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El duque parece que sí está enamorado.
La cocinera de Castamar es la afortunada.
Me gustaría que las cosas fuesen más fáciles.
Nadie dice que no puedan serlo. Los dos sabemos que no es así.
Quiero saberlo todo sobre ella.
El Consejo de Castilla descubrió que tu padre está vivo.
¡Manos arriba!
La señorita Castro y yo pasamos la noche juntos.
No sé cómo ha podido ocurrir.
La has deshonrado, Diego. Ahora asume las consecuencias.
¿Está de acuerdo con que nos casemos?
Sí. Sí, sí, sí.
Marqués.
¿Qué hace aquí?
Detesto las fiestas de la Corte.
Todo el mundo hablando mal de todo el mundo.
Los nobles, que se aburren demasiado.
Será porque no la conocen a usted.
¿Y usted qué hace aquí? ¿De quién escapa?
No, la vi salir y... Y me ha seguido.
A mí tampoco me gustan estas fiestas.
Pues no debería.
Es usted uno de los hombres más codiciados de la Corte.
Seguro que muchas damas se están preguntando dónde se ha metido.
Solo hay una dama que me interese.
¿Ese corazón tiene dueña y no me lo ha contado?
¿Es que ya no confía en su mejor amiga?
Se lo cuento si usted me dice quién le ha robado el corazón.
¿No se lo va a contar a su mejor amigo?
Es un hombre diferente
y es serio, valiente,
seguro de sí mismo,
y además es guapo, fuerte,
de mirada intensa.
Y lo que más me importa es que sé que me entiende.
Es don Diego de Castamar.
¿Volvemos?
Os he mandado llamar porque queríamos comunicaros
que la señorita Castro y yo vamos a casarnos.
Diego, hijo. No sabes lo feliz que me haces.
Enhorabuena, hermano. Gracias.
A los dos.
Bienvenida a la familia.
Por fin Castamar tendrá heredero.
Madre... ¿Verdad, querida?
Seguro.
(Voces y risas)
¿Os habéis enterado? ¿Qué ocurre?
¿A qué viene tanto revuelo? (CARMEN) ¿No te has enterado?
El señor se casa. -Con la señorita Castro.
-Boda en Castamar.
Por lo que veo, ya están al tanto de la noticia.
Elisa, ven conmigo. El resto, a trabajar.
Mejor.
Mucho mejor así.
Siempre me ha gustado esta habitación,
pero no para la duquesa.
Después de la boda te instalarás en el ala de la familia,
cerca de Diego.
Habrá que asegurarse de que me deis un nieto pronto.
¿Has pensado ya fecha para la boda?
No, aún no. Ha sido todo tan rápido.
No te preocupes, yo me encargo.
Gracias, duquesa.
Puedes llamarme Mercedes.
De momento, solo en privado.
Ven.
Esto ha pertenecido a todas las mujeres de Castamar
desde hace 200 años.
Es la flor de candela, la flor de la encina.
Todas las primaveras cubre de color oro
los árboles de nuestra hacienda.
Ahora te pertenece a ti. ¿A mí?
Fue de la bisabuela de Diego, de su abuela,
mío, y ahora tuyo.
(Llaman a la puerta)
Sí, adelante.
Ya conoces a Elisa.
A partir de ahora será tu ayuda de cámara.
Representar a un ducado da mucho trabajo,
todo el día te están invitando a cosas.
Con solo una doncella no te llega.
¿Elisa no te parece bien?
No... Sí... Elisa es perfecta.
Bienvenida, duquesa.
Gracias.
Te estaba buscando. ¿Vas a salir?
A los campos.
Quiero ver cómo están funcionando las mejoras de las últimas semanas.
Pero espera.
¿Se puede saber qué te pasa?
Anuncio mi boda y pones cara de funeral.
¿No era eso lo que querías?
Me alegra que te hayas decidido, Diego. Es...
Me preocupa don Enrique de Arcona.
Algo pasa, Diego, estoy seguro.
Cada vez que aparece el marqués, la señorita Castro se asusta.
Gabriel, pasa que no te gusta y con razón.
