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Zulu
No.
El día es demasiado hermoso para desperdiciar un segundo.
Salgamos. Pero ¿por qué tanta prisa?
Si no tengo que ir a la corte ni despachar con el rey.
Alba.
Estás preciosa.
(RÍEN)
Buen muchacho.
Tendría que haber apostado. Habrías perdido, Castamar.
Mi padre me traía aquí cuando era un niño.
No decía nada, solo mirábamos, pero yo sentía
lo importante que era para él. Pronto tú podrás hacer lo mismo.
¿Qué quieres decir?
Vas a ser padre.
Alba... (RÍEN)
Pero no deberías montar a caballo. Estoy bien.
No, hasta que haya nacido, se acabaron los galopes.
Vámonos a casa. Vamos.
(EL CABALLO RELINCHA) ¡Cuidado, Alba! ¡Cuidado!
Chico... ¡Alba, agárrate!
¡Diego!
¡Alba! ¡Quieto!
¡Ah! ¡Alba!
Alba. Alba.
Alba. Alba.
Alba. Alba. Alba, mi amor.
¡Alba!
¡Alba!
(Golpean la puerta)
Señor, un mensajero de su majestad acaba de llegar.
(LEE) "Diego, es hora de que abandones el luto
y acudas a la llamada de tu rey.
Necesito que te reincorpores a las labores de la corte
para ocupar un nuevo cargo.
Secretario del Consejo. No me defraudes."
Espero respuesta, señor.
Dígale a su majestad que no hay respuesta.
Pero señor... ¡No hay respuesta!
¡Esta es mi respuesta!
¡Fuera! ¡Fuera los dos! ¡Fuera!
-Buenos días. -Buenos días.
Buenos días, hermana. Clara.
Fray Juan.
Podría haberte ayudado, debiste avisarme.
A tu padre le partiría el corazón verte así.
Pero ya no está entre nosotros. Sí, pero le prometí cuidarte.
No tiene por qué hacerlo. Escucha.
Salgo de Madrid en unas semanas, pero te he conseguido un trabajo.
No, no puede ser. Sabe que no puedo. Escucha.
Clara. (NERVIOSA) No...
Toma esto. Es láudano.
Te ayudará a calmar la angustia por salir.
Vamos. Ya.
Rezaré por ti.
La condesa de Arcos empieza la temporada de conciertos.
¡Oh! ¿La misma condesa de Arcos cuya conversación aborreces tanto?
No seas impertinente. No tendré que estar con ella,
el marqués de Soto se ha ofrecido a acompañarme.
No sabía que tuvieseis tanta amistad.
Buenos días. Diego, querido.
Hermano. Qué alegría que te unas a nosotros.
Sirve al señor.
Hijo, no podías hacerme más feliz.
¿Qué hay de la oferta del rey? ¿Es cierto lo que dicen?
Secretario del Consejo. Dicen muchas cosas.
¿Un poco más de aloja? Está fresca.
No. -¿Qué sucede?
-No va a aceptar. -Pero no puedes hacer eso, Diego.
No he dicho que no vaya a aceptar. Necesito tiempo, necesito tiempo.
El tiempo no va a cambiar nada. -Diego, escúchame.
Sabes que te quiero como a un hermano, ¿verdad?
Que jamás diría nada que pudiera hacerte daño. Jamás.
Pues entonces no lo hagas. Diego, Alba no va a volver.
(Golpes en la puerta)
¿Qué quieres? ¿El señor Elquiza, el mayordomo?
Si me permite.
Doña Úrsula, preguntan por el señor Elquiza.
-Tienes mal color. ¿Estás enferma?
Solo un poco mareada por el viaje.
Mis credenciales y una nota para el mayordomo.
Córtame bien esa cebolla, ¿eh? No me la dejes así de gorda.
Doña Úrsula. -Continúen.
Dale un trozo de pan y algo de vino.
Se lo agradezco, señora, pero no quiero molestar.
Como quieras.
-¿Eres un ángel? ¿Qué?
¡Eres un ángel!
-¡Pero quita de ahí, desgraciada!
No ha hecho nada malo. Si prefieres que te llene de babas.
-Doña Úrsula,
creo que se le ha olvidado llamar.
-No es una visita de cortesía.
Ha contratado a una oficial de cocina sin consultarme.
-Tiene buenas referencias y era necesario cubrir el puesto.
-Eso no es decisión suya.
