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...el pan nuestro de cada día, Señor.
Perdona nuestras deudas...
Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores.
(Campanadas)
En nombre de su majestad Maximiliano, emperador de México,
y por orden del gobernador, coronel Michel Leblanche,
al aquí presente Sebastián Ruiz,
declarado culpable de alta traición
según sentencia del Gobierno mexicano,
se le condena a ser colgado en la horca hasta su muerte.
La sentencia se cumplirá inmediatamente.
Así mismo, todos sus bienes y tierras serán confiscados.
¡Quietos!
-¿Qué esperáis?
¡Disparad!
(Disparos)
¡Ah!
¡Apresadle, rápido!
(Campanadas)
(Cesan las campanadas)
(Campanadas)
¡Ah!
¡Ah! -¡Defendeos!
¡Os mataré, palabra de François Bardeau!
¡Ah!
¡Que no escape!
(Campanadas)
-¡Patrón, patrón, estoy aquí!
(Trinos)
¡Madre de Dios!
¡Mi marido!
¡Ah!
¡Os mataré!
¡Ah!
Lo siento, amigo, pero tendrás que acostumbrarte.
Te escucho.
Señor gobernador,
no puedo comprender a mi mujer.
El mío fue un matrimonio de amor sincero,
nunca tuvimos pelea alguna.
¿Qué ocurrió?
Pues que cuando ella vio a don Ricardo de Montalván,
se transformó.
Antes era cariñosa, servicial,
ahora parece otra mujer.
Ha cambiado hasta el punto de...
hasta el punto de...
me avergüenza decirlo, de no cumplir con sus deberes conyugales.
Una desgracia. Una tragedia, señor.
Esto para ti.
Toma a tu mujer...
y mete a Matamoros.
Haz que cambie de ambiente, distráela.
Demuéstrale que tu amor es superior al de cualquier otro hombre
y créeme, no te preocupes,
que prometo decirle lo que se merece al señor de Montalván.
Gracias.
Gracias.
(Trinos)
Cada día estás más bella, Lola.
El gobernador os espera.
Tenéis una flor en este erial y no os dais cuenta.
Al contrario, señor, pero es una flor llena de espinas.
Mirad esto.
Aquí me tenéis, Michel.
¿Por qué causa tan urgente me sacáis de la cama a las 11 de la mañana?
Don Ricardo, me debéis 10 escudos más.
¿Puedo saber al menos de qué se trata?
El motivo siempre es el mismo, cuestión de faldas.
Seguramente, se trata de alguna duquesa.
¿Duquesa? Se trata de la mujer de un tal Manolo.
En verdad, no es duquesa,
pero su cuerpo es digno de una reina.
De todas formas, habéis sido demasiado generoso.
Yo en vuestro lugar...
La infidelidad nunca está bien pagada y menos hoy en día.
Es cierto cuanto decís,
pero cuando las veo tan bellas y rebosantes de salud
en manos de cierta gente,
me surge de dentro un impulso de altruismo
y no puedo menos que darles un poco de felicidad.
Es bonito verlas radiantes de dicha.
Sí, pero debéis tener mucha discreción, mucho tacto,
os lo ruego.
El tacto sé usarlo perfectamente.
Eso jamás lo he puesto en duda,
pero en los actuales momentos,
con esos benditos peones en continua agitación
y teniendo en cuenta
que ese maldito Zorro anda de por medio,
es preferible que no tengan más motivos de descontento.
Don Ricardo, si me encuentro aquí es porque cumplo órdenes,
pero quiero vivir en paz.
Podéis tranquilizaros, seré más prudente.
Os lo agradezco.
Vuestra amistad con Francia y devoción al emperador Maximiliano
nos son muy estimables, mi querido Montalván,
y yo aprecio a las verdaderas amistades.
¿Sabéis? Hay algo que no me puedo explicar.
¿Cómo os convertisteis en militar?
No me parece que estéis a gusto.
A quién se lo decís,
con lo a gusto que estaba en Nápoles,
pero mi pobre abuelo tenía un defecto,
su admiración por los jacobinos
y por eso me tenéis aquí.
Descanse su alma en paz.
Así fue como don Michel Lobianco
se convirtió en el coronel Michel Leblanche.
Hasta esta noche, Michel,
veréis cómo será una recepción digna de vuestra presencia
y del esplendor de "madame" Leblanche.
Hasta la noche, don Ricardo.
Un fanfarrón, un verdadero fanfarrón.
Un exaltado, un loco.
Pero un loco en el cual Benito Juárez tiene mucha confianza
para mantener vivos los focos de la insurrección.
Sí, eso es verdad, pero no os preocupéis,
ese farsante del Zorro tendrá muy pronto lo que se merece.
Capitán, no descuidéis la otra mejilla.
Mi marido me ha hablado de la mujer de Manolo, el campesino.
Creedme, solo lo hago para evitar que sospeche de nosotros,
pero me cuesta mucho.
Lo sé.
Os ha costado 10 escudos.
Pero ¿qué decís? No lo digo por eso, "madame".
Esas mujeres tan vulgares son algo terrible, angustioso.
Pobrecitos, compadezco tanto cuánto debéis sufrir...
