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(Caballo)
¡Cuidado, Alba! ¡Alba!
¡Alba!
He estado muy preocupada por él,
más de un año encerrado y alejado de la corte.
Majestad, no puedo.
No puedo traicionar la memoria de Alba.
Se acabó el duelo en Castamar. Quiero una fiesta.
El anuncio de la fiesta es una gran noticia.
¿Sabe si irá acompañado?
Sería la mejor muestra de que ha superado su pérdida.
No está comprometida. Sencillamente perfecta.
Quiero que se convierta en la duquesa de Castamar.
No la conozco.
Clara Belmonte, señor, es nueva en la casa.
Pues ya tenemos cocinera.
La señorita Clara es la nueva cocinera de Castamar.
Vamos a hacer que esta fiesta sea inolvidable.
Nadie faltará sabiendo que vendrán sus majestades.
Sus majestades acaban de entrar en la hacienda.
-Quiero bajar.
El rey quiere bajar.
¡Dejadme!
-¡Majestad!
-¡El rey ha desaparecido!
No puedo hacerlo.
No puedo.
No puedo.
No puedo.
Pero ¿cómo es posible? El rey ha desaparecido.
No ha podido desaparecer. ¿Dónde está la reina?
El carruaje viene en camino.
Hay que avisar a nuestra guardia. Rápido.
Guardias.
¡Guardias!
Alfredo.
¿Qué ha pasado?
Tenemos que meter a toda la gente dentro de casa.
Por favor, todo el mundo dentro, es por seguridad.
Por favor, guarden la calma.
Vayan entrando.
Pero ¿qué ocurre? ¿Es grave?
Espero que no, madre, pero estaremos más seguros dentro.
Vayan entrando. Entra, madre, por favor.
Diego, ¿qué hacemos? Que no salga nadie,
ocupaos de que no salga nadie. Vale. De acuerdo.
-Señor, el carruaje real.
Vamos.
(Caballo)
Vamos.
Majestad.
Aquí estará segura.
Solo me preocupa el rey. Tiene que encontrarlo.
¿Cómo ha sido? Pues...
Pidió estar solo.
Quiso detenerse a rezar antes de llegar.
Pero ¿escucharon algo? ¿Algún carruaje? ¿Caballos?
No. Nada.
Bien, pues haré todo lo que esté en mi mano.
El señor Elquiza les conducirá a una dependencia más segura.
Majestad.
El rey desaparecido... Es terrible.
Tú no tienes la culpa, querida.
¿Quién lo iba a imaginar al invitarlos?
-No tiene ningún sentido.
¿A quién podría interesarle un atentado ahora?
El rey lleva años haciendo enemigos por toda Europa.
Cualquiera podría haber sido.
Su majestad no ha hecho nada
que no fuese por el interés de la corona.
Por supuesto. Aunque no todo el mundo piense lo mismo.
Atención, señores. ¿Qué se sabe?
Su majestad, durante una parada del carruaje real, ha desaparecido.
Si lo han secuestrado, deben ser pocos hombres
y no han tenido tiempo de ir muy lejos,
así que nos uniremos a la guardia real
para hacer una batida.
Alfredo, Francisco, marqués.
Pero si os vais todos,
¿quién protegerá la casa?
Yo me encargo. ¿No sería mejor alguien
con conocimiento en armas, estrategia?
Señor marqués, le agradecería... Hermano, hermano,
tú conoces estas tierras mejor que nadie.
Tienes razón.
Iré con vosotros.
A los caballos.
Habrá que meter dentro las piezas de asar.
Ya he retirado los pichones del fuego.
¿Estás bien? No tienes muy buen color.
Algo nerviosa, como todos.
Doña Mercedes ordena que se sirva la cena caliente.
-Entonces la fiesta...
-¿Crees que alguien tiene ganas de bailar
con el rey desaparecido? Vosotras conmigo a poner manteles.
Ya, ya.
Cortad la chacina y disponedla alrededor de las setas confitadas.
Sacaremos también los pichones.
Señor Elquiza.
¿Se sabe algo? -Sin novedad,
pero os mantendré informados.
-¡Majestad!
-¡Majestad!
(Voz)
Señor, ¿qué hace aquí?
¿Quién eres?
Majestad.
Pedro, ten la antorcha.
So.
Majestad.
El pastel de carne.
No, la salsa de naranja era para los pichones.
-¿Podemos subir fuentes? -Sí.