Pero eso no le hace sospechoso de nada.
Amelia estuvo en las escaleras... Bueno, Gabriel.
Amelia va a ser mi esposa. Ya la protejo yo.
De acuerdo.
A punto de nieve y échale una pizca de sal.
El correo.
Carmen, esta es para ti.
Germán, esta es tuya.
Es de mi hermana. Ha tenido una hija y la van a llamar Carmen.
Criatura, que Dios la bendiga.
Abran paso para la nueva ayuda de cámara de la futura duquesa.
Ahora seré de los de las escaleras para arriba, que por cierto,
qué pequeñitos se os ve desde allí.
Tendrás tus propias ayudantes. -¡Sí!
A mí no me mires. No pienso ser la criada de la criada.
No pensaba, lista.
Te lo mereces. Gracias.
Calentamos aceite, que hay que dorar las codornices.
Enhorabuena. -Gracias.
-¿Qué pasa? -Había pensado que ahora
que los dos somos criados mayores podíamos dar un paso más.
-¿Hablas...? -Hacer carrera en Castamar.
Y... Y casarnos.
En cuanto ahorremos un poco, claro.
-Sí. -Y luego vendrán los niños
y tú podrás dedicarte a la familia y yo a ser mayordomo de Castamar.
No puedo hacer esto. No puedo hacer esto.
Son sentencias de muerte, Melquíades.
El rey lo ordena y yo, como secretario del Consejo,
las tengo que firmar. Desde luego,
cuando acepté este puesto no sabía que iba a ser tan duro.
Señor, las leyes ya están escritas, no dependen de usted.
Sí, pero sus vidas sí dependen de mí.
Es su deber. No debe culparse por ello.
Son asesinos, sodomitas, traidores.
Ellos mismos han escrito su sentencia.
Melquíades, tienen nombres y apellido.
Antonio Baca, Cristóbal Uedo, Armando Belmonte. Son personas.
Ejecutarlos no va a cambiar lo que han hecho.
Tampoco un indulto, señor.
Al final será nuestro Señor el que nos juzgue a todos.
Nuestro Señor.
Nuestro Señor.
Toma, llévalas al Alcázar.
Excelencia, el correo.
Gracias.
Disfrutadla, que podría ser la última.
El rey ha firmado vuestra sentencias.
Da gracias, viejo. Con un poco de suerte, antes mueres de hambre.
Pero ¿qué hacéis aquí?
Queríamos ver con nuestros propios ojos el milagro,
se nos casa el duque.
-¡Diego! Cómo me alegro.
Que alegría de veros.
Pues iba a salir a cazar unas liebres.
¿Por qué no me acompañáis? ¿Eh? Como en los viejos tiempos.
Nosotros solos y los perros.
Por supuesto. -Maravillosa idea.
Ahí llega la culpable.
Ha conseguido usted robar el corazón de nuestro amigo.
¿No tiene ganas de seguir su ejemplo, señor conde?
Por supuesto que sí, doña Mercedes.
Con alguien así, ¿quién se resistiría?
Esto se merece un vino. ¿Dulce o seco, duquesa?
¿Por qué le has dado el broche, madre?
Podrías haberme preguntado, ¿no?
¿Hubieras dicho que no?
Doña Mercedes...
Gracias. ¿Hay algo que le haya disgustado?
No, no, no, no, señorita Castro.
Es solo que tengo la cabeza ocupada con problemas del Consejo.
Brindemos. Por la futura duquesa.
Y ahora, si nos disculpan, mis amigos y yo habíamos quedado
para salir a cazar.
Yo también he quedado. Con la marquesa de Villamar.
Quiere aconsejarme sobre telas y vestidos.
Bueno. Pues, si todo el mundo tiene cosas que hacer,
yo también me buscaré algo.
Señores... Doña Mercedes.
Le queda precioso.
No tardaremos, Amelia.
O sí. Alfredo se toma su tiempo.
Doña Amelia.
Doña Alba.
(ALBA) ¿Dónde se mete, señor marqués?
Si no vengo a verle yo...
Estaba ocupado.
¿Tanto como para no venir a mi boda?
Asuntos de la Corte.
