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¡Cállate! ¡Cállate!
Un poco, por favor.
No escuchamos.
Maruco. ¿Qué?
¿Te has visto a mi madre?
No, está en casa.
Vete a buscarla.
Corre, que venga ya.
Corre.
¡Que vienen!
¡Que vienen!
¡Que vienen!
¡Que vienen!
¡Señores, están aquí los italianos!
Gracias.
Soldadito español, soldadito valiente
¡Alto! No te muevas.
Que estés quieto.
¿Qué haces aquí?
Soy de los vuestros.
¿Qué? Soy de los vuestros.
¡Arriba España!
¡Arriba España!
¡Arriba!
¡Gracias!
Madre. ¿Qué? Me voy. ¿A dónde?
Al casino.
Espera. ¿Qué?
He preparado las berenjenas fritas con miel que tanto te gustan.
Luego.
Gracias.
Gracias.
¿Carlos Rodríguez segura? Sí.
Acompáñame, por favor.
Señor.
Sí. El candidato.
Que pase.
La Junta de este casino ha considerado su solicitud de ingreso.
Votarán con bola blanca los conformes y con bola negra aquellos en contra.
¿Lo ha entendido?
Entendido.
Se procede a la votación.
Gracias.
Gracias.
Tienes dinero, ¿verdad? Sí.
¿No lies?
¿La oyes bien?
Sí, pero ¿qué dice?
Canta una mujer que dice que ya no quiere ser una mujer, que ahora quiere
ser un hombre.
Algo así. Espera, que lo tengo traducido.
Que lo acabo de escribir.
Escucha.
Dice, yo era la más coqueta.
Como yo no había otra en Atenas, la más guapa, pero que ya no quiere ser una
mujer, que ahora quiere ser un hombre.
Un hombre de los de primera fila.
Con pistola y con navaja.
¿Y qué vas a hacer con eso?
Pues yo creo que voy a enfocar la tesis por ahí, digo yo.
Porque si ha aparecido esta música, por cojones, tiene que haber más discos
que... Que hablen del deseo disidente y de los márgenes.
Coño, que te estoy hablando del 22.
La gente hablando de mariconeo, de drogas, es interesantísimo.
Guau.
Oye, qué bien te oyes.
¿Cómo? Te escuchas muy ilusionado. Es bonito oírte así.
Pero bueno, ¿cuándo vienes? Se suponía que estabas aquí hace dos semanas.
Eh...
Sí. Hola, buenas.
¿Hablo con Alberto López Ascuna?
Sí, soy yo, pero estoy fuera de España.
Ay, perdón. Mira, es que le llamó de parte del despacho de Pedro Iguña.
¿Cómo?
Del albacer de su abuelo.
Su abuelo acaba de fallecer.
Mi abuelo falleció hace cinco años.
No, el señor López Ascuna saltó ayer.
Me estás hablando del padre de mi madre.
Pero estaba vivo.
Bola negra.
Bola blanca.
Bola negra.
Bola negra.
Bola blanca.
bola negra bola
negra bola
negra
Hola, negra.
Hola, negra.
Queda rechazada su solicitud de ingreso.
¡Derecha, derecha! ¡Más, más! ¡Recto, recto!
¡Ahora recto!
¡Ven, ven, ven!
¡Más, más, más!
¡Dale, dale!
¡Más!
¡Más! ¡Ahora gira!
¡Ven, ven, ven!
¡Dale, dale!
¡Más, más, más!
¡Para, para! ¡Para, para! ¡Para, para!
¡Para, para! ¡Para, para!
Yo voy a ver quién está vivo y los otros lo sacamos.
Poco vivo.
Vamos sacando esto.
Esto está jodido.
Y este camión se queda hecho una mierda. Este dice algo.
Ahí hay un vivo.
Ahí hay vivo.
Aquí hay vivo.
Marta, ahí.
Cabo, por ahí.
Y sacar ese de la esquina. Cógele tú, cógele bien.
Hay que sacar a este.
Y a ese de ahí.
Muerto, nada.
Sacar esos por ahí.
Marta la herida.
Y sacar ese de la esquina.
Hermanas, preparad las penas. Cógele.
Venga,
tráelo para acá. Este aquí, aquí.
Mira, este se mueve, ¿eh?
Un vivo.
Espera.
Se le cae, se le cae. Carmen.
Cuidado. Cuidado con los intestinos. Vamos a sacar este primero.
Cuidado que este está vivo.
Otro vivo ahí.
Vamos sacándolo de aquí.
Vamos sacándolo a poco.
Una, dos y tres.
Vamos con fuerza ahí.
Cuidado, herida abierta.
Cuidado, que se va a quedar las piernas. No te levantes.
¿A cuál?
Cuidado, cuidado.
Y luego hay que limpiar este... Venga, ¿quién me ayuda aquí?
Hermana, ¿cómo pesa este tú? Esta S está grave.
Cuidado, cuidado.
Nombre y empleo. De Reynoso hemos venido.
Nombre y empleo.
Nombre y empleo.
Rafael Rodríguez. Rafael, ¿qué?
Rafael Rodríguez.
Regístrale que parece oficial.
Teniente coronel. Adentro, al quirófano.
Yo tengo un hambre y no he comido nada. ¿No has comido? Bueno, me he comido una
manzana hasta mañana a las 12. Pero tengo hambre.
Esto no funciona.
Se ha roto otra vez. Para arreglar esto se ha atascado. Ayer ya estaba mal esta,
¿eh?
Rocío.
Huele, ¿eh? Tenemos una herida inciso contusa en el abdomen.
Con exposición de tejidos y en la pierna igual, pero no en el hueso. Es enemigo.
Respira muy bien.
Baños, coge mucho aire.
Ahí. Está sangrando mucho.
Limpiamos, limpiamos.
Pinta, pinta.
Voy.
Venga. Vamos.
Un poquito más.
Dime. La pierna, ¿cómo está? ¿Cómo está la pierna? Está sangrando.
Vale, vale. Aquí ya está.
Vístori, vístori.
Vale, tiene el pulso un poco mejor.
Un poquito más de este, más este.
La pierna, mirad la pierna.
¿Cómo está?
Vale, aquí ya está.
Muy bien, a ver la pierna.
A ver la pierna.
¿Qué quiere decir esto que sé?
¿Te has presentado socio en el casino y te han echado a la negra?
¿Y eso por qué?
¿Te acuerdas de un verano cuando eras niño?
que escuché unos ruidos ahí, gritos en lo alto de la calle.
Me asomé y vi a los muchachos del pueblo que estaban arrastrando a un niño.
El niño tendría mi misma edad más o menos.
Si tuviera como movía los brazos el pobrecito, pidiendo ayuda.
Lo cogieron entre todas y lo agarraron de la boca como si fuera un pescado y lo
llevaron al pilón.
Le metieron la cabeza en el agua.
Y lo dejaron muerto.
Cien días.
Nadie hizo nada.
Yo no me voy a meter en tu corazón, hijo mío.
Pero de puertas para afuera, tú tienes que ser quien tienes que ser.
¿Lo comprendes?
Tú mañana vas a ir al casino.
Con la frente alta.
Y le va a decir que esto es una habladuría.
Que tú eres un hombre.
Un hombre.
Y que si hace falta que me agrana la alambra o lo que haga falta es contar de
limpiar tu honor.
Porque tú eres un hombre.
Y se lo dice a todos, mirándole a la cara.
Y le pide excusas. Que se disculpen públicamente.
Y que vuelvan a votar.
¿No ibas a salir?
No.
Hace una mañana como para no estar sentado aquí en la casa con los ojos en
el suelo como tú estás.
Pienso.
Pienso.
Si yo fuera un hombre como tú no pensaría nunca.
Me gustaría andar, irme a los ríos, atrapar por los árboles.
¿Y por qué no lo haces?
Porque soy mujer.
Y me conformo con ser mujer.
Por mi gusto tiraría la jabalina, pero debo endulzar naranja.
Debo y quiero.
Y quieres.
Yo no me rebelo contra nada.
¿No quieres tocar el piano?
No, no quiero.
Algo está pasando y no nos queremos dar cuenta.
