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Su majestad,
durante una parada del carruaje real, ha desaparecido.
Señor, ¿qué hace aquí? ¿Quién eres?
Por nosotros. Mátale.
-Por el bien de la corona, jamás debe saberse.
-Aquí está toda la verdad.
-Sigue aquí. No la pierdas de vista.
Encuentra cualquier cosa que haga que salga de Castamar.
-¡Maldigo la corona!
Es usted adorable, señorita Castro,
don Diego va a ser un hombre muy afortunado.
Don Diego no me ve como lo hace usted.
Acérquese a él y pronto tendrá unos brazos donde refugiarse.
(Graznidos)
¿Hola? ¡Hola!
¡Abrid, por favor!
Avise a fray Juan.
-¡Fray Juan!
¡Fray Juan!
¡Fray Juan!
¡Fray Juan! Que el Señor lo tenga en su gloria.
-Aún respira. Avisad al galeno, rápido.
Ahora, no le queda mucho tiempo.
(Campanas)
Qué horror, tocan tormenta.
Que Dios nos proteja.
¿Cojo las tenacillas, señorita? -No.
No es necesario, Elisa.
Puedes retirarte.
No, es que ese pelo que tiene...
Sin tenacilla no aguanta.
Lo sabré yo...
Ay, dios mío.
¿Qué ocurre? Hay un cuervo en la despensa.
Melquíades.
¿Señor?
Dé aviso que preparen mi carruaje,
voy a partir hacia el Alcázar. Sí, señor.
Y que se den prisa. Parece que va a haber tormenta.
Ha venido a llevarse un alma, estoy segura.
El día que murió mi abuela,
un cuervo igual, picando todo el día en la ventana.
Toc, toc, toc.
Pobrecita.
Espero que Dios la tenga en su gloria.
Los pájaros no se llevan el alma de nadie.
Está aquí por la tormenta. No.
Hay que rezar y pedir perdón por nuestros pecados,
porque si no, algo malo va a pasar. Hazme caso.
(ÚRSULA) Los señores esperan el desayuno. ¡El de hoy!
Beatriz, que vayan sacando las bandejas.
Aquí solo falta extender la masa de azúcar y cortarla.
Carmen, voy a necesitar un cuchillo de punta redonda.
No puede ser.
La masa de azúcar no ha ligado, no lo entiendo.
¡Ay, Dios!
La dueña nos mata y los señores también nos van a matar.
Ya sabemos a por quién viene el cuervo.
Son en caldo de azafrán, sus favoritos.
Sí, pero cuando como en exceso de lo que me gusta,
me empacho, lo termino aborreciendo.
¿A ustedes no les ocurre?
-Con la comida no. -Ya.
Igual mi estancia en Castamar se está alargando innecesariamente.
¿No se siente a gusto? Doña Mercedes,
no tengo ninguna queja, pero ya llevo aquí casi dos meses.
Y aquí seguirá el tiempo que haga falta.
Ya me entiende.
Entonces, estos bizcochitos
se acaban de convertir en mis favoritos.
-Veo que se ha levantado usted con apetito.
La cocinera se ha despertado creativa. Exquisitos.
¿Saldrá luego a dar un paseo con Diego?
Anuncian tormenta, pero será pasajera.
Siento estropearles el plan,
pero mi hermano tiene cita con el rey.
Cada vez pasa más tiempo en la Corte
y le cuenta menos cosas a su madre.
El día va a ser tan aburrido sin ese paseo...
Igual podríamos invitar a algunas amistades.
Si está pensando en la condesa de Arcos, olvídelo.
Ella y el ejercicio físico hace tiempo que se enemistaron.
(RÍE)
¿Y el marqués de Soto? (MERCEDES) Imposible.
Está ocupado en un asunto muy importante.
Carlo Broschi. Está en Alcalá de Henares
y don Enrique me ha prometido que conseguirá
que su primer concierto sea aquí, en Castamar.
