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MALACA
LA CASA BLANCA WASHINGTON 12 de junio de 1942
Estimado Sr. Boddy: Le agradezco que se haya molestado en escribirme
acerca de cómo conseguirme caucho por vías indirectas.
Ya estamos procediendo de este modo y espero que de resultados.
Cordialmente suyo, Franklin Delano Roosvelt.
Aquí tenemos, por primera vez, una historia rigurosamente secreta
de las intenciones del presidente Roosvelt.
Retrocedamos a enero de 1942, un mes después del ataque a Pearl Habor,
cuando un convoy procedente de Australia conducía
los últimos norteamericanos refugiados de oriente
a la seguridad de las costas de los Estados Unidos.
Séanos permitido presentarles a un joven periodista
al que llamaremos John Royer.
Está bien.
A Los Angeles Record.
A Los Angeles Record, es un periódico.
¿Sí?
- Señor, ¿desea ver al Sr. Manchester? - No, él desea verme.
- Me llamo Royer. - ¡Ah, el Sr. Royer!
- Puede pasar, Sr. Royer. - Muchas gracias.
Siéntese.
Es usted un hombre al que no resulta fácil encontrar.
Se esfuma en el aire, como suele decirse. ¿Cómo lo consigue?
Conozco a un brujo.
Hacía al menos 5 años que no lograba ver esa honrada fisonomía suya,
tan simpática.
Yo me preguntaba por qué me haría venir desde tan lejos.
Y es para recordar un viejo conocimiento.
No, no es eso exactamente. Estaba usted en un buen aprieto.
- Traerle nos beneficia a los dos. - ¿Cómo es eso?
Se me ha confiado un cargo muy importante.
Soy jefe de la compañía del caucho en la costa occidental.
- ¿Sabe lo que esto significa? - Lo imagino.
¿Sabe sobre qué lucha un ejército moderno y mecanizado?
- Dígamelo. - Sobre caucho.
¿Sabe cuánto caucho hay en los Estados Unidos ahora,
al empezar esta guerra? Tan sólo 125 mil toneladas.
Por eso hemos organizado la campaña nacional de recuperación del caucho.
Sí, ya he visto los carteles. Son bonitos.
- Pero nuestra situación no lo es. - ¿Y qué quiere de mí?
- ¿Que me siente a escribir artículos? - ¿Por qué no?
¿Y por qué los chiquillos tienen que recoger desperdicios
si el caucho se puede obtener en el lugar de origen?
- ¿Dónde? Siga. - ¿Dónde? En Malaca.
- Siga. - Ya lo he dicho, en Malaca.
Hay más insectos que en cualquier lugar del mundo.
Pero el que pica con ahínco mayor es ese que puede con todos nosotros.
- ¿Cuál es? - El dinero.
Con dinero de la mejor clase y cierto sujeto de la peor,
le puedo conseguir ese caucho.
Si todo el mar de la China está bloqueado.
Los japoneses han ocupado Malaca supongo que lo sabrá...
Está bien, entonces usted tiene la palabra.
No es que yo piense desacreditar sus conocimientos,
pero eso es absurdo.
¿No lo es?
Suponga usted que le dijera que ya no tienen esas 125 mil toneladas
de caucho que se hallaban en la fábrica de Massachussets,
y que ésta fue saboteada por los japoneses.
- ¿No es absurdo? - ¿Cómo sabe usted eso?
¿No se acuerda de que soy un águila para las noticias?
Siempre me entero de las cosas malas gracias a que conozco a la mejor gente.
¿Pretende decirme que sacaría caucho de Malaca?
- Con oro. - ¿Y con gente buena?
Eso se entiende.
¿Y usted cree que puedo contar una historia como esa en Washington?
Yo no sé lo que podrá contar.
Lo que sí sé es que no escribiré cuentos de hadas sobre el caucho
para las páginas infantiles. ¿Puedo tomar otra copa?
He alquilado una casita para usted.
Habítela hasta que se aliste en la infantería de marina.
Gracias.
Bien, es el mejor whisky que he bebido en cuatro años.
Buenas noches.
¿Diga? ¿Quién?
¿Keller? ¿Cómo se escribe?
No, no le conozco.
Sí, yo sólo conocí a un Keller.
No puede ser usted como no me hable desde una tumba en Birmania.
No, no... Oiga...
Oiga, ¿por qué no hace una cosa? ¿Por qué no se va a su casa
y toma una ducha fría, una taza de café y los dos nos sentiremos mejor?
- ¿Qué quiere? - Acabo de hablarle por teléfono.
- ¿Lo lleva encima? - Quería encontrarle aquí.
Agente federal. ¿Cómo podría echarle?
- ¿Se iba usted? - No, no. Acabo de llegar.
Ya lo sé. En el "Mar del Sur".
- Siéntese. - Gracias.
- Un recuerdo. - Ya.
- ¿Una taza de café? - No se moleste por mí.
No, si ya está hecho.
No crea que me iré a espaldas suyas.
Le advierto que hay alguien fuera por si acaso.
Mi mayordomo se alistó y el criado japonés está alistado.
- Terrible guerra. - Y que lo diga.
¿Quién de los dos tiene que hablar?
Veamos.
Natural de Michigan, cumple 35 años en julio.
A los 15 años le condena el tribunal de menores por quitarle el carburador
al coche de un agente de una compañía financiera.
- Y no lo lamento. - Ni yo se lo censuro.
Además, no fue un delito grave.
Jugaba al béisbol en el instituto y fue a la universidad.
Luego se dedicó al periodismo y trabajó para la Agencia Press.
Publicó reportajes en varias revistas cuando la guerra civil
española, y luego fue corresponsal durante la contienda chino-japonesa.
En el Japón tuvo un conflicto con el gobierno de aquel país
por fisgonear demasiado. Perdió el empleo y tuvo que ir a Singapur.
Tuvo que agarrarse a lo que pudo y lanzó unos reportajes
sobre el contrabando que no estaban mal.
Pero resultó que un compañero suyo era el hombre invisible de aquel asunto.
Y entonces, de repente, se hizo demasiado visible en la primer plana
de unos 300 periódicos.
Tan popular lo hizo usted que fue a dar con sus huesos en un presidio.
- Yo tenía que vivir. - Es cierto.
Pero dudo que él llegue a perdonarle.
- No puedo censurárselo. - No.
Después se perdió usted de vista y en junio del año pasado
apareció en Australia donde publicó un artículo, no autorizado,
que le ocasionó un lío con los censores,
y el cónsul americano lo embarcó para acá.
Bueno, sigo sin ver claro.
Esta noche en el Record, le dijo usted a Manchester que podría
sacar caucho de Malaca si le dan los medios que pide para ello.
- ¿Voy bien hasta ahora? - No. Se ha olvidado de algo.
En octubre de 1933 yo iba a casarme con una muchacha
que se llamaba Fay Hot, pero ocurrió algo y me quedé compuesto y sin novia.
- Se casó con un joyero llamado Sweet. - De veras, ¿eh?
Yo me preguntaba por qué sería.
¿Tiene un cigarrillo?
Mire, acabo de saber algo por usted.
De algo han de servir los agentes federales.
- ¿Qué hay de ese asunto del caucho? - A nadie le interesa.
Al gobierno sí.
Usted llevaría oro allá y mandaría caucho, ¿no es cierto?
Eso es.
¿Sabe lo que creo?
Que usted y su amigo debieran haber seguido con el contrabando.
Esa es mi opinión particular.