Hoy todo el mundo habla de esa pobre mujer asesinada en el campillo, del
marido y los cuatro hijos.
La han golpeado hasta matarla.
¿Y eso por qué?
Porque era alegre, porque le gustaba el teatro, la forma piba.
La estaban esperando a la salida del café.
La sacaron de los pelos, le ataron las manos con las cuerdas de una guitarra.
¿Con las cuerdas de una guitarra? Sí, con las cuerdas de una guitarra.
No son animales.
Qué raro.
¿Qué te pasa, Carlos, que no dices nada?
Lo del casino le pasa.
¿Por qué te han hecho la bola negra?
¿Creen que eres mazón?
No. Yo te acompaño al casino y digo que eres el más monárquico de toda la nada.
Enrique. ¿Qué?
Así que la culpa es tuya por querer entrar en ese sitio.
Eso es cosa de mi padre.
¿Qué te han dicho?
Que soy homosexual.
¿Y lo eres?
vas ahí al casino y vas a decir que tienes un amigo estudiante de filosofía
que te va a defender hasta manchas de sangre y su traje si hace falta.
A mí me da igual lo que seas, Carlos.
Me da igual.
Yo solo quiero vivir.
Si te quieres enamorar de un cocodrilo, te enamoras.
Si te quieres enamorar de mí, yo te dejo.
Pero prométeme que vamos a destruir sus tejados.
Y vamos a quemar los libros de los sacerdotes en la misa. Venga ya,
Enrique. Cállate, Lorenzo.
Enrique. Venga.
Enrique, has bebido mucho. Venga ya para casa.
Hazle caso a Lorenzo y vete a dormir.
Eso, venga.
Ya no quiero dormir.
Ya quiero vivir.
Ya.
Enrique, venga ya, por Dios.
Anda, tira ya.
¿Por qué no lo has dicho la verdad?
¿Te da vergüenza?
Yo no te lo sé, que yo no... ¿Tú no qué?
¿Tú te acuerdas cuando éramos chiquitillos?
Que nos escondíamos debajo de los pupitres de madera.
¿Cuántas veces hemos ido juntos a rincones oscuros?
Calla.
No callo.
No.
Todo el mundo sabe quién soy porque yo no puedo ocultarlo, Carlos.
Pero yo sé quién eres tú.
Sí.
¿Dónde estoy?
¿Dónde estoy?
¿Cuánto tiempo ha pasado?
No te muevas.
¡No te muevas!
¿Qué haces?
¡Que te quedes quieto! ¡Túmbate!
Joder.
Quédate quieto.
El mar... ¿Y el mar qué pasa?
No me acuerdo.
Te trasladaron.
¿Desde Bárcena?
Desde Reynosa, dijeron.
Venga, túmbate, por favor.
Vuelvo a la cama.
Por favor.
¿Por qué lo haces?
¿El qué?
¿Hablar conmigo?
¿Romper el protocolo?
No estamos hablando, no te acerques.
Sí que estamos hablando.
¿Cómo te llamas?
¿Qué más te da?
Tú sabes mi nombre, ¿no?
Sí, pero yo el mío no te lo puedo dar.
Aquí un hombre es muy importante.
Venga, túmbate.
Venga, ya está. Suficiente.
No te la termines.
Gracias.
De nada.
¿Y ahora qué?
¿Qué me vais a hacer?
Pues no lo sé.
¿Cuántos años tienes, chaval?
A mí no me das chaval.
Te has creído toda esa propaganda.
¿Qué propaganda? Es mi deber.
¿Tu deber?
Mírate.
No sabes coger el arma.
Nosotros estamos luchando por España y vosotros ahora vais a entregar a los
fascistas. Si te caes, te meto un tiro en la cabeza. Métemelo.
¿Qué dices?
Métemelo.
Dispara.
¿Vamos?
Métemelo. ¡No te muevas! ¡Vete quieto! ¡Vamos!
¡Contribuye!
Venga. ¿Estás loco? Si no lo haces tú, lo va a hacer otro. Vamos, dispara,
venga.
¿Estás loco?
Vamos. Dispara.
¡Suelta! Apreta el gatillo, vamos.
¿Pero qué haces?
¡Suelta! ¡Dispara!
Está sangrando.
Está sangrando.
Está sangrando, ¿no lo ves?
¿Ha dicho algo?
No, mi teniente coronel.
¿Y entonces?
Se movía en sueños y cayó de la cama.
Se desangraba y llamé a la enfermera inmediatamente.
El preso que custodia se llama Rafael Rodríguez Rapun.
Dicen que se dejó morir en el frente.
Mientras todos huían de un ataque, él no, él caminó directo hacia las bombas.
Tan tranquilo como quien sale a tomar el sol.
Rafael Rodríguez Rapun fue futbolista del Atlético de Madrid.
Se relacionó con círculos de intelectuales rojos.
Luego entró en la Escuela de Artillería de Murcia, donde recibió la graduación
de teniente.
Y fue destinado en el frente aquí, en la provincia de Santander.
Creo que este Rafael tiene información sobre posiciones republicanas y prefería
dejarse matar antes de que le cogiéramos y le hiciéramos hablar.
Por eso quiero que le vigile hasta que le interroguemos y se le juzgue.
Y si se despierta, pues no sé, hable con él, que le cuente.
Cualquier información que nos dé puede sernos útil.
Bueno, vamos a continuar con la cura seca. Cuando se despierte, que empiece a
tomar un poquito de agua.
¿El relevo? Sí, novedad. Vale, doctor.
Hola. Hola.
¿Cómo está?
Bien. Está bien.
Fuera de peligro.
Tiene miedo a la sangre.
Vio un poquito y se desmaya.
¿Qué cosa más tonta?
¿Cómo lo sabes?
Me lo ha dicho él.
Es simpático.
Rocío...
Joder, nos podíamos haber puesto en la terraza.
No hay terraza, mamá, ya habíamos estado aquí.
No, pues no lo acuerdo.
Ahí está María junto a su marido que lo abrieron en el 59.
¿Te acuerdas?
Pues no, no todos tenemos la memoria que tienes tú.
¿A qué juegas?
Al candy.
¿Al candy?
El otro día, al recibir la llamada de un abogado, el abogado de mi abuelo, al
parecer, de tu padre te estoy hablando.
Que te estoy hablando de tu padre.
Alberto, no me toques los cojones, ¿vale?
Te lo digo ya.
¿Y qué quería?
Decirme que mi abuelo ha muerto. Ah, pues muy bien.
Estupendo.
Ah, ya lo sabías. Pues sí, claro, sí, lo sabía. ¿Y por qué no me has dicho nada?
Oye, Alberto, ¿por qué no le conocías? Hombre, porque nunca me has hablado de
él tampoco, ¿no? No hay mucho que contar. Por aquí les dejo las duraciones
de pavada. ¡Qué rico!
Y, oiga, una cerveza, tráigame otra. Vale, vale. No, pero no hace falta.
Oiga, tráigame la cerveza. Cállate, Alberto. Bebe primero esta y luego te
pides otra. Tráigame la cerveza.
¿Por aquí? ¿Le retiro usted el platito o termina el tomate?
Seguro que se termina el tomate. Ah, no, mira, qué raro.
Llevas tres cervezas, ¿eh?
Dos.
Dos con la que viene.
Eso, de verdad.
¿Te retiro la otra cervecita?
Sí, me la voy a terminar un poquito, que está fresquita todavía.
Me ha dejado algo.
¿A ti?
En herencia.
¿El qué te ha dejado? Pues no lo sé. Dice que si quiero saberlo, tengo que ir
a recogerlo allá a Cantabria.
O sea, no me lo estoy inventando, lo dejó dicho un abogado.
¿Y por qué a ti?
¿Alguna vez le hablaste tú de mí a tu padre?
Alberto, que yo no hablaba con él, prácticamente no le conocía. ¿Entonces
aquí qué cojones pasa? ¿Y yo qué sé, Alberto? No me grites, no me grites. ¿De
verdad, qué?
No te estoy gritando.
¿Por qué nunca me dijiste que tu padre estaba vivo?
Voy al baño un momentito. ¿A qué, te vas al baño?
¿Eh? ¿A qué te vas a llevar? Cállate ya, Alberto, de verdad, tío. Eh... Macho.
