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¡Voy a volar!
La del suelo era Rosalía, Clara. Que se ha matado.
Padezco una afección nerviosa que me impide salir a sitios abiertos.
Por eso me desmayé y por eso ahora está muerta.
No soy la persona que usted cree que soy.
Usted lo único que tiene que hacer es meter a Diego en su cama.
Nunca se fijará en mí.
-Todo es posible.
Es su salvación.
-¿Le apetece tomar otra?
Siento llegar tan tarde.
Espero no haberme perdido nada.
Ilustrísima, empezaba a impacientarme un poco.
Estos son los documentos para acometer las obras
de alcantarillado de Madrid. Para el rey es importante.
Pero yo no sé nada de intendencia pública.
Solo tiene que es presentar el proyecto
sin que nadie sepa que yo estoy detrás.
Yo me encargo de que el rey lo apruebe.
¿Y si nos descubren?
Entonces, mi joven amigo,
tendría que matarle.
Vamos a ganar mucho dinero.
Elija bien.
No es fácil ser mártir.
(Música instrumental)
(Risas)
Señor, ha llegado la correspondencia y el encargo de la imprenta.
¿Quiere revisarlo ahora?
Señor, ¿se encuentra bien?
Melquíades, ¿qué hice anoche?
Si me lo permite, señor, beber demasiado.
Pero ¿más que otras veces?
Con la señorita Castro disfrutó de una botella de resolí.
Y cuando se la acabaron,
ordenó que le subieran otra y también se la bebieron.
Ahora entiendo este dolor de cabeza.
¿Quiere echarle un vistazo, señor?
No, no. Déjalo sobre la mesa. Tenemos que salir ya.
La verdad es que los señores se han portado muy bien,
pagando un año de misas por Rosalía.
-Menudo esfuerzo. Tienen para pagar un año de misas y 50.
-Hay que irse a la iglesia. -Esto ya está.
¿Quieres que me quede contigo?
Tengo que hacer los hojaldres que me ha pedido doña Mercedes
y hay mucha calabaza que partir.
¿Estás segura?
Estoy bien. Vete.
(Campana)
Diego.
Muchas gracias.
Rosalía era de la familia.
Sé el cariño que le tenías, hermano.
Iré contigo al entierro, nos vendrá bien estar juntos.
No, no.
¿Qué ocurre? ¿Estás así por Rosalía?
Ay, Gabriel, Gabriel.
Ayer,
después de...
Es que no sé cómo ha podido ocurrir.
La señorita Castro y yo hemos pasado la noche juntos.
Cuando me desperté estaba ahí, en mi cama.
Me sentía muy mal por la muerte de Rosalía,
por cómo había sucedido todo. Bebí demasiado y... No sé.
Solo quería dejar de pensar.
Y divertirte un rato.
Bueno, Gabriel, ya me siento un mezquino.
La señorita Castro es nuestra invitada
y está bajo tu protección.
Diego,
no está bien.
¿Cuándo le pedirás matrimonio?
¿Qué ocurre? ¿De qué te ríes?
¿Qué dudas? Si no le pides matrimonio,
serás un mezquino, el mayor que haya conocido.
Gabriel, te he contado esto para que me entiendas,
no para que te... La has deshonrado, Diego.
Ahora asume las consecuencias.
¿Te estás tomando esto como algo personal?
Eres Diego de Castamar, ¿no? Duque, grande de España,
el máximo representante de un linaje.
Y la señorita Castro no es una cualquiera.
Eso ya lo sé, Gabriel, no necesito que me des lecciones.
Pues no dudes sobre lo que sabes que es tu deber.
(RECUERDA) "¡Rosalía! ¡Rosalía! ¡Rosalía!
¡Rosalía! (ROSALÍA) ¡Voy a volar!
¡Clara, voy a volar! ¡Rosalía, quieta!
¡Voy a volar! ¡Voy a volar! ¡Rosalía, quieta!
¡Rosalía, no!"
Que se la hagan llegar a doña Sol Montijos.
