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Ya hay fecha para la ejecución de Armando Belmonte.
Dentro de dos días.
-¿Dónde están las pruebas de su inocencia?
Falta una página. Alguien no quería saber la verdad.
Se fue ayer tarde en horas de trabajo
y de madrugada no había regresado.
(ELQUIZA) Si tiene algún problema, cuente conmigo.
(Disparo)
(LLORA)
¡Estoy encinta!
Va a tener un hijo. ¿Qué?
Está embarazada, Clara, y es de don Diego.
(GABRIEL) Si encontramos la carta, podremos desenmascararle.
-Tengo la carta. Le espero en el zaguán de Lavapiés.
(SISEA)
¿Es usted Gabriel de Castamar?
-Sí.
-Su amigo le espera bajando las escaleras.
-Gracias.
Daniel.
Daniel, ¿por qué hemos quedado en este lugar?
¿Tienes la carta o no?
(Portazo)
¡Abrid, abrid!
Daniel, Dani...
¡Daniel!
¡Daniel, Daniel!
¡Abrid!
¡Abrid!
Buenos días.
¿Le ayudo?
Hay que avisar al médico y al señor cuanto antes.
-¡No!
No es nada.
No, solo una pequeña pérdida, es muy normal durante el embarazo.
-No sé si es muy normal.
-Estoy bien.
Retira la sábana y no le digas nada a nadie.
No queremos preocupar al señor sin motivo. Venga.
Señor, ya está aquí la señorita Belmonte.
¿Lo ha conseguido?
¿Qué ocurre?
He leído la página que faltaba.
No exculpa a su padre, corrobora que fue él quien asesinó
a Quintanilla.
Eso no puede ser.
Lo siento.
(LEE) "En el día de hoy, el coronel Quintanilla ha muerto
a manos de Armando Belmonte, jefe médico del regimiento."
No, conozco a mi padre, sé que es inocente.
Ya, la guerra cambia a los hombres.
Espere.
24 de julio.
¿Qué ocurre? ¡Clara!
Te estamos esperando el salón.
¿No vas a venir a desayunar?
Deberíamos hablar con el padre Antonio
para que vaya pensando en los esponsales.
Tu hermano no ha venido a dormir.
Supongo que se le habrá hecho tarde para viajar
y Francisco habrá insistido en que se quede.
¿Y del vestido?
¿Has pensado en algo?
Todavía no.
Señor Elquiza, mande una nota al alcázar diciendo
que hoy no iré a despachar.
¿Tampoco asistirá a la comida-recepción en casa
del embajador de Francia?
Oh.
Lo había olvidado.
Si no es muy importante, puedes no ir.
Sí, sí que lo es, madre.
Prometí a Su Majestad acudir con Amelia para...
Para hacer oficial nuestro enlace.
No me habías dicho nada.
Que preparen el carruaje.
Sí, lo siento, lo siento. He estado muy ocupado.
Entonces, es muy importante.
Lo harás muy bien, ya verás.
Siento presentarme sin avisar.
Alfredo. Pasé cerca y pensé que, igual,
me vendría bien un poco de buena conversación.
Por supuesto.
Un servicio para el señor.
Gracias.
¿Estás bien?
Sí, sí, claro.
Como siempre.
(ARMANDO) "Querida hija, escribirte es como tenerte aquí un poco.
Ayer por la noche, un soldado enemigo
llegó pidiendo ayuda para un compañero.
Salí a escondidas, no podía dejar que ese hombre muriera."
(LEE) "Tuve que amputarle la pierna, pero conseguí salvarle la vida.
Era el día de Santa Cristina.
Fue tu madre quien, sin duda, me ayudó."
Se llamaba Cristina y el día 24 de julio
fue cuando asesinaron a Quintanilla.
Mi padre no estaba en el campamento, no pudo hacerlo.
Ya, pero es solo una carta.
¿Cómo vamos a demostrar que es cierto lo que figura ahí?
Si encontramos a ese soldado francés,
él podría testificar.
¿Y cómo? Lo único que sabemos es que luchó en Fuenterrabía
y que perdió una pierna.
