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Original subtitles

LAS VÍRGENES DE ROMA

EN EL AÑO 476 DESPUÉS DE SU FUNDACIÓN,

LA JOVEN REPÚBLICA ROMANA LUCHABA POR SU INDEPENDENCIA

Y ESTABA EN GUERRA CONTRA LA COALICIÓN FORMADA

POR: PORCENNA, A LA CABEZA DE LOS ETRUSCOS;

STRAVOS, A LA CABEZA DE LOS MERCENARIOS GRIEGOS

Y DRUSCO, QUE CAPITANEABA UNA ORDA DE BÁRBAROS.

AL MANDO DE HORACIO COCLES, LOS ROMANOS SE PREPARABAN

PARA COMBATIR LA ÚLTIMA BATALLA EN PUENTE SUBLICIO.

Vaya, por fin. Mantén los ojos bien abiertos.

No es ninguna novedad.

Horacio Cocles siempre hace lo mismo antes de una batalla.

Da las órdenes, se echa en el suelo y en salida cierra los ojos.

¡Mírale!

Mejor dicho, cierra uno solo porque es tuerto.

¿Y cuándo hay que despertarle?

Verás, cuando la caballería de los bárbaros se desplaza,

levanta una gran polvareda allí en el horizonte.

Si los etruscos necesitan ayuda,

la polvareda se mueve de derecha a izquierda.

Y nuestro comandante puede seguir roncando tranquilamente.

En cambio, si no la necesitan,

la polvareda se desplazará hacia nosotros.

Vendrán a atacar el puente para intentar invadir Roma.

No creo que podamos defenderla, somos muy pocos.

¡Cocles!

¡Vienen hacia nosotros!

¡Ya está! ¡Mira!

Ya lo he visto.

¡A vuestros puestos! No hay tiempo que perder.

Escuchadme bien.

Protegeos con los escudos e intentad que los enemigos

malgasten inútilmente sus lanzas.

Un romano puede morir como un héroe solo si tiene la ocasión de luchar.

Pero si se deja matar a la primera, es un cretino.

Tú protégete la frente.

Recordad las órdenes.

En caso de peligro, destruiremos el puente.

La señal. (SILBA).

¡A vuestros puestos!

¡Los de atrás!

¡Y no retrocedáis!

¡Decurión!

Tu túnica está más sucia que tu cara.

No me dirás que te ha faltado agua.

-En estos casos. -Hay que morir limpios.

(GRITAN A LA VEZ)

Aquí está.

No, si le matas tú se ofenderá.

Cocles, ¿me haces el honor?

Con mucho gusto, bárbaro.

¡Acércate!

¡Estás muerto!

(RÍE)

(SILBA)

¡Alto!

¡Los caballos al río!

He cumplido tus órdenes, Porcenna,

pero no hemos pasado.

Han destruido el puente.

No importa. La victoria es total.

¿Cómo que total?

La verdadera victoria es la exterminación de los enemigos.

Es tu victoria, Stavros.

La mía es la paz.

Drusco, tú que eres aliado nuestro,

dinos lo que piensas.

Y tú también, Rasmal, que eres nuestro segundo oficial.

-Vamos, hablad. -No.

Solo debemos obedecer.

¡Mirad!

Un buen puñado de esclavos.

Si hay algún músico yo me lo quedo. Porcenna los devuelve a todos a Roma.

¿A todos?

¿También a los hombres válidos?

¿A los que pueden volverse otra vez contra nosotros?

Si lo llego a saber, no te hubiera seguido.

Esto es una insensatez.

Son órdenes mías.

La confederación etrusca no quiere destruir Roma.

Queremos doblegarla a la obediencia a los talquinios,

nuestros amigos y garantizamos así una paz duradera.

Roma misma nos la tendrá que pedir.

¿Qué mejores embajadores podemos enviarles

que sus soldados vencidos y avergonzados?

Entonces, ya que eres tan generoso,

¿por qué no devuelves a Roma a aquel también con los demás?

Un cónsul prisionero es otra cosa.

Sirve para negociar.

Es indigno tratarle así.

Sin embargo, ese cónsul era amigo tuyo, ¿no?

Sí.

Pero tengo que mancillar su orgullo.

Los prisioneros lanzarán las humillaciones sufridas.

La política tiene exigencias. Porcenna.

¿Me concedes ese favor?

Tienes mi consentimiento.

Gracias. Gracias también a ti.

Escúchame bien.

Eres un soldado generoso y mereces mi indulgencia,

pero otra vez, espera a mi orden. Naturalmente.