Las chacinas.
La menestra. Y los pichones con cangrejos.
Elisa, por favor.
Ya, ya, ya.
Roberto. Debo ir a las caballerizas,
el duque acaba de llegar. Espera,
don Diego quería supervisar el menú. Debe dar su conformidad.
Es urgente.
(Caballo)
¿Habéis visto algo?
Nada, nada por la colina ni por el lago.
-Parece que se lo ha tragado la tierra.
¿Y tú? Nada.
-Señor, señor, tengo recado para usted,
es de cocinas con los cambios del menú.
¿Es que no se han enterado de que se ha terminado la fiesta?
La señorita Clara ha insistido en que era urgente.
Está ahí.
Es el rey, pero no el rey que usted conoce.
Majestad, ¿se encuentra bien?
Cuando encontré su Biblia en el bosque,
ya supuse que no se trataba de un secuestro.
Pero ¿esto? Lo siento.
Nadie puede enterarse de esto.
Asegúrese de que no sale de aquí.
Está temblando, majestad.
Así se sentirá mejor.
Mi ángel.
Mi ángel de la guarda.
Tienes que protegerme. Nadie quiere hacerle daño, majestad.
Mi ángel.
¿Por qué me cuidas?
Tú y yo vemos todas esas almas que maté
para llegar al trono.
La corona no me pertenece.
La corona no me pertenece.
(CHISTA)
Ven.
Ven.
Ven.
Ven.
Aquí está toda la verdad. Debes guardarlo.
Le protegeré para que nadie se lo quite.
No, lo harán.
Lo harán. Solo contigo está a salvo.
Toma. Nadie debe saber que lo tienes.
¿Me oyes? Nadie. Es mi único secreto. Guárdalo.
Guárdalo.
¿Quién eres?
-Majestad, majestad, soy yo, la reina.
-No.
Tú no eres la reina.
La reina nunca hubiese cedido.
La reina... La reina nunca me hubiese traicionado.
La reina me quiere. Tú eres una traidora.
-Rey, solo quiero lo mejor para ti y para la corona.
-¿La corona?
¡Maldigo la corona!
Majestad, será mejor que salgamos.
Es la cocinera. Ella lo encontró.
No teníamos que haber venido. Creí que estaba más tranquilo,
que volvía a tener confianza en sí mismo.
Pero... No es culpa suya, majestad.
Siempre me culparán a mí si le pasa algo.
En la corte me siguen viendo como una intrusa.
La melancolía no es enfermedad para un rey.
Por el bien de la corona, jamás debe saberse.
La cocinera no dirá nada, se lo aseguro.
¿Cómo lo sabe? Lo sé.
Su majestad le necesita.
Estaba bien cuando le ofreció el puesto de secretario del consejo.
Ya solo confía en usted. Y en usted, majestad, él la adora.
Le salvó de la muerte en la batalla de Almenara.
Eso yo no lo puedo igualar con nada.
Invente una excusa para tranquilizar a los invitados.
Señores, acabo de recibir correo del alcázar.
Su majestad se disculpa por haber tenido que regresar de improviso
para atender un asunto de suma importancia.
Ni siquiera se pudo despedir de la reina.
Entonces, ¿no le ha sucedido nada?
No, todo fue un malentendido. El rey está perfectamente.
¡Viva el rey! (TODOS) -¡Viva!
(RÍE)
Señores, muchísimas gracias por su paciencia
y por su comprensión.
Creo que ya es hora de ir a descansar.
¡Cuánto lo siento, querida!
Hubiera sido una velada antológica.
Estoy segura de que nadie olvidará el pichón en salsa...
Don Ignacio, ¿tiene forma de volver a la ciudad?
No. Barón,
¿tiene sitio en su carruaje para don Ignacio?
Lo siento. He venido a caballo.
Señorita Castro.
No desaproveche la ocasión.
Como todos los hombres, le encantará escuchar
lo bien que lo ha hecho. -¿Nos vamos, querida?
-Hablando de marcharse...
-¿Me permitiría agradecerle lo que ha hecho para protegernos?
No, por favor, no hay nada que agradecer.
Además, se trata del rey.
He ido acompañado de los mejores hombres.
No se reste méritos.
-Señor. Bueno, ha sido una noche muy larga
y creo que debemos ir a descansar. Claro.
-Estoy agotada.
Tanta espera para que no pase nada me ha puesto de mal humor.
-Mejor así, ¿no crees? Lo contrario hubiera sido terrible.