-Soy el mayordomo de Castamar. No tengo que darle explicaciones.
-Creí que había quedado claro que había perdido ese derecho,
pero siempre podemos hablar con el señor.
-No será necesario.
-La chica se queda. Estará a prueba durante unos días.
(Pavos)
Tú. Y tú, Beatriz, venid aquí.
Seis reales de vellón y tres comidas al día,
ese será tu jornal.
Ayúdala a adecentarse. Encárgate de ella.
-Sí, señora.
No me gustas.
No voy a ser tu niñera, así que espabila.
-Elisa, encárgate de las copas y de la vajilla. Corre.
Hay que airear las habitaciones. Todas.
-Ayuda con los pollos. Y al acabar,
te vas a los salones de arriba, que hay que cambiar velas.
-¿Y a ti quién te ha dicho que esto tienes que hacerlo tú sola?
Se necesitan dos personas. Trae, te ayudo.
Soy Elisa. Clara.
Esta es la puerta por la que se accede
a las escaleras del servicio.
Al final del pasillo tenemos la alcoba de la duquesa madre
y esta es donde duerme el señor ahora.
Por aquí el salón de juegos.
Aquí hay una pequeña recámara
y esta es la que compartía el señor con doña Alba,
que en paz descanse.
-Ángela Foch, camarera mayor de la reina.
-Olvídese del protocolo, querida. Es una visita de amiga.
No me andaré con rodeos.
La reina quiere saber si tiene motivos para preocuparse.
¿Y por qué habría de tenerlos? En la corte se oyen cosas.
Dicen que se niega a abandonar el luto por su esposa
y que no aceptará el cargo que le ha ofrecido el rey.
No hay nada de cierto en eso.
Así se lo haré saber.
Don Diego, una cosa más.
Su majestad el rey cree que un hombre sano no debe estar solo.
No se preocupe por eso, ya me encargo yo.
Bueno, lo primero que tenemos que hacer
es repasar las copas y la plata. ¿Vienes?
Clara, ¿me estás oyendo? Sí.
Hay que repasar las copas y la plata.
Es muy apuesto.
¿El señor tiene esclavos?
No, no, no, no, no, no, Ese es don Gabriel, su hermano.
Bueno, a ver, su hermano, hermano, no, claro.
Es que el señor lo trajo cuando era un niño
y la señora lo cuidó como si fuese hijo suyo. Cosas de ricos.
Sí, cosas de ricos.
Majestad.
Sabía que no decepcionarías a tu rey, Diego.
No, majestad, no vengo a aceptar el cargo que me ofreció.
Vengo a pedirle más tiempo.
Te quiero de vuelta, Diego. Pero majestad...
Majestad. Majestad, no puedo.
No puedo traicionar la memoria de Alba.
Y no es eso lo que te pido.
Mira, yo también perdí a la mujer que amaba
y no hay ni un solo día en el que no me sienta culpable,
pero tenemos obligaciones, ¿no? Su majestad es más fuerte que yo.
No, no lo soy.
Hasta ahora he sido paciente. Son tiempos difíciles, Diego.
Y tengo enemigos.
Majestad, nada me complacería más que poder...
Se acabó el duelo en Castamar.
Quiero una fiesta. ¿Qué te parece?
Que todo el mundo lo sepa. El duque vuelve a la corte.
Pero majestad, es pronto para mí.
No lo pide el amigo, lo ordena el elegido de Dios.
-¿Y qué pasa con los huevos?
-Los huevos están en el corral, hay que recogerlos cada mañana.
-Pero lleva un cesto, atontada.
¿O piensas traerlos de uno en uno?
-Amigas. Amigas.
¿Harías algo por mí?
(RÍE)
Hola. Hola.
Nadie faltará sabiendo que vendrán sus majestades.
El marqués de Soto acaba de llegar, señora.
Hágale pasar.
Querida amiga, está usted espléndida, como de costumbre.
No conozco a nadie que mienta mejor que usted.
Don Enrique.
Espero que no le moleste que me lleve a su madre.
Prometo traerla de vuelta sana y salva.
¿Preparado? Tengo grandes novedades que contarle.
Con usted puedo ser sincera.
He estado muy preocupada por él,
más de un año encerrado y alejado de la corte.
El anuncio de la fiesta es una gran noticia.
No me gusta entrometerme, pero... ¿Sabe si irá acompañado?
Un nuevo matrimonio podría ayudar.