Ojalá, ojalá. Seguro.
Cuando don Enrique se propone algo, casi siempre lo consigue.
Es un gran hombre.
Llévatelo, llévatelo, no quiero, no quiero.
Majestad, debería comer algo.
Si me quieren envenenar,
tendrán que ser más listos que yo.
(RÍE)
He leído los informes que elaboraste.
Cualquier sugerencia será bien recibida, majestad.
Lo sé. Tengo una orden.
Soy todo oídos.
Quiero que tengas más poder en el Consejo.
Tus informes cuentan de manera muy precisa las...
las necesidades del reino.
Quiero que presentes estas propuestas en el Consejo
y que a partir de ahora tengas derecho a voto.
¿Está seguro, majestad?
Solo llevo un mes de secretario.
Lo sé, pero estoy seguro.
Con la prudencia
nunca se construyó el reino más grande, ¿verdad?
-Su majestad, ha llegado su visita.
-¿Cómo se encuentra hoy, majestad? -Vete.
-Es necesario que le tome la temperatura, ya lo sabe.
-Que se vaya. Que se vaya. ¡Guardias!
¿Quién lo ha dejado entrar?
-La reina acordó conmigo que vendría a diario para ayudarle.
¿No lo recuerda?
-Es uno de los que me quiere envenenar.
Lo intenta con la ropa, lo intenta con la comida.
Dile que se vaya, que se vaya. -Majestad...
-Que se vaya, que se vaya. Que se vaya. Dile que se vaya.
¡Que se vaya!
(LLORA)
Majestad, ya está.
Ya está.
La reina debería saber que no está viendo al médico.
¿La reina?
La reina no tiene por qué saberlo todo.
Majestad.
Aquí tiene, majestad.
He transcrito todos los informes que ha hecho el duque
en estos últimos meses.
Sus propuestas de ley y alguna... Algunas notas también.
-¿Y el documento que le pedí?
-Majestad, le aseguro que he buscado por todos los rincones de Castamar
y ese documento no está.
-¿Ha preguntado a la cocinera?
-No sé por qué debería.
-Estuvo con mi esposo la noche de la fiesta.
Fue ella quien lo encontró.
-Buscaré entre sus pertenencias.
-Castamar no es tan grande como para que no lo haya encontrado.
-Majestad,
le aseguro que haré todo lo que esté en mis manos.
-Si ese documento cae en manos de quien no debe, será el fin,
sobre todo el suyo.
A... Eso es.
Más letras.
¿Cuál más quieres que te enseñe?
Todas. Pero ¿tú sabes cuántas letras hay?
¿Ocho? Otro día te enseño a contar.
Vamos, a dormir. No, quiero más letras ahora.
Rosalía, es que... Que quiero más letras ahora.
Rosalía. ¡Quiero letras!
Es tarde. Ven.
Ven.
¿Y si viene a por mí?
¿Quién? El pájaro.
Viene a por mi alma mientras duermo.
No, eso no va a pasar, te lo prometo. Ven conmigo.
Ya verás que no está. Mira.
Mira.
¿Ves? No está.
¿Lo ves? Ven.
A dormir.
(Susurros)
¿Puedo dormir contigo?
(CLARA) Pero si tienes tu propio cuarto. Yo te acompaño.
Vamos.
No, no quiero. No quiero hacerlo. Rosalía, Rosalía.
No quiero. Rosalía, vamos. Voy contigo.
Yo voy contigo. No pasa nada, de verdad. Ven.
El ruido de lluvia... No hay ningún ruido.
Tanto que decían y al final no ha habido tormenta.
Y si el pájaro... Que no hay ningún pájaro.
Sí hay un pájaro. Que no.
No. Solo es un poco de viento, así que a dormir.
(Graznidos)
¡Vete!
¡Fuera!
(Graznidos)
(SOLLOZA)
(Graznidos)
(TOSE)
(HOMBRE) ¡Fuego! ¡Fuego! (HOMBRE) ¡Rápido!
