All language subtitles for Aur+®lia Steiner Vancouver (Marguerite Duras, 1979).esp

af Afrikaans
ak Akan
sq Albanian
am Amharic
ar Arabic
hy Armenian
az Azerbaijani
eu Basque
be Belarusian
bem Bemba
bn Bengali
bh Bihari
bs Bosnian
br Breton
bg Bulgarian
km Cambodian
ca Catalan
ceb Cebuano
chr Cherokee
ny Chichewa
zh-CN Chinese (Simplified)
zh-TW Chinese (Traditional)
co Corsican
hr Croatian
cs Czech
da Danish
nl Dutch
en English Download
eo Esperanto
et Estonian
ee Ewe
fo Faroese
tl Filipino
fi Finnish
fr French
fy Frisian
gaa Ga
gl Galician
ka Georgian
de German Download
el Greek
gn Guarani
gu Gujarati
ht Haitian Creole
ha Hausa
haw Hawaiian
iw Hebrew
hi Hindi
hmn Hmong
hu Hungarian
is Icelandic
ig Igbo
id Indonesian
ia Interlingua
ga Irish
it Italian
ja Japanese
jw Javanese
kn Kannada
kk Kazakh
rw Kinyarwanda
rn Kirundi
kg Kongo
ko Korean
kri Krio (Sierra Leone)
ku Kurdish
ckb Kurdish (Soranî)
ky Kyrgyz
lo Laothian
la Latin
lv Latvian
ln Lingala
lt Lithuanian
loz Lozi
lg Luganda
ach Luo
lb Luxembourgish
mk Macedonian
mg Malagasy
ms Malay
ml Malayalam
mt Maltese
mi Maori
mr Marathi
mfe Mauritian Creole
mo Moldavian
mn Mongolian
my Myanmar (Burmese)
sr-ME Montenegrin
ne Nepali
pcm Nigerian Pidgin
nso Northern Sotho
no Norwegian
nn Norwegian (Nynorsk)
oc Occitan
or Oriya
om Oromo
ps Pashto
fa Persian
pl Polish
pt-BR Portuguese (Brazil)
pt Portuguese (Portugal)
pa Punjabi
qu Quechua
ro Romanian
rm Romansh
nyn Runyakitara
ru Russian
sm Samoan
gd Scots Gaelic
sr Serbian
sh Serbo-Croatian
st Sesotho
tn Setswana
crs Seychellois Creole
sn Shona
sd Sindhi
si Sinhalese
sk Slovak
sl Slovenian
so Somali
es Spanish
es-419 Spanish (Latin American)
su Sundanese
sw Swahili
sv Swedish
tg Tajik
ta Tamil
tt Tatar
te Telugu
th Thai
ti Tigrinya
to Tonga
lua Tshiluba
tum Tumbuka
tr Turkish
tk Turkmen
tw Twi
ug Uighur
uk Ukrainian
ur Urdu
uz Uzbek
vi Vietnamese
cy Welsh
wo Wolof
xh Xhosa
yi Yiddish
yo Yoruba
zu Zulu

Original subtitles

Es el entorno del d�a,

el cielo est� oscuro.

Ante m� tengo el mar.

Hoy est� liso, pesado,

con la densidad del hierro

y ya sin fuerzas, dir�amos.

Entre el cielo y el agua

hay un mar muy negro.

Cubre todo el horizonte,

tiene la regularidad de una naturaleza gigante,

la importancia de una diferencia infranqueable,

y podr�a producir miedo.

En el espejo de mi habitaci�n

derecho, velado por la luz oscura,

aparece mi imagen.

Miro hacia el exterior.

Los veleros siguen ah�, inm�viles,

sobre el mar de hierro,

todav�a en el movimiento de la carrera

donde les sorprendi� esta ma�ana el desfallecer del viento.

Me contemplo.

Me veo mal en el cristal fr�o del espejo.

La luz es tan oscura que se dir�a que es de noche.

Lo amo a usted m�s all� de mis fuerzas.

No lo conozco a usted.

Ocurre que, entre el horizonte y la playa,

comienza a producirse un cambio

en la profundidad del mar.

Es lento.

Llega con retraso.

Contra mi cuerpo, ese fr�o del cristal,

este espejo muerto.

