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[TANTOS SUEÑOS POR LAS CALLES]
El mundo está lleno de millones de historias desconocidas,
tantas, como estrellas hay en el cielo.
Esta historia tiene lugar en esta ciudad, una ciudad como cualquier otra,
hecha de casas y calles
en las que hay lugares que acogen a los recién llegados
y donde reposan los que se van.
Para cuidar a los que se sienten mal
y para que se diviertan los que se sienten bien.
Hay, incluso, un lugar para aislar a los que no se portan bien,
que molestan a su prójimo.
Claro, porque los hombres quieren ser buenos
y viven con la satisfacción
de haber creado un mundo de solidaridad humana.
Pero las cosas no siempre van bien. Veamos a este hombre, por ejemplo...
- ¡Eh, taxi! - ¿Quiere un taxi? Deme sus maletas.
- ¡Taxi! - Aquí está el mozo. ¿Qué hace, joven? Deje esa maleta.
- La he cogido yo. - ¿Cómo que la has cogido?
- Y nosotros, ¿qué hacemos? - Lárgate.
Para eso estamos los mozos de estación. Dedícate a lo tuyo. Vete.
- ¿Cierra ya? - Bueno, faltan cinco minutos.
- Si quiere comprar algo, decídase porque voy a cerrar. - Estoy esperando a mi marido.
Tiene unos gustos tan exquisitos, que luego viene y...
- Como quiera, pero recuerde, doña Linda, que a las ocho cierro. - Gracias.
- Mamá, ¿me compras eso? - Sí, pórtate bien, Romoletto.
- Quiero el matamoscas. - También. Cuando venga papá.
- ¿Cómo está, don Paolo? - Buenas tardes.
Hace una hora que te esperamos. Dame el dinero, que va a cerrar.
- No me lo han dado. - ¿Cómo? - Dicen que mañana.
He pedido un anticipo pero dicen que causa mala impresión.
- Los negocios importantes requieren tiempo. - Cállate.
¿Cuánto tiempo? Suficiente para morirnos de hambre. Dame lo que tengas.
- Toma. - ¿50 liras? ¿Qué hago con esto? No hay ni para comprar un huevo.
- Perdone, voy a cerrar. - ¿Cierra ya? - Son más de las ocho.
Mejor cierre, porque es complicado. Es un sibarita.
- Vamos a la freiduría. Quiere croquetas. - ¿Croquetas? Vale.
Mi mujer acaba de hacerlas para un cliente que no ha venido.
- Ya las tengo preparadas, calentitas. Espere. - ¡Estupendo!
¡Y ahora las croquetas! ¿Ves la que has liado?
Yo lo hago el ridículo... Romolè, vámonos a casa.
- ¡Vamos, deprisa! - Entonces, ¿qué?
¿Qué hago? Antes, que croquetas, y ahora, que no las quieres.
-¿Están buenas? - ¿Cómo que si están buenas?
Son especialísimas, finísimas.
- ¿Rellenas? - ¡Claro!
- Vaya, lo siento, pero... - ¿Están malas?
- No, pero no tendrá usted cambio de diez mil liras. - Sí, tengo.
- Ah, ¿tiene? - Sí, tengo. - No son en metálico. Es un...
Un cheque... Lo cambio todo.
Yo creía que... Verá, don Antonio...
No me haga perder el tiempo. Tengo que cerrar.
Tome, doña Linda. Mañana cambia y pasa a pagarme.
Y acuérdese. La última vez tardó cinco meses para cambiar diez mil liras.
Gracias.
- Toma, guapín. - Buenas tardes, don Antonio. - Buenas tardes.
¡Menudo papelón! ¡Qué vergüenza! Se ha dado cuenta de todo. ¡De todo!
¡Nunca me había visto en una como ésta! ¡Me metes en cada una...!
- ¡Ya hasta le damos pena a la gente! - Ya vale. No hagamos una tragedia.
- Por lo menos esta noche el chico cena. - Ah, ¿come?
¡Tú has perdido cualquier sentido de la dignidad humana!
¿Cena? ¿Qué cena? Cena de limosna.
- Dile a papá qué cenas. - ¡Croquetas!
- Dale gracias a Dios de que la criatura no se entera. - No quieres entender...
Lo entiendo perfectamente...
porque tengo el título de la Complementaria y podría ser maestra.
Si en vez de casarme con un desgraciado como tú me hubiera casado con Garotti.
- ¡El de la zapatería con 7 escaparates! - Sí, 7 escaparates. ¿Y qué?
¿Y qué quieres que haga yo aparte de estar todo el día de arriba abajo?
Es que un hombre cabal, a tu edad no está de paseo... trabaja.
- Ando arriba y abajo para encontrar trabajo. - Y para mirarle las piernas a la modista.
¡Por favor...! ¡Eres una auténtica vergüenza!
Dios mío...
¿Esto es vida?
No hay gente tan desgraciada como nosotros. ¡No puede haberla!
Me juraste que hoy lo arreglabas. No puedo seguir así.
Mamá, ¿me ayudas a ponerme la servilleta?
Tesoro mío, hoy mamá te ha comprado croquetas.
Hoy no cenas sopa. Toma.
Vamos, bonito. Vamos a dormir.
- ¿Por qué? - Esta noche ayunamos.
Hacemos penitencia. Es fiesta.
Le pedimos perdón a la Virgen
y así los niños se vuelven buenos.
- Mamá, ¿me das otra croqueta? - No puede ser, amor mío.
Se enfada la Virgen, ¿sabes? Ahora, a dormir.
Bebe y duérmete.
Toma el agua. ¿No quieres? No quieres.
Adiós, cariñito.
Duérmete.
Se bueno y duérmete en seguida, ¿eh?
- Buenas noches, amor. - Buenas noches.
Dios mío... Nunca creí que llegásemos a esto.
- Linda... Espero que mañana... - ¡Mañana!
No vuelvas a decirme eso porque no te creo.
¿Será posible que mientas más que hablas?
Desde que volviste hace dos años sólo oigo que "mañana, mañana"...
Y así hemos llegado hasta esta noche. No hay nada que comer.
Tú esperas que te caiga del cielo, ¿verdad?
Me gustaría ver lo que has hecho todo el día.
Porque no te las ingenias, no medras... Porque no traficas como los demás.
¿Has visto al señor Pollastrini, el de enfrente?
- ¿Qué señor? Ése es un sinvergüenza. - Será un sinvergüenza...
Pero yo hace dos años que no puedo hacerme un vestidito.
Ya he arreglado el sombrero seis veces. Me da vergüenza salir a la calle con él.
¡Pues sal sin sombrero!
No somos los únicos que pasamos hambre. Ha habido una guerra.
- No grites, por favor. - ¿Es que no hemos pasado una guerra?
¿Es que no tuve que vender el negocio cuando era soldado para daros de comer?
Cuando no sabes qué decir siempre sales con lo de la guerra.
No aguanto más. Me he convertido en una pordiosera.
- ¡Y pensar que podría ser una señora! - ¡Si te hubieras casado con Garotti!
- Vete con Garotti. ¿A qué esperas? - Calla. ¡No grites, por favor!
Quieres librarte de mí, ¿eh? ¿Te crees que no lo sé?
Pues no me lo digas dos veces, Paolo. Cuidadito, porque cualquier día lo hago.
No aguanto más tenerlo que hacer todo sola...
No poder decir nunca la verdad, ¿comprendes?
Aquí, en el barrio, todos me consideran una señora respetable.
Saben que eres un desgraciado que pide limosna para comer.
- ¡Basta! - Paolo, te van a oír. ¡Contrólate!
- ¿Por qué no tendrían que oírme? - Estás loco. - ¡Que lo sepan todos!
- Paolo... - Así te sientes mejor y te quedas tranquila.
- ¡Qué vergüenza! - ¡Hoy no hemos cenado!
- ¡En esta casa no se come! - ¡No es verdad!
El señor Antonio nos ha regalado las croquetas. ¡No tenemos una lira!
- ¡Paolo! - No podemos comprar siquiera media libra de manteca a la Gambetti.
- ¡Paolo, sal de ahí! - ¿Quién es? ¿Qué pasa?
Son los Bertoni. Dicen que no tienen una lira.
Si todos gritáramos por eso, no habría modo de dormir nunca.
¡Dios mío!
- ¡Mamá, mamá! - Romoletto...
¡Romoletto mío! Bonito... ¿Te has asustado?
¡Qué vergüenza! ¡Basta, basta! Se acabó.
Se ha acabado definitivamente. Sí, porque mañana me voy.
Me voy.
Me he convertido en un filósofo.
Cuando termino el trabajo
enciendo la radio, me fumo un pitillito y me olvido de problemas.
Emilio, no aguanto más. Esto no es vida.
¡Mira cómo me veo! No puedo ver a mi mujer, ni al niño...
Emilio, eres como un hermano para mí. ¿Me comprendes?