¡Ya le había atrapado, le iba a atravesar con mi espada
cuando alguien me atacó por la espalda
y él aprovechó ese momento! -Qué cobarde.
Pero no llegará lejos, palabra de François Bardeau.
(RÍE)
¡Oh! Michel, querido.
Una recepción digna de vos, Montalván.
¡Vaya! Aquí tenemos a don José Herrera,
el alcalde de San Ramón.
No sabía que los amigos de Juárez también lo fueran de vos.
No es que sea amigo mío,
pero mirad a su hija.
Si es así, os doy mi consentimiento y mi bendición,
pero no la dejéis tan sola.
Querida Matilde, ¿te diviertes?
Muchísimo.
Me alegro.
Sed bienvenido a mi casa.
Adorable Conchita, las luces de este salón
se han oscurecido con vuestra presencia.
Me sorprendéis, Montalván,
de haber sabido la presencia de Leblanche,
jamás hubiese salido de San Ramón.
Y yo os aseguro que no habría venido si mi padre no me hubiese obligado.
Entonces agradezco la firmeza de vuestro padre
que me ha permitido una vez más admirar vuestra belleza.
(CHASCA LA LENGUA)
Quieto, ¿eh? A ver si te portas bien.
(Ventosidad)
¡Eh!
¡Chist!
¡Eh!
¡Mmm!
¡Oh!
(Silbido)
(SILBA)
(Melodía silbada)
(RÍE)
¡Por Maximiliano, emperador de México!
¡Hurra! (TODOS) ¡Hurra!
(TODOS) ¡Hurra!
Pronuncia el discurso.
¡Ah!
Por Benito Juárez, por la revolución y por la libertad de México.
¡No os mováis!
¡Debéis obedecer!
Coronel, si apreciáis vuestra vida, ordenad que nadie se mueva.
¿No habéis oído? Esperad a otra ocasión.
Perdonad la molestia.
He venido únicamente a recoger una pequeña oferta voluntaria
para financiar la insurrección.
Las señoras deberán sacrificar alguna joya,
pero tratándose...
de una causa justa, estoy seguro de que serán generosas.
Colaborad también, capitán.
Obedeced.
Forma una bolsa e inicia la colecta.
Empieza.
Señores, que se diviertan.
¡Daos prisa, capitán! ¡Vamos! ¿Qué esperáis?
¡Guardia!
¡Ah!
¡Ah!
¡Ah!
¡Ah!
¡Ah!
¡Quietos!
Apuntad a mi corazón.
(AMBOS) ¡Ah!
¡Ah!
No os mováis.
¡Va por ahí, atrapadlo!
¡Alto en nombre del emperador!
(Ventosidad)
Ni los caballos me respetan.
¡Esta vez me las pagarás, palabra de François Bardeau!
No te pares, adelante.
(Ventosidad)
¡Mmm!
¿Qué ha ocurrido?
¿Por dónde ha huido?
¡Mmm! ¡Mmm!
¡Os pregunto por dónde ha huido! No lo sé.
Capitán.
Deberíais cambiar de barbero.
¡Os prometo que ese barbero pronto se balanceará en una horca!
Parece una zeta.
No me diga, ¿es que tuvo la culpa ese maldito Zorro?
Pues sí.
¿A vos?
Si siempre oí decir que erais la primera espada de Francia.
Si fuerais tan hábil con la espada como lo sois con las mujeres,
¡os lo podría demostrar! No, confío en vuestra palabra.
No me pidáis que me bata, la sangre me horroriza.
¡Oh!
Mirad esto.
Ese bribón me ha robado mi dinero, mi oro, mis joyas, todo.
También yo he sido robada.
Lo siento. Señora, estoy verdaderamente desolado,
sería más prudente que esta noche os quedarais aquí.
Sí, sería terrible encontrar a ese demonio.
Procuraré... convencer a mi marido.
Vosotros, por ahí. Vosotros, por esa otra parte.
¿Y pues?
¿Le habéis cogido?
Aún no, pero...
No debe de andar muy lejos. Exactamente.
Capitán, el Zorro aún está vivo, se ha escapado
y lo único que hacéis es repetir que no debe de andar muy lejos.
¿Os dais cuenta? Sí, señor, me doy cuenta,
pero esta vez será distinto.
Registraremos todas las casas sospechosas,
los bosques, los campos...
Azotaremos a la gente para que hable.
Debemos sofocar cualquier posibilidad de revuelta cueste lo que cueste.
Podéis actuar como os plazca, capitán,
porque en este enojoso asunto,
mi paciencia está llegando a su límite.
¡Debe concluir inmediatamente!
Concluirá, os lo prometo.
Esta vez es definitivo.
Le aniquilaré, le destruiré.
Palabra de François Bardeau.
(Llaman a la puerta)
Adelante.
¿No os ha visto nadie? No.
(LLAMA A LA PUERTA) ¡Matilde!
Chist. Tesoro.
¡Matilde!
Sí, Michel, ¿qué quieres?
Abre, cariño.
No, esta noche no, la fiesta, el Zorro, el miedo me ha producido
una terrible jaqueca.
Tengo mucho que contarte.
Me lo dirás mañana, cariño, buenas noches.
Matilde.
¿Sí?
Nuestro amigo Montalván ha sido muy amable al invitarnos,
deberías ser más comprensiva con él.