Ya no veo nada de m�.

Ya no veo nada.

As�, vuelvo a ver.

Ante m� ha nacido un color,

est� presente, tenso, verde.

Ocupa parte del mar.

Conserva mucho de �l en ese color, un mar.

Pero muy peque�o, ve usted,

un mar en el conjunto del mar.

La luz proven�a, pues, de all�,

del fondo del mar,

de una multitud de colores en su profundidad.

Y el contraluz

molesto en su brotar

en todas partes donde surgieron aguas.

El mar se vuelve transparente,

con luminosidad y brillantez de �rgano nocturno.

Se dir�a, no de bordado, �entiende?,

no de f�sforo, sino de carne.

He cerrado las puertas y las ventanas de mi habitaci�n.

He vuelto muy deprisa para escribirle a usted.

Me tiendo ah�, con usted, en el descubrimiento de la playa.

Me he alejado del espejo, me miro.

Los ojos son azules, dicen. El cabello, negro.

�Entiende? Azules, los ojos sobre el cabello negro.

�C�mo me gusta que me vea usted!

Soy hermosa, y de qu� manera,

en mi ser extranjero.

Le sonr�o a usted y le digo mi nombre.

Me llamo Aur�lia Steiner.

Soy su hija.

No est� usted informado de mi existencia.

No puede hacerme se�ales.

La muerte le impide verme,

ya lo s�.

Y yo veo la muerte de usted como una ilusi�n transitoria de su vida.

Por ejemplo, la de nuestro amor.

Me da igual.

Estoy informada de usted a trav�s de m�.

Esta ma�ana, por ejemplo,

por este espanto s�bito,

sin objeto aparente,

me vi informada de nuestro profundo parecido

ante el azar del deseo.

A veces vienen otros distintos de usted,

ese otro.

A veces tienen la edad

que habr�a tenido usted.

En un mundo en el que usted ya no sigue con vida

me pueden suplir nuestro encuentro.

Por la languidez y la gracilidad adolescente del cuerpo que le veo.

Por la torpeza de su aproximaci�n, la impaciencia dolorosa

y, a veces, las l�grimas.

Y a veces tambi�n esas peticiones de ayuda.

Al borde del placer, no vuelven a pasar tan lejos entre ellas y nosotros,

s�, usted, usted tambi�n,

podr�a vagabundear por las escalas,

por las calles del puerto.

Lo ordeno, mi cuerpo, fresco, y ellas lo agarran,

le hablan,

dicen que �l la quiere.

Grita, llora, deja de herir.

Yo dejo, dejo hacer.

�l afronta, penetra, toma, amado, llora.

Yo podr�a haber sido uno de ellos,

s�lo que entonces usted me habr�a visto.

Se habr�a fijado en esta chica,

en este cuerpo abandonado, entregado,

este gozo llevado lejos de usted

y del cual esta chica no quiere ya volver.

El mar, se dir�a, sin ruido, al borde de la ciudad.

Con los ojos cerrados, yo le habr�a preguntado:

�C�mo es usted? �Rubio?

�Un hombre del norte, de ojos azules?

Apenas habr�a tardado usted en contestarme:

De ojos azules, s�, pero con el cabello negro.

�Negro? S�.

Le habr�a preguntado: �Busca usted a alguien?

�A alguien de quien le hayan hablado?

Dice usted: Eso es.

Habr�a a�adido: Eso es, s�,

a alguien a quien no tengo manera de reconocer

y a quien amo m�s all� de mis fuerzas.

Pregunto:

�Aur�lia Steiner?

�l no responde,

se aleja de m�, grita:

�C�mo lo sabe usted?

Digo que he o�do hablar de ella

a viajeros que han hecho escala.

Pregunta, llora.

Digo, s�, todos

eran hombres de cabello negro.

Desde la habitaci�n cerrada de la playa, sola,

he construido la voz de usted.

Narra usted y yo no oigo historia alguna,

sino �nicamente su voz,

la que llega por el mar milenario.

Su voz, escrita a partir de ahora,

clama as� en el tiempo,

liberada de la historia.

Se habr�a usted marchado corriendo

y yo habr�a o�do llamar en la ciudad a ese nombre:

Aur�lia Steiner.

Habr�a seguido el retumbar del ruido de esas dos palabras

hasta o�rlas desaparecer.