Y anda, llévate el bolso. Anda, llévate la mierda.
Hija de puta.
Cerda.
Pues... Pues me tengo que ir.
¿A dónde vas si no has comido nada?
¿Eh? ¿A dónde vas si no has comido nada?
Tengo estómago ahora ya con este calor y todo.
No tiene nada que quitar el hambre, hijo.
Siéntate, por favor.
Que no quiero comer, Alberto, te lo estoy diciendo.
Ya, coño, te estoy diciendo que no quiero comer, pero tienes que poner que
no me toques.
Te he dicho que no quiero hablar contigo y de nada. No me da la gana de sentarme.
Te estoy diciendo que me tengo que ir, que tengo un lío de la hostia, Alberto,
que tengo un pifostia tremendo, que tengo a Javier solo con los perros y
estamos de obras en la casa. ¿Qué cojones es, Javier? Mi novio, que tienes
memoria para lo que quieres, que te acuerdas de la vieja, no te acuerdas
nunca de mis cosas.
Me puedes traer, perdona, ¿eh? Lo siento, señor, ha sido él que me está...
A ver.
Vale ya, Alberto, ¿eh? Venga, espérate un momento. No, vale ya, Alberto, coño,
vale ya.
No tengo nada que hablar contigo, ¿te enteras? Nada que hablar contigo.
No quiero saber nada de ese señor. Y tú tampoco.
A mí me ha tocado la casa y me la quiero ventilar. La he puesto a la venta.
Vamos a dejar las cosas así, ¿eh?
No vayas a Cantabria, te lo pido por favor.
Hola. Hola.
Madrid está imposible. Por Dios.
¿Dónde estás?
En el despacho.
¿Adivina quién me encontré en el súper?
No lo sé, Juan Pablo, no lo sé.
A Carlota.
Muy bien.
Me dijo que quería leer algo tuyo, algo de teatro.
Le dije que ya no escribía, le dio mucha pena.
Pues a mí ninguna.
¿Qué dijiste?
Que a mí ninguna pena.
Ninguna.
¿Viste a tu madre?
Sí.
¿Y? Se ha metido una raya en medio de la comida como Dios manda.
Nada nuevo.
Pesa 30 kilos.
Insoportable.
Nada nuevo.
No quiere que vaya.
¿Pero y tú qué quieres?
¿Por qué me quitas la música?
Eres historiador, ¿no?
Sí.
¿Y? ¿No te parece interesante que la única historia que no te importa es la
tuya?
Voy a hacer la escena.
¿De dónde vienes, amor, mi niño?
De la cresta del duro frío.
¿Qué necesitas, amor, mi niño?
La tibia tela de tu vestido.
Que se agiten las ramas al sol y salten las fuentes alrededor.
En el patio ladra el perro. En los árboles...
los cabellos.
¿Qué pides, niño, desde tan lejos?
Los blancos montes que hay en tu pecho.
Que se agiten las ramas al sol y saltan las fuentes alrededor.
¿Cuándo, mi niño, vas a venir?
¡Hasta la próxima!
¿Cómo?
¿Qué?
¿Llegar a la nieve qué?
Yo tuve un hijo.
Mi hijo.
Lo ahogaron en el pilón, en la puerta de mi casa.
Y en cien días no me dejaron abrazarlo.
Decían que tenía los pies diminutos.
¿Tú lo entiendes?
De su boca manaba un hilito de sangre roja y se puso pálido.
Como una ola.
Lo siento.
Yo te recuerdo en tu cuna.
Tan pálido.
Me parecía que era como un niño de nieve y que en cualquier momento podía
deshacer.
Pensé que te habían matado, pero estabas aquí.
Me confundes, Lucius.
¡Hijo de...!
¡Eso
es! ¡Eso es!
¡Vamos allá!
¡Vamos allá!
José, venga, vámonos ya. Un momentito, hija, que ya casi lo tienes. Mira qué
bonito. Venga, hombre, que mañana tenemos que madrugar.
No
amanece
nunca.
Carlitos. ¿Dónde vas?
¿Qué haces?
Aquí solo y a de hora.
La de hora es la misma, para vosotros.
Pero un hombre solo, en estas calles oscuras.
¿Dónde ibas?
¿Qué sois, la policía?
Policía no. Si te lo digo para que te vengas con nosotros, que tenemos tabaco
y tenemos ron. Nos están esperando las hijas de la zapatera.
¿En té? No puedo. Tengo cosas que hacer mañana temprano.
Pero tendrías que hacerle caso a tu padre, Carlos.
Juntarte un poquito más con nosotros.
Y dejar a sus amigos que tiene.
A mí no me gusta decirte esto, pero ya sabes que la gente habla mucho.
Dicen.
Dicen.
Ese amigo tuyo que tienes, ¿cómo se llama?
¿El Enrique?
Ese. La anarquista.
Por no hablar de... De Lorenzo.
Sabes lo que dicen, ¿no?
¿Qué dicen?
Las nuevas costumbres.
Pero tú no te preocupes.
Las cosas van a volver a donde estaban.
Se hace falta con tres tiros en la frente.
Bueno, te dejamos que nos esperan las muchachas.
Tú eras futbolista, ¿no?
He sido muchas cosas.
¿Y eras conocido?
Eras.
Es una forma de hablar.
Lo dejé.
¿Y tus padres?
¿Mis padres qué?
¿Qué quienes son? ¿Cómo se llaman?
¿Por qué lo quieres saber?
¿No querías hablar?
Sí, pero tú no querías hablar.
Pues hasta no hablemos.
Mis padres se llaman Lucio y María.
Viven en Madrid.
Pero son de Jaca.
Mi padre trabaja por una empresa francesa de gasolina.
Y tengo dos hermanos.
María y Tomás.
María es costurera.
Y mi hermano es teniente de la infantería.
¿Y dónde está tu hermano?
Hace mucho tiempo que no sé nada de él.
Hace mucho tiempo que no sé nada de nadie.
Si me ocurriera algo, por favor.
Cállate ya.
Es importante.
Escúchame. No sigas, no empieces otra vez. Si me pasara algo.
¿Qué te va a ocurrir?
Que me van a matar.
Que no te van a matar, te van a hacer un juicio y te van a interrogar. No, me van
a fosilar.
Después de interrogarme. Que no, que eso no va a pasar.
Prefiero que me maten antes de contarles nada.
Por eso te dejaste morir en el frente.
Estás preguntando mucho, ¿no?
¿Quién te ha dicho eso?
Dame un cigarro y te lo cuento.
¿Qué pasa? ¡Que escapa!
¡Que escapa!
¡Quieto! ¡Quieto, jodas! ¡Quieto que disparo! ¡Quieto!
¿Qué ha pasado? ¿Qué ha pasado?
¿Qué ha pasado?
Hola. Hola.
Dígame. Estoy buscando a Pedro Iguña.
No está aquí ahora.
Pues tenía cita con él ahora.
¿Ahora? Este es el 68.
Sí, sí, sí. Vive Pedro aquí. Sí, vive aquí, vive aquí, pero no está. No creo
yo que te haya dado una cita ahora un viernes.
Hombre, pues son las 3 de la tarde. Sí, sí, de un viernes, de un viernes. Es que
tengo un poco de prisa porque tengo que volver a Madrid.
¿A Madrid?
Soy Alberto.
¿Tú eres Alberto?
Sí. El nieto del señor Azcuna. Yo soy Goyita, era muy amigable. Te doy los
besos.
Encantada. Igual. Pues espérate, que estoy contigo.
¿Dónde puse yo el bolso? ¿Dónde está Pedro?
No te preocupes, que está ahí al lado Pedro, que lo vamos a solucionar en un
momento. Muy bien.
Te pareces a él, ¿eh?
Te pareces a tu abuelo. Es que tengo un poco de prisa, porque yo tengo un tren a
las ocho.
¡Rogelia!
Felicidades, ¿eh?
Gracias. ¿Cuántos haces?
¿Cuatro? Nada más.
Una chavalina.
A estrenar. A estrenar. No, Pedro ya no ejerce. Lleva algún caso de algún
familiar, de algún amigo, como tu abuelo.
