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Esa no es la cara que va a poner la condesa de Arcos cuando se entere
de que Carlo Broschi va a dar su primer recital en Castamar.
Ha venido a llevarse un alma. El día que murió mi abuela,
un cuervo, igual, picando todo el día en la ventana.
-¡Vete! ¡Fuera!
-Enrique, yo te quiero, de verdad.
Usted lo que tiene que hacer es casarse con don Diego.
-Es tu salvación.
Apuesto lo que quiera
a que el duque de Castamar desea un descendiente.
Deje que se vaya mezclando con el huevo y azúcar.
Así.
(Música clásica)
(CANTAN EN ITALIANO)
"Carlo, deve andare con lui".
¡No! ¡No!
"Non voglio morire".
(HABLA EN ITALIANO)
Tranquilo.
-"Non voglio morire. -Non farà male".
(LEE EN ITALIANO) "Ben tornato. Oggi è una 'gornatta'..."
(ELQUIZA) "Giornatta".
¿Qué haces aquí? Llegarás tarde a recoger al cantante.
-Ahora mismo salgo, señor Elquiza. -Vamos, vamos.
Don Diego. ¿Sí?
La señorita Belmonte.
Buenos días, señor.
Buenos días.
No he dejado de pensar en lo que pasó anoche.
Si usted se ha podido sentir incómoda por mi comportamiento,
le pido disculpas.
Solo hicimos masa de azúcar, señor.
Ya.
Bueno, quiero que sepa que jamás utilizaría mi posición
para aprovecharme de nadie.
Lo sé.
Si me permite, tengo que volver a la cocina.
Claro.
Espere un momento, hay algo más que necesito decirle.
He escrito algunas de las cosas que dijo.
La cocina de Castamar ahora es suya.
Cambie en ella cuanto desee, a todos nos vendrá bien.
Gracias.
(Vendedores voceando)
Señor Broschi. (HABLA EN ITALIANO)
Disculpe, ¿no es usted...? -Yo soy Carlo Broschi.
-Pero si eres un muchacho. -"Il ragazzo", así me llaman.
Roberto, "per servirti". ¿Su equipaje?
¿"Bagaglio"? -"Qui".
-La carroza nos "aspetta".
-No te preocupes, hablo castellano desde niño.
-Pues menos mal, porque era lo único que sé en italiano.
-No, no. Por favor, prefiero que me acompañes.
-Pero... -Vamos.
Tengo muchas preguntas que hacerte. Todo esto es nuevo para mí.
Se está poniendo de buen ver.
Eso seguro que es por las comidas de Clara,
que están muy ricas.
A ver, yo digo "de buen ver", pero me refiero...
Porque cuando usted vino aquí, estaba seca. En los huesos, vaya.
Bueno, esto ya no cierra más.
-Tira más fuerte. -¿Más?
Pero es que... -Haz lo que te digo, aprieta.
-Yo aprieto lo que me diga, pero no va a poder respirar.
Este es el máximo. -¡Que me dejes!
Si los Castamar son así de influyentes,
sus invitados también lo serán.
(ROBERTO) Por supuesto. Doña Mercedes...
La señora está segura de que será la mejor velada musical
de la temporada. Debe de ser muy buen cantante.
-Lo soy.
Y este concierto es mi gran oportunidad.
¡Pare, pare, pare, pare, pare! ¡Tenemos que bajar!
(CARLO) No podía dejar pasar un sitio así.
Tenemos que bañarnos.
-Lo siento, pero debemos continuar. Nos esperan en Castamar.
-Roberto, hace un día precioso. Un baño rápido y seguimos.
(CARLO) ¿A qué esperas?
-Está bien, pero solo un momento.
-Vamos, Roberto.
(Clavicordio)
Últimamente no practico mucho, pero no pensé
que lo estuviera haciendo tan mal como para asustar a alguien.
-No.
Perdone, no lo hace nada mal, todo lo contrario.
Es solo que... -Esperaba encontrarse a mi hermano.
Créame, señorita Castro,
si mi hermano estuviese tocando, sí que se habría asustado.
La música debe ser el único talento que no posee.
-Me encanta Bach.
Hacía mucho que no escuchaba esa suite.
Solía tocarla con mi aya.
Hace mucho de eso ya.
-Acompáñeme.
Sí, acompáñeme. Le sentará bien.