Es casi peor que cuando estábamos en África.
¿Ya te has olvidado?
El polvo, la sed, las ráfagas de ametralladora de los ingleses...
No, pero pensaba: "Cuando se acabe este infierno, vuelvo a casa".
Vivía con esa esperanza.
Ahora estamos en casa. Tú, sin pierna, y yo...
Emilio, es más difícil salir adelante que parar un carro lleno de rocas.
No te desanimes, Paolo.
También yo pensaba que me moriría si no hacía 500 km al día con el camión.
A todo se hace uno.
Uno no se hace a morirse de hambre, Emilio. No se hace.
- Buenas tardes, commendatore. - Buenas tardes.
Ahí está. ¿Lo ves, Paolo? Siempre hay esperanza.
- Éste puede darte trabajo. - ¿Te parece a las once? - Sí, querido.
- Entonces a las once. - Déjelo al fondo, commendatore.
Tiene camiones, empresas y un porrón de millones.
- Más allá. - ¿Al fondo? - Mañana es domingo. Alguno saldrá antes.
- Ve. En la oficina no lo pillas. - Está con su mujer.
¿Qué mujer? ¡Ésa es la de esta noche!
- Ven conmigo. - ¿Cómo se llama? - Commendatore.
- Commendatore, buenas tardes. - Buenas tardes. - Buenas tardes, señora.
Disculpe, commendatore. Este amigo quería pedirle un favorcito.
- Buenas tardes... siento molestarle. - ¿Qué hay?
- Verá... - Perdona, cariño. Ahora vengo. - Como quieras.
Soy mecánico. Conozco bien los camiones. Los he conducido muchos años.
- Por carreteras de todas clases, África... - Dígame, porque tengo prisa.
- ¿Qué haces ahí? Largo. - ¿Entonces...?
Desde que he vuelto, estoy sin trabajo.
- Necesito trabajar... - Lo siento. La plantilla está completa.
Perdone que insista, commendatore. Necesito trabajar como sea.
Usted queriendo trabajar y yo, que no quisiera...
- Usted tiene una empresa grande... - ¿Se cree que es el único?
De la mañana a la noche, siempre la misma historia.
Dirijo un negocio, no una institución benéfica.
- Yo también tenía una pequeña empresa antes de la guerra... - ¿Sí?
- ¡Giulio! - Disculpe, pero me espera la señora. Buenas tardes.
Haga algo, por favor.
Si usted quisiera... Tengo un hijo.
Bueno, si tiene un hijo...
Tome.
- Perdona, querida. - ¡Desgra...! - Eh, ¿qué vas a hacer?
- Cuidado... - Aparta, Paolo.
Dale, dale.
¿Has visto? Una pérdida de tiempo. Y ese imbécil se hace el gracioso.
No quiere currar, el pobre. Se cansa.
No es un imbécil, es un canalla.
Si yo fuese el gobierno, a la gente así le quitaba el carné de conducir.
¡A pie tendrían que ir!
Señor Emilio, el teléfono.
Lo siento, Paolo.
¡Qué gente! ¡Le pides trabajo y te pone cien liras en la mano!
- Peor que un mazazo en la cabeza. - Es un canalla, tienes razón.
Si supiese conducir yo no me lo pensaba.
Lo puedes hacer desaparecer como por arte de magia.
Bastaría con quedarse aquí dentro...
y a primera hora de la mañana, porque de noche es más peligroso,
sacarlo por aquella puerta rota.
Ni siquiera tiene cerradura, sólo un alambre.
Lo difícil no es robarlo.
Lo difícil viene después...
Hacerlo desaparecer de la circulación. Ahí está el "busillis".
Yo tengo un amigo que en una hora lo deja irreconocible.
y ni el commendatore lo reconoce.
Por un coche como éste se pueden sacar 200.000 liras.
¡200.000 liras!
Uno se arregla una temporada y no sufre para alimentar a la familia.
Paolo, basta con quedarse aquí dentro.
Déjame a mí.
Me voy, Emilio. Ya han venido todos los coches.
- Y Paolo, ¿dónde está? - Se marchó, el pobre. Buenas noches.
- ¿Vas a la taberna? - Si el sábado por la noche mato la resaca...
- También nosotros somos cristianos. Nos vemos el lunes. - Buenas tardes.
¿Has entendido, Romoletto? Cuando lleguemos a casa del tío, no digas nada.
Si te preguntan algo, mamá es buena, papá es bueno
y no discuten nunca.
No discuten nunca. Todo va bien, ¿vale?
- ¡Mamá, no dispara! - Mejor. Luego lo arregla mamá.
-¿Estamos de acuerdo? No te equivoques. - Vale.
Bravo, tesoro. Coge el abrigo.
Ven.
Paolo, me voy a Velletri, a casa del tío Giuseppe.
Por lo menos allí no le faltará un plato de sopa al niño.
Así tú estarás mejor y yo... Todos. ¡Me voy!
Hasta que no me avises de que has dejado esta casa, no vuelvo.
¿Entendido? Pues eso.
Este malaje, ni siquiera contesta. ¿No querrás tener razón?
Es inútil que te hagas el longuis. Conmigo no te vale. ¡Me voy!
Vamos, Romoletto.
Anda que... ¡Ni del niño se despide!
¡Desgraciado!
¿Paolo?
¡Paolo!
Vamos, Romoletto. Ven.
Ven aquí. Dame la mano.
Ponte bien la gorra.
- Buenos días. - Perdone, ¿ha visto a mi marido? - No.
- ¿No lo ha visto? - ¿Lo ha perdido?
- No, tenía un negocio importante. Gracias, buenos días. - Buenos días.
Vamos, Romoletto.
- ¿Me da un vaso de leche para el niño? - ¡Marchando! - Espera ahí.
- Perdone, ¿ha visto a mi marido? - Acaba de telefonear.
- ¿Ha preguntado por mí? - No, por Donato.
Ha dicho que le esperaba en las Termas de Caracalla para la excursión.
- ¿Qué excursión? -¿No va usted? ¡Como se ha puesto de punta en blanco!
Claro que voy, que tontería... Pero, ¿qué ha dicho?
Ha dicho... Chico, ¿qué ha dicho?
"Dile a Donato que le espero en las Termas de Caracalla para hacer la excursión".
- Y Donato, ¿qué ha dicho? - Que iba para allá, que estaba terminado de vestirse.
- Muchas gracias. Romolè, vamos. - ¿No me paga la leche?
- Mañana. Perdone, no tengo suelto. - Bueno.
- Un regüeldito del vino, ¿eh? - Perdone, el domingo por la mañana...
El domingo por la mañana, siempre en la cama. Pero hoy tiene que hacer...
- Sí. - En las Termas de Caracalla. - ¿Quién se lo ha dicho?
- El lechero. - Tengo una cita de negocios con su marido.
¡Pam! ¡Pam!
- No tiene negocios con mi marido. - ¿No? - Se van de excursión.
¿Quién lo dice? ¿Le parecen momentos para ir de excursión?
- Se lo ha dicho mi marido al lechero. - Se habrá equivocado.
Ya basta. Ayer discutimos. No me gustaría que hiciera una tontería.
- ¿Llama tontería a un negocio? - Hay una mujer.
- ¡Por favor! - De excursión, ¿se van los dos solos?
- Los dos solos, sí. - ¿Para mirarse a los ojos? ¡Qué bonito!
Ahora comprendo porque anda todo el día por ahí y no trae un real a casa.
Para ciertos asuntos hay que dejar a los hombres solos.
Cuando hay mujeres de por medio, claro.
Doña Linda, hágame caso... No venga.
Si cree que hay una mujer, ¿qué va a hacer?
- Luego, si quiere, le zurra a gusto... Pero en casa. - ¡No!
- Entonces vaya sola. Yo no la llevo. - Usted me...
¡Usted me lleva!
Joven... ¿Es suyo ese coche?
- ¿Cuál? - Ése de ahí. Le he visto bajar. - Sí.
No puede parar ahí. Mire.
- Perdone, no lo había visto. - Vale, pero hay que mirar las señales.
- Quítelo. - Claro. Gracias.
¡Ahí está! No, usted quietecito.
- Donato, ¿qué has hecho? - Ha sido ella, que se ha empeñado en venir.
¡Qué sorpresa, eh! Espera uno a la amante y en su lugar llega la mujer.
- ¿Qué dices? - Esta mañana iba a marcharme de casa.
Pero cuando una va a la lechería a darle un poco de leche a la criatura,
que se muere de hambre... Porque se muere de hambre...
se entera de que el marido se va de excursión y además, en coche.
Comprenderás que tengo derecho a verle la cara al pendón.
- ¡Donato, monta! - No, querido. Me lo explicas todo ahora mismito.
- ¡Tengo derecho a saberlo! - Déjame en paz. Calla y vete a casa.