Mi opinión profesional es que me va a hacer perder mucho sueño.
- Quédeselos. - Gracias.
¿Oiga, ha hecho alguna vez contrabando? Perdone la pregunta.
- Claro. Y le perdono. - Gracias.
Lo primero que ha de hacer mañana es pasar por el servicio de selección
- Para sacar un carné. - Está bien.
- Muchas gracias. - No hay de qué.
¿Me sirve un café?
¿Ha cerrado ya, o es que nunca abandona mi rastro?
Sí y no.
Gracias.
¿Sabe que le sería más cómodo venirse a vivir a mi casa?
- ¿Ha sacado el carné? - No.
- Oiga, ¿está borracho? - Cobre todo y quédese el cambio.
Gracias.
Sacar ese caucho será una empresa arriesgada que puede costarle la vida.
- Sí. Usted lo ha dicho. - Y está sin un céntimo.
- ¿Eso qué tiene que ver? - ¿No le interesa el dinero?
Oiga, mañana me alisto en la infantería de marina,
- ¿por qué no se va a su casa a dormir? - Está bien, no se enfade.
Tome el café e iremos a otra parte.
Sólo quería preguntar una cosa y ya tengo la respuesta.
Y no soy un psicólogo, sino un policía experto.
¿Listo?
- ¿Adónde iremos? - Se lo diré por el camino.
¿No me venda los ojos?
Grandes personajes se interesan por usted.
Haberlo dicho, para ponerme de etiqueta.
- No tiene. - ¿Quiere saberlo todo?
Duermo desnudo porque ya no me quedan pijamas.
- Sin duda está usted loco. - Yo también le aprecio.
- No lo dudo. - ¿A quién voy a ver aquí?
Le conviene estar empollado sobre Malaca.
No se puede encontrar gente mejor. Todo el mundo les roba y no les importa.
Les gusta holgazanear, jugar, pescar y beber aguardiente.
Igual que a mí.
Adelante.
- ¿Todo esto por mí? - No, sólo es una pieza de la máquina.
- Aguarde aquí. - Gracias.
Oiga, ¿tiene un fósforo?
Gracias.
Si yo le pregunto qué vagón es este y quién está dentro, supongo
que no hay probabilidad de que me lo diga.
Prácticamente ninguna. Quiero decir en absoluto.
- Gracias por el fuego. - Siento haberle hecho esperar. Entre.
Hola, buenas noches. Siéntese aquí. Siéntese.
- Señores, les presento a John Royer. - Encantados.
El Sr. Royer ha hecho la sorprendente afirmación
de que puede sacar caucho en bruto de Malaca.
No sabía que se sorprendiese por tan poco.
¿Yo? No. Pero ciertos caballeros aquí. presentes tienen la responsabilidad
de buscar caucho. Usted podrá decirles algo.
Sólo he hecho una pequeña sugerencia. No sabía que tuviera repercusión.
¿Cuál es su plan para llevar a cabo esa acción?
Yo...
No puedo decirlo en este momento.
Pero en otro momento más apropiado para sus intereses, podría, ¿verdad?
- Pues es posible. - ¿Operaría solo?
- No, señor. - ¿Con quién operaría?
Eso no lo diré de momento.
¿Llevaría usted el mando de esta empresa?
- Lo dudo. - ¿Quién sería?
No, hasta que el trato no esté cerrado, no podré decirlo.
Estos caballeros entienden que para eso necesita oro, ¿no es cierto?
El oro siempre hace falta.
- ¿Y qué más? - Pues la cooperación de la Armada.
Suponga que pudiera decirle que ya cuenta con el oro y con la cooperación,
¿qué diría entonces?
Diría que estoy seguro que el caucho se puede conseguir.
Es un juego. Y ganarlo depende de cómo se desarrolla la acción. Nada más.
Comprendo lo que se ganaría si sale bien.
Dígame lo que se pierde si sale mal.
- A mí, que es como no perder nada. - Sr. Carson.
Roger, ¿tendría el inconveniente de salir a charlar con el Sr. Carson?
Ninguno.
- Un hombre difícil, ¿eh? - Más lo es la operación.
Se está bien aquí.
Soy lo que esos señores de dentro llaman un perito en caucho.
Fui cauchero en África, Brasil y oriente.
Creo que quieren que le tantee.
Pues yo conozco tan poco del cultivo del caucho como del rododendro.
- Pero sé quién puede robarlo. - Sin duda ayudado por usted.
- Puede ser. - Pero Malaca la ocupan los japoneses.
No lo crea. Sólo están diseminados por los pueblos de la costa.
Casi todo el género está en el interior.
Los plantadores llevaron allí sus existencias cuando los japoneses
ocuparon la costa desde Singapur.
Hay escondidas toneladas de caucho que nuestro oro puede conseguir.
Y si se ha podido ocultar, también se podrá contrabandear desde el río
- Hasta el mar. - ¿Y una vez allí?
Lo que tienen que hacer es enviar grandes barcos de carga camuflados,
que se apostarán en cualquiera de las islas que hay allí.
Los llenaremos y lo demás lo hará la armada.
- Hará falta una buena organización. - Sí, por supuesto.
¿Está seguro de la extensión de la ocupación japonesa?
He estado allí.
Eso es suficiente. Celebro conocerle.
- Gracias. - Buenas noches.
Adiós.
- Bueno. Trato hecho. - ¿Mis condiciones?
Nada de preguntas. ¿Sabe que empiezo a creer que se saldrá con la suya?
Y yo empiezo a creer que no podré.
- De todos modos, ¿tiene parientes? - Como si no lo supiera.
Sí, tiene un hermano. ¿Qué ha sido de él?
Lo mataron en la isla de Weit.
¿Cómo va a empezar?
No se lo diré hasta que encuentre a cierto sujeto.
- ¿Carnahan? - ¡Sí!
- Se lo tengo guardado. - ¿A Carnahan? ¿Dónde?
Lo tengo en un sitio fresco.
En Alcatraz.
- Hola, Kellar. - Hola, George.
- Le presento a John Royer. - Encantado.
Ahora mismo baja. Les dejaré a solas con él.
- Gracias, Jerry. - De nada.
¡Vaya, si es mi amigo!
Mi viejo camarada de otros tiempos.
- Se me ha ido la mano sin querer. - Sí, ya lo sé.
- Pero ya me encuentro mejor. - Me alegro de saberlo.
- ¿Por qué ha hecho eso? - Nació con espíritu de cruzado,
le gusta mejorar el mundo, tenerlo todo bien ordenado.
Todo limpio y aseado, como su conciencia de bienestar.
- ¿Verdad, amigo? - Me gusta comer.
¿Y qué has venido a decirme? ¿Qué tienes hambre?
No. Viene a traerle un buen plato.
Carnie, el Sr. Kellar, del gobierno.
Todo lo que digas, lo sabe de antemano.
Es la verdad.
¿Quiere escuchar su proposición?
Sí, claro que la escucharé. ¿De qué se trata?
He hecho un trato para nosotros dos.
- Contrabandear caucho de Malaca. - Ni más ni menos, ¿eh?
¿Y tú qué harás, escribir artículos sobre eso?
- Esta vez tomo parte en el asunto. - Caramba, eso es estupendo.
- Hay oro. - Eso está mejor.
Sé que no podría hacerlo solo. Tú sí que puedes.
Debes intentarlo. Yo te secundaría.
- ¿Y yo qué sacaré? - Saldrías de aquí.
- ¿Es cierto? - Es cierto.