(Clavicordio)
Quieta. Quieta, Rosalía.
-No, baño malo. -Para.
Malo es ponerse perdida en el gallinero.
Yo termino. Ponte con la carne de relleno.
A ver.
Te aclaro y ya podrás salir.
Así. ¿Qué tal el señor?
Últimamente está muy interesado por la cocina.
Listo.
Toma. Sécate.
Así.
Os vi aquí la otra noche.
A mí me da igual lo que hagas, pero mi silencio tiene un precio.
No sé qué crees que viste, pero no voy a pagarte.
Si eso es lo que quieres, se lo contaré todo a la dueña,
a ver lo que piensa de todo.
-¿Contarme qué?
-Lo que la señorita Clara estaba haciendo en la cocina.
Estaba bañando a Rosalía.
-Muy bien.
La lista definitiva de invitados.
-Los señores te hacen sentir que les gustas,
pero son las de arriba las que les interesan.
Todas hemos pasado por eso y tú no eres diferente.
Yo nunca he dicho que lo sea.
Termina con las berenjenas.
(Música instrumental)
(CARLO) Gracias. Estoy nuevo.
-Siento no poder decir lo mismo, el agua estaba helada.
-Si ha sido un momento.
¿Y la ropa?
-¡Eh!
¡Eh!
Gracias por llegar a tiempo para recibir al cantante.
Es un placer, doña Mercedes. No creo que tarden en llegar.
Siempre he querido descubrir y apoyar a un cantante.
Si es tan bueno como dicen, mañana no se hablará de otra cosa.
¿Sabe? El Consejo ha admitido a votación
la propuesta de Diego sobre el precio del trigo.
¿No es estupendo? Sí, pero teniendo en contra
al marqués de Almendrales lo tendrá difícil.
Ya veremos. Señora,
el carruaje del señor Broschi ha parado en la puerta de servicio.
Desconozco el motivo, pero... Si me disculpan...
¿Qué hacéis así?
-Ave María Purísima.
-Nos han robado la ropa en el río. -¿Y qué hacíais en el río?
-Elisa, vete a buscar algo para que se vistan.
-Sí.
-A mí también me bañan en la cocina.
Rosalía, no molestes al señor.
No es una molestia, al contrario.
Carlo Broschi. Encantado.
Pero ¿se puede saber...?
-Le presento al señor Carlo Broschi.
-Señor...
Doña Mercedes les esperaba por la puerta principal.
¿Porque no estáis vestidos?
-Lo siento, señor. Ha sido culpa mía.
-Esto es lo único que he encontrado.
-Señor Broschi, si me acompaña...
Sígame.
Doña Mercedes le ha encargado algunos trajes
y espera que sean de su agrado.
Ah, aquí están.
Señora, don Carlo Broschi.
Han tenido un pequeño contratiempo en el río.
Ya, ya veo.
Permítame que le presente al marqués de Soto.
Fue quien hizo posible su contratación.
Gracias.
Nunca había tenido algo tan delicado.
Sin duda.
Espero que esté a la altura y sepa aprovechar bien
la oportunidad que le ofrezco.
Lo haré, señora.
Señor Elquiza,
asegúrese de que tiene todo lo que necesita.
Querrá descansar y... adecentarse para la cena.
Vengo a ayudarte a vestirte.
Están a punto de pasar a...
¿Qué sucede?
(VOZ RONCA) -No puedo bajar así.
-Ya sabía yo que el agua estaba muy fría.
-Puede que si descanso, se me pase.
-Avisaré a la duquesa de que prefieres retirarte temprano.
Clara. Duerme.
Solo quiero decirte una cosa más.
Eso mismo llevas diciendo toda la noche.
Hueles igual que mi madre.
Pues soy muy afortunada.
(Puerta)
Tienes que ayudarme. Es Carlo.
¿Qué pasa?
Dice que no puede hablar, le duele mucho la garganta.
Habrá que avisar a don Evaristo. No, no. Al galeno, no.
Doña Mercedes no puede enterarse.
Si se entera que no puede cantar por lo del río,
no le volverán a contratar, se acabó su carrera. Por favor.
Anda, vamos, pero no sé qué pensáis que puedo hacer yo.
(ROSALÍA) Yo también voy.
Yo no veo nada.
La garganta está bien, no hay inflamación ni fiebre.
¿Y por qué me he quedado sin voz?
