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Original subtitles

Más abierto el sonido, como una boca.

¡Sus dedos parecen garrotes!

No lo puedo seguir. Ud. no escucha.

¡No se precipite!

Retome marcando los primeros tiempos.

Desde el principio.

¡Pare! El Maestro hizo una seña.

El Maestro quiere hablar.

Diga, Maestro...

Toda nota debe terminar...

muriendo.

TODAS LAS MAÑANAS DEL MUNDO

"Morir"... sus arcadas son muy fuertes.

Tenga presente que las arcadas...

son personas infinitamente amadas...

que se alejan en las sombras.

De repente sin que sepamos por qué, las perdemos de vista...

y nuestros ojos se llenan de lágrimas.

¡Ud. toca de manera muy monótona!

La música es como la caza.

Hay que acelerar de repente, al aparecer el ciervo que mataremos.

Hay que articular con firmeza cuando lo devoramos.

Retener un instante antes del placer.

El fin de la música es transportar el alma...

¡Hacer perder el sentido!

¡Emocionar!

El fin es la dulzura.

No.

¡No!

Las sombras...

¡Déme!

¡Denme!

En las sombras...

¿Qué desea, Maestro?

¡Una viola! ¡Denme una viola!

¡El Maestro va a tocar!

¡Hace falta una viola para el Sr. Marais!

¡Déme la suya! ¡Déjeme!

¡Váyanse, salgan todos!

¡Váyanse!

No, Brunet. ¡Que se queden!

Quiero que se queden todos.

Marin Marais va a dar una lección.

¡Que se sienten!

Hay que cerrar los postigos.

¡Austeridad!

Era sólo austeridad e ira.

Sordo como un pescado.

Yo soy un impostor...

¡No, maestro!

y no valgo nada.

No...

Yo ambicioné la nada...

y recogí la nada...

dulzura...

dinero...

y vergüenza.

Él, era la música.

Observaba el mundo con esa gran luz que se enciende para los moribundos.

Yo no soy lo que él deseaba de mí.

Yo tenía un maestro...

y las sombras se lo llevaron.

Se llamaba Sr. de Sainte Colombe.

En la primavera de 1660...

cierta tarde el Sr. de Sainte Colombe...

estaba junto al lecho de un amigo, el difunto Vauquelin...

que había manifestado su deseo de morir...

con un poco de vino de Puisey y con música.

Esa misma tarde de primavera...

la Sra. de Sainte Colombe murió.

No se consolaba de la muerte de su esposa. La amaba.

En esa ocasión compuso "La Tumba de los Lamentos".

Mi maestro enseñaba la viola...

que, por entonces, despertaba gran entusiasmo.

Era un maestro reconocido.

Era jansenista.

Tenía dos hijas.

¡El Sr. De Bures las estaba esperando!

El Sr. De Bures era de la sociedad que frecuentaba Port-Royal.

A las niñas les enseñó las letras, los números...

historia santa y los principios del latín.

El mismo Sainte Colombe les había inculcado...

las claves y las notas.

El recuerdo de su esposa no le dejaba.

Su figura estaba permanentemente ante sus ojos...

su voz le seguía susurrando al oído.

Poco a poco, clausuró su puerta.

Vendió su caballo y se encerró en la música.

¡Toinette, regresa!

Encerrado en su cabaña, practicaba hasta 15 horas al día.

Él ideó otra manera de sostener la viola entre las rodillas.

También le agregó una séptima cuerda al instrumento...

para darle una dimensión más grave y un aire más melancólico.

Perfeccionó la técnica del arco, aligerando el peso de la mano...

presionando sobre las cuerdas con los dedos índice y medio.

Cosa que hacía con asombroso virtuosismo.

Se decía de él que podría imitar todas las inflexiones de la voz.

Desde el suspiro de una joven hasta el sollozo de un anciano.

Del grito de guerra de Enrique de Navarra...

a la dulzura del aliento de un niño dormido.

Él temía que sus hijas no fueran bien instruidas...

por un hombre que estaba solo.

Era severo con ellas, pero no les levantaba la mano.

Las encerraba en el sótano y allí las olvidaba.

Madeleine, a cada ira de su padre...

era como un navío que zozobra y se hunde de improviso.

