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Zulu
(RÍEN)
¡Tabernero!
¡Otra jarra!
-Muchacha, ¿cómo te llamas? -Aurora.
-Pero ¿cuántos años crees que tienes?
-Los suficientes ya, ¿no? -¡Que me dejes!
-Eh, sin tanta prisa.
Vamos, si me das un beso te dejo marchar.
-¡Déjame ya!
-Mujer, no te hagas la virtuosa. Todos sabemos
que las chicas como tú nacéis aprendidas.
-Señores, yo invito a la siguiente. -¿A ti quién te ha llamado?
-¡No!
-¿Cómo te atreves a levantarme la mano?
-Señores, por favor, dejad a mi hija, os lo suplico.
-Tabernero, os voy a hacer un favor,
voy a enseñar a vuestra hija a tratar a los caballeros.
-¡No!
¡Ah, ah!
¡No, no! ¡Ah!
El movimiento de tropas se ha producido en el norte
de la frontera con Navarra. ¿Creéis que Navarra
puede caer en la guerra? Conozco demasiado bien a Teobaldo
y creo que quiere una guerra aún menos que nosotros.
Es todo un ardid para intranquilizarnos.
De todos modos, ordenaré a los señores
con tierras en la frontera que estén atentos.
Que nadie haga nada sin mi permiso.
Nos ha costado demasiado la paz con los musulmanes
y no estoy dispuesto a perderla ahora con los cristianos.
Rodrigo, el pueblo lleva demasiado tiempo al límite.
Debemos compensarles de alguna manera.
(LEE) "Y César cruzó el río Rubicón para declararse en rebeldía."
Martín.
¿Cuáles fueron las palabras de César al cruzar el río?
Que el agua estaba fría.
Por lo que veo, el latín no es vuestro fuerte
ni la historia tampoco.
"Alea jacta est". La suerte está echada.
Esa es la frase que pronunció el César en el paso del Rubicón.
Un gran gobernante, con agallas, ¿verdad, hijo?
-Quizás ellos no piensen igual.
Veo que sois un idealista, infante. Es simple supervivencia.
Ningún monarca permanece si actúa contra su pueblo.
Todos sabemos cómo acabó César. -Cierto.
¿Cuáles fueron las últimas palabras de César, Martín?
Ahora mismo no recuerdo.
No importan las palabras, sino que fue asesinado
por traicionar a su pueblo y al ideal de justicia.
Me complace escuchar tus opiniones.
¿Crees que serías capaz de defenderlas
con la misma convicción en el próximo Consejo del reino?
Padre, sería un honor. Hasta ahora era mi hermano Sancho
quien os acompañaba. Es hora de que lo hagáis
entre ambos. Te espero mañana. No me defraudes.
Señor, debéis venir inmediatamente.
¿Qué ocurre?
Se os manchará la capa, señor.
Dios santo, es una niña.
Debimos hacer justicia y ahorcarles con nuestras propias manos,
como a perros. Entonces también vosotros
habríais acabado en la horca.
¿Quién sois? Nos íbamos a casar
la próxima primavera. Lo haréis. Y os garantizo
que yo cumpliré con mi deber y haré justicia.
No os ofendáis, pero no os creo. Los nobles nunca pagan sus faltas.
Si son culpables, pagarán por ello.
¿Qué hace aquí?
Uno de los jóvenes es el hijo del Conde de Miranda.
Padre. Martín, espera.
Nunca dejes que Oliva sepa que tienes un punto débil
o te destrozará.
¿Dónde está Blanca? Ha ido al mercado a comprar.
Señor, Blanca se quedó ayer muy disgustada.
Ella desea tanto entrar en palacio...
Ha crecido soñando en convertirse en dama de honor de la reina.
Hay cosas más importantes que lo que uno desea, Elvira.
Lo hago por su bien, créeme.
Hola.
No vuelvas a salir sola a la ciudad.
Padre, solo iba al mercado, faltaba leche.
A partir de ahora, quiero que salgas acompañada o no salgas.
¿Está claro?
(PRONUNCIA UNA ORACIÓN EN ÁRABE)
¿Qué vas a hacer hoy, hija? Ir con Rashid
al mercado de las flores. Y luego te prepararemos cordero con miel.
Fátima, yo sé que esto no es vida para ti.
Yo no te eduqué para hacer recados ni para convertirte
en la esposa de nadie. Igual deberías haberlo hecho,
así me costaría menos aceptar mi destino.
Me duele más que a ti ver malgastar tu talento.
Si estuviésemos en un reino hermano sería distinto,
pero esto es Toledo. No olvides nunca
que para los musulmanes esto es tierra hostil.
Lo sé, padre. Algún día será diferente,
pero por ahora no puedes significarte ni llamar la atención.
Fátima, como nos descubran, vuestro padre me ordenará azotar.
Como mi padre me descubra a mí, me hará algo aún peor,
así que mejor que no lo haga.
