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TRAIDOR A SU PATRIA
- Oiga, ¿es ese? - Creo que sí.
Mi marido viene en ese avión, cuatro años en Corea.
- ¿Espera a su marido? - No, murió en la guerra.
- Lo siento mucho. - Espero a su hermano.
- ¿Es su hijo, coronel? - Sí, es mi hijo.
Nos disponemos a tomar tierra. Velocidad 160 km.
Hemos tomado tierra, sin novedad abordo. Todo en orden.
Mi marido fue prisionero de guerra durante dos años.
- Mi hijo también. - Estarán contentos de volver.
Disculpen.
¿Qué ocurre?
Le encogen a uno el corazón estos recibimientos.
Vamos, todo a punto. Abajo.
Ahí está, ¿no es ese?
No, creo que no.
Sargento, ¿quiere entregar esto al herido de esa camilla?
Una señora de ahí me ha pedido que le entregue esto.
¡Ed!
¿Eres tú, muchacho? ¡Ed!
- ¿Le duele la pierna, capitán? - No, mi pierna está bien.
Será mejor que vayamos al hospital.
Sí.
Tengan presente que estos hombres acaban de pasar por circunstancias
extraordinarias que siempre dejan huella.
Si quieren hablar, que lo hagan. Pero no les pregunten nada,
no les presionen.
Deben recordar que, aunque de momento, parezca que no desean
cariño, ahora lo necesitan sobre todo.
La mejor manera de expresárselo es teniendo paciencia con ellos
y aceptándolos tal como son.
Ahora se encuentran ante los oficiales del servicio de investigación
relatando las incidencias del cautiverio
antes de que sus impresiones se borren.
Hola, capitán Hall. Pase, me llamo Byron Phillips. Soy psiquiatra.
- ¿Tiene que cerrarla? - No, no es necesario.
Déjeme encendérselo.
Déjelo, es igual.
Tengo interés en hablar con todos porque sé que
el hecho de haber sido prisionero origina problemas emocionales.
Puedo ayudarle. Dígame a qué división pertenecía en el frente.
- ¿Qué? - ¿Cuál era su división?
Campo número cinco, Piokton.
Quiero decir antes de caer prisionero.
La división 24.
Bien, ¿puede decirme algo de lo ocurrido en aquella época?
¿Cuándo le capturaron?
Todo está confuso.
¿Se encuentra mejor así, con la mano delante de la boca?
No, déjela si quiere. Sólo le preguntaba si se sentía mejor.
- Sí, así es. - ¿Intenta de ese modo ocultar algo?
La dentadura, perdí varias piezas durante mi cautiverio.
- ¿Muchas? - La mitad de las muelas.
Es lamentable. ¿Le avergüenza que la gente lo note?
No.
Entonces no se pone la mano delante de la boca para ocultarlo.
¿No será quizá para callar algo que no quiere que se sepa?
¿Y del campo? ¿Puede decirme alguna cosa?
Pues...
allí había un...
un hombre...
que me dio un cigarrillo y lo encendió.
¿Era un compañero de cautiverio? ¿Quién era entonces?
Un interrogador, era chino.
¿Por eso le da miedo que le enciendan el cigarrillo?
¿Qué sucedió después de haberlo encendido?
¿No quiere decírmelo?
Está bien. No faltarán ocasiones para que sigamos charlando.
¿Necesita que le ayude ahora en algo?
¿Tal vez haya alguna cuestión especial que desea hacer constar?
Tengo miedo.
No quiero ir a casa.
¡Hijo, qué alegría!
- Eh, ahí está Ed. - Vaya, por fin.
- Hola. - ¿Puedo saludarte?
Vaya, déjame que te vea.
¿Sabes que en el aeropuerto nos asustaste? Estás estupendo.
- Está admirablemente. - Sí, admirable, estupendo.
- Lo que necesita es un... - Un bistec de Kansas City.
- Unos buenos bistecs. - Es todo lo que necesito.
¿Contento de verte en casa? ¿Cómo te encuentras?
- Tranquilízate, estoy bien. - Te hemos traído estos dulces.
¿Sabes lo que haría si no hubiera público aquí?
- ¿Qué, besarme también? - Cuadrarme.
- Cuadrarme ante ti. - ¿Lo harías?
- Lo haría, sí, señor. Lo haría. - Bueno, sentémonos, ¿eh?
Aggie, me imaginaba que ahora estarías esperando un bebé,
- ¿dónde está Peter...? - No recibiste nuestra carta, ¿verdad?
Sí, ahora recuerdo lo... Lo siento, Aggie.
- Me hago cargo. - No, lo siento. Yo...
Bueno, lo único que recordaba al volver
era que Peter me debía 3 pavos de un...
Calla, déjalo, no hay que explicar nada.
¿Sabes cuánto ha pasado? Han sido más de tres años.
Claro, ¿y sigue igual mi habitación?
Tres años has estado escondido en una casa de té oriental
y aquí nosotros volviéndonos locos. Tú no escribías...
Padre.
- ¿Qué te han hecho esos, Ed? - Padre, por favor.
No sé ni lo que estoy diciendo. Ya sé que no hay que preguntarle,
- Pero es tan difícil. - Lamento haber caído prisionero.
No digas eso, no podías evitarlo, son gajes de la guerra.
- Quisiera compensarte de algún modo. - Ahora todo ha concluido,
lo mejor será olvidarlo.
Olvidarlo.
Ed, comprendemos.
Yo no...
Yo no quería que me vierais así.
- Debemos irnos. - Sí.
Oye, vendremos a menudo aunque sólo sea para...
No. No hace falta que vengas, padre.
Ahora quiero reponerme, y cuando esté bien del todo volveré a casa.
- ¿Te enviamos alguna cosa? - No, no hace falta.
Yo estaré en contacto con los médicos todos los días
y en cuanto estés en condiciones vendremos a buscarte.
Es una gran idea, gracias.
- Bueno, adiós. - Adiós, hijo.
Estas cosas no le hacen ninguna gracia, ya te lo dije.
TRAIDOR
¡Eh, espera un momento!
¡Oye, déjame que te explique!
¡Eh, espera un momento!
¿Qué querías que hiciera? ¿Qué podía hacer?
Buenas tardes, señor. Le diré al coronel que está aquí.
- ¿Le gustaría un refresco? - No, gracias.
- ¿Quiere una taza de café? - El coronel le espera, señor.
- ¿Quieres un poco de café? - No, gracias.
¿Qué pasa, hay una conspiración para no dejarme dormir?
Sí.
Eso no me preocupa, estoy acostumbrado.
- ¿Sabes para qué te he hecho venir? - Los rumores tienen alas.
Y este ha echado a volar.
He estado charlando con la enfermera de su sala.
- Tampoco él duerme. - Acabo de verle.
Cuando alguien quiere jugarnos una mala pasada, todos lo presentimos.
¿Crees que te han jugado una mala pasada?
- Sí, lo creo. - ¿Por qué?
Tendrás tiempo de enterarte antes de celebrar el consejo de guerra.
¿Enterarme de qué, de unos rumores, de unas habladurías,
- De unas quejas? - Es algo más serio que todo eso.
No se trata de rumores.
- ¿Me das un cigarrillo? - Cógelo tú mismo.
Le he dicho al coronel Harvey que vendrías a hacerte cargo
del sumario esta mañana y que empezarías a actuar enseguida.
Dime lo que te haga falta.
Valor es lo que hace falta.
A nadie le gusta sentar precedentes.
Bueno, este no es el primer caso de colaboración que se juzga.
- Lo sé. - Pues recuérdalo.
- Estás muy nervioso. - Claro que estoy nervioso.
Un hombre va a la guerra siendo teniente y vuelve de capitán
con la estrella de plata y con mención.
- Su general le da una carta elogiosa. - Todo eso lo sé.
¿Pero crees que acaba la lealtad al caer prisionero?
Según dicen las ordenanzas, no.
Oye, Sam, en todo cuanto le afecta al ejército actúa con cautela
y quiere que se haga estricta justicia.
¿Sabes cuántos casos como éste han sido juzgados?
Cuarenta. Sólo cuarenta entre centenares en los que había indicios
para máximo rigor. Éste es uno de ellos.
- Ya lo sé. - Los dos somos abogados.
Nuestro deber es contribuir a que se haga justicia verdadera.
Que se le declare o no culpable es algo que no nos toca decidir.
- Lo hará el jurado. - De acuerdo.
Pero yo digo que para acusar hay que estar bien convencido.
Quienes le juzguen tendrán que sondear sus propias almas,
analizar sus dudas.
Un juez tiene siempre que aclarar sus dudas, Sam,
o de lo contrario no tiene derecho a juzgar.
Condenar con dudas y sin garantías de justicia
no sería juzgar, sería una iniquidad y nadie quiere eso.
Voy a enseñarte algo, Sam.
Sargento, llame a seguridad y diga que voy para allá con el comandante auditor.
Vamos.
- ¿Es el expediente de Hall? - Sí, ese es.