Procuraré hacerlo lo mejor posible.
Y ese José Herrera, estoy convencido de que es un cómplice del Zorro.
Sí, el atrevimiento y audacia de esos mexicanos son notorios.
Estoy estudiando el modo de eliminarlo sin hacer mucho ruido.
Hay mil formas de destruir a un hombre.
El momento es grave,
tanto en la capital como en la región.
Por eso, Benito Juárez me ha pedido
que me dirija a mis amigos de Washington y aquí...
está la respuesta.
¿Se refiere a Mathias Boyd?
Sí, mi viejo amigo Boyd.
Me manda decir que me ha enviado un cargamento de armas
y que la insurrección puede contar
con la ayuda de los Estados Unidos de la Unión.
Pronto tendremos fusiles suficientes para expulsar a los invasores,
vengar a nuestros nuestros
y todas las violencias que hemos debido sufrir.
La hora de la revancha está cerca
y esas armas nos abrirán el camino hacia la libertad.
Lo que nos envían es el último modelo de fusiles de repetición.
-Perdonad que os interrumpa.
¿Qué camino recorrerá el convoy
y quién se pondrá en contacto con nosotros?
Por ahora, no os lo puedo revelar.
En el momento oportuno, lo sabréis todo.
En primer lugar,
necesito una lista de hombres que puedan empuñar un fusil
y con los cuales podamos contar con absoluta seguridad.
Bien.
Eso es todo.
Señores, hasta mañana.
-Hasta mañana.
-Hasta la vista.
Estoy seguro de que nos estabas escuchando.
Claro, sabes muy bien
que me interesan mucho tus reuniones.
Ciertas cosas no son para mujeres, Conchita.
Es posible,
pero mi caso es una excepción.
¿Ah, sí?
Naturalmente.
¿Acaso no soy la hija del alcalde de San Ramón?
Esa es la carta de Mathias Boyd.
Como ves, el convoy con las armas ya ha entrado en nuestro territorio.
Ahora, no queda más que esperar a la persona
que deberá ponerse en contacto conmigo.
Entonces es verdad,
únicamente es cuestión de días.
Exacto.
Con la ayuda de esas armas,
recuperaremos nuestra independencia y nuestra libertad.
Maximiliano y los traidores que le apoyan
tienen las horas contadas.
Hija mía,
únicamente tú conoces el contenido de eta carta.
No me fío de nadie más.
(Trinos)
Hola.
Hola.
¿Venís de muy lejos, señor?
De Luisiana, por etapas pequeñas.
¡Madre de Dios!
¿Y vais a San Ramón?
Porque este que veis es el camino que conduce a San Ramón.
Más o menos, habrá 10 millas.
Espero encontrar una buena cama, estoy algo fatigado.
En la posada de San Ramón, encontraréis cuanto estáis buscando,
mujeres, vino y naturalmente, una buena cama.
¿Es un pueblo tranquilo? ¿Tranquilo?
Oh...
Un paraíso, señor.
Ya veréis como no os arrepentís.
¡Ah!
¡Matémosles!
(Disparos)
(Disparo)
(Disparo)
En verdad, es un pueblo tranquilo.
¡Ah!
¡Ah!
Eh, tú, ¿puedes aguantarme el caballo?
Claro.
(Disparos)
¡Ah!
(Disparos)
¡Rápido, papá! Hay que destruir estas cartas,
sobre todo, la de Boyd.
Estas también.
Toma.
Hola.
¿Qué se te ha perdido por aquí?
Lo siento, don José, pero he de matarte.
¿Quién te ha enviado?
¿Te han pagado por esto?
Por esto y para no contestar a sus preguntas.
(Disparo)
¡Ah, socorro!
¡No!
¡Ah!
¡Socorro!
Ah, no.
¡Socorro, ayuda!
Esa no es forma de tratar a una señorita.
(CHASQUEA LA LENGUA)
¡Ah!
¡Papá!
¡Papá!
¡Ah!
¡Ah!
Rápido, vámonos. ¡No!
¡Mi padre ha muerto!
¡No puedo dejarle así!
No podéis... no podéis hacer nada por ayudarle, tenemos que huir.
-¡Adelante!
¡Que no escapen!
-¡Matadle, rápido, quiero verle reventar!
-¡Ah!
(Disparo)
-¡Ah!
¡Es el Zorro!
¡Ah!
¡Ah!
¡Ah!
¡Ah!
Soy un ciudadano americano.
Me llamo Joe Warren.
¡Ocupaos de la chica!
¡Lleváosla!
¡Ay! No puedo dejaros así.
No sería leal. ¡Ah!
Me quedo con vosotros. ¡Esto es asunto nuestro!
¡Poneos a salvo!
¿Ahora que me estoy divirtiendo?
Es una verdadera lástima.
¡Ay!
¡Ah!
-¡Ah!
-¡Ah!
¡Ah!
¡Ah!
¡Ay! ¡Vamos!
¡Ah!
Bloqueemos la puerta con este arcón.
A poca distancia del sendero, encontraréis una casa.
Trazad una zeta en el suelo, seréis acogidos como hermanos.
¡Rápido!
Vamos.
(SILBA)
(SUSURRA) Venid.