Intenta no hablar. Te prepararé algo caliente.
¿Te quedas con Rosalía mientras tanto?
No. Yo quiero aquí, con Carlo. Carlo tiene que descansar.
Venga, vamos.
Señor, si no me necesita para nada más, ¿puedo retirarme?
Sí, gracias.
Melquíades, ¿podría pedir que me subieran masa de azúcar?
Creo que no queda, señor,
pero pueden subirle cualquier otra cosa.
No, no, no. Mejor así.
Lleva mirto y agua de azahar.
Me ayudará.
Toda mi vida me han hecho creer que estaba trabajando
para conseguir lo que quiero y que no podía salir mal.
Y es verdad. Estás viajando por Europa
y vas a dar tu primer concierto importante.
Sin voz.
Solo con verte se nota que eres especial.
Termínate el ponche y confía en ti.
Vas a estar bien.
Clara,
gracias.
(ÚRSULA) Los invitados irán llegando al jardín.
Habrá que sacar algo para ofrecerles.
Los mozos están avisados y las bebidas, en la nevera,
para servirlas bien frías.
Muy bien, pues a trabajar todo el mundo.
¡Eh! ¿Lo has visto? ¿Cómo está? Cuando entré esta mañana, dormía.
Pensé que sería mejor dejarle.
-Roberto, Roberto, ven.
¿Quieres escribir "Carlo"? ¿Sí?
Yo te ayudo.
Ahora, la "R". ¿Cómo era la "R"?
¡Bien!
¿Y ahora?
Car...
"L". ¡Sí!
Señorita Castro, quiero presentarle a los vizcondes de Nogales.
Encantada.
Estaban deseando conocerla.
Y ahora, si me disculpan, voy a saludar a los otros invitados.
Con su permiso. Doña Mercedes está sola.
Doña Mercedes. Siempre tan atenta.
No era necesario que viniera a hacerme compañía.
Señora, su invitado ha llegado.
El marqués de Almendrales.
Querido Rodrigo, ni se imagina cuánto me alegro de verle.
Sigue usted igual de encantadora que la última vez.
Hace demasiado tiempo de eso para que pueda ser cierto.
¿Conoce usted a mi hija Eugenia?
Señorita Castro,
¿sería tan amable de hacer compañía a la hija del marqués?
Su padre y yo tenemos mucho con lo que ponernos al día.
¿Me acompaña? -Claro.
(Tos)
(CARLO) Rosalía, me has asustado.
-Lo siento. -Me has asustado.
Me has asustado.
-Tenía un regalo para ti.
-No sabes cuánto te lo agradezco.
-¿Ya no estás malo?
-No, pero me vendrá muy bien ese regalo.
¿Me lo das?
-Sí.
(LEE) "Carlo."
-Se ha manchado un poco de harina, pero te lo he hecho yo.
Carlo... Farina.
Farinelli.
Me gusta. Suena importante.
Llegó el gran día.
¿Quieres ver cómo me maquillo?
Primero, el fondo blanco;
y después, los colores brillantes.
Ya casi está.
¿Te gusta?
¿Aquel alto moreno es el duque de Castamar?
Vamos.
¿Don Diego? Sí.
Me han hablado mucho de usted.
-La señorita Almendrales, don Diego de Castamar.
Encantado.
Le estaba enseñando al palacio. Bueno, ¿y qué le está apareciendo?
Tengo grandes ideas para sus jardines.
¿Continuamos con la visita? -Sí.
Volveré para entrar juntos al salón.
Eso espero.
Si me disculpan...
Hay un asunto que debo tratar con mi hijo.
Disculpen.
Me he tomado la libertad de invitar a un viejo amigo,
el marqués de Almendrales.
¿El marqués de Almendrales?
Madre, no sé si sabe que es mi mayor opositor en el Consejo.
Puede que no.
Al parecer, tenéis más cosas en común de lo que imaginas.
Votará a favor de tu propuesta.
¿En serio?
Pero ¿cómo lo ha conseguido?
Madre, no sé cómo voy a poder agradecerle esto.
Sé lo importante que es para ti esa votación.
No hay nada que agradecer,
pero el marqués sí quiere que hagas algo por él.
Ha venido acompañada de su hija, una joven encantadora.
Sí, le acabo de conocer. Y soltera.
Y no me puedo creer que me esté insinuando algo así.
