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Original subtitles

Amigo, tienes sed?

No quisiera que un poco de whisky te costara demasiado caro.

Arriba las manos.

Te he dicho que arriba las manos! Ramón, viejo sinvergüenza!

Hace dos días que te busco.

Gringo maldito, no podría ser otro que tú.

Cómo has conseguido encontrarme? Cuestión de olfato, Ramón,

cuestión de olfato. Orientándome por el olor del whisky.

Y por qué me buscaste? Tú sabes por qué.

Sigues con lo mismo? Eres más obstinado que un mulo.

No te quitas esa idea de la cabeza. Porque me parece muy buena.

Sí, pero a mí no me hace.

Por qué no dejas de pensar en eso? Creí que lo habías olvidado.

Te parece mejor seguir dedicándote...

Al contrabando?

Sí, mientras haya quien siga prohibiendo cosas

que otros quieran tener. Ramón, piénsalo.

A un hombre siempre le llega el momento de aposentarse,

de echar raíces. Ven conmigo a Iglesia Romita,

allí te necesitamos. No, Jim.

No insistas, no es de un hombre como yo de quien tienes necesidad,

yo soy como el viento, y el viento no sirve para cultivar la tierra,

ni educar a los hijos. Tú te has detenido a construir,

y yo no soy más que un ave de paso.

Las montañas, la pradera, el mundo sin confines,

y yo no siembro ni recojo, yo paso.

Cada uno hace en la vida lo que le toca hacer,

y yo siento la libertad, esta es mi vida, Jim, ya lo sabes.

Y no la cambiaré.

Ni para luchar por una cosa justa? Para ayudar a tu pueblo.

Tú pretendes cambiar muchas cosas, y yo no quiero variar ninguna.

Eso solo puede cambiarlo Dios, si él lo quiere,

pero un consejo sí puedo darte,

ten cuidado con tus cosas justas,

quieres quitarle la presa de las garras al jaguar,

y el jaguar odia.

Basta ya, Pedro.

Lo quiero vivo.

Tus amigos de Iglesia Romita

han olvidado el látigo, verdad?

Sin embargo, tú les refrescarás la memoria.

Ya sé que te gustaría hacerte el mártir,

yendo a mostrarles las señales de los latigazos,

pero no te preocupes,

te daré una ocasión aún mejor

para que puedan hablar mal de nosotros, de los González.

Lleváoslo.

Ha llegado el momento de que tomemos una decisión.

No podemos permitir que ese maldito gringo

arruine todo aquello que nuestra familia

ha construido aquí, en Río Grande de la Frontera,

durante seis generaciones.

Iglesia Romita se ha convertido en un tumor maligno,

precisamente aquí, en el centro de nuestras tierras.

Un ejemplo peligroso.

Nuestros peones empiezan a hacer comparaciones, a agitarse,

a celebrar reuniones,

las malditas ideas de ese americano, de Jim Latimore, se difunden,

y va ganando prosélitos. Antes de que sea demasiado tarde...

-Si ha llegado a esto, es porque no quisiste escucharme.

-Es cierto. Hace tres años, recién muerto el viejo tío Ramírez,

era el momento de evitar que el gringo

organizase Iglesia Romita. -Puede que sí,

pero yo he querido esperar una ocasión mejor.

Mientras sea posible, prefiero que nuestras actividades

estén dentro de la ley, ya lo sabéis.

Este es el momento justo para librarnos

del aventurero americano sin correr ningún riesgo.

Hay que tener sentido de la oportunidad.

No lo comprendéis?

La idea me la ha proporcionado ese rebelde, ese, Miguel.

En cuanto el americano vea el espectáculo

que le estoy preparando, reaccionará, estad seguros.

Y entonces... -Y entonces, todo volverá

a la normalidad, incluida la querida primita, Rosario.

-No hables de esa descastada,

ha preferido un extranjero a nuestro hermano.

-Antes quitaremos de en medio a su marido,

después, discutiremos en privado las cuestiones de familia

con nuestra prima Rosario.

Ven, ven, ven, vamos, anda, ven con mamá,

no quieres venir con mamá? No, no quiere soltarse todavía,

es muy chiquitín. Tesoro mío, tesoro de mamá.