Allí tenéis los caballos.
Haced lo que os he dicho
y permaneced escondidos algún tiempo.
Daos prisa, si se dan cuenta de la fuga, os perseguirán.
¡Ah! ¡Ah, ah, ah!
(Ventosidad)
(Risas infantiles)
¡Corre, corre!
¡Mamá!
¡Mamá, viene gente!
Pedrito, Pedrito, sal afuera, son amigos.
Podéis salir tranquilamente, no hay peligro.
Hola.
Hola.
Podéis entrar, la casa de Pedrito es la vuestra.
Me ocuparé de los caballos. Carmencita, atiende a los señores.
Venga, señora.
Pedrito,
¿sabes de dónde vengo?
De Luisiana, vos me lo dijiste. No, de San Ramón.
¡Oh, qué paraíso, Señor!
Y tú, come con educación.
Qué niños.
Con este jarabe hecho por mí, mañana, la señora estará curada.
Carmencita es una hechicera que me ha embrujado, señor.
¿Embrujado?
Dirás que soy la única que te aguanta con lo gandul que eres.
Según para qué cosas, esto es la prueba viviente.
¿Qué os parece?
Tomad, señora, esto os hará dormir.
Yo también tengo una medicina bastante milagrosa y eficaz.
¿Os apetece un trago? Ajá.
¡Oh!
(Risas)
¡Amigos!
¡Aquí estoy!
¡Hola, muchachos!
Quiero que bebáis todos a mi salud, yo os invito.
Dame vino.
-¡Salud! -¡Salud!
-¡A la salud de Firpo, nuestro jefe!
-Sí, bebamos. -Eso es.
Pie a tierra.
(Risas)
Firpo, el capitán Bardeau está ahí afuera.
Pon más vino.
He cumplido vuestras órdenes.
Don Carlos José Herrera, alcalde de San Ramón,
ya no podrá molestaros más.
Ha ido a reunirse...
con sus ilustres antepasados.
-¿Qué habéis hecho con el cadáver?
Lo hemos dejado allí como vos queríais.
¿Y su hija?
Ha desaparecido sin dejar huella.
Hemos registrado la comarca, pero no la encontramos.
Te has ganado la recompensa.
Has hecho un buen trabajo, amigo, pero...
tengo que pensar en mi seguridad.
¡Ah!
¡Eh! ¿Qué pasa?
-Capitán, misión cumplida,
hemos conservado a seis con vida.
"Liberté, fraternité, égalité".
Ahí tampoco hay nada.
¿Estás seguro de que existe esa carta?
La he visto con mis propios ojos, excelencia,
de lo contrario,
no os habría hecho perder tanto tiempo.
Entonces, no hay duda, la carta está en poder de la muchacha.
Es probable.
De hecho, antes de que os enviara mi mensaje, la vi leyendo esa carta.
Es preciso encontrar a Conchita Herrera enseguida.
Sin duda, en esa carta,
Boyd mencionaba el lugar de la cita y el nombre del intermediario.
(Llaman a la puerta)
Adelante.
-Capitán.
¿Qué ocurre?
-Han llegado los notables de San Ramón.
Hazlos pasar. -¿Y los prisioneros?
Fusiladlos.
Dame fuego.
Enseguida.
Os he convocado para poner en claro la situación.
A pesar de que José Herrera fuese enemigo mío, no he dudado...
en acudir personalmente en su ayuda.
El destino ha querido que llegase demasiado tarde,
pero con tiempo suficiente para castigar a los culpables.
Mirad.
-¡Atención!
¡Apunten!
¡Fuego!
Y ahora,
según los poderes que me ha concedido
nuestro gobernador, el coronel Leblanche,
nombro alcalde de San Ramón...
al aquí presente, Pedro Garricha.
Hasta que le he visto en persona,
estaba convencido de que ese legendario Zorro
era producto de la fantasía popular.
Sus enemigos le odian a muerte.
Tengo miedo de que un día u otro...
No temáis, un hombre como él no puede ser vencido.
Pero ¡está solo!
Un hombre no está nunca solo
cuando representa la fe y el deseo de libertad de un pueblo.
Si pudiera encontrarle y hablar con él...
Es la única persona a la que podría decir
dónde he escondido las armas destinadas a vuestro padre.
Esta vez no hagas ruido o los despertarás a todos.
(Ventosidad)
(Música folclórica mexicana)
(Risas)
¡Guapa!
-¡Olé!
¡Olé!
¡Olé!
-¡Olé!
¡Olé!
¡Ps!
-¡Olé!
-¡Eh!
-¡Olé!
¿Está bien, señor?
Muy bien, gracias.
-¡Pancho! -¡Ya voy!
¡Eh, Paco! Invito a beber a todo el mundo.
-¡Viva!
-¡Viva!
¡Viva!
-¡Bravo, a beber!
-Dame la copa.
-¡Vamos, más vino!
(Risas)
-Ya has bebido mucho.
(Risas)
-¡Ah!
-Mmm.
María, bebe a mi salud.
Y tú bebe a la mía.
Paco, ¿arriba está todo a punto? Todo, señor.
¿Y el vino? El mejor.
Bien.
Acompáñame.
Dolores.
(SUSURRA) ¡Dolores!