Espera, el duque de Berwick.
Hay una comida en casa del embajador y asistirá el duque de Berwick.
Él estaba al mando de las tropas francesas.
(Golpes)
(Puerta abriéndose)
(HOMBRE) ¡Atadle!
-¡Hijos de puta! -¡Quieto ahí, animal!
-¿Quiénes sois? ¿Os manda Enrique de Arcona?
-¡Cállate, negro!
Por fin vas a tener lo que mereces.
¡Negro!
Carmen, hay que ponerse con la pierna de cordero.
Di en la despensa que te den una ancha y corta.
Elisa.
¿Qué? Que podemos demostrar
que mi padre es inocente,
que lo único que hizo en el frente fue salvar vidas.
Siempre quiso ser médico, pero lo único que quería era
que la gente tuviese una vida mejor.
Pues entonces ya sé a quién te pareces.
Y tenías razón, siempre merece la pena intentarlo.
-¿La deshueso y le quito la piel?
No, golpéala primero, que te ayuden, después la pasas por harina
y a la sartén con un buen trozo de tocino.
Necesito salir un momento, ¿me cubres?
-¿Otra vez? -Por favor.
-Beatriz, la última.
¿Qué ocurre?
¿Te puedo contar una cosa?
Claro.
Déjalo, da igual. Eh, eh, Elisa. ¿Qué?
Ven conmigo.
La señorita Castro está sangrando.
Debería verla un médico.
Podría perder a la criatura y provocarse una infección.
Ya, pero dice que está bien y que no se lo diga a nadie.
Debe guardar reposo.
He visto a mi padre tratar a muchas mujeres.
Debes convencerla, es peligroso.
¿Cuántas veces tengo que decírtelo?
Estoy bien, no ha sido nada y no quiero alarmar al señor.
-Pero es que Clara dice que es muy peligroso, señora.
-¿Clara?
-Es que su padre era médico y ella vio tratar a muchas mujeres
y a lo mejor si...
Si ella pudiera venir a verla.
-¿Le has dicho a la cocinera
que estoy encinta?
-Sí, señora.
Es que estaba preocupada y ella es mi amiga y me lo notó,
pero es una persona de confianza.
-Pero ¿cómo te atreves?
Yo decido quién es de confianza.
Y ya veo que tú no lo eres.
-Es que estaba muy preocupada por usted.
No quiero que le pase nada malo. -Márchate.
Que suba otra doncella a ayudarme con el vestido.
-Pero ¿piensa salir? Señorita Amelia,
que lo que usted tiene es una hemorragia,
que se tiene que cuidar, porque puede empeorar o...
-Cállate.
La última moda en París.
Mi peluquero lo copió en un viaje.
Es ideal para la recepción de hoy.
¿No te gusta? Sí, sí, sí, es maravilloso.
Es moderno, pero elegante.
Elisa lo hará igual, ¿verdad?
Quiero que estés perfecta para conocer a Su Majestad.
Ayúdame.
¿Por qué has venido? No pueden verte en la casa.
-¿Qué pasa? ¿Te avergüenzas de mí?
Pero si siempre hemos hecho muy buena pareja.
-Toma y vete, por favor.
-¿No vas a preguntarme para qué quiero la ropa?
-No, desaparece y no vuelvas a pedirme nada más.
-He conseguido una entrevista para un buen trabajo
y no puedo ir con estas pintas. -Eso no es asunto mío.
¡No! -Escúchame bien.
Tú y yo somos iguales y lo sabes.
Fue una pena que me dejaras.
Podríamos haber hecho grandes cosas juntos.
-Por favor, por favor.
-¿Me has oído?
(Murmullo)
¡Eh, tú! ¿Adónde te crees que vas?
-He quedado con el Zurdo.
-Pues has perdido el viaje. El Zurdo no está. ¡Largo!
¿Qué hace ese?
¡Ya te he dicho que aquí no se fía! ¡Cuando tengas dinero, vuelve!
¡Largo de aquí!
¿Estás seguro de que es un buen sitio?
-Sí, de aquí no se escapa. (RÍE)
Aunque el perro seco no creo que pueda moverse mucho
después de nuestra visita de esta mañana.