Pero lo gordo, gordo, se lo llevo yo.
¿Trabajáis juntos?
Sí, desde pequeño.
Se la ayudo.
¡Hasta luego, chicos!
¿Qué? ¿No pensamos pasar por casa?
Venga.
Venga, levantamos trompamento.
Pero si solo estamos aquí contándonos nuestra vida. Sí, pues mañana te la
sigue contando. Que me acabo de separar. A ver, venga, que tenemos faena.
Levanta. Pero si estamos aquí tomando.
Bueno, mañana tomáis más. Mañana tomáis más. Por favor.
Como si no lo tomarais todos los días. Oh, linda, de verdad, ¿eh?
¿Desde qué hora lleváis aquí?
Toda la mañana. ¿Qué importa?
Es tiempo que nosotras llevamos. Virgen, ¿cómo va?
Pero bueno. Pasa para el coche. Si queréis el pueblo, para que me estira.
Chica, mira qué calor hace hoy. ¡Calla ya, Sonia! Que eres mucha rana. De
verdad, mira qué calor. Pasa para aquí.
Cuidado.
Cuidado con la cabeza.
Mira, de verdad, ¿eh?
Que tú también vienes al bar, ¿vale?
¿Cómo eres, hija?
¡Qué horror!
Entra, anda.
Pues mira, chinchín.
No, no voy a entrar, Goyita, no voy a entrar.
Venga, que te llevo a casa de tu abuelo.
Goyita, no voy a ir a casa de mi abuelo.
Quiero hacerlo del testamento e irme a Madrid. Te lo pido, por favor.
Yo no te lo puedo hacer, tiene que hacértelo él.
¿Por qué?
Porque la cláusula quinta del testamento... El testador dispuso que el
albacea sea el único con facultades para entregarte el sobre que se te ha legado.
Y el albacea se tomó muy en serio el viernes.
Esto es alucinante.
Te quedas en casa de tu abuelo, chico, que la tenía muy mona.
Ya verás que vas a estar muy a gusto.
Venga, pasa.
Lo hacemos mañana a primera hora.
¿Y tú dónde tienes el tapón?
¿Ya lo volviste a perder?
Acabo en Dios.
¿Dónde tienes el tapón? Que si no, no se te entiende.
Espera un momento, Alberto.
¿Qué pasa, Goyita?
¿Viste el tapón? ¿Qué tapón? ¿Qué usa para hablar? Aquí no hay ningún tapón.
Ha venido sin tapón. La única que hablo soy yo. Les estoy contando mi historia.
Y vienes tú.
Ya sabes que anoche he salido.
No, no le ha traído. Ha venido sin tapón.
Tu abuelo te quería mucho.
Tenía un recorte mío.
¿Cómo un recorte mío?
Un recorte de periódico, sí.
De la obra de teatro que hice después de las rezas.
¿De la última que escribiste?
¿Sabes? ¿Y dónde lo tenía?
Pues en un álbum.
Pues qué lindo, ¿no?
No te conocía, pero era fan.
A lo mejor estaba orgulloso de ti. Un poco raro, ¿no?
Pienso yo, no sé.
Porque no me conocía, tú mismo lo has dicho.
Es raro, Juan Pablo.
Juan Pablo, ¿qué haces?
Era muy guapo.
Mi abuelo de joven. Sí.
Era muy guapo, tenía unas pestañas muy largas los ojos.
Muy grandes.
Mamá.
Escúchame.
Estoy muerto. ¿Es una noche nada más?
Sí, mañana voy a Madrid.
Ok. Bueno, te dejo entonces.
Te quiero.
Papo.
Te quiero. Papo, adiós. Chao, chao.
La linterna o un encendedor o lo que hubiera. Son muy listos los hijos de
puta. Hombre, ya.
A ver.
Anda que no.
¡Ah!
¡Ja, ja, ja, ja! ¡Ja, ja, ja, ja! ¡Ja, ja, ja, ja! ¡Ja, ja, ja, ja! ¡Ja, ja,
ja, ja! ¡Ja, ja, ja, ja! ¡Ja, ja, ja, ja! ¡Ja, ja, ja, ja! ¡Ja, ja, ja, ja!
¡Ja, ja, ja, ja!
¡Ja, ja, ja, ja! ¡Ja, ja, ja, ja! ¡Ja, ja, ja, ja! ¡Ja, ja, ja, ja! ¡Ja, ja,
ja, ja! ¡Ja, ja, ja, ja, ja!
¡Ja, ja, ja, ja, ja! ¡Ja, ja, ja, ja, ja!
¡Ja, ja, ja, ja, ja!
¡Ja,
ja, ja
¿Qué? El rojo, ¿dónde está?
Arriba. ¿Arriba?
No te seas capo que no te vamos a volver a acudir, ¿eh?
Tanto.
Hola. Hola.
Sí, han llegado dos camiones de Santander y están fatal.
¿Dónde están?
Están abajo.
Tú, sécale.
Con cuidadito, ¿eh?
Para que cicatrice.
¿Han venido los refuerzos? Sí, sí, ya están aquí.
¿Por qué no llamáis a Petra y a los de la planta 5?
Venga, levántate.
Levántate.
Estás enfadado.
Enfadado.
Venga, date la vuelta.
Todo duele, ¿no?
Sí, aquí.
Como si te hubieras estado quieto.
No voy a estar quieto.
Lo
siento.
Venga, pístate.
¿Me ayudas?
No.
Ya estoy.
Tú nunca entenderás lo que te quiero.
Porque duermes en mí y estás dormido.
Y yo te oculto llorando.
¡Eh, dámelo!
Es mío.
¿Qué pasa? ¿Qué es?
¿Me lo des?
¿Eso qué es?
Es un poema.
¿Un poema de quién?
Un regalo.
También de Madrid.
¿Madrid?
Estamos cerca de Santander.
Sí. ¿Por qué?
Porque es la tercera vez que estoy aquí.
La primera vez fue hace tres o cuatro años.
Y era verano.
Pero llovía, como ahora.
¿De excursión?
No. Con el grupo.
¿Qué grupo?
De teatro.
¿Así actor?
No.
Era el secretario.
Y el conductor.
Pero a veces me tocaba salir.
¿Y si iba a haber mucha gente?
Sí.
Sí, a lo mejor a su idolar de nosotros.
La barraca.
Éramos un grupo de teatro universitario.
Hacíamos teatro clásico.
Íbamos de pueblo en pueblo.
La República quería que había músicos.
Que si había músicos.
Claro que había músicos.
Una prima mía, la de Torra la Vega, me dijo que fueron a un teatrillo a tocar.
Y había músicos que no se los veía. Estaban detrás de los actores.
Eso se hace, ¿no?
¿Cómo está?
Bien, muy bien.
Descansando.
Eso es lo que me gustaría a mí.
¿Y qué?
Tocar en un teatro.
Con un traje de categoría.
Poder verlos a todos, pero que nadie me vea a mí.
Como si fuera invisible.
¿Cómo te llamas?
¿Por qué te importa?
¿Alguna chica?
¿Novia? Sí.
No.
¿Y tú?
Antes de la guerra hubo una.
Conchita.
Pero murió de anemia.
Lo siento.
¿Y es ella la del poema?
No.
No exactamente.
Entonces, ¿por qué no me dejas leerlo?
Tú nunca entenderás.
lo que te quiero porque duermes en mí y estás dormido yo
te oculto llorando perseguido por una voz de penetrante acero
norma que agita igual
carne y lucero traspasa ya mi pecho dolorido
Y las turbias palabras han mordido las alas de tu espíritu severo.
Rafael.
¿Qué?
Que no entiendo nada.
Testamento del señor Azcuna García.
Apertura delante de su nieto, Alberto López Azcuna.
Conforme a la voluntad del testador, el abogado Pedro Iguña fue nombrado albacea
del testamento.
Vale.
Esto es lo que te dejo, Pati.
Todas las disposiciones del entierro y todo eso ya se llevó a cabo y el resto
de bienes materiales pasan a ser por derecho propio de tu madre.
Pero esto te lo dejo nada más que Pati.
Muy bien.
A mi nieto.
Pedro te entregará una carta.
Te pido que encuentres a la familia Rodríguez Rapun y se la entregues.