Yo me encargo.
Precisamente salgo para Madrid justo ahora.
No me mire así, señorita Castro, yo también la voy a echar de menos.
(LEE) "Estimada Sol, he seguido sus consejos y todo ha salido bien."
Anoche. ¿Ya le ha pedido matrimonio?
Lo hará, siempre cumple.
Cambio de planes. Me quedo en Castamar,
No podría dejar de celebrar la buena noticia,
duquesa.
(AMELIA) "Estimada Sol, he seguido sus consejos y todo ha salido bien.
Como me recomendó,
vertí la sustancia en su copa y hemos amanecido juntos."
¿A tu esposo le sentará mal si se la he cogido sin permiso?
-Quítatela.
-¿Tan mal me queda?
Por una vez que Esteban se ha ido de viaje,
no quiero tenerlo presente.
Y, sí, estás ridículo.
-Me la quito si me dejas entrar.
-Es que yo solamente dejo entrar
a los que saben hacer dos cosas a la vez.
-Soy tu hombre.
¿Buenas o malas noticias?
-Asuntos privados.
Si tú no me cuentas de lo que hiciste con la criada de Castamar...
-¿De verdad lo quieres saber?
-Sí.
-Nada. Le di dinero por sus enaguas.
Ese fue todo el contacto que tuvimos.
-No seas mentiroso.
Cuéntamelo, por favor, no me voy a escandalizar.
¿Y te gustó?
-Te recuerdo que fuiste tú quien me lanzó a sus brazos.
-Te gustó.
-Me comentó que Diego tenía algo con la cocinera.
Las nobles vais a tener que espabilar.
-No es verdad que sepas hacer dos cosas a la vez.
Concéntrate en lo importante.
(GIME)
(Campanas)
Rosalía ya descansa en paz.
-¿Y los hojaldres?
¿Qué pasa? Doña Úrsula ha dado permiso para que cojamos uno.
-Clara.
¿Y los hojaldres de cabello de ángel?
Nos gustaría probar alguno. No los he hecho.
Pues ya voy poniendo los trozos de calabaza en la cazuela.
Y, si te parece bien, tú haces la masa de hojaldre,
que es lo más complicado.
(RECUERDA) (ROSALÍA) "Mira, mira.
Ven a ver mis alas."
Carmen, vas a tener que hacer el hojaldre también.
Pero yo no sé. Yo te voy dando indicaciones
y tú con las manos. No es tan difícil.
Pueden retirarlos.
Disculpe. ¿Los hojaldres no son de su agrado?
Ni del de nadie que tenga paladar.
Lo lamento mucho, señora.
Se lo comunicaré a la señorita Clara.
No los ha hecho ella. Estoy de acuerdo,
no puede haber sido nuestra cocinera.
Averiguaré qué ha pasado. No es necesario, señor Elquiza.
Sabemos perfectamente que no es el mejor momento para el servicio.
Yo me encargo. Si me disculpan...
Tampoco es el mejor momento para él.
Le tenía mucho aprecio a esa criatura.
¿Me disculpan?
Su hijo tiene muy buen corazón, como su madre.
Nadie le tendrá en cuenta lo de ayer.
Intentamos dar a nuestros hijos lo mejor que tenemos, pero...
Los hijos somos desagradecidos por naturaleza.
Los suyos han tenido mucha suerte.
Debería preguntárselo a ellos.
Sin duda, no hace falta que nadie lo diga.
¿Le apetece dar un paseo? Me voy a tomar la libertad
de quedarme un día más en Castamar, si a usted no le parece mal.
Ahora la afortunada soy yo.
Buenas tardes.
Si me disculpan...
Me gustaría hablar a solas con la señorita Belmonte.
¿Los hojaldres de cabello de ángel han gustado, señor?
No demasiado. Por eso tengo que hablar con ella.
Carmen, necesito que me traigas tres cebollas, por favor.
Sí.
Los hojaldres son mi responsabilidad, señor.
Los hojaldres me dan igual.
