán a la calle, pero a ti te meterán en la cárcel.
-Hagamos un trato.
Me dices dónde guarda el duque el oro de Castamar
y te dejo en paz para siempre.
Tómalo como una tercera oportunidad, la última.
Antes de que se haga de noche, cruzaremos la frontera.
No se te ha perdido nada aquí.
-¡Soltadlas!
¡Vamos, soltad las espadas! ¿Pero quién sois?
Suelta la espada. Vale, pero que no dispare.
Y largaos de aquí antes de que me arrepienta.
¡Vamos, largaos de aquí! Miguel, sujeta esos caballos.
Hermano, tranquilo, volvemos a casa.
Hermano.
(Puerta)
¿Sí?
Clara. La señorita Castro, quiere hablar contigo.
¿Ha dicho qué quiere?
No.
Pero la verdad es que las cosas arriba
están un poco raras.
¿Qué? ¿Qué pasa?
¿Otra vez Roberto?
He encontrado un dinero en mi habitación,
mucho dinero, Clara.
Era de Beatriz.
Se ve que estaba ahorrando para irse a América.
¿A América?
Pobre.
Lo único que tenía era un sueño.
Ahora entiendo todas las cosas que hacía.
Bueno, pero eso no la justifica
para que fuera tan deshonesta a veces.
Y ahora ni siquiera tiene a nadie a quien dejarle ese dinero.
Es muy triste.
Tengo que subir.
Oye, ¿qué ha pasado con Roberto?
Nada, tonterías de las suyas, ya sabes.
Buenas noches. Buenas noches.
Ya. -Vamos.
-Por favor... -Entra.
-Aquí está la llave.
-Ábrela tú.
-Te he traído hasta aquí, no pienso hacer nada más.
-Si viene alguien, diles que estoy aquí solo para fumigar.
-Ya está.
(Puerta)
Adelante.
Cierre.
Le agradezco mucho lo que hizo por mí.
Y por la criatura.
Pero no somos amigas.
No quiero tenerla a todas horas en la zona noble.
Usted me ha mandado llamar.
Si quiere continuar en la casa,
no quiero volver a verla fuera de la cocina.
Pronto Gabriel será mi marido.
Diego.
Pronto Diego será mi marido.
El deseo es caprichoso.
Puede que él haya querido tener...
No sé, lo que no puede tener.
Pero en cuanto nos casemos, aprenderá a amarme.
Y usted a él.
No se preocupe.
En cuanto pase la boda, me iré.
Rápido, rápido.
Ya está, Elías.
-¿No crees que falta algo?
-No, no hay más. -Sí hay más.
He venido a Castamar en busca de dos tesoros.
Y uno ya lo tengo.
-Prometiste que te irías.
-No sin recordar los viejos tiempos con la ripiosa.
-No te acerques a mí.
-Sigues siendo difícil de domar.
-¡Elías!
-A mí no me engañas, ripiosa, sé que te gusta.
-¡No, no!
No, no, Elías, por favor.
No, no, déjame, déjame, por favor. (LLORA)
¡Déjame, déjame! ¡No, por favor!
¡No!
¿Elías?
(Puerta)
Adelante.
-Hola. -¿No deberías estar descansando?
-Es que le quiero comentar una cosa, pero no sé si es buen momento.
-Sí, sí, claro.
Leía esto que me ha enviado el párroco de Boadilla,
es de Beatriz.
Prometí a Clara que investigaría si tenía algún familiar, pero nada.
Sus padres la abandonaron de muy pequeña.
Lo único que aparece en el registro de la parroquia
es que Beatriz estudió en la escuela de niñas.
-¿Beatriz estudió?
-Hasta que tuvo brazos para trabajar.
Si hubiera estudiado, igual hubiera tenido otra vida.
Y como ella, tantas y tantas niñas.
¿Qué? ¿Qué querías decirme?
-Se me ha olvidado.
Con su permiso, buenas noches.
(Golpes)
Entra y cierra la puerta.
Él me iba...
Yo solo quería defenderme.
¿Pero quién me va a creer?
¿Ha intentado forzarla?
Solo va a importar que le he matado.
No me van a creer.
Ponte ahí, no te muevas, no hagas nada.
No les voy a dar el placer de verme ahorcada,
me iré y no me verán nunca más.
Usted no es una ladrona. Ni una asesina.
He sido cosas que no puedes imaginarte.
No necesito saberlas.
Sé lo que es ahora.
Una buena persona.
Ninguna mujer debería pagar por los abusos de un hombre.
Yo la creo.
(Cuervos)
Cúbrelo otra vez.
¡Dios mío!
-Traidora.
Es el único que puede hacer algo. Sí, denunciarme.
(CHISTA) -Silencio.
Puede coger el dinero y vivir como una fugitiva
el resto de sus días o puede dejar que la ayudemos.
Clara me lo ha contado todo.
Confíe.
Así que ha matado a Francisco.