Tu abuelo podrá descansar en paz si sabe que ha cumplido su promesa, aunque sea
tarde.
A mi padre.
Me trataron bien y estuve sereno hasta el final.
A mi hermano Tomás.
Sigue estudiando, no seas tan distraído como yo.
Siento no haber pasado más tiempo contigo.
A mi hermana.
No hagas caso a papá y échate un novio bueno que te acompañe a las verbenas y a
las cervecerías, como cuando íbamos juntos.
A mi madre.
Recuérdame con alegría, como hago yo ahora.
También te va a entregar un sobre con un manuscrito.
Tú podrás entender su valor y sabrás qué hacer con ello.
¿Y esto qué es?
Nunca nos explicó nada.
Nomás que dejó estas instrucciones.
No hablaba mucho del pasado, ¿eh?
Perdona, ¿me dejas el periódico?
¿Has terminado?
se detiene a los militares y a sus cómplices civiles.
¿Qué haces aquí?
¿No te alegra de verme?
Sabes que sí.
Dame un abrazo.
A veces se me figura que estás hecho de nieve.
Si te hablo muy de cerca te vas a derretir.
Tú, en cambio, qué manos tan calientes.
Y fuera caña amarada.
Pues a mí me falta poco para dormir.
¿Por qué está disgustado ese corazón tan nuevo?
Si hablaras se derrumbaría la que se entera.
¿O haces algo para calmar tu pena?
No lo sé.
Quisiera.
¿Vas a volver al casino?
Debo.
Hoy mismo.
¿Qué dirás?
No vuelvas a ese casino aunque lo quiera tu padre.
Ahí se esconden seguro traidores y militares.
Ven a las plazas conmigo, donde no puedan ahogarte.
Hay una granada nueva que despierta en cada calle y abre sus mil balcones a una
libertad más grande.
Y hay otra gran antigua que quiere el ano en la sangre.
Tu vida está con la gente. Decidí a levantarse. Ven conmigo.
¿No dices nada?
Se me han olvidado todas las palabras.
Carlos, acuérdate.
Tienes que decir exactamente las palabras que yo te he indicado.
Y no otras.
¿Estamos?
Estamos.
Tú cuando llegues allí, ¿eh?
Apertones fuerte y la voz en alto.
Y ya verás cómo no te vuelven a echar la bola negra.
Pero es que vas a salir.
Sí, madre.
¿Por qué él puede salir yo, no? Si estoy que reviento por echarme a las calles y
ponerme más negra que un muchacho. Calla ya, Valentina.
Tú abordás y ya estás tranquila.
Dame hilo y aguja y me bordaré la carne.
Tú no vas a ningún lado. Desde que me he levantado tengo un no sé qué más malo en
la sangre. Tienes que cerrar un negocio con el dueño de un ingenio de azúcar que
está de paso por la ciudad.
Pero no habéis escuchado la radio. Deberíamos desllenar las calles. Y eso
no puede esperar.
Tú siempre tienes que opinar de lo que no sabes.
Nada. Yo voy a mirar la pared de enfrente.
Bueno, me voy. Carlos.
Carlos.
No seas cotilla, Valentina.
¿Un café, una bebida caliente?
Eh, no, gracias.
¿Algo para picar?
No. Agua, agua. No, que no quiero nada, gracias.
¿Nada? No.
¿Qué ocurre?
Nada.
¿Qué no me cuenta?
Vuelto otra vez.
¿Por qué no te vas a Madrid cuando acabe el verano?
Hablaré yo con tu padre.
¿A Madrid?
Tú no estás bien, Granada.
Y allí tú puedes llevar la vida que tú quieras.
Con discreción y cuidado.
Madre, yo no... Yo he juntado algunas pesetas para cargar.
No me vaya a llorar usted.
No.
Si yo no lloro nunca.
Hace mucha calor, Dios mío.
El verano es la peor hora de Granada.
Hay que apartar el aire con los brazos para poder caminar.
Mamá, acabo de volver de Cantabria. Te he llamado 15 veces.
Perdón.
Llámame, es importante.
¿Alguno por aquí de Madrid?
¿Tú? ¿Tú has estado en el Hotel Ritz? No me extraña.
categoría, con cubertería en oro, marroquinería elegida por Enrique Loewe
y la más fina porcelana de Francia.
Ahora está lleno de militares.
Pero antes olía bien.
A ver quién va a ser nuestro camarero de esta noche.
picante. Si hay menores, al vestíbulo.
Tú no.
¿Qué hago?
Eres el camarero, hijo, empina la botella para que salga el chorro,
empina, empina.
El truco está en empinar bien.
Yo empino bien, yo empino, yo empino. Al ritzo íbamos las muchachas, con las
madres y las tías.
A tomar un té danzante y a buscar algún gandul con el que echar un...
en tal periodo.
¿Tú tienes paños? Sí, sí tengo.
Militariano de la cuarta fila.
Eh, que miras, pirindoy.
Que me miras con esa cara.
Pues mira, tú vas a ser la muchacha.
Pues listo.
Y la canción dice así.
Fortunato, percutea, cariño.
¿Qué tal, Fortunato? Que te has dejado la peluca en casa.
Ay, cómo toca el maestro.
No toca otra cosa, pero el manubrio.
que es decente, se corta y dice... Ay, suélteme,
no me oprima a los demás, pues le diré
si me quiere asustar.
Que soy cardíaca y por esta razón no puedo llevarme ningún
sofocón.
A esa no la atrevas, salga a trabajar. Vamos a verla.
Tiene diez pesetas. Bien, bien. Y voy.
Asqueroso.
Su amor es... De mierda.
Sube. ¿No?
Sube, sube. Mira, mira lo que me ha hecho el cerdo este. Mira, mira lo que
me ha hecho.
Que me ha mordido. Mira, mira, me ha mordido o no me ha mordido.
¿Lo ves?
¿A qué tengo marca?
Uy, sí que te ha mordido.
Está rojo. ¿Ves?
Anda, dame un orujito de ahí.
Que me he mareado y todo.
Los dos bestias, los italianos estos.
Mira, el otro día conocí a un italiano también.
Unas manos regias, bellas, como un cuadro de broncino.
Cógete una para ti. Sí.
Me regaló unos zapatos de piel.
Yo más contenta que unas castañuelas con mis zapatos, claro.
Y el otro día veo en primera fila...
A una mujer mayor, mirándome fijamente a los zapatos, con una
cara, la cara más triste que he visto yo en mi vida.
Cuando acabó el espectáculo, ¿sabe lo que me dijo?
¿Qué?
Que había reconocido los zapatos de su hija.
Se habían fusilado hace dos semanas.
Los zapatos de una muerta.
Por eso te digo que no tienen ninguna consideración los italianos.
Bombardaron mi pueblo, los italianos.
¿Tú de qué bando eres?
Soy el nacional.
Bueno, me pusieron un fusil en la mano y me mandaron aquí.
¿Los italianos atacaron mi pueblo por error?
Claro. Por errores, seguro.
Oye, cantas muy bien.
Hago lo que puedo, hijo mío.
Y la canción me ha encantado. Esta última que has cantado.
Sí. Sí, no la había escuchado nunca.
Es de mi amigo Edmond de Brice.
No me suena.
Ay, Edmond.
Tendrías que haberle visto actuando en los musicals de Madrid.
Una cara.
Con un vestido mucho más bonito que el mío.
Muchísimo más guapa que yo.
¿Cómo que más guapa?
Edmond es transformista.
¿Eso qué es?
Un imitador de mujeres.
Nos hacía a todas. A la Bella Otero, a la Goya, a Pastora Imperio, a Raquel
Meyer. No, a esa no.
Lo hacía tan bien.
Que hasta los mozos del gallinero soñaban con pasar una noche con él.
¿Y lo hacían?
Pues claro.
En Madrid lo hacíamos todo.
Vivíamos felices en pecado mortal.
Y ahora míranos.
Pues me encantaría ver a tu amigo algún día.
Pero desde que empezó todo esto, no sé dónde está.
¡Nene! Ni si sigue vivo.
¡Nene! ¡Voy!
Que la epiléptica está finiquitando.
¡Nene, venga, hombre!