- Ah, ¿sí? Tú quédate aquí. - ¡Vete a casa!
¿Así buscas trabajo? ¡Esta vez voy a enterarme!
¡Me voy a enterar de todo!
Romoletto, apártate. Si no te paso por encima. ¡Aparta!
¡Romoletto, si te mueves te doy de bofetadas!
- Paolo, que monte. - No, no monta. Tiene que irse.
No, no me voy.
¿Por qué no puedo subir? ¿No has dicho que era un negocio?
Es un negocio, ¿no? Pues entonces voy también yo.
Linda, vete a casa. Lo vas a estropear todo.
Ah, ¿soy yo la que lo estropeo? ¿Después de que me has dejado como un trapo?
- ¿Porque no te dejo irte con otra? - Te van a oír.
Ya te ocupas tú de que se sepa. ¡Que se enteren todos de quién eres!
¿Ve a este desgraciado? Anoche nos dejó sin cenar.
Para irse de excursión con la amante y hacer el idiota con el coche.
- ¡Qué cerdo! - Linda, no me hagas perder la cabeza. Vete a casa.
Llévela y así se acaba.
Métase en sus asuntos. En mi casa hago lo que me da la gana.
- Tiene razón la señora. ¡Qué vergüenza! - Y usted, ¿por qué se mete?
Se mete porque usted ha venido a montar este alboroto en la calle.
- ¿Ésa es manera de tratar a una mujer? - ¡Bravo! ¡Muy bien!
Si supiera lo que hizo anoche, señora.
Se puso a gritar por la ventana porque yo protesté porque el crío...
- ¡Aparta, Romoletto! - ¡Cuidado! - ¡Paolo, el niño!
- ¡El niño! ¡Asesino! - Déjenme pasar.
- ¿Qué pasa? ¿Qué pasa aquí? - Nada, que mi mujer quiere montar.
- ¿Y usted la quiere atropellar? - No la puedo llevar.
- Tiene una cita de negocios importante. - ¡No es verdad!
Si fuera una cita de negocios me llevaría.
- Pero sólo va de excursión con mujeres. - ¡¿Con mujeres?!
No la haga caso. Es una celosa fanática.
Uno no puede llevarse a la familia en un viaje de negocios.
¡Pero, qué negocios! ¡Será payaso!
- Cálmese, señora. - Es un payaso. Tú aquí, quietecito.
- ¿Se trata de un negocio serio? - Tengo que salir de la ciudad.
Entonces, llévesela. ¿Qué hay de malo?
Hoy es domingo. Qué el crío tome un poco el aire.
¿Es que es un padre? Es un egoísta y nada más.
- Usted hace el negocio y ellos le esperan. - Pues eso es lo que yo decía.
Lo habría hecho si tuviera la conciencia limpia, pero no.
- ¡La conciencia limpia! - ¡Silencio! ¡Basta!
¡Vale ya de algarabía delante de la iglesia! ¡Basta!
- Si no me los llevo a todos a comisaría. - Suba, señora.
- Sube, Romoletto. - Menos mal. - Ya se ha arreglado todo.
Hace falta un poco de comprensión.
- Gracias, agente. - No hay de qué. Si se puede ayudar...
¡Con la de líos que hay ya en este mundo! Circulen... Venga, circulen.
Linda, no te había dicho nada porque quería darte una sorpresa.
¿No querías que traficase? Pues ha surgido la ocasión con Donato...
Una verdadera ocasión. Un industrial de Milán que quería vender el coche.
Paolo ha ido a buscarlo porque sabía que yo tengo un comprador.
Al principio no se fiaba, pero luego ha dicho: "Está bien, adelante".
Y ahora íbamos a venderlo.
Si fuera así de fácil no habrías montado semejante bronca.
La bronca la ha montado usted con sus celos.
Y si nos hubieran llevado a comisaría, adiós negocio.
- 200.000 liras de comisión. - ¿200.000? - Sí, eso mismo.
200.000 liras para repartirnos entre los dos.
¿Qué le parece? 100.000 limpias para ustedes.
¿100.000 liras? ¡Está por ver!
¿La estás oyendo? ¿Quién puede discutir con ella?
¿Crees que no lo sé? No te la quitan de encima ni los bomberos.
- ¿Digo bien, doña Linda? - Me ha leído usted el pensamiento.
¿Cree que no lo sé? Además, es mejor que vengan.
A veces, una palabrita, una sonrisa de una mujer basta para cerrar un negocio.
- Sobre todo, si la mujer es como usted. - Donato, mejor que se calle.
Hagan las paces, venga.
Vamos a oír un poco de música.
- Hasta radio tiene. - Tiene de todo. Romoletto, ¿te diviertes? - Sí.
- Le gusta. - ¿Quieres un pastel de crema? - Sí.
Pues paramos en el primer bar y así tomamos nosotros un café. ¿Le apetece?
Sí, gracias. Esta mañana, con las prisas, no he desayunado.
- ¿No se nos va a hacer tarde? -Tú déjame a mí. Para en un bar.
Vale.
- ¿Estás contento, Romoletto? ¿Te gusta? - Sí.
- Pórtate bien. - Déjalo, así se divierte.
- ¿Te diviertes, Romoletto? - Sí.
Da gracias a tu madre, porque si fuera por tu padre podrías morirte de viejo
sin haber montado en coche.
¡Qué malaje eres! Toca, Romoletto.
- Mamá, ¿y yo? - Romoletto, ¿cuál quieres? ¿Ésa?
- Despacito, no te atragantes. - Come, Romoletto.
Sin cumplidos, doña Linda. Para una vez que pago yo...
- Gracias. - Total, dentro nada tengo mi comisión.
- Paolo, ve a ver el coche. A ver si nos lo van a robar...
- ¡Me comería también ésta! - Coma, que mientras voy a pagar.
Romoletto, ¿está rica?
Si no le importa, nos comemos otras dos.
Dos para mí y dos para el niño. Gracias. Coge la de crema.
- ¿Me da un vaso de agua? - Marchando.
- Mamá, ¿qué es eso? - Eso es un pavo.
Lo comiste hace dos años, en Navidad.
- ¿No te acuerdas? - No me acuerdo.
¡Paolo!
Vamos, Romoletto. Ven.
- ¡Cuidado! ¡Para, que no pasas! - ¡Maldita sea! Lo que nos faltaba...
¡Paolo! Corre, Romoletto.
- Ahí viene tu mujer. - ¿Qué le decimos? - Que estábamos probando el coche.
Da marcha atrás, vamos.
- ¡Paolo! - Ya vamos, doña Linda.
- ¿Me dejas así, tirada? - ¿Quién te deja?
- ¡Me has dejado allí! - ¿Te he dejado en mitad de la carretera?
- Romoletto estaba comiendo. - Íbamos a probar los frenos. Controla.
- Hay que revisarlos. - Están bien. - Mira atrás. - ¿Qué pasa?
También los de atrás están bien.
- No ha pasado nada. - No, nada.
Pero los compradores son muy exigentes. Hay que comprobar que todo esté bien.
- Tienes razón. - Subid, deprisa. - ¿Quién te persigue? - Subid.
- Podemos ir de excursión. - Los coches o se venden o te complican.
Ahí, Paolo. Ve hasta el cobertizo.
- Entra dentro. - ¿Dentro? - Sí, dentro.
- Ya estamos. - ¿Dónde?
- Hemos llegado. - ¿A un establo?
- El señor Egisto nos ha dicho que nadie viera el coche. - ¿Por qué?
- No sé. Será una sorpresa. - Claro.
Espérenos aquí. Nosotros vamos a buscar al señor Egisto.
- No, un momento. Yo también voy. - No. Tú quédate aquí.
- ¿Tienes miedo de que te haga quedar mal? - No, pero somos muchos.
Va a ser un lío... Presentar a la mujer, al niño...
¡Confía en mí! Cogemos el dinero y volvemos.
- Paolo... Las 100.000 liras, aquí, ¿eh? - Sí, tranquila.
¡Mamá!
- ¿Qué es eso? - Eso es un buey, Romoletto.
Con eso se hace el caldo
"Piadoso buey, al verte, un sentimiento de vigor y paz inunda mi corazón."
¿Qué has dicho?
He dicho que la Virgen ha puesto fin a nuestros sufrimientos.
Se acabó la penitencia, pajarillo mío.
¿No hay riesgo de que algo vaya mal?
Este empezó en el negocio cuando los coches iban a vapor.
No ha estado en la trena ni una vez. Es el más "honrado" del mundo, palabra.
- ¿Está en casa el señor Egisto? - No, en la iglesia. Allí lo encuentran.
Gracias. Está en la iglesia. Vamos aprisa.
- ¿Es un beato? - Si ha ido a la iglesia será para robar el cáliz.
- ¿Qué matrícula le ponemos? - Udine. ¿Qué tal de pintura? - Bien.