Pues mi hijo no es tan alto.
Es lo que el ejército ha recogido en 6 meses entre los prisioneros
que convivieron con él. Todos tenían algo que decir.
¿Podré dormir aquí esta noche?
Sam, como es natural, este caso ha de darte cierta pena,
pero no remordimiento.
- ¿Necesitas algo? - Sí.
Café.
- Buenas noches. - Bonito regalo.
Que Dios me ayude esta noche.
Buenas noches, Sam.
¿Aggie?
¿Aggie, estás ahí fuera?
Eres tú, Aggie. Hola.
¿Qué pasa? ¿Te ocurre algo?
- Si ibas a dormir, dilo y me iré. - Oh, no.
Al dijo que esta noche quería irse a la cama más temprano
- Para cambiar de sistema. - Es que necesito hablar con alguien.
- ¡Cariño! - Ya voy enseguida, Al.
- Entra, haré un poco de café. - ¿No será mejor hablar aquí fuera?
Bueno.
- ¿Por qué no lees un libro, Al? - ¿Leer un libro?
Pues para instruirte. Yo voy enseguida.
- ¿Cómo está Roger? - Si le has visto hace una hora.
Ed volverá a casa mañana por la noche.
- Vaya, al fin. - No sé qué voy a hacer.
- Pensé que lo sabía, pero no lo sé. - ¿Qué quieres hacer, seguir igual?
No puedo seguir así, ese es el problema. ¿No te das cuenta?
Caroline, ¿quieres hacer el favor de venir de una vez?
Ahora voy, cariño.
Será mejor que me lo digas cuanto antes.
- No quisiera molestaros. - No molestas. Anda, cuéntamelo.
Creí que había olvidado todas estas cosas hace mucho tiempo.
Pero cuando entro en la habitación ahora y voy a encender la lámpara
y a poner unas flores, enseguida viene a mi mente el recuerdo de Peter.
¡Cuánto echo de menos a Peter esta noche!
Claro que sí.
Creía haber olvidado lo que era un marido, y ahora
- Todo me lo recuerda. - Lo sé.
- ¿Por qué no es igual la vida? - Porque no hay nada eterno en ella.
¿Aggie?
¿Qué puedo hacer ahora?
Si quieres, puedes quedarte unos días con nosotros. Roger estará contento.
- Y a Al no le importará. - Lo sé, ni a ti.
Perdón, no quisiera interrumpir,
¿pero cuándo vamos a arreglar esa librería de Ed?
Ahora, iré enseguida.
Mejor será que me vaya, ¿no crees?
- Aggie. - Sé sincera.
Sí, creo que es lo mejor. Ed volverá a su casa desde un hospital,
necesitará todas las ayudas que le puedan dar,
¿no crees?
Sí.
Cariño, ya he terminado de leer.
- El capitán Hall, señor. - Que pase.
- ¿Quiere sentarse, capitán? - Gracias.
No pretendo entretenerle, así que prescindiré de formalidades.
- ¿Quiere darme su filiación? - ¿Mi nombre, grado y número?
Es puro trámite.
Edward W. Hall, capitán, 4969001.
Es mi deber informarle de que pesan sobre usted serios cargos,
y que debe comparecer ante un consejo de guerra.
Está bien.
Aquí tengo una copia de su hoja de servicios.
- Si quiere, puede comprobarla. - No, estoy seguro de que es exacta.
Claro. Quiero recordarle que ante la ley tiene, como acusado,
los mismos derechos que un civil. Se le considerará inocente
mientras no se demuestre lo contrario.
El teniente coronel Frank Wasnick ha sido encargado de su defensa.
Si quiere, puede nombrar otro, y puede nombrar un abogado civil.
No, está bien.
Me ocuparé de que esta misma tarde tenga una copia de las declaraciones
de los testigos y podrá actuar enseguida.
¿Desea que vaya a visitarle a su casa?
Sí, pero...
antes quisiera prevenir a mi padre. Ahora ignora lo que hay contra mí.
Bueno, se puede dejar para mañana.
Yo se lo diré esta noche.
Debo recordarle que cuanto diga desde ahora puede ser usado en su contra.
- ¿Se encargará usted de acusarme? - Sí.
Mientras, he cursado órdenes para que no sea usted arrestado
y para que no se le causen molestias de ninguna clase.
No sería justo teniendo en cuenta su hoja de servicios.
Gracias, aprecio cuanto ha hecho.
- Bien. - ¿Eso es todo, señor?
Todo. Puede retirarse.
Le agradezco sus atenciones.
¿Y sus pasadores?
Aquí, en el bolsillo.
Forman parte de su uniforme, capitán.
No se juzgue a sí mismo.
Gracias.
Bueno, entonces hasta el consejo.
¿No hay nadie en casa?
¡Bienvenido!
Eh, sálvame, ¿quieres?
¿Puedes darme de beber?
- ¿Qué te parece el chico, Aggie? - Le prepararé una copa.
Bueno, soldado, ¿qué tal? ¿Cuánto ha pasado, 6 años?
No te pongas pesado, Frank, no le gastes bromas.
- Esto es maravilloso. Uno jamás... - Tenemos que sentarnos y hablar.
- ¿Padeces claustrofobia? - No.
Tampoco yo, cuando no hay rejas en las puertas.
Trato de apartarme un poco de la gente, pero no deseo estar solo.
Queríamos demostrarte nuestra alegría y creíamos que esta sorpresa
sería una buena idea.
Bueno, no me gustan las sorpresas, pero todo está bien.
- Parece que te haya ocurrido algo. - Así es.
Quiero decir algo distinto de las penalidades del cautiverio.
- Parece que has cambiado. - ¿Ah, sí? ¿Por qué?
No solías comunicar a nadie lo que sentías o lo que deseabas.
- A nadie, ni a tu padre. - ¿Cómo anda su salud, Aggie?
- Inconmovible. - Así me gusta, me alegro.
Nada le afecta, no sé cómo se las arregla.
Eso se adquiere en el ejército.
- ¿Sabes lo que me ocurre? - No.
Mi madre no estuvo en el ejército y por eso estoy hecho a medias.
Aún no te conozco bien. ¿Es esa tu manera de ser o es que ahora
- Te ríes de ti mismo? - Oh, no.
¿Te acuerdas de aquellos seres mitad hombre y mitad caballo?
Pues algo así soy yo. La mitad de mi padre...
La mitad de mi padre, las desilusiones.
La mitad de mi madre, las esperanzas.
No has desilusionado a tu padre.
¿Sabes lo que hice esta tarde al salir del hospital?
Me fui al cementerio y estuve rato ante la tumba de mi madre.
Le dije "Madre, lo lamento. Me he vuelto comprensivo, como querías,
pero ha sido ya fuera de tiempo".
Ese es el cambio que notas. Es gracioso, ¿no es verdad?
- No, no me hace ninguna gracia. - Verás, cuando yo era niño
y hacía alguna travesura, necesitaba luego hablar con alguien, explicarle...
Mi madre siempre me escuchaba, pero mi padre nunca.
Bueno, estoy bebiendo y no he cenado aún.
¿Qué te preocupa ahora, Ed?
- ¿Eres acaso impasible, Aggie? - No, creo que no.
Escucha, sé lo que estás...
Habría sido mejor que en lugar de venir yo, hubiera podido venir Pete.
Lo digo como lo siento, y los dos pensamos lo mismo.
Hubiéramos querido que la bienvenida fuera para otra persona.
Es algo que compartimos.
Me gustaría quedarme aquí un momento. Dentro de poco saldré.
Lo comprenderás todo más tarde, Aggie.
- ¿Quieres apagar la luz? - Bien.
¿Diga?
¿Quién es, Aggie? Soy Dudley Smith.
Qué sorpresa, creí que aún estaba en Corea.
No, he llegado esta misma tarde.
- ¿Cómo está el viejo? - Está bien.
- ¿Coronel Smith? - Dígale que luego iré a verle.
Quizá tarde un rato, pero iré tan pronto como pueda.
Bien, le veré después.
Adivina quién va a venir. El coronel Smith.
- ¿Pero cuándo ha vuelto? - Ha regresado esta tarde.
Espero que aún llegue a tiempo a la fiesta. ¿Has visto a Ed?
- Creo que está en la cocina. - ¿En la cocina?
- ¿Estás ahí, Ed? - Sí, aquí estoy.
Quiero beber contigo. Mira, botín cogido al enemigo.
- No enciendas la luz, padre. - ¿Te encuentras mal con tanto ruido?
- No, estoy bien. - ¿Y por qué te escondes aquí?
¿No sabes que todos han venido para verte?
Sí, ya lo sé.
¿Quieres probar éste? Huele, tiene solera.
Cuando todos se vayan, nos sentaremos frente a la chimenea
y charlaremos de nuestras cosas. ¿Te parece bien?
Sí, muy bien.
Di, ¿y a ti qué tal te ha ido?
Ya sabes que cuando se llega a cierta edad, le mandan a uno a paseo.