Si con eso soy capaz de salir de aquí, soy capaz de traerles al propio Toho.
Bueno,
- No me habías olvidado, ¿eh? - No.
Me alegro de verte. He pensado en ti.
Siempre he deseado que no te ocurriera nada malo, claro que
he deseado que te vieras en algún buen aprieto,
- Pero no demasiado grave. - Claro, claro.
- ¿Y ahora a qué estamos esperando? - A que se cambie de traje.
Esto es lo que necesitaba. Muchacho, te debo la vida.
Recuérdame, cuando llegue el momento oportuno que estire la pata por ti.
No es romántico este chico. No es poeta.
En vez de corazón, tiene una nevera, por eso conserva su sangre fría.
- Ahora sólo desea su caucho. - ¿Y usted qué desea?
¿Qué deseo yo?
¿Ahora? Tener el mar aquí, en la palma de la mano.
Y quiero el sol aquí dentro.
Si usted supiera, hay un café en la costa malaya del Mar de la China,
repleto de vino, whisky de palma, serrín, dados y líos.
Es de un amigo mío al que llaman "El Holandés",
que parece la luna sobre un barril.
Y tiene una italianita que actúa en el café
y que canta "Blue Moon" como nadie.
Eso es precisamente lo que deseo.
Pronto lo tendrá.
- Te tomas todo esto muy en serio. - Sí, es la verdad.
- ¿Qué haces ahora? - Estoy mirando un mapa.
Estás mirando un mapa. ¿Un mapa de qué, amigo?
- Un mapa de Malaca. - Tíralo.
- Lo conozco como la palma de mi mano. - Sí, pero yo no leo la palma de la mano.
¿Qué es lo que te preocupa, pequeño?
Cualquiera diría que vas a hacer una simple excursión y que lo único
que te preocupa es no olvidarte de la plata.
Dirás del oro.
- Conviene que te diga una cosa. - Puede que sí.
- No trato de hacerme rico. - ¿Pues qué te propones?
Este es el primer trabajo que pido sin pensar para nada en lo que ganaré.
Esto es...
es algo que mi madre trató de enseñarme de niño antes de
convertirme en un vivo como tú.
Lo mismo le enseñó a mi hermano, y este dio su vida en la isla de Weit.
Pienso continuar lo que él empezó.
Lo continuaremos los dos. Pero con cuidado para durar más.
Sabemos lo que sabemos, y lo que no sepamos, "El Holandés" nos lo dirá,
si es que todavía vive. Estoy deseando verle.
Aún me alegraré más de ver a Luana.
Soy hombre de grandes recursos, déjate guiar por mí.
Nos proporcionarán documentación del estado libre de Irlanda,
nos vestirán de marineros y nos trasbordaremos de esta bañera
de acero a un submarino en pleno océano cerca del Mar de la China.
Tendremos que dar un saltito, pero lo pero es que se nos mojaran los pies.
Nos llevarán al cuarto de derrota, donde el capitán guarda los mapas.
Allí nos enteraremos de todo. Adónde vamos y dónde nos dejarán.
El capitán nos dirá dónde fondeará el barco
y cómo debemos llevar el caucho hasta él.
Nos dirá dónde podemos recoger el oro y tú le escucharás
con ese aire tuyo tan pacífico y tan encantador,
y lo grabarás en tu memoria, mientras yo iré sudando por el pez de hierro,
ya sabes que no puedo soportar esos sitios tan cerrados.
Luego pararán cerca de alguna isla, en una hermosa noche de calma
y nos meterán en uno de esos botes de goma que nunca se hunden.
Nos darán un cartón de cigarrillos, un par de pistolas automáticas
y empezará para nosotros nuestra excursión de placer.
Miraremos atrás y veremos cómo se hunde el submarino
y entonces te darás cuenta de que lo único que te queda en el mundo soy yo.
Al fin solos.
Y ya nos hallamos ante una playa de una islita del mar del sur.
Remamos hacia la orilla en una quietud y soledad que sólo alteramos tú y yo.
Navegamos por la bahía del Claro de Luna
sin novedad digna de mención.
Lo malo que tienes, muchacho, es que contigo nunca pasa nada.
Ahora estamos, como quien dice, en casita.
Luego pagamos nuestro pasaje en un sampán de pescadores
que va a la costa malaya y que parece arrancado de la postal
que enviamos al amigo que se quedó en nuestra tierra trabajando.
Llegamos a Marengue de noche.
Estamos a punto de llegar a nuestro destino,
cansados pero contentos.
Estaremos como en nuestra propia casa, al menos yo.
Qué tierra. La metálica música china, el olor de especias, el rostro bueno
y honrado del mal por las calles.
- ¿No será esa? - ¿La conoces?
¿Y quién no?
Nadie la conoce, muchacho, sólo la ven.
- Hola, nena, ¿te alegras de verme? - Déjame pensarlo.
Te suponía ya muerto o en la cárcel.
Pues si quieres que te diga la verdad...
- Creo que me alegro. - Oye...
Disfruto de una escena tierna, pero, ¿no te parece que antes
- Deberíamos ir a saber alguna cosa? - Creo que tu amigo tiene razón.
Si siempre la tiene.
¿No os parece que debéis pasar a ver al Holandés?
- ¡Holandés! - Qué alegría de verte, amigo mío.
Suponía que estabas en presidio para toda la vida
o que habías muerto a manos del enemigo.
Estás más grueso. Cuando empeoran las cosas, tú engordas.
- No, no se levante. - Gracias.
Trae el coñac bueno. Por favor, siéntense, me fatiga verles de pie.
Me da mucha alegría volver a verte. Siempre me recuerdas mi juventud.
- Lo creo. - ¿Cuál es la situación militar aquí?
¿La situación? Delicada. A su salud, señores.
No puedo ser optimista respecto a su longevidad.
Un coñac estupendo.
Un regalo de nuestro mutuo enemigo, el japonés.
Yo creí que podrías comerciar con ellos.
Cuestión de supervivencia. ¿Te gusta esto?
Han desvalijado mucho.
Cierto coronel Tomura tuvo la amabilidad de regalármelo.
Por mis servicios. También le interesan los objetos de arte.
- Si duda le verán esta noche. - ¿Y quién es?
Tomura es el comandante japonés del distrito. Viene a jugar a mi casa.
Yo me las arreglo para que siempre tenga suerte.
- ¿Tenéis documentos? - Sí. Somos marineros irlandeses.
A nuestro barco lo torpedeó un submarino.
Ah, sí. Irlandeses, submarinos, una cosa muy confusa.
Pero no para ti.
Siempre ha habido guerras, y esta es otra.
No soy hombre de guerra, lo sabes, sino un simple hombre de café.
Creo que lo mejor será que me digan sin rodeos qué es lo que quieren.
¿Ves cómo es? Lee en mi interior, soy su juventud.
- Entonces vamos al grano. - Venimos a comprar caucho.
¿En cantidad?
Todo el que haya, si puede ser.
Eso puede ser más caro que peligroso.
- ¿De dónde sacaréis fondos? - Tenemos un tío rico.
Y sin duda me habrá reservado algún papelito en este proyecto.
Es asombroso. El tío más listo del mundo. A veces creo que has vivido
- Más de mil años. - Y a veces creo que los tengo.
Te necesito, Holandés. Necesito tus informes y tu inteligencia.
- Hay mucho oro en este asunto. - No lo dudo si andas tú en él.
- Verá usted... - Espera. Déjalo pensar.
No me guía sólo el oro, sino también cierta aversión
que les he cobrado a esos soldaditos amarillos.