Llevaban toda la noche bebiendo.
Y cada vez gritaban más.
Y me miraban de una manera que me asustaba.
Pero mi deber era servirles.
Prosigue.
Pidieron otra jarra de vino.
Y cuando se la llevé bromearon sobre mí.
Él intentó... tocarme.
Yo quise soltarme, pero él era más fuerte.
Me agarraba e intentaba besarme.
Y yo le pedía que me dejara ir,
pero no me hacía caso.
¿Nadie intentó ayudarte?
Tenían espadas.
Mi padre se acercó a la mesa.
Le golpearon y lo tiraron al suelo.
Entonces, yo le arrojé una jarra.
Y eso les enfureció.
¿Qué hicieron?
Me golpeó.
(Murmullo)
Y me tiró en la mesa.
Y entonces...
Me forzaron.
-¡Canallas! -¡Sinvergüenzas!
¿Quién lo hizo?
Todos.
¿Y nadie intentó ayudarte? Mi padre lo intentó.
Hasta que llegó mi prometido.
No les pudieron hacer parar.
¿Tienen los prisioneros algo que añadir en su defensa?
Se acabaron los testimonios.
Mañana haré pública mi sentencia.
¿Por qué se supone que debías saber lo que dijo César antes de morir?
Ese hombre murió de todas maneras, ¿no?
Además, para ser un guerrero hace falta una buena espada,
no saber historia. ¿Verdad, Fernando?
Supongo que los conocimientos son necesarios
si quieres prosperar en la Corte.
Martín, conozco a Oliva. Lo único que pretende es dañar tu confianza.
Pues lo ha conseguido. Además, no es solo Oliva,
también es mi padre. Ambos creen que no soy suficientemente capaz
para el puesto. Para Oliva lo único que importa
son las apariencias. Pues consulta algún libro
y aprende un par de frases para impresionarle,
a él y a tu padre. Con eso bastará, créeme.
Además, ¿crees que a mí Oliva no me fustiga?
Le encanta demostrar que nunca podría ser rey.
Quizás tu padre no opine lo mismo,
te ha invitado al Consejo del reino.
Y le agradezco la gentileza, pero sé de sobra
que el heredero al trono es mi hermano Sancho.
Fernando, esta es la oportunidad que tienes de demostrar
tu verdadera valía, no puedes fallar a tu padre.
Tengo que hacer un recado en la ciudad, volveré enseguida.
-Empiezo a sospechar que tienes una amante.
-Tranquilo, que no nos movemos de aquí.
-Es una lástima que tengas prohibido salir de palacio.
-Sí, una verdadera lástima.
-Es solo dar una vuelta por la ciudad.
-Además, que con estos ropajes de plebeyo nadie me reconocerá.
-Tenía que haber matado a esa ramera.
-¿Sabes qué puede pasarte si te condenan, maldito estúpido?
Sufrirás pena de cárcel o destierro.
Esos no te ajustician, te despojarán
de tu condición de caballero y no podrás heredar mi título
y mis posesiones.
-Lo siento.
Lo siento.
Ayúdame.
Ayúdame.
-Por mucho que te desprecie, eres mi único hijo.
No permitiré que el heredero del Conde de Miranda
sea ahorcado como un vulgar criminal plebeyo.
-Deja en libertad a mi hijo. -Señor, el prisionero
no puede salir, son órdenes del magistrado.
Yo nunca pido las cosas dos veces.
Bajad esa espada antes de que os tengáis que arrepentir, Miranda.
¿Quién os creéis vos para darme órdenes?
Yo no soy uno de vuestros soldados.
Hablo en nombre del rey.
Vuestro hijo será juzgado y hasta ese momento
permanecerá en los calabozos, os guste o no.
Os aseguro que no me place.
¿Vais a desenvainar? ¿Vais a hacerme el honor
de sacar vuestra espada?
Nunca he desenvainado la espada sin usarla, Conde.
Y con vos no haré una excepción.
Lleváoslo a los calabozos.
¿Se puede saber dónde vas? Estoy buscando a mi amo.
Aquí las mujeres no pueden entrar. Fuera de aquí.
Es muy importante, mi señor es Karim,
debo darle un recado urgente. He dicho fuera de aquí.
He traído un médico para que cure tus heridas.
Señor, no puedo pagarlo. No te preocupes por eso.
Te vas a aplicar este ungüento en todas las zonas doloridas.
-¿Me van a quedar marcas en el rostro?
-No te preocupes, en unos días no quedará ni rastro
de las heridas.
Gracias.
Tengo miedo de que mi prometido me rechace.
Quizás me encuentra desagradable después de lo sucedido.
Eso no sucederá. He visto cómo te mira.
Sé que te quiere y que ambos seréis felices.
Nada cambiará eso.
Gracias, señor.
Has acudido al mejor lugar para tu propósito.
En este recinto descansa todo el saber de Occidente,
ejemplares perdidos ahora recuperados.