-Lo quiero vivo. -Claro.
-No, que no se te olvide.
La entrega será mañana por la noche.
-Muy bien. -Repítelo.
-La entrega será mañana por la noche.
(HERALDO) El membrillo de Castamar tendrá un buen escarmiento.
-Zurdo, ha estado Beatriz buscándote, pero me deshice de ella.
-Bien.
-No sabía que vendrías acompañado.
-¿Tú qué haces aquí?
-Venía a darte una sorpresa para compensarte lo del otro día.
-Marca la entrega en el mapa y déjasela al Sebas.
Yo estoy ocupado.
Vigílalos, no me fío de ellos.
Ah.
Jaque mate.
Y que jugase al ajedrez peor que usted, doña Mercedes.
(RÍE)
Amelia.
¡Estás impresionante!
Realmente.
Uh.
¿Te encuentras bien?
Sí.
-Ha venido el marqués de Soto. -Señores.
Doña Mercedes.
Señorita Castro, está usted bellísima.
La verdad es que hacen muy buena pareja.
¿Y qué le trae por Castamar, don Enrique?
Le he pedido al marqués que viniera porque tiene algo que proponeros.
Sí. ¿Esperamos a don Gabriel?
No, no está en Castamar. Oh, una pena.
Me hubiera gustado que lo escuchara y dejar atrás nuestras diferencias.
Creo que no cabe duda del cariño que tengo por la familia Castamar
y por la señorita Castro, a la que tengo como una hija.
Por esto y teniendo en cuenta que no tiene familia,
quiero que sepan que para mí sería un gran honor acompañar
a la señorita Castro al altar el día de su boda.
Es un gesto muy hermoso por su parte.
Lo es, lo es.
Gracias.
Sin embargo, Diego y yo habíamos pensado ya en Alfredo,
que es como un hermano para él.
Sí, siempre y cuando el barón esté de acuerdo
y don Enrique sepa aceptarlo.
Pero, por favor, claro que sí.
Nada me haría más ilusión.
Por supuesto, lo importante es que sean felices.
Por la pareja. Gracias.
Y por el embarazo.
Que espero llegue pronto.
Señor.
¿El carruaje está preparado?
Está esperando fuera.
Si nos disculpan.
Amelia.
Tienen una recepción en casa del embajador francés.
Ha sido un duro golpe para don Enrique.
¿Por qué lo has hecho?
Bueno, don Enrique ha hecho mucho por mí y...
No pretendo ser ingrata.
Pero, Diego, ahora mi familia eres tú.
Estás preciosa.
(RÍE)
Gracias.
¡Ah! ¿Amelia? Siéntate.
¡Ah, ah! ¡Que avisen a don Evaristo, rápido!
¡Oh! Amelia.
¡Oh, ah!
Estas son las escrituras de todas las propiedades y algunas joyas.
Quiero que liquide todo menos este palacio.
Esta no la soportaba mi marido.
Mañana salgo de viaje.
Le haré llegar una dirección donde mandar todos los beneficios.
Es el porcentaje por su discreción.
Puede que necesite su ayuda.
-Por supuesto.
(Música)
¿Ha notado algo estos días?
¿Algún dolor, pérdida de sangre o algún otro síntoma?
-No, no, no he notado nada.
Quizás, una pequeña molestia.
-Es habitual perder la criatura en esta fase del embarazo.
No hay mucho que se pueda hacer.
Trate de descansar y moverse lo menos posible, ¿sí?
Pero ¿eso es todo?
Solo podemos esperar.
Amelia, tranquila. Lo siento.
No. ¡No quiero perderlo!
Amelia, Amelia, no es culpa tuya.
Ya has oído lo que ha dicho don Evaristo,
tienes que estar tranquila.
Llama a la cocinera, quiero que venga.
¿A la señorita Belmonte?
¡Elisa, llama a la cocinera, quiero que venga!
Vamos. Lo siento.
Tranquila.
Ya has oído lo que ha dicho don Evaristo, estate tranquila.