Es que había leído tu pensamiento. Ya habías dado esa orden.

(RÍE) Siempre la respuesta a punto.

Si te excedes, podrías molestarme.

Procuraré no hacerlo Intentaré creerte.

Es una humillación intolerable. ¿Por qué no seguimos luchando?

Eres de los que pretenden luchar ante todo, pero a costa de los demás.

Mira, eso queda de nuestro ejército.

La tregua hoy es necesaria.

No, eso sería la deshonra, algo vergonzoso.

No han muerto tantos para que nos rindamos.

Tenemos que luchar.

Luchas en medio de las calles o dentro de nuestras casas.

Sé razonable. Tenemos que reorganizarnos si queremos vencer.

¿Y cuáles son las condiciones de la tregua?

No estamos en situación de rechazarlas

y menos aún de discutirlas.

Ante todo, debemos aceptar la tregua.

¿Cuál es la voluntad de los dioses? ¿Qué predicen los oráculos?

Ese es un signo propicio.

Ese otro es, sin embargo, nefasto.

Deben decidirse, señores. Tienes que decidirse.

Porcenna, los adivinos no se ponen de acuerdo.

Los cuervos siguen revoloteando por allí sin explicarse.

Puede ser que su opinión sea importante, pero yo no lo creo así.

Ya se habría debido pactar la tregua.

Es posible que Porcenna se haya dado cuenta

de que sería un gran error suspender las hostilidades.

Además, esa es la opinión general.

¿También la tuya, Rasmal?

Tú eres quien decide, tú solo.

Hemos capturado a este romano. Dice que ha venido para matarte.

¿De verdad?

¿Por qué?

Para que se cumpla el destino de Roma.

Más de 300 romanos han jurado matarte.

Y si es necesario, nos sacrificaremos todos. Hasta el último.

Dame.

Que nadie haga un solo gesto sin orden mía.

Vosotros, soltadle.

Roma en vez de enviar guerreros, envía asesinos.

Si tu intención es esa, cúmplela.

¿A qué esperas?

No puedo.

No puedo.

¡Déjale!

Esta es la mano que no ha sabido darte muerte.

Absurdo,

pero magnífico.

Tú conoces, Porcenna, la profecía

que predice diez años de poder a Etruria.

Ahora comienza nuestra era.

(GIME)

Ajusticiadlo.

Dadle vino de amapolas. Le dolerá menos.

Pacto a la tregua. Tienes miedo.

En tu campamento y rodeado de tus soldados

¿tienes miedo de 300 asesinos reclutados en Roma?

Grecia no se desangró para que tú cedas a las amenazas de un romano.

Roma es una nación joven capaz de heroísmos absurdos,

pero magníficos. No podemos destruirla.

Tenemos que ser sus aliados. Será de vosotros, los etruscos.

Yo me vuelvo a Grecia.

Ve a Roma y coge todo el oro que quieras. Yo pago. Drusco,

con tu caballería escoltarás a Rasmal a quien doy facultades

para pactar la tregua. Primera condición: rehenes.

Ordenad que den la señal.

Por fin veré Roma. Hay quien dice que tú ya la conoces.

Puede ser, pero prefiero que no lo digan. Tampoco tú.

Publicola,

como cónsul de Roma y por consideración a tus heridas

y a la dignidad de tu rango, ordené que preparen un caballo para ti.

También mis hombres están heridos y van a pie.

Ya has pisoteado mi dignidad.

Yo también iré andando.

Te hablo en nombre de nuestra antigua amistad.

La guerra que nos has impuesto ha acabado con todo.

Incluso con la amistad.

¿Está a salvo?

Por tu culpa. Cuando la veas dile que...

No, la paz no ha llegado.

Adiós.

Recoged vuestras cosas. No quiero nada de lo que me habéis regalado.

Nada. Ahora eres libre.

Ya lo sé. Porque los míos han vencido.

Al liberarme del cautiverio me lo habéis devuelto todo.

Las sandalias con rosetones de oro. Se me olvidaba.

Ya está. Prefiero herirme los pies.

Y si esta túnica me la hubieseis dado vosotros,

desnuda iría para no deberos nada.

Lucilla, se te ha tratado de esa forma vergonzosa

porque eres sobrina de Tarquinio y pariente de Porcenna.

Y cuando estalla una revolución no es fácil dominar a la plebe.

Compréndelo, te lo ruego. Sé generosa, olvídalo todo.

No, nunca. Deploro la debilidad de mi gente

que os respeta en lugar de destruiros.