Hay de todas las materias que buscas.
En realidad, necesitaría ponerme al día con algo de historia.
Muy bien, allí, al fondo.
Y un poco de latín y literatura.
Por ahí.
Y quizás, matemáticas. Al fondo.
Bueno, si alguien te pone algún problema,
di que tienes mi permiso. Gracias, Abraham.
Disculpe...
-¿Tú crees que alguna está casada? -Yo creo que han visto
muchos maridos pero que ninguno era el suyo.
Hola.
-La verdad que es una pena dejar a estas doncellas tan simpáticas
en el mejor momento. -¿Qué doncellas?
-Eh, tú, deja a mi mujer. -¿Es tu mujer?
(RÍEN) ¿Y cómo se llama?
-Conde. ¿Me acompañáis?
Si lo escuchado en el juicio no os ha quitado el apetito, claro.
-Tenéis que ayudarme a salvar a mi hijo.
-Humberto necesita rezar y arrepentirse de sus pecados.
Tendrá todo mi apoyo espiritual.
-Debéis hablar con el rey y obligarle a imponer su voluntad
al magistrado.
-Lo que ha hecho vuestro hijo es indefendible.
Además, ¿cómo podría? El rey respeta a don Rodrigo.
-Sé demasiados secretos sobre vos, arzobispo,
los suficientes como para haceros caer
media docena de veces.
-¿Me estáis amenazando?
-Haced lo que sea necesario, pero si mi hijo no queda en libertad,
no será el único en pagar.
Y si os queda algún escrúpulo,
recordad que no solo la vida de mi hijo está en peligro.
No esperaba encontraros tan lejos de palacio, Rodrigo.
Siempre es un placer volver a veros, señora.
Tengo entendido que habéis prohibido
a vuestra hija Blanca entrar en palacio.
¿Puedo preguntaros la razón? No creo que la Corte
sea el ambiente más adecuado para una niña como ella.
Creía que ya había cumplido los 16 años.
Muchas damas de honor a mis servicios son más jóvenes.
A menos que haya alguna compañía concreta que os provoque rechazo
y que no queréis que vuestra hija frecuente.
Sabes de sobra que no podría encontrar a nadie mejor que vos
para educar a mi hija. Entonces, revocad vuestra decisión.
Pensad en Blanca, os lo suplico. Para un joven noble solo existen
dos caminos posibles: entrar en la Corte o en un convento.
El mundo es un sitio peligroso para una joven de su edad.
Sé lo que os aflige, Rodrigo, estoy al corriente
de lo que le ha pasado a esa pobre joven.
Pero no podéis proteger eternamente a vuestra hija
reteniéndola en casa. Lo sé.
Yo velaré personalmente para guiar a Blanca
y la mantendré alejada de compañías indeseables.
La protegeré como si fuera mi propia hija.
A menos que ya no confiéis en mí.
(LEE LATÍN CON DIFICULTAD)
Está todo en latín.
Disculpe, quería preguntarle si sabe dónde están los libros
en romance. ¿Romance?
La lengua vulgar, en lo que estamos hablando vos y yo
en estos momentos. la lengua de la cultura es el latín
o el árabe o el hebreo. Pero eso no sabe leerlo casi nadie.
Los sabemos leer nosotros.
Si quieres permanecer aquí, estaría bien que los aprendieras.
¿Qué haces aquí? ¿Qué haces tú aquí?
¿Me estás siguiendo? Por supuesto que no.
¿Y qué haces disfrazada de hombre? No es de tu incumbencia.
¿Quieres dejar de seguirme? ¿Quieres dejar de huir de mí?
Lo haría si me dejaras en paz de una vez.
Créeme, Navarra no entrará en guerra.
Espero que no os equivoquéis, porque no podría llegar
en peor momento, con el juicio de esa pobre tabernera en marcha.
No comprendo que tiene que ver Navarra
con el juicio de esa joven forzada. Es el hijo del Conde de Miranda
quien espera veredicto. Sin duda, su padre consideraría una afrenta
ver al heredero de su casa condenado.
En mi reino no hay nadie por encima de la ley.
Miranda ya sintió que le desairabais
al nombrar a otro magistrado.
Y si ahora su hijo es condenado por don Rodrigo...
¿Insinuáis que su fidelidad está en entredicho?
Quizás no sea demasiado razonable ponerle a prueba tan a menudo.
Rodrigo es un hombre justo. Es un hombre justo y orgulloso.
Una vez que tome su decisión, nada le haré apartarse de ella,
ni siquiera vos.
Quizás el magistrado debería pensar menos
en satisfacer su sentido de la justicia,
al fin y al cabo, un sentimiento egoísta,
y pensar más en vos y en los intereses del reino.
No te quiero volver a ver por aquí.
Muchas gracias, cristiano. La culpa es tuya,
las mujeres no podéis entrar en la escuela.