Pero todo ha ido bien.
Claro que no es como tener mando.
Recuerda lo que dicen de los viejos soldados, que nunca mueren.
No te oculto que estuve a punto de hundirme un par de veces.
¿Por lo de Peter?
Y por ti.
Por ti.
- Peter murió sin padecer apenas. - Tuvo suerte.
El alto mando me envió una carta. Arriba está, en un marco.
Tu hermano menor también fue un buen soldado.
¿Pensaste que yo volvería?
Me había acostumbrado a no pensar en nada.
Hacía tiempo que había dejado de hacerlo.
Pero esperaba.
Por una esperanza hecha realidad, la de que mi hijo Ed regresara.
Bueno, ¿no quieres decir nada?
Sí, quiero brindar por ti, padre.
Por mi padre, el inquebrantable optimista. Dios te guarde.
Lo siento, es que hace falta más whisky ahí fuera.
¿Te importa que me acueste? Estoy cansado y no quiero estropear la fiesta.
No puedes estropearnos nada. Hoy es el día más feliz de mi vida.
- Buenas noches. - Buenas noches, muchacho.
- Perdone, ¿qué quería? - Whisky.
- Qué bonita fiesta, Aggie. - Sí, una fiesta muy hermosa.
- Creo que todos se han divertido. - Claro que sí.
¿Quieres que prepare café para ti y para el coronel Smith?
Seguramente os pasaréis la noche hablando.
- Creo que es una excelente idea. - De acuerdo.
Tú quédate aquí y descansa.
Me haces muy feliz, Aggie.
- Me haces muy feliz. ¿Te lo he dicho? - Sí, me lo has dicho.
¿Estás cantando, padre?
No, estoy bailando.
¡Smith!
Ed, viejo zorro.
- ¿Vas a dejarme aquí fuera? - Pasa, pasa dentro.
- Ahora está todo libre. - Lamento haber llegado tan tarde.
No importa. Estás hecho un roble.
No sabes cuánto me alegra tú visita.
Siéntate para que pueda verte mejor. Coge esa silla, es confortable.
Bueno.
Amigo, hay que reconocer que te conservas bien, muy bien.
El aire del campo lo hace todo.
Tú tampoco estás mal para ser un vejestorio.
Las canas te dan un aspecto vistoso y distinguido.
¿Sabes lo que es? El cerebro, que sale hacia arriba.
Úicamente se me ocurre decirte una cosa: sigues teniendo agallas.
Mi actual destino me exige que lo tenga.
¿Sabes qué han hecho conmigo? Reducirme a ser una especie
de instructor de chicos de escuela.
- ¿Qué quieres beber? - Cualquier cosa.
Creo que tengo coñac Napoleón y la botella la abrí sólo hace unos días.
Me alegro que lo tomes con tan buena disposición.
¿Qué otra cosa puedo hacer, gritar, llorar?
Sería una forma de desahogarse. ¿Te lo ha contado él mismo?
¿Contarme qué?
¿Qué?
Bueno, ¿a qué ese misterio?
- ¿Estás bromeando? - ¿Bromeando de qué?
- De nada. - Sigue, no debes ocultarme nada.
¿Por qué no te estás quieto y te sientas? Me pones nervioso.
Siéntete ahí. Ahora cuéntame todo eso de lo que me creías enterado.
Está bien.
Cuando aterricé en Travis, encontré al coronel Hansen.
- ¿Quién es? - Un juez militar.
- ¿Dónde está Ed? - Arriba en su cuarto, ¿por qué?
- Creo que van a procesarle. - ¿Procesarle?
¿Qué es lo que ha hecho, olvidarse de saludar a un superior,
- O le han sorprendido sin uniforme? - No.
Parece ser que ha colaborado con el enemigo.
¿Estás loco?
Lo ha dicho el coronel Hansen. Tres cargos, nueve especificaciones.
¡No puedo creerlo!
- Ed, creí que ya lo sabías. - ¡No puedo creerlo!
¿Que ha colaborado? ¿Que mi hijo ha colaborado con el enemigo?
¿Qué clase de chisme asqueroso estás intentando contarme?
- Pregúntaselo. - ¡No tengo que preguntarlo!
¿Qué daño tratas de hacerme?
¡Ese chico ha ganado a estrella de plata! ¿Lo sabías?
- Y otras condecoraciones. - No soy yo quien le quiere procesar.
Es mi orgullo. Mi hijo ha honrado mi nombre.
- ¡Ed! - Cálmate.
- ¡Ed! - Padre, déjalo ahora.
Padre, ahora no.
- ¿Qué hora es? - ¡Levántate!
- ¿Qué ocurre? - ¡Levántate!
Óyeme bien, tengo que hacerte una pregunta.
Quiero que me contestes simplemente "sí" o "no".
¿Has colaborado con el enemigo?
¿Has colaborado con el enemigo?
Sí, lo hice.
¿Por qué no te mataron? ¿Por qué no te mataron como a tu hermano?
¡Yo habría preferido que fuese así!
¡Padre!
¡Padre!
Eso es lo que habría preferido yo también, una muerte así:
limpia, honrosa y digna. ¿Qué es lo que te has imaginado?
Que sólo unos motivos tremendos han podido arrastrarte a la traición,
a la vileza de olvidar la lealtad que nos debías a tu patria y a mí.
¿A ti? ¿Y yo qué?
¿Sabes lo que gané por arrastrarme ante ellos como tú dices?
¿Sabes lo que me dieron, padre? ¡Ahora lo sabrás!
¡Todo lo que gané fue una manta maloliente, raída y asquerosa!
¡Y tres horas escasas de sueño ininterrumpido!
¡Y oye esto, coronel: aquel día me dije que había realizado
un negocio estupendo!
- Buenos días, señor. - Buenos días.
¿Puede indicarme la habitación del Sr. Hall?
Habitación 316. No se ha levantado, anoche no dejó aviso.
- ¿Dónde está el comedor? - A continuación del vestíbulo.
Servicio de habitaciones, por favor.
¿Servicio de habitaciones? Habitación 316. Traigan un Bloody Mary.
Un Bloody Mary.
Espere un momento. No cuelgue.
- ¿Quién es usted? - Su abogado, me llamo Wasnick.
Me esperan al teléfono. Pase.
Sí, es whisky con tomate. ¿Quiere otro?
¿Cómo, que no abren el bar hasta las nueve?
- No, no quiero el desayuno. - Disculpe, capitán.
Ya he encargado su desayuno. Jugo de naranja, huevos con jamón
y un café doble bien cargado. Tiene que comer.
Preferiría beber.
- ¿Cómo ha dicho que se llama? - Wasnick. W-A-S-N-l-C-K.
Es un apellido polaco.
Encantado de conocerle.
- ¿Cómo ha sabido que estaba aquí? - Vengo de su casa.
Su cuñada me lo ha dicho. Es muy simpática.
Sí. ¿Estaba allí mi padre?
Se retiró estratégicamente al saber quién era yo.
Aggie me ha contado lo que ocurrió anoche entre su padre y usted.
Sí, pobre Aggie. Está entre dos fuegos.
Yo no lo creo así.
Bueno, ¿qué vamos a hacer con esto de usted?
Tenemos dos semanas para prepararnos.
- No lo sé. - Es una actitud curiosa.
Coronel, ¿qué clase de abogado es?
¿Tiene predilección por las causas perdidas?
No me gusta que uno se juzgue a sí mismo. No lo creo constructivo.
- ¿Es que no lo sabe? Soy culpable. - Eso no lo creemos ninguno de los dos.
Ambos sabemos que tuvo sus razones para obrar de esa manera.
¿Ambos?
Soy un hombre de leyes, capitán. Nunca he ganado una estrella de plata
ni he estado en un campo de prisioneros.
Por lo tanto no sé cómo me habría portado en su lugar.
Pero creo que poco más o menos habría hecho lo mismo.
En una situación así me parece que todos lo haríamos.
Debe de ser el desayuno. Adelante.
Bien, pase.
- ¿Le sirvo, señor? - No hace falta. Déjelo aquí.
¿Es que ha terminado nuestra conversación,
no quiere hacer ningún comentario?
¿Por qué no me declaran culpable y olvidamos esto?
Seamos prácticos, capitán Hall, a riesgo de sacrificar su apetito.
¿Sabe a qué le condenarían si le declararan culpable de todos los cargos?
Tengo una ligera idea.
Entonces no debemos allanarles el camino.
Vamos, se lo ruego.
Esta mañana, a las nueve, toda la nación estará pendiente
de la ciudad de San Francisco, donde va a ser juzgado en consejo de guerra
el capitán Edward Hall. Al hijo del coronel del mismo nombre
se le acusa de haber colaborado con el enemigo
cuando estuvo prisionero en Corea.
- Voy al consejo. - Vete.
- ¿Has cambiado de parecer? - No.
No pienso rogarte.
¿Volverás a tiempo a casa o tendré que comer fuera?
Te llamaré luego.