En cualquier caso, querido, yo se lo agradezco mucho.
No hay de qué, doña Mercedes.
Don Evaristo.
¿Ocurre algo?
La señorita Castro se ha sentido indispuesta, duquesa.
Pero si habían salido hace un rato, tenían una comida importante.
Me temo que no han podido ir. Le he recomendado reposo.
Algo ha debido sentarle mal y mejor tomar precauciones.
Serán los nervios de conocer a Su Majestad o la boda.
¿Puede ayudarme?
Por favor. No lo sé.
Mi padre es el médico.
¿De cuánto está?
De una falta. No... No... No puede ser más.
¿Puedo?
¿Podría describirme cómo son los dolores?
Unos pinchazos muy fuertes aquí, en la tripa,
y aquí, también, en la espalda.
Son contracciones. ¿Contracciones?
Don Evaristo dijo que era normal.
¡No deje que lo pierda, por favor!
¿Cree que puede ayudarle?
Haré todo lo que pueda.
Primero, hay que conseguir que cesen las contracciones.
Elisa, sube un caldo limpio y pide cocina que añadan
dos medidas de Jerez.
El alcohol ayudará a relajar el útero.
Sé que es difícil, pero intente estar tranquila.
Cierre los ojos
y piense que todo saldrá bien.
Respire.
Así.
Hay que dejarla descansar.
Procura que se mueva lo menos posible.
Voy a la cocina, subiré después.
Señorita Belmonte.
¿Podemos hablar un momento? No es necesario.
Por favor.
Créame, no entraba dentro de mis planes casarme
con la señorita Castro y, mucho menos, tener un hijo.
Señor, solo soy la cocinera. No, no lo es, para mí no.
Cometí un error imperdonable, no sé muy bien ni cómo ocurrió.
Pero ahora que ese niño está aquí, no quiero perderlo, ¿me entiende?
Confíe en la vida, siempre consigue abrirse camino.
(Toques en la puerta)
Señor.
Disculpe, el cochero pregunta si, finalmente, acudirán
a la residencia del embajador.
La señorita Castro le necesita a su lado.
Ahora no hay nada más importante.
Dígale al cochero que puede retirarse.
¿Cómo van esas truchas? Ya casi es la hora.
En cuanto terminemos de limpiar, las empiezo a freír.
Añadiremos al menú un postre más: sopas de miel.
Cuando termines con eso, ponte a tostar almendras.
Sí.
La verdad es que es una fatalidad que la señorita Castro
se haya indispuesto, precisamente, hoy.
Aunque si don Evaristo dice que no tiene importancia,
debemos estar tranquilos.
¿Va a comer don Diego con nosotros hoy?
No, prefiere acompañar a Amelia.
¿No ha llegado ninguna nota de mi hijo Gabriel?
No, señora.
Esa manía suya de no avisar.
Hay días que parece que todo se tuerce.
No se preocupe, doña Mercedes,
que en Madrid pasa el tiempo muy rápido.
Seguramente, no ha tenido ocasión de mandar recado.
Apuesto por ello.
Esto es lo que pasa cuando husmeas en casa de un marqués.
(GABRIEL TOSE)
-Tú trabajabas en las caballerizas de Castamar.
(RÍE) -Yo no trabajo para membrillos.
-¿Quién se metió en mi casa?
Responde.
¿Fue don Enrique...?
-¡Cállate, negro!
Se acabó vivir como un señor.
-¡Ah!
¡Ah!
¡Ah!
(TOSE)
Mi hermano os encontrará.
¡Acabaréis todos en la horca!
-¿Por qué?
¿Por enderezar a un animal?
¡Negro! -¡Ah!
¡Ah!
¿Dónde has estado toda la mañana?
Las truchas y el asado de cordero tienen que salir ya.
Te dejo al frente, Carmen. Subo un momento.
Más cuidado con la presentación de los platos.
No sé si son los nervios o las malditas chinches.
-¿Qué pasa con estos platos? -Ya están preparados.
-¿Está Elisa?
-¿Qué hace fuera del comedor en hora de servicio?
-Se me ha manchado la casaca e iba a ponerme la de calle.