¡Que voy!
¿Sabe lo más bonito que aprendí de él?
¿Qué?
Que el travestismo es la fantasía de la posibilidad.
Y la guerra todo lo contrario.
¡Nene, nene guapa!
¡Voy! Nene, espera.
Cuando esto acabe, yo voy a ir a Madrid también.
Claro, ahí nos vemos.
Claro que hay un poco de privilegio, tío.
A nosotros siempre salimos al hilo del baño y de repente le vemos,
date la vuelta.
Tío, que le tuvieron que sacar.
Vamos.
Hola, amor.
Hola. Ya volviste.
Claro. Ya estoy aquí. Nos ligamos un poquito.
Ya veo ya.
¿Qué tal te fue?
Ahora hablamos muy bien.
Me voy a tumbar. No, no, no.
Me quiero ir a tumbar. Ya volviste, ¿qué tal?
¿Qué tal te fue?
Ahora hablamos.
Mira, mira, te acuerdas de Rocío, ¿verdad?
Y miren quién está aquí.
¿En serio?
Miren quién vino.
Hola. Alberto, maricón, ¿qué tal? ¿Qué tal, Rocío?
Amor, ¿qué haces aquí?
Pues, hija, he cogido un tren, pero me voy a ir a dormir ya porque estoy
muerto. No, está genial aquí, está divina tu casa.
¿Has estado bien? Estamos, mira, jugando a juegos. Ya veo, Pedro. Soy hombre o
mujer. Ah, mira, Pedro Almodóvar, muy bien.
No, tía, que no está así. Ah, que no te lo tenía que decir. Bueno, lindo. Sí,
sí.
No,
vamos. Pero cuéntame de la herencia. No es nada, la herencia. Cuéntame. No,
porque son unos papeles. Ya está, unos papeles. ¿Y qué decían los papeles? Pues
no los he leído, no lo sé.
Ya está. ¿Qué será? ¿Qué crees que es? ¿Tú me escuchas cuando te estoy
hablando? Que no, lo sé.
Chico.
Yo sé que se ha pasado un momento difícil, pero... ¿Podemos hablar mañana,
por favor?
Amor. Amor, que nos vamos si quieres. No, no, no hace falta que se vaya nadie.
Amor, escúchame, que nos vamos, de verdad. Que no hace falta, que os podéis
quedar, que yo me voy a dormir, ya está.
¿Tenéis hielo? Bajad un poco la música y ya está. Vale, voy a por hielo, voy a
por hielo.
Me voy a dormir.
¿Hablamos mañana? Sí.
¡Ah!
¡Qué gran novedad sería!
Muy bien.
¿Hablamos mañana?
Que de verdad, que nos vamos. No, no, no.
Que ya está, tía, que no quiero mal rollo, ya está, nos vamos.
Nos vamos, nos vamos a casa de juguete.
Él se va a dormir.
¡Españoles! ¡Santander es nuestro!
Para terminar, le damos la conquista dándole bienvenida a la ocasión más
querida de nuestra queridísima patria.
y sus delicias epilépticas
la inscripción con entusiasmo deseando que sea
Arnal.
¿Qué?
¿Tú sabes?
¿Tú sabes lo que les van a hacer?
¿A quién?
A los de Reynosa.
A los rojos.
Los van a matar.
¿Cómo que los van a matar?
Los van a matar.
Pues les tienen que interrogar.
Les tienen que hacer un juicio.
Es así esta mañana.
Lo han interrogado hoy.
Un veñero de la falange.
Por eso no han dado el día libre.
Igual están ya muertos.
¿Por qué?
Porque lo pregunta.
¿A dónde va, eh?
Sebastián.
Me quedo yo con él.
Que me quedo yo con él.
A juzgar por los trabajos biográficos publicados en España,
parece que ningún
español ha amado nunca.
Que ningún español ha deseado nunca.
Que ningún español ha escrito jamás.
una carta de amor.
Gerald Brennan. Un gran amigo de Virginia Woolf. Ah, sí.
Gerald señaló hace décadas que lo que impide la creación de
biografías en España es el exceso de pudor de las
familias de los personajes biografiables que les ha llevado históricamente a
destruir sus correspondencias privadas u otros papeles íntimos, sin los cuales
el trabajo del biógrafo es imposible.
¿Pero es posible deseparar la obra de un autor como Federico García Lorca o
Cernuda de sus deseos más íntimos?
de su tan largamente silenciada homosexualidad?
Para mí no lo es.
Por eso dicen que soy una americana obsesionada con el sexo.
Lo que yo digo es que ellos son simplemente homófobos.
Muchas gracias, Isabel. Es curioso que nuestros mayores hispanistas sean como
tú. personas de fuera de España.
Gracias a ti.
Hay una en concreto que habla de un joven en Granada al que rechazan en un
casino, ¿verdad?
Creo
que
tengo el resto.
¿Cómo? Que creo que tengo el resto de páginas de La bola negra.
Sí, sí, es posible.
Cancel my flight.
¿Es su letra?
Eso parece, ¿no?
No, no parece.
Es su letra.
Isabel. Ah. The book you requested.
Thank you. I'll be right there.
La Bola Negra es una obra sobre una decisión. Sí.
Cierto.
La primera obra de Federico, con un protagonista explícitamente gay.
¿Carlo, dónde va? ¡Carlo! ¡Carlo!
Y no publicó la base, pero de manera mucho más crítica.
Aquí quería llegar a todo el mundo.
Hay algo que me llevo años preguntando.
¿Qué decide Carlos?
¿Estás allá afuera?
El pueblo quiere San Raúl.
Puede pasar.
Dice la verdad.
Miente.
Léelo.
Léelo tú mismo.
¿Por qué ha vuelto al casito?
Vengo a pedir que reconsideren su decisión de echarme la bola negra.
Bola negra.
Bola negra.
Bola negra. Bola negra.
Yo... Los socios le han echado la bola negra porque su condición es un secreto
a voces en esta ciudad.
¿Puede negarlo?
¡No lo hemos logrado!
¡No lo hemos logrado!
Campesinos, obreros y estudiantes buscan venganza. Estamos en mitad de una
votación. La calle está llena de gente armada que parece que le llevan al agua.
Y nos buscan por traidores. ¡Sacad los rifles de las vitrinas!
¡Aquí no entran, tíos!
¡Silencio, he dicho!
¡Silencio!
En cien años de historia no se suspendió una votación.
Sabe que respetamos a su padre.
Don Vicente es uno de los socios más antiguos del casino.
Pero comprenderá que en esta casa no entran hombres hechos de saliva.
Necesitamos una respuesta para todas las preguntas.
¿Es usted homosexual?
Sí.
No, no lo soy.
¿Por qué te lo he dado ahora? ¿Por qué a ti?
Mi abuelo murió hace muy poco, hace nada.
Y creo que sabía que yo me dediqué a escribir teatro, pero hace mucho tiempo
yo no escribo.
¿Por qué?
Supongo que la realidad me da menos miedo que la ficción.
Simplemente son, pues, hechos, cosas.
¿Escribías bien?
Pues no lo sé.
A la crítica le parece que no.
Y ahora te ha llegado.
Esto.
Solo el misterio nos hace vivir.
Solo el misterio.
¿Qué hago con la obra, Isabel?
Inheriste algo y no sabes qué hacer con eso.
Eres español.
Así que empecé a estudiar Lorca debido a mi hermano más joven.
Era gay.
Vivimos en una pequeña ciudad en Nueva York, en los Estados Unidos.
Muy, muy católicos.
Fue una infancia muy difícil.
Y... se mató.
Comitió suicidio cuando tenía 16 años.
Sin nunca decirle a nadie quién era.
Creo que todo este trabajo...
Y lo más importante de todo.
porque escondió por toda su vida la bola negra.
Vengan a mí todos los que están fatigados y sobrecargados.
Carguen con mi yugo y aprendan de mí, que
soy paciente y humilde de corazón.
Y encontrarán descanso. ¿Saben decirme antes de matarme, hijo de puta?
Porque mi yugo suave... ¿Por qué no bendices a los asesinos?
¡Cállate!
¡Venga! ¿Qué haces? ¡Mátame tú! ¡Sácame de aquí!