- ¿Y el permiso? - Yo me ocupo. - Entonces me voy. - Vete, sí.
Allí está.
- Buenos día, señor Egisto. - Donato.
- ¿Qué tal? - ¿A qué has venido? - Hace media hora que le busco.
Nos han dicho que estaba en la iglesia.
- Tengo un asunto. - ¿Bueno? - Un 1500, deportivo, radio... ¡La bomba!
Basta cambiarle el color. Está en regla, pero hay que darse prisa.
- ¿Cuánto? - 300.000. - ¡¿300.000?! ¿Cómo?
- Cuando lo vea... - ¿Dónde está? - En el establo.
- Vamos. - Un momento, que tengo un embolado: el bautizo de mi nieto.
- Si perdemos el tiempo... - Cinco minutos. No puedo escaquearme.
Mi mujer, mi hija... "Tienes que ser el padrino".
Yo no aguanto a los críos, los curas tampoco y me lo han encalomado.
Aquí está.
- ¿De verdad es el primero? - El primero. - ¡Qué maravilla!
- ¡Qué preciosidad! - ¿Dónde estabas? - Con unos amigos.
¿No podías venir con nosotras? Siempre estamos igual.
¡Qué guapo es, señora! ¡Y qué gordo! ¿Cuánto pesa?
¡Cinco kilos! Y desde que nació, ni un lloro.
- Siempre ríe. - ¿Qué has venido a hacer aquí?
Perdona, me has dejado sola...
- He tenido la suerte... - ¡Cuidado!
de encontrarme con la mujer del señor Egisto, que me ha invitado.
- ¡Su mujer es muy simpática! - Gracias. - Verdad, ¿Egisto? - Seguro.
- ¿Es el señor Egisto? ¿Por qué no me lo presentas? - Mi mujer.
- Encantado. - ¡Qué hombretón, eh! Mucho gusto.
- No le daré miedo. - ¡Qué simpático! - ¡A ver si abreviamos!
- ¿De qué color es? - Gris. - No, hay que pintarlo de negro.
- ¿Negro? ¡Por favor! - Mejor, ¿no? - Chitón. Hay cosas que no entiende.
Vale, no entiendo. Lo sé, es cuestión de gustos...
pero ese coche pintado de negro, para mí es un estropicio.
Linda, al señor Egisto no le gustan los coches claros.
Entonces, azul o marrón. Así hace juego con la tapicería.
- Si no, llama la atención. - ¿Cree usted que llamará la atención?
- A lo mejor tiene razón. - ¿Has visto? Usted que siempre dice...
- ¿Podemos acompañarle a la iglesia? - ¿Cómo no? - Gracias. Vamos.
Romoletto, la función.
- ¿Con qué nombre lo bautizáis? - Volo.
- Volo. - ¿Cómo? - ¡Volo!
Adelante, hijo mío.
- Yo te bautizo... - Con el agua fría va a coger una pulmonía.
- No, hijo, no. - ¿No se puede hacer de otro modo?
- ¿Cómo, hijo mío? - Yo te bautizo...
Se lo advierto: si se resfría, le hago responsable.
Te bautizo, Stefano...
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo...
- Amén. - Deme, que lo ha empapado entero.
- ¿Ha terminado? - No. Calla.
Todavía no, hijo mío.
Me gustaría aprovechar esta santa ocasión, este alegre domingo,
para decirte que éste no es sólo un gran día para Stefano,
que ha recibido el primero de los Sacramentos,
sino también para nuestra humilde parroquia
que después de medio siglo vuelve a ver entre sus sagrados muros
a una oveja descarriada.
Medio siglo. Tanto tiempo es como un relámpago.
Rezo al Señor para que este regreso circunstancial
te haga recapacitar sobre lo indispensable que es que sean bueno.
Porque cuando nos vamos eso es lo único que dejamos atrás:
nuestras buenas acciones y nuestras malas acciones.
Las malas recaerán sobre los hijos, los nietos... Stefanino.
Y ahora, prosigamos. Prosigamos, hijos míos.
Señor Egisto, no beba tanto, que tenemos que cerrar el negocio.
- Bueno, hay tiempo. - Tampoco hay tanto. Mejor que nos demos prisa.
Dejadme en paz. Bebo y luego hablamos de negocios.
Señor Egisto, nosotros tenemos prisa. Compréndalo.
Paolo, ¿por qué insistes? ¿No te das cuenta de que das la lata?
Tiene razón. No se habla de negocios en un día tan hermoso como éste.
Los hombres, si no hablan de negocios...
Si hubiera sabido que venían, hubiera preparado otra cosa.
- Usted debe estar acostumbrada a la comida de la ciudad. - ¡Por favor!
Está riquísimo. Me apuntaba todos los días.
Quiero decir que me gustaría tanto cocinar así, en plan sencillo.
A Paolo no le va. ¡Todo complicado!
- Cocina francesa, ¿no? - Sí, eso. Cosuchas, cositas...
Es como si no comieras...
Ahora cambiaremos de sistema porque el crío se me queda chupado y...
- Buenos días, sargento. - Buen provecho y buenos días a todos.
Venga, sargento. Aquí tiene sitio.
- Buenos días, sargento. - Siéntese
- ¿Qué tal, sargento? - Tirando. ¡Ah, reverendo!
- ¿Ha visto qué rico, sargento? - A ver si sale bueno.
- Sargento, ¿un vasito vino? - Venga.
- ¡Salud! - ¡Qué mocetón también éste!
¿Cómo era esa historia de la inocencia de los niños?
Decía que en los ojos inocentes de los niños
se reflejan los pecados de los mayores.
- ¿Dicen? - Es un hecho, podríamos decir, matemático. - ¿Cómo que matemático?
- En este mundo no hay nada seguro. - Eso dices tú, hijo mío.
Las malas acciones proyectan una sombra sobre su descendencia.
Señor Egisto, si le hace caso...
El nuestro no es un negocio sucio. Es un negocio de oro.
Nos va a buscar la ruina. Hace ya tres horas que faltamos.
Han hecho amistad en seguida, ¿eh?
Paolo es muy simpático cuando quiere, señora mía.
¡Si no fuera por ese carácter...!
Pero debo confesarle algo: yo siempre he estado enamorada de mi marido.
¿Después de seis años de matrimonio? ¿Y no tiene miedo?
- ¿De qué? - De que ande con los coches.
¡Qué va! He sido yo la que le he animado a hacerlo.
- Y me ha costado lo mío, señora mía. - Sé bueno... Venga...
¿Por qué llora? ¿Qué tiene?
- Nada, papá. Todos los niños lloran. - ¿Y llora por nada?
Quién sabe...
Tiene unos ojos, este crío...
Unos ojos...
que no puedo mirarlos.
Míralos, hijo mío. Míralos, que te harán bien.
Los necesitas.
Has olvidado tantas cosas... Tantas cosas buenas,
para pensar sólo en las malas.
Acuérdate de cuando éramos niños inocentes.
¿Te acuerdas? Tú eras el más vivo, el más travieso.
Pero eras bueno. Venías al coro y tocabas el órgano a escondidas.
Y luego ibas a confesar. ¿Te acuerdas, Egisto?
¡Egisto!
¡Egisto! ¡Llora! ¡Egisto llora!
- ¡Llora! - ¡¿Egisto llora?!
¡Llora!
¡Egisto! ¡Egisto!
- Papá, ¿qué te pasa? - ¡Son lágrimas de verdad!
¡Hace cuarenta años que lo conozco y nunca le había visto llorar!
- Papá, ¿qué te pasa? - ¡Llora! ¡Egisto!
Papá, ¿qué te pasa? Ahora que eres abuelo, ¿haces esto?
- Don Carletto, ha hecho un milagro. - Calma, hijos. Calma.
Egisto y yo tenemos que hablar.
- Habla, hijo. - Quiero confesarme. - ¡Se confiesa!
¡Virgen Santa, gracias! ¡Se confiesa!
Dejad pasar... Dejad sitio, por favor.
Bravo, Egisto.
Dejad pasar...
Señor Egisto...
¡Viva el señor Egisto! ¡Que repiquen las campanas!
No deberíais haberle hecho este feo al señor Egisto.
Si ha dicho que compraba el coche, podríais haber esperado a mañana.
¿Qué manera de hacer negocios es ésta?
Bueno, pero si mi amigo de Fiumicino nos da más, mejor, ¿no?
No, en los negocios, "palabra dada, palabra sagrada".
La honestidad es el alma del comercio.
El commendatore nos ha dado 24 horas para venderlo... Y ése no espera.
Pero, ¿quién es éste commendatore? Ya voy yo a hablar con él.
- Lo convenzo yo... - Si no espera, será porque no puede.
- ¿Quiere perder 200.000 liras? - No, por favor. ¡Eso nunca!
Me molesta ser descortés con gente tan amable y tan hospitalaria.