- Sargento. - Tendrá que aguardar turno.
- Soy la cuñada del capitán Hall. - Venga, por favor.
Queda constituido el consejo.
Se ruega a todos los que han sido citados como testigos en esta causa
que abandonen la sala hasta que sean llamados para comparecer.
Todos los cargos que figuran en el apuntamiento son
por colaboración con el enemigo.
Si el acusado consiente, omitiré la lectura del apuntamiento.
Una copia de él se halla ante cada miembro del tribunal,
- El auditor y el acusado. - El acusado consiente.
Se omite entonces la lectura del apuntamiento.
Los cargos le fueron presentados por mí al acusado el 6 de marzo de 1954.
Capitán Hall, ¿tiene usted algo que alegar?
El capitán Edward W. Hall declara que no son ciertas las acusaciones
presentadas contra él. Es inocente.
La acusación recusa las palabras de la defensa.
La acusación probará que el acusado, cuando estuvo prisionero,
en Corea del Norte, en el periodo comprendido entre enero del 51
y julio del 53, proporcionó consciente y voluntariamente
ayuda al enemigo.
Según la ley, no puede aceptarse que al hacerlo obrara
bajo coacción o malos tratos.
La acusación requiere la presencia de su primer testigo,
el Sr. Millar Cassidy.
Levante su mano derecha.
¿Jura que cuanto declare en este consejo será la verdad,
toda la verdad y nada más que la la verdad con la ayuda de Dios?
Lo juro.
- Siéntese, Sr. Cassidy. - Gracias.
Diga su nombre y a qué trabajo se dedica, por favor.
Me llamo Millard Chilson Cassidy, soy mecánico.
- ¿Dónde vive, Sr. Cassidy? - Bloque 5, distrito 2, Carlina del Sur.
- ¿Conoce al acusado? - Sí, señor.
Si está en la sala, ¿puede usted señalarle?
Sí, está sentado allí.
¿Dónde vio por primera vez al acusado?
- En el campo 5, en Piokton. - ¿Cuándo fue eso?
Bueno, no lo recuerdo exactamente, ¿se lo pregunto al capitán Hall?
No, no puede preguntarlo.
Poco más o menos en el invierno de 1951, por lo que recuerdo.
¿Observó en el comportamiento del capitán Hall algún detalle especial?
Pues sí, un día amenazó a un muchacho que dormía junto a mí.
Él sabía que aquel muchacho estaba enfermo,
pero le dijo que se levantara enseguida o haría que le arrojaran al agujero.
Luego le abofeteó. Nunca creí que un oficial americano hiciese algo así.
Dice que le abofeteó, ¿y se levantó el muchacho?
No, señor, estaba muy enfermo y no podía moverse.
Describa otros detalles relativos a la conducta del capitán Hall.
Una mañana nos sacaron del barracón para oír unas monsergas doctrinarias.
El instructor dijo que había un invitado especial y entonces
- Se presentó el capitán Hall. - ¿De qué les habló?
Quiso convencernos de que los chinos eran estupendos.
Dijo que ellos querían ser amigos nuestros.
Y luego añadió que agradeciéramos la buena comida que nos daban.
Eso nos hizo reír a todos.
Dijo que los chinos no odiaban a la gente sencilla,
sino a los ricachones de Wall Street que habían inducido a los EE. UU.
a invadir Corea.
Dijo: "Yo me siento alegre y feliz de declarar aquí la verdad
- Ante todos vosotros". - Protesto.
El testigo ha citado una frase que atribuye al acusado
y pido que la ratifique, o de lo contrario que no conste en acta.
¿Puedo rogar al defensor que puntualice un poco más?
Sí, me refiero específicamente a las palabras "me siento alegre y feliz".
Sr. Cassidy, ¿el capitán Hall pronunció exactamente esas palabras?
Sí, señor, seguro. Desde luego no forman parte de mi lenguaje.
El testigo se ratifica en que el capitán Hall pronunció las palabras
"me siento alegre y feliz". Hágalas constar en el acta entre comillas.
- Gracias por la aclaración. - No hay de qué.
- ¿Creyó lo que el capitán Hall dijo? - No, señor.
No creí nada de aquello porque estaba seguro de que no era cierto.
Pero algunos muchachos comenzaron a dudar.
Porque no era un chino quien nos hablaba, sino el capitán Hall,
uno de nuestros oficiales. Quiero decir que era fácil dejarse engañar
viendo que hablaba sinceramente.
- Protesto. Eso es una opinión. - No anote la palabra "sinceramente".
¿Tuvo la impresión de que el capitán Hall era tan convincente
cuando hablaba como cuando golpeó al muchacho
y amenazó con arrojarle al agujero?
Sí, señor. Creo que en ambas ocasiones obraba igual.
Nada más.
Esta es una de las pruebas más importantes que tenemos.
Sargento Pahnke, por favor, ¿quiere leer esto?
- ¿En voz alta? - Sí, por favor, que se oiga.
"Atención, camaradas, compañeros de la división 24,
hablo en nombre de todos los que están bajo mi mando.
Como prisioneros hemos aprendido la verdad sobre ustedes
desde que nos capturaron.
Les pedimos que se rindan inmediatamente.
Vuelvan sus armas contra los oficiales que les están dirigiendo
en esta guerra injusta y asesina".
- ¿Firmado? - "Edward W. Hall, hijo".
En voz alta.
"Edward W. Hall, hijo, capitán de infantería, división 24".
- El fiscal no tiene más preguntas. - La defensa desea preguntar.
Sargento Panhke... lo siento, ¿es Panhke o Pinhke?
- Panhke, señor. - Gracias, sargento. ¿Dónde nació?
- Nací en Campbell. - Veamos, sargento,
¿cómo sabe que el capitán Hall firmó eso?
¿Que cómo lo sé?
Sí, ¿no cree que podría ser una firma falsificada?
- No. - ¿No?
Habría que ser un grafólogo muy experto para asegurarlo. ¿Lo es?
No, pero sé que es su firma porque él me lo dijo.
- ¿Seguro que él se lo dijo? - Sí, señor.
Me obligó a firmarlo
y me amenazó con castigarme si me negaba.
¿Firmó usted?
Va contra mis principios.
¿El capitán Hall ordenó que se le castigara?
- A mí no. - No, ya lo veo.
¿Había visto al acusado antes de que le pidiera que firmara el manifiesto?
Sí, le vi en una ocasión. Cuando hizo el anuncio del manifiesto.
Pero desde que anunció el manifiesto hasta que le pidió que lo firmara,
dice usted que no le vio, ¿por qué?
Porque después de la conferencia desapareció.
¿Y cuánto duró esa desaparición?
Yo diría... No estoy seguro, 4 ó 6 meses.
- ¿Sabe dónde estuvo? - No.
Entonces no sabe bajo qué circunstancias firmó el manifiesto.
¿Apreció alguna diferencia en su aspecto cuando volvió a verle?
- Sí. - ¿Diría que era irreconocible?
Sí. Parecía atemorizado.
¿Había visto antes un estado de terror como ese en alguien?
Sí, lo vi unos años antes. Yo era muy joven.
- En Dahau. - Dahau, campo de crímenes alemán.
Protesto, ¿está sugiriendo que el campo americano era un campo
- De crímenes como Dahau? - Se acepta.
No hay más preguntas.
Proceda el testigo a prestar juramento.
Levante la mano derecha.
¿Jura que todo cuanto declare será la verdad, toda la verdad
y nada más que la verdad, con la ayuda de Dios?
- Lo juro. - Puede sentarse.
Diga su nombre, graduación y cuerpo militar.
John R. Miller, capitán del ejército de tierra.
- Capitán Miller, ¿conoce al acusado? - Claro que conozco a ese traidor.
Protesto. Es inadmisible ese ensañamiento.
Aceptada la protesta.
Limítese a contestar a las preguntas sin exponer su opinión.
Capitán Miller, siendo usted prisionero de guerra en Corea,
concretamente en Piokton, ¿formaba parte del grupo de reaccionarios?
- Sí. - ¿Qué hacía allí un reaccionario?
Crear problemas. Era una preocupación constante para los coreanos.
- ¿Eran ustedes muchos? - ¿Había varios grupos?
En el mío éramos 20 hombres y desde luego ningún traidor como Hall.
- ¡Protesto! - Se acepta la protesta.
¿Existía en su campo de prisioneros una comisión de fugas?
Sí, la había.
- Y usted era el jefe. - Sí.
Asunto peligroso, ¿no es verdad?
- Alguien tenía que hacerse cargo. - Un puesto para un hombre valiente.
¿Por qué aceptó esa responsabilidad?
Porque no me hacía ninguna gracia el trato del que era objeto.
- Logró usted fugarse. - Sí, pero volvieron a capturarme.
- ¿Por qué no consiguió huir? - Hubo alguien que me denunció.
- ¿Cómo lo supo? - Vi un informe.
- ¿Firmado por quién? - ¡Por el capitán Hall!