Ha pasado alguna cosa que soy demasiado viejo para comprender.
Este los odia, mataron a su hermano.
Le comprendo entonces mejor que a ti.
¿Qué quieren?
Por lo pronto, los servicios de unos doce hombres.
No, déjame terminar. Deben ser 12 hombres de una fidelidad probada.
- ¿Nos ayudará? - Claro, claro.
Nunca puede resistirse a ningún jaleo.
Si podemos fiarnos de él, ¿por qué es tan amigo de Tomura?
- ¿Qué sabes de Tomura? - Me basta con que sea japonés.
- ¿Pueden evitarlo? - ¿Y yo?
¿Qué me importa que sea japonés? Puedo trabajar con quien sea.
Hola, Portini, ¿cómo estás? Me alegro de verte.
Amigo, eres como el mundo, no cambias.
Si no es para empeorar, como el mundo.
Vaya, me alegro de veros. Todos estáis.
- Caramba, ¿quién es este? - Amigo mío.
Está bien, queda reunida la asamblea.
Señores, mi amigo tiene algo que proponerles,
les ruego que le presten la máxima atención.
Muchachos, mi amigo y yo hemos venido a buscar caucho.
Lo compraremos donde lo vendan, y donde no lo vendan, lo robaremos.
Recorreremos esta península para vaciarla de caucho,
rebañándola hasta el fondo.
Necesito gentuza buena y honrada como vosotros.
Os pagaré bien y en oro contante y sonante.
Se os dará un buen precio por vuestras vidas, porque bien podríais perderlas.
Al que no le interese, puede irse de aquí ahora mismo.
Y tan lejos como pueda.
Está bien. ¿Hay algo que sugerir?
Que no hay japoneses en el puerto de Sohawa.
Qué lástima.
Hay guerrilleros malayos en los montes, a quienes gustará
mucho cualquier forma de saqueo que resulte desagradable a los japoneses.
- ¿Cómo los encontraré? - Yo los encuentro a menudo.
Y tengo el gran placer de suministrarles armas y municiones,
- Que proceden de los japoneses. - También nos proveerás a nosotros.
Lo haré con mucho gusto.
Di a esos guerrilleros de qué se trata. Los necesitamos.
Buscan lucha con los japoneses y se la daremos.
Portini, organízalo tú. Tenlos preparados.
Y ahora, por si no os habíais dado cuenta, muchachos,
esta es una operación secreta, hasta que nos pesquen.
Y yo creo que nos pescarán. Pero hasta que esto ocurra,
gran cantidad de caucho habrá cambiado de manos.
Tendremos que trabajar deprisa y de noche.
- ¿Quién es este? - Un amigo.
- ¿Por qué hace eso? - Así me indica que mi amigo,
- El coronel Tomura, se acerca. - Volved a vuestras mesas.
- ¿Tenemos que escondernos? - Nada de eso.
La mejor manera de que podáis conocer a vuestro enemigo
es estando conmigo.
Y lo más conveniente es que me dejéis hablar a mí.
Probablemente lo único que se interpone entre vosotros y la eternidad
es mi vocabulario.
Tres coñacs.
Siempre gana, ¿eh?
Sólo tiene que tirar los dados y salga lo que salga, le pagamos.
Es un medio ingenioso de jugar.
- ¿Por qué hace usted eso? - Esto afianza nuestra amistad.
- Buenas noches, amigos míos. - Buenas noches.
Veo que tiene forasteros esta noche.
- Amigos. - Documentos.
- ¿Se le ha dado bien el juego? - Muy bien.
Puede decirse que soy un hombre afortunado.
Hoy día el que conserva la vida es un hombre afortunado.
- ¿Cómo han llegado hasta aquí? - Por una tubería de desagüe.
Son viejos amigos míos.
En otros tiempos tuvimos negocios juntos.
Alguno de ellos de tipo algo irregular. ¿Comprende?
- Perfectamente. - ¿Quiere tomar una copa?
No, muchas gracias. Volveremos a vernos pronto.
Algunos hechos interesantes reclaman mi atención.
- Entonces cuando usted guste. - Le deseo muy buenas noches.
Buenas noches, coronel.
- ¿Se tragó lo de los papeles? - Pudiera ser.
¿Qué son esos hechos interesantes de los que ha hablado?
Colecciona objetos de arte mientras continúa su conquista
- Y yo se los guardo. - A usted no se le escapa nada, ¿eh?
Arriba hay un cuarto donde pueden quedarse.
Mañana seguiremos hablando de ese asunto.
- Luana les acompañará a su cuarto. - Me encantará.
Sólo espero que no me comprometáis.
No pierdas la cabeza con los japoneses, que no la recuperarías.
¿Crees que Tomura se tragó la píldora?
- Ni mucho menos. - No me gusta.
Déjaselo al Holandés.
- ¿De veras te fías del Holandés? - ¿Por qué no? Me dio esta camisa suya.
¿Qué haces? ¿Te vistes para acostarte?
No voy a acostarme. Me gusta rondar de noche, como los gatos.
- Y los ladrones. - Sabía que me dirías eso.
Casi creo que me has echado de menos.
Córtame el brazo y olvidaré que lo tenía.
Sólo es cuestión de un poco de tiempo.
Pero una eternidad no es suficiente para olvidarte.
- Siéntate. - Me encantan tus mentiras,
porque tú te las crees.
- ¿Cuánto tiempo hace que te quiero? - Desde cada vez que te vas.
- ¿Recuerdas cuando nos conocimos? - ¿Y tú?
Claro que sí, pero dímelo tú. Me gusta oírtelo decir.
Es lo único que me gusta recordar.
Fue...
en Singapur. Estabas bastante borracho y llegabas de China.
Yo estaba cantando y tú te embobaste contemplándome,
- Igual que un pobre palurdo. - Cierto.
Luego me diste una medalla de plata que llevabas al cuello.
Sí, te di un San Cristóbal, porque sabía que no eras capaz de empeñarlo.
- ¿Dónde está? - Aquí.
- ¿Lo ves? - Bien.
Sólo le pido que me saque de aquí.
- ¿Por qué me dices que me quieres? - Pues no lo sé.
Porque eres vieja, lo menos tienes 24 ó 25 años.
Podría decirte que eres más fascinadora que una estrella
o más hermosa que el mar, pero no sé por qué te quiero.
¿Tengo que saberlo?
Es que resulta grato oírtelo decir. Me alegro de que no me conozcas mejor.
Ningún hombre puede conocer a una mujer tanto como puede quererla.
Un hombre tiene que ser de una mujer o no ser de nadie.
No se puede ser del mundo, es demasiado grande y muere cada día.
Tú eres el mundo.
Lo que a él le pasa es lo que te pasa a ti.
Yo pretendía antes saber mucho del mundo.
- ¿Y ahora ya no? - Ahora sólo sé que es redondo.
Cuánto me gustaría salir de aquí a ver si es cierto.
Yo te sacaré de aquí, te pasaré de contrabando y te llevaré a California.
Viviremos una casita con bañeras empotradas y cultivaremos naranjos.
Te llevaré a San Francisco, donde se aprecia el talento y la belleza.
Ya estoy invitada a ir allí,
por el coronel Tomura.
Iré acompañando al ejército japonés.
No me digas que no me has sido fiel, ¿eh?
No te lo digo.
¿Conoces bien a ese Tomura?
- Buenos días, señores. - Buenos días.
- ¿Dormiste bien? - He soñado bien.