Sus alegrías no siempre eran comprensibles.

Estaba lleno de dificultades.

¿Dónde está mamá?

Ahora tienen que ser buenas y trabajadoras.

Echo de menos a vuestra madre. Era mi alegría.

Ya ni me oigo hablar.

Vuestra madre sabía hablar...

y sabía reír.

Yo... no encuentro placer en conversar...

ni en la compañía de la gente, ni de los libros.

Pero las amo a las dos.

Y con eso es suficiente.

Su padre las veía cada vez menos.

Permanecía en la cabaña, sentado en su taburete.

Alegrías o lamentos nacían a veces de sus dedos.

Cuando le obsesionaban, abría su cuaderno de música rojo...

y las anotaba de prisa para no pensar más.

Cuando Madeleine tuvo estatura para aprender la viola...

le enseño las posiciones, acordes, arpegios y floreos.

Yo también.

No, no quiero.

Ni las privaciones de alimentos, ni los encierros...

pudieron disminuir el despecho de Toinette...

por ser tan pequeña para tocar la viola.

No, no quiero.

Cierta mañana, antes del alba, Sainte Colombe se levantó.

Caminó hasta el río.

Fue siguiendo el Sena hasta Dauphine.

Pasó todo el día con el Sr. Pardoux.

Para las Pascuas, en el jardín...

Toinette descubrió una extraña campana...

envuelta como un fantasma.

Durante varios años vivieron en paz y para la música.

Llegó el día en que, una vez al mes...

Madeleine tenía que aplicarse compresas a causa de la menstruación.

Toinette abandonó su pequeña viola.

Los conciertos para tres violas de Sainte Colombe fueron renombrados.

Los Sres. Caignet y Chambonnieres alababan las reuniones musicales.

Eran el deleite de los nobles.

Este músico es inaudito.

Toca mejor que yo.

Cierto... toca mejor que Ud.

Toca mejor que el violinista del rey.

Ud. Sr., vive en la ruina y el silencio.

Le envidiamos esta vida salvaje.

Envidiamos los bosques verdes que le rodean.

Ud. es un maestro en el arte de la viola...

y he recibido orden de invitarlo a presentarse en la corte.

Su Majestad manifestó el deseo de oírlo.

En caso de quedar satisfecho...

lo acogería entre sus músicos de cámara.

En ese caso, tendré el honor de estar a su lado.

Señor...

he confiado mi vida a estas maderas perdidas en un vergel.

A...

los sonidos de las siete cuerdas de mi viola. A mis dos hijas.

Mis amigos son los recuerdos.

Mi corte son los sauces, el agua que corre, las flores de saúco.

Dígale a Su Majestad que un salvaje no cabe en un palacio.

¡Ud. no ha comprendido la petición!

Pertenezco a la cámara del rey.

Los deseos de Su Majestad son una orden.

Soy tan salvaje que creo que sólo me pertenezco a mí mismo.

Su Majestad ha sido demasiado generoso al posar sus ojos en mí.

¡Volveré!

Su Majestad...

la corte, los músicos de Su Majestad volveremos.

¡Servicio del Rey!

¡Servicio del Rey!

El disgusto de no ser obedecido aumentó la impaciencia del rey...

por ver al músico ante sí.

Y envió nuevamente a sus emisarios para convencerlo.

Ud. esconde su nombre entre patos, gallinas y peces.

Ud. oculta el talento que le dio Nuestro Señor...

en medio del polvo y la orgullosa miseria.

Su Majestad y la corte conocen su reputación...

ya es hora de desechar sus rústicas maneras...

y aceptar sus favores.

Debe hacerse una peluca rizada.

Su pechera está pasada de moda.

¡Yo estoy pasado de moda!

Le agradezco a Su Majestad.

Prefiero la luz del crepúsculo en mis manos...

que el oro que me ofrece.

Prefiero mi basta ropa a sus pelucas.

Prefiero mis gallinas a los violines del rey...

y mis cerdos a Uds.

¡Señor!

¡Váyanse! ¡Váyanse!

- ¡Y no me hablen más! - ¡Está loco!

Se va a pudrir en el barro...

en el horror del arrabal,

como una ciruela en su vergel.

Vuestro palacio es más pequeño que una cabaña...

y vuestro público no suma una persona.