He traído algo para usted.
Lo siento, ha sido un error. No, no, no, no. Es perfecto.
Le echo de menos. Y yo a usted.
No nos vamos a volver a ver.
No lo entiendo.
¿No lo entiende?
Enrique...
"Oh, là, là!".
Te advertí que se trataba de una buena clienta.
(HABLA EN FRANCÉS)
¿Tanto me echa de menos
que necesita dos para suplir mi presencia?
Espera. ¿Qué pasa?
(HABLA EN FRANCÉS)
¿Qué ocurre? ¿Ha pasado algo más con Esteban?
-No tengo ganas de juegos, Francisco.
-Yo no estoy jugando ahora. ¿Y tú?
Enhorabuena, don Diego. Gracias, marquesa.
La señorita Castro la está esperando.
Después de pasar por las manos de mi sastre, no la va a reconocer.
Se lo advierto. Correré el riesgo.
¿Nos vamos? Sí.
(AMELIA) Me gusta. -¿Esta?
¿Qué quiere, ropa de duquesa o de la Santa Inquisición?
-Yo creo que lo que busca la señorita es esto.
(SASTRE) Tengo esta maravilla ya cortada.
Podría terminarlo hoy mismo.
¿De Indianas? ¿Cómo lo has conseguido?
El secretario de Indias prohibió su importación
porque estaba acabando con el producto nacional.
Es preciosa, pero si está prohibida...
Está prohibido importarla, no vestirla. Toma medidas.
¿Qué pasa, querida? ¿Prefieres la otra?
Porque esta tela te hace duquesa solo con ponértela encima.
-No. No sé, no quiero nada.
-Un momento.
(HABLA EN FRANCÉS)
Perfecto. Dice que tiene uno casi acabado,
que con unos pequeños retoques te quedará perfecto.
(HABLA EN FRANCÉS)
(SASTRE) "Voilà!"
(RESPIRA AGITADAMENTE)
Pero ¿cómo voy hacerme el vestido si toda la ropa me va estrecha?
Dentro de nada empezará a notarse.
El famoso broche.
¿Ya te lo han dado? -Sí.
Para que cada vez que Diego lo vea, su rostro me recuerde que no me ama.
La sombra de Alba.
Ya lo has conseguido. ¿No te das cuenta?
Ven.
Ven. Ven.
Tienes algo que Alba ya no va a poder darle.
Solo tienes que anunciarlo en el momento oportuno
y tendrás Castamar a tus pies.
¿Importa si te ama o no?
Venga. Jean Pierre nos está esperando.
Pero ¿dónde demonios se han metido las liebres hoy?
Oyen campanas de boda y salen corriendo.
Justo como tú, amigo.
Maldita sea, estaba ahí. La has perdido, Diego.
Vale.
Ahora. Suelta. Vamos, vamos, vamos.
No le he dado.
¿Por qué habéis soltado los perros? No sé.
¿No habéis visto que no le he dado a la liebre?
Bueno, cálmate, Diego. Lo siento. ¿Estás bien?
Sí, estoy bien. Estoy bien. No sé, te veo ansioso.
Antes en casa también, me ha parecido que estabas...
¿Que estaba qué? Diego, todos hemos visto
tu expresión cuando ha aparecido Amelia con el broche de Alba.
Pero ¿qué pasa, eh? Me voy a casar. Ya está.
Me voy a casar. Es lo que quiere todo el mundo, ¿no?
¿Lo quieres tú?
Yo solo quiero cazar una maldita liebre.
Diego, escúchame, por favor. -Para.
No está así por la boda ni por Alba, ni por Amelia.
Es por Clara Belmonte, la cocinera.
¿A ti qué te pasa ahora? ¿Qué estás diciendo?
¿Te piensas que todos somos como tú o qué?
No es por diversión ni por entretenimiento.
No te entiendo.
Es por amor.
No puede ser.
Se le tiene que pasar, se le va a pasar.
Es la cocinera, no tiene otra opción.
Diego. ¡Diego!
¡Diego!
Daniel, amigo mío. (RÍEN)
Siéntate. Te sirvo un vino.