¿Qué le pasa a esa?
Que está convencida que vivirá hasta muy vieja.
He pensado a tres hombres a los que debéis ver.
Matison, el inglés. Tassuma, el brasileño español,
- Y Bruno Grüber, el alemán africano. - ¿Es un nazi?
¿Quién conoce las ideas de uno? Los tres son grandes plantadores.
Son astutos y tienen suerte.
Creo que si la luna fuera de oro en lugar de ser de queso
construirían un cohete en vez de dedicarse al cultivo del caucho.
Como tiene más de 100 años entiende esto perfectamente.
- También yo. - ¿Conoces esos hombres?
- Menos al alemán. - Pues trabájalo con cuidado.
Tengo una lancha motora, pueden utilizarla.
El río Tanaga conduce a las tres plantaciones.
Ya lo sé.
Ustedes me mencionarán lo menos posible, o mejor, no me mencionarán.
Ya me he tomado la libertad de satisfacer la curiosidad de Tomura
indicándole que ustedes irán a diversos lugares
con objeto de solicitar un empleo.
Al mismo tiempo he requerido la ayuda del coronel
para que les meta en un barco que les devuelva a Dublín,
- Aunque no tiene esperanzas. - Te quiero como a un padre.
La lancha está ya lista. ¿Se me olvida algo?
Andando.
- ¿No tiene usted un mapa? - ¿No va éste con usted?
Claro que sí, pero...
Si hasta los monos le preguntan a él el camino.
Hasta luego.
Algún día, entre los granos, habrá uno de cianuro que te cortará la risa.
¿Sabes que no es enteramente imposible que esos monos hereden la tierra?
Sí, como no es enteramente imposible que ya sea suya.
¿Qué te pasa, amigo? No pareces muy feliz.
Está bien, somos muy felices juntos y si quieres, después de la guerra,
seré hasta tu cocinero. Pero ahora estoy tan metido como tú
en este fregado y tengo derecho a saber algo más.
Tú puedes admitir las cosas como se te presenten, porque
si salen mal, puedes volver al punto en que las tomaste,
pero yo no me volveré atrás.
Llevaré esto a término y no te seguiré lo mismo que un perro atado
que en vano se esfuerza por seguir el camino opuesto.
Sí, tiene mucha gracia.
Lo siento, pero no me río de ti. Si yo supiera algo concreto,
te lo diría, pero no lo sé.
Tenemos que tomar lo que nos ofrezcan.
Y sabes bien que yo tampoco retrocederé, ¿verdad?
Sí.
Allá a la vuelta está la casa de Matison.
¿Cómo puede comerciar siendo inglés?
Porque sabe sacarle provecho.
Es una gallina que pone huevos de caucho.
No le eliminarán si no comete un error.
Es un tío alto y nervioso.
Y desde luego tiene motivos para estarlo.
Le pagan con billetes japoneses que no le sirven para nada.
Yo le ofrezco buen oro americano que le abrirá todas las puertas
menos la del cielo.
Si me lo encuentran, me abrirán esa puerta antes de lo que espero.
Miren.
Entren ahí.
¿Qué tal, coronel?
Según parece, está usted muy nervioso.
No creo que me dé motivos para estar tranquilo.
Sin duda será porque su conciencia no estará puesta en orden como
estos informes.
- Ah, los marineros irlandeses. - Buenos días.
¿Podrían decirme qué les trae por aquí?
Como uno tiene que comer, venimos a buscar trabajo.
- Me temo que... - Siempre está temiendo.
Claro que no es usted el único anglosajón cobarde.
Sin embargo, no he venido a echarle en cara eso.
He venido a recordarle que si quiere que le deje vivir,
tiene usted que producir de firme.
Hago cuanto puedo.
No sólo es usted cobarde sino embustero.
- ¿Podrían darme un cigarrillo? - Claro.
Gracias. Es un hombre generoso.
Es porque estoy sin blanca.
- Norteamericano. - Sí, se encuentran aquí.
Sí, eso me han dicho.
Espero que tengan suerte y encuentren trabajo.
En este sector sólo se puede vivir si se produce.
Él cree que usted le engaña. Yo también.
Tiene usted grandes reservas escondidas
y sólo queremos librarle de ellas.
A mi amigo pueden interesarle las ganancias, e incluso a Tomura,
pero esto a mí no me afecta, ni creo que le afecte a usted tampoco.
Usted es inglés y está empeñado en la misma guerra que yo.
Sólo hay una cosa que realmente nos importa.
Una cosa tan solo: ganarla.
¿Tengo razón?
Sí, la tiene.
Bien, ¿qué más tiene que decir?
Este es el río Tanaga, ¿puede encontrar estos sitios?
Claro que sí.
Pueden contar con mi cooperación, mientras viva usted.
- Después no. - Gracias.
No dudo que, como usted dice, la bala ya ha sido fundida
y que en ella esté escrito mi nombre.
Pero no puedo darle lo que ya no me pertenece.
Le compramos lo que tiene escondido.
Imposible comprarme nada.
- ¿No quiere saber qué ofrecemos? - Déjale acabar.
- Es imposible comprar. - ¿Y si se lo robásemos?
Esa es una cuestión para discutir ahí dentro.
¿No ven que si accediera a sus deseos me convertiría en un traidor?
¿Qué dice? ¿A quién iba a traicionar?
A mi compromiso, a mi integridad.
¿Quieren que me convierta en algo así como un señuelo?
No sé qué dice.
Si cree que voy a obrar, está en un tremendo error.
Si cree que va a descubrir por mí el escondrijo del caucho
al extremo norte del pantano de Luaga,
es usted un ingenuo. Yo no digo nada.
Atice aquí.
Muy bien !!
No crea que voy a confesar que hay otro depósito de caucho
escondido al sur de la bifurcación del río Yenau,
a 50 pasos de la orilla izquierda.
Tendría antes que matarme. Un poco menos.
Eso va a resultar bastante dificilillo.
Y que el tercero que nunca encontrarán
está al otro lado del río, en medio mismo del platanar.
No. No sabrán nada por Carlos Tassuma.
Oye, te toca a ti, ¿quieres?
Le voy a pedir un favor, amigo.
Trabajen deprisa mientras mis golpes están frescos.
Quiero que Tomura consiga verme en todo mi esplendor.
Será un placer.
Extraño sujeto. Sabía que no podría sacarle nada.
- ¿Te gustaría luchar con él de veras? - Ni con una silla, látigo y pistola.
- Ten presente que éste es alemán. - Sí, pero es codicioso.
Y la codicia tiene nacionalidad propia.
- El amo no está... - ¡Apártate! Deja pasar.
- No esperaba ninguna visita. - Me llamo Carnahan, Smith
o lo que quiera. Y este amigo quiere hablar de negocios con usted.
Bien. Siéntense, por favor.
Nos interesa comprar caucho pagado en oro.
Podemos sacar de aquí el caucho sin que lo sepan los japoneses.
- ¿Quién me asegura eso? - Yo se lo digo.
- Me han dicho que es usted alemán. - Sí. Era alemán.
¿Se ha transformado en otra cosa? ¿En nazi, tal vez?
No he estado en mi patria desde hace 20 años.
Así que ya no sé ni lo que soy.
Les escucho porque la velada es muy aburrida.
Historias como ésta sólo se oyen por la radio.
Tal vez se haya hecho usted hombre de negocios de pronto
y esto le parece impracticable.
- ¿Qué he de contestarle? - Conteste "sí" o "no".
Si dice "sí", nos llevamos el caucho y usted el oro.