Prefiero morir antes que ver resurgir a Roma.

¡Cocles!

¿Está remendando a tu puente? En efecto.

Había preparado una buena catapulta, pero tu caballo consiguió sortearla.

¿Sí?

En esta tregua no me quedan esperanzas de desquitarme.

¿Por qué? Nunca se sabe.

No te salvarías por segunda vez.

Publicola.

Cónsul de Roma. Cónsul de la derrota.

¿Estás herido? ¿No lo ves?

A mí también me han herido, pero de otra forma.

A ti honrosamente combatiendo, a mí con vergüenza encadenándome.

No tenemos más que decirnos.

Olvídame.

Podéis seguir.

Es bonito este lugar. Casas de piedra, hay muchas calles,

espaciosas plazas.

Mira qué serios están todos, parecen actores griegos.

Atención, habla el coro.

Cónsul Publicola, honor a ti.

El Senado y el pueblo romano están orgullosos de ti.

¿Has oído? Nada de honores, Bruto.

Somos los cónsules de la derrota.

Un momento. Las balanzas están trucadas.

No, os equivocáis. Son griegas.

¿Y desde cuándo los vencidos se atreven a discutir?

-Tú no tienes derecho a... -Te lo atribuyo.

¿Y estos son rehenes?

Aquí están los hombres más ilustres de Roma.

Los patricios más poderosos.

Me lo esperaba. La jugada de siempre.

Yo me encargo. Buscaré casa por casa con mis soldados y te aseguro

que daré con los hombres importantes.

Demasiados ingenuos serían estos romanos si se hubiesen

escondidos en sus casas. ¿Y entonces?

Creo que tendremos que buscarles por los campos de los alrededores.

En los bosques o en alguna cueva.

Un jinete armado.

Espera.

¿Quién eres? Una mujer.

Eso ya se ve. ¿Y qué más?

Una romana que quiere echar a los bárbaros de su ciudad.

Dame las manos. Muévete.

Coraza, casco, espada.

Está ridícula. Tú no podrías entenderlo.

¿Adónde ibas? Aquí cerca.

¿Adónde ibas? ¡Aquí al lado!

Entonces, ve si quieres aquí cerca.

Pero no sola. Puedes subir a tu caballo.

Uno, dos, arriba.

Él encontrará el camino.

Curiosos tipos estos romanos.

Los hombres representan tragedias y las mujeres farsas.

Sois mis prisioneras. ¿Quién está al mando?

¿No vais a contestar? Por lo que veo, tienes el gesto

más adusto de todas, así que la jefa debes de ser tú.

Sí, soy yo. Como no hemos luchado, no tienes derecho

a desarmarme. Claro, claro.

Vamos, seguidme. No voy a haceros daño.

¿Cuál es tu nombre? Clelia.

¿Clelia? ¿Qué significa en vuestra lengua?

¿Loba? ¿Leona? ¿Tigresa?

Significa estúpida porque me he dejado coger.

¿Y tu nombre cuál es? Un nombre largo.

Guerrero indulgente con muchachas que juegan con armas.

¿No existe un diminutivo en vuestra lengua?

Drusco.

Drusco. ¿Has oído hablar de mí?

Sí. ¿Y cómo?

Ni bien ni mal. Dicen que comes gusanos crudos.

Sí, es verdad. Como gusanos.

Hay que ver qué asco. Puede ser, sí.

-¿Están todos aquí? -Sí. Por desgracia.

En esas últimas batallas perdimos a nuestros mejores hombres.

-¿Y tú qué respondes? -Te ha contestado Bruto.

No quieres hablar, ¿verdad? Pero ya conozco vuestros ardides.

No me iré de Roma sin los rehenes acordados.

¡Rasmal!

¡Mira!

¿Qué broma es esta? ¿A quiénes me traes?

¿Son mujeres?

Son nobles vírgenes que juegan a la guerra.

¿Es todo lo que has encontrado?

No han respetado los pactos. Debieron entregar las armas.

¿Qué hacemos entonces? ¿Darles un cachete

y mandarlas a su casa?

Mujeres valientes y ningún hombre útil.

¿De verdad? No encontramos rehenes, pues bien,

como Roma no puede darnos hombres, nos llevaremos a mujeres.

Esperad, haremos un censo. Os garantizo

que conseguiremos encontrarlos.

No se toman mujeres como rehenes.

Ellas no son mujeres, son soldados.

-Las encontramos armadas. -¡No!

No podemos aceptar.