Lamento que no haya podido acudir al entierro de Rosalía.
Sabe el motivo. Sí.
Si me hubiera contado lo que le pasa en los lugares abiertos...
¿Qué habría cambiado?
Necesito que sepa que puede confiar en mí, pase lo que pase.
Ayer no supe cómo reaccionar.
Tendría que haberle dado un abrazo.
Me gustaría que las cosas fuesen más fáciles.
Nadie dice que no puedan serlo.
Los dos sabemos que no es así.
Tengo que seguir.
Con su permiso.
Señor.
No volverá a ocurrir.
Lo de los hojaldres.
(Pasos)
Señorita Castro,
sé que debemos hablar, pero no he encontrado el momento.
¿Qué tal está?
Bien.
Mire, quería disculparme con usted por mi comportamiento de anoche.
No sé, supongo que los dos bebimos en exceso.
Roberto, ¿puedes retirarte, por favor?
Sé que no es una excusa lo del alcohol, pero...
¿Podríamos hablar más tarde? Claro.
Oh, querida.
Salgo a dar un paseo con don Enrique.
¿Nos acompaña? Yo...
No acepto un "no". Le sentará bien.
Vamos a por la sombrilla.
Señor, su carruaje para llevarle al alcázar ya está preparado
y una copia de las alegaciones para antes de la votación,
por si quiere releerlas durante el trayecto.
No sé, nada tiene sentido hoy.
Ha sido una noche difícil, señor.
Sí.
No necesitaré el carruaje. Que preparen mi caballo.
Y dé aviso a mi madre, que haré noche fuera.
Sí, señor.
Diego, cuánto tiempo.
Sí.
Más del que me hubiera gustado.
Señorita Castro.
¿Ocurre algo?
No, no, no, no, no.
Solo he bajado para dar el pésame al servicio.
Rezaré por el alma de...
Rosalía. Rosalía.
Se llamaba Rosalía.
Disculpe. Disculpe.
-Señorita Amelia, ¿necesita algo? -Sí, sí.
El saquito. El saquito con el cierre de plata
que encontró la biblioteca. ¿Dónde lo tiene?
-No lo tengo.
-No puede ser. ¿Qué ha hecho con él?
-Lo dejé en el despacho de doña Úrsula.
Lo que hago siempre que... -Vamos.
-Señorita Amelia, es por ahí.
Parece que no está.
No se preocupe, en cuanto vea a doña Úrsula...
La doña me va a matar. ¿Nos vamos? -¿Dónde lo ha puesto?
-Lo dejé en la mesa. Está...
Estaba aquí.
-Esto no puede estar pasando. -No se preocupe,
seguro que doña Úrsula lo cogió y se lo entregó a doña Mercedes.
-¿Cómo?
-De algunos de los señores quizá.
No lo había visto en mi vida.
¿Qué puede ser esto?
Le he hecho creer a doña Mercedes que era mi rapé.
No voy a estar aquí siempre para arreglar sus torpezas.
Una futura Castamar tiene que estar más atenta.
Espero que nada ni nadie perturbe su sueño esta noche,
señorita Castro.
¿Son para Rosalía? Son preciosas.
-Voy a llevarlas a su cuarto.
-Seguro que le gustarían mucho.
Recuerdo cómo metía la naricilla dentro de los pétalos
para ver cómo olían.
-¿Quieres venir y las dejamos juntos?
-No, no. Es que...
Es que me da reparo.
Fíjese qué tontería, ¿no?
Prefiero que vaya usted solo, si no le importa.
Señora Berenguer, ¿no hace ni un día que hemos enterrado a Rosalía
y usted ya se ha deshecho de todas sus cosas
y ha convertido su cuarto en un ropero?
-Señor Elquiza, buenos días.
-En esta casa hay mucha gente que la queríamos
y que necesitamos tiempo para hacernos a la idea de su muerte.
-¿Y mantener su cuarto la va a hacer volver?