Cuéntame. ¿Has podido dar con algo?
¿Qué sucede?
Don Enrique
ha comprado hace poco una hacienda en Cádiz
y no solo ha pagado su valor,
también se ha hecho cargo de toda la deuda que acumulaba.
Esa hacienda pertenecía a Amelia de Castro.
Su padre lo perdió todo jugando y la dejó en la ruina.
El marqués la ha salvado de quedarse en la calle.
Tiene que haber algún motivo.
Después de algo así, está en sus manos.
Y ahora va a ser duquesa de Castañar.
Sí, tienes razón.
Tiene que haber otro motivo, no puede temerle tanto solo por eso.
La gente habla.
Don Enrique es un hombre oscuro.
Tenga cuidado con él.
(FRANCISCO) ¡Diego!
(Disparo)
-¿Pero dónde se ha metido? Va a anochecer, deberíamos regresar.
-No lo sé. -¡Diego!
-Allí. -Diego.
Diego, déjalo. Ya está bien. Déjalo.
Volvamos a casa.
Yo no me voy de aquí sin cazar una liebre.
¿Te puedo hacer una pregunta? Sí.
¿Tú crees que algún día yo podría llegar a ser ama de llaves?
Claro. ¿Por qué no?
Si tengo hijos, no.
Quiero decir...
Si tengo hijos...
Si me caso,
me tendré que quedar en casa cuidando de la familia.
Sin embargo, Roberto sí que podrá llegar a ser mayordomo,
porque así es como tiene que ser, ¿no?
¿Eso es lo que quieres?
Decide por ti misma.
Si no, nunca sabrás hasta dónde puedes llegar.
Y tú, cuando tengas hijos y te cases, ¿dejarás de ser cocinera?
Tampoco es obligatorio casarse.
Entonces seré una solterona para siempre.
¿A qué no dirías lo mismo de un hombre?
Bueno, los hombres también se casan. Fíjate en el señor.
Pero podría no hacerlo.
Ellos tienen derecho a una educación, a viajar,
a tomar sus propias decisiones.
Eso es lo que siempre he querido, sentirme libre.
Señor.
Clara...
Disculpen la interrupción. La he cazado esta tarde.
(ELISA) Enhorabuena por la boda, señor.
Todos nos alegramos mucho.
No les interrumpo más.
Te estaba esperando para cenar.
Eso es cierto. Mañana le suben al cadalso.
¡Eh, tú, despierta! ¡Venga!
(ARCONA) Me han dicho que elegiste mal en la guerra.
Que te va a costar muy caro haberte puesto del lado del archiduque.
Déjeme tranquilo.
También me han dicho que eres un hombre de principios,
que por ellos irías donde fuera, a la horca si hace falta.
Pues eso es lo que te puede salvar la vida.
¿Qué quiere?
Tu lealtad,
y te saco de aquí.
Sé que tienes una hija.
¿Cómo está? Te necesita.
Hernaldo de la Marca.
Haré todo lo que usted me pida. Sáqueme de aquí.
¿Conoces a Diego de Castamar?
¿Qué pasa, zurdo, que ya ni miras?
Quita, desgraciada.
Yo creo que se ha vuelto celoso.
Me han dicho que eres el mejor adiestrador de caballos
de la comarca.
¿Quién lo pregunta? ¿Importa?
También me han dicho que quieres tener tu propia yeguada.
Ser un señor, vamos.
¿Qué tendría que hacer?
Entrar a trabajar en Castamar y adiestrar al caballo del duque.
Quiero el doble.
¿No sabes llamar a la puerta?
¿Para qué me has hecho venir?
Te echaba de menos.
¿Me haces salir de Castamar para nada?
Ya verás como merece la pena.
No estoy aquí para cuando te apetezca.
Te va a apetecer.
(RÍE)
¿Esto es lo que ganaste en las caballerizas de Castamar?
Un trabajito más y tendré lo que me falta
para tener mi yeguada.
Quiero que estés conmigo.
¿Quién te dice que yo no tenga mi propio sueño?
¿Cuál? ¿Ir a América?
¿Cuántos de esos necesitas para conseguirlo?