Sacrificaríais a vuestros hijos por el orgullo de Roma.

Pero cuando se trata de vuestras mujeres, es otra cosa.

-¿Y si nos oponemos? -Se reanudaría en seguida la guerra.

Rasmal, ¿puedes prometer que se les tratará bien y respetará?

Sí, va en ello mi palabra.

El destino de Roma está en vuestras manos.

Vamos, muchachas. Entregad vuestras armas.

Dame tu espada. Cuando acabe la guerra, te la devolveré.

Resumo las acusaciones para las rehenes:

rebelión, posesión de armas, intento de fuga,

la muerte. Por nuestra parte,

os garantizamos absoluto respeto y protección.

Alegrad esas caras. Todo acabará arreglándose. Ya lo veréis.

En marcha.

¿Tienes confianza en nosotros?

¿Y en mí?

Estás muy seguro de ti. ¿Yo? No.

¿Qué harás con nosotras?

No lo sé.

No pareces un tipo peligroso. Te equivocas, ¿sabes?

Soy cruel, feroz, devoro tiernas vírgenes

después de estrangularlas. (RÍE)

¿No me crees? Me resulta difícil.

No lloréis, orgullosos ciudadanos.

Vuestro oro no lo volveréis a ver,

pero vuestras vírgenes algún día volverán.

¿En qué condiciones? Eso no podría garantizarlo.

-Eh, ¿qué ocurre? -Los rehenes.

¡Han llegado los rehenes! ¡Han llegado los rehenes!

Todas son mujeres y además muy guapas.

¿Sí? ¿Ha dicho mujeres?

Vamos, salgamos.

(Barullo)

¡Preciosa!

(Barullo)

Puedes instalarte allí. Al fondo.

Drusco. ¿Qué?

Vuelve aquí. ¿Por qué?

Nos prometiste protección. Creía que no la necesitabais.

Pues yo creo que sí.

Qué miedosas. No parecéis guerreras.

Nos quieres humillar, ¿verdad? Quieres obligarnos a pedirte ayuda.

Eres falso e hipócrita. Bien, bien, bien.

Veo que empiezas a conocerme. Eso me gusta.

Apartaos. Paso.

Dejadnos pasar.

Atrás, atrás.

Paso he dicho. Dejad sitio.

No está mal.

¿Habéis visto?

(RÍEN)

Drusco, lleva a las rehenes al recinto fortificado y vigílalas.

No les ocurrirá nada si están a mi cargo.

Rasmal, haz que doblen la guardia.

Lucilla, la escolta de espera.

Date prisa, no sería prudente viajar de noche.

No, he cambiado de idea.

No me marcho.

No puedes quedarte aquí.

Quiero presenciar la aniquilación de Roma.

Sabes que estamos en tregua. Conozco a esos romanos.

Te traicionarán. Tendrás que aplastarlos como a serpientes.

Y me quedo para verlo. No, Lucilla.

Vamos a firmar la paz.

Será lo único que veas. Antes preferiría morir.

Id cogiendo paja. Rápido.

Drusco.

Muchas gracias.

¿Por qué? Por todo.

Por tu comprensión, por la paja

y también por la tranquilidad que nos das con tu presencia.

¿Te sientes más tranquila ahora? Sí.

Bien. Me alegro mucho.

En mi compañía está prohibido estar triste.

¿Y mañana?

No te preocupes.

Clelia.

Dicen que Drusco se llama Filipo y viene de Grecia.

-No, de las Galias. -Es un príncipe amigo de Porcenna.

Aquí no ha príncipes, son mercenarios.

Los demás puede, pero él no.

-Parece que ya ha estado en Roma. -Sí, como esclavo.

¿Él? Tú estás loca.

Dicen que luchó en Corinto y exterminó al enemigo.

No es verdad. Salvó a mucha gente y también liberó a los esclavos.

Ha hablado mucho contigo. ¿Qué te ha contado?

Nada. ¿Tú no le has preguntado?

¿Por qué habría de hacerlo? Son asuntos suyos.

Dejémonos de charlas. Es hora de dormir.

Ven.

Si salta una chispa, acabaremos todos asados. Apagadlo.

Con cuidado. Es un tiro difícil.

Tienes que conseguir colocarla aquí.

¿Ves? En el VII, pasando entre esta y esta otra.

Es necesario que la pieza se quede aquí.

Sí, entendido. Atenta.

Es un tiro difícil, muy difícil.

Si fallas, perderemos la partida. Si empiezas así,

me pones nerviosa. Tienes razón. Calma, calma.