Si dice "no", nos limitaremos a llevarnos el caucho.
- ¿Usted cree? - Poco a poco.
Esto no es una amenaza ni un juego de niños.
- Es una proposición comercial. - Permítame seguir la broma.
- ¿Cómo se ingeniarán ustedes? - Lo cogeremos de noche,
lo transportaremos por el río y usted ni lo verá.
¿Y esto es todo lo que tienen que decir?
Ahora permítame seguir yo la broma.
Mi amigo es un hombre de negocios.
Y no ha conseguido causarle impresión a usted.
Yo, como no soy hombre de negocios, tal vez pueda lograrlo.
- ¿Sí? - Sí.
Si no nos vende el caucho, se lo quitaremos.
Sepa que cuento con un gran número de hombres que sólo sirven para eso.
Y si se toma esto como una amenaza, sepa que lo es.
Son ustedes muy distintos. Creo que prefiero a su amigo.
Yo también le seré simpático.
Es lógico que fuera cauto y que tuviera mis dudas.
Y es lógico que quiera ayudarles.
- Diga, ¿qué quiere que haga? - Ya se lo diremos.
- ¿Y el oro? - Lo cobrará primero.
Tenía razón respecto a su amigo. Es un hombre de negocios.
Y yo tenía razón respecto a mí. Tenga usted presente eso.
Sólo debe pensar una cosa, Gruber. Si hay caucho, hay oro.
Cierre usted los ojos y yo lo haré rico.
¿En qué medida? Mientras sus nervios puedan soportarlo sin abrir los ojos.
No es tonto, Gruber. No querrá arruinarse con los que pierden,
sino enriquecerse con los que ganen.
Y ya sabe usted quiénes serán.
Hola, compadre. ¿Una copa?
Esta noche haremos algo más importante que beber.
- Pelear, ¿eh? - Sí.
- Empieza el gran golpe. - Estupendo.
Ya engordaba y me volvía perezoso. Estoy sin blanca.
No sabes cuánto me gusta oír eso.
Entonces, escucha.
El material ya está en movimiento.
Todo está apilado en la curva del Tanaga.
Mordini quiere la mitad de los elefantes a unas 100 millas
para cargar esta noche.
Ya veo que no te aburro.
- Y yo, ¿qué he de hacer? - Encargarte de las armas.
¿Y con qué cariño lo haré?
Una vez puestos en marcha, podemos tropezar con una patrulla
o un japonés aislado, un centinela, en fin, ¿qué se yo?
- Yo sí lo sé. - ¿Quieres encargarte de eso?
- Qué bueno eres conmigo. - Entonces entendido.
Ahora asegúrate de que el género de Matison
pueda ir con lo demás.
Eso hay que hacerlo rápido y en silencio.
No admito bromas ni errores. Es algo muy serio.
Es esta noche, ¿verdad?
Esta noche será como una de tantas.
- Es peligroso, ¿verdad? - ¿Peligroso?
La tierra se aproxima al sol a razón de media pulgada cada 100 años
y a nadie le parece peligroso. ¿Es que temes por mí?
- No. ¿Por qué he de temer? - Debes de temer que vuelva.
Vamos, alármate de que no pueda volver.
Basta de simular que no soy el único hombre de tu vida.
- ¿Eso te dará más valor? - Quizá me encuentre mejor.
Está bien. Temo por ti.
Bien, te explicaré lo sencillo que es.
Royer llevará el cargamento hasta el mar por el río.
Navegaremos hasta una isla donde espera oculto un barco mercante.
Descargaremos, volveremos aquí, todos cobrarán
y yo traeré un precioso regalo.
Siento mucho molestarte,
pero hace una noche espléndida para dar un paseo.
Está bien.
No te apures, nena, es como ha dicho éste, sólo un paseo.
Un paseo por el parque.
Vamos.
- Compadre. - ¿Qué hay, amigos?
- Estupenda flotilla, ¿eh, muchacho? - Muy difícil de escamotear.
Y menos mal que no se os ocurrió robar los árboles.
Tal vez lleguemos a eso.
Nadie ha pasado aún de Matute una península.
Vámonos ya.
Saldremos al mar por Rayuna, ¿algo que objetar?
- ¿Cómo te llamas? - Barracuda.
- Creí que eso era un pez. - Le llaman Ed, el Barracuda.
- ¿Qué ibas a decir? - Hay japoneses en Rayuma.
- ¿Tiene importancia para ti? - No...
Si no hay más preguntas, en marcha.
Vamos, a los sampanes.
- ¿Qué es eso? - No lo sé, ¿y tú, Romano?
Sí, yo sí.
Muchacho, aquí te dejamos Romano y yo.
Vamos a ocuparnos de los japoneses de Rayuma.
- Tú lleva el cargamento al barco. - Está bien.
¿Estás seguro de lo que dices, conoces la situación aquí?
Claro, no hay más que seis u ocho japoneses.
Ahí están. Las sirenas de alarma aérea.
Me gusta como peleas. Vamos.
Vuelve a casa del Holandés. ¡Vete ya!
Espero que haya salido bien del todo.
Me hubiera gustado estar con él a pesar de todo.
Sí.
¡Ahí está! La vaca. El barco.
Yo no veo más que un islote lleno de vegetación.
Lo que ves es un pequeño camuflaje norteamericano.
- ¿Camuflaje, y eso qué es? - No te preocupes. Ya lo verás.
Madre mía, quién lo hubiera dicho.
Hola, yanqui.
- ¿Dónde está Carnahan? - Quedó allá para protegernos.
No sé qué habrá pasado.
Me dijeron que usted haría esto, pero yo lo dudaba.
- ¿Quiere el oro ahora? - Sí, me lo llevaré esta noche.
- Se lo ha ganado. - Empiezo a creer que sí.
Barracuda, di a las barcas que han descargado que se alejen de aquí
y vayan a pescar a otro sitio.
Quisiera saber qué le habrá ocurrido.
¡Hable, hable!
Se hará daño en la mano.
Si como usted dice, estaba borracho, ¿Por qué se encontraba en Rayuma?
- Me perdí. - ¿Por qué tocó la sirena de alarma?
Me gusta oír su sonido.
Como todos dormían, decidí despertarlos.
La gente no debe malgastar su vida durmiendo cuando se tiene sólo una.
Siento haber tenido que hacer esto con su amigo.
Crea usted que era necesario.
No lo pongo en duda si usted lo dice.
Ha pagado cara una botella de mal whisky.
Cinco de mis hombres están heridos, ha perturbado nuestro orden
¿y quiere que no haga nada para escarmentarlo?
Un hombre que no pelea y perturba el orden cuando está borracho
malgasta su dinero.
Pelear y beber forman parte de ese orden que no he inventado yo.
¿Qué quiere que le diga?
Siento admiración por usted. Gracias a usted,
su amigo se ha librado de que le mate. Usted lo presenta como inocente.
Pero hay en todo esto algo que no me gusta y que no puedo creer.
Déjemelo a mí. Le pondré a fregar el suelo del café.
Así aprenderá buenos modales. Matándole no se le enseña nada.
Pero me proporcionaría una gran satisfacción.
Usted le pegaba para que aprendiera algo.
¿Qué hubiera aprendido si le matara?
Hola, muchacho.
- ¿Cómo salió? - Perfecto.
¿Sabes que ya eres casi un hombre cabal?
Te creía muerto.
Cuánto me alegro de verte y trabajando.
Sí, casi preferiría haber muerto.