(HOMBRES) ¡Rápido, venga, corre, fuera! ¡Fuego!
(Gritos)
¡Fuego! -¡Fuego!
(CLARA) ¡Fuego! (HOMBRE) ¡Por aquí!
¡Rosalía! ¡Rosalía! ¡Rosalía! ¿Estás bien?
¡Fuego! ¡Rápido! ¡Todos fuera!
¡Fuego!
-¡Fuego! ¡Salgan de las habitaciones!
-¡Deprisa!
-¡Fuego! -Vamos, al patio, al patio todos.
-¡Fuego! ¡Fuego!
-¡Fuego!
-Don Diego.
¿Qué ocurre?
Don Diego, hay que salir de palacio enseguida.
Por favor, dese prisa.
-¡Fuego! -¡Necesitamos más cubos, rápido!
-¡Dame un cubo!
-¿Está bien? -Sí, sigue, sigue.
-¡Por aquí! ¡Fuego! -¡Rápido!
¡Rápido, venga, todos fuera!
-¡Más agua! -¡Fuego!
-Fuera estaremos más seguros.
No, yo no voy a salir.
No mientras el fuego amenaza nuestra casa.
Madre, es por precaución.
Cálmese, está asustando a la señorita Castro.
-No, yo estoy bien. No se preocupe por mí, pero...
Tranquilos, tranquilos.
La casa no está en peligro, no hay de qué preocuparse.
Se ha incendiado un cuarto en la zona de servicio,
pero ya lo han apagado. Qué rato más horrible.
Le diré a la señora Berenguer que nos suba unos caldos.
Voy a ver cómo se encuentran abajo y de paso pediré vuestro caldo.
Iré contigo.
Hermano, me quedo más tranquilo si acompañas a madre a su alcoba.
Es que cogí una vela y me la llevé a la habitación,
pero yo no la tiré, no hice nada, fue el pájaro.
No pienses en eso ahora, ya está.
Don Diego, ¿está bien?
Sí. Veo que tú también lo estás.
Señorita Belmonte.
Se llama Clara.
Veo que Clara está bien y que todos los demás también.
Me alegro mucho. Rosalía, ven.
Don Diego.
¿Puedo hacer algo por usted?
Sí. La señorita Amelia y mi madre deseaban un caldo.
Ahora mismo se lo subimos. Muy bien.
Buenas noches.
Yo me encargo. Le diré a Carmen que me ayude. Iremos más rápidas.
No, no. En el comedor no está. Pensé que estaba con usted.
Yo no la he visto en toda la noche.
Yo tampoco. Voy a buscarla.
Rosalía, quédate aquí. Quédate aquí.
No pudo salir de su cuarto y se desvaneció debido a tanto humo.
Parece ser que sus pulmones están muy afectados.
Pobre mujer.
Que don Evaristo la visite las veces que sea necesario.
Y si ve que su cuarto está demasiado dañado,
no dude en trasladarla a otro cuarto.
Gracias, señor, pero los mayores desperfectos
están en la habitación de Rosalía y yo me encargo de ello.
¿Por qué no se encargó también de que no hubiese un incendio?
Usted es la responsable del servicio y de todo lo que pasa abajo.
Discúlpeme, señora,
pero el incendio lo provocó Rosalía en su cuarto y en plena noche.
Deje de excusarse
y tome medidas para que no se vuelva a repetir algo así.
Como la manga ancha no funciona con ustedes,
a partir de ahora van a cambiar algunas cosas.
Hasta nueva orden, se acaban los días de fiesta.
Revisaré las habitaciones cuando lo considere oportuno,
requisaré las velas y cualquier objeto
que pueda poner en peligro el palacio.
Y si a alguien no le gusta, ya sabe dónde está la puerta.
Y tendrán que vigilar mejor a Rosalía.
-Eso no es justo.
-¿Justo?
Cuéntele a Carmen lo que es justo y lo que no,
si la pobre sobrevive y puede volver a la cocina.