Se está haciendo tarde, démelo, señora,

tengo que acabar de vestirlo. No, espera, María,

déjamelo tener un momento.

Buenos días. -Buenos días, señor.

Buenos días. -Buenos días, señor.

Señora, ha llegado el patrón. -Buenos días, hola, muchachos.

-Buenos días. -Pepe, atiende el caballo del patrón.

-Hola, Rosario.

-Antes de ponerlo al pesebre, cepíllalo.

Has estado fuera tres días, ya sabes que...

Perdóname.

He estado fuera tres días porque tenía que buscar a un amigo.

Otra vez? Lo has encontrado? Sí.

Y te ha dicho que no. Esperaba que estuviese curado.

Ahora sé que no curará jamás.

Mira, Rosario, lo que para nosotros es serenidad,

alegría, la casa, la tierra, nuestro pequeño,

para él solo significa el recuerdo de algo que perdió en un momento.

No volverá a empezar jamás. Es curioso,

el destino se empeña en que yo no conozca

ninguno de tus viejos amigos.

Sabes qué te contestaría Ramón.

Quién sabe? Si Dios lo quiere...

Pepito, hijo mío, qué hermoso estás.

Has crecido en estos tres días, eh?

-Señor, los cabezas de familia le esperan.

-Sí, ya voy. Ven.

-Buenos días. -Buenos días.

Según las normas que establecimos de común acuerdo,

este año también ha sido distribuida la parte de la cosecha

que corresponde a cada familia. -Gracias, señor.

-No tenéis nada que agradecerme, es el fruto de vuestro trabajo,

y por tanto, un derecho que tenéis.

Debéis sentiros orgullosos de vosotros mismos.

Habéis trabajado duro espontáneamente,

sin ninguna clase de imposición, en completa libertad,

lo que os ha permitido recoger mejores frutos

que en años anteriores, y esto debe ser

motivo de alegría para todos.

Manolo, qué ocurre, algo malo?

-Sí, señor, muy malo. -Explícate.

-En Río Grande de la Frontera han cogido a Miguel.

Oh, Jim!

Pedro, puedes empezar. -Sí, señor.

Llevaos la escalera.

Vosotros, id hacia aquel lado, y vosotros, a ese.

Ya lo sabéis, eh?

En cuanto el gringo eche mano a la pistola,

pero solo entonces.

Jim!

Escuchadme todos!

Conocéis muy bien a Miguel, que ahora está a punto de ser colgado.

Bien, miradlo por última vez y recordad siempre este momento.

Ha sido condenado según las leyes de este pueblo,

y como él, morirán todos aquellos que se dejen convencer

por las promesas de los falsos profetas,

que ponen desórdenes en las tierras de nuestros patrones.

No lo hagas!

Llévatela, Manolo.

-Es una trampa, señor, tenga cuidado.

Podéis hacerlo.

A vuestra manera.

-Pedro. -Sí, señor.

-Pasa el río, sube a las montañas, y procura que venga Matanza.

Jim, Jim!

Suéltame, Manolo, déjame!

Fuego!

No, Jim!

Jim!

No, Jim!

Pero qué clase de pueblo es este?

Adiós, Dora, quizá nos encontremos de nuevo.

-Quizás, Alan. Adiós.

-Esta es la rueda.

-Puedo arreglarla. Quieren continuar enseguida?

-En cuanto usted termine. Nos han dicho que más al sur

hay tierra en abundancia para quien quiera trabajarla,

tierra buena, generosa. Vamos a echar un vistazo

a los otros carros.

-Oh! Bienvenido, señor, siéntese, por favor.

Pero...

Whisky para mí y whisky con tequila para él.

Es lo que tomas, eh, Ramón? Exacto.

Eh, John!

Sigue siendo un chiquillo.

Nunca cambiará, es tan militar como antes.

No veo a Alan.

Ha llegado ya.

Seguro que andará tras alguna mujer.

Whisky.

Se juega fuerte aquí?

-Depende, si es valiente y tiene muchos dólares,

allí hay gente dispuesta a desplumarle.

Buenas tardes.

Con permiso.

No, no es así, escuche.

Así.

No, no, no me ha entendido, no es "din dan don",

sino "dan don din".

No, no, pare. Quieto!

Yo digo que es "dan dan dan".