La vida sigue, señor Elquiza. Y cuanto antes nos lo metamos
en la cabeza, menos sufriremos. -¿Sufrir?
¿Qué sabrá usted de sufrir, doña Úrsula?
¿Qué le pasa?
¿No tiene sentimientos?
-No le consiento que me diga esas cosas.
-Esa habitación volverá a ser el cuarto de Rosalía.
Es una orden.
Hace tiempo que no está en disposición
de darme órdenes, señor Elquiza.
Vuelva a tratarme de esta manera y no dudaré en hablar con el señor.
-Y dígame, ¿qué le va a contar?
-Lo que hace usted a sus espaldas.
Que pasa información, que le vigila, que es un traidor.
-Debería explicarle algo que él aún no sepa.
Hace días que está informado de todo.
¿Ha pensado qué pasaría con usted,
si descubre que lo sabía y no se lo contó en su momento?
Doña Úrsula,
a partir de ahora grábese a fuego las normas de esta casa.
El mayordomo mayor tiene poder
sobre todos los miembros del servicio;
mozos, criados, doncellas y ama de llaves.
No tengo fe en que a los señores les haya gustado el caldo.
Seguro que sí, aunque la parte dulce se te ha dado mejor.
Pueden ahorrarse el mal trago, nunca mejor dicho.
¿Ves? Por mucho que me dices lo que tengo que hacer,
mis manos no son como las tuyas.
¿Por qué no vuelves a cocinar tú, como siempre?
Así aprenderás más rápido. Ve a vaciarlas.
Siento decir que los dulces no están a la altura de la casa Castamar.
Parece que Diego no ha tomado cartas en el asunto.
Retírelo todo.
Por cierto, ¿el duque no se suma al desayuno?
No se encuentra en Castamar. Últimamente está muy ocupado.
¿Puedo preguntar dónde se encuentra?
Tal vez se quedó en el alcázar.
(Relincho)
¿Tienes hambre? Las acabo de coger.
Ni que fuese la primera vez que lo ves.
Estaba pensando en lo que diría si supiera las historias
que inventábamos de cómo la había perdido.
En la Guerra de los 30 Años, en un duelo.
O luchando contra un león en África. Esa se me había olvidado.
¿Y cómo la perdió?
¿Por qué has venido?
Para luchar con mi maestro de armas.
Ya estoy muy mayor. Si has venido a eso, ya puedes irte.
Necesito encontrar una respuesta.
Muchas veces lo que hay que encontrar es la pregunta adecuada.
Me gusta verte dormir.
-Dormir...
No es eso lo que parecía hace un rato.
-Despertarme a tu lado, también.
(Relinchos y ladridos)
-Espera.
(Ladridos)
Escucha. -¿Qué?
(ESTEBAN) Los caballos tienen hambre.
Denles de comer. -Es mi marido.
-¿Cómo que tu marido? ¿Qué hace aquí?
-No sé. Tenía que estar fuera una semana.
-¿En su alcoba a estas horas?
-Tienes que irte.
-¿Cómo me voy a ir?
-Escóndete.
En el armario, corre. -¿Y si no me escondo?
-No es momento para juegos, Franciso.
(ESTEBAN) El abrigo y el bastón. -Corre.
(ESTEBAN) No necesito que nadie me anuncie en mi propia casa.
Esteban, querido.
¿Ha ocurrido algo? No te esperaba tan pronto.
-Cuando echas de menos dormir en tu cama,
llega el momento de reconocer que eres un viejo
y que lo mejor es no salir de casa.
-Seguro que has venido con muchísimo apetito.
Te acompaño. Vamos a comer algo. -No, no, no.
No tengo hambre.
-Acompáñame a mí entonces.
Se me ha puesto capricho de algo dulce.
-¿No te alegras de mi llegada?
-Sí, claro.
No es cierto que eche de menos la cama.
Estaba deseando verte.
-Pero cuéntame antes. ¿Qué ha ocurrido?
(CHISTA)
Señorita Castro, deje que la acompañe.