(ÚRSULA) ¿Ha pensado en su primera fiesta?
¿Una fiesta?
Antes se daba una antes de cada estación
y después menores cada mes. Que Castamar suene en la Corte.
Ahí es donde se ve la mano de una duquesa.
¿Está todo a su gusto, señora?
Sí, sí, sí.
Hoy no tengo mucho apetito.
Pero tomaré uno...
Uno de estos.
Está exquisito, como siempre.
Dígaselo la cocina de mi parte. -Lo haré,
aunque no conviene halagar demasiado al servicio.
Sin su respeto es imposible gobernar una casa.
Piense en cuál quiere que sea su primera fiesta, hágase ver.
Si no necesita nada más.
Gracias.
Buenos días, querida. Buenos días.
¿Has dormido bien?
Mejor que nunca. Diego,
quería proponerte invitar a tus amigos a cenar esta noche.
Algo íntimo y sencillo. Solo el círculo más cercano.
Ya habrá tiempo para anunciar nuestro compromiso oficialmente.
Pues me parece una gran idea.
¿Nos acompaña?
Gracias, pero ya he desayunado en mi habitación.
Si me disculpan. Claro.
Pues sí, pediré que cocinen la liebre que cacé ayer.
¿Qué os parece si invitamos al marqués de Soto?
¿A don Enrique?
Sí.
¿Por qué no? Hermano, es un buen amigo de la familia
y especialmente de madre.
Gracias por pensar en mí, hijo. Ahora mismo le escribo.
¿Habéis reservado la sangre? También necesitaré las vísceras.
Carmen, unta la cazuela con grasa de oca.
La señora va a dar una cena para los amigos del duque.
¿Alguna indicación de doña Mercedes? La señora es doña Amelia.
Ya. Estamos elaborando una receta nueva de liebre.
Es de elaboración larga. Llegará justo a la cena.
Perfecto.
-¿No quieres tener hijos? -Que no se trata de eso.
Lo que te digo es que a lo mejor quiero seguir trabajando.
Seré mayordomo. No va a hacer falta.
Ya, pero no se trata de que haga falta o no,
sino de lo que quiero. Quiero ser libre,
quiero ser independiente, quiero tomar mis propias decisiones,
no me quiero quedar en casa cuidando niños, Roberto.
¿De qué hablas? No quieres casarte. -No lo sé, no lo sé.
Bueno, cuando te aclares, me lo dices. A mí no me marees.
Tengo que salir un momento.
(Puerta)
Soy un desastre.
He hablado con él para contarle lo que hablamos tú y yo el otro día.
Pero se ve que se lo he contado mal porque no ha entendido nada.
Lo único que quiero es ser como tú, hacer lo que me gusta.
No renunciar a nada y no depender de nadie.
¿Y estar sola?
Ser independiente.
Ser independiente es poder elegir, no que elijan por ti.
¿Tú quieres casarte con Roberto?
Sí, pero también quiero seguir trabajando
porque quiero llegar a ser ama de llaves
y yo no quiero estar en una casa cuidando niños.
¿Y por qué no las dos cosas?
Casarse no debería suponer renunciar a lo que quieres.
A ver cómo le digo yo esto, porque está muy enfadado conmigo.
Sé tú misma.
¿Dónde estaba?
Han surgido algunos asuntos que requerían de su atención.
Problemas con el proveedor de leña.
He tenido que ir personalmente.
(ELQUIZA) Ayer mismo hablé con él y no me dijo nada.
¿Me está cuestionando otra vez?
¿Va todo bien?
¿Por qué no tendría que ser así?
Por nada, por nada.
Doña Úrsula.
La señorita Castro la estaba buscando.
Picad el tocino y los despojos de la liebre
con los ajos y las chalotas.
Es buena idea el cambio de menú, señorita Castro.
La cocinera se amoldará sin ningún problema.
Por aquí.
Habrá que meter dentro las piezas de sal.
Cortad las chacinas.
Carmen, tienes que colar...
(ÚRSULA) Señorita Clara.
Después volved a meter la liebre en la cazuela con la mezcla
de salsa, picadillo y vino.