Me escuchaban como si fuera un oráculo... Me han tratado como una señora.
Paolo, ¿qué es eso?
- Debe ser un mitin. - ¡Un mitin! ¡Qué bonito! Frena un poco.
- ¡Frena! - Ahí están los carabineros. Písale.
Despacio, despacio. ¡Más despacio!
- ¡Qué modales! - No hagas caso. Pasa.
Deja de tocar. ¿No oyes que están hablando de cosas serias?
¿Y a ellos qué les importa? ¡Ojalá no se les oyese!
- ¡Perdone! - ¿Ése es modo de conducir?
Se ponen en mitad de la carretera...
- ¡Tienen razón! - ¡Claro, qué discursos!
Hace media hora que estamos tocando. Quítese de en medio, ¿no?
Y porque toca el claxon, ¿tiene derecho a atropellarme?
Porque tienen coche. ¿No ves que son estraperlistas?
- ¡Estraperlista lo será usted! - ¡Cállate, Linda!
¡Estraperlista yo, que me muero de hambre por culpa del estraperlo!
¿Y qué quiere que hagamos nosotros?
Vienen a insultarnos cuando estamos a lo nuestro.
- ¡Prepotentes! - Como tienen dinero, se creen que pueden ir avasallando.
Es verdad. ¡Quieren ver morir a la gente!
Usted se calla. Me voy a morir, pero de la risa.
- ¡Calla! - Hablo. Cuando tengo razón, hablo.
- ¿Qué? - No me voy a dejar hacer de menos por cuatro descamisados.
- ¡Calla! - Descamisados, sí. ¡Descamisados!
Porque es una mujer... ¿Dónde está tu marido?
¿Mi marido? Aquí está. ¿Por qué? Aquí está.
- Ah, ¿éste es tu marido? - Paolo, ¿qué esperas para zurrarle?
- ¿A quién va a zurrar este señoritingo? - ¡Paolo!
- ¡Paolo! - ¡Ánimo, muchachos! - Dios mío... ¡Paolo, dale!
¡Dale, dale! ¡Canallas, asesinos, dejad a mi marido!
¡Cobardes!
Como lleva sombrero... ¡Dadle en la cabeza!
¡Cerdos, canallas! ¡Os aprovecháis porque sois más!
¡Canallas, sinvergüenzas! ¡Paolo!
- ¡Quitadle el sombrero! - ¡El sombrero! ¡Mi sombrero!
Maldita sea, ¿queréis estaros quietos?
- ¡Ven aquí, guapa! - ¡Vete al infierno!
¡Paolo! Cerdos, credos, cerdos...
¡Despejen!
¿Qué pasa? ¿Siempre tienes que ser tú el aguafiestas?
¿Es usted el propietario del coche? Vamos al cuartelillo.
- ¡Paso! - Me han robado el sombrero. ¡Mi sombrero!
Sinvergüenzas, ladrones... ¡Ahí está!
Le he quitado el sombrero. Ahora se lo llevo a mi mujer.
Los excursionistas han sido sustraídos al furor...
Digamos... del resentimiento popular.
- Sí, sargento. Pero, ¿Y mi sombrero? - A ver, el sombrero...
En la algarada ha desaparecido el sombrero...
No... Por favor, sargento. ¿Cómo que desaparecido?
Me lo han arrebatado con violencia. Me lo han robado.
Quiero hacer una denuncia. Disculpe, pero esto es un hurto.
¿Qué denuncia, Linda? Venga... ¡Por un sombrero!
Aparte de que sólo tenía ése, es una cuestión de principios.
Doña Linda, se trata de un equívoco. No lo han hecho adrede.
- ¿Y qué importa? - ¡Es verdad! Luego, ustedes se marchan y yo me quedo aquí.
- Sargento... - El sombrero de la mujer del propietario...
- Documentación... - ¿La documentación? - Sí, para incluirla en el informe.
Si no, el desgarrón del uniforme del cabo lo pagan ustedes.
No la encuentro. Debo haberla perdido.
Pero, ¿qué dices, Paolo? La llevabas aquí.
¿Y esto qué es? ¡San Antonio, qué cabeza!
Aquí la tiene, sargento. ¡Sólo faltaba que la hubiéramos perdido!
- La licencia y el abono del tranvía. - Vale.
A ver...
Paolo Bertoni.
¿Bertoni?
Paolo Bertoni.
¡Joroba!
Cabo, deme el aviso que ha llegado hace una hora.
Me suena el nombre.
- ¡Ah, Cartone! Me había equivocado. - Paolo, te ha tomado por un delincuente.
No, señora, por favor...
No obstante...
- ¿Es usted pariente de Marco Bertoni, de Catania? - ¿Yo? No. - No, no, no.
¿No? ¡Qué pena! Es amigo mío. ¡Bellísima persona!
¡Un corazón de oro! Homonimia, homonimia...
De modo que...
Hijo de Marcello, nacido en Roma...
en Via Etruria, 24.
- ¿Ha cogido la matricula? - Sí, mi sargento.
Ya está. Ahora pueden seguir con su paseo.
- Gracias, sargento. - Muchas gracias, sargento. - De nada.
- Y no provoquen a los asambleístas, si se los tropiezan. - ¡Sargento!
Vale, vale. Olvidémoslo.
No es que no lo entienda... Lo entiendo perfectamente.
- Si supiera... Yo pienso igual que usted. ¿Monárquico? Lo he adivinado.
¿Y qué vamos a hacer? ¡Paciencia!
- A seguir bien. Adiós. - Buenos días.
- Adiós y gracias, sargento. - De nada, señora.
- Papá, ¿puedo conducir? - Estate quieto, Romoletto.
Pórtate bien, cariño.
Ahora te saldrá un chichón. Haría falta un poco de agua o hielo.
- Para, que hay una fuente. - ¿Para qué? Es mejor seguir.
- No preguntes y para. - ¿Por qué? - Tenemos que echar agua al radiador.
Venga, para.
¡Oh!
Así doña Linda y el chico, después de tantas emociones, se toman una naranjada.
- Sí, tengo sed. Vamos, Romoletto. - Vayan. - Vamos a beber.
- Allí, al aguaducho. - ¿Pido también para vosotros? - Sí, dos naranjadas.
- Tiene agua. - Y tú cerebro también.
Paolo, ¿te das cuenta?
Les has dado el nombre, el apellido, la matrícula...
- ¿Qué querías que hiciera? - En cuanto el sargento reciba el aviso...
- ¡Estás fichado! Ya eres un ladrón. - ¡Donato! - Me despido.
No querrás que me deje detener por ti.
A mí no me han cogido el nombre.
Cojo el tren, me vuelvo a casa, me meto en la cama y ya tengo coartada.
Tú no me conoces, ¿eh? Me has cogido en la carretera.
- Donato, no me puedes dejar solo. - Paolo, te lo había dicho.
Yo no robo. Sólo te llevo al receptador.
- No es culpa mía si ha salido mal. - Lo has echado todo a perder.
Vende cuanto antes la rueda de repuesto, la batería, la radio... Lo que puedas.
Tira el coche a un barranco y se lo cuentas todo a tu mujer.
Donato, ¿cómo lo hago? ¿No ves que parece que ha rejuvenecido diez años?
Así vuelve a envejecer y se tranquiliza. Le das unos cuartos y te la camelas.
Paolo, no te hagas ilusiones. Esta noche van a tu casa a detenerte.
Dios mío, ¿qué voy a hacer?
Busca a Temperino en el Café Esperia. Esta noche, de mi parte.
- ¿Temperino? - Sí.
El tren... Ése te ayuda seguro. Siempre está metido en algo.
- Te apañas con él. Nos vemos. - ¡Donato! ¡Donato!
¡Donato! ¡Donato!
- Mira, mamá. Un ratón gordo. - Es un conejo, ¿no lo ves?
Un conejito... Gracias. ¡Los críos hacen cada pregunta!
Está muy rico, asado con romero.
Mamá te lo hace mañana, en cuanto papá cobre. ¿Verdad, Paolo?
Ven aquí. Ven.
Siéntate ahí.
- Esto te irá bien. - Óyeme, Linda. - No te muevas, que te va bien.
- Tengo que decirte una cosa. - Sé lo que me vas a decir. No te muevas.
¡No puedes saberlo!
Claro que lo sé. ¿Qué me querías decir?
¿Que me he vuelto mala?
¿Te crees que no me he dado cuenta?
Tú estás todo el día por ahí buscando algo para mí y para el niño,
y yo siempre encima, sin hacer nada para ayudarte.
- Eso no es verdad. - No. Por desgracia, es verdad.
Cuando nos conocimos no era así.
- ¿Qué dices? ¿Qué importa ahora lo bueno, lo malo...? - Importa.
Hoy, que me siento feliz por primera vez después de tantos años, lo comprendo.
Pero entre el niño, las deudas, la comida, los zapatos rotos...