Al Rey le gustó tal respuesta.

Pidió que dejaran al músico...

y ordenó a sus cortesanos que no volvieran a sus conciertos...

porque mi maestro era un recalcitrante...

y había sido parte de esos Sres. de Port Royal...

antes de que él los dispersara.

Pasaron los años.

Los Sainte Colombe daban sólo un concierto por temporada.

Cada vez anotaba menos composiciones nuevas...

en su cuaderno rojo.

No quiso imprimirlas...

ni someterlas a la opinión del público.

Decía que eran fruto de improvisaciones del momento...

y sólo ese instante le servía de excusa.

Soñaba con su mujer, con su manera de hacer las cosas...

sus consejos certeros, sus caderas...

con su vientre, que le había dado dos hijas que ya eran mujeres.

Un día soñó que entraba al agua oscura y allí se quedaba.

Había renunciado a todas las cosas que amaba en esta tierra.

Al despertar, recordó "La Tumba de los Lamentos"...

que compuso cuando su esposa lo dejó...

para ir a reunirse con la muerte.

Y sintió mucha sed.

Entonces se puso a tocar "La Tumba de los Lamentos".

No necesitó dirigirse al libro.

Sus dedos encontraron las posiciones en el instrumento.

Esta visita no fue la única.

Mi maestro después de pensar que estaba loco...

consideró que de ser locura, era una locura dichosa...

y de ser verdad, era un milagro.

El amor de su mujer era aún más grande que el suyo...

porque volvía junto a él y él no podía devolverle la visita.

Le pidió a un amigo del gremio de pintores...

que representara el escritorio junto al que su mujer había aparecido.

Escondió el cuadro y lo puso en su cuarto.

Con nadie habló de esas visitas.

Sintió que su ira se alejaba.

En su interior...

sentía que algo había culminado.

Entonces, un muchacho de 17 años...

rojo como la cresta de un gallo, vino a golpear su puerta.

Era yo.

Mi nombre es Marin Marais.

Mi padre es zapatero.

A los 6 años, debido a mi voz...

entré en la escolanía de la iglesia que está junto al castillo del Louvre.

Durante 9 años vestí sobrepelliz y vestido rojo...

y canté.

Durante 9 años canté en la escolanía real...

en los oficios, en los servicios, en las misas y en las vísperas.

Pero me crecieron pelos en las piernas y mejillas...

y mi voz se estropeó.

Me echaron a la calle tal como estipula el contrato.

Por última vez empujé la gran puerta dorada.

Eché a correr por la calle hacia el arenal...

iba llorando.

El Sena estaba cubierto por una luz inmensa.

Mis compañeros aún conservaban su voz...

y se habían quedado.

Yo, me sentía solo...

con mi grueso sexo colgando entre los muslos.

Seguí por la orilla, camino de la casa de mi padre.

En la zapatería subí a encerrarme en mi cuarto, arriba del taller.

Como siempre...

mi padre no paraba de golpear o de raspar.

Los martillazos me arrancaban el corazón y me asqueaban.

Me repugnaba el olor de orín de los cueros macerándose...

el taburete que chirriaba, los gritos de mi padre.

Todo se me hacía insoportable.

Y me dije: me voy de casa.

Me vengaré de esta voz que me abandonó.

Seré un violinista célebre.

Estudié casi un año con el Sr. Cagnet.

Luego me encomendó al Sr. Maugars.

Él fue quien me preguntó si oí hablar de su séptima cuerda.

Me hizo trabajar durante 6 meses y me juzgó tan bueno...

que me envió a verlo con esta carta.

¡Que toque! Es todo. Que improvise sobre las "Folias".

Sr., ¿podría improvisar sobre las "Folias de España"?

Sí.

No creo que pueda admitirlo como alumno.

¡Dígame por qué!

Ud. hace música, ¡pero no es músico!

¡Quizás el Sr. recuerde algo que haya compuesto!

¡Oh, está bien padre!

Está muy bien.

¿Ud. que dice?

Vuelva dentro de un mes.

Entonces le diré si puedo contarlo entre mis alumnos.

Cuando llegué para mi primera lección...

Madeleine me abrió el portón.

Tenía abierto el escote.

Me iba a bañar, voy a recogerme el pelo.