¡Tira!
¡Tira!
¡Tira!
Tienes que hacer algo por mí.
Tienes que recuperar unos papeles.
Unos papeles. Es una obra de teatro, por favor. Es muy importante. Bueno, ¿qué?
¿Qué pasa?
Llévenselo.
¡No! ¡No!
Le pusieron cuatro años más de servicio de cuando terminase la guerra y ya está.
No sé qué es lo peor, ¿eh?
Te lo digo yo.
Bastante mejor que que te maten. ¿Qué pasa?
No comes.
No tengo hambre.
No, no tienes hambre.
Madre mía. Madre mía.
Está finito.
Terminado.
Qué bien comienzo.
Termino de contar la historia.
Nada.
Que nos hacen creer que nos van a matar si desertamos.
Pero a ese le pusieron solo cuatro años más de servicio.
¿Pero por qué lo dices? ¿Estás pensando en desertarlos? No, no, yo no.
Buenas las alubias.
Mejores que las de mi madre, mi teniente coronel.
Bueno.
Mañana a las seis salimos.
Nos llevamos de paseo a los de Reynosa.
Sí, mi teniente coronel.
En Italia no tenéis de esto, ¿eh?
No, mi teniente coronel.
Pues haríamos unos 23 kilómetros total, con 1700 de desnivel y luego
arriba a 2200 metros estaría.
Y también puedes ir a hacer la de tres visos, que es el espacio, que es hacer
un zigzag, subir por el monte y esa nada, esa en cuatro horas la haces.
Gracias.
Mira todo esto. Si lo haces todo habrá tenido sentido.
¿El qué?
Que tú y yo nos hayamos encontrado.
Prométemelo.
Quieto.
¿Qué estás haciendo?
Hola, me gustaría hablar con Tomás Rodríguez Rapún.
Vale, gracias.
Pues mire, le llamo porque mi abuelo tenía relación con su hermano.
¿Con Rafael?
Con Rafael.
¿Sí? Sí.
Mi abuelo se llama Sebastián, Sebastián Azcuna.
¿Azcuna? Sí.
Sebastián, Sebastián Azcuna.
¿Hola? ¡Mamá!
¿Hola?
¿Javier?
¿Mamá?
Ah, eres tú.
Sí, soy yo. No hace falta que te alegres tanto, hija. ¿Has visto a Javier fuera?
No sé quién es Javier.
No, nada, soy yo.
Y me ha dejado sola con toda esta movida.
¿Qué tal, hostia?
Te llevo llamando una semana por teléfono. Si es que no sé dónde tengo el
móvil, pero ¿te has visto el jaleo que tengo aquí?
Sí, ya veo. No sé qué cojones estás haciendo con la casa.
¿Se escucha?
¿Qué?
He ido a Cantabria. Te dije que no fueras. ¿Cómo no voy a ir? Pues no
yendo. ¿Eh?
Haciéndome caso por una vez en tu vida.
Tu padre me dejó una obra de teatro.
Ala, pues ya está. Una obra de teatro.
Se acabó el misterio.
Inédita. De Lorca. Muy bien, léetela si te apetece. ¿Por qué la tenía?
¡Que no lo sé, Alberto, coño!
¡Las bolas!
Me voy a cagar yo en la leche al final.
Por cierto, oye, chicos, antes de iros me cerráis los velus arriba.
Yo tengo a este. ¿Otra vez? ¿Otro día más o qué? ¿Cómo que otra vez?
Venga, vale, la hacemos. No, en serio, Diades, cérramelas.
Es que tengo a este y no puedo hacer nada. Vale.
Venga. Te pido por favor que me digas algo, que algo sabrás.
Sí. ¿Eh?
Mira, ¿sabes lo que sí sé?
Que tu abuelo te hubiera metido tres tiros en su momento por maricón.
Ay, mira.
¿Es la verdad?
De verdad.
Sí, era fascista tu abuelo, que no te enteras.
¡Ale! Las bolillas.
Te juro que llevo toda la vida intentándolo, pero es que no te
entiendo. Ah, pues, hijo.
No te entiendo. Bueno, es tan difícil de entender tampoco, la verdad.
Ese señor... me abandonó.
¿Eso lo entiendes?
¿Entiendes eso?
Sí, lo entiendo, lo entiendo que te abandono. He crecido sola.
Ah, que has crecido sola. Yo también he crecido solo ya que estoy hablando
contigo. No puedo más, chico. ¿Qué cojones haces? ¿Por qué no vas al baño?
Porque no tengo fosa séptica, ¿te vale?
Coño. ¿Qué, tío?
¿Cómo estamos?
Sí, pero es tú.
¿Eh?
Hola. Yo también he crecido solo, ¿eh? Y estoy aquí hablando contigo. Vamos,
hombre. Vamos, hombre.
¿Qué pasa?
Me vas a comparar. Si quieres te cuento yo a mi madre tranquilamente.
¿Eh? Ya hablamos.
No, es que no hace falta que me la cuentes, ¿sabes? Porque es que estaba yo
sin tu madre.
Ah, ¿estabas? Sí, estaba. Yo sí estaba.
Pues no nos recordamos igual. Ya lo sé que no. Si tú y yo no estamos nunca de
acuerdo en nada. No, desde luego que no. Pero tú has sido un niño feliz.
¿Pero por qué mientes?
Oye, no te inventes historias. Sé que ya no te dedicas al teatro.
Tú has sido un niño feliz.
¿Pero tú de qué vas, tía?
Que yo no he sido un niño feliz y que no me has pido perdón en tu puta vida.
¿Perdón? ¿Yo a ti, perdón?
¿Pero me has pegado acaso? ¿Qué te he hecho yo a ti?
¿Tú sabes lo que me ha costado a mí sacarte adelante?
Para que me mires todos los días con esa soberbia que tienes. Oye, te recuerdo
muy relajada con un gin tonic en la mano. O tomándote las rayas de cocaína,
¿no? Es que tú no te has drogado en tu vida, que no.
Me percibas siempre hasta arriba de medicación. Claro que me he drogado.
Claro que me he drogado, pero no con un niño de cinco años a mi cargo. ¡Cinco!
¡Hice lo que pude!
¿Vale? Yo estaba sola, tío, y tu padre me abandonó. ¿Qué hago?
Hice lo que pude, te lo juro. Pues digo yo que algo harás para que te dejes sola
a todo el mundo.
No sé, chica.
Diego Sebastián.
Diego Sebastián.
Diego Sebastián.
Tranquilo, Sebastián.
Todo esto va a terminar pronto.
Yo no voy a desaparecer del todo, nadie.
Me explicarás lo que te he dicho.
¿Por qué es tan importante?
Porque se lo prometí.
La primera vez que la conocí
no podía moverme del sitio.
Mi hermana sin verla y no podía respirar.
Pero la gente hablaba mucho.
El amigo de Federico.
Rapun, el chico que va con Lorca.
Y le dejé irse.
Se fue con el corazón roto.
Y luego tal.
¿Quién me va a perdonar eso, Sebastián?
¿Fiaty?
¿Para qué?
Para atarme las dos manos.
Entonces el pulso roto y mi carne tan pálida.
Estamos buscando a mi madre.
¿La recuerdas?
Veía alico de un vasito de hoja lata.
La mujer que cosía el aire con afileres de plata.
¿Esa? ¿La viste?
Aquí no vi nada.
Vamos entonces.
Esperad.
Me duele la herida que los niños me hicieron en la espalda. Y a mí me duelen
las muñecas y el corazón que ya no anda.
Pero hay que seguir.
Esperad.
¿Dónde vais?
¡Donde la nieve cae!
¿Todos presentes? ¡Sí, mi teniente coronel!
Las turbias palabras que nunca aprendí.
Y tú...
Cuando
yo nací, pues mi padre nos abandonó a mi madre y a mí.
Y mi madre...
Siempre me culpo de eso, ¿no?
Y de verdad, ahora que están los dos muertos, que he vendido la casa, tengo
un poquito de paz, ¿sabes?
¿A quién has vendido tú la casa?
Qué guapo Madrid, ¿eh?
¿Te hubieses estado aquí, Ramón?
Sí, yo vivía aquí de joven.