Sin una esperanza... No es culpa de nadie, amor. Lo sé...
Pero no podía más.
- Yo te quiero. Siempre te he querido. - Linda... - Sí.
Incluso cuando discutimos. A lo mejor por eso discutimos tanto.
Se ve que el aire del campo te pone sentimental.
¡Cómo que sentimental! Soy feliz, Paolo.
Soy feliz de verte trabajar con tanto entusiasmo. Pero no me entrometo más.
También en el mitín te he metido en un lío. No me entrometo más.
- No te enfades. ¿Me perdonas? - Perdonar, ¿qué? ¿Qué importa?
- No tengo nada que perdonarte. - Pero, Paolo... - ¡Déjame hablar!
- Tenías razón cuando decías que era un canalla... - ¿Estás loco?
- Un delincuente. - ¿Me tomas el pelo? - No, no te tomo el pelo.
Habrías hecho bien casándote con el de la zapatería.
¿Quieres discutir? ¿A qué viene todo esto?
Paolo, un día como hoy...
El día más hermoso de mi vida, tesoro.
¿Has visto a Romoletto? ¡Pobre criatura, siempre en casa!
¡Qué cara se le ha puesto con la excursión, con el sol...! No lo reconozco.
- ¿Por qué no seremos señores nosotros? - No lo sé, Linda. No lo sé.
Estoy segura de que si sigues así,
con otro par de negocios como éste, el año que viene iremos de vacaciones.
El domingo volvemos, ¿eh? Venimos en tren, no importa.
Y pasamos todo el día.
¡Mamá!
- Mamá, quiero subirme al columpio. - Mira dónde está. ¡Voy, Romoletto!
- Ven, que antes le has hecho llorar. - Tengo que echarle agua al radiador.
Ve tú. Ahora voy yo.
-¡Ven, mamá! - ¡Ya voy, Romolè! ¡Un momento!
Venga, sube. ¿No puedes?
¡Fuera la gorra! Uno, dos, tres... ¡Hopla!
- ¡Hopla! - Despacito, mamá.
¡Hopla!
- ¡Hopla! - ¡Más fuerte, más fuerte!
¡Mamá, más fuerte!
¡Hopla! ¡Hopla!
- ¿Es usted el propietario? - Sí, soy yo. ¿Que quería?
Perdone, me he quedado sin dinero. Me he dejado la cartera en casa.
Quisiera vender la rueda de repuesto de mi coche. Es una Pirelli nueva.
- Si prefiere, puedo venderle la radio. - Ah, ¿la radio?
- Y por la rueda, ¿cuánto quiere? - No sé. Diga usted algo razonable.
- No mucho, porque tengo prisa. - Entiendo.
- Y el coche, ¿es suyo? - Sí, claro.
- ¿Tiene los papeles? - Por supuesto. - ¿A su nombre?
No. Es de mi primo, pero es como si fuera mío. ¿Quiere comprarlo?
Joven, esfúmese. Aquí se vende, no se compra.
Sí, claro. Gracias. Buenos días.
Ya viene el calor, ¿eh?
- Paolo, ven. Romoletto quería... - Tenemos que marcharnos ya.
- Venid. - ¿Por qué? - Es tarde. - ¿Y Donato?
Se ha adelantado. Se ha encontrado con un amigo que le acercaba a la ciudad.
- Entonces, ¿no vamos ya a Fiumicino? - No.
- ¿Volvemos mañana donde el señor Egisto? - Sí, mañana. - Muy bien. Me alegro.
Vamos, Romoletto.
Baja cariño. Estoy muy contenta, ¿sabes?
Estaba mal hacerles un feo a esa gente tan agradable.
- ¿Donato se ha ido a Roma? - Sí. - ¿A hablar con el commendatore? - Sí.
Romoletto, la gorra.
¿Qué necesidad había? Pudiendo venderlo mañana...
¡Buey!
Pero deberías haber ido a hablar también tú con el commendatore...
No quiero que Donato te levante el negocio.
Si quieres voy yo también y lo arreglo todo.
Vamos.
- Hay que pagar las naranjadas. - Ah, ya.
- Perdone, las naranjadas. - Sí, tome.
- Las cuatro son 160 liras. - Ah, sí. Espere...
- No tengo suelto. Le pido a mi mujer y vuelvo. - Está bien.
¡Paolo! Nos vamos, ¿no?
- Pero, Paolo, por aquí no se va a casa. - Sí, llegamos antes. Es un atajo.
Ah, ¿sí? ¡Qué lástima!
¡Qué gusto tener coche!
Vas aquí, vas allá... ¡Te da una sensación de autonomía...!
- ¿No te parece que algún día podríamos tener un coche? Un Topolino. - Claro.
Y le ponemos un asiento atrás para el niño.
- Mamaíta, ¿quiénes son esos? - Son motoristas.
- ¡Centauros de acero! ¡Qué bonito! - ¡Pam, pam! ¡Pam, pam!
- ¡Precioso! ¡Dispara, dispara! - ¡Pam, pam!
- ¡Los mato! - Paolo, ¿por qué corres tanto?
- ¡Paolo! - ¡Pam, pam! - Paolo, ¿qué haces? - Para, Romoletto.
- Paolo... - ¡Pam, pam! - Quiero probar el coche.
¿Quieres probarlo? ¡Estupendo!
¡Animo! ¡Dios mío, qué dolor de cabeza!
No, no lo soporto. ¡No lo soporto!
Paolo, el niño tiene miedo. Ve más despacio.
Paolo, mira que me bajo. ¡Nos matamos!
¡Paolo, cuidado!
Paolo, ve más despacio.
¡Ve más despacio!
¿A qué viene este exhibicionismo? Ve despacio. Ten paciencia.
Ya hemos visto que eres un as, pero nos vas a matar.
- ¡Romoletto tiene miedo! - ¿Quieres callarte?
Dios mío... ¡Dios mío, cariñito!
¡Paolo, tengo miedo!
- ¿Qué haces? ¿Te has vuelto loco? - ¡Cállate!
Paolo.
Paolo, tú has robado este coche
Ahora lo entiendo todo. Entonces, nada era verdad. El negocio...
Dios mío, ¿cómo has podido hacer algo así?
No lo sé, Linda. No podía más, ¿entiendes? No podía más.
He hecho de todo. Lo he intentado todo. Mozo de estación...
He vendido cigarrillos. Esos eran mis negocios.
Los anticipos, los grandes negocios... No tenía más que eso.
Anoche cuando te dejé fui a ver a Emilio, al garaje.
Me dijo que esperaba a un cliente del hotel, un commendatore de Milán.
Si hubiera querido, podría haberme colocado en un momento.
Llegó, le pedí trabajo y me dio cien liras.
- ¿Te dio limosina? - ¡Sí, me dio limosina!
Entonces, no sé qué me pasó... Donato dijo que sería fácil...
Que él se ocuparía de venderlo...
¡Linda, soy un ladrón! ¡Un ladrón!
Ahora ya lo saben todo. También la policía. ¡Todos!
- Tienen mi filiación, la matrícula... Se lo he dado todo. - Es verdad.
- ¿Y qué quieres hacer? - ¿Dónde encuentran un ladrón más sincero?
No hay nada que hacer, Linda.
Puedo hacer cabriolas, pedir perdón... Ya estoy marcado.
Y cuando uno está marcado no puede volver atrás.
Si me viera mi padre, me degollaba.
¡Dios mío, y yo sin darme cuenta!
¡Yo sin darme cuenta de nada!
- Nunca me has contado nada, Paolo. - Pero, Linda...
- Nunca me has contado nada. - Linda, si te lo hubiera dicho...
No sé... Me daba vergüenza, ¿entiendes?
- Me daba vergüenza no poder. - Eso también es culpa mía.
Ha sido mi culpa, Paolo...
Soy yo la que te ha empujado a hacer esto.
- Dime qué quieres hacer. - Tú vete a casa.
Ve a casa. Yo tengo cosas que hacer.
- Te mandaré dinero. - ¿Qué pretendes hacer?
Linda, he sufrido tanto por seguir siendo honrado...
Y ahora que ya no lo soy, no me importa nada.
- Yo me echo al monte. - ¡Ah, no! Nos tienes a Romoletto y a mí.
No puedes hacer eso. Tienes que ir a entregarte.
- ¿A entregarme? - ¡Claro! - ¿Por qué? ¿Qué he hecho?
¿No lo entiendes, Paolo mío?
¿Era yo que no quería trabajar? Son los demás quienes me han rechazado.
¿Tenía que dejar que el niño y tú os murierais de hambre? No, Linda.
- No voy a ir a la cárcel. - Tienes que ir porque tú eres bueno.
Paolo, no es tan grave... Tienes que entregarte.
Tienes que hacerlo porque si tomas este camino acabarás mal.
- Eres capaz de matar a alguien. - Sí, mataré. Pero no voy a ir a la cárcel.