-Qué poco te gustan las emociones, de verdad.
-¿Emociones?
-Cochero.
(Caballo)
-Espere.
Ya que vine con ustedes, supongo que también puedo regresar.
-Claro, señor conde. Adelante. -Gracias.
-Creí que se quedaría a dormir.
Espero que no le importe si echo una cabezadita, ¿verdad?
Estas horas para mí no...
-Cuando se trata de dormir, ¿qué horas son malas para ti?
-Cochero.
Y no haga mucho ruido, no vayamos a despertar al marqués.
(RELINCHAN)
-Hablábamos ahora que mucha ansia toda la noche, pero al final...
Nada.
¿Verdad, querido?
-Bueno, pero eso aún puede tener remedio.
¿No le parece?
(HUSMEA)
Está helado, no ha parado de temblar.
No es frío.
Estoy aquí.
¿Ha vuelto?
No puedo tragar.
Es real.
Yo no estoy loco.
No estoy loco.
No, quiere ahogarme.
Sé lo que siente dentro, majestad,
oprimiendo la garganta sin dejarle respirar.
Pero no está. Es miedo al miedo.
¡No!
(CHISTA)
No.
(INTENTA HABLAR)
No puedo escapar, viene a matarme. Quiere matarme.
No voy a dejar que eso pase. Míreme.
Míreme. Míreme.
No voy a dejar que eso pase.
Soy su ángel.
Soy su ángel. Confíe en mí.
Tranquilo.
Confíe en mí.
Pero ¿puede beber? Sí.
Tenga.
Le sentará bien. Es chocolate y melisa.
Prométeme...
que no me asfixiarás.
Confíe en mí.
Majestad.
Le sentará bien.
¿Mejor?
Se va.
Se va.
Pensé que vendría a visitarme.
No quería estar sola.
Debería haber avisado.
Perdón.
Espere.
Es usted adorable, señorita Castro.
Don Diego va a ser un hombre muy afortunado.
Don Diego no me ve como lo hace usted.
Lo hará. Acérquese a él
y pronto tendrá unos brazos donde refugiarse.
Los suyos, no los de don Diego.
Los dos.
Mi ángel.
Protégeme el secreto.
-Señor.
Me ha llamado.
Sí.
Necesito que recoja la habitación.
¿Va a volver a usarla?
No, pero no puede seguir así.
Airéela bien, limpie el polvo,
recoja sus cosas y luego ciérrela.
Señor, una cosa si me lo permite.
Es sobre la señorita Belmonte.
No sé si ha decidido en firme que continúe con nosotros.
Recoja la habitación. Eso es todo lo que necesito.
Los cortas en dados y los maceras con azafrán, canela, limón y vino.
Es importante para que no sepa a bravo.
Las piernas hay que pasarlas por harina
antes de freírlas con tocino y manteca.
Después las servimos con trufas, setas y picadillo.
Solo tú sabes convertir un jabalí en un manjar.
-¿Qué hacéis trabajando? Que es domingo.
¿Habéis visto lo bonito que está el patio?
Es que don Diego nos dejó utilizar la decoración de la fiesta de ayer.
¿Queréis verlo?
Venga, vamos. Vamos, Clara. Os lo voy a enseñar.
Venga, vámonos.
No puedo, tengo mucho trabajo con el jabalí.
Clara, por favor, venga, que nos da la comida que sobró ayer.
por favor. -Va.
No, id vosotras, de verdad.
Va. Qué aburrida.
-Vamos.
(Risas)
-Uh.
El chocolate está muy caliente.
-Madre, ¿ha descansado?
¿Con este disgusto?
Pensar que la velada de ayer pasará a la historia
como la noche en que a los Castamar se les perdió el rey.
Como una sortija.
No sea malo, marqués.
No tiene por qué preocuparse.
Si por algo será recordada la noche de ayer,
será por el peinado de la condesa de Arcos.
(RÍE)
Buenos días. Buenos días.
Buenos días, hijo. Hermano.
No tendrías que haber dejado marchar tan temprano a la reina.
Me habría gustado despedirme.
Extraño horario, salvo por la urgencia.
Deseaba reunirse con su majestad cuanto antes.
No veo nada de extraño en eso. No.
Juan,
le aviso que prepare mi caballo, por favor.
¿Va a salir hoy? ¿Y la misa memorial de Alba?
Me esperan en el alcázar, pero volveré a tiempo.