Creí que la conocía, pero la subestimé.
Ella tampoco me conoce a mí.
Encuéntrala.
Buenas noticias.
Ha llegado una nota de don Diego.
Él y su hermano regresan a Castamar.
¿Ha decidido ya el menú?
Sí, pero podemos cambiarlo.
Llegarán cansados y a lo mejor, heridos.
Haremos pepitoria y sopa con carne.
Han llegado los cabritos. Abridlos y sacad los livianos y los hígados.
Pon agua a hervir. Y necesitaré una docena de huevos.
Que no seas pesado. -Piénsalo, solo te pido eso.
-No tengo nada que pensar, te lo estoy diciendo,
ya está la decisión tomada. ¿Qué os pasa?
No, nada.
-Que se quiere quedar con el dinero de Beatriz.
Ella lo sabe.
-Estupendo.
¿Y tú qué quieres hacer con él?
Se me ha ocurrido... -Elisa, esa señora te busca.
-Voy a cumplir su sueño.
(MURMURAN)
Doña Úrsula, acérquese, por favor.
Seguramente se ha intoxicando con la mezcla de resinas.
Debió marearse.
Y al caer,
se golpeó en la cabeza.
Un infortunio, sin duda.
No sé cómo ha podido engañarnos.
Nadie con conocimientos de fumigación
hubiese cometido un error como este.
El cochero nos está esperando en la puerta, es de confianza.
Nos sacará de la ciudad sin hacer preguntas.
Voy a avisar a los mozos. -No, espera, Ignacio.
Vete tú.
-¿Qué?
-Que te vayas tú.
-¿Pero qué dices, Alfredo?
Que lo sabe toda la ciudad.
En cuestión de minutos nos van a detener.
-Da igual.
Llevo tantos años escondiéndome que para qué seguir huyendo ahora,
justo ahora, que todo el mundo va a saber quién soy.
-Alfredo, si te quedas, te van a meter en la cárcel
y te van a matar.
-Pero dejaré de mentir.
-Por favor, te lo suplico, no.
No. -Vete tú, Ignacio.
-No. -No mereces este destino.
Vete tú, por favor.
Esto es lo que Dios tiene preparado para mí.
Vete.
Vete.
Vete.
(LLORA)
Mira que se lo he dicho veces, no se puede ser tan buena persona.
Pues nada.
Si hace eso por Beatriz, imagina lo que será capaz de hacer por ti,
que serás su marido.
Me ha dicho que se acordaba de ella, que era una niña muy rebelde.
-Pues debe de ser verdad,
porque acordarse de Beatriz después de tantos años...
-También me ha dicho que era muy inteligente,
que tenía muchísimas ganas de aprender.
Lo que pasa es que se tuvo que ir a trabajar muy pronto.
Pero también me ha dicho
que si se hubiese quedado en la escuela,
pues que a lo mejor habría sido... -¿Qué?
¿Hubiera sido mejor persona?
Eso se lleva dentro.
Al menos, su dinero servirá
para cumplir los sueños de otras niñas.
Gracias.
Si es que...
No se puede ser tan buena persona.
(CARMEN) ¡Es don Diego!
¡Traen al señor Gabriel, han vuelto!
Hijo mío, ¿qué te han hecho?
Te pondrás bien, vida mía, te pondrás bien.
Gracias a Dios que estás vivo.
Diego, hijo.
Estoy bien con él. Estoy bien, madre.
Vaya con él, vaya con él, madre.
(NARRA) "Es la fuerza que sale de dentro
la que mueve el cuerpo más allá de nuestra voluntad.
La fuerza del instinto, de lo inevitable,
la fuerza del amor,
la fuerza que nos hace derribar todas las barreras,
al precio que sea."
Elisa.
(NARRA) "La fuerza para la que no existe oposición,
la fuerza sobrenatural
a la que solo cabe rendirse.
La fuerza de lo que de verdad importa."
El barón y su amigo, que son mariposas.
¿Lo sospechabas?
He sufrido mucho, pero no me arrepiento de lo que soy.
Dígame, ¿qué ha hecho con mi hija? ¡Maldito perro!
Sé para quién trabajas y sé lo que habéis hecho.
¿Qué se sabe de Sol Montijos? Seguimos buscando.
¿Cómo se sabe? -¿Si estás enamorada?
Te das cuenta de que quieres estar con esa persona todo el tiempo.
Lo mataremos.
Cuando llegues allí, pon esto al rojo vivo.
Es para su cara.
Si quieres volver a verla viva, entrégame a Enrique Arcona.
¿Me puede decir que sucede?
Francisco Marlango es responsable de su muerte.
A los hombres se les ha de mimar o aplastar.
La ha estado utilizando desde el principio, madre.
¿Usted sabía lo que planeaba el marqués?
Le juro que va a pagar
por cada uno de los crímenes que ha cometido.
No somos tan distintos, los dos queremos venganza.
¡Ah!
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