Por Dios, hijo, nadie te está pidiendo
que te cases con ella, solo que la conozcas.
Oh, no puede ser tan grave.
(Puerta)
Voy a hacerlo.
-Vamos.
Querida Mercedes.
Querida condesa.
Como siempre, qué alegría verla.
¿No es sorprendente que hayamos competido en contratar al "ragazzo"?
¿De veras? Así es.
El salón está lleno de jóvenes solteras,
así que olvídate de la marquesa de Villamar.
Dame un momento. Vuelvo enseguida.
-No has oído nada de lo que te digo, ¿eh?
-¿Por qué me haces esto?
-¿Alternar con jóvenes como haces tú?
-He estado contando las horas para verte.
Haría cualquier cosa por ti, y lo sabes.
-¿Cualquier cosa? -Cualquier cosa.
-¿La quieres a ella? -No seas burdo.
Quiero sus enaguas.
-¿Sus enaguas? -No es tan difícil de comprender.
Sus enaguas.
Consíguelas.
Don Rodrigo...
Su madre y yo somos viejos amigos
y a mi edad no hay nada que se aprecie más.
¿Le ha puesto al tanto de nuestra conversación?
Sí, y agradezco su apoyo, pero no puedo aceptarlo.
Entiendo su reparo,
pero mi oferta no es algo puntual para esta ocasión.
Es un plan más ambicioso.
Unir nuestras familias.
Apoyo incondicional.
Imagina todo lo que podríamos conseguir.
Háblelo con Eugenia, si quiere, ha sido idea suya.
Señorita Almendrales...
Duque...
El concierto está a punto de comenzar.
¿Querrá acompañarme?
(Música clásica)
Eh, escuchad.
(CANTA ÓPERA)
No estoy segura de que sea tan bueno.
No se oye nada.
Tiene razón, no soy bueno.
Soy el mejor,
Carlo Farina.
Farinelli.
(Música clásica)
(CARLO CANTA)
Está cantando.
(CANTA "ANGÉLICA Y MEDORO")
El conde Orlando se enamora de Angélica,
la hija del rey de Catay.
Orlando trata de conquistarla,
pero Angélica se enamora de Medoro, un pobre soldado.
Cuando Orlando acude a los sitios donde Medoro y Angélica
se han amado, enloquece, destruye, mata.
Sigue errante y perdido, hasta que un día recupera la razón,
gracias a Astolfo, que viaja a la Luna
y encuentra la razón de Orlando encerrada en una botella.
(Música clásica)
(CARLO CANTA)
(AMELIA RESPIRA AGITÁDAMENTE)
(CARLO CANTA)
Amelia.
¡Amelia!
Bravo.
¡Bravo!
¡Bravo!
(Aplausos)
(HOMBRE) ¡Bravo!
¡Bravo!
Con cuidado, que no se desmonte.
(ELISA) ¡Madre mía! No sabéis lo bonito que ha sido.
Ojalá lo pudierais haber visto. Ha sido muy muy bonito.
Pero, sin duda, ¿lo más bonito de todo sabéis que ha sido?
Lo más bonito de todo ha sido ver al señor tan...
no sé, distinto.
Estaba como contento. Aunque no me extraña,
estaba cogido del brazo de la más guapa del concierto,
de la hija de un marqués. Aunque me da pena
por la señorita Amelia, ella se quiere casar con el señor.
Elisa, siempre estás con chismes.
Es por hablar de algo, por tener una conversación.
-La misma historia desde que hay señores y criadas.
Y siempre sufren las mismas.
¿Tú no tienes que recoger las sillas del salón?
Mira, mira. Ven a ver mis alas. ¡Por favor, ten cuidado!
¿Es que no sabes parar?
¿Cuánto les falta los buñuelos?
Ya casi están.
(HABLAN A LA VEZ) -Gracias.
Señores,
que corra el aire.
Déjenle respirar.
Acabo de salvarle de los más aburridos de la velada.
Francisco, querido,
el señor Broschi necesita un buen anfitrión.
No me defraudes. Por supuesto que no, doña Mercedes.
Le propongo un juego para que conozca al resto de los asistentes.
Si me permite su casco...
El juego es muy sencillo.
Se trata de señalar algo característico
de esa persona y adivinar de quién se trata.
Por ejemplo.
¿Quién soy?
-"Facile. Il castrato". -¡Exacto!