¡A trabajar!
Padre nuestro que estás en los cielos,
santificado sea tu nombre...
-Seguro que el señor se fija en usted con este vestido.
Nuestro señor, me refiero.
Que seguro que le concede todo lo que usted le pida
y le perdona los pecados, si es que usted tiene, que no lo sé.
-Ahora, que yo me pregunto qué le querrá pedir,
si seguro que lo tiene todo.
-Rezar nunca está de más. -Pues en eso tiene razón,
porque luego pasa algo como el incendio
y es que no somos nadie, ni unos ni otros.
Voy. -Sí.
Querida, me han dicho que ha pedido el carruaje.
Sí, pensaba visitar a un amiga.
¿Me da tiempo a retocarme? No...
No creo que sea oportuno, doña Mercedes,
presentarme con alguien de su nombre sin avisarla.
Sí, no hay nada más incómodo que las visitas inesperadas.
Haremos el viaje juntas, aprovecharé para ver a don Enrique.
Estoy deseando saber si ha podido contratar al joven italiano.
Deme un minuto y nos vamos.
Claro.
Siéntate.
Ha dejado de vestirse, Gabriel, y apenas prueba bocado.
Al final van a ser ciertos los rumores
sobre la salud de su majestad. ¿Qué te ha llegado?
(GABRIEL) Que siente miedo por todo. Y duerme de día y vive de noche.
Que no hace mucho, salió a pasear descalzo.
¿Te ha llegado algo de lo que pasó la noche de nuestra fiesta?
-Señor...
-No.
-Su agenda está organizada y el correo al día,
si no me necesita para nada más...
Está todo bien. Gracias, Melquíades.
Puede retirarse.
(GABRIEL) ¿Por qué te preocupa tanto lo que ocurrió esa noche?
Es una declaración de su firme deseo de abdicar, ¿comprendes?
De abandonar todas sus obligaciones como rey
sin que nadie pueda impedirlo.
El rey lo trajo con él esa noche y acabó dejándolo aquí.
¿Y no se lo vas a devolver?
Su majestad no está en condiciones.
¿Y la reina?
Fíjate en quién lo firma.
(LEE) "El rey... y yo."
¿Desde cuándo la reina...?
No lo sé.
Gabriel...
Recuerda lo que decía nuestro padre: lo que sucede en Castamar...
(GABRIEL) Sí, sí, solo conviene en Castamar. Puedes...
Puedes estar tranquilo.
Aquí, aquí. (CONDUCTOR) ¡Quieto!
-Aquí es.
Ah, no sabía que su amiga fuera familia de los Osuna.
No los conozco personalmente,
pero solo llegan buenas palabras sobre ellos.
¿Por qué no la invita a pasar unos días en Castamar?
Lo haré.
Doña Mercedes, ¿le importaría esperarme hasta que entre?
Por sentirme más segura.
Por supuesto, querida. Que se divierta.
Esto le va a resultar un poco extraño,
pero necesito, por favor, que niegue con la cabeza.
Por favor, niegue con la cabeza.
¿Qué ocurre?
Mi amiga no se encuentra en el palacete.
No sé... Habrá olvidado nuestra cita.
¡Vaya!
Doña Mercedes, ¿le importaría que yo me uniera
a su paseo con don Enrique? Pues claro, adelante.
Clara...
Te voy... Te voy a echar de menos.
Se echa de menos a alguien cuando no está
y yo no me voy a ningún sitio. ¿Hacemos letras?
Sí.
¿Qué llevas ahí?
¿Ya has recogido tus cosas?
Mañana se la llevan al hospicio de San Fernando.
Los señores han aprobado mi decisión,
así podemos evitar futuras tragedias.
El hospicio no es lugar para alguien que no tiene maldad
ni entiende que otros puedan tenerla.
No le pueden hacer algo así, la están llevando a la muerte.
¿Ha olvidado la charla de esta mañana?