Y luego vine una vez con Sebastián al teatro.
Vimos tu obra.
¿Perdón?
Que vimos tu obra y nos gustó mucho.
Pues muchas gracias.
Discúlpame, Ramón, pero no podemos firmar la venta de la casa.
¿Por qué? ¿Cómo?
O sea, ¿vimos aquí para nada, entonces? Un momento, gorita, por favor.
Entiendo que usted habló con mi madre y llegaron a un acuerdo.
Dejando de lado el precio irrisorio que acordasteis, yo personalmente no puedo
permitirlo porque creo que en esa casa hay cosas de valor.
Cosas que mi abuelo guardó durante toda su vida.
Ya tienes la obra.
En esa casa lo único que queda ya de valor son mis recuerdos.
¿Cómo? Vale, café con leche.
Vale.
¿Cómo os ha gustado lo de la obra?
Es bueno.
Cuénteselo, Ramón.
Está todo bien. Gracias.
Gracias. ¿Y de qué conocíaste a mi padre?
Tu padre y yo nos conocimos... en un cine de ambiente.
En la calle Carretas, aquí al lado.
Yo iba al cine buscando un encuentro fugaz.
Pero el día que conocí a tu padre fue mi instinto.
Se acercó a mí y me dijo hola.
Yo me fui temblando.
No sé si de miedo o de vergüenza.
Pero al día siguiente volví.
Para ver si lo encontraba.
Y allí estaba.
Tu madre estaba embarazada de ti en ese momento.
Él quería tenerte.
Pues no fue así, ¿eh? Se fue.
Es que la situación era insostenible.
Tu madre acabó por enterarse.
Nos fuimos al pueblo.
Vivimos toda la vida en esa casa.
En el pueblo dijimos que éramos primos.
Los quisimos.
Los cuidamos.
Uno al otro.
No sé si fue feliz.
El corazón de un maricón es un océano lleno de secretos.
Espera que te acompaño, mujer.
¿Por qué tenía la obra, Ramón?
Porque prometió un hombre que la guardaría.
Un hombre que se llamaba... Rafael, Rafael Rodríguez Rapuno.
Sí.
El otro día llamé...
A su hermano por teléfono y me colgó.
Pues porque probablemente lo sabría.
¿El qué?
Que fue tu abuelo el que mató a Rafael.
¿Cómo?
Si te piden que lo hagas, tú lo haces.
¡Para! ¡Para!
¡Para! ¡Para! ¡Para!
¡Para! ¡Para!
¡Para! ¡Para!
¡Para! ¡Para! ¡Para! ¡Para! ¡Para! ¡Para! ¡Para! ¡Para!
¡Para!
Me lleve las verbenas y que disfrute.
Y a mi madre que me recuerde con alegría.
Como hago yo ahora.
Los encontrarás.
Gracias.
Tenía mucho miedo, Sebastián.
Pero te encontré a ti.
Ahí vamos, vamos.
¡Camina al suelo!
Por fin ha llegado.
Tengo muchísimo frío.
Ojalá pudiera convertirme en una manta de lana.
O en una pequeña lumbre para tu pecho.
O en una chocita para que te metieras dentro y dejaras de temblar.
¿Quién habla?
La primera vez que nos vimos era un niño.
Me viste cubrir los techos, los álamos y prados.
Estiraste la mano para tocarme y tu corazón se estremeció.
Ahora me recuerdas.
Nunca logré salir del casino, ¿verdad?
Aquí ya no sentirás la quemadura.
Pero no me ha dado tiempo a vivir.
Déjame volver, por favor.
Nadie puede regresar.
Atrás todo se queda quieto.
Aquí solo llega un rumor de nostalgia y de sueños.
Siento que nunca he vivido porque las horas no me han pertenecido.
Pensé que luego... Luego...
Los trajes se rompen.
Las anclas se horcigan.
Y vamos adelante.
¡A posición!
Los ojos se apagan.
Y una hoja muy afilada se haga lo junco de las orillas.
Hay que vivir, Carlos.
Vivir siempre.
¿Y si no me encuentran?
Ha llegado el momento.
¿Y si no me encuentran?
Deja tu cabeza sobre mí.
¡Carguen armas!
¡Apunten armas!
¡Fuego!
¡Dispare alguna!
¡Dispare!
¡Dispara!
¡Sebastián, dispara!
¡Huevo!
¡Dispara!
¡Rompan filas!
¿Dónde has dejado a la gitana?
No sé.
¿Estará en su casa?
Muy bien, pues que se quede ahí.
¿Y el rubio?
Estará en Albacete.
¿Estás bien?
Yo también tengo mis tragedias.
¿Y tú?
Estoy bien.
Escribiendo.
¿Terminaste la de las hermanas?
Sí.
Mi madre quiere que cambie los nombres porque hablo directamente de una familia
del pueblo.
¿Y qué vas a hacer?
Pues déjalo así.
¿Y lo nuevo qué es?
Es un drama realista.
Como los de Linares Rivas, igual.
Sin un gramo de poesía.
una obra sobre gente como tú y como yo.
¿Cómo?
De la cáscara amarga.
De los que se pintan lunares.
De los que se peinan con la raya al medio.
Pero yo no hago nada de eso.
Pero tus tragedias son las mismas.
Hablas de lo que perdemos cuando nos negamos.
Que nos perdemos.
La vida.
Mira, cuando yo era chico, los labradores de mi pueblo compraron unos
arados nuevos, con púas de acero que arañaban el campo.
Y yo, que era un niño curioso, seguía con la mirada al arado.
Me gustaba ver el tajo que hacía en la tierra, del que brotaban raíces en vez
de sangre.
Pero un día el arado se detuvo.
Había tropezado con un mosaico griego, enterrado hace siglos, con la historia
de Daphnis y Chloe.
Una historia de amor.
Este país tiene demasiadas historias de amor enterradas en los campos.
Hay que arañar la tierra para que salgan.
Para que puedan existir más.
Me han dicho que te vas a Granada.
Sí.
¿Por qué?
¿Qué hago yo en Madrid?
Las cosas se están poniendo feas, Federico.
Y aquí te podemos defender.
¿Y quién me defenderá a mí de tu belleza?
Federico, Rafael, venga, vamos a hacer una foto. Ahora vamos.
Óyeme, si me pasara algo, guarda esa obra.
Creo que puede ayudar a otra gente como tú y como yo, pero más chiquitos.
¿Ayudar a qué?
A que no acaben como tú y como yo.
Federico.
¿Qué?
Ten cuidado, por favor.
Si me muero, que se enteren los señores.
Tú nunca entenderás lo que te quiero.
Porque duermes en mí y estás dormido.
Tú nunca entenderás lo que te quiero.
Porque duermes en mí.
Y estás dormido.
¿Cómo se llama la obra?
La bola negra.
No lo vas a conseguir.
¿El qué?
Escribir algo sin poesía.
Seguro que al final termina nevando en verano o algo así.
Yo te oculto llorando.
Perseguido por una voz de penetrante acero.
¿Qué tal?
Muy bien.
¿Necesitáis algo?
No.
Estamos muy a gusto.
Qué contento estaría tu abuelo si te viera aquí en tu casa con tu trabajo y
con tu novio.
Norma que agita igual carne y lucero.
Qué alegría que sentiría.
Traspasa ya mi pecho dolorido.
Y las turbias palabras han mordido.
Las alas de tu espíritu severo
Grupo
de gente salta en los jardines
esperando tu cuerpo y mi agonía en caballos de luz y verdes crines.
¿Eh?
Ya me voy. ¿Qué es esto? Nada, solo estoy recogiendo unas cosas. Ya me iba.
Llévate lo que quieras.
Vengo por Abuela Negra.
¿Cómo sabes quién eres? ¿Y Abuela Negra dónde está?
¡Búscala!
¡Dámela!
Vamos. Está aquí, la tengo aquí.
¿Es esto?
Sí.
Grupo de gente salta a los jardines.
Esperando tu cuerpo y mi agonía.
En caballos de luz y verdes crinas.
Pero sigue durmiendo vida mía. Pero sigue durmiendo vida mía.
Oye mi sangre rota en los violines.
Mira que nos
acechan todavía.
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