Dígame, doña Úrsula.
Me parece que ya conoce a la señorita Castro, la futura duquesa.
Quiere darle algunas indicaciones para la cena de esta noche.
Pero hemos elegido el menú esta mañana.
Sí, pero no lo he decidido yo.
Servirá caldo de pollo de cebo acompañado con verduritas cocidas.
Luego tomaremos fricandó de ternera y el postre lo dejo a su elección.
Eso es todo.
¿Volvemos a meter la liebre en el horno de nuevo?
No. Deshuesad y picad.
Amelia. Estás... Estás radiante.
Gracias, Diego.
Un vestido espectacular.
La espera ha merecido la pena.
Desde luego.
(TODOS) Salud.
Solo faltan sus halagos, marqués.
La belleza habla por sí sola.
Estoy de acuerdo. Hay cosas que hablan por sí mismas
y otras que a primera vista no se ven.
Tal vez porque esconden algo oscuro.
Pero hermano, ¿de qué estás hablando?
Don Enrique de Arcona ha pagado las deudas
de la señorita Castro para salvarla de la ruina.
Todos sabemos que nadie hace algo así a cambio de nada.
Bueno, que haya pagado sus deudas no quiere decir...
Quiere decir, madre, que el marqués de Soto,
su amigo don Enrique de Arcona,
tiene en sus manos a la futura duquesa de Castamar.
¡Por Dios, Gabriel! Gabriel, esto es muy grave.
Deja que se explique el marqués.
El marqués quiere hacer daño a Castamar.
Por Dios, Gabriel. Marqués.
Solo he protegido a la señorita Castro
de las habladurías; una mujer arruinada casada con don Diego.
Miente. Está mintiendo. Es cierto, mentí.
Mentí por omisión, por querer hacerme invisible,
pero sobre todo por querer ayudar
a la futura nuera de mi querida doña Mercedes.
Soy yo.
Soy yo la que tendría que haber contado.
Lo intenté. El día...
Querida,
no hay nada de qué avergonzarse.
Don Enrique, le agradecería...
Gabriel, ¿podemos hablar en privado?
Si nos disculpan.
Pero ¿se puede saber qué te pasa? ¿Tú te has vuelto loco?
En lugar de contármelo a mí, ¿prefieres montar esta opereta?
Te recuerdo que hablabas con un noble.
¿Has creído una sola palabra de lo que ha dicho?
Gabriel, no es cuestión de que yo le crea.
Es cuestión de que no tienes pruebas. ¿Qué pruebas tienes?
¿Sabes lo que creo, Gabriel? Que todo esto es por Amelia.
No soportas que no sea tuya. ¿O crees que no me he dado cuenta?
Tampoco es tuya, Diego. Es de Enrique de Arcona.
Y lo que no entiendo es... Vamos a hablar a mi despacho.
Señora, ¿servimos la cena?
¿Ha llegado ya el señor? -No, señora.
¿Ha mandado aviso de su retraso? -No, señora.
Es raro. Siempre lo hace.
Cenaré sola.
Puede retirar el cubierto del señor,
pero no su vino, a mí también me gusta.
Como siempre, las mejores damas de la Corte.
Una noche espléndida.
Lamentablemente, mi hermano no nos acompañará.
Me gustaría que olvidáramos lo sucedido,
pero antes, Amelia, quiero decirte que yo nunca hubiera dudado de ti
y espero que a partir de ahora seas más sincera conmigo.
Don Diego, le aseguro... Don Enrique, le agradezco su gesto.
Ha demostrado ser un gran amigo de la familia.
Ya arreglaremos lo del asunto del dinero. Ahora no es el momento.
Entonces ¿vamos a cenar?
(TODOS) Sí, vamos.
Señor Elquiza.
Señor.
El señor Elquiza me ha hecho llamar.
Fui yo.
¿Qué es lo que quieres?
Quiero pedirte que te cases conmigo.
Pero ¿no decías que querías tomar tus propias decisiones?
Y esta es la que tomo.
Quiero seguir trabajando, pero no te quiero perder.
Señor Roberto Velázquez. -¿Qué haces?