Bien. ¿Alguien quiere probar?
Anímense, no sean tímidos.
Doña Mercedes, ¿ha visto a la nueva acompañante de su hijo?
Es la hija del marqués de Almendrales.
Sé perfectamente quién es, pero...
¿Y la señorita Castro?
Pues tendrá que espabilar.
Y entre usted y yo,
Eugenia es mucho mejor partido.
No entiendo cómo puede ser tan inocente.
No me ha gustado su tono.
No le gusta la verdad.
Y por el cariño y el respeto que le tengo, se lo tengo que decir.
¿De verdad cree que la hija del marqués de Almendrales
va a permitir que haya dos duquesas en Castamar
o un hermano negro?
El marqués de Almendrales hizo mucho dinero con el comercio de esclavos.
Si esa mujer entra en Castamar, créame,
nada volverá a ser igual.
Sabe que puede contarme cualquier cosa, ¿verdad?
-Yo no quiero que piense...
-¿Sí?
-Desde que murió mi padre me he sentido muy sola.
No ha sido fácil encontrar a alguien en quien confiar.
-Aquí está segura.
Amelia...
Señorita Castro,
¿Lo que le sucede tiene algo que ver con el marqués de Soto?
-No sé por dónde empezar. -Empiece.
Sí, hágalo, empiece. Puede hacerlo.
-Cuando falleció mi padre,
me enteré de muchas cosas que no sabía.
Cosas de mujeres,
de deudas en el juego...
Don Gabriel, soy tan ingenua... Señorita Castro.
Llevo un buen rato buscándola.
Todo el mundo pregunta por usted.
Me hace daño, suélteme.
¿Qué hace? ¿Qué hace?
Usted lo único que tiene que hacer es meter a Diego en su cama.
Vuelva al salón.
Vuelva al salón.
Carlo, le devuelvo su casco,
no vaya a ser que le pase una desgracia.
-¿Alguien más quiere probar?
-No, gracias. -Yo.
Pero también quiero la capa, por favor.
-Me gusta, me gusta.
Sorpréndame.
-Por favor.
¿Le apetece jugar a otra cosa fuera de esta sala?
-Si no cumples con tu promesa, tendré que pedírselo al barón.
-La marquesa tiene ganas de jugar. Prepárese para perder.
-No te preocupes, no te voy a dejar solo.
-Ilustrísima, ¿se ha perdido? ¿Puedo ayudarle en algo?
-No, en absoluto. No me descubra, es parte del juego.
-Descuide.
-Disculpe. -¿Qué hace aquí?
-La estaba buscando.
La he visto arriba y he pensado que podríamos llegar a un acuerdo.
-Mal vamos. De sobra conozco sus juegos.
Lo mismo que el señor con la cocinera,
pero a mí no me la da.
Lo que sea que necesite, se lo pide a una de arriba.
-De hecho, lo que estoy buscando solo me lo puede dar usted.
-¿Y de qué se trata?
-Las enaguas.
-¿Qué? -Sus enaguas?
Es difícil de explicar.
-Apuesto a que no me va a costar entenderlo.
Solo dígame cuánto está dispuesto a pagar.
-Vengo a por las bandejas de postres dulces.
Espera a que termine de colocar los mostachones
y los bollitos de limón.
Los buñuelos tienen que enfriarse.
Clara, antes no pretendía ser una chismosa.
Lo sé. No te preocupes.
Es que el señor estaba tan contento...
Y después de haberlo pasado tan mal, lo quería compartir contigo.
Ya. Sube los buñuelos.
¿Calientes? Como estén.
Y luego bajas a por el resto.
Rosalía, ¿adónde vas con eso? Ven.
Que no estoy enfadada. Rosalía.
¿Rosalía?
-¡Voy a volar!
¡Que voy a volar! -¡Rosalía, no!
¡Rosalía!
(ROSALÍA) ¡Voy a volar!
¡Rosalía!
Rosalía.
(ROSALÍA) Clara, voy a volar.
¡Rosalía, quieta! (ROSALÍA RÍE)
¡Que voy a volar!
¡Voy a volar!
(ROSALÍA RÍE)
¡Voy a volar!
-¡Rosalía, no!
¡Rosalía! ¡Rosalía!
¡Rosalía! ¡Rosalía!
-Elisa, Elisa, ayuda a Clara. Va, va.
-Clara. Clara.