Y conforme hubiera o�do el rumor creciente del mar

no habr�a habido viento.

Sigo a�n en esta habitaci�n oscura frente al mar.

Llevo a�os sola en esta casa.

Todos se fueron para reunirse con las sombras m�s tranquilas de la tierra.

La causa est� en cabeza.

Aqu�, terrible.

Por la tarde se ha producido una lenta dislocaci�n

entre las aguas verdes y negras del mar.

El inmenso charco se ha vuelto azul.

El movimiento ha regresado.

El mar ha temblado como bajo los golpes de un viento s�bito.

All� afuera no hay viento,

era la noche que llegaba.

Y he abierto las puertas y las ventanas de mi habitaci�n

y ha entrado una dulce luz.

El horizonte se hab�a vuelto habitual,

liso y despejado.

A mi madre, muerta, la acuestan

bajo los bajos flancos del campo,

quemada muerta con el contenido amarillo de su equipaje.

Aur�lia Steiner, mi madre.

Mi madre contempla ante s� el gran rect�ngulo blanco

del patio de reuni�n del campo.

Su agon�a es prolongada.

A sus costados, el infierno vivo.

Todo el mar se ha vuelto otra vez azul

como siempre a estas horas, �entiende?

Hay una intensa claridad

justo antes del reflejo rojo de la noche.

Lloro, sin tristeza,

la noche que sigue cayendo sobre la ausencia.

He aqu� las grandes playas de anaranjado y oro del cielo

sobre el mar.

Bajo el color ella brilla, ya descolorida.

He aqu� que el oro del cielo se vuelve luctuoso

y despu�s luce.

Nada puedo, nada puedo

contra esa eternidad que llevo

al lugar de esa �ltima mirada de usted,

la que miraba el rect�ngulo blanco del patio de reuni�n del campo.

Era el d�a estival,

la muerte se adue�aba de usted.

Ya ve, todav�a, creo,

pero ya no ser�a suficiente,

alcanzada ya por la insensibilidad.

Se ba�a usted en la sangre de mi esencia.

Con el verano a su lado

entre el polvo del suelo.

A su alrededor, dura y quebrada por el sol, esta tierra alemana,

esta tierra extranjera, esta luz,

este estudio perfecto,

ese cielo de calor.

Ante usted, el rect�ngulo blanco

en el que �l muere.

La tormenta ha llegado por la noche.

Algo despu�s de medianoche, el viento.

Y seguidamente �l, el mar,

se pliega y a menudo

lo ha seguido.

Ha subido a asaltar la ciudad, ha escalado,

invadido, ha roto, formado estruendo,

ha hecho estallar los muros, las puertas, los cristales,

se ha llevado tejados

y la ciudad queda as�, abierta, vac�a sobre el viento.

Yo escuchaba los gritos del mar.

Justo antes de la aurora, entre la blancura l�vida,

estallaron las grandes reservas de sal.

La sal se extendi� por el mar.

Su salinidad se volvi� letal.

Pas� en escasos segundos de la vida a la muerte.

Amaneci�. Entonces, pesado, envenenado,

el mar se tranquiliz�.

En el rect�ngulo blanco del patio de reuni�n

Aur�lia Steiner vuelve a distinguir

a los ahorcados, ladrones de sopa,

que patalean en el extremo de sus sogas,

demasiado gusanos, demasiado ligeros.

No consiguen colgar por su propio peso.

Es la ma�ana del segundo d�a.

Mi madre, dieciocho a�os, se muere.

Ante ella, en el extremo de su cuerda, �l la llama,

grita de amor loco.

Ella ya no oye.

Este es el lugar del mundo en que se encuentra Aur�lia Steiner.

Ella oye que el mundo entero lucha contra el mismo miedo.

Ve que el centro del miedo se desplaza,

que cae a su alrededor, Aur�lia Steiner.

Ve que el mundo entero la teme, a ella, Aur�lia Steiner.

A la ma�ana siguiente la ciudad sigue todav�a inundada,

el mar se retira de las tierras, de las calles,

de los parques, de las catedrales.

Los barcos del puerto se han echado sobre sus costados.

Las playas est�n cubiertas de peces muertos.

En el cielo, en el cielo helado,

el sol es crudo, ella se queja.