Tómate el tiempo que quieras.

(GRITAN)

Alto. Ahora basta, es hora de volver al trabajo.

Llevad los caballos al abrevadero. No es divertido,

pero debéis hacerlo. No hay más remedio.

Adelante, vamos. Deprisa, deprisa.

Vosotros también. Vamos.

Lucilla. Tengo una buena noticia para ti.

De los tributos entregados por los romanos

he encontrado tus joyas.

Te las devuelvo.

No las quiero. Quédatelas.

Si se reanuda la guerra, este oro

contribuirá a la destrucción de Roma.

Hasta ahora solo yo pensaba así.

Ahora, en cambio, somos dos.

Yo te ayudo. Deja.

-Toma. -Gracias.

¿Qué has cogido?

-Esto para mi caballo. -Ah.

Es increíble. Ahora desaparecen las armas.

Las había contado esta mañana y no faltaba ninguna.

-Esta mañana estaban. -¿Cómo pueden haber desaparecido?

¿Qué sucede?

Han desaparecido algunas armas.

Que se castigue a quien las tuviese en su cargo.

(GRITA DE DOLOR)

No es un espectáculo para ti. Te equivocas.

Me interesa. (GRITA DE DOLOR)

Vamos, anda.

¿Cuándo te diste cuenta de que desaparecieron?

Después de que pasasen las romanas.

Que lo dejen.

Basta. No es culpable.

Registro general.

Un momento, en ese campamento mando yo.

Después de Porcenna y estas son sus órdenes.

Vosotros, los del fondo. Junto a la empalizada.

Buscad en ese montón de paja.

Vosotros, al establo.

Vigilad las salidas.

Están en el carro. ¿En el carro?

Entre leña. ¿Por qué lo has hecho?

Si un buen día tú te marchases, ¿crees que estaríamos seguras?

No.

Habría que devolverlas inmediatamente.

Pero ¿cómo?

-En el establo no hay nada. -En ese montón de paja. Vamos.

Aquí. Mirad.

Comandante.

Aquí están.

Tenemos las armas. Las hemos encontrado.

Considero responsables a tus hombres. Es la ley.

20 latigazos más otros 20 por castigar a otros injustamente.

Solo tu honor y tu nombre puede morir.

Drusco, debemos respetar la ley.

Haz que formen tus soldados y castígalos sin piedad.

He sido yo.

Yo soy la responsable. Yo di la orden.

Prendedla.

Estad preparados y atentos. A mi señal.

No, Porcenna.

Vosotros esperad. Te pido gracia para esta romana.

Si se trata de su vida, de acuerdo,

pero debe ser castigada. Déjame decidir por ti.

Como quieras. Elige tú el castigo.

¿Me prometes que no intervendrás? Sí.

Tú eres mujer y sabes que tengo muy en cuenta

la sensibilidad femenina.

Elegiré un castigo adecuado a la vergüenza que padecí yo.

Allí me fustigaron y tú serás fustigada.

Me exhibieron desnuda. Tú también serás exhibida ante todos.

No. No he muerto. Ya ves.

Yo lo prefiero.

Yo también, pero no tuve opción.

Primero el látigo. Atadla.

Da la orden. Ya.

Vamos. (GRITA DE DOLOR)

¿Con qué derecho? Has dicho látigo

y ya ha sido fustigada.

Arrancadla la túnica.

Arráncasela tú.

Un viejo ardid de los bárbaros: el caracol.

¿Qué hacéis vosotros? Quitaos de aquí.

Alejaos. Tienen que verla todos.

¿Por qué la defiendes así? Nadie me defendió a mí

cuando soporté la misma humillación.

¿Con qué derecho entorpeces mis órdenes?

No entorpezco nada.

Clelia está desnuda y en lugar público. ¿No te basta?

Dame tu capa.

¿Puedes andar? Ven.

Le has permitido a Drusco lo que no tolerarías a nadie. ¿Por qué?

Te prometí no intervenir.

Tú lo quisiste.

¿Por qué me has salvado? Ya estamos.

¿Porque soy patricia? No.

¿Lo habrías hecho si fuese esclava? Sin duda.

¿Aunque tuviese marido? También.

¿Y si fuese vieja? Sí.

¿Y fea? Claro.

Me alegro de que me hayas salvado precisamente tú.

Esto demuestra que estamos contentos uno del otro.

Qué estúpidos. En eso también estamos de acuerdo.

Está rico, ¿sabes?

¿De dónde eres?