Clara.
Era Rosalía. ¿Qué?
La del suelo era Rosalía, Clara. Se ha matado.
Que se ha matado.
No, no, no.
No quiero llantos.
Ya habrá tiempo para eso.
El servicio en el salón tiene que continuar con total normalidad.
Elisa, por favor.
(ELISA LLORA)
Elisa, las copas.
-¿Y al señor se lo decimos?
-Cuando se vayan los invitados.
Mientras, total normalidad, por favor. Elisa, las copas arriba.
Elisa.
No.
¡Rosalía, no...!
Tienen fama de cantar bien y de buenos amantes.
Ya sabemos que lo primero es cierto.
¿Qué tal? ¿Todo bien?
¡Elisa, por favor!
(LLORA)
Lo siento muchísimo, señora.
A ver, que no es para tanto. Tranquila.
Ayúdenla.
Rosalía se ha muerto.
¿Qué?
Lo siento mucho.
Tranquilo, hijo. Tranquilo. No es el momento.
¿Quién ha muerto?
Una pobre muchacha demente.
Tarde o temprano tenía que acabar así.
Pero...
Pero, Mercedes, seguimos con la fiesta, ¿no?
Pues brindemos.
Brindemos por los buenos cantantes.
-Brindemos.
¿De verdad vamos a seguir con la fiesta?
Pero ¿qué clase de personas somos?
¿Esto es ser un noble?
¿Ser un frívolo,
un intrigante, hacer lo que sea para conseguir poder?
Se acabó, yo no voy a seguir con esto.
(ÚRSULA) La infeliz se hizo con unas alas
del vestuario del cantante.
Y se echó a volar.
Yo la vi, pero la señorita Clara estaba más cerca
y fue ella la que salió.
No estoy diciendo que ella sea culpable, por supuesto,
pero no sé qué pasó que no pudo detenerla.
Es un desgraciado accidente del que del que nadie es culpable.
Por supuesto, señor.
Todos queríamos lo mejor para Rosalía.
¿Para esto la sacamos del hospicio?
Si se hubiese quedado allí, al menos seguiría viva.
Nadie podía imaginar que...
Yo sabía que no podría cuidar de ella.
No sirve de nada castigase.
Déjeme que le diga la verdad.
Padezco una afección nerviosa
que me impide salir a sitios abiertos.
Por eso me desmayé y por eso ahora está muerta.
No soy la persona que usted cree que soy.
¿Usted lo sabía?
Ahora no, señora Berenguer. Ahora no.
"Agua de azahar, mirto y flores rojas
para sanar la voz o despedir el alma."
(CANTA "LASCIA CH'IO PIANGA")
(Puerta)
"Todos tenemos cicatrices,
heridas viejas y nuevas que día a día
nos recuerdan el dolor que causamos o el que nos causan,
la necesidad imposible de borrarlas.
Y no importa las veces que prometamos
que no volverán a hacernos daño, porque no se puede vivir sin marcas.
Son el mapa sobre nuestra piel de lo que somos,
aunque nadie pueda verlo.
Y lo único que puede salvarnos es en qué las transformamos."
Vuela.
¿Una noche difícil?
Había olvidado que eran todas así.
Y lo olvidará de nuevo.
¿Le apetece tomar otra?
¿Podemos beber juntos?
Señor, ¿se encuentra bien? Melquíades, ¿qué hice anoche?
Amelia, se me da bien escuchar y guardar secretos.
-Doña Úrsula.
¿Qué le pasa?
-El marqués de Soto, don Enrique de Arcona.
Quiero saberlo todo sobre ella.
Seguro de que oculta algo, quiero que lo vigiles.
Cualquier cosa que podamos usar. El saco con el cierre de plata
que encontró en la biblioteca. ¿Dónde lo tiene?
-No lo tengo. -¿Qué puede ser esto?
-De alguno de los señores.
-Es mi marido. Escóndete.
Lo traeré cuando todos duerman. No.
Solo te tiene a ti. Si lo encuentran, lo ahorcarán.
-Esteban, marido.
Me está engañando.
La señorita Castro y yo pasamos la noche juntos.
Si no se casa con don Diego tiene mucho que perder, mucho.
El duque parece que está enamorado.
La cocinera de Castamar es la afortunada.
Me gustaría que las cosas fuesen más fáciles.
Nadie dice que no puedan serlo.
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