Toda la ciudad se duerme bajo esta plena luz del d�a

cortante, con cielo de tormenta.

Salgo a la ciudad dormida bajo el sol pavoroso.

El mar est� ah�, entre sobresaltos, todav�a gritando,

y despu�s sale afuera.

El sue�o de un ni�o

entreverado de pesadillas.

La ciudad aparece blanqueada por la sal.

La ha depositado el mar en los baches.

Camino.

Poco a poco, sin que me centre en venir,

me regresa usted desde el exilio,

desde la noche, desde el rev�s del mundo,

esta sombra negra en la que se mantiene usted.

Atraviesa usted la ciudad.

Le veo alcanzar un hotel del puerto.

Hoy es usted un marinero de cabello negro,

grande.

Siempre esa delgadez de la juventud o del hambre.

Ha regresado usted, ha dudado

y despu�s se ha alejado.

S� que, al llegar la noche,

ir� usted al lado de esta chica

y la buscar�,

a ella, a la que se cruz� usted esta ma�ana en la ciudad

y en la que se fij�

a causa de ese vestido ligero, quiz�,

y de esa mirada azul bajo el cabello negro.

He ido a tumbarme sobre la profundidad del mar

frente al cielo helado.

Todav�a est� febril, caliente.

Ni�a, amor.

Peque�a.

La llam� por diferentes nombres.

El de Aur�lia. El de Aur�lia Steiner.

En su profundidad ella se debat�a a�n

entre el agotamiento y las ganas de matar.

A veces grandes movimientos la sublevaban.

El amor.

Todas esas cosas que hablan por nosotros.

T�. Ni�a. El mar.

Le comuniqu� el estado en que se encontraba la ciudad

y despu�s le habl� de la historia.

El inframundo de agua

de diez metros de espesor,

de ochocientos metros,

�qui�n sabe? No hab�a diferencia.

La superficie era puramente ilusoria,

un desgarro abierto.

Una seda de aire helado.

Le habl� mucho tiempo.

Le habl� de sus amantes del rect�ngulo blanco de la muerte.

Cant�.

Le hablaba y yo o�a la historia.

La sent�a debajo de m�,

ella, el mar, de la fuerza irrefutable de Dios.

Cuando volv� un vendedor de peri�dicos

gritaba los titulares de la c�lera del mar.

En mi habitaci�n aclar� mi cuerpo y mi cabello con agua dulce

y despu�s esper� al joven marinero de cabello negro.

Esper�ndolo a �l le escribo a usted.

Temblando con aire seguro de �l es como lo amo a usted.

Me parezco a �l a trav�s de usted

y lo hago a usted formar parte de ellos.

Es usted eso que no va a ocurrir

pero que se vive como tal.

De entre todos sale usted,

siempre �nico,

inagotable lugar del mundo,

infinito amor.

Ha muerto usted por fin.

Lo han bajado de la horca, est� usted tendido,

con el cuerpo oxidado sobre usted mismo,

en una postura abandonada, soleada, de ni�o.

El rect�ngulo blanco del patio est� vac�o,

a excepci�n de su cad�ver.

Los amantes est�n muertos.

Hab�a robado usted sopa para la ni�a, Aur�lia.

Lo descubrieron a usted, lo ahorcaron.

Encima de usted, durante tres d�as,

el cielo alem�n.

Ante sus ojos este cielo lleno de agua y de lluvia fecunda.

Clam� usted durante tres d�as

en el extremo de su soga.

Grit� usted, repitiendo sin cesar

que una ni�a llamada Aur�lia Steiner acababa de nacer en el campo.

Pidi� usted que la alimentaran, que no la echaran a los perros,

aull� usted, suplic� al mundo

que no se olvidase a la peque�a Aur�lia Steiner.

Hacia la noche del tercer d�a

le dispararon a usted una bala en la cabeza

para ponerle fin a semejante esc�ndalo.

Ella, ella estaba muerta por la ma�ana.

A su lado, la ni�a.

Las palabras Aur�lia Steiner no pudieron resonar en el campo,

fueron recuperadas en otra parte,

en otros escenarios, en otras zonas del mundo.

Hacia la noche, aqu�, sigue habiendo golpes de luz en el horizonte,

aunque todo el d�a el tiempo hubiera estado nublado,

aunque haya llovido.