¡Eh!
¿Qué estáis haciendo aquí?
¿No habéis oído el toque de queda?
¡Fuera! -Sí, señor.
¡Todos a casa!
¡Vamos!
Ya estaba a punto de cerrar, si me lo permiten...
¡Este vino es una porquería!
Buenas noches.
¿Y vos?
¿Qué hacéis aquí?
¿Tenéis una habitación?
Más de una, pero están todas ocupadas.
Paciencia.
Me iré a otra parte.
No iréis muy lejos,
nadie puede circular durante la noche.
Orden del gobernador.
Entonces, si no os importa, me quedaré aquí.
Por mí, quedaos.
Buenas noches.
Pero ¿qué haces?
¿Te has vuelto loco?
¿Se puede saber qué queréis?
No os preocupéis, únicamente deseamos una pequeña información.
¿Información, sobre qué?
Quiero una respuesta exacta, Leblanche,
se acercan dos naves con armamento para el Ejército de Maximiliano,
¿dónde desembarcarán?
Vamos, hablad.
También lo habéis descubierto a pesar del secreto militar.
Os pregunto dónde desembarcarán.
Lo que queréis no es una información,
queréis que me convierta en un asqueroso traidor.
¿Por quién me habéis tomado?
No dispongo de tiempo, Leblanche,
hablad o será peor para vos.
Y encima venís con prisas.
No pienso hablar.
¿Qué me podéis hacer?
¿Matarme?
Si no hablo vivo,
ya os podéis figurar lo que haré muerto.
No, no pienso mataros, pero os obligaré a hablar.
¡Ah!
(RIENDO) ¡No, no, no, no, no!
¡Cosquillas no! Basta, Pedrito.
¿Qué queréis de mí?
Marchaos inmediatamente o llamaré a la guardia.
¿Y bien? ¡Os mandaré fusilar!
¿Dónde desembarcarán?
¡Sois una carroña inmunda!
¡Maloliente! Lo sé.
¡Un grandísimo hijo de...! Estoy en todo de acuerdo.
¿Dónde desembarcarán?
Te conviene hablar.
Continuaremos con la tortura
hasta que me digas lo que deseo saber.
(RIENDO) ¡No, no, no, no!
¡Basta, que me vais a matar!
(RÍE)
¡Ah, ah, ah, no puedo más!
(MATILDE) ¿Michel? ¿Qué?
¡Michel!
(RÍE)
¿Qué te pasa, por qué te ríes de esa manera?
¿Te has vuelto loco?
(RIENDO) ¡Sí, sí!
Pero, Michel, ¡quieres callarte!
¡Es superior a mis fuerzas! ¿Quieres que se despierten todos?
Sí, sí.
Vaya ocurrencia a estas horas de la noche.
¡Es el Zorro, el Zorro!
Pero ¿qué dices, Michel, estás mal de la cabeza?
(RIENDO) ¡El Zorro!
¿El Zorro? No veo motivo de que te cause hilaridad.
Debes de estar completamente borracho.
Procura cenar más ligero.
(RÍE)
¡Me vais a matar! ¡Basta, no puedo más!
(RÍE)
(RÍE)
¡No!
En la bahía de las Siete Fuentes, al sur de Matamoros.
¡Dame la lista de los clientes!
¿Y aquel?
Un viajero que está de paso,
ha dormido aquí, no tenía habitaciones.
¡Lleváoslo!
Tened cuidado con lo que hacéis.
Atrás, atrás.
No podéis arrestarme, soy un ciudadano americano.
Tanto peor para vos,
pero ahora, acompañadme.
Ya se lo diréis a quien corresponda.
Sargento.
El señor es amigo mío, podéis dejarlo en libertad.
Yo me hago responsable.
Pero yo tengo órdenes concretas, he de cumplir con mi deber.
Que no consiste en crear conflictos internacionales.
En Washington, solo están esperando
a que se produzca un incidente parecido,
vos sabéis lo que piensa el coronel Leblanche
cuando se trata de americanos.
Las complicaciones diplomáticas le sacan de sus casillas.
Sargento, os lo ruego, intentad comprenderme.
No me obliguéis a dirigirme al gobernador en persona.
¿Es que ha sucedido algo grave?
¡Oh, increíble!
Tal como os digo, señor.
Quién lo hubiera dicho.
Señor, mis respetos.
No os fiéis de estos americanos.
Solo se muestran amigos
cuando esperan obtener algún beneficio.
Seré prudente, tranquilizaos.
Es por vuestro bien.
¡En marcha, vamos!
Os lo agradezco, señor.
Vuestra intervención ha sido providencial.
No tenéis que darme las gracias, ha sido un placer.
Me pregunto qué tendrán las mujeres de este local.
No he conseguido tenerla despierta en toda la noche
y aún sigue durmiendo ahí arriba.
A mí me ha ido mucho mejor, la mía no ha dormido nada.
A propósito de mujeres, el sargento me ha dicho
que han descubierto el escondite de la hija de José Herrera
y que han ido a detenerla.
¿José Herrera tenía una hija?
No lo sabía.
¡Virgen santa, mi mujer me arrancará la piel a tiras por llegar tan tarde!
¡Oh, me marcho!
Será mejor que me vaya yo también.