De lejos, de muy lejos. ¿Es bonito tu país?

Sí, bellísimo.

Bosques, bosques por todas partes.

Y grandes ríos. Grandes ríos muy lentos.

En mi país el aire es diferente.

Se respira un aire distinto. Bonito, sí.

Mucho.

Habla.

¿Me quieres ayudar?

¿Lo has pensado?

¿No pones condiciones?

Dime lo que debo hacer. No hay tiempo que perder.

Pondremos en marcha mi plan mañana por la noche

durante la fiesta del campamento, pero es necesario

alejar antes a los bárbaros con su jefe.

Ve a ver a Porcenna. A mí ya ni me escucha.

Recuérdale cómo se han portado los bárbaros hoy.

Dile que su ejemplo ha trastornado la disciplina del campo.

Que los demás soldados están furiosos con ellos

y sería conveniente alejarlos del campamento cuanto antes.

¿Eso es lo que tengo que decir? Eso.

Y si fuese necesario, grita, llora. Porcenna es uno de esos hombres

que no saben resistirse a las lágrimas femeninas.

No dudes, lo conseguiré sin más.

La casa donde yo vivo está justo al lado del foro.

Es muy bonita.

Gracias.

Alrededor tiene unos jardines, grandes praderas.

El aire también es puro, ¿sabes? Aire de campo.

Oye, cuando acabe la guerra, ¿por qué no vienes a Roma?

Te gustaría. Estoy segura de que te gustaría.

Dime. ¿En tu casa hay puertas?

Pues claro.

¿Y alrededor del jardín hay cercas, empalizadas, barreras?

Altísimas.

Me lo imaginaba.

Drusco.

Drusco.

Tú y tus hombres debéis dejar el campamento. Orden de Porcenna.

¿En serio?

Habéis alterado la disciplina y por ello quiere que os vayáis.

¿Mucho tiempo? Hasta la paz.

¿Destino? El Presidio.

¿Cuándo? Mañana, al ocaso.

He alterado la disciplina del campamento.

Y Porcenna me envía a un amigo a comunicarme su decisión.

Sí.

Drusco, debes partir.

No te preocupes. Te aseguro desde ahora mismo

que mi guarda personal velará por las rehenes.

Una puntualización. No hay puntualizaciones.

Debes partir, Drusco. Será un largo viaje. Prepárate.

Adiós.

Rasmal, tú nunca discutes las órdenes de Porcenna,

pero en esto no estás de acuerdo.

Lo he oído. ¿Cuánto te volveré a ver?

Hay puertas en tu casa, claro.

Pero siempre están abiertas.

Quizá nos encontremos en Roma.

Bonita noche, ¿verdad?

Vengo a despedirme de ti.

No nos conocemos. Una buena razón para conocerse.

La hora es propicia. ¿Oyes qué silencio?

Un instante robado al sueño de la guerra.

Qué bien hablas.

¿En la guerra aprendiste a hablar? No, fue en la cárcel.

Había poetas, filósofos... La misma prisión donde estuviste tú.

En la Colina.

Donde se hiela uno en invierno y se quema en verano.

Recuerdos en común.

Solidaridad de excautivos.

¿Es la forma que eliges para desarmarme?

No, ¿por qué desarmarte? Eres mi enemiga.

Tú no tienes la culpa de la medida que se ha tomado contra mí.

Sí. Ah.

Te interpusiste entre Clelia y yo.

Clelia no te ha hecho nada. No puedes odiarla.

Es a Roma a quien odias.

Sí, es verdad. ¿Qué más quieres decirme?

Que estas horas se han hecho para el amor.

¿Has venido a ofrecerte? No, sé que amas a otro.

Ya no le amo. Permíteme que lo dude.

¿Quieres que te demuestre lo contrario?

En toda tu vida no te lo perdonarías ni a mí tampoco.

Entonces, ¿para qué has venido?

Para obligarte a que admitas ante ti misma que te falta todo

si no tienes a Publicola.

¿Qué haces? Ocupo su sitio.

Estás loco. Si él estuviera aquí

y tuviese alguna pena tú le tranquilizarías, le consolarías

siguiendo tus verdaderos sentimientos.

¿Por qué sacas a relucir mi pena? Para que dejes de fingir.

Para que dejes de odiar. No sirves para ello.

Un hombre de guerra que predica la paz.

Lo necesito.

¿Para tu Clelia? Sí.

¿Me ayudarás? No.

Sí.

Me voy y te la confío a ti. Tú la protegerás.

No puedo hacer nada. Tú puedes mucho.