Si no le gustan las normas de esta casa,
ya sabe dónde está la puerta.
En el sitio donde consigues el tabaco,
¿puedes conseguir más cosas?
Con dinero, lo que necesites. Láudano.
¿Para qué quiere láudano su alteza?
¿Puedes o no? Es urgente.
Cuesta medio real, pero olvídalo,
Doña Úrsula dejó claro sus nuevas órdenes.
No me voy a arriesgar.
Medio real por el láudano y otro medio si vas ahora.
No tardes.
¿Cuántos muertos han sido al final, doña Mercedes?
No sea bruto, la ayudante de cocina está convaleciente,
pero esperamos que se recupere pronto.
Y algunos daños materiales. Nada más.
Espero que lo puedan arreglar pronto.
Esa no es la cara que va a poner la condesa de Arcos
cuando se entere de que Carlo Broschi
va a dar su primer recital en Castamar y no en su palacio.
Es usted el mejor. ¿No le parece, querida?
¡Y qué hermoso está el jardín!
¿Le importa si pido que me preparen un ramo?
Doña Mercedes, el jardín es suyo.
Otro para usted, querida.
Hay algo que debo contarle.
¿Por fin don Diego ha caído en sus encantos?
No. ¿No?
No, no, esto no tiene nada que ver con don Diego.
Esto solo nos afecta a usted y a mí.
Adelante.
Verá... No es fácil.
Bueno, señorita Castro, entre nosotros ya no hay secretos.
Don Enrique, yo...
Usted y yo...
Estoy encinta.
Desde que lo sé, no he hecho otra cosa más que buscar la manera
de encontrarme con usted para poder decírselo.
Dentro de poco empezará a notarse. Deberíamos casarnos, ¿no?
No, yo no me voy a casar con usted. Usted no ha entendido nada.
Pero yo le quiero, don Enrique.
Enrique, yo te quiero.
De verdad.
Y ahora llevo dentro un hijo tuyo.
¿Usted no me quiere?
Usted lo que tiene que hacer es casarse con don Diego y nada más.
Querida...
¿Qué le ocurre?
Es culpa mía, doña Mercedes.
¿Qué le ha hecho?
Le estaba contando a la señorita Castro
la terrible historia que llegó ayer a mis oídos.
Una joven de buena familia, con todo para ser feliz en la vida,
se quedó en estado.
¡Oh! ¿Quién? ¿De quién?
Eso da igual.
La historia es que, cuando se supo que esperaba un hijo,
fue señalada y desheredada. Tuvo que dar a luz en un convento.
¡Benditas monjas! Al menos le dieron un sitio donde estar.
¡Qué historias más terribles le cuenta a la señorita Amelia!
¿Y qué fue de la chica? ¿Dónde está?
En el cielo. En el infierno, más bien.
Ella misma se quitó la vida.
Ya estarán las flores. Vamos.
(Risas)
(Guitarra)
(HOMBRE) ¡Guapa!
¿Qué haces aquí?
-Necesito láudano.
(RÍE)
-Ahí está lo tuyo. -Quédate a comer si quieres.
-A cualquier cosa le llamas comida.
Pasas demasiado tiempo entre caballos y mulas.
-No te recordaba tan exquisita.
-Desde que no estás en Castamar se me ha refinado el gusto.
-También a mí.
¿Sigues queriendo irte a América?
¿Sí?
¡Dime!
-¿Y tú mandar tu propia yeguada?
-Lo pasábamos bien juntos, ¿verdad?
¿Eh?
-Habla por ti.
-Venga, mujer...
Deja que te lo recuerde, ven aquí.
Rosalía, ¿ya has terminado de comer?
No tengo hambre.
Entonces no querrás probar
un poco de masa de azúcar que estoy preparando.
Pues si yo fuese tú, lo estaría deseando.
Pero primero tendría que comer un poco de estofado.
Rosalía, te voy a ayudar,
pero tienes que comer para estar fuerte.