Sería la mejor muestra de que ha superado su pérdida.
Sí, desde luego. Y asegurar el futuro de Castamar.
Pero ¿con quién?
Podríamos buscar a la persona adecuada.
Conociendo a mi hijo, nunca aceptaría una cosa así.
Que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu mano derecha.
No tiene por qué enterarse.
Querido, no sé qué haríamos sin usted.
Diego.
Hermano, necesito tener la cabeza ocupada.
Llevas mucho sin practicar. ¿Sí?
Sí. Pues intenta ganarme.
Querida Mercedes, qué alegría.
Y qué bien acompañada vas,
vas a ser la envidia de todas mis amigas.
Adelante, pero adelante.
No soporto a esta mujer.
Señorita Amelia. ¡Doña Mercedes!
¿Qué tal está? Me alegro mucho de verla.
¿Cuándo ha llegado? Sentí mucho la muerte de su padre.
Oí que iba usted a comprometerse. No. No, no, no.
Deje que le presente al marqués de Soto.
¿Señorita Castro? Encantada.
No hay nadie en Cádiz que no hable de usted.
Voy a sentarme. Si me disculpan.
-Estarás seco.
-Gracias, señora.
-Mañana al alba. -Ven aquí.
(SUSURRA) -Quita...
(Música)
(Aplausos)
Sencillamente adorable. Sencillamente perfecta.
No está comprometida.
Señorita Amelia.
Doña Mercedes, permítame agradecerle su invitación.
La agradecida soy yo.
Tengo grandes planes para estos días.
(Voces y risas)
Por justicia. Mira todo lo que tiene el cerdo, cabrón,
(Jadeos) pero nada comparado con esto.
¡Dios! ¡Dios!
Tú eres mi reina, mi diosa. -Señora Escrivá.
Desvergonzada. Fresca.
La quiero fuera de esta casa inmediatamente.
-Doña Úrsula, por caridad. Por favor, ¿qué va a ser de mí?
Fuera de aquí antes de que la denuncie.
¡Ladrona! ¡Fuera!
Bienvenida a Castamar.
Madre. Hijo.
¿Ha tenido buen viaje? Estupendo.
Madre.
¿Nadie le había contado lo del hijo negro?
No, yo... Pensaba que los chismes de la corte
llegaban a Cádiz, igual que los de Cádiz llegan aquí.
Don Enrique.
Querida, acérquese.
Mis hijos están deseando conocerla.
Es un placer conocerla, señorita Castro.
Señorita Castro.
¿Le gusta pasear?
Hijo, tienes que llevar a la señorita a conocer la finca.
Hay unas vistas...
-Sí. -Don Diego pregunta
por los preparativos de la fiesta. -¿Y qué le ha dicho?
-Nada, pero alguien debe contarle la verdad.
Lo más razonable, sin cocinera, es que cancele la celebración.
-No, no podemos hacer eso. -Pues no haberla despedido.
-Esta es una casa decente. -Toda la corte está invitada.
No puede salir mal.
-Significa mucho para el señor.
Seguimos adelante.
La cena será puntual, a la hora de siempre.
Roberto, encárguese de que sea
con la vajilla de la Compañía de Indias.
-Sí, señora. -Usted se ocupará de la cocina.
-¿Yo?
-Sí. ¿Por qué no? Hace tiempo que es primera ayuda.
No será difícil que lo haga mejor que la señora Escrivá.
Muy bien, pues a trabajar todo el mundo.
-Dejadme un momento.
¿Traigo el menú? Sí.
¿No sabes leer? Sí.
No sé cocinar.
Acabaré en la calle como la señora Escrivá.
Yo sí sé. Podemos hacerlo juntas.
Confía en mí.
Diles que laven las verduras y que saquen las pechugas del capón.
Lavad las verduras y sacad las pechugas del capón.
-Señorita Amelia, esto me lo dio doña Mercedes para usted.
¿Necesita algo más? -Puedes retirarte.
Señor marqués.
¿Qué hace aquí? Si alguien nos viese...
Me compromete. No nos va a ver nadie.
¿Qué quiere? Quería decirle que...
puede estar tranquila, que su secreto está a salvo conmigo.
No sé de qué me habla.
Es usted muy joven para haber sufrido tanto.
La ruina de su padre, su repentina muerte
y el canalla que la engañó y le robó la honra.
Por favor, salga.