Esa es la cabaña donde toca mi padre.

Sr., ¿ha practicado mucho?

Conoce la posición del cuerpo, pero no interpreta con sentimiento.

Su mano izquierda salta como una ardilla...

y se desliza cual anguila sobre las cuerdas.

Sus floreos son ingeniosos y encantadores.

Pero yo no oí música.

Ud. podrá asistir a los que bailan...

o acompañar a los actores en el escenario.

Todo lo que escriba va a gustar.

No hará llorar a nadie.

Se va a ganar la vida. Vivirá rodeado de música...

pero Ud. no será músico.

¿Tiene corazón para sentir?

¿Tiene idea de para qué sirven los sonidos...

cuando ya no se trata de bailar ni alegrar los oídos del rey?

Sin embargo, su voz cascada me conmovió.

Lo acepto por su dolor...

no por su arte.

Pasaron los meses.

Un día de mucho frío, no pudimos trabajar mucho en la cabaña.

Teníamos los dedos entumecidos y buscamos abrigo en la cocina.

Este vino me calienta el pecho y los pulmones.

Mire, Señor...

¿Conoce al pintor Baugin?

No Sr., ni a ningún otro.

Hace un tiempo le encargué una tela.

¿Comprende?

Se trata del rincón del escritorio...

que está en mi cuarto de música. ¿Comprende?

Sí, comprendo.

Vamos a visitarle.

Escuche...

cómo se destaca el aria.

Todo lo que la muerte se llevará ya está en la nada.

Son los placeres del mundo que nos dicen adiós al retirarse.

Escuche el sonido que devuelve el pincel de Baugin.

Ud. aprendió la técnica del arco.

¿Qué está mascullando?

Comparaba el arco de mi viola con su pincel.

No son más que palabras.

A mí me gusta el oro.

Las cosas muertas cuentan.

Sr., el secreto de nuestro arte, es la sorpresa.

Sr., ¿Ud. cree en serio que el oro apesta?

Sr., Ud. aprendió el destaque de los floreos.

También era una escala cromática.

No.

¿Será que la verdadera música está ligada al silencio?

No.

Ya es noche cerrada. Tengo frío en los pies. Adiós.

¡Toque, Sr.!

Ahora se trata de despertar una emoción en nuestros oídos.

Está furioso porque ayer toqué ante el rey, en la capilla.

Toque.

Mire, uno de los guardias me avisó que la viola se prendía fuego.

¡Toque!

Me podría dar una explicación.

¿Qué es un instrumento? No es la música.

Con esto puede comprarse un caballo de circo...

para hacer piruetas frente al rey.

¿Oye los sollozos que la pena arranca a mi hija?

¡Están más cerca de la música que sus escalas!

¡Váyase de aquí para siempre!

Ud. es un buen malabarista.

Los platos vuelan sobre su cabeza...

y Ud. no pierde el equilibrio. ¡Pero es un pobre músico!

Tendría que tocar en Versalles,

allí le tirarían monedas para beber.

Te enseñaré todo lo que me enseñó mi padre.

Su padre... es un hombre malo.

Volví.

Subimos al cuarto de Madeleine a escondidas del maestro.

Ella me ofreció todo lo que tenía.

Juntos, nos escondíamos bajo la cabaña...

para escuchar los virtuosismos del maestro...

y aprender sus acordes preferidos.

Cuando cumplí 20 años, en el verano de 1676...

anuncié a Madeleine...

que entraba a la corte como "músico del Rey".

Un día estalló una tormenta cuando estábamos escondidos.

¡No, padre!

¡Yo le amo, padre!

Las nubes de tormenta pronto se disiparon...

y sacamos las hamacas al jardín.

No quiero verlo más. ¡Es la última vez!

No me verá más.

¿Quiere desposar a mi hija?

Aún no puedo dar mi palabra.

Toinette fue al luthier y regresará tarde.

No sé si le daría a mi hija.

Sin duda encontró un puesto conveniente.

Las composiciones que publica son hábiles...

y las destrezas que les agrega, me las roba a mí.

Poco importa.

Son sólo notas negras o blancas impresas en un papel.

Pero hay otra cosa...

Hay algo más...

Es la vida apasionada que yo vivo.

¿Ud. vive una vida apasionada?