Va.
No puede ser.
¿Por qué no liga el azúcar?
¿Puedes ir a echar un vistazo a Rosalía?
¿Lo tienes?
Medio real.
Ya te pagué.
Medio real y el secreto queda entre nosotras.
Que lo disfrutes.
Roberto, cuando quieras.
Ya le dije a doña Úrsula
que te acompañaría a hacer los mandados de Carmen.
Voy a por el carro.
(ROBERTO) ¡So, so!
Ya hemos llegado. Voy a llamar.
(RESPIRA AGITADA)
(Puerta)
Espérame aquí. Busco a fray Juan.
(Campanas)
¡Clara! ¿Qué haces aquí?
¿Ha pasado algo? No.
¿Cómo has podido llegar? Láudano.
No puedes usarlo siempre que quieras.
Puede ser peligroso. Lo sé, pero debía hablar con usted.
Ahora no puedo. Vuelve a Castamar,
yo iré a verte en cuanto me sea posible.
Solo será un momento.
Es sobre Rosalía, una protegida del duque.
Se la llevan a un hospicio y es una inocente,
una mujer con la mente de una niña, y no aguantará.
Si pudiesen encontrarle un lugar en la cocina o para...
Será mejor que te vayas, Clara. Pero necesito...
Vete, por favor. Hazme caso, no puedes estar aquí.
¿Padre?
¿Clara?
¿Hija? ¡Padre!
Es... ¡Está vivo!
Pero... Pero...
Pero ¿qué ha pasado? ¿Cómo...?
Clara, no es fácil de entender, lo sé.
-Conseguí... Conseguí sobrevivir, pero tenía que esconderme.
¿De mí? No, no.
No...
Clara, lo siento mucho. No, no.
No, usted no es mi padre, mi padre está muerto.
No. Y usted también.
¡Clara, Clara! -¡Clara!
(Campanas)
¡Vámonos, por favor!
Ya estamos llegando.
Cerca de la casa hay un río, podemos bañarnos todos los días.
Podríamos quedarnos una larga temporada, ¿qué le parece?
¿Qué sucede?
Iba a decírtelo cuando llegáramos, pero...
Es del Secretariado de Guerra.
No podré quedarme muchos días en el campo.
Pero, padre, usted se dedica a salvar vidas, no a ponerles fin.
Salvaré todas las que pueda.
No es un santo que pueda hacer milagros.
Solo quiero ayudar.
Y darle disgustos a su hija.
¿Por qué tiene que ir a la guerra?
Volveré, Clara. Te lo prometo.
(LLORA)
(Puerta)
Creo que no voy a poder ayudarte.
¿Dios también se ha enfadado contigo?
Parece que sí.
Si quieres, puedo dormir contigo.
"Querida Sol, le extrañará recibir esta carta,
pero si acudo a usted es porque no veo más opción.
Necesito una amiga que me escuche. Sé que usted lo hará.
Los días y las noches de diversión con el marqués de Soto
se han tornado en pesadilla y han dado un fruto inesperado.
Espero un hijo de don Enrique de Arcona.
Por eso, mi estimada amiga, acudo a usted para pedirle consejo,
ya que no sé cómo actuar frente a esta adversidad."
Parece que se ha echado en tus brazos
antes de lo que esperaba.
Te recuerdo que tenemos un trato.
Deshacerse de Esteban no es lo mismo que recibir una carta.
Ah, al señor marqués le resulta difícil algo.
Serás una viuda ejemplar siempre y cuando
tu querida y desamparada Amelia se case con don Diego.
Parece que eres tú la que olvida el trato que tenemos.
Puede ser, pero la carta se queda conmigo mientras recuerdo.
¿Me ayudas a atarlo?
Claro que sí.
Te voy a ayudar.
¡Ah! (RESPIRA AGITADA)
Rosalía. ¡Rosalía!
Disculpen. Busco a Rosalía.
Ya se la han llevado al hospicio.