Conozco bien su firma.
Capitán, además de frustrar su fuga, la de usted y la de dos hombres,
porque era un grupo de tres, ¿no?
Sí, me acompañaban los sargentos Scalpon y Jorgensen.
Además de frustrar su fuga, lo que debió de ser un duro golpe,
¿el informe que dio el acusado tuvo otras repercusiones en ustedes?
- Mataron a Scalpon. - ¿Opuso resistencia?
- Sí. - ¿Y qué le ocurrió a usted?
Al sargento Jorgensen y a mí nos llevaron a una casa llamada
"el palacio de Pak".
Desearía que contase al tribunal lo que ocurrió en "el palacio de Pak".
Pues, nos incomunicaron.
No tardaron en comenzar los interrogatorios.
Querían saber los nombres de los que planeaban fugarse.
Estuvieron interrogándome durante todo el día.
Tal vez más, no lo sé.
- Luego empezó Pak. - ¿Luego empezó Pak?
¿Quién era Pak?
Entre aquellos hombres era quien mandaba. Un psiquiatra.
- Ordenó que me encadenaran. - ¿Le encadenaron las manos o los pies?
Los pies.
Apretaron las cadenas hasta el máximo.
Mis tobillos empezaron a sangrar.
Siguieron apretando hasta llegar al hueso.
Entonces me desnudaron y me colgaron de una viga del techo,
pero me colgaron cabeza abajo igual que si fuera un cerdo.
Después, uno de ellos comenzó a azotarme.
¿Perdió usted el conocimiento?
Puede ser, pero sólo sería un momento, porque recuerdo vagamente
que me iban mojando la cara.
¿Qué les dijo usted?
Me enfurecí. Les dije cosas que no necesitaban traducir.
¿Qué más le hicieron?
Pak dijo a sus hombres que no no apagasen los cigarrillos
en el suelo, que podían hacerlo sobre mi cuerpo.
- Y lo hicieron, ¿verdad? - Sí.
- ¿Cuántas veces? - Fumaban mucho.
Capitán, ¿qué le pasó al sargento Jorgensen?
- ¿También lo sometieron a tortura? - Sí, pasó lo suyo.
Le rompieron la mandíbula con la culata de un fusil.
- Luego los llevaron de nuevo al campo. - Sí,
pero nos mantuvieron separados. Después ya no lo pasamos tan mal.
Cuando le estaban torturando, ¿Pak y sus secuaces lograron
arrancarle los nombres de los que habían conseguido fugarse?
¿No les reveló usted nada?
Sí, ¡mi nombre, graduación y número!
¿Le maltrataron después de aquello?
No, nunca más.
A pesar de que su cuerpo fue brutalmente herido,
resistió hasta el límite de sus fuerzas los castigos impuestos, ¿verdad?
Sí.
¿Capitán, sería tan amable de quitarse los zapatos,
los calcetines y la camisa
y mostrar al tribunal las huellas de las torturas que...?
¡Protesto!
Torturas que son el resultado de la información dada por el acusado.
- ¡Protesto! - Se rechaza la protesta.
Es una prueba de la declaración del testigo.
Despierta ya, está amaneciendo.
No es posible que sea tan tarde. ¿Dónde has estado?
Por ahí, ¿qué llevas en ese paquete?
Camisas limpias, pensé que te harían falta.
Oh, gracias. ¿Qué tal por casa? Te encuentro desmejorada.
Anoche ni siquiera probé la cena.
- No vi a papá en la sala. - Sufre mucho, Ed.
Comprendo, él te ha hecho venir para que me lleves a casa.
- Una reconciliación en toda regla. - No sabe que he venido.
Ya. O sea que has venido a traerme esto. ¿Quieres tomar un trago?
- No es mala idea. - Subamos a mi habitación.
Vamos.
Me ha gustado esa arruga tuya. Prueba que aún soy un hombre.
No te preocupes, si el conserje nos dice algo le diré que eres mi cuñada.
Por aquí.
Bien.
Bien.
- Todo lo que tengo es whisky. - No me apetece.
- Dijiste que tomarías un trago. - Sí, pero luego.
Bueno, como tú quieras.
He venido porque tengo algo que decirte.
- Lo de las camisas es un pretexto. - ¿De qué se trata?
Hoy en la sala dijiste que no...
¿Cuánto tiempo estuviste casada con Peter?
Nunca imaginé que él se atreviera a pedirte... los dos éramos vergonzosos.
Lo sé, pero no he venido a hablar de Peter.
Deberías casarte otra vez con un buen chico.
Una vez me encontré ante una vieja granja abandonada.
Vi una cosa muy curiosa: los manzanos sabían que estaba abandonada.
Sin embargo florecían como siempre.
Los árboles estaban repletos de frutos.
Pero nadie recogía las manzanas.
¿Comprendes?
- Has cambiado de conversación. - No, no me has entendido.
Quiero decir que los manzanos
seguían teniendo vida a pesar de que nadie recogía las manzanas.
¡Oh, Dios mío! ¡Qué horror, una vida que no se aprovecha!
Dime, ¿te parece lógico desaprovechar una vida de esta manera?
No hables. Tenemos que acabar con ese hipo.
- ¿Con un vaso de agua? - No, así es mejor.
- Me haces daño. - Tiene que dolerte.
Toma aire y aguanta la respiración. ¿No me has oído?
- Ahora no estás ante el tribunal. - ¡No me gusta que...!
¡Te he dicho que no respires!
Aunque durante el juicio no has dicho nada, he adivinado lo que pensabas
por el modo de sentarte, y no entiendo cómo aceptas lo que dicen de ti.
¿Por qué dices eso?
El hipo no se te pasará si sigues hablando.
- ¡No tengo hipo! - Sí tienes todavía.
Lo que hiciste, lo harías por algún motivo.
Si lo dices ante el tribunal, puede que te sea favorable.
Cambiaste allí, porque crees que ahora eres más humano.
Pero los humanos pueden hacer algo más que derrumbarse.
Los seres humanos también luchan.
¿Por qué no luchas ahora? Antes lo hacías porque te lo mandaban.
Ahora tienes que hacerlo porque quieres.
Pasó el hipo.
Es tarde, debo irme.
¿Estarás allí mañana?
- De acuerdo. - Adiós.
- Gracias. - Adiós.
Orden en la sala.
Guarden silencio.
Se reanuda el consejo.
Todas las personas del jurado se hallan presentes en esta sesión.
La acusación nada tiene que añadir por ahora.
La defensa desea exponer su primer informe.
Tienen ustedes copias de los telegramas incluidos en el sumario como pruebas.
Son del general en jefe y de otros altos oficiales.
Dan testimonio de la conducta del capitán Hall.
De ellos se deduce que el acusado es un militar que se ha distinguido
por su comportamiento y que está considerado por sus superiores
como un hombre valeroso. Sostengo que es digno de esos conceptos.
Todas nuestras leyes están basadas en principios que creemos inmutables.
Uno de ellos es que hay un nivel moral determinado
que la sociedad está obligada a respetar.
Pero hemos llegado a un punto en que este nivel moral
no lo reconocen ya todos los hombres.
Porque una parte de la humanidad lo ha desterrado,
sustituyéndolo por la violencia y la tortura,
no de la carne, sino de la mente, para obtener lo que desea.
Nos encontramos dispuestos a juzgar a un hombre
que cometió ciertos actos
bajo los efectos de esta nueva situación moral en que la mente
se halla sometida a un constante suplicio que no conoce piedad alguna.
Nuestro código militar no recoge esta nueva situación
porque no se había previsto.
Y el capitán Hall, por ser una de sus primeras víctimas,
tiene que ser juzgado con las leyes actuales.
Todos sabemos que la resistencia de cada ser humano
tiene un límite en sus procesos de depresión.
Y que sin sufrir daños corporales puede llegarse a ese límite.
El acusado llegó a ese punto.
Por lo tanto, aunque él no haya negado su participación
en los actos que se le juzgan en este consejo,
sí niega que lo hiciera voluntariamente, deliberadamente
o conscientemente.
Creo que pocos de nosotros habríamos resistido en esas circunstancias.
Como la única persona familiarizada con los hechos es el propio acusado,
desea presentar al tribunal su testimonio.
¿Sabe con exactitud el acusado sus obligaciones de testigo
y que todo lo que declare puede ser usado en su contra?
Se le han expuesto esas obligaciones y está conforme con ellas.
Entonces que se proceda a tomarle juramento.
La defensa solicita como testigo al capitán Edward W. Hall.
Levante la mano derecha.
¿Jura que cuanto diga en este consejo será la verdad, toda la verdad
y nada más que la verdad con la ayuda de Dios?
- Lo juro. - Siéntese, capitán.
Diga su nombre, grado y destino o situación actual.
Edward W. Hall, capitán, destacamento de pacientes, Hospital Letterman.
- ¿Es el acusado de este consejo? - Sí, señor.
Capitán, deseo que mentalmente vuelva al día de su captura, 2 de enero de 1951.