Las nubes se separan un instante

y dejan pasar la luz del sol.

Por la noche otra vez

lo he visto en ese golpe de luz sobre el mar dormido.

He cerrado los ojos.

Acabo de hacerlo,

he dejado, al parecer, de escribirle.

As�, a veces, veo el color l�quido y azul

de los ojos vac�os, atrapados ya por la muerte,

del joven ahorcado, del patio de reuni�n.

Veo tambi�n su juventud.

Dieciocho a�os tambi�n.

Pero desde que lo alcanz�, ese tiempo es definitivo.

No s� su nombre.

Es curioso, �entiende?

No veo el mar bajo los bajos flancos.

Nada de ella.

Sopla, gesto de ocultar a la ni�a.

El marinero de cabello negro est� detr�s de la ventana.

Me mira.

Me pregunta de d�nde soy.

Contesto que de la Baja Saboya.

Me dice que �l estaba en la playa.

No se acuerda bien

de la chica que se encontr� en la ciudad esta ma�ana.

Dice que se encontr� con otra persona.

Le pregunto a cu�l desea.

Me dice que a la de por la ma�ana.

Le digo que era yo.

Le digo: voy a darle a usted un nombre.

Va usted a pronunciarlo,

no entender� por qu�

pero, sin embargo, le pido que lo haga,

que lo repita

sin entender por qu�,

como si hubiese algo que entender.

Le digo el nombre:

Aur�lia Steiner.

Se lo escribo en una hoja en blanco y se la doy.

Lo descifra despacio

y despu�s me mira para saber si lo ha le�do correctamente.

No digo nada.

Me tiendo a su lado.

�l repite el nombre, ve que yo lo escucho.

Se muestra torpe al principio

sin saber en qu� idioma decirlo.

Y despu�s arroja el papel, vuelve hacia m�,

me habla con los nombres.

Dispone, al parecer, de mucho tiempo por delante, inmenso.

Empieza a descubrir el cuerpo de Aur�lia Steiner.

Ella sigue sin mirar, con los ojos cerrados

sobre el rect�ngulo blanco de la muerte.

A veces �l dice el nombre completo;

otras, dice solamente el nombre de pila;

otras, solo el apellido.

Ya no sabe decir ning�n otro nombre.

Tiene el sentido de besar,

los labios contra la piel.

Tiene la voz baja.

Escribe.

Los llama en el interior del cuerpo,

contra la boca,

contra las paredes.

A veces se queda inm�vil.

Entonces pierde la memoria de los nombres, al parecer.

Y despu�s, muy bajo, nuevamente, lo dice.

Con un esfuerzo doloroso,

como si el solo proferirlo fuese doloroso.

Dice: Jud�a.

Jud�a Aur�lia.

Jud�a Aur�lia Steiner.

Se calla a la entrada del cuerpo de Aur�lia Steiner

y ella sigue ah�,

siempre con el cuidado extremo de llevar el suplicio hasta el final.

Despu�s �l entra en el cuerpo.

Con un movimiento muy prolongado,

inverso al de su arrebato,

entra en el cuerpo de Aur�lia Steiner.

La lentitud hace gritar a los amantes.

De nuevo, �l dice el nombre,

lo repite otra vez en voz baja.

Ha vuelto a decir el nombre.

Lo ha vuelto a repetir,

pero sin ver, con una brutalidad que se ignoraba,

con un acento desconocido.

Me despert� de madrugada.

El marinero de cabello negro estaba tendido sobre el suelo de mi habitaci�n.

Me miraba.

O� que dec�a que le ard�an los ojos

por haber mirado la belleza de Aur�lia Steiner.

Que su barco zarpaba a mediod�a,

pero que �l no estar�a a bordo,

que el barco partir�a sin �l,

que deseaba quedarse con Aur�lia Steiner,

al margen de lo que le ocurriese a �l.

Le digo que yo no pertenec�a a nadie concreto,

que no era libre de m� misma.

Me llamo Aur�lia Steiner.

Vivo en Vancouver donde mis padres son profesores.

Tengo dieciocho a�os. Escribo.

Can't find what you're looking for?
Get subtitles in any language from opensubtitles.com, and translate them here.