Me hubiese gustado despedirme de ella.
Pero vendrá de visita en ocasiones especiales.
Volverá a verla. No creo que eso pase.
No va a durar mucho en un hospicio, nadie como ella lo hace.
Antes de morir,
le prometí a su madre que nos haríamos cargo de Rosalía.
Si no tenemos palabra, ¿qué nos queda entonces?
Clara, esto lo trajo el mozo a primera hora para ti.
¡Anda! ¿Quién te ha regalado eso?
Nadie.
Pues ese nadie debe de quererte mucho.
Es un detalle muy bonito. ¿Puedo verlo?
(LEE) "Credo ut intelligam."
(INTENTA LEER EN LATÍN)
"Creo para comprender; no comprendo para creer."
Es una expresión de San Anselmo.
Viene a decir que ciencia y religión no están tan alejadas
la una de la otra, que se complementan.
Pues San Anselmo era muy listo.
Creo para comprender...
Da igual. Ya me lo aprenderé.
Clara.
Que Rosalía va a estar bien.
Lo robé. Lo robé para dárselo a la reina.
Estaba muy interesada en recuperar este documento.
¿La reina te lo pidió?
Trabajo para ella, señor.
Trabajas para ella.
¿Desde cuándo?
¿Desde cuándo?
Melquíades, eres mi mayordomo mayor.
Es más, eres mi amigo.
Hemos crecido juntos.
Le he estado vigilando y contando todos sus movimientos a la reina.
Lo siento mucho, señor. ¿Desde cuándo?
Este documento es lo primero que le he robado y lo último.
Le diré a la reina que no lo he encontrado.
¿Desde cuándo, Melquíades? ¿Desde cuándo me estás espiando?
Desde unos meses antes del accidente de doña Alba.
Aquí está todo lo que le di a la reina.
Sus reuniones, sus contactos... Hice una copia de todo.
Pero le aseguro que en ningún momento
he pasado información
que le haya podido poner en un compromiso.
Abandonaré Castamar lo antes posible,
en cuanto recoja mis pertenencias.
Llévese esto también.
Lamento no haber estado a su altura, señor.
Sé que lo que le voy a decir no me justifica, pero...
a veces uno
no tiene opción.
Encárgate de desplumar a las perdices,
las necesito para la cena. Y lávate las manos antes de hacerlo.
¡Clara!
¡Rosalía!
Ya puedo volver porque mi cuarto está arreglado.
Sí. Sí.
Gracias.
No, no me las dé a mí. Déselas a don Diego.
(ÚRSULA) ¿Se hará responsable de la niña?
Sí, yo me haré cargo de ella.
Azúcar.
La clara de huevo.
Y zumo de limón.
¿Necesita algo, señor? Eh...
No, no, disculpe, no quería interrumpirla.
La cocina tiene algo hipnótico.
Masa de azúcar. Nunca he conseguido hacerla.
Me gustaría ver cómo lo hace. Si no le importa.
Voy a necesitar un ayudante. (RÍE)
Le advierto que sería la primera vez.
Muy bien, ¿qué tengo que hacer?
Acatar mis órdenes y seguir las indicaciones paso a paso.
Gracias por traer de vuelta a Rosalía.
A usted por abrirme los ojos.
El zumo de limón ya está listo.
Échelo en el almirez. No de golpe, lentamente.
Deje que se vaya mezclando con el huevo y el azúcar.
Así.
Así.
¿Quiere seguir usted? Sí.
¿Y ahora qué hago?
Dejar de mirarme así. (RÍEN)
Sigo removiendo. Sí.
Agua de rosas. Esta es la parte crítica.
Porque el azúcar tiene que ligar.
Disculpe.
Señorita Belmonte, gracias por compartir este momento conmigo.
Buenas noches. Buenas noches.
(CLARA) "¿Cuál es el misterio? La repostería es matemática,
pero, aun así, nunca la misma receta sale igual dos veces.