Ese día usted y muchos prisioneros emprendieron una larga marcha,
que habría de concluir varios días después en el campo número 5.
¿Quiere decirnos qué recuerda de aquel día?
Claro, recuerdo que hacía frío.
¿Por qué conserva esa impresión tan particular?
Porque se me habían roto los pantalones en una alambrada
la noche anterior y el viento entraba por los agujeros.
Los muchachos se reían, pero pronto dejaron de hacerlo y hasta de hablar.
- ¿A qué se debió? - Algunos empezaron a morirse.
Muchos estaban extenuados, otros heridos.
Usted también estaba herido, ¿verdad?
Sí, en una pierna tenía alojado un trozo de metralla.
A los heridos había que arrastrarlos en trineos.
Un chico que estaba cerca de mí tenía en el vientre un enorme agujero.
Trataron de tapárselo, pero la vendas se caían y...
Bueno, aunque cualquiera podía ver que estaba muerto,
los otros seguían en el trineo de todos modos.
Entonces los chinos detuvieron la columna y se pusieron a gritar
diciendo que andábamos despacio y que nos diéramos prisa.
Pero arrastrando los trineos no era posible hacerlo.
- ¿Dieron ellos alguna solución? - Sí,
dijeron que a todos los de los trineos los enterráramos.
¿Quiere decir a los que habían muerto?
No, no sólo a ellos. Hubo...
un teniente que trató de explicarles que el muchacho que cuidaba de su grupo
aún no había muerto.
Le dieron un azadón y le obligaron a cavar dos tumbas.
Una para el muchacho del trineo y otra para él.
- ¿Hizo el teniente lo que le dijeron? - Sí, le encañonaban con una pistola.
Cavó las tumbas.
Y le dijo a su guardián: "En mi tierra una cosa así sería un asesinato".
Y después de escupir al guardián en la cara, nos hizo un gesto de despedida
y rezó una oración.
Siga.
Le dispararon en la nuca y se desplomó.
¿Verdad que después de esto recogió usted a un oficial herido
y cargó con él durante 4 días para que no lo mataran?
¿Le curaron la pierna cuando llegó al campo?
No. Nos encerraron en un barracón y nos dejaron allí.
En general, ¿cómo se encontraban ustedes de salud?
No muy bien. Sólo nos daban trigo para comer. Y malo.
Al hablar de barracón, ¿a cuál se refería exactamente?
Al de los oficiales, nos habían separado de los soldados.
¿Podía usted comunicarse con ellos?
No, oficialmente no.
Pero logré saber que estaban en condiciones espantosas
y que los jóvenes se morían.
Supe que comían lo que nosotros y que ninguno de nosotros enfermaba,
quise ver lo que ocurría y fui una tarde a visitarles.
¿Cómo se arregló para hacerlo?
Soborné al carcelero, le di mi ración.
¿Qué descubrió al visitar los barracones de los soldados?
Lo que vi es que eran pocilgas llenas de un olor que daba nauseas.
No existía disciplina, ningún mando, ninguna autoridad.
Y era verdad lo que me habían dicho de los más jóvenes, estaban abatidos.
Era un cuadro patético, no querían comer ni beber.
Aquellos muchachos estaban hundidos.
Me dirigí a uno de ellos y le dije: "¿Quieres morir?" Y él me dijo que sí
y que le dejara en paz.
Le reprendí, le abofeteé y le dije que le echaría al agujero.
¿Por qué lo hizo?
Creí que la irritación le obligaría a levantarse.
¿Por qué quería que se levantara?
Porque tenía la extraña idea de que estando de pie, un hombre no muere.
En otras palabras, usted quería darle ánimos para que siguiera viviendo
y no recrearse atacándole brutalmente tal y como la acusación
- Ha dado a entender. - Sí, señor.
Dígame, capitán, ¿consiguió su propósito?
Bueno, algunos de los que estaban allí se levantaron y empezaron a pegarme.
- ¿Originó el incidente una pelea? - Pues sí, claro.
No creí que tuvieran fuerzas, pero consiguieron echarme al patio.
¿Qué ocurrió después de ese percance?
En lugar de dejarme ir al barracón, los chinos me llevaron a su cuartel.
Hicieron circular la noticia de que iba a trabajar para ellos.
Y trataron de hacerme engordar para ver que recibía un trato de favor.
Me pidieron que distribuyera propaganda y acepté,
porque era la única forma de entrar en contacto con los soldados.
Logré que me confiaran la redacción de los textos.
¿Por qué razón?
Creí que haciéndolos yo, conseguiría que parecieran falsos,
quería dar a entender a los soldados que no creía en semejantes patrañas.
¿Fue ese el motivo de que empleara la frase "Me siento feliz y contento"?
Sí, pensé que con ello le daba un tono sarcástico.
De lo que acaba de exponer se deduce que tanto el incidente del muchacho
como la propaganda que distribuía estaban de acuerdo
con sus deberes militares.
A pesar de las apariencias, impulsaba su conducta un alto ideal.
Tenemos entendido que tras la distribución de la propaganda,
desapareció durante 6 meses y luego volvió cambiado.
¿Era en esa época cuando amenazaba a los soldados para que firmaran
el manifiesto de la rendición de forma que muchos le consideraran traidor?
¿Se daba cuenta de que al hacer aquello violaba las normas militares?
- ¿Está usted defendiéndome? - ¿Qué motivos le impulsaron?
- ¿Eran aún los altos ideales? - ¿Altos ideales?
¿Cuáles fueron los motivos, trataba de cumplir las ordenanzas militares?
Así que habían cambiado los motivos, ¿verdad?
Usted también había cambiado. ¿Hizo todo aquello voluntariamente?
- No. - ¿Deliberadamente?
- No. - ¿Conscientemente?
¿Había cambiado usted, capitán, o lo habían hecho cambiar ellos?
¿No es cierto que fue atormentado durante aquellos seis meses
hasta el extremo de que ya no tenía usted voluntad propia?
¿Qué le hicieron, capitán?
Me tuvieron aislado.
- Le tuvieron aislado. ¿Dónde? - En un cuartucho de un sótano.
¿Cómo era ese cuartucho?
Oscuro.
El agua se filtraba y el suelo estaba húmedo,
salvo en un pequeño lugar y allí era donde dormía.
Todas las mañanas entraban un cubo y unos trapos
para que lo limpiase. Era cuando me dejaban mover.
- ¿Le permitían hacer algo más? - No.
Tenía que estar sentado en la oscuridad sin poder apoyar la espalda.
¿Cuánto tiempo le tuvieron así?
No lo sé.
Empecé a los pocos días
a resolver problemas mentalmente y a cantar algunas canciones
que recordaba del colegio para entretenerme.
Pero no me dejaron seguir, dijeron que hacía mucho ruido.
¿Qué ocurrió luego?
Entonces me dieron papel y una vela diciendo que podía escribir
si lo hacía sobre mí mismo.
¿Siguieron interrogándole durante ese periodo?
Sí, entraban a medianoche, cuando intentaba dormir.
¿Qué pretendían?
Quería que firmase esa octavilla de la rendición.
¿Y la firmó?
Resistí largo tiempo.
¿Qué pasó durante ese largo tiempo?
Me tuvieron en el sótano. Una noche fueron a buscarme.
Tuve que ir andando por la nieve.
Iba helado, no sentía nada ni sabía qué me pasaba.
Entonces, sobre un charco,
dijeron que tenía que firmarles esa octavilla,
o pasaría solo el resto de mi vida.
- ¿La firmó? - No.
¿Le castigaron?
Sí, me encerraron en el sótano otra vez.
Ya no volvieron a llevar trapos para limpiar el suelo.
Todo era un enorme charco y cuando quería dormir
tenía que hacerlo echado en la suciedad.
Mis miembros estaban entumecidos y la suciedad me calaba hasta los huesos.
Era como estar enterrado en vida.
Se acercaban al tragaluz
y me decían que si me gustaba estar solo.
Tenía que morderme la lengua para no contestar.
No sé cuánto tiempo estuve allí.
Entonces, recuerdo que una noche, una voz dijo que tenía una carta para mí.
Al principio yo...
no les creí, porque nadie me escribía o destruían las cartas.
Ellos me dijeron que era porque...
¿Por qué?
Porque nadie se acordaba de mí.
¿Qué decía aquella carta?
Era...
una carta muy corta. Era de mi padre.
Me preguntaba que por qué no había vuelto a escribirle.
¿Y eso era todo?
No.
Decía...
Decía... Decía que mi hermano Peter había muerto
y en aquel instante comprendí que ya no podía más.
Estaba entristecido y algo dijo una voz de unas mantas y un lugar para dormir.
Decía que, o firmaba entonces la octavilla,
o pasaría solo el resto de mi vida.
Y dije que de acuerdo, que sí.
Les dije que me indicaran lo que tenía que hacer.
Guerra bacteriológica, propaganda, tráfico de drogas, lo que quisieran
a cambio de no seguir solo y poder dormir unas horas.