He decidido aceptar el puesto de secretario del consejo.
Hijo.
No sabes la alegría que me das.
Secretario del consejo.
Enhorabuena, hermano. Gracias.
El rey necesita hombres como usted.
Y la reina también, por supuesto.
¿Crees que deberíamos dar una fiesta para anunciarlo?
Está bien, está bien.
Pero escribiré con la noticia a nuestras amistades.
(GRITA)
No, no.
-Suéltala.
Suéltala o te degüello.
Disculpe.
Había un poco de corriente de aire en el pasillo.
Pensé que pasaba algo.
-Solo estoy aireando las habitaciones.
-Era su alcoba, ¿no?
-Sí. Una gran mujer.
-Difícil borrar un recuerdo así.
-Hay personas que no se olvidan nunca.
-Bueno, hasta que otra ocupa su lugar.
-Los lugares cambian de dueño.
La memoria no.
Ay.
Majestad.
Disculpe, majestad, no me habían avisado de que esperaba...
No, no, no, no te muevas, enseguida estoy.
Acércate, no muerdo, Diego. Camisa.
¿Huele a ella? ¿Huele a ella?
Si no huele a ella, no me la pongo.
¿Huele a ella?
Sí, majestad. Sí.
Huele a ella, no hay duda, ¿verdad?
Esta.
¿Qué tal anoche la fiesta en Castamar?
Majestad, la fiesta en Castamar no se celebró.
¿No lo recuerda?
¿Cómo me voy a acordar de algo que no ha sucedido, Diego?
Está convencido de que quieren envenenarle con la ropa.
No se pone nada que no haya usado yo.
Un hombre tan valeroso en la batalla...
Y tan frágil en palacio.
Gracias por aceptar el puesto.
No, majestad, es un honor.
¿Desde cuándo está así? ¿Qué es lo que pasó?
No es fácil saberlo.
A ratos está tan normal y de pronto...
Sí, conozco sus cambios de humor. Pero esto es...
Su majestad no recuerda nada de ayer.
Usted... ¿De qué hablaron?
¿Algo que la reina deba saber?
No, no, no dijo nada, majestad. ¿A nadie?
A nadie.
Ahora forma parte del Gobierno en la corona.
No puedo ocultar nada que la ponga en peligro.
No guardo nada para mí, majestad.
Y como miembro del consejo, espero que tampoco se me oculte nada
que deba saber.
Ha visto al rey desnudo.
No sé qué más secretos podría descubrir.
(Risas)
Señor marqués,
dígame si el pichón está a su gusto.
-¡Oh, delicioso! -Pues entonces para mí.
(RÍEN)
-Ven aquí, dame eso. ¡Dame! -¿Qué haces?
¿Te crees que las hermanas se roban?
-El plato seguro que no. -¡Eh!
Devuélveselo.
Devuélveselo.
-No comáis tanto, os va a dar un empacho.
-¿Me invitas a la fiesta?
-No me gusta el teatro. -A mí tampoco.
Quiero las cosas... -Ay, déjame.
Quita.
¿Traes lo del zurdo?
-¿No sabes pedir mejor las cosas? -Cuando aprendas tú.
-Ven.
¿Eso es para la despensa o se queda en cocina?
¿Y a ti qué te importa?
-Señorita Belmonte, ¿tiene un momento?
Don Diego quiere verla.
Señor duque, la señorita Belmonte.
Señorita Belmonte. Señor.
Creo que ya conoce este libro,
es el mejor tratado de botánica que se ha escrito hasta la fecha.
Si no recuerdo mal, estaba interesada en él.
Solo lo miré por curiosidad.
¿Sabe?
En la hacienda hay muchas de las plantas
de las que habla Tournefort.
Algunas de ellas tienen propiedades culinarias.
Sería una pena que nadie le sacara partido, ¿no cree?
Quédeselo.
Quédeselo, por favor.
No sé qué podría hacer yo con ellas.
Usarlas.
Gracias, señor.
El mérito es solo suyo.
Y además no podría ser de otra manera
después de lo que hizo anoche por el rey.
Habría hecho lo mismo por cualquier otra persona.
No era al rey a quien veía,
solo a un hombre que necesitaba ayuda.
El rey es el rey. Nunca deja de serlo.
Sin joyas, sin ropa, sin peluca no hay reyes ni sirvientes.
Todos somos iguales.
¿De verdad cree eso?
¿Usted nunca necesita ser otro?