Mi querida señorita, no pretendía ofenderla. Al contrario.
Son los documentos que acreditan que he pagado toda su deuda.
Quiero que se convierta en la duquesa de Castamar.
Permiso.
Te pidió que abandonases el luto, Diego.
Me ordenó que organizara una gran fiesta
y eso es justo lo que va a ser.
Gabriel, ¿quieres dejarlo ya, por favor?
Disculpe el atrevimiento. ¿Qué haces aquí a estas horas?
Debía mantener el fuego.
No la conozco. Soy la nueva oficial de cocina.
Pues puede retirarse.
Con su permiso, señor.
Señora.
Marqués, no sé cómo agradecerle que se haya desviado para recogerme.
-Castamar no sería lo mismo sin usted.
-Mi carruaje sufrió una inoportuna avería ayer.
-¿Su estupenda Berlina de importación?
-¿Sugiere que solo debería prestar atención al producto nacional?
-Por supuesto que no.
Nuestro carruaje es francés y nunca ha fallado.
-Lo tendré en cuenta en caso de que decida cambiar.
-No debería. A menudo el marqués tiene unos gustos muy exquisitos.
-Querida,
el conde de Armiño puede permitirse los mismos caprichos que yo.
-No apostaría por ello.
De igual manera, le seguiré de cerca.
Tal vez me sirva de inspiración.
-Tendrá unos días muy estimulantes gracias a mi esposo.
-Estoy seguro de ello.
-Marquesa.
Querida, déjeme que le presente.
Doña Sol y don Esteban, marqueses de Villamar.
La señorita Castro.
Encantado.
Pero acomódense, hay tiempo. Serviremos el refresco a las 19:00.
Don Francisco Marlango.
Necesito que mi alcoba esté cerca de la de Sol Montijos.
(RÍEN) El mismo de siempre.
¿Para qué cambiar? Claro.
Me alegro de verte. (RÍE)
Ignacio. Marqués.
Bienvenido a Castamar.
Don Diego, Ignacio Montes, un amigo.
Un honor conocerle. Igualmente.
Deje que sea yo el que le presente a todos,
¿de acuerdo? De acuerdo.
¿Me disculpan? ¿Conocéis ya a mi buen amigo Ignacio Montes?
No, no. No tengo el honor.
Don Alfredo Carrión, barón de Aguasdulces.
Un placer.
Y don Francisco Marlango. Conde de Armiño. Pero nos conocemos,
hemos jugado a los naipes más de una vez.
-¿Ah, sí? -No puedo creer que no lo recuerdes.
-Pues no, no lo recuerdo.
Si me disculpan, hay unas personas a las que quiero saludar.
Caballeros.
Perdón. Espero que no le deba dinero.
-No. -¿Primera vez en Castamar?
-Y espero que no sea la última.
-¿Conoce a los Hurtado de Mendoza? -No, no tengo el placer.
-He organizado una partida con ellos.
Sígame. -Le sigo.
-Qué bien huele.
-No creo que a la dueña le guste que sea la fina
quien da las órdenes. -Ni a ti. Sigue pelándolos.
Querida, es su momento.
Adelante.
Adelante.
Azúcar. Azúcar.
¿Quieres encargarte de algo muy especial?
Necesito que vayas al jardín
a por el ingrediente más importante de todos.
Gracias. Puede retirarse.
¿No te vas a vestir para la cena? Madre se va a llevar un disgusto.
No os acompañaré.
Pero ¿a qué viene esto, Gabriel?
Es una cena privada solo para los más cercanos.
No quiero incomodar a la señorita Castro.
¿No quieres incomodarla o estás molesto?
Bien.
Perfecto. ¿Dónde has aprendido a hacer esto?
-Lo más importante. Gracias.
¿Flores?
Lo ligamos con una yema.
Estamos listos.
"El tiempo se detiene para dejarte saborear cada plato.
Sabor y saber.
Las dos tienen el origen en la misma palabra.
Cocinar. Compartir.
Transmitir.
Descifrar recetas y transformarlas hasta dar con lo importante,
el ingrediente esencial,
único en cada plato y en cada uno de nosotros.
Ese algo que nos hace especiales
y que necesitamos descubrir para saber quiénes somos
y en qué vamos a convertirnos."
(Golpe)
-Señor. -Excelencia, si lo permite...
¿Quién se encargó anoche de la cena?
Lamento comunicarle que he tenido que despedir a la señora Escrivá.