Hace tiempo que quiero hacerle una pregunta.

¿Por qué no publica lo que compone?

Hijos míos, yo nunca compuse nada.

Para Pascuas...

los Sres. de Port Royal le enviaban a mi maestro una carroza...

para que viniera a tocar, en tinieblas, el oficio...

en que se apagan uno a uno, los cirios...

que representan el nombre de Dios.

Entonces, él no podía dejar de pensar en su esposa...

y en la pena que sentía por no haber asistido a su muerte.

Vivía un amor que con nada disminuía.

Le parecía que era el mismo amor.

Todas las noches eran la misma noche.

Todos los fríos eran el mismo frío.

Es mejor que volvamos.

¡Me gustaría poder ofrecerle mermelada de melocotón!

Pero no puedo.

No puedo.

No sé cómo decirle.

Han pasado 12 años y nuestras sábanas aún están tibias.

Yo iba cada vez menos.

Madeleine me confiaba todo.

Bajo juramento, me confesó que su padre había compuesto...

las melodías más bellas del mundo.

No dejaba que nadie las oyera.

"La Barca de Caronte", "La Tumba de los Lamentos", "El Llanto".

Madeleine, nuestras escalas, nuestros arpegios.

Sí, padre.

Y yo, ¿qué te parezco?

¿Quieres un caldo?

¡Qué hermosa estaba la capilla...!

¡La agarré!

Ya no me queda nada para ti. Me voy.

Te dejo, porque he conocido a otras muchachas.

La vida es tan bella como feroz.

¡No hables más, vete!

Madeleine se fue debilitando y cayó en cama. Estaba embarazada.

Tuvo un niño que nació muerto.

¿Cómo es posible que venga aquí después de muerta?

¿Dónde está su barca? ¿Dónde mis lágrimas? ¿No es Ud. un sueño?

¿Acaso estoy loco?

No se inquiete, amor mío.

Nuestra barca yace en el fondo del estanque.

El otro mundo no es más estanco que un barco.

Sufro por no poder tocarla.

No hay nada para tocar, sólo aire.

¿Cree acaso que no se sufre con ser sólo aire?

Y a veces, el aire nos trae música.

Y a veces, la luz acerca sólo apariencias.

Madeleine enfermó gravemente.

Toinette me daba a escondidas noticias de su hermana.

Me dijo que su padre las hizo según sus instrucciones.

Yo dejé de ir.

Pasó el tiempo y perdí de vista a los Sainte Colombe.

Toinette se casó con el hijo de Pardoux...

mi luthier, de quien tuvo cinco hijos.

A la muerte de Caignet...

me nombraron Ordinario de la Cámara del Rey.

Me casé con Catherine D’Amicourt.

Cuando Lully me puso a dirigir sus orquestas...

volví al tema "La Soñadora" que había compuesto para Madeleine.

Sainte Colombe llegaba hasta el lecho de su hija...

pero no encontraba nada para decirle.

Padre.

¿Podría concederme un deseo?

Me gustaría que toque...

"La Soñadora" que Marin compuso para mí.

Mi maestro le pidió a Toinette...

que me fuera a buscar a Versalles.

Me ordenaba que fuera a visitar a su hija moribunda.

No.

Mi padre no estará.

No la va a reconocer. Se cae cuando camina.

Mi padre le da de comer en la boca.

A toda costa quiere darle mermelada de melocotón.

Lo veo lleno de cintas magníficas, Sr.

Y gordo.

Le agradezco que viniera desde Versalles.

Me gustaría oírle tocar esa melodía que compuso para mí...

y que mandó publicar.

¿Se refiere a "La Soñadora"?

Sí.

Y Ud. sabe por qué.

Sí.

¿La viola está siempre...?

La viola está siempre.

Sus mejillas están hundidas, sus ojos también.

Sus manos están muy flacas.

Es una observación muy delicada de su parte.

Su voz es más baja que antes.

La suya es más alta.

¿Cómo puede ser que no tenga pena?

¡Se ha quedado tan delgada...!

No recuerdo...

No recuerdo ninguna pena reciente.

¿Me guarda rencor?

Sí, Marin.

¿Me odia por lo que hice?

Mi odio no es sólo para Ud.

También me odio a mí misma.