Me hace daño. ¿Hay algo que me esté perdiendo?
¿Por qué Diego no está en Castamar? ¿Por qué no le ha pedido matrimonio?
No lo sé. ¿Qué quiere que haga?
Me está engañando, señorita Castro.
Si no se casa con don Diego, tiene mucho que perder, mucho.
Y ya casi no le queda tiempo.
Señorita Castro, ¿se encuentra bien?
Parece que se ha mareado, pero no es nada importante, ¿verdad?
La buscaba porque necesito pedirle ayuda,
pero si no se encuentra bien, puedo esperar.
-No, no. Estoy bien, de verdad.
Ahora sí tengo apetito.
Sal por la puerta trasera, antes de que vuelva.
-Él sabía que yo estaba aquí. Ha sido repugnante.
-Vete, por favor.
-No tienes por qué aguantar esto. Puedo enfrentarme a él.
-Es mi marido, no tienes por qué rescatarme.
-Antes hablaba en serio. No quiero seguir huyendo.
Quiero estar a tu lado. -Sé cómo es.
Si fuese cada día, dejaría de gustarte.
-Contigo no sería así.
-Vete ya.
(GABRIEL) Intento hacerle un retrato,
pero me temo que necesito el original,
si a usted no le importa.
¿No le gusta?
-Sí, por supuesto.
Son preciosos.
No sabía que usted pintara. Es una caja de sorpresas.
-Hay muchas cosas de mí que aún no sabe.
-Y usted de mí.
-¿Y por qué no me las cuenta?
-Es mejor estar callada.
Para el retrato. -Ah.
Lo que no dice la boca, que me lo cuente el rostro.
¿Seguro que se encuentra bien?
(HOMBRE) Clara.
El señor Elquiza me ha dejado pasar.
No sé qué hace aquí, pero estoy muy ocupada.
Sé que estás enfadada y lo entiendo, pero necesito que me escuches.
Es importante, de verdad. Sea breve.
El Consejo de Castilla ha descubierto
que tu padre está vivo. Lo están buscando.
Si lo encuentran...
Mañana vamos a sacarlo del país,
pero necesito un lugar para esconderlo unas horas.
¿Aquí? Fuera de aquí, cotilla.
No puedo hacer eso.
Tu padre no mató a ese hombre.
Necesita contarte lo que pasó. No habrá otra oportunidad.
Lleva este tiempo mintiéndome. ¿Por qué tendría que creerle?
Nadie le conoce como tú.
-Perdón, no quería molestar, pero ya tengo preparada la manteca.
Gracias.
Váyase, se lo ruego.
Lo traeré cuando todos duerman. -No.
Solo te tiene a ti. Si lo encuentran, lo ahorcarán.
¿Cómo tengo que decirte...? -Después de medianoche,
en la puerta del patio.
Mañana asistiré al cumpleaños de la condesa de Ayala.
¿Te veré por allí?
Dicen que tu querido conde asistirá a jugar a los naipes.
No te he citado para que me declames los últimos chismes.
No sabía que para ti hubiera alguna cosa que te interesara más.
La hay. Mi figura.
Por favor, querida. Estás estupenda, como siempre.
Te lo agradezco, pero el paso del tiempo no perdona.
¿Sabías que el color negro afina y estiliza?
Estoy deseando lucir mi luto.
Las prisas no son buenas consejeras.
No te atreves.
Tranquilo, se lo pediré a alguien que hable menos y actúe más.
Y a ti te recordaré que no cumpliste con tu parte.
¿No puedes esperar? Ni un minuto.
Te estás enamorando del conde de Armiño.
No sé lo que es eso. Podrías preguntarle por Diego.
Todavía no le ha pedido matrimonio a Amelia.
Voy a darte un motivo más para que cumplas con tu parte.
El duque parece que sí que está enamorado.
La cocinera de Castamar es la afortunada.
Mi fuente está bien informada.
Enrique. Despídete de tu querido Esteban.
Lleva poco tiempo en Castamar.