Hijo, estás aquí. He hecho todo lo posible,
pero aún no he encontrado quién se hará cargo de la cocina.
Lamento mucho que la cena no fuera como esperaban.
Señora Berenguer, ha sido mucho más.
La mejor que se ha servido en Castamar en lustros.
No veo la necesidad de seguir buscando lo que ya tenemos.
¿Tú qué opinas?
¿Va a decirme quién estaba al frente de los fogones?
Clara Belmonte, señor, es nueva en la casa.
No habrá tenido ocasión de conocerla. Bien, pues ya tenemos cocinera.
La señorita Clara es la nueva cocinera de Castamar.
Espero que esté a la altura del cargo
y que sea digna de la oportunidad que se le ofrece.
Muchas gracias. Haré todo lo que esté en mi mano.
Eso espero. Ahora sí que está a prueba.
Todo el mundo a trabajar como ayer.
Vamos a hacer que esta fiesta sea inolvidable. Carmen, conmigo.
Beatriz, a la mesa de preparación con los pinches.
Lo que tú digas, alteza.
(Disparo)
(Ladridos)
-Señores, para ser esta su principal ocupación,
no les veo muy hábiles. -¿Su marido no nos va a acompañar?
-Hace tiempo que no le interesa la caza.
-¿Es eso posible?
-Tendrá que preguntárselo a él.
(Disparos y ladridos)
Señorita Castro,
¿no pensará que se puede cazar sin dar un solo disparo?
Te alabo el gusto, pero no vas a conseguir tu propósito con Amelia.
¿Qué propósito podría yo tener?
Sé cuánto odias al duque y cuánto deseas
que se case con alguien a quien puedas manipular.
Pero habríamos sido la pareja perfecta.
Caballeros. ¿Cómo estás?
Bien.
Quería aprender... A disparar. Sí, claro.
¿No ha disparado nunca? (NIEGA)
Dame un par de días y tu inocente Amelia será una mujer.
¿Qué te parece? Sí.
Rocíalo con sal, pimienta y perejil.
Justo en su punto. Puedes trinchar.
No os dejéis nada.
Llevan todo el día en el campo, tendrán hambre.
Sacad primero las chacinas y los hortelanos en hoja de villa.
Después el pastel de carne y las paletillas al olivo.
Qué sorpresa, tú por aquí. -Quiero ver al zurdo.
-¿Para qué? -¿Está o no?
-Sígueme.
-Cómo me gusta. ¡Jacinta...!
-Eh, zurdo. Preguntan por ti. -Que esperen.
-No me gusta esperar, ya lo sabes.
-Vete.
¿Lo tienes? -Antes dame lo que es mío.
-Claro.
-Señor.
Un cuadro extraordinario.
Ella también lo era, señor.
(LEE) "Mi hombre ha conseguido lo que pidió.
Abre todas las cerraduras del palacio."
-No sabía que fueras celosa. -Ni yo que tuvieras tan poco gusto.
-Quédate. Te va a gustar.
-Querida condesa.
Una maravillosa velada. ¿No les parece?
-Así es. Barón.
¿Todo bien?
Todo perfecto, sí.
Cinco.
Sus majestades salen poco del Alcázar,
pero a Castamar no podían faltar.
-Colóquelo en su puerta y así sabré cuál es su habitación.
-Francisco, espere.
Creo que se le ha caído.
-Ah.
Discúlpeme.
Lo siento, lo siento mucho, pero si no quema, no funciona.
-Me he tomado la libertad de pasar a recogerla.
Espero que no le moleste. -No sabe cuánto se lo agradezco.
-Mírese.
Tiene una piel maravillosa.
Tan tersa, tan luminosa, tan joven.
Me recuerda a mí.
Retírese.
Lo que hubiese dado yo a tu edad por tener una amiga
con mi experiencia. Está usted radiante.
Pero demasiado recatada.
Más rubor.
Y lo más importante de todo, actitud.
Nos educan para gustar a las madres,
pero nosotras queremos conquistar a sus hijos.
El duque es sin duda el mejor partido de la corte,
pero si quiere conquistarlo, deberá conseguir
que los demás caballeros del salón no puedan dejar de mirarla.
Compruébelo usted misma.
-Actitud...
Caballeros.
¿Quién de todos me deja jugar? -¿Cómo no?
-Es mi noche de suerte.
-Creo que me sobrará un día.