Sí.
Diego.
Muchas veces necesito ser el Diego que paseaba con su mujer
por el campo, pero eso ya no puede ser.
(Puerta)
Pasa.
La reverencia.
Sigue aquí.
-¿Quién? ¿La cocinera?
-No la pierdas de vista.
-¿Qué espera que encuentre? Es perfecta.
Hasta huele bien después de descuartizar a un jabalí.
-Te encargué que la vigilaras. Esmérate más,
encuentra cualquier cosa que haga que salga de Castamar.
Si no quieres ser tú la que lo haga en su lugar.
(Guitarra)
# Ay, que mi abraso de amor # en la llama.
# Qué dulce violencia,
# qué tierna regala.
# Ay, que me abrasa de amor # la llama.
# Qué dulce violencia.
¿Me concede el honor de bailar conmigo, señorita?
-Sí.
-Uno, dos.
Uno y giro.
¿Alguien más quiere bailar?
-Yo.
# Ay, que me abrasa.
# Ay, que me abraso de amor # en la llama.
# Ay, que me abraso de amor # en la llama.
# Qué dulce violencia.
# Qué tierna regala.
Elisa, que tú ya tenías pareja. -Me dejas en paz.
# Qué dulce violencia.
# Qué tierna regala.
# Qué tierna regala.
# Qué tierna regala. #
¿Molesto? En absoluto,
solo estaba perdida en mis pensamientos.
Entonces no le distraigo.
Prefiero perderme acompañada.
¿Y usted?
Y gracias a estos pelillos,
al frotar la hoja se liberan sus aceites.
Fíjese en el aroma.
Um...
Poderoso, ¿verdad?
Picante.
Y amargo. Me gusta.
Aunque entiendo que no sea apto para todos los olfatos.
El olfato se educa, es igual que el gusto.
Sí, pero tampoco todos los paladares
están preparados para los nuevos sabores.
¿Estamos hablando de paladares o de personas?
De las dos supongo.
¿La echa de menos?
A su mujer.
Estoy aprendiendo a no hacerlo. Al menos todo el tiempo.
Ahora le voy a llevar a un campo de lavanda que hay más abajo.
Le va a gustar. Ajá.
(Caballo)
Ah.
Perdón.
-¡Eh, eh!
-Siempre te salvas en el último momento.
Pensaba que era suerte.
Pero quizás hay algo más.
Devuélvemelo. Parece importante.
Devuélvemelo.
Dime cuánto estás dispuesta a pagar por ello.
-El señor y doña Amelia acaban de volver del bosque.
Han traído estas hierbas. Úselas.
-¿Como hacía con doña Alba?
Igual tenemos nueva duquesa. -Duquesa no habrá más que una.
Por mucho que alguien la sustituya.
No perdáis tiempo,
somos las últimas en ir a la iglesia.
Venga. -Enseguida, señora.
En cuanto la cocinera me dé una respuesta.
Sí, está bien, haremos compota con las manzanas maduras.
Venga, que llegamos tarde.
Es por el cumpleaños de doña Alba, nadie puede faltar.
Clara.
-La señorita Belmonte debería quedarse a supervisar el guiso.
¿No es cierto?
-¿Cómo? -Estoy seguro que la señora,
que en paz descanse, lo entendería.
Gracias.
Sé qué te pasa.
Miedo al miedo.
Serví en el Ejército.
Había un compañero que le pasaba lo mismo.
No puede salir a espacios abiertos.
Me tiemblan las piernas.
Siento que me falta el aire y creo que me voy a morir.
Busca una solución.
No podrás ocultarlo mucho tiempo.
Marqueses, un gusto verles en la casa del Señor.
-Lo mismo pensamos,
aunque no sabíamos que se trataba de una celebración
de primera comunión.
-Les presento a mi amiga Leonor Yuca.
Acaba de llegar de Valencia.
Vamos, querida.
-Se sentirá importante por ir colgada del brazo
de un conde. Por favor, si podría ser su padre.
-Al revés sería peor,
un jovencito como el señor Marlango
colgado del brazo de una mujer madura...
Hay cosas que son contra natura.
-No quería ofenderte, de verdad.
Si puedo hacer algo para que me perdones.
-No hablarme. -Vale, no te hablo,
pero ¿me dejas al menos estar a tu lado?
-Ponte donde quieras, esto es una iglesia.
Madre, voy a darle instrucciones a Melquíades
y ahora me reúno con vosotros.