El sombrero.
Paco, prepárame un buen bistec.
Enseguida.
¿Qué ha pasado? Dime. -Conchita, se la han llevado.
La han detenido.
-¿Detenido? ¿Quién se la ha llevado?
Los soldados, el capitán Bardeau, eran muchos,
hablaban de armas que estaban escondidas en algún sitio.
Buscaban una carta.
Han registrado la casa, pero no la han encontrado.
(LLORANDO) Entonces la han tomado con ella y se la han llevado.
-Señor, tendríamos que hacer algo.
No podemos quedarnos aquí con los brazos cruzados.
No tendría que fiarme de ti,
pero no tengo elección.
¿No os fiáis, señor?
Pero ¿no os he dado pruebas de mi lealtad?
Sabéis lo mucho que arriesgaba al esconderos aquí
y a pesar de todo, lo he hecho.
Sí, pero también sé que eres amigo de un traidor,
de Ricardo de Montalván.
Es solo una amistad que me proporciona dinero.
Tengo mujer e hijos y el costo de la vida aumenta cada día,
pero mis amigos auténticos son de otra clase,
luchan por la libertad.
Sí, ya lo sé.
Te vi en San Ramón, estabas con el Zorro
y esto no lo olvido.
¿Cómo habéis logrado reconocerme si iba enmascarado?
Tu caballo tiene una voz inconfundible.
Es imposible equivocarse.
Tendré que deshacerme de ese caballo.
Lástima, le tengo mucho cariño.
Tienes que hablar con el Zorro lo antes posible.
Eh... Yo no sé dónde encontrarle.
Bien, señor.
Hay un cargamento de armas...
que yo debía entregar a don José Herrera.
Desgraciadamente, he llegado demasiado tarde.
Le dirás al Zorro dónde he escondido las armas.
¿Y bien, sabes dónde están escondidas las armas?
Enterradas 20 pasos al sur del viejo pozo de San Ignacio,
no ha sido fácil hacerle hablar.
¿Sabéis? Desconfiaba.
(RÍE)
He sido listo, ¿eh, señor?
Otro en mi lugar no lo hubiera conseguido.
Toma, para que bebas a mi salud. Gracias, gracias, señor.
(RÍE)
Gracias.
Gracias, gracias, señor.
Espero que me dirán la razón por la cual he sido arrestada,
ya que ha sido en nombre del Gobierno mexicano.
¡Oh! Pero ¿qué decís, doña Conchita?
Es solo una cortés invitación para charlar un rato.
Además, una señorita como vos refugiada en esa choza
no me parece justo.
Un poco original vuestra cortés invitación
entregada por un grupo de soldados al mando de este caballero
que me ha traído contra mi voluntad
usando la fuerza sobre un carro de heno.
El capitán es un poco rudo, no ha comprendido mis deseos.
No es cuestión de puntos de vista.
Digamos más bien que el capitán Bardeau
trata a los culpables de traición tal como se merecen,
aunque vistan los atavíos de una dama mexicana.
Vamos, capitán, no intervengáis.
La señorita está hablando conmigo.
¿Culpable de traición? ¿Y a quién he traicionado?
No, por cierto, a mi país.
Habéis traicionado a su majestad el emperador Maximiliano.
En otras palabras,
el capitán quería decir
que ciertas exaltaciones patrióticas...
Un monarca impuesto por la fuerza de las armas es un tirano.
Vamos, moderad vuestro lenguaje, doña Conchita,
no debéis hablar así en mi despacho.
Me estoy esforzando por arreglar las cosas
y seguimos como al principio.
De acuerdo, pero os quedaría muy agradecida
si me dijerais en pocas palabras por qué razón me habéis hecho venir.
¡Calmaos, capitán! Aquí mando yo.
Necesitamos saber dónde han escondido
un cargamento de armas con destino a Benito Juárez.
Sabemos que su padre estaba al corriente.
Se trata de armas americanas
que ha traído un gringo que ha sido visto por esta zona.
¿Por qué no se lo preguntan a él?
Es una buena idea,
pero ha desaparecido como si se lo hubiera tragado la tierra.
Capitán Bardeau,
ya que sois tan hábil para estas cosas,
¿por qué no lo buscáis vos?
Ya no es necesario desde el momento en que estáis vos aquí.
Exacto.
Nos evitaríamos muchas complicaciones.
¿Pensáis que si tuviese conocimiento de una cosa así,
estaría dispuesta a revelarla? Eh...
Pues eso espero.
¿De veras?
Veo que no conocéis a las mujeres obstinadas.
Sin embargo, conocemos ciertos medios de persuasión.
Muy gentiles los señores franceses,
bárbaros hasta el punto de recurrir a la tortura.
Doña Conchita, dejemos el tema.
Ya sabemos que los mexicanos,
cuando se trata de tortura,
tampoco son muy galantes.
De todas formas, nunca he oído hablar de esas armas
y no sabría qué deciros. ¡Mentís!
Vuestro padre recibió una carta de Mathias Boyd,
en ella se mencionaban las armas enviadas a México
¡y os la dejó leer antes de morir!
Antes de que vuestros sicarios le asesinasen.
¡Esta mujer está loca,
si yo he hecho fusilar a los asesinos de su padre!