Quiero saberlo todo sobre ella.
Cualquier cosa que podamos utilizar.
Me encargaré personalmente, señor.
Pase. Que no le vean.
-Hija. -Gracias.
Serán solo unas horas.
Haré una señal con la linterna cuando esté de vuelta.
Le llevo a mi habitación, aquí no estamos seguros.
Siéntese aquí.
Gracias.
No quería comprometerte. Tu tío insistió.
No habría soportado irme sin despedirme de ti.
Pero no le importó hacerme creer que estaba muerto.
Sé que te he hecho mucho daño, pero no tenía opción.
Ya sabes lo que dice la gente de mí.
Que es un traidor,
que mató a uno de los suyos
y que usted mereció ser ejecutado.
Yo no maté al coronel Quintanilla.
Me mandaron a un pelotón de fusilamiento
y me echaron a una fosa común, pero no había muerto.
Un soldado francés me ayudó.
Conseguí llegar al convento de fray Juan.
No pudieron salvarme la vista, pero sí la vida.
¿Y por qué no me dijo la verdad? ¿Y ponerte a ti en peligro?
No soportaría que te hicieran daño por mi culpa.
En Lyon hay un matrimonio amigo.
Me instalaré en su casa de campo y allí nadie me buscará.
¿Y qué va a hacer allí?
Esperar a que llegue el día en que puedas reunirte conmigo y...
Y me perdones todo el daño que te he hecho.
Para eso no hace falta que espere, padre.
Le llevo siempre conmigo.
Estaremos juntos muy pronto, padre, se lo prometo.
Daniel. Juana. Me acaban de avisar de que estabais aquí.
-Son las primeras uvas de las nuevas cepas.
Tiene que probarlas.
-La mejor cosecha desde que empezamos.
-Y no lo hubiéramos conseguido
si no fuese por todo lo que nos ha ayudado.
-¿Queréis comer algo? ¿Beber?
-No, no, estamos bien, estamos bien.
-Por favor, prepárales unos dulces y chacina para llevar.
-Gabriel, de verdad, estamos bien. -Daniel, no insistas.
Es para mi ahijado, no te puedes negar.
Juana, por favor, acompáñala.
Daniel, ven.
Necesito pedirte un favor, un favor importante.
-Lo que sea.
-El marqués de Soto, don Enrique de Arcona.
Estoy seguro de que oculta algo y quiero que lo vigiles.
-Vale, lo averiguaré.
¿Puedo preguntar cómo se llama ella?
Señor. ¿Has conseguido algo?
He conseguido mucho.
Pasa.
Cuéntale todo lo que sabes.
(AMELIA) ¿Me dejará verlo?
(GABRIEL) Solo cuando esté terminado.
Calculo en unos dos o tres años.
Es la primera vez que la oigo reírse así.
Debería hacerlo más a menudo.
-No siempre resulta tan fácil.
-Sí, si se libera de eso que tanto la oprime
y no la deja ser usted misma.
Es lo que cuenta su rostro,
pero puede contármelo usted.
Amelia, se me da bien escuchar y guardar secretos.
Amelia... -¿Cómo se hace?
Lo de liberarse.
-Basta con que la conciencia se quede tranquila.
Guardia de corps. Deténgase.
¿Adónde se dirige? -A Guadalajara, señor.
Esperan por la mercancía.
(GUARDIA) Bájese.
Manos arriba.
Armando Belmonte, queda detenido por asesinar al coronel Quintanilla.
-No me haga daño, por favor.
¿Un combate antes de que me vaya? Ya te he dicho que soy muy mayor.
Bueno, así le ganaría por primera vez.
¿Has encontrado respuesta a lo que tanto te tortura?
(GABRIEL) "¿Cuándo le pedirás matrimonio?"
Diego, si no le pides matrimonio, serás un mezquino.
(GABRIEL) "¿Qué dudas?
No dudes sobre lo que sabes que es tu deber.
La has deshonrado, Diego. Ahora asume las consecuencias."