Quizás ahora entiendas qué hacía vestida así.
Solo pretendía devolverte el libro. ¿Intentas disculpar tu torpeza?
Siempre huyes de mí. ¿Me tienes miedo?
Debería tenerlo, no hago más que encontrarme contigo.
Ni siquiera es seguro que nos vean juntos en la calle.
Lo que debería preocuparte es que tu padre
te tomara por una amante si te viera así vestida.
Parece que sí te dedicas a seguirme y espiarme.
No te seguía, estaba buscando un libro.
Ya he visto que no has sido capaz de estar concentrado
ni un instante. ¿Entendiste algo o era demasiado complicado para ti?
Vaya, ahora la que parece que me estaba espiando eras tú.
¿Cuánto tiempo estuviste mirándome?
Déjame en paz, no quiero volver a verte, ¿está claro?
Y no me sigas más.
Estos pendientes pertenecían a tu madre.
Los estrenó la primera vez que entró en palacio.
He pensado que mañana podías llevarlos.
A menos que ya no quieras ser dama de la reina.
¿Qué?
Padre, gracias.
Gracias.
Espero no tener que arrepentirme.
Padre, os prometo que no os defraudaré nunca.
Beatriz, ¿habéis visto al infante Fernando?
No está en su cuarto. No lo he visto
desde que salió esta mañana. ¿Salir? ¿Dónde?
No lo sé, solo sé que salió de palacio.
¿Qué hacéis tan solo, Martín?
¿Buscabais al infante Fernando?
Me preocuparía saber que la persona encargada de protegerle
le ha perdido de vista.
En absoluto, arzobispo.
Hablábamos del infante, majestad. ¿Ha ocurrido algo?
No, no, majestad. Vuestro hijo se encuentra cazando.
Quizá pase la tarde fuera, he venido a advertirlo a palacio.
Recordadle que mañana a primera hora tiene que estar
en el Consejo del reino.
Lo estará, majestad, le doy mi palabra de honor.
-¿Qué ha pasado?
Lo último que recuerdo es que tenía a una mujer entre mis brazos.
-Nos han metido aquí por armar jaleo y meternos en una pelea.
-¿Qué pelea? Nosotros solo recibimos.
-Creo que he bebido demasiado.
-Eso es mío.
-Es que es el único que hay. Si no, ¿qué hago?
-Hay que salir de aquí.
Guardia, guardia, guardia.
Exijo que nos liberen inmediatamente.
-¿Tienes dinero, escoria? -Te vas a arrepentir
de haberme llamado eso.
Tenía una bolsa con maravedíes.
Ahí viene el violador.
Traednos a ese noble, nosotros le daremos lo que se merece.
Vosotros tampoco parecéis de los nuestros.
Vuestras manos son muy finas, nunca has trabajado con ellas.
-¿No has visto cómo vestimos y cómo olemos?
Yo soy Cristóbal Díez, mi madre es criada.
Y mi padre era Pelayo Díez, soldado del rey
que sirvió a las órdenes de don Rodrigo Pérez de Ayala,
muerto en el cerco de Jerez de la Frontera.
Desde que nací solo he hecho de mula de carga.
Y este es hijo de una lavandera, de padre desconocido.
-¿Por qué yo no tengo padre? -Fernando, hazme caso,
nadie aquí debe saber quién eres o no saldrás vivo de este calabozo.
-¿Sabe alguien más que el infante está en el calabozo?
-Nadie, ni siquiera Martín, solo yo les he seguido.
-Es una ocasión que no podemos desaprovechar.
Mátalo.
Es para vos.
Un regalo del príncipe Sancho.
Os agradezco el regalo, mi señor, pero no puedo aceptarlo.
¿Os parece poco para vos?
Os aseguro que son rubíes auténticos.
-¿Cuánto os ha costado?
-¿Cómo? -Así sabría en cuánto estimáis
mi dignidad. ¿Con este regalo pretendéis compensar
vuestro comportamiento del otro día?
Os aseguro que no estoy en venta. -Esperad.
-¿Vais a forzarme otra vez, príncipe?
¿Habéis visto a dos jóvenes?
De mi misma edad. Uno de ellos, bien vestido.
¿Ha visto a dos jóvenes nobles? Pregunta en la taberna
de la calle de los artesanos. Gracias.
Ya he preguntado en casi todas las tabernas de la ciudad.
Perdonad, ¿habéis visto a dos jóvenes, uno así de alto
y otro un poco más bajo? Ahora vas a pagar tú
lo que no pagaron tus amigos. ¿Qué queréis decir?
Otro que no quiere pagar. A tus amigos se los llevaron
a prisión, por pendencieros. ¿Cómo?
-Cien maravedíes para ti y para tu compinche.
-Sí, sí, de acuerdo. -Recuerda, el joven debe morir.
No me vale otra cosa. Lo quiero muerto.
-No os preocupéis, tengo al hombre adecuado.