Entonces me sacaron,
me dieron una pluma y lo firmé todo.
En otras palabras, se derrumbó usted.
Sí.
Entre las cosas que firmó la noche de su derrumbamiento,
había una nota informativa sobre el proyecto de fuga del capitán Miller,
- ¿es o no es cierto? - Sí.
¿No es cierto también que había estado usted encerrado 6 meses
y que era humanamente imposible que estuviera enterado de los planes
- De fuga del capitán Miller? - Sí.
Capitán, ha dicho que cuando estaba en el sótano,
le dieron un día papel y una vela para que escribiera sobre sí mismo.
¿Se trataba acaso de escribir una autobiografía?
- Sí. - ¿Cómo era? ¿Podría recordarla?
Cuando yo era joven trabajé como botones en una oficina,
fregando platos y lavando coches.
Enceré suelos, hice de todo.
No podía engañarles, siempre lo sabían.
¿Escribió durante su aislamiento lo que ahora llaman "su manifiesto"?
Sí, escribí una 20. Ellos me obligaban.
Si me olvidaba de alguna cosa o añadía algo nuevo,
ellos me decían que mentía y me obligaban a escribir otra vez.
¿Qué se proponían con todo eso, lo supone usted?
Creo que deseaban enterarse de mi vida.
Con objeto de usar algún detalle en contra de usted, ¿verdad?
Alguna cosa especial que pudiera desmoralizarle.
Y finalmente les dio la clave, ¿verdad?
Finalmente les proporcionó usted lo que andaban buscando.
Aquí tengo la prueba A de la defensa, identificada, aceptada
e incluida en el sumario, capitán Hall.
¿Es o no una copia auténtica de su autobiografía,
de la que escribió la noche en que volvieron a encerrarle en el sótano?
¿De dónde ha sacado eso?
¿No es verdad también que antes de recibir la carta que le anunciaba
la muerte de su hermano, cada vez que le presentaron la octavilla
se negó a firmarla?
He subrayado un párrafo para que lo lea usted mismo.
¿Quiere leerlo en voz alta para que lo oiga el tribunal?
- No, no quiero. - Página 17. Léalo, por favor.
No, no puedo.
¿Considera ese documento parte del testimonio?
- Sí, así es. - El testigo está obligado a leerlo.
"Siendo todavía niño, recuerdo que nuestra casa era..."
No se oye nada. Retire esa mano de la boca.
"...un lugar donde apenas se podía hablar y había que cerrar las puertas
con mucho cuidado, porque mi madre estaba enferma.
Fue una época triste para Peter y para mí.
Anhelábamos que nuestra madre se curara para poder estar con ella.
Pero entonces se murió. Después de aquello nada nos quedaba.
Yo tenía 12 años cuando sucedió.
Mi padre estaba en el cuartel ocupado casi todo el tiempo.
Nos dejaba una nota detallada al marcharse con muchas advertencias
y la criada nos daba una estrella cada día si habíamos sido buenos
y mi padre comprobaba las estrellas al volver.
Nos enseñaba muchas cosas que todos los soldados deben saber:
cómo tener el cuarto limpio, cumplir las órdenes y no quejarse nunca.
Yo no acierto a recordar...
Yo no acierto a... No acierto a recordar...
que mi padre nos diera algún día un beso,
que nos abrazara..."
"Que nos abrazara como veíamos que algunas veces hacían los otros padres.
Nunca nos mostró afecto y llegué a ser tan terco conmigo mismo
como lo era él. Creo que ya no podré volver a querer a nadie.
Quería a mi madre, pero ya no existe. Quería a mi hermano, pero murió.
Ojalá mi padre me hubiera dado una oportunidad para demostrarle
cómo le quería.
Si esa soledad consigue matarme, desearía que fuera ahora".
¿Quiere la defensa que se aplace el consejo?
No, señor, no hay necesidad.
Éste, caballeros, ha sido un método nuevo.
No hubo lavado de cerebro, ni utilizaron drogas.
No trataron de aniquilarle el cerebro, pero
tampoco trataron de evitarle ningún sufrimiento.
En el capitán Hall tenemos a un soldado
cuya hoja de servicios permitía suponer que era capaz
de soportar cualquier dolor físico con entereza,
sin embargo, este soldado, sometido al suplicio mental que le hicieron padecer,
no pudo resistirlo.
Es un proceso de aplicación gradual.
Primero se crea una atmósfera de terror y de incertidumbre,
luego se aleja los jefes, atacando la salud y la moral.
Se introducen espías entre los prisioneros
y si no los hay, se hace creer de algún modo que existen.
Hacen de un ejército un colegio fantasma y logran que los soldados
se conviertan en niños ansiosos de recompensa y temerosos del castigo,
obligándoles a estar solos y a ser desconfiados.
Entonces escogen al más solitario,
para destrozarle más aún.
Le hacen creer que únicamente ellos pueden perdonarle y ayudarle.
Averiguan después su secreto más íntimo,
y una vez descubierto, hacen uso de él.
Todos tenemos nuestro secreto.
La defensa ha terminado.
Son las 4. Con la venia del tribunal, la acusación no interrogará al acusado
- Hasta mañana por la mañana. - El consejo se aplaza hasta mañana.
- ¿Qué quieres? - Hablar contigo un poco.
- Es algo tarde. - Será sólo un momento.
No pretendo entretenerte mucho. Por favor.
De acuerdo.
Entra.
- No, aquí estoy bien. - Concédeme la atención de entrar.
Esto... es difícil para mí, lo comprenderás.
Bueno, ¿de qué quieres hablar conmigo?
De eso que has leído en el tribunal. De esa autobiografía.
- Me ha hecho reflexionar mucho. - La escribí hace más de 3 años.
Sí, lo comprendo.
Pero es una cuestión bastante espinosa de todas maneras.
Has dicho de mí cosas que yo mismo ignoraba. Me has desmenuzado.
Ha sido una auténtica disección.
Pero cuando uno descubre cómo es en realidad a los ojos de sus hijos...
Supongo que Peter sentiría lo mismo por mí. Así era, ¿verdad?
Así era.
Cuánto he perdido.
Ha sido una dura lección. Y supongo
que tu madre creyó que tampoco la quería, ¿eh?
Bueno, mañana es el último día, ¿no?
Tú... pensarás volver a casa contando con que todo termine bien.
Te esperamos, claro.
Gracias.
¿Es que siempre va a existir esta distancia entre nosotros?
No lo sé.
¿Entonces qué puedo hacer yo?
¿Es que tengo que perderos a los tres?
Por favor, dímelo, ¿qué puedo hacer?
Tienes que ceder. Por favor, tienes que intentarlo.
¿Es todo lo que quieres?
Oh, Dios, Dios...
Capitán, durante el periodo de aislamiento que describió ayer,
¿le atormentaron o le golpearon?
Quiero decir que si le sometieron a alguna clase de tortura física.
¿Cuando le interrogaban, se hallaba siempre en condiciones desfavorables?
Sí.
Dio, en consecuencia, el informe del capitán Miller.
- Ignoraba que se hubiera fugado. - No importa que lo supiera o no.
¿Firmó a sabiendas un documento que se refería a él?
¿Un documento que podría ser usado por el enemigo para quebrantar
- El ánimo de los que quisieran huir? - Sí, lo hice.
- ¿Cuántos oficiales había en el campo? - Unos 70.
¿Alguno de ellos firmó documentos, hizo propaganda o amenazó a los demás?
No, que yo sepa.
¿No es cierto que la mayoría de los oficiales, cuando se les pidió
que colaboraran voluntariamente, dieron sólo su filiación,
tal como se les había enseñado que lo hicieran?
Como hizo el capitán Miller al ser torturado.
Sí, creo que sí.
¿No es verdad que aquellos que tuvieron con el enemigo
únicamente el contacto indispensable, el permitido por las ordenanzas,
que no dieron facilidades a los chinos, ni oportunidades de prueba,
- Pasaron su cautiverio mejor? - Sí.
En otras palabras, capitán, todas las penalidades que soportó
fueron consecuencia de sus actos. Se mostró dispuesto a colaborar,
- ¿no es verdad? - Tal vez.
Es posible, claro, que al principio tuviera unos motivos honorables,
- ¿fue así o no? - Sí.
A pesar de sus buenas intenciones, usted ha sido uno de los pocos oficiales
que se ha prestado a traicionar a su patria.
- ¡Protesto! - Se acepta la protesta.
Muy bien.
Ahora examinemos eso que ha sido llamado aquí "su derrumbamiento",
el proceso de su honda depresión,
como la defensa lo ha calificado poéticamente.
¿Juzga que su resistencia llegó al límite?
- Sí. - ¿Cuál fue la causa?
Sabemos que le daban alguna alimentación, ¿verdad?
Sí.
- ¿Fue porque se moría de frío? - No.
- ¿O por el dolor de la pierna? - No.
- ¿El riesgo de muerte? - Dijeron que era un criminal de guerra.