Está usted equivocado, es "dan don din".

Yo puedo asegurarle que es "dan dan dan".

Y yo le repito que es "dan don din".

No intervengas.

Quieto, muchacho, en la celda te calmarás.

Vamos. Pero, oiga...

Tú, al piano, no te quedes atontado.

Siéntate, y tú, atiende a los clientes,

ordenad esas mesas, chicas, moveos, ahí fuera falta servicio.

Salid ya, no perdáis el tiempo, muchachas.

Vamos, vamos, moveos, que los hombres tienen sed, rápido.

Tienes miedo? Pero si no te van a comer.

Anda, sírveles, no son tan fieros como parecen.

Vaya qué chica más guapa. Por qué no te sientas

a tomar un whisky con nosotros, eh? Eh, preciosa, acepta una copa.

Oye, dame eso, quieres? -Qué, echamos una partida?

Ah!

Es muy peligroso cuando se está jugando

meter las manos debajo de la mesa, muy peligroso.

Ciertamente, tiene razón, señor, discúlpeme.

Sigamos, señores.

Quién es?

Es usted Rosario Ramírez, viuda de Jim Latimore?

Sí, yo soy.

Quiénes son ustedes?

Qué quieren de mí?

Éramos amigos de Jim,

sus amigos íntimos.

Hemos venido a buscarla

para llevarla a su casa, con su hijo.

Yo...

yo no...

Porque Dios lo quiere así.

Usted...

usted es...

Sí, señora,

yo soy Ramón,

el que prefirió la montaña a prestar ayuda a su marido.

Estos tres años no han borrado su dolor,

y debemos cumplir nuestro deber ayudándola a superarlo.

Las amistad que nos unió a Jim, ahora nos une a usted, señora.

Lo siento, un poco de tequila es lo único que tengo para ofrecerles.

Ah, por fin.

Habéis tardado más tiempo del acostumbrado esta vez,

empezaba a preocuparme.

Sí, lo he visto.

Lo siento, sheriff, pero ese hombre me será más útil a mí que a usted.

Cómo lo has sabido?

-Tengo mi sistema de informes.

-Ocúpate de ellos,

no quiero que crucen el Río Grande.

La otra mitad, al terminar el trabajo.

-No es bastante. -Lo mismo que la otra vez.

-Usted lo ha dicho, aquello fue otra vez, ahora es diferente.

-Qué pasa, tienes miedo, Matanza? Se trata de cinco hombres solamente.

-Sí, pero... especiales.

-Especiales?

-Sí, especiales, tienen la culata de la pistola llega de muescas.

-Está bien, pero quiero tener la seguridad.

-Conoce algún sistema que sea...

más seguro que la muerte?

Iré a esperarles al Gran Cañón,

y allí acabaré con ellos.

Allí está el Gran Cañón, hemos hecho bien en detenernos,

es mejor no atravesar las montañas de noche.

Cuántos días tardaremos en llegar a Río Grande?

Seis o siete.

Saldremos antes del amanecer.

Suerte que ha venido Ramón.

Por qué?

Porque gracias a él paramos para comer.

De ser por el comandante, hubiéramos seguido cabalgando toda la noche.

Eh, John.

Qué te parece el muchacho?

Tiene la mano rápida.

Sí, esperemos que la tenga también cuando llegue el momento.

Jesús, tú vas a hacer el primer turno de guardia.

Tenga, aquí por la noche hace frío.

El primer turno de guardia no me lo da nunca.

Siempre el de en medio, el más incómodo.

Oye, Alan, puedes prestarme una camisa?

Ya estamos otra vez con lo mismo? Vamos, no seas gruñón.

La próxima vez que pelees, acuérdate antes...

de quitarte la camisa,

mi camisa.

Toma.

Es un préstamo, no? Tú lleva la cuenta,

después te las devolveré todas juntas.

-Dora, Dora, qué haces? -Voy a dormir, mamá, estoy cansada.

-Atacamos?

-No quiero meterme en líos,

estamos aquí para liquidar a los gringos, lo sabes.

-Pero has observado bien?

Pioneros, pobretones, no vale la pena.

-Por qué no te fijas en la muchacha, Matanza?

Los gringos puede que tarden en venir.

Mira a los hombres, anda, míralos.