Navarra ha colocado tropas cerca de Nájera.
Hay que reunir la mayor cantidad de fuerzas disponibles
en la frontera. Así será.
Tenemos que procurar que todos nuestros nobles
estén junto a nosotros, no podemos permitir
que un agravio se lo impida, sobre todo a Miranda.
Sabes que es el vasallo más poderoso que tengo.
No creo que pueda admitirme otra afrenta.
¿Estáis pidiéndome que condicione mi decisión de mañana?
Te estoy pidiendo que seas consciente de la situación general.
Lo soy, pero recordad vos que hay una joven forzada salvajemente.
Ya basta, Rodrigo, hay cosas más importantes en el reino
que el honor ultrajado de la hija de un tabernero.
Rodrigo, te estoy pidiendo que tengas miras amplias
y, sobre todo, visión de Estado
antes de emitir tu veredicto.
¿Me pediríais lo mismo si la joven forzada fuese mi hija?
¿O la vuestra?
Debéis ayudarme. ¿Tenéis presos a dos jóvenes nobles
de altura y apariencia similar a la mía?
¿Tenéis dinero? Puedo conseguirlo.
Os daré cuanto queráis, pero tenéis que liberarles.
Cuando traigáis el dinero hablaremos. Ahora fuera de aquí.
Tú, levántate, estoy cansado.
¿Alguien más quiere compartir la cama?
-Me gusta tu anillo. -A mí también.
-En mi mano quedaría mejor. -Pero si ni siquiera te va a entrar
en el dedo, hombre, que los tienes como longanizas.
Por favor... Toma el anillo, toma el anillo.
Ya lo tienes, ya lo tienes.
La próxima vez, dale todo lo que te pida a la primera.
-Debo volver a palacio. Si no estoy mañana en el Consejo,
quedaré en evidencia delante de mi padre.
-Ahora hay cosas más importantes que defraudar a tu padre.
Yo haré guardia mientras tú duermes.
Si se acerca, se las tendrá que ver conmigo.
-Le veo muy capaz de matarnos a los dos.
Martín, ¿dónde vais tan temprano? Tengo que acompañar al infante.
Pero yo pensaba ir contigo a palacio,
es mi primer día en la Corte. Me alegro mucho por ti,
es lo que siempre habías querido. Con el regreso de padre,
al menos uno de nosotros ha conseguido su sueño.
Martín.
¿Demasiado pronto? No, no para ti.
Desayuna con nosotros.
-Elvira, ¿qué traje me pongo? Ayúdame.
Quiero impresionar a la reina. -Vamos arriba, a ver qué os ponéis.
Está radiante.
Me pregunto cómo sabía la reina que yo no quería
que Blanca entrase en la Corte.
Solo te lo diré una vez.
Si en algo aprecias nuestra amistad,
no te vuelvas a interponer entre mis hijos y yo.
¿Cómo está la ciudad? ¿Se habla del juicio?
Los ánimos están caldeados y tensos.
Lo que relató la joven ha calado en el pueblo
y nadie duda de la culpabilidad de los nobles.
Lo que se preguntan es si tú te atreverás a condenarles.
No es una cuestión de valentía, hay más cosas en juego,
razones de Estado. Ya me imagino
cuáles son esas razones. Yo creía que tu puesto consistía
en hacer justicia, no política. Sabes de sobra que muchas veces
es imposible separar una de otra. Rodrigo.
Tú eres el magistrado de toda la ciudad, de ricos y pobres,
nobles y plebeyos, de cristianos, musulmanes y judíos.
Solo tú puedes defender a los más débiles de la gente
como el hijo de Miranda. Si no condenas a esos nobles,
demostrarás que nadie puede confiar en la justicia del rey.
Cristóbal, duérmete, que no hay peligro.
Es solo un momento.
Carcelero.
Señor, ¿qué queréis? Vengo a por los dos hombres
que trajeron ayer. Con esto debería bastar.
Me han pagado bastante por esos, pero aun así no rechazaré
vuestro oro. ¿Qué queréis decir?
¡Contestad!
Juro que pensé que erais amigo del hombre que me hizo el encargo.
¿Qué hombre? El hombre que vestía de negro,
el hombre sin rostro.
Llevadme hasta ellos. ¡Rápido!
¿Estáis bien?
-Me has salvado la vida. -No lo hice por vos, sino por él.
-¿Por mí? -Conocí a tu padre,
luché junto a él en la toma de Cádiz.
Pelayo era un buen hombre, siento saber que ha muerto.
-Si eras soldado, ¿por qué estás aquí?
-Golpeó a un noble.
-Quería comprar mis tierras por la décima parte
de lo que mi padre pagó al suyo por ellas.
-Podéis recurrir a la justicia. -Esta es la justicia para nosotros.
Por el valor de este anillo podría comprar la mitad de mis tierras.
-Entonces, quédatelo.
Hay que volver a palacio. Piensan que estamos de caza,
pero el Consejo del rey va a comenzar.