Elisa la dejó preparada en mi cuarto, pero no está.
-Si mantuvieran el orden, esto no pasaría.
-¿Aparece o no la casaca? Le necesito arriba.
-Sacúdasela un poco y suba para arriba.
-Siempre hemos sido estrictos con la etiqueta y las prendas.
-No creo que sea tan importante. Vamos para arriba.
-Señor Elquiza, ¿cuándo acabarán con las dichosas chinches?
-Estoy en ello, Carmen, un poco de paciencia.
(DOCTOR) Gracias a Dios, las contracciones han desaparecido.
Debe mantener reposo y, si no se repiten, es posible
que la criatura salga adelante. (AMELIA) ¡Ay!
-Pasaré a media tarde. Avísenme si necesita algo.
Le he preparado unas sopas con miel.
Receta de mi padre para traer niños sanos.
No sé si es científico, pero están buenísimas.
Su padre debe ser un gran médico.
Y un gran hombre.
El mejor que haya conocido nunca.
Amelia.
Ahora que ya estás mejor, tengo que ausentarme unas horas.
Debo despachar con el duque de Berwick
antes de que salga de Madrid.
Ay.
Don Evaristo, creo que se le ha caído esto.
Se equivoca, señor. No... No es mía.
Esto es para que el embarazo de la señorita Castro siga adelante
pase lo que pase.
No sé qué sabe ni qué pretende, pero no está en mi mano, señor.
Creo que no me ha entendido.
Si la señorita Castro pierde el niño, Dios no lo quiera,
que nadie se entere hasta después de la boda.
Sería una pena perder el trabajo y la reputación por una tontería
como esta, ¿no cree?
(BERWICK) El rey Felipe siempre ha mirado hacia Francia.
¡General Berwick!
No le conozco.
Disculpe, soy Diego de Castamar.
Ah.
Excelencia, le ruego que me disculpe,
no lo había reconocido.
Siento no haber llegado a la recepción,
pero la vida de un hombre está en juego.
Necesito su ayuda.
¿De qué se trata?
(Pasos apresurados)
Clara.
Sé dónde encontrar al soldado al que su padre salvó la vida.
¿De verdad?
No pudo regresar a Francia debido a las heridas.
¿Está en España? Sí, en Illescas.
Mañana saldré hacia allí a primera hora.
Y se sabrá la verdad.
Y podremos salvarle. Sí.
Ahora debo subir, me esperan arriba.
Señor.
Gracias.
Buenos días, señora. -Buenos días.
Soy Juana, la mujer de Daniel. Necesito hablar con don Gabriel.
-Pase, acompáñeme.
Señor Elquiza. -Sí.
-Buenos días.
-Necesito hablar con don Gabriel, es importante.
-Lo lamento, pero el señor no se encuentra en Castamar.
-¿Y sabe dónde podría encontrarle?
Es que estoy muy preocupada por mi marido.
Hace dos días que salió de casa y aún no ha regresado.
Él no había hecho algo así nunca.
-Espéreme aquí, voy a preguntarle a don Diego.
(Toques en la puerta)
Buenos días, Diego. Alfredo.
¿Vas a salir? Gracias.
Sí, voy a Illescas, he localizado a un testigo que puede demostrar
que el padre de Clara es inocente.
La quieres mucho, ¿verdad?
Alfredo, es inocente y yo firmé su sentencia de muerte.
(Toques en la puerta)
¿Sí?
Disculpe, señor, ha venido la mujer de Daniel, el amigo de su hermano,
hace días que no ve a su marido y está preocupada.
Quiere localizar a don Gabriel, por si sabe algo.
Lo habrá acompañado a casa de Francisco.
Envíe una nota con un mozo y que espere respuesta.
Tengo unos asuntos pendientes que resolver en Madrid.
Podría encargarme personalmente.
-Se lo comunicaré.
No se preocupe, estarán juntos en el palacio del conde de Armiño.
Don Alfredo, el barón de Aguasdulces,
irá esta misma mañana a palacio y, en cuanto sepa alguna cosa,
le envío recado, ¿eh? -Muchas gracias.