Y creo que lo conseguiré si tú no te vas de aquí.
Creo que lo mejor es que cojas a Romano y a los chinos
y abras una nueva base en Suaya. Ya sabes ahora cómo se hace.
Y luego que Romano instale otra por sí solo en Kuana.
Allí habrá ahora otras dos vacas. Pronto habrá todo un rebaño
y pondremos en fuga a toda la armada japonesa.
- ¿No vienes tú? - No, no.
Yo soy el cebo del tal Tomura.
Cuanto más me vea a mí, menos os verá a vosotros.
Esto es algo así como quitarle un caramelo a un gorila.
¡Está bien, me emborraché! ¿Y qué quieres que haga?
¿Echarme a llorar? Lárgate, tengo que limpiar esto.
Siempre estás borracho.
- Canta, ¿eh? - Como el pájaro en la jaula.
Puede que aún fuera más feliz barriendo en una prisión.
Tal vez, pero entonces no podría usted ser testigo de su regeneración.
Más valdría que le pegase un tiro.
Lo que vendría a decir que ya no necesita usted mis servicios.
Aunque no cargase otro barco, ha realizado una labor enorme.
150 mil toneladas. Merece una felicitación.
- ¿Cuánto podrán seguir así? - Una expedición más,
de un tal Gruber, alemán. ¿Tiene un cigarrillo?
- Llevo de los que le gustan. - ¿Sí?
Oiga, quizá les den una medalla por esto.
Voy a hacerle una pregunta. ¿Quién está ganando la guerra?
- ¿Le digo la verdad? - Es lo que quiero.
Se la diré: es usted.
No estoy muy seguro de que les convenga venir por aquí.
- ¿Por Tomura? - Es un hombre muy amable,
pero me visita con demasiada frecuencia.
- Por eso yo deduzco... - ¿Quieres servir una copa?
¿Qué estabas diciendo que deducías, amigo mío?
Decía que ya han hecho bastante.
Mucho caucho y mucho oro han cambiado de manos
- Y todos deberían estar satisfechos. - Yo estoy satisfecho.
- Pues yo no. - ¿Quieres rebañar el plato?
Sí, hay un plato que aún no hemos tocado: Gruber.
Sí, un gran comerciante, pero es alemán, no sé...
Pregúntale al Holandés a ver qué le parece.
- No he venido a preguntar opiniones. - Quiere usted que nos maten.
- ¿Eso es lo que pretenden? - ¿Quieres soltarme el cuello, nena?
Hemos sacado gran cantidad de caucho de aquí,
tú, el Holandés y yo. Lo conseguimos ayudándonos mutuamente.
Hemos cobrado buenas cantidades y nos podremos comprar lo que queramos.
Bien, el Holandés fue astuto, yo afortunado y tú valiente.
Lo dejo todo en manos del Holandés.
Bien, pues yo te dejo a ti.
Cuando insinuaste que no podría hacerlo sin ti, tenías razón.
No sé si hubo astucia o suerte, sólo sé que Gruber tiene caucho
y que voy a sacárselo. Si ahora quieres volverte atrás,
por mi parte, puedes hacerlo.
Sí tienes tus motivos, yo tengo los míos.
Tú ya me comprendes.
Carnie...
¿tú ya me comprendes?
¿Qué es eso? ¿Un hombre que se vuelve loco o un loco que se vuelve hombre?
¿Tú crees que es un loco?
Sé que cada hombre tiene su ocasión de ser loco y siempre sale triunfante.
Bien, pues no quisiera perder mi ocasión.
- ¿Vas a ir con él? - Con él vine.
Porque él quiera matarse, no es razón para que tú...
Esa es la mejor razón.
¿Qué te propones hacer?
Voy a llevar a la práctica lo que predico.
Además, aquí ya no hay quien viva.
Hasta pronto, nena.
¿Así que al fin te has decidido? Me alegro de verte, amigo.
- ¿Cómo va eso? - Bien.
- ¿Os entendisteis? - Como ya ves, el caucho está ahí.
- ¿Sabes que tu cara no me gusta? - Bueno, yo no pude elegirla.
¿Qué estás haciendo?
Puedes verlo. Esto es lo que hago.
- Nos dirás lo que hay. - No hay nada, lo juro.
- Dinos lo que intentas. - Le juro que no hay nada.
¿Qué te has propuesto, que te estrangule?
Suelte, lo diré. No pude evitarlo.
Todo está dispuesto, están junto al río.
Los japoneses les han preparado una emboscada.
- ¿Dónde están? - Yo se lo enseñaré.
Por la cuenta que te trae, vaya que si nos lo dirás.
Canta de una vez.
Están aquí, y este es el Tanaga.
Están apostados aquí, entre el sendero y el mar.
Podríamos ir por el río hasta el sendero, tomar éste y rodearles.
Sí, podrían hacer eso.
Vamos, Carnie.
Tenías razón, compadre, los japoneses están en el río.
Es bueno saber que uno no es bobo.
Sí, es bueno no estar demasiado seguro.
- ¿Entonces nos volvemos? - Todo se acabó.
Gruber nos ha traicionado, nos espera una emboscada
así que hemos de separarnos. Ha sido muy agradable conoceros.
Espero que volvamos a encontrarnos en circunstancias igualmente provechosas.
Pero podéis seguir trabajando conmigo.
No he dejado esta operación aún.
Lo que mi amigo dice es verdad. Hay japoneses río abajo,
pero están a muchas millas de aquí pasado el sendero.
Podemos seguir por él y rodearlos.
Voy a intentarlo, al que quiera seguirme se le recompensará.
El que esté conforme, que suba a su barca.
Yo iré delante de todos.
- ¿Tú no vas, compadre? - ¿Para qué he de ir?
Pues si tú no vas, no iré yo.
¿Qué clase de tontería vas a cometer?
- Una de mis locuras. - Ese tipo ya nos mintió una vez,
no sabes si esos japoneses están a 50 metros o a 50 millas.
- Está bien, quédate aquí... - Podría impedírtelo.
- Sí, podrías matarme. - No me obligues a ello, muchacho.
Dijiste que yo quería rebañar el plato y tenías razón.
Esta expedición lo rebaña.
No trates de oponerte,
porque me iré río abajo
aunque tenga que matarte.
¿Quieres darme un pitillo?
Puedes quedártelos.
Listos, muchachos, adelante.
No debería hacer eso.
Bueno, si tan seguro está, tal vez lo consiga.
Ya no queda nada que hacer.
Sí que queda, sólo una cosa.
- Royer era un loco. - Es muy posible que fuera un loco,
- Pero muy bueno a su modo. - Yo sabía que era un disparate.
Ese era su modo. Ha muerto por algo.
Cuando yo muera, lo haré por nada y lo mismo te ocurrirá a ti.
Esa es la gran diferencia entre él y nosotros dos: él creía en algo.
- ¿En qué? - ¿Qué sé yo?
En un sueño, en palabras, en una bandera...
Quizá en ti. Yo no sé de esas cosas.
- Es un placer volver a verle. - Gracias.
En su hemisferio suelen decir que los extremos se tocan.
Eso es lo que suele ocurrir con nosotros dos.
En muchas cosas.
Voy a darle cierta información absolutamente confidencial.
En justa reciprocidad, yo le pediría otros informes,
- Si está dispuesto a dármelos. - Dígame cómo puedo servirle.
¿Se ha enterado de que grandes cantidades de caucho han salido
de esta península con destino al enemigo?
- Rumores. - No son rumores, es cierto.