Lo siento, señor, no sabía que erais vos.
Al menos decidme vuestro nombre.
Es el infante Fernando.
¿Blanca Pérez de Ayala? Yo soy Beatriz de Somacarrera,
soy también dama de honor de la reina.
Perdonad mi retraso, pero mi criada me avisó tarde y soy muy dormilona.
No se lo diréis a Diana, ¿verdad? -¿Quién es Diana?
-Es la primera dama de honor.
Tenéis que tener cuidado con ella.
Para ella tiene que estar todo perfecto.
-¿Diana es quien me va a contar mis obligaciones?
-Sí. Nuestro deber es que la reina tenga todo preparado y resuelto.
Mirad, mirad, el caballero Humberto de Miranda.
Humberto nunca me había saludado, está claro que es por vos.
¿A que es muy apuesto? -Está acusado de haber forzado
a una joven. -Yo no me lo creo.
¿Por qué va a forzar a una doncella alguien que puede tener
a quien quiera?
Bueno, avisaré a la reina de que ya estás aquí.
-Ese vestido te queda mucho mejor a ti que a mí.
Es tuyo.
-Majestad, disculpe, es una torpeza.
Yo no podría aceptarlo. -Primera lección.
No se rechazan los regalos de la reina.
Ven, acércate.
Eso es, mucho mejor.
Ayúdame a arreglar mi pelo.
Toma.
Llevas unos pendientes preciosos. -Eran de mi madre.
Mi padre me contó que los llevaba puestos
el primer día de entrar en palacio.
Majestad, mi aya me contó que el rey y vos
honrasteis a mis padres asistiendo a su boda.
-Sí, así fue, me unen antiguos lazos de afecto
con vuestro padre. Crecimos juntos en la Corte de mi padre, en Aragón.
-¿Y cómo era mi madre? Yo apenas recuerdo nada de ella,
salvo su muerte. -Apenas tuve ocasión de tratarla,
pero estoy segura de que si vuestro padre la eligió
tuvo que ser una gran mujer.
Lo que sí recuerdo es lo hermosa que estaba el día de su boda.
Era bellísima.
Como tú.
-Majestad.
Vengo a vestiros. -No es necesario,
hoy lo hará Blanca.
-Pero majestad, esa función me corresponde.
-Retírate, Diana.
-¿Quién te crees que eres para devolver un regalo mío?
Ya deberías saber que soy el heredero
y que mis deseos son órdenes para ti.
-Os obedeceré en todo lo que ordenéis, señor.
Me hacéis daño.
-¿Por qué me obligáis a esto, eh?
¿No comprendéis que no quiero forzaros?
Cuando os di el collar solo pretendía agradaros
y mostrarme gentil. -Hay muchos modos
de ser amable con una dama. Y este es el más fácil
y el menos meritorio.
-Solo pretendía que cada vez que llevaseis el collar
pensaseis en mí.
¿O es que no sentís ningún tipo de afecto por mi persona?
Si me decís eso, no podría soportarlo.
Porque yo...
Yo os quiero.
Vos sois lo único que me importa,
el único ser que me ha dado afecto en este mundo.
Sin vos yo estaría perdido, Diana.
-Os dije que no podíais fallar.
-Si hubiese sabido que se trataba del infante
jamás hubiese tomado parte en esto. -¿Con quién habéis hablado?
-Con nadie.
Bueno, con el joven noble que vino a buscarles,
pero pensaba que era uno de vuestros hombres.
Os aseguro que no le conté nada. -¿Seguro que no me mencionasteis?
-Os lo juro, debéis creerme.
-No os creo.
Pero ¿quién era ese hombre?
¿El criado que nos atacó el otro día?
Te dije que no era un criado. El otro día atacó a Fernando.
Y hoy soborna a un hombre para que atente contra su vida.
¿Y no será todo una casualidad? Anda que no habrá gente
vestida de negro en esta ciudad: monjes, criados...
Está claro que este no dirá nada más.
Parece que el infante Fernando no acudirá finalmente al Consejo.
Se habrá olvidado.
La sala del trono está completa para escuchar vuestro veredicto,
don Rodrigo. Supongo que ya tendréis vuestra decisión clara.
Espero que sea absolutoria.
¿Por qué lo esperáis, príncipe? Es el hijo del Conde de Miranda
y sus amigos. Son de los nuestros. Al fin y al cabo, solo se trata
de algo que se les fue de las manos.
Espero que habitualmente no se os vayan de las manos
situaciones como esta.
Hay una joven, casi una niña, forzada.
Padre, no puedes permitirlo. Si los castiga, el pueblo pensará
que somos débiles. Se creerán con derecho a juzgarnos.
-El pueblo nunca nos perdonará si no actuamos con justicia.
¿Por qué... por qué estáis tan seguro?
Escucho lo que se dice en las calles.
El pueblo lleva demasiado tiempo soportando tropelías e injusticias.