Soy un fuera de la ley. Si para comer tengo que disparar, dispararé.
¡No te dejaré! No te dejaremos ni yo ni Romoletto...
¡Porque yo te quiero, Paolo!
¡Paolo, me vas a volver loca! Tienes que entregarte, ¿entiendes?
¡No es tan grave! ¡Vas y luego volvemos a empezar, cuando seas libre!
- ¡Paolo! - Y morirnos de hambre... - ¡No digas eso! ¡Ve a entregarte!
- ¡Me volveré loca! - Tranquilízate. No llores.
- ¡Piensa a Romoletto, Paolo! - Haré lo que tú quieras.
- ¡No hagas eso! - ¡Qué dolor!
- No llores más. - Prométemelo, por favor.
Te lo prometo...
Estoy desesperada, Paolo.
¡Mamá!
¡Mira eso! ¡Ven a verlo!
Romoletto...
Ayúdame... ¡Voy!
- ¿Qué pasa, cariño? - Mira, mamá. ¿Qué es aquello?
¿El qué? ¿Aquello de allí?
Es el mar.
¡Qué hermoso! ¡Qué paz!
- ¿Qué es el mar? - ¿Cómo quieres que te explique lo que es el mar?
- El mar es el mar. - Es muy grande.
Es como el cielo, sólo que de agua.
- Y por él van los barcos. - Y dentro viven los peces.
Mejor que nos quedemos aquí hasta el anochecer. Así no te verá nadie.
Si te pillan ahora, nadie creería que ibas a entregarte.
Esta noche vamos juntos a la comisaría.
Toma esto, papá.
No va a ser tan malo, Paolo.
Romoletto y yo iremos a verte a menudo.
Y te llevaremos chapata con guisantes que tanto te gusta.
¿Te crees que las chapatas con guisantes crecen en los árboles?
Ya me las apañaré. Para una mujer es más fácil encontrar trabajo.
Haré cualquier cosa. Puedo asistir...
Colocarme de lavandera... ¿Qué me importa?
- El tío Michele me adelantará el dinero hasta que me coloque. - ¿Tú de lavandera?
¿Qué pasa? ¿Soy una vieja? Soy joven, estoy fuerte... Puedo trabajar.
Hemos pasado muchas malas rachas desde que nos conocimos.
Los bombardeos... Pasaremos ésta también, ya lo verás.
Con antecedentes penales... Paolo Bertoni, que ha estado en la cárcel...
Con el sello oficial.
Nos mudaremos de ciudad. Empezaremos de nuevo.
¡Cuántos habrán estado en la cárcel, buena gente, y no lo sabemos!
Papá. Mira lo que he encontrado, papá.
- ¡Qué bonita! - ¿Sabes que la he encontrado yo?
- ¡Qué bien! ¿La has encontrado tú? - ¿Hay muchas en el mar?
Sí, muchas. Pero esta es la más bonita de todas.
- Entonces te la regalo. - Gracias, Romoletto.
Ahora le traigo una a mamá.
- ¡Pobre Romoletto! - Paolo, no te preocupes.
¿Cómo os voy a dejar luchar solos contra una manada de hienas?
Sin poder hacer nada, encerrado en una celda.
- Paolo, ¿no habrás cambiado de idea? Por favor... - No...
¡Qué hermoso es esto! ¡Qué hermoso!
Es como aquel domingo que me llevaste a la playa de Ostia.
- Paolo, ¿te acuerdas? - Parece que estuviéramos de vacaciones.
¡Mamá!
¡Mira, mamá!
¡He cogido otra!
- Paolo. - ¿Qué pasa? - ¿Tienes miedo? - No.
Yo sí.
Quisiera haber llegado ya.
Pensaba que a lo mejor no está bien que el crío vea ciertas cosas.
Te dejo cerca de casa, así telefoneas sobre la marcha al tío Michele.
No, Paolo. Ya estamos de acuerdo. Voy contigo.
Ya sé lo que tengo que decirle al niño.
¡Mamá, mamá, el tiovivo!
- Cariño, papá no puede... - ¡Mamá, el tiovivo!
- Papá, ¿me llevas tú? - Pórtate bien, que papá te lleva.
- Paolo, ¿por qué paras? - Vamos a darle gusto.
¿Te parece éste el momento?
Me gustaría que guardara un buen recuerdo de mí, ya que no lo voy a volver a ver.
- ¿Cómo que no lo vas a volver a ver? - ¿Me llevas al tiovivo?
No lo voy a volver a ver durante una temporada, claro.
- ¿Cuánto tienes? - Las 50 liras que me diste ayer. - Papa, ¿me llevas?
Un momento, Romoletto. Ahora vamos. Pero sólo una vuelta.
Quiero helado.
No, helado no. Mejor un pirulí. ¿Te gusta?
- Para mi mujer y el chico. - Dos. - Arriba, Romoletto.
Coge esto. Mira a papá.
- Adiós, Romoletto. - Di adiós a papá. - ¡Adiós, papá!
Come, cariño. Mira qué bonito.
¡Mira a papá!
No digas nada a nadie. Te mandaré noticias y dinero pronto.
¿Qué? ¿Qué has dicho?
¡Linda, no voy a ir! ¡Adiós, Romoletto!
¡No, Paolo! ¡Paolo! ¡Paolo!
- Paolo, ¿qué haces? - Señora, ¿está usted loca?
- Paolo, ¿qué haces? ¡Para! - Si para, se acabó.
¡Paren el tiovivo!
- Mira qué fenómeno... - ¿Cómo vamos? - 12 a 17.
Si no pasas de 17, ahí te quedas.
- ¿Dónde has conseguido el coche? - En un garaje. - Tienes redaños.
- Conocía el sitio. El guarda es amigo mío. - Entiendo...
- ¿Trabajáis juntos? - No, él no tiene nada que ver con esto.
¿Y es tu amigo?
- Sí, somos como hermanos. - Bueno, no digo que hayas hecho mal.
En asuntos de negocios no puede uno hacer distingos,
pero bien que se la has jugado a tu hermanito.
- ¿Por qué? - ¿Cómo que por qué? Ése ya está en el trullo. - ¡¿En el trullo?!
Al menos, unos cuantos días para la investigación no se los quita nadie.
- Y luego, el despido. - ¿El despido? - Sí.
Pero... No pueden despedirle. Emilio es una persona honesta.
¿Quién va a querer un guarda que se deja robar en las mismas narices?
Dios mío, no lo había pensado.
Pero no pueden despedirlo. No pueden.
- Será su ruina. Tiene una pierna ortopédica. - Mejor, así la vende.
Hoy en día los artículos de ortopedia se cotizan bien.
Entonces, lo cerramos en 80.000. Sobre el resto, nos pondremos de acuerdo.
Espera aquí un momento. Voy a llamar a Giovanni.
- ¿Tienes fuego? - Sí.
Gracias.
¡Eh!
Alto, cabello castaño, ojos azul claro...
Lleva una chaqueta gris. Tiene 34 años.
- ¿Y es su marido? - Sí, es mi marido. Ya se lo he dicho.
Búsquelo inmediatamente. No pierda el tiempo. Tiene que arrestarlo esta noche.
En 21 años nunca me había topado con una mujer que denunciase al marido.
- Entenderá que tenga mis reservas. - ¡Qué reservas!
- Así lo que hacemos es perder tiempo. - ¿Cómo que perder tiempo?
- Pero, ¿qué clase de fuerzas del orden son éstas? - Modérese, señora.
Busquen en el Grand Hotel al propietario de un Fiat 1500 descapotable.
- Sí. Gris, descapotable. - De un commendatore de Milán.
- Un tipo antipático. - ¿Lo conoce? - No, me lo ha dicho mi marido.
Vayan.
Sargento, antes de formular esta denuncia
vaya al garaje donde han robado el coche.
Pero, ¿qué importa el garaje? ¿Qué importa el commendatore?
Tienen que buscar a mi marido. Tienen que arrestarlo, ¿comprende?
Señora, el comisario soy yo y tengo que hacer averiguaciones.
Aquí, por si no lo sabe, vienen también locos...
Neurasténicos... Histéricos...
Cuando se cursa una denuncia no hay quien la pare.
Entonces, vamos al garaje, aprisa. Romoletto, espabila.
- El propietario del coche es el commendatore Carocci. - Procedamos.
- Diríjanse al garaje... ¿Cómo ha dicho? - Garaje Universo. - Universo.
¡Eh, Paolo!
¿Qué haces?
¿Por qué te quedas ahí? Entra.
- ¿Has encontrado hoy trabajo? - No.
- Y tú, ¿qué has hecho? - Ya sabes que el domingo no puedo moverme de aquí.
- ¿Y aquél commendatore de Milán? - ¿El de anoche? - Sí.
- ¿Quieres volver a probar? - ¿No se iba a llevar el coche a las once?