Claro, para que no puedan testificar en contra vuestra.
Estoy segura.
Señorita, puedo comprender vuestro estado de ánimo,
pero vuestras acusaciones son tan graves
que necesito que me las probéis.
Vamos, cuando se hacen acusaciones tan graves,
hay que aceptar la responsabilidad.
Estamos perdiendo el tiempo, coronel.
Jamás podré probar mis acusaciones,
así como vos jamás podréis disculparos.
(Llaman a la puerta)
Adelante.
Excelencia, don Ricardo de Montalván solicita veros.
Ruégale que espere unos minutos.
Sí, señor.
Perdonad, es algo delicado y de la máxima importancia.
Unos minutos de retraso podrían estropearlo.
Por favor, sentaos.
Volveremos sobre este tema más tarde,
mi querida señorita Herrera.
Acompañe a la señora arriba,
que solo se mueva bajo mis órdenes.
Veo que estáis interesado por la señorita Herrera.
Cuidado, Michel, "madame" Leblanche podría llegar a enterarse
y sus reacciones son imprevisibles.
Si yo tuviera 30 años menos, seríais vos quien debería tener cuidado.
Qué mujer, un temperamento de fuego.
Demasiado temperamento y demasiado fuego
y todo por una causa equivocada.
Por supuesto, pero no es fácil hacerla entrar en razón.
No con vuestros métodos, coronel.
Ni con los vuestros, Bardeau.
Precisamente por eso he venido,
para pediros que me la confiéis a mí.
Desde luego, don Ricardo,
no niego que sería una solución perfecta, pero...
pero es imposible, lo lamento.
Sería la mejor solución para todos, no solo para mí.
El pueblo está descontento
y el hecho de que se retenga a esa mujer en palacio
podría ser una óptima excusa para los rebeldes.
Que vengan.
Les haremos frente.
Palabra de François Bardeau.
¿No lo habéis oído?
Él les hace frente.
Puedo ofreceros algo importante a cambio.
Sé dónde está escondido
el cargamento de armas que estáis buscando.
¿Eh?
Y estoy dispuesto a confiároslo si me entregáis a doña Conchita.
Creo que podremos llegar a un acuerdo
siempre que la información sea exacta.
Escuchad, el Zorro tiene muchos amigos,
pero hay uno que es muy sensible
al ruido que producen las monedas de oro.
Las armas están enterradas 20 pasos al sur del pozo de San Ignacio.
Capitán, ocupaos de que doña Conchita
vaya inmediatamente al palacio de Montalván.
Utilizad mi carroza.
Que sea tratada con todo el respeto que se merece una dama de su rango
y disponed
que el sargento con un destacamento vaya al pozo de San Ignacio.
Podéis retiraros.
¡Alto!
Alto.
Vosotros, los de las palas, venid aquí, gandules.
El sur está allí.
Uno, dos, tres,
cuatro, cinco, seis,
siete, ocho, nueve,
diez, once, doce,
trece, catorce, quince,
dieciséis, diecisiete, dieciocho,
diecinueve, veinte.
Aquí.
Cavad.
¡Cavad!
¿Cuál ha sido el precio de mi libertad?
Un precio muy alto, querida mía,
aunque en apariencia, insignificante.
¿El viejo pozo de San Ignacio no os dice nada?
¡Traidor!
Es cuestión de puntos de vista, señora.
Para los amigos del emperador Maximiliano,
eso que llamáis traición es sin duda alguna un acto patriótico.
Habéis ensuciado el nombre de Montalván.
No digáis eso, pronto será vuestro nombre.
¿Cómo?
He decidido casarme con vos y sin demora.
¿Qué decís?
Supongo que para obtener mi consentimiento,
os habréis puesto de acuerdo con Bardeau.
No, tengo un arma menos cruel, pero mucho más convincente.
¿Os habéis preguntado
cómo he podido enterarme del escondite de las armas?
Pues bien, por el mismo conducto, me he enterado de mucho más.
Sé quién es el Zorro y sé dónde se esconde,
pero no he querido revelarlo,
así pues, la vida del Zorro depende exclusivamente
de que estéis dispuesta a convertiros en mi esposa.
¡Vamos, vamos! No os entretengáis, se está haciendo tarde.
Ponedla en el carro con las otras cajas. ¡Daos prisa!
¡Y tú, sigue cavando, vamos!
Querida mía, sois adorable.
No me toquéis.
Habéis querido que sea vuestra esposa, bien, ya lo soy,
pero no me pidáis nada más.
Tendré paciencia, sé esperar,
pero llegará el día en que comprenderéis
cuán injusta sois conmigo al rechazarme.
Marchaos, no quiero veros más.
(Silbido)
(Silbido)
¡Jía! ¡Jía!
¡Jía! ¡Jía!
¡Vamos, atacadles, qué esperáis!
¡Atacadles!
Pero ¿qué hacéis, cobardes?
¡Deteneos!
¿Adónde vais?
¡Volved aquí!
¡Volved aquí!
Gracias por traernos las armas.
¡Vosotros, salid del carro, cobardes!
¡Cobardes!
¡Ah!
No.
No disparéis.
No vais a matar a un adversario desarmado.
No sería digno de vos.