Has demostrado que puedes mucho. Sí, pero no quiero.

Adiós, Lucilla.

Lo que más quiero se queda aquí.

Volveré a por ello de tus manos.

Quédate lo más que puedas en el campamento.

A la mínima señal de lo que me temo, alcánzame.

Bien.

Clelia.

Tengo miedo. ¿Tú? Es imposible.

¿De qué?

El guerrero que no bebe es un pollito en la nieve.

Repartiste el vino generosamente.

Espera y verás. Pronto producirá sus efectos.

La guerra ha acabado hace poco y para divertirse tienen

la necesidad de luchar. Es desalentador.

Que beban los caballos. ¿Cómo? ¿Nos detenemos ya?

No hay prisa. Desmontad todos.

Bebed. Seguid bebiendo.

¿Qué ocurrirá cuando estén borrachos?

Olvidarán la disciplina.

Buscarán un poco de amor.

¡La paga! ¡La paga!

La fiesta continúa. Ahora recibirán la paga, pero no todos.

La ira después del vino completará el plan.

Vamos, no pongas esa cara.

(GRITAN) ¡La paga!

(GRITAN) ¡La paga!

Deprisa, deprisa.

Vamos. Rápido, rápido.

Vamos.

Pero ¿cómo? ¿Pagas a la primera cohorte y a la mí no?

-¡Es una vergüenza! -¡Es una injusticia!

¡Quien te haya dado esa orden debería tragársela!

¡Tenéis que pagarnos a todos!

-Vamos, tú, deprisa. -Porcenna nos va a oír. Nos oirá.

Si no estás contento con él, ve a decírselo personalmente.

Vamos, otro.

¡Antes de lo digo a ti!

Si sigues en ese tono te retuerzo el cuello.

-¡Viejo animal! -Lleváoslo.

¡Calma, calma, amigos! ¡Escuchadme!

¿Qué vas a hacer?

Este heno puede ser nuestra salvación. Vamos, deprisa.

Soldados, os comprendo, yo os comprendo,

pero lo que os han dicho no es verdad.

Ninguno de vosotros tiene derecho de cobrárselo allí con las rehenes.

Somos compañeros de armas, no podéis comportaros como animales.

Así mancharíais la victoria. Son muchachas jóvenes y bellas,

respetadlas. Pensad en sus familias, las más honorables de Roma.

Entiendo que podáis desearlas, eso es algo natural,

pero pensar en su turbación, lágrimas, en su pudor ofendido.

(RÍEN)

Y es falso, es falso que los guardias etruscos

ya las hayan mancillado. Han recibido su paga

y no sería justo que también disfrutaran de un botín de guerra...

La han recibido. Nosotros sí que tenemos derecho a ese botín.

Y aunque fuese verdad, vosotros no secundaríais una acción tan baja.

¿Por qué no habríamos de hacerlo?

Soldados, sed generosos.

Vamos al campo de los rehenes.

¡Sí! ¡Eso es!

No, Stravos, eso no.

Sí, Lucilla, es irreparable.

Solo eso hará saltar el orgullo de los romanos,

obligadles a reanudar la guerra y perderla.

Eres innoble.

Somos innobles.

¡Escondeos!

Prended fuego a la torreta.

Deprisa.

¡A los caballos!

¿Qué sucede?

Las humanas han huido a caballo.

Aprovecharon el alboroto.

Necesito más hombres.

Adelante.

Deteneos, os ordeno que os detengáis.

Volved atrás.

Es evidente. Cuando los rehenes se fugan,

se rompe la tregua y se reanuda la guerra.

¿Por qué se han escapado?

¿Legítima defensa? ¿No rebelión a las condiciones pactadas?

Para salvar su honor.

En vez de reconocer nuestra conducta imperdonable,

¿hablamos de luchar?

Es la ley de la guerra.

Yo renuncio a las rehenes.

De esa forma, perderás a tus aliados. Nadie lo aprobará.

No querría que fueses el responsable de los desórdenes de esta noche.

Y esa desigualdad en la distribución de las pagas.

Un malentendido. Entendieron mal mis órdenes.

Eso espero. Debo creerte,

lo debo.

Si no, te cortarían la cabeza

y te la arrojarían a los pies de esas muchachas.

Es necesario reanudar las hostilidades. Sé razonable.

Tiene razón. Es inevitable que se reanude la guerra.

Rasmal, reagrupa las tropas.

A todas.

¿También quieres el apoyo de los latinos? Lo compro con oro.

El oro de Roma.