-¡Ah! (SISEA)
No querrá que entre alguien y nos descubra, ¿verdad?
Váyase, por favor.
Podría enseñarle cosas que ni imagina.
Váyase. Váyase, por favor.
¿Quiere que me vaya?
Sí. Váyase, por favor.
¿Seguro?
Delicioso. Dígale a la cocinera que me parece el postre perfecto.
Un momento.
Gracias.
Horchata de chufa y bebida imperial antes del paseo
y nada más salir al jardín, rosados y vinos blancos y tintos.
Señor. Perdón, perdón por la interrupción.
Aquí van algunos cambios para la celebración de esta noche.
Bien. Los fuegos artificiales
anunciarán la llegada de sus majestades.
La cena se servirá en el jardín como estaba previsto.
Y quiero que saquen fuera los asados de las piezas grandes.
No será un problema.
No hay nada con lo que su majestad disfrute tanto.
Y quiero que usted, como cocinera jefe,
se encargue personalmente.
¿De los asados fuera?
Sí. No.
Bueno, será solo hasta que sirva a su majestad.
Así se hará, señor.
Marquesa.
La veo distinta. Será el peinado.
Permiso.
Mi querida amiga, ¿qué ocurre? -Nada que pueda contar.
-Puede confiar en mí. -Lo necesito tanto...
Suena horrible, no... ¿Qué va a pensar de mí?
-Es usted una joven extraordinaria. Nada de lo que diga cambiará eso.
-El marqués, no sé cómo,
entró en mi alcoba en mitad de la noche...
-¿En su alcoba? -Dentro de mi cama.
Intenté resistirme, pero...
no lo suficiente.
Me hizo cosas que no imaginaría. -¿Es eso posible?
-Y hay algo aún peor.
Que no puedo dejar de pensar en cada una de ellas.
Doña Sol, creo que me gusta.
-Te estaba esperando.
-Mi marido no tardará en echarme de menos.
-Aprovechemos el tiempo.
-Hazme cosas que no pueda imaginar.
-El vigía ha hecho la señal.
Sus majestades acaban de entrar en la hacienda.
-Majestad...
Majestad...
Majestad.
Majestad. Majestad. ¡Majestad!
-El rey quiere... -Sí... Ya casi hemos llegado.
-Debo rezar, debo rezar.
-Sí. Nosotras te acompañaremos.
-Esto es entre Dios y yo.
¡Dejadme!
-Mi amor... -Dejadme solo. Déjame tú también.
No te acerques, no te acerques.
Ni me mires. No harás que me condene.
"Dicen que los seres inferiores no sienten,
pero ¿cómo entonces son capaces de intuir
que su tiempo entre nosotros se acaba?
No sirve intentar engañar a su miedo adormeciéndolo con hielo."
Señorita Belmonte, el fuego está preparado y las piezas también.
Tienes que salir.
"Cuando caen dentro,
se retuercen de dolor aunque nadie lo vea.
Dicen que los negros, los animales, los locos no sienten,
pero les veo por dentro.
El corazón disparándose, su dolor intenso.
El mío,
el mismo que sentí al enterarme de la ejecución de mi padre."
Dime que no está muerto.
"El mismo que me paraliza desde aquel día
y que me impide salir a espacios abiertos."
Majestad, debemos irnos.
(Fuegos artificiales)
Majestad.
¡Majestad! (RELINCHA)
¡El rey ha desaparecido!
-Solo me preocupa el rey. Tiene que encontrarlo.
-No tiene sentido. ¿A quién podría interesarle un atentado?
El Rey lleva años haciendo enemigos por Europa.
Cualquiera podría haber sido. ¡Majestad!
-La melancolía no es enfermedad para un rey.
Por el bien de la corona, jamás debe saberse.
Por nosotros. No creas que hemos terminado.
¿Qué desea su excelencia? Mátale.
Las piernas hay que pasarlas por harina antes de freírlas
con tocino y manteca. Sigue aquí.
No la pierdas de vista. -¿Qué espera que encuentre?
-Encuentra cualquier cosa que haga que salga de Castamar.
-Ahora forma parte del gobierno en la corona,
no puede ocultar nada que lo ponga en peligro.
Es usted adorable, señorita Castro.
Don Diego va a ser un hombre muy afortunado.
Yo no me ve como usted. Acérquese a él
y pronto tendrá unos brazos donde refugiarse.
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