Por haberme dejado secar, por su recuerdo primero...

y de tristeza después.

Sólo soy un montón de huesos.

Nunca fue muy gorda.

Cuando mis manos recorrían sus muslos...

mis dedos alcanzaban a juntarse.

¡Qué vuelo tienen sus palabras!

¡Pensar que quería ser su esposa!

El amor que me tenías...

era más delgado que el borde de mi camisa.

Mientes.

Toca, por favor...

toca.

Prefiero que toques.

Más lento. Lentamente...

Él no quería ser zapatero...

Él no quería ser zapatero...

Todas las mañanas del mundo no regresan.

No sólo no habló más durante seis meses...

sino que tampoco tocó su viola.

Ese disgusto le tocaba por primera vez.

Cuando supe del fin de Madeleine...

cada noche me despertaba angustiado.

Sin cesar recordaba las melodías que me había confiado en secreto.

"Los infiernos", "La Barca de Caronte"...

"El Llanto", "La Tumba de los Lamentos".

No soportaba que las obras de mi maestro...

se perdieran con su muerte.

No quería vivir sin oírlas una vez más.

Yo quería esas obras.

Con lluvia o nieve, dejaba Versalles y llegaba hasta Bieve.

Mis pies caminaban por pasos conocidos.

Durante tres años, cada noche me dije:

"¿Acaso esta noche tocará esas melodías?"

Pero no las tocaba.

Eran largos silencios en los que se hablaba a sí mismo.

Lo oía desempolvar la viola o la mesa.

¿Dónde está su barca? ¿Dónde mis lágrimas?

Al fin, en 1689, la noche del veintitresavo día...

el frío era intenso, el viento picaba en los ojos y orejas.

No había una nube. Lo recordaré mientras viva.

Me dije:

"La noche es pura, el aire transparente...

el cielo más frío y más eterno, la luna llena."

Siento crujir los cascos de mi caballo. ¡Acaso ésta es la noche!

Tenía frías las nalgas. Mi sexo estaba pequeño y helado.

Ofrecerle mermelada de melocotón...

Me dirijo a las sombras antiguas.

¡Si hubiera al menos, alguien vivo que apreciara la música!

¡Podríamos hablar!

Y me podría morir.

¿Quién suspira en el silencio de la noche?

Un hombre que huye de los palacios y busca la música.

¿Qué busca en la música, Sr.?

Busco los lamentos y el llanto.

Siéntese.

¿Puedo pedirle una última lección?

¿Puede intentar una primera lección?

Quiero hablar.

La música está para decir aquello que la palabra no puede.

Es por eso que no es del todo humana.

¿Ya descubrió que no está hecha para el rey?

Descubrí que estaba hecha para Dios.

Pues, se equivocó. Dios habla.

¿Para el oído?

Lo que no se puede decir, no es para el oído, Sr.

¿Por dinero?

¿La gloria?

¿El silencio?

El silencio es lo opuesto del lenguaje.

¿Los músicos rivales?

¿El amor?

No.

¿La pérdida del amor?

No.

¿El abandono?

No y no.

¿Por un barquillo dado al invisible?

Tampoco. ¿Qué es un barquillo?

Algo que se ve. Tiene sabor. Se come. No es nada.

No sé, Señor.

No sé más.

A los muertos se les ofrece un vaso...

También se consume...

Un abrevadero para los que no tienen lenguaje.

Para el asombro de los niños.

Para suavizar los martillazos de los zapateros.

Para el estado que precede a la infancia...

cuando no teníamos... aliento... ni luz.

Hace un instante me oyó suspirar.

Pronto voy a morir... y mi arte conmigo.

Sólo mis gansos y mis gallinas me extrañarán.

Le confiaré un par de melodías...

capaces de despertar a los muertos.

¡Vamos!

Nos hace falta un trago.

Tenemos que buscar la viola de mi difunta hija.

Madeleine...

Le haré escuchar "La Tumba de los Lamentos".

Nunca, entre mis alumnos, encontré alguno con oído para escucharla.

Ud. me va a acompañar.

Así, de "La Tumba de los Lamentos"...

tocamos "El Llanto".

Me enorgullece haberlo instruido.

¿Podría interpretar para mí la melodía que le gustaba a mi hija?

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