Sigues los pasos, calculas los ingredientes,
mides el tiempo exacto,
pero siempre hay una parte que no podemos controlar,
de la que resulta que una receta sea perfecta o no esté a la altura.
Jamás entenderemos ese misterio.
Tal vez solo se trate de dejarse llevar."
(DIEGO) ¿Sí?
Estaba en mi despacho, señor.
Es para que se lo entregue a la reina.
No. No voy a hacer algo así, señor.
Espero que sea la última vez que desobedece mis órdenes.
No es propio de un mayordomo mayor.
Hay veces que no se puede elegir.
Es muy generoso por su parte, señor.
Pero ¿qué le voy a decir a la reina?
Nada. Nada fuera de lo habitual.
Y ahora vaya a ponerse su uniforme.
Te toca. (RÍE)
(CLARA) "A veces no es suficiente con comprender.
También hay que creer.
Aunque a veces tenemos fe en quien no debemos.
Y cuando esto ocurre,
lo único que se puede hacer es comprender para volver a creer.
Y de nuevo empieza el misterio."
(GRITA DE ALEGRÍA) ¡Carmen!
Le prometí al Niño Jesús que no comería
para que te pusieras buena.
-Me lo han dicho.
Pero tienes que comer. ¿Me lo prometes?
-Sí. (RÍEN)
Majestad.
Su majestad el rey me lo entregó la noche que estuvo en Castamar.
Supongo que lo ha leído. Así es, majestad.
Solo yo.
El asunto es demasiado grave como para andar compartiéndolo.
Usted sabe que hay momentos en los que su majestad
se vuelve... incontrolable.
Escribir este documento fue la única manera que encontré para calmarlo.
A mí no tiene por qué darme explicaciones, majestad.
Quiero hacerlo.
Lo firmé porque me lo suplicó, pero jamás le animaría a abdicar.
¿Me lo va a preguntar?
Hágalo, no tenga miedo.
La respuesta es no. No quiero ser regente.
Nunca le haría algo así a su majestad.
Ni tampoco a la corona.
Guárdelo bien, majestad.
No se lo ponga fácil a sus enemigos.
Y ahora, con su permiso, le dejo con sus oraciones.
Pida por los que están del lado de sus majestades.
(SABOREA)
Nunca había probado una masa de azúcar tan delicada.
Felicite al autor.
-Autora. Lo haré.
Doña Sol,
discúlpeme por mi atrevimiento al enviarle la carta.
No sabía a quién acudir.
-No se excuse.
Ha hecho muy bien en pedirle ayuda a una amiga.
¿Cómo se encuentra?
-Horrorizada
con el comportamiento de don Enrique, yo...
Pensé que me quería.
-Al contrario que nosotras,
los hombres no quieren, solamente desean.
Igual que don Diego. -Don Diego.
Don Diego solo tiene ojos para un recuerdo.
(LLORA)
Nunca...
Nunca se fijará en mí.
-Seguro que sí.
Apuesto lo que quiera
a que el duque de Castamar desea un descendiente.
Todo es posible.
Cójalo.
Es su salvación.
No he dejado de pensar en lo que pasó anoche.
Solo hicimos masa de azúcar, señor.
Se está poniendo de buen ver.
(DIEGO) Melquíades,
¿podría pedir que me subieran masa de azúcar?
No sé qué crees que viste. Muy bien, si eso es lo que quieres,
se lo contaré todo a la dueña. -¿Contarme qué?
-Haría cualquier cosa por ti y lo sabes.
-¿Cualquier cosa? Quiero sus enaguas.
¿Qué hacéis así?
Me han hablado mucho de usted. Encantado.
Una joven encantadora. Sí, la acabo de conocer.
Y soltera. Estaba cogido del brazo
de la más guapa de todo el concierto.
De la hija de un marqués.
¿Y la señorita Castro? Tendrá que espabilar.
Lo único que tiene que hacer es meter a Diego en su cama.
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