- ¿Cómo se iba a hacer eso? - Con oro. Con oro ilimitado.
¿Me perdonará si le digo que usted está enterado de todo esto?
No soy hombre que discuta las opiniones de un amigo.
Usted puede enterarse de los hechos, yo, como dueño de un café,
sólo puedo enterarme de los chismes.
El traidor fue por fin atrapado por la traición de un hombre
con quien estaba en tratos monetarios.
Muerta esa persona, se acabó todo.
Sí, ha muerto, pero eso no ha terminado precisamente.
- Le hablo en tono confidencial. - Eso me honra.
Sabrá que un cargamento de caucho quedó abandonado en el río
allí donde murió el yanqui.
Por oro, podría embarcarse.
¿Se ríe?
Claro, allí está el caucho abandonado y el yanqui muerto.
Le demostraré lo desaprensivo que soy confesándole que he pensado
que usted y yo podríamos beneficiarnos de esta casualidad.
Es inexplicable este mundo.
Tal vez podría usted encontrar otra fuente de oro.
Si hay bastante, es posible que pudiera cerrar mis ojos
y el caucho dejara de obstruir el río.
- Haré ciertas averiguaciones. - No lo pongo en duda.
Si tengo suerte, me pondré en contacto con usted.
Cada hombre tiene su precio, y eso es todo.
- No lo creas tan fácil. - ¿No?
Tomura hará la vista gorda, el caucho podrá ser llevado al mar.
Yo recibiré el oro y Tomura cobrará su parte
para asegurarse su porvenir en la posguerra, en un mundo difícil.
¿Y no es lo que yo he dicho? Es bastante justo.
¿No habías decidido no reincidir en este asunto?
Entregaré yo mismo el último cargamento.
- Por razones particulares. - Siéntate.
Tomura sabe muy bien que yo te diría lo que te he dicho.
- ¿Entonces por qué lo hace? - Te dejará sacar el caucho.
Incluso te dejará cargarlo en el barco.
Es muy astuto, no sólo le interesas tú, lo quiere todo.
El caucho, el oro, el barco, la operación.
Quiere que sea un triunfo personal.
Ya ves si te equivocabas respecto a él.
Del mismo modo que nada pudo detener tu amigo,
- Nada puede comprar a Tomura. - Dile que estás de acuerdo.
- ¿Quieres que lo haga? - Díselo.
No creí jamás que vería llegar este día.
¿Le vas a dejar que siga la suerte del otro?
No puedo hacer más que lo que haga él.
¿Pero tú no puedes al menos intentarlo?
No, ni se me ocurrirá siquiera.
Tengo un trabajo para ti y será mejor que digas que no.
- Entonces digo que sí. - Ese caucho que mi amigo
no pudo sacar sigue en la plantación de Gruber.
Quiero que me busques hombres que lo lleven a la vaca.
- ¿Puedo terminar el vino antes? - ¿Qué te pasa?
¿No discutes nunca? Eres el tipo más raro que he conocido.
¿Siempre dices que sí a todo lo que te proponen?
Compadre, ¿tú nunca has tomado la vida tan en serio? ¿Qué te pasa?
Oye, dame sólo algún consejo respecto a ese tal Tomura.
No os molestará, me vigilará a mí.
- ¿Dónde te encontraré? - Ya nos veremos.
Sí, ¿pero dónde?
En el cielo, compadre, donde ya no seremos contrabandistas,
sino un par de ángeles. ¿Qué dices a esto?
Que es hermoso. Muy hermoso.
- ¿Crees que Romano saldrá adelante? - Lo dejarán pasar,
te seguirán y lo tendrán todo: el caucho, la vaca, el oro y a ti.
Sobre todo a ti. Creo que es la primera vez que ha odiado
a un hombre más de lo que ama al dinero.
Tomura y yo siempre tenemos planes mutuos.
¿Cuál es el tuyo respecto a él?
¿Sabes que es muy posible que ni siquiera pueda confiar en ti?
Ese es tu modo de pensar y creo que es extremadamente razonable.
- Te acompañaré. - No, Holandés, esto es para mí.
Y yo seré un siervo de Tomura al igual que lo era Gruber.
No, tú no. Tomura será de sus antepasados, si es que lo quieren.
Bueno, ya suponía que no consentirías que volviera a dejarte.
- ¿Sabes a dónde voy? - Sí.
- ¿Y que esto puede ponerse feo? - Sí.
Me gusta cómo lo dices.
Cuando tenía nueve años, mi padre construyó una barca pesquera.
Yo imaginaba que era un gran trasatlántico,
y que atravesaba con él el océano.
Si los has tenido, ¿dónde cumpliste los nueve años?
En Iscia, una isla preciosa en el golfo de Nápoles.
¿Me imaginarías remendando redes con mis pies descalzos
en la arena ardiente?
Te puedo ver en esa playa porque he estado en ella.
¿Sabes? Siempre he deseado que me preguntaras dónde había nacido.
Eres el único que no me lo ha preguntado.
Y el único también a quien se lo he dicho.
¿Y por qué en este momento?
Porque creo que se nos está acabando el tiempo.
¿No sería lo más bonito que desapareciéramos los dos juntos?
El tiempo es sólo un reloj al que alguien le da cuerda.
- ¿Por qué no quieres contestarme? - Sí, sí, sería estupendo.
No tendríamos que ir a vivir a California,
cultivar naranjos y tener bañeras empotradas.
No mentías al decirme aquello, ¿verdad?
- ¿De qué hablas? - De que ibas a sacarme de aquí.
Oh, no, no.
Bueno, entonces ya no tengo nada que decir.
No. Sólo una cosa. ¿Te enamoraste sinceramente alguna vez?
- Sólo una vez. - ¿De quién?
Del que no me convenía.
Nadie me comprenderá jamás.
Eres una niña grande.
- Gracias por haber venido. - No podía dejar de hacerlo.
Suba a bordo.
Tomará el timón y nos llevará al punto a donde se dirigía.
Hemos dejado seguir a sus amigos.
He creído que debía esperarle para ir a reunirnos con ellos.
Permítame que le felicite por el atrevimiento y la sencillez
de esta operación. Afortunadamente la entereza norteamericana
- No corre pareja con su ingenio. - Creí que se había vendido.
- No vendemos a nuestra patria. - Puede que tengan que darla.
Pero no de balde.
Bueno, ya suponía que no haría nada solo.
Claro que no.
Aunque no creí que necesitase su armada.
Es que yo no soy un aventurero ni un tonto.
Desde luego no es un aventurero.
A usted le ha amargado este jaque mate, pero es hombre de recursos
y espera que se produzca un milagro.
Usted lo ha dicho. Un milagro en forma de par de lanchas torpederas.
- ¿Es ahí, en esa isla? - Eso es.
Y fíjese en eso.
¡Fuego el uno!
¡Fuego el dos!
¡Fuego el uno!
¡Fuego el dos!
Ahora ya podemos salir de aquí.
¿Lo encontró?
Sí, lo encontré.
Lo encontré en una isla con una italiana.
¿Por qué no me lo dijo desde el principio?
¿Por qué iba a complicarle a él la vida para simplificar la suya?
- Le di la medalla. - ¿Ah, sí?
No puedo imaginar nada más irónico que Carnahan luciendo una medalla.
Ni tampoco él.
Su deseo es que la lleve usted.
Dijo "póngasela al Holandés".
Como si ello fuera un crimen.
Me voy a dormir, estoy deshecho. Buenas noches.
Buenas noches.
FIN
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