Hace tres meses que...

-Está bien, muchachos,

pero sin hacer ruido.

Apaches.

Jesús tiene razón, hay huellas de botas, no han sido los indios.

Ah!

Ah!

Ah!

Alan, ya no podemos hacer nada por ella.

Vamos, no me gusta esto. Solo un momento.

Alto! Atrás, rápido!

Estamos rodeados, atrás!

Parapetaos tras las rocas, aprisa!

Ah!

Ah!

Rodéenlos!

Cuidado!

Cúbranse!

-Ah! -Ah!

-Ya viste?

José, Pedro, Pancho...

y Julio.

Adiós.

-Esos condenados...

tienen puntería.

Pero de ahí no saldrán,

están rodeados,

es inútil arriesgar el pellejo.

Lo que hay que hacer es usar los sesos,

y esperar el momento oportuno.

Ve a decir a los hombres que no se muevan de sus puestos,

y que vigilen. Anda, muévete. -Ahorita voy.

Los González atacarán otra vez.

No son ellos, es el Matanza.

El Matanza?

Sí,

lo llaman así porque solo sabe matar.

Trabaja para los González.

Los que atacaron su casa eran gente del Matanza?

Sí.

La maltrataron?

Lo mismo que a esa chica, verdad?

Sí,

igual.

Pero por lo menos ella ha muerto.

Nosotros estamos vivos, Rosario,

eso es lo que importa ahora,

y tenemos un deber que cumplir.

Eh, cuidado, que escapan!

Mátalos, mátalos!

Quietos! No disparéis.

Querían huir, eh?

Podría acabar con ustedes de un tiro en la frente,

pero prefiero hacerlo así,

en memoria de los hombres que me han matado.

Vosotros, quedaos aquí acompañándolos hasta que el sol...

haya terminado con ellos.

-Será un buen espectáculo.

-Pablo, dónde están los otros? -En la boca del cañón.

-Bien.

Vamos!

Últimamente, Matanza está algo cambiado.

Recuerdo que cuando la guerra asaltábamos las haciendas

y matábamos a toda la gente enseguida, a tiros,

sin andarnos con tantos rodeos.

-Ah!

-Es Felipe, ve a ver qué quiere.

-Ferreiro, han matado a Felipe!

Has tardado mucho.

Tome, beba.

Despierta, Ramón. Nos vamos.

Rosario, es hora.

Lástima que no hayamos podido verles morir también nosotros.

-Verdad, Fernando?

-Tenías que habernos traído sus cabezas,

como se hacía en otros tiempos.

-Matanza, has hecho un buen trabajo. Bravo.

-Mis hombres están cansados, señor,

se quedarán algunos días en el pueblo a descansar.

-Y para gastar mi dinero, eh?

Quédate cuanto quieras, Matanza, dar hospitalidad a los amigos,

es una virtud de los González.

Desmonta y dame el caballo.

Eh, tú.

Trabajas para los González?

Señor, yo no... Yo no, qué?

Fíjate bien en nosotros.

Ve a la hacienda de los González

y diles que irán a verles los amigos de Jim Latimor.

Lo conociste? No, yo no estuve allí.

Yo no interviene en aquella matanza.

Hemos venido a saldar cuentas.

Díselo así a tus patronos.

Nos presentaremos en el pueblo a mediodía.

Sí...

A la boca del lobo, Ramón. Y ya sabes lo que tienes que hacer.

No! Déjenme!

-De qué tienes miedo, muchacha? Ven!

-Señores, señores, por favor!

-Se lo suplico, ayúdenme.

-Empiezo a estar cansado de esas bestias.

Llévame a ver los caballos, María.

Manolo!

-Pepito! Niño mío... Pepito.

Yo creo que es mejor largar que incendiar iglesias.

-Manolo, por qué no me llevas contigo?

-Váyase para dentro.

Te tengo dicho que no te acerques a mi sobrino.

Vete!

Y tú, aprende a tratar a tus inferiores.

Si te tienden la mano, muérdela.

Llevadlo a casa.

-Señor!

Señor!

-Qué sucede, Garrincho?

-Señor, tres gringos me han salido al paso cerca de Río Grande.

Son amigos de Jim Latimore, han venido para vengarlo.

-Ve a avisar a los hombres. Tú, ven conmigo.