Melquíades, ¿está todo el servicio en la iglesia?
Salvo la señorita Belmonte, que se ausenta con mi permiso.
¿Por? Debía terminar el jabalí.
¿He hecho mal, señor?
No, no, está bien, está bien.
Enrique.
Marqueses.
Esteban.
No es la única pieza que se te escapa hoy.
Hay algo que te está distrayendo de nuestro plan.
Veo a mucha gente, pero no a la persona que me prometiste.
Tal vez si no hubieses entretenido a Amelia con visitas nocturnas
a su cama. No sabía que disfrutar
de la juventud estuviera solo reservado para ti.
Señorita Amelia.
Siempre consigo lo que quiero.
¿Todo?
No me subestimes, es muy poco elegante.
(Campana)
(Rezos en latín)
Barón, barón. -Déjate de formalidades, por favor.
-Barón, por favor.
-¿Es que no he sido lo suficientemente claro?
No podemos vernos. Y mucho menos si estamos en público.
-Pero es que ahora estamos solos.
Alfredo.
(Rezos en latín)
-Vamos.
-¿Tienes dinero para pagarme?
Sí.
Devuélveme eso.
Traficar con tabaco está penado con cárcel.
¿Hablamos con doña Úrsula?
¿O me compras tu libertad?
(Puerta)
Señor, tiene visita. No estoy para nadie.
La marquesa de Villamar.
¿Has venido a escuchar mis halagos? No los necesito.
Entonces has venido a celebrar nuestro éxito.
Qué pena que no esté tu querido conde.
Pronto habrá boda en Castamar.
Por nosotros.
No creas que hemos terminado.
A Diego le pesa mucho el traje de duque.
Ha sentado a Amelia con él en misa, ya no hay marcha atrás.
Yo he cumplido con mi parte del trato.
Ahora te toca a ti cumplir con la tuya.
Y es justo, señora marquesa.
¿Qué desea su excelencia?
Mátale.
Mata a mi marido.
No quiero volver a verle.
"Es el arte más difícil,
saber elegir el condimento perfecto para sacar lo mejor de un guiso
sin que pierda su sabor original.
Nunca podemos escapar de la esencia de un guiso.
Como nunca podemos escapar de nosotros mismos.
De nada sirve enmascarar el sabor que no nos gusta.
En el paladar, aunque sea como un eco lejano,
siempre nos recordará que está ahí.
Es el arte más difícil,
aceptar que lo que tenemos en el plato
es justo lo que vamos a llevarnos a la boca."
(Caballo)
Majestad.
Señorita Belmonte.
Tenía razón.
Un rey nunca puede dejar de ser rey,
aunque también sea un hombre que sufre.
Prometí guardarle el secreto, pero se trata del rey
y eso está por encima de ser hombre.
Ahora el secreto es de los dos.
Nunca podemos dejar de ser lo que somos. ¿Verdad?
No.
Nunca.
Es vital que encuentres ese documento.
Siempre has sido mis ojos en Castamar.
Ahora necesito que lo seas más que nunca.
(Caballo)
"Yo, Felipe de Anjou, nunca fui el elegido.
Y si no lo remedio, moriré.
A fin de conseguir el bien de mi alma,
delego en mi amada, mi leal esposa, la redacción de este documento."
Ha venido a llevarse un alma. Estoy segura.
-¿Cómo se encuentra hoy, majestad?
-Es uno de los que me quieren envenenar.
La reina debería saber que no está viendo al médico.
La reina no tiene por qué saberlo todo.
Si ese documento cae en manos de quien no debe, será el fin.
Sobre todo, el suyo.
Es una declaración de su firme deseo de abdicar.
Te recuerdo que tenemos un trato.
Deshacerse de Esteban no es lo mismo que recibir una carta.
¡Vete! ¡Fuera!
Fuego. Al patio. -Necesitamos más cubos. Rápido.
Traedme un cubo.
Te quiero.
Usted lo que tiene que hacer es casarse con don Diego.
Estaba muy interesada en recuperar este documento.
No se lo ponga fácil a sus enemigos.
La respuesta es no.
Nunca le haría algo así a su majestad.
¿Donde consigues el tabaco puedes conseguir más cosas?
Con dinero, lo que necesites. Láudano.
Apuesto lo que quiera a que el duque de Castamar
desea un descendiente.
Es su salvación.
Ya sabemos a por quién viene el cuervo.
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