Señor Elquiza, esto es para usted.
Le espero en su despacho. (ALQUIZA ASIENTE)
(RECUERDA) "Lo digo por usted, querida Alba.
No quisiera que su primera fiesta en Castamar sea un fracaso.
Es que ese día todo el mundo sabe que desde hace años
yo celebro mi fiesta de la primavera,
donde, por supuesto, están invitados usted y el duque.
-Muchas gracias.
No lo sabía. ¡Qué casualidad!
-Ya, por eso he venido, porque todavía está a tiempo de cambiarla.
-Se lo agradezco mucho, marquesa.
-No hay de qué.
Estoy segura de que seremos grandes amigas.
-Llevo semanas preparando esta fiesta.
Es muy importante para mí.
Valoro profundamente que se haya tomado la molestia
de venir hasta aquí, marquesa.
Pero mantendré la fecha.
-¿Cómo? -No se preocupe por mí.
Si no viene gente de la corte, lo entenderé.
-No cometa ese error, doña Alba.
Aquí una fiesta a la que no acude todo el mundo es un fracaso.
-Tendré que arriesgarme.
Está sudando.
Tenga.
¿Hay algo más que pueda hacer por usted?
-No. De hecho, debo irme.
Pero le ruego que piense en lo que le he dicho.
-Quédeselo.
Le vendrá bien para el viaje de vuelta.
Acompañe a mi amiga a la puerta.
-El carruaje está listo.
Un momento.
Antes de salir haremos una parada.
Necesito despedirme de alguien.
Señora Berenguer, por favor, pase.
Le presento al hombre que va a librarnos de las chinches.
-Elías Pereda, señora, a su servicio.
(ELQUIZA) El señor Pereda es especialista en plagas.
Va a fumigar todo el palacio.
-No hay nadie que conozca mejor que yo a las ratas y a los bichos.
-Con su permiso, hay asuntos que debo atender.
Don Gabriel no está aquí, pero sé dónde puede encontrarle.
-¿Quién es usted?
-Una amiga. -La conozco, la he visto antes.
Es cocinera en Castamar. Hable.
¡Hable!
-La información tiene un precio. 2.000 reales de vellón.
-¿Me está chantajeando? ¿Cómo se atreve?
Puedo hacer que la despidan.
-No hará nada si don Gabriel le importa.
Está en su mano ayudarle.
-No llevo esa cantidad encima, ¿no lo entiende?
Dígame dónde está Gabriel, por favor,
y le juro que mañana tendrá esa cantidad.
-No me tome por estúpida.
Si no tiene ese dinero aquí, vaya a buscarlo. Le esperaré.
-Está bien, está bien.
Nos vemos aquí en una hora. Más le vale aparecer.
A los hombres se les ha de mimar o aplastar,
pues se vengan de las ofensas ligeras,
ya que, de las graves, no pueden.
Señora, tiene una visita, la marquesa de Villamar.
Sol, querida, ¿cómo está?
Me habría gustado presentarle personalmente mis condolencias.
No se preocupe.
Recibí su nota, siempre tan atenta. Muchísimas gracias.
Yo no quería irme sin antes despedirme de ustedes
y de la señorita Castro.
¿Despedirse? ¿Se va?
Un viaje por Europa. Ah.
Una temporadita.
Ahora ya nada me retiene aquí.
Vaya, lamento oír eso.
Se perderá la gran boda de la temporada.
Espero que la señorita Amelia pueda perdonarme.
Ha estado un poco indispuesta, pero hoy se encuentra mejor.
Iré a ver si quiere acompañarnos.
No sé qué haces aquí.
No hay nada que puedas hacer para salvar a Francisco.
Sálvate tú, Sol.
Lo que siempre he hecho. Claro.
Eres una superviviente igual que yo.
Eso fue lo que nos unió.
Pero hasta ahora no sabía que el precio era tan alto.
No puedo respirar ni dormir.
El amor.
Estar sin él me resulta insoportable.
Ahora entiendo tu obsesión por vengarte.
Es lo único que puede aplacar el dolor.
Que el culpable sufra tanto como tú.