- Una vez dijeron que iban a matarme. - ¿Le amenazaron con ejecutarle?
Eso nunca lo avisaban. No.
No. Y, claro, sabemos que carecía de algunas comodidades,
- Pero eso no le obligaría a rendirse. - ¿Cómo ha dicho? ¿Comodidades?
Nadie tenía comodidades, lo sabemos.
No. No fue ninguna de esas causas. Lo que le obligó a desmoronarse
fue únicamente la soledad. ¿No es eso lo que ha dicho?
Creo que esa cuestión de la soledad es un detalle interesante.
Si le parece la examinaremos juntos...
¿Puedo beber un poco de agua?
Claro.
- Gracias. - De nada.
Capitán, ¿puede citarme algún otro momento especial en que la soledad
se le hiciera insoportable antes de que fuera enviado a Corea?
- ¿Quiere decir un día de pesadumbre? - Sí, eso es.
Pues no lo sé. Unos días serían mejores que los otros, supongo.
¿No recuerda si hubo un día en que la soledad fue tan atroz
- Que no lo pudo resistir? - Parece referirse a un dolor físico.
- Algún día le resultaría insoportable. - ¿Qué quiere decir?
¿Cuál ha sido el día de mayor soledad que usted recuerda?
- El día en que murió mi madre. - El día en que murió su madre.
Hemos leído en su autobiografía que los chinos le obligaron a escribir
y se dieron cuenta de que fue usted un niño muy solitario
- Y se aprovecharon de ello, ¿verdad? - Reconocí que siempre estuve solo.
- ¿Lo reconoció ante sí mismo? - Sí, y por primera vez.
Hasta ese momento, nunca se había dicho a sí mismo
- "Ed, francamente, estoy solo". - Sí, lo había hecho.
Bien, ya que lo sabía, no era una cosa nueva para usted.
¿Por qué razón fue a elegir precisamente esa noche para rendirse?
¡Yo no la elegí!
Fue la noche en que supe la muerte de mi hermano.
- ¿Se llamaba Peter? - Sí, Peter.
- ¿Eso le hizo sentirse aún más solo? - Sí.
De pronto, me hizo creer que todo había terminado.
- Fue un sentimiento de abandono. - Sí, como cuando murió mi madre.
Cuando murió su madre, usted sintió lo mismo, como
si ya no pudiera más, ¿verdad?
Pero luego vio que podía resistirlo y siguió viviendo.
Tenía que hacerlo.
¿Y no pudo hacerlo también después de la muerte de Peter?
- Pude hacerlo, tal vez. - Pudo hacerlo, tal vez.
¿Por qué no lo hizo? ¿Cree que había llegado al límite de su resistencia?
¿O sólo temía llegar a ese extremo?
¿No podía haber resistido un poco más?
¿Un día, una hora, un minuto siquiera?
Piénselo, capitán. ¿Llegó al límite?
¿Llegó en realidad al límite?
No. No llegué.
No tengo que hacer más preguntas.
¿Desea la defensa interrogar de nuevo al testigo?
No es necesario.
- ¿Desea el tribunal interrogarle? - No, tampoco.
El testigo puede retirarse.
Diga la defensa si desea exponer alguna consideración final.
Sí, así es.
Caballeros, aquí tengo un documento cuya lectura no resulta muy agradable.
Se trata de un informe enemigo que describe
ciertos aspectos de la conducta observada por algunos prisioneros.
"Uno: muchos prisioneros revelan falta de afecto a sus familiares,
a la sociedad o al ejército.
Dos: en cuanto se les aísla, se sienten desalentados
y renuncian a luchar para sobrevivir porque han perdido la fe en sí mismos".
Continúa diciendo el informe que hasta los soldados de formación universitaria
poseen precarios conocimientos de la historia americana
y de las ventajas e inconvenientes de la democracia.
Añade que muchos de ellos no tienen idea del comunismo,
porque nadie se ha tomado la molestia de procurar inculcárselo.
Todo el programa de propaganda del enemigo
se ha basado en todas estas apreciaciones.
Y en algún caso tuvo éxito, porque era cierto lo observado.
Ahora estamos juzgando al capitán Hall.
Caballeros, la culpa, si la hay, ¿quién la tiene?
¿Únicamente los pocos que claudicaron bajo presión como él?
¿No tendremos algo, al menos todos los que hemos contribuido a formar
así a esta generación, capaz de derrumbarse, débil, mal dispuesta,
como en el caso del capitán Hall, que carecía de recursos
para resistir hasta el límite, porque no había recibido el cariño
que debía sostenerle hasta el final?
Ahora, en el momento de juzgarle,
debemos preguntarnos si no hemos tomado parte en el colapso moral
de este hombre que ha pasado por dos guerras en su juventud
y que ha sufrido cautiverio en unas condiciones que ninguno de nosotros
hemos conocido hasta ahora.
Gracias.
¿Tiene algo que objetar la acusación a estos argumentos?
Caballeros, en respuesta a lo manifestado,
debo decir que en ciertos aspectos se puede considerar a la sociedad
efectivamente responsable del delincuente y de su falta.
Pero no está eximida la sociedad del deber y de la responsabilidad
de someter al delincuente a la acción de la justicia.
Prestarse a colaborar con el enemigo en tiempo de guerra
es un delito. Y está tan previsto en las leyes como el asesinato.
La defensa tiene sólo un argumento legal.
Un argumento que interesará tanto al público como a la prensa:
el colapso moral. Cosa que ciertamente ha existido.
Pero en este caso, los hechos están claros.
Las penalidades han sido descritas por el acusado.
No fueron ellas las que le llevaron al colapso moral.
El capitán Hall es un oficial responsable con mando
que ha colaborado con el enemigo.
Trató de persuadir a las tropas del frente a que se rindieran.
Estaba dispuesto a informar sobre los prisioneros.
Intentó convencer a los demás para que colaboraran con él.
Desobedeció las órdenes de no dar más que
el nombre, el grado y el número, y al hacer esto
favoreció a nuestros enemigos.
Si declaran al capitán Hall inocente de estas acusaciones
deberán declarar culpable de estupidez a todos los norteamericanos
que se negaron a colaborar.
Los testimonios han demostrado
que el capitán Hall es culpable de los cargos que se le imputan.
El tribunal se retira para iniciar las deliberaciones.
¿Puedo esperar el veredicto contigo?
- Claro, si tú quieres. - Me gustaría.
De acuerdo. Fumaremos un cigarrillo.
- ¿Dónde está Aggie? - Fuera. No ha resistido más.
- Perdone, capitán. - Comandante,
le presento a mi padre, el coronel Hall.
- A sus órdenes. - Comandante.
- Discúlpeme. - Es su deber.
- Frank. Mi padre, el coronel Hall. - Encantado, señor.
Quiero darle las gracias por la defensa de mi hijo.
Es usted comprensivo, coronel.
Creo que estoy comprendiendo algo más desde que he conocido a Ed.
- ¿Tiene hijos? - Tres.
Me pregunto si son tan incomprensibles para usted como lo han sido para mí.
¿Quién entiende a los hijos? Te veré luego.
¿Vamos?
- No llores a solas. - No estoy llorando.
- ¿Vamos a tomar el aire? - Está bien.
Id vosotros. Me quedaré aquí.
Orden en la sala. Silencio, por favor.
Se reanuda la sesión.
Todos los componentes del tribunal que estaban presentes
al interrumpir la sesión, se hallan de nuevo en la sala.
Sitúese el acusado delante del tribunal.
Capitán Edward W. Hall, es mi deber informarle como presidente del consejo
de que reunido el tribunal en sesión secreta y mediante votación
dos tercios de los votos de los miembros presentes
han coincidido en declararle a usted,
en relación con los cargos y especificaciones,
culpable, con la excepción del cargo de incitación a la rendición.
De ese cargo, el consejo le considera no culpable.
Antes de que el consejo termine con el caso del capitán Hall,
se le avisa de que esta vez puede exponer las circunstancias
atenuantes antes de ser leída sentencia.
Hablaré bajo juramento. - Bien. Aún sigue bajo juramento.
Lo que deseo exponer no será un atenuante, pero quiero decirlo.
El capitán Miller estuvo en mi hotel esta mañana temprano.
Es el testigo que sufrió tortura.
Dijo que había leído los documentos, que había presenciado mi declaración
y que quería hablar conmigo. Nos sentamos y hablamos
sobre los compañeros de cautiverio que habíamos tenido.
Dijo que, a su juicio, todos los seres tienen en su vida
un instante decisivo.
Si en la elección aciertan, se sienten entonces orgullosos.
Si al elegir se equivocan,
les invade un remordimiento que ya no les abandonará en su vida.
Quisiera que cada soldado,
quisiera que toda la gente sintiera lo que siento yo ahora.
Porque siendo así comprenderían lo que significa para un hombre
haber traicionado a su patria,
malogrando un momento de orgullo y de gloria.
Ruego a Dios que todos
acierten al elegir.
Amén.
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