Ni asomar. La chica le habrá convencido de que se estaba mejor en la cama.
- ¡No! - ¿Cómo que no? ¿Qué te pasa? ¿Estás mal?
No, Emilio. ¡Entonces no ha pasado nada!
- ¡Entonces todavía soy un hombre honrado! - ¡Tranquilízate!
- ¿Has bebido? - No. Soy feliz, Emilio. ¡Feliz!
Espera, ¿eh? ¡No te muevas! ¡Espera!
¡Paolo!
¡Paolo!
¡Paolo!
Ahora te explico todo. No soy un ladrón. Lo he devuelto.
- ¿Qué has hecho? ¿Has robado en mi garaje? - No...
¡Cerdo! ¿Has sido capaz de hacerme esto a mí?
- ¿No te das cuenta que el que se la juega soy yo? - No... - ¡Yo!
- Debería partirte la cara. - Por eso he vuelto. No lo sabía, te lo juro.
Donato me dijo... Yo no me lo podía imaginar.
Cuando iba a venderlo, he comprendido que estabas tú por medio
y he venido para saber qué te había pasado.
Te lo juro, Emilio.
Ven conmigo. Tienes que decirme por qué cogiste el coche.
¿Por qué lo cogiste?
Entra. Tienes que contarme qué le has hecho al coche.
Escúchame...
Anoche, cuando tú te quedaste en el garaje, yo...
- ¡La policía! -¿Eh?
- ¿Me coge el niño? Se ha dormido. - Sí, señora. - Gracias.
- Policía. ¿Quién de ustedes es el guarda? - Soy yo.
- A ver, cuénteme... - ¡Paolo!
- Linda. - Paolo...
¡Paolo mío! ¡Paolo mío!
- Estabas aquí, Paolo. - ¿Quién es este hombre? - ¿Que quién es? Mi marido.
- Ah, es usted. - Es mi marido. - Un momento, señora.
- Un momento. - ¿Por qué? ¿Qué pasa? - Queda usted detenido. - ¿Qué ha hecho?
Esta señora le ha denunciado por haber robado un coche del garaje.
Aquí no han robado nada. Está todo lleno de alarmas.
Ah, ¿sí? Entonces, ¿dónde está el coche del commendatore Carocci?
El coche del commendatore Carocci está ahí... Milán, 107248.
- ¿Está seguro de que es ése? - Claro que sí. Sólo tiene ése.
- Doña Linda, ¿qué broma es ésta? - Pero, yo...
- ¿Y ha estado aquí todo el día? - Sí, el commendatore no ha venido.
No se ha movido. No lo he perdido de vista en todo el día.
- Me dará usted una explicación... - Claro.
¿Qué va a explicar, comisario? ¿No lo ve usted? Está celosa.
- ¿Celosa? - Sí, celosa.
¡Comisario, loca de celos, comisario! No puede vivir con las broncas que le monta.
La conozco desde que era una niña.
Esta mañana le ha hecho una escena y la ha mandado al diablo.
Se ha creído que no iba a volver y le ha contado un montón de mentiras.
Me gustaría abrirles el cráneo a las mujeres, a ver qué tienen dentro.
¿No ha sido así? Está empeñada en que me encierren.
Adelante, habla. ¡Habla!
¡A ver si todavía tienes el valor de inventarte otra historia!
- ¡Vale, estoy celosa! - ¿Ve como está loca? - Sí.
Creía que me había dejado. No quería perderlo.
No quería perderlo. Yo amo a mi marido.
Amo a mi marido. Por eso he ido a comisaría.
- ¿A comisaría? - ¡Sí! - ¿Y qué pintamos nosotros en todo esto?
- Soy el commendatore Carocci. Me han robado el coche. - No lo creo.
- Acaban de avisarme en el hotel. - Buenas noches, commendatore.
- ¿Qué ha pasado? - Su coche está allí.
- ¡Qué bonito! - ¡Mi coche!
- ¿Y por qué me llaman de la comisaría? - Ha sido un equívoco.
Una mujer celosa que tenía miedo de que el marido se fuera de casa.
Ha ido a la comisaría y le ha denunciado.
Se ha inventado que había robado su coche para vengarse y que lo detuvieran.
¡No es posible!
¿Cómo que no? Se lo digo yo. Las mujeres tienen una imaginación de miedo.
¡A quién se lo va a decir! Pero ésta las supera a todas.
Commendatore, yo la conozco. Es una loca.
Sea comprensivo. Usted también es humano...
¡Qué divertido! ¡Lástima que tenga que irme! Tengo una cena en el Grand Hotel.
- Avise al comisario. - No. Tiene usted prisa. Váyase.
Ya está todo resuelto. Por favor, commendatore, empuje.
- ¡Un momento! ¡Alto! - ¿Cómo? Soy el commendatore Carocci.
Disculpe si le hemos molestado.
Ya me he enterado. Y tengo que hacer constar mi protesta.
Antes de molestar a la gente que está ocupada, hay que asegurarse.
Esa mujer ha venido a contarnos que el marido estaba desempleado,
que buscaba trabajo y que alguien le había dado limosna.
y entonces él le había robado el coche y había decidido echarse a perder.
¿Cómo no creerla, commendatore? Todo parecía tan lógico.
Bueno, me voy, que he dejado a medias una cena de negocios por esta historia.
Perdone. Ya que está aquí, ¿le importaría comprobar si está todo en orden?
Sí, todo. La rueda de repuesto, la radio... Está todo.
Disculpe si insisto, pero me parece todo tan raro y confuso...
¿Podría echarle un vistazo al depósito, al cuentakilómetros...?
¡¿El cuentakilómetros?! ¿Con todos esos numeritos?
¿Cómo quiere que me acuerde? El coche está aquí.
Es mi coche, ¿no? ¿Qué quiere?
Intentaba aclarar si ese hombre es un ladrón o no.
¿Qué va a aclarar? ¡Vamos!
Con la de ladrones que hay, ¿quiere buscarme otro más?
Si el coche no estuviera aquí, lo entendería...
Pero el coche está aquí.
- Acepte mis disculpas. - Nada, nada... Buenas noches.
- Guarda, vaya a pagar el taxi. Me voy en mi coche. - Voy.
Usted no se crea que todo se ha acabado. ¿Sabe lo que le espera?
Lo sé, comisario. Lo que es justo es justo, falsa denuncia...
Deténgame y así él se quedará tranquilo.
- Vamos. - Vamos. - Señor comisario, no se la lleve.
Es una desgraciada, ya lo sé. Pero, ¿qué hago yo solo con el crío?
Sí, pero le irá bien un escarmiento.
Si yo la perdono... Puede perdonarla también usted.
Está bien, dé gracias a que no hay una denuncia por escrito.
Pero mañana, a comisaría para recibir la amonestación.
- Desde luego, está bien. - Buenas noches. - Buenas noches.
- Tenga al niño. - Paolo... - Romoletto mío. - ¡Mamaíta!
¡Cariño mío!
Mira a papá. ¿Ves a papá, cielo?
- Commendatore... - Adiós. - Mamá, ése es nuestro coche.
Calla, cariñín de mamá.
Vámonos.
Emilio...
Para mí hoy, ha sido...
como cuando sueñas que te caes.
Caes, caes...
Caes y te sientes morir...
Y entonces te despiertas.
Emilio, si no es por ti no me hubiera salvado.
Lo único que siento es haber perdido un amigo.
¡Paolo!
¿Adónde vas ahora? ¿A robar otro coche?
Hoy justo estaba pensando... Donato me tiene hasta aquí.
Señora, si usted no tiene nada en contra... Ya sé que tenía otras ideas.
Pero a lo mejor hoy han cambiado...
Y desde mañana, el puesto de limpiador está libre.
Podría quedármelo yo.
Si Paolo quiere...
¡Oh, Emilio! Emilio, gracias.
- Valor, doña Linda. No llore. - Gracias.
- Paolo es un buen hombre. - Sí, lo sé.
Ya verá cómo pasan los malos tiempos.
- Nos has salvado, gracias. - Nada.
- Te lo agradezco, Emilio. - Si no nos ayudamos entre nosotros...
¿Has visto a ése? Ha recuperado su coche y no le importaba nada más.
Ni siquiera se ha dado cuenta de que hacía una buena obra.
Bueno, buenas noches.
- Buenas noches, Emilio. - Buenas noches. - Gracias. - Gracias. Buenas noches.
¿Vamos?
- Paolo, mañana a las siete. - Vale.
Y ésta es la historia de Paolo, Linda y Romoletto.
Una de tantas historias que permanecerán ignoradas
de entre las que han sucedido hoy en esta ciudad.
Una ciudad como cualquier otra, hecha de casas y calles.
Una ciudad que los hombres han construido
con el objetivo de hacerse la vida más sencilla,
de ayudarse a vivir unos a otros
durante el breve plazo de su existencia.
FIN
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