No, no tengo intención de hacerlo,
pero tenéis que trepar a esa colina en menos de un minuto.
Sí, claro, claro.
(RÍE)
¡Jía! ¡Jía!
¡Pablo!
(Relincho)
Hola, guapa.
Buenos días.
(SUSURRA) ¡Manuel!
¡Todo el mundo a cubierto! ¡Venga, toque de alarma!
¡Ah!
-¡Ah!
-¡Ah!
¡Monta a caballo y avisa al capitán Bardeau!
-Sí, señor.
(Disparos)
(Gritos y disparos)
Muy amable por tu parte, pero hubiera podido hacerlo yo.
No tenías por qué molestarte. ¿Qué queréis?
Tan solo quiero mi calesa.
Lleváosla.
Muy amable.
¡Ah!
¡Ah!
¡Ah!
¿Eh?
¡Jía!
Tenemos que establecer contacto
con los hombres que hemos enviado a la bahía de Siete Fuentes.
No veo la hora de que lleguen los víveres,
quiero decir, que podamos organizar mejor la defensa.
En el fondo, se trata solo de vituallas,
lo que necesitamos, en cambio, es bien distinto.
Mi coronel, han atacado a la guarnición de San Ramón.
Eran muchos, señor, los nuestros, sin duda, no podrán rechazarles.
Primero Albornoz,
después Madero...
y ahora, San Ramón.
¡Les aplastaremos!
No, no, no, no. Con las fuerzas de que disponemos,
no tenemos ninguna posibilidad de dominar la revuelta.
Y en Ciudad de México la situación no es mejor que aquí,
no podemos confiar en su ayuda.
Mi capitán, el Zorro y unos rebeldes han asaltado Siete Fuentes,
las vituallas que esperábamos han caído en su poder.
Solo se han salvado 13 hombres.
Podéis iros.
Solo nosotros sabíamos dónde desembarcarían las vituallas.
Alguno ha hablado de más.
¡Esto es un delito de alta traición!
Delito de alta traición, son palabras fuertes, capitán,
además, no hay tiempo para una investigación.
Señores,
me viene a la memoria que una retirada estratégica
vale más que una victoria.
¿Sabéis qué os digo?
En confianza, yo no me fío.
Retiraos.
Capitán, preparad una carroza, mi mujer debe partir inmediatamente.
A la orden.
(Puerta cerrándose)
¡Querida, hay que salir de aquí!
¡Es la revolución, te amenazan graves peligros si no te apresuras!
De hecho, estoy siguiendo tus consejos.
¿Eh?
Es inútil que te pida que vengas conmigo.
Conozco tu respuesta,
porque te quedarás aquí para proteger mi fuga, ¿verdad?
Gracias.
¿Y mi fuga quién la protege?
¡Capitán, haced ensillar mi caballo y disponed una escolta!
Ya no es necesario, los rebeldes han rodeado el palacio,
palabra de François Bardeau. ¡Basta, marchaos!
A vuestras órdenes.
¡En nombre de la libertad, deponed las armas!
(Disparos)
¡Ah!
¡Adelante!
-¡Ah!
-¡Sigamos, adelante!
(Disparos)
¡Vamos!
(Disparos)
¡Adelante!
(Disparos)
Capitán Bardeau,
tenéis mucha prisa por dejarnos.
Sabed que pago siempre mis deudas antes de irme.
Estoy a vuestra disposición.
Esta vez no escaparéis.
Palabra de François Bardeau.
¡Ah!
(RÍE)
¡Ah!
(RÍE)
¡No renunciaré al placer de mataros,
aunque me repugna matar a un villano que se esconde tras un antifaz!
Esto os costará la vida.
¡Vos!
¡Ah!
¡Ah!
¡Ah!
¡Ah!
-¡Victoria! -¡Victoria!
-¡Victoria!
Lleváoslo.
Os lo confío a vosotros,
deberá ser juzgado por un tribunal del pueblo.
¡Vamos, muévete, ahora pagarás por tus crímenes!
Don Michel Lobianco.
¿Es a mí?
¿Qué hacéis vestido de esa forma?
Dale tu caballo y déjale marchar.
Doña Matilde estará, sin duda, esperando a su marido,
no está bien hacer esperar a las damas.
Bien, señor.
¡Vamos!
Gracias, señor.
(CHASQUEA LA LENGUA)
Ahí está. Muchas gracias.
¡Viva la revolución!
(Ventosidad)
(Relincho)
(Música instrumental suave)
¿Dónde está el traidor Ricardo de Montalván?
Es mi marido,
pero por los méritos de mi padre, os ruego que le perdonéis la vida.
Os lo prometo,
pero vos vendréis conmigo.
No es posible.
Ya os lo he dicho,
ahora le pertenezco a él.
Vos le amáis, señora.
No, le odio, le odio con toda mi alma.
Vos le amáis.
Sí.
Es verdad.
Le amo.
Le amo desesperadamente.
Es un hombre ruin y despreciable, pero ya le quiero.
Le he querido siempre.
Eso era lo que quería oírte decir.
(PEDRO) ¡Patrón!
¡Patrón!
Patrón,
¿creéis que podéis necesitar mi ayuda?
No, en esta ocasión, creo que podré arreglármelas solo.
¡Yuju!
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