-Dadme unos soldados y acabo con ese descontento.
-Si seguimos abusando de ellos, acabarán volviéndose
en nuestra contra. Nos pasará como a Julio César.
Nos debemos a nuestro sentido de la justicia.
Si lo abandonamos, no mereceremos gobernar.
Algún día aprenderás que la vida es algo más complicada
y no tan sencilla como tus libros de historia.
No soy desleal a vos, majestad, pero me nombrasteis magistrado
para que impartiera justicia y eso es lo que haré.
¿Estáis seguro de que es vuestro sentido de la justicia
y no vuestro orgullo lo que ponéis en juego?
Rodrigo, ateneos a las consecuencias.
Voy a llamar a mi criado. Se te van a ir las ganas
de volver por aquí. Espera. Solo quería disculparme
otra vez. Lo siento, de verdad.
Siempre que vengo estás en este jardín,
sea de día o de noche. Empiezo a pensar que sales aquí
esperando mi visita.
Dedalera.
Si la mezclas con la comida es un veneno muy eficaz.
Si la tratas de la forma adecuada calma y tranquiliza el corazón.
¿Se te ha desbocado el tuyo al verme?
Es el tuyo el que evidentemente te nubla el juicio
si crees lo que has dicho.
Pensé que eras mi padre. Aún no ha regresado.
Avísame si vuelve, Rashida.
¿Tanto temor te produce tu padre?
Cuando le vi en el mercado no me impresionó mucho, la verdad.
Mi padre es el alfaquí de la ciudad.
Es el líder espiritual de los musulmanes en la ciudad.
Nada sucede en Toledo sin que él lo sepa.
Te aseguro que no me da ningún miedo.
Lo tendrías si le conocieses.
Veo que te gustan las plantas.
El ejemplar que estaba estudiando en la escuela era de botánica.
Ahora, gracias a tu intervención, supongo que tendré
que seguir estudiando yo sola.
¿Te refieres a este?
¿Ahora eres también un ladrón? Si quieres que lo devuelva,
lo haré, aunque eso suponga que tú no puedas verlo nunca más.
¿Quieres que lo devuelva?
¿Sabes? Hay un modo de que puedas consultar este libro y los demás
en la escuela. ¿Cómo?
-Siento no haber ayudado más a vuestro hijo,
pero pensad que el magistrado va a cavar su propia tumba
cuando lea su sentencia. -No os preocupéis, arzobispo.
Cuando se trata de mi familia, prefiero no dejar nada al azar.
Señores, señores, silencio.
El magistrado va a proclamar su sentencia.
Señor.
Me gustaría hablar.
Quiero cambiar mi declaración.
¿Qué quieres decir?
No he sido forzada por ninguno de esos señores.
¿Cómo?
(Murmullo)
-¡Bandidos! -¡Sinvergüenzas!
Me equivoqué al acusarles.
Lamento el daño que he causado.
Te recuerdo que has jurado decir la verdad.
Ayer les acusaste delante de todos, ahora no puedes echarte atrás.
No fueron ellos.
No fueron ellos.
(Murmullo)
¡Silencio!
No tienes nada que temer, debes decir la verdad.
Yo me encargaré de que no te suceda nada.
-¡Di la verdad! ¡Fueron ellos!
No lo hicieron. No lo hicieron.
No lo hicieron ellos, señor.
Diga la verdad, ¿fueron ellos?
Yo... también me equivoqué al acusarles, señor.
-Somos inocentes.
-Dice la verdad.
-Magistrado, ya lo hemos oído todos.
Espero que no pretendáis amedrentar a esta joven
para que declare lo que vos queráis.
Soldados, suelten a los presos.
Os felicito, mi señor.
Está claro que en este juicio no había nada dejado al azar.
No te creo. ¿Cómo ibas a conseguir ese permiso?
Te aseguro que tengo acceso al infante.
¿Tú? Sí. ¿Por qué te resulta
tan difícil de creer? No sé ni por dónde empezar.
Te ofrezco una forma de entrar en la escuela.
¿Y eso es todo lo que tienes que decirme?
Me esperaba un poco más de agradecimiento.
¿Y por qué ibas a ser tan generoso conmigo?
Para compensarte todo lo que has hecho por mí.
Claro que a cambio tendrías que hacer algo más.
¿Qué?
¿Qué estarías dispuesta a hacer a cambio de entrar en la escuela?
¿Qué te parecería si te pidiese, por ejemplo, un beso?
Te diría que estás loco.
Me temo que va a ser algo que te cuesta más esfuerzo.
Necesito que me des clases.
(RÍE)
Tengo que reconocer que tu sentido del humor
es muy desconcertante. Necesito ayuda con latín,
algo de historia... Solo serán unos pocos días. ¿Qué dices?
Fátima, vuestro padre ha regresado, rápido. Intentaré retenerle
en la cocina.