¿De verdad pensabas que ibas a ganar?
¿Me va a dejar con la duda?
¿Cómo la perdió?
Cuando hagas la pregunta correcta.
No le haré perder mucho tiempo.
La he llamado para darle esto.
Son mis recetas. Sí.
Pero ¿cómo...? El señor Elquiza
me ayudó a conseguirlas y yo las llevé a la imprenta.
Su primer libro de recetas.
Espero que no le moleste. Me pareció una buena idea.
Se lo agradezco mucho.
Hay más páginas en blanco
para que pueda ir añadiendo recetas nuevas.
No tendría que haberse molestado, no sé si le voy a dar mucho uso.
Pero ¿cómo puede decir eso?
No puedo cocinar.
Lo intento, pero hay algo que me paraliza
que es más fuerte que yo.
Desde que murió Rosalía no he vuelto a cocinar
y no creo que pueda volver a hacerlo.
Usted es la primera persona a la que se lo cuento.
Ni siquiera me lo había dicho a mí misma.
Es... es mi castigo por lo que le pasó a Rosalía.
Usted no es responsable de la muerte de Rosalía.
No deja de repetírselo.
Gracias.
Es precioso.
(NARRA) "Se llama 'sentimiento de culpa'
lo que te paraliza y no te deja avanzar."
(ROSALÍA) "Mira, mira, ven a ver mis alas.
Rosalía, por favor, ten cuidado."
(NARRA) "Lo que te martiriza."
(RECUERDA) "Rosalía, ¿adónde vas con eso?
Ven, que no estoy enfadada. ¡Rosalía!"
(NARRA) "Aunque no la quieras ver, ahí está, dentro de ti.
Pero ¿cómo se libera uno de la culpa?
Reconociéndola y aceptando que forma parte de nosotros,
asumiendo que esconderla no sirve para nada,
que va a seguir estando y que va a dejar huella,
haciendo que uno se convierta en su propio verdugo
sin dejar de ser víctima.
Si la culpa gana, decidirá por ti.
Tomará decisiones que condenarán a los demás
y te condenarán a ti para siempre.
Entonces, ¿cómo liberarse de la culpa?
Sacándola de su escondite,
echándola, despidiéndote de ella
y siguiendo."
¿Sí?
Le estaba buscando.
Quería hablar con usted de lo que sucedió en su alcoba.
Pues precisamente yo también quería hablar con usted, señorita Castro.
Déjeme, por favor, que empiece primero.
Quería decirle que asumo todo lo que pasó la otra noche
y que yo soy el único responsable.
Por eso quería pedirle matrimonio.
¿Está de acuerdo con que nos casemos?
Por supuesto.
Sí, sí, sí, sí.
Muy bien. Sí.
Pues es su turno. ¿Qué quería contarme?
Nada.
Nada.
Es usted uno de los hombres más codiciados de la Corte.
Solo hay una dama que me interese.
Por fin Castamar tendrá heredero. ¿Verdad, querida?
Me preocupa don Enrique de Arcona.
Cada vez que aparece el marqués, la señorita Castro se asusta.
Esto ha pertenecido a todas las mujeres de Castamar.
Ahora te pertenece a ti. ¿A mí?
¿Por qué le has dado el broche, madre?
Podrías haberme preguntado, ¿no? Hubieras dicho que no.
Diego, todos vimos tu expresión cuando apareció Amelia
con el broche de Alba. Me voy a casar, ya está.
Es lo que quiere todo el mundo, ¿no? ¿Lo quieres tú?
Son sentencias de muerte, Melquíades.
El rey lo ordena y yo, como secretario del Consejo,
las tengo que firmar.
Armando Belmonte... Son personas.
Ejecutarlos no cambiará lo que han hecho.
(GABRIEL) El marqués quiere hacer daño a Castamar.
Juro por Dios que mataré a Diego de Castamar.
Tienes algo que Alba ya no va a poder darle
y tendrás Castamar a tus pies. ¿Importa si te ama o no?
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