Esto es lo que de verdad va a unirnos.
Yo maté a Alba de Montepardo.
La odiaba tanto como tú a Diego.
Y descubrí tu plan.
-¡No! -¡Ah!
(SOL) Yo solo tuve que ajustar los detalles.
Que el Zurdo adiestrara al caballo correcto.
Amelia continúa indispuesta, pero me ha pedido que la despida
en su nombre y que le diga que le escriba.
Por supuesto que lo haré.
Ahora, si me disculpan, debo partir.
El cochero me está esperando.
Buen viaje, querida marquesa.
¿Se encuentra bien? Está muy pálido.
(LLORA)
Gracias por venir, marqués de Soto.
Pero he suspendido la fiesta.
Todos han elegido a Alba de Montepardo.
La única mujer que me ha hecho sombra.
Todos no, querida Sol.
Juntos vamos a sobrevivir a esa fiesta.
¿Una copa?
(Puerta)
¡Ha llegado tu hora, membrillo!
¡En pie! Aprisa, vamos.
(HABLA CON DIFICULTAD) Soltadme.
(EL CARCELERO RÍE) ¿Cuánto te han pagado?
Puedo...
Puedo darte el doble.
(RÍE)
-Me han pagado mucho dinero por ti, pero...
Lo habría hecho gratis. ¡Sacad a esa bestia de aquí!
Te van a vender como esclavo.
-No, no, no, no. (RÍE) -Sí.
(GRITA) ¡Suéltame!
¡Ah!
-¡Suéltala!
¿Dónde vas?
¡Ah!
¡Ah!
Tranquila. Tranquila.
Tranquila, ven aquí. Ven.
(JADEA)
-Ve al Zaguán.
Ve al Zaguán,
pregunta por el Zurdo.
Tiene a Gabriel. -Vale.
Mi dinero.
-¿Qué?
-Para ir a América.
(NARRA) "Cocinar es mezclar ingredientes, crear nuevos sabores,
a costa de disfrazar otros que, aunque ocultos, siempre están."
¿Lo ha encontrado?
Hace meses que se fue y nadie sabe dónde está.
No voy a dejar que maten a mi padre.
Él es inocente.
Nosotros lo sabemos, esa es la verdad.
Ya, Clara, pero la verdad no sirve de nada si no se puede demostrar.
Carmen, ayúdeme a preparar la merienda de la señora.
(NARRA) "Lo mismo sucede con la verdad.
Los hechos son los que son, no importa cuánto los escondan.
Siempre aparecen como un buen ingrediente,
aunque a veces descubrirlo tenga un precio muy alto."
¿Cómo estás? Bien.
(Puerta)
Le traigo la merienda.
-¿Huevo?
-Son huevos al estilo fray Juan.
Está dulce.
Gracias.
No.
Quieto. ¡Echadlo ahí!
Ni agua, ¿eh?
(RÍE)
Tú, ven aquí.
¡Toma!
¡Ah!
Es Gabriel. ¿Qué le han hecho a mi hermano?
¡Puta! Ven aquí.
-El Zurdo. ¿Quién?
¿No sabes tener la boca cerrada?
Vamos a acabar en la horca. -Que no, que huiremos.
-¡Cállate, cállate!
(ÚRSULA) ¿Por qué has venido?
-Mantén la boca cerrada y todo irá bien.
-Algo le ha sucedido a don Gabriel.
-Si quiere continuar en la casa, no quiero verla fuera de la cocina.
Empiezas a actuar como duquesa.
¿Qué le ha pasado a Gabriel? ¿Dónde está?
Pues no lo sé.
No está todo perdido con tu padre.
Aún hay tiempo de encontrar al testigo.
-Han secuestrado a don Gabriel. El señor ha ido a salvarle.
Yo creo que lo tenemos que contar. -¿Y que se lo queden en Castamar?
-Con esto podríamos tener una boda de señores.
(AMELIA) No debió molestarse.
Está preocupada, como todos. Puede preocuparse en la cocina.
¡Ah!
¡Déjame, déjame!
Tienen que ser ellos.
Yo maté a su mujer.
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