¿Se quiere casar conmigo?
Señorita Elisa Acosta, ¿se quiere usted casar conmigo?
El paté de liebre ya se ha enfriado.
¿Crees que se molestará?
No es un plato que haya pedido la futura duquesa.
Pero sí el duque.
Nos casamos.
(Aplausos)
¡Uh! ¡Que se casan!
Elisa... (RÍEN)
Este paté es el que deben servir en el cielo.
Es de... Liebre.
Mereció la pena insistir, ¿no crees?
Muy buena elección de menú, querida.
Bueno, en realidad ha sido la cocinera la que...
No, no se quite el mérito, ella solo hace lo que se le ordena.
Deberíamos felicitarla. Pues sí, la verdad es que sí.
Porque está realmente bueno. Me parece lo justo.
Ha hecho un trabajo excelente. Voy a buscarla.
Pero Diego, hijo, puede...
(Música)
# No piensen en aquí y allá.
# No piensen en aquí y allá. #
A ver si a partir de ahora vas a tener que hacerme caso
a todo lo que yo te diga. Oye... Que estoy de broma.
Voy a sacar a bailar a Clara. -Vale.
¿Yo?
(GRITAN Y RÍEN)
Que me caigo.
Por favor, señorita Belmonte.
Me encanta verla bailar. No se me da muy bien el baile.
Qué felices se les ve, ¿no?
Se quieren. Miran a su futuro.
Siento no haber podido servir la liebre como en la receta.
Bueno, yo la he disfrutado igual y el resto de los invitados también.
De hecho, quieren felicitarla. Acompáñeme, por favor.
¿Ah, sí? ¿Ahora? Sí.
Enhorabuena.
Enhorabuena, señorita. Gracias.
Y enhorabuena a usted, don Diego. Gracias a su firma,
por fin van a ejecutar al asesino del coronel Quintanilla.
Pero ¿no era un médico al que habían ajusticiado?
Sí. Armando Belmonte. Por lo visto, sobrevivió.
Exacto. Armando Belmonte. Por usted, don Diego.
Bueno, por los futuros novios.
(NARRA) "Toda luz tiene su sombra."
Era Diego quien tenía que morir. ¡Diego! ¡No Alba!
El caballo estaba adiestrado para aplastarle,
pero parece que esta mañana don Diego y ella los intercambiaron.
Son dos caballos idénticos.
(NARRA) "Un territorio de tinieblas."
Juro por Dios que mataré a Diego de Castamar.
(NARRA) "Donde habita lo que deseamos de verdad.
Como todo territorio inexplorado, las sombras esconden tesoros.
Pero por mucho oro que haya en ellas,
no dejan de ser sombras
Llenas de oscuridad, de esquinas e incertidumbres.
Es la luz la que nos deslumbra,
la que ilumina el camino por el que transitamos.
Pero son las sombras las que nos definen.
Es ahí, donde no llega la luz, donde reside el alma.
Lo que queremos, lo que perseguimos,
lo que escondemos, lo que somos de verdad."
¡Clara! ¡Clara!
La ha encontrado. Que calienten
la alcoba de invitados, rápido.
No sé lo que pretendes, pero está fuera de lugar.
Estás enamorado de la cocinera.
Tienes que luchar. Clara, no te puedes morir.
Conozco a Sol Montijos desde hace muchos años.
Igual no la conoce tan bien como usted cree.
¿Y usted?
Tienes que hacer un esfuerzo.
¿Se puede saber qué estás haciendo?
Esta carta cambiará el futuro de Castamar.
Está en peligro el futuro de Castamar.
Don Diego está dispuesto a dejarlo todo por una cocinera,
así que disfrute del lujo porque solo va a tener miseria.
Me diste tu palabra, Diego. Lo siento muchísimo, de verdad.
Serás la duquesa de Castamar. Puedes estar segura.
Clara, ¿te vas a despertar, ¿verdad?
¿Por qué me vuelve a hacer pasar por esto, Melquíades?
Un mozo me ha dicho que el padre es un asesino
que han condenado a la horca.
No, ella no.
(HOMBRE) Preparado.
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