-Sí, señor.

Te voy a...

-"Todos muertos", dijiste. Están todos muertos.

Y viste como morían todos en el desierto, verdad?

Me mentiste. Tres de ellos vienen hacia aquí.

-Imposible! Imposible...

No pueden haber sobrevivido a aquel infierno.

-Te dije que quería la certeza y no una estúpida opinión tuya.

Y te pagué para estar seguro!

Pero la culpa es mía por haber puesto mi confianza

en un asqueroso cuatrero como tú.

Maldito imbécil!

Pedro, ve a buscar cuatro hombres.

Nuestros mejores tiradores. -Bien, señor.

-Y desalójame todo del pueblo. Ve!

Voy a recibir a esos forasteros...

A mi manera.

Rosario, debemos esperar a que vuelva Ramón.

Por qué no descansa un poco? Verá, todo irá bien.

También Jim decía siempre lo mismo.

"Tranquilízate, no llores, todo saldrá bien".

Perdone, debería tener más fe en ustedes.

Pero mi hijo está en manos de los González

y son capaces de cometer cualquier brutalidad.

Lo sé.

Y no lo olvido.

No, John, no es por lo que me hicieron a mí,

es por mi hijo por quien tengo miedo.

Ahí está Ramón. John, quiero acompañarles.

No. John!

Yo estaba presente cuando mataron a mi marido.

Está bien.

Irá con nosotros.

Y bien? Todo a punto, John.

Los tres González están preparados para recibirnos.

Esta es la calle principal del pueblo.

Al final está la casa de los González.

He visto a dos hombres apostados a este lado

y a dos más a este otro.

Ya...

Saben que somos cinco? No, el hombre que detuvimos

habló solo de tres gringos

y nadie en el pueblo sabe que estamos aquí.

Bien.

Mejor que lo crean así. De todos modos ellos...

Serán muchos más.

Pero... No son ellos.

John, no son los González.

No.

Rosario lo ha estropeado.

En la calle están los hombres que no supiste liquidar

cuando debías haberlo hecho.

Ahí fuera, Matanza, y estarán los cinco.

Ahora es el momento de saber ganarte el dinero que me has robado.

Ve afuera y déjame limpio el pueblo!

Vamos!

Pedro, Rosario ha vuelto con esos hombres.

Ya sabes lo que tienes que hacer.

Los tres primeros al corral.

Cuatro por la calle de la izquierda, vamos.

El resto venid conmigo.

Cuatro por aquí. Rápido!

Vosotros, seguidme.

Vosotros seguidme cuando os avise.

Ahora!

Ah!

Manolo!

-Manuel!

Ah!

Ah!

Ah!

Está herido, Dan, Dios mío. No es nada.

No podrá andar, apóyese en mí.

Ah!

Dan!

Manolo!

Es aquella mi mamá?

-Sí, Pepito.

-Mamá!

Mamá! -Niño, no te asomes.

Vamos adentro, hijo, vamos. -Mamá!

Pepito! Quieta.

Ven, niño, ven.

Cuidado!

Ah!

Pepito...

Pepito.

Pepito, hijo mío.

Pepito... Pepito!

Ahí está. -Mamá!

-Esa es tu madre, hijo.

Pepito!

Cariño...

Ah!

Ramón!

Quería reconstruir iglesia Romita...

Las cosas justas, es necesario detenerse...

El hogar... La tierra...

El amor.

Acabemos de una vez.

González!

Qué os impide salir de vuestra casa?

Tenéis miedo, canallas?

Winchesters.

-Dejemos que se aproximen.

A 100 m.

A la altura de la posada.

Déjame el de en medio a mí.

Ahora, disparad!

González!

Ah!

Ah!

-Basta, John, basta! Acaba con él! Mátalo!

Cojamos los caballos.

Nos vamos.

John...

Yo le diré a Alan porque ha disparado de ese modo.

No.

No, Rosario, no hará falta.

Alan lo comprenderá algún día.

Qué te han hecho, muchacho?

A ver.

Es solo un arañazo. Para ti, cuándo son heridas?

Las cosas justas, Ramón. Las cosas justas.

Adiós, amigo. Si me necesitas ya sabes dónde encontrarme.

Me basta un silbido.

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