¿Te das cuenta de lo que sucedería si alguien nos viese juntos?
Tendremos que intentar que eso no ocurra.
Está bien. Y ahora vete.
Cuando consigas el permiso empezaremos.
-Habéis conseguido salvar a vuestro hijo,
pero Rodrigo afianza su posición a cada instante.
Y con ello esta paz que tanto os molesta a vos y a mí.
-¿Creéis que no lo sé? -¿Hasta cuándo vais a permitir
que nos arrebate lo que nos pertenece?
-No os preocupéis. Pronto haré algo que pondrá las cosas en su sitio
para siempre.
-¿Cuándo? -Esta misma noche.
¿Por qué has mentido?
¿Te amenazaron? ¿Fue el Conde de Miranda?
Señor, mi honra ya está perdida, nadie iba a devolvérmela.
Al menos me han dado dinero y con eso puedo seguir adelante.
¿Cuánto?
Lo suficiente para empezar una nueva vida lejos de aquí.
-Aurora, nos vamos.
Pero ellos quedarán en libertad.
Ni siquiera se han arrepentido de lo que hicieron.
Quizá para algunos, pagar es una manera de pedir perdón.
Eso no es suficiente. Y tú lo sabes.
Vamos a un sitio donde nadie nos conozca.
Tal vez, León. Solo queremos dejar atrás esta ciudad.
Yo te hubiese ayudado.
Hubiese hecho justicia.
Vuestra justicia no es nunca para nosotros.
Espero que tengas una buena excusa. Necesitaba dinero
para sacar al infante de un problema.
Pero al final no ha hecho falta. Lo siento, padre,
no sabía a quién recurrir. Si alguna vez necesitas algo,
sea lo que sea, primero recurre a mí.
Y con más razón si se trata del infante, tu deber es protegerle
al precio que sea. Lo sé, padre, soy consciente
de mi responsabilidad. Pero si alguna vez
vuelves a coger alguna de mis cosas sin pedirme permiso,
te echaré de esta casa.
Padre, hay algo que quiero contarle.
Es sobre el infante Fernando. Creo que han atentado contra él.
¿Estás seguro de eso?
Un hombre vestido de negro le atacó en la calle.
Y esta mañana, un rufián pagado por él mismo
intentó apuñalarle en la ciudad.
¿Puedes demostrarlo? Todo aquel que podía decir algo
está muerto.
Entonces, mantente alerta. Y no hables de esto con nadie.
Es demasiado grave para dar la voz de alarma sin pruebas.
¿Has cogido algo más del arca?
¿Qué más has visto?
Nada, padre, solo la cadena.
Disculpad, majestad, vengo a traeros unas mantas.
Puedes retirarte, Diana.
-Me pedís que venga a una ciudad hostil
en mitad de la noche. Espero que tengáis un buen motivo.
-La mitad del reino.
¿Os parece un buen motivo? -Os lo agradezco, pero ese regalo
solo puede hacerlo vuestro soberano.
-El reino vivirá para siempre. Y cuando él muera,
esta paz que tanto nos perjudica a vos y a mí
no será más que papel mojado. Sé que deseáis esta guerra
tanto como yo, ambos hemos aceptado la paz
porque no quedaba otro remedio. -¿Y qué ocurre
si el heredero del rey no está de acuerdo?
-Sancho no será un obstáculo, creedme.
-El rey tiene otro hijo.
-No os preocupéis por Fernando, está todo pensado.
-Lo que no entiendo es por qué me necesitáis entonces.
-Toda guerra necesita un enemigo.
Vos promoveréis el conflicto desde fuera.
Yo, desde dentro de la ciudad. Y cuando el rey no esté
y la guerra estalle de nuevo, nuestro acuerdo entrará en vigor.
Yo me quedaré con la parte norte del reino. Vos, con el sur,
incluida esta ciudad.
-Siempre supe que algún día Toledo sería mía.
Hoy, en tu natalicio, yo te bendigo, Sancho de Castilla,
en nombre de nuestro Señor, Jesucristo.
-Estás preciosa. Es el vestido más bonito que he visto en mi vida.
-Tenemos que presentar nuestros respetos al príncipe Sancho.
Mañana es la fiesta en su honor.
-Todos saben lo que hice, murmuran a mis espaldas.
-Arrepiéntete de tus pecados y ruega al señor que te muestre
el camino correcto.
-Me han contado que vais a competir en la lucha cuerpo a cuerpo.
Que gane aquel de mis hijos que más lo merezca.
¡Sancho, no!
Necesito un permiso para entrar en la escuela de traductores.
Es para una mujer.
Que comience el combate.
Apareció otro cadáver.
Toda la ciudad nos culpa de estas muertes.
La desgracia y el mismísimo maligno tienen sus ojos puestos en Toledo.
El arzobispo ha ido muy lejos, puso al pueblo contra los judíos.
Dad vuestra vida por él.
No, Rodrigo, no.
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