No debí haberte escuchado, Lucilla.

Solo Drusco habría podido evitar todo eso.

¿No dices nada?

Tienes razón, es mejor. Adiós, Porcenna.

Vuelvo con nuestra gente a mi casa.

¿No querías quedarte para asistir al fin de Roma?

Te ruego... ¡No te marcharás! Es una orden.

Mira a todos esos hombres de ahí, jóvenes llenos de vida.

¿Cuántos seguirán vivos mañana?

Yo no quería esto. Lo has querido, sin darte cuenta.

Y el primero en caer podría ser tu Publicola.

Me quedaré.

Será mi castigo.

El Senados y los cónsules le deben la verdad al pueblo.

Los romanos tendrán que derramar más sangre y más lágrimas.

La presión etrusca se va volviendo más amenazante.

No podemos iniciar ninguna maniobra para atacar por la retaguardia.

Solo podemos resistir ante el asedio duplicando nuestras fuerzas.

Debemos estar listos para sacrificios si queremos conservar el orgullo

de ciudadanos libres. En este momento,

el destino de Roma y de todos nosotros

está en las manos de unos hombres al mano de Horacio Cocles

que vigilan el puente.

Comprometer a tu manípulo en un combate así sería una locura.

Intentaremos atacarles por la espalda.

¿Cómo lo harás?

He dicho que sería una locura. Permaneceréis a la espera de órdenes

y sin discutir.

Bruto.

-Jóvenes piden que se les llame. -Ármalos y envíalos al puente.

Nos vamos.

¿El cónsul ha dado su consentimiento?

Nos ha dado orden de esperar.

Quien quiera obedecer, es dueña de hacerlo.

Las demás, que se deshagan de todos los objetos que estorben.

Los escudos y las lanzas nos sobran.

(HABLAN A LA VEZ)

Y ahora, seguidme.

Alto.

El túnel conduce directamente al Tíber.

Apareceremos por sorpresa a la espalda del enemigo.

Aquellas de vosotras que prefieran la esclavitud,

les deseo horas felices en brazos de los etruscos.

Adelante.

Atención, preparad las máquinas de guerra. ¡Allí, mirad!

Bajad de los caballos.

Vamos, ánimo.

Cocles.

Ahí llegan Celia y sus muchachas.

Nos van a masacrar.

Increíble.

¿A qué esperáis, a que nos tiren el agua? ¡Vamos!

(RÍE)

(RÍE) Bravo.

Vamos, los bárbaros atacan a las muchachas.

¡Alto!

Drusco se ha vuelto loco, está formando para protegerlas.

Pero para él. ¡A la carga!

Tocad a tregua. ¿A tregua?

Sí, Drusco tiene razón. Ni vencedores ni vencidos.

La batalla terminó. Tocad tregua.

Solo en el campo enemigo, sin escolta ni armas.

El orgullo de Roma.

A nuestra herencia etrusca debemos las mejores cualidades.

El orgullo es defecto nuestro.

¿Por qué has ordenado la tregua?

Para impedir una derrota y el hastío de una revancha.

La base es muy sólida.

Sobre ella construiremos nuestros destinos.

Entra. Solo.

Porcenna, estoy orgulloso de ti.

¿Por qué no quieres hablar?

Responde.

Lucilla.

Tu rencor es absurdo.

Te lo ruego, vuélvete por lo menos.

Que yo pueda leer en tus ojos

lo que no dices.

No nos separaremos más, ¿verdad?

Ven.

(Trompetas)

En nombre del Senado y del pueblo, te ofrezco lo que quieras.

Así Roma quiere demostrarte su agradecimiento.

Elige el edificio más hermoso,

el campo más fértil, la dignidad que prefieras,

lo que desees será tuyo.

Sí, cualquier cosa.

¿Un bárbaro podría casarse con una mujer romana?

¿Un bárbaro?

Depende de qué bárbaro se trate.

Ese bárbaro soy yo.

¿Y esa mujer romana quién sería entonces?

Ninguna. ¿Cómo que ninguna?

Porque ninguna ha dado su opinión. Enseguida se la pido.

Necesitará tiempo para decidir. Intentemos simplificar las cosas.

Bruto, celebremos el rito. Conozco bien la fórmula.

Clelia, hija primogénita de Callo Valerio,

¿me quieres como esposo? Me quiere.

¿Yo, Drusco, la acepto? Sí, la acepto.

En nombre del Senado y de Roma, tú nos declaras

unidos en matrimonio.

En nombre del Senado y del...

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